The Mighty Fall
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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Jakobe V. Solberg
Personal de Defensa
26 de septiembre.

El bullicio a la salida de un colegio que parece atiborrarse a cada nuevo día que pasa un poco más me provoca un ligero resquemor en la cabeza. Todo mago que se precie, o de familia respetable, ha terminado estudiando para ser lo que es ahora. Y yo no he sido la excepción pese a mi lamentable estatus al llegar solo a las orillas de NeoPanem. A veces pienso que de no haber sido por la influencia de Arianne y su madre, no habría sido capaz de sobrevivir en mis primeros años. Le debo tanto al distrito cuatro que fue un golpe duro para mí abandonarlo para tratar de rehacer mi vida en el Capitolio, guardando un puesto que fue el motivo de una pelea que, hasta día de hoy, todavía no he visto lapidada del todo. Ni siquiera por lo que pasó aquella noche.

Sacudo mi rostro un par de veces, para soltar la cara de embobado que se me ha quedado mirando a los alumnos salir del colegio. Mis ojos se plantan, directos, en una cabellera rubia que se agita con gracilidad y que parece estar también buscándome. Ladeo la cabeza, curioso, y una sonrisa estúpida se entierra en mi cara porque, de todas las personas que pueden formar parte de la familia de mi padre, ella es la única con la que puedo llevarme bien y sentirme sincero. O casi, al menos.

Tras una larga pausa donde ella sigue buscándome, me muevo entre los estudiantes hasta plantarme a varios metros de ella y hago un gesto que espero vea. La multitud es tan descontrolada que termino por acercarme hasta quedar delante de ella. Más de una persona se fija en mi gesto, y en cómo me escabullo como si llevase años entrenándome para todo ésto.

Última vez que intento venir a recogerte a este sitio, no me trae buenos recuerdos —miento, rodando los ojos con una sonrisa. Si bien es cierto que tengo malos recuerdos, los buenos suplen toda la carencia emocional. Soy demasiado competente como para no ser capaz de reconocer que me faltan algo más que las amistades. —¿Te hace una merienda? Eliges sitio, yo pongo el resto —comento, apartándola de la muchedumbre y dirigiéndonos a un lugar más apartado.
Jakobe V. Solberg
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Recojo los libros de mi mesa para guardarlos en el bolso y se mezclan con el cuaderno de lienzos en blanco y los pomos nuevos de pintura que compré para recomenzar las clases en el Instituto de Arte, para cambiar de técnica y agregar un poco más de color a lo que hago. Necesito que las paredes de mi dormitorio cobren más vida, que rompan con la monotonía del gris y cristal que es el departamento donde por años hemos vivido con mis padres. Con la llegada de Simon todo cobra también un cariz distinto, es diferente a cuando vivió Sami con nosotros un tiempo, buscamos encajar para funcionar como una familia, y sí, por complicado que sea, me gusta tener una familia en la que somos más que tres personas viviendo en silencio en un sitio que pese a no ser grande, se sentía enorme por tanta distancia personal.

El espacio de horas que tengo entre la salida del Royal y la primera clase en el instituto, tengo tiempo para quedar con Jakobe. Es un poco raro que haya un chico esperándome fuera del colegio, no tengo que explicárselo a nadie porque salgo sola al playón donde los estudiantes se reúnen para despertarse en una algarabía a la que dejé de pertenecer hace tiempo, es más, la sonrisa que cruza mi cara en el momento de ver al muchacho moreno entre otros pocos adultos que esperan me hace parte de esa multitud por unos breves segundos. Camino a prisa porque a mi edad no es que pueda correr de un lado al otro, interioricé también algunos de los rasgos de conducta de los estudiantes de leyes y ellos son siempre tan sobrios.

Sin embargo, se me sale la sonrisa de los labios cuando llego hasta él. —No es tan mal lugar— miro por encima de mi hombro a la fachada del edificio del colegio, —Ya no usan el armario de castigo y nos dejan venir con ropa informal en vez de los mamelucos naranjas— bromeo, haciendo un repaso por mi pantalón vaquero y la camisa a rayas celestes. —¡Ya sé! Vamos a una cafetería de aquí cerca,— le propongo. —Estamos en otoño, no hace mucho frío, tampoco hace mucho calor. Y en este lugar venden café en cono, ¿puedes imaginarlo? Lo mejor de dos mundos— ensancho mi sonrisa.
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Jakobe V. Solberg
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¿Han quitado el armario de castigo? ¿Cómo se supone que os educan ahora? —pregunto, con una fingida mueca de sorpresa que se evapora al segundo siguiente cuando me doy cuenta de que, sin quererlo, he sonado como un auténtico carcamal que se vanagloria en tiempos antiguos y se queja de los tiempos modernos—. Olvida eso, ¡no quiero comentarios al respecto! —Alzo mi índice, advirtiéndola, pero termino dándole un empujón leve en el hombro para desestabilizarla a modo de broma, y me dejo influenciar por el espíritu entusiasta de alguien a quien, todavía, desconozco en algunos momentos.

Café en cono... mmmmh —esbozo una mueca pensativa, mirando a mi alrededor por si acaso no es que alguien nos está grabando con una cámara oculta o algo por el estilo y esto no es más que una broma de mi... de mi hermana. El sólo pensamiento me marea levemente, imperceptible, y entonces vuelvo a recaer en su espíritu aventurero y en la manera efusiva que tiene de decir las cosas. A veces pienso que es por eso que soy capaz de tolerarla sin hacerle un daño que, a mi modo de ver las cosas, no se merece. Tampoco se lo merecía aquel pequeño al que mi padre acaba de adoptar. Sus papeles y su nombre todavía rayan en mi cabeza, aquella tarde en el despacho estuve a punto de cometer una locura. Hoy estoy más que seguro de que voy a cometerla. —Está bien, está bien. Vamos sólo porque sino no habrá quien te aguante durante todo el camino —Ruedo los ojos, con intensidad, recorriendo el pequeño patio en el que nos encontramos para buscar la salida que, atiborrada, termina esparciéndose hasta dejarnos espacio suficiente como para salir sin tener que atropellar a nadie.

El país en el que vivimos es demasiado inmenso. Sus calles viven habitadas a todas horas, y aunque estamos en plena guerra, el sentimiento de despreocupación es demasiado alarmante. La gente confía en que el gobierno esté capacitado para defenderles. Y todo aquello queda demasiado lejos. Caminando a un lado de Synnove, observo el cúmulo de cosas que llevo y me ofrezco a cargar un par para que no parezca una vendedora ambulante. —¿Son todo cosas de la escuela? ¿O son para uso personal y te has vuelto loca comprando? —bromeo, con una sonrisa cómplice. Estoy determinado a entenderla, a saber si soy capaz de convivir con alguien sabiendo mi secreto. Pero no es el momento, no cuando creo estar convencido de que pegará un grito enorme cuando se entere. Y no es muy pictórico en mi cabeza. No con tanta gente en las calles.
Jakobe V. Solberg
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Ahora nos dan estrellas doradas cada vez que hacemos algo bien, ¿te lo puedes creer?— continuo con la broma con un tono tan serio como si acabara de compartirle una novedad que nunca hubiéramos imaginado, mi sonrisa se escapa por los labios y a pesar de lo pálida que es siempre me expresión, supongo que me veo con un semblante más resplandeciente. Si mal no recuerdo, fue en primer curso que una maestra tenía como iniciativa reforzar los logros con un premio, pero no es un método que comparta demasiado, la competencia puede llegar a ser cruel, también entre los de menor edad. Tengo un par de ideas al respecto en realidad, se lo comparto a Jakobe porque… bueno, es Jakobe. —Podría hacer algo al respecto, ¿sabes? Hablé con la mismísima ministra Leblanc hace unos meses, puede ser que este año trabaje como practicante en su área en lo que es la formulación de leyes de educación…— cuento, con una emoción que se había apagado durante el verano, cuando no tuve mucho que hacer ni planear, pero… los comienzos de curso me devuelven todo el espíritu de emprender cosas nuevas, toda la energía se ha renovado, y sí, también puede ser porque ciertas cosas en mi familia están cambiando, tengo la esperanza de que para mejor.  

Son los conos de helado*— explico, por si hacía falta, para convencerlo cuando noto que lo está pesando. —No sé cómo lo hacen. Bueno, sí, magia. El café queda dentro del cono al que puedes ponerle confites si quieres— sigo, y no hace falta insistir más, ni tampoco mostrar las fotos que hay en Wizzardface para que compruebe por sus propios ojos lo genial que es esta cafetería, me siento triunfal cuando cede en mi petición y alzo mis brazos en una pose de victoria, el bolso que cuelga de mi hombro se sacude en el aire y puedo sentir el peso de estar cargado con más cosas de las que llevo habitualmente. — Está aquí a una cuadra y media— digo, cuando estamos metiéndonos entre los estudiantes que se amontonan en la salida en una despedida interminable. Busco la cara de Jakobe al quedar una mujer con su hijo en medio, tapando mi visión, y cuando llegamos a la acera me encuentro con él. Podríamos desaparecernos, pero la distancia es mínima y también nos da la oportunidad de conversar un poco más. No somos los únicos que tienen como plan ir a tomar un café en cono, este negocio tiene una ubicación estratégica para llenarse de alumnos del Royal.

Estoy llevando unas cosas para la clase de pintura en el instituto— le cuento, moviéndome para que mi bolso a estallar quede a la vista. —Este curso tomaré las últimas del día, casi a la noche— explico, puesto que a la noche es cuando me siento más inspirada para hacer bocetos, no tenía caso en insistir con clases que eran a plena siesta o tarde, lo hacía por disciplina, no por emoción. Además, tengo que organizarme con los horarios de la especialidad en leyes, a veces creo que me veré obligada a renunciar al poco tiempo que tengo para dibujar y me doy cuenta que no quiero hacerlo. — Pasaré del carboncillo al óleo— le cuento, haciendo un movimiento en el aire con mi mano como si estuviera deslizando un pincel imaginario. —¿A ti como te va con… todo?— pregunto, y al echar un vistazo a las calles donde nada parece fuera de lugar, suspiro. —Cuesta pensar que nos hemos declarado en guerra, ¿no? Es como si eso fuera algo que sucede en otro lugar… que el festival quedó demasiado lejos…— murmuro.


*Café en cono de helado
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Jakobe V. Solberg
Personal de Defensa
Mis ojos en blanco quieren decirlo todo, más cuando sé que es una broma que me gasta pero que me gusta seguirle porque el juego entre ambos crea una especie de historieta que nos divierte demasiado. Es la complicidad que vengo trabajando con ella la que me hace preguntar si no estoy siendo demasiado estúpido. ¿Por qué trataría de esta manera a la hija de mi padre si no quiero más que sacármelo de la cabeza? La respuesta es clara y sé que la conozco, pero formularla en voz alta no conseguiría más que me entrasen ganas de ir a volarle los sesos al imbécil que nos dejó abandonados a mi madre y a mí hace ya muchos años. Demasiado, no es fácil olvidarlos porque coincide con mi edad.

Treinta y cuatro para ser exactos.

¿Prácticas? ¿Leyes? Son demasiado aburridas, te lo digo por experiencia —replico, a sabiendas de que en su tiempo yo mismo me lo planteé al saber que Arianne pensaba tomar ese camino. Mis dudas fueron resueltas cuando fui consciente de la cantidad de materia innecesaria que tenía que aprenderme. Leyes, escritos, manuscritos importantes... una completa basura—. Tampoco podía aspirar a mucho más, Europa no me resultó indiferente y tenía la fea costumbre de no hacerle caso a nada ni nadie cuando vivía allí. Aunque claro, también era un crío demasiado hiperactivo como para prestar atención a lo que me enseñaban —finalizo, escuchando entonces su explicación sobre los conos de helado que, gratamente, me convence.

Observo con curiosidad el cúmulo de pinturas al óleo que lleva en su bolsa. Mermada, no sé cómo es capaz de cargarlo sin quejarse. Entiendo que es su entusiasmo por la pintura lo que hace que no le importe en lo absoluto, pero también estoy convencido de que ha encantado la bolsa para que no pese tanto como parece. —No es por nada, pero expondrían tu arte en cualquier galería si yo soy el tema principal —comento, haciendo una carantoña y esbozando una pose heroica que se diluye en una sonrisa y una mueca divertida. La misma desaparece al sonido de su frase. Synnove no es tonta, es demasiado inteligente. Y como todos es capaz de comprender en qué situación nos encontramos.

Es como cuando piensas que son cosas que nada más suceden en las películas, ¿cierto? —inquiero, asintiendo un par de veces hasta que me encojo de hombros—. Nuestro departamento es un caos porque nadie se entiende. Vivimos en las calles, Synn, porque es donde tenemos que estar para enterarnos de todo lo que sucede. No hay descansos, tampoco se atreven a pedirlos. La prioridad es la que es porque... —Hago una pausa, parándome a observar la contingente cantidad de carteles que aparecen maquillados con tintes demasiado espeluznantes en el otro lado de la calle—...porque valen su peso en oro —argumento, señalándolos con un gesto de mi cabeza. El cansancio es notorio en todos los aurores de NeoPanem—. De todos modos el Ministerio está así en todos sus aspectos, y la guerra no es tanto el hecho de pelear sino la forma en la que... lo hacen —suspiro, llevándome una mano a la cabeza en un gesto que raya en lo despreocupado. No me afecta más porque no tengo mucha gente de la que preocuparme.

No le des muchas vueltas, no merece la pena encasillarse. Mejor piensa en cuándo vas a querer pintarme —le bromeo, revolviéndole el cabello como si fuese una cría, esperando su queja o, en dado caso, un golpe en mi costado bien merecido.
Jakobe V. Solberg
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Disimulo una carcajada con una tos suave, no es el primero al que escucho decir que las leyes son aburridas, y es que con mi habilidad por memorizar artículos, tuve mi época en que recitaba las reglas a mis compañeros con toda la petulancia que da la moralidad puritana, de la que mi madre se sentía orgullosa y a mí me dejaba sin tener con quien conversar en los recesos entre clases. Para mi suerte, conocí a Mimi que en media hora puede romper todas las normas de una carilla, ella dice que no soy tan aburrida como estudiantes de leyes y difiero un poco de eso, porque para mi noñez, creo que disfrutaría mucho de esas prácticas en el ministerio. — Cuando tienes una madre como la mía, Jakobe, acabas por tomar como parte de tu naturaleza el estar sentada y serena, impecable de pies a cabeza, y encuentras en el orden cierta paz— explico, moviendo mis manos en el aire como si fuera una profeta convencida de la religión de los obsesivos por el orden. Por mi sonrisa ladeada se puede dar cuenta que me estoy riendo internamente de esto, supongo que soy así, pero por algo termino juntándome con personas como Mimi o Jakobe, que sacuden un poco mi pecera.

No voy a contradecir eso— sigo su broma, riéndome por lo bajo de su postura de modelo griego, de esas que he visto en algunos cuadros que exponen en el instituto y creo que en alguna clase de escultura artística. —Pero no sé si estoy lista para toda la fama que eso me traería— exagero, con mis cejas uniéndose en una expresión de profunda meditación. Dejo pasar el tema porque no creo que sea más que un chiste sin sentido, sin verdadera intención de que sea una propuesta real, me veo en las clases de óleo pintando paisajes porque es lo que vi que hacen en las primeras clases y será salir un poco de mi zona de confort, que estoy acostumbrada a esbozar rostros.

Salir de la zona de confort, en estos tiempos, es muy general. Yo lo veo como de pasar de una técnica de pintura a otra, cuando hay gente e incluido Jakobe que están alertas a la situación de guerra que se vive en Neopanem. Su mirada sobre las cosas es tan distinta a la mía, porque su realidad agitada es diferente a la mía, sí suena un poco a una película que solo miro, de la que no participo. Coloco una mano sobre su hombro para ladear mi rostro hacia él y sonreírle. —Esto se resolverá. No hay bien ni mal que pueda durar demasiado tiempo, lo sé. Solo cuídate mientras tanto, ¿si?— es todo lo que me queda por decir, es cierto, no tengo cómo darle demasiadas vueltas a esto. Podemos hablar en cambio de mis dibujos, si ha sido mi tema refugio por años, puedo compartírselo. —No lo sé, siempre he pintado mujeres. ¿Lo dices en serio? Porque podría intentarlo, pero no lo sé… siempre han sido mujeres porque…— muevo sin labios sin pronunciar palabra, veo la fachada de la cafetería al otro lado de la calle y le hago una seña para que crucemos por la senda de peatones mientras el semáforo está en rojo, —supongo que es porque me buscaba o me encontraba en cada una de ellas.
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Jakobe V. Solberg
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Sonrío, divertido, pues los gestos de Synnove serían capaces de alegrar a cualquiera. Su manera de pensar raya en la mentalidad del resto por la facilidad que tienes al poder hablar con ella de cualquier tema. Y es algo que agradezco. ¿Confidente? La siento más cerca que cualquier otra persona de mi desestructurada familia. A veces pienso que rivaliza hasta con mi propia madre, y la sola idea provoca una sensación extraña no sólo en mi corazón, sino también en mi cerebro. Que mencione a la que es su madre no hace más que me den picores extraños. Esa señora... espero no tener nunca el disgusto de conocerla.

Por supuesto que se resolverá, ¿o no ves que con un hermano tan fanfarrón y profesional ni te vas a dar cuenta? Sé cuidarme muy bien, descuida —replico, dándome cuenta del error casi al instante pero sin prestarle mayor importancia. Lo dejo correr, sonriendo mientras cruzamos el paso de peatones, pues puede interpretarse como un comentario amistoso dado el tiempo que llevamos hablando. Es una confianza que no rechazo en ningún momento, ¿se sentirá extraña de pensarlo? La escruto con mi mirada, esperando una reacción diferente por su parte, y cuando me canso de esperarla me percato de su razonamiento y de cómo parece evadirse en la pintura.

¿Me vez capaz de no decirte las cosas en serio? —pregunto, a sabiendas de que su respuesta será afirmativa porque a ratos no soy la persona más seria de NeoPanem—. Quiero decir... ¡pues claro! Y tampoco pasa nada si te ves reflejada en mí cuando me pintes, estoy dispuesto a aceptar tu condición —Hago una pausa, burlándome—. Sea cual sea —aseguro, por si no le ha quedado claro, pasando uno de mis brazos alrededor de sus hombros. La siento tan madura pero a la vez tan pequeña que tengo miedo de que pueda sentirse incómoda.

La heladeria con café en cono se abre paso delante de nuestras narices. El cúmulo de personas es asfixiante, pero poco tardan en dispersarse pues no todos se quedan a tomarlo en las pequeñas terrazas habilitadas. Varias personas me miran con el rostro compungido y yo les dedico un guiño con una sonrisa traviesa. Me toca la moral que vivan preocupados, mina nuestra profesionalidad. Aunque lo entiendo.

Dos cafés en cono, y una tarrina con helado de vainilla y... ¿frambuesas? —Ni siquiera le pregunto, sólo espero que le gusten y que no haya protestas. Tras aquello me paro a buscar un lugar apartado. Una vez estamos sentados, la observo con curiosidad. —¿A cuántas mujeres has pintado ya? —pregunto, concienzudo y seguro—. Espero que no te veas muy reflejada en tu madre, o que no la hayas pintado todavía —susurro, por lo bajo, como si fuese un secreto confidencial. Puede sonar a burla, pero hay tanto de verdad en mis palabras que me asombra.
Jakobe V. Solberg
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¿Hermano?— repito, prendiéndome de esa palabra con una sonrisa que demuestra lo enternecida que estoy por ese acto fallido o desliz. Sentí demasiado la soledad de ser hija única, que estaría más que complacida de tener otros hermanos. He pasado meses buscando entre las caras de los niños del Royal a quien podría ser mi hermano menor, y aunque no compartimos sangre, estoy contenta de tener a Simon viviendo en casa como uno, es mi hermano en todos los sentidos que importan. Con los años que nos llevamos, lo fácil que se da conversar entre nosotros, el tener a alguien que se interesa por lo que hago y lo que me preocupa, también puedo adoptar a Jakobe como un hermano mayor. —Puedo pensarte como uno…— pongo mis pensamientos en voz alta.

No queda claro cuando hablamos en serio o estamos bromeando, de alguna manera nuestras bromas se tornan tan serias, porque estoy considerando como algo posible tomar mis lápices para hacer un primer esbozo de él. —Será un poco difícil verme reflejada en ti— me río con una carcajada, acomodándome a su brazo que cubre mis hombros en un medio abrazo que no me hace sentir incómoda, sino que tomo como un gesto natural. ¿Por qué? No me lo pregunto. — Somos muy diferentes físicamente, el cabello, los ojos, la nariz…— señalo sus rasgos moviendo mis dedos en el aire, —Te pareces un poco a mi padre— se lo comento, lo he notado en otras ocasiones, es esta vez al percatarme de las líneas de cada facción para hacer un bosquejo mental que me queda patente el parecido. —No sé si no se pondrá celoso de que te dibuje primero a ti— bromeo.

He admirado el rostro de mi padre con un cariño que nunca oculté, tengo el vago recuerdo de que siendo poco más que una bebé podía recorrer esas líneas con mis dedos. Mi madre, en cambio… —¿Café en cono y frambuesas? ¿Qué es esto? ¿Navidad?— la sonrisa no me cabe en la cara, apenas me hago un lugar entre los otros estudiantes que se amontonan aguardando su pedido, agradezco cuando puedo respirar por fuera de esa multitud y ubicarnos en una mesa más despejada. —No podría pintar a mi madre— suelto con toda la honestidad que puedo usar con Jakobe. —La miro, la miro otra vez. No hay nada en ella con lo que pueda sentir identificada… ella…—. Tomo tanto aire para llenar mis pulmones, en una inspiración tan larga, que me desinflo en mi silla al hablar de mi madre con todas las contradicciones que siempre me ha generado: —Trato de ser como ella espera que sea, de seguir el patrón… pero no me veo en ella, no puedo, es tan…— me encojo de hombros. —No lo sé.
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Jakobe V. Solberg
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Si la rubia supiera lo fácil que sería decirle que en realidad lo somos, hasta se sorprendería. Sin embargo no hallo el momento, no cuando no depende de mí alterar el cauce normal de los acontecimientos en su vida. Si mi padre nunca ha sido consecuente con sus acciones, ¿por qué debería serlo yo? Es lo único que me aviva a contarle toda la verdad a Synnove. Pero llevo tanto tiempo en las sombras siendo simplemente Kobe para ella que no estoy seguro de cómo va a reaccionar. ¿De verdad quiero contarle todo ésto?

Mi ceño se frunce, por completo, cuando su afirmación sobre mi parecido razonable con Ivar salta a la luz tras haber pedido los conos y he sido consciente de lo que eso significa. No quiero parecerme a él pero es algo inevitable. —¿A tu padre? ¿Ivar? Estás de broma —replico, como un chico caprichoso de quince años al que no le han comprado su videojuego favorito—. Ya quisiera ese señor parecerse a mi una mitad de lo que yo pueda parecerme a él —Ruedo los ojos, con ese tono pedante que demuestro de vez en cuando, y escucho con atención las suposiciones y la forma que tiene de hablar sobre su madre. En medio de su duda, intento restarle importancia a sus pensamientos con un gesto negativo de mi cabeza.

Tan... tan como una madre —reconozco, pues aunque Elizabeth nunca ha sido una carga de seriedad constante, a ratos hemos tenido también nuestros encontronazos. Ella sigue enamorada de mi padre y reniega de rehacer una vida que, desde siempre, se ha merecido. —Mi madre lleva años esperando a que mi padre regrese —le confieso entonces, abriendo un pequeño paso a lo desconocida que le resulta mi vida a Synnove—. Eso ha provocado que me haya enfadado más veces de la cuenta, ¿sabes? Incluso ahora mismo podría asegurarte de que, aunque yo estoy fuera, ella sigue esperando con más ganas a que él regrese —bufo, no porque la odie a ella. Sino porque lo odio a él.

Le ha generado una dependencia horrible.

No es extraño que tengas sentimientos contradictorios con ella —tercio, fijándome en el perfil de su rostro—. A menos que esos sentimientos incluyan matarla o algo por el estilo —dramatizo, exagerando la situación mientras llevo una mano a mi frente para fingir un desmayo digno del teatro. Termino riendo, no obstante, y trato de alcanzar su mejilla para pellizcarla como haría una abuela pesada. —Ella sólo quiere lo mejor para tí, y hasta estoy seguro de que lo hace porque ella cometió errores que no quiere que tú cometas. No quiere que revivas su pasado, aunque suene egoísta —O quizás estoy haciendo suposiciones que no van a llegar a ningún lado.

Pero bueno, ¿qué decías de pintarme? —Alzo ambas cejas, con una mueca traviesa que termina dando un sorbo a los conos de café ahora que nos los han servido a la mesa después de un par de minutos de espera.
Jakobe V. Solberg
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Muerdo mi labio inferior para contener la carcajada cuando se ve un poco indignado de que diga que se parece a mi padre, ¿será por la diferencia de edad? ¿No le gusta que lo compare con alguien tan mayor? —Mi padre es un hombre muy atractivo, así que puedes tomarlo algo así como un halago— apunto, la sonrisa se me sale de los labios cuando sigo: —Seguro que se enamoran fácil de ti, siempre he creído que de mi padre también. Tienen ese algo… se ven serios y severos, pero…—. Hoy, definitivamente, es el día de tratar de explicar a las personas que me rodean con unas pocas palabras. Muevo mis dedos en el aire buscando un poco de inspiración para hacer estas definiciones. ¿Qué es lo que trato de decir que hay por debajo de esa primera impresión que causan estos hombres? —Inspiran confianza, la confianza como para hacer que alguien quiera apoyarse en su hombro— digo, con una sonrisa que va menguando.

Es lo que ha hecho mi padre con muchísimas personas, también con mi madre y ella… vio defraudada esa confianza, quiso apoyarse y se lastimó. Es por eso que no puedo ser muy dura con ella al juzgarla, al tratar de fijar unos límites en los cuales encasillarla. Si actúa tan exigente, es porque quiere lo mejor para mí. No lo hace de las mejores maneras, a veces me gustaría que me demostrara un poco más de afecto, que me abrazara por mis pequeños logros o preguntara por las cosas que dibujo, pero hay ocasiones en que percibo en su mirada que aprecia lo que hago y nunca me ha puesto pegas por las clases de dibujo. Me ha dado dinero para que compre todo lo nuevo, ¿no? —Tan madre— hago eco de lo que dice Jakobe.

Mis ojos se quedan fijos en él cuando me cuenta lo de su madre, eso no lo sabía y me apena muchísimo que alguien pueda amar de una manera, en la que se pase toda la vida esperando el regreso de la persona amada. No sé de dónde saca las mejores palabras para consolarme respecto a mi madre, para que trate de entenderla. Siento que también quiero consolarlo, —Creo que tu madre también te ama, Kobe. Es solo que las personas aman de maneras distintas y dependiendo de a quién. Lo que quiero decir es que no amas de la misma manera a tu pareja que a tu hijo…— lo sé, he leído mucho sobre esto y también hice mucho trabajo de introspección, porque algo tenía que hacer durante una adolescencia en la que me pasé horas en la soledad de mi habitación. —Ni sufres de la misma manera por una pareja que por un hijo. Porque, muchas, muchas veces… las personas no saben amar— me planto seria delante de él con esta idea a la que le he dado muchas vueltas.

»Somos un desastre enamorándonos, haciendo promesas a otros, al menos un hijo es algo seguro hasta que no lo es, tener un hermano no te hace sentir tan solo en el mundo. Nos hacen daño, hacemos daño— me encojo de hombros, es algo que no podemos cambiar. —Somos la herida y la daga, todo el tiempo—  lo digo lentamente, dejando caer una palabra tras otra. —Porque amamos como aprendimos a amar y a veces, aunque intentamos amar de la mejor manera que podemos, sigue siendo de una manera en la que lastimamos a otros…— acabo con mi larga explicación para tomar una respiración de aire tan profunda que vuelva a llenar mi pecho. —Y eso fue un tratado sobre el amor, escrito por Synnove Lackberg. Estará a la venta muy pronto— le hago un guiño. Me recargo en el respaldo de mi silla y me llevo el cono de café a los labios para un primer sorbo, hago espejo de su expresión traviesa con una parecida. — Decía que podría ser una buena idea, tenemos que fijarnos un día, hoy no tendré mucho tiempo. ¿Te gustaría acompañarme al instituto de arte algún día? ¡Lástima que la profesora Yorkey ya no está ahí! Me hubiera encantado que la conocieras!
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Jakobe V. Solberg
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Replico a su comentario sobre lo guapo que es su padre abriendo y cerrando mi mano como si de una boca se tratase. Bla, bla, bla. Tonterías, no hemos venido a hablar del imbécil de su padre que es el mío también. ¿O sí? Indirectamente, si planeo decirle lo que tengo en mente, no tardarán en llegar las preguntas de por qué me he mantenido callado durante tanto tiempo. Y entonces lloverán los reproches, las críticas poco constructivas y las ganas de golpear a Ivar Lackberg.

Soy consciente de que me quiere, Syvv. El problema es cuando ella no se quiere tanto como para cuidarse a sí misma. Vive en una nube tan alta que a ratos era incapaz de alcanzarla para que no se perdiera —explico, con un tinte de nostalgia en mi voz—. Ella sabe amar a sus hijos, pero no piensa que sepa amar a mi padre. Y por eso se tortura constantemente. Piensa que si deja de pensar en sí misma, no será egoísta. Al parecer se perdió el capítulo que trataba sobre ella cuando fue a clase —inquiero, y no puedo evitar sonreír de todos modos. La quiero demasiado como para, en realidad, no poder perdonarle todas las cosas que hace. Pero es superior a mí. Y entiendo que no sería de esta forma si yo viese a Ivar con los ojos con los que lo ve mi madre.

Su broma me pilla desprevenido y suelto una carcajada limpia que casi atenta con echarme el contenido del cono encima. El café ya está templado, pero no es divertido tener que desperdiciar mi tiempo cuando escuchar a la rubia es más interesante que cualquier otra cosa. A ratos pienso que debería haberle dicho todo hace mucho.

Tan sólo dime el día y ahí estaré. Pero me alegro de que la profesora Yorkey no esté ahí, ya me he ganado más de un dolor de huevos cuando he hablado con ella de cerca —Hago una mueca divertida, fingiendo un dolor agudo descarado, y sonrío de vuelta. —De todos modos, Syvv, ahora que has mencionado lo de que un hijo es seguro hasta que no lo es —inquiero, y tomo una cuchara para comer un poco de helado y, de esa manera, helar mi garganta para hablarle sobre el tema.

Estoy aquí porque he venido a buscar a mi padre —reconozco, con la voz pausada y la atención puesta en todos y cada uno de sus movimientos y expresiones—. Pensé que conocerlo me ayudaría a comprenderlo mejor, pero no ha sido así. Hace años que sé de su existencia, pero él no sabe que yo estoy aquí —aclaro, por si no es seguro que me entienda—, aunque eso no quita que hace unos días se lo haya preguntado. Fue demasiado descuidado —bufo, tomando una nueva cucharada de nuestro helado de frambuesa. —Lo que quiero decir es que tú y yo tenemos más cosas en común de las que te piensas —Y con eso alzo una ceja, esperando que sea tan receptiva como pensaba. Blanco y en botella...
Jakobe V. Solberg
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Hago girar el cono con mi mano para dar vueltas el café, meditando en silencio lo que me cuenta de su madre. Como no puede ser de otra forma, la comparo con la mía, que también sufrió la decepción de una pareja, respondiendo de una manera exageradamente egoísta, enfocándose en su carrera profesional para compensar el desastre que era su vida familiar. Esto es lo que pude entender durante el último año, cuando tuve edad para ver más allá de las acciones de mis padres que me lastimaban, tratar de entenderlos y verlos con los defectos que tienen, reconociéndolos como seres humanos que cometen errores. Me ha ayudado bastante a ser comprensiva con ellos, aceptar que somos personas con defectos nos sirve para ser más empáticos. —Es muy triste lo que me cuentas de tu madre…— murmuro, mi mirada puesta en el café. —Espero nunca enamorarme de esa manera— suelto en una confidencia que sólo me animo a hacérsela a él.

Hablar de pintarlo, que ha pasado de ser una idea delirante en mi mente a un plan posible, hace que todo mi rostro resplandezca para dejar atrás ese tema de conversación sobre padres que nos ha puesto en poco melancólicos. Sacude un poco mis estructuras que mencione a Jolene como alguien que conoce, y me tiene al borde de la mesa, casi arrojando todo mi café fuera del cono, con los ojos abiertos por la sorpresa mayúscula de que esto sea real. —¡¿Conoces a Jolene?!— grito. Ella me había dado permiso de llamarla por su nombre de pila, pero siempre tengo el cuidado de referirme a ella como profesora ante los demás. Pero si Jakobe la conoce… No shipees, Synnove. No shipees. ¡Tarde! ¡Pero si se conocen! ¡OOOOH! Me gustaría poder adoptar una pose que simule desinterés al indagar un poco más, y sin embargo, sigo como niña emocionada con los brazos sobre la mesa. — ¿Cómo la conoces?—, como mi pregunta se pisa con sus palabras, no creo que me responda.  

Lo que dice a continuación sí que me hace moverme, adoptar una postura distinta, más precavida al echarme hacia atrás porque creo que se viene algo serio. Muevo mi barbilla en un asentimiento a cada cosa que me explica para hacerle saber que le estoy prestando atención, en un principio estoy segura de que lo que busca es contármelo, desahogarse y tal vez algún consejo de los que saco de ese tratado imaginario sobre sentimientos con el que cargo. Es lo último de todo lo que no me cuadra. —¿Te refieres a que… tenemos familias complicadas?— inquiero, no puedo ver el punto al que quiere llegar, aunque algo me dice que está ahí, danzando frente a mi nariz. —Deberías serle honesto, presentarte ante él y pedirle explicaciones. Se trata de tu identidad, está obligado a responder. Y si necesitas una abogada, iré contigo a leerle tus derechos— digo, envarándome en la silla con la espalda recta y toda mi actitud como estudiante de leyes. Hasta acomodo un poco mejor el cuello de mi camisa con la mano libre que me queda. Un poco más seria, sigo: —Y porque siempre se trata de decir la verdad, las mentiras solo causan confusión y se vuelven un enredo tan grande, que luego no sabes donde comenzó. Desandar ese hilo de mentiras es muy difícil, que muchas veces cuando llegas al principio de todo, saber la verdad no era tan terrible. Todo habría sido más fácil y más llevadero de haber dicho la verdad desde un principio—. Es lo que aprendí con los años de mentiras de mis padres, ¿y ahora estamos bien, no?
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Jakobe V. Solberg
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Su ímpetu y su efusividad casi consiguen que me caiga para atrás del susto que ha conseguido darme cuando la mención de Jolene aparece desde mis labios. Su pregunta me pilla de imprevisto, ¿de qué la conozco exactamente? Coincidencias, entiendo, o puras casualidades. Que haya sido profesora de mi hermana resulta, claramente, en una sobreprotección que he sentido necesaria desde que conozco a Synnove. Sacudo la cabeza, sin saber qué contestar, y agradezco que su cuerpo se calme y vuelva a su postura habitual. O bueno, medio habitual, porque nunca la he visto ponerse tan recta y recitar un sinfín de frases que buscan...

¿Intentas hacerme sentir bien? —pregunto, entendiendo que no ha comprendido mi última frase y que ha dejado su imaginación correr para la libre interpretación—. Vivir esta mentira no me ha hecho sentirme mal en ningún momento —tercio, ¿mintiéndome a mi mismo? ¿O autoconvenciéndome?—. No ha sido capaz de reconocerme aún cuando porto el apellido de mi madre —reconozco, porque una cosa es titubear. Otra muy distinta darse cuenta nada más ató cabos en su cabeza—. Párate a pensar algo, Synnove —Me rehuso a darle la razón por mera cabezonería. No he ahondado en una mentira por venganza. He ahondado en una mentira porque no ha sido capaz de darse cuenta de las cosas. No son tan difíciles si se las plantea—. Imagina que tu madre está enamorado de Ivar. Que éste se va, abandona a su familia en Noruega porque no se creía capaz de formar una familia —cuento, como si de una historia antigua se tratase. Lo es—. Con el paso del tiempo, aquel hijo que dejó atrás hace treinta y cuatro años, decide embarcarse para buscarlo y entender qué es lo que ha hecho que nunca vuelva —Mis ojos viajan de su bebida a su mirada, y de ésta a la mía para dar un nuevo sorbo. ¿Lo estará comprendiendo?

Cuando llega, se encuentra que su propio padre ha formado una familia, y que parece haber rehecho su vida de la mejor manera. Parece feliz, parece haberse olvidado aunque niegue lo contrario. Tiene a una hija que no se merece, y que resulta ser la hermana del chico que ha viajado para encontrarlo. Adopta a un pequeño para privarlo de una vida que ningún niño se merece. No los abandona, permanece a su lado. No busca cometer los errores del pasado, ¿entonces? —La revelación es clara. Dejo que mi espalda se recueste contra la silla y devoro una nueva cucharada del helado de frambuesa—. ¿Soy un error? —pregunto, hastiado.
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Hago el intento pensar en una segunda todo lo que está diciendo, replanteármelo como para poder darle un significado, el que se me está escapando porque estoy leyendo por encima y no entre líneas. «Imagina», esa es la palabra que me sujeto para escuchar todo su relato desde una perspectiva en la que me mantengo a distancia, en que mi familia y la suya todavía se mantienen a una distancia como si no hubiera relación posible, sólo esta situación hipotética en la que toma prestado el nombre de mi padre. Hasta que su historia se ensambla con la mía como dos piezas de un rompecabezas, resuena el “click” silencioso en mi mente. La imagen que se forma es la de mi propio padre, su rostro, su pasado y su presente. Tomo una respiración para apaciguar el ahogo repentino en mis pulmones, sujeto con más presión el cono que creo que voy a romperlo, no sé dónde colocarlo para poder ponerme de pie y dar una vuelta que permita a mis neuronas tener un minuto de tregua.

Somos esa idea de una familia feliz, pero sé que no es cierto. Yo sería esa hija que no merece. Simon el niño que adoptó para darle un futuro posible. Parpadeo un par de veces para aclararme la mirada, porque veo borroso y el rostro de Jakobe pierde nitidez para mí, sus rasgos se vuelven difusos, dudo en poder decir que tiene de él y que tiene de mi padre, ser capaz de diferenciarlos. Sé que al tardarme en contestar a su pregunta estoy dando espacio para que ensaye una respuesta de mi parte en su mente, que vague entre mil escenarios posibles en que me vea diciéndole que sí, que es un error, pero es algo que yo nunca diría. Procuro encontrar mi voz para espantar esos fantasmas antes de que se asienten. —No, no— suelto de manera atropellada. —No eres un error, por supuesto que no lo eres…— digo con énfasis para convencerlo, sosteniendo su mirada con la mía. —Mi padre… papá fue quien cometió una equivocación, él…— abandonó a su hijo. Y no sé cómo funciona el amor, que nos hace capaces de seguir perdonando a la otra persona. —No tendría que haberte dejado, tendría que haberse quedado contigo… o traerte…— murmuro, bajando varios tonos de mi voz. —Tenerte con él, hasta conocer a mamá… hasta conocerme a mí…— susurro, y se me llenan los ojos de lágrimas porque eso lo cambiaría todo, podría haber crecido con un hermano. No me habría sentido tan sola.
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Jakobe V. Solberg
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Observo cuidadosamente cada uno de los gestos que parezco provocar en la que, abiertamente, puedo decir que es mi hermana. No es una revelación que nadie se esperaría, de hecho Ivar ha sido capaz de titubear en varias ocasiones desde que las circunstancias se han visto distorsionadas para darle a entender más de lo que debería. Todas por error, pero ninguna tan directa como la que acabo de soltarle a Synnove que, drásticamente, parece al borde de un ataque de pánico que no estoy seguro de si voy a ser capaz de tratar. No porque no quiera, sino porque sería la primera vez que de verdad me hiciera sentir como el hermano mayor que, pese al misterio, siempre he sido para ella.

Mis labios se curvan, nostálgicos, cuando me adelanto un poco para alcanzar el dorso de su mano y consigo acariciarlo hasta apretarlo en un lazo fraternal con el que intento que se siente segura y no titubée de sus cosas. —No tengo ni idea de qué es lo que estás pensando, o qué es lo que se te está pasando por la cabeza —inquiero, observándola fijamente conforme aprieto con suavidad pero con firmeza—, pero no es tu culpa. Y no quiero que pienses que no me alegro de que tú estés viva porque tu padre no se quedó en Noruega a cuidar de las personas que dejó cuando abandonó Europa —resumo, negándome a llamarlo padre. Negándome a pensar en que lo que dejó fue su familia. Ni siquiera él pudo haber caído tan bajo como para tener la osadía de llamarnos de aquella manera a mi madre y a mí.

No somos nada para Ivar.

En cualquier caso, Syvv, no es algo que quiero que vayas diciendo por cualquier lado —comento, y esta vez estoy serio aunque no tengo nada en contra de ella—. No necesito que se ventile, ni que él lo sepa. No me compensa, ¿de qué serviría? No vamos a arreglar nada y tampoco pretendo que se martirice para acabar siendo la víctima —Ruedo los ojos, soltando un resoplido leve que, sin embargo, alerta a varias personas de nuestro alrededor. Las despacho con la mirada y una ceja en alza, como pretendiendo buscar explicaciones de qué se les hace tan interesante en nuestra conversación privada. —Si te lo he contado es porque quería que lo supieras. Siempre has tenido un hermano cerca —sonrío. A mis quince años nació ella, y no fue hasta los dieciocho que fui consciente de ello. Desde entonces he procurado estar pendiente a todos sus pasos. Nada más que porque me sentía en confianza con ella. Y lo que nadie sabe es que, en realidad, era una manera de mantenerme atado a la figura de mi padre.
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«Tu padre», esa distancia tan marcada en su voz me duele, no lo reconoce como propio. Esas personas de las que habla, las que dejó atrás cuando se arrojó lejos de Europa, de esa tierra de la que nunca menciona y comienzo a comprender los por qué, esas personas eran la familia que abandonó. Pienso en mi madre, en los últimos años en que la vi endureciendo las facciones de su rostro y vaciando su mirada para que no se notara el daño que le había causado mi padre, me hacen pensar en la madre de Jakobe. Si todo lo que a nosotros nos lastimaba resultó ser una mentira para proteger a un niño, ¿hay alguna manera en que esto también sea resultado de una confusión? No lo creo, esta vez esa «otra familia» somos mama y yo. La vida tiene extrañas vueltas para colocarlos en posiciones que nunca esperamos ocupar.

No lo diré— lo prometo, por un compromiso hacia él que me lo ha confiado, y nada más decirlo, me arrepiento. ¿Por qué tenemos que ocultarlo? No, no. Lo que tenemos que hacer es hablar con papá, que le de las explicaciones que se merece, y si ninguna es lo suficientemente buena, que al menos le pida perdón. Me veo exigiéndole a mi padre que lo haga, lo necesito por Jakobe y también por mí, porque no habérnoslo dicho en todos estos años. Porque yo si me siento capaz de perdonarlo, todas las veces que hagan falta, pero necesito que lo diga y saber que está realmente arrepentido. —Yo no diré nada, pero sí creo que tienes que decírselo en algún momento— opino, los motivos por los que elegí permanecer en el silencio no me convencen, pero como hice una promesa, esperaré a que sea él quien encuentre la ocasión de hablar con la verdad.

No voy a defender a papá, no te pediré que hables con él porque crea que es posible una reconciliación, aunque si te tengo que ser honesta, me gustaría que pudieran entenderse…— suspiro, alzando mi mirada al cielo mientras pestañeo para limpiar las gotitas prendidas en las puntas. ¿Alguien puede culparme? La mayor parte de mi vida he visto a mis padres separados bajo un mismo techo, acaricié la idea de una familia todo este tiempo, y no me importa que sea con fallas, con heridas y suceda de los modos más raros, sigue siendo lo que más quiero. —Tienes que decirle que es tu padre, que eres su hijo, porque quieras o no es un lazo que está entre ustedes, no importa que lo tengan como un secreto, que no sea visible a ojos de nadie más. Sigue estando allí…— musito, tomándome su mano para sujetarme. —Como eres mi hermano, lo has sido siempre y lo seremos hasta el último día, no importa el tiempo que no nos conocimos… porque incluso en ese tiempo lo fuimos…—. Creo que puedo sonreír y que parte de ese brillo se aprecie en lo claros que pueden ser mis ojos. —¿Por eso te acercaste a mí?—. No sé siquiera para qué lo pregunto, conozco la respuesta. —Kobe, no sabes lo sola que me sentí algunas veces… y no sabes lo que me consuela haber tenido cerca mi hermano, pese a que no lo sabía que lo eras… yo…— me tiembla un poco la voz, tengo que aclarar mi garganta para continuar: —¿Te quedarás conmigo? Se lo digas o no a papá, ¿me prometes que te mantendrás cerca?
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Jakobe V. Solberg
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Niego sin mediar respuesta porque no tiene sentido que termine sabiéndose. Si Ivar no ha sido capaz de mantener el contacto durante todos estos años, ¿por qué tendría que ser yo quien le dé la buena nueva? No hay interés, no hay ni un ápice de intriga por conocer el paradero y la vida de la que una vez fue su mujer. Ni tampoco por entender qué fue de su hijo. ¿Acaso se acuerda?

Tu... nuestro padre —me cuesta reconocerlo, pero por respeto a lo que le he dicho intento convencerme de que no es nada malo, al menos, figurarlo como la persona que es y lo importante que una vez fue para mi vida—, tiene demasiadas cosas que hacer como para siquiera frenar un poco y pararse a preguntar qué habrá sido de Eliza —menciono por primera vez el nombre de mi madre. Pocas personas lo conocen, seguramente sólo Marco y Arianne, pero es un secreto, un recuerdo, que no me duele compartir con la rubia—. No es algo que se pueda perdonar de buenas a primeras. Lleva años intentándolo, Syvv, y desde entonces no he visto ni una sola muestra de interés por su parte —Me encojo de hombros. No busco dañarla, sé que lo está pasando mal y que todo ésto le afecta. Sólo intento que me comprenda.

Puede ser —aclaro, regodeándome en esa duda fingida que seguramente la saque de quicio por unos instantes—. Digo... no es como que seas taaaaan importante —exagero, volviendo a tomar un poco del helado que se está acabando con demasiada rapidez mientras que el café ya quedó frío. Sus palabras dejan que mi mente se pierda en el recuerdo de su figura, apenas hará unos años, cuando empezaba a buscarme por entre el resto de alumnos de su colegio. ¿Cuántas veces ha estado Ivar para ella? ¿Cuántas su madre?

Justo detrás de tí, Syvv —aseguro, guiñándole un ojo y volviendo a apretar su mano con firmeza—. Quién si no va a quitarte de encima a todas esas garrapatas que busquen algo más que salir a dar una vuelta —ruedo los ojos, ¿acaso no la rondaban el otro día? —No tuve nada que ver con la desaparición repentina de ese chico, lo prometo —asiento, con fijeza. —No te he quitado un ojo de encima en ningún momento, Syvv, y no lo pienso hacer —resumo, medio sonriendo. Si de mí depende su protección, puede estar segura de que nada ni nadie conseguirá hacerle daño. No sin pisar antes los restos de mi cadáver.
Jakobe V. Solberg
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Dije que no defendería a mi padre, sin embargo las excusas que usé para mí misma todos estos años en que creí en la indiferencia de mi padre, puedo prestárselas un rato. También compartirle un poco de la verdad que conozco, para que sea posible entenderlo. La cuestión es, ¿qué logro con eso? Siquiera dar un aliento a Jakobe para acercarse al hombre, cuando tengo que darle la razón en que no es cosa suya dar todos los pasos para hacer posible ese encuentro, ¿qué hay de mi padre? ¿Por qué no piensa en ese primer hijo? ¿Acaso lo cree perdido en el viejo continente? No creo llegar a comprender del todo la mente de mi padre aún, apenas si logré echarle un vistazo cuando me confesó la verdad sobre Simon, son tantas las cosas que aún ignoro, que pese a la promesa que le hice a mi hermano de no contarle nada, mi curiosidad me obliga a empezar a indagar en el pasado del hombre que fue Ivar Lackberg.

Comprendo, Kobe— asumo con la seriedad de la que puedo hacer gala a veces, que va más acorde a ese semblante taciturno que puedo tener a veces, y no a la niña que todavía hace bromas que pocas personas prestan oídos. Jakobe lo hizo, por años, quiero poder ayudarlo de alguna manera. —Y no tienes que obligarte a perdonar, cuando la persona que te lastimó no te ha pedido perdón. Habrá gente que dice que los sentimientos corren a cuenta de cada uno, yo no lo creo. Todos los sentimientos son de a dos, desde el amor y el odio, hasta el deseo de pedir perdón y perdonar…— seguimos con ese tratado que tal vez debería escribir, me lo rechazarían en todas las editoriales, claro, y tendría que volver a ejercer en leyes, pero sería tener en limpio un par de ideas. —Por eso creo, con todo mi corazón, que se deben un encuentro. Tal vez no pronto, quizá falte un largo tiempo. Hasta que nuestro padre… se convierta en esa persona que pueda pedirte perdón—. He tomado una postura en esto, queda evidente. No amo menos a mi padre por esto, sin embargo le reconozco el error. —Y no diré nada de lo que me contaste, pero si está en mi haré lo posible porque papá se convierta en esa persona—. Si otra vez, vuelvo a tener la ocasión de que me abra su esquivo corazón.

Se me curva la boca en una mueca de sonrisa y ruedo mis ojos, riéndome por dentro de su intento de quitarle importancia al hecho de que estuvo acompañándome este tiempo, que no me acreciente el ego por creer que ha girado a mi alrededor. ¡Qué tonto! Muerdo el cono de helado al acabarse mi café, la sombra que cruza por mis rasgos dura apenas un segundo, recordando como en una de las últimas fiestas de curso, antes de que comenzaran las vacaciones, la pasé tan mal con mis compañeros y unos chicos. Todo por haber hecho el estúpido intento de encajar en un grupo que no era para mí, y si no hubiera sido por esa loca extraña que me ayudo, no sé cómo hubiera salido de ahí. Me conmueve saber que nunca estuve realmente sola, que en realidad siempre hubo gente para mí. Y uno de ellos resulta ser nada más y nada menos, que mi hermano. Sostengo su mano y comparo los tonos de piel, tiro de él con cuidado para que se incline más cerca de la mesa y saco mi móvil del bolsillo de mi pantalón. —Vamos a sacarnos una foto— cambio el sentido de la cámara para que nos enfoque a ambos, y para que no se alarme de que alguien pueda verlo en Wizzardface, aclaro: —La guardaré para mí, es para tener fotografías de mi familia—. Con un apretón cariñoso de mi mano quiero hacerle saber que si bien antes era un amigo al que me aferraba, ahora es un hermano al que no dejaré ir.
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Jakobe V. Solberg
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Niego con la cabeza, intentando engañarme. Sé que nos debemos una conversación, pero si ni él mismo es capaz de poner de su parte, ¿quién me obliga a mí a hacerlo? Diablos, escucharla hablar no hace más que tenga que pensar en demasiadas cosas. No lo digo en voz alta, pero sin duda Synnove es la única persona capaz de traerme loco con esos temas. Quizás haber exteriorizado algo más de mí ha servido para conocernos mejor, más teniendo el cuenta de que hay algo más que una amistad la que nos une; pero estoy convencido de que no seré capaz de dormir esta noche. Y todo en parte porque ella abre ideas en mi cabeza que buscan, de alguna manera, que solucione todo lo que ha estado pasando con Ivar desde que lo conocí.

Soy un dolor de huevos para tu padre, y créeme que lo he disfrutado desde que entré al Ministerio. Si mi meta en la vida era hacer la suya un calvario, créeme que me he esforzado desde siempre —Me encojo de hombros, tomando el contenido del café helado improvisado y completamente diferente a lo que estamos acostumbrados a tomar. —Digamos que se divierte al verme pasar, le encanta verme aparecer por su despacho cuando menos se lo espera —Ruedo los ojos, hasta el borde de ponerlos en blanco. Corto el tema, porque prefiero no seguir hablando de todo aquello, y me acerco a su lado para tomarnos esa foto de la que tanto habla.

Familia.

¿Por qué suena tan bien cuando lo dices? —inquiero, fingiendo una molestia que en realidad no tengo—. Cuando lo dices tú, claro —corrijo, pues tampoco estoy convencido de que me suene bien hasta si lo dicen mis compañeros de trabajo. Medio sonrío, agachándome para poder entrar en el encuadre de la foto improvisada, y en el último segundo planto un beso divertido en su mejilla. El sonido de la cámara del móvil hacer la foto nos sorprende, y yo me encojo de hombros para restarle importancia. —Al menos que tengan claro que tienes un hermano que no se anda con chiquitas. Por si alguno se atreve a decirte algo —le guiño un ojo, ayudándola a incorporarse para que salgamos de allí antes de que el tiempo nos joda la vida.

Quizás hoy he avanzado más que nunca, o he retrocedido un par de pasos. Pero estoy convencido de que la rubia no va a decir nada, y que podremos seguir estando bien tras aquella charla. Así lo hemos predispuesto, y así estoy convencido de que será.
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Ay, Kobe…— me lamento al saber que su relación con nuestro padre es de ese tipo, quiero mostrarle una expresión reprobadora por tomar esa actitud, pero lo que me sale es un suspiro de aflicción de los labios, breve y esquivo. Pensar que la única manera en que podemos posicionarnos en la vida de una persona para que nos tenga en cuenta es incordiarle en cada oportunidad, sale un poco de mi fracaso tratando de ser la hija modelo que evita ser un dolor de cabeza para sus padres así la tienen en cuenta. No, no es algo que pueda aconsejar como una buena manera de que los padres presten atención.

Es todo lo contrario, tratando de ser alguien de quien se enorgullecieran por su impecable conducta, lo único que consigue es tener este rasgo invisible que se extiende bastante a otras facetas de mi vida. Si no fuera porque a veces me encuentro en los ojos de Jakobe, así como en otros pocos, me sentiría transparente, a punto de desvanecerme. Si es cierto cuando me dicen en clase de pintura que cuando me pongo a trabajar es como si no existiera en este mundo, tal vez un día eso suceda, sólo me desvaneceré. Podría tomar un poco de mi hermano esto de ser un incordio, de preguntarle más seguido a mis padres cuánto me quieren o plantearle caprichos, puede que consiga algo.

Y sé que no lo haré… me conformo con las cosas más vanas, como tener una única fotografía con mi hermano cuando lo que me gustaría en realidad es que todos salgamos en un retrato familiar. No depende de mí, claro. Puedo usar la palabra «familia», pero no soy quien hará posible que se concrete. —Porque es una palabra hermosa, la más hermosa de todas. Más hermosa que «amor» o «valentía»— se lo digo con todo el orgullo que puedo reunir en mis actos románticos espontáneos que surgen en una mesa de cafetería, trato de no sentir vergüenza por lo que digo, porque en el fondo es en lo que creo. —Cuando tienes algo que puedes llamar «familia», lo tienes todo en el mundo…—. Y puede que la mía no sea el ideal, sino pedazos separados y que se desencuentran, que no tengo idea de cómo conseguiremos unir, todos estamos un poco lastimados en el fondo, mis padres, él mismo, también Simon. Pero el sentimiento está allí, yo creo que al final será lo que tire más fuerte, hará que nos encontremos y nos mantengamos juntos. Puede que no en un mismo lugar, pero tengo un hermano en este mundo y donde sea que esté, en el tiempo que sea, será algo que está ahí para mí en este mundo.
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