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Homesick · Phoebe

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Mensaje por Rebecca Hasselbach el Lun Ago 03, 2020 10:10 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Julio

Había jurado que no volvería a poner un pie en casa de Phoebe luego de verla en esa casa del distrito nueve donde esperaba un bebé que compensaría al que perdió, con el mismo hombre que no me había esperado que cumpliera con lo que predije en alguna ocasión, no hay ningún tipo de satisfacción en saber que tenía la razón. Nunca la hubo, a decir verdad, no se lo había dicho en su momento porque me regodeara en ella, por querer hacerle un daño intencional, sino para prevenirla de una herida que conocía bien. Y aun tiempo después de saber que Phoebe se había quedado sola con su hijo, seguí con mi mirada retirada de ella porque su presente seguía siendo mejor que el pasado en el que estuvimos atrapadas con nuestras vidas vinculadas. Pero no cierro mis oídos a su nombre, a lo que puedo saber de ella o de ese niño del que espero nunca conocer la cara, lo que bien sabe su madre que debe hacer, es mantenerlo apartado de mi vista.

Es el rumor que me trae un licántropo lo que me tiene frente a su puerta, llamando. Hay ciertos apellidos que antes de ser reportados, algunos miembros de seguridad con buen tino consideran que es conveniente hacérmelo saber a mí y no los desaliento a ello. Había creído que Phoebe estaba recluida en su casa para afrontar la soledad con su hijo, saber que anda merodeando por el norte me preocupa como quizás no le preocuparía a nadie más, muy probablemente porque yo sí la he visto antes mendigando por ahí y no creo que la ausencia de su marido sea algo que pudiera cubrir con tareas domésticas, el cuidado de su hijo y un poco de trabajo. La he visto rota y puede estarlo si quiere, mientras sea en la seguridad de una casa en un distrito como este, pero no rota en el norte. Al chasquido de la cerradura cuando la puerta se abre, estoy con medio cuerpo dentro antes de que pueda cerrarla en mi nariz al reconocer mi cara. Invado el espacio de su casa, mucho más reducido que la casa anterior, casi siento que puedo llenarla con mi presencia. No es un espacio pensado para más de una persona, supongo que fue inteligente de su parte para que ciertas ausencias no se notaran, debe ser horrible una casa donde la otra mitad se vea vacía.

Como me han dicho que se te ha dado por visitar lugares pasados, imagino que no te molestará también cruzarte con una cara de esos tiempos— la saludo así, —otra vez— musito. Coloco mis manos en cada lado de mi cadera y avanzo en zancadas por el recibidor hasta poder pararme desde donde la puedo mirar de pies a cabeza, mis ojos le dicen que está en falta antes de que le diga palabra al respecto. —¿Qué mierdas andas removiendo en el norte, Phoebe? Pensé que no querías volver a nada que tuviera relación con esos distritos, de pronto te han visto por ahí y no con las manos vacías. No creí que volvieras a rebuscar entre la basura que dejamos atrás.
Rebecca Hasselbach
Rebecca HasselbachMinistro de Defensa

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Mensaje por Rebecca Hasselbach el Sáb Ago 15, 2020 2:23 pm

Porque es lo que hago— endurezco mi voz al decirlo, es lo que toda mi vida he provocado en otros, indiferentemente de mis intenciones, todas las palabras que salen de mis labios caen sobre otros con un filo que no siempre fue mi intención usar, golpeo sobre heridas pasadas de las personas, las puntas de mis dedos siempre terminan sacando sangre de cortes que vuelven a abrirse, es lo que provoco en otros y me convierte en este pozo negro en el que nadie quiere entrar. El mismo que a veces puedo ver en ella cuando pierde toda esperanza, porque las oportunidades que habría tenido de que las cosas fueran diferentes, le fueron quitadas y cada espíritu solo hasta cierto punto puede resistir por su cuenta. No consigue permanecer inquebrantable cuando está la intemperie de vientos que lo azotan y lo arrastran en distintas direcciones. No quiero ver esto que estoy presenciando de primera mano, todas mis advertencias sobre su suerte dichas hace unos años, vuelven como un eco atormentador que se cumplen en ella, gritándome, desquiciándose. Porque esto es lo que siempre conseguimos en la otra, mis demonios dormidos se despiertan con su voz, así como yo debo alentar a los suyos, y en esta espiral caigo para que la angustia haga que las heridas vuelvan a recordarme quién soy, qué es lo que siempre consigo y qué he aprendido a hacer con ello, resignada a que nunca será distinto. —Lamento que se hayan vuelto una verdad con la que debes vivir— y aun diciendo que lo lamento, lo que hago es darle la razón, estuve en lo cierto al decirle en ese entonces que este era el único final posible.

Porque si hubiera una vaga posibilidad de que algo en esto fuera distinto, me marcharía de su casa dejándola con sus recuerdos en un rincón y su hijo llorando en el piso de arriba por escucharla gritar, aceptaría su «no». —No es el ministerio el que quita, ni siquiera soy yo— aclaro, no fue el ministerio el que le quitó a su marido, ni su padre quien le quitó un hogar, ni los bastardos del norte lo que fueron sirviéndose de cada pedazo de su inocencia hasta dejarle solo migajas de esta, que un nuevo viento está encargándose de arrastrarlas por el suelo para que se vayan lejos. —Nunca tendría que haber sido, solo fue crueldad de la vida dándote una probada de algo que ibas a perder— habrá quienes digan que basta un poco para conservarlo durante toda la vida, esas personas no saben nada sobre lo largo que se hacen los años. —Y fuiste tan ingenua para caer en eso— quizás ella también lo creyó, no la culpo, que un poco amor luego de tan ausencia de este sentimiento, sería suficiente para continuar. Ni siquiera soy yo quien le quita, aunque sea quien mueve su varita para hacerse con el pensadero, robándoselo en su cara, en su casa, así cuando regresa a la sala con un niño de ojos tan lastimados como los suyos por el llanto, hago lo que me toca hacer, siempre ha sido así, ella misma consigue que vuelva mirarme en mis espejos más rotos y me lleve a estas decisiones. —Los recuerdos que necesitas los tienes en tu mente— murmuro, mis ojos se posan en el rostro de ese bebé rubio que me hacen pensar en Hermann Powell de una manera en que no lo consiguieron ni sus otras nietas, ni la hija que tuvimos, quizás porque el vínculo entre Hermann y Phoebe es de esos nudos del destino que nunca llegarán a soltarse. —No puedes tenerlo a los dos— apunto a su hijo con mi barbilla mientras el pensadero se desvanece, — y cómo último consejo que puedo darte, esta vez quédate con tu hijo. Solo tienes dos manos, Phoebe. Piensa bien en qué las usarás para aferrarte de ahora más, que no sigan siendo vacíos.
Rebecca Hasselbach
Rebecca HasselbachMinistro de Defensa

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Mensaje por Phoebe M. Powell el Dom Ago 16, 2020 1:26 pm

Protejo la cara de mi hijo contra mi cuello al colocar una mano sobre su cabeza, a pesar de que él mismo insiste en apartarse porque le produce mucho más interés la presencia de Rebecca que el hecho de dejarme a mí refugiarlo de las palabras que salen de la boca de la misma mujer, incluso cuando no tiene edad para comprender nada de lo que está diciendo, la forma en que modula sus palabras me es suficiente para creer que pueden llegar a sus oídos de la misma manera desagradable que atraviesan los míos. Recibo su acusación como cuchillos afilados al decir que todo lo que ha ocurrido no se debe a más que a una fuerza mayor que lidera sobre mi vida, lo que me hace sentir como si hubiera algo mal conmigo que no me permite tener las cosas que a otros les caen bien aventuradas. Pese a que quiero gritarle que está equivocada, que sí puedo tener cosas buenas y cuidarlas, la crueldad que utiliza para referirse a las decisiones que he tomado en mi vida, tiene ese efecto deseado y hasta me hace sentir que sostener a mi propio hijo en brazos es algo que puede llegar a dañarlo. Me noto débil cuando abro la boca solo para volver a cerrarla segundos después, tengo miedo de que la fuerza que mantiene a Hayden en mis brazos se desvanezca de la misma forma que lo hace la fuente de recuerdos frente a mis ojos.

Vete — por el tono que utilizo en mi voz, vaciando mi mirada de cualquier sentimiento que no sea la dureza con que me dirijo hacia ella, no hace falta aclarar que se trata de una orden y no de una petición que puede tomar a su antojo. — Te quiero fuera de esta casa, no tienes nada que hacer aquí, lárgate y haz como la última vez. No vuelvas a acercarte, te quiero lejos de mi hijo — sentencio, que no es quien para decirme a qué me debo aferrar cuando ella misma se desprendió de su hija, y lo sé porque así como ahora deseo mantener la máxima distancia que pueda con ella, hubo un tiempo en el que busqué su cercanía por ser lo que conocía seguro, tanto como para frecuentar las mismas personas y en el proceso encontrar en ellas un vínculo necesario para poder sobrevivir. Georgia no se cortó al desmentir lo que ella me había dicho, que jamás estuvo embarazada, que nunca tuvo un hijo, es a lo que se aferraba cuando me quitó al mío y a lo que se sigue aferrando cuando me grita que no me sostenga al vacío. Me entran ganas de maldecirla y devolverle los insultos que grabó en mi piel para que queden también marcados en la suya, que sean invisible para el resto no significa que lo sean para nosotras y si no lo hago es porque estoy segura de que yo no veo las que son más profundas para ella, como para hundir el dedo en la herida.

A pesar de mi advertencia, doy un paso en su dirección, no me deshago de la sensación fría que ha dejado en mi cuerpo cuando elevo la voz. — Siempre tienes que quedarte con la última palabra, ¿no es así? — no digo más, mientras le dedico una mirada de arriba abajo, que saque ella misma sus propias conclusiones, que yo haré lo mismo con las mías. — Largo — repito, no por miedo a que no haya quedado claro una primera vez, sino solo por el simple hecho de hacerlo. No le digo que si robé el pensadero una vez, puedo hacerlo una segunda, el poco tiempo que he vivido en sociedad civilizada no me ha hecho olvidar lo que en su día fue mi pan de cada día, mi única forma de asegurar tener algo al día siguiente. Puedo sentir la incomodidad de Hayden en mis brazos al no estar acostumbrado a escucharme hablar de este modo, a pesar de haber sido apenas unas palabras cortas, de manera que se puede percibir el contraste en mi forma de mirarle y relajar el endurecimiento de mis facciones al bajar a posar mis ojos sobre él. Me doy la vuelta con intención de no ver la figura de Rebecca, no volver a verla ni aunque me gire porque espero que haya aprovechado el momento para desaparecer de mi vista, así como ha hecho con el pensadero que deja una sensación opresora en mi pecho que no se va.
Phoebe M. Powell
Phoebe M. PowellDirector del Servicio Social

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