The Mighty Fall
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Mensaje por Adam Rothemann el Dom Oct 06, 2019 8:50 am

Recuerdo del primer mensaje :

En la habitación se respira un aire vacío de la agonía de los últimos meses, la ventana entreabierta deja salir lo que queda de esa presencia que ocupó casi todo el espacio. Doblada en el bolsillo de mi abrigo queda la fotografía de una niña que no pudo retener a su padre en ese abrazo que envolvía su cuello con bracitos delgados y la sonrisa en sus mejillas marcadas es un fantasma que también se va desvaneciendo, antes de que la imagen se esfume entre mis dedos, me encamino hacia el mercado donde espero encontrar a quien se merece al menos recuperar este recuerdo. Dressler se encargó como un favor más de los muchos que les debo, de rastrear a la familia del hombre que tuvimos que despedir juntos, y al parecer a quien pudo enviar un mensaje a través de una señal cifrada fue a la esposa, citándola en el mercado en el Doce donde todavía se cruzan repudiados y ciudadanos con cierta impunidad, bajo los ojos de aurores que se hacen los desentendidos respecto a las compras, pero que no pierden detalle del movimiento en general. No pretendo más que intercambiar un par de palabras necesarias con esta mujer, sobre las que siento cierta obligación, que fue lo que me impulsó a abandonar mi casa esta mañana para empezar, cuando nada en el clima general que se respira en el destino me invita a querer mezclarme con la multitud.

Tengo entendido de que Dressler aparecerá en algún momento, no soy su jefe así que no tiene que cumplir una cita fija conmigo, pero me había dicho que andaría por el mercado y no necesito muchas explicaciones para saber que traerá parte de su mercancía, a la que también me interesa echarle un vistazo. Desperdicio media hora de mi vida fuera de la carpa maltrecha de la mujer con arrugas en las manos, que se dice vidente y arroja una carta tras otra sobre su mesa, regalándole tragedias y amores a sus clientes que se van conformes con el destino condenado que les predijo. De todos los negocios de fachadas apagadas del mercado, precisamente para no llamar la atención más de lo debido, este puesto es el más idóneo para que una mujer que no conoce de estos lugares pueda identificar el punto de encuentro. Teressa tiene la amabilidad de ofrecerme una de sus banquetas bordadas con colores chillantes y me quedo sentado a su lado como un mayordomo aburrido, escuchándole recitar una calamidad tras otra. Estoy dándome por vencido en mi espera cuando una mujer se para delante de nosotros más decidida que otras, y empezaré a creer realmente en el don de Teressa, porque se pone de pie con la excusa de que irá a dar un paseo, con sus arcanos todavía dispersos sobre el mantel violeta.

De todos los puestos es el más inofensivo para que una mujer ciudadana sea vista, así que asumo el puesto que me ha cedido la vidente para sentarme en su inestable sillón que le sirve como trono de autoridad y entre las figuras que han quedado tiradas, coloco la fotografía guardada después de alisarle los bordes. Los rostros de la niña y el hombre con sus nombres enlazados debajo, quedan superpuestos a la carta que muestra a una pareja envuelta en una nube, con la presencia de un ángel que los abarca con sus brazos. —Lamento mucho lo de su marido, si le sirve de consuelo sufrió demasiado y el descanso le era necesario— murmuro, volviendo entonces a los rasgos de la mujer, en los que no me detuve cuando la vi llegar, y que al mirar con detenimiento son un golpe a mi memoria, porque una vez me encontré con una mirada similar, unos ojos negros capaces de abarcar toda la luz del mundo y es que en la inocencia de ser joven había creído que existían criaturas así, la perdida temprana de esa ilusión es la que nos forma para esta realidad de guerras continuas. Y por un instante, después de todos estos años y tan cerca del final irreversible que nos toca a todos, puedo volver a ver un atisbo de ese brillo. —¿Nos conocemos?— vacilo.
Adam Rothemann
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Mensaje por Mohini R. Khan el Lun Nov 11, 2019 2:32 pm

No lamento el haber dedicado todo lo que soy a mi hija, me arrepiento de haberle dado esa imagen a mi marido, el de una mujer enfrascada en sus propias decisiones egoístas que no tuvo el valor de acogerlo cuando más lo necesitaba. Son muchas las preguntas que podría hacerme sobre lo que podría haber hecho diferente, pero somos humanos, al final todas nuestras acciones van dirigidas hacia la equivocación, porque de ellas sale el aprendizaje que utilizaremos más adelante. Es la lección que estoy tratando de enseñarle a Lara ahora que está formando su propia vida, una familia de la que me hago partícipe por sangre, pero también porque decido estar. La decidí por encima de Lawrence, y no es ahora que pretendo echarla a perder, después de todo lo que nos ha llevado hasta aquí. Sí, este hombre me confirma lo que he sabido desde hace años, que mi esposo murió, puede que no cuando lo creímos, pero el tiempo no cambia los hechos, cambia los remordimientos y las nuevas luchas internas, esas que se acumulan dentro de mi pecho a pesar de mantener el rostro lo más sereno que puedo.

Mis intenciones no son las de alargar mucho más el encuentro, agradezco el contacto de sus manos y el detalle del pañuelo, pero lo que aquí nos concierne ya ha sido puesto sobre la mesa, de modo que doy un paso hacia atrás, casi agachando la cabeza a modo de despedida cuando es quién vuelve a hablar. Sus palabras no me pasan desapercibidas, claramente, me suenan extrañas, sí, pero no es nada a lo que no esté acostumbrada estos meses. Es lo que dice lo que me produce el volver a girar parte de mi torso hacia él, deshaciendo el paso que di con anterioridad para posar mis ojos oscuros en los suyos claros, un contraste tan peculiar que por un momento me siento idiota por no haberlos reconocido antes. Pero es evidente que no podría haberlo hecho, ¿cuántos años han pasado? Son demasiados como para ponerlos en orden, contando que me gustan las matemáticas, esta vez se me hace complicado el pensar un número concreto. — ¿Cómo…? — ¿cómo es posible…? ¿cómo ha llegado hasta aquí? Es lo que me gustaría preguntar, pero encuentro algo inconclusa esa pregunta, no daría pie a que entendiéramos la misma forma de contestar.

Eso fue hace mucho tiempo… — digo en su lugar, tras una pausa demasiado larga que me obliga a recorrer las facciones de su rostro más allá de la extensión clara del océano que se extiende en sus ojos. — Eran otras épocas, tan solo éramos unos críos, ilusos e ingenuos, sin ningún sentido de la responsabilidad. — no sé porqué trato de excusarlo, quizás porque, en efecto, han pasado muchos años como para mantener un rencor que estoy aprendiendo a dejar con el tiempo. — Tuve a ese bebé, y lo quise por todo el tiempo que pude sostenerlo, como lo sigo queriendo, pero creo… creo que deberías pasar página, tal como yo lo hice. — ahora que somos adultos, que puedo mirarle de frente y decir esas palabras sin temor, es que reconozco que en realidad, la culpa siempre la he llevado arrastrada, la diferencia es que me he encargado de mantenerla bajo presión hasta que ha llegado un punto en el que globo se ha terminado por hinchar demasiado. — No es bueno vivir del pasado. — como tampoco lo es esperar a que llegue el futuro. No sé donde estará mi hijo, nuestro hijo, es un conocimiento que se sale de mi capacidad, pero creo que no podría soportar la información en caso de que no fuera favorable. Quizás… solo quizás la ignorancia en estos momentos me haga más cobarde, pero también más fuerte, porque eso significa que puedo mirar hacia delante a sabiendas de los infortunios que se viven cada día.
Mohini R. Khan
Mohini R. Khan
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Mensaje por Adam Rothemann el Jue Nov 21, 2019 12:49 pm

Sucedió hace tanto tiempo, un tiempo que ha quedado tan atrás por todo lo que vino después, puedo volver a reconocer a ese chico de quince años en mí porque la estoy viendo a ella, pero era un recuerdo perdido detrás de muchos otros, que no encontré en décadas porque otras heridas por ser de un dolor más reciente, opacaron el dolor de aquella. Y es cierto que el tiempo ayuda a la cicatriz, se ha cerrado para nosotros esa época, con todas las ingenuidades que teníamos de niños y las promesas que pude hacerle alguna vez, pero sus palabras tiran de los hilos de esa cicatriz y vuelven a abrir el corte. Parte de ser egoísta al imponer la despedida, de ser quien abandona, es el convencimiento a la propia consciencia de que se ha hecho lo mejor. Saber que la decisión que tomé diciéndome ser noble, confiando en que sus sobreprotectores padres podrían también extender ese sentimiento hacia un nieto que nació demasiado pronto, no hizo más que castigarla a perder a un primer hijo se suma a las culpas con las cuales ya cargo.

Puede decir que hay que pasar página, que eso ha quedado demasiado atrás, pero me hunde en el sitio en el que estoy parado y se retuerce la voz en mi garganta haciéndome incapaz de encontrarla para pedirle tal vez perdón, una vez más. Comprendo en este momento como no lo hice hace tres minutos que una petición así es insuficiente, no cambia nada, el pasado está escrito con una tinta imborrable y somos el testimonio de todas nuestras malas decisiones y las que tomamos para procurar recuperarnos, como lo ha hecho ella. ¿Quién soy para demorarme cinco minutos más en la vida de Mohini Khan? Sólo un miserable sujeto que arrastra su pasado y sus arrepentimientos como cadenas, no hay día en que no piense en el pasado, y mientras tanto ella ha continuado, siguió adelante a pesar de todo y de cada situación ha hecho un capítulo por cerrar. Soy sólo yo importunándole, tirando sobre esta mesa de cartas de tarot un montón de recuerdos rotos, y me siento avergonzado, profundamente culpable por todo lo que pasó, no quiero hacer otra cosa más que huir, como lo hice hace tantos años que ya he perdido la cuenta. Somos dos personas en este presente de los que nada queda de aquel tiempo, ni siquiera un hijo en común, todo se ha desvanecido. —Búscame como Adam Rothemann en este Mercado si necesitas ayuda con lo de tu hija y— señalo a Dressler que ha quedado al alcance de nuestra vista, —si lo ves a él, sabrá llevarte a donde estoy—. Se me parte un poco el corazón al dejarla sentada frente a esta mesa donde se ha echado la suerte a un montón de personas y espero a que recoja la suya, para que otra vez tomemos caminos distintos, como supongo que es el final inevitable de todos los amantes equivocados. —Adios, Mohini— murmuro, si es que me escucha.
Adam Rothemann
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