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All falls down · Phoebe P.

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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Jue Oct 01, 2020 11:21 am

Octubre

Sigrid Helmuth— me presento. ¿Qué? A nadie le sorprendería que Sigrid, entre sus locuras, se le ocurra ir a ver una vidente para responder ciertas cuestiones bastante inquietantes de la familia. Ingrid Helmuth, jamás. Nunca recurriría a una alternativa como esta, a menos que todo se haya descarrilado tanto que no supiera para dónde ir y la mujer que escribe bajo un pseudónimo en el The Guardian, que conoce de la vergüenza de familias como los Weynart que sufren actualmente de tener un traidor entre ellos, ella bien podría escuchar mis inquietudes y mantener la boca cerrada, así como los dedos atados, con una buena paga, muy buena paga, como se lo dejo en claro a quienes pedí el contacto de la mujer en redacción. Bien podría haber optado por un sombrero con velo, como el que usa la adivina y me hace difícil precisar los rasgos de su rostro como para reconocerlos en otra oportunidad, si la viera por la calle. Puesto que deseo que se respete mi identidad, hago lo mismo con la suya, y me acomodo en la silla que queda enfrente.

Dejo mi cartera en la mesa y el nerviosismo evidente en mis dedos, lo disimulo anudando mis manos sobre el mantel. —Es la primera vez que conversa con una vidente y no sé bien cómo funciona esto… no es puntualmente sobre mí que quiero hacer una consulta, sino toda mi familia. Una familia bastante grande, que valoramos mucho la reserva, sea dicho de paso—. Saco del interior de la cartera un cheque que dejo en el centro de la mesa, al alcance de sus dedos, para que ni una palabra de esta conversación salga de este reservado que nos han dado en el restaurante. Las luces de por sí están bajas, ambientaron la sala para que lo único bañado por la luz sea la superficie de la mesa, todavía limpia de cartas, caracolas y lo que vaya a necesitar esta mujer para responder mis preguntas. —No sé qué está pasando con mi familia, pero de aquí a un tiempo se le acercan personas peligrosas. Mi hermano comenzó a trabajar con una vieja enemiga de la familia, de la que mi otra hermana es amiga y en mi caso es mi jefa. Mi sobrino anda en una relación con una muchacha problemática, mi hijo fue seducido por una veela, la misma que ya había seducido a mi casi yerno y terminó por romper el noviazgo con mi hija, mi sobrina tiene amistades que la emborrachan para burlarse de ella, mi hija menor se escapa de la casa y escuché por ahí que hablaba con un fantasma— puesto así, queda claro cómo cada rama terminó por desviarse y no puedo hacer más que sostenerme la frente con una mano. —No sé si habrá algún ¿amuleto? que sirva para ahuyentar a estas personas.
Ingrid C. Helmuth
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Mensaje por Phoebe M. Powell el Lun Oct 05, 2020 5:32 pm

Puedo encontrar en esto una ironía pasada, el que haya aceptado a ver a una mujer insistente en dialogar conmigo, como si fuera la persona indicada para escuchar sus problemas. En otros tiempos esto hubiera sido moneda corriente para mí, empecé así mi relación con Georgia y resulta irónico que sea ella quién insiste que tome esta oportunidad, diciendo así que me interesa lo que pueda ofrecerme. El dinero negro no es algo extraño tampoco, no verás a nadie en el norte que no se mueva entre estos trapicheos que te llevan a pasar monedas debajo de la manga a cambio de material prohibido. Porque sí, algo tan básico como una hogaza de pan puede considerarse ilegal en las manos equivocadas. En el presente no me encuentro en un momento de necesidad extrema, y de estarlo creo que podría apañármelas para encontrar ayuda, así que la razón por la cual acepto a ver a dicha mujer todavía es desconocida para mí. Supongo que uno de vez en cuando puede hacer una excepción.

Espero a que llegue sentada en una de las mesas que han habilitado para el encuentro, mucho más lujoso que los lugares a los que estaba acostumbrada a frecuentar, aunque también cabe decir que en estos casos estafar a la misma persona era la tarea principal de la reunión. —Funciona como una conversación normal— respondo con un comentario que pretende evadir su nerviosismo al llegar, cuando lo hace parecer como si estuviera charlando con alguien de naturaleza no humana. Le echo un vistazo bajo el velo que he escogido para la ocasión, analizando sus facciones y reconociéndolas por la relación que encuentro con su nombre y la idea que tenía de ella en la cabeza. Su hermano es el ministro de salud, compañero de trabajo de mi hermano, de manera que no me cuesta en exceso reconocerla de vista pese a no haber cruzado palabra con Sigrid Helmuth. —¿Quién de todos valora la reserva?— dejo caer con cierto cinismo al encontrar en ella algo que no me cuadra de primeras, no sé si en ella misma o en quién dice ser.

Ya veo...— comienzo, prensando mis labios en lo que la información que recibo de su parte trata de ordenarse en mi cerebro y mi rostro tensado delata que estoy meditándola para hacerme un plano general de lo que le está ocurriendo a su familia. —Por lo que puedo entender... me está diciendo que cree que existe un foco de energía negativa sobre los miembros de su familia, ¿no es así?— describo de otra manera lo que trata de explicarme, usando un término que está lejos de centrarse en la culpabilidad de otros. —¿Qué más puede decirme de esta... vieja enemiga?— empiezo por ahí, no necesito de nada más que su propia voz para comenzar a indagar, se aprende mucho con tan solo escuchar a las personas, llegas a entender mucho de su carácter con solo expresarse, y tengo la sensación de que esta mujer no tiene problema con exponerse tal y como es.
Phoebe M. Powell
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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Mar Oct 13, 2020 12:07 pm

Asiento varias veces con la barbilla, si quiere llamarlo de esa manera para entenderlo en términos de vidente, ¡bien por ella! Ese foco de energía negativa para mí tiene nombre y apellido, unos que esa mujer cubre con otros, es el modo que encontró para seguir estando cerca y teniendo su influencia en nosotros. No creo que todo lo haga con intención, muchas de las cosas sí, que esa mujer tiene malicia en sus venas en vez de sangre, pero hay otras que nos afectan y se dan por añadidura, una desgracia llama a otra es lo que suelen decir. Y por entera, serena y firme que la gente me vea por fuera, toda la vida he sido un cúmulo de nervios que me lleva a alternativas tan desesperadas como esta conversación con la bruja del horóscopo del diario. —Su nombre es Anne Ruehl — digo, que si tiene que hacer algún rezo o trabajo, tengo entendido que debe contar con la identidad de la persona en cuestión, —vivíamos en el mismo barrio cuando todos éramos niños, desde entonces los Ruehl han sido una influencia negativa y perjudicial sobre nosotros. Mi madre tuvo que intervenir para que la desgracia no pasara a mayores cuando esa chica enamoró a mi hermano, no creo que haya sido por razones distintas a la de volverlo en nuestra contra, y consiguió separarlos haciendo que se olvidaran. Puedo decir que desde entonces la vida de mi hermano se encauzó, pero su primera esposa falleció en el parto de su único hijo y eso es algo que hasta el día de hoy me pregunto sí… si no habrá sido… usted me entiende. Se casó hace poco, tras muchos años, y esta vez quiero que las cosas vayan bien para él, así que si hace falta intervenir para que así sea y su matrimonio prospere, lo haré. Pagaré lo que sea— agrego esto que creo que es lo que a ella le interesa.

Tomo una honda inspiración para continuar. —Ese es el comienzo, por ser el hermano mayor, me parecía correcto empezar por él— hago la aclaración, son unos segundos que me tomo hasta reunir el coraje para hablar de mis propias faltas. —Yo me casé con un buen hombre, no hay hombre más bueno que mi marido, pero como si todo en esta familia pareciera condenado a fracasar, apareció otro hombre en mi vida y mi matrimonio casi se destruyó. Tuve el buen juicio y mi hermano supo aconsejarme también, para que una reconciliación con mi esposo sea posible. Han sido casi veinte años tratando de sostener mi matrimonio, pero no lo creo tan fuerte como puede parecer desde afuera…— reconozco, algo tan pequeño podría derrumbar lo que hemos construido por años. —Por esto también, me siento en deuda con mi hermano, es a quien agradezco por salvar mi matrimonio y le deseo lo mismo— le explico, otra respiración profunda para hablar de Sigrid. —Mi hermana menor se casó y tuvo a mis sobrinos con un hombre que luego fue delincuente en el norte y ahora está con los revolucionarios del distrito 9, ese fue el único matrimonio roto en esta familia que agradezco, pero estoy preocupada por mi hermana… nunca volvió a casarse. ¿Por qué ese castigo de un matrimonio con mal destino y nada más?—, si es que no lo entiendo. —Podría hablarle de mi hija que rompió su compromiso con un buen muchacho porque este, increíblemente, la engañó. ¡A mi hija! ¡Que es maravillosa! O de cómo nuestro tío también sufrió la muerte de su esposa siendo ambos tan jóvenes, para nunca volver a casarse. ¡¿Qué ocurre con esta familia, por todos los cielos?!— me impaciento, alzando un poco la voz y suspirando al final de todo.
Ingrid C. Helmuth
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Mensaje por Phoebe M. Powell el Vie Oct 16, 2020 8:57 pm

Se siente un poco incómodo, el estar escuchando intimidades privadas como si fuera alguien completamente ajeno a esta familia, cuando no estaría bien decir que soy cercana, pero tampoco puedo asegurar no conocer a los miembros Helmuth como si no se trataran de la familia a la que mi suegra se ha unido en matrimonio. No es la primera vez que me encuentro ejerciendo de intrusa hacia los secretos de alguien, cuando fue ese mi papel durante mucho tiempo en el norte, dónde los más supersticiosos acudían a mí con intenciones de que pudiera esclarecerles un poco sobre decisiones futuras, llevándome con ello todas sus confidencialidades, como una vieja amiga.

A diferencia de lo que puedan creer, un nombre no dice nada, sin una historia que lo acompañe un nombre es solo eso, un par de letras. Tienen significados, orígenes, pero el verdadero alcance de su expresión lo potenciamos nosotros, sus portadores, y es por eso que hasta que no obtengo una descripción de la persona en particular mi cerebro no juega con las imágenes que el mismo nombre puedan traer. Aun así, hago girar con un movimiento de mi mano la baraja de cartas sobre sí mismas hasta que se van ordenando, de forma que quedan extendidas sobre la mesa delante de ella y, en lugar de invitarla a tomar la carta que desee, dejo correr una hacia su figura sin revelarla. —Es fácil caer en el pensamiento de que son otros ajenos a nosotros los que nos lanzan a las garras del diablo— digo, porque sé la carta que tiene entre sus manos y la figura del demonio personificado no tiene que ser muy complicado de reconocer. —Por cómo lo he entendido en su familia están acostumbrados a localizar el foco de influencias negativas en alguien externo al núcleo familiar, lo que los exime de hacerse con la responsabilidad de sus propias acciones en la mayoría de los casos— creo que no estoy ofreciéndole ni la mitad de lo que quiere oír, así que antes de que pueda abrir la boca para quejarse, chasqueo mis dedos para que la carta entre sus dedos regrese a mí y la vuelvo a mezclar con el resto.

Es sencillo reconocer la desesperación en sus palabras, como he hecho muchas otras veces en los discursos de otras personas, la diferencia es que en esta ocasión no me puedo permitir el lujo de engañarla con la primera mentira que se me ocurra para hacerla sentir bien y marcharme con el dinero, como hubiera hecho en otras ocasiones. No planeo recurrir a ello. —Le diré lo que yo creo que ocurre— apoyo mis antebrazos sobre la mesa, las cartas que quedaron a un lado de la mesa siguen mezclándose por arte de magia, sin apenas molestarse por nuestra charla —No creo que estén malditos, por mucho que lo que me cuenta suene a que hay un largo historial de casos extraviados en su familia— ¿por qué tuve que decir extraviados? Estoy segura de que no es la palabra que le gustaría escuchar en su propia boca, mucho menos de otros. Me apresuro a aclararme la garganta, bajando un segundo la mirada a sus manos, tan tentadoras como el trasfondo de su historia familiar —, pero seguro que ha escuchado hablar del karma.— regreso la mirada hacia sus ojos, haciendo una pausa poco necesaria —Hay quiénes dicen que es una característica hereditaria como cualquier otra, como lo puede ser el color de los ojos o la forma de la nariz, que va adherido a nuestra sangre y se propaga de unos hijos a otros, a través de todo el árbol genealógico familiar.— eso explicaría muchas cosas, no solo el presente con sus hermanos, sino también el pasado, puede que el futuro —Si este no se limpia, sigue pasando de una generación a otra, puede volverse más fuerte incluso, hacerse más presente en nuestras vidas, repetirse de forma que ya no sea parte del azar, sino del destino— sucesos que estén destinados a que ocurran, si se deja escapar.
Phoebe M. Powell
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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Dom Oct 18, 2020 10:50 am

Un momento, ¡¿esta mujer está insinuando que alguien dentro de nuestra familia tiene la culpa?! ¿¿Está insinuando que nosotros tenemos la culpa?? No, no creo que lo esté insinuando, lo está afirmando y por la manera brusca que tengo de tomar aire debe darse cuenta que no me agrada nada que la conversación comience de esta manera, cuando he venido a pedir ayuda y lo primero que hacen es echarme culpas. Me remuevo incómoda en mi asiento, enseñándole una mirada poco amable, de repente escéptica a lo que pueda decirme, cuando soy quien le está pagando una fortuna por cada segundo en el que puede echar sobre la mesa palabras sin sentido, las cartas tendrán algo más interesante que decir y esperaba poder escucharla a ellas. —Puesto que somos una familia de buena reputación como sabrá, mi hermano mayor es un respetadísimo ministro que, a diferencia de los otros, no sufre de ninguna mancha en sus antecedentes como otros que hijos de criminales o cuentan con propio haber de crimenes…— digo con desdén, metiendo a Hans Powell y Rebecca Hasselbach en lo más alto de esta lista, al primero por el estigma que debe cargar por culpa del padre que tiene y a la segunda que hizo mérito, mucho mérito. —Mi esposo y yo hemos sido correctos funcionarios del gobierno toda la vida, mi hermana… mi hermana… tendrá sus cosas, pero jamás le ha hecho daño a nadie. Sus malas decisiones las corrigió al poco tiempo de cometerlas…— yo aquí, ensalzando a la familia, cuando hace un par de minutos arrastraba por el suelo todas nuestras miserias. Es culpa de su comentario que hirió el orgullo que siento por mi familia, ¿cómo puede ser que la culpa sea nuestra?

Me agarro al borde la mesa con las manos, tensando mis dedos, temerosa de la que pueda ser su conclusión general sobre lo que ocurre con los Helmuth. ¿Culpa de quién es? ¿De Nicholas por la vergüenza de sus elecciones en la juventud? ¿Mía por haber faltado a todo el respeto que merece el matrimonio y la familia? ¿Sigrid por haber tenido hijos con un hombre que jamás estaría a la altura de los Helmuth? Tengo miedo de ser el peor de los casos, de que la culpa sea mía, ¡mía! Peca de egocéntrico, también es la inseguridad latente de creerme la peor de todas. —¿Casos… extraviados…?— repito, tan confundida que no logro unir esas dos palabras. —Pero si el único caso extraviado fue el de Kitty— pienso en voz alta. Mi confusión no hace más que agigantarse hasta envolver toda esta sala reservada por la palabra que suelte a continuación. —Lo único que sé del karma es que está estampada en la camiseta de una de las amigas de mi hija, Ginevra. Si tuviera que hablarle de Ginevra necesitaría otra sesión…— suspiro, que no he venido a eso. —Seré clara, nunca me interesó la adivinación. Nunca agarré un libro que hablara de constelaciones y caracolas, nunca. No creo en estas cosas, son pura patrañas para mí y no perdería mi tiempo en leer el horóscopo, pero…— estoy aquí, —estoy desesperada. Porque mi familia se está cayendo a pedazos y quiero poder sostenerla, aunque me rompa las manos al alzarla. Haría lo que fuera por mi familia— soy vehemente con esto, ¿es que nadie puede verlo? ¿Solo yo? Saco mi varita a la vista y la uso para trazar un camino que baja por mi antebrazo hasta las venas de mi muñeca.  —Si me pidiera que abriera un corte y me dejara desangrar, lo haría por mi familia.
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Mensaje por Phoebe M. Powell el Dom Oct 18, 2020 7:22 pm

No voy a decir que es típico de personas como la que tengo en frente, que han vivido entre paños de seda durante toda su vida, el utilizar la situación personal de los otros como recurso para defender su postura, porque tampoco puedo preciarme de conocer a la hermana del ministro lo suficiente como para ser autocrítica, pero sí aprieto mis labios con algo de molestia. —Bueno, creo que ha dejado claro que no estamos aquí para hablar del resto de familias ministeriales... sino de la suya. Ahí está el problema, en que centra el foco negativo en alguien externo y lo utiliza de excusa para no tener que cambiar su actitud ante la vida. ¿No se lo ha planteado? — sí, antes que hacer un ritual para lanzarle un maleficio a personas que probablemente sean ajenas a los problemas de los Helmuth, prefiero dialogar. La gente se confunde cuando cree que los videntes nos dedicamos exclusivamente a maldecir a la gente con un mal de ojo, también escuchamos y aconsejamos. No que todos tomen esos consejos... muchos, como parece que va a ser el caso con Sigrid Helmuth, se largan antes de sentirse más ofendidos por mis palabras.

Intento hacer un segundo esfuerzo, siendo que de verdad no me interesa tomar solo el dinero y marcharme, es más, se lo devolvería si eso la haría creer más en lo que digo. —Mírelo así, se trata de limpiar el karma de su familia, de volver a alinear el orden dentro de ella, hacemos muchas cosas a diario que alteran ese orden, una palabra, un gesto, acciones más grandes— triste como lo más insignificante de la vida puede volverse contra nosotros, si las acumulamos el tiempo suficiente como para volverse una bola que se enfrenta a nosotros y amenaza con engullirnos —Yo puedo volver a mi casa y volcar sobre la persona que me diga todas las desdichas que quiera, ¿pero realmente hará eso una diferencia? ¿No va a ser valiente y tomar el asunto con sus propias manos, hacerse responsable de lo que carga su familia?— ladeo la cabeza, analizándola con mis ojos que penetran a una profundidad que se aleja de lo físico y atraviesa toda puerta que pueda cerrar, porque solo me hace falta adivinar cuál será su respuesta.

Kitty, Katerina, su hija menor. Me dice mucho con la postura que toma con respecto a la adivinación, no es la primera vez que me encuentro con un caso como este, que pese a decir no creer, son los primeros en tomar la silla para sentarse cuando tienen las cartas extendidas frente a ellos. —¿No cree en esas cosas?— la pregunta se la hago más bien al aire, está en todo su derecho de volver a responder que no. —Bien, hagamos una prueba— saco del interior de mi bolso un espejo pequeño que a veces utilizo, no para acomodarme el pelo, ni mucho menos, mi intención al extraerlo está lejos de ser tan material. Se lo entrego y dejo que lo tome, la observo hasta que lo haga, si quiere mirarse en el reflejo puede hacerlo, que se vea a sí misma o al destello de su alma es cuestión de saber diferenciarlo. —Rómpalo, tírelo contra el suelo, deje que se haga añicos— ¿no cree en esas cosas no? Unos años de mala suerte, para ella, para su familia, después de todo lo que me ha contado, no significada nada cuando ella misma ha dicho reconocer que son puras patrañas.
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Mensaje por Ingrid C. Helmuth Hoy a las 2:13 am

¿Excusa? ¿Yo? No me está gustando nada el tonito de esta supuesta adivina, le hubiera dicho a Sigrid que viniera conmigo, no para escuchar lo que esta mujer tuviera para decirnos, sino para impedir que sea yo quien le devuelva las palabras a la boca. Nunca me he tomado a bien las críticas de nadie, en especial cuando empeño mi orgullo en una petición de ayuda por la que pago. —Así como no estoy aquí para hablar de otras familias, tampoco me interesa mucho señalar culpables— digo con desdén, despreciando esa parte de lo que parece ser su tarea, —si el daño está hecho, lo único que me interesa es saber cómo remediarlo— lo encamino por este lado para no tener que escuchar algo que puede disgustarme aún más, en lo posible me gustaría poder retirarme conforme de esta charla y no siendo yo la que lance una maldición sobre esta mujer y tres generaciones de su familia. Quizás todo esto fue una mala, mala idea.

Procuro darle algo de crédito a sus consejos, en consideración al trabajo que me tomé para concertar esta cita, al tiempo que estoy dedicando a escucharla removiéndome incómoda en mi silla, y cuando habla de alinear las cosas, ponerlas en orden, por un momento creo que estamos buscando lo mismo, asiento con mi cabeza para que sepa que tiene toda mi atención… y entonces sus preguntas consiguen un nuevo bufido de mis labios. —Estoy aquí porque estoy tratando de hacerme responsable, precisamente. Lo que no me gusta es el tonito de que alguna culpa debemos tener, de culpa la tenemos mucho como bien se lo dije, así que me interesaría dejar eso a un lado para poder avanzar en lo que se puede hacer para impedir que las tragedias sigan sucediéndose. Porque hasta cierto punto puedo admitir que cada quien carga su culpa, pero cuando es algo que se repite en cada miembro de mi familia, ¡lo siento! ¡Nadie me saca de la cabeza que alguien ha venido a enterrar un sapo muerto en nuestro jardín!—, años de trabajar como auror me han dado cierta experiencias en las malas artes de algunas personas y no quiero señalar puntualmente a los Ruehl, que quizás esto viene desde antes, pero tenerlos como vecinos nunca me dio buena espina.

Tomo entre mis dedos el espejo que me ofrece, desconozco si me lo entrega porque hará de médium y tendremos una sesión espiritista, casi que miro con miedo al cristal a la espera de encontrar algún rostro pálido, faltaba más, como si no tuviera suficiente con la nueva mascota de Katerina que mi marido le permitió… pero no. La miro confundida cuando me indica que arroje al suelo el espejo, ¿será de esas sesiones terapéuticas en que me demostrará que lo roto nunca puede volver a su estado intacto anterior? Sigo dudándolo, finalmente hago lo que me pide, lo tiro con toda mi fuerzas contra las baldosas. Escucho el estruendo de los fragmentos de cristales al bañar el suelo y agradezco que este espacio sea un reservado para que nadie venga a molestar con preguntas. —¿Y ahora qué?— inquiero.
Ingrid C. Helmuth
Ingrid C. HelmuthAuror

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