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Sorry, I'm late again · Sigrid

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Mensaje por Rebecca Hasselbach el Dom Sep 27, 2020 3:46 pm

Principios de octubre

El pasaje estrecho que atravesamos se ve distinto en la noche, a como se veía en el recuerdo de Nicholas. Los muros son más cercanos, una enredadera ha cubierto enteramente los ladrillos y no hay un foco de luz sobre la calle que lo limpie de las sombras negras que nos cubren por momentos, entonces llegamos a su final, la calle de casas residenciales que ambas conocemos bien. Parpadeo un par de veces para decirme a mí misma que esto es real, no la niebla de algún recuerdo, y le muestro una sonrisa a Sigrid por haberme acompañado, aunque no le haya dado muchas opciones a negarse desde el momento en que me presenté en su casa para auto invitarme a la cena con su familia y cuando esta acabó, decirle que necesitaba que fuera conmigo a un lugar sin especificar que era el barrio donde crecimos. Doblo hacia la derecha para caminar la acera que recorrí tantas veces siendo adolescente al ir a la escuela y siento que me atraviesa la figura de aquella muchacha al avanzar, la veo también parada en el pórtico sucio de la casa que increíblemente todavía se sostiene en sus columnas, como muestra de la decadencia es un estado que nunca llega al punto de derrumbe.

Fuiste la única que se animó a entrar cuando eras niña— susurro hacia Sigrid y la conduzco por el sendero de entrada, pisando el pasto que creció entre los adoquines, para desviarme hacia uno de los costados de la construcción, al portón de madera cuyo candado está roto para empujarlo. —Fue mi casa, así que esto no es ilegal— bromeo haciendo una indicación con mi barbilla para que vaya por delante así echo un último vistazo a la calle. Pruebo la manija de la primera puerta que encontramos, por la que entraban mis tíos y primos porque llevaba tanto a la sala que se usaban para las reuniones como al despacho de mi padre. Todas estancias que reconozco luego de romper también la cerradura de esa puerta y quedar parada al final de ese corredor, con mis ojos puestos sobre la mesa que se cubrió de polvo, la cocina también desmantelada y la puerta del despacho aun cerrada. De la cocina paso a lo que fue la sala, quizás la habitación menos ocupada de la casa y con sus sillones a medio tapar con sábanas.

Me acerco a la chimenea donde en la repisa están las fotografías gastadas dentro de sus marcos, tomo la que tiene a dos niños de sonrisas contenidas, forzados a mostrárselas a la cámara y lo único auténtico es el gesto de niño al cruzar su brazo sobre el de la niña como si la protegiera. —Esa era la habitación de mi madre— le hablo a Sigrid sin apartar los ojos de la fotografía, —esa puerta— me refiero a la que se ve saliendo de la sala y al otro lado del recibidor con la escalera al segundo piso, una puerta silenciosa y también cerrada. Llevo el retrato de los niños conmigo cuando cruzo la habitación hasta ese picaporte y esta vez, no hace falta romper nada, cede bajo la presión de mi mano. Cada una de las paredes de la habitación está revestida de libros en estantes, una biblioteca convertida en dormitorio de una enferma. —Era el lugar más accesible de la casa, los últimos años ni siquiera tuvo fuerzas para levantarse de la cama. Si vivió todo lo que vivió fue por las pócimas que la familia elaboraba y algunas exclusivamente para ella— le cuento, —le prometí que sería sanadora— no me espero las lágrimas que aparecen de pronto en mis ojos, recuesto mi cabeza contra el marco de la puerta y miro la cama que aún lleva las mismas sábanas en las que me recostaba para acomodar mi cuerpo contra el suyo, contando sus latidos de moribunda, desde que la conocí estaba muriéndose. —Gracias por venir conmigo, Sigrid. Buscaré algunas cosas y luego podremos quemar la casa.
Rebecca Hasselbach
Rebecca HasselbachMinistro de Defensa

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Mensaje por Sigrid M. Helmuth el Mar Sep 29, 2020 2:16 pm

Por irónico que vaya a resultar decirlo, hace tiempo que no vengo al barrio donde crecí junto a mis hermanos, incluso formando parte del mismo distrito en donde todavía vive mi hermana, hace años que nos asentamos en una nueva rutina que nos obligó a dejar atrás los recuerdos de esas calles. En parte pienso que fue a causa de la muerte de nuestros padres, cuando ellos seguían con vida aun teníamos una excusa para acudir a la casa de paredes blancas, jardines amplios y ventanales brillantes. Después de que el mismo hogar se quedara vacío, también lo hicieron nuestras ganas de regresar, por compromiso cerramos sus puertas y nunca llegó a venderse esa vivienda, creo que ninguno hubiera tenido las agallas para hacerlo, de todas formas, y siempre puede llegar el día en que vuelvan a abrirse de nuevo. Siempre será la casa de los Helmuth, no importa cuánta hiedra decore sus columnas, ni de cuanto polvo se acumule en las repisas, los muebles bajo sábanas como figuras que aportan nada más que sombras a habitaciones que se quedaron oscuras hace tiempo. Y aun así, pese a toda la mugre que pueda acumularse, cuando pasamos por delante de mi antiguo hogar siento cómo me arropan unos brazos nostálgicos.

Pero no estamos para quedarnos al lado de los muros de nuestra casa, sino que nos deslizamos calle abajo, hacia donde las sombras son mucho más profundas y los pájaros se esconden en las ramas de los árboles, con sus cantos serios más que alegres y sus aleteos cuando de repente alzan el vuelo. La que no creía que volvería a pisar, ahora sí hablando desde la más profunda honestidad, es la vivienda de los Ruehl, un apellido que quedó tan enterrado como el hecho de que la propia Rebecca lo ignore para vestirse con uno diferente. —Bueno, ya sabes lo que decían sobre mí, siempre estuve un poco mal de la tuerca— bromeo al señalarme la sien con un dedo y girar mis dedos para simular el funcionamiento de un engranaje, esperando que no se lo tome como una ofensa, sino más como una gracia hacia mí misma, dicen que reírse de uno mismo nos da más años de vida, aunque si tengo que ser honesta, no me hace especial ilusión llegar a vieja y terminar enchufada a máquinas, por mucho que mi hermano sea médico y yo experimente con fármacos.

Permito que esa sea mi introducción a la que una vez pudo ser el foco de mi curiosidad, sigue siéndolo cuando atravieso el marco de la puerta, con mis brazos cruzados sobre el pecho en lo que mi mirada vaga por cada esquina de la casa, sin cortarme de analizarla como lo hice cuando tenía trece años, quizá menos, siendo una chiquilla también asomé mi cabeza por alguna de estas ventanas. Si miro bien, creo que hasta podría ver esa cabeza rubia y ojos claros aparecer por el ventanal desde fuera. Me fijo en la habitación que me señala, con una mirada más cauta cuando explica lo que fue y quién durmió en ella, como si el suspiro que dejo escapar pretendiera acompañar a lo que pueda estar sintiendo. —¿Fue por eso por lo que empezaron los negocios en la familia? ¿Trataron de buscar una cura para ella todo ese tiempo?— pregunto, creo que es la primera vez que puedo hacerlo sin que alguien me recrimine de preguntarlas, como hubiera ocurrido en la mesa Helmuth de indagar sobre los orígenes de los Ruehl. —¿Qué es lo que estás buscando exactamente?— no es la pregunta adecuada, me corrijo antes de que le dé tiempo a contestar —¿Qué es lo que hemos venido a hacer aquí?— y espero que entienda que por hemos, me refiero a ella, que yo solo soy la compañía curiosa de siempre. —¿No estás hablando en serio con lo de quemarla, verdad? Que tengo una edad, no puedo seguir comportándome como la Sigrid de hace veinte años y decirte que es una idea genial, por mucho que ahora mismo pueda parecérmelo también— ese es mi espíritu, ¿qué se le va a hacer? Mi hermana puede hablar de madurez, que yo se la cedo con mucho gusto.
Sigrid M. Helmuth
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Mensaje por Rebecca Hasselbach el Jue Oct 01, 2020 2:17 am

Asiento con mi barbilla como respuesta, mis ojos puestos en esas sábanas que parecieran conservar las arrugas de la última vez que estuvo postrada sobre estas. —Se trató de buscar una cura para ella, en tanto, se le daba todo lo que mi padre creía que podría paliar el dolor de su enfermedad— cuento en un murmullo bajo, —una habitación con libros, una niña que le haga compañía y que pudiera criar como una hija…— camino hacia la cama para estirar con mis dedos la tela de la almohada y con las puntas de mis dedos rozo donde solía estar desperdigado su cabello, ella peinaba el mío cuando me recostaba a su lado. —Buenas intenciones, malas acciones, se podría resumir en eso…— digo, —las personas solo actúan de las maneras que conocen, incluso cuando tratan de hacer algo bueno, lo hacen de la manera que saben hacerlas— agrego como explicación a las actividades de esta familia, jamás una justificación sobre las mismas, no la hay. También podría ser una explicación sobre mis propias acciones, así también, nunca una justificación. —¿Cuál es la razón por la que los Helmuth se dedicaron al mismo rubro?— inquiero, más es lo que desconozco, que lo que creo suponer de esta familia.

Le muestro una sonrisa a su pregunta de sí vamos a quemar la casa, la voy torciendo hacia un lado para que me crea capaz de hacer algo así, y la saco del error al abrir la boca para contestarle. —No, no planeo asustar al barrio con un incendio innecesario. Se quemará solo lo que se tenga que quemar…— la tranquilizo. Si fuera una casa en medio del campo, le echaría fuego hasta que se consuman los cimientos, pero hay muchas familias como alguna vez fue la suya, con niños que crecen en jardines de cercas blancas, como para sobresaltarlos cerca de medianoche con una casa vieja que se prende en llamas. Voy hacia los libros que están en fila sobre el estante al otro lado de la cama y recorro sus títulos, sin necesidad de abrirlos, sé que en la primera página en blanco están escritas con la caligrafía de mi madre algunas líneas elegidas. Me detengo en uno, mi palma sobre su lomo, no hace falta ver la frase para que esté nítida en mis retinas. «¿Las historias de amor no deberían tener un final feliz? No sé si deben o no deben. Algunos la tienen, otras no…». Coloco el ejemplar de Soñar con molinos de viento sobre el hueco de mi codo, arriba dejo la fotografía en la que sonrío protegida por el brazo de Paul. —Con lo niña que eras cuando te arrimabas a esta casa, fuiste la persona más valiente que conocí en ese entonces— digo mientras termino de inspeccionar la habitación, —no encajabas con mi ideal del héroe que me rescataría, cosa que debo agradecerte, ese nunca fue un pensamiento que salvara realmente a alguien…— murmuro al abandonar la habitación.

El despacho de mi padre es el santuario que conserva cada cosa en el lugar donde quedó puesto cuando abandonamos esta casa, en la prisa de huir que tuvieron algunos, a causa de la despedida violenta que se me concedió. Percibo su olor todavía reposando en cada mueble, en el sillón que está detrás del escritorio y sobre este último dejo el libro con la fotografía. Me doy la vuelta alrededor del mueble para tirar de la manija de uno de los cajones y saco de ahí todas las carpetas para arrojarlas al sillón. Busco mi varita para sacudir un par de chispas así el tapizado de cuero empieza a arder, alimento el fuego con la fotografía familiar que está sobre la mesa y también con la que traje en el bolsillo de mi pantalón, la veo quemarse en las puntas, el fuego avanzando sobre los rostros de los jóvenes que miran a la cámara. Rodeo mi cintura con los brazos mientras controlo el fuego que es una única llama alta. —Tu familia estaba en lo cierto al decirte que tuvieras cuidado con los Ruehl, pero te agradezco que no le hayas caso y que me demostraras al acercarte a mí, que no era tan peligrosa como me hacían creer que podía ser. ¿Sabías que los conejos son animales frágiles? Muy fácilmente enferman o mueren, me regalaron uno cuando mi madre murió, cuidarlo era lo mismo que cuidarla a ella y me recordaba todo el tiempo mi propia debilidad, la debilidad de los otros. Y a la vez, lo peligrosos que podemos ser hacia la debilidad de otros, porque dependía de mí que el conejo viviera o muriera. Y aunque intentes proteger algo, cuando es frágil siempre… muere…— susurro.
Rebecca Hasselbach
Rebecca HasselbachMinistro de Defensa

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Mensaje por Sigrid M. Helmuth el Sáb Oct 03, 2020 3:09 pm

Suena un poco egoísta hacia ella, el que alguien como Ruehl le consiguiera a su mujer una hija que pudiera cuidar, por mucho que pudiera beneficiarla el tener un lugar donde estar, desde mi punto de vista sigue siendo ruin el hacerle eso a alguien solo para beneficio de otros, incluso siendo una mujer enferma. —Supongo— respondo, siempre he encontrado en Rebecca una figura de lecciones fuertes, no soy como mis hermanos que la aíslan de poder tener una opinión, cuando puede ser perfectamente válida y en este caso lo es, que las personas actúen en base a lo que conocen, eso es algo irrefutable. —¿Te sorprendería si dijera que fue una razón similar?— la miro con una sonrisa en los labios, podría calificarse como algo lastimera al no ser la charla indicada para hacer bromas —La hermana de nuestra madre, Grace, mi tía, enfermó cuando era muy joven, algunos en mi familia dicen que fue a causa de un viaje que hizo al norte— no le expongo el motivo, su embarazo que se descubrió más tarde, no porque no confié en ella y pueda volverlo un ataque hacia esta familia, sino porque lo considero intimidad de la propia Grace —, pero otros creen que ya venía de antes. Agatha nunca fue demasiado sentimental, tú sabes como era porque la conociste estando viva, no hacía falta tener mucha relación con ella para saberlo— señalo, Agatha Helmuth podía ser conocida en los suburbios del norte si le daba la gana de intentarlo —, pero su hermana siempre fue una de sus debilidades, o eso dicen. La empresa empezó a causa de Grace, buscaban una cura que pudiera sanar su enfermedad o, al menos, aliviar su sufrimiento. También murió— explico, después de unos segundos de pausa como final de esta historia.

La sigo con la mirada desde el marco de la puerta, no siento cómodo el entrometerme entre las cosas de su familia, así que aprovecho la posición para verla como pude haberlo hecho desde la ventana. Me río por esa declaración que hace sobre mi versión joven, cruzando los brazos sobre mi pecho y dejándome apoyar sobre la madera con el peso en una de mis piernas. —Tú dices que era valiente, cualquiera de mi familia hubiera escogido la palabra temeraria. Si tuviera que contar con los dedos de las manos la de veces que mi madre me soltó un sermón por cómo se me ocurría acercarme hasta aquí, no me llegarían— trato de hacerlo un chiste, cuando en el momento no se sintió como uno, tampoco los zapes que pude haberme ganado en la cabeza al pasar por su lado, siempre acertaba la mujer. Se me escapa un suspiro por el recuerdo de Agatha, vívido en mi mente, tanto que si giro mi mirada hacia la ventana, puedo verme a mí misma saliendo corriendo porque un miembro de la familia Ruehl apareció en la habitación. Dejo caer los brazos a ambos lados de mi cuerpo al pasar de una habitación a otra, siguiéndola como el mismo conejo sobre el que, minutos después, cuando nos encontramos en la sala que reconozco como el despacho de su padre, me cuenta una historia que me pone los pelos un poco de punta, no voy a fingir. —En su día acercarme a ti fue fruto de la curiosidad que me daba tu familia, escuché muchas historias sobre ella en las cenas y también críticas hacia tu padre en el salón, me interesaba conocer si era cierto y qué tan prohibido era lo que hacían. Pero incluso después de eso, de saberlo y pese a las advertencias de mis hermanos, seguía encontrándote interesante— reconozco, supongo que porque nada te da más rabia que aquello que no te permiten hacer.
Sigrid M. Helmuth
Sigrid M. HelmuthCiudadano

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Mensaje por Rebecca Hasselbach el Sáb Oct 03, 2020 7:36 pm

A estas alturas, no puedo decir que me sorprenda descubrir que tenemos más puntos en los que coincidimos que aquellos en los que nos desencontramos…— murmuro, dirigiendo mi mirada hacia las cortinas echadas de la ventana de este improviso dormitorio de enferma, pues así como desde la mía en el piso superior espiaba la fachada de su casa, había sido que una ventana de la misma también tenía un rostro detrás que observaba la fachada de esta. —Puedo entender lo de tu madre— murmuro, —se veía como una mujer de hierro y le habrá dado a ustedes un trato propio de ese carácter— me guardo cualquier insulto que pueda darle a una mujer que no conocí más que a la distancia, con las miradas despectivas que me dedicaba por considerarme mugre de esta calle. —Pero mi padre no era distinto, tenía un carácter del infierno, todo a su alrededor se tornaba insoportable cuando él estaba y uno llegaba a desear que se ausentara, aunque no hiciéramos otra cosa que esperarlo cuando no estaba…— rememoro. —Sin embargo, esas personas fueron capaces de construir un imperio por alguien, ¿no?— susurro, guardándome el libro al salir de la habitación.

Y en cambio hay otros que te convencen de un amor, solo para dejarte sola en las ruinas de lo que se desmorona, ruinas sobre las que estoy cansada de caminar y es momento de que las patee a un lado, de romper lo último que queda de todo. Porque el cansancio tiene eso de finalmente asumir las últimas peleas que quedan, sabiendo que se necesitarán más fuerzas que para las anteriores, echando al fuego lo poco que se logró rescatar del derrumbe, destruirlo todo, todo, también las ruinas. Destruir a lo que daba miedo para lo que se necesitó años reunir coraje, lo que se amó, lo que dolió. El fuego abrasa las hojas de los registros, esas tapas que tantas veces se estamparon contra el escritorio al hacerme reclamos, se consumen también los gritos que retumbaron en estas paredes, se relajan por fin mis puños de tanto contener, y al consumirse la fotografía que por años guardé entre las páginas de una historia que creí que podría volverse real, queda demostrado que no es más que papel y también se vuelve ceniza. No puedo permitir que les siga perteneciendo mi pasado, si hubieran querido tener un derecho sobre este, se hubieran quedado en mi presente.

Todo lo que te contaron de mi familia era verdad— se lo confirmo, si bien no hace falta, —tu familia estaba en lo correcto al querer que te mantuvieras alejada de nosotros, podría haberse vuelto peligroso para ti si escuchabas o veías algo que no te convenía por andar siguiéndome…— le sonrío. —Pero es fácil ser valiente con lo que no supone un peligro, el mérito está en hacer cara al monstruo y hay una recompensa para esos valientes, siempre la hay, lo que no hay son valientes reales— murmuro al ir dando la vuelta al escritorio para pararme delante de ella, dejando a un lado todo lo de mi padre y su negocio, quemando el recuerdo que queda de este. —Y es que el monstruo puede volverse tu amigo— digo, esta es en sí la razón por la que le he pedido que me acompañe. —Eres quien se hizo cargo de la farmacia de los Helmuth, soy la única que queda de la botica de los Ruehl. ¿Y si ponemos fin a esta rivalidad con una calle de por medio formando una sociedad?— le ofrezco mi mano para que la tome si acepta el trato. —Rebecca Hasselbach morirá, ¿podrías aceptar a tu vieja amiga Annie Ruehl cuando vuelva?
Rebecca Hasselbach
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Mensaje por Sigrid M. Helmuth el Lun Oct 05, 2020 5:32 pm

Suele ocurrir que encontramos en las personas que despreciamos más semejanzas de las que nos gustaría admitir, me hace preguntarme si no sería esa la propia razón por la que mis familiares detestaban a los Ruehl, dejados los asuntos entre negocios a un lado, en el fondo resultamos tener mismos motivos para levantarlos ¿y no es verdaderamente eso lo que importa? —Solía creer que detrás de esa armadura de hierro, mi madre era una persona emotiva, quizá por eso era como era con nosotros— digo, no existe una verdadera razón por la que le exponga estos pensamientos, cuando tampoco puedo asegurar que le interesen y, aun así, lo hago, porque ella decide compartir conmigo parte de su historia y no veo el motivo por el que no pueda ser un reparto equitativo de relatos. Son estos los que nos ayudan a entendernos mejor, puede que por eso nunca llegaron a cuajar nuestras familias, se centraron demasiado en la superficialidad del exterior, aunque no es como si mi madre ayudara a exteriorizar sus sentimientos más profundos, si lo de mi tía Grace no me enteré hasta bien asentada mi juventud. Los Helmuth tienen algo con guardar secretos que nunca llegaré a entender, porque me hace creer que hay mucho de esta familia que no conozco pese a formar parte de ella, no me asusta lo que pueda encontrar, pero sí me vuelve vulnerable a estos recuerdos. Sobra decir que a cada cierto tiempo termino descubriendo algo nuevo que no conocía y que, para esta memoria en particular, incluye a la persona que tengo delante.

Asiento con la cabeza ante sus palabras, haciéndome cómplice del silencio al aprovecharlo para darle una segunda vuelta a mis pensamientos, sobre si debería abrir la boca o mantenerla cerrada, puesto que no es mi secreto para contar. Pero si no soy yo quien lo diga, ¿puedo confiar en el voto de mi hermana? En otros tiempos hubiera dicho que sí, no es que ahora no confíe en ella, porque lo hago, pero su propio silencio la ha puesto en duda. —Nunca te consideré un monstruo— contesto con honestidad, basándome en la visión que tenía de ella en ese momento, que está lejos de ser la que es ahora pese a que con sus palabras siguientes me confirma querer volver a formar parte de esa identidad. Confundida sería una de las palabras que escogería para definir cómo me siento al respecto, pero como siempre, la curiosidad ha sido mi pecado desde nacimiento y hay algo en esa propuesta que me hace torcer la boca en una sonrisa socarrona. —Agatha Helmuth se estará removiendo en la tumba viéndome hacer esto, ¿pero por qué no?— ¿por qué siempre ha sido esa mi resolución ante los dilemas de la vida? Extiendo mi mano hacia ella, apretando sus dedos en un movimiento firme en lo que estoy por jurar que escucho los gritos de mi madre ¿desde el cielo? —No pensé que llegaría a ver el día en que una Ruehl y una Helmuth se convirtieran en socias, así que puedo decir que es un placer que estemos compartiendo historia, por el tiempo que nos dure— aprovecho a decir con una risa entre dientes, esperando la que puede ser la reacción de mis hermanos. ¿Ah, que escucho? Sí, efectivamente, que si hubieran querido alejar a los Ruehl de esto, tendrían que haber sido ellos los que siguieran con el negocio familiar.
Sigrid M. Helmuth
Sigrid M. HelmuthCiudadano

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Mensaje por Rebecca Hasselbach el Miér Oct 07, 2020 5:43 pm

Me río a causa de la razón por la cual decide sellar este acuerdo, es una risa que no llega a salir de mis labios, se queda en mi garganta, esta casa y la vida nunca han sido espacios que me hayan permitido reír, pero es otro rasgo del carisma en la menor de los Helmuth, debe ser que tuvo mucho práctica consiguiéndolo con sus hermanos mayores, que rivalizan conmigo en cuanto a rostros severos. No me veo estrechando la mano de ninguno de ellos para unir los negocios familiares, quizás Sigrid era con quien debía ser y cobra sentido que sea quien heredó la farmacia. Porque no es que me vea incapaz de sostener la mano de Nicholas o la misma Ingrid, siento que es distinto con cada Helmuth, como si hubiera algo pendiente con cada uno que no logro verlo hasta que llega el momento, tal como me pasa con Sigrid en este. —No estaba en el destino que ambos apellidos coincidan— murmuro, —pero el destino llega a doblegarse a la perseverancia de quien no mide esfuerzos para obtener lo que desea— digo, haciéndolo sonar más noble de lo que es, esos esfuerzos son reprobables en su mayoría, y sin embargo, si eran los que tenía que cumplir para estar aquí, lo volvería a hacer.

Aunque a veces perdamos un poco de vista que es lo que deseábamos— suspiro, apartándome de la silla que va doblándose hasta romperse, me paro debajo del marco de la puerta del despacho en el momento que se desploma y espero a que Sigrid me siga hacia la mesa que fue usada para muchas reuniones de esta casa. Me siento en la cabecera y espero a que elija alguna de las sillas, en el lugar que más le guste. —Te contaré cuál es mi idea para este negocio, te seré franca desde un principio…— le advierte, preparándome para exponer mis términos en esta sociedad. —Tú vives aquí, tienes tu farmacia en los distritos más caros del sur, no pretendo que nada de eso cambié. Pero quiero trabajar en sociedad contigo para que pócimas y medicamentos sean también vendidos en el norte, yo me encargaré de ello. Viviré en esta casa, pero venderé en el distrito doce. Yo me encargaré de esa parte de la sociedad, lo único que te pediré es que seas la guardiana de mi ubicación. Serás la única que sabrá donde encontrarme por unos meses— le explico, de todos modos, ninguno de los nombres que pasan por mi mente son de personas que puedan interesarse por mí si llego a desaparecer un tiempo, lo darán por hecho, como algo tan propio de mí. Salvo una persona, con Maeve será necesaria una charla. —En el norte se enferman, se mueren, no estoy segura de cuánto vaya a mejorar el sistema, ni lo hablaré con tu hermano cuando su ministerio es uno de los que sufrieron recortes, porque la salud no es prioridad en este momento y la de los repudiados del norte nunca fue. No haré de esto una cuestión política tampoco, no es lo mío, no me interesa. Pero hay negocios en el norte, hay galeones moviéndose allí, no es tan descabellado verlo como una oportunidad. No será caridad, yo no haré caridad con nadie. No creo en ella, ni que realmente ayude a nadie. Pero sí creo en medicamentos más accesibles que les sea posible costearse— sigo. —Porque yo no pertenezco a estos distritos, Sigrid. Pertenezco al norte y ahí volveré.
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Mensaje por Sigrid M. Helmuth el Lun Oct 12, 2020 11:27 am

No es la primera vez que me ocurre que entiendo de las palabras de Rebecca que hay mucho más trasfondo de lo que yo puedo comprender, de lo que sé de ella incluso. Tampoco es mentira que la conozco por la imagen que tengo de ella del pasado, la que se fusiona con esta que tengo delante y soy consciente de que entre la antigua y esta hay mucho más que no cuenta, que no tengo el derecho para indagar. Porque si bien es corriente que la gente se cebe con opiniones y críticas hacia quienes están en el ojo público, lo he visto con mi hermano, dudo mucho que las mismas se acerquen siquiera a un cincuenta por ciento de la realidad de esta mujer. Quizá en otra ocasión, le hubiera preguntado, quizá si no estuviéramos en la casa donde solía vivir, le preguntaría qué fue de ella cuando la dejó atrás, porque ahora mismo solo veo a la joven Anne Ruehl y no lo veo adecuado interrumpir con esa imagen después de tanto tiempo.

Me limito a seguirla, como solía gustarme hacer cuando en raras ocasiones me invitaba, en las que puedo recordar la casa se encontraba vacía y menos mal, porque no quiero empezar a imaginar lo que hubiera sido de toparme con su padre bien conocido el odio entre familias. Tomo asiento frente a ella en una silla que chirría al obligarla a resistir mi peso, más por la antigüedad de la misma que por este en sí, pudiendo notar como la madera ha sido carcomida por el propio tiempo. Por unos minutos solamente escucho, no es muy común en mí el no interrumpir en la charla, acostumbrada a comentarios random o reacciones de alguna clase, pero esta vez no necesito de hacer un esfuerzo para mostrarme serena, la situación lo amerita. —No sé si me interesa preguntarte si esto sería legal o no, porque conociéndote no me responderías con la verdad, no porque te considere una mentirosa, sino porque existen afirmaciones distintas que no las excluyen de ser verdad— ¿o no es esa la razón por la que tenemos tantos dilemas morales? A Nicholas le encanta esta palabra, puedo verle dándome un discurso sobre esta si le contara de la reunión que estoy teniendo con Ruehl. Se enterará a su debido tiempo, cuando la misma mujer responda a lo que viene importando también.

Me acomodo un poco en el asiento, aclarándome la garganta en un intento de parecer más seria de lo que en realidad soy y entrelazo mis manos por delante de mi rodilla al inclinarme hacia ella. —Me agrada cómo lo has puesto, Becca, tienes razón, no se trata de una cuestión política, la salud de las personas no es algo por lo que se pueda votar, es algo que simplemente se tiene que ofrecer, es un derecho. Tampoco estoy a favor de las condiciones en las que viven en el norte, no tienes que formar parte de ningún bando político para concordar con eso, no es ese el motivo por el que viven en la miseria— si lo fuera, el ser humano sería mucho más ruin de lo que ya pienso que es —Aceptaré tu propuesta, mi única pregunta es.... ¿seremos socias también frente al ojo de los compradores o quieres limitarte a actuar de incógnito?— pregunto, dicen que es más fácil esconderse en los lugares más evidentes que entre las sombras más recónditas, ¿qué mejor que en el centro del capitolio entonces?
Sigrid M. Helmuth
Sigrid M. HelmuthCiudadano

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Mensaje por Rebecca Hasselbach el Mar Oct 13, 2020 11:49 am

Contigo siempre seré honesta— digo, no es una respuesta a su comentario, sino una promesa que hago aprovechando la ocasión. —Si eres mi socia, recibirás de mí siempre franqueza para que puedas confiar. Me verás mentir muchas veces, a muchas personas, pero tienes que tener la seguridad de que nunca te mentiré a ti— agrego, quizás sea esta la primera relación con otra persona en la que estoy comprometiéndome enteramente y cuyo propósito me importa más que nada. No es lo mismo a cuando tratábamos con Mae de sobrevivir en el norte, ni a trabajar para Magnar para encargarme de la seguridad de un país que tiene a la guerra por estado natural. Estoy tratando de salvar un deseo que quedó en esta casa, de buscar a la chica que fui y se quedó esperando que alguien fuera por ella, alguien que creyera que merecía ser salvada. Y tendré que hacerlo yo, aunque tenga que destruir el último ladrillo de esta casa y volver a levantarla ladrillo por ladrillo, no me iré sin llevármela conmigo.

Las palabras de Sigrid no hacen más que reafirmar que es y siempre fue la persona indicada para esta empresa, desde el día en que le di permiso para que su curiosidad explorara el interior de esta casa de la que le habían dicho tantas cosas y tuvo el coraje de cruzar la puerta. —Sí, por supuesto, haremos de esta sociedad algo público y oficial, sobre la memoria de nuestros muertos para que no puedan descansar en paz— respondo, la sonrisa que tira de mis comisuras no la escondo, —por eso necesito unos meses para que la memoria frágil de esta gente del Capitolio olvide a Rebecca Hasselbach, entonces te acompañaré, no esperes que muestre mi cara, me basta con que nuestros apellidos estén uno al lado del otro, no quiero ocultarme— murmuro, paso las puntas de mis dedos por el marco del retrato de los niños que me miran desde la mesa, mis ojos suben del rostro redondo de mi hermano en el que se veía con una sonrisa, al rostro de Sigrid que me transmite la misma tranquilidad.

Será así en el Capitolio, en el norte será diferente. Escúchame bien, Sigrid. Te diré lo mismo que tu familia cuando te prohibía venir a esta casa, tienes prohibido ir al norte— digo, mi tono firme para que no quede dudas de que está lejos de ser una provocación para que cruce la línea. Agatha Helmuth era una mujer de modales finos que se valía de su tono autoritario para imponerse, yo no tendré problemas de ir detrás de Sigrid y traerla del forro del culo de vuelta a su casa. —Los meses que esté en el norte los usaré para retomar contactos y establecer esa parte del negocio allí. Pero de eso me encargaré yo, no te quiero en el norte, ni que el apellido Helmuth llegue hasta allí, usaremos un nombre alternativo para esos medicamentos y ese almacén lo ocultaremos con un fidelio— explico, todos los detalles de este plan quedan claros para mí, tantos años en el norte y todos los cabos dispersos van quedando unidos de manera que puedo darle a Annie más de lo que alcanzó a desear, es mi modo de compensar el haber llegado tan tarde. —¿Qué nos queda por pensar, Sigrid?— inquiero, queriendo que en esta mesa queden aclarados todos los pormenores de este negocio y no haya contratiempos luego, porque cuando el asesinato de la ministra Hasselbach sea un hecho, esto comenzará a correr a prisa.

Te conté como comenzó el negocio de los Ruehl, ¿quieres saber cómo acabó? El final es muy parecido al inicio, ninguna historia es una línea recta, sino un círculo. Todos volvemos al punto de partida cuando la historia acaba, entonces… recibimos la recompensa o el castigo. A los Ruehl los castigó el karma— murmuro, esa palabra la tengo marcada en mí, peor de lo que fue la mordida del licántropo. —Un día me dijeron que mi hermano Paul murió— cuento, —no me pareció real. No me pareció que fuera real que su existencia se hubiera desvanecido en el mundo, no supe que hacer con esa nada que me dieron cuando me dijeron que murió. Fue distinto a lo de mi madre, por años estuve a su lado viéndola morir, en cambio Paul llevaba unas semanas ausente por atender negocios de nuestro padre y la noticia solo llegó a mí. Sin que sea tan grave como la enfermedad de mi madre, también sufría de lo mismo, pero era mucho más fuerte para reponerse—, esto nunca fue algo que tuviera que ser un secreto y, sin embargo, nunca hablo de Paul. Siento que es algo de lo que llevo toda la vida esperando hablar, poner su nombre otra vez en mi boca y hacerlo en esta casa, hacia la que pude volver a encontrar el camino.

»Cuando me dijeron que murió, pensé que lo asesinaron. Grité, me indigné, los culpé. Pero su muerte no fue culpa de nadie, solo de su salud, la que todo este negocio montado no pudo remediar. Y lo vi destruido, a mi padre, sufriendo por Paul con un dolor que lo rompía. Quise sentir compasión, pero él me devolvió odio. Sufría por Paul, a mí me odiaba. Me dijo que todo lo que quería era apropiarme de su negocio— el despacho a mi espalda me lo recuerda, su rostro desencajado al gritar, su semblante demacrado de tanto llanto, y yo, de pie, la espalda erguida, mi rostro que no decía nada, mientras me rompía por dentro con los golpes que sus palabras me daban y no fueron las de ese día, sino golpes que lastimaban donde llevaba años golpeando, —que con la muerte de Paul sucedería, yo, que me apropié de su apellido, también lo haría de su negocio. Nunca quise eso, quería ser su hija. Eran mi familia, mi casa, guardaba sus secretos porque me dijeron que así los protegía. Así que me decidí a presentar todas las pruebas que tenía para denunciar los negocios de esta familia, los quise destruir porque no quedaba nada que mereciera ser salvado— concluyo. —Traicioné a mi familia, tal vez se lo merecían, él más que nadie, pero… sí era una Ruehl, no es una cuestión de sangre, era su hija, hija de la madre que no me dio la vida pero acompañé en su muerte y era la hermana de Paul. Quizás esto es lo que deba ser, lo que siempre tuvo que ser, lo que le tocaba a Annie como parte de esta familia. ¿No te ocurre lo mismo, Sigrid? El legado familiar cae en manos de quien sabrá cómo sanar el karma de tantas generaciones.
Rebecca Hasselbach
Rebecca HasselbachMinistro de Defensa

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Sorry, I'm late again · Sigrid Empty Re: Sorry, I'm late again · Sigrid

Mensaje por Sigrid M. Helmuth el Vie Oct 16, 2020 5:12 pm

La influencia de mi hermana todos estos años está gritándome en la cara que no confíe en una mujer como Ruehl, después de lo que descubrí en una de nuestras tardes de café, que se convirtió en algo un poco más perjudicial para nuestra sensatez -esa de la que por sí tengo poca-, conocí que hay muchas cosas sobre las que no tengo poder y las intenciones de Rebecca son una de ellas. Sin embargo, pese a la vocecita de Ingrid en mi cabeza, incesante y como un reflejo de lo que fue nuestra infancia, mi instinto me dice que confíe. Como siempre yendo a contra corriente con los pensamientos que van acorde a nuestra familia, pero saber que no fui la única en ir en dirección opuesta a estos, me calma lo suficiente como para que mi voz se presente de la misma manera al hablar. —Confiaré en ti, Rebecca, porque jamás me has dado razones para no hacerlo y no porque peque de necia, podemos apropiarnos de las cuentas que nuestros familiares dejaron sin saldar y si quieres ver nuestros apellidos uno lado del otro, ¿qué te parece el nombre de Helmuth & Ruehl's como forma de hacer eso?— sonaba bien en mi cabeza, todavía más cuando lo pongo en voz alta, como algo que siempre había estado en el fondo de mi mente y que por fin toma forma, después de tanto tiempo pese a no haberlo pensado nunca. Quizás sí lo hice.

¿Eres consciente de que estás pidiendo lo mismo que mi familia en su día, y aun así terminé por acercarme a esta casa igualmente, verdad?— le hago ver lo inverosímil de lo que exige de mí, con la imagen de que esté aquí sentada después de tantos años como la prueba irrefutable de ello. Pero ya no tengo diez años, por mucho que mis hermanos quieran creer que sigo siendo la Sigrid inmadura que hace todo lo contrario a lo que se le dicen, sabía en su día que mis padres no tenían autoridad para decirme qué lugares pisar, como tampoco la tiene Rebecca. Y aun así, borro la sonrisa de mis labios al suspirar. —Pero está bien, no tengo intenciones de que se me vea por el norte tampoco, suficiente tuvieron los Helmuth con que mi sobrina anduviera por esos lugares por su cuenta, no necesitamos de más intervención mediática en nuestras vidas— y las cosas no están como para que se me apetezca caldear más el ambiente como hacía en las cenas familiares con mamá y papá. —Nunca llegué a darte las gracias por eso, mi hijo estuvo muy preocupado esos días— tanto que si no hubiera sido porque medio escuadrón la estaba buscando, él mismo se hubiera unido a la búsqueda.

Abro la boca sin una respuesta concreta, aprovechándome del gesto para que se me venga una idea a la cabeza y así poder responder a su pregunta, pero me encuentro apretando los labios uno contra otro cuando toma el turno para hablar. Puede que en mi vida no haya sido ejemplo para copiar actitudes, por mucho que me gustaría decir que soy un modelo para mis hijos, pero siempre he tratado de mostrarme respetuosa con la gente, al menos con esas personas que creo merecen de mi silencio como para poder escucharles contar su historia. Con Rebecca es diferente porque siempre he ansiado que llegara este momento, desde la ventana no se aprecian los detalles de una relación, los gritos se vuelven insonoros a causa de las paredes y las escenas son cortadas por las cortinas al cerrarlas. Al final, todo lo que podía entender de mis vecinos era que eran una familia complicada, como lo éramos nosotros, y yo estaba ansiosa por comprender qué secretos ocultaban para poder compararlos con los nuestros. La comparativa nunca hizo un favor a nadie, así que esta vez, me limito a escucharla, escucharla y absorber todo lo que puedo hasta que es mi momento de intervenir. —A los Helmuth todavía les queda mucho karma que limpiar, todavía no sé si entre nosotros se encuentra quien pueda hacerlo. Hay muchos secretos dentro de nuestra familia, Becca, y para poder deshacernos del karma primero deberíamos deshacernos de estos.— lo admito porque yo también he tenido cosas que ocultar, no importa la magnitud, importa lo que guardamos y cuánto nos puede llegar a hacer efecto al esconderlo de otros. Supongo que nuestra manera de mantenernos unidos frente a eso es que no nos criticamos, a pesar de lo que salga a la luz, somos familia.
Sigrid M. Helmuth
Sigrid M. HelmuthCiudadano

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