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Mensaje por Katerina L. Romanov el Miér Nov 11, 2020 6:57 pm

Principios de febrero


Le he preguntado a mi amiga, ya en varias ocasiones, cómo lo hace para mantener una relación normal con sus padres después del divorcio, siendo que a su padre apenas lo ve y su madre pasa más tiempo fuera de casa, trabajando, que ofreciendo compañía a sus hijas. Después de entender eso, es comprensible la actitud que toma Ginevra hacia muchos aspectos de la vida, se comprende mejor su temperamento y hasta podría decir que su obsesión con destacar, siempre de la manera más estrafalaria posible y muy diferente a la mía, se hace evidente para todas las personas a su alrededor menos para su madre. ¡Pero cómo iba diciendo! Que no se trata de Gin esta vez, sino de que su dinámica familiar es muy parecida a la que voy a tener que acostumbrarme yo de ahora en adelante. ¿Porque ya mencioné que nombraron a mi madre ministra? Sí, a Ingrid Helmuth la nombraron mientras de defensa, ¿y solo a mí se me ocurre que es una idea pésima? Digo, para alguien que ya se cree la autoridad sin ningún título que le aporte ese papel, por si fuera poco, van ¡y le dan el puesto!

El gobierno no es que haya tomado decisiones sabias en el último tiempo, pero con esto se han coronado, que hasta estoy dispuesta a emprender el viaje hasta el mundo de los muertos a buscar a la pobre de Rebecca Hasselbach asesinada, solo con tal de no tener que escuchar a mi madre como figura de poder. Sí, puede que eso ya lo haya intentado con Niko, sin mucho éxito, también cabe mencionar, así que también es parte de la razón por la que arrastro mis pies en el camino del jardín delantero hacia la mansión ministerial, cargando a mi paso también una maleta que se quedó retrasada en la mudanza y los elfos domésticos no tuvieron tiempo de acomodar. —Y bueeeeeeeno, hasta aquí ha llegado mi tarea como acompañante, mamá— poso la misma maleta en el umbral de la puerta, siguiendo a mi madre hasta ella, pero sin llegar a entrar al pararme sobre mis pies —Te deseo una muy buena gobernatura, ¿ya nos vemos en Pascua?— digo, son las vacaciones más próximas.

Y es que no, ósea, no, me niego a tener que vivir aquí, cuando la oportunidad de estar a mis anchas en el distrito dos, con papá que me deja hacer lo que quiera y eso es algo que en la vida ha pasado, está más a mi alcance que nunca. No me hace especial gracia que mi madre sea una de las personas con mayor autoridad en el país, si ya llevo todos mis años en este mundo escuchando cómo se aprovecha de ser auror para señalar las faltas e imponer orden, ¿pueden imaginarse lo que será siendo ministra? Puede sentirse afortunada de que haya tenido siquiera la decencia de acompañarla con los últimos preparativos de su mudanza, que yo no moví un telar de mi habitación.
Katerina L. Romanov
Katerina L. RomanovEstudiante del Royal

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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Mar Nov 17, 2020 12:19 am

Lo que es un pequeño paso para cualquier persona, por dentro lo vivo como el gran salto que esperaba dar en mi vida, y es que nunca, como en este momento, pisar los peldaños de entrada a una mansión ministerial me significó tanta emoción. Me tomo unos momentos en el recibidor para que mis ojos abarquen todo lo que alcanzan a ver, dejarse embelesar por cada detalle de la decoración, y en sí, cualquier detalle que me haga saber que esta casa es ahora mía, que me la he ganado por el mérito de ser ministra -¡por Morgana, soy ministra! ¡SOY MINISTRA!-. Podemos pensar luego como salvar el problema de tener dos residencias que ocupar por puesto, Kostantine como alcalde, yo como ministra, porque al primer día que me avisan que ya nos podemos acomodar en las mansiones restauradas de la isla ministerial, ordeno a Katerina que arme sus maletas -o que los elfos lo hagan mejor dicho-, para poder tomar la posesión de esta propiedad que en sí mismo es un acto de reafirmación sobre el cargo que ostento en el presente.

Podría llorar en este momento, me siento inclinada a abrazar a la misma Kitty que es la única que tengo al lado para celebrar esto, pero al tender mi brazo hacia ella no es para tal cosa, sino para detenerla en su huida. —¡Alto ahí, Katerina!— la reprendo nada más poner el primer pie en esta casa, ¡si no hay sermón o instituto de modales a esta niña que le valga! —¿Tú crees que estas maletas que trajimos vienen con aire?— pregunto, otra vez alzando mi tono que se escucha aún más alto en este espacio tan silencioso de paredes revestidas de la solemnidad del lujo más caro. —En tanto y en cuanto tu padre resuelva lo de la alcaldía, lo esperaremos aquí— le hago saber de mi decisión, la que tendré que compartirle al aludido en una llamada, luego de que le mande las fotografías de cada habitación a ver sí así logro convencerlo de que nos mudemos y que saque algún decreto especial para su distrito de que los alcaldes pueden vivir en los Polos si quieren. —No tienes por qué volver a la casa, todo lo tuyo ya está aquí— en las maletas la ropa y su colección de piedras que guardaron los elfos por si quiere abrirlas, de mi cartera saco el reloj en el que guarda a su fantasma para mostrárselo y por último, entra uno de los elfos de nuestra casa con Milo en brazos. —¿O a Milo también lo quieres ver recién en Pascuas?—. ¿La estoy chantajeando? Posiblemente. ¡Pero es mi hija! ¡La menor! ¿Quién sino vendrá a vivir conmigo?
Ingrid C. Helmuth
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Mensaje por Katerina L. Romanov el Mar Nov 17, 2020 12:04 pm

Genial, ni cinco minutos dentro de esta casa y ya se está comportando como un sargento. Si fuera un militar, pues todavía, he lidiado toda mi vida con mi madre siendo auror como tal, pero ahora la situación es diferente, porque que la hayan nombrado ministra le da un nuevo poder que estoy segura pretende usar bien a su favor. —¿Esperar? ¿esperar qué? Es obvio que papá tiene que quedarse en el dos, es el alcalde de nuestro distrito, no tendría ningún sentido que viviera aquí...— repito lo que he escuchado en conversaciones suyas, esas que, por norma general, tiene carácter privado y no debería siquiera estar cotilleando en primer lugar, pero ya qué. —Además, recién estoy empezando mi adolescencia, ¿de veras quieres irrumpir en mi período de crecimiento y aprendizaje con estos cambios tan... abruptos?— pregunto con toda la inocencia que soy capaz de plasmar en mi voz. Podría ser fatal para mi desarrollo, yo solo digo.

Aprieto mis labios, mi rostro de facciones fruncidas pasea la mirada por la primera impresión que me da esta mansión de paredes tan altas que sería difícil limpiar los recovecos si no fuera gracias a la magia, aunque de por sí lo veo complicado también. —¡Hey! Creía que habíamos establecido que el reloj iba a quedármelo yo— apunto cuando la veo sacárselo de su bolsillo, ¡llevo buscándolo horas! —Y siendo que Nikolaj solo me atiende a mí, su ama...— pongo sobre la mesa con una floritura de mi mano, esperando que lo tienda. No espero que aparezca Milo de repente en brazos de un elfo doméstico, la última vez que lo vi estaba revolviendo su hocico en la nieve del jardín de nuestra casa, él también extrañado de que lo hayan sacado de allí por la fuerza. —¡Ven, Milo, ven aquí!— lo llamo, porque así como soy la dueña de Niko -que no me escuche decir esto en voz alta-, lo soy también de mi perro.

Salta de los brazos del elfo para venir corriendo a los míos e intercambio el lugar con la criatura para ser quien lo toma, abrazándolo en lo que doy unos pasos alrededor del hall principal y mis ojos acompañan a mi cabeza al analizarlo todo. Es todo tan blanco que da la sensación de amplitud nada más entrar en ella, pero también es fría y lúgubre, nada que ver con nuestra casa en el dos que, a pesar de ser enorme también, es mucho más hogareña que esta. Quizá tenga que ver con que me he criado allí toda la vida, como para aceptar de la nada un cambio de residencia así porque sí. —No nos gusta esta casa— expongo, por mí, por Niko y también por Milo, porque sí, venimos en pack y merecemos que se nos escuche, yo siendo la portadora oficial del grupo. —Da mal rollo, y estoy percibiendo unas malas vibras, ¿qué si hay espíritus del inframundo rondando por aquí?— sacudo la cabeza, señalando mi negativa, usando esto como excusa a pesar de ser tan poco yo, ¿que desde cuando me negué a investigar demonios del infierno? ¡Nunca! Pero siento que esta casa se convertirá en el infierno mismo, mamá, yo sola, ¡yo sola! Y el tipo creepy que tenemos por presidente a unas cuántas cuadras de distancia. Seguro que él es el espíritu del inframundo que me está causando estas malas sensaciones. Finjo un escalofrío, sosteniendo al perro en mis brazos. —Como te dije, mamá, nos vemos en Pascua— digo, dando media vuelta.
Katerina L. Romanov
Katerina L. RomanovEstudiante del Royal

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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Sáb Nov 21, 2020 12:26 am

Puede ser un alcalde que trabaje... ¡home office!— improviso esta respuesta para que no me discuta lo que no hemos resuelto aún con su padre, si a esa incertidumbre de en qué casa viviremos, hay que sumarle los planteos que puede llegar a hacer Katerina, ¡uff! ¿Cómo le explico que esta casa no tiene nada que ver con un lugar donde vivir, sino con una postura que marcar, que se trata simple y llanamente de un simbolismo que hay que dejar en claro? Los ministros viven en la isla ministerial, en especial tras haber sido casi destruida con los rebeldes, debemos estar aquí como prueba de que esto no va a abatirnos, es demostración de poder, es reafirmación de nuestra firmeza. Se vienen tiempos que desafiarán nuestro carácter, como para que Katerina encuentre también en estos sus momentos de plantear reproches. —Quizás el cambio de aires ayude que crezcas en la dirección correcta, puede que haga falta algo abrupto para que tu temperamento se enmiende— refunfuño, —y trata de mirarle lo bueno a esto, ya no tendrás rejas en tu ventana— apunto, —hay un puesto de seguridad en el muelle si quieres salir, así que podemos prescindir de las rejas.

Ni fantasma, ni perro la ayudarán a escapar, así que puede contar con esas compañías, ¿qué más necesita para asentarse cómodamente en esta casa? ¿Es pedirle demasiado que explore la mansión y se impresione con sus lujos como cualquier chica normal de trece años? ¿Por qué mi hija tiene que ser justo el tipo de chica que ya debe estar pensando en hacer una cuerda de sábanas para escapar por la ventana de este palacio? Dejo el reloj sobre una de las mesas contra la pared, cuya única función es la de tener un florero encima, flores que cubren lo bajo de una pintura que muestra a una dama de vestido rojo. —Es tuyo, como ves, tuve la delicadeza de ocuparme de traer todo lo tuyo para que puedas sentirte como en casa— señalo y camino hacia las puertas blancas de dos hojas que abro de un empujón, así queda a la vista la amplia sala de muebles nuevos que habrán reemplazados a los que se quemaron. —¿Cómo puede no gustarte, Katerina?— me impaciento, ¡la única adolescente en todo Neopanem que me diría que un nido de ratas es más cómodo con tal de no estar de acuerdo conmigo! —¡Ay, Kitty! ¡Por todos los cielos! ¡No irás a creer en esas tonterías!— exclamo, habla quien fue a ver a una adivina.

Me muevo a prisa para impedir que cruce la puerta, colocándome entre ella y la salida en medio del pasillo del recibidor. —¿Por qué me haces esto, Katerina?— lo vuelvo algo personal al posar las manos sobre mis caderas. —¿Por qué no puedes alegrarte por mí? No, claro que no, eres incapaz como hija de festejar conmigo y acompañarme en esto— le reprocho, ella que siempre se queja de que no le apoyo en lo suyo, ¿y decir esto me rebaja a su edad y altura? Sí, posiblemente, pero es la única manera en la que parece que podemos hablar. —Cualquier otra chica de Neopanem estaría contenta de vivir en un lugar como este, pero no, Katerina Romanov no— bufo, mis brazos se cruzan por delante de mi pecho.
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Mensaje por Katerina L. Romanov el Dom Nov 22, 2020 9:24 am

¿Un alcalde que trabaje home office? ¿Dónde se ha visto esto? En ningún lado, está claro que es una estrategia de mi madre para evitar que pueda quejarme al respecto, pero ni siquiera trato de discutírselo porque lo que dice después me obliga a soltar un resoplido exagerado. —¿Por qué siempre aprovechas toda oportunidad para señalar mi temperamento?— le reprocho, si a cada cosa que hago o digo ya está señalando una falta como si se tratara de un juego en el que busca las diferencias más evidentes entre mi hermana mayor y yo. —Oh, sí, genial— ironizo —, ¿ósea que ahora cada vez que quiera salir a ver a mis amigas voy a tener que dar parte a los aurores como si esto fuera una cárcel y quisiera pedir un día libre de visita?— bufo, esto lo he visto en las películas así que no puede estar tan lejos de la realidad. —Qué manera de estropear mi adolescencia— sí, esto lo digo un poco más bajo, que estoy segura de que mi madre no sufrió nada de esto con Lexie, ni siquiera Luka quién se reserva más en sus andanzas.

Atajo el reloj de la mesa escasos segundos de que lo deposite ahí y lo guardo en el interior de mi abrigo para protegerlo de los dedos largos de mi madre, Niko me lo agradecerá luego, dando un par de golpecitos en el bolsillo con mi palma a modo de seguridad. —Pues no me siento como en casa— respondo sin miramientos, por el simple placer de hacerlo y porque tiene parte de verdad, tendrá que pasar mucho tiempo para que esta mansión pueda llegar siquiera al nivel de la casa del dos, y no por lo grande o moderna que sea, sino porque mi casa es mi casa y siempre va a serlo. —¿¡Cómo va a gustarme!?— esta vez soy yo quién se altera, uniendo el tono de mi voz al suyo para nivelarlo a la misma altura, tanto de volumen como de dramatismo —Es fría, no hay nadie en el vecindario de mi edad, n-a-d-i-e, y, por si eso fuera poco, ¡hay seguridad alrededor de todo el perímetro de la isla!— vamos, que ni el primo Oliver está para entretener ahora que se ha mudado al dos y no sé qué tanto se me dan los bebés como para dedicarme a hacer de niñera con la hija de Powell. Es un no rotundo por mi parte.

Freno en seco cuando se planta en medio del pasillo con las manos en la cadera, en su máxima expresión de madre opresora y no puedo hacer otra cosa que apretar los labios en una línea tensa. —¡Y claro que me alegro por ti! Te dije que tuvieras una muy buena gobernatura, ¿eso no es estar feliz por ti?— digo, que eso salió de todo mi buen corazón como para que no lo aprecie —Ay, mamá, ya, no seas dramática, ya festejaste con papá suficiente con el vino, ¿no crees?— que mi habitación está a no tantos centímetros cúbicos de distancia, por favor —¡Pero yo no quiero vivir aquí! ¿No puedes juntarte con el tío Nick ahora que también va a vivir solo? Ya saben, como en los viejos tiempos de hermanos y eso...— propongo, la tía Sigrid no creo que quiera formar parte de eso, así que me ahorro el mencionarla, pero sí me cruzo de brazos imitando su gesto ante ese comentario, alzando una ceja desafiante, porque no, Katerina Romanov no va a aceptar tal cosa.
Katerina L. Romanov
Katerina L. RomanovEstudiante del Royal

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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Lun Nov 23, 2020 1:00 am

¡Porque eres quién aprovecha cada oportunidad para mostrar ese temperamento que tienes!— contesto como si fuera una discusión en espejo, en la que ninguna tendrá nunca la razón. El bufido que suelto se lleva todo el aire de mis pulmones cuando se pone en su típica postura de que la seguridad la abruma, ¡cuando este mismo lugar debería servirle de recordatorio de lo peligroso que es todo haya fuera! Está bien, quizás este sea el peor lugar, después de ser quemado, como para tomarlo de ejemplo de lo bueno que es vivir con tanta seguridad, en vista de que esta falló. Pero no falló la defensa, conseguimos echar a esos rebeldes. —De las cárceles no se pide permiso para salir, Katerina. Sino permiso para recibir visitas y en vistas de que te gusta la comparación, hagamos eso, que sean tus amigas las que vengan. ¿Por qué no las invitas a que vengan esta noche?— sugiero, sí, estoy redoblando mi chantaje con tal de que se quede en esta casa, ¿es que tanto le cuesta? ¿quiere también que le compre un unicornio? El perro, el fantasma, sus amigas, ¿qué más quiere?

Me tienta tanto patalear como si fuera yo la que tuviera catorce años cuando insiste en que no puede ver este lugar como una casa, ¡ay, por favor! ¡Cuando vamos de vacaciones al cuatro en agosto no hace tanto drama por el lugar en el que nos quedamos! ¿Y no les había gustado con Brian la mansión en el distrito dos? No dejaron de hablar al regresar de esa casa, quién sabe de qué cosas. —¿Sabes que hay personas que duermen en la calle y tú quejándote de que el vecindario tiene seguridad? ¡Katerina, quién te entiende! Si es que lo único que te haría feliz sería vivir en el mundo al revés, donde camines en el techo y del suelo lluevan galletas para tu perro— me exaspero, es un reproche a mí misma haberle leído de esos cuentos para que se pudiera dormir cuando tenía tres años y en vez de conseguir que se durmiera, seguía haciendo preguntas disparatadas, ¡porque es parlanchina desde que supo unir dos sílabas! ¿Por qué habremos alentado así esa cabeza suya? —Si te parece fría, la aclimatamos. Si no hay nadie de tu edad, invitas a Anna— no Quinn, por favor, pedirá que liberemos a los caballos de los establos exclusivos de la isla, y no, Ginevra definitivamente no, es demasiado pronto para provocar un nuevo incendio. —Somos tres aurores en tu familia, de la seguridad alrededor del perímetro no es algo de lo que vayas a escaparte en ninguna circunstancia— señalo.

Alzo un poco más el tono de mi voz al interponerme en su camino de huida. —Que te sientas feliz por mí, ¡es que me apoyes, Kitty! ¡Que me acompañes en esto!— exclamo, ¿por qué sueno tan demandante como cuando esperaba que Siggy se pusiera de mi lado? Tratando a toda costa de hacerle ver lo importante que es esto para mí, que no puedo imponerle a su padre que abandone el distrito, tanto Luka como Lexa están viviendo por su cuenta, y me queda ella, todavía está en una edad en la que debería seguirme a donde yo le digo. ¿Por qué me lo pone tan difícil? —¡Kitty! ¡¿Has estado otra vez con la oreja pegada a la puerta de nuestro dormitorio con tu padre?!—… y luego dicen que es responsabilidad nuestra que en la adolescencia de los hijos, los padres releguen su intimidad, ¡así como tenerla! Si no es Kitty, es el perro, si no es el perro, es el fantasma… a quien parece gustarle demasiado nuestro baño. Llevo una mano a mi pecho cuando sugiere lo último, tomo aire por la boca en una inhalación brusca. —¿Por qué eres así de cruel con tu tío Nicholas, Katerina?— señalar, así, con todo el descaro, que se ha quedado solo, —Por eso que acabas de decir, serás tú quien le hará compañía. Todos los días, dos horas, irás y le harás compañía a tu tío. Puedes arreglarle las plantas, ordenarle los libros, sentarse delante de él a beber agua, no me importa. Ya está, tú misma te has buscado una ocupación en esta isla—  la sermoneo. —Ve a tu habitación a dejar tus cosas, nadie se irá de esta isla esta noche. Porque no puedes, los aurores del muelle no te dejarán, ve a acomodarlo todo. Elige la habitación que quieras, hay muchas— con mi barbilla le indico la escalera por la que puede subir, si aún no la visto.
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Mensaje por Katerina L. Romanov el Lun Nov 23, 2020 1:53 pm

Ruedo los ojos de la manera más exagerada posible, sin entender como pretende que no sea yo y responda como una muñeca correcta, esa que nos obligan a imitar en el instituto y, por el modo que tiene mi madre de exasperarse, es evidente que el dinero que están poniendo en esa escuela privada no está sirviendo para nada. —Porque a mis amigas no les interesa cuan lujosa sea esta casa, ni cuántos jardines tenga, sino que estemos cerca para poder vernos seguido, ¿y qué hay más lejos que una isla impenetrable para la población normal?— nótese un poco la ironía en mi forma de decir la palabra «impenetrable», como si estuviera exponiendo que este lugar es mucho menos seguro de lo que cuentan, y no hay ejemplo más gráfico que el hecho de que fuera atacado unos meses atrás. —¿Entonces ni siquiera vas a dejarme salir después del colegio? ¿Qué hay de mi desarrollo normal como adolescente? El profesor Thornfield dijo que es muy importante que se nos dé libertad, tú no me estás dando libertad encerrándome aquí dentro— remarco, lanzando un dedo al aire personificando al mismo consejero.

Ay, ya estamos con el discurso de que hay gente que duerme en la calle. —Pues si tanto te preocupa el estado de esa pobre gente... no te veo haciendo nada al respecto— la acuso, con ese tono que se presenta en mi voz cada vez que me salgo con un poco de razón. ¿Qué hace mi madre para ayudar a los desfavorecidos? Nada, ¡pero oh! Claro que va a utilizarlos para señalar las faltas de los demás, qué hipócrita. —No veo qué tiene de malo ese mundo como para que lo desprecies de esa forma— digo campante, ¿caminar sobre el techo y que lluevan galletas para Milo? Yo digo que es una idea genial. —¡No fría de fría fría! Sino fría de... que es tétrica, tiene mal gusto y la decoración es horrorosa— expreso abiertamente, porque aquí no hay cuadros de la familia, que por muy estrafalarios que sean, he crecido con ellos toda mi vida y uno termina por acostumbrarse a esas cosas. Pero no este, donde es seguro que la señora del vestido rojo me está mirando mal. Por si acaso, aparto la mirada de ella.

¿Y no es suficiente con que te acompañe hasta la puerta?— puede que esto lo diga rebajando el tono de mi voz a medida que voy terminando la frase, que soy bien consciente cuando mi madre está empezando a perder la paciencia y, por el modo que tiene de realizar aspavientos con las manos, ha llegado ese punto en el que si pico un poco más, explotará. Pero esta mujer de veras que pone mucho esfuerzo en sacar de quicio a la gente. —No— respondo serena a su pregunta sobre el espionaje, y honestamente también. No me hace falta, tengo un fantasma que puede colar su cabeza en las paredes como para arriesgarme a ser yo quien ponga la oreja en su puerta como cuando tenía diez años. Ante lo siguiente, no obstante, desarmo toda mi compostura, dejando que el perro salte al suelo y tirando de mis brazos y hombros hacia abajo, como si no pudiera creer lo que me está contando. —¡Pero-!— empiezo a quejarme, pero el que siga hablando me impide hacerlo. Amo al tío Nick, de verdad que lo hago, pero sus charlas sobre la moralidad pueden volverse un verdadero tostón. Dejo escapar un gruñido de irritación, apretando mis puños unos segundos antes de liberarlos para tomar la maleta que dejé en el suelo y, con actitud refunfuñona, ir hacia las escaleras, a lo que le siguen las cortas patas de Milo persiguiéndome —Esto es opresión.
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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Jue Nov 26, 2020 12:30 am

¡Ya te dije que puedes invitarlas!— exclamo, sacrifico mi paz mental de tener a esas muchachas en la mansión, con tal de que mi hija desempaque sus valijas y coloque el perro en la habitación que elija como la suya, trasladaré el Royal al patio de esta casa si hace falta con tal de que ponga tantos reparos a quedarse. Todo lo que haga falta, Kitty es la única esperanza que tengo que alguien me acompañe a vivir en esta mansión. —¡Ay! ¡Por favor! ¡Tú también ya comenzaras con el profesor Thornfield dijo esto y el profesor Thornfield dijo lo otro! Ese hombre les enseña que el cielo es rojo y ustedes lo van repitiendo por ahí— me quejo, el chisme que me he enterado es algo que me reservo para comentárselo en detalles a Sigrid cuando podamos vernos y hablar como es debido, que en mensajes es poco lo que he podido adelantarle.

Yo no me creo lo de la adopción de esa chica desafortunada, cuando a claras se ve parecida a él, y quizás yo no ande recorriendo orfanatos para ayudar a niños desahuciados, tal como me acusa mi propia hija, pero no soy una hipócrita que se las da de buena samaritana con esos engaños. —Hay días en los que, en serio, si tanto te molesta ser mi hija, ¡puedo ir y adoptar a dos! Así tendré al menos un par que sí se sientan agradecidos de tenerme como madre— hago mi acto de madre victima con el tono justo para mostrarme dolida, es algo que digo solo de la boca para afuera, con hijos propios, ¿por qué adoptar otros? Nunca se nos pasó por la cabeza con Kostya, y ciertamente, no lo haría solo para fastidiar a Kitty. Tengo mis límites, así como ella todavía no encuentra los suyos. —¿Sabes que posiblemente han contratado a los mejores decoradores del Capitolio para acondicionar estas mansiones, verdad?— es mi refutación a sus críticas y le señalo el bello cuadro de la dama de rojo para que tenga una primera prueba del excelente gusto que prima en esta casa.

Podríamos continuar esta discusión todo lo que haga falta para retenerla aquí, pero hay preguntas para las que se me agotan las respuestas y me queda soltar un resoplido. Sigo con las manos en mis caderas cuando la veo subir la escalera en una marcha resignada al destino que le corresponde como hija de una ministra, y en consideración al mal humor que supongo que mantendrá toda la noche, pido al elfo que le acerque su cena al dormitorio, así el episodio de una nueva discusión en el comedor nos ahorramos para otro día. Yo misma ocupo las horas siguientes en acomodar las prendas que traje en el guardarropa que se me hace inmenso y por costumbre reservo espacios para las posesiones de Kostya, cuando su mudanza a esta mansión aún no está confirmada. La cama se me hace igual de gigante cuando me siento con las almohadas bajo mi espalda y por poco me siento tentada de ir a pedirle a Kitty que me deje quedar con ella, pero como tengo que dar el ejemplo, cumplo con mi rutina nocturna como lo haría en la casa del distrito dos y estoy con las gafas puestas leyendo una novela cuando un ruido cerca de la medianoche, me hace sacar a prisa los pies de las sábanas, colocarme encima la bata de invierno, abrir bruscamente la ventana para sacar mi cabeza fuera y gritar: —¡KATERINA LYOVA!— cuando la veo a un par de ventanas de distancia con medio cuerpo fuera.
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Mensaje por Katerina L. Romanov Ayer a las 6:11 pm

¡Y yo ya te dije que no quiere venir!— porque en esta relación de a dos que tenemos, rara es la vez que mi madre se queda sin una contestación de mi parte, así que por eso mismo pongo en mi boca las voluntades de mis amigas, tomándome la libertad de expresar por ellas su postura con respecto a esta casa. Empezando por los comentarios de Ginevra de que seguro hay espíritus rondando de la gente que murió aquí -cosa que me haría más gracia si no fuera porque me llamarían una insensible en mi familia-, la postura de Quinn sobre que es un gasto innecesario de recursos que podrían estar utilizándose en otra cosa, como luchas para la protesta de criaturas cerca de la extinción, y Anna que... bueno, es Anna. Suerte que son mis amigas de toda la vida y puedo confiar en que se mantendrán a mi lado pase lo que pase, porque sino hasta me preocuparía porque me dejasen de hablar por esto.

Me reiría secamente si no fuera porque estoy demasiado ocupada rodando los ojos. Si mi madre se piensa que voy a tragarme que adoptaría a unos niños y darles la bienvenida en nuestra casa solo por llevarme la contraria... bueno, pues está en lo cierto, me lo creería. Pero como también soy consciente de que no va a hacerlo, sino que es un recurso para quedar por encima de mí, termino meneando la cabeza con los ojos puestos en el techo de la casa. Queda infantil, pero en mi camino por las escaleras estoy haciendo burla con mis labios ante su último comentario, lo que es una buena cosa que se encuentre de espaldas a mí y no pueda ver mis gestos faciales.

En lugar de abrir la maleta y colocar mis cosas en los armarios y estanterías como mi madre ha dicho que haga, me tiro encima de la cama grande de una de las habitaciones que encuentro en el pasillo, la más alejada del cuarto que ocupa Ingrid, para ser exactos. Milo va detrás de mí, sube el escalón sobre el que está acomodada la cama, pero tengo que subirlo al colchón con mis propias manos por lo alto del mismo. La maleta sigue sin deshacerse para cuando un elfo aparece con una bandeja de comida, la de la cena, que termino compartiendo con el perro sobre la colcha. El ruidito de las teclas del teléfono que tengo en la mano indica que estoy hablando con una de mis amigas al mismo tiempo, ahora que pasaron tantas cosas, han visto necesario darme uno en caso de que ocurra una emergencia. Todavía no sé a qué clase de emergencia se refieren, si vivo rodeada de seguridad, se mire por dónde se mire, pero me sirve para poder comunicarme con Ginevra sobre mi nueva táctica de escape.

Espero a que sea medianoche, hora para la que asumo mi madre ya estará dormida y me visto con una sudadera que me tape la cabeza, así como con mis botas de montaña y unos leggins negros. La persiana hace mucho más ruido del que esperaba cuando tiro de ella hacia arriba, para ser nueva no se libra del chirrido que produce y mi cara es una enorme mueca en toda regla. Lo próximo que hago es tirar de la ventana para abrirla, empezando por sacar mi cabeza y mi cuerpo para luego proseguir con una pierna sobre el alféizar. Mierda. Si no me caigo al jardín de abajo es porque tengo los reflejos suficientes como para volver a meter mi cuerpo a la velocidad de la luz, girando mi rostro para contemplar el de mi madre, ahí como segurata con sus gafas y bata de noche. —Eeeeeeeeeh...— se me escapa de manera nerviosa —¡Solo estaba probando que funcionase! Lo hace, lo hace, tenías razón con la buena estructura de esta casa— doy unos golpecitos con mis nudillos al cristal, para luego hacer un gesto con mi mano hacia el interior —Ya voy a...— sí, mejor me meto en la cama a toda velocidad, pisando sobre mis talones para quitarme las botas con prisa y lanzarme bajo la poca seguridad de mis mantas.
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