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Mensaje por Anne Ruehl el Lun Nov 23, 2020 4:34 pm

Principios de febrero,

La escarcha de la última nevada ensucia el alfeizar, montículos de fragmentos de cristal sobre los que cae la luz ocre del atardecer sin derretirlos, esa luz que se desliza por la madera y cae, se pierde. A través de la ventana puedo ver como la noche avanza sobre el paisaje marchito fuera del viejo almacén, lo recubre también, y sin los residuos de luz exterior, las habitaciones quedan a oscuras. Una chispa roja devuelve por un momento la claridad de mis rasgos, dejo que el cigarrillo se vaya consumiendo entre mis dedos tras una única calada con la cual formo una nueva figura de niebla en esta penumbra que me envuelve.

Todavía llevo puesto el abrigo que sufrió el aferre desesperado de Synnove Lackberg, mechones de su cabello rubio cruzaban su semblante al creerse atrapada contra el marco de otra puerta del norte que jamás se abrirá para ayudar a nadie. Sus facciones estaban deformadas por sus gritos que exigían que la soltara, pero sus ojos vacíos de todo color los podía ver. —Escúchame— le había susurrado contra su oído, los edificios del callejón trataban de ser contención al viento que azotaba al distrito con una nevada tempestuosa, traté de que mi voz y consejo quedara oculto en este. —Beberás esto antes de que puedan hacerte daño— continué, por su resistencia a escuchar tuve que tomarla de los hombros y sacudirla. —¡Escúchame! No quieres saber lo que te harán cuando estés en una celda, considera esto un poco de piedad de mi parte. Bébelo antes de que te visiten o te tocará pasar por un calvario, ¿crees poder resistirlo mientras esperas que hagan algo por ti? No acabará aún si logras salir de allí—. Cierro mis ojos al evocar el momento en que su respiración golpeó mi mejilla al acercarme a ella para seguir hablándole en su oído. —Ya te habrán usado, por quebrar a otros, te quebrarán a ti.

¿Qué tanto deseo esto para dar vidas en sacrificio? ¿Para ser quien coloca veneno en la mano de una chica y le aconseja su propia muerte? Pero yo no la di, fue el nombre que me exigieron y siento pena sincera por esa chica, porque en su joven vida no fue más que un nombre de canje para alguien, un peón en este juego político que es colocado y doblado en un casillero, solo para llamar a otra pieza cuya vida vale el costo de otras. Espero que tome el veneno, que elija paz, ya que quien toma el camino del dolor no lo puede desandar, cada uno de los dolores que una creyó podía tolerar en nombre de otras personas o de un sentimiento, son moretones que nos siguen haciendo gemir pese al paso del tiempo, a veces lleva toda una vida sanar de ellos y para entonces, el daño que hemos devuelto en proclamación de ese dolor personal es irremediable.

Espero que beba del veneno, para que se le pueda dar el antídoto. No solo siento pena por esa muchacha, siento remordimiento, de sacrificarla para mi propia paz. «La muerte es una circunstancia, ocurrirá independientemente de quien la ejecute, no soy más que un instrumento para que esta circunstancia ocurra» le había dicho a Alecto como justificación de mis crímenes. No es algo que pueda sostener en el presente, decido abandonar la educación violenta que me dio mi padre sobre condenas merecidas para las que mis manos tenían que ser ese instrumento, que me hizo mercenaria de cada persona con ese mismo pensamiento de demente superioridad.

El vaho que sale de mis labios asciende con mi suspiro, pese a no verlo por la falta de claridad dentro de la habitación, mis dedos repasan la textura de la página del libro que está sobre mis rodillas, echada como estoy desde hace horas en este sillón para dedicarme a una lectura que me lleve a entender por qué, si emprendí un camino de propio exilio de mi infierno, parezco estar atrapada en un círculo que me rodea, tal como el purgatorio mismo. Siete son los círculos a superar, los tres primeros sobre los pecados cometidos por un mal amor que llegan a herir a la persona amada. —Orgullo— murmuro, está escrito aunque no pueda leerlo, lo evoco como el primer tramo del trayecto del purgatorio, —mi viejo amigo—. Son varios de los pecados capitales que adolezco, que este sea el primero en el orden es un chiste a mi prontuario. Dejo caer lo que resta del cigarrillo cuando ya se ha consumido y recuesto mi cabeza hacia atrás para cerrar mis ojos, así cada demonio puede venir a tomar su parte de mí, usando las caras y las voces de cada víctima, que fueron heridas primero por mi soberbia de creer que me correspondía ser quien infringiera ese daño.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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