The Mighty Fall
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Mensaje por Colin Weynart el Dom Nov 24, 2019 7:29 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Últimos días de mayo

¿Qué culpa tengo yo de que justo se haya muerto el kneazle? Trato de convencer a mi melliza que de todas formas cuide de Hanna, pero me corta la llamada en medio de la conversación y su llanto. Rebusco entre los vestidos el de color verde, me había dicho que ese era su color favorito, y se lo entrego diciéndole que iremos a una cita. No tengo una corbata del mismo tono para que vayamos a juego, así que tendrá que ser una oscura, ni que tuviera tantas tampoco. El traje es el mismo que llevé al funeral de Jamie Niniadis. Espero cerca de la puerta a que termine de cepillarse el pelo, que lo tiene lacio de por sí, no como el mío que tengo que darle forma con los dedos. Tengo un segundo de inspiración y recojo del sillón su mochila para tendérsela con la indicación de que busque qué juguetes quiere llevar, así no se aburre durante la cena. —¿Estás lista?— pregunto cuando estamos fuera del departamento y me agarro de su mano al momento de desaparecernos, porque yo no lo estoy.

Compruebo en mi teléfono el último mensaje que me envío Rose con la dirección del restaurante en el que debería encontrarme con mi cita a ciegas. Me siento tan fuera de mi ambiente, que me sujeto con más fuerza de la mano de Hanna al atravesar el recibidor que resplandece por la araña de luces que cuelga sobre nuestras cabezas. Rose no me dio ningún nombre, solo el sitio reservado de la mesa y cuando nos acomodamos en esta, me resigno a que la suerte está echada. Las luces están un poco más bajas en este rincón, así que puedo quedarme tranquilo de que pasaremos desapercibidos, el único ojo crítico que tengo cerca es el de mi propia hija. —La tía Rose nos pidió que cenemos con una amiga suya, ¿sí? Sé amable con ella— le pido, porque uno de los dos tiene que serlo y sé que no soy especialmente habilidoso en caerle bien a la gente, puede que no sea tan mala idea tener a Hanna en medio para que con su charla y sus dibujos aligere los nervios, los míos sobre todo.

Muevo mis manos y presiono el pulgar en la palma contraria porque las siento tan rígidas de la tensión que no sé cómo haré para manipular los cubiertos. Espero a que el camarero se acerque a servirnos agua en las copas para pedirle si puede abrir la ventana porque siento que me está faltando el aire. Su mirada desganada precede a sus palabras corteses y me conformo con soltar mi corbata para guardarla en el bolsillo del saco, así puedo respirar como corresponder. —Creo que es ella— murmuro hacia Hanna cuando veo venir por el pasillo entre mesas a una morena alta de piernas largas por debajo de un vestido plateado que no termino de ver, porque se sienta en la mesa que está inmediatamente delante de nosotros. Tiene el gesto de al menos regalarnos una sonrisa. —Mala suerte, supongo— susurro.
Colin Weynart
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Mensaje por Hanna M. Yilmaz el Lun Dic 23, 2019 4:18 pm

Asintió lentamente con la cabeza. Lo cierto era que tenía un secreto con Tyler, uno que, por obvias razones, no podía contarle a su padre sino quería ser regañada. ¡Y no quería serlo! Sonrió con total inocencia, asintiendo con la cabeza y apoyando las manos en el filo de la mesa. —De momento solo no tenemos en un al otro en el colegio, así que estamos juntos— comentó con naturalidad, asintiendo con la cabeza. Ella quería tener también amigas, no solamente un amigo que, encima, era su primo por lo que no contaba como amistad, ¿verdad? —Antes tenía muchos amigos— contestó a su profesora, suspirando sonoramente a la par que sus hombros se hundieron un poquito por ello. Aún extrañaba a su casa, a sus amigos y, sobretodo, a su mamá.

Alcanzó la servilleta, dejando que los adultos hablaran mientras la pequeña trataba de doblarla de alguna de las formas que su mamá la había enseñado. Podía hacer un cisne con una toalla, hasta un perrito si ensayaba mucho, también pajaritos y barcos con papeles, ¿una servilleta de tela serviría igual? ¿Luego las tiraban como las normales o que hacían? Hizo el plato hacia un lado, estirándola frente a ella y tratando de alisarla con los dedos, solo levantando la cabeza en dirección a su padre cuando llamó simpática a su profesora y, acto seguido, la nombró. —¿Qué es tener rasgos simpáticos?— preguntó a su padre, manteniendo la mirada en él pero con las manos aún apoyadas sobre la servilleta. —. Y esto no es una cita. Las citas las tienen personas que se quieren, y tú eres mi padre y ella  mi profesora— explicó con tranquilidad, regresando su atención a la tela y comenzando a doblarla por unos extremos como si su intervención hubiera sido meramente de paso.

Sus dedos dejaron de recorrer la tela cuando su padre comenzó a hablar de seguido y tantas palabras que, por un segundo, se asustó que malo pudiera estar sucediendo. Parpadeó, confusa, alternando su mirada entre ambos adultos, incluso por oso, hasta que acabaron nuevamente en su padre. ¿Qué estaba proponiendo? No quería que nadie se metiera en sus vidas; no lo quiso cuando solo tenía a su madre, no lo quería ahora que solo tenía a su padre. Prensó los labios y deslizó las manos sobre la mesa, llevándose consigo la servilleta y la pequeña parte de la figura que había conseguido armar. Bajó la mirada y se mantuvo inmóvil, en silencio, con sus oscuros ojos fijos en sus manos. Cuando se molestaba o sentía triste, en ocasiones, su cabello cambiaba con sutileza. Volviéndose lentamente azul, comenzando por las puntas y extendiéndose hacia las raíces. Se mordió el labio inferior y enredó los dedos con la falda de su vestido. —Quiero ir al baño— acabó por susurrar, moviéndose sobre la silla hasta que sus pies dieron contra el suelo. —No… no os comáis mi hamburguesa— pidió tratando de esbozar una pequeña sonrisa en los labios antes de encaminarse, inicialmente, hacia ningún lado hasta que consiguió dar con un camarero que le indicó hacia donde debía ir.
Hanna M. Yilmaz
Hanna M. Yilmaz
Ciudadano

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Mensaje por Jolene W. Yorkey el Mar Dic 24, 2019 12:39 am

Nunca he tenido la clase de risa que pasa desapercibida en las multitudes, así que tengo que cubrirme la boca con el dorso de la mano cuando se me escapa una carcajada — Debes ser un éxito entre las mujeres — murmuro sin una pizca de ofensa — Son las pecas, a que sí. ¡O no, no me digas! Es culpa de los ojos saltones, de seguro son lo suficientemente simpáticos como para creer que abandonarán mi cara pequeña si me asombro demasiado — solo para remarcar mi punto, los abro tanto que acabo poniéndome bizca hasta que la pregunta de Hanna hace énfasis en mi punto — Eso, necesito una mejor aclaración de “rasgos simpáticos— que puede que haya venido aquí a regañadientes, pero mi sonrisa maliciosa dice que puedo al menos quitarle provecho a la situación. Reírme de boberías nunca viene mal y quizá no necesite estar ebria para ello.

Sé que no debe ser complicado de comprender para una niña, una vez más opto por que no me corresponde a mí el ser quien le explique la situación, así que mis ojos toman un tamaño algo más normal cuando me fijo en el rostro de mi acompañante a ver cómo manejará el asunto. Claro que sus intenciones suenan a la clase de propuesta que harían que me levante y salga corriendo, pero por alguna razón me quedo aquí sentada, escuchándolo en un silencio nada propio de mí. Ni siquiera le presto mucha atención al hecho de que la comida se acerca, por más bien que huela, porque la niña “en cuestión” decide que es momento de abandonar la mesa. La sigo con la mirada, preocupada por su andar hasta que veo que es detenida por un mesero. Bien, no quería hacer esto, pero el suspiro que se me escapa deja en claro que voy a hacerlo.

Colin, no quiero entrometerme en tu vida — murmuro, vuelvo a girarme hacia él y apoyo mis brazos en la mesa para inclinarme en su dirección, así puede escucharme con claridad a pesar de estar hablando con calma — Pero conozco a Hanna lo suficiente como para saber que es una niña dulce y sensible que, quizá, no está lista para sumar a alguien a ese cuadro familiar. Conozco algunas cosas de las vidas de mis alumnos por sus fichas, pero no voy a hacer preguntas que no me incumben. Lo que quiero decir es… ¿Aunque sea hablaste con ella sobre todo esto? ¿O solo te estás guiando por lo que crees que es correcto? Porque no seré madre, pero he visto a muchos padres actuando en base a lo que creen que es lo que deben hacer y ahí es cuando la cagan — le sonrío suavemente, si tuviera más confianza le daría una palmadita en la mano; en su lugar, me hago con una papa frita — Tu propuesta es muy tentadora, pero soy de las que creen que las cosas se dan por sí solas. ¿Quieres buscar a Hanna, quieres que vaya yo o solo le daremos su espacio? — como no sé cómo rematarlo, doy un mordisco generoso sin aparle los ojos de encima.
Jolene W. Yorkey
Jolene W. Yorkey
Profesor del Royal

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Mensaje por Colin Weynart el Jue Ene 02, 2020 1:29 am

La respuesta que espero de la mujer, la recibo de parte de Hanna que aparta su silla para levantarse de la mesa con toda educación, la que no le enseñé yo, sino que fue puro mérito de su madre, y me deja sentado en la mía observándola irse con las puntas de su cabello delatando su humor. Mis conocimientos de psicología se limitan a los animales, así que son casi nulos, pero el azul es un color que al menos a mí me habla de lo triste que se puede sentir una persona y creo que en lo que acaba de ser el mejor discurso que he dado en mi vida, que hablar nunca ha sido mi fuerte, para tratar de impresionar o siquiera convencer a alguien, la única persona que en realidad importaba en todo esto ha resultado lastimada. La voz de Jolene hace que vuelva mi mirada hacia ella, no digo nada en tanto me da su opinión sobre esta situación, a claras me doy cuenta que está siendo más amable de lo que debe o de lo que sería alguien más que tuviera que lidiar con esto, así que la escucho y acomodo mi mentón sobre mis manos entrelazadas, meditabundo, con los codos sobre la mesa contra toda norma de etiqueta.

Puedo encontrar por mí mismo la respuesta que resuelve esta situación y espero que pueda perdonar la pérdida de tiempo, no creo que se ofenda porque ella pudo verlo tan claro, a quien le costó fue a mí. —Supongo que este es el momento de ir detrás de la chica que importa— digo, mis ojos puestos en el plato todavía vacío y mi expresión muestra mi resignación al saber que así quedará. Retiro mi silla hacia atrás con un ruido que pasa desapercibido entre las muchas voces que llenan el salón y estiro mi brazo para tomar al oso de peluche por una de sus orejas, así lo llevo de regreso con su dueña. —Lo lamento— lo digo en verdad, creo que se escucha así, no por el fracaso de una cita que apenas empezaba, sino por hacerla salir de casa en vez de quedarse a mirar una película que sería mucho más interesante que tener que explicarle a un padre que está siendo un imbécil con su hija. Por simpatía podría traer a Hanna para que no hagamos otra cosa que comer hamburguesas, así al menos la cena habría valido la pena, pero decido no alargarlo. Tomó también la mochila de Hanna y no hay mucho más que decir, me despido con un asentimiento de cabeza.

Cruzo el salón hacia el pasillo que lleva a los baños y busco el que tiene la identificación de las damas, como no quiero problemas con nadie, me quedo en la puerta. —¿Han? ¿Estás bien?— pregunto, una mujer me lanza una mirada al salir y me echo un paso hacia atrás. Levanto un poco mi voz para que me escuche. —¿Estás lista para volver a casa? Podemos pasar por un supermercado y comprar un par de maruchan— propongo, que es lo más cercano que puedo ofrecerle a la comida que le preparaba su mamá y creo que esta noche le vendría mejor que unas hamburguesas, esas las podemos comer otro día. —¿Hanna?— insisto.
Colin Weynart
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Mensaje por Hanna M. Yilmaz el Sáb Ene 04, 2020 6:17 pm

Ser adulta era complicado, mucho más cuando se encontraba en un lugar desconocido y viendo como otras personas iban y venían de un lado para otro. Algunos recién llegados, camareros sirviendo o tomando notas, risas, conversaciones en voz alta… La pequeña de azabaches cabellos solo consiguió reorientarse cuando acabó chocando contra una camarera, la cual le prestó curiosa atención hasta que preguntó dónde estaba el baño; entonces se agachó a su altura y le indicó la dirección que debía de tomar. Esbozó una pequeña sonrisa, enredando, tímida, los dedos en el bajo de su verde vestido antes de dirigirse hacia el lugar indicado.

Nunca había sido tímida, le era fácil hablar con lo demás, ser la persona que rompía los incómodos silencios con algún comentario surgido de la nada. Pero ya no se sentía de aquella manera. Prefería no tener que hablar sobre el comedor o sus comidas, hechizos, amigos o familia. Lo cierto era que habría preferido quedarse con su tía Liriel, acariciando a su gato y dibujando en la mesa baja, sentada en el suelo y con las piernas estiradas. No estar allí. Suspiró aventurándose al interior de uno de los cubículos, cerrando la puerta tras de sí. No le importaba compartir, todos sus amigos sabían que, en ocasiones, compartía las cosas más de lo que debía, pero algunas cosas eran… simplemente suyas. Nunca quiso que nadie más viviera junto a ella y su madre; se alegraba y celebraba las visitas, pero no había querido compartir a su madre más de lo debido. Y ahora no quería tener que compartir a su padre. Prensó los labios, balanceando los pies sentada en el baño, golpeando con el tacón de sus zapatos la base del servicio.

Mordisqueó su labio inferior, inclinando su cuerpo al frente para abrir el grifo y lavarse las manos, percatándose entonces del color azulado de su cabello. Peinó su liso cabello y suspiró. —No quiero que nadie más coma pizza con nosotros— susurró, bajando la mirada hasta sus zapatos —, tampoco quiero que coman maruch— no terminó de hablar puesto que su mirada se alzó, yendo en dirección hacia la puerta, lugar desde el que había escuchado la proposición que entró en su cabeza pero no prestó atención.

—¿Papá?— preguntó cuando salió del baño, mirando hacia ambos lados en busca de la presencia de su profesora. En realidad no le molestaba, le parecía alguien divertida y que sabía muchas cosas que trataba de enseñarle. —¿Qué haces aquí?— preguntó extrañada, percatándose entonces de la presencia de oso, el cual estaba siendo arrastrado de una oreja. —¿Nos vamos a casa?— siguió preguntando, alzando la mirada en dirección a su padre sin saber muy bien si se habían peleado mientras  no estaba allí.
Hanna M. Yilmaz
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Ciudadano

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Mensaje por Colin Weynart el Sáb Ene 04, 2020 11:12 pm

Es cuando tengo que doblar mi cuello y bajar la mirada que recuerdo una vez más lo pequeña que es Hanna en comparación conmigo o con la mayoría de las personas, puede que tenga diez años, sigue pareciéndome demasiado pequeña. Todavía no me hago una idea de qué haré con alguien así a mi cargo, pero queda descartado llevarla a nuevas citas a ciegas o invitar a alguien más a unirse a nuestras cenas de pizza con sopa, la verdad es que no siento que necesitemos a nadie más. Y es una lástima, en verdad, que haya una mujer a unos pocos pasos a quien tocó decirle «lo siento», lo que no remedia del todo el plantón en medio del restaurante y es la única cosa honesta que en realidad tengo para ofrecer, que no creo estar listo para abrir otro espacio en mi vida a alguien más aparte de Hanna.

La acerco a mí cuando sale del baño y froto su hombro con una mano, con la otra sigo sosteniendo la correa de la mochila y el oso de peluche. —Nos vamos a casa— contesto, sigo con mis ojos el pasillo de vuelta al salón. —¿Quieres despedirte de tu profesora y decirle que se verán el lunes?— pregunto, que ellas tendrán que seguir viéndose, yo me quedo al margen en el sector de las malas anécdotas sobre citas. Suelto su hombro para que vaya hacia ella si así quiere, antes de que avance un paso hago que se detenga y tomo las correas de la mochila para subirlas por sus brazos, así está lista para que podamos irnos, al oso lo puedo seguir cargando un par de cuadras. — Entonces, ¿cenamos fideos?— digo, me fijo en su vestido verde y pienso en que acabaremos cenando sopa de fideos mientras mirábamos caricaturas. No es un mal plan para mí, solo quiero tranquilidad, pero podría ser mejor. —Te has vestido muy elegante para eso, ¿alguna vez fuiste a un cine?— inquiero, y ni siquiera sé para qué pregunto si conozco la respuesta. —¿Vamos?
Colin Weynart
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