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You shall not kill · OS IRh8ZNT
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You shall not kill · OS

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Mensaje por Anne Ruehl el Sáb Oct 31, 2020 2:56 am

» Cronología
— 2419, octubre - Honor thy father - OS
—2469, febrero - Like poison in our blood - con Nicholas Helmuth
—2470, agosto - She was running - con Olivia Holenstein
—2470, octubre - Sorry, I’m late again – con Sigrid Helmuth
—2470, octubre - 'Cause you're a natural
con Alecto Lancaster y Hermann Richter
—2470, diciembre - The pain is mental
duelo con Hermann Richter y final de Alecto Lancaster

* * *


27 de diciembre de 2470

I. Rebecca

Cuenta muchas veces una mentira y se convertirá en verdad — murmura Georgia Enrenreich al bajar su mirada por lo escrito en un papel que no lleva firma, la última noticia del día sobre un asesinato con todos los detalles necesarios para responder a las dudas que puedan surgir, aunque publique menos de la mitad en la tapa de la edición de mañana de The Guardian. Se necesita prensa para validar un anuncio oficial hecho desde el ministerio. — Rebecca Hasselbach estará muerta para mañana— dice, cubre su pecho con las solapas de su bata al echarse hacia atrás en el sillón, — y tengo que decir que me siento ligeramente decepcionada con el final de nuestra ministra de Defensa, esperaba un asesinato…


II. Anne

Distinto.

El hombre que espera bajo el marco inestable es una silueta enfundada en un extravagante abrigo que me lleva a saber quién es, aun antes de fijarme en lo familiar de los rasgos envejecidos de su rostro, su espalda recostada contra la madera gastada de la puerta que empuja al verme llegar para abrirme la entrada al infierno. El mismo puesto de centinela de la puerta de su hermano mayor, su trabajo no ha cambiado en todos estos años. Hasta esta noche, que las ráfagas heladas de los últimos días de diciembre me han traído a las calles del distrito doce, mis botas pisando la escarcha y mis venas cargadas de demasiado resentimiento como para poder sentir el frío, el mismo resentimiento que puedo reconocer en los ojos claros de mi tío.

Hola, Kaine — susurro.  

Detrás de su figura, en lo oscuro al otro lado de la puerta, aparece su esposa Charlotte. Ella tampoco ha abandonado su puesto en todos estos años, sigue cubriendo la espalda de Kaine. Su sonrisa continúa siendo tan perversa como recuerdo cuando se curva en sus labios, sin el sesgo burlón de Kaine, pero tan peligrosos cuando las muestran tras intercambiar una mirada y van por delante al permitirme entrar al almacén en el que llevan escondiéndose desde que la botica de los Ruehl cerró en el distrito dos. Las cajas de madera con frascos llenos de pócimas se apilan contra las paredes, distingo una mesa de trabajo en el que está dispuesto un caldero que sigue hirviendo, hay baúles cerrados en los que asumo que estarán los objetos que son tan atractivos como mortales, mejor reservarlos de la vista de los curiosos, tras el cristal que recubre toda una pared veo otras piezas de colección, puedo identificar el modelo de cada arma muggle, así como lo simbólico de las varitas expuestas, un recuento arrogante de víctimas y muertos.

Has vuelto, Annie — susurra Charlotte en mi oído al pasar a mi lado para mostrarme el camino, escaleras arriba, hacia el dormitorio de mi padre. — La hija pródiga vuelve a casa… — sube cada peldaño, su voz va cayendo tras su espalda, su melena oscura, cuando la escucho canturrear puedo decir que me siento en casa: — A través de una oscura carretera en el desierto…


III. Rebecca

Revancha — sigue Georgia, — la ministra hizo de una pelea una cuestión personal y fue a buscar revancha sobre el hombre que la dejó casi muerta en el ataque a la Isla Ministerial. Tan poco… ¿profesional? ¿Eso es lo que quieres que se diga de ti? ¿Qué actuaste con el instinto vengativo de una bestia? ¿Golpe por golpe? — me cuestiona con un chasqueo de su lengua, como si mi reputación por sí sola no fuera algo de lo que puede tomar todo lo que quiera para seguir rellenando líneas. — Fuego por fuego, mejor dicho. Fuiste a los túneles subterráneos de la frontera a devolverle el fuego que Hermann Richter provocó en la isla, ¿acompañada por unos pocos aurores que dejaste apostados fuera esperando por ti? No habrás elegido a los mejores, sino a los más mezquinos, a los que no arriesgarían su cuello por alguien, ni siquiera por su ministra. ¿A qué sanador conseguiste para que certifique que el cadáver es tuyo? ¡Vaya! — suelta con una carcajada al leer el nombre. — ¿Has firmado un favor a esta familia? Así es como se explica que estos apellidos sigan perdurando, siempre se guardan cartas…


IV. Anne

El olor a la sangre todavía fresca golpea mi nariz cuando la penumbra dentro de la habitación hace que me tarde unos momentos en encontrar el cadáver de la última mujer asesinada por mi padre, desnuda, sus brazos con magulladuras por los agarres violentos y el rostro desfigurado a causa de los golpes. Esta es la llamada que esperaba, la que me marcó el día, tras llevar semanas acechándolo y viéndolo con esta mujer morena que creyó tener una suerte distinta a todas sus antecesoras. Kaine es quien se desprende de su abrigo para cubrir el cuerpo, la varita de su esposa es la que se encarga de sacarla fuera, dándonos a mi padre y a mí la privacidad que necesitamos para este encuentro.


V. Rebecca

Asesinada por Hermann Richter, en la caza personal de este hombre… — suspira Georgia. Dobla el papel para guardarlo a llave en el cajón del escritorio de su despacho personal, confiando en la débil memoria que algún día la traicionará y lo sabe, espera sentada a que llegue ese día.


VI. Anne

Recojo del suelo el vaso de whisky que al caer no llegó a romperse, paso mis ojos del vaso vacío al hombre que está en la cama, su cuerpo tieso por el efecto del veneno que lo induce a una falsa parálisis de sueño, lo único que puede hacer es buscarme él con sus ojos, maldecir mentalmente al ver mi rostro y por mucho que hayamos cambiado, reconocernos. Había pensado que el resentimiento me incitaría un salvaje asalto sobre su garganta y que sería mucho lo que tendría para gritarle en la cara, el cántico de todos estos años dentro de mi mente que lo culpaba de destruir lo que yo había tratado de cuidar, cuando aún perdura la contradicción de que ambos destruimos lo que tratábamos de cuidar, una familia, un hogar, un negocio que nos unía más que la sangre. Y de lo que le culpaba en mi mente era de destruirme a mí.

No hay arrebato en la manera que tengo de acercarme a su cuerpo, ni en mi mano cuando trepa por su garganta para ejercer la presión que va quitándole el aire, ni tampoco en mis uñas que rasgan su piel y cuando se fuerza a respirar, permito que lo haga, mis uñas abriendo un camino rojo por donde pasan. — Pensaste que moriría — murmuro, — pensaste que sin ti no sobreviviría. Escuché que trataste de hacer resurgir tu negocio en el norte, una vez, dos veces, escuché que fallaste. Escuché que sigues correteando por ahí como una rata, detrás de ti tus leales seguidores, los mismos que por dos monedas también prometen lealtad a alguien más.

Hago que mi varita sostenida en mi otra mano baje por su torso cuando me siento en el borde de la cama, para seguir con mis ojos las líneas que cortan su piel en heridas profundas de las que manan la sangre que va manchando la sábana. Son líneas que se extienden por todo su cuerpo, dejando la carne expuesta de sus brazos, sus piernas. — Habrás escuchado que me transformé en una bestia, ¿tenías miedo de la noche en la que vendría a buscarte siendo una? — susurro, — ¿en la que despedazaría tu cuerpo? —, pero la precisión de mis cortes no es violenta, no me ciega la vieja ira cuando mis dedos escarban en cada una de esas heridas abiertas, obligando a su carne a seguir abriéndose, encontrando en el derrame de su sangre que ensucia mis manos tras soltar la varita, lo que busco. No necesito ser una bestia para alzar mi puño, retener ahí todo mi odio, y bajarlo para golpear sobre sus heridas, golpearlo una vez sin que pueda gritar, golpearlo una segunda vez sin que pueda devolverme el golpe con sus manos inmóviles a los lados de su cuerpo, golpearlo con la sangre salpicando sobre mí, golpearlo con el desapasionamiento de quien lo ve como carne sin vida, aunque sigue respirando. Y de su respiración que hace latir la vena en su cuello, es de lo que debo encargarme cuando mis uñas ascienden hasta ahí.

El hombre elegirá cómo atacar y qué muerte dar siguiendo su raciocinio, la bestia siempre irá hacia la yugular, donde percibe el latido de vida. La bestia no especula, no demora la muerte, ese es juego perverso de los que pensamos la muerte. Desgarro la piel de su garganta con mis uñas y rasco su carne, lo estrangulo con mis dedos dándose un banquete con su sangre, la cual busco que corra, se desparrame, llegue a cubrir toda la sábana, su cuerpo, el mío. Es la sangre que nunca compartimos, la que debe haberme servido en el pasado no me hubiera llevado a buscar en sangre ajena mi revancha. La respiro al acercar mi rostro al suyo, patético y miserable hombre que en su expulsión al vacío, a andar sin rumbo por tierras impredecibles, creyó que me perdería en estas, que moriría, que mi existencia se perdería en la nada. — Estás muerto — susurro, — y yo sigo viva.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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