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Mensaje por Synnove A. Lackberg el Lun Oct 19, 2020 4:55 am

Noviembre

Pese a que fue algo que lo dije en todo momento, por explícita que haya sido en mi deseo de aprender control emocional, de hacerlo parte de mis conversaciones con mis amigos y el mismo Ken, y hacer insinuaciones, sutiles o directas, de querer probar los conocimientos que fui adquiriendo con los meses, lo cierto es que con ninguno de ellos llegó a darse la oportunidad y sí se dio, como la vez en que fuimos con Mimi a casa de su madre, así como todos y cada uno de los momentos de pérdidas que siguieron sucediéndose entre los rebeldes del distrito nueve, llegó a sentirse como algo invasivo de mi parte querer ahondar en sus emociones y ayudarlos a pasar el momento. Parecía bastar con ser quien siempre he sido, en algún momento la sonrisa fue algo que dejé colgando en el perchero de entrada de la casa de mi abuela y me la colocaba cada vez que tenía salir a la calle, algo que también incluir a mi imagen de una manera inconsciente. ¿Cómo no mostrar una sonrisa a cada cosa que me rodea en el distrito si incluso estudiar arte era cumplir un pendiente que me hacía sentir satisfecha? Lo entendí cuando en uno de los primeros exámenes de historia del arte, nos hicieron elegir una obra de cada una de las corrientes y como la expresionista era mi favorita, elegí la obra por afinidad, no por trascendencia histórica como el profesor recomendaba. Me enfrenté de lleno a ese lienzo de trazos gruesos en negro llamado Los sobrevivientes de una tal Kathe Köllwitz, lo bueno de la academia es que se nos permite explorar más autores y artistas de lo que jamás podría permitirse en el Royal.

Y entonces un día llevó a otro día, a visitas al hospital con la excusa de saludar a Alice o a cualquiera de las chicas, con la única intención de observar a los enfermos en las camillas, a las personas que esperan en los pasillos con las cabezas gachas. Sentir, así como con mis amigos, que irrumpir en sus emociones con el propósito de ayudar sería casi un ultraje, límites que nadie debería traspasar. Pensé fríamente entonces, por un momento traté de pensar como lo haría mi madre cuando se involucraba en sus investigaciones científicas, las experimentaciones son esenciales para poner algo a prueba y comprobar su éxito, se usan entonces sujetos por los que no se sufrirán consecuencias si algo falla, y aunque el pensamiento me asqueó, la posibilidad de un éxito podía ser algo bueno para ambas partes. La medimagia, para avanzar, ha necesitado de experimentaciones. No quita del todo la sensación de asqueo, dudo de que tanto puede importar el deseo de ayudar como justificación de los medios. El norte ha sido siempre un ir y venir de personas sobre las que nadie se pregunta nada, identidades borrosas, nombres dichos para ser olvidados, caras que se ocultan tras capuchas. Las primeras veces lo sentí como que estaba aprovechándome de ellos, entonces sentía sus manos relajarse entre las mías, puede llegar a embargarnos con una paz compartida sentir como todo el espíritu de una persona descansa al fin, por unos minutos, por breves que sean, de aquello que lo apena.

Así que luego de las clases, las veces en las que Mimi se dedicó a su trabajo en el consejo, Ken a sus responsabilidades en la alcaldía y el resto de los chicos a vivir su vida como lo han hecho por meses, fui a reportar mi salida del distrito ante una de las pocas personas que nunca harían más preguntas de las que son estrictamente para mi seguridad. En qué distrito me encontraré, cuánto me demoraré en volver. Esas respuestas le bastan a Colin Weynart para dejarme marchar y a un minuto que me tarde, será el primero en ir a buscarme. Comprueba que en cada ocasión vaya cargada con un frasco de poción multijugos que aprendí a elaborar a lo largo del verano -pensar que todo surgió de una broma con Maeve-. Después de un par de cabellos prestados, en el norte encontré de quien tomar el definitivo, el que se convertiría en mi disfraz seguro, su propietaria fue una de las primeras en prestarme su mano para que consolara su nostalgia y no corremos el riesgo de que alguien sospeche, puesto que permanece postrada en su cama en un ático de los viejos edificios del distrito cinco, el mismo en el que valiéndome de su rostro encontré a un anciano al que le vendría bien contar con una enfermera particular y claro que no tiene los galeones para pagársela, también es demasiado hosco como para mudarse al distrito nueve, por mucho que le aseguro que allá recibirá atención médica. Hay gente decidida a dejarse morir en el norte, es la conclusión a la que llegué luego de un par de semanas de idas y vueltas, en los que esto se convirtió en un secreto que no tenía intención de que lo fuera y por eso al primer desayuno que pude se lo dije a Mimi, con Ken me tomé el trabajo de pedirle que se sentara porque tenía algo importante que decirle, lo que le dije no le pareció lo peor posible -no hace falta aclarar qué imaginó que era-.

Así que mi sobresalto tiene poco que ver con que mi secreto sea develado, más bien con el rostro que veo en la entrada del orfanato donde me ofrecí como voluntaria una vez por semana para ayudar en la atención de los andantes, edad que más quebrantos da a las cuidadoras, y puesto que no tienen que pagarme, me dejan a cargo en ocasiones también de los bebés o los niños que están aprendiendo a leer. Los sábados por la mañana, en los que suponen y yo no saco a nadie de su error, que estoy en el campo pintando, estoy en el comedor del orfanato del distrito once recogiendo tazas luego del desayuno. Uno de los andantes se trepa a mis rodillas cuando me siento en el banco largo que suele colocar en fila a todos los chicos, y repito esa caricia que vienen a buscar, en la que mi palma se desliza por su frente, quitándole los mechones que cubren sus ojos, limpio su mente de la pesadilla de la última noche. Es placentero hacerlo también con los bebés en sus cunas, apoyar mi palma en sus espaldas para que les transmita una emoción cálida. Pero mis dedos se detienen abruptamente, me tiembla la voz cuando levanto mi rostro hacia la mujer que está en la puerta, un escalofrío me recorre toda la columna vertebral, me veo expuesta, olvidando que soy otra persona en este momento. —¿Profesora Powell?— vacilo. El pánico me cierra la garganta, apenas si puedo sacar afuera un balbuceo que suena como un «yo no...», y entonces recobro la consciencia de ser otra persona, obligo a mis labios a mostrarle una sonrisa. —¿Phoebe Powell? Así es su nombre, ¿verdad?—  trato de salvar mi error. —Juliet Holbrook— tomo prestado el nombre de quien me ha dado también su rostro, —suelo venir a ver a los niños, ¿usted...?— ¿qué me perdí?

*Synnove posee receta de poción multijugos, puede tomar el rostro de otra persona por una hora, eso se traduce en cinco post en un rol. La PB prestada es Sasha Pivovarova.
Synnove A. Lackberg
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Mensaje por Phoebe M. Powell el Mar Oct 20, 2020 7:23 pm

No es mi tarea como directora de los servicios sociales el encontrarme en el distrito once metida de lleno en las tareas que conciernen a los cuidadores del orfanato más que a mí misma, como me han recordado en repetidas ocasiones al verme entrar por los distintos hospicios un día de diario, un sábado por la tarde o incluso los domingos por las mañanas. Pero no es mi intención tomar un puesto exclusivamente por cómo queda en el currículum, desde que acepté el trabajo hice saber que me involucraría de lleno en el trato con los menores a mi cargo, como si el leerme todos los expedientes y analizar los casos, uno por uno, me costara semanas o meses. No pienso que pueda hacer bien mi trabajo sin conocer a los niños con los que estoy tratando y, aunque sé que es imposible conocer cada uno de los rostros que dejan, entran y se quedan en el sistema público del país, usaré el tiempo que tenga para acercarme a ellos lo máximo que se me permita.

Así que eso es lo que me tiene aquí, la promesa de acompañar a Eleanor en búsqueda de su peluche, sosteniendo su mano todo el camino desde el pasillo que conduce al pequeño patio interior, donde se dio cuenta de su error al haber dejado al pobre Baggins en alguno de los bancos del comedor, hasta la puerta que da a este mismo lugar. Apenas son unos minutos lo que nos lleva bordear a los chicos que después de desayunar se disponen a un merecido juego, ya que los han hecho madrugar a pesar de ser sábado, pero en el transcurso de ese tiempo Nellie ya me ha contado todos los detalles habidos y por haber sobre su mono de peluche, ese que la he visto arrastrar muchos fines de semana y que por eso mismo le ha dado la confianza como para acercarse a decirme que se había olvidado al animal mientras desayunaba.

Eleanor tiene cinco años y me recuerda un poco a mí, su pelo castaño le cae liso por la espalda hasta las puntas donde se rizan, lo que da a entender que nunca le han cortado el cabello desde que nació y de ahí su brillantez a pesar de que sé de sobra que no abusan del agua en las duchas de este edificio. Y lo sé no porque haya venido aquí un par de veces desde mi nombramiento como directora, sino porque yo también recorrí estos pasillos una vez, también comí en este comedor y también me aferraba a un peluche por las noches en mi cama. Puede que entonces tuviera catorce años, no cinco como la niña que me mira con sus ojos color avellana, lo cual en más de una ocasión fue foco de burlas y con razón, era adolescente y tenía el mismo aferro por un conejo inerte que Nellie al mostrarme su preocupación por su mono.

Lo buscaremos debajo de las mesas y también en la cocina, ¿de acuerdo? ¡Quién sabe! Quizá se quedó con hambre y fue a robar un par de plátanos, ¿huh?— le digo, agitando su mano al mirarla para quitarle esa expresión compungida del rostro y triunfo cuando la veo sonreír tímidamente, porque sabe que esta mañana no quiso comerse su pieza de fruta correspondiente. Y no voy a decir que la niña no tiene razón, cuando he estado analizando el producto que llega a cocinas con mis propios ojos, y boca hace muchos años, y puedo asegurar que no está lo suficientemente madura como para considerarse comestible siquiera. Son estas clase de cosas las que estoy tratando de cambiar, armarse de paciencia por lo lento de los cambios en un mundo que favorece a los privilegiados es algo con lo que tengo problema manejando.

Intento no pensar en eso cuando atravesamos las mesas alargadas con intención de buscar el peluche, cuando no tengo tiempo siquiera de empezar mi tarea que una vocecita aguda murmura mi nombre y, si no fuera porque añade el apellido al final, tendría problema averiguando a quién se refiere. —Ya no— respondo unos segundos después, esbozando una sonrisa que no llega a mostrar mis dientes y aun sosteniendo los deditos de Eleonor entre los míos. —Dejé de ser profesora Powell desde hace unos meses, trabajo para los servicios sociales ahora, soy la directora— explico sin dar muchos detalles, por no decir que desde el final de las clases del curso pasado no me incorporo a la institución escolar. —Oh, un gusto, Juliet, ¿no nos conocemos o hice una malísima tarea como maestra en el Royal como para no reconocer tu rostro?— si es así, que me disculpe, lo cierto es que no suelo olvidarme de las caras, así que esto debe de tratarse de una excepción, porque técnicamente me ha llamado profesora. —¿Voluntaria entonces? Aquí Nellie ha perdido su peluche mientras desayunaban, un monito que... ¿lleva gafas redondas y jardinero?— giro mi barbilla para confirmar con la niña que me he enterado bien y su movimiento de cabeza me indica que sí, que es un mono con estilo. Regreso la vista hacia la chica —¿Lo habrás visto por casualidad? Se conoce que roba plátanos también— esto último lo añado con rostro serio, para que Nellie vea que me estoy tomando el asunto la seriedad de los aurores ante una desaparición, pero le dedico una mirada de reojo y una sonrisa rápida también por lo último.
Phoebe M. Powell
Phoebe M. PowellDirector del Servicio Social

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Mensaje por Synnove A. Lackberg el Sáb Oct 24, 2020 6:34 am

«Ya no», esas dos palabras me bastan para tomar consciencia de todo el tiempo que ha pasado desde que abandoné el Capitolio, el alma me pesa dentro del cuerpo por los cambios que se sucedieron desde entonces, en mi entorno, en mi misma, en las personas que son parte de mi presente, y que me diga que es la nueva directora de servicios sociales es todo lo que necesito para que ese recuerdo de mi vieja vida que conservaba dentro de una bola de cristal, acabe por estrellarse al suelo. La ausencia de mi padre, de toda mi familia, provoca en mí un sentimiento que se expande así como lo haría un vacío que va arrasando con todo, me hace dudar de mis recuerdos, de que estos valgan para decir que algo fue real en su momento y si no volverá a ser, ¿ya no tiene que ser considerado real?

Ensancho aún más mi sonrisa para que las lágrimas no sean las que encuentren lugar en mis ojos, las disimulo así, con ese gran gesto que llega a ocupar toda mi cara. —Es el reemplazo de Ivar Lackberg— murmuro, firme mi tono para disimular lo temblorosa que me siento por dentro. Desconozco si hubo otros suplentes cuando mi padre abandonó repentinamente ese sillón en el que se dio con toda la generosidad que era capaz de albergar en su corazón, tan grande, en el que ocupé una mínima parte, siempre una mínima parte. Corazones así de grande albergan lugares como este, a rebosar de niños, no pueden quedarse encerrados en la habitación diminuta de una única niña. No me hace bien este tipo de pensamientos, así que devuelvo mi mirada al niño que tengo en brazos, sigue esperando que con mi tacto alivie lo que le acongoja, aunque este sentimiento esté siendo reemplazado por la curiosidad que le inspira la mujer y la niña que llegaron recién. Separo mis labios para improvisar una mentira, el niño mismo me da la respuesta, recuerdo la razón por la que la verdadera Juliet me pidió que le ayudara a menguar una melancolía que la tenía manchando lienzos con su llanto, en vez de trazos con su pincel. —Mi hijo estudia en el Royal, la he visto al ir a buscarlo en un par de ocasiones…— miento, no quiero robar más de la historia de Juliet para usarlo como excusa.

Regreso mi mirada a su rostro para contestar a su interrogante con una confianza distinta, puesto que no es una mentira lo que voy a decir, decir la verdad nos hace sentir que pisamos sobre suelo seguro y no habrá pasos en falso. —Así es, desde hace unas semanas…— asiento, y dirijo mis ojos aún claros hacia la niña que se esconde detrás de la figura de Phoebe. —Hola, Nellie, ¿así que tienes un mono travieso?— inquiero, tomo de la cintura al niño que está sobre mis rodillas para que se siente. —¿Qué dices, Paul? ¿Ayudamos a Nellie a buscar su mono? Podríamos hacer un camino de plátanos para atraerlo, dejar pequeños trozos…— sí, claro, para que la encargada de la cocina descargue en cada uno de nosotros su cucharón de la sopa. —¡Ya sé! ¿Y si hacemos carteles de búsqueda? Podemos pegarlos por todo el orfanato, yo puedo dibujarlo, ¿me ayudas, Paul? Nellie, voy a necesitar que me digas todas las señas de tu peluche para hacer un retrato fiel— le pido a la niña, la buena pregunta ahora sería de donde sacamos papel y lápices.
Synnove A. Lackberg
Synnove A. LackbergFugitivo

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Mensaje por Phoebe M. Powell el Dom Oct 25, 2020 11:47 am

Así es— asiento con mi cabeza, porque sí, la realidad es que no dejo de ser un reemplazo de la persona que antes ocupaba este asiento. Jamás conocí a Ivar Lackberg, más que por los expedientes que terminan con su firma y muchos de los proyectos que dejó entre manos cuando abandonó el barco. Después de él tengo entendido por la misma Eloise que se han sucedido diferentes personas para mantener el cargo andando, pero no llegaron a ser permanentes y son la razón por la que se me ofreció la dirección en primer lugar. Por alguna razón, el que ella misma sepa de quién está hablando, por ser quién lo menciona, me hace sentirme analizada bajo el ojo crítico de alguien que lo conoció. —Alguien tenía que ocupar su lugar— digo, haciéndolo ver como una cuestión de necesidad, porque lo es, todos estos niños lo son. —¿Lo conoció?— me animo a preguntar, a ver si ella puede darme una respuesta más concisa de la que dan mis compañeros de trabajo.

Oh, ¿cómo se llaman? Puede que lo haya tenido en mis clases en algún momento— así como puede parecer una locura el pensarlo, estuve trabajando en el Royal por unos dos años casi completos, lo cual se me hace completamente extraño estando parada en en lugar del que me echaron con apenas diecisiete años recién cumplidos. La cosa con los orfanatos del norte es que la escasez de recursos obliga a deshacerse de los menores más adultos, y cuando estos ya no son menores, la opción que queda más a la vista es la de abrir la puerta y soltarlos al mundo, sin ningún tipo de ayuda o colchón que pueda sostenerlos. El pensamiento de que puede ser eso lo que ocurra con niños como Nellie me fuerza inconscientemente a apretar sus dedos en mi palma con algo más de intensidad.

Extiendo un poco su brazo hacia un lado al tirar de su mano para que se anime a salir del lateral de mi cuerpo, sonriéndole de manera cálida. —¿Eso no te parece buena idea, Nell? Con la ayuda de Paul y Juliet estaremos más cerca de encontrar a Master Baggins sano y salvo, ¿no crees?— le hago ver que está bien confiar en personas que quieren ayudar, por mucho que las apariencias siempre son engañosas, creedme que sé bastante sobre eso, ver lo malo en alguien de primeras siempre nos obligará a tener una actitud recelosa hacia aquellos que pueden no merecérselo. —¡Además! Mira que ya están recogiendo el comedor, le diremos a las cocineras también así están al tanto, y mientras iremos a dibujar unos carteles— mis ojos se van hacia la niña con el convencimiento que planeo mostrarle plasmado en los mismos, para luego terminar posándolos sobre la mujer en una muestra de agradecimiento silenciosa, apenas murmurando con los labios.

Ven, vamos— tiro de su mano a la espera de que nuestra nueva compañía se una en el recorrido por las largas mesas, fijándome en que la propia Eleanor le está dedicando una mirada profunda de análisis a la mujer. —Vas a tener que contarle a Paul cómo se ve el mono para que pueda ayudarte a pintarlo, Nell, ¿decías que tenía gafas, pero cómo era el pantalón? ¿de cuadros y azul? ¿o era marrón?— la animo a que vaya soltando un poco la lengua una vez pasamos a una sala recogida con mesas y sillas de la altura de niños pequeños, con un poco de confianza consigo que se siente al lado del niño y los dejo estar al tomar unos folios en blanco con una caja con pinturas. —Es un poco tímida al principio, pero una vez no te ve como alguien extraño, puede estar horas y horas hablando— le cuento a Juliet desde un lado al que nos recluyo, donde no pueden escucharnos, pero mi mirada está fija sobre los niños. Sonrío para después dirigir esa misma sonrisa hacia ella, aunque se vuelve un poco triste en el último segundo. —Apenas lleva unas semanas en el centro. Su madre murió, estaba muy enferma y el padre se dedicaba a robar medicamentos para tratar de sanarla y mantenerla con ellos.— explico, eso hizo que descuidara un poco a su hija, sin poder ofrecerle mucho puesto que todo lo que conseguía lo utilizaba en su esposa. —Los aurores lo llevaron a prisión cuando lo capturaron, lo pillaron robando, así que no tuvo mucho con qué defenderse de eso— por ser la historia de siempre, suspiro —, y Eleanor vino aquí.— digo en un susurro como conclusión obvia, pero necesaria.
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Mensaje por Synnove A. Lackberg el Miér Oct 28, 2020 4:13 am

Me alegro que sea usted— murmuro, lo digo con sinceridad, —y a él también le hubiera gustado…— no puedo evitar que se note la nostalgia cuando lo menciono, tengo que pasar con dificultad el nudo de lágrimas en mi garganta que quiere subir a mis ojos y estropear este momento en el que tengo que fingir que soy una extraña al hombre que llegó a ser el más importante de mi vida. —Sí, lo conocí, unos pocos años— digo, no miento al referirme a los pocos años en que recibí su atención como hijo, luego fueron años de verlo apartar la mirada sin entender por qué. —Trataba de ser un padre para todos los niños que se cruzaban en su camino— comparto. Un padre fuera de casa, un corazón demasiado grande suelto por el mundo, por romántico que suene, me sigue provocando algo de tristeza, porque yo era quien me quedaba en casa, esperándolo. —Es lo que muchos niños necesitan, que llegue alguien que pueda quererlos así— sigo, —así que él estaría muy contento de que haya una buena persona ocupando su puesto y no alguien que solo firme expedientes.

Trato de no delatarme demostrando que la conozco por haber tratado con ella o verla seguido en el Royal, no olvido la única ocasión en la que le pedí que me ayudar a disipar las confusiones sobre mi futuro, procuro sonar ambigua así nada me compromete. Y cuando tengo que mentir, lo hago con culpa, pero lo hago. —Alex— contesto, —es uno solo, tiene quince años…— es raro decirlo, cuando yo misma apenas paso de los veinte y el rostro de Juliet con su sonrisa infantil y sus pómulos marcados muestra una edad imprecisa. Pero lo que no digo es que hace seis años que no lo ve, no es que ignore de su suerte, recibe llamadas constantes del chico y del padre de este, pidiéndole que vuelva a casa, y sin embargo, ella es incapaz de levantarse de esa cama en la que permanece echada, presa de angustia, con los altibajos de sus emociones que hace que se aferre a sus cuadernos para dibujar y luego los arroje. No hay manera de que Juliet haya acompañado alguna vez a su hijo al Royal, enteramente a cargo de su cuidado está su padre y por lo que entendí, también al bucear en las emociones de la mujer, ese hombre no ha hecho más que abocarse al niño y a esperarla, hasta el día en que por sí sola encuentre la manera de regresar.

Guio de la mano a Paul al acompasar nuestros pasos a los de la niña y Phoebe, en la búsqueda de un peluche que en el caso de estos niños que se han visto arrebatados de todo lo conocido, en muchos casos es un amuleto al que se abrazan para sentirse seguros. El balbuceo tímido de la niña logra conseguir la atención de Paul, que es aún más escueto en palabras debido a su edad que apenas si supera los dos años, se le nota en sus pasos vacilantes, pero goza de una expresividad con la que rápidamente trata de hacerse entender mediante balbuceos y gesticulaciones con sus manos. Se lo ve más repuesto de la pesadilla al distraerse con compañía, así que me voy quedando atrás para darles un espacio y comprobando la hora, ya que las pociones multijugos tienen su momento de expirar y debo estar pendiente, se acerca peligrosamente a esos minutos. —Por Morgana, que triste lo del padre— esa soy yo, no Juliet, la que habla con la voz estrangulada por la pena que me causa saber que esas son circunstancias que traen a los niños a estos lugares, el trasfondo detrás de desgracias como la muerte en sí, —entonces su madre…— lo dejo inconcluso, espero a que ella me lo confirme. —Es mucho para una niña— murmuro con la garganta angustiada, —ella…— pienso en la razón por la que estoy aquí, tengo que relegarlo para hacer la pregunta más formal, —¿está recibiendo algún tipo de apoyo psicológico?— murmuro, sé que es corto el tiempo que tengo para usar el rostro de Juliet ante los otros, así que me apresuro en hablar de esto. —Había pensado armar con los niños algún taller de arte, más que cualquier charla con un psicólogo, cuando a veces ni siquiera saben hablar, el arte puede ayudarlos a expresar cómo se sienten…— explico.
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Mensaje por Phoebe M. Powell el Miér Oct 28, 2020 5:14 pm

Suena como una buena persona— respondo ante la breve, pero completa, imagen que me da sobre la persona que es Ivar Lackberg, no pudiendo evitar sonreír en su dirección de manera cálida al ver que también resulta ser alguien que conmueve lo suficiente como para que sus ojos se noten vidriosos. —Creo que va a ser difícil para mí el ponerme a su altura después de lo que me has contado, parece ser alguien a quién muchos pueden echar de menos— admito, diciéndolo completamente en serio, porque siempre se me ha hecho complicado el cumplir con las expectativas que pide la gente, y pensar que una de las últimas caras que vieron niños como estos fue la de un hombre bueno, que se preocupaba por ellos y los quería como hijos, pues bueno, parecen unos zapatos muy grandes sobre los que pretendo caminar. —Casi hubiera preferido que me dijeras que era un ogro con los niños— esto sí lo digo con intención de bromear, soltando una risa al mismo tiempo.

Prenso un poco los labios al tratar de recordar a alguien entre mis antiguos alumnos que pueda coincidir con la descripción que me da, pero lamentablemente no es un nombre excesivamente peculiar como para que pueda ponerle cara. —Oh...— es lo único que puedo decir, sintiéndome un poco culpable para qué ocultarlo, tiene la edad como para que le haya dado clase en algún momento. Le preguntaré a Logan la próxima vez que lo vea, él como consejero tiene un más amplio recorrido por los expedientes de todos los estudiantes del Royal, no como yo que solamente di clases a aquellos que escogieran la especialidad en sus años de adolescencia.

Es triste— confirmo, incluso en la propia consciencia de que se queda corto para expresar lo que opino al respecto. —La madre murió mientras el padre y la niña estaban fuera, él no regresó y al registrar la casa para llevarla a ella de vuelta y entender que pasó, es que encontraron a la mujer en la cama.— explico rápidamente, en un murmullo que no utilizaría de no tener a Eleanor y Paul a apenas unos centímetros de distancia. No diré que también hubo vecinos que salieron a asomar la cabeza con oídos curiosos, porque el morbo siempre llega a las bocas ajenas. Con un gesto de mi cabeza niego como respuesta a su pregunta. —Aun no. Como dije, no se abre con cualquiera y ya trataron de hacerla hablar con uno de los trabajadores sociales, sin mucho éxito. Por el momento estamos dándole tiempo, eso y saber que estamos a su lado para ella si lo necesita creo que es lo más importante en estos momentos— ya habrá tiempo de hacerle preguntas confusas a su edad. Como alguien que perdió a su madre también a una edad temprana, puedo decir que la muerte no es algo que se comprenda como tal, pero tampoco voy a permitir que se deje pasar por alto lo que sienta. Sí quiero darle tiempo a que los sentimientos afloren por su cuenta, sin nadie que la presione para hacerlo.

¡Oh! Qué buena idea— exclamo ante la propuesta repentina que no me esperaba, porque no es muy común que las personas tengan esta actitud desinteresada para con los huérfanos, cuando el mayor porcentaje de la población los pasa de largo con la mirada. —Siempre he pensado que la expresión artística es un factor importante en el desarrollo cognitivo de los niños, además de como método para manifestar lo que no pueden explicar con palabras— coincido con un gesto de cabeza ante su conclusión —¿Querrás hacerme un plan con lo que necesitarás si de verdad quieres llevarlo a cabo? Estoy segura de que los niños aquí lo agradecerán, no te preocupes por lo que puedas necesitar, eso corre por mi cuenta.— ya tengo que hacer maravillas con los recursos igualmente, añadir un proyecto extra, que encima corre a cargo de una voluntaria, no creo que me tome mucho más.
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Mensaje por Synnove A. Lackberg el Sáb Oct 31, 2020 3:16 am

Meneo con mi cabeza de un lado al otro, así no debe preocuparse de lo que pueda suponer el recuerdo de Ivar Lackberg en las mentes de estos niños, muchos están desarrollando sus memorias en este tiempo como para poder evocar su rostro. —No tiene por qué compararse con él— digo con una sonrisa, tratando de que mis palabras sean suaves, —creo que lo mejor que puede pasarle a los niños es que haya alguien que tenga algo bueno para darles, nunca será lo mismo de aquellos que estuvieron antes y quizás sean justamente lo que algunos puedan estar necesitando— deslizo mi mirada de ella hacia la pequeña niña que va marcando el camino al otro más pequeño en estatura, entre las mesas del comedor para rastrear a un mono al que se abraza porque, quizás, lo que necesita es un abrazo. Y, quizás, el que realmente necesita pueda dárselo la mujer que está caminando detrás de ella, a mi lado.

Para historias de madres y padres que no saben bien qué hacer cuando les toca ejercer como tales, debido a vacíos emocionales que no llegaron a entender y remediar, habrá otras de niños que han llegado a este orfanato por circunstancias que los aparta de estos, que nada tiene que ver con el ejercicio de estos roles. Enfermedad, muerte, pobreza, medidas desesperadas por paliar necesidades, son realidades que se atraviesan cada día cuando se camina por el norte. —Qué frágiles son los hilos que nos unen, tan fácilmente se cortan…— murmuro, más para mí de lo que puede alcanzar a escuchar Phoebe. —Lo lamento tanto por ella— aunque lo digo de corazón, estas son las frases que llevan tiempo siéndome insuficientes, no me basta con lamentarlo, no me basta con decirle a la otra persona que puedo tratar de comprender su dolor, no me basta con querer pedirle a mis amigos que me hablen de cómo se sienten y que la manera de mantenerse enteros sea no hablarlo, no me basta con meditar sobre lo triste que puede ser el mundo. No me basta con quedarme en un invernadero bañado de luz por los cristales del techo, a pintar en mi egoísmo. No quiero ser como Juliet. No quiero quedarme en una cama, con el mundo doliéndome, plasmarlo en cuadros y apartada de las personas que pueden amarme, porque no tengo más que emociones caóticas para darles.

Pintando, bailando, cantando, se dice todo aquello que nunca o es muy difícil poner en palabras — le muestro mi sonrisa al comentárselo, —¿alguna vez lo intentó? Sentarse delante de una hoja en blanco o muchas hojas en blanco, simplemente dibujar. Sin que importe la técnica, ¿conoce el expresionismo? Es una corriente que valida la libre expresión de cómo nos sentimos al volcarlo en un papel, más no sea un punto. Si es lo que sentimos, es válido— explico, cuestión sobre la que mi profesor pondría ciertos reparos, un par de críticas, me diría que no es así como se describe histórica y académicamente a este corriente y yo le diría que es así como la entendí. —Y lo bueno es que no necesitan tantos recursos como se puede creer, se puede hacer arte con un muchas cosas, incluso unas pocas tizas y una pizarra… o pigmentos naturales, tengo muchos pigmentos naturales en casa, tuve mi temporada de querer hacer algo casero. Si lo hacemos, ¿le gustaría sumarse, profesora Powell?
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Mensaje por Phoebe M. Powell el Sáb Oct 31, 2020 10:05 pm

Sí, supongo que tiene razón, nunca ha sido bueno para mí compararme con los demás, y siendo que soy yo misma quién muchas veces es cómplice de eso, resulta un poco hipócrita quejarme cuando los demás lo hacen conmigo de la misma forma en que yo podría auto criticarme por ello. La sonrisa que le dedico es de agradecimiento, asintiendo levemente a sus últimas palabras que hacen de resumen para lo que quiero intentar con los niños. No, nunca seré como la persona anterior, como tampoco creo que quien me suceda sea igual a mí, pero sí aprovecharé el momento para hacer lo que pueda por ellos y eso creo que al final es lo que importa. Mis labios se tuercen en una mueca tristona, al coincidir con un asentimiento de mi cabeza en el pensamiento que comparte en voz alta. —Yo también lo siento, a veces me da la sensación de que no tiene ni idea de lo que ha pasado, cuando pregunta por su madre y ni siquiera los mayores saben qué respuesta darle— la honesta siempre será la mejor opción, pero también la más dolorosa y, no siendo más que una niña, la verdad ya es complicada de entender de por sí. —Tenemos que darle tiempo...— murmuro, en el proceso buscaré una solución para ella que esté lejos de este lugar, este que le ha hecho tanto daño sin que apenas sea consciente de ello. Me gustaría poder minimizar las secuelas del golpe, que en su mayoría vienen siendo peores que el impacto del momento.

Tengo que sonreír de una manera un poco más tímida ante esa pregunta, revoloteando los ojos por la habitación como quien trata de evadirla porque no sabe como contestarla. —Si tengo que ser honesta contigo, no, nunca lo intenté— reconozco después de pasear la mirada sobre las cabezas de los niños, dirigiendo mis ojos hacia los suyos, también claros. —De niña pintaba y coloreaba, pero como cualquier niño hacía y no por demostrar talento realmente— explico, hay quienes encuentran más que un hobbie en estas cosas y se les da realmente bien. Mi caso no es uno de esos —Y con el tiempo... bueno, suena triste decirlo, pero creo que nunca he tenido un momento real para hacerlo por ganas, por ser algo que pueda disfrutar— admito, quizá sienta cierta vergüenza al decirlo después de que su explicación se escuche tan sólida. Casi me alegra escuchar que no va a necesitar de tanto material, porque ya estaba pensando en el fondo de mi cabeza de qué manera arreglar el dinero para llevarlo a cabo, aunque su propuesta final me toma un poco desprevenida y necesito de un momento antes de responder. —¿Por qué no? No soy ninguna experta, pero no es esa la finalidad del proyecto, ¿no? Me vendrá bien para acercarme a los niños, comprenderlos mejor— sonrío, que nadie dijo que hubiera que ser bueno para participar de esto.
Phoebe M. Powell
Phoebe M. PowellDirector del Servicio Social

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Mensaje por Synnove A. Lackberg el Lun Nov 02, 2020 1:33 pm

Es posible que no lo sepa con la certeza que le permita ponerlo en palabras, a la muerte solemos darles muchos nombres cuando somos niños al no poder comprenderla, por lo extraño que resulta que las caras que dimos por ciertas, de pronto se desvanecen en nuestro paisaje conocido, y no es que haya sufrido muchas pérdidas, como mi familia se limitó a dos personas por casi veinte años, esa era una de las cosas que se me resguardaba dentro del diminuto mundo en el que habitábamos. Me siento más cercana a Eleanor con veinte años y no ser capaz de decir qué ocurrió con mis padres, si volverán, de lo que podría haberlo sido a su edad. Son muchas las emociones que no podemos y no podremos poner en palabra, que ayuda encontrar otras maneras, espero que la manera que encontré yo a través del dibujo no sea una imposición a otros de creer que les será tan útil como a mí, sino algo que en verdad pueda servirles de modo de expresarse. —Eso es lo que hace a los niños los mejores profesionales— aseguro con una sonrisa, —había un pintor que decía que se pasó toda su vida tratando de volver a pintar como un niño.

Bajo mis ojos al reloj cuya correa de cuero tengo sujeta a mi muñeca y compruebo el poco tiempo que me queda, podría demorarme un poco más para seguir colaborando con la búsqueda, pero la hazaña no vale el riesgo. Si alguien llega a saber que una enemiga pública estuvo en un orfanato será un mal mayor para estos niños, que cualquier ayuda que pudiera darle, además del sentimiento de traición, por mentirles, cuando han pasado por tantas otras cosas que no merecen más sentimientos amargos. —Mi horario está terminando y aunque me gustaría ver qué pasó con ese mono escapista, no creo que pueda quedarme, suelo andar con prisas por el norte—, bastantes prisas. Trato de que no se me escuche tan vacilante como sueno en mi mente, me faltan excusas que justifiquen mi despedida abrupta y no quiero continuar diciendo más mentiras si no son las necesarias. —Me dio gusto conocer a la nueva directora de asuntos sociales— se lo digo porque lo siento en verdad, —y espero que el siguiente sábado pueda unirse a nosotros para un primer intento de volver a pintar, podríamos intentarlos todos juntos con un dibujo colaborativo, así será más fácil— sugiero, —que pueda ser un mural, vendrá a bien para cambiar un poco el tono de las paredes—se lo dejo para que piense cuando me acerco a Paul para un abrazo rápido, doy otro a Nellie que lo recibe con timidez, y me libero suavemente de la manito de Paul que cree que iré al patio y me pide con ese gesto que lo lleve, beso sus dedos al recordarle que todavía deben buscar al mono escapista. Con mi mano saludo a Phoebe una última vez, me muevo entre las mesas y procuro caminar con la cabeza gacha por si me cruzo con otras personas, en mi propio escape cotidiano desde que decidí que por breve que sea, mi tiempo está en el norte.
Synnove A. Lackberg
Synnove A. LackbergFugitivo

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