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I'm only a woman with a candle to guide me • Edward J.  IRh8ZNT
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I'm only a woman with a candle to guide me • Edward J.

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Mensaje por Anne Ruehl el Lun Oct 12, 2020 1:41 am

Octubre,
sábado a la tarde/noche


Paso las puntas de mis dedos por la madera pulida del mueble y reviso cada uno de sus cajones tirando de cada manija con una fuerza medida, la necesaria para poner a prueba la calidad del escritorio que ocupará el lugar de otro que me encargué de que se redujera a astillas, en un patio de malezas que necesitó de la misma limpieza que el resto de la casa en el distrito dos. Pero mi atención se la roba el armario que está dispuesto a un lado, a juego con la mesa, se nota que el mismo tallador hizo los arreglos y me acuclillo delante de su puerta al descubrir que la trama en la madera dibuja el paisaje de un bosque en el que puedo identificar algunos animales por sus rasgos más característicos, mis dedos se detienen en la espalda recubiertas de espinas de un pukwudgie, entre estas espinas se encuentra su carcaj con flechas y su arco está en reposo a un lado de su cuerpo. Protectores, guardianes de los lugares vulnerables. «Guardar un secreto es proteger, proteges a tu familia guardando sus secretos», escucho el susurro de la voz de mi madre, amortiguado por la almohada en la que se reposaba su cabeza al unir su frente con la mía, «eso te hace la guardiana de esta casa». Y un día esa casa ardió, con la furia de mi padre, también la mía.

Es un armario esvanecente— me explica la muchacha que lleva rato siguiéndome sin decir palabra, por mis escuetas respuestas entendió que no había necesidad de una conversación, ni de persuadirme a comprar nada, porque eso es lo que he venido a hacer. Asiento con mi barbilla, señalo ambos muebles para indicarle que me los llevaré con los otros elegidos y la dejo encargarse de estos mientras voy hacia  la caja donde espero ver a la mujer que me echó un vistazo al entrar, me llevo una sorpresa al encontrarme con el director del Royal detrás de un mostrador muy distinto al de su despacho en la escuela, o eso imagino, son pocas las razones que tendría para visitar el Royal y los problemas en los que se mete Maeve siguen sin serme notificados, su padre sigue siendo su tutor como corresponde, así que deben hacérselas llegar a él. —Jenkins— lo saludo, —¿aburrido en un fin de semana?— consulto por ser sábado, tarde, falta poco para se acabe el horario comercial y asumo que es de los dueños que comprueban las cajas antes de que se cierren por desconfianza a sus empleados, en el norte todo se reduce a términos de desconfianza, lo raro es que alguien confíe. No es que haya tomado su apellido en coincidencia con el cartel del local para saber que es uno de los dueños, simplemente la riqueza en Neopanem destaca los apellidos beneficiados sobre los otros. Lo miro con perspicacia, la fortuna de los Jenkins no es lo único que sé sobre el hombre que tendría que estar trabajando en el departamento a mi cargo. —¿O aburrido en general de las listas de estudiantes y currículas? ¿Se puede reemplazar tan fácil la adrenalina que trae el trabajo como cazador?— pregunto, por haberme parado ante él alguna vez, cuando todavía ejercía. El mundo era distinto, las posiciones enfrentadas.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Edward D. Jenkins el Mar Oct 13, 2020 2:48 am

Con todo lo que está pasando en la escuela he decidido tomarme un descanso del trabajo el fin de semana, que de por sí es libre, claro, pero para poder estar en paz sin revisar papeleo de ningún tipo me subí al primer tren que se me cruzó y vine al distrito que una vez fue mi hogar, el distrito 7. ¿Por qué tomé tren y no traslador? Sencillo. No quería dejar encargada a Trina con alguna de mis primas, siento que nadie la trataría tan cuidadosamente como lo hago yo. Aunque el chiste me salió caro, ya que para subir mascotas en cabina tuve que pagar varios galeones extra. En fin, lo vale. O al menos eso pensaba hasta que llegué a casa, donde la cara de mi madre dijo más que mil palabras acerca de tener un perro en su casa. Pero es que no está viendo todo el panorama: Para mí Trina es como mi hija, así que vendría siendo en ese sentido su nieta. Por supuesto que esta analogía no se la mencionaré nunca, a menos que quiera terminar con todo y maletas de vuelta en la entrada de mi casa del Capitolio.

El viernes por la tarde resulta relajante. Regresé a mi viejo cuarto, el cual sigue intacto. Las paredes están impregnadas de recuerdos bonitos, y al mismo tiempo, dolorosos. Así que decido salir a ayudar con la tienda antes de que la depresión me inunda por estar mucho tiempo encerrado ahí. Usualmente mis papás se dan vueltas por la tienda, aunque no como antes, la edad les gana a ratos. Pero esta semana soy yo quien está atrás de los empleados y supervisando que todo vaya en orden, que puedo darme el lujo de estar más relajado cuando me doy mis vueltas por la sucursal del Capitolio, pero no aquí en el 7 donde mis padres son demasiado quisquillosos.

Después de un rato en la tienda he tenido suficiente, pero el cierre está cerca y hay que hacer el corte de dinero en la caja, así que sin más me aparezco atrás de las cajeras, que me miran más que nerviosas. Es como si siguiera en la escuela... Una voz me corta los pensamientos y me hace apretar los labios, para forzar una sonrisa sencilla. — Ministra. — Devuelvo el saludo de la forma más política que encuentro. — Oh, solo estoy variando un poco mis ocupaciones, para mantener todo interesante. — De nuevo sale aquella sonrisa que dedico cuando debo y no cuando quiero, hay que mantener relaciones buenas con todos en el ministerio, aunque su siguiente comentario hace que se crispe un poco. — La adrenalina de ser cazador es algo que no puedo decir que extraño. — Respondo con honestidad. Creo que es sabido el por qué dejé el escuadrón, al menos entre algunas personas del ministerio. — Aunque ser director llega a generar emociones similares. — O al menos es una forma de verlo. — ¿Está en busca de cazadores para reclutar o en esta ocasión solo por muebles?
Edward D. Jenkins
Edward D. JenkinsMinistro de Educación

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Mensaje por Anne Ruehl el Miér Oct 14, 2020 4:28 am

Muevo mis cejas hacia arriba, como si estuviera considerando la manera que tiene de mantener «todo interesante», no es más que un gesto vano, la necesaria reacción a un comentario, ya que no tengo intención en inmiscuirme en los pasatiempos que pueda tener el director del Royal. O puede que sí, al tener en cuenta su pasado como cazador, ese del que trata de mostrarse indiferente. Nadie es realmente indiferente a un pasado que ha dejado un dolor que todos los días late bajo nuestra piel, he sabido de eso por un buen tiempo como para que poder asumir por nada más que su tono, que estaba hablando desde el dolor. —Debe serle extraño hablarme como ministra cuando su trabajo consistía en darnos caza cuando estaba en ejercicio— digo, ¿desde cuándo he bordeado temas? Tiendo a matar cuanto antes lo que está presente causando incomodidad y no es dicho, cuando antes podamos sacarlo del medio, más francas serán las conversaciones.

Y exijo franqueza, no halagos, me basta con que la gente me hable con emociones verdaderas en los ojos, no me inmuto ante el odio, el rencor y el asco, esas son emociones a las que puedo mostrarle mi cara sin inmutarme. —¿Quizás ambas cosas?— lo dejo dicho en el aire para que lo piense. —Vine a comprar unos muebles, entre ellos un armario esvanescente muy bien trabajado, por cierto…— le cedo el cumplido que merece por el negocio que sostiene con toda su familia. —Ya que estoy aquí, ¿por qué no aprovechar para pedir su colaboración a un antiguo cazador?— vuelvo a mirarlo de soslayo, dudo que sus horarios como director de la escuela más prestigiosa de Neopanem tenga más tiempo libre del que pueda dedicar a visitar los locales de Jenkins & Jenkins. Y puesto que nunca he sido suave, ni compasiva con el dolor ajeno, sino que conozco de heridas como para saber que lo mejor es curar la infección sacando la sangre, pregunto: —¿Todavía duele, Jenkins?—. Después de toda, esa infección fue causada por colmillos de licántropo, ¿no?
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Edward D. Jenkins el Vie Oct 16, 2020 12:23 am

Hago un esfuerzo por no poner los ojos en blanco con su comentario, ¿Qué intención se supone que tenía? — Para nada, soy de los que apoya la decisión del ministro de magia de incluir a las criaturas mágicas. — Una respuesta casi mecánica, de esas que se tienen preparadas en el bolsillo para este tipo de situaciones políticas. No es del todo falsa, pues prefiero que, específicamente los licántropos, se mantengan donde los tengan vigilados para que la historia de mi Anne no se repita nunca. — ¿Qué hay de usted? ¿Le parece extraño estar parada ante un ex-cazador? — Le devuelvo la pregunta con la misma simpleza que usó para hacérmela en primer lugar. No me gusta hablar de mi historia en el escuadrón, ni en el de aurores ni en el de cazadores, es algo a lo que prefiero no volver y que mantengo sepultado en una de las cajas fuertes que tengo en mi casa o en la oficina, atrapado en un anillo de bodas que hace años que no uso.

Suelto un suspiro con su repuesta bajando la cabeza por un segundo. — Si es por los muebles entonces puedo ayudarla, incluso puedo recomendarle por otro lado unas túnicas de un precioso color esmeralda que encontrará en el departamento de ropa. — La promoción nunca está de más. — Ahora que con el tema de reclutamiento... Me temo que no soy más que un humilde profesor ya. — Director, para ser preciso, pero se entiende el punto. — Pero estoy seguro de que los próximos a graduarse de la especialización de defensa le darán trabajo en un futuro no tan lejano. — Esto último lo digo con amargura, aún no puedo superar la nueva reforma.

Sonrío con satisfacción cuando halaga el trabajo de mi padre y asiento con la cabeza lentamente a forma de agradecimiento. Aunque el gesto no dura, en cambio, se endurece con brusquedad. Casi nunca me permito esta clase de expresión, mucho menos en el trabajo, pero esta parece ser una ocasión especial. — En verdad que no le gusta irse con rodeos. — Tono neutral, aunque mi cara es rígida. — Dolerá hasta el día que me muera. — Me limito a contestar, sosteniéndole la mirada. Pasados unos segundos desvío los ojos y me permito recuperar la compostura, mi cara se suaviza. — Pero esos son temas que no me gusta tocar, debe entenderlo, nunca es fácil regresar tan bruscamente al pasado. — Alzo una ceja. — ¿No le pasa lo mismo?
Edward D. Jenkins
Edward D. JenkinsMinistro de Educación

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Mensaje por Anne Ruehl el Vie Oct 16, 2020 2:02 am

Juzgo que tan sincero es con su aceptación a las criaturas mágicas dentro del ministerio, mi mirada buscando en sus rasgos esos leves indicios que delatan la hipocresía de las personas, ni ministros, ni jefes de departamentos, ni directores están exentos de la hipocresía necesaria que les asegura sus puestos. —Es satisfactorio— lo digo honestamente, por chocante que sea, serán estas las respuestas a las que deberán hacer frente, poniendo a prueba en todo momento la afirmación que hacen de aceptar a las bestias. No estamos obligados a devolverles la falsa amabilidad, a desprendernos de quienes somos para tratar de colocarnos a su lado en las fotografías de la prensa que nos colocan en la misma tapa.

Puedo insinuar cierta simpatía hacia el trabajo de quienes lo merecen, simplemente porque valoro el trabajo bien hecho, sobre todo cuando se aprecia el esmero en cada rasgo. Pero es una simpatía que pasa a su lado, no tiene que ver con él. —Prefiero el zafiro— contesto bruscamente para interrumpir la promoción que hace de su negocio, me interesa que la conversación siga un curso, no que se desvíe hacia la banalidad que puede interesar a otras clientes. —De cazador experimentador a humilde profesor,  ¿qué tanto puede cambiar una persona?— pregunto al aire, como si no supiera la respuesta. Puede cambiar como la noche cayendo sobre el horizonte hasta matar el sol, como el negro contaminando al blanco a partir de una única gota, como veneno corriendo por la sangre de nuestras venas.

Y llega, la respuesta que busco, me agrada que la gente tenga cara para hacer frente a su dolor. —Me preguntaba si el cambio era real o si ser profesor es solo una fachada para esconderse— se lo digo, sostengo sus ojos al decirlo, —y lo entiendo, no tiene por qué contestarme a mis preguntas, no son temas que deba compartir con nadie más que con las personas que se merecen su confianza, las cicatrices más desagradables y que no dejan de doler, no se enseñan a cualquiera, se las cubre con muchas, muchas capas— musito, mi tono en un tono más bajo y se podría decir que hasta confidente, así como la media sonrisa que tira de mis comisuras. —Regresar con brusquedad al pasado no es algo que recomiende a nadie, pero en vista de que el pasado camina detrás de nosotros y más temprano que tarde nos encuentra, también puedo decirle que cuando tenga que hacerlo, regrese por propio voluntad al pasado antes de que este lo devore desde atrás. Es una maldita criatura hambrienta, exige atención, sino se la da, lo devora— murmuro, —se lo digo precisamente porque me pasa lo mismo.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Edward D. Jenkins el Dom Oct 18, 2020 1:27 am

No me sorprende su respuesta, pero tampoco me gusta. "Satisfactorio". Pfff... ¿Y qué es lo que puedo hacer yo? Nada, solo sonreirle de la manera más hipócrita que encuentro. — Oh si, me imagino que lo es. — ¿Puedo culparla por ser fríamente honesta? No, pero eso no quiere decir que tenga que agradarme tampoco. Magos y criaturas, no siempre convivimos juntos pero tampoco siempre nos odiamos, ni siquiera nos odiamos por completo, o al menos yo no lo hago. Sí, era un cazador, sí, tengo un pasado con los licántropos que me hace sentir recelo hacia su sangre pero... Ya nada de eso importa. Solo me queda ser lo más político que se pueda con el resto del mundo.

Carraspeo un poco, disimulando mi sorpresa al ser interrumpido de forma abrupta. Si sé algo de atención al cliente es que cuando uno responde así es porque no quiere seguir el rollo típico que se usa para engatusar a la compra de algún artículo. — Mi pasado como cazador ha quedado sepultado, se lo aseguro. Ni siquiera estuve tanto tiempo en el escuadrón, cinco años para ser exacto, interrumpidos. — No me consideraría un veterano en el oficio, aunque lo practiqué en la parte más salvaje, el inicio del gobierno como lo conocemos hoy en día. — Humilde profesor me queda mejor, créame, aunque no sé la opinión del resto del mundo con respecto a eso. — Y tampoco es que me importe tanto. A menos que viniera de parte de mis profesores y estudiantado, entonces tendría que ponerle atención.

Mis ojos se atrapan en los de ella mientras intento sostenerle la mirada, al menos por unos segundos. Se siente como una competencia, como un reto. Rebecca Hasselbach no se anda con juegos, es tajante, y no sé si eso sea algo que me agrade o desagrade, sobre todo cuando pretende sumergirse en una historia que no le corresponde. ¿Debería sorprenderme? No, después de todo es la ministra de defensa, pero hay algo al final del estómago que me hace sentir incómodo con toda esta coincidencia. — Encontré el amor en mis clases, y ahora puedo hacer aún más como director. — Ja, parece que todas las respuestas que doy fueran hechas para entrevista, pero es que no puedo evitarlo, simplemente no puedo hacerlo. — Siendo completamente honesto ya no le veo sentido al ser cazador, podría intentarlo y le aseguro que no sentiría la emoción de antes, ni disfrutaría la adrenalina que trae consigo.

Arqueo las cejas con lo siguiente que dice. — Vaya, parece que comprende a la perfección mi situación. — Respondo hablando un poco más fuerte que ella. — El pasado es una bestia, sí, el mío tiene cara de licántropo como bien sabrá. — ¿No quería rodeos? Pues ahí lo tiene. — ¿El tuyo qué cara tiene, Rebecca? ¿Puedo llamarte Rebecca? Resulta agotador usar formalismos, ¿No le parece? Usted puede llamarme sin problemas Edward, si usan mi apellido siento que le hablan a mi padre y no a mí. — Añado al final con un tono mucho más simple que antes y menos falso. — Tampoco tiene que contestarme si no quiere, es como usted dice, las historias personales son eso, algo que solo nos pertenece a nosotros.
Edward D. Jenkins
Edward D. JenkinsMinistro de Educación

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Mensaje por Anne Ruehl el Dom Oct 18, 2020 3:05 pm

Ladeo mi rostro al pesar sus palabras de la misma manera en que lo estoy evaluando a él, considerando que tan buen recurso podría ser dentro de un departamento que trato de fortalecer y a ratos se sigue tambaleando por sus bases endebles, considero que tan bueno sería tenerle como parte de los que acompañan las decisiones del departamento o si su lugar como director del Royal es la posición estratégica que pueda ser a nuestra convivencia, porque en ese sitio podría ser el aliado que precisamente necesitaría el departamento de Seguridad. Lo único que me temo es que presente las mismas flaquezas que los otros, por eso pongo a prueba que tanto puede resistir a mi avance, qué tanto desprecio puede mostrarme si le enseño la cara de bestia que pocos se atreven a decir que les repugna, les asusta o los inquieta, por temor a no ofender a Magnar. Pero bien que lo hacen a las espaldas, bien que a las espaldas tienen opiniones que difieren a las de Magnar, sin embargo se acomodan con todo desparpajo en los sillones que tienen bajo este gobierno.

¿Por qué es director?— pregunto sin más, —¿por qué ser director de un colegio como el Royal y no ser solo un humilde profesor? Porque escucharle decir que eso es lo que es, me parece una mentira de modestia demasiado evidente que raya en lo grosera— señalo, que se ofenda si quiere, con zalamería lo único que conseguiría son más mentiras que suenan bien, comentarios para agradar, y no busco que quiera agradarme, quiero saber quién es el hombre que tiene a su cargo enseñar a chicos con la misma edad que Black y su pandilla los hechizos que le aseguraran su supervivencia, los mismos que usan Black y los suyos, y que los padres tildan de educación a la violencia, como si un país en guerra no obligara a la violencia. —Hay un tiempo para cada cosa— coincido con él cuando dice no querer volver a ser cazador, —así que no insistiré en reclutarlo—, nunca fue realmente la intención, —pero espero contar con su colaboración en una guerra que usted siendo director y yo siendo ministra, nos coloca del mismo lado. Los cargos obligan…— murmuro, mientras se mantengan, cuando ya no tenga el mío entonces podré desentenderme, pero hasta que ese día no llegue, sé bien en que casillero juego, la pregunta siempre es: ¿los que se supone que están del mismo bando, lo hacen?

Reconozco en mi fuero interno que mi afán por indagar en su dolor se debe a conocer la causa, una que podría tomar en mí su forma, y cuando me mira, me lo pregunto, ¿se está preguntando si fui yo? La sonrisa trepa por mis labios cuando pide permiso para tutearme, es un nombre que elegí para que pueda ser gastado en labios ajeno, así que con un movimiento de mi mano le muestro que puede avanzar. —Puedes abandonar también el «usted»— apunto, pero a usar ese nombre de pila, al tutearme, espero que también sea de los que miran a los ojos cuando me hablan. Y doy franqueza a los que me ofrecen franqueza, así que le contesto con mis ojos firmes. —La cara de un hombre, que ironía, ¿no? Tu pasado tiene la cara de una bestia, la mía de un hombre, parecen las dos versiones de un mismo relato. ¿Cuál de las dos criaturas causó más daño, cuál fue más hambrienta o codiciosa? ¿Ambas?— susurro, en algún momento las secretarias se esfumaron para que esto pueda ser una conversación personal. —Edward, ven, todavía no pagaré, muéstrame alguna de tus mesas para reuniones y tengamos esta charla como se debe— muevo mi brazo para abarcar toda la tienda y que busquemos un espacio en el que no demoremos la atención a otros clientes más impacientes.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Edward D. Jenkins el Mar Oct 20, 2020 2:11 am

¿Grosera? — Pregunto estupefacto. De todas las respuestas que pudo haberme dado, esa no era la que esperaba, y eso me deja un poco fuera de lugar. Así que me tomo unos segundos durante los cuales carraspeo, buscando qué decir. — Bien pues, supongo que no hace falta seguir con respuestas formales que le daría a cualquier otra persona, cuando claramente a usted no le interesa nada de eso. — Y no sé si pensar en ello como algo refrescante o como algo, como ella dijo, que raya en lo grosero. Con un ademán invito a las empleadas cercanas a buscar que hacer en otro lado en lugar de levantar las orejas para escuchar. Así es como nos quedamos solo la ministra y yo. — Ni siquiera quería ser profesor al inicio, para serle franco. Fue lo primero que se me cruzó que tenía que ver con algo que ya sabía, como lo son las criaturas mágicas, y algo que me ayudó a curar. — Sí, puede que en el principio me pareciera molesto, pero después de un tiempo uno entiende lo gratificante que es enseñarle a las mentes jóvenes. — Después de varios años vino el cambio de gobierno y claro que con ello el cambio de director. Se abrió la vacante, me la ofrecieron y la tomé. Y eso es todo. Supongo que pensé que desde este lado podría hacer algo más significativo. — Lo último lo digo apretando los dientes. Es claro que he fallado en eso. — Pero, créalo o no, me gusta mi trabajo. A veces me canso, como cualquiera, pero me gusta. — Aprendo más de los alumnos que de la gente que pueda venir del ministerio, en eso no hay lugar a dudas.

Sonrío de forma leve cuando comenta que no me reclutará, pero enseguida aprieto los dientes. — Creí que era labor de los aurores luchar las guerras y defendernos a nosotros los civiles. — Sí, me incluyo en ese grupo. Aunque no sé si fue el comentario más inteligente que pude haber hecho. — Puede estar segura de que mi lealtad está con el gobierno del ministro de magia. — Respondo sin más. No quiero sumarme más problemas de los debidos, y aún así... — Aunque con la nueva reforma educativa no puedo decir que vaya a ser necesario tenerme en la batalla, ¿No cree? — La pongo a prueba. No digo en voz alta no estar de acuerdo, ella podrá interpretarlo así si quiere, pero no hay nada en el aire que pueda culparme de esto.

Un hombre... — Repito para mis adentros. — En verdad que peca de irónico. — Me limito a contestar esbozando una sonrisa fría. — No me gustaría entrar en una competencia para ver quién sufrió más, estoy seguro de que tienes tu propia historia. Pero con gusto te puedo mostrar las mejores mesas. — Le digo al tiempo que me adelanto para indicarle el camino. Nos guío a través de las partes abiertas de la tienda donde se exhiben los muebles hasta llegar a la zona de cosas para un estudio. — Tenemos muchos muebles con adornos, y otros más simples. Prefiero estos últimos, pero no puedo evitar fijarme en las mesas con pequeños detalles. Como esta — Le indico señalando una mesa casi al fondo de la tienda, que se encuentra exhibida con cuatro sillas a juego. — Es de caoba, tallada a mano. — O a varita, como quiera verlo. La mesa es circular, y en el borde tiene tallada una historia. La historia de una familia que se ve en la necesidad de enviar a su hijo lejos solo para luego reencontrarlo. Me atrevo a decir que mi padre ha tallado esta. — Discreta pero elegante, ¿Qué opinas? — Cualidades que creo muy bien le irían a la ministra, pero este es un comentario que reservo solo para mí.
Edward D. Jenkins
Edward D. JenkinsMinistro de Educación

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Mensaje por Anne Ruehl el Mar Oct 20, 2020 3:51 am

Claramente no me interesa— reafirmo ese punto, —para discursos políticamente correctos tiene los que pueda dar en actos escolares— señalo, por no decir que esos también son bienvenidos en ciertas oficinas del ministerio, decir lo correcto le asegurará que se le diga el trato de aliado y no se moleste en la silla que ocupa en el Royal. Si bien el mismo Magnar Aminoff es de la opinión que prefiere que le seamos francos por lo que me dio a atender en nuestra última reunión privada, aunque al tener que elegir con qué palabras definir lo que esperaba de mí, franqueza no fue una de estas. Hombres, lleven el traje que lleven, incluso sin traje, por mucha trayectoria que hayan tenido en campos que requerían que se mostraran prestos a la acción, demuestran que su fuerte estará siempre en palabras tras las que tratarán de escudarse, más por esconderse que por protegerse, en vez de actuar. Por eso celebro con una sonrisa que el escudo de palabras vanas del director Jenkins se resquebraje para que me enseñe un poco de su franqueza.

Aunque no sería la primera vez que alguien empeña un poco de esta para volver a sus frases camufladas, así que me cuido de a dónde dirige sus palabras, tomo lo que me ofrece como sincera motivación de sus acciones y lo uso para ir delineando al hombre que es detrás del rótulo que puede impresionar, también de la cara. —Curar, hacer algo significativo, disfrutar de lo hace… ¿se da cuenta que nada de esto tiene que ver con ser profesor? ¿Qué ser profesor es solo la fachada para lo que fue su propio proceso de sobrevivir?— apunto, escarbando por lo bajo de toda etiqueta, de lo que pueda decir la puerta de su despacho en el Royal, estoy retirando con mis uñas todo el follaje muerto que suele acumularse sobre los cadáveres olvidados en los claros, estoy rascando la superficie para que quede a la vista las emociones enterradas que a veces da miedo dar nombre.

¿Eso es lo cree habiendo sido cazador?— inquiero con una abierta estupefacción. —Siendo director y teniendo a cargo cientos de vidas de niños y adolescentes, ¿puede tener cara para decirme que parte de esa seguridad no es parte de su responsabilidad?— no me molesto o sí, la sonrisa que tuerce mi boca no es amable, costó tener esa charla con los otros ministros y aunque ellos dijeron haberlo considerado también, tomo la demora de su puesta en práctica por reticencias como esta, del mismísimo director del Royal. —Se equivoca, Jenkins. Es director de una de nuestras escuelas, de las vidas que esta guerra trata de proteger del avasallamiento que los rebeldes vienen haciendo en el norte, en el distrito nueve que ya fue tomado y como supongo también se habrá enterado, asaltaron el mismo ministerio, el supuestamente inaccesible departamento de misterios. Déjeme aclararle que ninguno de esos avasallamientos se dieron con granadas de flores. ¿Qué clase de responsabilidad ejerce como director si asume que está exento de asegurar la protección de los estudiantes que tiene a su cargo?— se lo pregunto sin más, quizás con un tono agresivo más feroz que mis anteriores provocaciones, el Capitolio seguirá siendo vulnerable, el ministerio seguirá siendo un castillo de escarbadientes, en tanto cada civil crea que pueda seguir desentendiéndose de esta guerra y cuando también lo hagan quienes ocupan puestos de decisión, restará entonces salir a recibir a Kendrick Black con ramos de flores el día que ponga un pie en los distritos del sur.    

Es curioso como…— entrecierro mis ojos al juzgarlo, por sus primeros comentarios de falsa amabilidad que otra persona podría haber comprado así como sus muebles, cualquiera diría que es un sujeto agradable y, sin embargo,… —habla de una competencia de dolores, cuando había creído que dos personas cuando hablan del dolor buscan entendimiento o al menos, no saberse únicos. Pero que mencione una competencia me recuerda que— sonrío en burla a mí misma, he conseguido en este intercambio varias cosas de él, en esta puedo decir que fallé, —hay a quienes les gusta creer que su dolor es único—, y no, no quiero entrar en una competencia, porque son muchas las razones por las que una persona puede sentirse sufrir más que otra, el umbral del dolor es distinto para cada quien, y también, fue un largo camino hasta este local para venir a comprar los muebles que reemplacen a los de una casa que era el centro mismo de todo mi dolor, para repetir el viejo ejercicio de tocar fondo como solía hacer en conversaciones de un pasado reciente. Aprecio los detalles del grabado en la mesa con las puntas de mis dedos, esa necesidad del tacto para acompañar a los ojos en su examen. —Se ve perfecta, pongamos a prueba si cumple su función— lo invito a que ocupe una de las sillas como dueña anticipada, cruzo mis piernas y apoyo mi brazo en el borde de la mesa al sentarme de perfil. —Debe ser una mesa que propicie las conversaciones para llegar a acuerdos, así como ve, no soy una persona que busque el conflicto por el conflicto. Me gusta poder llegar a un acuerdo conveniente a ambas partes cuando se trata de una persona que me gustaría tener de mi lado— murmuro, lo hago en tono bajo porque hacerlo una confidencia también es parte de la prueba. —¿Te desagrado, Edward? ¿Estás deseando huir de la silla en la que estás sentado?— lo pongo a prueba.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Edward D. Jenkins el Vie Oct 23, 2020 2:19 am

Mi movimiento formal en el ministerio empezó hace dos años cuando tomé la silla del director del Royal. Pero desde antes ya tenía esta actitud y reputación de ser el sujeto fornido con traje y corbata que se manejaba de forma casi impecable. No sé cuándo empezó todo eso. El Edward de 20 años no era para nada así. Era alguien más libre, al que le gustaba sonreír con franqueza y que detestaba estar atascado detrás de un escritorio, mucho menos vestir ropa tan formal, a pesar de la insistencia de su familia. Luego perdí a mi Anne, y empecé a ver todo con una frialdad aterradora. Estaba en un pozo oscuro del que no sabía cómo salir. Hasta que me hice profesor y, poco a poco, me descubrí sonriendo más a menudo con las ocurrencias de mis alumnos. Pero de ese Ed al que está hoy parado, ni idea. Supongo que con el pasar de los años me dejé llevar por la corriente de la gente del Capitolio. Estoy tan acostumbrado a esta fachada que ahora es parte de mí, que el que Rebecca, la ministra de defensa, responda de esa forma, me hace sentir inquieto. Como si no tuviera las respuestas suficientes en el bolsillo para seguirle el ritmo. Y es que no termino de entender, ¿Qué es lo que busca con todo esto?

Fachada o no. Tal vez por aquel entonces fue algo a lo que me aferré para no ahogarme, pero las cosas cambian, la gente cambia. ¿Que fuera la fachada antes implica que lo sea ahora? — Lo único que puedo hacer es rebotarle las preguntas. — Llevo doce años en el Royal, dos he sido director. Aprendí a llevarle el ritmo a los alumnos, sin darme cuenta comencé a buscar mejores formas de explicarles, dinámicas más divertidas y luego me vi compitiendo por un puesto que nunca hubiera imaginado para mí. — Carraspeo un poco al final, ajustándome la corbata. No sé cómo me vi en esta situación dando explicaciones que nunca me habían exigido. ¿Por qué es tan importante la motivación detrás de mi oficio? Las cosas están en continuo movimiento, el pasado es lo que es, el presente se sigue moldeando, ¿Que fuera cazador, sufriera y luego me aferrara a mi trabajo es tan malo?

Tal vez eso no, pero sí mi queja-no-queja acerca de la reforma. — No me refería a eso... — Murmuro. Pero es demasiado tarde y debo tragarme las consecuencias de mis actos y el sermón que viene a continuación. Me remuevo un poco incómodo en el lugar donde estoy parado mientras escucho sus palabras, severas. Es como si me tirara un balde de agua helada en la cabeza. — Por supuesto que los protegería de darse el caso. — Me rasco la nuca haciendo una mueca. — Tal vez no me expliqué bien, lo siento. Defendería con todo lo que tengo a mis alumnos, eso que no quede en duda. Pero involucrarlos en una guerra más profunda antes de que el escuadrón de aurores pueda hacer algo es lo que no esperaría. Eso era todo. — Trato de explicarme, aunque a decir verdad no sé qué tan tarde sea para eso. — Estoy más que consciente de lo que dices Rebecca. — Hago hincapié en esto último, sin mencionar la reforma. Eso solo sería una batalla perdida.

Le sonrío por impulso, siendo esta una reacción meramente política ante la falta de comentarios que tengo. No pretendo ser descortés pero tampoco agradable, al menos no del todo. — Parece que hoy solo estoy cometiendo equivocaciones. — Le digo perdiendo voluntariamente el debate que ninguno declaró tener antes. — No pienses que no tengo empatía, por supuesto que no busco competir por ver quién sufrió más, eso sería grosero por mi parte. Con mutua comprensión es más que suficiente. — Vuelvo a sonreír, de forma más forzada esta vez. Es en estos momentos en que siento que la corbata aprieta de más. Ocupo el asiento frente a ella, con delicadeza. Estoy a punto de alzar las cejas con su comentario, pero me reservo el gesto. ¿Que no le gusta generar conflicto? Es curioso, tomando en cuenta que todo lo que ha hecho es cuestionarme y hacerme preguntas que golpean una y otra vez. No podría esperar menos de la ministra de defensa, claro, pero eso no quiere decir que lo esté disfrutando. Aunque mis intentos por mantener la compostura se rompen con su última pregunta, que me hace soltar una risa, que busco controlar en el momento en el que sale. — Para nada, ¿Por qué huiría de una plática con tan grata compañía? — Mi tono no es sarcástico, aunque en mi cara aún se ve la sombra de mi sonrisa. — No podría juzgarte, Rebecca, por estos cortos minutos de conversación, sería un poco hipócrita de mi parte, ¿No crees? — No sé si hipócrita es la palabra que busco, pero es la mejor manera que encuentro para contestarle. — ¿Acaso te he generado una mala impresión? Sería lo último que quisiera. — Acaricio con la palma de la mano la mesa que nos separa. — Es más, para mostrarte mis buenas intenciones, permíteme hacerte un obsequio. Has venido buscando muebles, ¿No es así? — Le digo fijando la mirada en ella. — ¿Qué opinas de esta mesa? ¿Te parece adecuada para tu hogar?
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Mensaje por Anne Ruehl el Sáb Oct 24, 2020 3:05 am

No— musito, —las personas tendemos a hacer carne de las máscaras que llevamos por años y no nos quitamos— mi voz es un susurro que se extingue, en apariencia dándole la razón a una respuesta que no era en verdad la que buscaba. Sigo rastreando en sus gestos, en sus palabras que tratan de no pasar traspasar ciertos márgenes, en su retirada a tiempo cuando mi acusación le exige una explicación de su parte y la que me da hace que me decida por un poco de misericordia hacia su persona, de la que no suelo mostrar, para abandonar lo que podría ser un reclamo extenso sobre el carácter tibio que lamentablemente muestran algunos de nuestros funcionarios del gobierno. No me corresponde, no tengo que dar a nadie indicaciones de en qué creer y por qué luchar, si al final yo priorizo mis propias guerras sobre las que este mundo se crea por sí solo, como necesidad para su subsistencia.

Le diré una sola cosa, triste, pero cierta…— murmuro, —en cada batalla mueren aurores, se renuevan los reclutas, pero siguen muriendo… mueren, mueren, yo no estoy exenta a ese destino… y muy probablemente no siga viva para cuando esos chicos que están a su cargo, sean llamados esta guerra…— trato de explicarle, —No hay un ejército de miles fuera del Royal que puedan asegurarle seguridad, a esos chicos para que puedan crecer ignorantes de lo que ocurre, lo que hay afuera son mortales. Somos finitos, en número y en vida…— que inesperado tener que explicarle a alguien que sufre aun una muerte, que esta es una circunstancia por la que todos pasan y pasaremos. —Nunca he creído que se proteja a alguien envolviéndolo en una burbuja, se le protege enseñándole a defenderse de lo que hay fuera de esa burbuja…— pero nunca tuve intención de ser maestra, como tampoco ser ministra, no me haría cargo de esta educación que considero fundamental si no fuera porque este puesto me permite colocar sobre otros, que pueden llegar a sentirlo como una imposición, el consejo más básico de supervivencia que le puedo dar sobre la vida.  

Se cometen equivocaciones cuando las preguntas se salen de las respuestas armadas que tenemos— digo, sin negar que son, efectivamente, respuestas equivocadas de su parte, solo las últimas. Podría decir que tuvo un par de aciertos anteriormente que me permiten hacer un retrato de él. —Aunque sean las preguntas más básicas— porque lo son, —y a la vez, preguntas equivocadas— porque no debería estar haciéndolas, culpa de la intriga que pueda causarme un hombre de sus características, antiguo cazador, viudo de una víctima del ataque de un licántropo, actual director, ejecutor de una reforma con la que no parece simpatizar. Y lo miro de frente, pese a que la distribución de las sillas alrededor de la mesa nos coloca de perfil, giro mi torso para poder estudiar su rostro cuando me ofrece su regalo. —Es un hombre amable, Edward— musito, mi sonrisa que buscaba un entendimiento en retirada. —¿Eso es lo que trata de ser para los demás? ¿El hombre que atrae con amabilidad?— indago, mi cuerpo inclinándose sobre la mesa para que mis ojos puedan explorar más de cerca lo que me dice su rostro. —Lo noto, culpa de haberme cruzado en la vida con demasiados hombres que, con palabras amables o palabras arrogantes, las usaban para atraer…— la sonrisa que va llenando mis labios es distinta. —¿Compensas con un regalo lo que crees que pudo haber sido una mala impresión? Eso es muy zalamero, un viejo truco para acaramelar…— ni siquiera lo digo como si fuera una crítica, parece más un comentario con humor. —Mírame, no pienses en tu manera de ser con otros, sino mírame. ¿Crees que soy alguien que tiende a aceptar regalos de compensación?— dejo la pregunta ahí y lo tranquilizo con una expresión más suave. —No, no hace falta que me regales nada, no lo quiero, no es lo que busco— golpeteo la mesa con mis nudillos. —Y la madera no es tan buena, se ve bonita, pero le falta firmeza—. A mi dictamen le sigue un suspiro largo que suelto con mis ojos aún puestos en él. —Mi problema es que soy demasiado exigente, no me basta con la impresión que pueda darme algo, siempre quiero saber del material que están hechos y generalmente, esa exigencia solo me lleva a la decepción. Pero es culpa mía, de nadie más.
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Mensaje por Edward D. Jenkins el Lun Oct 26, 2020 5:50 pm

Me asombra la frialdad con la que habla de los que están a su cargo como ministra de defensa. Lo que dice es cierto, sí, la vida de un auror en esta época de caos político es menor a la usual. Y aún así, las palabras que salen de su boca, la manera en que me explica con condescendencia todo esto me hace creer que para ella las personas son reemplazables. Incluso ella misma. Ni siquiera tengo que creerlo, es lo que dice. Si muere alguien entonces tiene otra opción para hacer el cambio, y así debería ser, ¿No? Pues no para mí... Mucho menos si los reemplazos son buscados en mis alumnos mayores de dieciséis. — Me gusta creer que mis alumnos no están dentro de una burbuja. — Tal vez sí. Muchos son de familias bien acomodadas que nunca tuvieron que sufrir nada, y para los que la vida pasa y ellos van por encima de ella. — Les enseñamos a defenderse.Defenderse.Pero ya veo de donde sale la idea de la reforma. Gracias por clarificármelo, te aseguro que está siendo implementada como se me indicó por la ministra Leblanc. — Y esta vez sí que me esfuerzo por sonreír.

Suelto una risa nerviosa cuando menciona lo de las respuestas armadas. Estoy más que seguro que en el ministerio debe lidiar con situaciones así todo el tiempo, como cada uno de los que nos movemos ahí dentro. Eso no quiere decir que no sea cansado. Tanto personas como yo se cansan de dar respuestas políticas, como personas como ella de recibirlas y devolverlas. — Tal vez deba trabajar en mi repertorio de respuestas. — Me encojo de hombros. — Tal vez no, ya que no son esas las respuestas que busca todo el mundo — Dejo el comentario en el aire pero no busco una respuesta que ya conozco, que me ha dicho desde que llegó. Tampoco quiere decir que Edward Jenkins sea una persona falsa, solo que es alguien que elige cuidadosamente con quien mostrar su verdadera cara.

Estoy a punto de agradecerle por lo que inicialmente creo que es un cumplido, hasta que mi gesto amable, aunque sea por compromiso, se crispa y en cambio le regala una mirada seria. Mis cejas se arquean y no puedo evitar resoplar. — No busco atraer a nadie, pero tampoco veo qué está mal con querer llevar la fiesta en paz con los demás. — Le respondo. — Así crecí, buscando no llevarme mal con nadie que pudiera traerme problemas después. — Después de todo, en la época de los Black eso podría haberme costado el cuello. — Zalamero, tal vez, pero no mal intencionado. No busco conseguir nada de ti, Rebecca, compensarte tal vez, pero solo eso. No me agrada la idea de haber dejado un mal sabor en la boca a alguien más. — Ni siquiera me molesto en responder el comentario acerca de la mesa. No puedo demostrar que me ha importado más de la cuenta. — ¿Es eso lo que ha pasado aquí? — Le pregunto viéndola directamente a los ojos. — ¿Te ha decepcionado de lo que estoy hecho?
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Mensaje por Anne Ruehl el Mar Oct 27, 2020 1:46 pm

Me hago cargo de tomar las medidas que sean necesarias para asegurarme que cada mago y bruja de este lado de Neopanem sepa defenderse con su varita— asiento con mi barbilla, —pero no me des más mérito del que me merezco al creer que la idea surgió enteramente de mí— lo quito de ese error, —nunca es sola persona, no hagas eso de señalar a alguien puntual, cuando somos parte de una misma estructura, tu y yo también— se lo recuerdo, que lo último que necesitamos entre los que peleamos de este lado es tener opiniones que nos hagan desencontrarnos y dividirnos. Es una tarea para la que me he tomado tiempo dentro del mismo departamento de seguridad, tratar de salvar esa divisoria que algunos se empeñan en mantener sobre magos y criaturas. —Pero hay algo que me he dado cuenta— comento, esa es la cuestión de trabajar como ministra, revisar que se ha venido haciendo mal porque sobre eso también se trabaja, —tiene que estar en la próxima mesa en la que se discutan estas cuestiones, claro que no era un llamado que dependiera de mí en este caso, que somos de ramas distintas, pero se podría pedir que en una siguiente reunión que se incluya a todos los que tienen que dar una opinión para dar— se lo aseguro, dudo que sea una promesa que pueda cumplirla, si estoy aquí por razones que pretenden alejarme de esa silla ministerial, pero espero le baste a él para saber que esos son debates en los que tiene derecho a participar. Y si algo he venido a hacer el capitolio tras años de exilio en el norte, es a ejercer los derechos que me fueron negados alguna vez, se trata de eso. —Por agradable que sea su tienda, no creo que sea el lugar para seguir hablando de esto.

Muevo mi cabeza cuando dice que debería cambiar su repertorio, por contradictorio que suene, se lo prohíbo. —No lo haga, manténgalas— murmuro, —tenga ese repertorio a mano en todas las ocasiones, siga escribiendo en este más respuestas correctas— a mi manera, lo estoy instruyendo. —Nunca de una respuesta desde lo que podría querer escuchar el oído de Rebecca Hasselbach— le sonrío al decirlo, —en el mundo en el que vivimos, esa será siempre la respuesta equivocada y se expondrá innecesariamente— si se lo digo es porque hay algo en este hombre que me alienta a querer compartirle parcialidades de lo que conozco, aunque ni el mismo sepa interpretar lo que quiero decirle y se ofenda al tratar de hacerlo. Si bien algunas pullas van deliberadamente para molestarlo, así que su siguiente respuesta me hace recuperar la sonrisa, vuelve a ser auténtica, retraigo mis trucos para incordiarlo. —Edward, me agradas cada vez que das una respuesta franca, aunque sean respuestas que dejan en claro que has perdido el control de la conversación y tratas de recuperarlo— se lo señalo, —creo que tus respuestas correctas tratan de hacer eso, de mantener el control, lo que me da la impresión de que eres un combatiente… de maneras finas— me reiría si no fuera porque podría malinterpretarlo como que me burlo de él y no es la intención. —¿Guante de seda, puño de hierro? ¿Algo así?— hablo al aire. —Si tengo que picarte para conseguir esas respuestas de ti, lo seguiría haciendo, porque necesito saber con quién trato… y las respuestas francas serán siempre las correctas— explico, —pero te diré que es lo valorable y lo que hará que compre esta mesa— no me levanto, no es el cierre de ningún acuerdo, no me estoy despidiendo. —Has sabido quedarte sentado en la misma mesa con alguien que por naturaleza y antecedentes bien podría representar al asesino de tu esposa, es valorable— se lo concedo en un tono mucho más amable, porque tengo el olfato adiestrado y lo que necesito para saber que Edward Jenkins no es carne que merezca que le hunda mis garras.
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Mensaje por Edward D. Jenkins el Vie Oct 30, 2020 3:57 pm

Asiento sin forzar ninguna sonrisa ya. Sé que no solo fue su decisión y que al final fue algo que el mismo presidente decidió aprobar. Supongo que culparlo en la persona involucrada más cercana fue la salida fácil considerando todo el estrés que he tenido en estos días. Mis ojos regresan a los suyos cuando vuelve a hablar y esta vez asiento con más ganas. — Sería algo muy bueno, muchas gracias. — Le respondo con un tomo calmo. — Igual varios profesores, y profesoras, suelen tener ideas de proyectos para este tipo de... actividades extra. — Sí, lo menciono como una actividad extra. Aun recuerdo la actitud de Jolene, su preocupación manifestada como intranquilidad. — Así que sería buena idea que el director esté la siguiente vez que se hagan cambios en la currícula. Gracias por considerarlo. — De nuevo la voz y las frases políticas, dentro de lo que cabe. Pero al menos esta vez las cosas se dan con más tranquilidad que antes. — Por supuesto, podemos dejar el tema para otro momento y lugar más adecuado.

Sonrío al mismo tiempo que ella con su consejo. — Son respuestas a preguntas... inusuales. — Porque no cualquiera se para delante de uno para cuestionarlo, mucho menos para preguntarle cosas tan íntimas que hace años no se mencionan, que terminaron por quedarse en la cómoda al lado de la cama, o en la caja fuerte de mi oficina, en la gaveta izquierda del mueble del baño. — Me temo que no son las preguntas que se me suelen hacer por la gente del ministerio, o colegas en sí. — No es del todo cierto. Hay profesores que me agarran en curva a veces y me mueven el piso, al igual que contadas personas en el ministerio que tienen una elegancia inigualable a la hora de emboscar a uno con cuestiones.

Aprieto los labios cuando vuelve a hablar. No estoy de acuerdo con lo que dice. No compito por el control de la conversación, no, pero espero que hablar con alguien no presente problemas que puedan dejarme en una posición en la que no me gustaría estar. Como hablar desde el papel del viudo al que no le hacen gracia los licántropos, o el director que piensa que la reforma está equivocada. — Un combatiente de maneras finas. — Repito con gracia. — Es la primera vez que se me describe así. — Me quedo en silencio, escuchando lo último que tiene por decir. Aunque la frase hace que me quede quieto, sin siquiera pestañear. — No puedo culpar a todo el mundo por mis problemas pasados, ¿Verdad? Aunque la persona en cuestión sea, en efecto, un licántropo. — Me encojo de hombros desviando la mirada, pero aun quieto en mi asiento. No me gusta ir a ese lugar oscuro de mis pensamientos, Quiero creer que he cambiado. — Pero que bueno que te llevas la mesa Rebecca, no te vas a arrepentir de eso. — Le digo regresando la mirada, y sonriendo de manera leve con los ojos ligeramente entrecerrados.
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Mensaje por Anne Ruehl el Sáb Oct 31, 2020 1:19 am

Apoyo un codo en la mesa para recargar mi mejilla en la palma de mi mano y decido continuar con mi trato franco hacia este hombre, lo que marca una clara diferencia de mi comportamiento habitual hacia este género. Son muchos los prejuicios de los que aún me faltan desprenderme, muchos para que pueda abandonar una primera postura a la defensiva que suelo combinar con un agresivo juego en el que trato de revelar sus intenciones, si Jenkins me hubiera mostrado un ligero indicio de que era tan bajo como ciertos hombres que quieren tener el control del juego, no haría tal cosa como compartirle una reflexión que coloco en el borde de mis labios. —Magos, muggles, bestias, usamos máscaras. El capitolio, en especial el ministerio, es un baile de mascaradas. Me ves a mí con la máscara de lobo, a otro ministro con un elegante antifaz, otros tantos usando caretas bajo las cuáles…— digo, —nuestros intereses dan a más de uno, el verdadero rostro de un animal codicioso— suspiro, —solo soy un lobo olisqueando, inquietando, para saber qué hay debajo de las máscaras…— termino el comentario con una sonrisa que lo cierra como un desvarío innecesario a la conversación, ¿un vago intento de explicarme? Y no creo que llegue a decir nada de mí.

Muevo mis cejas hacia él, puede que me arda la garganta más tarde por el veneno que soy en mi misma, por lo que estoy a punto de decir sobre mi definición hacia él que le sorprende. —Es un halago— contesto, —aunque un halago que nos coloca en extremos muy opuestos de batalla, aunque estemos en el mismo bando—. Si él es alguien de maneras finas, las mías serán siempre bruscas, incluso si me retiro de la pelea, si dejo las armas, si guardo mis manos en los bolsillos, mi boca, mi maldita boca, hará que sea siempre alguien que pelea honesta y bruscamente. —Si es así como piensa, si sabe dónde colocar correctamente la culpa, creo que está claro que pudo asumir y aceptar lo pasado, lo que quiere decir que no me queda mucho más que hacer por aquí— anuncio, incorporándome de la silla que resistió mi peso y la mesa que resistió esta conversación, —por mi parte todavía tengo un pasado que remediar, agradezco los muebles, lo hacen posible— se lo digo aunque no logre entenderlo nunca, cómo el reemplazo de los muebles viejos de la casa en el distrito dos por estos, significaban un antes y un después a todo lo que ha sucedido entre esas paredes. Tiendo mi mano hacia él para estrechársela. —No creo que volvamos a vernos, Edward— me despido, —si es cierto que estos muebles pueden durar cincuenta años, no habrá razón para que vuelva— desprendo mis dedos para poner distancia y regresar a la caja en la que podría haber liquidado esta compra hace un rato. —Será lo mejor, no quiero ser una mala influencia para tus maneras finas— de todo lo que he dicho, puede que sea lo menos ofensivo y al ir a pagar la compra para abandonar el negocio, todo lo que deseo es poder retirarme sin tener que preocuparme por mi espalda al menos en esta ocasión.
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