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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Sáb Nov 07, 2020 1:56 pm

25 de diciembre,
2.30 hs.


Se me hace un tanto difícil poner en práctica lo que dijo aquella adivina sobre que los males de mi familia surgen de nuestras propias faltas y estaría a bien que las reconociéramos para remediarlos, cuando la desgracia cayó sobre nosotros en su forma de rebeldes asaltando la isla ministerial, dando un golpe pleno a nuestro hermano mayor que es piedra sobre la que se sostiene esta casa y sufriendo el menor de nuestros miembros, el mismo Brian, el castigo de pagar como posible tributo en los próximos juegos, crímenes que no le corresponden. Vacío la copa que sostengo en mi mano para hacerla a un lado en el suelo mientras sigo sacando botellas y más botellas con todo el alcohol que puedo encontrar en esta casa, donde generaciones anteriores a la nuestra, han lidiado con sus propias penas. Las hago levitar hasta la isla central de la cocina donde le he pedido a Sigrid que se encargue de preparar su famoso té para los nervios.

Está fatal, Siggy. ¡Lo conozco! Esa manera que tiene de mantenerse serio, que no le tiembla ni un músculo de la cara, el modo distraído que tiene de frotarse la mejilla… ¡Ay, Siggy! ¡Lo que debe estar sufriendo!— si hasta a mí se me empaña la mirada con lágrimas prestadas por un dolor que le corresponde solo a él, por mucho que pudiéramos apreciar a Eloise como cuñada, estamos lejos de que sea un sentimiento que nos afecte como debe estar sucediéndole a él. —Vino a esta casa a esconderse, ¿qué no lo ves? ¿Y qué es eso de que no está de ánimos para pasar la Navidad con el resto? Que lo entiendo, nadie le pide que tenga el humor, pero no hace más que esconderse de todos nosotros…—. Y en estos cincuenta años de mi vida, sí algo deben tener claro mis hermanos, es que cuando se trata de velar por ellos, me meto donde no me llaman ni me buscan, las veces que haga falta.

Sigo a las botellas que van flotando en el aire hasta posarse suavemente sobre la mesada, hago lo mismo con mi vaso, pero no con tanta delicadeza. Recupero el vaso de Sigrid para servirlo con el mismo coñac que cargo en el mío para reponer cantidades, que tampoco vamos a dejar solo a Nicholas en los efectos que pueda tener el milagroso te de “tila” de mi hermana. Saco un suspiro hondo de mi pecho al echar una mirada larga a la cocina en la que solíamos reunirnos siendo niños para probar las roscas navideñas que traían el tío Matthew y la tía Jane, entonces la molesta de Josephine se nos pegaba como garrapata para seguirnos a todos lados y con Nick nos escondíamos en el pasadizo que está detrás del reloj de pie de la sala para escapar de las más pequeñas, las teníamos horas buscándonos. No se nos puede juzgar, Nick ya tenía quince años para ese entonces, ¿saben lo tedioso que puede llegar a ser para un adolescente pese a su santa paciencia, de tener a dos niñitas tirándole de los brazos? ¿Y alguien puede pensar en lo bruscas que eran al tirarme a mí el cabello que con tanto esmero me peinaba para Navidad? ¡Mi corona de trenzas! Me duele el corazón este año de que no haya ánimos para colmar esta vieja mansión con la misma calidez familiar, y que luego de una cena con mi propia familia, me haya disculpado para poder reunirme con Sigrid y venir a ver a Nicholas. Sea el momento que sea, estén los ánimos como estén, los hermanos Helmuth siempre hemos estado juntos en Navidad.
Ingrid C. Helmuth
Ingrid C. HelmuthMinistro de Defensa

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Mensaje por Sigrid M. Helmuth el Dom Nov 08, 2020 2:46 pm

Sé que me estoy haciendo vieja cuando son la dos y media de la mañana y empiezo a sentir el sueño acumularse debajo de mis párpados. Lo único que me mantiene despierta es el alcohol que no dejo de ingerir, tanto para soportar las ganas de echar una cabezadita como la charleta de mi hermana que no ha dejado de hablar desde el minuto uno en que pusimos pie en la mansión de nuestros abuelos. Como la conozco de sobra, sé que forma parte de su mecanismo de defensa ante situaciones que se escapan de su control, como lo es el hecho de que nuestro hermano no nos hable apenas y se encierre en su habitación cada vez que tiene oportunidad. Por ese mismo motivo dejo que se desahogue, no conmigo que apenas y la estoy escuchando, sino con el vino que va llenándose en nuestras copas a medida que se vacían y mientras tanto preparo el té por el que me he hecho famosa en esta familia. Es difícil encontrar la medida justa de somnífero para no dejar a mi hermana ko, así que es justo el reconocimiento que he recibido a base de crear esta receta que calma los nervios de Ingrid en un santiamén.

Estáaaaaaaa bieeen— es mi respuesta a sus preocupaciones que no hacen más que estresar a nuestro hermano. Yo también lo conozco, como para saber que, mientras el mecanismo de mi hermana es ponerse tiquismiquis con cada cosa y señalar hasta las faltas de la alfombra, el de mi hermano es vestirse de esta actitud serena e imperturbable que, no vamos a engañarnos tampoco, me daba miedo con diez años, también me produce temor ahora. —Es solo su forma de ser, siempre ha sido así, Inggy, desde que yo tengo uso de razón que lo he visto comportarse así cuando hay algo que lo perturba— sí, y no me ve mi hermana aquí montando una escena porque yo sí le dejo que se exprese como desee, a veces hay que recordarle a Ingrid que cada quién necesita su espacio. —Es completamente normal que quiera estar solo en estos momentos, ¿o tú estarías con ánimos para festejar de estar en su lugar? Solo... hay que dejarle un tiempo, saldrá de su propio caparazón cuando se encuentre preparado para ello, no antes, sino en el momento justo. ¡No vayas a ir tú detrás como la señorita Rottenmeier!— le advierto, que ya la vi aporreando su puerta hasta obligarlo a salir.

Mientras tanto, tenemos que ser nosotras las encargadas de mantener el espíritu navideño en esta familia, que no ha habido año que no se haya festejado a lo grande y sí, esta vez nos toca prescindir de uno de los miembros, pero eso no significa que los elfos no hayan decorado esta casa tal y como la recuerdo de entonces. —¡Que no vino a esta casa a esconderse, Ingrid!— repito, por enésima vez en lo que va de noche, y todavía queda que es pronto aun, en lo que dejo escapar un suspiro exasperado. —¿A dónde hubiera preferido que fuera? ¡Su casa quedó sepultada bajo cenizas, en algún lugar tenía que dormir el pobre hombre! Sí, es una casa muy grande para que él esté solo, eso sí tengo que reconocértelo, pero... quizás es lo que anda necesitando en estos momentos. Es Nick, no hará nada que no sienta— me excuso con esta imagen que tengo de mi hermano, como la persona más sensata que conozco, es sensato entonces dejarle que sea él mismo quién decida en qué momento regresar a la realidad.
Sigrid M. Helmuth
Sigrid M. HelmuthCiudadano

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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Lun Nov 09, 2020 5:58 pm

Que sea su forma de ser no quiere decir que me quede mirando desde un rincón— replico, sabiendo que esta es una discusión sin ton ni son, como las que venimos teniendo desde que ella aprendió a hablar y a contestarme, —mi forma de ser— porque si nos vamos a poner en esas de que respetemos las maneras de cada uno, —me obliga a hacer algo para que se sienta mejor— lo digo con un dejo de frustración, yo misma reconozco que serán intentos en vano, pero otro trago de alcohol me ayuda a mantener esta esperanza navideña de que nuestra compañía baste para que no sufra una noche tan oscura en la que solía ser la fecha más emotiva para los Helmuth. —Puedo ser peor que la señorita Rottenmeier, lo sabes—  lo digo alentada por el calor del coñac en mi garganta, —no lo obligaré a salir de su caparazón si no quiere, pero no va a impedir que nosotras nos metamos dentro a ver que esté bien, que se alimente bien, a que tome suficiente agua… Siggy, toma, échale un poquito de  esto al té…— vuelco hacia la taza la botella un poco del coñac que encontré en la estantería de licores rebajados, vaya a saber de qué época histórica.

Dejo caer mi peso muerto en una de las banquetas, me hace sentir como que soy la que estoy exagerando con esto, ¡pero nuestro hermano acaba de perder a su esposa! ¡Por segunda vez! ¿Alguien puede ver esto como lo que es? Ella misma está preparando una taza de algo en esta cocina cuando se han anunciado nuevos juegos que hacen a Brian uno de los candidatos ideales, ¿por qué no es la que está gritando con la histeria de la que yo me apropio? —Nuestro hermano se merece la confianza que podamos tener en su entereza y sensatez, pero por debajo de ese caparazón que se coloca, no haré como si no estuviera sufriendo. Y no lo dejaré solo con su dolor— murmuro, suelto un largo suspiro y me pongo de pie para rodear la mesada que se ha vuelto territorio de los dones de mi hermana, y a ella también la rodeo con mis brazos para acercarla a mi pecho, mi mentón sobre su coronilla igual de rubia que la mía. —¿Cómo has conseguido siempre ser la que conserva el ánimo en esta familia cuando lo de la isla también afectó a tu familia?— pregunto, y por ser Navidad me guardaré los «te lo dije» sobre ese hombre que no era conveniente para ella, que de haberse quedado como un repudiado sin nombre en el norte nos haría menor daño, al que le causa ahora sus hijos por vincularse con los rebeldes. Por ser Navidad, hago mi buena acción del día. —Dressler no estuvo esa noche, por si sirve para consuelo de Jenna y Brian en algún momento, no estuvo entre las personas que fueron a asesinar a nuestro hermano y a los otros ministros… dudo que ignorara los plenes, pero no estuvo— susurro, mi mano deslizándose por su cabello, así miro a la nada en vez de ella cuando lo digo, yo misma juré no volver a poner el nombre de ese hombre en mi boca. —¿Cómo estás con eso, Sigrid? Sabes que Nicholas y yo haremos lo que esté a nuestro alcance para…— lo dejó ahí, ella me entiende.
Ingrid C. Helmuth
Ingrid C. HelmuthMinistro de Defensa

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Mensaje por Sigrid M. Helmuth el Mar Nov 10, 2020 8:23 pm

¡Haz lo que quieras! Si siempre vas a hacer lo que se te antoje...— esto último lo gruño por lo bajo, que acostumbra a ser la misma réplica sobre la que ella se quejaba cuando se trataba de mí con mis berrinches de adolescente, pero que no se diferencia mucho tampoco de la actitud de mi hermana, que de metérsele algo en la cabeza no para hasta conseguirlo, no necesariamente hay que buscar darle la razón o hacerla que entre en esta, porque si de verdad quiere, hará lo que a ella le parezca justo. La señorita Rottenmeier se me presenta como una figura bastante permisiva en comparación con mi hermana en estos momentos —Yo solo digo que... se merece tener su espacio ahora mismo, y él sabe que estamos para sostenerlo de los hombros si así lo necesita, pero solo cuando él lo necesite. No harás más que abrumarlo y si acaso, lo único que conseguirás es que se cierre más, ¿o acaso alguna vez hablaste tú con Nicholas sobre cómo se siente?— la analizo con la mirada y cejas alzadas, sabiendo cuál es la respuesta a esa pregunta. No se mostró receptivo cuando murió Olivia, tampoco cuando lo hicieron papá y mamá, no se trata de dejarlo solo, sino de respetar lo que él necesita en estos momentos, y nadie más que el propio Nicholas sabe lo que es eso.

Muevo la cabeza en un meneo al llevar los ojos hacia el techo, como si estuviera pidiéndole al mismo dios un poco de paciencia, cuando es mi propia hermana quien pretende volcar un chorro de alcohol sobre el té preparado para calmar los nervios. ¿Y cómo es que es Ingrid quien está encargándose de eso y no yo? ¿En qué momento me convertí en el único pilar estable de esta familia? Para, no, me niego a adquirir esa responsabilidad tan temprano. Creo que por ese mismo motivo es que vuelco más de lo ella pretende sobre la taza. —Porque alguien en esta familia tiene que encargarse de que nuestro barco no se estampe contra un iceberg, y mientras que nuestro hermano ahora mismo no está como para ejercer de capitán, y tú... bueno, no te lo tomes a mal hermana, pero no te veo en condiciones de dirigir el timón— ah, ¿pero a mí misma sí? Qué va, si yo creo que somos más bien como un barco de vela y nos sostenemos porque somos tantos que de alguna forma conseguimos mantenernos a flote. Ya con respecto a lo de Dressler, me dejo caer en la banqueta que queda al lado de la de mi hermana, permitiendo que acaricie mi cabello en lo que mis mismos ojos se encargan de responder poniéndolos un segundo en blanco. —Mis hijos parecen saber mucho mejor lo que les conviene que yo, que ya anduvieron queriendo tomar decisiones por mí como si no viniera a cuento que participara en la conversación. Solo me queda confiar en que terminarán por entender mis razones, y que sean sensatos, tanto tú como yo sabemos que no se vienen tiempos fáciles— declaro, con una actitud cansada al suspirar de manera exasperada. Supongo que es de lo que se está resguardando nuestro hermano también, y no es como si no entendiera su postura, cuando a mí también se me apetece resguardarme a mí y a toda mi familia en un armario hasta que la tormenta pase.
Sigrid M. Helmuth
Sigrid M. HelmuthCiudadano

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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Lun Nov 16, 2020 3:09 pm

No es cierto…— farfullo, aunque sea una respuesta que a mí misma me parece contradictoria, no sé en qué momento pasé a hacer lo que se me antoje y dejé de hacer lo que me decían que hiciera, ¿o cuánto de lo que hago realmente lo hago porque así lo quiero? Tristemente, pensar en hacer cosas a antojo para mí tienen una mala connotación, se tratan de cosas que a la larga traen consecuencias dañinas para los que nos rodean, porque hacer cosas a antojo es ser mezquino con los deseos y que no te importe como puedan afectar a otros, son las que me hacen pensar en la vez que creí que responder a un hombre que no era mi marido era un antojo que podía darme y no, no me gustaría volver a caer en un error semejante. Pero, ¿lo que hago por mi familia? ¿Inmiscuirme en sus asuntos o preocuparme en demasía por ellos es algo que hago por puro capricho? No lo creo, alguien tiene que hacerlo o todos deberíamos hacerlo, ¿no es lo que hacen las familias? Siempre velar porque el otro esté bien aunque las confusiones surjan entre lo que esa persona cree bueno y nosotros consideramos como tal.

Por eso suspiro cuando se trata de Nicholas, no quiero presionarlo, pero ¿cómo un hombre puede aguantar tanto por dentro sin decirlo? —Quizás sea yo la más emocional de los tres— suerte que estamos solas en esta cocina con Sigrid, ¿alguien podría creerse esto? No, para nada, definitivamente no Katerina que me ve como un témpano de hielo insensible. —Y por eso mismo me preocupa que una persona que no dice cómo se siente, vuelque todo eso para dentro haciéndose daño. Si Nicholas tiene a nosotras para escucharlo, ¿por qué no hablarlos?— insisto, pese a que es en vano. Estamos demasiado viejos los tres como para cambiar en algo la manera de cada uno de ser y actuar antes las circunstancias, como mucho lo que podemos hacer es este intercambio de roles que sugiere Sigrid y que -¿ALGUIEN PUEDE CREERLO?- la coloca a ella como capitana de este barco. ¿Cuándo ha pasado esto? ¿Cuándo la hermana que desayuna margaritas es la voz sensata entre los tres? ¿Y en mi prevalece lo invasiva que puedo ser al orden que en realidad me gustaría establecer? Cierro mis ojos para tratar de congeniar estas dos imágenes de mi misma, la que conoce la mayoría, mi propia familia, mis colegas del trabajo, la sociedad, y la imagen íntima y más real que mis hermanos conocen en detalle.

Tampoco tienes por qué aguantar todo sola— le recuerdo, sigo siendo la hermana mayor, —es un barco de tres capitanes, ¿de acuerdo?— froto su espalda con mis manos antes de librarla de mi abrazo así puede sentarse en la banqueta. Sigo sosteniendo su mano así que puedo estrecharla cuando el pronóstico de tiempos difíciles me saca una sonrisa cansada. —En qué imprecisa situación nos encontramos, Siggy. Pensar que los Helmuth no hemos hecho más que demostrar lealtad al ministerio y surgen estas cosas que la atacan de lleno— musito, lo digo bajo porque quiero que quede como una confidencia entre ambas, que ningún oreja alcance a escucharnos. —No soy ciega aunque lleve casi veinte años como auror, aunque Nicholas esté sentado en una silla de ministro, las decisiones de poder en este país son caprichosas— tanto anuncios, tantos cambios rotundos a la estructura de este gobierno, imposiciones por un lado y arrebatos por el otro, —nuestro presidente dio un ministro a los dementores como primera acción de su gobierno, eso creo que deja muy en claro bajo las ordenes de quienes estamos— suspiro. Porque no, no soy ciega, veo más allá de mi propia nariz y mis temores a mi familia son más que paranoia infundada, son miedos reales. Y haré lo que sea, me pararé en el lugar que sea, para resguardarlos y así como Sigrid, también queda confiar en que los más jóvenes y por eso mismo más impetuosos, entiendan que deben protegerse y proteger al resto. Porque la familia es eso, no actuamos de manera aislada, nuestras acciones afectan al otro. Un repaso al propio tapiz de los Helmuth nos deja ver que hubo quienes perseveraron en la unión y otros que por sus decisiones acabaron solos. —Podremos con esto, Siggy— le prometo a mi hermana, mi mano sobre su brazo en una caricia cálida. —Y Nicholas también podrá…— miro hacia arriba, tratando de imaginarlo en la habitación del tío Ludovic. —Visité a una adivina y me dijo lo mismo que tú, que deberíamos hablar y confesar los secretos de las que cosas que hicimos mal para que estas desgracias dejen de suceder. Pero en este momento… no, no es el momento… pero quiero poder hablar con él, solo hablar…— murmuro. —Siggy, ¿te das cuenta del tiempo que pasó para que Nicholas se casara con Olivia después de… ya sabes? ¿Y el tiempo a que se decidió casarse con Eloise luego de lo de Olivia? ¿Cuánto tiempo crees que le llevará a nuestro hermano sanar esta vez?
Ingrid C. Helmuth
Ingrid C. HelmuthMinistro de Defensa

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Mensaje por Sigrid M. Helmuth el Mar Nov 17, 2020 12:03 pm

¿Te hicieron falta cincuenta años para darte cuenta de eso?— bromeo con las cejas alzadas, en parte porque todavía no ha cumplido esa edad y también porque me causa gracia que haya necesitado de tanto tiempo para caer en la cuenta de que es la más emocional de los tres. Si vamos al caso, entre Nick que ni siquiera expresa lo que siente, yo que... expreso sentimientos pero en la medida justa, le queda a Ingrid ser todo lo dramática que le permita la vida, a veces para mal. Nuestros padres se las apañaron decentemente para hacer el reparto de sentimentalismos, aunque quizá podrían haber hecho un mejor esfuerzo por nivelarlos todos esos años de convivencia. De esa manera, ni Nicholas sería un rostro sereno todo el tiempo, ni Ingrid la loca de las reacciones exageradas. Y otra vez de vuelta, ¿acaso eso me convierte a mí en la persona centrada de la familia?

Tuerzo la boca en un gesto, que no quiero tener que darle la razón a Ingrid, y no por orgullo machado de hermana menor, sino porque quiero confiar en que nuestro hermano será capaz de decirnos en caso de que necesite ayuda, por lo que respondo con un encogimiento de hombros. —Es Nick— digo como recurso demasiado utilizado en esta familia para explicar el comportamiento de este, como cuando alguien osaba dudar de su palabra o acciones y todos respondíamos con un «es Nicholas» como justificación. —Considero a nuestro hermano lo suficientemente inteligente como para confiar en que si requiere de nuestro apoyo, lo buscará, y de por sí ya sabe que lo tiene, solo... Creo que debemos esperar que se sienta un poco más como sí mismo antes de exigirle nada— expongo mi postura, que a mí tampoco me gustaría que me sacaran de mi sitio seguro de pasar por una situación parecida. A no ser que haya alcohol de por medio, claro está, no hay nada que no pueda solucionarse con un martini. Ok, muchas cosas no pueden arreglarse con bebida, lo sé.

Asiento con la cabeza en lo que me llevo mi copa a los labios, que así como Nicholas debe saber que estamos para él, yo también sé que de necesitar ayuda, mis hermanos serían los primeros en acudir a mi llamado. Pasamos por muchos enfrentamientos y discusiones siendo niños, pero nunca ninguna pelea nos hizo olvidar que somos familia, si algo nos enseñaron bien Agatha y Archie fue eso. —Lo sé, lo sé, pero a veces es complicado tratar de que tus hijos comprendan tu postura sin quedar como el ogro que les está prohibiendo ver a su padre— bufo, ¿pero y qué le voy a contar? Si mi hermana pasa por esto todos los días con Kitty. A su visión sobre como está el panorama político en el país simplemente respondo con un meneo de mi cabeza, ingiriendo más alcohol del que es apropiado y que mañana mismo sufriré las consecuencias de esta bebida. —¿Cómo? ¿Visitaste una adivina? ¿¡Sin mi!?— vaya reclamos que le hago a mi hermana, en lugar de preguntarle por el motivo de esa visita, me encabreo con ella al no haber tenido la decencia de avisarme. —Qué vergüenza hermana, ¡sabes que llevo queriendo años que me lean la mano!— porque yo sí me creo esas cosas que Ingrid asume como chorradas, y no es que me las tome en serio como tal, sino que... estaría interesante escuchar qué tiene una adivina para decir, así como ella me cuenta lo que dijo acerca de nuestra familia. Suspiro pesadamente, formando una línea recta con mis labios. —No creo que pueda expresarse en tiempo lo que tarde en sanar, será cosa de ir viéndolo cada día y ser pacientes— remarco, ya que la paciencia no es una característica particular en la personalidad de mi hermana —Qué mierda todo, ¿no?— escupo después de un rato en silencio, como conclusión termino mi copa al vaciarla de un trago, uno especialmente cargado que me nubla un poco la vista.
Sigrid M. Helmuth
Sigrid M. HelmuthCiudadano

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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Miér Nov 18, 2020 11:01 am

Bienvenida al club de las madres «ogros»— recupero mi copa para dar este saludo y lo sirvo de vuelta hasta el borde, así el brindis por este triste calificativo que recibimos algunas se hace en toda forma. —Todo lo que puedas decirle sobre no ir a distritos donde puedan cruzarse con rebeldes no es algo que vayan a entender— mascullo, pese a que los hechos recientes demuestran lo que cabe esperar de esas imprudencias, —siempre serás la exagerada y la mala de la historia que pone prohibiciones, cuando lo único que queremos impedir es que todos estos años que dedicamos a tenerlos a salvo no sean en vano…— miro lo vacía que va quedando mi copa tras unos pocos y largos sorbos entre palabras, me veo en ese fondo, cansada. Se siente como si estuviera abriendo mis manos a un huracán que viene sobre nosotros y así trato de detenerlo, como si con mis palmas pudiera poner una barrera que no pasará, y todo lo que hace es abatirme a mí, al ver como arrasa sobre los que me rodean. Busco servirme otro poco de vodka y cuando veo la botella sin una gota, paso a una de vino que quedó cerca, algo necesito tomar para tener la boca ocupada y no terminar diciendo cosas como lo difícil que puede ser querer a alguien, lo difícil que es perseverar en los valores que nos inculcaron nuestros padres.

No fui sin ti, de hecho, fuiste tú la que visitó a esa adivina— contesto, al primer sorbo de vino me arrepiento de esta combinación de bebidas, —y las adivinas no son como crees, no hubo lecturas de mano, ni bola mágica. Me dio un espejo para que lo rompiera y luego me dijo que eso me daría siete años de mala suerte, así que paso de repetir la experiencia, salí más perjudicada que aliviada de esa sesión. Si luego quieres ir y sumarle siete años más a esta familia…— suspiro con desgano, ahora menos que nunca cumpliré con lo que tanto esa mujer como mi hermana me aconsejaron, ya bastantes pesares tenemos por las cosas del presente, como para traer a la memoria pesares del pasado y que sea a mi hermano al que acabe dándole más años y años de lamentos, cuando estamos en edades en que la vida nos va quedando corta y nuestra juventud cada vez más lejos, tan lejos que a mejor guardarla en el fondo de nuestra memoria. —Y que el tiempo solo pase, el tiempo ha sido echo para avanzar— decido, —que lo pasado quede atrás y cada vez más pequeño hasta que deje de verse— farfullo, retirando mi copa cargada para no seguir bebiendo, la cabeza me pesa y tengo que sostenerla con mis manos al hincar los codos sobre la mesa. La razón por la que no me busca beber ante nadie que sea de confianza, es que soy de las tristes borrachas que lloran y contra eso tengo que batallar al cerrar mis párpados para que no se me escapen las lágrimas.

El estruendo que hace el sonido del timbre en toda la casa me sobresalta como para casi hacerme caer de la banqueta y mi boca suelta lo primero que se me pasa por la mente, la respuesta instintiva que surge de la nada. —¡Maldición! ¡La insoportable de Josephine vino también en esta Navidad!— sueno tan iracunda como me siento, ¡mal momento para que nuestra prima venga a preguntarnos como nos ha ido en el año! ¡Maldita sea! ¿Es que nadie entiende la parte de que Nicholas necesita paz. —Dame esa taza de té, se la iré a echar en los zapatos— manoteo hacia donde mi hermana tiene el té a medio hacer y se lo robo de un tirón, emprendiendo el camino a trastrabillas hacia la puerta de entrada donde el elfo doméstico ya está atendiendo a nuestra visita y ¡ese bendito cabello rubio de Josephine ya está a la vista bajo su sombrero! —¡QUERIDAAAAaaa!— suelto a modo de saludo, tan áspera mi voz que está claro que no es una cálida recibida.
Ingrid C. Helmuth
Ingrid C. HelmuthMinistro de Defensa

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Mensaje por Olivia A. Holenstein el Vie Nov 20, 2020 11:07 am

Soy Grace Armstrong, hija de Thomas Armstrong, el niño que dio a luz Grace Helmuth y por quién me dieron su mismo nombre, en honor a la madre de mi padre. Es la historia que me repito una y otra vez dentro de mi cabeza, como un monólogo de actuación de colegio en el que tengo que recitar a la perfección unas cuantas líneas para hacer de mi acto lo más creíble posible. Esto último pretendo conseguirlo gracias a los datos aportados por mi hermano, que después de todo, consiguió mucho más de lo que hubiera esperado de vuelta en el distrito nueve. Es desde entonces que he empezado a hilar una historia acorde a lo que hemos descubierto sobre los Helmuth, como bien dijo Nikolaj que sucedería, una familia tan grande tiene muchos secretos guardados por ahí que no tardan en salir a la luz. ¿Y qué mejor momento para que aparezca la hija del hijo de la hermana de la madre de los actuales ministros de defensa y salud? Son tan complicados estos árboles genealógicos, que ni siquiera ellos pondrán en duda quién soy, por muy ficticia que sea esta tal Grace Armstrong.

Ya no es tan imaginaria, si tenemos en cuenta los papeles que llevo en el pequeño bolso que cuelga de mi hombro, dónde indica que efectivamente existe una Grace que nació en el norte, pero que desde hace unos años reside en el distrito uno. Ahí es donde me enteré, ya acomodándome en mi papel de primera persona, de que Grace Helmuth fue la mujer que dio a luz a mi padre, adoptado por el matrimonio Armstrong y que, tan amables como eran, siempre mantuvieron en buen recuerdo a la chica de ojos azules y enfermizos. No he heredado esos ojos, pero sí el pelo rubio característico de toda su rama familiar, salvo ella que era morena, el resto de la estirpe Helmuth es conocida por sus cabellos dorados, color que he adoptado gracias a un tinte permanente y muy realista, he de decir, cuando me repaso el maquillaje mirándome en un espejo redondo y pequeño que paso a guardar en el bolso antes de llamar a la puerta de la mansión que tengo en frente.

Me he tomado la libertad de penetrar en el jardín, ignorando las altas verjas de la entrada, hasta llegar al portón de madera que no dudo en llamar con mis nudillos, luego al timbre. En apenas unos segundos he transformado la expresión de mi rostro en uno mucho más dulce del que estoy acostumbrada, mis ojos se llenan de una inocencia fingida a la que acompañan mis labios curvándose en una sonrisa tímida. El elfo doméstico es quién abre la puerta, pero mi mirada va a parar enseguida a la mujer rubia de pelo corto y nariz afilada una vez salgo del escondite de mi sombrero al alzar la barbilla. —Buenas noches, lamento la intromisión a estas horas de la madrugada— ¿toque de queda? ¿qué es eso? Sigue sonriendo, Ivy —, pero no he podido soportar la curiosidad de conoceros al fin. Esta es la residencia de los Helmuth, ¿verdad? Soy Grace— extiendo mi mano, tan elegantemente como he aprendido a base de colocar mis dedos en bolsillos ajenos, para estrechar la suya —Grace Armstrong.
Olivia A. Holenstein
Olivia A. HolensteinFugitivo

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Mensaje por Sigrid M. Helmuth el Vie Nov 20, 2020 11:25 am

Pero yo no quiero formar parte del club de las madres ogros— me quejo de manera infantil, resguardada detrás de la copa que ya vacía deposito sobre la mesada al inclinarme también sobre esta y apoyar mis codos. —Yo soy la madre guay, Inggy, que deja comer dulces hasta altas horas de la noche y se hace la loca cuando llegan notificaciones del colegio, también la que se olvida de hacer la cena un viernes a la tarde y termina pidiendo cualquier tipo de comida basura al restaurante rápido— bufo, y es que me entran ganas de llorar, como nunca antes, por haber entrado en la misma categoría que mi hermana. Sin ánimos de ofender, pero hay diferencias claras entre nuestras formas de ejercer la maternidad y tiendo a pensar que la mía es mucho más educativa que la suya. Bueno, puede que educativa no sea precisamente la palabra, cuando bien mis propios hijos podrían darme clases a mí de aritmancia, pero se entiende mi punto.

Ahogo mis penas individuales en la siguiente bebida que me preparo, bajo la mirada juzgadora que nos está dedicando el elfo doméstico desde la esquina, como si no le estuviéramos viendo, y quien probablemente lo único que quiera hacer es fregar los platos de una cena que se ha quedado con un poco de sabor amargo. —¿Que yo visité a la adivina?— me señalo, la confusión forma parte de mi acto al presionar el dedo índice contra mi pecho —Pues no lo recuerdo— concluyo tirando de mis labios de manera que queda expresado que tampoco voy a darle muchas vueltas, cuando generalmente tampoco me acuerdo de lo que hice la semana pasada. Claro que esta vez es mi hermana la que trata de confundirme, que en mi estado de plena borrachera, mi pobre cerebro no es capaz de seguirla en sus invenciones. —Eso, eso, que el pasado quede delante y el futuro pase a ser olvidado... ¿cómo era?— se me escapa una risa por la idiotez de no saber ni por lo que he brindado, una que trato de camuflar al llevarme el vaso a la boca.

¡Ay, pero no seas así!— la golpeo suavemente con mi mano a modo de regañina, como haría Agatha Helmuth, cuando el timbre de la casa suena y mi hermana asume que nuestra primera Josephine ya llegó una nueva Navidad a molestar. —De verdad que no entiendo qué tienes en contra de nuestra prima, si siempre tiene las historias más entretenidas qué contar y también ¿recuerdas estos gorritos navideños que hizo para todos? Eran muy tier...— voy farfullando en lo que la sigo por el pasillo, dando trompicones en lugar de pasos normales, y por poco no me choco contra la espalda de mi hermana cuando se frena en seco frente a la puerta. Me asomo por un lado de su hombro, con la copa que he venido arrastrando desde la cocina en mi otra mano, en el preciso momento en el que una muchacha aparece de debajo del sombrero. —Tú no eres la prima Josephine— wow, deberían darme una estrellita por esa resolución. —¿Quién narices es Grace?— hablo para mi hermana, ignorando la presencia de esta rubia, tan confundida como ella en lo que le pego un sorbo a mi martini. ¿O era vodka? —¿Té?— tiro de la mano de mi hermana que lleva la taza para ofrecérselo a la desconocida.
Sigrid M. Helmuth
Sigrid M. HelmuthCiudadano

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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Sáb Nov 21, 2020 1:09 am

Que el pasado quede por delante y el futuro quede olvidado podría ser la nueva frase de cabecera en esta familia, ¿por qué no la colocamos debajo del escudo de los Helmuth? A todo esto, ¿tenemos escudo? ¡Deberíamos tenerlo! Porque un pasado que nos inoportuna cada tanto merece su reconocimiento en nuestras vidas, basta con el nombre que arroja la muchacha que ha venido a estas horas imprudentes de la madrugada, para que busque el marco de madera más cercano donde golpetear con mis nudillos para espantar a la mala suerte de que haya invocado a nuestra querida y muy difunda tía Grace al presentarse. Termino por usar el marco como mi propio apoyo al no poder sostenerme en mis pies, tengo que recostar también mi espalda contra este, así puedo continuar con esta conversación en la que mi voz sale con torpeza de mis labios. —¿Vienes a cantar villan…cicos? ¿Vendes… dulces navideños?— pregunto, mis ojos repasando toda su ropa para decidir si es una mendiga que anda esperando caridad de los ricos y tiene la cara para venir a golpear la puerta de una mansión retirada, que en estas fechas no ofrece la mejor fachada que invite a nadie a cruzar sus jardines para asomarse.

Le entrego la taza de té para que ocupe sus manos en ello mientras yo camino a su alrededor, temiendo que cada paso, por corto que sea, me lleve a un vacío a causa de todo el alcohol que cargo en vena. Necesito sostenerme de su hombro para recuperar un poco de confianza en mí andar y lo disimulo como si fuera parte de la inspección. —Te llamas Grace, eres rubia, bonita, elegante…— agarro de repente su barbilla para mirarla a los ojos, —si fueran azules diría que eres una Helmuth— claramente es una broma, la suelto para ir hacia la pared de la que vuelvo a sostenerme, quiero creer que con una postura que permite conservar algo de mi propia elegancia. —¿Has venido por alguna beneficencia de Navidad? ¿Esperas algún cheque? Porque hay horarios más prudenciales para estas cosas, muchacha. Pero supongo que no se le puede pedir a la gente que tiene este descaro, que respete siquiera horarios…— puedo decir que ninguna palabra me falta en este discurso tan snob, justamente no poder pensar claramente hace que estas respuestas tan bien aprendidas en estas paredes, salgan de mí sin que tenga medirlas.
Ingrid C. Helmuth
Ingrid C. HelmuthMinistro de Defensa

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