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Heart made of glass, mind of stone ▸ Rebecca

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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Lun Oct 26, 2020 7:28 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Mis uñas se debilitan de arañar la mano que me mantiene sin aire, tratando de la manera que sea que suelte la presión para poder permitir el paso de oxígeno a mis vías aéreas, el mínimo que sea. Ni siquiera lo estoy escuchando, firme en la convicción que hice ese día de que no es un hombre que merece ser escuchado, porque no tiene nada íntegro para decir. Puede superarme en fuerza, lo hace evidente cuando con un envión me tira hacia el suelo, pero no lo hace en nada más, ahí donde no es más que pura basura reducida a un ideal que a la larga va a dejarlo solo, ahogándose en la miseria que creó para él mismo, a mí todavía me queda por hacer. Caigo al lado de mi madre como un muñeco de plomo, desesperada por conseguir aire apoyo mis manos sobre el suelo, tardando unos segundos en poder recuperar la visión a causa de la negrura que amenaza con asentarse en mi cabeza. —Hey...— me arrastro hasta quedar cerca de ella, rodeo sus hombros con uno de mis brazos para moverlos con suavidad, una que no refleja el sentimiento que me azota por dentro y tampoco lo que está ocurriendo alrededor, pero la consciencia no me da para fijarme en que todavía no ha acabado, estoy concentrada en mi madre. —Mamá, despierta— es una orden más que un ruego, no puedo dejar de ser yo misma al exigirle que no se deje marchar, mientras mi mano libre envuelve su mejilla para aportar una caricia que a la vez busque enderezarla. —Estarás bien, vamos a estar bien— se lo aseguro como quizás no he hecho con muchas cosas en este último tiempo, cuando me he movido por terreno inestable y muchas veces con ella, esta vez puedo decirlo segura de que será una tarea que cumpla al posar mis labios sobre su frente.

No me importa cómo desaparecemos ni tampoco quiénes más lo hacen, es ese punto en el que tampoco lo hacen los resultados, no quiero saber quién ganó, ni quién perdió, en el momento en el que cruzamos el umbral de uno de los hospitales más grandes del capitolio, pueden estar seguros de que golpearé a cualquiera que le ponga una mano encima si no es para las acciones adecuadas. Puede que me ponga agresiva con uno de los medimagos, ignorando que yo también chorreo sangre allá por donde voy y es parte de la función de la adrenalina lo que produce que quiera estamparle mi puño como respuesta reflejo a que no me dejen seguirla. Claro que no me lo permiten, cuando ella es ministra y a su lado no soy nadie, nadie más que una auror que se ha encargado de traerla de regreso porque a ojos de cualquiera es la obligación que se tiene hacia los superiores. No saben que es mi madre y tampoco grito para decírselo, si la única que necesita saber que lo es, que la reconozco como esa figura, es Rebecca y no está para escucharlo. El hombre joven se libra de mi ataque cuando pego con mi pie a un gotero para alejarlo en lugar de a él, por ser quién está tratando de acercarme a una camilla para examinarme y solo quiero gritarle. Porque ahora mismo no me soporto ni yo misma como para permitir que alguien me roce, cuando quemo y no por las quemaduras que se aferran a mi piel, sino por lo que pude hacer y no hice, por lo que sí le escupí y lo que no me guardé, cuando debería haberlo hecho. Y ya es tarde para remediarlo.

No soy consciente de cuántas horas pasan, llegado cierto momento acepto que me revisen, aunque no sin recibir un gruñido de tanto en tanto, con la mirada fija en la puerta por la que deseo escapar e ir en su búsqueda. Amanece, en la habitación en la que estoy se pueden percibir los primeros rayos de sol y lo hace parecer todo un sueño, si no fuera porque al salir al pasillo la gente sigue esperando en las salas de espera, las habitaciones siguen ocupadas y los sanitarios continuan con sus labores, de un lado para otro, ignorando a cualquiera que pueda estorbarles en su trabajo. Puedo convertirme en menos de diez segundos en esa persona, como vengo haciendo toda la madrugada cada hora hasta que se han cansado de darme respuestas. Pese a no haber dormido nada, yo todavía no me cansé, así que estoy dispuesta a darle un discurso a una enfermera si no recibo la información que deseo. Consigo que me la dé sin que apenas me ponga caras, creo que alguien decidió que buscaré la habitación por mi cuenta si no lo hacen, no puedo más que aplaudirles por esa decisión inteligente. Al abrir la puerta de la habitación asignada para la ministra de defensa, en un pasillo tranquilo alejado de toda la crisis que está teniendo lugar en otras plantas, lo hago con toda la suavidad del mundo, asomando primero la cabeza y luego todo el cuerpo cuando descubro que todavía no despertó, pero vive. Está viva y es lo que importa. Me siento en una silla cerca de la cama en silencio, solamente pensando eso, que está viva, respira, no siente dolor y, de alguna manera, ansío que se quede así por todo el tiempo que necesite. No me molesta tener que quedarme horas, días, semanas si hace falta, en esta misma habitación, a la espera de que haya sido suficiente, que quiere regresar.
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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Jue Nov 05, 2020 8:21 pm

Es irónico que me diga esto cuando no hace tanto tiempo que me consideraba fiel a mí misma, a la imagen que quería dar al exterior y sobretodo, a la esperada. Siempre se trató de eso, de ser quién uno espera que seas en vista de cómo te has criado, bajo qué ojos has sido vigilado y con qué manos se te han ofrecido las cosas. Me enseñaron a actuar de cierta manera, a comportarme de un modo en específico, lo tragué durante tanto que hubo un momento en que mi respuesta hacia esto hubiera sido robótica, que sé quién soy, no necesito encontrarme. Ni siquiera se trató de que no fuera yo misma, porque lo era, sigo siendo leal a esa niña de decisiones claras y opinión tajante, capaz de cortar la conversación de cualquiera con pocas palabras porque en ese entonces las únicas que valoraba eran esas. No sé si la mejor expresión para definir esto sería entonces que necesito encontrarme a mí misma, cuando dudo que pueda cambiar algo que se siente natural en mí, ya no por imposición de otros, sino porque he llegado a entender que la influencia externa está lejos de cambiar mi genética.

Pero sí es cierto que mis motivaciones han cambiado, ya no cambiado, sino que se han visto potenciadas por los últimos acontecimientos que han azotado mi vida y este es otro ejemplo más de que no puedo mantenerme al margen de eso. —Mamá— hablo más alto que antes, gracias a haber ido recuperando la compostura, y si murmuro nuevamente este llamado a su persona es porque siento la necesidad de aclararlo al escucharla —, si quiero ir tras Hermann no es porque lo sienta una obligación por ser tu hija, mucho menos por ser la suya, sigo manteniendo lo que dije aquella noche, no le debo nada como para hacer esfuerzos innecesarios por él—me tengo bastante valor propio como para condicionar mi existencia a su persona, como para permitirme pensar en las causas detrás de sus actos, me basta con saberlos hechos y que pague por ellos es más que suficiente motivación para mí, no porque nos una la sangre —Soy Ruehl, no Powell, mi interés en ir tras él está lejos de verlo como un compromiso de sangre, y tiene todo que ver con que es lo que merece— aseguro, tan fuerte como pronuncio esos dos apellidos, sintiendo cada vez más la identificación con esta Eva Ruehl que va asentándose en mi mente así como en cuerpo. —Eso es lo que quiero que recuerde, débil, cobarde, destruido, roto, me es indiferente, pero quiero verlo sangrar.

La observo en los segundos que me permite analizar su rostro de ojos cerrados, así puedo pasar una mano por su mejilla para retirar los restos de unas lágrimas que siguen cayendo. No volveré a decir que no soy buena lidiando con las personas que lloran, cuando en estos minutos que me ofrece he aprendido que a veces con acompañar basta, con estar y sostener su mano es suficiente para que el mismo llanto se calme, o no, puede seguir, pero no tiene por qué hacerlo sola. —Y podrás decírmelo, podrás contarme todas esas cosas, quiero escucharlas de ti, no hay otra persona de la que querría escucharlo— me he cansado de recibir consejo de rostros vacíos que no significan nada para mí, que bien podrían estar recitándome el manual de instrucciones de una taladradora, y lo sorprendente ahora mismo para mí es que hubo un tiempo en el que consideré eso mano de santo —¿Nicholas Helmuth? Creía que... No importa— dejo mis dudas sobre esta familia que pensaba que era odiada por mi madre a un lado, las dejo para otro momento en el que sí haya tiempo y espacio para ser respondidas, prefiero utilizar el presente para cerciorarme de cosas que tienen más peso, como el que mi madre se encuentre bien.
Alecto L. Lancaster
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Mensaje por Anne Ruehl el Vie Nov 06, 2020 7:10 pm

Mis dedos bajan por su cabello en una caricia incansable que es la que no le di todos estos años, así como también me prive de escucharla decir «mamá», sonido del que tampoco podría cansarme y le pertenece exclusivamente a ella. Es su voz, el tono con el que lo dice, por lo cual podría reconocerla ahora entre un montón de otras voces y a esa palabra dicha por su voz entre todas las muchas que se susurran, se gritan y se proclaman en este aturdimiento de voces en el que vivimos. Si tengo que regresar al norte, lo hago desde el convencimiento de que conozco sus caminos para no volver a perderme y que es territorio conquistado por el derecho que otorga el haber sido superviviente a sus miserias, pero su llamado también me consuela y me da la calma que me faltaba para saber que habrá una voz a la que podré sujetarme si algo vuelve a arrastrarme, esta vez no será el vacío en el que trate de buscar un agarre y fracase.

Es lo que se merece— estoy de acuerdo con ella sobre lo de Hermann, porque también lo creo para mí y lo pasarán otras personas, —y tal como se lo dije a él, has venido para que alguien juzgue nuestros crímenes. Pero entre la condena que se merecen algunos y tu propio destino, no dejes que su condena se convierta en la tuya. Tendrás que saber también cuando al ir tras ello, es conveniente dar un paso atrás, y cuando, luego de cumplido tu propósito, te retires. Es importante también saber cuándo desaparecer…— murmuro, como anticipo de la razón a mis propias decisiones, las cuáles conozco y no creo haberlas puesto en voz alta. —¿Quieres saber por qué me marcho? Porque he cumplido con lo que Magnar Aminoff me pidió al reclutarme como soldado, pero si me quedó, fallaré a lo que espera de mí porque ya no soy la misma persona que abandonó el norte para seguirlo al Capitolio y hay quienes, cuando tenemos una edad que nos coloca en la línea de haber vivido más de lo que alcanzaremos a vivir, el pasado es largo y el futuro se hace breve, aprendemos a irnos cuando debe ser.

Si habrá represalias por parte de una renuncia rebuscada será algo con lo que también creo poder lidiar más adelante, así como no pienso caminar descaradamente por el norte para no exponerme a la hostilidad de los repudiados si reconocen mi cara, planeo moverme como el fantasma que he sabido ser y, tristemente, la familia Helmuth es quien mejor conoce de esta condición mía. Si no es por Sigrid, es por el mismo Nicholas, y de las malas maneras, también Ingrid. —Si hay algo que quieras preguntarme, hazlo ahora. Nunca demores una pregunta conmigo si tu curiosidad necesita conocer algo que no comprendes. Pero si quieres dejarlo para después, también tendremos tiempo…— sonrío al decirlo, la más sincera y tranquila de las sonrisas que he mostrado en estos cuarenta años, —todo mi tiempo te pertenece ahora, esta vez prometo ser tu madre hasta el último de mis días y también después de estos— le prometo.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Dom Nov 08, 2020 10:44 am

No sé si soy la persona indicada para estar ejerciendo justicia, si tengo que ser sincera, tampoco creo que deba estudiar abogacía para aplicarla, y dado que nadie tiene intención de hacerlo, no me queda otra que ser yo misma quien vaya detrás de Hermann. No lo considero una obligación por ser su hija, ni siquiera es un compromiso, sino algo que siento que debo hacer por mí misma, por mi madre, que los hijos de Powell hagan cuentas propias sobre cómo quieren enfrentar a su padre, mientras se esconden detrás de carteles periodísticos, dudo mucho que la propaganda realizada difamando su nombre consiguiera algo de provecho, las medidas que decidan tomar después de lo que acaba de ocurrir van aparte conmigo. Yo sé por quién hago justicia y no es por ninguno de ellos, tampoco las personas que pudo haber jodido Hermann, lo hago por mí y también por mi madre exclusivamente.

Sus palabras me resultan sensatas al oído, tanto como para asentir brevemente con la cabeza, en un gesto apenas perceptible en lo que mis cejas se encargan de manifestar que es algo que tendré en cuenta en el futuro, al fruncirse en el pensamiento propio de estar meditando una salida. —De acuerdo— acepto, pese a lo que pudiera haberle dicho en el pasado, valoro su consejo ahora que he admitido el trato que quise tener hacia ella, que no se dio porque el resentimiento y orgullo pudieron más que mis sentimientos hacia una persona que no escondió no quererme en su vida, cuando yo sí la necesitaba a ella. —, pero no buscaré desaparecer antes de cumplir con lo que iré a hacer, no quiero nublar mis intenciones con una salida fácil desde el primer momento, son planes que no harán otra cosa que estorbar con mi propósito, y ahora mismo solo tengo uno— me gustaría concentrarme en ese por el tiempo que pueda llevarlo a cabo, los planes b te distraen del original y no deseo que falle.

Siento su disposición a contestar a mis dudas como una nueva necesidad de preguntarle todo lo que no he podido antes, quisiera saber lo que no he escuchado de ella, pero sí de otras personas. Le dije a Hermann que no solía tragarme las declaraciones hechas por bocas ajenas, la misma regla la aplico con mi madre y, aunque gozara de lo que la gente pudiera decirme de ella, porque resultaba más fácil odiar a alguien que era odiado por todos, el fondo de mí sabía que no era esa la verdad que quería escuchar. No obstante, como ella misma dice, hay tiempo para que pueda resolver mis dudas —No— en este instante prefiero reforzar lo prometido, y por ello mis labios delimitan una sonrisa, libre de juicio y sorna, para rodear su cuerpo una vez más con mis brazos y apoyar mi cabeza sobre su hombro —, has resuelto lo que más necesitaba escuchar, con eso me es suficiente— es suficiente con que sea mi madre y quiera serlo, por voluntad y no por imposición de genes, quiere ser mi madre, solo mía.
Alecto L. Lancaster
Alecto L. LancasterAuror

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Mensaje por Anne Ruehl el Lun Nov 09, 2020 10:39 pm

Aceptar el propio camino también implica respetar los ajenos, lo bueno es que ninguna de las dos seguirá andando sola y por su lado, sino que puedo seguir acompañándola con los consejos que me permita darle y únicamente en las situaciones necesarias, intervenir si se me necesita para protegerla, porque algo que no tengo intención de volver a hacer en la vida es poner un dedo en Hermann Richter, por obligados que estemos en el norte a seguir cruzando miradas. Hay lugares que luego de mucho andar, una decide ya no volver, y así también hay personas, luego de tantas personas, a las que tampoco se debe volver. No estoy obligada, ni nunca estuve, a permanecer en sitios a los que me arrastré por otros y creer que les debo algo, como para dejarme morir ahí con ellos, al menos yo no quiero morir si hay una persona que cruzó su propio infierno para llegar a mí y esa es mi hija. —Te pareces tanto a mí— murmuro, sigo mirándome en sus ojos, —y a la vez tan distinta, a mí me llevó tanto encontrar tu misma fuerza…—, ella lo sabe, lo vio en el recuerdo de su nacimiento, lo débil que era y cómo sufría la falta de una razón para levantarme de esa cama, ni ella fue razón suficiente.

Apoyo mi barbilla sobre su cabello oscuro al cerrar los ojos, mis brazos cubriendo todo su cuerpo para sostenerla contra mí, sentadas ambas en esta cama de hospital y lo reciente de mis heridas siendo olvidadas. —Perdón por no haberte sostenido antes— susurro, —a veces solo no somos la persona, en ese momento, que pueda dar a otra el amor que se merece y hay daños peores que te hubiera causado al daño de apartarte de mí,— le explico, aunque sea decir en voz alta lo que no me perdonaba, ni yo revertiría de tener la oportunidad, la persona que era entonces jamás la hubiera estrechado de la manera en que ahora lo hago, —pero no dudes que en este momento, te amo todo lo que no pude amarte estos años— digo al retirar algunos mechones de su frente para dejar un beso allí y quedarme contando mis respiraciones al son de las suyas, prueba de que seguimos vivas, y ella, toda ella, es una superviviente al propio suicidio de amor que hice cuando abandoné a Anne, es la prueba viviente de que mi amor está vivo y no muerto y de que puedo volver a ella, a ambas.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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