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Heart made of glass, mind of stone ▸ Rebecca

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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Lun Oct 26, 2020 7:28 pm

Mis uñas se debilitan de arañar la mano que me mantiene sin aire, tratando de la manera que sea que suelte la presión para poder permitir el paso de oxígeno a mis vías aéreas, el mínimo que sea. Ni siquiera lo estoy escuchando, firme en la convicción que hice ese día de que no es un hombre que merece ser escuchado, porque no tiene nada íntegro para decir. Puede superarme en fuerza, lo hace evidente cuando con un envión me tira hacia el suelo, pero no lo hace en nada más, ahí donde no es más que pura basura reducida a un ideal que a la larga va a dejarlo solo, ahogándose en la miseria que creó para él mismo, a mí todavía me queda por hacer. Caigo al lado de mi madre como un muñeco de plomo, desesperada por conseguir aire apoyo mis manos sobre el suelo, tardando unos segundos en poder recuperar la visión a causa de la negrura que amenaza con asentarse en mi cabeza. —Hey...— me arrastro hasta quedar cerca de ella, rodeo sus hombros con uno de mis brazos para moverlos con suavidad, una que no refleja el sentimiento que me azota por dentro y tampoco lo que está ocurriendo alrededor, pero la consciencia no me da para fijarme en que todavía no ha acabado, estoy concentrada en mi madre. —Mamá, despierta— es una orden más que un ruego, no puedo dejar de ser yo misma al exigirle que no se deje marchar, mientras mi mano libre envuelve su mejilla para aportar una caricia que a la vez busque enderezarla. —Estarás bien, vamos a estar bien— se lo aseguro como quizás no he hecho con muchas cosas en este último tiempo, cuando me he movido por terreno inestable y muchas veces con ella, esta vez puedo decirlo segura de que será una tarea que cumpla al posar mis labios sobre su frente.

No me importa cómo desaparecemos ni tampoco quiénes más lo hacen, es ese punto en el que tampoco lo hacen los resultados, no quiero saber quién ganó, ni quién perdió, en el momento en el que cruzamos el umbral de uno de los hospitales más grandes del capitolio, pueden estar seguros de que golpearé a cualquiera que le ponga una mano encima si no es para las acciones adecuadas. Puede que me ponga agresiva con uno de los medimagos, ignorando que yo también chorreo sangre allá por donde voy y es parte de la función de la adrenalina lo que produce que quiera estamparle mi puño como respuesta reflejo a que no me dejen seguirla. Claro que no me lo permiten, cuando ella es ministra y a su lado no soy nadie, nadie más que una auror que se ha encargado de traerla de regreso porque a ojos de cualquiera es la obligación que se tiene hacia los superiores. No saben que es mi madre y tampoco grito para decírselo, si la única que necesita saber que lo es, que la reconozco como esa figura, es Rebecca y no está para escucharlo. El hombre joven se libra de mi ataque cuando pego con mi pie a un gotero para alejarlo en lugar de a él, por ser quién está tratando de acercarme a una camilla para examinarme y solo quiero gritarle. Porque ahora mismo no me soporto ni yo misma como para permitir que alguien me roce, cuando quemo y no por las quemaduras que se aferran a mi piel, sino por lo que pude hacer y no hice, por lo que sí le escupí y lo que no me guardé, cuando debería haberlo hecho. Y ya es tarde para remediarlo.

No soy consciente de cuántas horas pasan, llegado cierto momento acepto que me revisen, aunque no sin recibir un gruñido de tanto en tanto, con la mirada fija en la puerta por la que deseo escapar e ir en su búsqueda. Amanece, en la habitación en la que estoy se pueden percibir los primeros rayos de sol y lo hace parecer todo un sueño, si no fuera porque al salir al pasillo la gente sigue esperando en las salas de espera, las habitaciones siguen ocupadas y los sanitarios continuan con sus labores, de un lado para otro, ignorando a cualquiera que pueda estorbarles en su trabajo. Puedo convertirme en menos de diez segundos en esa persona, como vengo haciendo toda la madrugada cada hora hasta que se han cansado de darme respuestas. Pese a no haber dormido nada, yo todavía no me cansé, así que estoy dispuesta a darle un discurso a una enfermera si no recibo la información que deseo. Consigo que me la dé sin que apenas me ponga caras, creo que alguien decidió que buscaré la habitación por mi cuenta si no lo hacen, no puedo más que aplaudirles por esa decisión inteligente. Al abrir la puerta de la habitación asignada para la ministra de defensa, en un pasillo tranquilo alejado de toda la crisis que está teniendo lugar en otras plantas, lo hago con toda la suavidad del mundo, asomando primero la cabeza y luego todo el cuerpo cuando descubro que todavía no despertó, pero vive. Está viva y es lo que importa. Me siento en una silla cerca de la cama en silencio, solamente pensando eso, que está viva, respira, no siente dolor y, de alguna manera, ansío que se quede así por todo el tiempo que necesite. No me molesta tener que quedarme horas, días, semanas si hace falta, en esta misma habitación, a la espera de que haya sido suficiente, que quiere regresar.
Alecto L. Lancaster
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Mensaje por Anne Ruehl el Lun Oct 26, 2020 7:56 pm

Cierro mis ojos, coloco como una caricia mi mano de dedos cortos sobre su pecho que se mueve con una lentitud que me hace pensar que en cualquier momento se detendrá, mi oído ahí donde puedo escuchar los latidos que también suenan tan bajos que parece que estoy escuchando un susurro hundido en la profundidad de un océano y los cuento, cuento cada uno de esos latidos con mi voz infantil, la escucho morir lentamente. Desde que la conocí, la escucho morir lentamente. Sus dedos débiles, desprovistos de carne, huesos recubiertos de piel que tímidamente trepan sobre los míos y en lo frío de su tacto me cubren con un cariño que no volveré a conocer. —Annie— susurro, ¿cómo una voz tan quebrada puede oírse como la sonrisa más amable? —Mi Annie— me arropa con ese «mi» que me hace pertenecer a alguien, a ella, para dejar de ser la niña que vagaba entre muchas caras que retiraban su mirada y me envuelve en un sentimiento intenso, que se va extinguiendo, tan intenso que va a perdurar en mi como ese susurro que escucho atrapado en su pecho y no llega a ser latido, quedará en mí y volveré a este momento cada vez que necesite volver a escuchar mi nombre.

Estar en la habitación de un hospital es la última de las ironías que puedo permitirme, esto debe terminar en algún momento, si fui no hace mucho una más de las que hacían sentar a repudiados en inestables camillas para atender sus heridas, nunca es bueno preguntar las causas, así como paliar la agonía de una enfermedad con pócimas que los llevaban a ojos cerrados hacia un final irreversible, estar en una de estas camas de impolutas sábanas, escuchando el ritmo mecánico de mi corazón o debe ser el de otro, asusta un poco escuchar que un órgano que se creía ausente vuelve a latir, enfermo aún, con sedantes y otras drogas para tratar de remediar heridas que no son más graves que otras, pero espero también que sean las últimas. Les daré un repaso más detenido luego, cuando me encuentre a solas, me cuesta separar los labios para articular un saludo a la muchacha que veo a mi lado y conozco la razón para que así sea, una que yo busqué. —Estamos vivas— ese es el mejor saludo que puede darle, con una voz que bien puede oírse agotada, pero que de ninguna manera, ahora menos que antes, ha perdido su fuerza. —Todo lo que importa es que estamos vivas— lo digo con orgullo, con espíritu, por muy maltrecho que tenga el cuerpo. Muevo mi mano sobre la sábana para dejar mi palma hacia arriba en una invitación a tomarla. —Me alegra que estés viva— murmuro, el susurro de aquel recuerdo de mi madre en la casa de los Ruehl abandonándome.
Anne Ruehl
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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Mar Oct 27, 2020 2:42 pm

No me asusto por lo que pueda murmurar en sueños, asumo que dentro de la inconsciencia ella misma está encontrando el punto en el que sea capaz de tirar de sí misma, lo único que me pregunto es lo que debe de estar pasando por su cabeza en esos instantes, llegar a entender sus pensamientos como puede que nunca haya hecho hasta ahora. Hay cientos de cosas que no sé sobre mi madre, pero ahora, que la calma viste su rostro, puedo hacer un recorrido por los distintos momentos que pasé a su lado, en los cuales la vi gritándome, la sentí enfurecida y también consumida por la rabia, esa que se transformó luego en ojos lastimados pese a la armadura con que sostiene su cuerpo. Hoy, observándola así en su sueño, es que puedo decir que es la primera vez que puedo verla tranquila. Y me encuentro queriendo despertarla para asegurarme de que sigue ahí, firme a pesar de las circunstancias que la llevaron hasta este lugar, o dejarla descansar como lleva necesitando más tiempo del que siquiera yo estoy viva.

Agradezco internamente cuando por el rabillo del ojo percibo movimiento de su parte, lo agradezco de verdad así no tengo que culpar una vez más a mi propio egoísmo de hacer las cosas como quiero yo y no como desean los demás, y me retiro un poco del respaldo del sillón para acercarme a la cama. Si mantengo el ceño fruncido es porque llegados a este punto mostrar preocupación no es algo que vaya a lastimarme ya, cuando lo primero de lo que tengo que encargarme es de saldar los conflictos internos que llevo arrastrando desde vaya a saber cuánto tiempo. —Estamos vivas— repito, por si fuera la aseguración que necesita para cerciorarse de que es así, que estamos vivas y nadie ha conseguido matarnos, porque tampoco creo que sea algo para que hagan los demás, ninguno tiene el poder para hacer eso con ella, mucho menos Hermann. Ni siquiera trato de ocultar los dedos temblorosos que se desenredan de mi pecho para atrapar su mano, aportándole un apretón que tiene el fin de comprobar que, en efecto, está viva, puede que no entera, pero viva. Y como ella dice, es todo lo que importa. —Yo también me alegro de que estés viva— no digo a salvo, no soy tan ingenua como para creer que esto ha sucedido por nada.

Soy consciente del nudo en mi garganta, el mismo lleva enredándose desde que cargué con su cuerpo desde la isla ministerial hasta que la apartaron de mí, y ha ido creciendo hasta el punto de que puedo sentir como amenaza con desbordarme con sentimientos que nunca antes había sentido tan expuestos en la piel. Siempre he sido una persona de pensamientos fríos, decisiones seguras y actitud firme, raras veces me quiebro. Pero no puedo ocultar que ya no soy esa persona, cuando el simple hecho de dedicarle un vistazo mayor, analizando su palidez incluso cuando nunca ha sido alguien de colores cálidos, en ningún sentido, me fuerzan a derramar todo lo que siento sobre ella. —Mamá...— murmuro con la voz completamente acongojada, por primera vez en su presencia consciente, y casi tengo que apartar la vista por el apuro que me da reconocer lo siguiente. —Lo lamento— no le preguntaré si se encuentra bien, cuando su aspecto está lejos de parecerlo a pesar del sonido de las máquinas que indican que lo está. —Siento haberte lastimado, todas las veces que te recriminé haber hecho lo que hiciste, cuando no pude entenderte y ni derecho tengo a hacerlo ahora por cómo te traté en ese tiempo— aludo a mi propio egocentrismo, ese que nunca me afectó como hasta ahora, cuando puedo verlo como un defecto real y no como un rasgo de mi personalidad —No quiero que me perdones, tanto tú como yo sabemos que no somos personas de disculpas, no porque no las sintamos, sino porque no significan nada al lado de lo que pueda significar el decir que...— inconscientemente aparté la mirada de sus ojos para fijarme en su mano, esa que envuelvo con mis dedos, pero me apresuro a subirla a ellos para lo siguiente —Estoy aquí, me quedaré, no pienso marcharme— no me iré como hicieron otros, no dejaré que más ausencias la rompan por dentro, también por fuera aunque no lo muestre de otra manera que no sea con sus ojos lastimados. Es fácil dejarlos pasar por alto.
Alecto L. Lancaster
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Mensaje por Anne Ruehl el Miér Oct 28, 2020 11:45 pm

La recuerdo siendo un bebé que alguien más recogió en sus manos, no la reconocí entonces como una hija que había nacido de mí, sino como una criatura extraña a la que presté mi cuerpo y que al dar a luz, dejó de ser parte de mí. Nunca tuve propiedad de ella. Nunca había sentido en mí el anhelo de madre como para dar la bienvenida a una vida que pudiera surgir de mis entrañas. Es en mi reafirmación de decir que me alegra saberla viva, que experimento su nacimiento una segunda vez para poder verla como una hija mía, descubrir que sus ojos son un espejo de los míos, todos sus rasgos parecen trazados en imitación a los de mi rostro, su cabello que es tan oscuro y lacio como aquel que se desparrama sobre la almohada. Su mano de dedos finos los exploro con los míos al entrelazarlos en un agarre firme que la sujeta a mí, en una promesa tardía de jamás soltarla. Mi palma presiona contra la suya para que sus líneas se fundan con las mías, así los destinos que fueron trazados para cada una pueden mezclarse y ser uno solo, entonces donde sea que nos encontremos, ella será parte de mí, yo parte de ella, como tendría que haber sido desde un inicio.

Tiemblo al escucharla decirme «mamá», me tiembla el alma al poder responder a esa palabra que me llama más fuerte que el nombre de Anne, que todas las veces que han gritado pidiendo por Rebecca. El gemido que cae de mis labios es el principio de un llanto que desborda mi mirada, de gruesas lágrimas que corren libres por el rabillo de mis ojos, para caer con el peso de todas las lluvias sobre un mundo silenciado por esa única palabra. Si tan solo hubiera respondido antes a ese llamado que me hacía una niña, en vez de gritar yo pidiendo por un pasado que no volvió. Si tan solo… la hubiera visto por lo que era, lo único a lo que podría haber amado, simplemente amado. Me perdí de atrapar sus dedos diminutos entre los míos, de sentirla respirar contra mi cuello, de cargarla en mis brazos hasta que ya no pudiera hacerlo, de rodearla con mis brazos en el imprevisto de una caída por sus primeros pasos, de abrazarla en cada llanto por una vida que fuera descubriendo que era dura, de sentir su risa contra mi cuello, de escuchar su justo reclamo de haberla traído a un mundo que es duro y darle la respuesta de que me tiene a mí, que estamos hechas para enfrentar a un mundo que es duro. Me perdí de veinte años de poder apoyar mi frente sobre la de mi hija y decirle cada día de esos veinte años, escucharme a mí misma decirle, que la amo. Hubo una persona a la que podría haberle dicho durante veinte años que la amaba y escucharlo, finalmente escucharlo, de los labios de una persona, que también me amaba. Y lo que hice fue apartarla de mí, sacarla de mi vida con la violencia de quien renuncia a escuchar lo que no cree merecer, castigándola a ella en mi propia renuncia.

Me incorporo de la cama pese a sentir punzadas a lo largo de mi espalda que no me detienen en el caótico frenesí de buscarla, mi otra mano subiendo por su brazo hasta sujetarse a un lado de su garganta, acercándola a mí al rozar su frente con la mía y poder llorar sobre su rostro, mis dedos aferrados a los suyos en un agarre que pone nuestros nudillos blancos. Las palabras que he deseado escuchar toda mi vida encuentran el lugar correcto en sus labios y puedo llorar por haberlas hallado, en la persona que debía ser, haberlas encontrado tras tanta vida vivida, en sus labios que acaricio con mi pulgar para luego esconder mi rostro en su cabello, donde mi llanto se derrama con el desahogo contenido por décadas. La encontré, tuvieron que pasar casi cincuenta años de mi vida para que la encontrara, tanto tiempo que deseo poder volver hacia atrás, deseo correr hacia el pasado y esta vez… decirle a Annie que espere, que esa persona llegará, que tendrá sus mismos ojos, que su cabello también será negro, su cuerpo delgado que esconde una fuerza poco vista, esa persona llegará y se verá a si misma en ella, pero será otra persona. La persona que buscó en todos los rostros que conoció, para descubrirla en el rostro parecido y a la vez tan distinto, de su propia hija.
Anne Ruehl
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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Vie Oct 30, 2020 7:18 pm

Nunca he sabido qué hacer con las personas que lloran, nunca. En un pensamiento precoz de hace cinco años, tal vez menos, hubiera dicho que es porque me reconozco a mí misma como una persona sin sentimientos demasiado profundos como para saber lidiar con el llanto ajeno. He descubierto con el tiempo que no es esa la razón por la que mi rostro permanece con expresión de shock, tratando de tragar saliva con el nerviosismo palpable en cualquier fibra de mi cuerpo al moverme con movimientos cortos, pero torpes. El verdadero motivo es porque me cuesta admitir que también soy capaz de desbordarme, que también se me hincha el pecho de sentimientos que no puedo albergar dentro de él. Siento tanto por dentro, que me abruma y termino por no reflejar nada, como un monigote que está esperando a que lo tomen para tener vida, y quise esperar a mi madre. —Estás bien— repito, cuando su frente choca contra la mía y, a pesar de no verla, siento sus respiraciones ahogadas como un grito que pide que alguien se lo diga. —Estaremos bien, nadie más va a tocarte— se lo aseguro como si yo misma tuviera que ir detrás de Hermann Powell y asesinarlo con mis propias manos, no debe de ser muy diferente a hacerlo con una varita y por primera vez he experimentado lo que es tener la vida de alguien en tu poder. No me precio del sentimiento como creí que lo haría, aunque no me arrepiento, tampoco lo haré si alguna vez llego a tener a ese hijo de puta a mi alcance.

Puede que lo haga, no descarto la opción de ir en búsqueda del desagradecido que no dudó en lastimar a la persona que sostengo entre mis brazos rodeando su cuerpo menudo, tan pequeño como el mío, acariciando su cabello oscuro con la mano que tengo libre. —Estoy aquí mamá, no pienso irme— repito, es algo que haré las veces que hagan falta, como algo seguro a lo que puede aferrarse porque nunca di mi palabra para romperla luego, y ya ni siquiera se trata de eso, sino de querer estar para ella, de que sepa que tiene a alguien a su lado sobre quién sostenerse, como no lo ha hecho nunca, porque siempre caminó sola. Se acabó eso. Apoyo mi mejilla contra su hombro, la mantengo cerca de mi cuerpo mientras dejo que llore sobre el mío, si es lo que necesita en este momento y puedo dárselo, no la privaré de ello como pude hacer en otras ocasiones. Porque fui egoísta, la aparté cuando quiso ayudarme por orgullo, no porque no la quisiera cerca realmente, sino por el hecho de plantarme y poder decirle que no. —¿Te encuentras bien?— murmuro contra su hombro. Es una pregunta estúpida, dadas las circunstancias, pero es algo que tengo que consultar, como obligación al ver su cuerpo magullado y dolorido, aun sabiendo que no son heridas que la han lastimado como lo hicieron otras. No me separo de su cuerpo hasta lo siguiente, me permito ver en sus ojos, como un espejo de los míos y asusta, asusta lo mucho que nos parecemos, pero a la vez me reconforta. —¿Necesitas algo? Lo que sea— agua, comida, que le suba la cama o le acomode las almohadas, no importa, lo que pida de mí lo tendrá.
Alecto L. Lancaster
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Mensaje por Anne Ruehl el Sáb Oct 31, 2020 2:30 am

Doblo mis labios en una sonrisa que acepta sus palabras, sin que sea la razón de mi llanto aquello que pretende consolar en mí, porque no es a un nuevo golpe a lo que temo, mucho menos si ese golpe viene de Hermann Powell. Nunca he temido a lo que me hace daño, sino a lo que me acaricia, a lo que me conmueve. Mi llanto viene por un abrazo recibido con tanta demora que debo conseguir en los minutos que dure estrecharla, que cada uno de los vacíos de mi alma se colme de ella, demasiados años esperando por alguien para permitirme que su presencia y promesa de quedarse, explore cada una de mis peligrosas inseguridades de si así será o si el capricho del destino la alejará o me la quitará, si acaso seré yo quien le haga imposible cumplir esa promesa, así que decido ser honesta con ella a la primera oportunidad que tenga para protegerla de mi misma y decisiones que puedan lastimarla sobre heridas que ya le causé. Retiro los mechones que caen sobre sus mejillas para que su rostro quede bajo mi vista, que sigue empañada de tanto llanto, mis dedos recorren sus mejillas así como sus pómulos, en un descubrimiento de nuestro parecido a través del tacto que la hace real para mí, en la repetición mental de que es mi hija, mi hija, mi hija. Es real. Es más real ahora de lo que fue hace veintecinco años, es real ahora que veo la mujer que es.

Estoy bien— contesto, sacando mi voz del fondo de mi garganta, —¿tú estás bien? ¿Te atendieron? ¿Pudieron revisarte si estás herida?— me preocupo, la impaciencia palpable en mi tono, así como en el rápido recorrido que mis ojos hacen de sus brazos y su rostro para identificar cortes, moretones. Mis brazos rodean su cuerpo para que mi mejilla descanse sobre su coronilla, al volver a estrecharla con fuerza contra mí. —Fuiste muy valiente, eres muy valiente— balbuceo, un halago impensado en mí. Nadie que no me haya conocido en mi peor momento de cobarde, sabrá lo que me significa tener una hija que muestre valentía ante un hombre como su padre, pese a lo mucho que lo niegue, ese es el punto de origen de mi hija y del que trataré con todos mis esfuerzos que ponga distancia para llegar a ser una persona que el mismo Hermann sienta miedo de mirar a los ojos. La suelto para que pueda mirarme y mi mano se apoya en su mejilla, así puede ver como las últimas lágrimas terminan por caer, resbalando hasta las comisuras de mis labios que enseñan una sonrisa. —Eres todo lo que necesito— lo digo convencida de esto, la verdad que también llega a destiempo, pero en el momento que debe ser, me reafirma en los pasos que me restan por dar para dar por muerta a Rebecca Hasselbach. —Y quiero que lo sepas, porque tengo que ir a buscar a Hermann una vez más— mis dedos sobre su mejilla la retienen para que no se aparte, así me escucha hasta acabar, —voy a tener que irme una vez más— murmuro. —Pero no quiero que dudes de que eres lo más importante para mí.
Anne Ruehl
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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Sáb Oct 31, 2020 6:05 pm

Dejo que examine mi rostro, que lo recorra con sus dedos en lo que yo me limito a observarla también, de una manera más distante, pero que no me quita de analizar sus rasgos tan definidamente como ella hace con los míos. Somos parecidas, sí, debajo de toda la mugre que se esconde detrás de la piel y también la que la cubre por no haber tenido tiempo de refregarla con agua. Puedo sentir como la sangre ajena se seca bajo mis uñas, esa que dudo desaparezca tras frotarlas porque ya están manchadas de la vida que quité y no me arrepiento de hacerlo, si todavía lo hiciera, tendrían una oportunidad más honesta a limpiarse, pero no lo harán. —Estoy bien— aseguro. Las quemaduras más graves fueron tratadas con magia curativa, resultando en marcas rojas que se borrarán con los días y que ahora solo escuecen bajo la dosis de analgésicos; las heridas abiertas fueron cubiertas por cicatrices y el cansancio disminuirá en cuanto pueda poner la cabeza en la almohada, si todavía eso es posible. Todavía no he avisado a David, no he tenido tiempo para hacerlo pese haber pasado horas mirando una pared a la espera de que mi madre despertara. Quizá sea un sentimiento egoísta el pensar que necesitaba un momento entre ella y yo, uno que no quisiera haber visto interrumpido por nada, ya tuvimos suficientes interrupciones en el pasado.

Apoyo mi frente contra su pecho cuando me encuentro recibida nuevamente entre sus brazos, sentir su corazón latiendo me reconforta como nunca creí que pudiera hacerlo y tiemblo cuando me dice que he sido valiente, tiemblo como tampoco lo he hecho nunca. Prenso mis labios para reprimir un gemido al sentir como las lágrimas están a punto de traicionarme y en algún punto lo hacen, pero son calladas y las restriego sobre mi rostro tan rápido como buenamente puedo al enfrentar la mirada de mi madre. —Déjame ir contigo— la respuesta sale de forma instantánea de mis labios, lo digo antes de pensarlo, cuando normalmente suele ocurrir al revés conmigo, pero no me arrepiento de hacerlo cuando es ella misma quien dice lo que estaba esperando escuchar sin saberlo, como para dejarla ir tan fácilmente. —Déjame acompañarte, te dije que no voy a marcharme, que iba a quedarme, si te vas, deja que vaya contigo. Deja que dé caza a Hermann Powell y acabe con él, acabemos con él— porque es lo único que puede suceder, llegados a este punto, el temblor de mi cuerpo me ha abandonado para cuando hablo, tan seria como hago esa propuesta, porque es como la siento, seria, honesta, de las que se hacen para cumplir.
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Mensaje por Anne Ruehl el Dom Nov 01, 2020 10:29 am

— murmuro, tardo en reconocer que esa es mi voz, —sí, ven conmigo— sigo, hay ruego en mis palabras, —ven conmigo— también egoísmo, mi último acto egoísta para aferrarme a lo único que me importa tanto como para no dejarlo atrás, no esta vez, luego de haberme ido tantas veces, de cansarme dando despedidas, esta vez no quiero dejarla y lo demuestro al estrecharla contra mí. —Ven conmigo— suelto sobre su cabello, soy yo quien se lo pide. Puede quedarse, tiene una vida hecha como bruja del sur, es la auror que se necesita en estos tiempos porque no le tiembla el pulso para disparar al enemigo como lo demostró, pero soy egoísta y la necesito más yo de lo que pueda necesitarla el ministerio, que a la primera falta que cometa la marcará a ella también como enemiga. —Si quieres, puedes venir conmigo, yo…— vuelvo a retirar su cara de la mía, no me canso de verla tan parecida a mí y acogida en mis brazos, —tengo documentos con el nombre de Eva Ruehl, así como tengo los míos como Anne Ruehl, los pedí por si alguna vez llegabas a necesitarlos… el ministerio… una puede ser leal a una ideología, pero el ministerio no es leal a nadie…— susurro, después de todo, ese sillón principal cambia de cara cada tanto. —Los pedí por si llegaba el día en que el ministerio te traicionara a ti— para cuidarla, siempre para cuidarla.

Me incorporo para quedar sentada frente a ella, mis manos alrededor de su cuello así la sigo sosteniendo cerca cuando meneo mi cabeza para hacerle saber que no es esa mi intención con Hermann Richter. —Es lo que se dirá, que fui detrás de Hermann para cazarlo, así se creará que morí… necesito que así sea porque Rebecca Hasselbach es una cara pública, demasiado vista por estos distritos, es necesario darla por muerte. Tampoco quiero que se me vincule a nada de lo que haya hecho bajo las órdenes de Magnar Aminoff, iré al norte para ser alguien distinto— muestro una sonrisa tímida, —algo estúpido, ¿no? Querer ser alguien distinto, pero lo necesito. Necesito que así sea para seguir viviendo, sino esto es un vivir cada día esperando morir— una pelea tras otra, un golpe tras otro, una nueva herida sobre todas las heridas que tienen a mi piel arrasada. —No iré tras Hermann Richter, no hay nada que quiera menos que ir detrás de ese hombre, el juego se acabó. Pero sí quieres cazarlo tú, yo te enseñaré cómo…— se lo prometo, ella que es su hija y tiene más temple de lo que nunca tendrá Phoebe que confía en una justicia más limpia, también tiene más ferocidad de lo que podría guardar su impoluto hijo mayor. —Iré al norte para establecer allí la parte invisible de un negocio con Sigrid Helmuth, de la farmacia que ella maneja, volveré con los repudiados y los marginados porque entre ellos está mi lugar y lo que pueda hacer, lo quiero hacer por ellos, si quieres venir…

Lo recuerdo tan claro como si hubiera sido hoy mismo, el momento que se repitió con tantas personas a lo largo de mi vida, el momento en que tenían que tomar una elección entre dos caminos y tomaban aquel que los apartaba de mí. «Elígeme», quiero decirle, como quise rogarle también a todas esas personas, fue el orgullo, fue darles la libertad de que tomaran su elección, fue la credulidad de pensar que me elegirían a mí. Esta vez no quiero tomar riesgos, no quiero que la única persona que me vale que me acompañe, me deje. Prometió que no lo haría. —Ven conmigo— ruego, —ven conmigo al norte.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Mar Nov 03, 2020 9:49 am

Cada palabra que repite es un motivo más para quedarme, para irme junto a ella. No hay nada aquí que me motive a permanecer en el escuadrón de aurores como una más, puedo seguir siéndolo, como lo he sido desde que me matriculé en la especialidad de defensa. Pero le dije una vez a mi instructora que aquello había sido una decisión vacía, como hace cualquier otro adolescente al momento de tener que escoger un futuro, sin saber lo que va a ser de este. En ese entonces lo sentí mi obligación, para con el país y por lo que estaba luchando, hoy siento que esas acciones no están dirigidas exclusivamente a honrar al presidente, quiero ir tras mi padre, esa es la elección que escojo hoy, la que mantengo firme en mis labios una vez ha sido dicha y aprieto a mi madre más fuerte contra mí por eso mismo. —Eva...— murmuro para mí, solo para mí. Ese es mi nombre real, Eva, la mujer del pecado original. De alguna manera, se siente correcto el que sea ella quien vaya detrás del hombre que ha lastimado a tantos, mi madre incluida, y solo por eso, quiero verlo sangrar. Le prometí una vez que lo haría, planeo cumplir esa promesa.

No es estúpido— la contradigo al escucharla caer en esa equivocación, cuando todos desearíamos ser alguien distinto, en algún momento de nuestras vidas, es algo inevitable para el pensamiento humano, el no querer hacernos responsables de nuestras propias acciones, buscamos ser otros. —Iré contigo— repito como seguridad que así será, no soy de quienes dan marcha atrás a sus palabras, las pocas personas que me conocen pueden dar fe de que corregirme no será algo que haga, incluso sin llevar la razón, cosa que no ocurre a menudo, no hay quién me cambie de parecer. —Pero antes tengo que arreglar unos asuntos, seré Eva Ruehl en el norte, nadie conoce ese nombre, nadie me reconocerá a mí como auror, y seré Alecto Lancaster en el sur— voy trazando ese plan en mi cabeza, así voy acostumbrando a mi cerebro a ser dos personas en un mismo cuerpo, cada quién pertenece a un lugar y soy capaz de hacerlo funcionar. —Y luego iremos al norte, tú y yo, me quedaré contigo, me enseñarás a cómo cazar a Hermann Richter y estaremos bien, estaremos juntas— se lo prometo, tomo sus manos para hacer de nuestro contacto uno más estrecho y sonrío. —Estarás bien— bajo los párpados al apoyar su frente con la mía, posando una mano en su mejilla. —Estaremos bien— no me canso de repetir, ahora que la tengo conmigo y nadie va a quitármela.
Alecto L. Lancaster
Alecto L. LancasterAuror

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Mensaje por Anne Ruehl el Miér Nov 04, 2020 7:30 pm

Escucharla decir el nombre que le di por la necesidad de uno, por el que fui al origen de todo y respetando la ley de los Ruehl de dar uno que tuviera un designio religioso -porque así de fanáticos hemos sido siempre-, y al escoger uno del origen, le daba también la oportunidad de su propio inicio, de ser una nueva vida a partir del pasado manchado de otros, escucharla me emociona, me abraza la esperanza de que sea ella distinta a todas las otras existencias a las que me abrace en la vida, que oírle luego decir que solo una parte de ella estará conmigo, me duele y también me lleva a la aceptación real de que así debe ser. Nunca habrá una posesión integra sobre otra persona, ni es lo correcto, es dañino para ambas partes, y en mi asentimiento a su decisión, en su decisión misma, está la enseñanza que necesito. Porque aceptar la mitad que me ofrece y dejarla ser otra mitad donde ella elija, desprenderme de esa parte sin exigirla con egoísmo, es lo más difícil que he tenido que hacer en la vida. Y a la vez, es lo que me embarga de una paz extraña, porque en esa mitad que me ofrece tengo todo lo que necesito y anhelo, me enorgullece incluso a su manera, que haya una parte de si que quiera conservar. Son decisiones que reafirman su fuerza y un espíritu fuerte es lo único que podrá permanecer de pie delante de personas como su padre o este campo de guerra.

Está bien, no seré quien te diga que no puedes ser dos personas la vez— asomo una sonrisa a mis labios y mi boca tiembla por el llanto que todavía puja detrás de mis ojos, no creo poder detener las lágrimas que siguen rodando hacia abajo, colgando de mi barbilla. —Hasta que te encuentres a ti misma— murmuro contra su mejilla al retirarme, entonces puedo volver a sostener su rostro para mirarlo. —Y entonces, si así quieres, te ayudaré a ir tras Hermann. Pero debes saber que— tomo aire antes de soltar las siguientes palabras:—en ningún momento estás obligada a ir tras él, ni como auror, ni como mi hija, ni como su hija. Hermann encontrará su propio final en si mismo, porque avanza sobre un camino que lo está destruyendo, y quizás al final de todo, lo que quede de él sea un débil y otro cobarde encontrará en su ruina la oportunidad de decirse fuerte, así es el juego político en este país, se vence sobre lo que en realidad ya ha perdido de antemano... — susurro. —Los que se llaman vencedores no vencen a nadie, solo caminan entre quienes ya están muertos antes del corte de sus gargantas...— cada vez bajo más mi voz para que nadie nos escuche, quizás ni ella entienda lo que estoy confiandole, con mi frente sobre la suya. —Hay tantas cosas que quiero decirte, tanto que te ayude a pelear...— cierro mis ojos, pero no puedo compartirle todo lo amargo que conozco en un único día y, también, tengo que reconocerlo... No sé si quiero compartirle una mirada enteramente negativa sobre todo, que se refiera a lo más cruel y burdo del poder. Así que saco el aire de mi pecho al apelar a un nombre que prometí no vincular a mi, pero sí, con toda intención, lo dejo vinculado a ella, porque algo bueno tenía que darle y que sea la otra mirada que necesita, una buena, para que pueda encontrar la calma que contrarreste a la tempuestuosidad de espíritu que yo aliento, vea esperanza donde yo lo he dado todo por perdido. —En tu partida de nacimiento encontrarás el nombre de Nicholas Helmuth como tu padre, si necesitas a alguien en el sur, búscalo a él o a cualquiera de su familia— así es como confío en esa familia, a ese punto.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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