The Mighty Fall
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This slope is treacherous ✘ Lara

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Mensaje por Hans M. Powell el Lun Jun 03, 2019 8:30 pm

Recuerdo del primer mensaje :

Puedo escuchar la cháchara de Kirke, pero la verdad es que no le estoy prestando atención alguna. Sé que Josephine se da cuenta porque mira con las cejas levemente arqueadas los garabatos que hago en la hoja que tengo adelante, fingiendo que soy todo oídos a pesar de que ella, que es la única que se encuentra a mi derecha, puede ver que tengo la cabeza en cualquier otro lado menos en esta junta. ¿Para qué, de todos modos? El nuevo proyecto de ley que mi colega tanto se esfuerza en retomar es anticuado, ya nadie hace uso de animales domesticados para la comunicación, por muy mágicos que sean. Los muggles nos regalaron la tecnología, una de las pocas cosas útiles de su existencia y, con nuestros propios toques, se ha vuelto una pieza fundamental en nuestro sistema. Ahora, volver a implementar lechuzas, por muy atado a nuestras raíces que esté…

Ha sido un verano de lo más anormal, incluso si me salgo del terreno profesional. Esta semana me encontré buscando un regalo de cumpleaños para Meerah y aún no decido que será, incluso cuando pasaron unos días y salvé la situación enviándole chocolates y la promesa de un festejo. Lo malo es que aún no nos hemos podido ver y eso significa que tendré que darle el regalo grande cara a cara, pero soy un completo inexperto. Obviando el detalle hogareño-parental, también he encontrado un uso nuevo al salón de archivos, en especial al rincón cerrado y confidencial donde solo yo tengo acceso y las cámaras de seguridad no tocan ninguna esquina. Es el sitio ideal para escabullirte cuando te cruzas casualmente en el ascensor y acabas arrastrando a cierta mecánica para tener quince minutos de privacidad entre las corridas ministeriales, lejos de las miradas de los curiosos, aquellos que he ignorado por las últimas semanas. Un ridículo detalle que recuerdo sobre ayer por la mañana me pinta una vaga sonrisa que disimulo al bostezar, haciendo que Kirke se silencie de una buena vez. Es fácil, si yo demuestro signos de aburrimiento, saben que no tiene sentido seguir hablando. Eso nos ahorra muchos problemas y ni hablemos de tiempo  — Si encuentras el modo de hacer que todo este proyecto no suene como un malgasto de recursos, presenta un informe en mi oficina. No veo las razones por las cuales algo de esto… — señalo de mala gana la pantalla, con los gráficos que él mismo ha armado — Pueda ser útil a nuestra sociedad actual. Además, las leyes de protección de criaturas y animales mágicos son las más estables que tenemos. ¿Por qué cambiarlas por un capricho tradicionalista? — cierro mi carpeta y Josephine ya está tendiendo la mano cuando se la paso. Sin más, me pongo de pie y tironeo un poco de la camisa para quitarle las arrugas ganadas en los últimos cuarenta minutos — Creo que pueden seguir sin mí y solo avisarme cuando dejen de desperdiciar la sala de juntas en temas tan poco influyentes. Que tengan unas buenas noches.

Apenas oigo el saludo general, porque estoy chequeando la hora en el reloj de pared y creo que es un poco obvio que salgo por la puerta con paso apretado. Aún no es el horario de salida, pero como sé que no tiene sentido regresar a la oficina, me encamino directamente al ascensor. Para mi horrenda desgracia, la única persona que se sube conmigo es Patricia Lollis, así que miro para cualquier otro lado incluso cuando frenamos en el piso de tecnología y tengo que moverme hacia un lado para hacerle espacio a la mujer morena que se nos suma, a quien saludo con un movimiento de la cabeza meramente cordial. No me pasa desapercibida la mirada chismosa detrás de los lentes cuadrados de Patricia, pero como se baja antes de llegar al vestíbulo, puedo suspirar como si hubiese estado conteniendo la respiración — Recuérdame despedir a esa mujer para el año próximo. Si pusiera el énfasis que usa para chismorrear en su trabajo, tendríamos el departamento más eficaz de todo el ministerio —  se me escapa una sonrisa vaga y saco mi comunicador del bolsillo, mostrándole la hora — Cinco minutos temprano antes de lo acordado, Scott. Vas a poder usarlos para darme ideas de qué regalarle a una niña consentida de trece años — bromeo, fue solo un mensaje al pasar de esta tarde y, la verdad, estoy seguro de que ni le ha prestado atención. Mi mirada se va derecho a dónde sé que está la cámara de seguridad, por lo que vuelvo a guardar el comunicador con naturalidad cuando se abren las puertas que dan al hall — Asumo que sigues sin querer ir a mi casa, así que podemos ir a la tuya. Al menos que quieras pasar la noche entre archivos apilados o cumplir nuestra deuda del karaoke. Tienes que ayudarme a olvidar que acabo de desperdiciar casi una hora hablando sobre aves — me encojo de hombros sin mucha importancia y avanzo por delante de ella, fingiendo total indiferencia al moverme entre los empleados que aún se manejan dentro del edificio. Como dije, semanas extrañas, pero creo que las cosas no han cambiado tanto como para mostrarnos continuamente abandonando el ministerio en compañía. Hay líneas que no se deben cruzar.
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Mensaje por Hans M. Powell el Jue Jun 06, 2019 11:54 pm

Teníamos un jardín y la tortuga se la pasaba afuera. Era una especie de norma — me encojo de hombros, los detalles tan banales de mi infancia son cosas en las cuales no suelo pensar y me sorprende el darme cuenta de que los recuerdo muy bien. No puedo decir que fue una mala niñez, el problema estuvo cuando las cosas se torcieron en dirección a la desgracia. Su aclaración sobre sus afirmaciones me tiene sin cuidado, no es algo que tuviera que ocultar, así que sacudo la mano para que no le dé importancia. Lo que sí me toma por sorpresa es lo siguiente y me tiene abriendo la boca con diversión, debatiéndome entre sentirme ofendido o no — ¿Cómo debería tomarme eso? ¿Estás presentando una queja no formal sobre mi desempeño? — bromeo, sé que si no funcionaramos en ese nivel, no estaríamos aquí. Quedó en claro más de una vez que lo que nos unió en primer lugar, fue la piel.

Me hago el desentendido dos segundos, en los cuales me quedo callado mientras como con la sorna en los labios — No vas a dejarme pasar esa... ¿Verdad?— sé que no lo hará, en especial cuando parece muy dispuesta a contestar lo que he dicho y parece haberse tomado muy a pecho mis palabras. Empieza a desnudarse, pero los movimientos de sus manos son opacados por sus palabras. No pensé que tuviera una historia tan larga, estoy seguro de que mi respuesta sería mucho más breve: me gustó una niña en tercer grado, le envié una carta y me rechazó, fin del comunicado — Que historia dramática, te dije una vez que eres una romántica encubierta — apoyo el plato vacío sobre la mesada y me tomo el poco fino descaro de pasar un dedo para chupar algo de salsa, dándome por satisfecho. No puedo decir que ha sabido tan mal — ¿Tu lunar? ¿Cuál de todos tus lunares? — finjo demencia, me rasco mi propio lunar en el cuello y le sonrío a medias — Jamás pensé en eso. Creo que lo que me gusta es la combinación, tienes una boca que me encanta y el lunar le da su toque — no sé si es porque siento que he sido honesto o porque se lo debo por lo del cinturón, pero desabotono lo que queda de la camisa, muevo mis brazos y la dejo caer al suelo. Las pastas debieron estar pesadas, porque siento un extraño calor subiendo por mi garganta y me relamo al reconocer la boca algo pastosa.

Por alguna razón, parpadeo con fuerza y me siento lento al mover la banqueta para estar más cerca de ella — Piensas que soy sexy — creo que no se lo estoy preguntando, es una afirmación cargada de seguridad. Paso las manos por sus muslos hasta rodearla con los brazos, apoyo el peso de mi torso en su banqueta y sonrío vagamente cerca de sus labios, entornando los ojos al querer enfocar los suyos en la cercanía — Pero lo que más te gusta de mí es mi cabeza. Y mi... — lo pienso un momento, haciendo memoria de sus gestos — ¿Cabello? — ahí sí que me arriesgo, lo demuestro en mi modo de reír entre dientes al inclinarme para besar el lunar con el cual ella me ha acusado — Si me he equivocado, al menos déjame quitarte la ropa por mi cuenta — al menos que no sienta el mismo hormigueo que yo en los dedos, pero ese no se siente tan familiar.
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Mensaje por Lara Scott el Vie Jun 07, 2019 5:16 am

Este de aquí— paso mi pulgar por el lunar en el que acaba mi comisura, el que ha besado en un par de ocasiones y otras tantas veces ha rozado en una caricia. Su respuesta hace curvar mis cejas en un gesto insinuante, no esperaba que su explicación se volviera un cumplido que me sorprende y me hace sentir satisfecha, como si acabara de redescubrir una parte de mí misma en el espejo. —Supongo que gracias—. Siendo justa, si lo que le gusta es mi boca, no hubo acierto. Pero no seré quien ponga reparos y lo detenga cuando emprende la tarea de sacarse la camisa, en tanto a mí me queda medio plato de fideos por acabar. Los enrollo todo lo largos que se puede para acabarlos en unos pocos bocados que van ensuciando mis labios con la salsa, y mi risa es contenida por el progreso de quedar ambos a medio vestir. El tenedor tintinea contra el borde al plato al abandonarlo con unos espaguetis que llenan el fondo, para girar hacia él en mi banqueta cuando escucho su susurro cercano.

Podría haber ganado su ronda de quedarse con esa primera afirmación, si no pensara que lo es no dejaría mi cena tan a la ligera, para poder arrastrar mis manos precisamente por su cabello. Tengo la confusión momentánea de creer que cuando se refiere a su cabeza, está halagando a su inteligencia, y su aclaración de que tengo una supuesta fascinación por sus mechones que no se deciden si son castaños o rubios, me saca una carcajada que queda retumbando entre los dos. —No lo sé…— musito, me cuesta hallar mi voz para hablar. El calor de sus manos sobre la tela que cubre mis piernas subió a mi pecho para extenderse en un ardor al ser envuelta por sus brazos alrededor de mi cintura desnuda. Busco sus labios sin encontrarlos cuando pasa cerca del lunar. —Puedo hacer una excepción al juego— cedo. Pero no espero a que lo haga en esta posición incómoda. Me suelto de sus brazos para poder quitarme los zapatos y que caigan al suelo, entonces desciendo de la banqueta para tomarlo de la mano y que mis pies descalzos nos conduzcan al sillón. Apoyo mis manos en sus hombros para hacerlo sentar, parándome en medio de sus rodillas, y vuelvo a hundir mis dedos entre los mechones de pelo que salen en puntas. —No sé si lo que me gusta es tu cabello o hacerlo un desastre…— murmuro en un arrastre lento, que sigue a mis pensamientos en igual velocidad. Siento más erráticos los latidos de mi corazón, como si todavía no se decidieran si van a empezar una carrera o harán de cada pálpito una agonía. —Un último acierto a cambio de las prendas que te quedan— negocio, no sé si es por la expectativa que siempre me marea, mis pensamientos se van envolviendo en niebla. —Te gusta que esté arriba— sonrío para él.


Última edición por Lara Scott el Sáb Jun 08, 2019 4:42 am, editado 1 vez
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Mensaje por Hans M. Powell el Vie Jun 07, 2019 5:57 am

Mis cejas se mueven con expectativa ante las excepciones, sabiendo que pronto dejaremos las normas a un lado. Ni siquiera llegó a agradecer por ello, que tengo que echarme hacia atrás para dejarle el espacio que le permite sacarse los zapatos y levantarme de mi sitio. Creo que debería preocuparme la facilidad con la que siempre la sigo, jamás pongo reproches cuando me acomoda en un sitio como el sofá y mis ojos buscan observarla desde abajo como si fuera una perfecta visión — Creo que es ambas cosas. Jamás me quejaré de que lo hagas un desastre, si te interesa saberlo — echo un poco la cabeza hacia atrás por el paso de su mano entre mis mechones y le sonrío suavemente. Pongo mis manos en los bolsillos traseros de su pantalón y me enderezo aún sentado, arqueando mis cejas en su dirección — Me quedan dos, espero que sea un acierto que las merezca — pero lo que apuesta me hace ensanchar la sonrisa, esa que ahoga una risa apenas audible — ¿No fue siempre un poco obvio? Aunque eso depende...— me inclino hacia delante, rozo su ombligo con mis labios y dejo salir un largo suspiro — Me gusta hacer lo que quiera contigo, tanto como me gusta que hagas lo que quieras conmigo. Es un empate.

Apenas y me doy cuenta de que he apoyado la frente en su vientre y respiro con pesadez. Hay algo acelerado en mí, los ojos pican y cuando me muevo, mis extremidades se sienten de plomo. Saco las manos de sus bolsillos y las dejo caer, acabando con los brazos colgando a lados de mi cuerpo y recargo mi mentón en su panza para poder mirarla — ¿Siempre fuiste tan alta o te estoy viendo de muy abajo? — no sé de dónde sale esa pregunta, me hace reír brevemente y de un modo algo más agudo de lo normal — ¿El curry o algo de todo lo que agarré, tenía alcohol? Me siento... — ¿Extraño? No sé cómo explicarlo. No entiendo si me muevo lento o rápido cuando me separo un poco y le desabrocho los pantalones, aunque pronto recuerdo que no eran los suyos sino los míos los que tenía que sacar. Me disculpo en un murmullo y me echo hacia atrás para apoyarme en el respaldo, bajo el cierre y tiro de la prenda con más fuerza de la habitual.

No sé cómo es que termino sentado con los pantalones a medio bajar, tal y como si hubiera quedado tendido en un inodoro, y noto que tengo que parpadear para enfocar la mirada perdida. Levanto una mano, la abro y cierro delante de mí y se la enseño como si hubiera descubierto algo completamente nuevo — ¿Alguna vez pensaste en la cantidad de veces que te toqué en este tiempo? Es una locura. Un día me odias y al siguiente puedo reconocerte entera — las palabras se me salen solas, supongo que es por eso que me vuelvo a reír y me froto los ojos con los nudillos cual niño soñoliento — No puedo creer que eres tú, estoy en tu casa y siempre me tienes sin ropa. Y pensar que... ¡Puf! — ruedo los ojos con gracia y hasta uso mi lengua para hacer un ruidito que parece un gas. Alzo las manos y las muevo, como si buscara tranquilizarme y tomar aire — De acuerdo, quizá sí fue demasiado curry — y solo por callarme, busco estirarme para besarla. Es un intento fallido, porque la risa me vuelve a brotar y me echo hacia atrás, cubriéndome la cara con las manos para ahogar el sonido. No sabía que un afrodisíaco podía ponerte tan idiota.
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Mensaje por Lara Scott el Sáb Jun 08, 2019 5:52 am

Peino su cabello hacia atrás con mis dedos, limpiando su rostro que miro desde mi altura y el calor que me provoca su declaración de empate se funde con la sensación placentera de que todo mi cuerpo se está relajando a su toque. Su respiración contra mi piel me causa cosquillas, lleno el poco espacio entre nosotros con mi risa que suena ronca, mis manos caen de su cabello lentamente sin que encuentre la voluntad para devolverlos a donde estaban y descienden hasta sus hombros, de los que me sostengo porque el mareo se vuelve más real. Nada tiene que ver con la manera en que siempre tiene de dejarme en vilo, esta vez me cuesta encontrar sus ojos con los míos. Cuando lo hago, trato de responder a su pregunta sobre la diferencia de estaturas, tomándola más en serio de lo que debería. —Tendrás que aceptarlo así, porque esta noche te toca estar abajo—. Todavía le queda cumplir con su parte del juego, y siendo honesta, no veo la diferencia de que sea mi pantalón o el suyo el que primero toque el suelo. Me río de su equivocación, con un humor más marcado. No logro interpretar su siguiente pregunta, ocupada en quitarme el pantalón con una lentitud que no es intencional, sino culpa de la poca colaboración de mi mente en ordenar mis movimientos. —Tu salsa era rara…— lo digo como una broma, pero sí es cierto que tenía un sabor que el hambre perdonó.  

La ropa se enreda en mis pies y tengo que dar un paso con cuidado para salir del lío, me falta su hombro como sostén. Me río de mí misma al tambalearme. Un extraño júbilo llena mi pecho, tengo carcajadas fáciles subiendo por mi garganta y estallan contra su cuello cuando aprovecho su postura para acomodarme sobre su regazo con mis piernas a los lados de su cadera. Nada de lo que dice puede ser tomado como un chiste, pero lo hago. Busco su mano, la que usó para referirse a lo mucho que conoce y reconoce de mi cuerpo, y hago coincidir nuestras palmas para medir la diferencia del largo de nuestros dedos. Parpadeo un par de veces hasta enfocar mi mirada y poder asombrarme de que hasta el tono de nuestra piel sea tan diferente. Mi sonrisa se extiende tanto cuando toca echarle la culpa al curry, nuestras bocas erran en encontrarse y vuelve a temblarme los hombros por la risa de regodeo. —Eso quiere decir que no dormiremos esta noche— digo, sabiendo que es lo que le advertí antes, pero me requiere de un esfuerzo mental recordar nuestra charla de hace minutos. Me dirijo a su garganta para presionar mis labios donde su percibo su latido y a medio trayecto, me rindo dejando caer mi frente en su hombro. No paro de reírme, que tengo que pasar una mano por mis párpados para tratar de aclararme. —Si te quedas conmigo unos días, no hace falta que traigas ropa—. ¿Por qué vuelvo al tema del viaje? —Todas las comidas tendrán curry y no te darán ganas de dormir, lo prometo. ¿Por qué no te quedas conmigo?— suelto una carcajada que no se corresponde con la pregunta, me recargo contra su pecho y me quedo escuchando el sin sentido de sus latidos.
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Mensaje por Hans M. Powell el Sáb Jun 08, 2019 6:16 am

No tengo quejas sobre estar abajo ni a su crítica de la salsa que hice con tan poco esmero, no recuerdo un sabor demasiado extraño pero sí algo picante por toda la porquería que intenté incluir a pesar de no saber ni para qué servía. Tiene un modo raro de tocarme, no distingo las razones y estoy seguro de que jamás estuve tan consciente del tacto de sus dedos, como si aquel sentido se hubiese incrementado al cien por ciento. Se acomoda sobre mí y el calor que me regala con su peso me hace sentir la pereza de la comodidad, estiro mis dedos junto a los de ella y mis ojos se detienen ahí como si fuese el detalle más importante en esta habitación — Tienes manos pequeñas … o tal vez las mías son muy grandes — o son las dos cosas, o son sus dedos, o no tengo idea, solo lo dejo caer. Creo que ni me escucha y no me importa, porque regreso los ojos a ella cuando afirma que no dormiremos esta noche — ¿Pensabas dormir? Siempre creí que es lo último que hacemos. Siempre cogemos, dormimos un rato y a la mañana siguiente o escapamos o seguimos cogiendo — ni reparo en lo burdo que estoy sonando, lo tomo como una verdad implementada entre los dos, pero igualmente me río. Creo que es porque ella no deja de hacerlo. Sentir que cae sobre mi hombro es la excusa que tengo para rodearla con un brazo y dar algunos toquecitos con los dedos en la línea de su columna — ¡Sabía que querías que me quede contigo! — la acuso como si hubiese ganado la lotería, con una sonrisa tan ancha que no sé si me entra en la cara. Hasta me río porque me imagino a mí mismo con una boca más grande que el tamaño de mi rostro — ¿Es eso? ¿No te atreves a decirme que me quieres en tu casa sin dormir y comiendo curry por días? Porque puedo hacerlo. Hay muchos platos a los cuales se les puede comer curry y estoy seguro de que nos queda un rincón en este departamento donde no hayamos tenido sexo — Y si no lo hay, pues da igual, me lo inventaré

Muevo la cabeza en busca de su boca pero me encuentro con su cuello, así que le doy un suave mordisco o, al menos, lo que yo considero “suave” — Creo que tendrás que… — me muevo un poco para sacudir los pies y quitarme lo que queda del pantalón, provocando que ella se mueva al estar encima mío. Los rebotes me hacen reír a carcajadas, seguro de que mis mejillas han tomado cierto tinte rojizo — Mira, intenta enfocarme — uso dos dedos para señalar mis ojos en señal de que me mantenga la mirada. No sé por que, pero vuelvo a sacudir las piernas en un intento de que ella rebote una vez más y me lanzo hacia delante, abrazándome a ella al detenerme — Tendríamos que tener nuestra propia isla de curry. Todo sería mucho más fácil — es un pensamiento salido de la nada, que poco tiene que ver con el modo que tengo de desabrocharle el sostén y tirarlo a un lado — ¿Te quedarías conmigo en la isla del curry? — me hundo poco a poco en el sofá, empujándola con las manos en su espalda para conseguir que ella quede sobre mí, por lo que tengo que soplar sus cabellos para que no me den en la cara en cuanto quedo completamente recostado y la acomodo encima con una extraña pero lenta facilidad — Ahora me quedas lejos. Voy a tener que besarte así — beso mis dedos y los pego con algo de brusquedad en su boca, lo que me quita una nueva risita. Hay algo que está mal, pero por alguna razón, mi cerebro se niega a pensarlo con claridad y a aceptarlo como un problema.
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Mensaje por Lara Scott el Dom Jun 09, 2019 6:48 am

Abro mi mano haciendo que sus dedos se extiendan con los míos, para luego tratar de entrelazarlos, entonces su mano se escapa del agarre y me quedo examinando mi palma, como si buscara entre las líneas la marca invisible que suele dejar su roce. Sean grandes o pequeñas, puedo decir que nuestras manos han recorrido todo lo que podían de la piel del otro, mis dedos guardan esa memoria y saben encontrar los mismos caminos para bordear su garganta hasta su nuca, de la que me sostengo para hacer el intento de que mi mirada logre enfocarse en sus ojos que percibo un tanto enrojecidos. No puedo decir nada, porque mi distracción es fácil y estoy más pendiente de cómo se mueven sus labios, de la simpleza con la que relata nuestros hábitos. —¿Y qué hay de la vez que te quedaste a dormir pidiendo un poco de paz mental?— pregunto y debe ser la extraña euforia que también me hace sonreír por eso, que lo hace un motivo para burlarme de él. —No siempre estamos uno encima del otro…— murmuro, aunque sé que no miente. Incluso en el estado de confusión mental, encuentro la verdad en lo que dice y que debo admitir. —Pero discúlpame si lo prefiero así, si aún no puedo cansarme de ti. No soy la chica con la que puedes dormir con la ropa puesta— lo digo, por más que me cueste encontrar la coherencia que une a una afirmación con la otra, que sé que está. —Necesito sentirte, sentir…— suspiro al tirar de los mechones de su nuca para alzar su rostro, subiendo en desorden por todo su cabello, y notándolo tan suave que se transforma en agua que se escapa entre mis dedos, no puedo atraparlo y mis manos terminan por caer en la nada. Recuesto mi frente sobre la suya, y me uno a su sonrisa por más que implique admitir mi derrota, porque no hay punto discutible en el plan que propone. —Te quiero en mi casa y no habrá centímetro de ninguna pared que nos quede sin recorrer— murmuro, cuando la habitación se está volviendo para mí un escenario en el que todas las formas que nos rodean se alteran.

Lo único real parece ser su cuerpo debajo del mío y el sillón que se hace más grande, se expande para abarcarnos. La presión de sus dientes contra mi garganta me saca un grito mudo, noto que mi mano da un tirón a su cabello, y dejo caer mis parpados para que la sensación cosquillee libremente por mi piel. Con los ojos cerrados me privo de ver sus esfuerzos por retirar la ropa que queda de su cuerpo, pero mi cuerpo responde mejor por instinto a sus movimientos. Tengo que usar el sillón para hincar mis rodillas y alzarme sobre él cuando nos reacomodamos de modo que quede tendido. La gula que siento de aprovecharme de toda la piel que está al alcance de mis manos es indescriptible, que la imagen sorprendentemente vívida de tenerlo en una isla de afrodisíacos logra sacarme un gemido de anhelo imposible. —Me quedaría contigo hasta lamer la última gota de curry que hay en ti…—. Una sonrisa que se funde en esa fantasía que no podrá ser real cruza todo mi rostro y percibo el toque de sus dedos en un falso beso. Siendo parte de su risa, envuelvo con suavidad mi mano alrededor de su muñeca y recorro cada dedo con mis labios para atraparlos dentro de mi boca, humedeciéndolos con la imitación de un beso más profundo. Saboreo como si estuviera cumpliendo mi promesa anterior, pero lo suelto para guiar su mano, en un andar lento que va desde mis pechos y llega hasta mi vientre dejando el rastro de saliva con sus dedos. —Te tocará tener que besarme así por todos lados— digo, mis respiraciones haciéndose cada vez más errantes y torturándome a mí misma al sostener la distancia entre su desnudez y la mía, conduciendo su mano al límite de la última prenda interior. Incapaz de continuar prolongándolo, me remuevo entre sus piernas para desprenderme de lo que queda en un desorden al que no podré dar nunca algo de sentido y cambio la expectativa por la prisa de mis manos al retirar los centímetros que hacen falta para desnudarlo, solo lo necesario, de manera que puedo buscarlo con más torpeza de la que hemos tenido jamás para finalmente hundirme en él.  Me demoro en esa sensación mucho más tiempo del que debería, tengo que pestañear de la confusión al darme cuenta que no me muevo. Coloco una mano sobre su pecho en una reacción rápida para impedir que haga algo. —Quédate ahí— suspiro al cerrar los ojos otra vez —Quiero sentirte—. Me tardo un minuto en lograr que mi cuerpo reaccione, que recuerde cómo funciona esto y lo haga.


Última edición por Lara Scott el Dom Jun 09, 2019 7:48 am, editado 3 veces
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Mensaje por Hans M. Powell el Dom Jun 09, 2019 7:26 am

No encuentro las palabras, no porque no sepa lo que quiero decir sino porque no tengo idea de cómo decirlo y eso, viniendo de mí, es de lo más extraño. Ella, como muchas personas, me ha llamado charlatán en alguna ocasión; la labia ha sido mi espada desde que tengo memoria. Pero en esta ocasión, posiblemente culpa del desorden mental que se me ha formado, solo puedo mirarla con la concentración y calma que creo que no he utilizado en mucho tiempo y, si lo hice, no lo recuerdo. Porque también necesito de ella, porque sentirla me brinda una paz que puedo comparar con lo que la gente normalmente llama felicidad y recorrer cada rincón de su casa suena a algo que me gustaría hacer en esos tres días — Me quedaré contigo entonces — prometo. Creo que no se me oye bien, me encuentro hablando en susurros sin notarlo, como si fuese un pacto secreto. Descubro entonces que es una promesa que anhelo cumplir, por penoso que suene.

Siempre hubo algo encantador en escucharla suspirar, ahogar la respiración como si con el tacto fuese capaz de llegar a cada parte de su alma. El sofá no es demasiado grande pero lo siento eterno, ni me percato como una de mis piernas acaba colgando por un costado en busca de hacerme de mayor espacio. Sé en segundos que me quedaría por horas en esta posición, con su imagen elevándose sobre mí y la cabeza ladeada sobre uno de los cojines para verla mejor. Sus palabras me arrebatan una sonrisa perezosa y pícara, sedienta de las ideas que va plantando en mi mente de una manera un poco gráfica, la cual se ensancha con agradable sorpresa por culpa de la sensación de sus labios en mis dedos. Mi mano se siente sumisa con el recorrido que ella misma marca y casi que puedo sentir cada poro de su piel, no sé si muy lento o demasiado rápido — ¿Por todos lados? — repito su condición como si tuviese que meditar su propuesta, aunque sé muy bien que jamás pondría alguna pega a ello — Es un sacrificio que estoy dispuesto a aceptar — mis dedos se enroscan en el borde de su ropa interior, pero que se mueva con ese desespero hace que levante las manos en el aire y trate de estirar el cuello para ver lo que está haciendo. Lo siento antes que todo, me descubro conteniendo el aliento hasta soltarlo en un suave jadeo y siento mis músculos relajarse ante el cosquilleo producido por su calor. A pesar de que tengo la intención de moverme, su mano en mi pecho me retiene y apoyo cuidadosamente las mías en sus muslos, casi pidiendo permiso al haber hecho ese movimiento a pesar de su orden. La miro con un movimiento de mis cejas que delata la expectativa, sintiendo que se demora un momento en reaccionar y estoy por preguntarle si recuerda cómo se hace, hasta que comienza.

Le regalo su petición, hay cierta fascinación en tomar sus manos y sostener sus dedos como si esa fuese toda la contención que necesitamos al perdernos el uno en el otro. Siempre nos dejamos llevar, es algo impuesto entre nosotros desde el primer día en el cual se nos ocurrió que esto podía ser posible, pero hay algo diferente en esta ocasión. Debe ser porque mi mente parece estar en un universo paralelo y hay partes de mí que siento flotar, pero cada detalle me parece una locura exquisita que, ojalá, pudiese recordar a la perfección. Es un deleite, incluso cuando en algún momento, la rodeo con un brazo para enderezarme, buscando la cercanía de su boca con un frenesí que me obliga a girar, empujándola sobre el sofá. Lástima que no es eterno, porque nos siento caer al suelo con un ruido sordo que yo no oigo, pero posiblemente ha molestado a los vecinos del piso de abajo. No me importa, porque estoy abrazado a ella, envuelto en sus piernas, cuando me río en su oreja de manera tal que mi torso tiembla al encorvarse sobre el suyo, sin importar si la estoy aplastando o no. Me acomodo en ella y limpio su rostro con mis manos, empujando los mechones de cabello negro que me interrumpen la visión de su cara, encontrándome con sus ojos y una sonrisa sobre su boca — Eres el mejor error que he cometido en mi vida — bromeo, apenas reconozco esa voz ronca como la mía. Me interrumpo para relamerme y mis labios buscan los suyos, estrechándola con la urgencia de su cuerpo, porque el suelo es nuestro territorio, porque respirarla es un vicio y porque por esta noche pertenezco aquí. Entre sus piernas, entre mis brazos, en su interior, hasta que la consciencia nos valga.
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Mensaje por Lara Scott el Dom Jun 09, 2019 9:30 am

Una vez que comienza, no es algo que podamos parar. Puede llevarnos con pereza, en una candencia lenta que caliente nuestra sangre, esa por la que corre restos de un condimento que funciona como afrodisíaco doméstico. Y que no necesitamos, porque encontramos una intensidad distinta a cuenta de nuestro deseo, un apremio de mi cuerpo por tomar más y más rápido de esa necesidad suya que es semejanza de la mía. Con nuestras manos sosteniéndose y en mi posición a medias erguida desde la que puedo sentirme como la autoridad en este sillón, la que marca los cambios de tiempo y hasta dónde podemos llegar, olvidando todos los recaudos por culpa de la siempre reprobable excusa de que se siente demasiado bien como para caer en una locura que puedo abrazar. Nos siento unidos de un modo en el que rechazo la idea de que esto deba concluir, a pesar de que tengo la piel consumiéndose de las ansías por la falta de sus manos también exigiendo. Por eso respondo cediendo a su agarre que me hace voltear en el sillón y me encuentro envuelta en un abrazo caótico al caer al suelo. Somos un lío en el que se funde su piel con la mía.

A su risa no puedo contestar de la misma manera, mi respiración se ha hecho tan pesada que jadeo con la mirada perdida, desconozco el lugar en el que nos encontramos porque la sala no se parece a la mía, toda la situación se siente irreal por más que su peso me recuerda que estamos aquí y ahora. Me cuesta hacer centro con mi mirada en su rostro, pestañeo al escuchar lo que me dice y por un instante vuelvo a cerrar mis párpados, dejando que sus palabras caigan sobre mí para penetrar por debajo de mi piel. —Uno que volvería a cometer— murmuro a modo de respuesta, en un susurro cercano a la sonrisa de sus labios, que se inclinan para un beso que llega para arrasar con mi aparente abandono. Tomo sus hombros para hacerlo girar sobre la alfombra, reivindico mi posición y me impongo con la agresividad de la que alguna vez me acusó, tan caprichosa como para salirme con la mía y decidida a establecer mis maneras. En el desastre que hacemos, nuestras manos se encuentran y se desencuentran, siento como en esta partida incansable de ver quien recorre más kilómetros de piel nos demoramos lo que parecen horas. Su boca es a lo único que puedo volver repetidas veces como un puerto seguro en medio de esta tormenta que cuando concluye, nos trae una calma imposible de predecir.

Me recuesto en el hueco que queda en medio de su pecho y su brazo, agotada pero sintiéndome incapaz de dormir. Tengo los ojos abiertos, pero no puedo atrapar una imagen definida entre todo lo que nos rodea. Mis respiraciones se mantienen erráticas, agudizo mi oído para tratar de escuchar cómo son las suyas. Me reacomodo contra su pecho de modo que mi oído quede sobre sus latidos y marquen un ritmo que mi corazón pueda imitar para serenarse. —Lo que acaba de pasar no es real— musito. —Se siente como si hubiera algo raro, en el lugar, en nosotros…— trato de explicar el por qué mi mente no logra concentrarse, que todo a mi alrededor parezca tan mutable como son los montajes de un sueño. Esa comparación me hace sonreír. —Debe ser un sueño— decido, es la mejor explicación. —Demonios, no tengo suficiente con todo el sexo entre los archivos de tu oficina entresemana, que ahora también sueño con esto…—. Como si no tuviera suficiente de él, como si nunca lo tuviera.
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Mensaje por Hans M. Powell el Dom Jun 09, 2019 6:31 pm

Desde que esto empezó y se nos fue de los dedos, he sentido que Scott es un torbellino que ha decidido pasar por mi vida para dejar todo hecho un desastre. Ahora mismo no podría describirlo mejor, porque sé que somos un manojo envuelto de brazos, piernas y labios con una indescriptible necesidad del otro, como si cada toque fuese insuficiente. Hay cierto encanto en desear a alguien al punto en el cual nada parece ser suficiente, porque te empuja a perderte en cada roce que provocamos, como una ceguera de la cual ninguno puede escapar sin tener que ir a tientas sobre el opuesto. Nunca he pensado que su suelo fuese tan cómodo o que la batalla de nuestros cuerpos se pudiera volver tan demandante, pero aquí estamos, en nuestro propio escándalo que, espero, no haya salido de estas paredes.

Tengo los ojos fijos en el techo como si quisiera reconocer las formas que se arman en éste y estoy relamiéndome lentamente, en busca de la extraña sensación que tengo en los labios, como si estuvieran hinchados y dormidos. Siento como se acomoda contra mí y paso el brazo a su alrededor para acomodarla, usando el contrario para rascarme el pecho, el cual sube y baja con fuerza a pesar de que ella haya decidido que es el mejor sitio para acomodarse. Tardo un segundo en reaccionar a su voz y muevo la cabeza en un intento de verla, aunque solo me encuentro con la coronilla de su cabeza y un vago refilón a su nariz. Me río, despacio para evitar molestarla en su aparente cómoda posición y vuelvo la vista al techo — Si fuera un sueño, algunas cosas tendrían otra proporción. Especialmente ciertas partes del cuerpo — bromeo, descubriendo que apenas tengo voz, lo que me obliga a carraspear — Tienes que admitir que lo de la sala de archivos fue una de mis mejores ideas — acaricio su hombro en un toque ligero, pero no me es suficiente y me acomodo para usar la mano libre como impulso para obligarla a alzar el mentón y buscar sus labios. Es un beso suave, casual, que se termina en un suspiro que delata que, por fin, he logrado calmar un poco los latidos alocados que estaban martillando mi pecho.

Tengo que poner la mano que no la rodea bajo mi cabeza, lo que me permite alzarla un poco y tener una mejor visión del panorama — Pero hay algo raro, eso lo admito. ¿Tú también sientes que el piso se mueve o el techo va a caer o que hay demasiado silencio cuando hace segundos era todo ruido? — bajo la voz como si estuviera contándole un secreto y abro los ojos con un espanto que no siento — Además, siento que me he olvidado de algo, pero no sé qué es. Tienes un chupón ahí — mi capacidad de concentración demuestra que está en un muy bajo nivel cuando señalo su cuello, cerca de la zona de su clavícula. Me estiro para tocar la mancha rojiza con mis labios y los dejo allí, suspirando con fuerza — Ya sé que comimos hace un rato… pero estoy muerto de hambre. ¿No comerías una pizza o un pastel entero ahora mismo? Aunque puedo comerte a ti. El chocolate de seguro sabría genial contigo — no sé por qué, pero me río ante la idea y me separo para poder verla a los ojos, sintiendo los míos cansados y picantes — La única vez que me sentí así, fue cuando… — me interrumpo, porque recuerdo que he probado ciertas cosas cuando era un estudiante y quedaron muy en el fondo de mi memoria. Ladeo la cabeza, echando un vistazo entre ceñudo y divertido en dirección a la cocina — Estás segura de que solo tenías especias… ¿No?
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Mensaje por Lara Scott el Lun Jun 10, 2019 5:56 am

Tardo en comprender su broma porque en el letargo de mi mente, por causas que poco tienen que ver con el sosiego que sigue al sexo, pienso en que ciertas extremidades de mi cuerpo también se sienten extrañas, no sé si en cuanto a proporción, pero se mueven más lento o no responden a mis órdenes. Puedo culpar al desenfreno que ha servido de excusa cuando buscamos explicaciones sobre otro tipo de cosas, siempre volvemos a lo mismo y lo tomamos como una razón válida. Deslizo mi mano por su pecho en un descenso lento cuando interpreto sus palabras de una manera diferente, no puede ver mi rostro y mis cejas que se arquean al contestarle: —¿Ah, sí? ¿Sabes mucho sobre anatomía en los sueños?— pregunto, ni que tuviéramos quince años y usáramos la imaginación para compensar la falta de experiencia, ideando fantasías que de ninguna manera se ajustan a la realidad. Me surge una duda que dejo de lado para opinar a su comentario. —Nunca mejor dicho que de la necesidad surgen las mejores ideas—. Muevo mi mano mucho más abajo, deteniéndome cuando encuentra mis labios en una caricia tan suave que no colabora para hacer desvanecer esa sensación que estoy flotando en un espacio infinito.

Cruzo una pierna por encima de su cadera para poder acomodarme a su cuerpo, comparte conmigo esa percepción de que esta sala es un juego de nuestras mentes por sus cambios insospechados, conozco cada mueble y esta noche me resultan ajenos. Me río tan fuerte como creo que no he dejado de hacer en la última hora por cada detalle que describe. —Es el caos, Hans. Todo el caos del que siempre hablamos atrapado en este lugar— apuesto por mi segunda teoría delirante de la noche, después de la primera que lo reducía todo a un sueño. No tengo idea de que se ha olvidado, ni tengo cabeza para pensar por él, soy piel que tiembla a su suspiro al inclinarse para besar la marca que me ha hecho y por inercia me echo hacia atrás, animándolo a continuar su exploración. Escucho su parloteo sin sentido sobre la comida cuando no hace poco nos llenamos el estómago de pasta, pero si tengo que ser honesta, reconozco el hambre cuando lo menciona. Debe ser el agotamiento de nuestras energías, pero recostarme sobre él no me induce al sueño. También me pregunto qué mierda tenía la salsa de especias, porque no me engaño sobre una posibilidad más ridícula, pero posible para explicar el estado de nuestras mentes. Me sonrío cuando busca mi confirmación de que el curry era el único de los peligros que debíamos evitar esta noche, y hasta donde vi, alguien sabiéndolo puso unas cucharadas de más.

Espera aquí— le ordeno, abandonándolo desnudo en la alfombra. Bordeo el sillón para llegar hasta la puerta de la heladera y de su interior saco una de las reservas elaboradas por mi madre. Vuelvo a donde está para sentarme y abrir el tupper, de su interior extraigo con mis dedos una bola escarlata bañada en caramelo para ofrecérsela. —Es gulab yamun—explico, tomando una para mí y mojando la sonrisa que se va extendiendo por mi rostro al observar con atención su expresión al probar el dulce. —No es chocolate, pero…— lo dejo inconcluso, me encojo de hombros y no le doy importancia. Tampoco voy a salir a estas horas a comprar un pastel, y menos aún hacer algo tan simple como un bizcochuelo. El único de los dos en quien tenía un poco de confianza para que hiciera algo comestible, acabó mezclando hierbas. —Ya se nos pasará— es todo lo digo, cierro momentáneamente mis ojos mientras degusto el gulab yamun y trato de buscar la claridad entre las confusiones de mi mente. — ¿Alguna vez soñaste conmigo?— inquiero cómo al pasar, lo miro con mis cejas curvadas para enmarcar la pregunta y la que no esconde mi picardía en esa consulta es la manera que tienen mis labios para curvarse hacia un lado.
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