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Mensaje por Anne Ruehl el Dom Nov 15, 2020 11:03 am

Principios de enero

Pese a las prohibiciones que yo misma le puse a Sigrid de venir al norte, casi cometo la imprudencia de pedirle que venga al almacén en el distrito doce, de tal manera me he impuesto no abandonar este distrito hasta que las semanas pasen y la noticia de la muerte de Rebecca Hasselbach se pierda en la memoria, que visitar el distrito dos llega como un repentino destello de lucidez. El armario esvanescente está en uno de los sótanos que sirven de depósito para las pócimas elaboradas, al lado de otros armarios y estantes para que no llame especialmente la atención, el tallado de los pukwudgies en su puerta es lo que ayuda a diferenciarlo del resto y recorro sus líneas con las puntas de mis dedos antes de tirar la manija para meterme dentro. Cuando vuelvo a abrir la puerta, pongo un pie en la habitación que fue el despacho de mi padre, es posible reconocerlo como mío ahora por el cambio de muebles y los libros que incluso están en pilas en el suelo, algunos traídos de la que ha vuelto a hacer una biblioteca, ya no el dormitorio de una moribunda. Me muevo hacia el escritorio para quedar de pie tras este y recupero la fotografía enmarcada con Paul que dejé como uno único objeto que evoque el pasado de esta casa.

Cuento las horas que pasan desde que mandé mi patronus a llamar a Sigrid, se me hacen lentas y tortuosas así que me pongo a la tarea de quitar toda la hierba mala del jardín trasero de la casa, así como las plantas marchitas por inviernos anteriores a este, para que quede un espacio en el que pueda plantarse luego. En el momento en que escucho que el portón de madera se abre, estoy de cuclillas delante de los restos amontonados, pensando como llevo haciéndolo hace días. Me enderezo para que Sigrid pueda reconocer en mí a la figura taciturna que siempre habitó esta casa, y sin prisas, camino hacia la puerta que ella conoce y nos permite entrar al mismo pasillo de poca luz que termina en el comedor donde persiste la gran mesa ovalada donde se han sentado tantos Ruehl. La conduzco al interior del despacho lleno de la luz blanca que permito que entre a través del ventanal. —Siéntate, Sigrid— por lo trémula que se escucha mi voz, es un ruego más que una indicación de lugares. Espero a que lo haga en cualquiera de los sillones que están delante del escritorio y cuando lo hace, me acomodo de rodillas en el suelo para colocar mi cabeza sobre las suyas, también mi mano con la palma extendida para que la tome. —No puedo buscar a tu hermano, así que necesito que me aconsejes como él lo haría— susurro, esto también es un ruego.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Sigrid M. Helmuth el Mar Nov 17, 2020 12:03 pm

El día en que salió la noticia en el boletín oficial sobre la muerte de Rebecca Hasselbach, tuve que guardarme para mis adentros la carcajada de saber que estaba en lo cierto al creer que esta mujer se las apañaría para hacer una salida conveniente. Desde entonces, me he sentido como mis hermanos debieron de haberse sentido cuando se cuchicheaban secretos al oído, dejándome a mí al margen de estos, y he de decirlo, es placentero el pensamiento de saber que solo tú conoces lo que realmente está ocurriendo. Supongo que eso es lo que más les llamaba la atención de esta práctica, como para seguir ejerciéndola durante años, hasta el mismo día de hoy donde todavía siento que se me reserva de ciertos asuntos en esta familia.

Me encuentro a la espera de recibir algún llamado de esta persona ausente para todos, paciente como nunca fui, porque ella misma me dijo que por un tiempo nuestro contacto se vería reducido hasta que la noticia de su muerte dejara de estar en boca de todos. Se sucedieron tantas muertes en este pasado tiempo, que es raro que la gente no hable de esto como tema de conversación usual, pese a lo amargo que pueda resultar, a la mayoría le encanta el morbo que puede conllevar y los cuchicheos son corrientes en las cafeterías más frecuentadas del capitolio. También en el trabajo, detrás del mostrador o incluso dentro de la trastienda, donde me encargo de revisar e incluso experimentar con algunos productos nuevos, puedo escuchar como los clientes comentan sobre los acontecimientos recientes.

Es entonces, ocupada en revisar una de las cajas que llegaron, que la ligera iluminación del sótano es invertida por el potente brillo de un patronus que reconozco como el de Rebecca. Como no puedo dejar el trabajo sin más, debo esperar a cerrar la tienda antes de desaparecerme en una de las calles más conocidas para mí, por ser las que concurría durante gran parte de mi infancia y adolescencia. Paso por delante de la casa donde viví, bien cuidada incluso cuando nadie la habita, hay elfos que se encargan de mantenerla serena en caso de necesidad, y todavía es extraño para mí el hecho de que Nicholas decidiera acomodarse en la mansión, mucho más grande y, por ende, fría, que nuestra antigua residencia.

Me freno en seco a la entrada de la casa de los Ruehl, ahí donde espero encontrar el rostro más conocido de esta familia al atravesar las puertas de madera. No me sorprendo de encontrarla retraída en sus quehaceres, aunque no esperaba que le diera por la jardinería estos días, me decido por seguirla hasta el interior del despacho hundida en el silencio de su actitud. Tomo asiento en uno de los sillones que me indica, antes de que pueda murmurar qué es lo que anda pasando, como para tenerla arrodillada frente a mí en una postura que nunca hubiera imaginado viniendo de ella, recupero mi carácter usual al resoplar con fuerza en un gesto risueño y, a la vez, dudoso. —¿Me conoces y vienes a mí a pedir consejo en nombre de mi hermano? De verdad, Anne... creo que estoy lejos de poder hablar como Nicholas — bromeo, los segundos que me permito ignorar su preocupación hasta que la misma se hace imposible de desatender. —¿Qué ocurre?— pido saber, haciendo un gesto con mi mano para que se ponga en pie, como si fuera parte de mis acciones diarias el decidir como debe actuar la gente en mi presencia.
Sigrid M. Helmuth
Sigrid M. HelmuthCiudadano

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Mensaje por Anne Ruehl el Miér Nov 18, 2020 12:58 am

No lo pido porque crea que tu juicio es similar al suyo— suspiro, la debida explicación al arrebato de mi pedido, —sino porque lo conoces lo suficiente como para poder imitarlo— la triste verdad aunque no sea halagüeña para ella, puesto que no es su buen sentido de las cosas el que busco, y no porque crea que no lo tiene, en su justa medida lo tiene como toda Helmuth, la otra justa mitad es esa falta de cordura que la hace quien es y la tiene en este despacho, teniendo que aceptar no solo ser mi socia, sino confidente en situación de emergencia porque así lo requiero. Es tal la gravedad de este asunto que puede resultar inquietante incluso para quien lo escucha, instándolo a actuar o hacer algo al respecto, pero necesito de quien pueda escuchar sin perturbarse en su asiento, con el suficiente aplomo para escucharlo… o en su defecto, alguien que no se escandalice fácil con las cosas, debido a que por su propia cuenta ha tenido sus escándalos, como es el caso de Sigrid.

Me echo con desgano sobre el sillón que está frente al que ocupa, en vez de acomodarme en el que me corresponde detrás del escritorio, y apoyo mi codo en el brazo de éste para sostener mi cabeza cuando levanto mis ojos al techo. —Tengo la voz de tu hermano diciéndome que si al querer torcer mi vida para encaminarla, en el camino perjudico a otros, de ninguna manera eso puede llevarme a ser la persona que me gustaría ser y que debo creer que puedo ser— esto último era lo más importante, convencerme a mí misma de que no estaba obligada por las circunstancias a hacer las cosas de la manera en la que venía haciéndolas y que podría ser la persona que deseaba y que alguien, alguna vez, vio en mí, como para creer que sí hay una chance de cambiar, pero no se necesita de coraje para cambiar y el coraje requiere de buscar caminos alternativos, riesgosos, que ponen en juego la propia vida y no para ser un mártir, lo último que deseo en todo lo que se viene por delante, es que mi nombre se use para bautizo de un mártir, cuando lo único que quiero es que sea olvidado por la mayoría y solo puesto en la boca de una minoría que me importa.

Pero las circunstancias hacen presión sobre nosotros, siempre habrá quienes quieran manipularlo todo a su conveniencia y tomen tus manos para ensuciarlas, porque tienen las suyas demasiado ocupadas masturbándose el ego— esto último lo escupo con todo el desprecio que estas personas pueden conseguir de mí y froto mis sienes para dar a mi mente la calma fría que necesita para pensar en una manera en la que los condicionamientos impuestos no resquebrajen mi voluntad. —Deseo realmente morir para estas personas y que me den la jodida paz que pido, como si ya no hubiera tenido suficientes años de tormento, para que alguien venga a traerme uno nuevo— suspiro, terminando así con este desahogo furioso. —El ministerio me ha pedido que les lleve a un niño y a una muchacha entre los rebeldes. Lo hubiera hecho antes si me lo hubieran pedido, pero…— sigo masajeando mi frente con las puntas de mis dedos y los ojos cerrados. —No les llevaré al niño, sí a la muchacha. ¿Sabes qué hacen con los rebeldes capturados y a qué se exponen si son mujeres, Sigrid?
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Sigrid M. Helmuth el Miér Nov 18, 2020 2:14 pm

Pretendo objetar, pero la mueca que aparece en mis labios termina por convencerme tanto a mí como a ella de que tiene razón. Si bien no se puede decir que mi hermano y yo tengamos un juicio similar, es cierto que en ocasiones me jacto de conocerlo mejor que otras personas, incluso Ingrid, por mucho que sea con esta con quién más encuentra afinidad por la cercanía en edad, no tiene la misma percepción de Nicholas que yo. Espero entonces a que se siente, tratando de descubrir en su actitud un atisbo de lo que pretende conversar conmigo, su gesto agotado me da a entender que no es algo que disfrute poner en palabras, así que aguardo pacientemente -sin ser esta característica de mi persona- a que sea ella quién alce la voz. —Típico de Nicholas— exclamo apenas al segundo, acomodando mi espalda en el asiento con un ruedo de ojos que a su vez me saca una sonrisa burlesca, mucho más amena que la expresión que porta Anne en su rostro. —Le encanta hablar sobre moralidad a los demás, lástima que sea una persona tan éticamente correcta, sino toda su palabrería le haría sonar como un cretino— pero no lo es, tanto la persona que tengo delante como yo lo sabemos, no hay disputa que no deje eso claro.

Mi Sigrid interior se hubiera reído por su manera de expresarse al hablar del ego de otros, sin embargo, accedí medianamente a comportarme como mi hermano y dudo mucho que una carcajada hubiera sido su primera reacción ante tal cosa, así que en su lugar me fuerzo a fruncir el ceño en una postura meditabunda. Lo consigo a medias, parte de mí quiere alzar las cejas ante la revelación que termina por hacer, pero también sé que Nicholas hubiera mantenido la calma, así de sereno como es, para que ni el conocimiento de una redada para atrapar a unos niños le pareciera lo más incoherente del planeta. —No, no sé lo que hacen con las mujeres rebeldes a quiénes capturan, pero no me cuesta mucho hacerme una idea de lo que pueda ser— confieso, porque no tengo los contactos como para decir que conozco a alguien rebelde que haya sido capturado por el gobierno, pero sí escucho los cotilleos de las personas, muchas de las cuales frecuentan mi tienda, y sé lo que andan susurrando por las calles sobre los presuntos criminales. —Tienes razón en decir que conozco a mi hermano, y lo hago, pero eso no hará que te dé una respuesta que se acerque siquiera a la que te ofrecería él— apunto antes de hacer mi pequeña aportación para que no se lleve una decepción al no ser lo que anda buscando —No sé qué te diría Nicholas, pero... ¿qué te hace querer llevar a la chica, y no al niño? ¿Por qué haces esta distinción entre ambos si forman parte del trabajo que te han mandado hacer? ¿Y este trabajo? Creía que con la noticia de tu asesinato, esos asuntos quedaron zanjados con Rebecca Hasselbach— alzo una ceja, incitándola a que hurgue un poco más en las explicaciones que puede darme, incluso cuando ella misma ha dicho que preferiría haberle ido a Nicholas con todo esto. —¿Por qué no llamas a Nicholas?— pregunto al fin, sin dar más rodeos. Si yo sé que sigue viva, que al parecer otros también, ¿por qué no este?
Sigrid M. Helmuth
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Mensaje por Anne Ruehl el Vie Nov 20, 2020 5:02 pm

El suspiro tan profundo que saco de mi pecho se lleva todo el tiempo que pasó –y que parecen años cuando no fueron más que unos pocos meses-, desde que ese era el juicio que tenía sobre el carácter de su hermano y se lo echaba en cara. —Se lo he dicho— murmuro, mis dedos se mueven en el aire para arrojar lejos esas palabras vacías, ambas sabemos que no se corresponden a su verdadera carácter. Tal como le explico mi situación a ella, se lo diría también a él, las mismas palabras, porque no tiendo a hablar distinto de acuerdo a la persona que tengo enfrente, cuanta más franqueza haya en nuestras maneras sabemos mejor qué esperar de otros, y si miento, si hago de mi conversación un juego de palabras enmascaradas, es porque no quiero que la otra persona sepa qué esperar de mí o simplemente, sé bien qué esperar de ellas como para regalarle verdades. ¿Por qué lo haría con quienes tienden a ennegrecer cada cosa que tocan? Si lo que quiero es poder limpiar con mis manos todo lo que negro que cubrió la persona que era y poder encontrarme, pero a quienes caminan senderos oscuros en su andar a ciegas nunca podrán ver el camino del otro, lo que ha recorrido, así que solo insisten en sujetarlos y arrastrarlos. Aun haciendo un pacto de sombra, de quedarme en la penumbra y no mostrarme, no les basta. Los demonios mezquinos nunca aceptarán que una vaya por su propio camino.

No digo nada cuando tengo su respuesta de que puede hacerse una idea de sufren ciertas mujeres cuando caen en manos, no llamaré enemigas, sino perversas, de las que hay muchas en el mundo y cada una con un justificación a su perversidad. Es una aseveración que puedo hacer desde el conocimiento que tiene mi propia piel de las muchas manos que pueden rozarnos y nos llevan a la insensibilidad, pero no es conocimiento de la que una se precie, de lo que se pueda hablar, se tiende a callar y es lo mejor, basta la consciencia de que esas cosas ocurren para que entre mujeres podamos empatizar con el dolor callado de la otra, sin obligarla a poner en voz alta y que se le rompa esa voz. Sé lo que le ocurrió a Ava Ballard cuando la capturaron, sin que me dieran detalles de la visita de Magnar a su celda, como para pensar en la muchacha que se me pide a mí que le lleve. —Porque no te puedo asegurar de que llevar al niño, este pueda estar seguro…— le confieso, —y no es algo con lo que quiera cargar, luego de haber dicho que todas mis viejas cargas quedaban sepultadas con Rebecca Hasselbach. En cambio, la muchacha…— cierro mis párpados, —con ella puedo asumir el riesgo— y como todo riesgo, quizás algo salga mal, —tengo un plan si tengo que serte sincera.

Llamarla fue una necesidad surgida de lo imperante de hablarlo con alguien, aun apelando a que podría imitar a Nicholas en el tono de sus consejos, Sigrid no es su hermano y sabía de antemano que no podría ofrecerme actuar en su reemplazo, eso me llevó a tratar de hallar por mí misma una respuesta a esta encrucijada que me colocan, una que a su vez podría compartírsela a ellos como a nadie y que, por ironías de las que ya hablamos una vez con Nicholas, él podría encargarse de que este riesgo acabara bien, suministrando el antídoto preciso al veneno que pienso elaborar. Sigrid no tiene ese acceso a los espacios más restringidos del ministerio donde seguro tendrán a la muchacha, pero es con quien puedo contar para el proceso de ambas pócimas. Poso una mano sobre mis párpados cerrados al hundirme aún más en el sillón que ocupo al tener que contestar a su pregunta, no la evado, la contesto de pleno aunque no lo haga con el tono más firme: —Como si tu hermano no tuviera sus propios pesares, ¿qué tan mezquina sería al ir a importunarlo con la noticia de que sigo viva con tal de que me ayude con esto?— saco fuera una carcajada agria. —No pretendo rondar a tu hermano como un fantasma caprichoso e inoportuno, bastante ha tenido que lidiar con esto, como para seguir haciéndolo hasta el fin de los tiempos.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Sigrid M. Helmuth el Dom Nov 22, 2020 9:24 am

Le concedo mi rostro sereno por esta charla porque así ha querido que me muestre, como mi hermano al buscar alguna clase de consejo de su parte, cuando es bien consciente de que si hay algo que nos diferencia a los hermanos Helmuth es nuestro temperamento, pero mentiría si dijera que en algún punto de la conversación mis cejas no se mueven o mis labios se aprietan más de la cuenta. —Si estás dispuesta a correr ese riesgo... no seré quién te recuerde que también hay consecuencias, que una decisión también conlleva unos resultados, a veces no los que queremos.— no sé si consigo sonar como Nicholas, sigo creyendo que es más mi voz y propio pensamiento que el suyo, pero tengo que reconocer que este hombre tiende a contagiar discursos, y de esos escuché muchos en mi vida como para que se me haya quedado alguno reservado en el fondo de mi cabeza y lo esté usando para esto. De alguna manera, por mucho que trate de refugiarse bajo esta vieja identidad, se las ha apañado para que la hagan escoger de nuevo de qué lado colocarse y a quién servir, no me cuesta lo más mínimo entender por qué porta esta expresión exasperada.

¿Asumo que vas a contarme ese plan o solo me has llamado para ejercer de la buena conciencia de mi hermano Nicholas?— pregunto, recuperando parte de mi jovialidad al hacer de esto una oportunidad de descubrir sus intenciones, como si el tiempo no hubiera pasado y siguiera siendo la niña que la perseguía para conocer más allá de las puertas de madera que he atravesado hace unos minutos sin el menor problema. Diría que es lo que hacen los años, nos abren puertas que en otro momento creímos cerradas y nos sorprende con que lo que está al otro lado bien es completamente diferente a lo que imaginábamos o extrañamente preciso a esto. En mi caso, puede ser un poco de ambas. —No sé si mezquino, pero quizá te sorprenda, no considero a mi hermano un tipo insensible, por mucho que... bueno, por muy sereno que se muestre, como para no esperar ninguna reacción de saber que estás viva, pero como prefieras— cualquiera sea esa reacción, pero eso me lo callo porque no creo que vaya a hacerle mucha gracia. Siempre pensé que la relación entre mi hermano y Anne tiene más de lo que dejan entrever, o tenía, al menos.
Sigrid M. Helmuth
Sigrid M. HelmuthCiudadano

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Mensaje por Anne Ruehl el Lun Nov 23, 2020 1:26 am

Cuando se nos coloca otra vez en posiciones en que asumir el riesgo es inminente, lo único que se puede tratar de hacer es reducir la apuesta al menor daño posible y por eso de dos inocentes, elijo una sola…— murmuro, teniendo que explicar una vez la razón de mis acciones, cuando quería prescindir de esta tarea cansadora de justificar lo que a la ligera se podría considerar una mala acción, ¿es que acaso no bastaba con negarme? ¿Por qué tendría que aceptar? Es lo que anticipé que pasaría, nadie creería que pudiera desprenderme de quién era y qué hacía Rebecca Hasselbach. Y juzgo desde mi frustración al incluir a Sigrid, cuando fue de las personas que nunca me miraron viendo a esa persona en mí, sino que en todo momentos sus ojos fueron los mismos que tenía de niña y en ellos me veía como Anne Ruehl. —Necesito moverme en el norte, necesito poder pisar esta casa, que no se me prohíba entrar el distrito dos. No puedo arriesgarme a que se me tache como una fugitiva y se me prive otra vez de mis derechos porque a nuestro presidente le disgustó que renuncie bajo mis propios términos— mascullo, poniendo fuerza en el tono irritado de mi voz que no va hacia ella, sino a toda esta situación. —Porque lo que me importa está aquí, no me moveré de aquí. No está entre los rebeldes, está en las personas que siguen en el ministerio. Pero por esas personas tampoco podía seguir siendo Rebecca Hasselbach— interrumpo ahí mi descargo, que Sigrid no tiene la culpa de nada, solo la mala suerte de tener que ser quien me escuche.

Sí, pienso contártelo, eres mi socia— suspiro en la búsqueda de la calma que nos permita continuar esta conversación, comentarle lo que tengo en mente para que me ofrezca su opinión profesional que nos lleve a conclusiones más provechosas, que las que podamos conseguir conmigo echando mierdas por mi boca. Si esta vez no le ofrezco nada para beber, es porque mi propio estómago está cerrado a lo que pueda ingerir, sino podría acabar con arcadas. Todo en este momento se asienta sobre la boca de mi estómago con una pesadez que ensucia mi garganta de un regusto amargo, cualquier palabra dicha debo tragármela yo con lo mal que sabe, y no es distinto cuando me hace hablar de su hermano, debo apartar la mirada hacia el primer punto ciego que puedo hallar en el despacho. —No me estaba refiriendo de ninguna manera a algo como insensibilidad de su parte, claramente tampoco la hay de la mía— susurro, cada palabra cae en una pesada lentitud. Giro hacia ella parar mirarla, tratando de mirarla más allá de la mujer que es en el presente, procuro descubrir en ella su rostro de niña, la que tenía sus ojos curiosos en todo, quizás… —Sigrid— dudo, —nada. Déjame contarte mi plan con esta muchacha— retomo esto al incorporarme en la silla para que mi espalda se enderece. —Hay un veneno que induce a la persona a un sueño tan dulce y tan profundo, que sus signos vitales se relajan al punto que se vuelven imperceptibles. Es un veneno que suele servir en personas con enfermedades terminales, ya que en un momento su corazón deja de funcionar y mueren, consiguen el descanso deseado con una transición placentera. Las personas suelen soñar con sus seres queridos, los hogares de su infancia, con cosas que han perdido… es su paraíso personal…— explico, —pero es posible también elaborar un antídoto, un poco más complejo, que los despierte de este sueño. Puedo darle a esta muchacha el veneno, lo que debo conseguir es que el antídoto sea seguro en sus efectos y que alguien se lo administre, sobre todo, que el antídoto funcione.
Anne Ruehl
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Mensaje por Sigrid M. Helmuth el Mar Nov 24, 2020 2:33 pm

Meneo la cabeza al torcer mi boca en una mueca, pero eso es todo lo que digo al respecto. Tiendo a creer que las personas saben solas en lo que se meten, como para ser necesaria una intervención en donde se les coloque con los pies en el suelo, y más siendo Anne, o Rebecca, esta mujer ha puesto esfuerzo en que los demás sepamos que no necesita la ayuda de nadie para seguir viva, que si la busca es porque quiere y nada más que eso. —Qué difícil que hacen desaparecer en estos tiempos— es una broma cargada de humor negro, si alcanzo a sonreír de forma burlesca, sonrisa teñida algo triste también en última instancia, es porque estoy segura de que la mujer que tengo en frente no va a tomárselo como una ofensa. Son comentarios como estos que me hacen mucho menos seria que la persona que buscaba en primer lugar, pero dado que mi insistencia en que visite a esta no ha surtido ningún efecto en ella, tiene que conformarse con mi sátira.

Por un segundo creo que va a ceder y estirar su lengua un poco más, por su manera de murmurar mi nombre mi espalda se despega del asiento para inclinarse hacia ella con la intención de reducir la distancia, tal y como si fuera a escuchar un secreto del que nadie más puede enterarse. Siento que me decepciono en parte cuando reniega con ese monosílabo el querer decirme algo en la intimidad, gesto del que me tengo que reservar para no aparentar tener menos edad de la que tengo, concretamente una adolescente. Todos sabemos que se me da genial comportarme como una. Frunzo el ceño al recargarme de nuevo en el sillón, mis manos aferrando los extremos de los reposabrazos en lo que la escucho plantearme la elaboración de un antídoto para este veneno peculiar. —Es interesante— mucho, podría utilizar palabras más específicas, pero no quiero dejar entrever mi excitación tan deprisa. —Sí, muy interesante— repito, me muestro serena hasta que empieza a asomarse una sonrisa tímida en mis labios. —Ya no solo por la muchacha, sino porque tiene potencial para que se comercialice en los grandes mercados— no me considero una persona ambiciosa, no como pudo serlo Agatha a a hora de encontrar una cura para su hermana, pero sí capta mi interés lo suficiente como para intentarlo. —Te ayudaré a elaborar ese antídoto, somos socias, ¿no? Podemos beneficiarnos ambas de esto, y ni siquiera vamos a necesitar la ayuda de mi hermano, conozco mucho sobre la elaboración de pociones, conoces la historia de mi familia así que sabrás que hubo un tiempo en el que solo nos dedicábamos a esto— antes de que Nicholas decidiera ser médico e Ingrid auror claro, estos dos, siendo las ovejas negras de la familia. ¿Y luego era yo la desviada? Si mamá pudiera verme ahora mismo... —¿Cuánto tiempo tengo?
Sigrid M. Helmuth
Sigrid M. HelmuthCiudadano

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Mensaje por Anne Ruehl el Miér Nov 25, 2020 2:47 am

Puede que sea la manera en cómo lo planteo, que sea algo interesante, no espeluznante. Porque si la muerte no llegará a todos, ¿acaso aquella en la que nos vemos rodeados de la calidez de un sueño dulce no es la alternativa que cualquiera elegiría de poder hacerlo? Lo espeluznante es suministrárselo a alguien que no tiene una enfermedad terminal, sino apenas veinte años y una vida de salud por delante, como puede averiguar respecto a esta chica que se mueve por el norte con un rostro que no es el suyo y a la que planeo seguir en las semanas venideras para conocer su recorrido, soy yo quien fija la fecha del día de su captura y pretendo a ajustarla a mi plan. —Un mes como mucho, cuanto antes pueda resolverse esto, antes podremos volver a conciliar el sueño y retomar nuestros verdaderos planes, los que me tienen en el norte y por los que formamos esta sociedad— digo, poniéndome de pie con un ánimo renovado, para ir hacia el armario esvanescente que está en el despacho.

Tiro de su manija para enseñarle el interior a Sigrid, no es diferente a cualquier otro armario, hasta que se pone un pie dentro. —Te llevará inmediatamente al almacén del distrito doce, podremos trabajar ahí y no estarás expuestas a otras rutas que te comprometan— explico, en todo momento he pensado en la seguridad de Sigrid, lo último entre mis deseos es que la persona que me está prestando toda su ayuda, se vea comprometida en estos tiempos en que la decisión que cada quien toma se convierta en una cuchilla de doble filo. —De por sí esta casa está protegida por un fidelio que te tiene a ti como guardiana, así que con este armario solo las dos conocemos la manera de llegar al almacén— sigo, suelto la manija para ir hacia el escritorio y sentarme en el borde mientras entrecruzo mis brazos bajo mi pecho, —pero tengo que pedirte que para finales de enero puedas traer a Maeve Davies, necesito hablar con ella— murmuro, le prometí a la muchacha que le haría saber de mi regreso y de la manera en la que podríamos volver a entrar en contacto.

Solo quiero que el tiempo pase, que nuevos sucesos cubran a los anteriores, que si somos prescindibles en las luchas, que también lo seamos para las habladurías de la gente y también los caprichos de los poderosos, y que el tiempo nos otorgue un nuevo pasado, que entierre definitivamente al viejo. —¿Está bien para ti?— consulto, mis labios se prensan al ser otra la pregunta que puja en mi garganta por salir. —Sigrid…— vuelvo a decir su nombre con mis ojos expectantes a lo que module su boca, —¿hay algo que… quieras decirme?— tan ambigua mi pregunta como podría ser. —¿Preguntarme? ¿Compartirme?
Anne Ruehl
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Mensaje por Sigrid M. Helmuth el Sáb Nov 28, 2020 1:58 pm

Mi cara adopta la expresión de quién considera elaborar un antídoto completamente nuevo en un mes todo un reto, con los labios fruncidos en una línea recta y casi perfecta, mientras mis cejas tratan de buscarse a sí mismas para ponerse de acuerdo con la mirada pensativa de mis ojos. Salgo de mi ensimismamiento personal unos segundos después al ladear la cabeza, como primera declaración de mi dubitación hacia ella. —Será difícil, no te voy a mentir, Anne. Fabricar una poción así en tan poco tiempo, sin siquiera poder probarlo antes y comprobar sus efectos... Son otros de los riesgos que vas a tener que afrontar con esta chica, lo sabes, ¿no?— mis ojos buscan los suyos, de parecida tonalidad a pesar de que siempre se me hicieron mucho más honestos que los míos. —Haré lo que esté en mi poder para que funcione, eso sí es una garantía que puedes tener de mi parte, pero nada más— poner mi mano en el fuego por esto ya es algo con lo que tendré que tener cuidado en el futuro, como para hacerme responsable también de los daños que pueda sufrir la muchacha si algo en el antídoto no funciona como debería.

Me levanto de la silla para seguirla hacia el fondo del despacho, donde si tengo que ser honesta, no me había fijado que yacía un armario evanescente en la esquina. Es como si de por sí estos objetos pasaran desapercibidos hasta que alguien decide hacerlos presentes, cumpliendo su función como lugar de escondite y pasadizo. Asiento con mi cabeza en silencio, con mis brazos cruzados sobre mi pecho, pero mentiría si dijera que no me tienta ahora mismo a meterme en su interior para comprobar a dónde lleva, no importa que la misma Anne ya lo haya explicado. Es mi mente curiosa una vez más, la que me incita a probarlo a sabiendas de que tendré oportunidades de sobra para hacerlo en el futuro. —¿No te resulta algo irónico? Que me hayas convertido a mí, una Helmuth, guardiana de esta casa. Es como si estuviéramos tratando que nuestros parientes se remuevan en la tumba sin descanso— bromeo, ¿pero está tan lejos de ser una realidad? Estoy segura de que mi madre me estaría dando un buen rapapolvo ahora mismo de saberlo, mientras que mi padre me miraría con ese rostro suyo de decepción, mucho más hiriente que cualquier colleja de Agatha.

¿Maeve Davies?— por alguna razón, este nombre se repite en mi círculo social muchas más veces de las que mi hermana Ingrid desearía. —¿Sabe que estás...?— si no termino es porque me sirve su postura para responderme a mí misma, lo que me produce una mueca en los labios a pesar de no decir nada al respecto. Ella sabe mejor que nadie los riesgos a los que se expone con personas que tengan ese conocimiento, así que en lugar de recordárselo, cosa que no será muy bienvenida, acepto. —Está bien, no es como que sea difícil encontrarla...— bromeo, solo me hace falta teclear el número de teléfono de mi sobrino, pan comido. Decido alejarme del armario para regresar al centro de la sala, aunque no tomo asiento en el sillón nuevamente y por el contrario me mantengo de pie, mirándola. —Está bien para mí, cuanto antes terminemos con esto, antes podremos centrarnos en nuestros planes como socias— repito lo que ella misma ha dicho, pero segundos después niego con la cabeza —No, mis perturbaciones personales son algo que no puedes resolver, por lo que no tendría sentido que te molestara con estas— quizá en otro momento sí, cuando aun era mano derecha de Magnar Aminoff, que todo el mundo sabe que vinieron juntos del norte, pero no ahora.
Sigrid M. Helmuth
Sigrid M. HelmuthCiudadano

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