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The stakes are high, the water's rough • Hans  - Página 2 IRh8ZNT
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The stakes are high, the water's rough • Hans

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The stakes are high, the water's rough • Hans  - Página 2 Empty The stakes are high, the water's rough • Hans

Mensaje por Lara Scott el Miér Sep 25, 2019 12:15 am

Recuerdo del primer mensaje :

Como una bala cruza en limpio la arena húmeda y se estrella contra la marea agitada que avanza sobre la orilla, se pierde en la profundidad del agua gris hasta que su hocico rompe la superficie, seguido de su cabeza con sus orejas en puntas. Con sus patas empapadas nada de vuelta a la costa, todo su pelo pegado a un cuerpo menudo. Tengo que llamarlo con palmas porque no es obediente al nombre que me dijeron que tiene, el que trataron de inculcarle por un año. Cada vez que se zambulle al agua se me sube el corazón a la boca, me da miedo que sea devorado por un mar que en estos días se ve más feroz, pero como todo perro criado en el distrito cuatro, se mueve tan bien en el agua como lo hace al caminar sobre sus patas. Consigo que venga a mí, lo tengo al alcance cuando de repente se sacude entero para mojarme con gotitas sueltas el abrigo que me puse encima del pijama, tan grande que la redondez de mi vientre pasa desapercibido. Si me quejo de un poco de agua, eso es nada cuando el resto del camino a la casa lo hace metiéndose un par de veces más al mar y después revolcándose en la arena. Para cuando lo hago entrar por la puerta trasera de la cocina, no es la bola blanca que fui a buscar, sino un monstruo mojado y sucio que recorre toda la cocina hurgando con su hocico cada rincón.

El sonido que proviene de arriba de las escaleras hace que levante las orejas y su emoción es visible en su cola que se agita de un lado al otro. Escucha los pasos que van bajando los peldaños, no necesita de otra señal para aventarse fuera de la cocina, tan veloz que su víctima no podría verlo venir. A quien si se lo hubiera dicho por anticipado, quizá tal asalto del animal no habría sido tan inesperado, pero se suponía que era una sorpresa, por eso fui a la casa de mi vecino antes de las siete de la mañana y estoy revolviendo la alacena para encontrar el frasco de café que se me hace tan necesario como el oxígeno a estas horas. No sigo al perro, ¿para qué? Puedo contar hasta diez en voz alta hasta que venga por sus propias patas, siguiendo a un Hans que se habrá sacado el sueño con el sobresalto. —Nueve... ocho...— cuento. Me tomo el trabajo de batir el café en mi taza por el gusto de oír la cuchara contra la porcelana, mientras mi boca se abre para soltar un bostezo. —Siete... seis...— sigo, —cinco...—, y como puedo oír a Hans a unos pasos, apuro el conteo. —Cuatro, tres, dos...—. No puedo llegar a uno, que lo veo en el marco de la puerta a la cocina. —¡Feliz cumpleaños!— le muestro mi mejor sonrisa, pese al sueño con el que cargo y lo despeinados que están mis mechones por el viento de la playa, que todavía no me saco el abrigo porque sigo tiritando del frío.
Lara Scott
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Mensaje por Lara Scott el Vie Sep 27, 2019 5:48 am

Me trago una carcajada al cruzar mis brazos, le echo una mirada que habla por sí misma al arquear mis cejas. —Yo diría que muchas de las cosas que conseguiste fue por usar tu boca— apunto, y es así como despido a todas mis castas intenciones para que se vayan por la puerta trasera de la cocina, con una sonrisa que desafía a la suya. Reafirmo el amarre de mis brazos para mantenerme a una distancia segura — para él—, con mis manos aferrándose a la tela de la cintura, así no caigo en sus provocaciones y acabo por darle la razón en sus acusaciones infames. —No es cierto, también te veo como fuente de calor donde puedo acurrucarme, en este invierno en el que se me enfrían los pies— digo con un tonito falso de pura inocencia, y libero una de mis manos para presionar la palma en un lado de su cuello cuando lo veo estirarse para mirar por la ventana. —Tan caliente, siempre— musito, no reprimo la carcajada ronca que sale de mis labios, que se lo merece por estar haciéndose el desentendido.

Sí puede escucharte—, ¿o no? Sé que me escucha a mí porque lo leí, pero no quiero tener a un Hans desconsolado por la indiferencia de una de sus hijas en el día de su cumpleaños. Paso mis dedos por algunos de sus mechones largos para peinarlos hacia atrás cuando se inclina lo suficiente como para estar a altura del vientre, y aguardo a que pueda detectar el movimiento del bebé con mi ayuda, estoy siendo lo más precisa que puedo con los puntos en los que siento las pataditas. —Si era un cuento de cuando eras niño, no me equivoco al decir que es nombre de abuela. Casi que tienes treinta y cinco, ¿sabes?— digo, dándole un año más para redondear, como si me llevara una década una diferencia y no unos pocos tres años. —Usa tu imaginación. Trata de sentirla, son pataditas muy suaves y tienes que concentrarte— lo animo a que siga intentándolo, así como no me rendí en saber si era niña o niña cuando decidí que no me iría del consultorio sin saberlo. Dejemos fuera el hecho de que salí del consultorio sin saberlo.

¡No, Hans! ¡Espera! ¡Qué estás un año más viejo y yo estoy diez kilos más pesada que el año anterior!— grito, lo suficiente como para que la perra nos preste atención, pero no para hacerlo desistir a pesar de mi alarma porque nos vayamos todos a la mierda, bebé y frasco de galletas incluidos. Las tazas nos pueden seguir levitando, las galletas las llevo seguras conmigo. —Vas a doblarte la espalda así y andarás como un viejo quejica— comento, sujetándome de su hombro con una mano que se aferra con miedo de que caigamos rodando por esos escalones que vamos subiendo. —Por cierto, ¿has visto que te salieron más arrugas?— bromeo a su costa, aprovechando la cercanía para marcarle algunas líneas en su rostro. —Marlene no me gusta, es muy simple. Minerva… ¿qué tienes con los nombres anticuados? Se sentirá de ochenta años cuando tenga ocho. Tengo que reconocer que Mathilda suena mejor, ¿estás usando la táctica de proponerme nombres más feos para que me quede con el menos feo?— pregunto con una sonrisa, que siempre le juzgo por anticipado ciertas mañas.

La cosa que pasa zumbando a nuestro lado para llegar primera a la cima de la escalera casi nos hace perder la estabilidad y muerdo entre dientes una maldición. —Calla, que la perra no sabe de quién es cada cuarto. Puede que se meta en el de Meerah…— digo y reconozco que eso es bajo. De todas formas, si la molesta a ella, entonces sí la casa se llenará de griterío y lamentaré no haber esperado un poco más para traer mi regalo. —Bien, bájame…— pido, que si vuelvo a tener mis pies en el suelo puedo planear otra salida de escape. Dejo el frasco de galletas en uno de los peldaños para tener mis manos libres y poder posarlas sobre sus hombros, donde limpio rastros invisibles de algo con mis dedos. —Como hoy es tu cumpleaños, vamos a jugar a algo, ¿sí? Algo así como… un viaje en el tiempo— le explico, que estamos muy desabrigados para salir y enfrentarnos al viento helado de la playa, así que tomo su mano para encaminarlo al único refugio de la casa en el que se puede estar a solas, precisamente debajo de la escalera. Sacudo mi varita para darnos un chispazo de luz en el armario donde cabemos apenas y un par de cajas apiladas con cosas que me traje del distrito seis, objetos más personales que las otras que tengo en el taller. Por supuesto que no me olvidé del frasco, que recuperé antes de bajar, y lo coloco en mi regazo cuando me siento en el suelo con toda comodidad. —¿Cuántos años tenías la última vez que te metiste al armario con una chica? ¿Catorce? ¿Dieciséis? — bromeo, llevándome la primera de las galletas a la boca. Supongo que las tazas se han quedado levitando en el pasillo.
Lara Scott
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Mensaje por Hans M. Powell el Vie Sep 27, 2019 6:19 am

Tengo más de un reproche muriendo en mi boca, pero creo que el que más me preocupa es el de la edad —  No me sumes un año, muchas cosas pueden pasar hasta que cumpla treinta y cinco — que no lo quiero pensar como la mitad de la carrera hacia los cuarenta pero… sí, ahí se asomó la idea, de seguro mañana me encuentro canas — ¿Cómo se supone que la sienta? Tú no tienes todo este espacio y piel que te separa de ella — es irónico, porque sé que estamos cerca y aún así la siento intocable e inalcanzable. Lo que me queda es suponer que debo esperar hasta que su barriga crezca, que su cuerpo se encuentre incómodo dentro del reducido espacio y los piecitos se asomen en su máxima expresión, antes de que tome la forma de una persona real que llora, babea y sigue llorando. Obviemos de que carezco de imaginación, si no hay patadas, no voy a sentirlas.

Omito sus gritos y advertencias, aunque mi cuerpo no lo hace y sé que me balanceo más de lo normal, cuando antes esta tarea era de lo más sencilla. Vamos, que alzarla era la mejor técnica para nuestros encuentros entre los archivos del ministerio, rodeados de espacios reducidos y estantes no tan cómodos — Es por el estrés — le gruño, tengo que aguantarme las ganas de llevarme las manos a la cara para chequear que lo que dice es verdad, así que opto por entornar la mirada en su dirección — ¿Tan mal me veo? — y es una pregunta seria, quizá deba escuchar los consejos de mis secretarias y volver a reservar las sesiones de masajes que he dejado olvidadas. Al menos, algo de lo que dice me saca una sonrisa — ¡Minerva era una diosa romana más que importante! Aunque si nos vamos por ese lado… ¿Qué opinas sobre Juno? — que se salta con la tradición, así que me deja pensando — Mathilda me sigue gustando más. Podemos buscarle un apodo bonito — quizá, así ceda un poco.

¿Es muy cruel desear que Meerah sea la víctima de esta mañana o todavía se me permiten esas cosas? Acepto el ponerla de nuevo en el suelo porque creo que mis brazos y piernas me lo están pidiendo, además de que he aceptado hace dos segundos que cualquier intento de romanticismo erótico acaba de morir hasta nuevo aviso. Mi cabeza se ladea en curiosidad a su sugerencia, frunzo los labios y golpeteo sus caderas con las yemas de los dedos — ¿Te robaste un giratiempo del trabajo? — me mofo, aunque el comentario se me pierde en el aire, porque ella pronto tira de mí hasta que puedo seguir un poco la línea de sus ideas — Lara… ¿De verdad crees que entremos bien aquí dentro? — que no se lo voy a decir, pero ella tiene algo que está un poco más grande que de costumbre y es una buena barrera entre ambos. Aún así, cierro la puerta detrás de mí y me quedo apoyado contra ella, no muy seguro de caber si me siento en el suelo — Quince. Fue la primera vez que una chica me dejó tocarle los pechos — me ahorro el remarcar que acabo de notar que han pasado casi veinte años, lo cual me amarga más que divertirme ante historias de un adolescente inexperto y algo perdedor.

Como tengo las piernas más largas, me siento de manera que me abrazo a las rodillas para darle espacio y apoyo el mentón en una de ellas — ¿Y qué estamos haciendo aquí, Scott? ¿Necesitabas del espacio para volver a saldar una deuda? ¿O vas a contarme sobre quién te parece atractivo en el ministerio? — me quito una pelusa inexistente del pantalón y noto que aquí hace un poco más de frío que en el resto de la casa con acceso directo a la calefacción, así que me aprieto un poco contra mí mismo — Oye, hablando en serio. Lamento haber reaccionado mal a lo de los perros. Solo que fue un poco inesperado, tú me entiendes — por no decir que jamás se me habría cruzado por la cabeza semejante visión, cuando aún no sabemos cómo se supone que vamos a cuidar de un ser vivo completamente nuevo.
Hans M. Powell
Hans M. PowellMinistro de Justicia

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Mensaje por Lara Scott el Vie Sep 27, 2019 7:06 am

Sujeto su barbilla con mucho cuidado de no romper el frágil equilibrio que mantenemos, para así poder estudiar las arrugas que se van marcando en su piel, dando más expresividad a cada una de sus muecas. —No te ves mal, te ves más adulto— opino, con la autoridad que tengo por haberlo visto cambiar con los años y muy a prisa en este último, demasiado a prisa. Decir que es culpa del estrés es minimizar la manera en que el ministerio lo consumió con tantos atentados y reformas legislativas. —Ya no te ves como un muñeco de torta— digo a broma, tratando de atrapar su mejilla con mis dedos, pero el intento queda en nada porque es arriesgado a nuestra estabilidad y la discusión por el nombre nos tiene en otro tipo de pendiente. —Una diosa a la que adoraron hace muchísimos siglos, es un nombre viejo— reafirmo, pese a que lo estoy considerando y Juno me gusta, sin embargo pienso en Meerah que no quiere un nombre que evoque a alguien muerto, ¿no es lo mismo usar uno que evoque a una diosa? Se carga con cierta expectativa al bebé que va a nacer. —Mathilda Scott— pruebo el nombre, como siempre lo hago. —Tengo que reconocer que suena bien— murmuro, sorprendida de esto. —Mathilda Powell. No suena mal, tampoco…— admito, tiene cierta presencia, sin imponer una personalidad.

El nombre de la niña es una discusión que tendremos que postergar un día más, porque la perra temporalmente sin nombre con M se lleva nuestra atención con su carrera hacia las habitaciones. —No, todavía no me robé ningún giratiempos— contesto, dando la vuelta para que bajemos por la escalera hasta la puerta que se abre a un diminuto armario. —Si te agachas un poco, puedes entrar— le indico, haciendo presión con mi mano en su nuca para que lo haga así y su frente no se choque de lleno con el marco. Tengo la risa picándome en la garganta cuando trata de adecuar su tamaño al espacio reducido del interior, en cambio con mis privilegios de ser menudo puedo apropiarme de un rincón y que mi panza sea mi única preocupación por robar un poco más de espacio al aire entre nosotros. —¿Quince? Pues, bienvenido a tus quince otra vez— digo en un tono de celebración, moviéndome una vez que se recuesta contra sus rodillas como si lo cohibiera esto y no porque le falten centímetros para estar a sus anchas.

Coloco mis codos sobre sus rodillas, así ahorramos espacio. —¿Deuda de qué sería?— pregunto, y me acerco un poco más en un falso aire de confidencia. —¿Eso es lo que quieres saber? ¿Quién me parece el más atractivo? ¿Por qué creo que vas a aprovechar esta oportunidad para averiguar todos mis sucios secretos?— pregunto con un dejo burlón en mi tono y una sonrisa que se mantiene igual cuando menciona lo de los perros. —Sí, lo sé. Te asusta lo inesperado, en lo que tardas en acomodarlo a tu sistema… de alguna manera terminas encontrándole un orden a todo y te adaptas— digo. Doy unos golpecitos a sus rodillas con mis dedos. —Por mal que suene, ¿puedes abrir tus piernas?— pido, así puedo acomodarme en medio de estas y recostar mi espalda contra su pecho. —Y no te olvides de tu función como fuente de calor, por favor— agrego, encargándome de que sus brazos crucen por mi cintura hasta quedar sobre mi vientre. —Ahora, ¿qué hacías cuando tenías quince años?— pregunto, el frasco abierto lo suficientemente cerca, porque todo aquí está cerca también las cajas en pilas, que puedo sacar otra galleta para comerla.
Lara Scott
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Mensaje por Hans M. Powell el Vie Sep 27, 2019 3:07 pm

Ojalá fuese estar de nuevo en los quince, podría tomar decisiones diferentes que me salvarían de algunos errores del presente. No quiero ponerme en pesimista y amargar lo que nos queda del día, me aferro a los comentarios bromistas que se me hacen un poco más suaves que cualquier tontería que pueda largar al respecto del paso del tiempo — No lo sé, de seguro hiciste algo que deba solucionar, de nuevo. ¿Qué tal está el vaso que rompiste la semana pasada? — lo cual ella podría haber solucionado pero yo fui más rápido con la varita, obviemos que yo sí puedo agacharme con facilidad. Se me acentúa una sonrisa de labios apretados que no se borra y arqueo una de mis cejas — No lo sé. ¿Qué oscuro secreto tienes que confesar? Los sitios pequeños y poco iluminados son los mejores para ello, quizá deberías empezar a soltar la lengua. Según tú, puedo ser muy persuasivo.

Si no me hubiese adaptado, jamás habría sido quien soy ahora. Una de mis virtudes en la corte fue el saber siempre el mantener la calma incluso ante los imprevistos, pero me he dado cuenta con el tiempo de que las sorpresas personales me pesan mucho más, en especial si están ligadas a factores que me importan — La prueba del primer día sigue estando vigente — le aclaro, solo por si las dudas agudizo el oído a ver si puedo escuchar a la perra, pero desde nuestra burbuja no oigo nada. Estoy con la concentración puesta en ello, es por eso que ni respondo y dejo que acople nuestros cuerpos cómo le dé la gana, algo que se ha vuelto demasiado normal entre nosotros desde hace algunos meses.

El sonido de mi garganta que vibra dentro de mi boca da a entender que estoy meditando la respuesta. Aprovecho esos segundos en abrazarla un poco mejor y estirar las piernas lo máximo que puedo, lo que me da un aspecto de grillo gigante — Aún vivía en el uno. Los Black seguían al poder, así que... escuela muggle. Me iba bastante bien, era delegado del curso y pasaba el segundo turno haciendo deportes. No era una vida muy especial o única, ya sabes. Empiezas a beber y todas esas tonterías — dicho en otras palabras, fui un cliché de adolescente, tenía el peinado y todo. Mi vida era sana, los excesos llegaron en el Capitolio muchos años después — Me gustaba Ophelia Hamilton. Conseguí que sea mi cita para el baile una vez — comento con gracia, aunque me ahorro el detalle amargo de que no volvimos a salir porque su prima murió en los Juegos Mágicos y sus ánimos se fueron a la basura.

Estiro la mano para quitarle una galleta y mastico, percatándome de un detalle — ¿Dejaste los cafés en la escalera? Van a enfriarse — además, sé que los dos necesitaremos de esa dosis de cafeína más temprano que tarde — Cuando yo tenía quince, tú tenías doce. ¿Qué estabas haciendo mientras tanto? ¿Eras la niña que se imaginaba que terminaría en un armario con un sujeto mucho mayor? — me quito las migajas al meterme el resto de la galleta para ocuparme la mayor parte de la boca, así soy libre de meter la mano bajo su ropa para colocar ambas sobre la curva de su vientre y brindarle algo de calor.
Hans M. Powell
Hans M. PowellMinistro de Justicia

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Mensaje por Lara Scott el Sáb Sep 28, 2019 1:33 am

No le contesto a sus pretextos de deuda porque me ocupo en mordisquear mi galleta, que partida a la mitad uso para apuntarle, en un movimiento que me acerca a él todo lo insinuante que se puede ser dentro de un armario y con mi vientre de embarazada entre nosotros. La manera en que curvo mi boca en una sonrisa provocativa es el amago de otra broma. —¿Ah, sí? ¿Usarás tu persuasión para que te comparta mis secretos escabrosos?— es un susurro que choca con sus labios, no llego a rozarlos, pero tampoco me aparto. —Tendrá que ser una persuasión muy buena, porque a estas alturas conozco tus maneras y veo tus trampas desde lejos— musito en una mentira piadosa, que a los zorros hay que marearlos haciéndoles perseguir sus colas. Si juego a ser más astuta que él, puedo acomodarme con tranquilidad contra su cuerpo, sosteniendo sus brazos a mi alrededor y abrigándome así del frío que se cuela por lo frágil del material de las paredes.

Escucho por encima de mi cabello ese ruido que me hace saber que está pensando, sonrío a la nada mientras espero, el destello en la punta de mi varita que ha quedado en el suelo es la poca luz que tenemos y sirve para encontrar la boca del frasco. Por poco me atraganto con las migas al reírme por esa imagen que describe de sí mismo, que no está demasiado lejos de lo que imaginaba. —Eras tan chico del distrito uno— remarco, con mi mano subiendo por uno de sus brazos. —No me equivoqué al pensar que eras un niño bien cuando te conocí. Si hasta la chica que te gustaba tenía un nombre tan snob— me burlo, porque a veces se me olvida que tengo treinta años y soy la que cae en el engaño de creer que tenemos quince años. —Ophelia Hamilton— lo digo con un tonito socarrón, modulando cada sílaba con una falsa formalidad. —Eras el chico que los profesores siempre ponían de ejemplo, ¿no? Y conseguías lo que te proponías, incluso la chica para el baile. Ella es la chica del armario, ¿verdad?— asumo. No se me escapa ninguna carcajada, pero la risa está presente en mi voz al girarme para besar un lado de su mandíbula con una caricia breve, que vuelvo a pensar en las tazas de café. —Podemos recalentar el café luego…—, siento que la promesa de un desayuno en la cama fue un fracaso. Estamos encerrados en un armario con galletas.

¿Eso es lo que crees? ¿Qué andaba por ahí fantaseando con llevarme delegados de curso al armario de la escuela?— contesto con preguntas que lo ponen en la situación de confirmarme que eso es lo que pensó, lo que me hace reír contra su cuello al quedar casi de perfil a él, que sus manos sobre mi vientre no me dejan apartarme de su pecho. Pese a la sombra de oscuridad que cae sobre nosotros, puedo distinguir ese mechón que le cae por la frente y lo tiro hacia atrás con mis dedos. —No era tan así, aunque te cueste creerlo era una niña inocente. Trataba de llevar a los rincones bajo las escaleras o la mesa de la maestra al niño que me gustaba para poder dar mi primer beso, sólo un beso, nada más. ¡Y no sabes lo que me costó conseguirlo! Intimidaba un poco a los niños, sacaba buenas notas en matemáticas y competía con ellos en cualquier deporte. No me tomaba a bien perder, así que me iba a las manos. Y bueno, no es algo que guste mucho a los niños en general…— cuando lo cuento a esta edad me río por eso, en su momento me enojaba mucho y era mucho más menuda, un metro de pura furia con el cabello negro y largo. —Mientras tú ibas al baile con Ophelia Hamilton, yo chocaba mis dientes con un niño debajo de la mesa de la maestra y me daba un golpe en la coronilla al querer salir de ahí— trato de comparar, de vernos en ese entonces, en un tiempo imposible para ambos de imaginar que acabaríamos en este armario.
Lara Scott
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Mensaje por Hans M. Powell el Sáb Sep 28, 2019 4:06 am

No hay nada que pueda decir para negar lo que ella afirma, sé que estaría mintiendo y hasta me sumo a su risa sobre mí mismo. Sé que viví una adolescencia cliché, al menos de puertas para afuera, antes de regresar a casa y encerrarme en el dormitorio para no conversar con mi padre. Quizá esa era la razón principal por la cual estaba anotado en tantas actividades y pasaba horas excesivas con la cabeza en el estudio; cuanto menos tiempo me cruzara con Hermann, menos tendría que sufrir de él —  No llegas a ser ministro a los treinta y tres recién cumplidos si no eras el estudiante modelo de tu curso. Te imaginarás que no era demasiado popular entre los otros chicos —  tenía carisma, pero la utilizaba para los adultos y no para los pares que consideraba demasiado idiotas como para perder el tiempo con ellos. A veces creo que algunas cosas no han cambiado mucho —  Y no. Ophelia y yo nos besamos solo un par de veces, eso es todo. La chica del armario se llamaba Evie Lenoir y fue… bueno, una experiencia diferente e interesante —  nada de romanticismo para ese entonces, las hormonas eran un poco más fuertes.

El café quedará para después, eso es obvio. Mi risa se escucha sonora en un sitio tan reducido, logra camuflar incluso el sonido de mi remera rozándose contra su abrigo al estrecharme un poco mejor contra el calor de su cuerpo —  No me sorprendería, te gustan los ñoños —  al menos, eso es lo que llegué a asumir desde que empezamos a contarnos sobre nuestro pasado. Muevo mi cabeza en reacción a su caricia, echándola hacia atrás al recargarme mejor en la puerta —  No me digas… —  no me cuesta burlarme de esa anécdota, la sonrisa se me pinta cargada de ironía porque puedo imaginarme a una Lara Scott infantil intimidando a los niños, no importa la altura. Resoplo con un ruedo divertido de ojos y saco una mano de su ropa para echarle un mechón de cabello detrás de la oreja, así puedo verla mejor —  No estamos muy lejos de lo que éramos entonces. Todavía hay un armario, de seguro alguno se golpea tratando de salir de aquí… ¿Quieres que también choquemos los dientes? —   chasqueo los míos cerca de su boca y robo un beso furtivo de ella, reprimiendo así la risa.

 ¿Alguna vez piensas en eso? —  debe ser porque estamos en un sitio reducido con poca luz, sino no me explico. Apoyo nuevamente la cabeza y muevo la mirada hacia la única fuente de iluminación, guardo un silencio personal antes de explicarme —  En que fuimos niños, tuvimos toda una vida antes de terminar aquí. Y a pesar de las diferencias, acabamos siempre cruzándonos con personas hasta que terminamos compartiendo un cumpleaños, una casa y un bebé. Sé que suena como una crisis existencial, pero me he estado cuestionando muchas cosas desde que supe que estabas embarazada —  supongo que las cosas cambian, los puntos de vista también, en especial cuando te das cuenta de que tu vida se ha puesto de cabeza. Apoyo el mentón en su hombro y respiro entre su cabello, hasta que me acomodo para hundir la nariz en su cuello, donde rozo mis labios — Tengo algo que contarte — susurro, temo que estas palabras abandonen la seguridad de este sitio — No quiero que te preocupes, pero… Riorden y yo no planeamos ser gobernados por Magnar en cuanto la guerra termine. Si estamos planeando una vida juntos, no quiero guardarte secretos, así que... ¿Qué piensas de eso?
Hans M. Powell
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Mensaje por Lara Scott el Sáb Sep 28, 2019 12:19 pm

Es una ironía que me saca un par de carcajadas que al final de todo acabé en un manoseo inocente dentro un armario con el estudiante estrella de la escuela, superándome a mí misma en mi gusto por los chicos nerds. Estamos a media vida de los recuerdos que evocamos, de esas primeras veces que serían parte de una colección de experiencias que vendrían después, que no me conformo a esta edad con el beso a hurtadillas que se dan dos niños de doce años y sigo su boca cuando se aparta después de un beso breve que borra el rastro de cualquier caricia torpe de hace años. —Puesto que tus manos ya las tenías debajo de mi ropa, creo que te estabas tomando en serio la representación de tus quince…— murmuro, en un tono que no es de queja, si tengo que hacerlo será porque las quitó, aunque eso me deja voltearme a medias para que una de mis manos se pose sobre su pecho y vaya bajando a lo largo de su camiseta. —Sí estamos lejos de ese entonces. Si a los treinta meto a un armario a un ministro que una vez fue delegado, no sería para un beso casto en los labios…— mi susurro se vuelve un ronroneo cuando mis dedos juegan con la cintura de su pantalón del pijama. —El problema es que los chicos se ponen altos con los años y si pido que te pares me preocupa que choques tu cabeza con el techo— aligero mi voz con una broma que lo deja en paz, porque retiro mis manos para volver a apoyar mi cabeza allí donde quedó la marca de calor de mi palma.

Uso los segundos de silencio que deja después de su pregunta para que mi contestación no sea inmediata, porque sí lo pienso. No es algo que haya pensado plantearlo en voz alta, porque mi mente por lo general es un torbellino de posibilidades que no tienen orden y que en su mayoría no llego nunca a verbalizar. También comparto esa incredulidad de que hayamos dado tantas vueltas para terminar en este punto, pero en mis cavilaciones llegué un poco más allá. —Solía pensar…— reconozco en un tono lento, —en qué hubiera pasado si cuando nos conocimos, con un par de tragos de por medio para poner las condiciones de mi deuda, hubieras acabado en mi cama diciendo algo así como que eso no altera los términos. ¿Entonces no estaríamos aquí porque no habría con qué confundir esos mismos términos años después?— sugiero, y puesto que será un interrogante que quedará sin respuesta, lo cubro con otra ocurrencia. —¿O qué crees que podría haber pasado si una niña de doce años te arrastraba debajo de una escalera cuando tenías quince para un beso brusco?

Ladeo un poco mi cuello al sentir su respiración contra mi piel, aparto con mis dedos esos mechones por los que pasó su nariz para que pueda presionar su boca sin que se le queden pegados algunos cabellos en los labios. Esa mano queda detenida por un momento, entonces cae lentamente a un lado de mi cuerpo, porque no puedo precisar qué de todo lo que acaba de decirme me impacta más. —¿Estamos planeando una vida juntos?— repito, sí, puede ser que me prendí de lo que puedo modular en voz alta porque es una idea que se fue instalando entre nosotros, con la firmeza de las paredes de esta casa, lo otro viene a consecuencia y no sé si podría repetirlo en palabras por el peligro que representa. —¿Los ministros van a destituirlo?— musito, apenas me escucho, me giro bruscamente hacia él para tomarlo del rostro con mis manos. —Va a matarlos si sospecha que quieren hacer eso— pese a lo bajo de mi tono, las notas agudas de alarma son altas. No puede pedirme que no me preocupe. —¿Los aurores obedecerán a Riorden Weynart? ¿Los jueces te defenderán si Magnar decide que tendrás un castigo sin juicio? Hans, enfrentarlo será…— casi una petición de que lo maten. No respiro cuando pregunto: —¿Planean matarlo?—. Es un susurro inaudible que podemos fingir que no fue dicho en voz alta. Dejo caer mi frente contra su pecho, sigo hablando contra la tela de su camiseta y a pesar de la tensión que pone mis hombros rígidos. —Sé que actuar de fondo es la manera, pero es un juego peligroso de astucias. Y este tipo en unos pocos meses pasó de ser un don nadie a ser el presidente de Neopanem—. Paso mis brazos por encima de sus hombros para abrazarlo y recorrer su espalda con mis manos. —Eres un zorro escurridizo, pero tendrás que estar un paso por delante del mismo diablo. No me hagas tener que ir a rescatarte de alguno de los infiernos.
Lara Scott
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Mensaje por Hans M. Powell el Sáb Sep 28, 2019 2:41 pm

Sabía que querías acostarte conmigo en ese entonces, solo lo disimulabas muy bien — le resto importancia al debate filosófico que yo mismo he empezado con un tono que busca ser bromista, porque no tengo una respuesta seria a esa incógnita. Éramos personas diferentes, si nos hubiéramos acostado posiblemente al día siguiente hubiera fingido que nada había ocurrido y seguiría con el papeleo necesario para tenerla donde la necesitaba. La aparición de Phoebe justo a tiempo fue un factor decisivo, me hizo bajar la urgencia personal a un trato que seguí explotando a causa de mi propia deuda a dos personas que ya no existen. — Le hubiera dicho que no me besaba con niñas de doce años — lo cual me parece un poco irónico, porque parece que ahora tengo una manía por gravitar cerca de su boca.

Su duda me hace vacilar a mí, trato de pensarlo en voz alta para ponerle un orden — Compramos una casa, queremos criar una hija, conseguiste dos perros, asomó la idea de un compromiso... creo que es básicamente lo mismo — no quiero decir que explícitamente me pidió matrimonio, pero por ahí va la cosa. La pregunta sobre nuestras intenciones me hace menear la cabeza de un lado al otro hasta resoplar — Lara... — el tono de mi voz planea ser tranquilizador en cuanto tengo el rostro entre sus manos, seguro de que he disparado la preocupación dentro de ella — Matar a Magnar sería iniciar un caos, en especial si consideramos que tiene sus seguidores. No, necesitamos que el poder lo consuma hasta que sea un peligro y la gente pueda verlo por quien es. Queremos volverlo su peor enemigo y tengo suerte de que aun me considera dentro de su grupo de ministros y consejeros — lo cual es un riesgoso camino, más con una amenaza sobre mi cabeza. Pero eso no puedo decírselo, no cuando estamos aquí seguros. No sé si alguien me defendería, sospecho que mi muerte será un asesinato silencioso que los medios encontrarán el modo de maquillar. Porque he decidido elegir un camino que seguramente me salga tan caro como mi vida, pero que dejará la ruta limpia para aquellos que me importan.

Es ese pensamiento, el de que todo esto será efímero, lo que hace que me abrace a ella en cuanto se recarga en mí. Mi nariz se hunde en su cabello, seguro de que podría olfatear su perfume y reconocerlo en cualquier sitio, en lo que se encarga de poner en palabras las ideas que ya había creado en mi cabeza. Aún así, sus caricias son una invitación a que mis dedos se paseen por su rostro, como si buscase guardarme el recuerdo de sus facciones para cuando no las tenga conmigo — Sé la clase de persona que es Magnar. Sé que estoy corriendo una carrera que posiblemente pierda y estoy confiando ciegamente en que seré más listo que él. Ser delegado en la escuela debió servirme de algo — el tono apenas se siente como una broma. Me remuevo para poder verla de frente, ladeando la cabeza en mis intentos de hacerme con su mirada — No quiero que me rescates de ningún sitio. Decidí que lo mejor que puedo hacer es asegurarme de que esta guerra se gane y sé que Magnar es el único allí que no tendrá reparos en cruzar límites para conseguirlo, pero también sé que no lo quiero con nosotros en cuanto todo termine. Lo quitaremos del medio, solo necesitamos tiempo y mover las piezas adecuadas en el momento perfecto. Prometo ser cuidadoso — sé que es una promesa vacía, pero es lo mejor que tengo para ofrecerle. Me traiciono a mí mismo al pasar mis dedos por sus pómulos, gozando de la vista hasta sonreír con desgano, apenas torciendo la cabeza para apoyar un costado sobre la puerta — Sé que te lo he dicho mil veces, pero jamás voy a cansarme de pensar lo hermosa que eres y lo suertudo que fui — porque si llega el día en el cual me despertaré a su lado por última vez, sabré que al menos dejé algo atrás que ha valido la pena.
Hans M. Powell
Hans M. PowellMinistro de Justicia

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The stakes are high, the water's rough • Hans  - Página 2 Empty Re: The stakes are high, the water's rough • Hans

Mensaje por Lara Scott el Dom Sep 29, 2019 12:13 am

Ya sabes, la táctica esa de hacerse la indiferente y responder de mala manera durante años hace que logres acostarte con el chico a la larga— bromeo, que nunca apelamos a tácticas como esas, no estábamos en ningún tipo de juego de vanidades, ni estábamos pendientes del otro más que para los intercambios. Podría explayarme en todas las posibilidades que barajamos entonces, como un mazo que se desparramó sobre una mesa de apuestas, y tomamos las que nos servían para esa partida. La vida misma pareciera funcionar así, como posibilidades girando en un torbellino, todo lo que podría ser y que nunca será, que imaginarlo lo hace parecer tan real, porque podría haber pasado. Pero no pasó. El chico de quince años que sacaba sobresalientes en sus exámenes y hacía prácticas por las tardes, habrá pasado de largo muchas veces a la niña que peleaba con otros niños por un balón. —Y yo te hubiera dicho que no siempre tendría doce años, que en unos años más estarías rogándome para que te bese— contesto, tan presumida que me giro para dejar un beso un poco por arriba de su comisura.

Su pasado no me pertenece, conozco lo que decidió compartir conmigo y fue más de lo que pedí desde esa primera noche en que me invitó a su casa. Pensar que hay un futuro para nosotros, es tratar de abarcar lo inabarcable y parece extenso en una línea de tiempo, pero puede ser tan breve en la realidad que nos golpea cada día con sus peligros y nos empuja a tomar decisiones que tienen consecuencias de vida y muerte. —¿Lo de los perros te pareció así de determinante?— pregunto, tal vez esté dándole largas a tocar el tema que está volviendo enrarecido el aire en este armario, mi respiración se va haciendo más lenta, pese a lo atropellado de mis pensamientos que los pongo en mis labios con ese mismo desorden. El murmullo de mi nombre me cosquillea en los oídos, llega a mí a través de esa inquietud que está avanzando por mi cuerpo en olas, para arribar allí donde reprimo todos mis miedos y paranoias que quise apartar para poder quedarme a su lado. —Estás planteándote algo complicado, ¿puedes confiar en la gente? ¿en qué el poder será su ruina? Muchas personas se han mantenido por décadas, enfermos de poder en un sillón que les dé autoridad…— boqueo, trato de hacer llegar aire a mi pecho que se cierra y coloco mis manos sobre las suyas que enmarcan mi rostro, para suspirar al cerrar los ojos. —No puedes confiarte en tu puesto, no creo que él confíe en ninguno de ustedes— me interrumpo para decirle todo lo que sabe, sería redundante. Lo que hago es fijar mis ojos en los suyos, con tal intensidad que nuestros rostros casi se rozan. —Sólo evita convertirte en un hombre como él. Hagas lo que tengas que hacer, no te conviertas en alguien como él. Me dijiste que harás cosas que no nos gustará a ninguno de los dos, pero… no te enfermes de lo mismo que ellos, Hans— le ruego, en el segundo íntimo que tengo en este sitio oscuro para acariciar sus labios.

Mis caricias en su espalda tratan de llegar por debajo de la tela, de su piel, para abrazarme al hombre que es, que nunca fue ministro para mí, ni tampoco la pieza que otros movieron a su conveniencia en una partida en que la victoria real era de unos pocos. No quiero que diga que perderá, que me recuerde que nos movemos en un tablero. Lo que quiero es tenerlo para mí, dentro de ese espacio en que somos nosotros aislados de la realidad, en el que nos encontramos necesitados de ese roce que nos haga sentir vivos, que nos haga redescubrir lo que creímos conocer y haber conquistado hace años. Sé que tenemos algo que pocos tienen, que no debería temblar por la manera en que me mira, no quiero que me prohíba que no vaya a buscarlo, ni tampoco sus promesas de que tendrá cuidado porque sé que miente. Ni que me mire como si no tuviéramos otro año para escondernos en este armario, no quiero que robe del tiempo que nos pertenece. No quiero oírle decir que soy hermosa como si fuera el principio de una despedida, ni que mencione a la suerte. Lo beso para callarlo, para tomar de su boca todo lo que creo que me pertenece, arrasando sobre sus labios y llegando lo profundo que puedo para recuperar ese tiempo que nos está quitando con sus palabras. Hago que su espalda choque contra la puerta en la que se apoya, con mis manos sobre sus hombros que en lo desesperado del beso, van trepando hasta su cabello del cual me prendo a mechones. Tomo un único segundo para apartarme de su boca: —Nunca, no importa qué. Nunca te despidas a mí. Miénteme y hazme promesas que se van a romper. Pero nunca te despidas de mí…
Lara Scott
Lara ScottInefable

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The stakes are high, the water's rough • Hans  - Página 2 Empty Re: The stakes are high, the water's rough • Hans

Mensaje por Hans M. Powell el Dom Sep 29, 2019 4:36 pm

No, no puedo confiar en nada ni nadie, es algo que me ha enseñado la política. A decir verdad, ser ministro no estaba en mis planes: apuntaba a tener un puesto respetable en el Wizengamot y siempre creí que asumir a algo más se daría solamente cuando fuese muy mayor. ¿Que me alegré cuando el puesto me fue ofrecido? Pues claro, estaba en las nubes. Sé que mis neuronas funcionan mejor que muchas otras, soy lógico y poseo habilidades de las que otros carecen, pero a veces me pregunto si estaba listo para esto. Jamie y Sean pensaron que sí, cada día que pasa acepto más que tengo demasiado sobre mis hombros, especialmente en los tiempos complicados que corren. Fue demasiado en poco tiempo, es normal que mi cerebro colapse — No creo que esta guerra dure poco. Sé que deberemos aguantar años y espero ganarme al menos una porción de su confianza en ese tiempo — los dos sabemos que esto no ha comenzado hace una semana. Los Black empujaron a los magos lejos y los castigaron en control de la sociedad muggle, este hilo se abrió hace mucho. Nosotros solo estamos parados en un capítulo en específico, uno que se siente cada vez más determinante. Mi boca respira la suya, apenas puedo verme en sus ojos y me pregunto cómo me verá cuando mis acciones empeoren. La línea de la moralidad es demasiado delgada y sé que tiendo a pisarla, si el fin justifica los medios. ¿No me senté a ver como torturaban a un chico de quince años hace unos meses, solo porque sabía lo que pasaría si no lo hacíamos? ¿No firmé un permiso de ejecución hacia ese mismo muchacho? ¿No insistí en que los esclavos que puedan levantar una pala, se pongan a trabajar para excusar que los mantenemos gastando recursos del estado? Y luego hay niños como Meerah, como la bebé que aún no ha nacido, a quienes planeo darles todo, llenarlas de comida y una cama caliente. — No seré como ellos, Lara. Tengo mis límites — y sé, sobre todas las cosas, que estoy mintiendo. Lo verá el día que alguien muera y sea yo quien haya levantado la varita.

Me siento atrapado entre sus brazos, el peso de su cuerpo y la presión de la puerta. Su beso es como un placebo, me aferro a ella con la misma desesperación que demuestra su agarre, como si mis manos no fuesen lo suficientemente grandes para tocar todo lo que deseo de ella y mantenerla conmigo. Sé que jamás será suficiente, que moriré pidiendo cinco minutos más. Creo que es ese pensamiento el que me hace ahogar un sonido similar a un gemido lastimero en su boca, apenas oigo lo que tiene para decir y lo siento demasiado lejano. No puedo responder al instante, mis dedos suben por su cuello y presiono sus mejillas al volver a besarla, aunque sea un toque más suave que el anterior — No podría. Decir adiós es asumir que no volverás y no creo ser tan fuerte como para eso — jamás he podido despedirme de nadie. Todas las muertes fueron abruptas y las separaciones inesperadas. Lo más similar fue la muerte de mi abuela, a quien le sostuve la mano hasta que fui a buscarle un vaso de agua; cuando regresé, ya había partido. No quiero que Scott esté cerca de mí si algo sale mal; a decir verdad, espero que se quede con una buena imagen. Con el calor, con algún comentario irritante, con algún café.

Mis manos se acomodan en los costados de su cuello cuando dejo que mis labios bailen por su mandíbula — Perdón por arruinar la mañana. No se me da bien esto de los cumpleaños — intento bromear, mi voz suena asfixiada al pellizcar la boca contra la piel de su cuello — Pero pensé que al menos necesitabas saber eso. Han pasado muchas cosas y no tengo idea de cómo acomodarlas todas, tal y como tú dejaste todas estas cajas aquí — sé que la mayoría de mis cosas quedaron en mi casa en la isla, así que casi todo aquí es suyo. Le doy un suave y cariñoso mordisco a su hombro y levanto la vista, fijándome en las pilas frente a nosotros — ¿Quieres enseñarme tus recuerdos felices? Sé que no serán tan geniales si no estoy en ellos, pero podemos intentar. Ya tendremos nuestras propias memorias — unas que alguna vez enterraremos en cajas y, si tenemos suerte, miraremos bajo las escaleras cuando tengamos el pelo blanco. Sino, siempre estarán las niñas para hacerlo por nosotros.
Hans M. Powell
Hans M. PowellMinistro de Justicia

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