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Stop the clocks · Hans

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Mensaje por Lara Scott el Miér Oct 28, 2020 4:58 pm

16 de diciembre

El avanzar lento de las manijas del reloj son las que irrumpen en mi sueño para hacerme abrir los ojos a una luz clara que es cegadora por unos momentos, tengo que parpadear para mi vista asimile las paredes blancas típicas de cualquier hospital, sus sábanas también blancas y, sorpresa, la bata que me han puesto con los nudos en la espalda que siempre dejan el culo al aire, también blanca. Reírme ha sido durante toda mi vida, la manera que he tenido de lidiar con lo que me provoca una angustia muda en el pecho. Palpo con las puntas de mis dedos la venda que me han puesto alrededor de la cabeza, pongo mi fortuna en juego al apostar que también debe ser blanca, tendré que esperar a que la enfermera me acerque un espejo para comprobarlo. Pero tengo vendas en la cabeza, una aguja clavada en el brazo pasándome drogas a las sangre –no, en realidad no, retiran la aguja, solo soy yo queriendo quejarme de una aguja imaginaria-, mis pies por fuera de la sábana y los siento frío, ¿alguien puede cubrirlos, por favor? Hundo mi cabeza en la almohada mullida que tengo debajo y aguardo a que las lágrimas terminen de desprenderse de mis pestañas, que rueden silenciosamente y se disuelvan en el blanco de la sábana como una mancha de humedad que se secará al cabo de un rato.

Escucho como el reloj se detiene, ese segundo en el que se detiene abarca toda mi vida, la que tuvo un principio y creí que tenía un final, cuando la manija se desliza al segundo siguiente, veo a Hans en el marco de la puerta. No, no lo veo. No puedo verlo por las lágrimas que se agolpan en mis ojos, siento su presencia como un aviso sobre mi piel y cuando volteo mi cabeza en la almohada, el hombre que descubro no es él. —Por difícil que siempre supe que sería que mantuviéramos nuestras promesas— se lo digo sin más, mi voz tan carente de su fuerza como parece estarlo su cuerpo, —es realmente difícil, Hans— se lo reconozco, mi honestidad siempre acompañó al amor que puede esperar de mí. —Prometí que cuidaría lo que tenemos— murmuro, mis labios se prensan, —pero fallé— soy un cuerpo que se hunde entre sábanas de un hospital, la más evidente muestra de mi fracaso. La guerra se impuso en nuestra casa, al menos yo no estuve la altura de protegerla como debía, ante el hombre que insiste en seguir lastimando a todo lo que fue suyo. Bajo mis párpados, lo que diré es algo que sale de la misma rabia de la impotencia, tendrá que escucharme y luego razonar conmigo para convencerme por qué él debe seguir donde se encuentra. —No más— digo, —me llevaré a las niñas a la casa de la playa, nos quedaremos ahí, cambiaremos nuestros nombres, ambas pasarán a ser Scott, tú también puedes ser Scott, Hans Scott, ¿quieres? Le pondré un fidelio, nadie nos encontrará. Esperaré a que Tilly tenga veinte años para que volvamos a salir. Que el mundo se mate fuera, que arda, que se destruya, que le pongan una bala en el culo a Magnar o que Magnar siga despotricando detrás de los rebeldes, me da lo mismo— las lágrimas me queman a mí cuando caen por mis mejillas, —que se jodan todos.
Lara Scott
Lara ScottInefable

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Mensaje por Hans M. Powell el Miér Oct 28, 2020 5:30 pm

Me he olvidado cómo se supone que un ser humano debe funcionar. Sé que el mundo sigue girando porque puedo ver las siluetas que van y vienen por el pasillo del hospital, pero no tengo la más mínima idea de qué hora es o lo que está sucediendo a mi alrededor. En más de una ocasión recibo visitas, se acercan a mí para asegurarse que me encuentro bien e incluso me preguntan si necesito algo para comer o beber. Como mucho, en alguna ocasión acepto agua. Me aconsejan que vuelva a casa, que me dé una ducha, que llame a alguien… Tampoco lo hago. Las horas pasan y sigo con el mismo suéter sucio y raído. El mismo pantalón para dormir que ya no luce como solía hacerlo. Las mismas zapatillas llenas de barro. Podría ir al cuatro pero no deseo hacerlo. No quiero enfrentarme a mi hermana. No quiero ver a Mo. No puedo encontrarme con los ojos de Tilly. Solo espero y llega un momento en el cual me olvido de qué se supone que estoy esperando. Meerah no va a salir de ninguna de estas habitaciones, claro que no.

Me pidieron que firme papeles. Que declare. Un auror se sentó conmigo durante horas en el pasillo del hospital y se quedó mirando mi perfil mientras yo me frotaba las manos. Dije lo poco que podía decir y ni siquiera leí las páginas, solo hizo garabatos de algo que parecía ser mi nombre. Mi negativa fue lo que me mantuvo en esta silla durante lo que parece ser una eternidad. En algún punto creo que voy al baño más cercano, me mojo la cara con agua fría y regreso. Eso es todo. Es como caminar en un sueño. ¿Alguna vez tuvieron esa sensación? Solo avanzas pero no tienes idea de hacia dónde te están llevando las piernas. Regresas al punto de inicio y las horas pasan. Ignoras el movimiento, el sonido de las calles. El mundo puede estar explotando afuera y a mí no me puede importar menos.

Me llaman. Tardo en notarlo, pero hay una sanadora diciéndome que puedo pasar a ver a mi esposa. ¿Tengo una esposa? De seguro la pobre mujer se cree que tengo algún problema mental, porque me le quedo mirando como si estuviera tratando de adivinar de quién me está hablando hasta que por fin mi cerebro empieza a funcionar. Solo asiento, me pongo de pie y doy los pasos que se sienten kilométricos. Me abre una puerta, me anuncia que nos dejará solos y creo que murmuro un agradecimiento. Solo puedo quedarme de pie, la imagen de Lara Scott entre las sábanas blancas me recuerda que nada de lo que ha pasado fue una pesadilla. Mierda, todo es tan blanco aquí que de seguro me veo como un manchón de mugre.

Ella empieza a hablar, claro. A Scott jamás se le dio bien cerrar la boca. Aprieto mis párpados y la dejo en su discurso mientras cierro la puerta — Lara… — no me oye, ni yo lo hago. Ella sigue hablando — Lara — un nuevo llamado en medio de sus palabras. Para cuando deja de hablar ya he llegado al lado de su cama. No me atrevo a tocarla. Tampoco respondo de inmediato, dejo que el silencio se haga entre nosotros mientras la verdad se va acumulando en mi boca — Meerah está muerta — lo vomito, brota de mí como una realidad que fui incapaz de ver desde hace vaya a saber cuánto tiempo. Soy consciente de que lo he dicho solo porque mis ojos se quedan confundidos sobre su rostro. Antes de que me pueda dar cuenta, mi boca empieza a temblar — Es mi culpa, ella… El chico… — puedo sentir cómo viene, la necesidad de balbucear un montón de palabras que empiezan a salir en tropel sin que pueda controlarlas. Me voy desarmando, poco a poco, en lo que mi cuerpo cede al cansancio y me voy recargando en el costado de su lecho — Ella sabía, Lara, ella sabía. Y él quiso matarme a mí y acabó por… Tuve que haber sido yo. Tuve que haber sido yo… Y lo tuve siempre frente a las narices, Lara, pero fui tan idiota… tan idiota…

No me doy cuenta de que he empezado a llorar hasta que saboreo mi propio llanto. Tengo que desviar la mirada de ella en lo que acabo por sentarme a sus pies. Clavo los codos en mis rodillas, buscando sostener así mi cabeza cansada — Es mi culpa. Todo esto es mi culpa. No puedo proteger a nadie y me quitaron a mi niñita. Es mi culpa. Lo siento mucho. Es mi culpa — porque si tan solo hubiera sabido cuando retirarme, cuando detenerme, si tan solo las hubiera sacado de esa maldita isla antes… No lo hice. Permití que el orgullo siempre fuera más fuerte y eso me ha costado todo.
Hans M. Powell
Hans M. PowellMinistro de Justicia

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Mensaje por Lara Scott el Sáb Oct 31, 2020 12:39 am

No— así como el intercalaba mi nombre mientras hablaba, yo también lo hago con esa única palabra. —No— repito. —No es cierto—, no es cierto que esto pueda estar pasando, es una maldita pesadilla inducida por las drogas que tengo bajando por mi sangre y no puedo despertar, por dolorosa que sea la punzada que me postra en la cama que me queda gigante al hacerme tan pequeña, no logro despertar. —Esto no es real— murmuro, tanto tiempo preguntándome qué sería lo real, para negar rotundamente que pueda serlo un mundo en el que me diga que Meerah está muerta. Mis párpados se cierran, los fuerzo a permanecer cerrados, quiero obligarme a dormir o a volver a ese pozo negro de la inconsciencia que me saque de este escenario en el que hay un Hans destrozado diciéndome que perdimos a una de las hijas que prometimos cuidar, que hace poco firmé reconociéndola plenamente como una, porque hace mucho tiempo lo sentía así en el alma. —No— sigo repitiendo, —¡NO!— grito cuando trata de explicarme qué fue lo que pasó, tan incomprensible como el hecho mismo de que Meerah pueda estar muerta. —¡NO ES CIERTO!— rujo.

El llanto que cubre su rostro me hace consciente de las lágrimas que a mí me nublan los ojos, feroces, despiadadas lágrimas que no quiero derramar, y que se encuentran allí, ensuciando mis pestañas, implacables al bajar por mis mejillas y caer sobre mi pecho. Lágrimas que admiten lo que yo todavía me niego a creer. «Es una pesadilla», me sigo diciendo, incapaz de armar un relato con lo que me dice y el dolor de su culpa lo único que consigue es que sienta como todas mis fuerzas me abandonan para que mi cabeza se golpee contra la almohada, quiera hundirse en esta, y cuando mis dedos se aferran a un extremo de la tela, la use para guardar allí los gemidos guturales que salen de mi boca al sacar fuera el dolor que me nace de las entrañas porque la niña que abracé una vez al marcharse su madre, la misma que visitó mi taller y se sentó conmigo a cenar para marearme con sus preguntas, la niña que me hablaba de telas y diseños que en el futuro serían una firma destacada en Neopanem, esa niña que creció para convertirse en una chica que siempre pareció tenerlo todo tan claro y que si decía que el mundo debía girar hacia la derecha, el mundo la obedecería para girar hacia la derecha, esa chica ya no está. Me recuesto hacia un lado al doblarme en dos y sostenerme a la almohada para seguir ahogando mis gritos, me parte desde adentro, cada uno de mis huesos, como la vez que di a luz a Mathilda, con la diferencia de que este es el desgarro de una vida que quiero seguir reteniendo para mí, entre mis manos, que ya no está. —¡BASTARDOS! ¡CANALLAS!— logro incorporarme debido a la rabia con la camuflo al dolor, —¡MISERABLES HIJOS DE PUTA!— es el rostro de Hermann el que veo más claro que todos, tan cerca como lo tuve en un momento, me basta evocarlo para sacudir el suero en tengo incrustado en el brazo y tirar la bandeja con pastillas que está sobre la mesa de luz. —¡LOS VOY A MATAR! ¡LOS VOY A BUSCAR Y LOS VOY A MATAR, HIJOS DE PUTA!
Lara Scott
Lara ScottInefable

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Mensaje por Hans M. Powell el Sáb Oct 31, 2020 1:43 am

No tengo la fuerza para decirle que es cierto, así que lo único que puedo hacer en un momento como éste es dejar que grite. Que destruya toda la habitación si quiere, que se envuelva en sí misma para llorar, que se lamente por una desgracia en la cual, por esta vez, no puedo ser su apoyo. No estoy en condiciones de tomar sus manos, no soy el bastón ideal para nadie si lo único que puedo hacer es derrumbarme en mí mismo. Como el inútil que soy, solo me quedo como una estatua, clavo los ojos en su figura consumida por la desesperación y mi silencio es lo único que acompaña su escándalo. Si quiere odiar al mundo, que lo haga. Si quiere correr detrás de los que mataron a nuestra hija, yo no se lo voy a prohibir. En este momento creo que no tengo fuerzas para ser algo más que un eco de lo que supe ser.

Lo que sí consigo hacer es poner una mano sobre su muslo, como si de esa manera pudiese pedirle que se calme sin la necesidad de ponerlo en palabras. Quiero decirle que no está en condiciones para alterarse, pero sería una completa mentira. Tan solo basta con mirarme, he dejado nomas que me curen las heridas y luego me he sentado en un pasillo por lo que creo que ha sido más de un día sin intenciones de que me internen o siquiera cambiarme la ropa — Luchó con ellos. Para ellos — no sé si lo que quiero hacer es ponerla en contexto o si decirlo en voz alta es lo que me ayuda a asimilar la situación. De alguna manera me las arreglo para no seguir llorando, más sueno como un autómata — Ella… Arianne Brawn me dijo que la conoció en el nueve. Que tenía amigos, que tenía… — trago saliva, la mueca que hago en el instante en el cual cierro los ojos deja en evidencia lo mucho que me cuestan estas palabras — Más que amigos. Y lo sabía, Lara. Me dijo que teníamos que irnos y este chico… El chico que disparó… Le dijo que le había dicho que se fuera. Ella sabía…

Sabía y no me dijo nada. En algún momento, no sé cuando, decidió que había cosas que no me podía contar. Se convenció de que yo no la entendería cuando no había absolutamente nada que no me pudiera decir, que yo no habría escuchado. Nada. Uso la mano que tengo libre para pasarla por mi rostro, sintiendo como la mugre del humo me sigue picando allí donde las lágrimas no han dejado marca — Él disparó y ella se aferró a mí. Yo no pude… — salvarla, apartarla, reaccionar como el padre que se supone que debía ser para ella. Trago saliva como si de esa manera pudiese deshacer el nudo — Si pudiera cambiar las cosas, si pudiera volver al pasado e intercambiar su lugar con el mío, juro que lo haría. Es como las cosas deberían ser — ningún padre debería enterrar a su hija. Ninguna hija debería morir por las acciones de sus padres. Esto es lo que tengo que pagar por todo lo que he hecho. Y no es justo.
Hans M. Powell
Hans M. PowellMinistro de Justicia

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Mensaje por Lara Scott el Dom Nov 01, 2020 12:20 pm

Siento su tacto y lo busco, tomando sus dedos entre los míos para entrelazarlos en un agarre desesperado, al que pueda sostenerme para no salir corriendo sin rumbo, buscando caras culpables a las que apuntar con mi varita, como si no hubiera otra niña que también necesita que me quede en esta cama, recuperándome de un golpe que al hacerme perder la consciencia, me libró y me castigó con un momento que jamás hubiera querido ver con mis ojos, pero sucedió, tenía los ojos cerrados como para hacer algo. Y en este momento, «como si no hubiera otra niña» es algo desprovisto de un sentido de la realidad, porque no hay otra, es ella sola. Ya no hay otra. No me espero lo que sale de los labios de Hans, no porque ignorara que Meerah era una chica con la inteligencia suficiente como para formarse sus propias opiniones y juicios sobre las cosas, a lo que le pedí tiempo, tiempo para que fortaleciera esas ideas, que aún le faltaba vivir mucho para poder discernir claramente el detalle de cada cosa que creía conocer, tiempo que le faltará ahora.

Me rompe el corazón que su padre me diga que Meerah estaba al tanto, que tenía amigos entre quienes atacaron la isla y que peleo para ellos, vuelvo a gemir de la agonía al oír cada retazo suelto de la historia que él también está tratando de dar sentido, el que no quiero ver, que me niego a aceptar, que colaboró con ellos, que peleo con ellos, lo que inevitablemente la colocaba en contra de nosotros. Porque fue un asalto, fueron a la isla ministerial con la intención de destruirla, de quemar las casas donde vivían los ministros, donde vivíamos nosotros, donde vivía su hermana. Puedo entender que las ideas de las personas las lleven a tomar decisiones como las que resigno cada día por parte de Hans, así como me resigné a las que tomó mi padre, ahora también las de Meerah. Me rompe el corazón, me lo destroza, sigo amándole como también amo a mi padre. Gimo de la angustia que me hace sangrar el corazón, pero sigo amándola.

Mi cuerpo se enreda con las sábanas cuando me siento en la cama para echar mis brazos alrededor de Hans, envuelvo su cuerpo con todas mis fuerzas, aferrándolo a mí, pasando mis manos con impaciencia por su espalda, porque él sigue aquí, aunque ninguno de los dos pueda nunca, en la vida, decir que fue gracias a un sacrificio de Meerah, no es un sacrificio que alguno de los dos tenga corazón para aceptar. —Meerah no debía morir, eso es como debería ser. Tú tampoco debías, no, ninguno debía— murmuro con mi boca contra su cuello, así contengo los sollozos que acompañan al llanto que va derramándose por su piel, porque me siento incapaz de detener esas lágrimas que van ahogándome. —¿Qué haremos ahora, Hans?— qué pregunta más estúpida, la hago con miedo, con desesperación, sin poder ver cómo se continua a esto y no, no pondré en mi boca una respuesta a lo que me ha contado, no soy jueza, no participo de esta guerra aunque el mismo Hermann Richter me ha dicho que no puedo mantenerme al margen y así es, esta guerra mató a una de mis hijas. Pero no seré parte, no, por la misma Meerah, que quedó en medio del fuego cruzado, por Mathilda que es la única existencia que me queda por resguardar de heridas y traiciones. —No pudimos cuidarla, no sé cómo… no pudimos, no sé si puede… y lo intentamos, quisimos hacer esto, creímos que podíamos, ¿por qué no pudimos? Que arrogantes fuimos…— lo reconozco con un susurro, —que estúpidos fuimos…
Lara Scott
Lara ScottInefable

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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Nov 03, 2020 12:17 am

Su abrazo es el primer verdadero contacto que he tenido desde que las manos de Meerah se sujetaron a mí por última vez. El calor se siente como algo nuevo, creo que mi cuerpo tiembla un poco y tengo que respirar hondo para no quebrarme, como si el peso de todas las horas que pasaron hasta el momento fuese algo de lo que puedo desprenderme cuando, en realidad, no lo quiero dejar ir. No quiero enfrentarme a un mundo sin mi hija, no sé cómo se supone que voy a salir allá afuera y planificar un funeral que no tiene nada de sentido. ¿Cómo se supone que se continúa una vida sin un hijo? Nunca he estado tan perdido, jamás me he sentido tan vulnerable e inútil. Sé que morir no era algo que nos correspondía esa noche, pero tengo bien en claro qué opción elegiría si pudiera — Si la muerte fuese algo que pudiera intercambiar, no me importa si fuese un deber o no. Es Meerah — espero que pueda comprender lo que le estoy diciendo.

¿Qué haremos ahora? Ladeo la cabeza en su dirección, mirándola como si no pudiese entender su pregunta. Meneo la cabeza en un intento de dejarle en claro que carezco de ideas, incluso cuando no puedo ver sus ojos al tenerla escondida contra mi cuello — Aún no decido cómo me siento — confieso con la voz tomada — No sé si estoy frustrado, si estoy furioso, si estoy dolido, si este es el dolor más grande que he sentido o si es, simplemente, todo junto — no puedo enojarme con Meerah por mentirme cuando aún me estruja el alma y, en gran medida, no dejo de reprocharle lo que ha hecho.  Espero no tener que vivir de esta manera por toda la vida o dudo mucho el poder tolerarlo — Fui un idiota, lo sé, pero no voy a permitir que… Tilly. Tenemos que pensar en Tilly — hay algo que sabe mal en mi boca al hablar de la bebé, como si fuese alguien perteneciente a una realidad paralela — No llamé a Mo, no pude… No sabía cómo decirle nada de lo que había pasado. No sé cómo… Los aurores y los sanadores me dijeron que tengo que ir pensando en el funeral. Un funeral, Scott — por el modo en el cual lo suelto, parece que me estuvieran diciendo que organice una boda para nuestros perros — No puedo… No quiero ni pensar en enterrarla. Me produce claustrofobia de tan solo imaginarlo y… Es Meerah — ella va a entender de lo que estoy hablando.

Encuentro el modo en el cual mis labios se chocan con su frente y los dejo allí, apenas ejerciendo presión en una caricia necesaria. No me importan las vendas ni los golpes, no cuando esto es lo más parecido a la normalidad que puedo obtener. Las cosas van a cambiar, el mundo entero se ha transformado en un sitio que no sé cómo funciona — Lo dejé ir — confieso en un susurro — No pude pelear contra él. Tenía que soltarla para hacerlo y no pensaba dejarla en el suelo. Lo lamento mucho — porque sé que debería haber saltado contra su cuello, ni siquiera habría sido necesaria la varita. Ahora que puedo verlo a la distancia, me muero de ganas de hacerle pagar por mano propia.
Hans M. Powell
Hans M. PowellMinistro de Justicia

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Mensaje por Lara Scott el Vie Nov 06, 2020 8:03 pm

¿Qué puedo contestar a lo que me dice? ¿A lo que es su deseo justo como padre? Más que un «lo sé» que también me lastimaría por dentro, porque mi mente está tratando de entender que Meerah ya no está, como para suponer también cómo sería una vida sin él. No quiero pensar en un mundo despoblado de las personas que amo, en el que deba ir a golpear a la puerta de Mo para abrazarla a ella y recoger a mi hija, abrazarlas a ambas sabiendo que mi cuerpo nunca será armazón suficiente que las mantenga a salvo. Porque no pude con Meerah, tampoco puedo con las decisiones de Hans que lo exponen, soy tan humana como todos los que atacamos y defendimos esa noche por lo que creímos importante, más humana porque me toca estar entre los que se quedan a sangrar, mientras a otros la muerte ya lo absolvió de la triste mortalidad. No sé en qué lugar se encontrarán ahora, todas mis creencias se desbaratan como mentiras contadas a niños, para encontrarme con la simple incredulidad de no saber a dónde van todas esas vidas que tocaron su fin y si cada cosa que tenga el toque de Meerah, en verdad me permitirá sentirla a ella o serán solo objetos huecos en comparación a una existencia que se volvió parte de mi existencia, como para que su falta se sienta como un recorte violento de la mía.

Coloco un beso en su cuello al seguir abrazándolo cuando el hombre tan racionalmente sereno que conozco, no sabe cómo explicarme cómo se siente, en el estado más puro de su verdadero carácter, porque la racionalidad siempre ha venido con el traje y por debajo es un hombre que también sufre sus emociones, porque las sufre, las pasadas y ahora también las presentes. —Hans— lo llamo, mi mano sobre su cabello que baja hasta su nuca en una caricia, —Hans…— trago el sollozo que tengo en la garganta para arrullarlo con un sonido que queda dentro de mis labios prensados. —No tienes que pensar ahora— musito, mis dedos siguen peinando los mechones sobre su nuca, no quiero que mi pregunta estúpida lo ponga en la tarea de hacer planes y poner en palabras lo que será de los días que nos esperan. ¿Un funeral? ¿Para quién? ¿Para qué? Si la hija que tuvimos ya no está, su espíritu que era lo que llenaba nuestra casa ya nos abandonó, no sé si puedo ver su rostro y no caer en la misma angustia al creer que mi padre murió, sintiéndolo como una injusticia incapaz de perdonarle al mundo y que eso me resienta una vez más, hacia todos. No solo hacia quienes podríamos considerar enemigos por haber destruido nuestra casa, no solo a los declarados rebeldes, sino al mismo Magnar y a Hermann a quien me niego a pensarlo como padre de Hans y Phoebe, porque es un bastardo al que no le corresponde más identidad que la de una basura que ensucia algún rincón del norte.

Hans…— quizás sea yo quien necesite decir su nombre tantas veces como consuelo, aunque lo use para llamarlo en todo momento y recuerde que así como él está aquí, yo estoy con él, todo lo que está cayendo sobre nosotros es demasiado negro y podemos perder al otro de vista por culpa de las lágrimas que llenan nuestros ojos también, así que lo llamo, una y otra vez. —Tenías que estar con ella, Hans. No tienes que pedir perdón por eso, tenías que estar con ella. Ninguna persona vale un segundo del tiempo que podrías haber pasado con ella— mucho menos la persona que hizo que ese tiempo se acortara a nada, poniendo fin violentamente a una vida que debería haber superado a la nuestra y otro asesino más, de los muchos que hay en estos días, por cada conocido y amigo muerto, no creo que se merezca quitarnos también el último momento de compañía de quien amamos. —Los odio a todos, Hans— susurro al acomodar mi barbilla en su cuello, estrechándolo aún más contra mí hasta que mi corazón pueda encontrar los latidos del suyo que van alborotados por nuestros llantos tan distintos, —tanto como los amo a ustedes— cierro mis ojos, —los odio y los odiaré aún más, por cada dolor que nos causen y por cada…— no puedo decir la palabra «perdida». —La amo y perderla… los odio, los odio aún más.
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Mensaje por Hans M. Powell el Sáb Nov 07, 2020 12:31 pm

Me gustaría decirle que esos segundos que ella narra fueron solo mis brazos aferrándose a un cuerpo sin vida, a alguien que ya no estaba ahí y que me prohibieron salir corriendo detrás de la persona que me la quitó de las manos. ¿De verdad tenía que estar con ella, cuando ella ya no estaba conmigo? Quizá solo fui un idiota, me quedé congelado en un segundo y mi reacción fue demasiado lenta como para ser considerada aceptable. Sus caricias me atontan, permiten que mis músculos empiecen a relajarse y soy por primera vez consciente del cansancio que tengo en el cuerpo. ¿He dormido? No, solo un poco cuando trataron mis heridas pero estoy hace más de un día vagando como una sombra. Mierda, estoy agotado. Creo que tengo que dormir en cuanto tenga la oportunidad y, al mismo tiempo, no quiero hacerlo. Tengo miedo de cerrar los ojos y ver su cadáver, de que el mundo siga avanzando, de que Meerah ya no esté en él.

Puedo entender su odio, es uno que comparto con cada fibra de mi ser. La consuelo con un brazo que la rodea, que la estrecha contra mí como si este espacio fuese el único en el cual no pueden tocarnos y me pregunto, una vez más, cómo sucedieron las cosas para que terminemos en este lugar. Y así, sin previo aviso, se me escapa una risa. Es helada, creo que está teñida de histeria e incredulidad — Los vi. ¿Sabes qué es lo peor? ¡Que los vi hablando! — es como caer en la cuenta de la estupidez más grande que hiciste en tu vida, como si tu ceguera hubiera sido tan grande que el sol se te estampa en la cara al correr las cortinas — Le abrí la puerta a ese desgraciado una vez, la buscaba… Eloise me contó luego que ella lo había obligado a disculparse por lo del puff… — es una anécdota tan lejana que no entiendo cómo puede sonar en una sala de hospital. Tampoco entiendo cómo es que Lulú está muerta, para variar, pero no me creo capaz de decirle también eso. No ahora — El incidente de Argie, ¿recuerdas? — su muerte trágica que acabó con Cocoa siendo adoptado para suplirlo — Vi a Meerah hablar con ese muchacho y no hice absolutamente nada. ¡Lo tuve confesando la visita de Keogh en nuestra propia isla y vi la denuncia de su desaparición! Y nunca pensé… No puedo creer que me he confiado tanto — es como si las piezas del rompecabezas empezaran a caer como una enorme burla frente a mis ojos — Hablaron como si se conocieran, él le pidió que se fuera, ella solo… Por Merlín… ¡Se supone que he solucionado casos menos obvios que esto! — deberían despedirme, no sé si me encuentro más avergonzado o furioso.
Hans M. Powell
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Mensaje por Lara Scott el Lun Nov 09, 2020 1:33 am

Las palabras puestas en mi boca se quedan ahí, no son dichas al aire, envenenan mi boca y también bajan por mi garganta como una bebida amarga que me va llenando de odio por dentro, sin nombres por el momento, un odio colectivo hacia todo y todos los que participan de esta guerra y la hacen entrar por la fuerza a través de las puertas de nuestra casa, una en la que dormía Tilly dentro de su cuna cuando lo hicieron, a ese punto han llegado. Pero tengo un nombre, uno que suelto con una carcajada tan áspera como la suya histérica, aunque reírnos, más no sea de pura rabia, es lo peor que podemos hacer en este momento. —¿Jim? ¿Te refieres a James?— pregunto, no llego a separarme de su cuerpo cuando lo murmuro contra su garganta y mis ojos negros se quedan fijos mirando la nada. Es Jim quien mató a Meerah, mis palabras entonces no pueden ser más reales, porque es verdad que todo lo que siento es puro odio hacia su nombre cuando caigo en la cuenta de que fue quien me quitó lo que amaba, quizás porque ella se cruzó para evitar que fuera su padre quien muriera, nada cambia, Jim ha pasado a ser de las personas que destruirían y destruyen lo que amo y eso no me deja más que odio hacia él, con cualquier otro sentimiento que pudo haber alguna vez, profundamente enterrado.

Voy a matarlo si algún día lo veo, Hans— musito, —así que por la hija que todavía nos queda y quiero poder estar para ella, asegurarme de que crezca segura, espero nunca cruzármelo y que muera de una forma peor a la que yo podría darle— porque sí es cierto también que Meerah lo conocía, que… ambos se entendían como para que ella estuviera al tanto de que iban a ir a la isla y él para pedirle que se marchara, así poder asesinar a Hans, matarlo desde mi propio odio haría de esto… algo peor de lo que ya es. Pero lo deseo sí, que así como le quitó la vida a Meerah, él también la pierda, me parece lo justo. Será alguien más quien lo haga, pero estaré esperando esa noticia y cuando la escuche me daré por complacida, mientras sigo aferrándome a Tilly que es la única vida a la quizás mi amor logre mantener a salvo. —Quiero volver a casa— susurro, mis brazos buscan abarcar toda su espalda y en una cercanía desesperada, todo lo que nos duele pueda ser compartido, como si su piel fuera mi piel, —no me importa el lugar, quiero volver a casa, contigo, con… Tilly— se me rompe la voz, porque casa ahora somos solo los tres y en mi garganta queda atrapado otro gemido de angustia. —Sacame de aquí, ya no quiero estar aquí, no necesito nada de esto, por favor… no te vayas sin mí…— no creo poder quedarme sola y verlo cruzar esa puerta, también destrozado. Tengo miedo de él o yo, de quedarnos solos, nos desarmemos como piezas rotas y ya no podamos juntarlas luego, necesito que me abrace así como abrazarlo yo, para que aún rotos, el otro sostenga nuestras partes. Beso su mejilla, su cuello, y me quedó ahí, mi frente contra un lado de su cuello y mojando su piel con nuevas lágrimas. —Quédate conmigo, por favor. Tú quédate conmigo… yo… no quiero… no quiero quedarme sola y sé que tu vida siempre estuvo expuesta, que tenía que aceptar que un día podrías no estar, que entonces yo cuidaría de Meerah y Tilly… y traté de aceptarlo, Hans. Trato de amarte todo lo que el corazón me permite por si un día ya no estás, pero… ya no sé, asesinaron a Meerah, si no pude cuidarla a ella, ¿qué tanto puedo proteger a Tilly? ¿Y tú? ¿Qué haré si un día despierto y ninguno está? Hans, no puedes abandonarme luego de sacarme de lo sola que estaba. No me dejes, no quiero quedarme sola, no podría.
Lara Scott
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Mensaje por Hans M. Powell el Lun Nov 09, 2020 3:37 pm

¿Quién demonios es Jim? Me demoro un momento en comprender que es un apodo, ese que suena extraño en sus labios — ¿Byrne? Sí, él — estoy aturdido, lo suficiente como para ser lento y que mis ojos la miren tratando de comprender de dónde viene su duda — ¿Alguna vez te lo mencionó? — cientos de opciones empiezan a estallar dentro de mi cabeza, pero yo elijo creer que ella era tan ignorante como yo en las intenciones de Meerah. Quiero decir… Si Scott supiera que nuestra hija era amiga de alguien así, espero que en verdad me lo hubiese dicho. ¿O no? Me parece lo más sensato, hemos hablado cientos de veces sobre que la seguridad de las niñas era lo más importante. Una amistad con un esclavo está mal, se mire por dónde se mire.

Creo que en otro momento me tomaría la molestia de decirle que no vale la pena, pero ahora mismo soy incapaz de detenerla. Si quiere odiarlo, que lo odie. Si quiere saltar sobre él y quebrarle el cuello con las manos, le diré que ansío exactamente lo mismo. Me digo a mí mismo que ella no tendrá que hacerlo, que estará limpia cuando esto termine y seré yo quien se le tire encima, que lo sujetará hasta que deje de respirar. No necesito magia para hacerlo, tengo la sensación de que le quitará satisfacción a la espera de su agonía. Mis manos ahora mismo se sienten mucho más inútiles, de todas formas. Abrazarla es algo que me queda corto, tengo que estrecharla con todo lo largo que son mis brazos sin saber cómo contener todo el dolor que lleva con ella, que la parte en dos, que no sé si es tan doloroso como lo que yo siento o se queda corto. Sus besos no son cálidos como los de costumbre, solo se sienten húmedos y desesperados, como un pobre intento de lo que supimos ser y que seremos de ahora en más — No, escúchame… — tengo que poner las manos en sus hombros para apartarla con sumo cuidado de mí. Tomo su mentón, obligando a sus ojos oscuros a enfrentarse con los míos — No me iré a ningún lado. Me quedaré contigo hasta que te den el alta y mañana iremos a buscar a Tilly, ¿de acuerdo? No las dejaré solas, nunca. Nadie va a volver a tocarnos de nuevo, Scott, absolutamente nadie — porque si tengo que funcionar como muro, lo haré sin dudarlo. Recupero sus manos entre las mías, las llevo contra mis labios y las beso, como si pudiese calmarnos a ambos con un gesto tan simple — Te prometo, por todo lo que más quiero, que las cosas no quedarán así. No pararé hasta que se haga justicia y cada uno de los culpables haya pagado por lo que hicieron. ¿De acuerdo? Lo juro — porque hemos perdido demasiado, porque el mundo se ha empecinado en burlarse de nosotros y decirnos en la cara que la muerte es caprichosa, que se lleva a los más inocentes. No voy a permitirlo, nunca más.
Hans M. Powell
Hans M. PowellMinistro de Justicia

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