The Mighty Fall
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Mensaje por Synnove A. Lackberg el Sáb Ago 22, 2020 2:25 am

Recuerdo del primer mensaje :

She was running
Últimos días de agosto

Lo bueno de estar dando vueltas por los alrededores del mercado negro es que tengo a alguien de seguridad que podrá cuidarme las espaldas. ¿Lo malo? Que trabaja para la seguridad del otro bando. ¿Lo peor? Que todavía no llega, lo que me está impacientando, haciendo que camine sobre mis pies en el peldaño donde llevo parada como un poste inquieto desde hace media hora, con la capa de invisibilidad cubriéndome hasta las pestañas y avistando cada tanto al final de la calle para ver si Maeve se aparece. Mala idea sugerir que nos encontremos cuando le tocaba hacer su ronda por estos lares, ¿y si hubo disturbios por algún lado de los que tuvo que ocuparse? Supongo que me quedará hacer la compra sola, saliendo de la capa justo lo necesario para regatear la receta auténtica de una poción multijugos, así dejo de probar esos brebajes que saben peor que tilo calentado con medias sucias en una misma taza.

Con cada paso que doy, conquisto una confianza que un par de metros atrás no tenía, comienzo a creer que podré hacer esto sin quedar expuesta a ningún peligro y cuando llego al puesto donde los filtros están dispuestos con el mismo orden que aquel que vende licores en la acera, estoy segura que mi cabello castaño oscuro logrará darme un rostro muy distinto al que se ve en los carteles, así que me entretengo hablando un poco de más con el hombre que a su vez me presenta a su esposa y me muestran la receta por la que piden mis buenos ahorros, dentro de su oferta me “regalan” un frasco con un poco de poción multijugos para que lo pruebe. No sé si se considera regalo luego de todo lo que me cobraron con la poción. El de los licores es el primero en dar la alerta y cerrar sus cajas de madera para esconder las botellas, colocando arriba un par de macetas inofensivas. Dice algo sobre que vienen agentes a hacer un rastrillaje de la calle, se me cae el alma al piso, por suerte la capa la sigo teniendo doblada sobre mi brazo. Podría ponérmela sobre los hombros si no fuera porque la mujer tiene mi dinero en una mano y sigue teniendo la receta en la otra, así que tengo que pedirle con prisas que me entregue el papel así como el frasco de prueba, mientras ellos mismos se encargan de dejar a la vista solo las pócimas permitidas.

Me meto en el primer hueco en la pared que encuentro para guardar el papel en el bolsillo y en el nerviosismo de estar manipulando un trozo de tela, con cuidado que no se me caiga el frasco, el papel se escapa de mis dedos para terminar en medio de la calle. Esto no estaría pasando si las recetas de internet fueran confiables, ¡que no lo son! Saco medio cuerpo a la vista cuando ya distingo las primeras figuras de agentes pidiendo identificaciones a comerciantes y clientes, así como de personas que se dispersan en la calle por interrumpir sus compras, me sorprende ver a Olivia entre esos rostros y al verla pasar cerca le chisto con fuerza. —¡Ivy! ¡Por aquí!— le chisto desde el umbral que me da un espacio de veinte centímetros, con la espalda pegada a la pared, para quedar escondida. —Ivy, Ivy, ayúdame— ruego en susurros, —déjame quedarme contigo—. Me coloco la capa dejando mi cabeza fuera para mostrarle que lo único que le pido es que me deje estar parada, invisible, a su lado. ¿Por qué? Porque estoy jodida del miedo, solo por eso.
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Mensaje por Olivia A. Holenstein el Dom Sep 06, 2020 8:19 pm

Todo lo que pido en este momento es que la palomita sepa mantener la boca cerrada, no solo eso, que hasta su respiración se vuelva inexistente por los minutos que le tome buscar una salida de este callejón mientras se me releva a mí la tarea de mantener a nuestra acompañante ocupada. Nunca vi a Rebecca como una persona de charlas, más bien de acciones, así que no dudo que tome la oportunidad para lanzar alguna que otra pulla que haga de esto algo más ameno para ella. —¿Oh, de veras? ¿Consultaste por mí?— se me hace inevitable no repetirlo, arqueando mis cejas por la ironía de que alguien que ocupa un puesto como ministra se dedique a preguntar por espíritus extraviados como lo es el mío —¿Debo sentirme halagada por esa muestra de consideración o es solo tu manera de seguir manejando los hilos del norte a pesar de que no te es estrictamente necesario, dada tu posición actual?— sonrío. No importa los lugares a dónde escale, entre ella y yo siempre existirá esta relación de a dos en la que si ella pica, yo lo haré el doble. No he sido ni seré nunca la clase de persona que se doblega a alguien solo porque tenga poder, me hace falta algo más que eso para pronunciar mis respetos, porque ante todo la primera a quien le debo eso es a mí misma, como para permitir que cualquier me pase por encima, con o sin título en el uniforme.

Podría decir lo mismo de ti, tú también dejaste el norte en búsqueda de algo mejor que las ratas del norte, no necesito preguntarte para saber que sí encontraste más que una mina de oro— señalo con mi barbilla la placa que brilla desde mi posición y gracias a la luz que se cuela por uno de los edificios es que puedo ver el apellido que yo procuré escribir con esmero en unos papeles que a día de hoy sigue usando. —¿La llevas con orgullo o es pura apariencia mediática?— nunca perdimos las apariencias en el norte, siempre éramos quiénes teníamos que ser, en el momento preciso, en el lugar adecuado, dudo mucho que haya dejado esas mañas solo por cambiar de pasillo. Ahora se la ve entre estas calles como una vieja amiga, pero no espero que me diga que cambiaría sus amplios pasillos de mansión para volver aquí. —Al final todos nos aferramos a lo que nos mantenga con vida, ¿no es eso? El instinto de supervivencia del norte nos hace recurrir a toda clase de cambios— digo, sin decir nada en realidad, que no estoy por ponerme a contarle mi vida en prosa y en verso, mucho menos mis motivaciones detrás de instalarme en el distrito nueve y tres cuartos.

Tan pronto la tengo a unos metros de distancia como se mueve cual serpiente para aparecerse cerca de mi oído, sus susurros podrían decirse que me erizan la piel, pero no necesariamente por sus palabras, sino por la manera de formularas, con esa voz siseante. —Pues claro que no, Becca, las dos conocemos bien que por aquí se mueven mucho más que parias y ladrones, como para rechazar la visita de alguien con estatus— en el fondo, sigo regodeándome, en especial cuando lo siguiente me hace soltar una carcajada que se repite en todo el callejón en un eco molesto para otros —El día que yo le rece a algo, Black o no Black, arderá la bandera de Neopanem sobre tu cabeza— no necesariamente la suya, pero es el primer ejemplo que encuentro al ser quien pregunta por mis decisiones tomadas. —Creo que no eres precisamente a quién iría a contarle mis motivos, pero no porque seas la ministra del presidente, para nada... Te dije una vez que no éramos amigas, pero tampoco te considero una enemiga, ¿lo eres ahora que te has pasado al lado de los ricos y favorecidos?— le devuelvo la pregunta, sin apenas apartarme de su lado a pesar de girar la cabeza hacia ella.
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Mensaje por Rebecca Hasselbach el Mar Sep 08, 2020 4:51 am

Bocona. Olivia Holenstein siempre ha sido una bocona, no del tipo charlatán como su hermano, sino con una boca suelta que responde a los demás como si gozara del puto estatus de princesa del norte, su porte pretende imitar a las niñas más aristocráticas del Capitolio, luego de haber dormido como cualquiera de nosotros en colchones con pulgas. Me habla como si su barbilla pudiera estar a la altura de la mía en cuanto a arrogancia, mi uniforme actual no la hace retraerse, más bien la envalentona para querer demostrar que no se empequeñece ante nada. —¿Por qué me hablas como si esperaras que algo hubiera cambiado en mí? ¿Crees que soy otra persona ahora, Ivy?— pregunto, mordaz. Su cara, así como debe serlo la mía para ella, es el espejo que me recuerda que sigo siendo la misma mujer que puede caminar entre estos callejones a ojos cerrados, porque los he recorrido en mi noches carentes de lucidez y me manché en la sangre que goteó de mis garras al suelo. Este es mi territorio, las palabras con las que pretende morderme son la bienvenida.  

Bajo mis ojos a la placa que me señala, al apellido que le robé a mi madre de sus recuerdos, el nombre que elegí para mí y con este poder enterrar a una muchacha que era demasiado débil como para vivir en estos distritos, se lastimaba a sí misma, pero era incapaz de hundir la daga en otra mano. En el norte no dudas, atacas cuando te acorralan, muerdes la mano que intenta atraparte, sacas sangre de quien te golpea. La actitud de Olivia no es diferente a la de muchos otros. —El norte nos ha hecho personas recursivas, tratamos de tomar las decisiones más convenientes en base a lo que poco que tenemos a nuestro alcance y— musito, rodeo mi placa con las puntas de mis dedos así la muevo para que se note su opaco brillo, —he sabido darle un buen uso a este nombre—. Eso que llama cambios, también es la necesidad de adaptarnos para sobrevivir, criaturas que en los ambientes más civilizados seguimos respondiendo a leyes naturales. —Y esa mina de oro que dices que encontré— vuelvo sobre la pregunta que dejé sin contestar, —estuve preguntando por ti porque también pienso darle un buen uso—. Lo que pienso pedir sale caro, muy caro, no es una única cosa, así que es aún más caro, ¿lo bueno? Puedo pagarlo, ese dinero no me sirve de nada si no es para esto, y así es como al final de cuentas, todo en lo que invertiría una fortuna regalada, está en las manos sucias de una marginal del norte.

Me río con ella cuando niega rezarle a un falso ídolo. Pese a lo molesto que puede resultar su carácter en ocasiones, también es fácil reírse con ella, aunque mi sonrisa sigue siendo una mueca peligrosa y no pretendo que esta sea una conversación cargada de chistes. Atrapo su barbilla con mis dedos, la retengo así, pudiendo ver en sus ojos. —Mírame— le pido en un susurro, —mírame bien y dime si ves a otra persona que no sea Rebecca Hasselbach, sigo siendo la persona a la que le diste documentos con ese nombre, aquí en el norte, también en el sur— tenso un poco más la curva en mi boca y la suelto para colocar las manos detrás de mi espalda así puedo caminar alrededor de su figura prepotente. —De hecho te buscaba por ese mismo servicio, esta vez pretendo pagarte mucho más. Si nada cambia el que estés en el distrito nueve, ni que yo esté en la isla ministerial, hagamos nuestros tratos en este callejón y que no salgan de aquí— propongo, tiendo mi brazo hacia ella al colocarme enfrente. —Te pagaré todo el dinero que logre entrar en una bóveda si me haces este favor y con un juramento inquebrantable, prometes nunca revelarlo— espero a que me ofrezca su brazo. —No estoy tratando de embaucarte, te dejaré mi placa como garantía si quieres. Tengo el dinero, yo no lo necesito, a ti podría servirte por diez años… o cinco años, si lo despilfarras.
Rebecca Hasselbach
Rebecca Hasselbach
Ministro de Defensa

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Mensaje por Olivia A. Holenstein el Sáb Sep 12, 2020 12:38 am

No, pero tus compañías sí que han cambiado, ¿eso debería preocuparme, Hasselbach?— no omito oportunidad de recordarle que soy con quién no le interesa meterse, por mucho que sus ropas hayan cambiado y en lugar de verse como una fulana cualquiera del norte, luce tan importante como la figura que representa en la sociedad de hoy en día. No es suficiente para amedrentarme, se lo dejo claro en mi manera de repasarla de arriba a abajo en un escrutinio de quién es ahora, por mucho que se esfuerce en decir que no es diferente de lo que solía ser, yo sí que lar veo ligeramente cambiada. —¿No te resulta un poco irónico que tus muchachos ahora son los mismos que persiguen a los que fueron tus compañeros antaño?— tuerzo la boca en una mueca, acompañada de un chasquido de mi lengua al mismo tiempo que ladeo la cabeza en un gesto reprobador. —Las vueltas que da la vida— suspiro dramáticamente, no demasiado preocupada por esos aurores que andan recorriendo estas mismas calles, estar en su compañía me da la seguridad de que no serán ellos los que me lleven a prisión, de querer hacerlo puede llevarlo a cabo la misma Rebecca.

No puedo discutirle eso, no cuando yo misma he tomado oportunidades que me han virado en direcciones que nunca pensé que llegaría a tomar. ¿Esperaba de mí misma terminar siendo la secretaria de uno de los líderes de la revolución de este siglo? No, y no precisamente porque no me creyera capaz, sino porque no es algo que se hubiera pensado de mí. Pero tengo mis salvavidas, estas manos que me han dado, a pesar de ser torpes en vocabulario y ortografía, no lo son en caligrafía, algo que he sabido usar bien a mi favor, favores de los que se han prestado otros también, como la misma Anne Ruehl. — Oh, no esperaba menos de ti, en el norte aprendimos bien a darle uso a las cosas nuevas, pero también a las desgastadas, ¿no es así? — que no crea que su nuevo nombre va a resguardarla de las olas que puedan crearse en la marea donde se ha metido ella sola —Aunque tengo que confesarlo, Rebecca, nunca pensé en ti como alguien que pondría todos sus huevos en la misma cesta— me siento en la obligación de decirlo, cuando en el norte nos hemos visto en esas circunstancias donde uno no puede simplemente depender de una persona, lo hacemos, o lo hicimos al menos, de varias, porque todos formamos parte del mismo bando cuando se trata de tratar con las sabandijas que se esconden en estos rincones. No hubiera pensado de ella que apostaría por lo más alto de la cúspide, sin tener con ella un plan b.

Claro que no me decepciona, a pesar de la molestia de su agarre no fuerzo la barbilla cuando es aprisionada por sus dedos, mantengo la mirada firme sobre sus ojos azules en contraste con la oscuridad de los míos, siempre me parecieron más apropiados para afrontar todo lo que se ve en los barrios norteños, no como los suyos que se ven delicados. Pero si hay algo que me ha demostrado la experiencia, es que Rebecca Hasselbach no es delicada. —¿Qué te hace pensar que sigo buscando de algo tan banal como el dinero?— es mi respuesta a su insinuación, engañosa, claro está. Soy avariciosa, todo el que ha crecido o pasado un tiempo en el norte lo es, no puedes sobrevivir en un lugar como este si no eres codicioso con tu propia vida. —¿Qué clase de trabajo es el que necesita la ministra de defensa, Rebecca Hasselbach, que viene al norte a buscar entre los trapajos sucios para cumplir con ello?— la sigo con la mirada mientras da vueltas sobre mí misma, hasta que se para delante con un brazo extendido que no dudo en analizar con las cejas curvadas por la curiosidad. Me conoce, lo suficiente como para saber que son los secretos los que más me llaman la atención, no el dinero que pueda ganar por ellos. Porque sí, eso es lo que hago, pido monedas a cambio de reservarme el secreto más confinado de una persona, a cambio les doy una nueva vida en la que no tienen que preocuparse de sus errores, de quiénes pueden buscarles, les doy una salida a todo esto. Todo el mundo busca una salida a una nueva oportunidad hoy en día —Responde eso y veré qué es lo que puedo hacer por ti— declaro, sin llegar a extender mi brazo antes de que haya cumplido con su palabra, ella sabe que no cumpliré con mi parte hasta que lo haga.
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Mensaje por Rebecca Hasselbach el Sáb Sep 12, 2020 7:18 pm

¿A quién tienes enfrente? ¿A mí o a mis compañías?— le pregunto, así deja de darme el trato prepotente de quien trata de etiquetarme también por la ropa que visto, la placa que llevo, lo que se dice de mí y se olvida de mirarme a los ojos para descubrir en estos con quién está hablando. Si nos pondremos a revisar domicilios, yo tendría que comenzar a indagar sobre sus actividades en el distrito nueve y si acaso deseo contar con sus servicios de falsificadora, no tengo la necesidad de negociar, impongo una razón para detenerla y en una celda aséptica de la base de seguridad puedo conseguir lo que quiero sin gastar un knut. Pero no pretendo hacer gala de un puesto de fachada en el ministerio para arreglar mis tratos con ella, me gustaría que cooperara como antaña al oír el tintineo melodioso de la palabra «galeones». Su pregunta sobre lo de estar peleando a la par de los que antes eran nuestros opresores me saca la misma sonrisa hueca que le dedico a todos los que creen enseñar en esto una incoherencia. —Yo le llamo revancha— murmuro, todos ellos deben acatar la orden de una licántropo. No soy despiadada en mi revancha, eso lo hace aun peor para ellos, simplemente tener que aceptar que esa es la silla que ocupo y que mi nombre es el que deben leer unido al de ministra de Defensa.

Y todo llega a su fin, no piso sin saber que todos los caminos tienen su conclusión. Este largo andar hacia la revancha también acaba en risco, sentada en la cima, en este sillón en el que se sorprende que me haya asentado con una comodidad peligrosa, puedo ver el risco bajo mis pies. No me demoraré en el disfrute de la revancha, una vez conseguida, saborearla apenas es suficiente. El hambre codiciosa que surge de haber tenido menos que nada, esa carencia desesperante, se vuelve tan voraz que al momento de tener en la boca lo que se pretendía, se pierde el gusto por esta y el hambre se cierra. La adrenalina de la caza se acaba una vez que hundimos los colmillos en la carne y brota la sangre, el interés por la presa se pierde una vez que se reduce a cadáver. —No sé qué te lleva a asumir esas cosas de mí, cuando nunca he sido alguien que pone todas sus expectativas en algo o en alguien. Todo lo que soy lo llevo conmigo a todos lados, no dejo nada en ningún lugar— la corrijo, cuando nunca he pretendido ser su amiga, como tampoco creo que ella desee serlo conmigo, mi interés se centra en el trabajo que puede hacer por mí y que conozco tan bien como para volver a confiárselo, dejando absolutamente de lado todo lo que somos para las personas que pueden conocernos en el ministerio o el distrito nueve.

Sigues oliendo a chiquilla pobre y eso te acompañará toda la vida, el ruido de monedas siempre te picará en los oídos cuando lo escuches, por instinto irás hacia estas— susurro en respuesta, ¿cree que yo cometeré su error de suponer que algo en ella pudo haber cambiado en este tiempo? La naturaleza no cambia, uno se quita y viste nuevas ropas, pero todas las marcas de la infancia quedan bajo la piel y los rasgos de un carácter retorcido como el suyo, son los más difíciles de enmendar.  —El trabajo que vengo a pedirte no lo hace ninguna ministra de Defensa, deja fuera eso— ordeno, exijo que me sostenga la mirada al continuar: —El pedido te lo hago como Anne Ruehl, con el dinero que tomaré de la ministra de Defensa que mencionas, vaciaré todo lo que se ha puesto en una cámara a nombre de Rebecca Hasselbach y te lo daré si haces lo que te pido— murmuro, tan bajo que mi voz la obliga a acercarse. —Quiero nuevos documentos como Anne Ruehl, en los que especificarás que es licántropo, residente del distrito doce y pocionista, que he vivido aquí todos estos años. Y que tengo una única hija, de la que también me harás sus documentos, Eva Ruehl. Nacida en el distrito doce, hace veinticuatro años, con mi apellido, pero reconocida por su padre. ¿Lo harás? Si lo harás te daré el nombre que te falta en el rompecabezas— vuelvo a extender mi brazo hacia ella para que acepte el juramento.


Última edición por Rebecca Hasselbach el Mar Sep 15, 2020 5:27 am, editado 1 vez
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Mensaje por Olivia A. Holenstein el Dom Sep 13, 2020 10:46 pm

Me suelo cuidar de quién tengo a mis espaldas tanto como de lo que tengo enfrente— respondo, que no creo en que las personas se mantengan fiel a un lugar, probablemente porque yo soy la primera en aprovecharme de una situación si se da la oportunidad, como para confiar en que los aurores que tiene a su cargo no van a apresarme en cuanto quede fuera de su cargo y me acerque a la primera esquina. No planeo ceder mi confianza a nadie más que a mí en esta vida, ya lo hice una vez y con esa experiencia me basta para no querer repetirla, no va a llevarme a ningún lado tampoco, así que tampoco es gran pérdida. Sonrío cuando asegura no haber cambiado en lo absoluto, no tengo duda de ello y no es como que planee echárselo en cara durante mucho más tiempo, pero sí me agrada señalar ciertas cosas de vez en cuando. —Quién sabe, no serías la única que termina cayendo a causa de las tentaciones del Capitolio, no me consideraría libre de esa caída mientras sigas estando en la cima— puede tomarlo como un consejo si quiere, pero si vamos a ser honestos, no suelo ser la persona a la que acuden para tomar consejos, no serían sinceros, de todas formas... Por eso lo hace todavía más especial el que esta vez hable en serio, lo he visto antes y supongo que ella también sabrá verlo para adoptar precauciones en caso de que ocurra.

Trato de no tomarme lo que dice como un insulto, después de todo no es mentira que nací en un distrito pobre, fui pobre toda mi infancia, lo seguí siendo durante mucho tiempo después, conozco del sentimiento de no tener nada que llevarse a la boca una noche de invierno y de que el frío se cuele bajo una sábana no lo suficientemente gruesa como para calmar los temblores, así que si hay algo en mi expresión que me delate en mi paseo por los recuerdos de esa pobreza, no lo dejo atravesarme y en su lugar mantengo la barbilla y nariz bien alta. —Bueno, dicen que el instinto es lo que nos mantiene vivos, así que tengo que agradecer eso después de todo, ¿no? No todos pueden decir lo mismo, desde luego que no lo harán los ricos entre los que vives— me guardo el comentario mal intencionado de preguntar si también se dedica a tomar vino con ellos al terminar su jornada, bebida que bien podría pagarle una cama caliente durante un mes a cualquier desafortunado del norte, nunca entenderé el despilfarro de dinero que tiene lugar en el Capitolio.

Este encuentro se pone de lo más interesante en cuánto empieza a aflojar la lengua, sigo sorprendida de que haya venido hasta aquí en mi búsqueda, cuando bien podría estar en el lugar más recóndito del país, en su lugar me encuentro viviendo en el distrito nueve y tres cuartos, no puede quejarse de suerte al haber decidido barrer hoy el norte y toparse conmigo a la primera de cambio. Quizá más que una sorpresa, lo encuentro algo sospechoso. —No te lo negaré, Ruehl, es una oferta generosa, ¿darías todo lo que posees ahora por unos papeles bajo un nombre que decidiste enterrar hace tanto?— interesante, todo se pone muy interesante, y ella que decía no poner todas sus expectativas en algo... —Pero lo haré, ¿por qué no? Dices que sigo siendo una chiquilla pobre, supongo que tú tampoco has podido aferrarte a tu nueva identidad tanto como te hubiera gustado, ¿no?— no entiendo por qué estaría pidiendo estos favores si no fuera así. Me reservo el preguntar sobre esa hija que no sabía que tenía, uno descubre nuevas cosas cada día con las personas que se relaciona, puede que por eso no me fíe de llevar a un hombre a la cama repetidas veces, como para terminar llamándolo mi marido. Apunto todo lo que me dice mentalmente, la vida en el norte te lleva a agilizar la mente a los pedidos de última hora, y uno no quiere cometer el error de no recordar lo que se pide, cuando bien podría costarte la cena. —¿Y para cuando querría Anne Ruehl estos documentos? ¿O prefiere que los envíe bajo un seudónimo a su nueva residencia?— en el fondo, sigo regodeándome, preciándome de estar en la posición para hacerlo. —Saca tu varita, Hasselbach— ordeno al extender mi brazo para tomar el suyo, con al firmeza de alguien que no es el primer juramento inquebrantable que hace. Espero que no se olvide de que aún tiene pendiente cierto dato faltante en la ecuación.
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Mensaje por Rebecca Hasselbach el Mar Sep 15, 2020 6:10 am

Mi carcajada es vacía, esas tentaciones del Capitolio de las que habla pueden serlo para ella o criaturas con un espíritu similar al suyo, que se regodean en la opulencia con entero abandono de sus recaudos. He tenido la confirmación de que soy de las que se sientan a beber a solas una copa de vino en la basta y lujosa mansión que se ha construido como emblema de poder, de superioridad sobre otros, las tentaciones a las que alude las veo tan inútiles como cuencos de decoración y varios cuadros que cuelgan en las paredes con figuras siempre abstractas que no me dicen nada. Tan inútil para mí como aquellos que, por crecer entre paredes de una ostentación parecida, han dejado de impresionarse. Esos ricos que ella menciona, de los que no sabe nada, chiquilla envidiosa de la suerte de los otros, porque la suya siempre le dará un complejo de inferioridad. Tuerzo mi sonrisa hacia ella, riéndome de ella. —Sueña la zorra con las uvas que no puede alcanzar…— susurro, en referencia al cuento que podría ser una transcripción fiel del triste relato de la vida de una Holenstein, pobres y rateros que no hacen otra cosa que hablar de galeones, esos galeones que desbordan sus bocas, pero nunca sus manos.

Salvo que tenga la inteligencia de aceptar mi trato, en el que muestro una generosidad inusitada en mí, única en mi vida y que no tengo intención de repetirla, pues lo que pretendo hacer es aún más trascendental que aquella vez en que tomé prestado el apellido de mi madre biológica para armarme de una nueva identidad que me sirviera de armadura en el norte y así cubrir, tapar de cualquier ojo, las cicatrices que tenía por debajo. —Son precisamente esas cosas las que exigen un costo muy alto a ser pagado y rogamos poder pagar cuando en manos tenemos lo que podría hacerlo posible, sacrificios para recuperar lo que descartamos, de esas ironías está hecha la vida…— musito, cuando es poco lo que puede importarle reflexiones como estas. Olivia estará toda su vida del lado de quienes ven su provecho de lo que piden otros, no la creo capaz de querer y desear tanto para sí otra cosa que no sea una extravagancia cara a su vanidad. Así tampoco tiene por qué importarles las verdaderas razones de mi petición, por lo que callo en vez de sacarla del error de que esto no se trata del agotamiento de un nombre, pues no es así. Es el simple y llano deseo de recuperar el propio. —Pasarás a dejarlo por el mercado de este distrito, te daré el nombre de una mujer que vende hierbas mágicas, se lo darás a ella y recibirás la llave de una cámara que también está en este distrito, con la dirección para que des con esta— especifico las condiciones de su pago así pasamos a lo importante de este acuerdo.

Doblo las mangas de mi casaca para que la piel de mi antebrazo quede expuesta, tal como he venido indicándole desde que iniciamos esta conversación, porque no me fio de la palabra de Olivia Holenstein cuyo valor es menor al de un knut. La necesito tanto como necesito de su reserva, porque la petición de mi viejo nombre no es algo que deba siquiera sospecharse, pronunciarlo podría invocar desgracias como lo ha hecho siempre, y solo conozco una manera de que esto permanezca en el silencio. Tomo su muñeca con mis dedos que la atrapan como si fuera una garra y espero a que imite el gesto, recién entonces en el aire se forman hilos que surgen de mi varita para ir envolviendo nuestras manos, cuerdas que nos atan con una fuerza que hace chocar mis dientes. —Jura nunca revelar este acuerdo por el cual te comprometes a devolverme documentos con el nombre de Anne Ruehl, así como a darme otros con el de Eva Ruehl, nacida el 6 de mayo, hace veinticuatro años, en este distrito, hija mía y de Nicholas Helmuth— miento, una mentira sobre la que ella tiene que jurar silencio. —¿Lo juras?
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Mensaje por Olivia A. Holenstein el Jue Sep 17, 2020 10:29 pm

No creo que la vida en el Capitolio haya hecho de Rebecca una persona de discursos, siempre lo fue pese a encontrarse en los lugares equivocados, cuando bien podría ubicarse entre los mejores juristas del país, por saber siempre utilizar las palabras precisas para hacer de su lengua una mucho más culta de lo que en realidad es, que cualquiera que haya tenido tratos con ella en el norte conoce de sobra donde se encuentran sus prioridades, y no es con nadie más que con sí misma. En eso nos parecemos, desde luego, lo que no hubiera pensado es que existiera otra persona más en la ecuación, esa hija por la que está ofreciendo un dinero que la sacaría a ella de tener que volver a estos callejones llenos de mierda, porque el olor viene de algo peor que esta y es de nosotros mismos, los que merodeamos por aquí junto a las ratas de las alcantarillas. —Muy bien, lo haremos así, lo cual quiere decir que no volveremos a vernos las caras hasta un tiempo— respondo a sus condiciones, que no soy tan ilusa como para creer que nuestros caminos no van a cruzarse de nuevo, cuando su puesto y el mío siempre han ido a la par y nada tienen que ver con que nos encontremos en bandos diferentes en una guerra de la que en el fondo no formamos parte. Nosotras siempre hemos peleado por la supervivencia, hace parecer a todo lo que está ocurriendo una nimiedad si lo comparamos con el sentimiento que conocemos bien de depender de la punta de un hilo.

La sonrisa curva que se aferra a mi rostro también continua cuando mis dedos rodean su muñeca una vez ella ha tomado mi brazo, hay algo en la manera de mostrarse dominante en una situación que te da la seguridad para hacer cualquier cosa, incluso cuando puede que no la sientas, no quieres hacerle ver eso a tu enemigo, tampoco a tus amigos, y puesto que no somos ninguna de esas cosas, lo hace todavía mejor. Estoy tentada a reírme por la confesión que hace al final, dejaría escapar una carcajada seca si no fuera porque el momento pide de unos minutos de seriedad, que no me considero una persona profundamente sensata, pero hasta yo sé reconocer qué momentos precisan de actuar con un poco de propiedad. —Lo juro— he hecho cosas peores que unirme en lazos invisibles a alguien por un juramento, muchos me tratarían como una persona que no sabe mantener la boca cerrada, y puedo darles eso a su favor si así se sienten mejor consigo mismos, pero no los secretos, no… Los secretos me pertenecen tanto como lo pueden hacer los galeones por los que acabo de firmar en voz alta. Si sus dueños no quieren que los comparta, tienen la aseguración que no poseen con cualquier otra petición que puedan hacerme de que seré su guardiana por el tiempo que lo requieran, es la única tarea en la que me considero fiel a la causa, no voy por ahí fingiendo ser honesta con lo demás con otras cosas. ¿No es mejor eso para todos? —Nunca decepcionas— comento, mi sonrisa ensanchándose por no llegar a decir a qué me refiero con eso, creo que basta el nombre del ministro para permitir decirlo. Separo mi mano de su cuerpo al retraerlo para masajear mi palma con los dedos de mi otra mano, aun sosteniéndole la mirada —Siempre es un placer hacer negocios contigo, Rebecca, de verdad. Nos veremos una próxima vez, eso seguro— y porque puedo escuchar pasos al otro lado del pasillo, unos que no pertenecen a la palomilla que espero haya sabido buscar su regreso a casa, yo hago lo mismo desapareciéndome delante de ella tras un gesto con mi cabeza.
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