The Mighty Fall
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Mensaje por Lara Scott el Mar Dic 24, 2019 3:12 pm

Con los pies debajo de mi cuerpo, coloco a la bebé en medio de mis piernas cruzadas y la recuesto contra mi vientre para que pueda ir mirando las fotografías que le muestro, que después de estar toda la tarde al borde de la piscina con kilos de protector encima y un sombrero que no le deja fuera ni los pies, volvimos al interior de la casa a esperar que aparezcan otras vidas humanas. —¿Te puedes creer lo hermosa que era tu hermana de niña? ¡Mira esos cachetes, Tilly!— chillo de la emoción, que no hay nadie más en la sala y las pocas fotografías de Meerah que logré conseguir de los cumpleaños a los que fui son material para enternecerse. Si no lo hice antes y lo hago recién ahora, es porque aprendí a apreciar la belleza de los cachetes redondos al tener que cargar desde hace un par de semanas con una bebé tan gorda, que picarle las mejillas es una tentación de la que nadie se priva. Dejo la fotografía a un lado cuando escucho el timbre y en lo que me tardo en descruzarme para ir a abrir, escucho como la puerta se abre, se cierra, avanzan los pasos por el pasillo y maldita Poppy veloz que me ha ganado, ella porque se aparece y desaparece en un pis pas, tramposa.

Recuesto mi espalda contra el respaldo del sillón y para cuando una figura tal alta como es característico de los Powell cruza el umbral de la sala, tengo a Tilly sobre mi pecho para que pueda saludarla con su manito en alto. —Hola, tía Phoebs—. Sacando lo de las noches en vela, lo de tener que estar limpiando un culo todo el día, de que los senos me duelen de muerte cuando se cargan de mucha leche y me escuecen a veces, ah, también que está acaparando nuestra cama, esto de tener un bebé es divertido y con la cantidad de juguetes que le traen, tenemos para entretenernos. Sí, claro, decían que la maternidad me iba a traer madurez, pobres ilusos. Ni que fuera Navidad y me la pudieran colocar como un obsequio debajo del árbol. Toma, Lara, aquí tienes tu madurez. Meerah le regaló un cactus bailarín a Tilly, o sea, ¡un cactus bailarín y con luces en las mejillas! Ni hablemos del chupete de snitch, me lo voy a robar, diré que se perdió y haré que Hans le compre otro. Esta licencia del trabajo se parece mucho a unas vacaciones en un parque de diversiones, las noches son la montaña rusa del terror, el resto es llevadero.

Todas las ideas desopilantes que se me ocurren de repente tienen que ver con la bebé y tal vez de las más sensatas, sea la de darme cuenta que Tilly necesita conocer a sus abuelos y no es demasiado pronto, quiero que sus caras se vuelvan tan familiares para ella que pueda hablar de la abuela Penny o el abuelo Lawrence de la manera más natural posible, que siempre los tenga presente como sé que Mohini siempre estará para ella. ¿Hermann? ¿Quién es Hermann? Yo no lo conozco, hay gente que hace mérito para que ni los mencionen. —Gracias por buscar una fotografía de tu mamá, Phoebe. No era mi intención sacudir los cajones de los recuerdos y que puedan traer nostalgias, lamento si fue así. Solo quiero darle lo mejor de nuestros pasados a las niñas— se lo explico, como ya lo hice por teléfono cuando la llamé para preguntarle con toda cautela si acaso tendría una fotografía de Penny que pudiéramos colocar en el álbum de Tilly, después de preguntarle a Hans con la misma y aún más exagerada cautela si tenía capturas del rostro de su madre para incluirla a ese libro que voy llenando en mis ratos de aburrimiento con todos los detalles de la bebé que no querremos olvidar. Extraigo de debajo de las que muestran la carita infantil de Meerah, una en la que se aprecia el viejo taller como lo era antes de que las cosas cambiaran tanto y en el centro de la imagen, mi padre con su mameluco de mecánico y ese rostro suyo, grueso y sonriente, de una época en la que yo era tan pequeña como la misma Tilly. Se la tiendo a Phoebe para que pueda verla. —Cuando volvamos a la casa de la playa, podemos colocar ambas en cuadros para colgarlas en la pared— aquí no me animo ni a poner un clavo en la pared para no arruinar la decoración.


Última edición por Lara Scott el Vie Dic 27, 2019 3:04 am, editado 2 veces
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Mensaje por Phoebe M. Powell el Mar Dic 24, 2019 5:04 pm

Cuando recibo la llamada de Lara pidiendo que le lleve una fotografía de mi madre, ni siquiera tengo que preguntarle a qué viene para hacerme una idea de por dónde van los tiros. No he sacado esas fotografías desde la Navidad pasada, muchas de ellas incluyen figuras que guardan historias que es mejor no contarlas, pero tampoco llegamos aquí exclusivamente a base de buenos recuerdos, así que tampoco se siente correcto el tratar de borrarlas. Un día, cuando tenga más tiempo, aunque tampoco es como si me faltara de ese en pleno verano, me dedicaré a ordenar las imágenes, ponerles un orden en la cronología que marca nuestras vidas, pero por hoy, rebuscar entre las cajas de metal que escondo en el armario es suficiente para poder cumplir con la petición de mi cuñada. Como están revueltas, mis manos se van topando con rostros cambiantes a medida que voy pasando de fotografía en fotografía. Trato de buscar la que más me gusta de Penny, hay varias de esas así que tengo donde escoger, el problema llega cuando me entretengo en mirar demasiado las fotos, mi corazón se estruja en ternura cuando sostengo entre mis dedos una imagen cuyos protagonistas son mi madre y Hans, tan bebé que parece increíble que ahora tenga las piernas tan largas.

Como no me decanto por ninguna, me hago llegar hasta la residencia ministerial de mi hermano con un sobre dentro del diminuto bolso que cargo conmigo. No me sorprende que sea Poppy quién me abre la puerta, pero tampoco necesito que me haga el recorrido hacia el salón del hogar como acostumbra a hacer con los invitados. Creo que se me ha partido el corazón varias veces hoy en lo que llevamos de día, pero ver a mi sobrina rechoncha definitivamente se lleva la palma cuando una ola cálida se asienta en mi pecho. Si es que parezco un perrito cuando me acerco para picarle la mejilla con los dedos en lo que un hoola bastante patético, y tierno por qué no, se escapa de mis labios. — ¿Alguna vez te cansas de esto? — no sé por qué me refiero a su hija por esto, probablemente porque tiene cara de muñeca y, cuando está tranquila o durmiendo, se me parece lo más adorable que he visto nunca. Claro que a quién no le gustan los bebés, creo que no soy la única que tiene esa reacción cuando una bola rosa aparece en escena, pero se me perdona porque es mi sobrina y tengo todos mis derechos a actuar como la tía que puede derretirse de amor en cualquier momento.

Dejo el bolso en la mesa pequeña del centro mientras tomo asiento en el sofá, al tiempo que meto la mano para sacar de él el sobre, lo único interesante que llevo dentro. — No ha sido problema, en serio, me gusta ver fotografías viejas, aunque no lo parezca. El único problema es que no he sabido cuál elegir, podemos ver algunas y decides tú cual prefieres según para lo que la quieras. ¿Era un álbum, cierto? Creo que también tengo alguna de mi abuela, no sé si querrás de esas también. — es linda la idea, así cuando sea mayor siempre podrá volver a ellas para saber de dónde viene su familia, toda ella, con lo bueno y lo malo. Saco la primera y se la tiendo tras echarle un vistazo, Penélope con un vestido con estampado de flores en verano, uno que siempre quise ponerme cuando era más niña. Como intercambio recibo una de quién asumo es su padre, porque le he visto en otras fotografías y en casa de Mo decorando la casa. — Parece un buen hombre. — creo que ya se lo he dicho varias veces y he escuchado historias sobre él de su propia madre, pero nunca está de mal mencionarlo de nuevo, especialmente cuando hay tan pocas personas así que queden en el mundo. — Volver a la casa de la playa, ¿desde cuándo te volviste tan señora, Lara? — me burlo, inocentemente solo por la gracia de la expresión. Si me río es solo por acompañar el comentario. — Es una idea genial, Lara, seguro que lo apreciará cuando sea más grande. — aseguro, acomodándome en el sofá solo para terminar estirando uno de mis brazos largos para hacerle cosquillas a Tilly en su barriguita de bebé.
Phoebe M. Powell
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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Dic 24, 2019 6:07 pm

Hace una eternidad que no me pasaba por el loft que solía habitar antes de mudarme a la isla. Se mantiene limpio gracias a los elfos que se toman la molestia de pasarse cada tanto a echarle un vistazo, pero se siente como un lugar vacío a pesar de conservar algunos muebles, al menos los necesarios como para considerarse “habitable”. Nada de esto me importa demasiado cuando le tengo que dar demasiadas vueltas a la idea de abrir el armario, más pequeño que el actual, donde sé que hay algunas cajas apiladas que contienen lo poco que he deseado conservar de una época demasiado lejana. A veces me creo demasiado cobarde por no ser capaz de enfrentarme al pasado, pero considerando que solo pude rescatar tres cajas de toda una casa, significa que no tenía demasiado a lo que aferrarme.

La más grande es la que me interesa, esa que sé que está repleta de memorias de infancia que van desde juegos a los álbumes de fotos que dejaron de completarse cuando mamá murió. Hay fotografías posteriores, desde luego, pero no son más que imágenes sueltas de una adolescencia solitaria que incluye salidas con algunos amigos y algún que otro retrato escolar. No hay rastro de mi padre, al menos no de manera involuntaria; no puedo borrarlo de aquellas fotos familiares en las cuales se había tomado la decencia de posar, a veces sonriente, junto a la familia que él mismo se encargó de destruir.

Le doy demasiadas vueltas, pero ni siquiera la abro cuando hago levitar la caja hasta que me desaparezco. En cuestión de minutos estoy subiendo por las escaleras de la entrada de la mansión, con la nuca hirviendo por culpa del calor en niveles que me hacen agradecer que el vestíbulo se encuentre tan fresco. No he terminado de quitarme los zapatos para andar a mis anchas que puedo escuchar claramente la voz de mi hermana, por lo que me acerco a la sala seguido por la caja flotante tras dejar que Poppy se encargue de guardar mi calzado — Desde que cambió las herramientas por pañales — bromeo en respuesta a una pregunta que no iba para mí, deteniéndome en la puerta de la habitación con las manos en los bolsillos — No voy a quejarme, es un cambio temporal que me agrada y al cual todos nos estamos acoplando. ¿Qué tal tus vacaciones, Phoebs? — algo que envidio de los docentes es la cantidad de tiempo libre que manejan en el verano, a pesar de que mi consuelo es la enorme piscina que decora mi extenso jardín. No le he estado dando el uso que se merece, pero algo es algo.

Doy los pasos necesarios para acercarme a ellas y, tras hacer que la caja se coloque sobre la mesa ratona, recargo mi peso en el apoyabrazos del sofá para volverme parte de la conversación. Me basta estirarme un poco para reconocer ese vestido, plasmado en una fotografía que lo vuelve inmortal y, con un suspiro, acepto que todo esto será difícil. Sé que las intenciones de Scott son buenas, no puedo contra eso — Tengo unos cuantos recuerdos aquí dentro — me acomodo para poder estirarme y abrir la caja, el olor a humedad me hace arrugar la nariz cuando lo primero que veo es una pequeña pila de medallas escolares. Me niego a tomarlas, así que aparto mis cartas coleccionables espaciales para poder dar con la fotografía de mi graduación; debajo de ésta, se encuentra la pila de álbumes que saco con mucho cuidado — No quiero asustarlas, pero también tengo algunos vídeos. No tengo idea de qué contienen, no los he visto en una eternidad — apoyo los recuerdos en el espacio que queda entre Lara y mi cuerpo, así puedo abrir el primer encuadernado para encontrarme con la imagen congelada de una Phoebe a la cual se le había caído el primer diente y una Pelusa mucho más joven. A su lado, el niño con el uniforme escolar desarreglado por el obvio cansancio y cara de aburrimiento atroz por no ser el centro de atención me suena bastante conocido — Verás, Tilly. Algún día comprenderás que tu familia es sinónimo de elegancia y estilo — nada que la fotografía que le enseño, esa donde estábamos vestidos ridículamente para Halloween, pueda negar. Al menos, la sonrisa de Penélope se encontraba intacta.
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Mensaje por Lara Scott el Vie Dic 27, 2019 3:46 am

Sí, por lo general a las cuatro y media de la madrugada llego a cansarme de esto. Ahora estamos bien porque hace un rato dormimos una siesta reparadora para el humor— le muestro mi mejor sonrisa, esa que me identifica como la superviviente feliz a estos días interminables en los cuales si quiero cerrar los ojos, tengo que hacerlo al mismo tiempo que la bebé y que no se me ocurra desperdiciar minutos con pensamientos hasta que me llegue el sueño, son minutos perdidos que nunca más se recuperarán. Las fotografías no me cambian el semblante, así como le sucede a Phoebe, a mí también me gusta revisar álbumes viejos y la casa de Mohini sigue siendo una galería abierta de recuerdos familiares. Si hubiera tenido más hijos, tendría que haberse mudado a una casa de nueve habitaciones porque le faltarían paredes. En mi departamento eran unas pocas las que tenía y no son las mismas que me gustaría colgar para que Tilly crezca viéndolas, no porque sean inadecuadas que una era con Mohini el día que terminé el Royal y otra era con Riley de niños, una más con mi padre cargándome. Pero eran fotografías que hablaban de mí y de quien era, ella necesita de las propias y modero mi ansiedad por ver lo que ha traído Phoebe en el sobre, que el rostro de su madre parece la revelación del misterio que duró más temporadas que la serie que sigue Meerah. —¿¿Ella es tu madre??— la voz me sale ahogada, es la mujer más guapa que vi en la vida y no lo digo en voz alta porque es traición a Mohini.

No sé de donde surge la pregunta Phoebe en todo lo que dije, que ya llega su hermano con el comentario oportuno antes de que pueda acabar con mi: —No soy una…—. Cuadro mi mandíbula porque su voz se impone a la mía y espero a que se condene a si mismo con lo que dice, antes de alzar mi mano izquierda. —Hans, mírame— le pido, así centra su mirada en mí y en el dedo mayor que le enseño. —Como te decía, Phoebe…— regreso mi atención a su hermana con mi mano de vuelta a la panza de la niña y la otra sosteniendo la fotografía como si Tilly también fuera a verla, con tal de proseguir la conversación y que no nos detengamos en ese comentario sobre mi carácter, que ya bastante se dice al respecto sin que haga falta que le sumemos más calificativos. —¿Qué tal tus vacaciones?— repito la pregunta de Hans, así desviamos la charla para ese lado.

Si es que la caja que él trae no termina por acaparar toda la atención, y como la coloca a mi lado entre nuestros cuerpos, le devuelvo la fotografía de su madre a Phoebe con algo más. Coloco mis palmas debajo del cuerpecito de Tilly en tanto su padre le enseña cómo de elegantes son y hago el amago de traspasarla a los brazos de su tía. — Phoebs, ¿te gustaría practicar el cargarla?— pregunto, desligándome del peso de la bebé para apartarla del olor a humedad y también para tener ambas manos libres así puedo zambullirlas en el interior de la caja para rescatar medallas viejas, que a mí el cosquilleo en la nariz no me detiene. —Eras taaaaaaan nerd— me burlo de Hans deteniéndome en su foto de graduación con mis dedos sujetando el marco y luego rescato uno de los videos para colocarlo delante de su rostro. —No tienes la televisión que tienes como para que no podamos ver a un pequeño Hansel en pañales con la mejor calidad en sonido y alta definición— sacudo el video delante de sus ojos y entonces lo devuelvo a la caja. —Te dejo elegir el que prefieras— se lo concedo porque todos los presentes con consciencia en esta sala sabemos que hay un rostro en esos recuerdos del pasado que ninguno quiere ver y él sabrá mejor que nadie en cuáles no aparece, así nos ahorramos el mal rato. —¿Quieren que le pidamos un plato de pochoclos a Poppy?
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Mensaje por Phoebe M. Powell el Vie Dic 27, 2019 4:01 pm

Asiento con la cabeza muy convincente porque parece realmente sorprendida de que la mujer de la foto sea mi madre, lo que me hace mirarla con falso recelo y una sonrisa chistosa. — ¿Tan poco nos parecemos? — bromeo inocentemente, que siendo mi madre algo debo parecerme a ella, a pesar de que mis mechones son más oscuros y tienden a parecerse más al color de pelo de mi padre. En defensa a la genética de los Lane, diré que era más rubia cuando era niña, segura de que la mugre y suciedad del norte no ayudaron a cuidar esa imagen. La aparición de mi hermano hace que gire la cabeza hacia la entrada al salón, de donde procede su voz y de la cual puedo sonreír con falsa diversión por el comentario que a su pareja no parece sentarle tan bien. — Tranquilas, ¿no lo dice mi piel? Estoy tratando de ponerme morena, y a juzgar por tu madre, Tilly… No me está yendo tan mal, ¿no? — le digo a la bebé como si la conversación fuera con ella también, pegando mi brazo al de Lara para comprobar la diferencia de tonalidades. Mi piel es bastante más clara, no lo voy a negar, pero tomar el sol es lo más normal que he hecho en una eternidad, así que tampoco voy a quejarme. Ignoro la parte que no es tan tranquila de estar refugiando un muggle con otra cosa que no tardo en señalar. — Ah, y he apuntado a Charles a clases de vals. — cruzo los brazos sobre mi pecho en señal de victoria y así camuflo la risa cómica que me produce la idea, cuando la realidad es que ni siquiera se lo he comentado y temo no salir tan triunfante como mi presente expresión.

Mi curiosidad se la lleva la caja que sigue a Hans levitando por el salón, hasta que él mismo la acomoda y alzo mi cuello, además de un poco mi torso, para ver el contenido antes de que él mismo lo confirme cuando saca de ella un álbum de fotos. Yo misma me hago con uno tan rápido como meto la mano en la caja, tomándome mi tiempo en pasar las imágenes que van desde el primer día de escuela de cada año hasta fotos ridículas en la piscina con manguitos enormes que me tapan la cara y un Hans más crecido con gafas de buceo. — ¡Aaah! ¡El día de Resurrección de Pelusa! — exclamo, con la risa saliendo de mi boca por la gracia de simplemente recordarlo. Estiro el cuello hacia Hans para ver la fotografía vieja que muestra a dos Powell casi igual de jóvenes que en las imágenes del verano, cuando la pregunta de Lara me lleva a mirarla con cara de terror. De acuerdo, soy la tía, pero creo que se evidencia mi poca experiencia en sujetar bebés cuando lo que entiendo es cagarla en lugar de cargarla. Solo por eso ni siquiera debería estar pasándome al bebé. Ups, demasiado tarde. Al menos, creo que la expresión de espanto se me pasa cuando la acomodo en uno de mis brazos y con el otro la hamaco por debajo, sin que llore esta vez. — Huh, fíjate, en esa foto todavía tenía cara de no haber roto un plato pese al traje. — comento a modo de broma al inclinarme un poco hacia Lara para poder ver la fotografía de graduación de mi hermano, esa que hasta ahora yo tampoco había visto.

Me acomodo en el sofá subiendo las piernas y colocándome a modo de indio, ignoro que es la casa de mi hermano porque él mismo se saltaba la norma favorita de Hermann de no subir los pies al sillón, y dejo a un lado el álbum que estaba hojeando. — ¿Tienes vídeos de casa y jamás dijiste nada? — la sorpresa de mi voz se mezcla un segundo con la emoción que me recorre el estómago, que tengo que sujetar al bebé con algo más de fuerza por miedo a que salga disparada hacia arriba. Creo que mi cuerpo nunca fue tan largo cuando hago maniobras para estirarlo y alcanzar a ver el interior de la caja sin perder de vista a Tilly, pero como no consigo ver nada, me pongo de pie para rodear la mesa y así curiosear más de cerca. Compruebo que, pese al paso del tiempo, las cintas están catalogadas una por una, desde el nacimiento de Hans hasta el mío, pasando por los veranos y las navidades de años posteriores. Si hasta creo ver la cajita del vídeo que guarda la boda de nuestros padres, pero prefiero no tocar esa para cuando alargo el brazo dentro del interior de la caja, sosteniendo a mi sobrina con el otro con mucho cuidado de mantener bien su cabecita. — ¿Por qué no probamos este? — saco el vídeo que tiene una etiqueta de Navidades 2444, porque de entre todas las memorias que hay guardadas ahí dentro, la época navideña nunca hizo mal a nadie. — Aunque por lo que aquí veo, hay como un repertorio completo de nuestra infancia, ¿tú recuerdas siquiera que mamá nos grabara tanto? — porque yo recuerdo hacer boberías delante de la cámara, pero no tanto como para guardar tantas grabaciones. — Ohh, mira, Hans, ¡de cuando íbamos a patinar al lago! — le doy la vuelta a la caja del vídeo que tengo entre mis manos y me sorprende que mamá fuera tan organizada de hasta resumir lo que hay en cada uno. — Había este lago cerca de casa, en verano íbamos a hacer picnics y dar de comer a los patos, pero en invierno bajaban tanto las temperaturas que siempre se helaba. — le explico brevemente a Lara, dedicándole una sonrisa rápida antes de volver la mirada al vídeo.
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Mensaje por Hans M. Powell el Dom Dic 29, 2019 5:07 am

Se me escapa una risa entre dientes que deja en claro que no me tomo en serio el gesto que me dedica, me centro más en lo que mi hermana tiene para decir  — Pobre — no puedo evitar compadecerme de mi cuñado y, aunque no lo digo, temo que a Lara se le ocurran las mismas ideas cuando nuestra boda se lleve a cabo. ¿Será tan cruel de someterme a un montón de preparativos que quizá no necesitemos? No soy un experto en el vals, pero he ido a unas cuantas galas y creo que me manejo lo suficientemente bien. Al menos, no nos metemos demasiado en el tema porque el camino de la nostalgia es un poco más urgente y no sé si me entretiene ver más sus reacciones por la caja o la cara de mi hermana al verse con mi hija en sus brazos. El único motivo por el cual no le digo que le sienta la imagen, es porque no sé cómo puede tomárselo teniendo en cuenta su historial.

— Si no hubiese sido nerd, no estaríamos aquí. Y sigo sin romper un plato — ironizo, remarcando mi rostro con un dedo que forma un círculo a su alrededor — ¿Sabías que Hansel es una variación de mi nombre? Significa “pequeño Hans”, así que técnicamente acabas de decir pequeño pequeño Hans por si quería reafirmar lo nerd que puedo llegar a ser, con comentarios que se alejan demasiado de cualquier tipo de erotismo. Me encojo de hombros porque, a decir verdad, no dije nada a causa de haberlo olvidado. No es como si hubiera tenido tiempo de ponerme melancólico con ciertas cosas sucediendo a mi alrededor desde que ella regresó. Con un asentimiento, invito a Scott a llamar a Poppy y pedirle lo que se le antoje, porque yo estoy más centrado en la petición de Phoebe — ¿Quieres sufrir por que mis regalos eran mejores que los tuyos? — la verdad es que no recuerdo lo que recibí en esa Navidad, pero me asusta un poco la fecha. Intento no ser demasiado transparente cuando uso la varita para no tener que moverme y, en instantes, la televisión se encuentra encendida.

No sé bien cómo reaccionar a lo que Phoebe cuenta, solo hago una mueca que se asemeja a una sonrisa de labios fruncidos. No quiero pensar en los patos y en la promesa que le hice en el mismo lago, esa que jamás pude cumplir. Tengo la excusa de mi atención robada por una voz que creí haber olvidado, que se oye algo más alta que el resto por ser la que se oculta detrás de la cámara. Mi madre graba, eso es obvio, las risas la delatan cuando Phoebe aparece por la escalera corriendo y grita dando enormes saltos al ver la pila de regalos que se extendían a lo largo del árbol de fiesta. Creí haber olvidado cómo se veía mi hermana a esa edad, estaba tan despeinada que parecía una muñeca mal cuidada. Tengo que admitir que siento cierta vergüenza cuando la figura del niño con pijama con figuras espaciales aparece en escena, habiéndose tomado la molestia de colocarse un suéter para competir contra el frío del invierno — Al menos mi cabello se ve mejor que el tuyo — bromeo en dirección a Phoebe, aunque mis ojos se van hacia Lara. No sé muy bien cómo debo sentirme con todo esto, las voces en la pantalla son demasiado agudas, no puedo reconocerlas. Sí consigo recordar el momento en el cual desenvolví la colección de libros que había pedido y mi emoción al ver el modelo de la nave que había pedido. Y la decepción de la ropa que había enviado la abuela…

Es extraño cuando uno mismo se ve a sí mismo de pequeño. No alcanzas a olvidarte de ello, pero tampoco te reconoces en esa persona. Es un extraño, alguien que se perdió en las historias y las experiencias que te formaron en la persona que serás la mayor parte de tu vida. Mi memoria de ese árbol es que era grande y brillante, verlo en pantalla le quita toda esa magia. No tengo idea de si a ese Hans le agradaría el Hans actual. No puedo decir que se sentiría orgulloso de ver a dónde llegaría y a qué precio. De verlo así, creo que su interés no va más allá de que su hermana parece haber conseguido más juguetes que él, porque no se está dando cuenta de que está creciendo y todo lo que eso conlleva — ¿Qué tal si adelantamos? — no sé qué más hay en este disco, pero me apresuro a tomar el control y empiezo a saltar escenas. No hay demasiada emoción en mi voz ni tampoco en mi rostro cuando me salteo lo que parece ser la celebración de Año Nuevo, en lo que me diviso hablando de deseos tontos adelante de la cámara antes de caer en lo que creo que es mi cumpleaños. Claro, enero. Y obviamente estoy empujando a Phoebe para evitar que sople las velas por mí con el berrinche en toda la cara, lo cual en cierto modo, me hace reír — Había olvidado el rostro de mis compañeros de clase — admito, aunque creo que no podría nombrar ni a la mitad de esos niños — ¿Vas a querer hacerle una colección de vídeos a Tilly, Scott? Quizá podamos recortar algunos, de seguro tú tienes varios — algo me dice que Mohini atesoraría este tipo de cosas.
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Mensaje por Lara Scott el Dom Dic 29, 2019 8:28 pm

No es eso lo que quise decir— aclaro, si bien es cierto que no le veo mucho parecido a la mujer de la fotografía, puede que no sea un comentario amable porque nos llevaría a mencionar a la otra parte que contribuyó con su genética. —Ahora entiendo por qué tu hermano y tú son tan guapos, ¡si su madre tenía belleza para compartir!—. Tanta que le heredó bastante de sus rasgos a su nieta mayor, ya veremos si es que la más pequeña tiene la misma suerte o le tocará conformarse con tener carácter, que eso está asegurado por mi lado en cuanto al aporte de mi familia. Como si estos pensamientos necesitaran de una ilustración, ahí está la cara bonita de Hans sonriéndole a mi gesto y el cambio de tema es agradecido para que podamos fingirnos interesados en cuantos tonos por debajo de mi tono de mi piel está el bronceado de Phoebe. —Te falta un poco más y yo conozco del lugar ideal donde te puedes asegurar de llegar al tono perfecto. Hay una piscina y hay una bebé con una mamá que no se quejaría de poder echarse una siesta si algún otro adulto la mira mientras tanto— digo mostrándole a Tilly y espero que acepte sin tener que caer en lo bajo de enseñarle sus distintos trajes de baño, para que solo la emoción de verla con su bañador de limones la convenza de que quiere pasar su verano en este sitio y en ningún otro. Porque el destino de vacaciones de Charles parece ser el mismo infierno y creo que mi cara de espanto lo demuestra, por reflejo mi mirada se voltea hacia Hans que con sus piernas largas y su gusto por la ópera, no me puedo esperar otra cosa que sepa bailar el vals como se debe. Y ya estoy haciendo cálculos mentales de si le pago las clases a medias a Charles, será que luego me hará el favor de tomarse una poción multijugos para reemplazarme si se da la ocasión obligatoria de tener que bailar esa tortura.

Sin miedo, Phoebe. Que las chicas de distrito hacemos bebés resistentes, no se va a romper— aliento a la mujer cuando percibo el pánico en su semblante, como lo experimenté puedo reconocerlo y la frente libre de chichones de Tilly demuestra que si hasta sus inexpertos padres pueden hacer malabarismo con ella, ¿quién no puede? Hay aportes que puedo hacer desde mi lugar sobre si Hans rompe o no platos, pero como lo que importa es que la bebé sigue entera en una pieza, se lo dejo pasar y no opino sobre algo en lo que tampoco saldría bien librada. Me sonrío cuando aparto el marco con la foto de la graduación para continuar inspeccionando el resto del contenido. —¿Estás tratando de impresionarme con tu nerditud? Aprecio que sigas esforzándote. Y no fue intencional, pero decir «pequeño pequeño Hans» es una redundancia muy tierna y acertada— me burlo hincándole un dedo en su mejilla como hacía cuando yo tenía los mofletes gordos por culpa del embarazo. Dejo que los hermanos se hagan cargo de la bebé así como de la elección de los videos de sus navidades pasadas y patos, y me corro del sillón para que Phoebe quede un poco más cerca de la caja, mientras yo me deslizo de la sala para ir a buscar a la elfina doméstica, quien prefiere chasquear los dedos para darme un tazón de pochoclos en vez de permitir que yo le queme la cocina por hacer el experimento. Estoy llenando la boca de un par de estos cuando al entrar a la sala me recibe una voz extraña y como parece pertenecer al de una mujer adulta, doy por hecho que estoy escuchando por primera vez a la madre de Hans y Phoebe. ¡¡¡Y esos dos que gritan como ardillas afónicas son ellos!!! Por poco no me atraganto con la risa al sentarme sobre la alfombra, así quedo con la espalda contra el borde del sillón y puedo estirar mis piernas cuan largas –cortas- son para ponerme cómoda. Hay algo en la escena que representan que me recuerda a las películas navideñas de niños traviesos que solíamos mirar cuando se acercaba la fecha, mejor dicho, no había otra cosa que pasaran en la televisión y era parte de la tradición verlas.

Abrazo mi tazón como si lo hubiera traído solo para mí y sigo metiendo pochoclos en mi garganta que no alcanzo a quejarme cuando Hans decide adelantar el video, ¿por queeeeee? Ah, esto se pone interesante, me concentro en la canción del feliz cumpleaños como si nunca la hubiera escuchado y espero a que la pequeña Phoebe con un hoyuelo en la mejilla sople todas las velas del pastel de su hermano. —¿Videos que luego podamos mostrárselos a sus amigos para avergonzarla? Me parece una idea estupenda— contesto con mis ojos todavía puestos en la pantalla y al caer en mi error me giro violentamente. —¡Espera! ¿Quieres decir de todos nosotros?— pregunto, con una palomita entre los dedos que se queda en suspenso aguardando la confirmación de lo que claramente ha querido decir. —Piénsalo de esta manera, tus videos en pañales quedarán para siempre unidos a los míos con faldita hawaiiana en un video en común que Tilly mirará una y otra vez, por siempre. Solo para que lo tengas en cuenta por si nos separamos o cosas así…— muevo mi mano en el aire para mostrar desinterés. —Y hablando de gente que se junta, tenía que contarte que vino de visita Riley— que esto no es lo raro, sino lo que sigue y para eso lo miro fijo con una sonrisa disimulada mientras muevo mis cejas, —con tu amiga Kenna—. Aparto mis manos del tazón para alzarlas en señal de inocencia. — Solo digo, cumplo en avisar.

Y me viene bien la presencia de Phoebe para desviar la atención, así que me volteo hacia ella para colocar una mano en su rodilla, bromas aparte con Hans, temo encontrarla llorando cuando levanto mi rostro para buscar su mirada. Froto mi mano en su rodilla en una caricia reconfortante, que debe ser la primera vez en muchos años que ellos también escuchan la voz de Penny. —Se nota que su mamá los quería mucho para tomarse el trabajo de grabar todos estos momentos. También puedo ver en Mohini esa necesidad de las madres de tener un recuerdo en el que los hijos nunca crecen y se quedan para siempre torpes y con cachetes redondos— me río para hacer más ligero el momento y continuo en un tono más serio, con una sonrisa. —Y que sea el recuerdo que les queda a ustedes ahora de la mujer que fue, tan feliz de criarlos. La idea de Hans es muy buena, deberíamos hacer una selección de las escenas donde aparezca tu madre o que se escuche claro su voz. Las fotografías estáticas son un poco aburridas, las podemos colgar claro, pero un video es mucho mejor para que Meerah y Tilly puedan conocer a su abuela y tal vez con los años mirar videos se vuelva su propio clásico de navidad— digo, que el anterior no fue tan malo hasta que cayó la visita indeseada, se sentía como estar en familia después de lo que pareció una eternidad sin abrazar ese sentimiento. Me reacomodo de espalda otra vez para preguntar con la vista puesta en las imágenes del video que se siguen sucediendo. —¿Ustedes creen que Penny nos hubiera aceptado a Charles y a mí?— inquiero, y antes de que metan la pata, aclaro: —Mientan si hace falta, por favor.
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Mensaje por Phoebe M. Powell el Dom Dic 29, 2019 10:25 pm

Era muy bella, sí. — es lo único que consigo acotar, con una sonrisa que solo me eleva las mejillas mientras mis dientes permanecen escondidos. La aseguración con que lo digo no es comparable con el recuerdo que tengo de ella, uno tan efímero que probablemente ni siquiera atine a hacer una descripción completa sin una fotografía delante que actúe como plantilla a mis memorias. Pero es lindo que alguien la vea como la mujer maravillosa que fue, segura de que jamás llegaré a estar a su altura. — Huh, creo que si ya pasé por la fase de que me llore encima, puedo con eso de ser la niñera de piscina. — igual, temo convertirme en una señora como le está ocurriendo a Lara por tomar prestada la piscina de mi hermano. Ah, pero solo estoy exagerando, ¡lo próximo para ella será tomar té con sus secretarias! — No quiero tener que daros envidia, pero creo que Tilly y yo estamos empezando a tener un vínculo especial de tía-sobrina. Ya pronto voy a ser de las que le den golosinas a escondidas, obviamente soy la preferida. — como si tuviera más tías... y encima lo digo como si realmente me dieran lástima de tener que verme congeniando con Tilly de una manera en que ellos no van a poder, porque para dar consejos sobre chicos (ni que yo tuviera tanta experiencia, en primer lugar), llevarla a tomar su primera cerveza de adolescente y quejarse de sus padres, seré la mejor tía del mundo. Como si necesitara de una prueba de mi lealtad, beso lo diminuta de su frente antes de estrujarla un poco contra mi pecho.

No necesito ser quién remarque lo patético que eso sonó de parte de Hans, Lara lo hace por mí y yo solo tengo que agregar una risa que argumenta su punto. Sigo a la morena cuando desaparece de la sala en búsqueda de la elfina, más mi atención no dura mucho en su figura cuando una voz que creía olvidada hace tiempo retumba en mi cabeza y la misma se gira en dirección a la pantalla. Creo que me siento algo decepcionada porque su figura no aparece en escena, está detrás de la cámara y me tengo que conformar con ver a una versión de mí misma mucho más pequeña. Cuando digo mucho más es que no creo llegar ni al metro de altura, lo que me ocasiona una sensación extraña en el pecho que reconozco como la nostalgia. No sé muy bien a qué exactamente, esa casa guarda muchos más malos recuerdos que buenos, pero de alguna forma, el ver la emoción en mi cara y en los propios gritos que la confirman después, me hace pensar en que eso es lo que echo de menos, la inocencia de una Phoebe cuya única preocupación era la de encontrarse con un pony rosa por Navidad. — Tu cabello siempre se vio mejor que el mío. — digo en defensa a mi figura despelujada, que parece que no hay más lugar para remolinos en mi cabeza, en comparación con el pelo bien peinado de mi hermano, ¿y es que no lo arreglaba frente al espejo cada día por las mañanas?

Aun así, no puedo hacer otra cosa que no sea sonreír mientras tomo asiento en el sillón de nuevo, con mi sobrina en brazos, observándome a mí misma abrir regalos uno detrás de otro hasta que pierdo la cuenta de cuanto papel de envolver cae al suelo. Algo me dice que debo atesorar esa imagen, resguardarla entre mis mejores recuerdos, así es cómo voy a proteger a esa niña de lo que viene después. Porque si puedo mantenerla de esa manera, como la niña del pelo despeinado y faltona de dientes, quizás lo que viene a continuación, que no puedo cambiar, quizás eso no duela tanto como de conservar estas imágenes congeladas. Adelantar el vídeo parece una buena opción cuando cambio un poco de postura en el sofá, me recargo mejor contra los cojines y procuro tener una expresión más abierta para cuando las velas de cumpleaños se me replican en los ojos de mi hermano cuando le observo. — ¿Ni siquiera recuerdas a Karen Loren? ¡Ja! Venga ya, si hasta creo que por ahí detrás está Bernard Owens, antes de que comenzaras a odiarle, o él a ti, no lo sé. — ¿por qué es que yo si recuerdo estas cosas y él no? No solo me sorprendo a mí misma, sino que al parecer también lo hace mi sobrina, que me mira con sus ojos enormes y sus labios se mueven en lo que creo que es una mueca, de modo que me acerco un poco a ella con mi cabeza. — Papá no quiere reconocer que Karen Loren fue su amor platónico en el colegio porque eso sería traicionar a mamá, pero entre tú yo, ella es mucho mejor que Karen. — le digo en un murmullo que no es lo suficientemente bajo como para que no lo oigan los demás, pero sí como para que quede como un secreto entre ella y yo, de modo que le pico la nariz con el dedo índice antes de pasar a sonreírle, a ella y a su madre cuando siento su contacto en mi rodilla.

No sé de quién están hablando cuando pasan a darse cuenta de lo genial que sería para Tilly el tener estos vídeos donde poder reírse de sus padres cuando sea más mayor, de modo que dejo que la charleta sea para ellos mientras hamaco a la bebé entre mis brazos y la pantalla me lleva a una escena que es menos festiva que los días de Navidad, algo tan simple como mi madre grabando a Hans desde la puerta de su habitación. Obviamente se encuentra con la cabeza metida en algún libro que por ese momento ya habrá consumido, el mismo niño se gira cuando descubre lo que está haciendo su madre y las malas caras, además de las quejas, no tardan en llegar. Es un gracioso contraste en comparación con la niña de la habitación de al lado que ni siquiera se percata de que la mujer está en la esquina porque se encuentra demasiado concentrada en su propio mundo de unicornios rosas, mientras le sirve el té a muñecos de peluche que apenas se mueven del sitio cuando les pregunta cosas al aire. El que responda ella misma a sus propias preguntas como si fuera un personaje más de la imagen me pasa desapercibido cuando escucho a Lara de fondo, que pasa a ser la voz principal que escucho. Me quedo en silencio más tiempo del que debería, pero la excusa de estar viendo las grabaciones es suficiente como para que no se sienta raro. — Pues claro. — es una respuesta simple, pero para responderla pueda explayarse Hans porque yo no creo poder hacerlo, y aun así… — A mamá le agradaba todo el mundo, sobra decir que el mundo la adoraba a ella, y quiero creer que si aceptó a nuestro padre, si siguió a su lado pese a que las circunstancias le demostraron que no debía hacerlo, podría aceptar a cualquier hombre que yo quisiera en mi vida, igualmente con mi hermano. Puede que el comienzo de nuestras infancias fuera mejor de lo que las siguió, que no seamos las mismas personas que entonces, y que el camino recorrido no haya sido el ideal, en ninguno de los aspectos. Pero yo sí estoy, en cierto modo, orgullosa de haber llegado hasta aquí, pese a todo. Creo que mamá también lo estaría, como de cualquiera que quisiera acompañarme en ese camino.
Phoebe M. Powell
Phoebe M. Powell
Profesor del Royal

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Mensaje por Hans M. Powell el Lun Dic 30, 2019 8:06 pm

¿Estás queriendo decirme algo, Scott? Porque podría responderte, pero no pienso hacerlo delante de mi hermana y la bebé — la sonrisa es maliciosa, pero no carga con verdadero rencor; solo me centro en sacudir un poco la cabeza para zafarme de ese pique en la mejilla — Incluso ahora y eso que no uso productos. ¿Tú cuánto gastas, Phoebs? — otra mofa, una que me indica que no estamos muy lejos de los mocosos de la televisión, esos que tanto se fastidiaban cuando tenían oportunidad. Al menos, ahora las bromas vienen desde otro lado, desde ese que nos reconocemos como adultos sin ánimos de una verdadera herida, como las que se plantaban dentro de nosotros incluso sin notarlo.

Y aunque intento no mostrarme tan interesado en ese comentario, no puedo evitar escuchar el murmullo de mi hermana y soy incapaz de morderme la lengua — No fue tan platónico — hacerme el misterioso no sirve de mucho, porque la atención se desvía con rapidez al escándalo de Lara, ese que no hace más que causarme algo de gracia. No quiero señalarle lo del anillo de compromiso que le he regalado, no delante de la persona cuya boda tiene que captar toda nuestra atención durante un tiempo, pero sí puedo ponerle mi mejor cara de pena que, además, me ayuda a ignorar un poco la pantalla — ¿Tan poca fe nos tienes? — porque puedo decir que si hemos soportado un año juntos, incluso cuando nos conocemos los defectos más minúsculos y con una bebé de por medio, no estaría tan seguro de que podríamos fallar. Seguiría poniéndome en víctima, pero no me lo permite. Puede que me cueste relacionar a Kavalier a una figura cercana, pero no tengo problemas en reconocer la otra mención — ¿Qué tiene que ver con Kenna? — inquiero, mis intentos de no parecer curioso se desmoronan con facilidad — ¿Y por qué dices “amiga” de esa forma? — o tal vez son ideas mías.

No quería esto, caer en las charlas cargadas de sentimiento que la nostalgia puede influenciar. Me estiro entre lo que ellas hablan, así puedo ponerme algunas palomitas dentro de la boca sin sentirle un verdadero sabor. Mi madre era una buena mujer, pero la imagen que tiene Phoebe suena tan idealizada que me hace dudarlo, porque sostengo la creencia de que nadie es perfecto, ni siquiera la persona que me dio la vida y perdió la suya en el proceso de mantenernos a salvo. Me gustaría seguir por el camino del vídeo para Tilly, pero obvio que mi hermana sigue el juego, la pregunta que me deja dudoso en mi sitio, masticando cada vez con mayor lentitud — Mamá aceptó a Hermann porque no fue siempre como lo recordamos. Y se quedó a su lado solo porque creyó que era la mejor manera de cuidarnos, porque temía lo que podría suceder si nos íbamos… — creo que sueno algo tajante, pero no me arrepiento. Limpio mis manos contra mi pantalón, más en un gesto nervioso que otra cosa y me alargo para poder hacer un cambio de grabaciones, yendo hacia las más antiguas. Para cuando la televisión vuelve a encenderse, es obvio que la definición de la imagen es anterior.

Lo único que se ve de Phoebe es una bola rosa envuelta en una manta amarilla y bordada, esa que mi madre sostiene para mostrarla a la cámara. El niño a su lado se sujeta a Pelusa dentro de un jardinero que remarca su panza infantil, tratando de captar la atención de su madre al picarle la mejilla a la bebé. Y la voz detrás de la cámara, masculina y fácil de reconocer, se nota alegre. No cuesta demasiado el adelantar la grabación para irnos a lo que parece ser unos pocos días, en los cuales un Hermann, en ese entonces Powell y mucho más joven, se encarga de ayudarme a andar en una bicicleta pequeña con sus respectivas ruedas de apoyo. Ladeo un poco la cabeza, porque puedo reconocer los rasgos juveniles que he heredado, en un hombre que hoy en día me resulta un extraño — No era un mal padre y, hasta donde sé, tampoco era mal esposo. Sí, era estricto y pasaba mucho tiempo en el trabajo, pero tengo buenas memorias de él antes de que todo cambiara. Mamá creyó que podría volver a convencerlo, que si se concentraba en lo importante él las aceptaría. Es obvio que se equivocó — porque mi padre se volvió un monstruo y nosotros, en sus sobras. No tengo hambre, pero me pongo una palomita en la boca para masticar con algo de fuerza — Le agradarías, Scott. Penny tenía una debilidad por las personas y sus buenas intenciones. Y tú no hiciste otra cosa que hacerme bien en todo este tiempo — como si fuese un ejemplo sonoro, Tilly se retuerce en los brazos de su tía y tengo el impulso automático de girarme hacia ella, tendiéndole mis manos por si quiere pasármela.
Hans M. Powell
Hans M. Powell
Ministro de Justicia

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Mensaje por Lara Scott el Miér Ene 01, 2020 3:21 pm

¿Qué quieres que te diga, Phoebe? Claramente muestra su favoritismo hacia ti, no hay nada con qué darle a eso— bromeo, y que Rose no me escuche, que no lo digo pensando en todos los amigos que tenemos cerca o no tan cerca, pero presentes. Sino que en el cuadro estrambótico que conformamos como familia, en la que somos varios ahora y seguimos siendo pocos, ella es la única tía de las hijas de Hans. Y cuando veo como se encarga de la menor de sus sobrinas, sabiendo también todo lo que comparte con Meerah, me digo que elegí bien al decidir que si Hans era el padre, sí tendría a este bebé que surgió de la nada misma y tiene la forma de una bebé con pancita, más grande de lo que creí que podría caber en mí. En los momentos que sea, contará con una familia para la que esto es lo más importante, estar juntos a costa de todo y a pesar de la distancia en años y en heridas que hay entre esos niños que festejan sus primeras navidades y los adultos que están sentados en esta sala. Siento que estará segura y que entre todos quienes la rodean, siempre habrá alguien que tenderá su mano hacia ella para impedir que se suelte, así la mantendrán en lo cálido de sentirse a resguardo. Y habrá muchos videos de ella echando papeles de regalos a un lado para descubrir juguetes y ropita diseñada por su hermana, que supongo recibirá con una alegría distinta a la de su padre en el video al encontrarse con ese obsequio.

Me atraganto con una carcajada por lo de Karen Loren, y cuando escucho que no fue tan platónico, levanto mi mano para limpiar el aire al moverla de un lado al otro. — No, no. Tendremos que censurar esas escenas entonces, no irán al video final— digo en broma, un poco más erguida sobre mi plato de pochoclos para que parezca que me puse seria. No creo que pueda fingir que no escuché la pregunta de Hans, que tal vez mi comentario no fue tan chistoso, y tengo que encontrar el punto entre seguir tomándolo como una cosa de broma y que reafirme lo que ya hablamos en otras ocasiones. —Si es una cuestión de fe, estoy empezando a creer que los milagros ocurren y podría fundar una nueva religión a partir de nosotros. Con hombrezuelos, mujerzuelas y juegos de azar— digo, yo por hacer chistes sobre esto es que me iré al infierno. —Las reuniones con los feligreses serán todos los lunes. Phoebs, estás invitada si quieres traer a Charles— digo, llevándome una palomita a la boca y eso sí que eso como excusa para no contestar a lo siguiente. Cargo mi garganta de un puñado así uso mi dedo para apuntar mis labios, como diciéndole a Hans: «No puedo contestar, tengo comida en la boca, disculpa.»

Y pese a mis reparos de no mencionar a Hermann para que el recuerdo de la abuela de Tilly no esté siempre ligado a él, sino a algo más cercano a sus hijos, no puedo evitar que su nombre termine siendo parte de esta conversación y me como los pochoclos en silencio. Podemos recortar las escenas donde él aparece, pero sigue siendo parte del cuadro y hubo un tiempo en que incluso parecía un hombre que amaba a sus hijos, que podía ilusionarse de tener una hija y que se encarga de impedir que su hijo se caiga de una bicicleta. Mis buenas intenciones, por mucho que le hubieran agradado a la madre de Hans, me hacen sentir que estoy masticando palomitas rancias y tengo que apartar el tazón. En esto de entrometerme está siempre presente la incertidumbre de si acabará bien o acabará mal, que no soy una persona de mucho tacto y en realidad es que a mí cómo la gente decidí vivir su vida no es algo en lo que me guste meterme, que cada quien viva a su aire y decida qué hacer, con quienes estar y a dónde ir, supongo que si les pido a los hermanos Powell que le saquen el polvo a fotografías de su madre, a la que me ha quedado claro más de una vez lo mucho que la amaban, es porque me importan. Así que siento que no la he pifiado si Hans puede decir que en todo este tiempo le hice bien.

No hay mucho que pueda opinar sobre Hermann, pero me animo a opinar lo que puedo decir a partir de los videos sobre esos dos hermanos que se peleaban y se siguen peleando por su pelo. —Estaría muy orgullosa de que hubieran llegado hasta aquí, para volver a estar juntos. Con Mo me he dado cuenta que hay padres que… no te piden un recuento de nada, creo que cuando llegamos a esta edad que tenemos, están más que seguros que habremos hechos un par de buenas estupideces, que cometimos errores, que hicimos cosas de las que nos arrepentimos, que hubo cosas que nos costaron mucho y tal vez sacrificamos cosas importantes a cambio, saben que hicimos muchas cosas mal, pero… están orgullosos de que llegamos hasta aquí— digo. —Cuando era chica, creo que por complejo de enana, solía subirme a las cosas y le decía a mis padres: «¡Mírenme, estoy en la cima del mundo!»— sacudo mis manos en el aire como para ilustrar la alegría de esa niña. —Y entonces me preguntaban qué haría ahora que ya había llegado a la cima del mundo. Entonces les contestaba que «duh, viajar al espacio exterior»— ¿qué no era obvio? Pero ese no es el punto. —Lo que quiero decir es que puede ser la cima del mundo o esta vida que tenemos, se enorgullecen de que vivamos y afrontemos cada una de las cosas que pasan. Es que, ¡¡miren a Tilly!!— la apunto con ambas manos. —Me aterra pensar en todo lo que le tocará vivir y que la mayor parte sólo lo sabrá ella y a ella le tocará decidir qué hacer. Le tocará vivir— lo digo como si fuera una gran cosa invisible y amorfa que da miedo. Vuelvo al punto de esto… —Y si después de todo lo que pasó, de la vida de cada uno, ustedes dos pueden sentarse en una misma sala y un mismo sillón a mirar videos de cuando eran niños, creo que se sentiría muy orgullosa de eso. Pero si quedan dudas, puedo llamar a Mo y que ella dé su opinión como autoridad en la materia.
Lara Scott
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