The Mighty Fall
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It's only chaos | Hans

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Mensaje por Lara Scott el Sáb Mayo 18, 2019 1:08 am

Recuerdo del primer mensaje :

Estoy tan distraída que retraso mi partida del taller para poder acabar con un detalle que ha consumido dos horas de mi tiempo, cuando en días regulares no me lleva más de treinta minutos. Me deshago de la expresión abatida de mi rostro al pasar una mano sobre mis párpados cerrados, cuento hasta diez para que la frustración no se convierta en rabia inadecuada hacia otro de los mecánicos que me pregunta si me siento bien. Pierdo el sentido del orden de los números, no acabo la cuenta. Mascullo una respuesta que lo mantiene en la distancia que corresponde. Me reconozco taciturna, con mi mente atravesada por pensamientos de otros lugares y otras personas, pero nadie podría decir que me comporto diferente a otros días. Mi ensimismamiento me caracteriza, ignoro a la mayoría que se despide cuando llega la hora y simulo seguir trabajando en lo mío. Cuando abandono los guantes todavía quedan dos o tres mecánicos en el lugar, y me demoro unos minutos hasta salir al pasillo donde llamo al ascensor. Mi mirada está puesta en la puerta, así que cuando se abre choca de lleno con el rostro de Hans, pese a que hay otra cara en el reducido espacio. Que no me pregunten dentro de diez minutos, porque ni siquiera podré decir de qué color era el traje de la mujer. Entro al ascensor y me recargo en el fondo, con mis manos entrelazadas a mi espalda, ubicándome detrás de los otros dos ocupantes.

Los segundos que tarda en descender a los siguientes pisos se prolongan demasiado. La mujer baja en uno de los últimos, así que supongo que es de esas secretarias que solo vuelven a su casa a dormir y se levantan al cabo de cuatro horas para ordenar la agenda de su jefe. A su favor, diré que mi semblante se ve más cansado que el suyo. Recobro un poco de ánimo al dar un paso para quedar de pie al lado de Hans y mirarlo con una media sonrisa de lado al tiempo que la puerta se abre al vestíbulo. Tengo una sensación de deja vú que me hace preguntar: —¿Tu casa o la mía?—. Pero no tengo la menor intención de volver a poner un pie en el muelle de la Isla Ministerial esta noche, y de poder evitarlo, tampoco en otras. —Tendrá que ser la mía— tomo la decisión por los dos, no me puede discutir de que es la mejor de todas las opciones. Mis vecinos no tienen tanta fama como los suyos, así que los rumores en mi edificio no prosperarán más allá del corredor compartido y una vez que crucemos la puerta, todo el espacio se reduce a nosotros. Eso es lo que me gusta de mi casa, ese espacio es absolutamente mío, como lo son pocos sitios en NeoPanem.
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Mensaje por Lara Scott el Mar Mayo 21, 2019 12:04 am

Mis dientes chocan con fuerza al cerrar mi mandíbula para no maldecir a su concepto de evolución. Esto no es una estúpida evolución, es lo más primario que viene sucediendo desde el inicio de los tiempos, el choque constante entre dos clases y que nos tiene aquí peleando por tener posturas rivales. Mi rostro se endurece, me armo para el combate y sus opiniones que diferirán de las mías porque no puede ser de otra forma, por más que tomo los recaudos no puedo verlo como un enemigo. Trago con fuerza para hacer pasar el nudo que se me formó en la garganta, enojada porque mi coraza se resquebraje cuando tengo que cuestionarme todo lo que sé y todo lo creo saber de él. Pestañeo con la vista puesta en el techo, trato de limpiar mi mirada de las emociones que no dejan de contradecirse, porque en medio de la rabia me embarga la angustia de que él solo está haciendo lo que debe hacer y que no hay modo de que lo juzgue por poner a Meerah por delante de todo, es un sentimiento que respeto, lo único que está haciendo es protegerla. Me marea tratar de mirar todo esto desde distintas posiciones, analizar el tablero desde cada lado, tengo que sujetarme la frente con una mano cuando bajo mi vaso de vodka.

No puedes confiar en mí…— murmuro por debajo de su tono de voz, lo acuso por su idiotez, como si así quisiera devolverle el sentido común y hacerle ver lo inútil que es continuar respondiendo a su orden con una lealtad nunca real a sus principios. Siempre respondí a él, pero nunca a todo aquello en lo que cree. Se quiebra mi expresión y reprimo un gemido, golpeo la mesada con la palma de mi mano y me pongo inmediatamente de pie. —¡Yo estoy traicionando todo en lo que creo! Porque no debería estar guardando tus secretos, no debería estar callando lo que sé de este chico—  me exaspero. —Cuando sé que hay personas que piensan así como yo, que si se enteran que hay un Black también querrían encontrarlo—. Para tratarlo como un héroe y usarlo como una herramienta para sus propios propósitos de oposición a los Niniadis, nadie en este juego es noble. Cierro mis ojos, meneo mi cabeza de un lado al otro. —No debería estar excusándote todo el tiempo en mi mente. No debería hacerme una idea de ti que nada tiene que ver con el ministro de los Niniadis, porque el golpe con la realidad será demasiado duro— arrastro los dedos por los mechones de mi cabello, tirándolos hacia atrás. Separo mis labios sin articular palabra, suelto un suspiro antes de preguntar: —¿Meerah no te lo perdonaría?—. Yo sé que si todavía no lo he traicionado es porque simplemente no puedo, y no estoy actuando como debería, mi lealtad ha perdido su dirección.

Este chico no es la única causa perdida por la que estoy luchando, también hay otras, un montón. Quizás me gusta de manera dañina para mí misma todo lo que no podrá ser. Percibo el efecto que el alcohol tuvo en él y lo sigo hasta la ventana con pasos más lentos, sostengo su brazo cuando me paro a su lado. —No haré algo solo porque se supone que alguien tenga que hacerlo, ¿para salvarlo de un mal mayor? ¿Por mí seguridad? Mi seguridad no vale, la pongo en riesgo todo el tiempo, y los imprudentes tenemos escrito un destino que nos encontrará más tarde o más temprano— digo con desanimo, tiro de su brazo para arrastrarlo al sillón y alejarlo del marco de la ventana. La escena posible de tenerlo gritando borracho en las escaleras de emergencia me pone alerta, no quiero dar material a los vecinos. Presiono su hombro para hacerlo sentar y recupero la posesión de la botella al acomodarme en el borde de la mesa baja de la sala, así quedamos de frente una vez más. —Eres un estúpido y yo también lo soy por continuar este trato. No puedes involucrarme en cosas en las que terminaré actuando por mi cuenta y tal vez esté a un paso de hacer algo que no podrás perdonarme. Y si te soy inútil a tus intereses, ¿por qué no solo dejarlo?— estoy tratando de razonar con alguien que se bajó varios centímetros de vodka y suspiro al saber que es en vano. Me llevo la botella a los labios y al recuperarme del ardor, se la vuelvo a pasar. La muevo delante de su rostro para que la tome. —No creo que estés lo suficientemente ebrio como para creer que el matrimonio pudiera ser una mejor opción alguna vez—. Pero si esta charla no resulta, tal vez mañana no recuerde nada a partir de su reacción al ver el anillo.
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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Mayo 21, 2019 1:03 am

Intento que no se me note tanto el sarcasmo cuando asegura que no puedo confiar en ella, porque tristemente me he dado cuenta de eso solito. Lo que no me espero es su explosión, una que siempre supe que llegaría, pero que jamás pensé que nos encontraría a los gritos en su sala de estar en medio de la noche — ¡Lo haces porque me lo debes! — ¿Acaso es tan complicado de comprender? No me importa que me excuse, no quiero pensar en cuál es la imagen que se ha creado de mí a pesar de saber quien soy, porque eso hará que me cuestione yo mismo la idea que me he hecho sobre ella. Sacudo la cabeza y la mano en un intento de que me ignore en lo que suelto sobre Meerah, no tiene sentido ni pretendo que lo tenga. No hago más que entrelazar destinos que no deberían haberse cruzado, mezclar ideas que solo oscurecen lo que debería estar claro. Solo complicados lo que tendría que ser sencillo. Si ella se revelaba, si se movía de la línea que yo había trazado para ella, ponerla en su lugar iba a ser muy fácil. Me doy cuenta que ahora no lo es y me he golpeado con mi propia pared.

El toque de su mano en mi brazo hace que gire el rostro hacia ella, buscando sus ojos en una altura cercana a mi hombro. Lo que comprendo de lo que dice es que está aceptando su condena si eso le deja la conciencia tranquila y siento el impulso de insultarla, afirmar que no sabe usar su razón y que solo debe retractarse de los últimos diez minutos — No salvas a nadie, solo condenas al doble — suelto de forma queda. No me doy cuenta de que me arrastra hasta el sofá hasta que me estoy sentando y noto lo cansadas que tengo las piernas. Mis dedos se abren y cierran ante la ausencia de la botella y no sé cómo hago para manterle la mirada — Porque no es tan sencillo — no puede cometer un error y desligarse cuando se le dé la gana. Hay cuestiones más profundas que esto, más grandes que nosotros dos. Solo dejo de mirarla cuando sacude la botella frente a mi cara y la atrapo con una mano perezosa. Apenas le sonrío con irónica risa por lo último que dice, pero no respondo por estar dando un trago más pequeño. Ya no le siento demasiado el sabor — Meerah no me lo perdonaría — retomo, atribuyendo al silencio y los minutos el factor de que he tenido que formular una respuesta coherente y sincera — Y yo tampoco. No puedo… — bien, hace mucho que no hago esto así que creo que se delata en mi modo de echar los ojos hacia arriba y bufar. Me acomodo un poco más derecho y me doy cuenta de que balbuceo un poco al hablar — No quiero entregarte. No quiero firmar una sentencia de traición contra tu persona ni tampoco quiero que alguien más lo haga. No podría… tú sabes — con un mohín, doy un golpeteo con los dedos en la botella y planto ahí toda mi atención visual, como si de esa manera fuese más fácil el hablar — No creo poder soportar que te ejecuten y no hacer nada al respecto — listo. Viniendo de mí, que lo tome como una muestra de un intento de afecto.

Levanto la botella para ponerla a la altura de mis ojos para medir cuánto líquido le queda en su interior y doy otro trago — Me agradas más de lo que es sano admitir, Scott. Y lo único que haces es jalar la cuerda con total impunidad y joderme la vida. Quiero que las cosas salgan bien, de veras, pero sé el precio que debo pagar por ello. Un chico que no conozco parece un buen negocio si puedo conservar todo lo demás. Es obvio que tú prefieres perder la cabeza en lugar de tu alma y eso es algo que yo no puedo comprender — una vez escuché por ahí que los abogados no tenemos alma, lo cual se me hizo gracioso. Ahora que lo pienso, puede que tenga cierto grado de verdad. No me considero una mala persona, pero sé que estoy más allá del bien o del mal. Me atrevo a alzar el rostro una vez más en su dirección y aparto un mechón que ha caído entre mis ojos, tratando de dar la imagen menos ebria que soy capaz — Sabes que solo estás postergando lo inevitable — susurro. Porque ese chico va a ser encontrado. Van a torturarlo para sacarle cualquier información que sea útil y luego será descartado como un trozo de carne. Lo sé porque lo he visto, he aceptado esas acciones, aprobé varias de ellas. Y si ella decide caer con y por él… no puedo hacer nada para evitarlo.
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Mensaje por Lara Scott el Mar Mayo 21, 2019 1:26 pm

¡Ya no se trata de lo que te debo!— alzo mi voz con la vista vuelta hacia el techo, buscando a mi capacidad de discernimiento. Después de soltar esas palabras, encuentro el aire en mis pulmones para volver a respirar con normalidad, como si hubiera dado por fin con la superficie y soy libre de esa sensación de ahogo. Pero lo que digo tendrá más sentido para mí de lo que puedo esperar que tenga para él, a quien creo más confundido con cada minuto que pasa y con cada cuota de alcohol que se sirve. Sus ideas siguen sonando firmes a pesar de esto, son ciertas y me pesan. Es una condena doble, ¿en serio puedo aceptarla? Hasta ahora no había materializado mis pensamientos de manera verbal, queda un trecho para que se vuelvan actos y llegado el momento tendré que ver si soy capaz de dar ese paso. No, no es sencillo tampoco para mí. Es solo que me cansé de mentirme cuando tengo la mente bien puesta en lo que debo hacer, sé bien que es lo que me conviene cuando mi carácter se enfría, pero sigue siendo un engaño si cuando aflora mi temperamento rompo con esa norma. Haría cosas para las que no puedo tener la esperanza de un segundo perdón. No lo merecería, tampoco lo querría. Son muchas otras cosas las que ahora están en medio, y más que su perdón, querría que pudiera entenderme.

El suspiro que sale de mis labios se lleva todo el aire de mi pecho y se quiebra en un gemido, está lo suficientemente borracho como para decir tonterías de otro tipo. Trago saliva dolorosamente, mi expresión se contrae por el pesar que siento hacia él y me arrastro a su lado. Me deshago de los zapatos para subir los pies al borde y me echo hacia atrás en el respaldo, no me quiero perder detalle del perfil de su rostro mientras sigue hablando. Un peso extraño me hunde en el sillón, busco con mi mano los mechones de su nuca para un gesto de vano consuelo por esos pensamientos que lo perturban por mi culpa. Tengo que darle toda la razón cuando dice que solo estamos postergando lo inevitable, una vez más. Hago girar su rostro hacia mí con mi otra mano para me mire al incorporarme un poco del sillón. —Los dos lo hacemos desde un principio— le aclaro. —Simpatizo con esclavos y rebeldes, me siento más a gusto en el norte de lo que nunca me sentiré en el ministerio, odio que nazcan personas con un destino de esclavos o de marginados, y te odiaría si tienes que asesinar a un chico de quince años, porque… no eres esa persona para mí— murmuro con la voz raposa. —Me agradas más de lo que puedo hacerme responsable, Hans— susurro al unir nuestras frentes y respirar sobre su boca. Me sostengo de su nuca, acaricio su pelo con una ternura que se aprovecha de su estado de ebriedad, de todas maneras no lo recordará al despertar. Lo recuesto contra el respaldo y peino con caricias lentas los mechones de su frente para calmar sus pensamientos, me inclino apenas sobre su mandíbula para presionar mis labios. —Lo siento.
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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Mayo 21, 2019 2:33 pm

¿Entonces de qué se trata ahora? Realmente espero que me lo explique, me encojo de hombros y alzo las manos de un modo algo frenético en demanda de una respuesta un poco más clara. Entre ella y yo la deuda fue algo que siempre flotó entre nosotros como un tercer individuo, nos condicionaba y envolvía limitando la manera en la cual nos relacionabamos uno con el otro. Sin eso, no sé en qué punto nos encontramos. No sé por qué digo las cosas que digo y cómo las dejo salir. No sé por qué no me marcho y busco la respuesta en la calma de la soledad que me permite mi enorme habitación. Tengo que continuar con lo que comencé, aunque ella se niegue a ayudar, aunque el camino se haya vuelto empinado y rocoso.

Las caricias en primer momento me producen el rechazo de la urgencia por la distancia, pero pronto me rindo a ellas. No soy bueno diciéndole que no a su tacto hace meses, cuando se me ocurrió la sorpresiva idea de que podría mezclar negocios con placer y salir airoso de ello. En mi defensa, siempre fui exitoso en esa tarea, pero como siempre, Scott sabe marcar la diferencia. Me siento reacio a mirarla, pero acabo dejando que guíe mi rostro en dirección al suyo y tengo que parpadear para ser capaz de ver mejor sus ojos en la cercanía. Hay algo en todo lo que dice que me afecta, que me produce una sacudida desagradable y tardo en reconocer que es una especie de sutil dolor, similar a la sensación de una cubeta helada. Debe ser por eso que me trago la broma muy digna de mí sobre que sabía que le gustaba y, en su lugar, solo dejo salir otro tipo de palabras muy diferentes — Jamás te mentí sobre quién soy — Porque siempre estuvo claro. Puedo tener una vida personal, contarle mis secretos y compartirle la cama, pero nunca escondí mis ideales, jamás dejé de convertirme en ministro cada vez que cruzaba la puerta. Me conoció en un tribunal y eso es lo que he sido desde entonces. Si ella decidió ignorarlo, tal y como yo busqué empujar la idea de quién es ella, es otro tema.

Pero respirar en sus labios se siente bien, tanto como las caricias que me peinan y me acomodan sobre un sofá mucho más cómodo de lo que recuerdo. No sé qué me pesa más, si el beso en mi piel o las palabras que chocan contra ella. Aún sostengo la botella contra una de mis piernas cuando levanto la mano que tengo libre y acaricio algunos mechones de su cabello, echándolos hacia atrás sobre su hombro — Me gusta tu pelo así — es un comentario al azar, un cumplido tan simple que parece que se lo he dicho en medio de los pasillos de la oficina tras un largo tiempo sin vernos. Pero aquí suena como un secreto, un poco bajo, perdiéndose entre las paredes. Paso algo de saliva y acomodo mi cabeza en el respaldar para poder verla mejor — Si tanto odias todo esto… ¿Por qué no te mudas al norte? Lidiarías un poco menos con la hipocresía — yo no tendría que verla seguido y recordarme lo bajo que he caído. Acaricio distraídamente su cuello, hasta que dejo caer la mano sobre mi propio pecho — Si no vas a ayudarme, al menos dime cómo luce. Encontraré el modo de dejar pasar esto como algo entre nosotros y no voy a informarlo. Voy a encontrarlo por mi cuenta — eso es todo, no quiero debatir más del tema. Porque sé que, de hacerlo, encontraré mil razones para convencerme de que me estoy equivocando y que debería llamar a mi mejor amigo para informarle que tengo una mujer dispuesta a ocupar una de sus celdas. En un movimiento rápido, me inclino lo suficiente para buscar sus labios. Los encuentro en un beso suave, que se prolonga unos segundos en los cuales mi boca se mueve sobre la suya con la gentileza de la melancolía. Para cuando me aparto, esquivo su mirada y me toco los labios con los nudillos como si así pudiera borrar ese gesto a pesar de haber sido una decisión propia — Te odio — murmuro nomas. Y lo hago, de alguna manera. Algo me dice que ella lo entiende.
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Mensaje por Lara Scott el Mar Mayo 21, 2019 10:31 pm

No me mintió, todo lo contrario… Si me hubiera quedado con esa primera impresión del juez Powell, en vez de alargar nuestro trato por años, si no conociera de él más de lo que vi en aquel entonces, podría pensarlo como alguien que no hace más que cumplir con su deber y que para mí es injusto. Se ha complicado todo desde entonces, que pese a nuestras opiniones en oposición, estamos tan cerca que respiramos del otro y nuestra conversación tiene de esos paréntesis en que mi disculpa por todo lo que estoy causándole, se cruza con un comentario suyo sobre algo que le gusta de mí. Por estas cosas es que puedo tan fácil desplazar su autoridad como ministro y pensar en él sin ese traje, sin ningún traje. Me engaño al creer que he llegado a conocerlo. Mis dedos se detienen por un largo segundo sobre su frente, rozando su pelo, y no hago otra cosa más que mirarme en sus ojos. —El plan es irme al norte— murmuro lentamente, lo digo como un suspiro entre los dos que puede perderse en el aire, puede que no llegue a tomar la forma de algo real, pero lo traigo para colocarlo entre nosotros. —Rompamos nuestro trato, no seguiré respondiendo a la deuda. No haré cosas por las que no puedas perdonarme y tengas que condenarme a vista de los demás. Si me voy al norte…— entonces no seguirá siendo responsable de mi suerte, y no tendré que mentirle, como cuando me pide que describa al chico del mercado. Niego con cansancio moviendo mi cabeza y se aclara mi mirada por la disculpa que está escrita en todo mi rostro. —No puedo hacerlo. Él está luchando sus propias batallas en el norte, tratando de ser noble y honesto por otros chicos en su misma situación. No puedo entregártelo— musito. Lo siento, tanto.

Cargo el beso de todo mi arrepentimiento por haber llevado las cosas hasta este punto, en que mis labios responden con el anhelo de que el contacto no se rompa y toman en un asalto de segundos todo lo que pueden. Sigo mirándome en él cuando me dice que me odia y no voy mentirme sobre la punzada que me provoca, en cómo al escucharlo pienso en todas las veces en que nos buscamos con deseo y no hubo odio. Si pretende alejarme con eso o herirme de algún modo, me sobrepongo con una actitud desafiante. —No me odias de la manera en la que deberías— contesto pidiendo que lo reconozca. Paso una pierna por encima de las suyas para acomodarme en su regazo y separo sus dedos de la botella para soltarla suavemente en suelo, el vidrio no se rompe pero algo de su contenido se vuelca sobre la alfombra. Ni siquiera pienso en ello. Escondo mi rostro en la curva de su cuello y sigo con mi nariz una línea ascendente que llega hasta su oído. —Me odias por todo lo que te hago sentir— susurro, bajo mis manos por su camisa en un roce superficial. —No me odias porque sea una enemiga en esta partida, sino porque a pesar de ello todavía…— tanteo su resistencia con mis labios bajando por su mandíbula—quieres tenerme, de la manera en que da miedo.
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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Mayo 21, 2019 11:31 pm

Mis labios se separan con la vaga intención de decir algo, pero las palabras no llegan a mi cerebro y no salen por mi boca. Que quiera irse al norte es algo que, dentro de todo, encuentro lógico. Allí, no tendrá que guardar las apariencias en la ciudad que más se diferencia de todo lo que ella proclama. Y, aunque lo he sugerido yo mismo hace segundos, que sea ella quien lo acepte en voz alta me genera un malestar desconocido. Ese que me impulsa a tomar su mano con algo de fuerza, pero no lo hago. No voy a pedirle que se quede, no tengo razones válidas para hacerlo, no dentro de mi lógica — ¿Y qué hago con el archivo que lleva tu nombre? — no espero que me responda, solo quiero que vea dónde se encuentra su falla. Soy la cabeza del poder judicial, pero aún así sé que hay alguien más fuerte que yo que alguna vez puede reclamar los permisos que me he tomado en beneficio. Los papeles no van a desaparecer por arte de magia, destruirlos sería una pena que mancharía mi moral. Esa que sé que no comparte en el instante en el cual niega con la cabeza y yo resoplo rendido — ¿Noble y honesto? Te debes haber equivocado de muchacho. No existe un Black noble y honesto — con esa broma de mala gana elimino el reproche. Porque sé que si sigo por ese lado, tendré que hacer algo que no me gusta. Ya encontraré el modo de solucionarlo, siempre lo hago. El único problema es… — Jamie va a matarme — es un suspiro de cansancio el que saca esas palabras de mí y me deja echarle un vistazo al techo. No solo es la queja a un jefe estricto, sino que con el humor de la ministra, nunca se sabe cuán metafórica puede ser esa oración.

Lo que afirma no es sorpresa, sé que mi odio no es real. Si así lo fuera, no tendría que estar reprimiendo un montón de impulsos que no tienen nada que ver con desearle el mal ni mucho menos. Lo que me toma por asalto es cómo se coloca encima de mí y me despoja de la botella, provocándome un cosquilleo estomacal al tener que levantar el mentón por el recorrido de sus labios. La manera que tengo de cerrar los ojos no es de goce, sino más bien es lo que me ayuda a contar hasta tres en el interior y tomar la fuerza necesaria para buscar las manos que me acarician, usando las mías para presionarlas y empujarlas hasta pegarlas a su pecho — No hagas eso — es la primera vez que rechazo su tacto y sé que no deseo hacerlo, pero aún así me esfuerzo en abrir los ojos y mirar por encima de su cabeza a algún punto perdido de la sala — El otro día, le dije toda la verdad a Phoebe. Sobre Cordelia y mi trabajo. ¿Y sabes qué? — hablar en murmullos me hace notar lo apagado de mi voz. Tengo que apretar un poco más el agarre de sus manos para no sentir que se me escapa — He visto el desprecio en cientos de miradas y jamás me ha importado, pero no creí verlo en ella. Es irónico que la persona por la cual he comenzado todo esto sea quien peor me ha juzgado, pero quizá todas esas personas tienen razón. Tal vez, sí soy despreciable. Eso explicaría muchas cosas — no me arrepiento de mis decisiones, pero la soledad de los años puede hablar por sí sola — Jamás he levantado una varita y he matado a alguien. Jamás torturé ni he disfrutado del dolor ajeno. Pero apruebo las leyes que lo permiten, firmo los papeles, he creado unas cuantas. Soy la cara de todo lo que dices detestar — el agarre de sus manos se me patina por los dedos cuando la suelto y busco su mirada, tratando de encontrar honestidad — Entonces dime… ¿Por qué no veo ese desprecio cuando me miras? ¿Por qué tú no me odias? — ¿Quién es quién desea tener al otro aunque esté mal, aunque dé miedo?

Es penoso saber la respuesta a eso. Mis manos caen sobre su cadera y trago con la fuerza suficiente como para mover la nuez — Si te vas al norte… — modulo con lentitud, formulando mejor la oración en mi cabeza a medida que la voy soltando — No vuelvas a aparecer en forma de un nombre en un archivo legal, es lo único que te pido. Pero siempre puedes quedarte — alzo uno de mis hombros como si fuese una opción que solo estoy lanzando al azar, pero aún así, me atrevo a sonreírle a medias. No es una sonrisa alegre, lo sé bien — Aún hay un piano que jamás pude mostrarte. Además, sé que me extrañarías — mis entrecejo se arruga cuando presiono la mandíbula y los labios en una falsa seriedad como si estuviese hablando de un hecho confirmado e incluso hago un movimiento afirmativo con la cabeza. Agradezco al vodka el poder hablar así sin tener un ápice de vergüenza, es más fácil llenar el fastidioso y extraño vacío que me hunde en un sofá como si simplemente quisiera fundirme allí por unas horas. Deprimente.
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Mensaje por Lara Scott el Miér Mayo 22, 2019 2:53 pm

Déjalo donde está— susurro, quizás sea olvidado y acumule polvo con los años, tal vez algún día tenga que entregarlo con otros expedientes en manos de quien hará cumplir la condena de la que me libró, que sea el tiempo quien decida lo que ocurrirá con esa carpeta y el recuerdo que pueda quedar de lo que sucedió. Y también con la suerte del chico que mencionamos, quien podría ser poco más que un huérfano a quien el azar lo colocó en un lugar que nos lleva a pensar que es el hijo de Orion Black y puede que no sea otra cosa que una vida más de las perdidas en el norte. Toda esta charla montada sobre nada, haciéndonos mover en posiciones determinantes, y así como arrojo mi decisión de exiliarme, me provoca un miedo creciente que se cumpla lo que predice. —Ni siquiera lo digas— me enojo con él. Eso no sucederá, es un hombre de recursos y encontrará la manera de asegurar su lugar, si bien espero que nunca encuentre al heredero que teme la ministra, porque no quiero que de todos los finales posibles, ese se cumpla. De todos los casos que han pasado por el ministerio en estos años, de las sentencias que se han dictado, esta parece ser la que definirá mucho más que la consecución del poder de un gobierno arbitrario. Nos coloca a nosotros en una batalla personal que tiene lugar en esta sala, y otra vez no sé si hay ganadores o perdedores. Hace a un lado mis manos y me quedo donde estoy, espero inmóvil al gesto que me diga si debo apartarme o si debo insistir.

Lo que me dice me toma desprevenida, no creí que fuera a hablarme de su hermana y más que eso, que me contara sobre lo duro que ella lo había juzgado. De la misma forma en que dice que entregaría a un chico desconocido para su muerte si eso le asegura protección a Meerah, puedo entender que a veces las maneras que elegimos para cuidar de otros son reprobables por esas mismas personas. Ellos no piden tal sacrificio, si les consultáramos, tal vez nos sorprendería saber que no lo elegirían. Pienso decirle esto, pero contrario a lo que cabría esperar no me siento capaz de contribuir a su martirio. Como tiene mis manos retenidas me contengo de acariciar su cabello, me limito a escuchar en silencio el juicio que hace de sí mismo. Con cada palabra, más se acentúa mi angustia hacia él. Su pregunta al final me toma con la guardia baja y me siento inestable en mi posición. —Porque he visto otras cosas en ti, creo que he llegado a entenderte algunas veces...— vacilo. —No he podido despreciarte al conocerte, de todo lo que podría sentir, nunca hubo desprecio— Aparto mis ojos de él para colocarla en algún punto sobre su hombro. —No lo sé—. Creo que sí lo sé, pero no encuentro el modo de decirlo. Las palabras están ahí, atoradas en mi garganta, que se cierra al escuchar lo siguiente. Temo ahogarme en todo lo que no alcanzo a expresar. Sujeto su rostro con mis manos y sabiendo que podrá alejarme, insisto en tomar sus labios para un beso más hondo, ansioso de una respuesta. Porque sé que lo extrañaría, que no podría usar el recuerdo de este beso ni de los otros para imponerlos a la nostalgia, porque me dolería. —Si me voy al norte, espero olvidarte y que también me olvides. Si vuelves a ver mi nombre en algún expediente, solo ignóralo, que no te signifique nada — murmuro al separarme a la distancia de un suspiro. —Las personas que se marchan por propia decisión, pierden el derecho a echar de menos.
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Mensaje por Hans M. Powell el Miér Mayo 22, 2019 7:35 pm

Mis ojos se abren en repentino asombro, porque de todas las cosas que podría decirme, no me esperaba alguna clase de entendimiento. No sé con exactitud qué es lo que eso me causa, pero puedo sentir un peso menos; ya he tenido demasiados prejuicios hacia mí en menos de una semana como para poder seguir acumulandolos y poder mantenerme indiferente. Me gustaría poder decir algo, pero solo atino a acariciar uno de sus brazos con suavidad como si eso fuese suficiente. Y voy a decirle que yo tampoco tengo idea de nada, pero mi voz no sale porque ella se toma la molestia de sujetar mi rostro y, aunque tengo la intención de echarme hacia atrás, solo queda en un vago amague. Me tenso al recibir su beso, uno que me obliga a cerrar los ojos con fuerza como si de esa manera pudiera oponerme, pero pierdo en cuestión de segundos. Le correspondo, obvio que lo hago, quedándome con ganas de más cuando ella se aleja y yo intento enfocarla en la cercanía — ¿Y que hay de los que nos quedamos? — pregunto en un murmullo — ¿Tenemos el derecho a extrañar?

Porque sé que la echaría de menos, a mí manera. Me he acostumbrado a ella, tal vez tanto que no he reparado en el nivel de importancia que le estoy dando. Pero ya demostré que no soy bueno fingiendo y no sé si es el alcohol o la necesidad, pero tomo su rostro entre mis manos y acaricio sus pómulos con mis pulgares — No te vayas— lo digo con una calma gentil, no es una súplica, tampoco lo veo como un reproche — Sé que dije hace un momento que serías más feliz allá, pero ... siempre puedes quedarte. Puedo solucionarlo, de alguna manera, pero quédate. No tienes que salir huyendo — ¿O sí? Estoy siendo egoísta, lo sé. La estoy empujando a quedarse solo porque estoy descubriendo que no quiero que se marche. Incluso aferro su cintura para estrecharla contra mí, usando su frente para recargar la mía — No sé lo que estamos haciendo ni creo que me importe mucho a estas alturas, pero es tu decisión. Supongo que sabes lo que te conviene — O no. Quizá solo está caminando a su suicidio porque cree que es lo correcto y yo solo dejaré que suceda. ¿Puedo dejarlo así?

Me relamo los labios que aún saben a ella y me muevo para dejar un beso sobre su frente, dejando que mi boca se recargue allí y me sea de soporte — ¿Puedo dormir contigo esta noche? — mis ojos buscan la silueta del anillo sobre la mesada, el cual se siente demasiado ruidoso incluso en el silencio del departamento — Ya sabes, solo dormir. No hay ánimos para... — ruedo los ojos con gracia y me aparto, dejándome caer otra vez contra el respaldo. Eso me deja apoyar la cabeza de tal manera que puedo ver el techo en todo su esplendor. Mi mano se siente pesada cuando la paso por mi rostro, tratando de despejarme un poco — Estoy agotado, Lara. De absolutamente todo. A veces solo quiero... — muevo mis manos con un "puf" para indicar una completa desaparición, como si eso fuese la solución a todos mis problemas. Como si así pudiese olvidar todo lo que nos complica algo tan simple como una emoción que pretendo que no sucede, en medio de un caos que acabará por ahogarnos.
Hans M. Powell
Hans M. Powell
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Mensaje por Lara Scott el Jue Mayo 23, 2019 11:44 pm

Deslizo mi pulgar por su mejilla con lentitud, alargando la caricia lo que tardo en hallar una respuesta. —Los que se quedan tienen derecho a olvidar, a seguir adelante con sus vidas — contesto arrastrando mi voz en un tono susurrado, me escucho como quien explica las reglas de un nuevo juego. Cuando en todo este tiempo no hemos hecho otra cosa que romper lo establecido, redifiniendo acuerdos, reescribiéndo reglas, para que aquello que dijimos que no debería suceder y sucedió, gozara de impunidad. Por eso estamos como estamos, en un medio abrazo, desencontrándonos en un beso que yo busco y al que se resiste, pero que lo consigo. Estamos más allá del fácil rechazo, cuando dijimos alguna vez que esto era algo que podíamos parar cuando quisieramos. ¿Podemos hacerlo? Porque al decirme que no me vaya, creo que mi última duda sobre si esto acabará sin consecuencias se desvanece.

Me reconozco capaz de cumplir con lo que digo, organizarme en dos o tres días, y simplemente marcharme. ¿Que no miraré sobre mi hombro para ver que dejo atrás? No puedo prometerlo, porque con lo orgullosos que somos, me conmueve que trate de convencerme y al final siga dejándome la opción de elegir. El alcohol tiene su efecto en él. Pienso en lo fácil que sería despertar mañana, fingir que no he dicho nada y ampararme en el olvido de la resaca. —¿Cómo se podría solucionar algo así, Hans? — inquiero. El mundo no cambiará mañana y a nuestro capricho, las razones que nos enfrentan seguirán estando vigentes, lo que nos cabe esperar del otro se tiene que ajustar a lo que podemos dar. Y lo que me pide es algo que está en mis posibilidades cumplir. —No pensaba dejarte ir a tu casa esta noche —. Sonrío un poco por su frase inconclusa, me retiro de su regazo para volver a mi lado del sillón. —Podrías desparticionarte por una mala aparición en tu estado — ¿Qué tanto había quedado en la botella de vodka? No hace falta hacer un gran cálculo, su resistencia deja que desear y por esta noche lo retiene aquí conmigo. Me quedo mirando el aire que revolvió con sus dedos al ilustrar cómo se siente con las cosas que lo superan. —Asi es como me siento en este momento — explico, por si le sirve para meditarlo. Es el hastío a las circunstancias del día a día lo que me incita a querer irme, no se imagina lo agotador que es para mi mente tener que vivir aquí. Recuesto mi cabeza en el sillón y volteo mi perfil hacia él, de nuevo paso mis dedos por su pelo por encima de la curva de su oreja. No digo nada, no llego a exteriorizar el pensamiento que me ronda, lo que hago es tomar su mano y ponerme de pie. —Ven.

Entrelazo nuestros dedos para un agarre firme porque no sé que tan bien podrá caminar con sus propios pies, el corto pasillo hasta mi habitación tiene una luz tenue y cuando llegamos puedo soltarlo. Entonces uso mis manos para pasarlas por debajo de las solapas del saco de su traje hasta sus hombros, para quitárselo de esta manera en que no necesito de su entera colaboración. —No te estoy desvistiendo — aclaro, —lo estoy salvando de las arrugas —. Lo coloco a medio doblar al borde de la mesa de luz que no tiene otra cosa que una lámpara. Me hago cargo de guiarlo hacia la cama, haciéndolo sentar antes de recostarlo sobre la sábanas hechas. Al tenderme a su lado, coloco mi mejilla contra la tela de su camisa y cruzo su cintura con un brazo. —¿Por qué... — mi voz se escucha extraña en la oscuridad del dormitorio, con mi rostro vuelto a su pecho —confias en mí después de todo lo que te dije como para querer dormir conmigo? —. Si es este de los momentos vulnerables que evitamos, y en lo que se supone que teníamos experiencia. Estamos a conciencia y a voluntad mostrándonos vulnerables, pero esta noche estamos a salvo.
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Mensaje por Hans M. Powell el Vie Mayo 24, 2019 12:32 am

No voy a discutirle eso porque sé muy bien que soy perfectamente capaz de olvidarla, lo que me molesta es el preguntarme si deseo hacerlo y ni loco digo eso en voz alta; puede que me encuentre en un ataque de sinceridad suicida, pero también creo tener mis límites. Me cuesta unos segundos ordenar la lógica en mi cansada mente, aunque no estoy muy seguro de repasarla — Puedo modificar algunos datos. Al fin de cuentas, no tenemos testigos — o algo así, puedo pensarlo mejor en la mañana, porque en mi cabeza sonaba mejor de lo que lo hace cuando sale por mi boca. El calor de su peso se desvanece sin que me dé cuenta y tardo en seguirla con los ojos, sonriéndome de mala gana por ese comentario — Que galante — bromeo — Una vez me sucedió. No por ebrio, por inexperto. En una de mis primeras apariciones — la cara de desagrado que pongo deja bien en claro que fue una experiencia asquerosa y para el olvido. Por suerte, el hilo de la charla me permite el desviarme de los malos recuerdos y me deja observándola con extraña atención. No sé por qué, pero tengo el impulso de tocarla y, aún así, muevo mis dedos sobre mi panza sin estirarlos en su dirección — Lo lamento — digo simplemente. Lamento que se sienta así, lamento que todo sea complicado, lamento que se fuera de mis manos y también de las suyas. Lamento disfrutar de la nueva manía que tiene de tocarme el pelo y lamento tener fe ciega cuando tomo su mano para levantarme del sillón, encontrándome a gusto con la idea de ir directamente a su cama sin siquiera pensar en cenar. Pero más que todo, lamento no lamentarlo de veras.

No sé si el camino a su dormitorio se me hace largo o demasiado corto. Me encuentro de pie sin poder verla del todo bien y mis hombros se relajan al sentir como el peso del saco los abandona, otorgándole una sonrisa de labios apretados que se curva hacia uno de mis lados — Confío en que tienes buenas intenciones — murmuro con diversión, siendo consciente de que busco no perderme ningún detalle visual de sus movimientos en la oscuridad. No es hasta que estoy en la cama que muevo mis pies para descalzarme por completo y agradezco el no llevar corbata, porque sé que esto sería mucho más incómodo, estando acostumbrado a dormir en ropa interior todos los días al menos que sea un invierno crudo. Encuentro el modo de rodearla con un brazo para ayudar a su cercanía y aún no cierro los ojos cuando su voz interrumpe. Respondo con un silencio, ese que no sé si le indica que estoy frunciendo los labios al pensar cómo contestar — Porque los negocios son negocios y el placer es placer. Cuando nos despojamos de nuestros conflictos políticos e ideológicos, nuestra dinámica cambia. Además, si hubieses querido dañarme mientras duermo, ya lo hubieras hecho — o eso me gusta pensar. No quita el detalle de la verdad cruel, esa que me dice que no confío de todo en ella. Se ha ganado mi recelo y aún así la aprieto con algo más de fuerza contra mí, buscando sentir como mi cuerpo y el suyo se acoplan — Te dije el otro día que me causarías problemas — le recuerdo y no sé si puede ver cómo le sonrío. Ella es mi problema, penosamente personal — ¿Tú confías en mí? — ese es otro tema. A sus ojos, sigo siendo el enemigo y, aún así, estoy en su cama, bajo la protección de un abrazo que considero afectivo. No soy el único actuando en contra de sus ideales en este lugar.

Eso me lleva a apagar un poco la expresión divertida de mis rasgos. Agradezco la imagen del tacto para acariciar su rostro, remarcando su sien en un desliz que bordea la forma de su cara, hasta tocar su mentón — Solo voy a hacerte una pregunta más y eso será todo, lo prometo: ¿Cómo conseguiste ese anillo? ¿Se lo quitaste? Porque no te imaginaba una ladrona — o tal vez esa parte de ella tampoco la conozco. ¿Por qué somos extraños y, a la vez, siento que nos conocemos demasiado bien? Y no tiene nada que ver con saber dónde tiene lunares, sino porque lo que compartimos tiene otro nivel de intimidad. Mis dedos acarician su cabello hasta acabar rodeándola con ambos brazos y me permito regalarle la confianza de cerrar los ojos con un suspiro, acomodando el peso de la cabeza en la almohada — Detesto que realmente me gustes, Scott. Todo esto podría ser tan sencillo si no fueras tú — suelto sin meditar, más resignado que compungido. Supongo que es verdad lo que dicen, que uno no sabe de razón cuando se deja llevar por las emociones. Debe ser el karma.
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