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Mensaje por Phoebe M. Powell el Dom Nov 15, 2020 5:42 pm

25 de febrero



El tiempo es efímero, no espera por nadie, por mucho que nos empeñemos en ser quiénes se quedan a mirar que retroceda, el paso del tiempo es inevitable y los pequeños copos de nieve que caen del cielo rítmicamente a cada segundo que pasa son el reflejo más puro de que así como transcurren los minutos, también lo hacen los días y corren a convertirse en estaciones pasadas, pronto para olvidar. Solo que no se olvidan, por mucho que digan que el tiempo lo cura todo, la realidad está lejos de ser esa, cuando muchos de los sentimientos que se asentaron en nuestro pecho son eternos y no tienen una fecha de expedición por la que esperar para no volver a sentirlos, con suerte los camuflamos debajo de ese largo período que atravesamos, pero siguen ahí, latentes a una espera que se hace de rogar.

Me cuesta creer que ha pasado un año, doce meses completos desde que di a luz a mi primer hijo, ese mismo al que llamo al extender una mano en su dirección. —Ven, ven conmigo, amor— como la voz que ha escuchado todos los días de su vida, retira su vista de la arena bajo sus pies, muy ligeramente manchada por la nieve, para apoyar sus manos sobre esta en el intento torpe de ponerse de pie. Escondo sus dedos pequeños entre los míos, caminando a un paso que le permita ser quién dirija el camino, como llevamos parte de la tarde tratando de bordear la playa de regreso a casa, pero como recién hace unas semanas que empezó a caminar, es repetida la acción de doblar sus rodillas para sentarse, entreteniéndose con el propio aire.

Soy paciente, no me importa esperar a que quiera seguir el recorrido de baldosas de madera, ya alejándonos de la parte arenosa de la playa para entrar en un camino de hierbajos altos hasta la explanada donde se encuentra nuestra casa. Para ser invierno, no hace un día especialmente frío, pese al cielo gris y la ventisca, con la ropa apropiada podemos sentarnos en la tabla de madera a comer los restos de la tarta que sobró por la mañana, porque con alguien teníamos que soplar las velas del bizcocho de arándanos que hicimos ayer y aprovechamos la visita de su padrino para, también, abrir algún que otro regalo que ahora mismo se encuentran revueltos por el mismo campo de atrás de la casa. Pasamos parte de la tarde así, comiendo yo, Hayden tratando de hacer algo parecido al llevarse trozos de tarta que terminan en el mismo suelo o como parte de la decoración de su jersey en el que no deja de limpiarse para poder desocupar sus manos de comida e interesarse por otras cosas. No sé para qué me esforcé comprando regalos, si su interés está más puesto en el envoltorio y las cajas que los recogen, que en la sorpresa de su contenido en sí, pero yo misma me entretengo cacharreando con uno de los puzzles de animales, a ver si así capto su atención con la pieza con forma de dragón que encajo en su lugar.

Llegado un punto lo atrapo entre mis brazos por detrás para abrazarlo y llevarlo conmigo a la manta extendida sobre la hierba, beso su mejilla cientos de veces y le hago cosquillas con mi nariz, sin cansarme de la sensación que viene de escucharlo reír, incluso cuando trata de apartarme. Extiendo su mano sobre la mía, nos dedicamos a sentir como la nieve cae sobre nuestras palmas en un juego que lo mantiene curioso al desaparecer apenas toma contacto con nuestra piel y dejo que descubra las peculiaridades de lo que nos rodea, de un mundo que puede ser tan bello como cruel, pero que mientras haya cosas por las que luchar, como él, merece la pena. —Mamá es tan afortunada de tenerte, ¿lo sabías?— murmuro solo para él, aparto parte de su flequillo rubio en una caricia para después posar mis labios sobre su frente —Tan afortunada— sigo, deseando que llegue el día en que pueda entender este sentimiento que me invade hoy y todos los días desde que pude tenerlo conmigo. No quiero que esta sensación se vaya jamás, de las pocas que he sentido en mi vida como para necesitar que se convierta en algo seguro, tan seguro que en este momento, en este preciso momento, somos él y yo contra el resto del mundo.
Phoebe M. Powell
Phoebe M. PowellDirector del Servicio Social

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