The Mighty Fall
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Mensaje por Katerina L. Romanov el Jue Ago 27, 2020 8:06 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Si mi madre se creía que iba a ganar con esto de enviarme a un instituto los fines de semana y de acompañarme a la puerta del colegio durante la semana al empezar el curso, estaba muy equivocada. La pobre no sabe con lo que se va a encontrar la mañana de que empiecen las clases, se mete en la cama con papá con la tranquilidad de que todo está funcionando bajo su dictamen, ni se preocupa porque esté aguardando bajo las sábanas hasta que ni los elfos domésticos estén despiertos limpiando la cocina en el piso inferior. Si acaso el único que se sorprende de que me levante en medio de la madrugada es Milo, a quien permito subirse a la cama pese a las indignaciones de mamá de luego encontrarla llena de pelos, y cuando tiro de un extremo de la fina manta de verano para poner mis pies sobre el suelo, alza sus orejas y me sigue como perro fiel por la habitación hasta uno de los cajones de mi armario. En el fondo encuentro el bote de pintura que compré en un supermercado un día que salimos con Gin exclusivamente para eso, que ella dijo que sabía cual utilizar puesto que asegura que su madre también lo usa para teñirse el pelo cuando nadie la ve.

Así que con la más cautelosa de las precauciones, tiro de la puerta para bajar por las escaleras de puntillas con el temor de despertar a alguien recorriéndome la columna, hasta que puedo encerrarme en uno de los baños más alejados y poner el pestillo a pesar de que no creo que se escuche nada desde ahí. Es el lugar donde empiezo con la tarea de teñirme el cabello del tono negro más oscuro que pude encontrar, color azabache que, en contraste con mi piel clara, hace destacar más mis ojos verdes cuando me miro en el espejo con la toalla sobre mis hombros y mi pelo empapado teñido de oscuro. Me parezco a mi amiga con él así, dato que no había tenido en cuenta porque lo único que buscaba era enloquecer un poquito a mi madre con este inicio del colegio, pero ahora que lo pienso dos veces al cepillarme el cabello mojado, de seguro va a culparla de tener semejante idea.

No es algo que me quite el sueño, de todas formas, cuando al día siguiente me suena la alarma y, a diferencia de otros años, salto del colchón con una excitación inexplicable. Asumo que mamá se ha levantado porque escucho pasos fuera de la puerta, conozco tan bien los andares de cada miembros de esta casa que por un momento creo que va a entrar a asegurarse de que me he despertado, pero lo que me aguanto la respiración es lo mismo que tarda ella en bajar por las escaleras. No me presento en la cocina hasta que estoy preparada de arriba a abajo, con mi cabello negro alisado que cae sobre mi espalda por encima de la chaqueta vaquera que me he puesto sobre la blazer del uniforme para darle un toque más personal, y mi falda uniformada también que he atado con un imperdible a mi cintura para que me quede más corta en lugar del largo sacado de un hábito de monja. — Buenos días — digo para hacer notar mi presencia en lo que me acerco a la nevera y la abro para sacar el zumo de naranja, a ver cuanto tarda.
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Mensaje por Katerina L. Romanov el Dom Sep 13, 2020 10:45 pm

Nunca me desagradó la escuela, si tengo que ser honesta, así que no puedo decir que me haya costado mucho salir de la cama esta mañana. Es agradable poder volver a estar con mis amigas en un entorno en el que no tenemos los ojos de algún padre pegados en la espalda, los profesores tienen suficiente con vigilar a los de mi primer año como para prestarnos atención a nosotras, aunque no somos un grupito que pueda pasar demasiado desapercibido, eso lo tengo que agregar también. Porque bien, si acaso mi primo Brian es el único con aspecto deseable —me sorprende que mi tía no se haya percatado de esto, lo que me ha llevado a preguntarle si es que se ha arreglado para alguien en el primer día de colegio—, y Gin puede camuflar su camiseta que mamá denominaría comunista debajo de su blazer, Quinn no hace un buen ejemplo de inadvertencia cuando veo que se trajo hasta las pancartas en la mochila, ¡pancartas! Puedo ver a Anna detrás de ella tratando de que no se le caigan al cerrar su cremallera con fuerza. No sorprende a nadie que dos horas después del inicio de las clases, a Ginevra le hayan llamado la atención por su camiseta, a Quinny le han puesto una amonestación por incitar a las masas con su discurso sobre la explotación de hipogrifos en el recreo, y a mí me han dado una nota por uso inapropiado del uniforme escolar, la cual tengo que entregar mañana firmada por uno de mis padres. En defensa de Brian y Anna he de decir que fueron arrastrados por complicidad de equipo, pero a la segunda no le molesta demasiado y dudo que a mi primo vayan a echarle la bronca, así que nadie más que nosotros tiene por qué saber que nos llamaron al despacho del profesor Thornfield el primer día de colegio.

Planeaba guardármelo como secreto, Anna juró saber un hechizo para camuflar la nota y pretender que fuera un escrito de actividad escolar, pero como si la experiencia no me hubiera iluminado en ocasiones anteriores, termino un poco decepcionada cuando en lugar de arreglar el papel, un llama aparece sobre la esquina y tengo que sacudirla contra la ropa antes de que se vuelva peor. Ni hablemos de que a Ginevra se le ocurrió la brillante idea de hacernos tatuajes conjuntos, dice que lo aprendió en internet en verano y después de que Quinn se negara a ello en los baños del tercer piso, me ofrecí porque... bueno, ¿porque por qué no? De seguro me va a costar una inflamación durante días, después de enseñarme el suyo en el hombro de un unicornio con cruces por ojos y una corona sobre la cabeza, con el cuerno en medio, decidí que quería algo más clásico. Claro que la definición de «clásico» de mi amiga se sale un poco de lo habitual, razón por la que mi cara es una completa amenaza al ver el número seis triplicado en mi muñeca. Si mi madre no iba a matarme por la nota, de seguro lo hará por esto.

Me duele un poco la muñeca, froto la misma con mi otra mano en lo que Brian asegura que vio una crema en la botica de mi tía que rebaja la hinchazón en menos de veinticuatro horas, así que le pido que me la consiga tan rápido como suena el timbre de la última clase y lo veo salir escopetado hacia el traslador cuando mis amigas y yo aún estamos tan solo saliendo por la puerta principal. Le digo a las chicas que tiren hacia la izquierda, cuando veo la figura de mi madre con un vestido blanco de refilón, así parece que no la he visto y puedo fingir ignorancia por el resto del camino a casa, si no fuera porque ella no desaprovecha la oportunidad de avergonzarme delante de toda la clase. —¡Mamá! ¿Se puede saber que...?— la fulmino con la mirada, antes de girarme hacia mis compañeros —Mi madre todavía me tiene rencor por mi cabello, te alegrará saber que a todos en mi clase les gusta— esto último se lo digo a ella, despidiéndome de mis amigas con tan solo una mirada, en lo que tiro del brazo de mi madre para alejarnos rápido —¿¡Es que tienes que ser siempre tan abusona!?— se lo echo en cara, no pierdo tiempo al sacar el papel que tiene que firmar del bolsillo de mi chaqueta —Ten, tienes que firmarme esto para mañana— no le explico que es porque tengo prisa por llevarme la mano al bolsillo antes de que la tela de la prenda se estire y deje mi muñeca al aire.
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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Vie Sep 18, 2020 3:30 pm

Me limito a arquear una ceja para mostrar mi escepticismo a que su cabello, así teñido con brea, pueda ser del gusto de alguien que tenga un mínimo sentido de estilo. Recuerdo bien los comentarios burlones que suelen hacerse en el colegio, lo recuerdo porque varios salieron de mi boca para divertir a mis amigas y debe ser el karma el que ahora me hace sufrir en carne, que mi hija pueda volverse blanco de chistes que hice alguna vez, si mi hija menor parece haber nacido para que toda mi vida se me eche en cara. Si hasta lo dice, que soy una abusona. —¿Yo? La que se ve como si fuera a reñirse en peleas callejeras es otra que anda con el pelo como si fuera una ex convicta— la repaso con mis ojos, para luego compararla conmigo que visto impecable como la dama que siempre he sido, quien diga que la imagen no define los calificativos, miente. Cómo nos vemos dice mucho sobre quiénes somos, y no soy una abusona, soy una dama correcta de la que Agatha Helmuth debería enorgullecerse si me está viendo.

Y, francamente, espero que no esté viendo nada, porque al posar mis ojos en la muñeca de Kitty el grito agudo que sale de mi garganta consigue que más de una cabeza se gire a ver. Cubro mi boca con una mano para reprimir ese sonido que me avergüenza, tantas cosas he visto en mi trabajo como auror que pocas me impresionan a estas alturas, pero eso que se insinúa sobre la piel de mi hija, oculto bajo la manga de su chaqueta logra lo imposible. Clavo mis uñas sobre la tela vaquera para retener su brazo y debe agradecer el obstáculo de la tela que impedirá que le queden marcas en la piel, ¡como si importara! Cuando tironeo de su muñeca para bajar su manga y descubrir los números inscriptos en su piel, ¿hay algo peor que esto? — ¡KATERINA LYOVA ROMANOV! ¡¿QUÉ ES ESTO?!— grito en plena escalinata, hay quienes se apresuran en irse, los chismosos se quedan quietos o avanzan con pasos más lentos para no perderse el espectáculo. —¡Tu cuerpo no es el de una muñeca para que juegues así! ¡Primero tu pelo! ¡Ahora tu piel!— le reclamo, —¡tu cuerpo es un templo! ¡Tienes que tratarlo con respeto!—. Sí, lo acabo de decir, la frase solemne de mi madre puesta en mi boca de que nuestro cuerpo es nuestro templo y hay que tratarlo con respeto, que en algún momento a mí también me dijo por una razón muy distinta a la de Kitty que solo me pone de los nervios. —¡¿Y de donde se te ha ocurrido tatuarte estos números?! Bien merecidas las rejas en tu ventana, si no haces más que esforzarte en parecer una criminal.
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Mensaje por Katerina L. Romanov el Sáb Sep 19, 2020 6:14 pm

¿En serio, mamá? ¿Y qué ocurre con aquellos que son morenos de nacimiento? ¿También vas a llamarlos ex convictos?— le hago saber que su lógica no tiene ningún sentido, que entonces toda la familia de Ginevra, o entre ella su hermana y su madre, serían también catalogadas como criminales bajo los ojos de mi madre, y esto tengo que decirlo, pero la mamá de mi amiga no me resulta para nada del tipo que pueda andar con uniforme de presa. —Si vas a criticar, que sea en base a prejuicios un poco más actualizados y no por el color de pelo de la gente— le recrimino, bufando con gran molestia, no veo a mi madre como la clase de persona que pueda entender algo como esto, si aquí ha venido a buscarme para poder criticar con libertad a mis amigas, con el fin de ponerme de avergonzarme, ¡y no por mi actitud, sino la de ella! —La próxima vez que vengas... no, no habrá una próxima vez, soy bien capaz de regresar al traslador yo sola, y no haces más que avergonzarme cuando apareces— parece que catorce años no han sido suficientes para demostrarle con claridad que soy un espíritu libre de sus coacciones, por mucho que ella se esfuerce en aparentar lo contrario.

Intento mostrarme relajada cuando todo en su semblante indica que está a punto de que le explote la cabeza, y no lo digo solo por ese gritito agudo, sino por la manera de modular su voz al gritarme. —Mamá, vas a gastarme el nombre de tanto gritarlo— no es que esté en condiciones de reprocharle nada, pero no voy a perder la oportunidad de hacer una broma al respecto, cuando parece ser lo único a mi disposición para zafarme de esta. Tiro de mi brazo para liberarme de su agarre, masajeando la propia muñeca con mis dedos antes de devolverla al bolsillo de la chaqueta. Es cierto, pica bastante, debe de ser la tinta de la pluma con la que marcó los números en mi piel, aunque algo me dice que Ginevra le robó el instrumento del despacho a su madre y no es estrictamente utilizado para hacer tatuajes. —Y pues claro que lo estoy tratando con respeto, pero es mi cuerpo, puedo hacer lo que me dé la gana con él— ¿por qué no me sorprende que mi madre sea de esas? Si me descuido un poco, también estará en contra del aborto —Si te sirve de consuelo, no fue idea mía, esta vez...— esto último lo digo muy bajo, casi que camuflando mis palabras bajo el cuello de la chaqueta. —Se le ocurrió a Ginevra de tener tatuajes compartidos entre todas— explico, la razón de por qué escogió este en concreto la desconozco, más que para meterme en problemas o porque, esta opción me parece más probable viniendo de mi amiga, le pareció guay. —¿Podemos irnos más deprisa?— la apremio tirando de su brazo, así pasamos de largo a las cabezas curiosas que nos observan sin apenas cortarse un pelo.
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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Mar Sep 22, 2020 5:22 pm

¿En verdad tendré que ponerme a discutir con mi hija la diferencia entre nacer con el cabello oscuro de Ginevra a teñírtelo y que luego las raíces rubias le hagan parecer que se ha colocado un plumero en la cabeza? Aprieto mis labios hasta volverlos una línea hermética de la que no saldrá palabra, todos en mi familia no hacen más que señalarme mis prejuicios sobre todo, esos que ellos también tienen, el problema con mis hijos y mis sobrinos es que están tomando una posición a la que pudieron acceder por esos mismos privilegios que han naturalizado tanto, que olvidaron que alguna vez, padres y abuelos tuvieron que sostener estos pensamientos que ella acusa de prejuicios, para que nuestra familia pudiera acomodarse en comparación a otras. Quieren demostrar que tienen ideas distintas, yo no veo otra cosa que el ridículo que hacen por esforzarse en parecer lo que son, basta con ver a Kitty, que esta mañana se despertó con toda la intención de parecer la rebelde del barrio, ¿rebelde a qué? Si tiene mesada a fin de mes. ¡Es que no lo entiendo! —¡Y tú me avergüenzas a mí!— se lo hago ver, con esta rencilla montada en la escalinata del Royal, si ya puedo ver que esto ameritará una charla con Kostya en la noche, para señalar mis faltas más que las de mi hija.

Yo te lo puse, así que puedo usarlo todo lo que quiera— es la respuesta rápida que le doy, sin pensarla demasiado, me sale de la manera más espontanea posible, por la costumbre de que todo con Katerina sea un tirar y recibir de comentarios para molestar a la otra. —Tienes catorce años, tu cuerpo sigue siendo una cuestión sobre la que tus padres tienen la última palabra— le informo, ¡no sea que ahora me salga con el interés por el sexo y un buen día me cuenten que han visto salir a mi hija del consultorio de un sanador luego de practicarse un aborto! Así, como quien va a hacer un trámite, porque su cuerpo es suyo y hace lo que quiere, tatuajes, drogas, sexo, alcohol, ¡tantas cosas! —Y puesto que mi óvulo fue necesario para que tengas el cuerpo que tienes, exijo seguir teniendo la posibilidad de una opinión para cada cosa descabellada que se te ocurre hacer en tu piel… ¡¿y por qué no me sorprende que esto sea cosa de Ginevra?!— resoplo, —Se habrá divertido mucho a tu costa al estamparte estos números y sabiendo de la bronca que se te vendría encima, mira que dejarte jugar como una muñeca por tu amiga…— mastico mi rabia entre dientes. —Y nos vamos a lo de tu tía Sigrid, eso es lo que haremos. Ella sabrá qué hacer con todo este desastre que tienes a cuestas— ya que ella también lo pasó, lo vivió, este es solo un deja vú de mis padecimientos de adolescente. Esto me pasa por criticar tanto, tanto a Siggy… ¡si mi hija me salió igualita!
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Mensaje por Katerina L. Romanov el Miér Sep 23, 2020 10:21 pm

Fulmino a mi madre con la mirada en una clara señal de que no pienso seguir discutiendo estas cosas con ella, que ha quedado claro para las dos que nunca vamos a llegar a ponernos de acuerdo, ni aunque sea en la más mínima cosa cómo el decidir qué se hace para cenar, por eso son los elfos los que se encargan de los menús semanales, así se evitan de escucharnos discutir por algo tan mísero como unos palitos de pescado. —¡De verdad es que eres insoportable! ¡Todo el día con la misma historia! Óvulo por aquí, óvulo por allá, si ni siquiera decidiste plantar semilla con papá, ¡crees que no lo sé! ¡Pues me lo dijo papá!— hablo así, en palabras clave como quién dice que los bebés vienen de la cigueña, porque nunca llegará el día en que yo me ponga a hablar de sexo con mi madre, ¡jamás! —Mi cuerpo es mi cuerpo, y soy una persona independiente como para decidir por mi cuenta lo que hacer con él, y si quiero hacerme un tatuaje o teñirme el cabello, ¡estoy en todo mi derecho de hacerlo! Puedes tener opinión, pero eso no significa que vaya a tenerla en cuenta— le aclaro, colocando las cintas de mi mochila sobre mis hombros al dar unos cuantos pasos con firmeza y barbilla en alto, esperando que me siga el ritmo.

¿Qué estás queriendo decir?— le dirijo una mirada analizadora cuando responde así ante el comentario de Ginevra, alzando una ceja —No me dejo jugar como una muñeca, yo accedí a hacerme el tatuaje, no fue ningún acto de coacción, ni nada por el estilo. ¿Es que no tengo derecho a expresarme como quiero? Tienes una imagen muy errada de cómo soy, mamá— le apunto, pasando la vista de mi madre hacia el frente en una actitud más que digna, porque eso sí puede decirse que lo heredé de ella, el orgullo, si no fuera porque tenemos puntos de vista tan dispares… — A la tía Sigrid también le encantará mi nuevo look, ¿es que no eres su hermana como para saber que ella se puso mechas rosas de adolescente?— pregunto, aunque sea solo para rabiarla un tanto, sabiendo que no voy a librarme de una visita a la casa de mi tía, pues al menos quiero divertirme mientras me dure el momento.
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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Vie Sep 25, 2020 9:18 pm

¡Eso es algo de lo que tenemos que hablar entre los tres!— grito, indignándome de que hayan hablado de semillas sin mi presencia, ¿qué es esto? Mi hermana queriendo montar cátedra de educación sexual en la cocina de su casa, mientras Kostya lo habla en secreto con Kitty. Estoy sintiendo muy fuertemente cómo me dejan de lado, para todo. No se me consulta nada, no se me deja tener opiniones de nada sobre cabello, uniforme, ¡ahora también tatuajes! ¿Qué soy? ¿Una madre o una planta verde del rincón? Todo lo que quiero es que Kitty hable conmigo, ¡y no hace más que gritarme! —¡Soy tu madre! ¡Mi opinión debería valerte dos veces más que la… del presidente incluso! Y cien veces más que las de tu amiga, porque soy quien te tuvo, te cambió los pañales, te alimentó con papilla y  la primera en traerte a esta escuela de la mano— se lo recuerdo, que no quiero ponerme a echarle en cara todo lo que hice por ella, no es como si me lo debiera y estuviera haciendo cuentas al margen de una hoja. —Lo que se de ti— digo, cuando me señala que al parecer no la conozco ya que tengo una imagen errada de ella, —¡es que eres tan terca como esas piedras que coleccionas!— es mi manera más contundente para acabar esta nueva discusión sobre sus derechos esenciales.

¡Y si vamos a comenzar por los propios desméritos de mi hermana…! No iremos de aquí hasta entrada la medianoche, así que la atrapo por la muñeca para poder desaparecernos de una buena vez, sin necesidad de usar uno de los trasladores disponibles. —Por eso te digo, tu madrina sabrá bien qué hacer en este caso de urgencia, ¡Morgana! ¡Que mi hermana termina la adolescencia por fin para que tú comiences con la tuya! No tengo paz en esta vida— me quejo, con lo que a Sigrid le costó madurar. Diría que tener hijos le ayudó a sentar cabeza, no estoy tan segura porque hay sábados a la tarde que al llegar a su casa todavía la encuentro en pijamas con Brian. Tira de la manga de la campera de mi hija para cubrir esa abominable marca de tres números diabólicos y con un último suspiro que reúne todas las emociones posibles, nos desaparezco.
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