Invierno, 2471
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Mensaje por Hans M. Powell el Miér Nov 04, 2020 3:28 pm

Los días pasan delante de mí como un espejismo. Hay algo irreal en la idea de vivir sin Meerah, como si me hubieran colocado en un escenario ficticio y no supiera cómo moverme en él. He llegado a preguntarme si mi firma en los papeles que iniciaron estos nuevos juegos no es más que el símbolo de mi necesidad de venganza cuando, en cierto modo, no estoy seguro de que esté caminando por la ruta correcta. Me he vuelto un mudo, si aparezco en el trabajo es para encerrarme dentro de la oficina, sino me mantengo en la casa del cuatro sin ganas de ver a muchas personas. Mathilda es un buen método de distracción, el cuento de todas las noches es mi excusa para que se duerma encima de mí y, para cuando la acuesto, pierdo mi tiempo en verla descansar. Hay cierta satisfacción en saber que al menos ella se encuentra tranquila, aunque no comprenda lo que está sucediendo o por qué su hermana no va a regresar. Cuando duerme, al menos puedo creer que estará siempre a salvo en su cuna, que jamás nada va a tocarla ni hacerle daño.

Dejo que pase la navidad para que las preguntas más complicadas empiecen a asomar por mi cabeza y sé que no hay nadie cerca mío que pueda darme las respuestas. Es una decisión polémica la que me lleva a abandonar la oficina en el horario de mi almuerzo, anunciando que de seguro me tardaré más tiempo del normal en regresar. En cuanto estoy en las calles repletas de nieve me desaparezco, mi cuerpo entero se sacude y me cuesta un poco mantenerme firme al aparecer en el andén del distrito nueve. Se encuentra prácticamente vacío, no sé si porque es su movimiento normal o porque nadie se atreve a pisarlo en estos días. No me sorprende que haga más frío que en el Capitolio y, aún así, me conformo con acomodar mi saco antes de avanzar. Sin varita en mano, sin intenciones de una batalla.

Puedo ver a los guardias murmurar en lo que me acerco y, en vista de que están armados, levanto mis manos en señal de paz — Quisiera hablar con algún miembro del consejo — eso es todo, mi voz hasta se nota amable y cansada. No he llegado a bajar las manos que una vocecita sale de los parlantes de la estación, hace que gire la cabeza en dirección a la cámara de seguridad más cercana. No sé si se sorprende o no, lo que me importa es que me identifica como el papá de Meerah — ¿Quién eres? — no sé si puede escucharme, demuestra que sí cuando se presenta como Jared Niniadis. Bufo, meto las manos en mis bolsillos y noto como la cámara se mueve un poco — ¿Puedo hablar con un adulto? ¿Hay mayores en este lugar o es una guardería armada? — a estas alturas, eso no me sorprendería.

No me dejan cruzar el límite protegido con magia, claro está, pero soy paciente. Aguardo un buen rato hasta que un rostro sin acné ni pubertad se acerca a mí, la reconozco de inmediato como la mujer que dejé lista para el muere hace unos días. Suspiro, cansado de las ironías y la saludo con la cabeza — Whiteley — al menos no es Brawn. Enderezo un poco mi postura — No vine aquí a pelear, ni siquiera es una visita oficial. Estoy solo e incluso puedes tomar mi varita si quieres — la saco del interior de mi bolsillo, enseñándosela en lo alto — Solo vengo a que me respondan una pregunta: ¿Por qué?
Hans M. Powell
Hans M. PowellMinistro de Justicia

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Mensaje por Alice D. Whiteley el Jue Nov 05, 2020 8:21 pm

Me gustaría poder decir que uno llega a acostumbrarse a las heridas de guerra, como no es la primera vez que a mi piel la cubrieron quemaduras, tampoco será la última que rajen mi cuerpo hasta hacerlo sangrar y, aun así, pese a todos los cortes, son lesiones que sanan. Solo queda una cicatriz para recordarte que estuvieron ahí en su momento, que dolieron y lo harán una próxima, el cuerpo es así, se regenera para volver a combatir de nuevo. Tardo unos días en volver a sentirme como yo misma, luego de la pérdida de sangre que casi me deja más para el otro lado que para este, y en esto último tengo que agradecerle personalmente a Beverly, y de que las llagas por el fuego volvieran a dar paso a mi tez blanca en lugar de tostada.

Mi cabeza ha sido otro tema. Ha dado vueltas desde el minuto uno en que recuperé la consciencia, hay imágenes que no puedo apartar de ella ni aunque mantenga los ojos abiertos, porque cerrados dan paso a que se repita lo que sentí cuando Hans Powell me golpeó con esa maldición que está lejos de ser solo tortura. Puedo con la física, pero no con la mental, no cuando hay recuerdos que duelen más que heridas sangrantes, sentimientos que uno cree olvidados, rostros que uno piensa borrados, y desde la Isla Ministerial que no puedo ver otra cosa que las facciones de una hija que sabía olvidada. Me he preguntado, más de una vez en estas semanas, si fue posible que el ataque despertara esas conexiones fallidas, pero por más que trate de ejercitar mi mente, solo consigo recuperar esas imágenes cortas, que ya son bastantes más de lo que he podido recordar en meses.

Nadie es exigente estos días, como para reclamar un funcionamiento normal del distrito cuando es evidente que ninguno está en ánimos de ello. Secuelas de guerra a un lado, la realidad es que perdimos, esa es la verdad con la que tenemos que lidiar en el día a día, ¿hasta cuándo? Nadie quiere responder a esa pregunta tampoco, ni yo ni ningún otro miembro del consejo va a abrumar a nadie en busca de esas declaraciones, porque lo cierto es que dudo que alguien tenga una solución que nos libre de lo que hicimos. El llamado de que el ministro de justicia se encuentra por propio pie y sin seguridad a la vista en el mismo nueve es un recordatorio de que no podemos escapar de eso y, lamentablemente, no es alguien al que podamos dejar golpeando en la puerta hasta que se canse, porque no lo hará, ningún padre lo haría.

Powell— lo saludo de igual forma, creo que ni siquiera hay resquicio de rencor en mi manera de pronunciar su apellido, por mucho que sus métodos y formas de llegar a poder sean muy cuestionables por los nuestros. —Tomaré tu palabra, pero también tu varita ya que la ofreces, gracias— no me apetece repetir la experiencia de estar apuntada por esa madera, y en vista de que yo no tengo ningún arma conmigo, lo justo es extender mi mano para tomar la varita. —Para ser usted abogado, Powell, haces unas preguntas muy ambiguas— dejo caer cuando me viene con esa duda tan grande que podría ser interpretada de maneras tan diferentes. —¿Por qué... qué?— me hago a un lado, le observo de arriba a abajo, parece abatido. —Porque yo podría hacerle la misma pregunta, pero sé a ciencia cierta que no nos llevaría a ninguna parte, así que sé más explícito, Hans Powell— sueno severa, pero la forma de desinflarme en los últimos segundos denota que no estoy en realidad en posición de mostrarme digna, cuando ninguna de nuestras acciones lo fueron —Lamento lo de su hija, de verdad lo hago, nuestra intención no fue nunca dañar inocentes— ni siquiera sé, a día de hoy, cómo las cosas llegaron a torcerse tanto como para que James Byrne asesinara a Meerah Powell. —Lo crea o no, esa es la verdad que puedo darle, si es lo que ha venido a buscar.
Alice D. Whiteley
Alice D. WhiteleyConsejo 9 ¾

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Mensaje por Hans M. Powell el Jue Nov 05, 2020 8:48 pm

No hay reproche ni arrepentimiento cuando le permito hacerse con mi varita, solo mantengo los ojos en mi arma por un momento antes de pasarlos a los de ella. Meto las manos dentro de los bolsillos de mi abrigo y una sonrisa sin gracia y torcida se asoma por mis labios — Tú sabes de lo que estoy hablando — no creo que existan demasiadas opciones, hemos estado en guerra por mucho tiempo y recién ahora he decidido el aparecerme por aquí. Me es inevitable el preguntarme cómo es que Meerah pasó por este lugar, qué fue lo que vio aquí que la convenció que era mucho mejor de lo que estaba dejando en casa. Un paseo visual simple por la estación y me doy cuenta de que no estoy seguro de estar preparado para las respuestas que vine a buscar.

Mastico un poco las palabras que buscan contestarle, solo no las dejo ir porque no me esperaba una especie de disculpa por su parte. Mi silencio se mantiene, aprovecho el momento para analizar la verdad en sus facciones y meneo un poco la cabeza — No, así no es cómo funcionan las cosas — intento que mi voz no vuelva a sonar estrangulada, pero fallo. Eso hace que me detenga un momento para aclararme la garganta y fruncir los labios — Quiero saber por qué se les metió en la cabeza el atacar un hogar, teniendo tantos otros lugares. Hasta podría entender que quisieran volar la base de seguridad, pero… — tengo que detenerme, me pellizco el puente de la nariz y cierro los ojos para acomodar mis ideas. Respiro profundo — Mi bebé estaba ahí. Y sé lo que me vas a decir, sé que me dirás que nosotros explotamos el catorce y que allí también había familias. No me excusaré echándole la culpa a Jamie Niniadis, es solo… — dejo caer la mano y me atrevo a mirarla una vez más — Meerah no tenía que morir. Ni siquiera estoy seguro de que puedas darme lo que busco, es solo… Necesito comprender todo esto — me encojo un poco en mi postura, que sé que estoy cometiendo una locura. ¿Qué lógica estoy esperando encontrar en un lugar cómo este?

Trago algo de saliva, respiro hondo — ¿Quién tuvo la idea? — quizá suena un poco brusco, pero es un buen modo de encontrar alguien a quien culpar — Ustedes tienen niños peleando, Whiteley. He visto lo que sus niños pueden hacer, pude ver cómo quedó el cuerpo de Abbigail Road después de que Kendrick Black la asesinara. Pero mi Meerah no era así, ella no… Me dijeron que venía a este lugar, pero ella no era como ustedes. ¿Por qué nadie la envió de nuevo a casa? Ahí es dónde debía estar y tenía que ser seguro — quizá le estoy pidiendo demasiado, pero ya qué. No es como que me importe a estas alturas.
Hans M. Powell
Hans M. PowellMinistro de Justicia

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Mensaje por Alice D. Whiteley el Vie Nov 06, 2020 1:02 pm

Estaría encantada de escuchar de su parte cómo es que funcionan las cosas, como para que lo diga tan seguro de sí mismo, mis ojos no hacen más que analizarle con la mirada en busca de esa misma respuesta, mientras mis dedos se aferran a la varita que no me pertenece. —Se trata de estrategia, Powell, en la guerra se usan estrategias, ¿por qué volar la base de seguridad cuando nuestro objetivo estaba lejos de ser ese?— le hago la pregunta como si estuviera esperando a que responda, cuando tardo apenas unos segundos en hacerlo yo misma —El único lugar que garantizaba que todos los ministros estuvieran presentes era la Isla Ministerial, vosotros siempre fuisteis el propósito del ataque, nunca los demás— sí, había quiénes podían salir lastimados si se entrometían en el camino, pero jamás quisimos lastimar niños inocentes. Pensarlo así, de alguna manera me hace sentir detestable, pero tampoco puede decirme, siendo político y estando a favor de esta guerra, que no esperaba daños colaterales.

Trato en todo momento de que el tono de mi voz sea neutral, pero es imposible para mí el frenarme de torcer mis labios en una mueca amarga. —Claro que es lo que voy a decir, ¿está bien para ustedes que explotéis y queméis mi hogar hasta los cimientos, pero no para nosotros hacerlo con el vuestro?— respondo a su intento de salvar su posición, diciendo que no va a excusarse defendiendo a Niniadis, cuando en su momento sí lo hizo y es todo lo que cuenta —Ni siquiera estamos en las mismas condiciones, puedo asegurarte aunque no vayas a creerme, que dañar a tu hija no estuvo nunca entre nuestros planes, lo cual dudo que esa diferencia formara parte de los vuestros— continuo así, haciendo evidente las diferencias claras entre ambos bandos. Ahí donde lo nuestro fue un error, lo suyo siempre fue una intención. —No, Meerah no tenía que morir, mi hija tampoco tenía que hacerlo, y aun así la matasteis— digo, nada en mi expresión cambia al decirlo, pero por dentro se me remueven todas las fibras sensibles que me quedan —Porque eso es lo que ocurre, Powell, esas son las consecuencias de la guerra, aunque no lo queramos, aunque piensen que son indestructibles, la realidad es que cada golpe cuenta, si ustedes mueven ficha, nosotros haremos lo mismo, y mientras nosotros nos dedicamos a bombardearnos, golpearnos y destruirnos, ellas son las que mueren, y nosotros nos quedamos— no creo que sea la persona de quién tenga que escuchar esto, pero es la verdad con la que he aprendido a vivir y él tiene que hacer lo mismo.

Aprovecho que se mantiene en silencio durante unos segundos para hacer lo mismo, los uso para tomar aire y relajar la tensión en mis hombros, aunque en ningún momento despego la vista de su figura. —Fue mía— respondo, sin que se mueva una sola facción de mi rostro. No seré quien arroje nombres de personas que, pese a ser también ingenieros de la idea, no se encontraron en el momento de llevarla a cabo. Ni Ben, ni Ava, ni Amber estuvieron esa noche luchando, como para tomarme la libertad de sacudir culpas y volcar responsabilidades que no les pertenecen sobre sus espaldas. —Si lo que buscas es un culpable, la tienes delante— expongo, porque yo sí me hago responsable de lo ocurrido, sí me culpo de no haber tenido el cuidado suficiente, sabiendo que en una guerra es imposible, y aun así reconozco que esta vez, erramos.

¿No era... como nosotros?— siento la necesidad de repetirlo cuando lo pone así, como si fuéramos una especie de secta que se dedica a torturar personas por placer. Hasta donde yo tengo entendido, los que se divierten haciendo sufrir a los que son diferentes son ellos. —No estoy aquí para criticar sus métodos de crianza, Powell, o quizás sí, sí cuando esa clase de doctrina margina a personas por no poseer ciertas características y las esclaviza, haciendo con ellas lo que más se le antoja— y ya, ya estoy por escuchar su discurso de cómo fue la era de los Black, que los humanos tenemos la culpa de que se nos trate como se nos trata. —Nadie la envió a casa porque aquí dejamos que cada quién piense como quiera pensar, siempre y cuando esos pensamientos no excluyan de la libertad de nadie— señalo otro de los rasgos que nos diferencian, que su misma hija pudo ver —Creo que no tiene que preguntarse por qué aquí nadie le dijo que volviera, sino por qué su propia hija se reservó de contarle que encontró amigos en este lugar. Si tan segura estaba en su casa, ¿por qué no le confió a su padre algo como eso, de verdad ella se sentía segura en las paredes de su hogar? ¿O pensó que de confesarle sus secretos, usted la criticaría, como hace con nosotros?— propongo, en lugar de hacernos a nosotros los culpables de que su hija encontrara en el nueve un lugar donde expresarse mejor que en el interior de la mansión ministerial.
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Mensaje por Hans M. Powell el Sáb Nov 07, 2020 12:16 pm

Ustedes son delincuentes, viven por fuera de la ley — mi respuesta es inmediata, incluso serena — Lo que se ha hecho fue para tratar de recuperar el equilibrio que se decidieron a romper desde el primer momento y no, decidieron que no era suficiente y continuaron destruyendo todo a su paso — salieron del catorce y no dejaron de matar gente en el proceso. Se escudan bajo una bandera de justicia e igualdad que, poco a poco, van bañando en sangre. Tengo una enorme lista, mi hija no es más que el último nombre que he llorado y estoy casi seguro de que seguirán aumentando. Separo mis labios para seguir discutiendo, pero los prenso en cuanto menciona que ella también ha perdido a su hija. La analizo con la mirada, puedo decir que me doy cuenta de que no sé nada de la mujer que tengo delante salvo los pocos datos recuperados que tenemos sobre ella — Lamento que ella tuviese que morir — aunque suene extraño, es una disculpa honesta — Pero ese sitio debía ser destruido para mantener el país que hemos construido, para conservar la seguridad de nuestros habitantes. Tu gente es una amenaza y no puedes negarlo. ¿Acaso se dan cuenta de la destrucción que traen consigo? — no puede estar tan ciega, no me parece una persona falta de inteligencia.

Los ojos se me vuelven dos rendijas en cuanto confiesa ser la persona que ha cargado con la idea de lo que ha sucedido. No se ve como alguien amenazante, trato de descubrir con la mirada si está siendo honesta o si solo me está tomando el pelo. Ella no se hace cargo de la estructura militar del distrito, es una de las pocas cosas que hemos podido recopilar en todo este tiempo y, aún así, puedo sentir la bilis hervir. Mi única reacción, extraña para un charlatán, es el quedarme en silencio. Lo rompo solo cuando sus palabras me arrebatan una risa sardónica, doy un paso hacia atrás y me muevo en mi sitio con nerviosismo. Saco una mano del bolsillo y la froto ansiosamente contra mi mentón — Me encanta la falsa santidad que se otorgan, de verdad. Es como si en verdad creyeran que todo lo que ha sucedido es por un capricho gratuito — las palabras empiezan a sonar bruscas, soy consciente del calor de la ira subiendo por mi nuca — Los muggles son esclavizados porque se lo merecen, no hay otra razón. ¿O acaso quieres que me ponga a hablar de cuando tu gente nos cazaba como animales y nos quemaba en hogueras? ¿Cuándo nos trataban como hijos del diablo? ¿O quieres que hablemos del gobierno de los Black? Por favor, no juegues la carta de inocencia conmigo, es un insulto — me creo mucho más listo que eso como para tomarlo como una excusa válida — Nosotros no somos unos santos, pero estamos restaurando todo lo que nos han quitado por siglos. Que el karma los hunda en su miseria, no me importa.

Sus palabras me molestan, hacen que me mueva por la estación como un animal enjaulado. Tengo incluso el impulso de gritarle que se calle, que es una mentirosa, que ella no conocía a Meerah como yo. ¿Yo la conocía, de verdad? — Su tía estaba aquí y era una prófuga de la justicia. Fue mi error el no darme cuenta antes de que Meerah era demasiado leal para dejar pasar algo así, eso es todo — me detengo en seco, girando sobre mis pies para volver a enfrentarla — Y había un chico, me dijeron que había alguien que no era solo un amigo. Fue Black, ¿no es así? — es mi opción lógica, alguien joven que Hero podría haberle presentado, con el atrevimiento suficiente como para joderme la vida después de lo que yo le hice — Meerah era fácil de seducir y estaba en la edad en donde lo prohibido es tentador, nosotros le dimos todo lo que pudimos y esconderme secretos era algo que llegaría, tarde o temprano. Solo no pensé que serían de esta clase. Puedo fallar en  muchas cosas, Whiteley, pero jamás descuidaré a mis hijas — doy los pasos necesarios para poder enfrentarla. Soy más alto que ella, más aún puedo clavar mis ojos en los suyos cuando estoy a la distancia suficiente como para contar sus pecas — Si fuiste tú la de la idea, voy a dejarte algo en claro — me saboreo un momento antes de continuar hablando — No voy a detenerme hasta que este distrito se consuma. Voy a ejecutar a cada uno de tus compañeros como los criminales que son y te dejaré para lo último, así puedes verlos agonizar y morir. Y siento una terrible lástima por todo lo que vas a sufrir, pero eso es lo que ganas cuando te metes con mi familia. ¿Me has entendido?
Hans M. Powell
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Mensaje por Alice D. Whiteley el Dom Nov 08, 2020 10:44 am

Siento tener que ser la persona que te lo diga, pero puedes considerarlo un sistema de mierda si para restaurar el "equilibrio", ves necesario quemar el lugar donde habitan familias y con él a ellas— apunto el error desde el que parten él y toda su gente, que empezó con la locura de Niniadis y se extendió hacia todos los magos puristas que la siguieron y detrás de ella, a Magnar. No tengo que forzar la mueca sarcástica que sale de mis labios, es una respuesta natural a su ataque y casi que mis cejas se mueven también en el proceso de escucharle. —¿Lamento que ella tuviese que morir?— digo con la incredulidad bañada en esas palabras suyas que repito —Ahí está la diferencia entre nosotros, Powell, donde tú dices que mi hija tenía que morir para mantener tu visión de justicia, yo reconozco que la tuya murió por un error que cometimos. No te disculpes por algo que no sientes, te hace ver más hipócrita de lo que ya eres.— que asuma por el tono de mi voz que no estoy para escuchar falsos lamentos.

Me obligo a no rodar los ojos por lo que dice después, aunque se vuelve una tarea difícil siendo que todo lo que sale de su boca es una obvia razón de lo que estamos en contra. —Nuestra gente es una amenaza para vosotros, Powell, para tu clase, no para las personas que se mueren de hambre en el norte, ni para los que repudiáis porque son diferentes a vosotros. Solo ven la amenaza que podemos ser para los que gozáis de privilegios, ese es tu panorama de justicia, uno en el que no pueden ver más allá de su propia nariz— que no venga a decirme que se preocupa por sus habitantes, cuando más de un tercio de su población se muere de hambre mientras ellos resguardan su culo en sus casas ministeriales. Me río al cruzar mis brazos sobre el pecho, meneo la cabeza de un lado a otro como si toda esta conversación me estuviera pareciendo de lo más absurda. —No eres el dios del universo, no posees ninguna vara para medir el comportamiento humano, como para ser quién diga qué es lo que se merece cada uno, Powell, mucho menos una raza entera.— bufo incrédula, no lo creía tan ególatra, pero parece que cuando te dan el título en derecho en un estado autoritario, uno se lleva de regalo el pack de narcisista. —No juego ninguna carta de inocencia, como espero que tú tampoco juegues la de la justicia conmigo, cuando tu excusa para pararte sobre el sufrimiento de miles de personas es justificarte con que es lo que hicieron otros en el pasado. Nosotros estamos tratando de evolucionar, ser mejores que eso, y tú no eres superior a mí, Powell, tampoco eres mejor que los Black, espero que sepas eso, porque llegará el día en que personas como tú se extingan, y no deseo otra cosa que estar viva para cuando llegue ese momento. — escupo.

Dejo que se aparte, ni siquiera trato de seguir sus movimientos con la mirada y tan solo permito que mis ojos analicen su rostro. Es evidente que está pasando por un proceso de duelo, en el que niega cualquier cosa que pueda salirse de su cabeza cuadriculada, da igual que esté negando la persona que era su hija, porque no es la imagen que él tenía de ella y eso duele, duele darte cuenta que personas a las que amabas no son las que creías que eran. —No fue Black, es lo único que sé— digo como respuesta a su desesperada pregunta, no miento al asegurar no saber quién es esta persona por la que Meerah pudo haber tenido algo más que una relación de amigos. Eran cosas de chicos, mi mayor trato fue con Syv y Beverly por ser quienes están interesadas en la medicina, por eso sé que la primera anda teniendo algo con Kendrick, pero desconozco lo demás. —Oh, pero no te confundas, esto no era un secreto, no era algo que pudiera volcar sobre un diario y esperar que nadie lo encontrara para leer. Powell, tu hija venía aquí muy a menudo, tanto como para que los chicos la consideraran una más. Si quieres llamarlo capricho adolescente para sentirte mejor contigo mismo, adelante, pero la realidad es que Meerah no quiso confiarle una parte de ella, la mitad de ella— y va a tener que vivir con eso de ahora en adelante, ya no puede poner una banda sobre sus ojos y negar lo que su hija se esforzó tanto en ocultar. Le toca decidir si debe recordarla como una traidora o simplemente como su hija, y entonces ahí se verá qué tan fuertes son sus ideales como para que venga dándome lecciones.

A su acercamiento respondo sin apenas mover un músculo de mi cuerpo, si acaso solo levanto la barbilla para poder enfrentar sus ojos y clavar los míos en ellos. Tampoco cambia le expresión en mi rostro por los segundos que dura su amenaza, a pesar de que puedo sentir como se me eriza el vello del cuerpo solo de recordar los minutos de tortura. —No eres la primera persona que trata de intimidarme, Powell, y sigo aquí— contesto, como la única respuesta que necesita para que él entienda que le he escuchado, pero que espero que también me haya comprendido a mí.
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Mensaje por Hans M. Powell el Dom Nov 08, 2020 4:44 pm

Por esto mismo odio hablar con personas que se aferran tanto a la lógica ridícula de sus acciones, se creen santos cuando no han hecho que cagarla cientos de veces y, vamos, las muertes en el distrito catorce fueron consecuencia de sus acciones terroristas durante años. ¿No se les castiga a los criminales? Si rompes la ley… ¿No acabas pagando por ello? Pero claro que no, ellos jamás lo van a ver como algo errado, no cuando se creen cualquier excusa para verse a sí mismos como los héroes de una historia y no son más que un grupo de delincuentes — No te justifiques con la gente que se muere de hambre en el norte, no cuando son los mismos magos que tenían que ocultar su magia para no ser castigados en público como animales — le aseguro, que Jamie Niniadis haya beneficiado a ciertas clases es otro tema, muchos brujos se empujaron a sí mismos lejos en lugar de aceptar las normas — La historia habla por sí sola… ¿O vas a decirme que lo que esperas es que todos nos tomemos de la mano y aceptemos los muertos del pasado como buenos hermanos? Por favor, todos sabemos que así no funcionan las cosas. Si tengo que elegir entre ustedes o nosotros, sé muy bien con quiénes me quedo. Tenemos los medios para hacer que funcione… ¿Y ustedes qué? — arqueo las cejas con incredulidad — Solo tienen granjeros y niños. ¿Así pretenden que desaparezcamos? Pues tendrás una larga espera.

Me gustaría saber si me está mintiendo, pero no puedo acercarme a ella para leer su mente y su postura corporal no me dice nada relevante. Cada una de sus palabras me sabe como un limón podrido, meneo la cabeza en un vaivén inquieto en lo que trato de tomar lo que está diciendo y trato de conectarlo a mi realidad, esa en la cual tenía una hija que se sentaba conmigo a comer todos los días, que me mostraba un lado de ella que parecía ser tan pulcro como siempre — Por favor, era una niña. A esa edad solamente andan buscando cosas nuevas y no había nada más opuesto a casa que este lugar. Tus chicos no tienen nada que ver con ella. Son salvajes, los he visto en batalla. Cualquier padre responsable los enviaría a un reformatorio o los mantendría alejados de los asuntos de los adultos. Los están usando como carne de cañón — ¿De verdad no ven cómo les arruinaron la vida a esos niños?

La respuesta que me da me hace sonreír con sorna — No, no estoy tratando de intimidarte. Me ha quedado claro que algo que no le falta a nadie aquí es el creer que tienen el valor para hacer las cosas que hacen — siempre fueron unos descarados — Solo quiero advertirte. Creyeron que podían hacer lo que quisieran y ahora van a pagar los platos sucios. Quizás Magnar Aminoff no sea mi persona favorita en el mundo, pero sé reconocer las posibilidades cuando las veo. Y este lugar… — solo levanto los ojos y los aparto de ella para echar un vistazo sobre su cabeza, allí donde puedo asomar a ver lo que hay del otro lado de la estación — Espero que no le tengan mucho cariño, porque no va a aguantar mucho tiempo en pie.
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Mensaje por Alice D. Whiteley el Mar Nov 10, 2020 8:22 pm

Me río, de esa manera hueca que tiene como único fin señalar sus faltas sin que ni siquiera haga falta murmurar palabra. Aun así, creo que es necesaria la aclaración de por qué personas como Powell me resultan tan hipócritas. —Me fascina cómo magos como tú ni siquiera tratan de justificar el trato que reciben personas de su misma clase, es solo una afirmación más de que no le preocupan realmente los suyos, solo aquellos que puedan permitirse sus privilegios— le miro de pies a cabeza, tal y como si estuviera remarcando su propio ego, ese que se puede percibir en él a leguas de distancia. —Hemos hecho más por la gente del norte en unos meses, sin importar que sean magos, squibs, criaturas o humanos, de lo que vosotros habéis hecho en décadas, pero sigue defendiendo que tratan a todos los magos por igual, adelante— le invito a hacerlo, cuando hay personas en el norte, magos y brujas inocentes, si es en ese juego donde quiere entrar, que se han visto obligadas a vivir entre miseria, y no veo que ninguno de los que están sentados en el trono haga algo por ellos.

No hace más que ponerse en evidencia a sí mismo cada vez que abre la boca, si quiere seguir haciéndolo es su problema, pero no aceptaré lecciones de alguien que solo mira para su propio lado de la ventana. —Déjame que te pare ahí— levanto una mano, de manera tranquila, pero cortante, sin intención de que se tome el gesto como un ataque —No escucharé de tu parte decir que nuestros niños son salvajes, en primer lugar porque no lo son, ni salvajes, ni niños, ustedes se encargaron de que así fuera, quemando sus hogares, echándolos de estos, los han obligado a participar de una guerra que no les pertenece, porque si no lo hacen, gente como tú, que se creen con autoridad suficiente como para decidir quién puede gozar de derechos básicos y quién no, se los arrebatarán— como ya han hecho, por eso tanta gente viene al nueve, por eso hemos estado recibiendo cada vez más y más habitantes que se niegan a vivir bajo un régimen así. Esta vez perdimos la batalla, pero todavía no hemos perdido la guerra. —Me parece muy bien que quieras mantener la visión de que tu hija era una niña, y que solo intervino con los rebeldes por puro arrebato adolescente en contra de su padre, pero esa no es la mentalidad que tenemos aquí, así que no aceptaré de ti, ni de nadie que no haya pasado por lo que ellos vivieron hasta ahora, esa clase de crítica— dictamino de forma severa, tanto que hasta la mandíbula se me endurece y puedo sentir mis dientes apretarse unos contra otros.

Si no está tratando de intimidarme, ¿a qué viene esa amenaza que he escuchado de manera directa o indirecta, cada uno de los días desde que quemaron el catorce? No, no porque se hayan repetido tantas veces dejen de tener efecto, porque la idea de perder, de que hagan con nosotros lo que quieran y más sigue estando presente, pero lo está sin la necesidad de que personas como él lo repitan de manera constante. Tampoco me es nueva la advertencia que lanza a continuación. Él ha apartado la mirada, pero la mía sigue posada sobre sus ojos claros. —Eso habrá que verlo— es lo único que puedo decirle al respecto.
Alice D. Whiteley
Alice D. WhiteleyConsejo 9 ¾

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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Nov 10, 2020 9:35 pm

Los magos que no volvieron al sistema en cuanto se les dio la oportunidad, son los que nos demostraron que tenían las conexiones necesarias como para ser considerados parias y traidores — no voy a discutir política y movimientos con alguien como ella, que acepta órdenes de un mocoso que no tiene ni la más pálida idea de cómo funciona el mundo. He conocido muchos magos y brujas que tenían la oportunidad de una vida próspera al alcance de las manos y decidieron no tomarla, yo mismo soy hijo de un muggle que ha manchado mi sangre y, aún así, he conseguido escalar hasta ser considerado una de las personas más influyentes dentro de esta nación. Las excusas son para los débiles de espíritu y perezosos de mente.

No puedo hacer otra cosa que regalarle mi mayor expresión de incredulidad, frunzo los labios como si hubiese chupado el más amargo de los limones y tengo que echarme el cabello hacia atrás en un intento de verla mejor, a ver si algún mechón se me mete en el medio y mi mirada no da la idea de aturdimiento que se me ha plasmado por todos lados — Tus niños… — arrastro un poco la palabra, destilando cierto desprecio en ella — … son famosos en todo NeoPanem por los crímenes en los cuales se han involucrado y, déjame decirte, nadie los ha obligado a ello. Su entrenamiento, su disciplina y sus decisiones los transformaron en lo que son ahora. Si ustedes no son capaces de actuar como adultos y manejar esto sin ellos, es problema suyo. ¿A cuántos niños tienen peleando en el frente, eh? Hay unas cuantas caras muy jóvenes en la lista negra — que no nos echen la culpa, cuando ellos son los que usan menores como soldados. Mi hija no tenía nada que ver con eso.

No me esperaba otra cosa que una respuesta de ese estilo, incluso creo que la sonrisa divertida que busca ocultar mi modo de masticarme la lengua, es sincera. Mi cabeza rebota en un vago asentimiento y, sin más, le tiendo la mano — Devuélveme mi varita, por favor — a pesar de que es una petición, mi voz suave se siente como una orden — Espero no tener que volver a ver tu cara, Whiteley. Al menos, no hasta el día en el que todo esto termine — tomo algo de aire, tal y como si quisiera llenarme los pulmones del oxígeno de este distrito — Disfruta de lo que les queda, no durará mucho.
Hans M. Powell
Hans M. PowellMinistro de Justicia

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Learn to live with the unimaginable ✘ Alice Empty Re: Learn to live with the unimaginable ✘ Alice

Mensaje por Alice D. Whiteley el Miér Nov 11, 2020 10:19 am

Tengo que resistir la tentación de seguir discutiendo, la parte más sensata de mí me dice que no es una persona con quién uno pueda tener una conversación normal y llegar a un acuerdo, por mucho que la cabezonería quiera imponerse para darle la verdad que se merece y dudo que acepte. Es evidente, ya no solo por su porte y expresiones, sino también en su forma de hablar, que no ha pasado hambre en su vida, no se ha visto desprovisto de su hogar como tantos aquí en el nueve, en resumidas cuentas, no ha tenido ninguna carencia física que lo lleve a ver todo esto como necesidades reales. Hans Powell es la clase de persona que piensa únicamente en el yo, vive sumergido en su propia realidad y se niega a apartar las gafas que le impiden ver más allá de su propio ego, el cual ha alimentado por años con títulos y posesiones, como para pedir de su persona una ligera comprensión hacia personas que lo han pasado pésimo. Porque sí, las hay, su visión de oportunidad es muy diferente a la cruda realidad, pero nunca va a verla sin deshacerse de la venda que cubre sus ojos. En cierto modo, me da lástima, es alguien que no aceptará una verdad diferente a la suya, incluso cuando rara vez muestra el panorama completo y, por eso mismo, jamás conocerá de empatía hacia los demás.

De lo que sí no me privo es de suspirar, mis ojos se tornan blancos un momento y tengo esa sensación de estar dándome golpes contra una pared, porque sigue negando una realidad que la gente vive, una que su cerebro es incapaz de reconocer como existente. —Creo que la pregunta no es a cuántos niños tenemos peleando, sino por qué se han visto forzados a asumir responsabilidades que no les pertenece como personas jóvenes— porque no, no se trata de que los adultos no estemos capacitados para dirigir una revolución, yo misma no soy partidaria de que muchos de ellos acudan a la batalla, que siempre pueden colaborar desde dentro del distrito de una manera más segura, pero no, son ellos mismos quienes han decidido que la guerra es algo que va con ellos, y contra la voluntad propia, es muy difícil que te escuchen. Sin mucha gana de seguir con esta conversación, le entrego su varita, aunque antes de que siquiera roce sus dedos me atrevo a decir: —Lamento que esa sea una promesa que no vaya a poder cumplir— digo, elevando una vez más mis ojos a los suyos. Estamos obligados a vernos las caras, para desgracia suya, y para la mía también. Esta guerra no nos ha hecho ajenos a ninguno, solo cuando uno de nosotros quede en pie se podrá decir que dejaremos de encontrarnos.
Alice D. Whiteley
Alice D. WhiteleyConsejo 9 ¾

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