The Mighty Fall
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Cause all that you are is all that I'll ever need ✘ Lara

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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Nov 12, 2019 1:35 am

Recuerdo del primer mensaje :

Me acomodo el moño por décima vez desde que llegué al punto de encuentro, hace menos de cinco minutos. Las luces del centro del Capitolio se encuentran en lo alto a pesar de que recién está empezando a ocultarse el sol, dando paso a una noche que aparenta ser cálida, al menos lo suficiente como para que, al menos, podamos agradecer el clima. Hay cientos de cosas que podría cuestionarme a mí mismo, una de ellas es el preguntarme qué demonios se me pasó por la cabeza para decirle a Lara que tendríamos una noche para nosotros solos. Debe ser el estar seguro de que en pocos días tendremos a la bebé con nosotros, que llegará junio y, con eso, la bebé que acabará con nuestro tiempo a solas. Por eso mismo la espero, que sé que ella ya puede pasar tiempo en casa, como la bomba a punto de estallar que es. Para asegurarme de que no tendría que tener ninguna preocupación, Meerah se ha quedado con Phoebe y Charles, así que seremos solo nosotros, tanto fuera como dentro de la casa. ¿Quién dijo que estas cosas no son necesarias de vez en cuando?

La gente va y viene, muchos de ellos luciendo la clase de trajes y vestidos que combinan con el esmoquin que tengo puesto y al cual me acomodo los gemelos por mera inercia. El teatro está a tan solo una cuadra, de modo que pronto empezará a llenarse la zona y me pregunto si tendré que recordarle el horario de llegada una vez más. Estoy por chequear la hora de nuevo cuando la veo aparecer, aunque tengo que admitir que no la reconozco en primera instancia porque estaba esperando encontrarme con una imagen algo más arreglada y no… bueno, la Lara de todos los días. Creo que se me nota porque le voy abriendo los ojos cada vez más hasta que creo que se me van a salir de la cara cuando está lo suficientemente cerca como para escucharme — ¿Pero qué haces vestida así? — por un momento, hasta puedo escuchar a Meerah en mi voz.

Es que creo que fui bastante claro: tenía que venir elegante, no me importaba cómo, siempre y cuando no fuese… ¡Que tiene zapatillas, por Merlín! ¡Y el jardinero que usa todos los días! Que comprendo que con la panza del tamaño de una sandía super desarrollada sea complicado el encontrar qué ponerse, pero tampoco imposible, que hay cientos de casas para embarazadas. La tomo por la mano y la acerco a mí, mirándola de arriba a abajo con el espanto pintado en las facciones — ¡Que no puedes entrar a la ópera así! ¡Tenemos entradas para el palco! — dicho de otra manera, la clase de sitios que el mismísimo presidente suele utilizar y que no van muy bien con su atuendo. Busco ansiosamente a mi alrededor, hasta que las luces de una de las tiendas llama mi atención, lo suficiente como para que la arrastre en esa dirección — Vamos, aún tenemos algunos minutos para llegar. ¡Si tan solo pudieras escucharme al menos una vez, Scott! ¡Solo una! — que está gorda, no sorda.
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Mensaje por Hans M. Powell el Jue Nov 14, 2019 12:32 am

¿Y acaso me preguntaste si quería ir a ver un partido de Quidditch contigo? — la atajo, mis cejas se arquean en señal de su pequeño error — No. Que no sea bueno con las escobas no significa que no pueda disfrutar desde las gradas, si eso es lo que quieres — al resto no le voy a discutir, porque creo que podríamos pasarnos horas debatiendo sobre lo insalubre de los bares que menciona, en especial para alguien en su condición. Lo único que puedo hacer, como el adulto maduro y completo que se supone que soy, es rodar los ojos y masticarme los labios en obvia frustración — ¡Lo hago para al menos entender qué es lo que va pasando! Que si no las tengo a ti y a Meerah lloriqueando frente al televisor sin entender nada… — como si en verdad fuese importante, pero al menos puedo participar de la conversación, por más banal que sea. ¿Cuándo fue que acabé viviendo con un mar de hormonas sentimentales como lo son una adolescente y una embarazada?

Siento lo amargo de esa frase, lo suficiente como para que mi única respuesta sean una mirada helada y una mandíbula apretada. Ni siquiera correspondo con ánimos el beso que busca en mis labios, tengo el infantil impulso de echarme hacia atrás aunque me contengo, tratando de parecer un poco más desinteresado — Se suponía que todo eso entraba dentro de lo “increíble” —  contesto nomás, tengo que hacerme a un lado para que ella tenga espacio y solo doy mi ayuda acomodando algunas partes de la tela que no han pasado del todo bien a la primera. Mi silencio acepta que, por fin, sea momento de marcharnos de aquí cuando parece que la discusión ha terminado; tal vez me quedo unos segundos extra en el probador para recordarme que debo tranquilizarme y no tomarme nada de esto a la tremenda. Al fin de cuentas, todas las parejas discuten y están lejos de coincidir en todo, eso espero.

Pero soy un ente mudo en lo que ella se decide por un pintalabios y ni siquiera chequeo el precio cuando tiendo la tarjeta, dispuesto a que nos marchemos de aquí lo más rápido posible. Lo que no comprendo es de dónde sale esa bolsa de regalo, no puedo evitar preguntarme si es para que ninguno presente una queja después de haber sido interrumpidos en el probador. Tengo que forzar una sonrisa para dar las gracias hasta que salimos nuevamente por la puerta, no puedo contenerme y tironeo de una etiqueta del vestido para arrancársela, así que me demoro un segundo en ver qué es lo que tiene consigo — Ay por favor… ¿Hay gente que se pone eso? — tomo una de las camisetas y la coloco sobre mi torso, midiendo que el tamaño sea adecuado para mi cuerpo en lo que suelto una vaga risa —  Que Meerah no se entere o jugará al soborno con nosotros. O mejor: las quemará — que ya suficiente material le damos para la exasperación. Lejos de entretenerme con esta tontería, lanzo la remera dentro de la bolsa y tiro de ella para que podamos volver a cruzar la calle, que a juzgar por la cantidad de gente en la puerta, todavía tenemos algo de tiempo —  Si te portas bien, te dejaré que te pongas esa camiseta luego y te regalaré flores junto al farol de una plaza — creo que ni hace falta aclarar que estoy bromeando.

Parece que la noche se encuentra concurrida, tengo que sujetarme a su mano en lo que consigo que nos dejen pasar sin detenernos a saludar a nadie, lo cual siempre es un milagro cuando la mayoría de las personas alguna vez te ha pedido algún favor aunque sea en una fiesta. Lo bueno del camino hasta el palco es que no todo el mundo lo toma, ni escucho al pobre sujeto que nos guía hasta nuestros asientos y se retira dejándonos en la soledad de un sitio lateral al escenario, lo suficientemente cerca como para ver la puesta en detalle. Con un gesto le ofrezco que tome asiento, lo que me da permiso a acomodarme a su lado — El sujeto de allí… —  señalo con algo de disimulo al palco de al lado, donde hay un hombre calvo abusando de la oscuridad de la privacidad — Es el presidente del banco central. Y la que está con él no es su esposa — se me curva la boca en una sonrisa divertida y me acomodo en el asiento, agitando un poco el saco —  ¿Crees que podrás sobrevivir un rato a los cantos de....? —  tomo el programa que el acomodador dejó para nosotros y busco el nombre de la artista principal —  … Anna DiDonato. Siempre puedo cantarte yo, pero creo que no tiene la misma gracia. Y podemos pedir algo para comer o beber… —  pero me voy callando, porque las luces bajan lo suficiente como para dar paso a los aplausos a la orquesta.
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Mensaje por Lara Scott el Jue Nov 14, 2019 4:26 am

¿Lo harías? ¿De verdad?— digo y no me siento culpable de preguntárselo, que me respete la duda de si haría algo así porque estoy hablando de las gradas donde habrá un montón de personas saltando, agitando sus cervezas, tocando trompetas e improvisando canticos, y por supuesto, yo estaré cantando también el himno de aliento a los Augureys. Decir que lo haría para ganar la pelea es fácil, pero me muerdo la lengua antes de poner entre nosotros la obligación de ir otro día al estadio, porque esta noche es tiempo prestado que tenemos antes de que la nazca la bebé y ¡estoy embarazada, por favor! No estaré saltando entre fanáticos. Me guardo mis comentarios, así como él parece guardarse otros, pero no todos los que deberíamos, porque en meses de besarlo sé notar cuando hay una diferencia en su respuesta por algo que he dicho y que no le ha gustado del todo. No sé tan bien como él equilibrar una pulla con un halago. Y tal vez sea yo la que tenga más arrebatos de enojo, pero se pasan rápido, los suyos punzan más profundo. No dice nada cuando las vendedoras nos entregan las bolsas, ni un comentario más, sé lo que implica ese silencio y lo dejo ser. La ironía de que ha conseguido lo que quería, porque salgo del local con una apariencia al menos un poco más aceptable para sus estándares, pero también encontró otro motivo para enfadarse, como si fuéramos una lista interminable de razones por las que chocar con el otro. ¡Y a nosotros nos regalan un par de camisetas que van a juego! —¡No la arrugues así! ¡Es de Morgana’s!— me río fingiéndome preocupada por la tela, ignoro lo que dice de que mejor sería que las quemen, puedo pedirle a Meerah que las readecue al tamaño de los perros si no las quiere.

Pongo los ojos en blanco por la escena ridícula que me pinta. —¿Qué sería portarse bien? ¿Saludar con una sonrisa? ¿No distraerte de la ópera tocándote? ¿Quedarme despierta hasta el final?— voy enumerando las posibles normas de buena conducta dentro del edificio sagrado de la ópera, como si estuviera a cargo de instruir a una niña. No sé si es que hemos llegado tarde, pero no nos detenemos a sociabilizar con nadie y eso es bueno en dos sentidos, porque si llegamos tarde, son menos minutos para soportar la tortura, también nos salvamos de tratar con gente. El palco que ocupamos me hace arrugar un poco mi expresión, ¿en serio hace falta…? Suspiro para mí, acomodándome en mi silla, y desde ahí trato al menos de admirar el lujo del escenario. No tengo nada contra estos edificios, en realidad. Sí lo tengo contra su gente que me provoca algo así como urticaria y por instinto me rasco el brazo. Lo que me dice Hans es como… ¿ves? Esta es la gente que concurre a estos lugares y, vaya, ni siquiera con su esposa. Mi mirada al quedarse fija en la cara de Hans trato de que no revele nada, tengo en la garganta el comentario de «debe ser su asistente» y hacer que se choque con sus propias palabras, porque si un hombre se presenta a un lugar así concurrido con alguien que no es su mujer, todos y el primero lo que hacen es asumir cuál es la categoría de esa mujer. Pero ya me supo amargo hacer esa insinuación que no es real a nuestra situación, no voy a hacerlo pasar dos veces por mi garganta. Así que hago el comentario vago de: —No seas chismoso, si a ti no te molesta, tampoco te incumbe.

Me fijo en el programa que nos dieron y encuentro el nombre de la cantante al mismo tiempo que lo lee él, y no tengo idea de quién, la lista de canciones de mi teléfono están lejos de tener a una Anna DiDonato. Respiro hondo para soportar el martirio que se viene cuando la orquesta empieza a sonar, que no es mala música, no, hay un punto en que hasta me emociona y al siguiente decae terriblemente porque me distraigo con mis propios pensamientos, todo lo que escucho hace que me vuelva cada vez más ensimismada, tanto que en algún punto cabeceo, porque la voz de Anna lleva temblando en una nota desde hace rato y mi bostezo es tan hondo que tengo que tomar la muñeca de Hans para comprobar la hora en su reloj. ¡Y PASARON DIEZ MINUTOS! Merlín, las torturas medievales eran más clementes. —Tengo que ir al baño— susurro, deslizándome fuera de la silla y saliéndome al pasillo para ir caminando lento hacia donde identifico como el baño, para demorarme todo lo posible al lavar mis manos y silbar lo que sea que cambie un poco mi humor. Para cuando vuelvo a sentarme al lado de Hans, toco su codo. —¿Ya mataron a la protagonista? Pobre, se escuchaba lo mucho que sufría cuando cantaba, yo también sufría con ella…— trato de bromear, decidida a hacer el colosal esfuerzo de quedarme la siguiente hora quieta en mi lugar. Cuando giro la muñeca de Hans en mi dirección una vez más apenas si pasaron quince minutos. —Tengo que ir al baño a espabilarme— murmuro en su oído, y se me ocurre una idea, —a menos que…— deslizo la mano que sujeta su muñeca a su rodilla para ascender hasta su muslo en una caricia lenta y creo que podrá entender mi intención pese a la poca luz, que más bien juega a nuestro favor.
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Mensaje por Hans M. Powell el Jue Nov 14, 2019 5:22 am

Que lo dude debería ser ofensivo, así que hago todo lo posible para mantenerle la mirada con el orgullo que soy capaz de traer conmigo, que no tiende a ser poco — Claro. Mi vida no se basó siempre en oficinas, Scott — si ella quiere ser prejuiciosa conmigo, que lo sea, no va a llegar muy lejos. Y ya, tengo que dejar de ser tan venenoso, que sé muy bien que si seguimos por ese camino la noche terminará mal, no importa cuánto intentemos fingir que estamos bien. ¡Que no pienso hacer de nuestra primera cita, una de reconciliación! Aún así, ni me molesto en preocuparme por las camisetas que tendremos que arrastrar como las parejas de los anuncios y solo me encojo de hombros ante sus dudas, que ya debería saber muy bien lo que incluye el portarse bien dentro de un teatro distinguido. Sino… ¿Cómo le enseñaremos entre lo correcto o incorrecto a la niña por nacer?

Con una expresión que intenta ser inocente, me volteo hacia ella y apoyo una mano en mi pecho cuando indirectamente me trata de entrometido — No me molesta ni me incumbe, solo te lo compartía como dato curioso. Es algo normal, la verdad. Muchas de estas personas esquivan la idea del juramento inquebrantable porque saben muy bien en qué ámbito se mueven — uno donde el dinero siempre abre las puertas y más de un par de piernas, tanto a favor de los hombres como los de las mujeres. Dudo que le sorprenda, al fin de cuentas trabaja en un sitio rodeado de gente así y me ha escuchado hablar de una fiesta o dos. Al menos me salvo de que me haga cantar y podemos centrarnos en la música, que es lo suficientemente envolvente como para hacer que el asiento parezca vibrar y mi estómago sienta el reflejo de esa emoción. Me acomodo con un codo en la butaca y sostengo así mi mentón, ni siquiera me inmuto cuando siento que se mueve pero sí lo hago cuando la veo alejarse. Con un bufido, me hundo un poco más en el asiento y trato por todos los medios no ponerme a chequear al público. Sé que está en su última faceta del embarazo y la posición del bebé hace que tenga que ir al baño continuamente, así que intento no irme por los malos pensamientos… no, ahí están.

Para cuando oigo de nuevo su voz, subo la mirada con un gesto que intenta mantenerse tranquilo, incluso cuando siento la cabeza pesada por culpa de todo lo que he podido maquinar en cinco minutos — Quizá debas esperar a que termine el primer acto — sugiero en tono paciente. Es cuando tengo intenciones de al menos pasar una mano para tomar la suya que vuelve a anunciar que busca retirarse, así que me giro hacia ella con algo más de brusquedad — ¿Espabilarte? — la reto a decirme en toda la cara que esto es un fracaso, que lo haga si quiere, porque ya me he dado cuenta. Me distrae un poco el toque de su mano y, por tentador que sea, miro hacia un lado para chequear que el palco más cercano no tenga visión de lo que nosotros hacemos justo detrás de la cortina que bordea el nuevo. Al parecer, el señor banquero y su acompañante están bastante entretenidos, así que no van a fijarse en nosotros — No puedo simplemente… — le susurro y hago el gesto de desabrochar el pantalón y dar por aludida la cuestión — Y creo que no sería muy disimulado que te suba el vestido para meterte la mano. ¿Realmente no puedes esperar un rato? No sé cuantos actos sean, pero quizá en alguno de los intervalos… — con la poca luz, me acerco el programa a la cara para tratar de visualizar algún indicio de cuándo tendremos un descanso, pero creo que no puedo hacerlo sin al menos un poco de iluminación — No quiero sonar amargo, Scott, pero tenemos sexo todo el tiempo. ¿Vamos a usar el palco para algo que hacemos normalmente en nuestra casa? ¿Tienes idea de lo mucho que gasté en…? — el chistido del palco de al lado hace que me calle, por lo que asumo que debí haber empezado a subir el tono de mi voz. Doblo el programa con los labios prensados y lo guardo dentro de mi saco — Ya, no importa. Si no quieres estar aquí, nos iremos. No voy a soportarte dos horas con excusas de lo mucho que necesitas ir al baño como si tuvieras cinco años y buscaremos algo “más divertido” para hacer. ¿Tienes alguna idea? — y sí, quizá he sonado como alguien consumido por el hartazgo, pero suele suceder cuando vienes picado. Sin más, me enderezo en el asiento en mi amago a levantarme y le señalo la puerta con un brazo, alzando las cejas. Al fin de cuentas, era lo que quería… ¿No?
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Mensaje por Lara Scott el Jue Nov 14, 2019 6:05 am

Podía dejarlo ahí, en que me estaba compartiendo un «dato curioso» que no me interesa ni me aporta nada, al que podría haber contestado «sí, claro», tan sarcástica que me habría ganado otra mirada de reproche de su parte, pero es lo que dice después que me deja uno, dos, tres minutos haciéndolo centro de una mirada de mi parte que lo atraviesa de lado a lado, no es un grito ni un puñetazo en el pecho, va acompañado de un mutismo terco de mi parte. Porque, bien, no voy a señalar que el ámbito del banquero es su mismo ámbito. Ni tampoco voy a apuntar que el banquero no es el único que elude juramentos inquebrantables, ¡ah, ahora entiendo! Es por el ambiente. El maldito aire del ambiente. Fuerzo una sonrisa tan tensa que impide que mi boca module el comentario mordaz que tengo atragantada en la garganta, me lo paso con dificultad y no digo nada. No voy a rebuscar entre sus palabras algo con lo que acusarlo para que después venga a decirme que me estoy prendiendo de nada, que él no es el banquero y que soy yo quien está sentado con en el palco, por eso hago el esfuerzo, en serio lo hago, de mantenerme sentada en mi lugar.

La necesidad de ir al baño no es algo que pueda reprocharme, es un mal hábito repetitivo desde que estoy embarazada, y me da la excusa para escaparme una primera vez del palco. Pero, ¿para qué mentirle? Podemos quedarnos con otro recuerdo memorable de la ópera, además de la voz de Anna DiDonato. No sé por qué esperaba que aceptara, de pronto este lugar que es de los sitios habituales que frecuenta cuando es él mismo y no conmigo, parece ser un templo que no se puede corromper, y de mala gana vuelvo a acomodarme en mi asiento, golpeando el respaldo con mi espalda y devolviendo mis manos a mi regazo, en una clara postura de que estoy montando una rabieta. —Déjalo, iré al baño a echarme agua a la cara— mascullo, estoy a punto de hacerlo, de ponerme de pie para salir del palco otra vez cuando un chistido del palco vecino nos manda callar y eso me enoja aún más, no voy a ponerme a contar cuántos se están metiendo mano ahora mismo, no me interesa, porque el único que me interesa es quien abandona su asiento, ¡y menudo sacrificio! Decide que nos vayamos si es que no puedo estarme sentada, me tienta bastante decirle que no, que voy a quedarme hasta el último acto, sólo por llevarle la bendita contraria, pero sé que no es humanamente posible para mí.

No le contesto, abandono mi asiento y salgo del palco esperando a que me siga si es va a hacerlo. Me molesta que estos zapatos además de planos, sean silenciosos, porque no puedo irme remarcando mis pasos como me gustaría, sino que es una retirada silenciosa de la que solo se percatan los acomodadores. Uno está a punto de preguntarme si necesito algo, lo puedo ver, y creo que mi mirada fulminante le deja bien en claro que no, por si las dudas mis brazos se cruzan por delante de mi pecho es otro indicador. Sigo caminando poniendo toda la distancia posible con la voz de Anna DiDonato que sigue resonando en alguna parte, hasta que me encuentro en los escalones de salida y recién entonces me volteo para ver si Hans me ha seguido. Tiene tres segundos para aparecer por la puerta o me iré, uno, dos… —¿Una cena?— sugiero, —Al menos una cena creo que es algo que sí podemos hacer en lo que no estemos en desacuerdo, ya que los dos comemos— lo digo, y lo hicimos antes, apostemos a por lo seguro, porque cuando se trata de nosotros, hacer apuestas improvisadas puede salir mal. —Habrá algún lugar de comida rápida por aquí cerca—. ¡Merlín! ¡Dime que una hamburguesa no dará motivo de pelea!
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Mensaje por Hans M. Powell el Jue Nov 14, 2019 6:23 am

Ahí va, el berrinche infantil que veía venir como un tren a toda velocidad. Tengo que tomar aire, recordarme por qué estamos aquí y lo mucho que la quiero cuando no es una caprichosa antes de ponerme de pie, lo cual creo que me toma más tiempo del normal porque ella ya se ha marchado. La mirada que le lanzo al escenario es de mera disculpa para conmigo mismo, como si lamentase de no poder quedarme a ver lo que sucederá y tendré que dejar que sean otras parejas las que disfruten de la noche. Paso por los pasillos vacíos del teatro hasta dar con su figura, lo primero que me ataca es su pregunta y ¡bien! porque es lo que tenía planificado hacer después de que dejásemos este lugar. El problema recae en el detalle que hace que apriete mis labios y cierre mis ojos — Bueno… — murmuro — Resulta que ya he hecho una reservación a unas pocas cuadras. En Paracelso — algo me dice que ya puedo ver su expresión si conoce el lugar, es uno de esos sitios que están muy lejos de ser catalogados como un “restaurante de comida rápida”.

¡Pero que se queje! Me paro todo lo alto que soy para retarla a hacerlo, que al menos yo me tomé la molestia de planificar una noche que, sorpresa, parece ser que no es ni será de su agrado. ¿Acaso no podría haberme dicho lo que le gustaba hacer en estos casos? ¿No le dije mil veces que no sé lo que es tener una cita? Me guié por lo único que conozco, anécdotas de amigos, consejos de una niña de trece años y el cliché de lo que siempre me han vendido como uno de estos eventos. Sí, quizá es lo que me han dicho que haga con otro tipo de mujer, era el plan perfecto para invitar a una Ophelia Hamilton, tal y como ella lo ha dejado en claro. ¿Pero qué voy a hacer? ¿Cambiar todo de mí para agradarle a una persona que ya debería haber aceptado quien soy? No hay secretos entre nosotros… al menos no tantos como antes.

Mira el lado positivo, puedes pedirte una hamburguesa y está solo a dos cuadras de aquí — intento consolarla, busco el tono más conciliador posible y alzo mis manos en el gesto de una persona que está tratando de domar a un dragón — Le pedí a Josephine que haga las reservaciones, no debería haber ningún problema si llegamos un poco antes de la hora pactada — si lo hay puedo hacer un pequeño soborno, pero creo que no es momento de decir algo así — No habrá música ni nada extraño. Solo nosotros, un balcón y toda la comida que quieras comer. Podemos hacer eso, ¿no? Después prometo no ponerme el esmoquín en toda la noche en cuanto volvamos a casa pero, por favor… — por todos los cielos, no puedo estar tan desesperado por un poco de paz — Es solo una cena — en gesto de buena voluntad, le tiendo el brazo para que lo tome, encarando con mi cuerpo hacia la salida. Si sobrevivimos a esto, voy a darnos un nuevo voto de confianza.
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Mensaje por Lara Scott el Jue Nov 14, 2019 7:18 am

Paracelso— repito, mi boca queda entreabierta por no poder decir algo más que el nombre del restaurante. Tengo la necesidad urgente de buscar de nuevo un espejo para comprobar si el vestido es el adecuado o deberemos ir a Morgana’s una segunda vez esta noche. ¿Por qué no me sorprende que después de la ópera venga un restaurante de lujo? Sus platos están casi la mitad de mi sueldo, ¡hombre! Está atentando contra mi independencia femenina, no puedo ir ahí y proponerle que repartamos los gastos por la mitad. Son un montón de pensamientos los que se me vienen de pronto, debe ser por eso que no hay una cara definida que pueda ver, soy yo boqueando por un poco de aire. Seguro que el banquero y la mujer que lo acompaña, sea quien sea, también irán a Paracelso después de que Anna DiDonato termine de cantar, sigue siendo el ambiente del que hablaba Hans, ese que es el suyo y en el que me siento tan fuera de lugar, porque… ¿qué diferencia hay entre comer una hamburguesa aquí a dos cuadras a hacerlo bajo una araña de luces con violines de fondo?

Tengo una queja en los labios, pero se para todo lo alto que es delante de mí y respiro hondo para no irme hacia atrás, levanto la barbilla lo más que puedo para encontrarme con sus ojos. ¿Siquiera me ha visto? Está llevándome a todos los lugares que le gustan a él, que hacen una cita perfecta para él, no eligió ninguna de estas cosas para mí. — Hans…— mi voz queda por debajo de la suya, que busca un nuevo entendimiento así que me trago mi replica. Hice reservaciones para cenar, compró entradas la ópera, lo que no puedo criticarle es que se tomó esto en serio, puedo tratar de entenderlo como que se mueve por lo conocido. Es Hans, claro que se va a mover por lo que conoce, lo que puede controlar, lo que es todo debidamente ordenado. Está marcando los tiempos que es una cita ideal según algún manual de hace cinco siglos, en que todo tiene que ser lo más elegante y lujoso posible, cuando todo es una gran, costosa excusa, para estar con alguien. Apoyo mi mano en su mejilla que se siente más lisa y la acaricio con mi palma al soltar un suspiro, no hago el intento de besarlo como tregua de paz porque no creo que resulte. —Ya me puse un vestido caro y zapatos a juego así que al menos me queda impresionar en Paracelso— accedo con una sonrisa. —Puedo hacerlo, tampoco soy una salvaje— ruedo mis ojos. Mohini me enseñó a usar los cubiertos, de eso puede quedarse tranquilo.

Lo retengo por su brazo cuando lo cruzo con el mío, antes de que nos marchemos trato de que se gire una vez más hacía mí y vuelvo a sostener su rostro con una mano para que me mire, me mire de verdad. —Hans, veo que te esforzaste en esta cita y sé que el dinero no es problema para ti, pero…—, siempre está el maldito pero, como esa palabra entre nosotros de lo que es y no es, que denota lo confundidos que estamos en casi todo lo que tenga que ver con lo que somos y hacia donde nos movemos. — Solo soy yo—. No lo sé, tal vez es mi culpa. He cedido parte de mis espacios para poder compartir los suyos, he silenciado partes de mí porque son las que nos expondrían, no es tiempo y soy responsable de otra vida que no es la mía como para no medir las consecuencias de lo que digo o lo que hago, pero al final de todo sigo siendo yo. —Y me gustas tú, solo tú. Sin el esmoquin y no porque te quiero desnudo, que el esmoquin te queda bien, eres un gusto a los ojos, sino tú… por debajo de todo esto y todo lo caro, presuntuoso que puedes ser. Cenaré contigo donde sea, también en una esquina debajo de un farol, porque es contigo con quien quiero estar. ¿Puedes verlo?— pregunto, y no espero demasiado a que formule una respuesta, tiro de su brazo para que echemos a andar hacia el restaurante, que si está a dos cuadras podemos ir caminando o como sea, busco su mano para tomársela así puedo ir con él de la manera en que quiera.
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Mensaje por Hans M. Powell el Jue Nov 14, 2019 8:02 am

Ni siquiera sé si el modo que tiene de pronunciar mi nombre va ligado a una reprimenda o a un breve segundo de comprensión. Soy víctima de la incomodidad más sincera, no por ella sino por mi propio juego, no muy seguro de hacia donde caminar ahora mismo. No soy fatalista, creo que todo el mundo tiene una mala noche, pero hay veces que uno simplemente no puede ignorar lo obvio; si no podemos compartir lo mas básico que tenemos, tendré que acoplarme a cosas nuevas y no tengo idea de cómo puede resultar. Para mi sorpresa, la caricia que me regala funciona como un tranquilizante, me veo incapaz de no devolver esa sonrisa vagamente tímida y alzo una mano para acariciar la suya, esa que reposa en mi mejilla — La próxima tú elegirás el lugar. Gracias — lo siento de verdad, que no me creía capaz de seguir discutiendo. Son solo unas horas a sobrevivir, nada más.

Pero mis intenciones de salir del teatro se ven frustradas por el modo que tiene de retenerme, se gana una mirada inquisitiva en lo que se demora a hablar. No puedo evitar suspirar cuando se da a entender y tengo que desviar la mirada hacia la puerta, con un asentimiento de la cabeza porque tomo lo que dice, de verdad lo hago. Creo que sujeto la bolsa de Morgana's con demasiada fuerza en mi mano libre, como alguien que tiene que sobrellevar una reprimenda — Pues esto es lo que soy, Lara — enrosco sus dedos con sumo cuidado en lo que cruzamos la salida, de regreso a una vereda vacía en vista de que todo el mundo se encuentra ahora mismo en la función. Uno de los sujetos de seguridad nos despide amablemente, gesto al cual apenas respondo por mera cortesía — Verás, me he criado en un ambiente muy similar. Cuando era un niño, la idea de una cita era una cena en un buen sitio y con el tiempo... bueno, solo lo fui confirmando. Cuando no estoy contigo hago estas cosas. ¿Y sabes hace cuánto no pisaba un teatro? — por la manera que miro a su barriga, delato que he cambiado esa actividad por noches en su compañía desde que el embarazo la volvió alguien recurrente en mi rutina.

Lejos de sentirme desgraciado por ello, he aprendido a acoplarme todo lo que puedo. Pero hay veces, estoy seguro de que también le sucede, que necesito sentir que sigo siendo yo, el sujeto que era antes de involucrarnos de esta manera. Acaricio distraídamente su mano con mi pulgar en lo que avanzamos por la calle, marcando un ritmo lento en mis pasos; todavía tenemos tiempo, que hemos salido con demasiada anticipación — He ido a muchas de las beneficencias de las cuales te burlas, me gusta pasar los domingos jugando al golf con gente que cree que mis comentarios son divertidos cuando no lo son. Sí, voy a la ópera y los bares a donde solía asistir no tenían olor a orina en sus rincones. No soy precisamente tu tipo — intento bromear, lo subrayo con una sonrisa en su dirección que se parece más a una aceptación de lo que somos y de lo que podemos llegar a ser. Al final de cuentas, seguimos de la mano — Lo único que temo es que lo veas. Que decidas que todo el calor del momento ha pasado, cuando estés cansada por una bebé que no deja de llorar y ni siquiera tengamos tiempo para tener sexo en las mañanas. Que un día me mires y digas "que sujeto tan aburrido, necesito otra cosa" — que no puedo negarlo, en vista de nuestras diferencias no me sorprendería.

Me detengo cuando los ventanales de Paracelso se alzan frente a nosotros, majestuosamente en el brillante centro del Capitolio. Tengo que mirarla una vez y luego de nuevo a la puerta para recordarme que esto fue mi idea y confío, de alguna manera, que no será tan terrible. Si consideramos que tendremos a los mejores llenando nuestros estómagos, debería ser más que suficiente — Ya verás cuando pruebes el volcán de chocolate de este lugar, se te van a ir las ganas de criticar el teatro. Después de ti, mi lady me mofo de ella con gracia al dejarla pasar primero, soy quien se ocupa en agradecer cuando nos abren las puertas y tengo que acercarme a la recepción. La mantengo cerca de mí pasando un brazo por su cintura, a ver si se le ocurre escapar de alguna manera en lo que nos recibe una mujer con dientes de comercial y, para resaltar las ironías de la noche, es rubia. Sé que me reconoce a juzgar por su mirada, pero incluso cuando le recuerdo mi nombre, se tarda demasiado en chequear la lista. Debe ser por eso que miro a Scott con algo de ansiedad — Es porque llegamos temprano— me excuso simplemente. Porque nada esta noche puede empeorar... ¿No?
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Mensaje por Lara Scott el Vie Nov 15, 2019 4:11 am

Es mucho más que una tonta ópera, pero no se lo diré porque podría malinterpretarlo por lo sensible que se ha vuelto su humor. Arrugo un poco los labios al apretarlos con fuerza, se nota que estoy conteniéndome cosas, si así comenzamos la noche no sé dónde puede acabar. Me precio de que entre nosotros siempre nos decimos las cosas a la cara y no sé precisar bien cuándo es que empecé a callarme las que sabría que provocarían su mal carácter, tomando la primera oferta de tregua que me tiende para evitar una pelea de final impredecible con nuestros genios. Pero siento acusadora la mirada que dirige a mi vientre para resaltar el tiempo que ha pasado desde que mi presencia en su vida lo sacó de sus lugares habituales, esos que le gustan y son partes de él. Perdón, supongo, por robarme al chico de oro y sacarlo de su palacio. Mis facciones se tensan un poco más y sigo empecinada en mi silencio, es mi manera de colaborar a la frágil paz que necesitamos para llegar al restaurante. —¿Y cuál es mi tipo?— pregunto, entrelazando mis dedos con los suyos. —Vamos, puedes decirlo. Yo te hablé de la rubia piernas largas que juega tenis con las amigas en el patio de su casa. ¿Cuál es mi tipo? No me ofenderé, lo prometo— le aseguro con una sonrisa que trata de recuperar el aire de broma, ese que nos ha venido bien para remontar algunas veces en que estábamos muy cerca de caer en picada.

Tiro suavemente de su mano para que se gire un poco y pueda mirarme, con cuidado de que no vaya a caerse por la acera. —Nunca me aburriría de ti— digo, así de simple como es. El por qué es lo difícil explicar. Es lo más complejo, un acertijo al que le tomé cariño, algo que tengo en mis manos y que puedo darle un montón de vueltas para tratar de conocer cada una de sus facetas, y sigue surgiendo algo que obliga a mi mente a no dar nada por hecho, lo peor de todo es que me di cuenta que es así conmigo. Una mujer con la que sólo se acostara sin compromiso podría entender más fácil quién es y que espera. Yo estoy tratando de entender cómo se vive con él, de una manera diferente a cualquiera en la familia. Hasta Mohini tiene más claro quién es y qué puede esperar de él. Pero yo… todo él pone a mi mente a reordenarse, a replantearse un montón de cosas. No quiero pensarlo como un juego, porque hace mucho dejó de serlo o nunca lo fue. En todo esto de querer llegar a él y no por empecinamiento, sino porque me estaba jodidamente enamorando, muchas cosas en mí fueron cambiando y trato de pensarlo como que esas son las experiencias que nos están enseñando algo. —Haces que cada día me replantee un montón de cosas, ves el mundo de una manera distinta a la mía y quiero que me lo muestres— lo reconozco, estuve demasiado tiempo encerrada en mi propia cabeza, en mi manera de ver las cosas y por eso cuesta, sé que este es su mundo y creo que lo estoy viendo más cerca que nunca. Si ya me resultaba incómodo hacer de la mansión ministerial un lugar donde vivir, ¡ja! Todo esto es… puedo estar un rato, pero también necesito volver a mis cosas conocidas o al menos las que se parecen un poco a lo que una vez conocí. —Y que me dejes que yo también te lo muestre, cómo lo veo yo…— y no le estoy hablando de óperas, restaurantes caros, bares, mansiones, partidos de quidditch, sino de las personas que somos más allá de eso. Lo irónico es que creo que eso sí estuvo presente entre nosotros estos meses, en los que hizo espacio en su orden para un poco de mi caos y a su vez domesticó mi desastre. Lo irónico es que el choque con la realidad de nuestras diferencias sea esto, estar parados delante de Paracelso.

Respondo una sonrisa con igual de optimista, que se ensancha un poco más porque si su intención es convencerme con el postre, lo está consiguiendo. No es más que una cena ¡y con postre! ¿Cómo puede no resultar? Llegamos, nos sentamos, comemos y nos vamos. Pongo los ojos en blanco una milésima de segundo por el saludo de realeza, se está esmerando de verás porque es la segunda vez que usa uno. —Mi señora, mi esposa, mi amor— recito, buscando su mirada al girarme. —¿No viste la película, verdad? Mejor así…— lo descarto, dejando que me guíe al interior de un recibidor que me corta la respiración y no respiro cuando nos paramos delante de la recepcionista, sigo sin respirar cuando busca su nombre en la lista mientras yo recorro cada detalle en el techo y en las paredes con la mirada. Me obligo a respirar de nuevo porque si tengo que esperar a la mujer me hubiera ahogado. Bajo mis ojos a la cara de Hans, se nota que está inquieto y creo saber qué significa que la mujer no lo encuentre en su lista. La rubia lo dice: no tenemos reserva. —¿Dijiste… que Josephine hizo la reserva, no? Y supongo que ella también compró las entradas a la ópera. ¿Qué viene después? ¿También reservó la suite donde vamos a tener sexo?— me sale echarle todas estas cosas en la cara, —¿Por qué no lo hiciste ? Es nuestra cita, hemos venido hasta aquí a hacer el ridículo. Hubiéramos buscado algo cerca del teatro…— mascullo, creo que es la amargura de otras cosas que están aflorando por este lado y trago saliva, fuerte, no quiero discutir pero… —Nunca le pides a una mujer con la que te acostaste que compre flores para otra, creí que lo sabías.
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Mensaje por Hans M. Powell el Vie Nov 15, 2019 4:48 am

Creo que jamás me he hecho una imagen mental de lo que sería su tipo, simplemente es algo que he asumido: no soy yo. El modo que tengo de revolear los ojos delata que estoy tratando de hacerme una idea — Alguien más descontracturado. Más… simple — no sé si eso es lo que le gusta, pero a veces sospecho que es lo que necesita. Siempre tuvimos nuestros encontronazos, los fuimos dejando a un lado para darnos una oportunidad en este mundo extraño de familia feliz. Tengo suerte de jamás haberle contado todo lo que ha pasado en estos pocos meses dentro de mi oficina, siento que estuve resguardando una parte de nosotros que pudimos empujar a un lado. Y aún así, ella asegura que jamás se aburriría de mí, de esa manera que me recuerda por qué me enamoré en primer lugar. Creo que dejo salir todo el peso de la tensión acumulada en la ópera con un suspiro, nuestros dedos se enroscan con mayor calma, porque puedo tomar esto como una tregua de paz — Lo intento. Sé que vivir contigo es un constante choque de realidades, que podemos mezclarlo para volverlo algo propiamente nuestro. Al menos lo tratamos — es el único modo que tenemos de seguir de pie. Sin poder contenerme, le sonrío — Es bueno escuchar que no crees que vaya a aburrirte, puedo respirar tranquilo — aunque suene como una broma, tiene cierto punto de verdad.

¿Que película? — pregunto sin poder contenerme, pasando detrás de ella — Solo te estoy molestando, Scott. Al menos que quieras que empiece de veras con los apodos melosos — por el modo que curvo mi boca, creo que dejo bien en claro que no pienso hacerlo. Obvio que la paz no podía durar demasiado, creo que la pobre recepcionista no sabe dónde meterse cuando nota que me va cambiando la expresión hasta que, para mi asombro, la que sale en ataque es Scott… contra mí — ¿Disculpa? — me doy cuenta de que la mujer abre la boca en un obvio intento de solucionar el problema para evitar un escándalo en el vestíbulo, pero ni siquiera tengo que mirarla para alzar una mano en su dirección pidiéndole silencio en lo que clavo mis ojos en los de mi… acompañante — Fui yo personalmente a comprar las entradas en la boletería, si te interesa saberlo. Y sí, pedí que me hagan una reservación, ¿cuál es el problema? ¿Que me acosté con ella en el pasado? — no quiero ser desagradable, pero el modo que le sonrío está cargado de sorna — ¿Es eso lo que te molesta? Si quieres, puedo ir y despedirla. Quiero ver cómo le justificas a una mujer que la estás echando por una relación que se acabó hace una eternidad. Muy profesional y maduro.

Como ya me fui de la ópera por su capricho, no pienso volver a darle el gusto. Le doy la espalda para conversar con la recepcionista, un par de palabras me bastan para saber que aún hay una buena mesa disponible y se lo agradezco con un tono de voz que, pobre, ella no se merece. Ni siquiera miro a Scott cuando nos hacen pasar, creo que por el modo que tengo de caminar deja bien en claro que no pienso poner en debate si quedarnos o no. En cuanto me dejo caer en una de las mesas alejadas del salón, cerca de los ventanales que dan al patio interno y a la fuente, me cubro el rostro detrás del amplio menú — ¿Tienes algo más que decirme? ¿Algo que te estés guardando hace tiempo y quieras hablar conmigo? Porque quizá sea una noche hecha para que escupas todos tus resentimientos, Scott. Porque creí que lo de Josephine estaba superado. ¿O qué es exactamente lo que te molesta? Soy todo oídos — para demostrárselo, bajo un poco el menú para poder mirarla y me estiro hasta la bandeja de panes, tomando un grisín que me llevo a la boca con tal de masticar algo, con la bronca contenida.
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Mensaje por Lara Scott el Vie Nov 15, 2019 5:53 am

Tan simple como su respuesta, ¿así? Tengo que reírme de eso, mirarlo como si le hubiera salido una tercera oreja. —¿Nada de un auror kamikaze de brigadas especiales entonces?— me burlo, —No tengo un tipo. No puedo decirte que alguna vez lo tuve, yo…— eso también me lo callo, estaba confundida o estaba buscando entre tantos rostros alguno que me significara algo y no lo encontraba más que en mí misma, al final de todo siempre volvía a mí, a encontrarme sola y a gusto. —Mi tipo fui yo misma demasiado tiempo—, quién quería ser, qué quería conseguir, qué tanto llegaría a trascender en lo que me apasionaba. Está de más decir que no buscaba a alguien como él, ambos lo sabemos de sobra, no buscaba nada. ¿Y es que es todo esto que tenemos ahora? ¿De dónde han surgido estas cosas? Tengo más de lo que esperaba tener, de lo que imaginaba que podría tener, estoy caminando por una acera tomada de la mano de otra persona, no cualquier persona, sino el mismo hombre con quien nos escondíamos en su archivador para un descanso de cinco minutos entre reuniones. Me gusta como lo dice, que podemos hacer chocar nuestras realidades para que haya algo propiamente nuestro. —Así lo pienso también, somos como el cuadro completo, ¿te das cuenta? Si sólo fuera yo o sólo fueras tú, tendríamos la mitad de un cuadro. Pero todo lo que eres y todo lo que soy, puesto encima de una hoja en blanco, muestra el paisaje completo…—, no sé si me entiende, él lo explicó de una manera más… simple. Sin embargo, se trata casi de lo mismo, de poder encontrar algo que se ajuste a ambos con lo diferentes que somos y como se sonríe, me guardo ser quien le diga que quizás algún día quien decida que no puede cargar a cuestas con alguien que no le da un segundo de paz, por mencionar una de las muchas razones que podría encontrar para decir que se cansó. Así también, tan simple, que se cansó.

Si encontramos algo de lo que reírnos, se mantiene una minúscula esperanza de que podemos salvar la noche. —Es una película sobre un rey que debe ir a una guerra sabiendo que perderá así que se despide de la reina así…— lo ilustro, sonriéndome con disimulo, porque dicho así parece una película romántica de época, cuando la mayor parte de la cinta son como trescientos hombres en cueros matándose con muchos otros que los superan en número, todo muy sangriento y trágico. El paréntesis de comentarios banales al que sigue mi silencio y el intento de vivir sin respirar, se cierra cuando la espera de la recepcionista culmina con el anuncio de que nos encontramos sin mesa en todo Paracelso, cuando él aseguró que teníamos una reserva. Tiene su manera de recoger el veneno en mis palabras para que vuelva a tragármelo, pasándolo asquerosamente por mi garganta y me quita todas las ganas de discutir. —Idiota— mascullo a su espalda cuando comienza a  hablar con la recepcionista, me giro yo también para darle la espalda así quedan ambas enfrentadas y me cruzo de brazos en dirección a la puerta por la que creo que saldremos en uno o dos minutos cuando tenga la confirmación que necesita de que hemos venido a perder el tiempo, en este restaurante que es su capricho caro. No pediría que despida a una mujer por haberse acostado con ella, qué idiota.

Coloco mi mano alrededor de mi cuello para sentir el calor de lo rápido que me he enervado por su comentario que me coloca en una posición para que la que tengo calificativos poco amables, que van desde celosa hasta zorra. Tengo que echarme el cabello hacia atrás y respirar hondo para calmarme cuando lo sigo silenciosa y con todo mi cuerpo en tensión hacia la mesa que disponen para nosotros, la cual no me impresiona, ni le echo una mirada lo que nos rodea, hecho así con la intención precisamente de impresionar. Comer algo ahora es prioridad, así cuánto más rápido terminemos de cenar, más rápido se acabará todo y podré meterme a la cama a tratar de dejar esta noche atrás. Pero para que eso pase parece que hacen falta mil años, porque con la situación que plantea en la mesa como aperitivo, mi humor se vuelve más pesado y oscuro. —No, olvídalo, fue algo que dije de la nada. Se me pasará y lo olvidaré, no soy una persona de resentimientos…— contesto, tomando la carta para simular que también la miro, aunque la esté carbonizando con mis ojos en este momento. —No diré nada que de material a quien sí sabe de resentimientos, lo estás buscando y no te lo daré— declaro. Golpeo el plato con la carta cuando la cierro de pronto para dejarla sobre la mesa. —Este es tu ambiente, ¿no? Un ambiente donde si no te acompaña una esposa, te acompañará una asistente. Donde hay alguien que te verá y dirá “esa mujer no es la esposa”, como hiciste con el banquero al insinuar que era la amante. Por eso en este ambiente no se hacen juramentos, ¿no? Porque así es como suceden las cosas… estoy sentada aquí, tratando de ocupar esta silla, pero si no doy la talla y decido que no puedo adaptarme a este ambiente, ¿eso es lo que pasará? No importa, Lara. Quédate en casa, quédate en los lugares donde si podamos coincidir, ¿en los otros siempre habrá un reemplazo? Porque los habrá, porque tu ambiente es a lo que aspiran muchos hombres y mujeres, aceptarían sin problemas el puesto de suplente y lo disfrutarían—. El mozo que está a menos de dos pasos se ha detenido al escucharme, creo que al darse cuenta que ya hemos servido el primer plato sobre la mesa, y que le conviene volver dentro de cinco minutos si es que no encuentra todos los platos rotos.


Última edición por Lara Scott el Vie Nov 15, 2019 2:18 pm, editado 2 veces
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