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The last thing you say as your saying goodbye · Alecto - Página 2 IRh8ZNT
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The last thing you say as your saying goodbye · Alecto

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Mensaje por Rebecca Hasselbach el Dom Ago 23, 2020 7:19 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Finales de agosto

No es un asunto que vaya a abordar en la base de seguridad, así que en mi llamado soy muy puntual en decirle a Alecto que se presente en la mansión de la isla ministerial, lo que no es nada inusual porque en ocasiones han sido otros los aurores a los que también pedí que acudieran cuando necesitaba que se hicieran ciertos recados y asumo que eso es lo que pensará, luego de ordenarle que fuera de los que se encargaran en encontrar a la más pequeña de los vástagos Helmuth, ha pasado a ser algo así como la chica de los recados también, si bien no la molestado desde entonces por estar encargándome de otras cuestiones indirectas a ella. Con toda franqueza, no la habría llamado de nuevo, sino fuera porque ha llegado a mí cierto rumor que me obliga a actuar, de alguna manera tengo que asegurarme de las cosas no se tuerzan como quise evitar que sucedieran desde un principio, y el escuchar que la han desalojado hace que me agarre la cabeza para preguntarme qué clase de mundo insólito es este, en el que mi hija se queda sin lugar donde vivir siendo quien es y a mí me conceden una mansión en la isla ministerial.

Tengo los ojos cerrados por la pesadumbre cuando escucho al elfo que la hace entrar al despacho y luego de anunciarla cierra la puerta detrás de sí, para darnos la privacidad que espero tener en todas mis conversaciones dentro de estas paredes. Levanto mi rostro hacia ella al soltar un suspiro desganado, el que anticipa mi cansancio antes de empezar y es recomendación a su mal carácter de que no daré muchas vueltas sobre el asunto. —Me enteré que estás buscando un nuevo lugar donde vivir— comienzo con un tono sereno, juego con la pluma que tengo entre los dedos al mecerme en el sillón detrás del escritorio y no la invito a que se siente, no creo que quiera hacerlo. —Sobreentiendo que no quieres la ayuda económica de tus padres si andas dando vueltas por ahí, así que no haré la estupidez de ofrecerte lo mismo— suspiro y suelto la pluma sobre los papeles al ponerme de pie. —Ven a vivir unos días aquí hasta que encuentres un sitio, tómalo como una disculpa tardía—. No digo la palabra que espera, pero la dejo sobreentendida luego de meses de estar dando vueltas alrededor de ella, como la criatura que me aleja cada vez que grita y sobre la que sigo teniendo puestos mis ojos. —¿No era eso lo que me reclamabas? ¿El que te hubiera apartado? Déjame compensarlo y quedemos en paz. Te daré un lugar donde vivir el tiempo que lo necesites, luego podrás ir por tu lado, yo por el mío— se lo prometo, este tampoco es un lugar que pueda dar por seguro, se lo puedo ofrecer en este momento, dudo que pueda hacerlo mañana, así es la vida, coincidimos hoy y mañana no sabremos, esta es la única cosa que he encontrado para compensar mi abandono, porque nunca he tenido nada para dar.
Rebecca Hasselbach
Rebecca HasselbachMinistro de Defensa

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Mensaje por Rebecca Hasselbach el Vie Sep 11, 2020 3:55 am

Supe conseguir dinero de otras maneras en el norte, así como supe cuidarme de no cometer un error similar condenando a otro niño con mi sangre y mi suerte. No es mentira que ser madre fue un deseo ausente en mí durante toda la vida, incluso en este presente en el que puedo ofrecer mi protección a una muchacha como Maeve, no me engaño creyendo que es instinto maternal tardío, aun carezco de la sensibilidad hacia los vientres preñados o los niños de pasos torpes, son parte de un paisaje del que aparto la vista. Mis arrepentimientos recientes no dan lugar a fantasías en las que pueda verme siendo madre de una familia, que encuentra su dicha en dos o tres pares de ojos igual de azules, si acaso vuelven a ser las mismas y cansadas fantasías de desear lo más simple, solo una persona. Me siento molesta hacía mi misma, la piel se me hace insoportable, cargo conmigo misma con fastidio, cuando me reencuentro con el deseo tan primario de esperar cariño de quien, por sangre o vínculo o lo que sea, se debería dar por naturaleza. Un deseo que va en desencuentro con el suyo, llega tarde. Lo tenía tan enterrado que el tiempo que demoré en sacarlo escarbando con mis uñas en esa tierra seca, hizo que llegara tarde a su propio deseo de tener una madre que compensara la falta de sentimiento que recibió por parte de sus padres adoptivos. —En ese momento— susurro, ni siquiera puedo sostenerle la mirada, —yo era insuficiente—, no ella. — No hay razón para decirte que he dejado de serlo—, ni que eso vaya a cambiar tras la sentencia de sus palabras. —Pero lo que conseguí, te lo ofrezco y desearía que pudieras tomarlo a manos llenas, con codicia, para saciar lo mínimo de una carencia que te impuse en tu nacimiento— digo, quisiera que simplemente lo tomara.

Pero no lo hará, ella tampoco lo hará. Ella también ha tomado la decisión de irse cuando le digo que podría hacerle daño y aun así, todo lo que tengo podría ponerlo a su disposición. Si he conquistado todo esto, lo compartiré con ella, ese es mi ofrecimiento desesperado. Lo hago porque conozco su respuesta, su postura ha quedado clara desde el primer momento, acepté su «no» antes de hablar y sé que recibiré otro «no» cuando acabe. No lo sabe, actúa desde su propia voluntad, de la que me valgo para representar un antiguo acto en el que le toca el mismo papel que a otros y mis líneas no han cambiado. Pero no es engaño, es solo el viejo ruego que puesto en mis labios tengo que decirlo, cuando todo dentro de mí me pide que lo haga y que lo haga con la persona que debe ser, el problema es que la persona indicada, nunca lo es. Porque siendo la indicada, se vuelve la persona equivocada. Estoy dejando caer un ruego en la persona que no responderá a este, su falta de rencor sigue siendo un extremo demasiado lejano al cariño, su decisión de apartarse tras la primera decepción irremediable que le he provocado no es algo que vaya a cambiar con unas pocas palabras. —Quédate— murmuro, es el pedido que le hago luego de haber sido quien no le mostró más que indiferencia, que le dio la espalda, que se marchó una y otra vez, que la negó y la despreció, esto es lo que hago, una y otra vez, soy yo pidiendo que se alejen, advirtiendo del daño que puedo hacer, cuando esa misma petición es un ruego a que no me dejen sola. —Quédate, por favor—, pero no lo hará. —Déjame poder compartirte lo que tengo, como no pude hacerlo en ese entonces— digo, mi voz no me pertenece, si lo siento como que pertenece a otro cuerpo, el mío no sufrirá la que será su respuesta. —Guardaré mi distancia para no hacerte daño, solo quédate.
Rebecca Hasselbach
Rebecca HasselbachMinistro de Defensa

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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Vie Sep 18, 2020 9:06 pm

No hubiera dicho esto de mí hace un par de años, quizá unos meses tampoco, pero estoy acostumbrada ahora a quedarme con un mal sabor de boca, y he llegado a entender con el correr de los días que no es una sensación con la que pueda competir, no cuando se trata de mi propia madre al menos, así que la única carta que me queda por jugar es la de aprender a aceptar la resignación como un nuevo sentimiento que forma parte de mi personalidad. Lo pongo en práctica cuando continua con lo que antes hubiera tachado como excusas, en este momento lo veo como algo más que eso y en cierto modo lo respeto, como no he hecho con muchas otras cosas que tienen que ver con ella. Pero no soy transparente con mis emociones, nunca lo he sido, como para esperar de mí una reacción diferente al silencio que nos envuelve cuando termina de hablar y ya puedo sentir como el mismo escala por detrás de mi espalda hasta convertirse en una propia sombra que atosigue.

Es entonces al esperar marcharme sin mirar atrás y sin que ella oponga resistencia alguna, que me encuentro parada sobre mis pies, estirando mi cuello para sostener la mirada sobre las puertas de maderas. No reacciono de inmediato, es más, me tomo unos segundos para coger aire por la nariz y en el camino pasar algo de saliva por mi garganta seca, pero finalmente me doy la vuelta para regresar a posar mis ojos sobre los suyos. Su ruego me sorprende más que cualquier otra cosa, más el hecho de que lo considero sincero sin apenas dudarlo como hubiera hecho de lo que sea que saliera de sus labios. —No vivo sola— puede ser que sea yo la que se encuentre masticando excusas después de todo, salvo que no lo es en este caso, no es algo que espero que ella conozca, así que por eso se lo hago saber, parecido a una muestra de consideración por su trato. —Me temo que no haríamos más que estorbar y no voy a dejar que mi...— bien, ¿cómo explico eso? —No se encuentra entre mis planes dejarlo tirado para venir a vivir aquí— ah, sí, mucho mejor, es una suerte que David no se encuentre formando parte de esta conversación, ¿me recriminaría el no llamarle pareja delante de mi madre abandonadora? Nah... tiene demasiado buen corazón como para eso, por algo tengo que aprovecharme. —Además de un perro, y un gato— ¿por qué si quiera le estoy explicando esto, cuando lo primero hubiera bastado para exponer mi caso? Ni siquiera me agrada el gato como para querer hacerlo parte de mi carta de disculpa.

Y pese a todas mis justificaciones, breves en su mayoría, no me muevo del sitio ni hago amago de marcharme para cuando aprieto un labio contra otro, remarcando que he terminado de exponer mis razones por las que no debería quedarme. No debería, siempre se trata del no deber hacer algo, toda mi vida se ha basado en hacer lo que se debe, lo que me enseñaron a hacer y cómo ser, en la propia Academia de Aurores se reforzó esa enseñanza, lo que se espera ahora de mí es que agache la cabeza y me marche con educación. Me encantaría saber entonces por qué no lo hago y en su lugar me encuentro sostenida por la tensión que acumulo en mis dedos al cerrarlos en puños que se abren y se cierran en un baile nervioso, mirándola.
Alecto L. Lancaster
Alecto L. LancasterAuror

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Mensaje por Rebecca Hasselbach el Sáb Sep 19, 2020 12:58 pm

Y así es como la persona indicada se demuestra como la equivocada, con una respuesta que la hace inapropiada a mi ruego, su realidad construida con nada que guarde relación conmigo o cualquiera de sus padres, biológicos y adoptivos. Una respuesta tan cotidiana, tan banal, incluso inesperada por lo banal en alguien como ella en quien creí verme al conocerla, los mismos ojos fríos que no permiten el acercamiento de nadie. Me permite verla entonces enteramente como hija mía, es una criatura que nació de mí, pero su cuerpo es ajeno al mío pese al parecido en los rasgos y su destino también, está libre del mío. Camino hacia ella para pararme delante, mis ojos fijos en su rostro que llevo a abarcar con mis manos tratando de que sea una caricia superficial que no la haga apartarse y la miro, siendo obligada por la sangre que compartimos y ese siempre vago, impreciso y errático lazo de familia, a escuchar mi ruego de que se quede, imponiéndole una petición que no la haría si no fuera por las faltas de otros hacía mí. Pobre víctima de mi dolor agónico, todo por haber nacido como mi hija. —Vete— esta vez no es una orden, es un ruego mucho más honesto y poco audible que sale de mis labios. —No te quedes cuando te diga que lo hagas, nunca lo hagas— susurro.

Paso las puntas de mis dedos por su cabello que también es oscuro como el mío, me estremece ver la similitud de este despacho que se me ha concedido para ser la cara líder de una guerra, con aquella habitación en la que mi padre era la autoridad, líder de su propias guerras que se resolvían en calles oscuras y esquinas sin nombre. —Vete, corre, pon toda la distancia que puedas con quienes fuimos tus padres, tu familia— me recuerdo tan claramente deseando eso cuando era yo quien tenía que obedecer al mandato de quedarme, que creí persuasión a la que accedía y era la más canalla manipulación, —no dejes que nuestro destino te alcance— el mío que es un mestizaje maldito de familias, el de la sangre Powell que los hace parias entre los buenos, el que quisieron imponerle los Lancaster como una muñeca sin sentimientos. —Ten, ten cosas, personas, disfruta de tener y sé mezquina al tener. No dejes que nadie te quite lo que tienes—, tiene más de lo que alguna vez tuve yo, incluso un perro y un gato, temo que sonreír solo hace que mi semblante se vea más compungido. Dejo caer mis manos al liberar su rostro, le devuelvo su espacio personal al dar un paso hacia atrás y eximirla así de una obligación que no es suya, mucho menos suya, que si he tenido una hija, sea solo para verla irse y así la paz llega de otra manera, a través de ella, que sí pudo escapar. —Puedes irte— murmuro, dándole un permiso que nos absuelva a ambas.
Rebecca Hasselbach
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