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One reason to smile — Ingrid IRh8ZNT
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One reason to smile — Ingrid

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Mensaje por Konstantine P. Romanov el Lun Nov 09, 2020 5:29 pm

He llegado del Edificio de Justicia en cuanto empezó a bajar el sol y pude liberarme de mis tareas, lo cual no ha sido sencillo si consideramos que he pasado gran parte del día con la cabeza en las nubes en cuanto me llegó el mensaje de Ingrid. ¡Ministra de Defensa! ¡Mi Didi, ministra! ¿Cómo sucedió esto? No, no es una queja, pero la verdad es que no puedo hacer otra cosa que sorprenderme… Y asustarme un poco. ¿No son siempre aquellos que están en el foco de los ataques? Tan solo hay que ver lo que le sucedió a la pobre Lulú… ¿Y cómo es que mataron a Hasselbach, de nuevo? Además de la seguridad de mi esposa, también hay otra cosa que me ha saltado en duda: ¿Dónde vamos a vivir? Sé que la isla se encuentra en reconstrucción, de seguro andan como locos tratando de mejorar el sistema de seguridad, pero es una discusión que tendremos que tener en algún momento. No puedo ser alcalde y no vivir en el distrito que debo administrar.

Obvio que no voy a caer con cara larga, claro que no; esta es su noche y ya podremos ir solucionando los detalles con el correr de los días. Soy consciente de lo mucho que significa esto para ella, así que se merece que busque la botella más cara de vino que tenemos guardada, me hago con dos copas y casi que puedo decir que estoy corriendo escaleras arriba en cinco minutos, sin siquiera alcanzar a sacarme el saco. ¿Estará Kitty en casa? Ni idea, cuando paso por su puerta la encuentro cerrada y tampoco voy a detenerme, no cuando tengo bien en claro cuál es mi destino. Asumo que habrá querido cambiarse al llegar, por lo que mi paso es bien decidido.

Para cuando entro en nuestro dormitorio, mi sonrisa se ha pintado de oreja a oreja y alzo las manos para que pueda ver lo que traigo conmigo — ¡Buenas noches, señora ministra! — agito las copitas delante de mí para que pueda captar mis ideas, dando pasos largos en su dirección — Sea lo que sea que tienes planeado para esta noche, tendrás que cancelarlo. ¡Vamos a festejarlo! ¿Cuándo fue la última vez que celebramos algo, Didi? — sé que las últimas semanas han sido una completa mierda, así que si quiere bañarse en champagne con excusa, yo voy a seguirla.
Konstantine P. Romanov
Konstantine P. RomanovAlcalde Distrito 2

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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Lun Nov 16, 2020 11:23 pm

Hay momentos en la vida que nos marcan, como ese en el que al ser dos las candidatas para ser la nueva reina del baile, el voto de la mayoría define que sea otra la que se lleva la corona y una, siendo la delegada de la clase, con méritos académicos, incluso con trofeos en olimpiadas de gimnasia en la que conformaba un equipo unipersonal y siendo también de las mejores en el grupo de esgrima por fuera del colegio, se tiene que quedar en una esquina sonriendo y aplaudiendo mientras Felicity se coloca la corona con sus dedos que lo único que saben hacer es señalar el corte horroroso de alguien cuando lo ve pasar. No es un sentimiento que se pueda olvidar fácil, se repite a lo largo de la vida en otras situaciones, nunca eres la que eligen.

Nunca me quedó tan claro esto como cuando Nathaniel, luego de cinco años de creer que mis sentimientos eran bastante claros, me dijo que no podía corresponderme porque sus sentimientos iban hacia alguien más y ese alguien era un chico muy atractivo llamado Daniel. Esto ocurrió poco después de lo del baile, por si la referencia temporal ayuda a entender que una llega a fijarse muy fuerte en la mente de que, por propia cuenta, nunca se le verá el mérito y la corona siempre se le pasará por el costado hacia alguien más. Si para casarme, mis padres tuvieron que elegir y señalarme a Kostya, si era por mí… uff, seguro que estaba en el distrito nueve casada con algún granjero ¡y ahora convertido en territorio rebelde! No, Ingrid Helmuth no es una persona que por sus propias decisiones llegue a cosas buenas, si me hubieran dado la corona en ese entonces, en vez de Felicity, seguro sería de las que pisan el ruedo del vestido y terminan con un cuello ortopédico en el hospital.

Por eso estoy llorando cuando veo la carta con el sello del ministerio que lo hace oficial, me han dejado a cargo del ministerio de Defensa, y no, no estoy tan corroída por dentro como para celebrar que la muerte de Rebecca Hasselbach sea lo que me permite acceder a ese puesto. Estoy lejos de tener una naturaleza tan maliciosa como la de esa mujer. Mi alegría pasa por cubrirme los hombros con la manta de la cama que compartimos con Kostya y llorar como no lloré siendo adolescente por culpa de que Felicity se quedó con la corona. Tengo mi rostro en las manos cuando escucho una voz masculina para la que no tengo que esconder lo rojo que tengo los ojos, sino llorar con más efusión. —Kost…ya… ay, Kostya— me atraganto con otro sollozo y empiezo a hipar, —lo conseguí— no puedo dejar de llorar. ¡Cincuenta años! ¡Casi cincuenta años, maldita sea! Este día tenía que llegar. —¿Cuándo nos enteramos que iba a nacer Luka?— ya ni me acuerdo, y en la privacidad de este dormitorio no hace falta que digamos que fue mi tercer embarazo, porque nuestras caras por esa sorpresa sí la recuerdo bien.
Ingrid C. Helmuth
Ingrid C. HelmuthMinistro de Defensa

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Mensaje por Konstantine P. Romanov el Mar Nov 17, 2020 1:13 am

Oh, por Merlín y todos los cielos. ¿Cómo se supone que tengo que manejar esta situación? Mi postura me lleva a quedarme de pie frente a nuestra cama, botella y copas en mano, no muy seguro de si lo que necesita es alcohol, un abrazo o un baño caliente. Conozco a mi esposa como para afirmar que las lágrimas son de felicidad, que siempre le ha gustado el reconocimiento y que este día pasará a la historia dentro de nuestra familia como la fecha en la cual Ingrid Helmuth, por fin, tocó el cielo profesional con las manos. Mi cabeza se menea de un lado al otro con mi mejor expresión meditabunda, que no estoy seguro de si fue esa la última ocasión de un festejo pero, a decir verdad, tampoco me sorprendería. Pasaron muchas cosas bajo este techo, los años no siempre fueron amables con nosotros y tampoco diré por ahí que nuestro matrimonio es perfecto, que sé que no lo es. Hoy, podemos dejar todos esos detalles del otro lado de la puerta.

Te lo mereces, Didi — le aseguro. Me acerco a una de las mesas de luz así puedo apoyar las copas, lo que me deja la libertad de usar mi varita para apuntar al corcho del vino; el “pop” retumba en toda la habitación y ni siquiera me fijo a dónde es que va a parar — Si hay una persona que ha trabajado con todas las de la ley para recibir este título, eres tú. ¡Ya verás! Harás cosas espectaculares, cosas que ningún otro ministro podrá hacer. ¡Y estaremos todos ahí para apoyarte y echarte porras! — porque eso se supone que tiene que hacer una familia, por más problemas o desacuerdos que podamos tener. ¡Ya puedo imaginarme el berrinche de Katerina! Si ya le fastidia el orden dentro de esta casa, se volverá loca en un sitio como la isla ministerial, donde le controlarán hasta los mocos.

Las copas no tardan en estar repletas y tengo que hacer un enorme esfuerzo para sentarme a su lado sin derramar ni una gota sobre las mantas, no sea cosa que se terminen dañando por un poco de descontrol improvisado. Ante de siquiera brindar, le doy un sorbito a mi vino de manera muy mal disimulada, a ver si el nivel baja un poco y no hago un enchastre — ¿Cómo te sientes? — es una pregunta medio estúpida, pero necesaria — Sé que tendremos que hablar de cientos de cosas y hay que organizarnos a una nueva normalidad, pero ya qué. Por hoy, podemos brindar por la nueva ministra Helmuth.
Konstantine P. Romanov
Konstantine P. RomanovAlcalde Distrito 2

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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Vie Nov 20, 2020 11:57 pm

Sé que lo merezco— me atraganto con otro sollozo mientras voy retirando las lágrimas de mi rostro con las puntas de los dedos, en una tardía demostración de elegancia, si ya tengo la nariz roja del llanto y el cabello corto hecho un desastre en puntas, —en realidad no lo sé, Kostya— gimo, esa maldita nota aguda otra vez en mi voz. —¿Qué pasará si todo lo que hago mal? ¿Y si me despiden como a Weynart? ¿O si me matan como a Hasselbach? No creo poder con la vergüenza de lo primero y quiero poder ver a nuestros nietos como para hacer algo tan suicida como para ir detrás de un loco— digo con desdén, ¡pero no! ¡Me niego a hablar de esa mujer cuando estoy celebrando este nombramiento! Literalmente, esa mujer está muerta. ¿Y si me despiden como a Weynart? No, no. No podría vivir con esa vergüenza, la presión es demasiada sobre mis hombros, quizás todavía estoy a tiempo de decir que no. ¡JA! Ya quisiera eso la menor de mis hijos, no pienso renunciar por mucha presión que haya, con una buena copa de vino bastará para calmar mis nervios y la vieja inseguridad de no ser nunca la que da el calce perfecto, por mucho que haya convencido a otros de que esa es mi talla.

Miro a mi esposo a través de las nuevas lágrimas que surgen al escucharlo, puedo despedazarme a mí misma con las críticas que me dirijo, así que es bueno poder despertar al lado de alguien que mantiene a raya esto mostrándome su apoyo. Espero a que se siente a mi lado para apropiarme de la copa que me corresponde y cuido que no se derrame la bebida sobre el borde, cuando mi otra mano rodea su copa para posarse en la mejilla opuesta a la que besan mis labios. Bebo de mi vino que peligrosamente parece estar a punto de manchar nuestras ropas y cuando lo rebajo hasta la mitad, la apoyo sobre mi rodilla, así puedo inclinar mi cuerpo hacia él y colocar mi cabeza sobre su hombro, mirando a la pared que tenemos delante. —Feliz— contesto, —se siente realmente como si hubiera esperado una vida por esto. He dejado todo y hasta mi salud como auror, diciéndome a veces que en el servicio estaba la satisfacción, pero… estoy segura que estoy hecha para esto— murmuro tan bajo que no suena a que esté plenamente convencida, tal vez no porque haya dudas en mí, sino porque serán otros los que dudarán que así sea y por alguna razón, sigo pensando en lo que dirán otros y nunca los imagino diciendo algo bueno, como si nunca acabara de desprenderme de las críticas que formaron el carácter. —Un alcalde de distrito y una ministra, somos los reyes de esta fiesta— choco mi copa con la suya suavemente, quiero reírme de esto así me despejo del llanto. —¿Tú estás feliz?— pregunto, —¿o te preocupa que como ministra de Defensa pueda pedir el archivo de todas las llamadas y correos electrónicos de las alcaldías?— susurro, mis ojos vueltos hacia arriba para mirarlo con mis cejas en alto, me río luego de decirlo. —Es broma— tengo que hacerla yo, antes de que comiencen los chistes de como pienso abusar de los beneficios que esto me puede ofrecer para sobrecontrolarlos.
Ingrid C. Helmuth
Ingrid C. HelmuthMinistro de Defensa

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Mensaje por Konstantine P. Romanov el Dom Nov 22, 2020 1:16 am

No van a despedirte. Tienes una ética laboral que Weynart no tenía, no es secreto que fue demasiado perro faldero de Jamie como para acabar tan gastado como ella — no puedo culparlo, no todo el mundo es capaz de estar en el poder por tanto tiempo sin perder la chispa. Ingrid es una de las personas más responsables que conozco, sé que encontrará el modo de hacerlo funcionar a largo plazo. Ahora, lo siguiente es lo que en verdad me preocupa. Sé que ha acabado herida en la isla, soy bien consciente de que es un trabajo cargado de riesgos y que las posibilidades están ahí, en forma de obituarios — Me sorprende que aún tengas esperanzas de tener nietos. A estas alturas, solo confío en Lexa para esa tarea — me permito el bromear un poquito para no llenar la conversación de un tinte amargo, que no ando de ánimos para irnos por esa área —  Hasselbach fue la primera ministra de defensa que ha muerto desde la época de los Black, los dos sabemos que eres mucho más lista que ella — eso debería bastar.

El beso en la mejilla se siente como algo de todos los días, esos detalles que podemos recortar en cualquier otro momento y ubicarlo en una normalidad que ahora va a terminar por cambiar. Reconozco que no tuvimos el matrimonio más estable de todos, pero hay cosas que me hacen pensar que seguimos siendo las mismas personas que se casaron hace tanto tiempo, siendo tan jóvenes. Por ejemplo, esa pregunta me hace sonreír con cierta gracia — Por supuesto que estoy feliz. ¿Quién no quiere ser el rey de la fiesta? — una que ni sabía que íbamos a tener, no cuando las últimas semanas fueron… Bueno, extrañas. No parecía pintarse un panorama favorable para nadie. Lo que me hace patinar un poco la sonrisa es la broma que se toma un instante en aclarar, me encuentro desviando la mirada con cierta incomodidad y, tras un carraspeo, bebo un trago — Si eso te deja tranquila… — sé que ha sido un modo de seguirle el chiste, pero no estoy seguro de hasta qué punto va a oírse como tal.

Bien, cartas sobre la mesa, yo jamás he engañado a mi esposa, pero eso no significa que no existan llamadas o mensajes que preferiría que no pueda ver. Han tenido lugar hace tiempo así que debería irse mucho muy atrás, pero no confío en la tecnología de hoy en día. ¿Y para qué pasarla mal por cosas que a ninguno de los dos van a hacernos daño, cuando a fin de cuentas no significan nada? Mi copa pronto se encuentra a la mitad, por lo que la levanto un poco para chequear cuánto he bebido — Solo por curiosidad… ¿Te han dicho cómo van a proseguir desde ahora? ¿Habrá un nombramiento y una jura oficial? Deberíamos organizar una cena, algo con nuestra familia. Se sentirá como poder retomar un poco el orden de las cosas — ni siquiera tengo que tantear para encontrar su mano con la mía propia, le doy un suave apretoncito — Será difícil manejar a Kitty, pero confío en que va a entenderlo. Al menos, con el tiempo.
Konstantine P. Romanov
Konstantine P. RomanovAlcalde Distrito 2

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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Dom Nov 22, 2020 3:37 am

Si de ética se trata, podría dar cátedra. No justamente a mi marido, a cualquier persona, menos a él, único nombre conocido que se haya visto perjudicado por mi falta de ética, en ese caso fue la matrimonial. Del despido de Weynart, así como la designación de Hasselbach, lo único que me queda claro es que los vientos siempre cambian, incluso cuando soplan en la misma dirección, atarse a un nombre es lo más descabellado que se puede hacer, porque terminamos como cometas a la deriva entre nubes. Los principios suelen ser una base más estable sobre la que apoyar los pies, el valor de la familia la sujeción más firme que podremos encontrar. —Solo estaba pensando en Lexa— aclaro, —Luka y Kitty son demasiados jóvenes para darme nietos— e incluyo a mi hijo en un rango de madurez más cercano a la edad de su hermana menor, que a la mayor con la que apenas se lleva dos años de diferencia, porque al ser mi único hijo varón, no quiero verlo casado tan pronto. —Es lo que más lamento de que se haya separado de Percy, me hubieran dado hermosos nietos rubios. Pero no puedo seguir llorando por ese muchacho más tiempo, ya nuestra hija encontrará a alguien más y podremos jugar con nietos antes de que seamos demasiados viejos y nos quede doliendo la espalda por andar correteando detrás— sí, hago adrede esto de pensar en nietos en vez de continuar con el llanto de todo lo que podría salir mal siendo ministra. Piensa en cosas lindas, Ingrid. Piensa en cosas lindas.

El vino ayuda, lo bebo demasiado a prisa como para disfrutar de su sabor, y sin embargo, podría asegurar que es el mejor que he probado, mezclado así como lo bebo con mis lágrimas de drama que evoca una adolescencia que ha dejado tan atrás, ¿por qué vuelve en estos momentos en que tengo los años suficientes como para pensar en nietos? Canas en vez de coronas es lo que estoy consiguiendo a esta edad, lo mismo para el rey de la fiesta, si avisar al otro de la aparición de canas se ha vuelto parte de la rutina de la mañana. —No, solo me pondría más ansiosa…— contesto con la verdad, aunque su comentario no haya sido uno que buscara una respuesta. —No necesitaría nada explicito, encontraría incluso en lo no dicho algo para servirte la cena fría y ni siquiera entenderías por qué, ¿qué sentido tiene suponer cosas que me amargarían si no salen de tu boca?— murmuro, sin sentidos que callo al acercar la copa a mis labios para seguir bebiendo, ansiedad es una palabra que se queda corta cuando se transita un matrimonio por décadas esperando que se le devuelva la falta para equilibrar los tantos, cuando ese equilibrio no sería más que el quiebre definitivo a todo.

Miro hacia un lado, a la nota en papel que dejé sobre la sábana, buscarla haría que me incorpore así que la dejo donde está y sigo recostada contra el hombro de Kostya. —Supongo que sí— contesto, dándome cuenta de lo que supone eso. —Tendremos que elegir nuestro vestuario para que vayamos a tono. Tú, Luka, tendrán que ir con traje oscuro, así que tanto Lexa, Kitty y yo podremos ir de negro. Es un color bastante profesional, trataremos de que sean vestidos discretos, pero que no eludan tampoco al luto— murmuro, asistir como si el nombramiento fuera una extensión de los funerales, no será lo mejor para los ánimos de por sí desganados de los ministros que estarán obligados a asistir, como mi propio hermano y Powell. Bastante tendrán con participar de una ceremonia que les recuerde el asalto a la sila. —Una cena entre nosotros cinco— puntualizo, reafirmando el número que creí implícito en su sugerencia. —Puede ser después del nombramiento, ¿cuándo fue la última vez que salimos a cenar como familia?— pregunto y no me refiero a los almuerzos en el club de golf, ni a las vacaciones en el distrito cuatro, sino a los restaurantes del Capitolio, con otro sorbo del vino lo recuerdo. —Ya, me acuerdo, Kitty tenía cuatro años…— esa noche casi perdimos la membresía. No, la membresía casi nos perdió a nosotros. —Kostya, ¿no se te hace a veces que todo ha quedado demasiado lejos? La vida pasó, los recuerdos de nuestra época de oro quedaron hace veinte años atrás, tan atrás que no nos acordamos cómo festejar algo y nos encerramos a beber en nuestro dormitorio…
Ingrid C. Helmuth
Ingrid C. HelmuthMinistro de Defensa

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Mensaje por Konstantine P. Romanov el Dom Nov 22, 2020 4:51 am

Menos mal que estoy bebiendo, porque de tener la boca libre de seguro me las arreglaría para meter la pata sobre su ansiedad, tan bien que me sale el hacerme el idiota cuando tengo la boca ocupada en otra cosa. Podría hacer unos cuantos chistes - y no tan chistes - sobre la paranoia que puede sacudir a esta familia, pero me parece que no es el momento adecuado. Como el marido entrenado que puedo llegar a ser cuando no tengo ganas de discutir, léase “nunca” al menos que llegue al punto de la “explosión por sobrecarga emocional”, me limito a asentir con los labios fruncidos, casi como si le estuviera dando la razón a un ser superior más allá de que solo sea una esposa en su día especial.

Esa mueca se va transformando en una sonrisa cómplice para conmigo mismo, que no voy a decir que me sorprende de alguna manera que el orden llegue a un evento como una cena familiar — ¿Estás segura, Didi? Si seremos solo nosotros cinco, podemos conformarnos con que los chicos se vistan decentemente en lugar de ponerles una etiqueta. No querrás tenerlos con caritas durante toda la cena — Kitty es capaz de aparecer con un jardinero naranja con un sombrero de flamenco en medio de Paracelso y no, no queremos ver a su madre tener un infarto por un sobrecargo de estrés en medio de uno de los restaurantes más lujosos de todo el Capitolio — ¿Cuatro años? — se me escapa como si estuviera diciendo una barbaridad, que no me parece que el mundo se haya movido tan lento como para pensar en que ha pasado tanto tiempo — No hay manera de que Katerina solo tuviera cuatro años. Tal vez seis… — mi intento de arreglarlo es tan patético que ni me molesto en completar la frase. En su lugar, me vacío la copa como si fuese el único modo que tengo de evitar humillarme a mí mismo.

No hace falta que se ponga en detallista, sé muy bien que tiene razón y no tengo que ponerme a enumerar las cosas que no hacemos bien, porque sería un poco deprimente. Me rasco la barbilla con unos nudillos cansados y, al final y con suma pereza, mi cabeza se apoya sobre la suya en actitud de derrota — Tal vez es porque estamos tan centrados en otras cosas, en el trabajo, en la casa, en los hijos, que nos olvidamos de las personas que solíamos ser — tengo entendido que es algo completamente normal en gente de nuestra edad, de esas que cometieron la misma locura que nosotros al casarse tan jóvenes — No somos los mismos de hace más de veinte años, Didi, muchas cosas cambiaron, nosotros lo hicimos. ¿O crees que ahora tenemos las ganas de salir a beber a la calle? — más allá de alguna gala en la alcaldía o alguna fiesta de élite del Capitolio, no puedo enumerar una situación festiva más allá de la Navidad. Froto un poco mi mejilla contra su coronilla, en algo que parece un gesto cariñoso — ¿Te arrepientes de algo? — mi tono de voz baja unas cuantas octavas, apenas arrugo el ceño al darme cuenta de lo que estoy preguntando — ¿O hay algo que desees cambiar de nosotros? Porque aún seguimos jóvenes, aún estamos aquí — que los magos y brujas tenemos un estimado de vida bastante amplio en comparación a los muggles. O tal vez… — ¿Eres feliz, Didi? — es un poco obvio que la pregunta va más allá de su ascenso, es un susurro íntimo y cómplice. A estas alturas de la vida, solo me quedo con la honestidad.
Konstantine P. Romanov
Konstantine P. RomanovAlcalde Distrito 2

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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Lun Nov 23, 2020 12:25 am

¿Tenía seis?— repito, estoy en la duda de que tan acertados son mis cálculos sobre la casi perdida de una membresía exclusiva que otras personas solo sueñan con tener al pasar delante de los ventanales del restaurante, —¿ya era tan grande? Para peor vergüenza si ya tenía seis años— murmuro, como si no hubiera algo de humor en evocar cada una de las hazañas de la menor de nuestros hijos. —Lo merecemos por nuestras caras de susto al saber qué venía en camino, no ha hecho más que darnos razones reales para asustarnos de veras— suspiro, ¿qué sigue a teñirse el cabello como si fuera un curvo o que al pasar a recogerla de la escuela la encuentre con su tatuaje de hija del diablo? ¿Qué un día decida ya no depilarse las cejas y se las deje como su nueva moda que se va instalando entre las muchachas? ¿Qué le sigue? ¿Andar por ahí sin sostén? ¿Quemarlo en plazas públicas? Kitty tiene todo el potencial de causar revueltas que luego sus propios hermanos, como aurores, tendrán que ir a calmar. Culpa de dejar tanta diferencia de años entre unos hijos y otros, supongo, qué distintos han salido…

Saco estas conclusiones como si ya la vida hubiera pasado, como si nuestros hijos hubieran vivido lo suficiente para hacer tales comparaciones tan determinantes entre ellos, y adjudicarle a Katerina más revoluciones sociales de las que verdaderamente ha causado. Pese a ser este un festejo, incluso el nombramiento se siente como el final y recompensa de un recorrido, mi mirada está puesta hacia atrás y todo lo pasado, que a todo lo que me espera como responsabilidad de este nuevo cargo. —Tal vez— estoy de acuerdo con Kostya, esas dos palabras caen de mis labios con resignación. —Si saliéramos a beber seguro te pediría volver en un rato porque me daría sueño— suspiro, cierro mis ojos –ya no tan rojos- al decirlo, acurrucándome contra su hombro. Poso la base de la copa sobre mi rodilla al quedar vacía, le habló con mis párpados cerrados en esta falsa somnolencia. —Me arrepiento de no haber comprado ese vestido dorado con mangas en Morgana’s, hubiera sido perfecto para este nombramiento…— claro que tenía que usar algún comentario superficial que pareciera una preocupación real esperable en mí, mientras gano tiempo en pensar si hay algo de lo que me arrepienta y si, bastantes, de todas las cosas que hice mal, ¿cuáles puedo decirlas en voz alta?

Hay mucho que me gustaría cambiar, cosas que me hubiera gustado hacer mejor, pero ya están hechas y sobre eso no se puede cambiar— murmuro al entreabrir mis ojos a la luz clara de la habitación, —y aunque las hay, aunque hay mucho que me hubiera gustado que fuera distinto, claro que soy feliz— contesto en el mismo tono susurrado que usa, puede ver mi sonrisa cuando giro mi rostro hacia él, mi mano se posa sobre el corte de su mentón. —Tengo una familia, una casa, mi trabajo, es lo que quiero, que me costó mucho tener y aún más conservarlo, que aún cuesta mucho…— me aparto un poco para bajar la copa al suelo, paso el dorso de mi mano para quitarme el último rastro de humedad que haya quedado de mi llanto. —Esto es todo lo que quiero, algo bastante ordinario y parece extraordinario en estos días, ¿cómo no ser feliz pese a que vivo en un temor constante a lo que pueda suceder? Es por lo que peleo con ahínco cada día, es todo lo que quiero, por lo que me dejaría la vida peleando y quizás así sea— digo sin ánimo de sonar exagerada, me encojo de hombros porque es la realidad en la que vivimos. —Sé que no lo merezco, que fui la primera en fallar a esta casa y a esta familia, pero nunca deseé algo distinto a esto— en la franqueza que reconozco mis propias faltas, también inevitablemente puede que le hago daño sobre una vieja herida, que también es la mía, —incluso entonces de lo que dudé fue que desearas lo mismo— susurro. Hinco mi codo sobre la rodilla para recostar mi mejilla contra la palma abierta de mi mano. —¿Y tú, Kostya? ¿Eres lo que querías ser y tienes lo que deseabas tener? Si pudieras cambiarlo todo, ¿lo volverías a hacer de un modo distinto desde el momento en que conocimos y tomarías una decisión más acertada sobre con quién convivir los siguientes treinta años? No es una pregunta que puedas responder con la verdad, recuerda que estamos casados. Tienes que mentir y decir que te volverías a casar conmigo— bromeo como aclaración.
Ingrid C. Helmuth
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Mensaje por Konstantine P. Romanov el Lun Nov 23, 2020 9:47 pm

Desde maneras con los hijos hasta comprar vestidos en Morgana’s, hay muchas cosas que hicimos o dejamos de hacer que podrían haber afectado la vida que llevamos hasta el día de hoy. Con aciertos y errores, sigo siendo el mismo hombre que reacciona al toque en mi mentón y busco sus ojos, atento a la clase de palabras que no suelo obtener de ella porque… Bueno, porque hay cosas que no hablamos, al menos no seguido, al menos no tan honestamente. Golpeteo el borde de la copa con la punta de mi dedo, acabo por imitar su accionar y coloco el cristal con mucho cuidado en el suelo; sé que hay una botella que aún tiene alcohol, pero creo que ya no somos jóvenes y es preferible el tener la consciencia de poder aceptar sus palabras. Hasta sonrío ante lo último, lo tomo como un intento de sacarle el peso emocional a la conversación que nos pone en un estado vulnerable.

Quizá sí debería haber bebido más. Me rasco la barbilla con los nudillos, tomo aire y eso me da el tiempo a procesar una respuesta que, en el fondo, he sabido desde siempre — A veces, creo que éramos demasiado jóvenes para tomar ciertas decisiones y, tal vez, de volver al pasado lo haría diferente — más tiempo para conocernos, para construir nuestras carreras, para tachar cosas de nuestras listas personales — Sé que no tuvimos un matrimonio feliz todo el tiempo, pero he aceptado que yo mismo fallé como esposo, que la culpa en cualquier relación es siempre de a dos. Nos encontramos y desencontramos más de una vez, eso lo tengo bien en claro. Mantener una casa, un bebé, una carrera… Éramos niños, Didi — no tengo idea de cómo lo logramos, para empezar. Obvio que no salimos limpios de ello. Aún así, hoy puedo poner la mano en su espalda baja y la froto en una caricia cariñosa — Pero entre todos los errores, también existen un montón de aciertos y puedo decir que son la mayoría. Tengo una familia a la que adoro, un trabajo que siempre he deseado, un fantasma que no estaba en los planes… — agrego a modo de broma, la subrayo con un empujón cariñoso de mi nariz contra su hombro — Y una esposa a la cual seguiría eligiendo, así que sí. Creo que si miro la fotografía completa, puedo decir que soy muy feliz.
Konstantine P. Romanov
Konstantine P. RomanovAlcalde Distrito 2

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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Miér Nov 25, 2020 2:50 am

Dudo que todo lo que tengo a día de hoy, lo tendría de no haber obedecido a mis padres cuando hicieron girar mi rostro al señalarme al muchacho que se convirtió en el hombre que tengo sentado a mi lado, a esa edad iba en picada a tomar otras pésimas decisiones sobre lo que creía que era lo que me merecía y era lo mejor. Si hay alguien que sí creía que todo lo que brillaba era oro, esa era Ingrid Cath Helmuth cerca de los veinte años y con toda una vida por delante. Varios años después, todavía me cegaban fácil los destellos de lo que no era oro y me llevaron a pisar en falso. No sé qué hubiera sido de mí si perdía la contención de esta casa, de toda mi familia para recordarme cuál era el lugar en el que debía quedarme, para no salir huyendo tras lo que hubiera sido mi peor error. Si Nicholas no me hubiera recibido en su casa con las valijas hechas y me hubiera mostrado el camino de vuelta a la mía, entonces me habría privado de veinte años de estar al lado de un hombre que supo ser mi esposo, al que hubiera dejado solo con una hija y preguntándose qué me había llevado a abandonarlo todo, incapaz de conseguir una respuesta por su cuenta.

Serían entonces solo una fotografía que los incluyera a los dos, en el presente muestra a dos hijos más, un fantasma que no estaba en los planes. —Y no te olvides del perro— pido como única acotación, —el tornado Katerina caerá sobre nosotros si llegáramos a ignorar la existencia de Milo en la fotografía familiar— ruedo los ojos al decirlo, su caricia en mi espalda hace que vuelva a buscar su cercanía y apoyo mi mano en su mandíbula al tenerla al alcance, así puedo pasarla por su barba casi al ras, atrayéndolo para que pueda descansar su cabeza en mi hombro y que la frágil felicidad que podemos reconocer en el cuadro que somos, quede protegida dentro de las paredes de esta habitación, de esta casa en la que sigue durmiendo la menor de nuestros hijos, porque quizás mañana ya no sea tan fácil encontrar ese sentimiento cuando todo en este mundo vuelva a torcerse, como para colocarme a mí y a nuestros hijos mayores en otra circunstancia al límite o a él mismo como alcalde, a nuestra Kitty por andar explorando territorios de salvajes. —No quiero nada extraordinario, quiero poder envejecer, ver a nuestros hijos crecer, tener los propios o seguir adoptando fantasmas si lo desean, que las amigas con las que juegue canasta me digan «ministra» como apodo, y si envejeces a mi lado— bajo mi mirada a él, —te lo agradecería mucho— susurro, si todo lo que conseguimos en el presente fue por seguir apostando a esta familia tras nuestros primeros tropiezos, a volver y quedarnos en esta casa cuando no faltaron distracciones en el camino, no dudo de que siga habiendo cosas reservadas para nosotros si nos mantenemos juntos.
Ingrid C. Helmuth
Ingrid C. HelmuthMinistro de Defensa

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