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And two goodbyes led to this new life · Nicholas IRh8ZNT
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And two goodbyes led to this new life · Nicholas

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Mensaje por Rebecca Hasselbach el Lun Oct 12, 2020 1:52 am

Octubre,
sábado a la tarde


Froto mi garganta para quitarme la sensación de aquellos dedos que me quitaban el aire, toso un par de veces mientras me espabilo el sueño, y busco con mis ojos la confirmación de que me encuentro en un dormitorio prestado de la isla ministerial, no en la casa vacía del distrito dos. «Solo es un sueño», me repito, pese a lo real que puede sentirse el presentimiento de muerte, queda dentro de la habitación como una sombra cuyo rostro podría reconocer si tuviera el coraje de darme la vuelta y enfrentarlo. Hoy no será ese día, permanezco sentada al borde de la cama, dándole la espalda, mis uñas buscando desgarrar la sábana a la que se sujetan mis dedos y cuando busco dentro del cajón de la mesa de luz el filtro que podrá espabilarme, tropiezo con el cuaderno azul que cae sobre la cama como otra prueba de miedo que sigo postergando. No hace falta que lea ninguna página, podría recitar sus líneas como si las hubiera escrito ayer, cada libro que evocaba como un mensaje en clave que ningún entrometido lector sabría interpretar.

Hablaba de personajes para no dar nombres, tomaba citas para reemplazar diálogos, tenía la biblioteca de mi madre como muros de una fortaleza que protegían mis pensamientos y tomaba prestadas palabras, para recubrir las mías. La ficción tiene eso de que el lector está tan convencido de leer mentiras, que se pueden esconder verdades que nunca sabrá distinguir entre estas. Para media mañana, tengo la mitad de los libros de la biblioteca fuera de sus estantes y levitando al interior de las cajas de cartón que nadie tiene por qué pensar que corresponden a una mudanza, que efectivamente lo es, y muchos otros libros, aburridos, gastados, con sus lomos ilegibles, regresan al sitio del que fueron expulsados cuando me instalé en esta mansión. Recupero entre las novelas que levitan cerca aquella cuyo título era una referencia directa a mi persona, y esta vez, en vez de detenerme en aquel personaje detestable con mi mismo nombre, buscó las páginas marcadas de un personaje secundario que no recordaba haber apuntado nunca en mi diario. Sin embargo, es mi letra, inconfundible por no haber cambiado en todos estos años; ciertos rasgos, los más sutiles, a la vez los más evidentes, se conservan.

Suelto el libro sobre el escritorio cuando el elfo anuncia la visita del ministro Helmuth, y reclino mi cuerpo sobre el borde de la mesa al cruzar mis brazos, quedando de frente al recién llegado. —Te pedí que vinieras al decidir que no era prudente irrumpir en tu casa y que tu esposa, hijo, hermanas, sobrinos, perro y otras criaturas que cobijan los Helmuth, se sintieran confundidos por lo que podría preguntarte y lo que puede que contestes— digo, me tomo el tiempo de hacer esta introducción que es una manera de controlar el impulso que me había llevado a tirar de la manija de la puerta para ir hacia su mansión y si no fuera porque mis dedos se quedaron inmóviles sobre el picaporte, dándome un minuto de pensar en lo que estaba haciendo, estaría en este momento arrojándole sobre su escritorio el cuaderno azul que busco sobre el mío. —Nicholas, sabes cómo será esto. Una conversación en la que mantendré la calma al empezar para ir marcando algunos puntos, entonces esperaré una respuesta de tu parte, perderé los cabales cuando te niegues a colaborar y, como ya sabemos todo esto, necesito que esta vez pienses bien tu respuesta para medir que tanto crees que puedas soportar si pierdo esta calma— es una advertencia dicha con un tono mesurado. Recojo el diario con mis manos y mi mirada le pide que esté pendiente a lo que va a salir de mis labios cuando paso las primeras páginas.

»No sé qué tan aficionado a la lectura seas… cierta historia sobre una princesa rusa cuenta que al tener que elegir entre un tímido pretendiente que la apreciaba en secreto por años y un carismático seductor, eligió a este último, quién la abandonó para huir con una tal… Ana— esbozo una sonrisa tirante al decir este nombre, —pero esto no se trata de Ana, sino de aquella muchacha y ese pretendiente que sufrió su rechazo, porque es ahí cuando la historia de ambos comienza— explico, por si tengo que ayudar a su ignorancia sobre esta novela. —Pero en este diario escrito con mi caligrafía, guardado en la casa de los Ruehl, el nombre del personaje fue reemplazado por otro y tengo auténtica curiosidad en saber por qué el nombre de Nicholas llena varias páginas— con absoluto desapego tiendo el cuaderno hacía él para que lo tome y revise las hojas escritas. Espero a que lo haga para moverme lentamente hasta quedar cerca de él y poder observar su perfil con nueva curiosidad, obligándome a que me mire cuando hablo. —Piensa bien lo que me contestarás, ¿qué pasó después del recuerdo que me mostraste en el pensadero?
Rebecca Hasselbach
Rebecca HasselbachMinistro de Defensa

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Mensaje por Nicholas E. Helmuth el Lun Oct 12, 2020 4:24 pm

Es sábado en la tarde cuando recibo un mensaje de que mi vecina y rostro al que he frecuentado más de lo que sería corriente para dos personas que se limitan a trabajar juntos. Afortunadamente para ella el café a media tarde ya ha sido tomado, así que lo único que estoy haciendo es leer un periódico digital en el salón de la mansión en compañía de Eloise. No le escondo que es la misma Rebecca la que requiere de mi presencia para cuando me levanto del sillón, no es que haya sido explícito al contarle de nuestros últimos encuentros, tampoco considero que mi mujer haya sido insistente en conocer acerca de mis frecuentes visitas a la mansión de la ministra de defensa, pero le debo al menos una explicación breve al excusarme para salir de la habitación, con la pregunta en el fondo de mi cabeza formándose, tratando de adivinar lo que querrá esta vez.

Me recibe el elfo doméstico en lugar de la figura morena a la que me he acostumbrado ver más allá de en juntas ministeriales, lo cual me da a entender que no debe de ser tan importante si el que viene a abrirme la puerta es uno de los sirvientes de esta casa. Meto mis manos en los bolsillos de mi pantalón a medida que avanzo por el bien conocido camino a su despacho, y no porque mi casa sea similar a esta, sino porque es un recorrido que he hecho demasiadas veces en el último tiempo. Encuentro a la responsable de que esté aquí sentada detrás de su escritorio, una imagen que a la fuerza se me ha grabado en la cabeza de todas las ocasiones en que hemos estado en una fotografía similar a esta, solo que a excepción de otras veces, puedo decir que hoy no tengo la menor idea de lo que hago en esta habitación.

Me quedo mirándola como si estuviera esperando balbucear un agradecimiento porque haya tenido consideración al no presentarme en la sala principal de mi casa, con el entrecejo fruncido fruto de la extrañeza de verla en esta actitud. Sí, si no fuera porque decirlo va a cabrearla más, hubiera murmurado un "¿qué mosca te ha picado?", al menos es la expresión de mi rostro al observarla, sin entender una palabra de lo que dice. — ¿Se puede saber a qué viene todo est...?— no llego a completar la pregunta, no parece estar de humor para una exigencia de ese calibre, no cuando se toma el tiempo para dar un rodeo mientras yo sigo con la confusión plasmada. Ni siquiera me fijo en el desastre que hay alrededor de su mesa, cuando ella solo le presta atención a un cuaderno sobre el que mis ojos se posan sin mucho interés hasta que me lo tiende.

Tardo unos segundos en tomarlo, los mismos que uso para sacar las manos de mis bolsillos y extender una de ellas para coger con gesto un poco cansado, pero a la vez curioso, el libro. —¿Qué tiene de extraño mi nombre escrito en un par de páginas? No es como si no nos conociéramos como para que no me mencionaras alguna vez, cualquier adolescente lo haría, con sus amigos, enemigos...— profundizo un poco esta última palabra, dejando en claro la categoría que ella misma tenía para mí, no necesariamente porque yo me lo haya adjudicado. No obstante, cuando abro el cuaderno entre mis manos y paso un par de hojas con mis dedos, leyendo por encima, no es precisamente lo que hubiera esperado leer de una persona que supuestamente me odiaba. El movimiento que hacen mis cejas, sin apenas despegar la vista de su caligrafía, delatan lo que estoy pensando. —¿A qué te refieres con que pasó?— incrédulo levanto la vista hacia ella, cerrando el diario de un movimiento de mis dedos — Sabes bien lo que pasó— aprovecho la poca distancia que hay con el escritorio para lanzar el libro sobre la madera, que cae con peso muerto haciendo de mi actitud una defensa. No estoy por machacar mi propio orgullo recitando los sentimientos que ella misma se encargó de estrujar entre sus dedos sin siquiera tenerlos en cuenta.
Nicholas E. Helmuth
Nicholas E. HelmuthMinistro de Salud

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Mensaje por Rebecca Hasselbach el Mar Oct 13, 2020 12:05 pm

Veo, escucho y siento como el diario es arrojado sobre el escritorio, así que lo recojo con un movimiento veloz de mi mano y se lo estampo en el pecho, mirándolo desafiante para que sepa que no es algo que va a venir a tirar a un lado como si fuera menos que nada. —Si te estoy preguntando qué demonios pasó después de ese recuerdo es porque no lo sé— muerdo las palabras entre mis dientes al decirlas con mis ojos quemando de la misma manera que lo puedo hacer un glaciar, porque el frío también quema, también marca la piel. —¿Qué crees que sé? ¿Qué un día Nicholas Helmuth vino a decirme de la nada que tenía sentimientos por mí y lo rechacé porque hasta minutos antes estaba segura de que me aborrecía como el resto de su familia? Ya tuvimos esta charla, no volveré a hablar de todo lo que podría haber sido y no fue— espeto, mi mano sosteniendo el cuaderno y golpeando sobre la tapa de este con rabia, —hablaremos de lo que sí pasó— lo escupo fuera con todo el enojo que llevo masticando desde hace unas horas, cuando lo escrito me llevó a repasar cada momento del recuerdo que me hizo ver y darme cuenta de la ausencia de nuevos recuerdos que lo incluyeran desde ese día, como si rechazarlo lo hubiera sacado definitivamente de mi vista, como si toda mi memoria de entonces se redujera a alguien que logró cegarme, y no es posible, busqué entre mis recuerdos las veces que tendría que haber mirado hacia la casa de los Helmuth, no están.  

Ese recuerdo tuyo no fue el final de nada, me hiciste creer que ese día yo tomé una decisión y no sé por qué, si hay un diario en el que yo misma escribí que mi elección fue otra. Y por alguna razón, en todos estos años, olvidé esas páginas— murmuro, mi voz tiembla al hablar del olvido, maldito monstruo contra el que tuve que enfrentarme muchas veces y que hizo de mi madre biológica su víctima como para que también lo hiciera conmigo. He combatido con el olvido cuando este me devoró, haciendo que todas las personas que me conocían dejaran de mencionar mi nombre y mi existencia se desvaneciera en la nada para ellos, lo combatí aferrándome a sangre a mis propios recuerdos y así lo vencí, no puedo sentir menos que cólera al saber que algunos de estos los perdí o me fueron arrebatados. Me alimenté con hambre de ellos cuando no tenía nada en el norte que me ayudara a mi supervivencia, celo de estos desde mi lado más salvaje, son míos, lo único que me pertenecen, para que mi yo del pasado me haga saber que en algún momento, antes del exilio, alguien se atrevió a ese robo tan íntimo.

Y lo miro, suelto el diario y que lo deje caer si así quiere, atrapo su mentón con mis dedos para obligarlo a encontrarse con mis ojos. —En la única persona en esta vida en la que confío soy yo misma. Nunca dudaré de mi misma, ni de lo que escribí, así que solo queda que me mires y me digas la verdad si te pregunto cuánto recuerdas de…— no lo digo, yo misma estoy tratando de entender todo lo que plasmé en esas alegorías y de hallar en él algo que me diga que esas palabras fueron reales, —sabes bien a qué me refiero— lo remedo con una sonrisa mordaz, por no ser capaz decirlo y apropiarme de un sentimiento que no pareciera que me pertenece si no lo recuerdo. —Nicholas, dime algo que te absuelva de la culpa, porque no quiero ir con toda mi cólera sobre ti, ni tú quieres escucharme gritarte que eres un bastardo mentiroso— es un ruego verdadero, pese la fiereza de mi tono. No es tan canalla como para haber sido parte, como para arrastrarme a un recuerdo y engañarme sobre su desenlace, ¿por qué lo haría? Si fuera cualquier otro diría que las intenciones retorcidas existen, es lo que trato de descubrir en sus ojos y ruego no encontrar. —No sabes el esfuerzo que hago al querer confiar en ti— susurro. —No recuerdo nada de esto, no sé que pasó, confío en ti para que seas quien eche luz en esta oscuridad.
Rebecca Hasselbach
Rebecca HasselbachMinistro de Defensa

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Mensaje por Nicholas E. Helmuth el Vie Oct 16, 2020 4:30 pm

Siento el golpe en mi pecho cuando todavía tengo el sonido del cuaderno chocando contra el escritorio en el fondo de mi cabeza, como para que reaccione tan rápido y me obliga a mí mismo a estar alerta de lo que pueda hacer a continuación. No oculto el desconocimiento que me producen sus palabras, la confusión en que busque en mí una respuesta que bien solo sabría encontrar ella misma, y sin embargo es a mí a quién recurre para hablar de algo tan profundo como lo pueden ser los sentimientos de una persona. Y estamos hablando de Rebecca, en ningún momento cometería el error de decir que no tiene de estos, sino que quizás los tiene en demasía. —¿Me estás queriendo preguntar a mí sobre tus propios sentimientos hacia mi persona como si pudiera meterme dentro de tu cabeza, Rebecca?— hasta el momento creo que no desarrollé ninguna habilidad que se acerque a la legeremancia, así que no es sorpresa que la mire con las cejas fruncidas. —¿Cómo esperas que sepa lo que pasaba por tu cabeza entonces para que pensaras esas cosas sobre mí?— estoy casi por enseñarle las palmas de mis manos para señalar la obviedad de lo que estoy diciendo. No sé si me está acusando de algo, si voy a ser sincero últimamente no diferencio cuando me está hablando normal y cuando desea clavarme su varita en el ojo, pero en esta ocasión es que no puedo mostrarme más confundido.

Si hubo un tiempo en el que podía leer a esta mujer de alguna forma que me acercara a entender cómo funciona su cabeza, no la recuerdo. —Pues claro que no fue el último, Rebecca, los días siguieron para los dos— digo, tal y como si fuera una obviedad, que lo es, pero parece que ella se ha olvidado de eso como de otras cosas que pone en palabras. —¿Qué es lo que quieres que te diga, que te cuente? Solo soy dueño de lo que yo siento, tus pensamientos no me pertenecen como para entender por qué razón olvidarías algo como lo vivido— siento estúpido encogerme de hombros, pero es lo que hago, tomando el libro en mi pecho cuando lo suelta para agarrarlo entre mis dedos y, apartándome unos centímetros hacia atrás, regreso a abrirlo para analizar nuevamente el contenido de sus palabras. —Puedo decirte una cosa y nada de lo que hay aquí escrito corresponde con lo que pudiste expresar en su día hacia mí, nada. Esa es la verdad que conozco, lo que yo recuerdo y que se potenció con tu rechazo y desprecio durante mucho tiempo— días, meses, años, podría decirse. ¿Qué más desea que le diga? Yo tampoco entiendo por qué escribiría estas cosas que leen mis ojos, ahora con mucho más interés que antes, para después mostrarse tan fría.

No le es suficiente con lo que le digo, que necesita mirarme a los ojos al atrapar mi mentón entre sus dedos, forzándome a posar la mirada sobre sus pupilas claras sin apenas pestañear. Todavía con las arrugas en la frente, después de escucharla decir que no le importaría llamarme bastardo mentiroso de encontrar pruebas, rodeo su muñeca con mi mano en silencio, en un gesto suave que pretende reducir la irritación que ha permitido que se apodere de ella por estos últimos minutos. La suelto cuando está lejos de poder atrapar mi rostro de nuevo, aunque mis ojos siguen posados sobre ella y solo así es que puedo tomar aire para echarlo por la boca, recuperando la calma. —No sé qué es lo que te hace creer que te mentiría con algo así, cuando el hecho de haberte llevado a ese recuerdo ya supuso una muestra de mi confianza, una que no tengo con cualquiera, especialmente cuando se trata del pasado.— le recuerdo —No te mentí cuando te dije que tenía sentimientos hacia ti, tampoco te mentiré ahora al decir que por años me sentí dolido por no recibir el mismo afecto de tu parte, por eso no creo poder ser la luz que necesitas para esclarecer tus recuerdos, cuando nada de lo que está aquí escrito me recuerda siquiera al trato que tenías conmigo— me aclaro la garganta al bajar la mirada hacia una página en concreto, pero al ser de su propiedad se lo tiendo y dejo que sea ella misma la que reconozca las incoherencias de su escritura con lo que ambos recordamos. —No recuerdo nada de esto, ¿tú lo recuerdas?— ya lo ha dicho antes, pero por alguna razón necesito escucharla de nuevo.
Nicholas E. Helmuth
Nicholas E. HelmuthMinistro de Salud

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Mensaje por Rebecca Hasselbach el Sáb Oct 17, 2020 5:51 pm

No es como si pudiera meterme en mi propia mente— digo como si fuera una obviedad que él debería conocer, los legeremantes no pueden hacer ese trabajo de explorar sus propios pensamientos, si bien en el aprendizaje de esta habilidad, golpeamos las puertas de todos los rincones negros de nuestra mente para saber qué ocurre allí, no podemos aventurarnos a mentes ajenas, sin conocer las nuestras, y estoy segura de que en ninguno de esos recovecos me encontré alguna vez por casualidad con un cariño por Nicholas Helmuth. —Podría habértelas dicho, por la manera en que están escritas, no era un sentimiento ligero como para que fuera fácil de ocultarlo— digo, examino sus propias facciones que pueden llegar a ser tan pétreas, —pero tú sabrás decirme mejor, eras bueno en callarte lo que sentías, ¿en verdad alguien puede ocultarle enteramente lo que siente a otra persona cuando ese sentimiento es imponente?— pregunto, bajando un par de tonos mi voz porque no es algo que me guste que se me escuche preguntar, ni a mí misma.

Los días siguen sucediéndose después de lo que puede parecer el fin, es una verdad suya, no mía. Rebecca Hasselbach existe porque los días no pasaron para mí. Pero quiero poder contar días como lo hacen los demás, quiero poder abandonar esta estación de otoño eterno, aunque la estación que le siga sea el invierno, estoy dispuesta a atravesarlo para que los días vuelvan a sucederse. No puedo dejarlo si hay un vacío en mi historia, estoy contándomela de principio a fin como para descubrir que hay una parte que fue arrancada y no sé dónde está, una parte que no me puedo recontar. Y la busco en él, ¿en quién más? Froto mi nuca por la impotencia de lo perdido, tras encontrar una prueba que dice que fue parte de mí. Se absuelve y se condena con cada palabra que dice, su abierta ignorancia sobre lo que pudo haber ocurrido lo salva de mi juicio, pero coloca en mi mente una idea de cuyo peligro desconoce. Porque no es legeramente para saber lo que pude haber pensado entonces, yo sí lo soy para buscar entre los residuos de memoria que pudieron haber quedado en él.

Nadie mentiría tan bien sobre el dolor que le pudo haber causado mi rechazo y desprecio, esos que no pierde oportunidad en evocar, estoy demasiado acostumbrada a provocar sentimientos de desprecio en las personas como para hacer piel de lo lastimado que en el presente aún puede sentirse sobre ello. Puedo lidiar con el desprecio, no con otros sentimientos y mi mano se cierra en un puño cuando toma mi muñeca suavemente para apartarme, en mis nudillos concentro la fuerza del golpe que se viene y él todavía no lo ve. —Te creo— son dos palabras que le demuestran mi confianza en su testimonio como un veredicto, y que no obstante suenan cortantes, como si se tratara de atravesar con un filo algo invisible que está cayendo sobre mí, interrumpir ese mismo testimonio porque no quiero escucharlo. Mis nudillos destacan en mis puños cuando, mirando el lugar que acaba de dejar para desplazarse por el despacho con el cuaderno, le contesto: —No lo recuerdo—. ¿Puede entender lo que implica para mí haberme aferrado, sostenido y usado como arma de supervivencia todos esos recuerdos que me causaron dolor, ignorar en cambio los que describen esas páginas? Me giro para mirar su perfil, mis dedos van en busca de mi varita al dar cada paso que me coloca frente a él. —Puedo hacerlo, ya lo hice una vez— digo, mis ojos escarbando otra vez en lo que pueda esconderse en el fondo de los suyos. —Puedo buscar entre tus pensamientos lo que haya quedado de ese entonces, aprendí legeremancia para buscar en los recuerdos de mi madre biológica, así es como recuperé el apellido Hasselbach. A ella también le robaron recuerdos con un obliviate—, lo digo todo con ese «también». Mi voz suena fuera de mí, la dice alguien más, tengo mis ojos fijos en lo azul que puede ser su mirada orgullosa. —Nicholas…— levanto mi varita para que vea lo real que es mi intención de invadir su mente, espero su «no», su bien conocido «no», y tengo miedo de que esta vez lo acepte. —Sabemos cómo funciona esto, te niegas a colaborar y yo pierdo los cabales— se lo repito. —Gritaré, me enojaré. Pero tienes que decirme que no. No me des permiso para sobrepasar ciertos límites, todo lo que he hecho mal fue por haberlos cruzado.
Rebecca Hasselbach
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Mensaje por Nicholas E. Helmuth el Sáb Oct 17, 2020 8:44 pm

Tuerzo el cuello al ladear la cabeza para observarla con esa mirada que indica muchas cosas, la primera que si ni ella misma cree poder meterse en su propia mente, nadie más lo hará por ella. No es posible a no ser que un legeremante penetre en lo más profundo de su cabeza para sacar de esta los recuerdos olvidados, aun así se sentiría como hacer trampa, y uno no puede hacerle engaño a sus sentimientos. Si algo he aprendido en mis años de buscar y perder, es eso. Se siente un poco así, cuando asegura que soy frío a la hora de expresar y todo lo que tengo para jugar a mi favor contra eso es que pese a lo perdido, pese al tiempo que pueda pasar después, sigo poniendo un pie delante y continuo abriéndome a las nuevas experiencias. Cuando todos me tratan de sensato, de tener la cabeza sobre los hombros y saber distinguir lo que está bien de lo que está mal, también puedo llegar a ser muy necio y cegado a las caídas. —No, sabes que yo no podría— no era personal la pregunta, pero la respondo como una porque no creo que estemos aquí para hablar de generalizaciones —. Si hubiera podido ocultarlo, el recuerdo que te mostré no existiría, tu rechazo no se hubiera sentido tan fuerte, cuando te expresé mis sentimientos hacia ti, te mostré un lado vulnerable de mí, uno que nadie había visto, ni siquiera mi familia. Uno no es bueno callando lo que siente hacia las personas indicadas— no me cuesta confesarlo, después de todo, mi orgullo no está intacto desde entonces.

Puedo ver la frustración que le provoca lo desconocido, para alguien como Rebecca que vive de los hechos pasados, de los recuerdos, saberse en desventaja con esto tiene que sentirse como una puñalada por la espalda, sino es directa al corazón. Escuchar que me cree de alguna manera consigue que relaje la tensión acumulada en mis hombros, esa que libero al suspirar en vaciamiento de mis pulmones, pasando a prensar mis labios. No voy a decirle que no tiene por qué significar nada, cuando está claro por los escritos de las páginas que está lejos de ser un encaprichamiento ocasional, no es algo que pudiera ocurrírsele un día por aburrimiento, sino que es real, lo que sintió lo escribió en esas páginas y es real. No sé como sentirme al respecto, supongo que tengo que darle la razón cuando las facciones de mi rostro permanecen entumecidas, a diferencia de las suyas que abarcan un abanico amplio de expresiones. Y no es que yo no sienta, porque lo hago, pero no se siente correcto, no es lo justo hacia todos esos años en los que me dediqué a acumular rencor bajo la piel, como un desperdicio de mi energía y de mis sentimientos hacia ella, cuando todas las respuestas estaban en un cuaderno que todavía sostengo entre mis manos.

Lo cierro, alzo una de mis manos cuando me apunta con la varita y por un momento mi mente se nubla y no tengo la menor idea de lo que pretende hacer. —Rebecca…— ambos llamados son de advertencia, ella por lo que pueda hacer y yo por lo que le permita, porque sí sé como funciona esto, nada más llegar lo comprobamos. Ella exige, a lo que le sigue un «no» de mi boca, estalla y yo me dedico a mantener la calma, como un fuego artificial explota para luego caer despacio en el cielo. Bajo lentamente la mano cuando proceso bien lo que quiere hacer, por mucho que sus palabras pidan que no la deje hacerlo, creo entenderla como nunca recuerdo haberlo hecho antes y la postura que toma mi cuerpo, calmada al tomar aire por la nariz, es una respuesta en sí misma. —Puedes hacerlo— no es cuestión de que quiera o no, de que yo la deje o no, es de que puede, de que siempre ha podido cuando se trata de recuerdos.
Nicholas E. Helmuth
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Mensaje por Rebecca Hasselbach el Sáb Oct 17, 2020 10:05 pm

Si ya lo hizo una vez, si ya me mostró su lado vulnerable, no tendría que darme permiso para que vuelva a hurgar en este. Si sabe cómo esto acabará, no tendría que hacerlo, no debería darme permiso para que pueda volver a lastimarlo. —Si hubieras dicho que no, lo habría hecho de todas maneras. Necesitaba que dijeras que no, que vieras y sintieras que soy alguien que sigue cruzando límites— se lo confieso, —y entiendas que no soy la persona a la que debas mostrarle tu lado vulnerable— murmuro, mis ojos son los primeros en hundir su filo azul en él. —Estás dándome permiso para entrar a tu mente, estás dándome permiso para que irrumpa en tu espacio más íntimo, cuando sabes bien cómo soy— la varita sigue firme, mi muñeca no tiembla al apuntar su frente a una distancia que nos hace parecer inmensamente lejanos y se acabará en nada. —Sabes que no me muevo amablemente, no esperes que lo haga en consideración a ti— musito, —quizás mostrarte lo mal que puede hacerte que me dejes entrar a tu mente, logre que no vuelvas a darme ese permiso— y no quiero, hay personas que he mantenido fuera de mi alcance para que estén a resguardos de mi atropello, él está entre esas personas. —No esperes que luego diga que lo siento, tampoco lo haré— todos los términos claros, sabrá a qué atenerse cuando salga luego de causar la herida.

Porque lo hago a propósito, irrumpo en sus recuerdos más recientes, en el momento en que se levantó de la mesa en la que leía para decirle a su esposa que vendría a verme, en los instantes breves de la rutina de cada día en los que conversa con su hijo en la cena, cuando se acuesta al lado de su esposa a la noche, en la comida que comparte con sus hermanas y los hijos de estas, él sentado en la cabecera, hago un repaso de todos esos rostros y lo obligo a mirarlos también, tiro con fuerza de estos para aventarlo a los recuerdos en que está solo viendo crecer a su hijo, me ensaño con el momento oscuro en que se escuchan los gritos de su anterior esposa al dar a luz, lo obligo a atravesarlos, y lo aviento de vuelta al último domingo que compartió con su familia, uso el rostro del niño rubio que yo misma reconozco como el hijo de Phoebe, luego el de su hijo hablándole, lo saco de ahí para ir hacia el lugar que nos interesa visitar y al que solo podíamos llegar luego de cruzar todo lo anterior. Lo haga caminar por aquel momento en el pasaje en que un joven Nicholas besó a una Anne Ruehl que lo empujó con desprecio, escéptica a su declaración de sentimientos. Lo arrastro a mirar los rostros de sus hermanas en ese entonces, la de sus padres incluso, el ceño juzgador de Agatha Helmuth cuando me miraba pasar por la acera y tenía que bajar la cabeza. Lo coloco en cada una de esas cenas en que los dichos sobre los Ruehl nos dieron la forma de sus enemigos, golpeo con fuerza cada una de las puertas de esa casa para que las habitaciones queden a la vista y en ninguna me encuentro, no hay sitio oculto de su mente en el que se nos pueda encontrar a los dos.

Mi muñeca cede, me retiro de su mente lentamente, lo hago así para poder seguir azotando paredes con mis puños, haciendo que todo se sacuda y entienda que dejarme entrar implica hacerlo consciente de cada cosa que todavía le sigue afectando, entonces puede que comprenda de una buena vez, que no debe venir cuando le llamo si lo único que hago es arrastrarlo al pasado conmigo. Pero los ladrillos caen, los muros gruesos también se desmoronan, nunca creí tener la fuerza como para conseguir que todo el caos que puedo causar, haga que los amores olvidados sean recordados, encender una chispa de fuego al agitar cenizas, ver alzarse imperios entre las ruinas. Y vernos creyéndonos invencibles, conquistadores de lo imposible, verme en el mismo dormitorio que visité hace unas semanas en su memoria tomando posesión de su cama, de su cuerpo, despojándolo de su ropa para arrasar sobre su piel con la misma intensidad de las palabras que perduraron en mi diario, ver su rostro, ver su rostro y no poder recordarlo, sentir lo que sintió y que sea una sensación prestada, robada de su mente, aunque pueda jurar que puedo sentir lo que sentía Annie al atrapar su rostro con las manos para tomar de sus labios todo el amor que quiso, necesitó y deseó.
Rebecca Hasselbach
Rebecca HasselbachMinistro de Defensa

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Mensaje por Nicholas E. Helmuth el Mar Oct 20, 2020 2:23 pm

Lo sé, todo lo que dice lo sé, soy consciente de cada una de sus palabras como si las estuviera diciendo yo mismo, pero como también lo soy de que no importa mi negativa en esta relación que he aprendido es un tiro y afloja donde uno dice «no» y el otro hace lo contrario, no encuentro un motivo real por el que negarme a un pedido que, en realidad, me tiene tan al borde de las expresiones como a ella. Y teniendo en cuenta que siempre me consideré una persona de emociones sujetas, el que me encuentre tratando de calmar la picazón de esa curiosidad por los recuerdos que compartimos es una señal en sí misma que me indica que no importa cuántas veces sacuda la cabeza, mi respuesta interior grita que también tengo derecho a conocer lo que ninguno de los dos reconoce al leer las páginas de un diario viejo.

Pero no diré que es fácil permitirle entrada a mis recuerdos sin oponer ninguna clase de resistencia, cuando el sentirla dentro de mi cabeza, recorriendo momentos desde los más cotidianos como la misma cena de ayer hasta otros más profundos, me obliga a resistir la tentación de sacarla de una sacudida para no volver a darle paso. Porque duele, quema y desgarra el tener que revivir imágenes con todo el dolor que causaron, sentir que el tiempo en realidad no cura las heridas más intensas cuando puede venir alguien como Rebecca misma y atacarlas de nuevo, haciéndote sangrar una vez más. Me veo a mí mismo esperando en el pasillo a la espera del nacimiento de mi hijo, que a causa de las complicaciones me impidieron acompañar a mi esposa en uno de los momentos más duros de su vida, que también acabarían con esta. Lo siento todo como si lo estuviera viviendo de nuevo, al tomar a Oliver por primera vez en brazos, cómo la mayor paradoja existente al sostener vida teniendo tan cerca la muerte. Se intercalan con momentos sueltos de mis hermanas con sus propios hijos, compartiendo paseos en un parque que reconozco bien por haber usado los mismos columpios, un poco más nuevos, a su edad.

Pestañeo y con eso los años pasan, pero no hacia delante como es lo propio, hacia atrás mostrándome una versión más joven de mí mismo, una que diría no recordar si no fuera por las fotografías en mi casa que me lo demuestran. Vuelvo a sentir el golpe de la mano de mi intrusa sobre mi rostro como lo reviví en el pensadero, quizá más intenso al tratarse de mi propia cabeza y no de un pozo donde hundir tus pensamientos. Veo cómo los golpes se convierten en miradas y las miradas en gestos, y observo también cuando estos últimos pasan de contacto a transformarse en caricias, siempre ocultas, tanto como para haberse colado en mi propio inconsciente todos estos años, obligándolas al olvido. Pero no siento que pueda olvidar cómo del amplio pasillo me cuelo al dormitorio, no solo, sino que tirando de su muñeca hasta cerrar la puerta detrás de nosotros para llevarnos a mi cama los secretos. El secreto de cómo la toco para descubrir su piel bajo la ropa, sin perder un momento el contacto con sus labios, sobre los cuales me río al tirar de su camiseta para después tenderla sobre las sábanas, rompiendo con todos los esquemas de lo que había sido alguna vez como hijo modelo.

Las paredes a nuestro alrededor se derrumban como lo hace también la imagen de nosotros cuando obligo de un tirón a que Anne Ruehl salga de mi cabeza. El corazón me palpita a tal velocidad que lo escucho dentro de mi cráneo y por un momento pienso que todavía no se ha acabado, que seguimos en esa habitación de puertas cerradas y cortinas corridas. Necesito aire, así que es lo que busco al apartarme de un movimiento brusco que me aleja unos pasos de ella, dándole la espalda cuando paso a barrer mi rostro con mis manos y el suspiro de haber permitido tal ejercicio con mi mente indica el cansancio repentino que me abruma. Y no sé si es cansancio tanto como enfado, molestia, enojo, cólera, todas las palabras que hagan referencia a este estado me parecen pocas, por no decir suaves y también indescriptibles a cómo me siento en el momento. Tanto que no puedo hablar, anulo mi capacidad para articular palabra al mirarla con labios prensados y ceño arrugado, blanco, respirando con fuerza.
Nicholas E. Helmuth
Nicholas E. HelmuthMinistro de Salud

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Mensaje por Rebecca Hasselbach el Mar Oct 20, 2020 7:24 pm

Fuera— susurro al apartar mi varita de su frente y bajar mi brazo que cae inerte a un costado de mi cuerpo, puede que sea yo la que estuvo hasta hace nada tocando todos los espacios íntimos de su mente para encontrarnos a nosotros mismos, pero soy quien le pide que se retire. —He conseguido de ti la respuesta que quería— digo, revistiendo a mi voz de una dureza que también le devuelvo con la mirada. Me duele cada nervio del cuerpo al cruzar la distancia que hay entre la baldosa segura sobre la que estoy parada y su semblante al que debo dar cara cuando le arrebato el cuaderno azul de sus manos, rodeo el escritorio para ir hacia la ventana que está detrás y la abro de un tirón. Arrojo el diario con todas mis fuerzas, deseando que se hunda en la piscina, que la tinta de sus páginas se derrame y se pierda entre hojas mojadas de historias que, como todo en el tiempo, se desvanecen. Lo único que dejan son recuerdos, algunos que no llegan a pertenecernos del todo. Puedo recoger estos también para que duelan lo que tienen que doler, pero lo que no haré será permitir que el presente me hiera donde ya dolió. —Era todo lo que quería— reafirmo, tan altiva como puedo ser, —no hay más.

Pero al decirlo lo hago buscando que sus ojos me digan que tan afectado se encuentra, lo pongo a prueba al acercarme para que su rostro quede sobre el mío, severo por mi entrecejo fruncido que me hace parecer molesta, solo otra manera de ir empujándolo. —Amas a tu esposa, lo he podido ver, lo he podido sentir, como no podía ser de otro modo tratándose de ti. Porque tu amas, amas, amas— lo vuelvo un canturreo que sale de mis labios curvados con amargura, —y yo nunca he sabido qué hacer con el amor— lo reconozco con un susurro que sigue sosteniendo esa sonrisa, —así que vete, te quiero fuera de este despacho, de esta casa y de mi vista. No quiero volver a verte, si te cruzas conmigo quiero que apartes la vista. Porque pasaré de ti, no volveré a llamarte. Y si te llamo, por todos los cielos, deja de venir— ordeno, ruego, todos los tonos se mezclan en mi voz que se escucha exasperada. No estamos rondando los veinte años como para que mis manos impactando en su pecho vuelvan a marcar la distancia que le pido, este es el peor momento para que siquiera las puntas de mis dedos lo rocen. —Eres un buen hombre— murmuro, —pero que sobreviva con recuerdos no quiere decir que acepte de ti el eco que quedó de un sentimiento y te obligue a escucharlo también—, con todo el cuidado que debo, coloco mi palma sobre su pecho, tiembla y no hay manera de que se lo oculte. —Sé hacia donde late tu corazón, va hacia tu esposa, así que no demores tu tiempo aquí. Un recuerdo es solo un recuerdo, eso es todo lo que soy—, eso es todo lo que puedo ser en las personas que creyeron conocerme alguna vez.

¡FUERA!— grito sacando toda la fuerza de mi voz desde el fondo de mi garganta, —¡TE QUIERO FUERA DE AQUÍ!— decirlo se siente como si todas las mujeres que he sido, con todos los nombres que me he presentado, sea Anne o sea Rebecca, me hacen plenamente consciente de quien soy, de que esto es lo que hago y en reconocerme hay cierta paz, en gritar quien soy. Pese a que conozco qué ocurre cuando lo grito, que un recuerdo no me engañe, que ni por un momento llegue a confundirme, que haber rememorado con tanta intensidad lo que es amar a alguien y que el verdadero gozo sea saber que también pude ser amada, no me lleven a creer que hay algo distinto a quedarse sola luego de gritar quien soy. —No quiero volver a verte— murmuro, no quiero hacerlo después de todo lo que vi, no quiero que el recuerdo sea inoportuno a nuestro trato presente como extraños a lo compartido, —en lo que me reste de vida, espero no volver a verte— así que robo un último segundo para mis ojos se despidan de los suyos y deje de perder su tiempo aquí.
Rebecca Hasselbach
Rebecca HasselbachMinistro de Defensa

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