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And two goodbyes led to this new life · Nicholas - Página 2 IRh8ZNT
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And two goodbyes led to this new life · Nicholas

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And two goodbyes led to this new life · Nicholas - Página 2 Empty And two goodbyes led to this new life · Nicholas

Mensaje por Anne Ruehl el Lun Oct 12, 2020 1:52 am

Recuerdo del primer mensaje :

Octubre,
sábado a la tarde


Froto mi garganta para quitarme la sensación de aquellos dedos que me quitaban el aire, toso un par de veces mientras me espabilo el sueño, y busco con mis ojos la confirmación de que me encuentro en un dormitorio prestado de la isla ministerial, no en la casa vacía del distrito dos. «Solo es un sueño», me repito, pese a lo real que puede sentirse el presentimiento de muerte, queda dentro de la habitación como una sombra cuyo rostro podría reconocer si tuviera el coraje de darme la vuelta y enfrentarlo. Hoy no será ese día, permanezco sentada al borde de la cama, dándole la espalda, mis uñas buscando desgarrar la sábana a la que se sujetan mis dedos y cuando busco dentro del cajón de la mesa de luz el filtro que podrá espabilarme, tropiezo con el cuaderno azul que cae sobre la cama como otra prueba de miedo que sigo postergando. No hace falta que lea ninguna página, podría recitar sus líneas como si las hubiera escrito ayer, cada libro que evocaba como un mensaje en clave que ningún entrometido lector sabría interpretar.

Hablaba de personajes para no dar nombres, tomaba citas para reemplazar diálogos, tenía la biblioteca de mi madre como muros de una fortaleza que protegían mis pensamientos y tomaba prestadas palabras, para recubrir las mías. La ficción tiene eso de que el lector está tan convencido de leer mentiras, que se pueden esconder verdades que nunca sabrá distinguir entre estas. Para media mañana, tengo la mitad de los libros de la biblioteca fuera de sus estantes y levitando al interior de las cajas de cartón que nadie tiene por qué pensar que corresponden a una mudanza, que efectivamente lo es, y muchos otros libros, aburridos, gastados, con sus lomos ilegibles, regresan al sitio del que fueron expulsados cuando me instalé en esta mansión. Recupero entre las novelas que levitan cerca aquella cuyo título era una referencia directa a mi persona, y esta vez, en vez de detenerme en aquel personaje detestable con mi mismo nombre, buscó las páginas marcadas de un personaje secundario que no recordaba haber apuntado nunca en mi diario. Sin embargo, es mi letra, inconfundible por no haber cambiado en todos estos años; ciertos rasgos, los más sutiles, a la vez los más evidentes, se conservan.

Suelto el libro sobre el escritorio cuando el elfo anuncia la visita del ministro Helmuth, y reclino mi cuerpo sobre el borde de la mesa al cruzar mis brazos, quedando de frente al recién llegado. —Te pedí que vinieras al decidir que no era prudente irrumpir en tu casa y que tu esposa, hijo, hermanas, sobrinos, perro y otras criaturas que cobijan los Helmuth, se sintieran confundidos por lo que podría preguntarte y lo que puede que contestes— digo, me tomo el tiempo de hacer esta introducción que es una manera de controlar el impulso que me había llevado a tirar de la manija de la puerta para ir hacia su mansión y si no fuera porque mis dedos se quedaron inmóviles sobre el picaporte, dándome un minuto de pensar en lo que estaba haciendo, estaría en este momento arrojándole sobre su escritorio el cuaderno azul que busco sobre el mío. —Nicholas, sabes cómo será esto. Una conversación en la que mantendré la calma al empezar para ir marcando algunos puntos, entonces esperaré una respuesta de tu parte, perderé los cabales cuando te niegues a colaborar y, como ya sabemos todo esto, necesito que esta vez pienses bien tu respuesta para medir que tanto crees que puedas soportar si pierdo esta calma— es una advertencia dicha con un tono mesurado. Recojo el diario con mis manos y mi mirada le pide que esté pendiente a lo que va a salir de mis labios cuando paso las primeras páginas.

»No sé qué tan aficionado a la lectura seas… cierta historia sobre una princesa rusa cuenta que al tener que elegir entre un tímido pretendiente que la apreciaba en secreto por años y un carismático seductor, eligió a este último, quién la abandonó para huir con una tal… Ana— esbozo una sonrisa tirante al decir este nombre, —pero esto no se trata de Ana, sino de aquella muchacha y ese pretendiente que sufrió su rechazo, porque es ahí cuando la historia de ambos comienza— explico, por si tengo que ayudar a su ignorancia sobre esta novela. —Pero en este diario escrito con mi caligrafía, guardado en la casa de los Ruehl, el nombre del personaje fue reemplazado por otro y tengo auténtica curiosidad en saber por qué el nombre de Nicholas llena varias páginas— con absoluto desapego tiendo el cuaderno hacía él para que lo tome y revise las hojas escritas. Espero a que lo haga para moverme lentamente hasta quedar cerca de él y poder observar su perfil con nueva curiosidad, obligándome a que me mire cuando hablo. —Piensa bien lo que me contestarás, ¿qué pasó después del recuerdo que me mostraste en el pensadero?
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Anne Ruehl el Miér Oct 28, 2020 2:06 am

Estoy esperando a que se marche, contando en mi mente los segundos que nos llevan al momento en que cruzará el marco de la puerta para que su espalda sea el último recuerdo que debería tener de Nicholas Helmuth. He visto a muchas personas marcharse, yo también me he marchado tantas otras veces, soy muy buena diciendo adiós, a la larga una se vuelve buena en las despedidas. Es diferente para cada persona, lo único que se mantiene es dejar en claro el que se ha llegado a un punto en el que todo termina, en ocasiones se requiere de cierta brusquedad como la que uso en esta ocasión, no por mí, sino por él, precisamente por todo lo que vimos. —¿Acaso hay algo más para decir?— lo digo con un tono tan prepotente que puede sonar despiadado, no estoy invitándolo a que me responda, sino obligándolo a que calle, a que calle lo que sea que pueda inspirar un par de recuerdos que consiguen que el aire nos falte por el sofoco de lo visto y sean tantas las sensaciones que recubren mi piel, que mi cuerpo pierde esa vieja confianza en acercarme sabiendo que es el otro a quien afecta la cercanía y no a mí. No quiero el recuerdo de lo que se pudo haber sentido, no quiero que se solape con el presente, y por eso acudo a todo lo que podamos evocar de éste para se concrete mi propósito de que se retire, se aparte, abandone este despacho.

Y no lo hace, en cambio murmura mi nombre, me pone aún más violenta que lo haga. Todo lo que puedo decirle para dejarle en claro que quiero que se vaya, todo lo rotundo que pueda ser, son palabras que caen en la nada pese a la intención que tenía de alzar un nuevo muro entre los dos que en esta ocasión, nos devuelva a cada uno al lugar que nos corresponde. No entiendo que pueda responder a ello, que encuentre su voz para imponerse a la mía y que en vez de verlo salir del despacho, tan enfurecido con mi desprecio como debería ser, use su voz para retenerme a escuchar lo que él también tiene para decir. Mis ojos deben ser más transparentes que nunca al mostrar lo desorientada que me siento por el cambio de guión, aunque lo cierto esté dicho, que nada en nuestro presente cambia, ni los sentimientos hacia las personas, ni el lugar de estas personas, por un recuerdo que tuve que ir a buscar al fondo de su memoria y se hubiera quedado allí si no fuera por mi vicio de querer recuperar lo perdido, que en este caso no es más que un recuerdo, solo un recuerdo. —¡Vete! ¡Déjame huir! ¡Vete!— suelto, impaciente. —¿No ves que estoy librándote de mí y de lo que soy? ¿Por qué debería importarte que siga huyendo? Si cada vez que huyo o te pido que te vayas te estoy poniendo a resguardo, ¡vete! ¡Vete con tu familia! ¡Vuelve a la vida que tienes!— mis gritos ni siquiera llegan a cargarse de rabia, hablo desde lo perturbada que me siento.  

Pero no se va, no hay una única emoción a la que pueda apelar al ser tantas para describir cómo me siento cuando me pide una respuesta. —No me hagas esto— pido, no me estoy refiriendo a que espere que ponga en palabras mi reacción a esto, sino al hecho de quedarse. Toda la turbación en mi cuerpo se va desvaneciendo en estremecimientos bajo mi piel, tengo que elegir entre algunas de mis emociones y el enojo es desde hace mucho mi mejor armadura, así que me acerco para descargar mi puño en su pecho, no llego a hacerlo con fuerza porque no quiero lastimarlo en verdad. —¿Lo sentiste? ¿Te afectó? No seas un canalla conmigo, ¿por qué quieres que lo diga? ¿por qué haces esto de quedarte cuando te digo que te vayas? ¿por qué lo haces luego de lo que acabamos de ver? No me hagas esto— vuelvo a bajar mi puño sobre su pecho con un golpe cansado, ausente de energía, mientras presiono mis labios para no decir lo que ni mente alcanza a esclarecer. —Has sabido sostener a tu familia, tienes un hijo de una mujer que dio su vida por él, una esposa que amas, amas a tu esposa— si recorrer esos recuerdos en su mente no bastaron, los pongo en voz alta, tengo el impulso cobarde en muchos años de querer bajar la mirada y a último momento me detengo. —No hagas esto de quedarte aquí, porque— murmuro, —no te haré bien,  ni tengo escrúpulos, pero los estoy teniendo en consideración a los tuyos…— no me muevo ni un centímetro al decirlo, espero a que sea él quien lo haga, —así que vete y vuelve a la vida que supiste tener al seguir adelante, no me mires a mí y al dolor que me causa saber que sí tuve lo que alguna vez quise, que todo lo que vino después podría no haber pasado, o siquiera haberlo conservado como un recuerdo que haga más llevadero lo que vendría. Porque lo necesité, hubo momentos en que necesité saber que alguien podía amarme y tomé decisiones creyendo que nunca fue así. Lo tuve, lo perdí, ni siquiera lo recuerdo. ¿Así que podrías irte de una buena vez?— pregunto, mi voz estableciendo la distancia que mi cuerpo inmóvil no puede. —Seguiste adelante, Nicholas. Bien por ti. Vete, sigue. Déjame a mí con la propia vida que yo me armé y no hagas esto de quedarte, porque no soy alguien bueno y tienes una vida a la que regresar— si la ironía hasta me hace sonreír con tan poco humor, —no quiero manchar a Nicholas Helmuth una segunda vez. No te lo mereces.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Nicholas E. Helmuth el Dom Nov 01, 2020 1:10 pm

Porque haces esto con todo el mundo— respondo a sus preguntas sobre por qué decido quedarme, incluso cuando yo mismo sé, porque todo en mi mente lo pide, que debería marcharme por donde vine y esperar no pisar este despacho una vez más, cuando eso también es mentira. Siempre habrá una siguiente vez, el destino nos lo ha demostrado al ser las mismas personas que, paradas en la misma calle del distrito dos, pisan hoy la misma madera del suelo de una sala que ha sabido recoger otros momentos para recordar en nuestra vida, estos sí para recordar. —Los empujas, los empujas a que se vayan, no importa si te han hecho daño o si te están ofreciendo una mano, en algún punto de tu vida alguien te hirió tanto que no aceptas que otros pueden hacerte bien.— y ya no hablo de una relación amorosa, estamos lejos de ser quienes vimos en mi cabeza, en un recuerdo tan intenso que puedo sentirlo todavía, pero sigue siendo pasado, y el pasado, por mucho que duela, hay que dejarlo que se entierre. —No te diré que dejes de hacerlo, porque es algo que llevas haciendo toda la vida y lo tienes tan arraigado a la piel que te has hecho adicta a ese sentimiento— creo que como alguien que se especializó en venenos hace mucho tiempo, sé de lo que estoy hablando —, pero inténtalo, si no es conmigo, permite que alguien se acerque, no te encierres, no huyas, ¿de quién huyes si no es de ti misma?— pongo lo que pienso va a afectarle más en palabras, no como un ataque a su persona, sino como realidad que debe afrontar.

Su golpe en mi pecho es apenas un impacto que siento, a pesar de que sus reclamos exigen que explique eso mismo, me siento obligado a mantener silencio en lo que ella hace una expresión extensa de cómo le afecta el hecho de que me quede. —Porque aunque tú me pidas que me vaya, no eres tú quien debe elegir si debo hacerlo o no. Es mi elección, si decido marcharme o quedarme— explico, con una calma que me hace saber que tengo razón, porque se acostumbró a obligar a la gente a desaparecer, a imponerse con esa voz que impacta sobre cualquiera, y en algún punto de eso se olvidó que la elección de quedarse o irse sigue siendo completamente de la otra persona. —No vas a....— la frustración de escuchar la conclusión a la que llega no me deja terminar la frase, esa que pretende contradecirla y que en su lugar me tiene suspirando con ganas, pasando nuevamente mis manos por mi rostro en un recorrido rápido, tratando de quitarme la sensación de desesperación del cuerpo. —Escúchame, Rebecca— ella se ha apartado, así que opto por romper el espacio con mis propios pasos al acercarme —¿Quieres que me vaya? ¿De verdad quieres que lo haga? Porque si lo hago, si pongo un pie fuera de esta sala es porque tú afirmas que puedo hacerte daño, no tú a mí, yo a ti. Así que necesito que lo digas, que afirmes que podría herirte— después de todo, no sería la primera vez que mi familia lo hace, solo que esta vez soy yo quien le exige a ella —Pero no me obligues a marcharme porque crees que pueda ser del revés, te dije que te daría una oportunidad para cambiar las cosas, para ser alguien diferente de lo que fuiste todo este tiempo, porque no creo que seas una mala persona, no creo que te merezcas nada de lo que te ha pasado, pero la primera que debe recordar eso eres tú, y no pienso que hayas llegado a ese punto todavía— no, todavía no se perdonó a sí misma, y no puede esperar que otros lo hagan por ella, tiene que venir de ella, nadie más que ella.
Nicholas E. Helmuth
Nicholas E. HelmuthMinistro de Salud

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Mensaje por Anne Ruehl el Mar Nov 03, 2020 1:17 am

Meneo mi cabeza de un lado al otro con tal ímpetu, que tengo que sacarme los mechones me caen sobre el rostro de un manotazo. —No es porque alguien en algún punto de la vida, en algún punto del pasado me hirió— lo corrijo, —en este momento no estoy hablándote desde esa herida que alguien me causó al traicionar mi confianza— sí la hubo, es inconmensurable el dolor que puede albergarse en la memoria por tantos años, lo real que se siente revivir ese instante todas las veces que se le evoca y lo real que se siente también el dolor, uno que había comenzado a olvidar, a olvidar por fin, para que un nuevo recuerdo que reescribe sobre el pasado me haga dudar de lo real que pudo haber sido. Duda o no, sí reconozco que aquello que vivencié como una traición definió mi trato hacia quienes él llama «todo el mundo», a quienes castigo con mi desprecio por una persona que hoy es menos que un fantasma. No es lo que define en este momento mi rechazo hacia él, no le hablo desde el pasado, sino de lo que el pasado me enseñó sobre el futuro. Los finales se dan en todos los tiempos, las despedidas se repetirán. —Sino porque en los siguientes puntos de la vida, esto es lo que continuará sucediendo. No hay nada distinto a esto en el futuro— lo suelto con un desgano que puede culpar de derrotismo si quiere, puede decirme que estoy dentro de un círculo vicioso en el que huyo y persigo finales porque hay algo en mí en lo que me falta creer, no me convencerá con la promesa de existe alguien para quien debo dejar de huir, es la persona equivocada para decirme eso en este momento porque en su boca suena a compensación vacía, al consuelo que se coloca dentro de una promesa hueca, tengo demasiados años como para esperar por estas promesas.

No me critiques porque elija a esta altura de mi vida y tan cansada de todo, seguir empujando personas que de todos modos tienen una vida hecha aparte, personas a las que regresar, yo me acostumbré a estar sola...— lo saco fuera con la rabia de escucharlo como una réplica caprichosa, echa desde la terquedad de mis hábitos y vicios, de un sentimiento demasiado arraigado a mi piel como lo dice y que me hace ver que en todos estos años, pese a todas las personas que han pasado por mi vida, es una réplica que mantengo. No soy tan distinta a la chica de dieciocho años que fui. —Detesto la persona que vuelvo a ser cuando estás aquí— mascullo, lo saco fuera de mi pecho con enojo, puedo oír los susurros acusadores en mis oídos de lo débil que soy, hablando desde el despecho, dejando a la vista mi sensibilidad herida, ojalá pudiera acudir a la mordacidad fría que creía haber hecho parte de mí y no sé dónde hallarla. No cuando dice que es su elección quedarse o marcharse, si no debería haber dos opciones, mucho menos debería elegir primera. Hasta mis puños se cansan, caen rendidos, quiero apartarlo y se acerca, ojalá pudiera revestirme de mi bien practicada insensibilidad.

Por mi semblante que no se perturba al oír su pregunta casi parece que lo he conseguido, que estoy logrando guardar de vuelta al vacío tantas emociones que no necesito, cuando mi respuesta sincera es lo único que conseguirá que se vaya, aunque eso desbarate toda posible insensibilidad. —Ya no quiero tu ayuda para hacer las cosas distintas, mucho menos para ser otra persona— murmuro, lo excluyo de todos los planes que he trazado desde aquella charla en este mismo despacho. —No te necesito, lo haré por mi cuenta, bajo mis propios convencimientos— rechazo también esa confianza que quiere extender hacía mí como voto de fe, simplemente porque no quiero nada de él. —¿Quieres que diga que podrías herirme?— pregunto, parpadeo una única vez para esconder mis ojos a su mirada cuando relamo mis labios al estar a punto de decir lo que me seca la garganta y sale como una confesión también cansada: —Estás hiriéndome en este momento—. Alcanzo la manija de la puerta en unos pocos pasos y la abro, espero con los brazos cruzados, mi vista vuelta hacia el pasillo al otro lado. —¿Podrías irte? Sé lidiar a solas con los recuerdos, pero no tengo por qué hacerlo con las personas que fueron parte. Nunca quise olvidar mi pasado, lo que no quiere decir que quiera revivirlo— ni lo malo, ni lo bueno, ni sentimientos que a presente duelen, —por favor, vete.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Nicholas E. Helmuth el Mar Nov 03, 2020 12:35 pm

No espero esa respuesta, el hecho de que me diga directamente a la cara que detesta la persona que es cuando está a mi alrededor me golpea como una bofetada en la mejilla. Solo que esta vez su mano no está siquiera cerca de mi círculo personal como en las ocasiones en las que sí me golpeó, esas que recuerdo bien y que nada tienen que ver con lo que acabamos de presenciar. Me confunde su actitud, de verdad que quiero tratar de comprenderla, en algún punto hasta pensé que lo hacía, pero no puedo hacerlo cuando deja en evidencia que no quiere que la ayuden. Dice que se acostumbró a estar sola y no lo dudo, la conocí entonces en el distrito dos y la conozco ahora, puedo decir que no son personas muy distintas, pese a todo lo recorrido entre Anne y Rebecca, dentro sigue siendo la misma y me duele que no me permita recordárselo.

La dejo ser, me retiro de intentar convencerla de lo que está fuera de su cabeza, porque es obvio para todos, empezando por ella, que la soledad también la hizo ser más consciente de sus pensamientos personales, y hay quien dice que estos pueden llegar a ser peor enemigo que el que tenemos a nuestro alrededor. —Por mucho que te gustaría creerlo, la soledad no es tu amiga tampoco— digo, recuperando la pasividad en mi voz al borrar mi rostro de cualquier expresión de lástima, está claro que nada de eso funciona con ella. Y tampoco es lo que pretendo, si acaso lo que venía buscando estos últimos minutos es que se diera cuenta ella misma de que puede ser su peor enemiga si se deja, y la está dejando, al no permitir entrar a los que podrían hacerle bien, no digo que esa persona sea yo, ni mi familia, sino otros.

Dice que la estoy hiriendo, tomo esas palabras como la señal que indica que debo irme, dejar mi orgullo a un lado nuevamente y admitir que hoy no fue suficiente. La observo al ver que aparta la mirada para abrir ella misma la puerta, invitándome a marchar, así no despego mis ojos de su figura en lo que hago mi recorrido hasta estar a un lado de ella, sigue sin mirarme —Dejaría la puerta de mi casa abierta para ti, sino fuera porque sé que no lo considerarías un ofrecimiento honesto viniendo de mí— de alguien con el apellido Helmuth, ese por el que siempre se atragantó y por el que le pica la garganta cada vez que lo menciona. No importa que haya firmado un papel con el nombre de su hija que me declara también como su padre, tampoco lo hacen sus comentarios previos de que nos admira como familia, siempre seremos falsos altruistas en sus ojos. —, así que dejaré que tú decidas— como siempre he hecho en realidad, ya que de nada ha servido, ni entonces ni ahora, tratar de forzarme en su vida. —Adiós, Anne— murmuro su nombre real como despedida a quienes fuimos y no somos, quienes pudimos ser y tampoco somos, dejo todo eso atrás al despegar la vista de ella y marcarla en el final del pasillo de su casa. Esta vez soy yo quien lo recorre y no ella.
Nicholas E. Helmuth
Nicholas E. HelmuthMinistro de Salud

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Mensaje por Anne Ruehl el Mar Nov 03, 2020 2:16 pm

Si hice de la soledad una elección, fue luego de mucho años de tener que aceptarla por imposición, así que me reservo para mí el comentario de que es lo que me toca, a otros le ha tocado algo distinto, a él mismo, pero bastante lástima ha ofrecido mi estampa en esta ocasión como para seguir contribuyendo a esta, que lo último que necesito es una nueva reafirmación de su parte de que va a quedarse y que bien podría ser, quizás, un amigo. Todo lo equivocado que alguien como él podría decirme en este tiempo, por ser demasiado tarde, cuando la vida nos ha colocado en puntos tan opuestos, que en lo que único que podríamos coincidir es un recuerdo y que al menos a mí, como lo reconozco, solo me hiere en el presente si quiere quedarse. No se puede mirar a los ojos de alguien que se amó y que pudo amarnos, para encontrar menos que nada. Es una injusticia hacia los sentimientos, aun mayor por carecer de recuerdos, que debería ser al menos lo que quede para compensar, pero no se me otorgó esa gracia. Y es una crueldad, porque me obliga a volver a un «qué hubiera pasado si» que repetidas veces le dije que no quería plantearme, con tanta vida vivida, es una crueldad que irrumpa un momento así en nuestro tiempo presente y se me haga difícil sostenerle la mirada.

Sé que es un ofrecimiento honesto de tu parte— digo, sigo sonando molesta, mis dedos cerrándose alrededor del borde de la puerta que espera abierta a que se vaya. —Pero que no lo quiero, tampoco que dejes tu puerta abierta para mí— murmuro, mi voz decae en su tono cuando trato de ocultar el quiebre que sufre, porque no quiero pensar en todos los años que habrá pasado esperando con una puerta abierta a que regrese al distrito dos, cuando no creía tener razones para hacerlo, todo por no haber podido mirar un poco más allá de la acera de mi casa, al otro lado de la calle a la que fui echada. —No quiero ni espero nada de ti— lo repito para que entienda que me refiero a él, exclusivamente a él. Si es su hermana la que está ayudándome con lo que surgió de hablar entre ambos, porque en algún momento su voz se metió dentro de mi cabeza para marcarme qué pasos son correctos y cuáles los equivocados. Puedo seguir conviviendo con esa voz, pero no haría tal cosa como retenerlo a él cuando pese a lo que pueda decidir sobre si irse o quedarse, lo cierto es que en el único lugar donde su propia realidad le permite quedarse es un recuerdo. —Adiós, Nicholas— susurro, cerrando la puerta a su espalda para una segunda despedida que sí conservará mi memoria, a un sentimiento que queda en la habitación como un latido remoto que proviene de algún lugar al que ya no podemos regresar, en el que los jóvenes que fuimos perduran en una amor que los hizo poderosos… y nosotros lo olvidamos.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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