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Fall in line · Katerina R.

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Mensaje por Georgia Ehrenreich el Dom Sep 27, 2020 8:39 pm

Septiembre

Así que la nieta de Agatha Helmuth…— murmuro al espiar por encima de mis gafas de lectura a la niña que tengo parada en el medio del recien estrenado despacho de directora, de la noble, la ilustre, la excelentísima academia de artes y decoro para señoritas, dirigida por mí. Ironías de la vida, no hay más vueltas que darle. Ironía similar a la de tener frente a mis ojos a la descarriada nieta de aquella dama que pretendía darme a mí, lecciones de protocolo. ¡Oh, Agatha, Agatha…! Que estés en la gloria y nunca te dejen bajar de ahí, que al fin los mortales nos libramos de tus discursos remilgados. —Katerina Romanov, fugitiva de la ley en el verano de 2470, ¿me equivoco?— hago un repaso de lo que está apuntado en su informe de ingreso, porque sí, a todos los padres les solicitamos una entrevista para conocer el prontuario de estas niñas y saber de quienes debemos dejar lejos los fósforos, por si las dudas. Pueden conservar la posesión de sus varitas, pero guardadas en un estuche encantado que le damos y que solo se abre cuando están en clase, bajo la supervisión de las profesoras.

Puede que también haya averiguado otras cosas sobre esta niña, no por nada encontré en el periodismo un oficio de muchos años, así que pude hacerme con algunos datos de sus sanciones en la escuela y que generalmente si la tienen a ella como protagonista, también a esas amigas suyas que están esperando al otro lado de la puerta a su turno de una charla individual para hablar de la conducta inapropiada de este primer día, mala manera de empezar un sábado, que las tuvo como promotoras de una revolución que fracasó a los diez minutos. —¿Qué fue eso de incentivar a sus compañeras a quemar sus sostenes, por Morgana?— se lo pregunto, más sorprendida que molesta por el discurso revolucionario que hicieron sonar dentro del salón de la señorita Tuppence que trataba de enseñarles los correctos lugares en una mesa y el uso adecuado de la vajilla. No me lo pregunten, que no lo sé. Para eso es la señorita Tuppence la que está a cargo. —No le hagas esto a la memoria de tu abuela, querida. No sea que la atormentes tanto que se le ocurra venir como fantasma, ¡y ahí qué será de nosotras! ¡Habrá que limpiar nuestros espíritus y cajones porque Agatha Helmuth como inquisidora celestial sería la mejor y la peor de todas!
Georgia Ehrenreich
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Mensaje por Katerina L. Romanov el Lun Sep 28, 2020 11:37 pm

Bien, si esta señora conoció a mi abuela, y parece ser que sí por como empieza esa frase, estoy más en problemas que por haber accedido a iniciar una revuelta el primer día en el instituto. ¿Y qué si fue idea de Ginevra? Si la que saltó en primer lugar fui yo, como siempre hago, por supuesto, porque si bien yo tomo mi parte en la mayoría de las invenciones que se nos ocurren, esta en particular fue propuesta por la cabeza morena de mi amiga. —La misma— respondo, por decir algo, por educación, ¿no? Que no espere de mí una reverencia o floritura, cuando tengo que aguantarme las ganas de cruzarme de brazos por no poder tomar asiento en la silla. —¿Sabe? Así como lo dice, fugitiva de la ley, me hace parecer un poco como de entre la línea rebelde, cuando en realidad, yo solo estaba tomándome unos días de vacaciones de mi madre, si la conociera entendería— miento, ¿a esta mujer es que yo tengo que andar dándole explicaciones de lo que hago o dejo de hacer en mis veranos? Ni hablar, creía que el comienzo del curso era en septiembre, y para entonces, todo lo hecho hasta esa fecha no es material para mencionar.

Porque estamos en un siglo donde ya no deberían utilizarse esas cosas, señora, ni aprender a donde sentarse cuando viene dando lo mismo, no vamos a cenar con la Reina de Inglaterra tampoco como para utilizar ocho cubiertos, si no será más que trabajo extra para los pobres elfos domésticos que tienen que limpiarlo luego— ¿eeeeees que nadie piensa en los elfos? Así de roja que salió Quinn al expulsarnos de la sala apenas pasaron diez minutos, la pobre no podía soportar el pensar en tal derroche de agua, ¡y con razón! —Yo no le estoy haciendo nada a mi abuela, señora, más que dejarla descansar en paz, como no parecéis hacer personas como usted y mi madre, todo el día mencionándola como si sí fuera a aparecerse por fin.— creo que suficiente tengo con escuchar sus voces al pasar por delante del cuadro —Así que conoció a mi abuela, ¿eh?— esto sí me produce un poco más de curiosidad, mamá no mencionó que la directora de este instituto del infierno era conocida de Agatha —¿Fueron amigas de niñas?— pregunto, tengo que saber más acerca de la vida de mi abuela, desde que me enteré por poner la oreja en conversaciones ajenas que hubo algún problema con su hermana Grace, pobre y difunta tía abuela Grace.
Katerina L. Romanov
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Mensaje por Georgia Ehrenreich el Jue Oct 01, 2020 11:05 pm

Vacaciones son las que alguien se toma en el distrito cuatro— contesto con un arqueamiento de mis cejas por encima del marco de las gafas, —cuando se moviliza a un escuadrón de seguridad para dar con el paradero de alguien que voluntariamente se fue de su casa, yo lo considero fugitivo de la ley— que esos son los titulares que me ayudan a seguir vendiendo amplias tiradas de The Guardian, triste diario en decadencia estos días, ya nadie lee papel, lo buscan todo por internet. Si algo que espero siga pagándome los cruceros, es este proyecto de escuela para niñas con padres de bolsillos cargados. —¿Y quién dice que no conozco a tu madre? La recuerdo con sus moños, su vestido y sombrero, ¿nariz respingona? ¿ojos llorosos? ¿caprichosa? Daba unos berrinches…— murmuro, rememorando a la mayor de las hijas de Agatha y Archibald Helmuth. —Su hermana en cambio iba y sacaba gusanos de la tierra— evoco, ninguna de estas son las anécdotas que creo que a Agatha le gustaría que usara para presentar a su familia.

Mis cejas por poco no se pierden entre mis canas al marcarse aún más mi expresión de sorpresa por sus palabras. —¿Y qué propones que usemos entonces? ¿Qué se consideraría moderno? ¿Un brazier con inteligencia artificial que te diga si te has saltado el desayuno?— pregunto, claro que estoy tomándole el pelo a la niña, que viene aquí a restregarme en la cara que pertenezco a un siglo pasado, ¡oh, la arrogancia de los jóvenes! —El protocolo en la mesa no es cosa exclusiva de la reina, querida. Tú puedes ser la propia reina de tu hogar— he leído esta frase en algún catálogo de la mujer correcta, esposa y madre esmerada, un catálogo del que me habrá reído, pero ciertas normas terminé por acatar. ¿Por qué? —¿Sabes para que sirven ciertas normas y protocolos sociales, cariño? Por estrictos que sean, corresponden a una cierta clase, acatarlos te hace parte de esa clase. No aprendes a usar cucharas por la reina de Inglaterra o de la gran zarina de Rusia, no. Lo aprendes porque quieres decir que perteneces a una clase que está por encima de las otras…— si hasta muevo mis manos al decirlo.

¿Esto es lo que se espera que diga una correcta directora? ¿Dónde está Jolene cuando la necesito? ¡Bah! —¿Te gustaría jugar una partida de póker, niña?— le pregunto al salir de atrás de mi escritorio con la ayuda del bastón para ir hacia la mesa circular, más pequeña, que está contra uno de los ventanales. —Y no, afortunadamente no conocí a tu madre de niña, el calvario que hubiéramos sido para la otra con los años que vivimos. Para nuestra suerte, nos conocimos unos años antes de que falleciera, así que tuvimos que tolerarnos más bien poco— le cuento al ir acompañando cada paso con un golpe de mi bastón en las baldosas y descargo todo mi peso en una de las sillas. —Reparte tú, que seguro no te duelen las articulaciones de los dedos…— señalo con mi barbilla a la caja decorada con una delicada pintura que guarda dentro los naipes.
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Mensaje por Katerina L. Romanov el Sáb Oct 03, 2020 8:10 pm

Ruedo los ojos sin disimulo alguno, gesto que quizás mi madre haya señalado como maleducado en alguna que otra ocasión, especialmente delante de personas mayores, pero que me es imposible de no realizar ante su explicación de los hechos. —Con todo el permiso, señora, creo que esos son asuntos que solo nos incumben a mí y a mi familia, pero sobra decir que todo fue resultado de una exageración por parte de ellos, no es como si mi cara estuviera pegada en carteles por la ciudad— sugiero, como bien hace mi madre cada vez que tiene oportunidad de recordarlo, que no son pocas después de haberme teñido el pelo de negro y sus acusaciones sobre parecer una criminal son bastante frecuentes. En contra de mi pobre voluntad, la tía Sigrid consiguió aclararlo un poco para que su hermana pudiera irse contenta un rato, pero sigo teniendo mechas oscuras que se irán con el tiempo. —¿Mi madre daba berrinches? No coincide mucho con lo que suele decirme a mí sobre su carácter ejemplar... ¡pero esa sí que suena como mi tía Sigrid!— exclamo, dándole la razón, porque mamá no tiene ningún problema con señalar las faltas en la actitud de mi tía, pero bien que cuando se trata de ella... Así que caprichosa, ¿eh?

Yo no usaría ninguno, eso para empezar— discuto con ella, sí, con la mismísima directora de la ilustre academia para señoritas, así dejo marcado desde el principio que no tengo planes de convertirme en una. —Preferiría no ser la reina de mi casa, y que me dejaran cumplir mis sueños de convertirme en alquimista, si tengo que serle sincera, no podría importarme menos el orden en que tienen que ir los cubiertos en una mesa— es tan fácil como que hay que usar una cuchara para las sopas, y un tenedor y un cuchillo para todo lo demás. ¿Por qué tenemos que usar tres tenedores para un mismo plato? ¡Pero qué anticuada que está esta señora! Me quedo en silencio cuando pretende darme una nueva lección de protocolo, como si no hubiera tenido suficiente con los diez minutos escasos que duramos en la clase, poniendo mi cara de más profundo aburrimiento camuflado por un falso interés que denoto con las cejas alzadas en su dirección y brazos cruzados sobre mi pecho. —Ermmmm... ya, tampoco me interesa el dejar claro que pertenezco a una clase superior, cuando para mí todos en mi clase de la escuela somos iguales. Tengo una amiga cuyos padres son zapateros y me cae igual de bien, y estoy segura de que ella no tiene ni idea de dónde tiene que sentarse en una mesa.

Por un momento creo que se va a tropezar con su propio bastón, no haría de esto un primer día si de repente se me encuentra con la anciana tropezada o peor incluso, muerta por un accidente torpe. Afortunadamente, nada de eso pasa. —No sé como se juega al póker— digo, queriendo añadir que tampoco tengo un profundo interés en aprender, porque creo que en el día de hoy ya tuvo suficiente con mi poca disposición a seguir sus reglas. En su lugar, me muevo hacia la mesita donde se sienta y la imito al tomar asiento en una de las sillas. —¿Cuántas cartas se supone que tengo que repartir?— pregunto al tomar el puñado de cartas que espero ya estén barajadas, porque me pongo a repartirlas sin ni siquiera pensarlo. —Yo solo la conocí cuando era más pequeña, no la recuerdo mucho, solo que tenía comentarios apropiados para cada situación y que nunca había nadie que osara ir en su contra— cuento, más por seguir la conversación que otra cosa.
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Mensaje por Georgia Ehrenreich el Miér Oct 07, 2020 2:52 pm

Difícilmente, cuando se pertenece a una familia como los Helmuth, además emparentada con los Romanov, lo que pueda sucederles quede entre las paredes privadas de la cocina de su casa— señalo, con el tono de quien sabe bien de lo que habla, puesto que los chismes son un suplemento aparte de The Guardian, a la larga afianzada como revista independiente. Ninguna niña puede decir que su desaparición es un asunto privado, cuando se convirtió en una cuestión de Estado por la intervención del cuerpo de seguridad. —Por lo que tengo entendido, tu cara sí fue muy difundida esos días, querida—  se lo expreso con la sorpresa de que no sepa que su fotografía la iban mostrando de lado a lado, quizás no como carteles para que no se confundiera su situación con la de los enemigos públicos, pero su desaparición se abordó como todas las desapariciones, con la diferencia de que los hijos de las familias con influencia, a la larga siempre aparecen.

En cambio tantos otros, hijos de algún don nadie, ni siquiera pasa a ser anécdota. Nada cambia que me diga que se ve iguales a sus compañeros, quizás sea un error que debo corregir desde ya. —Esa igualdad o diferencia que pueda haber entre clases no es algo que decidas tú— digo, —no tienes poder como para decirlo, la sociedad respeta esa estructura y tú solo estás dentro de ella— señalo, su informe decía que tenía catorce años, es una buena edad para entender estas cosas. —¿Y le has preguntado a tu compañera, hija de zapateros, si cree que ustedes dos son iguales?— pregunto, para que ponga en debate esto con su propias creencias. Porque si bien su abuela no hizo más que señalar lo diferentes que éramos, no estaba en falta con la verdad, lo que ella tenía por privilegio de nacimiento, yo lo tuve por esfuerzo y sacrificio, lo que realmente se puede decir que es un sacrificio, cuando una recorta partes privadas e íntimas de su propia vida y ser, para encajar.

¿Cómo que no sabes jugar al póker?— me asombro, tomando mi lugar para que comience a repartir y ni siquiera sabe cuántas cartas. —Creo que acabo de entenderlo todo, tienes un problema crónico con el «no»— dictamino, enderezando mi espalda y sosteniendo del mango de mi bastón. —¿Cuánto de lo que haces es algo que realmente quieres hacer y cuánto es algo que haces solo por llevarla la contraria?— le consulto. —Reparte la cantidad que quieras, vamos a jugar un póker sin reglas— propongo, sacando del interior de la caja algunas fichas circulares para hacer de esto un poco más interesante.
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Mensaje por Katerina L. Romanov el Miér Oct 07, 2020 11:55 pm

Ya le dije a mi madre que de seguir insistiendo, yo regalaría el apellido y me convertiría en Katerina Snow o algo por estilo, así dejaría de ser tan popular como para que esta mujer pueda decir que conoce de todos los asuntos que conciernen a mi familia como si fuera visitante habitual en nuestras comidas familiares. —¿Y todo para qué, señora? ¿Todo para qué?— así, recalcando el señora, alzando mis cejas como si estuviera esperando recibir una respuesta de ella que sé que no va a llegar porque no la conoce —Estaba en las mismas que cuando me fui, sin piedra filosofal, sin libertad, ¡qué es la libertad! Si me han metido en este lugar para señoritas finas cuando está más que claro que no soy una, ni quiero serlo— ya lo dije, así en vez de hacerse ideas, las tiene claras ya desde el principio. De esa manera ni ella pierde el tiempo intentando enseñarme cosas que no me interesan, ni yo pierdo cada pelo de la cabeza de tirones por no querer estar aquí.

Pues es una sociedad de mierda— digo sin que se me despeine un cabello del cuerpo, haciendo un mohín poco interesante con los labios al no coincidir con la imagen que tiene ella de la vida —¿No cree que esos valores están un poco anticuados? Solo le falta decir que mis padres serán los encargados de casarme cuando tenga la edad, y no con cualquiera, como si viviéramos en el siglo diecinueve todavía.— espero que deduzca por el tono de incredulidad de mi voz que estoy hablando completamente en broma, ¡solo faltaba eso! —La gente hoy en día ya no presta atención a esas cosas— sigo diciendo, aunque su última pregunta me deja un poco titubeante en el sitio, a lo que respondo comenzando por un pues... excesivamente largo —No lo sé, yo no le he dado motivos para pensar que somos diferentes, y si lo piensa es precisamente por personas con prejuicios como mi madre, mi abuela o usted misma, que no se cansan de demostrar que estamos un escalón por encima de todo el mundo— que me lo discuta ahora que se ha definido a sí misma como parte de este alto estatus.

Como que no sé jugar al póker, señora, que no tengo cincuenta años como para saberlo. Me limito a repartir toda la baraja de cartas sobre la mesa, sin darle mucha importancia al juego en sí. —No tengo un problema crónico con el...— me quedo callada al segundo de darme cuenta que terminar la frase significaría estar dándole la razón en este punto, cuando es justo lo que no quiero conseguir. Poso las cartas que me han sobrado al haber distribuido unas ocho para cada una en un montón en el centro, con mi mirada clavada sobre sus ojos claros. —Si usted se hubiera pasado toda la vida escuchando lo que no puedes hacer, que viene siendo prácticamente todo lo que quieres hacer, pues hubieras terminado por aceptar que la única forma de conseguir algo es haciendo lo contrario de lo que se dice— expongo mi caso. Es lo único que funciona con mi madre, primero lo haces y luego ya, pues que lleguen las consecuencias. —A nadie le gusta que le digan lo que no puede hacer, y mi madre tiene una predilección por exigir precisamente estas cosas— ¿qué es eso de que si ella dice derecha vamos para la derecha? Si ella escoge la derecha, vamos que si yo me voy para la izquierda.
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Mensaje por Georgia Ehrenreich el Mar Oct 13, 2020 4:43 pm

Una aquí, levantando esta noble institución, ladrillo por ladrillo, cuando mi juventud no pudo estar en un lugar más alejado que este, muchacha con destino de pobre, castigada a ser esposa y madre por esa sociedad que ella critica y yo también critiqué, por la cual tuve que aprender el protocolo que ella desdeña y así ser parte de una elite en la que abandona la banca que le concedieron con la estupidez propia de alguien de su edad. Chasqueo la lengua en reprobación a su tontería de niña, aunque debo reconocer que su discurso revolucionario tiene sentimiento y podría mover multitudes, razón de más para mantenerla en este despacho así el resto del alumnado aprende a bordar y cantar como es el propósito de esta institución. —Con tantos espíritus alborotadores en este último siglo, ¿cabe esperar una sociedad que sea arcoiris y flores, querida?— pregunto, sin esperar realmente una respuesta.  

¿Y que tiene esta juventud en contra del matrimonio por conveniencia? ¿A qué viene esa patraña de creer en uniones por amor que los amarga más que colmarlos? En cambio, los matrimonios por conveniencia son arreglos en que ambas partes se ven beneficiadas, la compañía es segura y también el apoyo, ya que hay intereses por la que es necesario sostenerlo. —Tengo casi ochenta años, jovencita. Déjame decirte que la gente de hoy en día es igual que la de hace cuatro siglos, no hemos evolucionado demasiado desde comienzos del 2000… — murmuro, si hasta menos de veinte años los magos debía seguir ocultando nuestra magia, ¿es posible esto? Sí, en el mundo en el que vivimos es posible, puesto que Neopanem es el único territorio conocido en el que al menos recuperamos la posesión de nuestras varitas.

Me esforcé por estar en este escalón cuando yo también tuve que subir desde lo bajo, muchacha. Dame el derecho de presumirlo todo lo que quiera, mientras mi salud me lo permita. Porque tú quieras bajarte del escalón, no quiere decir que muestres la misma arrogancia que tu madre y tu abuela al desdeñar a aquellos que quieran seguir en él, al final termina siendo lo mismo, te parece que está bien solo lo que tú piensas y haces…— digo, no me había dado cuenta de lo mucho que echaba de menos tener nietos de esta edad a los que poder hablarles de este modo, que nunca he creído en eso de justificarlos desde la rebeldía inherente a la adolescencia, rebeldes o no, también es parte de la vida que se choquen de frente con los discursos que podamos darle los mayores. Muevo mis cejas cuando su propia respuesta inconclusa me da la razón y recibo las cartas que me ofrece para ir acomodándolas en el orden que se me antoja, tengo mis ojos puestos en las figuras cuando le respondo: —Por lo que puedo entender, escuchaste tantos «no» de parte de tu madre, que solo esa palabra aprendiste y la vas repitiendo por la vida. Llegará el día en que te darás cuenta que dices lo mismo que ella, haces lo mismo que ella, ella se impuso, así que tú te impondrás. Lo vi en tu madre, cuando vino a inscribirte, no la escuchaba a ella cuando hablaba, era Agatha Helmuth hablando a través de su boca. ¿Es distinto con tu hermana?— pregunto, a esa muchacha no tuve la ocasión de conocerla. —¿Decir que «no» es tu manera de encontrar tu propia voz? Porque creo que a tu propia voz le hace falta un vocabulario más amplio y que no tomes palabras prestadas de un panfleto comunista, sino hacerlas tuyas, que hablen de ti.
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Mensaje por Katerina L. Romanov el Sáb Oct 17, 2020 12:42 am

Muevo mis cejas para dejar claro mi poco interés hacia como se han hecho las cosas o pretenden que se hagan en esta alta sociedad de la que alardea, porque lo que tengo en claro es lo que no tardo en decir —Si usted pudo hacerse un lugar entre los ricos y actuar como ellos, ¿quién me quita a mi de bajarme de ese escalón y cederle el puesto a alguien que sí quiera ser una señorita que se dedique a sonreír y asentir con la cabeza?— la reto, que así como ella tiene información sobre mí, yo también tengo mis ases bajo la manga. Con las chicas una tarde nos dedicamos a investigar sobre esta mujer que tengo delante, para mi desgracia no encontramos mucho de interés, no es de extrañar, siendo la dueña de un periódico tan importante como el suyo, debe de manejar toda la media y también el flujo de información en la misma. Pero sí nos topamos con datos interesantes que me sirven para plantarme con mi postura y alzar una de mis cejas, probándola.

Lo que digo no tarda ella en afirmarlo, dándome puntos a mi favor que se van asentando en mi discurso con mayor facilidad de la que creía, si no fuera porque desmiente toda mi actitud con sus siguientes palabras. —Mi madre puede mantenerse donde está si quiere, nunca le he recriminado que lo haga, como tampoco lo he hecho con quiénes deciden hacer lo mismo— aclaro, porque si bien estamos hablando de un tema que abarca a todos los de la clase alta, el problema aquí lo tenemos con Ingrid —Lo que no acepto es que ella sí tenga interés por criticar cada una de mis acciones, excusándose en que tengo que estar a la altura del apellido de nuestra familia, cuando muchas veces, la mayoría, no me interesa estar a ese nivel, no porque no crea que no es importante, sino porque no creo que mi comportamiento sea tan poco digno de una Helmuth— trato de explicarme. Es frecuente en mi casa que mi madre se la pase señalando mis faltas, creyendo que estas son las que me convierten en una vergüenza familiar, cuando son las mismas que yo pienso como virtudes en mí. ¿que ningún Helmuth fue alquimista? Pues siempre tiene que haber una primera vez para todo.

Apenas me he preocupado por las cartas que he ido dejando sobre la mesa, no es hasta que la veo colocar las suyas entre sus dedos que me decido por tomarlas y ordenarlas según lo que vea, porque sigue sin haberme explicado las reglas y dudo que lo vaya a hacer a estas alturas. Creo que no me hace falta tampoco, que me compare con mi madre es suficiente para que deje caer las cartas, haciéndolas visibles para ella desde su posición. —Dudo mucho, mucho, ser como mi madre cuando sea mayor y tenga hijos— no hay espacio para bromear con esa afirmación, tampoco en la mirada seria que le dedico cuando prosigo —Mi hermana es la pulcra imagen que Ingrid quiere para los Helmuth, se pasa las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, comparándome con Alexa, cuando sabe bien que lo único en lo que nos parecemos es en el color del cabello— y ahora, con mis mechones oscuros por el tinte, ni siquiera —Y no saco mi voz de un panfleto comunista, si esa es la impresión que doy es porque vivo dentro de una dictadura impuesta por Ingrid Helmuth desde el día en que nací y de alguna manera tengo que hacerme escuchar— declaro.
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