The stakes are high, the water's rough • Hans

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The stakes are high, the water's rough • Hans  - Página 4 Empty The stakes are high, the water's rough • Hans

Mensaje por Lara Scott el Miér Sep 25, 2019 1:15 am

Recuerdo del primer mensaje :

Como una bala cruza en limpio la arena húmeda y se estrella contra la marea agitada que avanza sobre la orilla, se pierde en la profundidad del agua gris hasta que su hocico rompe la superficie, seguido de su cabeza con sus orejas en puntas. Con sus patas empapadas nada de vuelta a la costa, todo su pelo pegado a un cuerpo menudo. Tengo que llamarlo con palmas porque no es obediente al nombre que me dijeron que tiene, el que trataron de inculcarle por un año. Cada vez que se zambulle al agua se me sube el corazón a la boca, me da miedo que sea devorado por un mar que en estos días se ve más feroz, pero como todo perro criado en el distrito cuatro, se mueve tan bien en el agua como lo hace al caminar sobre sus patas. Consigo que venga a mí, lo tengo al alcance cuando de repente se sacude entero para mojarme con gotitas sueltas el abrigo que me puse encima del pijama, tan grande que la redondez de mi vientre pasa desapercibido. Si me quejo de un poco de agua, eso es nada cuando el resto del camino a la casa lo hace metiéndose un par de veces más al mar y después revolcándose en la arena. Para cuando lo hago entrar por la puerta trasera de la cocina, no es la bola blanca que fui a buscar, sino un monstruo mojado y sucio que recorre toda la cocina hurgando con su hocico cada rincón.

El sonido que proviene de arriba de las escaleras hace que levante las orejas y su emoción es visible en su cola que se agita de un lado al otro. Escucha los pasos que van bajando los peldaños, no necesita de otra señal para aventarse fuera de la cocina, tan veloz que su víctima no podría verlo venir. A quien si se lo hubiera dicho por anticipado, quizá tal asalto del animal no habría sido tan inesperado, pero se suponía que era una sorpresa, por eso fui a la casa de mi vecino antes de las siete de la mañana y estoy revolviendo la alacena para encontrar el frasco de café que se me hace tan necesario como el oxígeno a estas horas. No sigo al perro, ¿para qué? Puedo contar hasta diez en voz alta hasta que venga por sus propias patas, siguiendo a un Hans que se habrá sacado el sueño con el sobresalto. —Nueve... ocho...— cuento. Me tomo el trabajo de batir el café en mi taza por el gusto de oír la cuchara contra la porcelana, mientras mi boca se abre para soltar un bostezo. —Siete... seis...— sigo, —cinco...—, y como puedo oír a Hans a unos pasos, apuro el conteo. —Cuatro, tres, dos...—. No puedo llegar a uno, que lo veo en el marco de la puerta a la cocina. —¡Feliz cumpleaños!— le muestro mi mejor sonrisa, pese al sueño con el que cargo y lo despeinados que están mis mechones por el viento de la playa, que todavía no me saco el abrigo porque sigo tiritando del frío.
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Mensaje por Lara Scott el Mar Oct 01, 2019 7:44 pm

¿Ya lo superaste?— me tomo todo el atrevimiento de poner en duda sus palabras, porque alguien que usó todas las tácticas para hacerse con su juguete de la infancia, no parece ser del tipo que haya superado nada. Yo lo tomo como una sorpresa que las personas con las que nos cruzamos en el ministerio sean esos mismos niños con los que peleábamos en la plaza, que después de todos estos años, tengamos que buscar algún tipo de reconocimiento de lo que conocimos de ellos y a veces siguen siendo los mismos, con un par de arrugas alrededor de los ojos y un carácter que disimula mejor sus temperamentos. Sigo a sus dedos en ese camino de mandíbula por donde se frota al quejarse de Bernard y sus abusos en la escuela, para dejar un beso allí donde le habrán durado los moretones por días. —¡Oh, bien hecho! ¡Así se hace!— lo felicito al saber que tuvo su revancha después y que acabó definitivamente con las agresiones de ese niño. — Como tu pulga salvadora me siento muy, pero muy orgullosa de ti—. Se me pasa el enfado por la plena satisfacción que siento de que ese niño de patas finas que no sabía cómo frenar los golpes, encontrara luego la manera de darle su merecido a los malos. —Entonces, ¿recuperaste el orgullo que me dijiste que perdiste por mi culpa?— inquiero, para no dejárselo pasar y me regodeo un poco a su costa. —Si te das cuenta, atento contra tu orgullo desde el 2444, casi toda una vida. Me siento muy orgullosa de mí también— bromeo a punto de soltar una carcajada.

Permito que se encargue de la tarea de dar un orden a mis cabellos que quedaron revueltos, así mis ojos quedan limpios para encontrarse con los suyos, la sonrisa se va ensanchando en mis labios de que le encuentren un sentido a nuestra pelea infantil, como un presagio de algo. —Podría haber sido cualquiera, Hans…— murmuro. Mi pulgar raspa su mandíbula en una caricia cuando mi manos se posa en el cuello al tenerlo cerca otra vez. —Nunca suelo medir el tiempo de un punto al futuro, sino del punto en el que nos encontramos hacia el pasado. No creo que ese encuentro de niños nos haya marcado estar destinados a nada. Pero sí creo que desde este momento hacia atrás, en que elegirnos pesa más que el destino, todos los recuerdos que podamos tener y armar entre los dos sólo me confirman que…— me interrumpo, alzo mis hombros como si no pudiera explicarme porque mi boca aún no encuentra palabras para abarcar lo que somos. —Tenemos algo que no volveremos a encontrar. Tal vez haya por ahí algo distinto o algo mejor, pero no será como esto— concluyo. Para no detenernos en esto, pregunto de inmediato. —Tenía razón, ¿te diste cuenta?— la sonrisa no me cabe en la cara. —Este armario es una cápsula del tiempo— me arrimo para presionar su boca con la mía, haciéndolo parte de mis ganas de reírme, porque del pasado saltamos al presente y luego a un pasado un poco más lejano, y pasaron tantas cosas, sin salir de este armario.

Con el muñeco frente a nosotros, me gana el impulso de hacer girar esa bota para comprobar que efectivamente ahí están sus iniciales que puedo leer forzando mis ojos por la falta de luz, como un mensaje en clave que nunca pude descifrar. —Claro que le gustará, habrá muchas expediciones y viajes en el tiempo para ellos también. El capitán Kesibi estará a cargo de cuidarla— dejo de hablar de pronto porque algo muy estúpido me está pasando y es que mi voz se pone más ronca, como si estuviera a punto de llorar. Me aclaro la garganta para poder pelear por mi derecho a que también lleve mi apellido. —Será Scott Powell o en su defecto Powell Scott— voy cediendo territorio, pero no me rindo todavía. —Entonces… ¿Mathilda?— pregunto, recargándome en su hombro para recuperar mi anterior posición cómoda. —Será Victorie, necesito que se llame Victorie. Por todo esto que está pasando, por todo… todo lo que no podemos evitar que pase— callo, tomo una nueva inspiración de aire.  —Necesito un nombre muy fuerte para ella así podrá imponerse al mundo… pero puede llamarse Mathilda, aunque me niego que luego lo vuelvas una M de adorno. Si tiene segundo nombre también deberá ser usado—, le aclaro, que tanta pelea sirva para algo. —Y como nosotros elegimos los nombres… ¿puedo preguntarle a Meerah qué apodo le gustaría?
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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Oct 01, 2019 10:38 pm

Puede que hayan pasado muchos años, pero tomo ese beso como un consuelo por todas las veces que un puño terminó ahí, además de los libros que leía y alguna mano más pesada que la mía hacía que me estampe contra ellos al pasar por detrás de mí. No, la primaria fue desagradable en ese aspecto, gané un mayor respeto cuando me mostré como un adolescente capaz de pisotear a aquellos que se atrevían a abrirme la boca. ¿Que si recuperé el orgullo? Le sonrío de lado, como si ese gesto bastase para contarle los secretos de mis años de pubertad — ¿No dijimos que podía invitar a Ophelia Hamilton al baile? — doy por mera respuesta, sonando hasta divertido. Su orgullo y nuestra diversión se mezclan en el choque de nuestras risas, esa que doy por simple respuesta como si el forcejeo de hace cinco minutos no hubiese existido. Porque entiendo lo que me dice, me permito sonreír en su boca cuando me besa y presiono su nuca en un intento de demorar ese gesto dos segundos más — Deberíamos encerrarnos aquí más seguido — musito, quebrando nuestro contacto de muy mala gana — Porque puede que haya algo diferente o mejor allá afuera, pero eso no es lo que quiero — porque al final, esto es lo que hemos escogido. Me lo recuerdo todos los días.

Sí, puedo ver a una niña nueva con mis viejos juguetes; estoy seguro de que hay una caja de lo poco que he rescatado de mi antigua casa, en el loft que poseo en el Capitolio y que solía ser mi hogar antes de la isla. Asiento distraídamente ante sus promesas de nuevos viajes espaciales porque estoy muy entretenido viendo el juguete y rememorando sus detalles, hasta que me obligo a mirarla de soslayo — Llevará ambos, ya lo dijimos. No puedo prometerte el orden — intento picarla, una vez más. No me espero que ceda al nombre que parece detestar, pero lo que más demuestra mi silencio es respeto por su necesidad de un nombre fuerte que, a decir verdad, no sé si es necesario porque dudo mucho que una persona nacida de nosotros dos pueda llegar a tener un carácter sumiso — Victorie Mathilda será — lo comento como si fuese un trato cerrado, por más extraño que se me haga la mezcla. ¿Qué apodos tienen esos nombres? Dudo mucho que “Vicky” sea de su agrado — Siempre creí que los sobrenombres se ganan, pero Meerah puede inventarlo — cedo eso, que a veces siento que no estamos haciéndola partícipe tanto como nos gustaría, porque nos enfrascamos demasiado en lo que es un embarazo primerizo para ambos.

Las pisadas sobre nuestras cabezas me indica que el perro o Meerah han decidido bajar, aunque por el peso sospecho que han sido ambas. Como si quisiera retener este momento un poco más, estiro los dedos para tomar su varita y apagarla. En la oscuridad, siento que tenemos un poco más de secretismo y puedo respirar cerca de ella con los sentidos alerta — ¿Podemos besarnos por cinco minutos antes de ir a responder por qué dejamos dos tazas flotando en la escalera? Recuerda que es mi cumpleaños — se siente, una vez más, como la travesura de esos niños que alguna vez robaron besos a escondidas. Y ya no necesitamos escondernos, pero aún así es necesario el saber que esto nos pertenece, por tan solo unos segundos más.
Hans M. Powell
Hans M. Powell
Ministro de Justicia

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Mensaje por Lara Scott el Miér Oct 02, 2019 4:06 am

Ruedo mis ojos aunque no pueda verlo, se me escapa un resoplido por los labios al contestarlo lo primero que se me pasa por la mente. —Si, todos sabemos que pudiste ir con la chica de oro al baile. ¿Contento? ¿Hace falta que nos pasemos todo el día hablando de esa Ophelia Hamilton?— exagero, que no habremos llegado aún a las ocho de la mañana como para querer abarcar todo el día y es que por la falta de luz por un momento me confundí pensando que era de noche. Si todavía nos quedan horas de su cumpleaños en las que puedo asegurar que la puerta de entrada se volverá giratoria por la gente que vive cerca y de la que no podrá escapar ni aunque lo quiera, lo malo de cumplir un domingo. Está obligado a permanecer aquí con su mejor cara y un bonete en la cabeza. —Si tanto te gusta ese nombre, ¿por qué no llamas así a la perra?— pregunto de mala manera, porque al parecer soy incapaz de sólo dejar correr el comentario inocente.

Pero no vuelvo a dar de patadas a la pared, sino que me río con él por haber dado tantos saltos en este espacio reducido y por un momento pienso en la guerra que se está desatando cuando hablamos de lo que está fuera del armario, que viene como herencia de hace años y de ratos se caldea, en el peligro que representa salir de este lugar. Sobre todo para él. Y a la vez, elige estar aquí, con alguien con talento para los problemas y que se ensaña con su orgullo. Me prendo a su camiseta para retenerlo cerca, en este armario que es refugio dentro de otro refugio que es esta casa. Y sus brazos que son el último de los escondites, donde puedo sentir que estamos a salvo por el tiempo que podamos robar para nosotros. —Te enamoraste de la pulga maleducada, ¿eh?— me río contra su pecho. —No vas a encontrar otra en ninguno de los saltos temporales que puedas hacer, así, que te quiera de esta manera, que no es la mejor, pero… al parecer nos funciona— murmuro, porque sabemos pasar de las peleas a las carcajadas y a besarnos de improviso como si nada.

Todavía quedan unos meses para decidirlo— contesto. Ese día en que esta niña que se hace un hueco entre nosotros metida en mi vientre, se haga real como un bulto débil que tendremos que aprender a sostener en brazos, ese día me da un miedo que me deja fría. Lo tomo de la muñeca para hacer que su palma se pose sobre mi camiseta una vez más, así puedo poner en voz alta el nombre que elegimos para ella y aunque no suene como la combinación más bonita, tiene un significado, sirve para llamarla, si es que se digna a obedecer a su padre y darle una patadita como regalo de cumpleaños. Sopeso su opinión sobre los apodos y apunto estoy de preguntarle cuál es el suyo, cuando caigo en la cuenta de algo. —¿Te diste cuenta, no? Ni tu nombre ni el mío pueden tener apodos. Si sacamos los horribles diminutivos, claro— pongo mis ojos en blanco. Como sea, Meerah tiene una nueva misión para con su hermana menor, aparte de armarle un ajuar y sombreritos para su cabecita pelada que nacerá justo para el verano, si no me equivoco con los cálculos. Falta tanto…

Y tan poco para que nos descubran, que aprieto mis labios para no decir palabra, si el silencio forzado sirve para que sigan de largo. ¿En serio estoy haciendo esto? Como si temiera escandalizarla por encontrarme en un armario con su padre, cuando compartimos dormitorio, y en general, nos comportamos decentemente en su presencia. ¡Qué ni siquiera lo estoy manoseando! Sólo estamos hablando y jugando con un muñeco en su cumpleaños, que nos consagra como el chiste que somos. —Que bueno que lo sugieres porque habría considerado imperdonable arrastrarte a un armario y no aprovecharme de la situación— le enseño la sonrisa provocadora que va ladeando mi boca, hasta que me muevo del campo de su poca visión en estas penumbras para silenciar con el choque de nuestros labios, cualquier sonido que pueda salir de nuestras gargantas y delatar el escondite. ¿Este maldito armario tiene llave? Porque si nos volveremos visitantes frecuentes necesitaremos que tenga cerradura. Recorro su espalda con mis manos y hago que asciendan por sus hombros hasta sostener su mandíbula de manera en que nuestras miradas quedan entrelazadas. —Feliz cumpleaños, Hans— murmuro. —Prometo como regalo en compensación por la perra, hacer de cada uno de esos cinco minutos que siempre me pides, una pequeña eternidad. Para tu próximo cumpleaños tendrás un montón…— me sonrío al acariciar su mejilla y lo beso para callarme, que si no me pondré a hablar de teorías insólitas, de cómo al demorarnos en la boca del otro hace que le tiempo se detenga, sometido a nuestro capricho, y que todo aquello que debería acabar pronto, se hace más lento, supera ciertos límites y roza casi en lo infinito, si existiera.
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