The Mighty Fall
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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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You're your father's daughter ✘ Meerah
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Es un poco deprimente, pero me gustaría decir que la última vez que vi a Meerah fue esa vez que terminó ebria en mi casa y no hace semana y media, cuando nos cruzamos en el funeral de su abuelo. Fue un encuentro rápido, puesto que solo estuve allí para presentar mi respeto y apoyo a la familia, pero permití que los Niniadis tuviesen su tiempo de duelo y eso incluyó unas pocas palabras con Audrey, a sabiendas de que no serían un enorme consuelo. Con Meerah, por otro lado, busqué un apretón de su mano, la promesa de que las cosas estarían bien y, luego, me mantuve en silencio hasta que ella decidió llamar. No sé si fue la mejor postura a tomar luego de la tragedia, pero tampoco tengo a quien hacerle consultas sobre cómo tratar a mi hija en estos casos y no pienso irle con mis problemas parentales a Lara Scott, quien sospecho que sabe tratarla mejor que yo.

Estoy acomodando los cajones de uno de los muebles de la oficina cuando la puerta se abre sin que hubiese un llamado al comunicador y me volteo para ver como Meerah se encuentra en la entrada, aunque lo primero que me sale es estirar el cuello en busca de mi secretaria, sorprendido de que no la hubiese frenado — ¿Dónde está Josephine? — ¿La envié a hacer algún recado y no lo recuerdo? ¿O fue al baño? Ya, tampoco es que importe mucho. Le hago unas señas a la niña para que cierre detrás de ella y vuelvo a darle la espalda, siendo libre así de terminar mi papeleo — Es un placer verla por aquí, señorita Powell — el tono pomposo es meramente bromista. Creo que es la primera vez que tenemos la oportunidad de conversar como es debido desde que firmé los papeles para ser su padre de manera legal, así que todavía no me hago la idea de que mi familia se ha expandido oficialmente. Si debo ser sincero conmigo mismo, es una sensación que no creí que me fuese agradable, pero que sorprendemente resultó serlo — Lamento que hoy no podamos ir por nuestro almuerzo, pero siempre podemos tenerlo aquí dentro. ¿Qué se te antoja? — empujo el cajón, cuyo ruido es estruendoso dentro de la enorme oficina y vuelvo hacia ella, dando unos pasos en dirección al escritorio — Siempre que quieras algo, aprieta ese botón — señalo vagamente al enorme del comunicador — y Josephine lo traerá. Intenta no abusar de eso, no es que estemos falto de trabajo estos días.

A decir verdad, el ritmo se ha acelerado. Percatarme del motivo justo delante de ella no es algo que hubiese deseado, así que apoyo las manos en el escritorio y bajo un poco la voz cuando la analizo con la mirada — ¿Cómo has estado? — es obvio que sabe de lo que estoy hablando. Sé que su abuelo no era nadie cercano a ella, pero a sabiendas del lazo de sangre que los unía, a veces las noticias no dejan de ser impactantes. Y, además, no tengo idea de cómo ha sido todo esto dentro de las paredes de su casa.
Hans M. Powell
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M. Meerah Powell
Fugitivo
Creo que llamar a mi padre ha sido la mejor decisión que he tomado en estos días que solo han estado plagados de incertidumbre y un aire tan tenso que podía cortarse con un cuchillo. Habían pasado poco más de una semana desde la muerte de Sean y, aunque era mi abuelo, no podía sentirme todo lo triste y acongojada que debería. No es por falta de intentos, de verdad; pero no podía sentir lo mismo que sentía Hero, a quien casi no había reconocido en el funeral, o que mamá, quien con su silencio me incomodaba más que con sus extensas explicaciones. Podía contar con los dedos de la mano las veces en las que había visto al hombre y, aunque me parecía alguien afectuoso e increíble en regla general, no dejaba de ser un desconocido. Lo único que de verdad lamentaba, era no haber tenido más tiempo que compartir con él, no haber podido conocerlo como me hubiese gustado.

Al menos con Hans puedo aparentar que no mucho ha cambiado, y no me siento culpable de volver a nuestra relación tambaleante, mientras tratamos de medir los límites del otro sin forzar situaciones innecesarias. Todavía le debía una por lo del cumpleaños de Hero, e incluso por darme mi espacio luego del funeral. Así que, cuando siento que no aguanto más la incomodidad de la semana, lo llamo para preguntarle si podemos retomar los almuerzos que han quedado replegados.

Entrar al ministerio y llegar a su piso sigue siendo tan fácil como lo había sido la primera vez, y al igual que en aquel entonces, me reciben su secretaria y la camisa más fea que había visto en mi vida. ¿Alguien podría decirle que devolviese esa prenda al milenio pasado? Me acerco al escritorio que ocupa y le sonrío con la mejor expresión de niña buena que tengo. - Hola, ¿qué tal? vengo a buscar a Hans. - Apoyo las manos sobre la superficie y, cuando vuelco el vaso de carton lleno de café, me disculpo enseguida pese a que ha sido un acto totalmente intencional. No tarda en limpiar el desastre que he causado y, no sin antes mirarme de mala manera, desaparece por el pasillo en busca de lo que supongo debe ser el baño más cercano. No sé por qué la verdad, si la gente se concentraba en la mancha de café, tal vez no viera el horror que era su camisa en sí.

No espero a que la mujer vuelva, y no tardo en pasar por las puertas que estoy segura corresponden a la oficina de mi padre. Me encojo de hombros ante su pregunta, pero no me dura mucho la expresión de desentendida porque su siguiente comentario hace que se me escape una sonrisa. Puede que sea una tontería, o tal vez no, pero haber agregado su apellido a mi nombre es algo que me ponía feliz por algún motivo. - Es un placer estar aquí, señor Powell. - Respondo con gracia, en lo que me pongo a examinar su oficina con la mirada. - No te preocupes, no tengo antojo de nada en particular. Puedes elegir lo que quieras. - Además de que no sabía qué podíamos pedir por aquí, y aunque ví el cartel que indicaba la cafetería a solo unos pisos de distancia, tampoco tenía ganas de conocerla hoy. Suponía que si Josephine (trataría de recordar su nombre) podía hacernos el favor, no me opondría a algo de comida.  

Claro que, como cualquier persona normal haría, Hans pregunta cómo he estado y no puedo responderle de inmediato. Sé a dónde quiere llegar, pero me quedo entretenida tironeando de una de las pelotitas del adorno que descansa en la repisa, y las observo golpetear la una contra la otra. - Mejor que mamá seguro. - Frunzo los labios y me doy la vuelta llevando mis manos a mi espalda, entrelazándolas entre sí, sin saber muy bien qué decirle. - ¿Soy muy mala persona por no sentirme mal? Digo, era mi abuelo, ¿no?
M. Meerah Powell
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
El ida y vuelta me sirve para darme cuenta de que, al menos, creo estar yendo en la dirección correcta. No fue sencillo para mí el tomar la decisión de hacerla parte de mi familia, más no por ella, sino porque sé lo que puede repercutir de algo como esto. Aún así, aquí estamos, tratando de ser lo más parecido a una familia normal en vista de las circunstancias — Eso depende. ¿Cuánta hambre tienes? — aventuro — Porque podemos ir desde un plato elaborado a un simple sándwich. Se supone que eres mi invitada, pretendía darte la última palabra — es solo simple protocolo y educación. Obviemos de que me estoy dando cuenta de que tengo una ligera vena de padre consentidor, pero eso es algo que me parece que no se lo tienes que decir directamente a tu hija, más a sabiendas de que corres el riesgo de perder la batalla si juega esa carta.

Reconozco muy fácil la incomodidad plasmada en ese intento de darle toda su atención al adorno y no a mí, en especial porque eso es algo que tiendo a hacer mucho. Quizá no hice bien en sacar el tema tan rápido, pero sorpresivamente, consigo una respuesta — Bueno, sí. Pensé en llamarla estos días, pero no sé si seré bien recibido o no — admito. Aún no entiendo cómo se supone que debo actuar alrededor de su madre, principalmente porque a veces siento que entender a Audrey es ir a ciegas. Su otra pregunta me hace llenar los pulmones y soltar un suspiro largo y pesado, de esos que inflan tus mejillas hasta que vuelven a su tamaño normal — No lo sé — confieso, subiendo la mirada que había desviado a la nada en mi segundo de meditación a sus ojos — Siempre he creído que las relaciones se construyen, por mucha sangre que puedas tener en común — mi padre y su incierto destino es algo que lo pone en evidencia. Lo extraño es que sé muy bien que sería muy sencillo el rastrearlo para saber si sigue con vida, pero hay algo que siempre me ha detenido y no puedo identificarlo — No tienes que sentirte obligada a sentir algo que no te sale naturalmente. Creo que es bueno que lo respetes, que respetes a tu madre y que sepas que no eres mala persona por algo como esto. Quiero decir, no es tu culpa no haberlo conocido y ya no puedes cambiarlo — ¿No estoy siendo un poco duro, no? Aprieto mis labios y trato de aclararme un poco la garganta para encontrarme en el hilo de esta conversación — Sean era un hombre honorable. Trabajé con él durante años y creo que fue una pieza clave en la formación y estructura del país que estamos buscando mantener. Quizá deberías mantener la idea de que tu abuelo era alguien admirable y…. bueno, sostenerte a esa idea — hablar de cómo murió es algo que no pienso tocar. Los dos sabemos cómo debieron ser las últimas horas de vida de Sean Niniadis y eso dice mucho de su carácter.

La manera en la que me enderezo y tironeo del saco hacia abajo como si buscase acomodarlo delata que esta no es mi zona de confort. No sé si algo de todo esto va a servirle de alguna manera, pero creo que es lo mejor que tengo — Me gustaría poder serte de ayuda, Meerah. Pero el haber pasado las fiestas de los últimos años con amigos y colegas deja en evidencia que todo esto de las relaciones estrechas no se me da muy bien — le sonrío a medias, casi disculpándome por la actitud cómoda y segura que he tomado durante los años en los que no pude ser su padre. Ahora que lo pienso, puede que solo hubiese estado tomando el camino fácil — Como sea… ¿Vas a querer que te pida un postre también?
Hans M. Powell
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M. Meerah Powell
Fugitivo
- ¿Me darás la última palabra siempre que sea tu invitada? Podría acostumbrarme a eso… - Viviendo con Audrey, no conocía eso de tener la última palabra porque mamá siempre tenía una respuesta para todo, y generalmente eran cosas que uno no podía refutar. - No tengo demasiada hambre, ¿tal vez un tostado y un jugo? o una gaseosa. Él dijo lo del sándwich, así que no estará demasiado negado a esa idea. Además de que era una oficina, no me imaginaba comiendo un bistec con ensalada, al lado de las pilas de papeles importantes que parecía tener. De solo pensar en las manchas de grasa sobre el papel…

- No sé si te hubiese servido de mucho. La mayoría del tiempo quiere hacer parecer que no le afecta así que… - Me encojo de hombros, demostrando que no tenía idea de cómo podría resultar esa conversación si es que Hans la llamaba. Cualquiera que no la conozca, no notaría nada distinto en ella; pero yo la conocía mejor y podía notar que detrás de toda su fachada comprensiva, no estaba todo lo bien que decía estar. Claro que podía estar equivocada, con mamá nunca estaba del todo segura, y podría equivocarme.

Me doy vuelta cuando lo escucho suspirar, y llevo las manos a mi espalda, uniéndolas entre ellas y jugando a estirar mis brazos a causa de la incomodidad. - Gracias. Lo conocí más que nada por la tele, y por las vagas descripciones que daba mamá, así que es lindo pensar que otras personas que lo conocieron puedan pensar así de él. - Podía vivir con eso. Saber que no estaba mal el no sentirme especialmente triste por su muerte, pero sí respetando lo que fue como persona y lo que había ayudado a crear. No conocía otra cosa que no fuese el régimen que estamos viviendo, pero había leído y en el colegio nos habían enseñado lo que había sido antes. Pensar que gente como mi abuelo hubiese tenido la voluntad de promover tanto cambio, de arriesgar y sacrificar todo por un ideal tan justo… Es cierto, Sean Niniadis era un hombre admirable y debía recordar eso.

Ya más reconfortada, me acerco hasta su escritorio, y tomo asiento en una de las sillas que se encuentran delante de él. ¿Era necesario que tuviese sillas tan altas? Si me siento erguida, como siempre lo he hecho, los pies me quedan colgando del borde, sin llegar a tocar el suelo. - ¿Una malteada de chocolate, tal vez? - Contesto a su ofrecimiento algo dubitativa, todavía pensando en lo último que dijo. - Podemos pasar estas fiestas juntos… si quieres. - Me sonrojo por haber propuesto algo así tan abiertamente, sin saber si él iba a considerar siquiera sacrificar sus salidas con gente de su entorno, por pasar tiempo con una niña que apenas y estaba conociendo. - No tienes qué, pero pensé… Bueno, no tiene que ser con mamá. Puedo pasar unas fiestas con cada uno… - Me agarro del borde del asiento, sin saber muy bien como salirme de esta, y me muerdo los labios con nerviosismo.
M. Meerah Powell
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Un tostado con un jugo me parece bien — tampoco es que me muera por llenarme la panza a sabiendas de que tengo mucho trabajo que hacer y una hija a quien entretener, así que amago a poner un dedo sobre el comunicador, pero no lo hago. La atención se la lleva la leve sonrisa que dejo escapar, tratando de no mostrarme tan divertido ante una extraña sensación de nostalgia — Sí, tiende a hacer esas cosas — declaro con gracia, en memoria a una Audrey adolescente que me costaba descifrar. Se me da bien leer a las personas, creo que lo he demostrado con el correr del tiempo y el avance de mi carrera, pero mi ex siempre encontraba el modo de complicarme en sus máscaras.

Lo dudo mucho, pero quizá debería decir algo más. Le doy un poco de vueltas e intento convencerme de que es lo correcto, hasta que me convenzo de que Meerah es una niña inteligente y sabrá qué hacer con lo que le digo a continuación — Siempre que tengas una duda sobre él, estaré contento de contestar si me sé la respuesta — es lo mínimo que puedo hacer. Sean fue un buen mentor, en especial porque se había tomado la molestia de educarse en leyes para ayudar a dirigir un país con inteligencia, estrategia y sutileza. Tal vez no éramos cercanos en un aspecto personal, pero yo jamás habría llegado a donde estoy si no fuese por ese hombre. Si su nieta quiere saber de él, no puedo hacer otra cosa que responder con honestidad.

Malteada de chocolate, bien, eso ayuda que regrese a la idea del almuerzo y me saque los pensamientos amargos. Obviamente, ella se las arregla para hacer que me distraiga una vez más, pero con una propuesta que no me esperaba y que me dejan mirándola como si acabase de darme un fuerte golpe en la cabeza — ¿Quieres pasar una fiesta… conmigo? — me señalo el pecho sin apoyar el dedo sobre mi camisa en un intento de reforzar la creencia de que es una idea un poco descabellada, no por nosotros sino porque no recuerdo una propuesta de este estilo con tanta honestidad. Intento imaginarlo un instante, visualizar cómo sería un festejo en compañía de ella y no de los ebrios adinerados de siempre. Es penoso pero me cuesta hacerlo, en gran parte porque creo que ella moriría de aburrimiento — Faltan meses para las fiestas — recuerdo, tratando de encontrar una respuesta que no me ate a ninguna incomodidad — Sería un honor pasar una de ellas contigo, Meerah. Te aburrirían mis colegas, pero podemos armar un plan un poco más interesante. Y si tu madre se queda sola, bueno… — me encojo de hombros, pero espero que en este punto no se me note que sería más por ella que por mí — Podemos hacer algo los tres — o los cuatro. ¿No tenía una tía? Por favor, necesitaría demasiado alcohol para poder soportar la impresión posterior de una cena así.

Antes de olvidarme una vez más, toco el comunicador y descubro que Josephine ha vuelto, aunque por el tono de su voz no parece de muy buen humor; tarda incluso en contestar y creo que chasquea la lengua cuando ni siquiera se despide ni hace su clásica promesa de que lo hará en seguida, pero tampoco le doy mucha importancia. Con la petición de dos almuerzos iguales y una malteada, me encuentro en medio de mi zona de trabajo sin saber muy bien qué es lo que tengo que hacer a continuación — Nunca me dijiste si habías averiguado los costos de esa escuela de moda que me habías comentado — recuerdo repentinamente — Deberías chequearlo antes del inicio del próximo año. ¿O ya solo quieres que empiece a enseñarte sobre abogacía? Tengo un par de casos archivados que podríamos revisar juntos — ¿Por qué siento que mis propuestas serían de lo menos atractivas para un niño de su edad? Aún así, creo que ya he aprendido que Meerah no es una niña precisamente normal.
Hans M. Powell
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M. Meerah Powell
Fugitivo
Le agradezco con una sonrisa que me ofrezca el contarme de mi abuelo, y me prometo a mi misma sacar el tema a flote más adelante. Hoy no tengo muchas ganas de dar más vueltas a ese asunto, más que nada porque quiero aprovechar el estar aquí para pasar tiempo con mi padre. - Sí, ¿por qué no? - Trato de sonar total y completamente desinteresada. Como si hubiese sido un comentario al azar y no un pedido nacido de mi alma de niña tonta. Ya que, si su expresión me decía algo, es que jamás había sopesado esa posibilidad. - Como tú desees, ni me molesta pasar tiempo con tus colegas, ni me es de ninguna inconveniencia el que sea una fiesta que incluya a mamá. No suelo darle mucha importancia a las festividades más que por los regalos y las vacaciones si tengo que ser sincera. - Me gustaba el colegio, pero no podía decir que tener tiempo libre en mis manos era hermoso, y más cuando había telas nuevas que acompañasen ese tiempo.

Aprieto los labios con fuerza cuando se comunica con su secretaria, y llevo mi mirada al techo, como si las junturas y la práctica nula textura del mismo fuesen más interesantes que cualquier otra cosa en la habitación. - No tiene el mejor de los humores, ¿verdad? - Se me escapa ni bien corta la comunicación. No me conviene llevar la atención a ese tema, lo sé. Mi comportamiento había sido de lo más infantil, pero no me arrepentía y eso se me notaría en la cara. Al menos Josephine no me delata y simplemente se limita a hacer su trabajo lo que, en cierta forma, hace que me caiga un poquito mejor. Si no se vistiese tan mal…

- Oh, sí. Los averigüé pero… es cara, no quería parecer demasiado interesada. Las clases comienzan en Octubre igual, así que tengo tiempo. - Había estado muy interesada con su propuesta la última vez, pero el tema no había surgido por sí solo, y yo no iba a buscarlo. No cuando no tenía la confianza suficiente con él todavía. - No te preocupes igual, ni siquiera parece que asista gente por debajo de los dieciocho así que… - Me encojo de hombros y aprovecho su cambio de tema con rapidez.

Aunque jamás podría decir que no a esa oferta. - ¿De verdad no tenía inconvenientes en que mirara sus casos? Mamá siempre me contaba de lo que le pasaba en el trabajo si es que lo preguntaba, pero no era partidaria de que viese sus expedientes… o cualquier tipo de documentación en realidad. - ¿En qué puedo ayudar? Me imagino que, siendo el ministro, debes tener más casos de los que podrías querer.
M. Meerah Powell
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Verdad que tendré que darte un regalo este año — por un momento, intento que suene a que eso sería un enorme y molesto sacrificio, pero demuestro lo contrario al regalarle una suave sonrisa — Tendrás que pasarme la lista de Santa cuando llegue el momento — el tonito burlón es suficiente como para quitarle el peso de lo extraño a toda esta situación. Tendré que conversar con Phoebe, llegado el momento. Y, repentinamente, una fiesta en familia no suena nada mal, porque sería la primera vez en más de dieciséis años que viviría algo así. Paso de ser un enclenque emocional, así que el tono gruñón de mi secretaria y el posterior comentario de Meerah me dan la excusa perfecta para hablar de otras cosas — ¿Josephine? Tiene su carácter, pero suele estar de buenos ánimos — al menos que Patricia Lollis esté cerca — Tal vez tiene uno de esos días, no pienso culparla mientras su trabajo esté bien hecho.

Los golpeteos rítmicos y distraídos que le estoy dando a mi escritorio con mis nudillos se vuelven más lentos cuando me confiesa que no me ha pasado ningún nombre o teléfono debido a su alto costo, así que le chisto — Hice una promesa y pienso cumplirla — le recuerdo. Si hay algo de lo que me puedo jactar, es que soy un hombre de palabra, para bien o para mal — Meerah, trabajo de manera constante y eso me es retribuido con uno de los sueldos más suculentos dentro de nuestro ministerio. Si consideramos la cantidad de cumpleaños y Navidades que me he perdido, invertir en algo que deseas hacer no me cuesta en lo absoluto — siento que es lo correcto, pero una vocecita en mi cabeza me pregunta si no la estoy consintiendo demasiado. Bueno, me perdí de ella por casi trece años, así que voy a darme ese gusto — Solo dame los números y yo haré algunas llamadas. Van a aceptarte, ya verás — sino, siempre puedo abusar un poco de mi nombre.

No me creo que de verdad esté interesada en algo como archivos legales y me tomo la molestia de evaluarla con la mirada en busca de algún rastro de sarcasmo, pero no encuentro ninguno — Solo llegan a mí los casos de verdadera importancia nacional. El resto es trabajo del Wizengamot — a decir verdad, extraño un poco la constancia de la corte. Era menos rutinario que encerrarme todos los días en esta oficina — No podría hacerme cargo de las leyes y del orden si viviese metido en el tribunal, tú me entiendes. Mi trabajo es mantener estable nuestra constitución y asegurarme que nada se salga de las líneas establecidas. Soy el asesor jurídico de la ministra y el defensor de nuestros civiles, ya sabes. Sin embargo... — vuelvo a darle la espalda para acercarme a uno de los muebles del rincón y lo abro con rapidez, pasando los dedos por algunos de los expedientes — Tengo unos cuantos casos que quizá te interesen. ¿Qué me dices de este?

Me recuerdo, una vez más, que estoy tratando con una niña y aún así saco la pequeña carpeta y cierro el cajón — Finneas Ottlegone, del distrito cinco. Estuvo desaparecido durante días luego de que se encontraran rastros de que en su sótano habían estado escondiendo a una familia de muggles. Cuando apareció, no tenía memoria y su varita indicaba que había efectuado un encantamiento desmemorizante. Ahora… — lanzo la carpeta sobre el escritorio y tomo asiento, como si no estuviese hablando con mi hija pero sí con un colega — Había un mago muerto en su domicilio esa noche, Hugh Ottlegone, su hermano. Ambos eran fieles a nuestro sistema, incluso trabajaban en el departamento de defensa. Pero no hubo rastros de violencia en su cuerpo y Finneas insiste en que él es inocente. Recuperar su memoria está costando trabajo, así que… — alzo las cejas en su dirección, moviéndolas como si estuviese dándole el mejor regalo de navidad — ¿Tú que opinas?
Hans M. Powell
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M. Meerah Powell
Fugitivo
- ¿Santa? ¿de verdad? - Quiero creer que está bromeando, pero ni siquiera la leve certeza de que Hans no pensaría algo tan estúpido como el que creo en Santa Claus, evita que mi ceja se eleve en el aire con un marcado escepticismo. Aunque si quieres hago una lista. Procuraré incluir un unicornio y una motocicleta voladora en ella. - Que si lo pensaba, la idea de una motocicleta era ciertamente tentadora, si no contaba que tenía doce años, y cero destreza para manejar cualquier cosa que no fuese mi propio cuerpo. - ¿En sus días? - Me río, porque siempre me ha dado gracia eso de que justifiquen el mal humor de una mujer en base a su menstruación. Yo no noté ningún cambio particular cuando me pasó por primera vez hace pocos meses, y tampoco notaba ningún comportamiento distinto en mamá. - Incluiré tampones y chocolates en la lista, y se los regalaré a Josephine de tu parte. - Me río entre dientes, y cuando noto que lo hago, muerdo mis labios a fin de cortar con la diversión que me causa una ocurrencia tan ridícula como esa.

Lo observo con un leve rubor en las mejillas cuando reitera que no tiene inconvenientes en pagar por el colegio de diseño, y musito un leve gracias al saber que es completamente sincero en su deseo de complacer el único capricho que de verdad quería cumplir. - Jamás dudé que fueran a hacerlo. Mi portfolio habla por sí solo, “The Fairy Godmother” no se perdería de educar a una niña de doce años con talento, dedicación, y un futuro emprendimiento con un plan de negocios diagramado. - Puede que esté pecando de vanidosa, pero si hay algo de lo que estoy confiada en mi vida, es de mi visión como diseñadora. - Estoy tan confiada, que hasta me anotaría con un pseudónimo para que no juzguen en base a mi apellido. - Y era verdad, porque sabía que pese a que el añadido Powell era bastante reciente, el Niniadis solo bastaba para que me consideraran, tuviese talento o no.

Tengo que admitir que me impresiona cuando describe su trabajo, incluso con más seguridad de la que yo describo mi vocación. - No sé si entiendo todo, pero hay cosas que nos han ensañado desde antes de conocerte que me hacían tenerte un gran respeto como Ministro. Cómo la ley de trabajo esclavo en beneficio de nuestra comunidad. - Sabía que Hans se había hecho un nombre por sí mismo, y que si estaba dónde estaba, era por su capacidad y no por otra cosa, sin importar lo que piensen los esclavos maleducados y harapientos que se encontraban en el mercado.

No estaba del todo segura de que mi padre de veras fuera a confiarme con un caso, pero cuando lo hace, trato de prestar la mayor atención posible a todos los datos que me da. Es interesante el pensar que tenga que lidiar con casos como este, y no tardo en recordar a los Millards y los diez, no: once minutos y medio que había demorado en resolver el caso. Sé que no estaré ni cerca de alcanzar su tiempo, y eso si es que lograba llegar auna conclusión razonable en sí, pero lo intentaría. Como la información que Hans me brinda es incompleta, no tardo en tomar la carpeta y notar que, dejando de lado el informe psicológico de Finneas, por lo demás es bastante concisa en los datos que contiene. - Para empezar, opino que eso de la fidelidad es cuestionable. Aquí dice que se refugiaron por meses en su casa, así que, o tienen aurores muy incompetentes, o con ideologías cuestionables. - Sigo leyendo el informe, los datos de los hallazgos, y la descripción que corresponde al segundo hermano. - ¿Por qué hallaron solo una varita? Si los dos eran magos eficientes… ¿El desmemorizante es el único hechizo que se detectó en la de Finneas? - No quiero, de verdad no quiero decir ninguna estupidez, pero tengo una idea en mente que parece bastante razonable. Me muerdo el labio inferior con nerviosismo, y vuelvo a leer las partes del expediente que me importan a fin de confirmar que nada de lo que pueda llegar a pensar es una tontería hecha y derecha.


No sé cuántos minutos pasan hasta que me convenzo a mi misma de lo que voy a plantear, y sin despegar la vista de las hojas, empiezo a hablar.  - Se me ocurre algo, pero no puedo ver que haya pruebas que determinen la culpabilidad de Finneas pero… Si Hugh Ottlegone descubrió la traición de su hermano, en alguna visita informal, pudo no haber estado preparado para un enfrentamiento. Si Finneas lo desarmó y lo asesinó con su propia varita, no le habría costado mucho el convencer a la familia de muggles de huír llevándose la evidencia, para luego desmemorizarse y alegar inocencia. ¿no?- Cierro la carpeta y golpeteo mis labios con el borde del cartón, tambaleando los pies de adelante hacia atrás de forma involuntaria, y  mirándolo esperanzada. No quería que pensara que era una niña tonta, o que no tenía destreza en algo que siempre me había interesado, pese a que no era lo que me apasionaba.
M. Meerah Powell
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Estará fascinada  —bromeo, siendo incapaz de imaginar si ella se lo tomaría con humor o me los devolvería sutilmente. Tampoco es que me importe mucho, hay cosas un poquito más preocupantes, como el exceso de confianza que puedo ver en la niña que tengo delante y me hace preguntarme si así es como sueno cuando abro la boca. Me muerdo los labios para no mostrarme tan divertido al respecto y la dejo hablar, hasta que creo que se toma un momento para respirar — Jamás voy a decirte que no tengas confianza en tus habilidades porque una actitud segura a veces vende más que un buen proyecto. Demuestra personalidad y espíritu y si alguien debe seleccionarte, eso hará que sobresalgas — por el tono de mi voz, es obvio que se viene el… — pero …. — ahí va — La confianza desemboca usualmente en vanidad y la vanidad nos ciega un poco. Conozco unas cuantas personas que te dirían que es irónico que yo te diga esto, pero mantén tu ego unido a tu humildad. Siempre habrá cosas que puedas mejorar de tu trabajo y estoy seguro de que en esa institución que tú quieres aceptará tu portafolio de buena gana, solo… bueno, no te decepciones si no ven las cosas como tú lo haces — dicho y otra forma, que no se suba al caballo tan rápido porque el hondazo podría ser doloroso si las cosas salen de manera diferente a su imaginación.

Que reconozca esa ley me causa algo de gracia, porque no estoy acostumbrado a debatir temas laborales con niños de su edad. Aún así, no digo más, esperando su veredicto sobre uno de los casos que hacen que observe a mis colegas discutir sobre asuntos que para mí ya son un poco estúpidos — Cuestiono los ideales de la mitad de las personas del ministerio — declaro — Y sí, la varita de Hugh se encuentra desaparecida, lo cual crea una laguna. No hay hechizos registrados más allá de los normales y cotidianos — por la manera en que levanto la mano y me muerdo la uña del pulgar, puedo decir que me muestro hasta aburrido. Lo bueno es que Meerah piensa rápido y su sospecha me obliga a sonreír por detrás de mis nudillos — Eso es lo que pensé yo. Entrevistamos a las personas más cercanas, incluyendo a los padres de ambos y éstos aseguran que eran unidos y que Finneas jamás haría algo así. Ahora, la pregunta: ¿Dónde está la varita que falta? ¿Hubo otro mago en escena que cometió el crimen y borró la evidencia? ¿Finneas actuó por voluntad propia? — lo único malo de la magia es que, a veces, puede ayudar a complicar las cosas más que hacerlas fáciles. Bajo la mano y me aferro al borde del escritorio para así impulsar la silla y acercarme — También creo que los muggles robaron la varita de Hugh en cuanto se marcharon, aunque no entiendo por qué harían eso si solo compromete a su protector. Hay cabos sueltos y la ley me prohíbe condenar a un mago cuya memoria está modificada, porque eso lo vuelve inimputable. Digamos que borrarse la memoria habría sido un acto inteligente de salvarse el pellejo, en especial si fue un hechizo poderoso que cuesta ser revertido. En pocas palabras, Ottlegone es un rebuscado hijo de….

Es un poco afortunado que mi insulto automático quede silenciado por cómo se abre la puerta y Josephine hace acto de presencia, llevando delante de ella una bandeja repleta que mantiene en el aire con la varita. Me es imposible no fijarme en el manchón húmedo de su camisa que indica que la ha limpiado con agua, lo que me hace señalarla con el mentón — ¿No pensaste en utilizar el encantamiento de aire caliente para secarla? — es una pregunta inocente, así que no entiendo por qué me contesta una negativa acompañada de una sonrisa cínica que me enseña todos los dientes. La bandeja se apoya con algo de brusquedad en el escritorio y el jugo se agita en los altos vasos de vidrio, por lo que le lanzo una mirada de reproche antes de que cierre de un portazo que me hace dar un bote en el asiento. Parpadeo, confuso, volviendo a girar el rostro hacia Meerah — ¿Viste algo en los pasillos cuando llegaste o de qué me perdí? — pregunto y empujo uno de los vasos en su dirección — Hablaré con ella luego, de todos modos.
Hans M. Powell
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M. Meerah Powell
Fugitivo
Tengo que admitir que no esperaba un “pero” saliendo de la boca de Hans y no estoy del todo segura de cómo debía tomarme sus palabras. ¿Acaso no confiaba en mis habilidades? En su defensa, tampoco es que había visto mucho más que la ropa que suelo vestir y la corbata que le hice, pero aún así me desilusiona un poco que mis palabras sean vistas como un exceso de vanidad. - Mi ego unido a mi humildad, ¿y mis pies unidos a la tierra? Sé que hay cosas que puedo y tengo que mejorar, porque esa es la razón por la que quiero estudiar. Pero no voy a opinar que soy menos de lo que creo porque no le veo el sentido. - Me encojo de hombros, dudando por unos momentos si estuvo bien o no hablarle así, más acostumbrada a tratar con mamá con quien básicamente teníamos charlas a base de enciclopedias. - También creo estar preparada para lidiar con el rechazo… si es que está bien justificado. - Probablemente no admitiría excusas idiotas como ‘es muy joven’ o ‘es una niña de segundo curso’. Diaj, estaba harta de que me juzgaran por mi edad.

Entrecruzo los tobillos y balanceo los pies mientras Hans sigue desarrollando el caso, y tengo que admitir que me encuentro feliz de no haber errado demasiado en mis conjeturas. La verdad es que es un caso rebuscado y bastante difícil de probar; se me ocurrían sólo dos opciones, y ninguna hacía quedar bien a Ottlegone. La primera ya la había planteado, la segunda era suponer que una familia de muggles hubiese sobrepasado a dos aurores capacitados y montado una escena del crimen que no tenía ni pies ni cabeza. Sabía que los muggles eran rastreros y engañosos, pero de ahí a creer que podían superar a dos magos del ministerio, entrenados especialmente. No era muy probable que Finneas hubiese convivido con una familia de muggles amenazado o en contra de su voluntad…

El sonido de la puerta interrumpe el insulto de Hans y me volteo con rapidez para ver entrar a Josephine con una enorme mancha húmeda en su camisa. Tengo que apretar los labios con fuerza y fruncir la nariz para que no se me escape una risa cuando Hans le sugiere un encantamiento al que ella responde con una cara que espero almacenar en mi memoria solo para reírme luego. Me sobresalto un poco con el ruido que genera la bandeja, y vuelvo a hacerlo de nuevo cuando pega un portazo que evidencia su poco genio.Tengo que respirar profundo para poder cambiar la expresión de mi rostro, así que cuando me volteo, trato de tener las facciones relajadas y un gesto inocente en mi rostro. Tomo el vaso que Hans me ofrece, y doy un pequeño trago antes de contestar. - No lo sé, creo que simplemente no le caigo bien. - Debe ser por el comentario de la primera vez que la vi, por mi evidente disgusto hacia su ropa, o tal vez por el café que he derramado sobre ella esta mañana; pero esas eran cosas que Hans no tendría por qué saber, ¿no? - No lo hagas, tal vez sí está en sus días… - Hago un pequeño resoplido divertido en mi vaso, y tomo un trago para disimularlo, lo cual resulta ser una pésima idea cuando la bebida pasa por el lado equivocado. Toso con fuerza mientras mis ojos lagrimean por el ardor que siento, y apenas atino a apoyar el jugo en la bandeja para no volcármelo encima.
M. Meerah Powell
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Sacudo la cabeza con tanta lentitud que es solo un balanceo y echo un soplido por el costado de mi boca, tratando de acomodar así un mechón de cabello que se ha descolocado — No, tú siempre debes estar segura de tus habilidades. Pero aceptar la crítica constructiva siempre demuestra un buen carácter. Tendrás muchas de esas en cualquier profesión que elijas y, siendo sincero, siendo diseñadora o abogada te encontrarás con miles — porque aún no me olvido que tiene intenciones de seguir la especialidad de leyes ni que mis primeros años como interno en el ministerio fueron una pesadilla competitiva. Al menos tiene un doble apellido a su favor.

Puedo olvidarme de todo el asunto del caso Ottlegone porque el almuerzo parece ser algo más entretenido cuando la declaración de Meerah me saca una sonrisa torcida y divertida, mostrando una mirada inquisitiva en su dirección — En sus días, claro… — no sé qué es lo que la delata más, si su modo de resoplar o que se atragante con su jugo. Dejo mi propia comida para estirarme sobre la mesa, levantando un poco el culo de la silla, para poder darle unas palmaditas en la espalda — No conozco a Josephine desde hace mucho tiempo. Yo estaba más enfrascado en los trabajos del tribunal y cuando asumí, ella ya trabajaba para mi predecesor hace alrededor de dos años — parece una anécdota muy casual, hasta que creo que ha dejado de morir y puedo volver a acomodarme en mi asiento. Uso la velocidad de mis dedos para acomodar el plato cerca de mí y en segundos ya estoy masticando, aunque mantengo la vista en las facciones transparentes de la niña que tengo delante — Pero en mi medio año de servicio como ministro, jamás la he visto tomar represalias contra alguien solo porque sí. Tiene su carácter, lo admito… — me ahorro el decir que es una de las cosas que me atraen de su persona, porque son detalles privados. Además, hace un tiempo que no sucede nada entre nosotros así que no tiene importancia — … pero no le caerías mal por el simple hecho de estar aquí. Así que, reformulo: ¿Me perdí de algo?

Creo que es un poco obvio que no se está enfrentando a un posible reto, aunque no sé si puede diferenciarlo en el tono que pretende ser severo y la risa que está tratando de mantenerse escondida en mi garganta. Tras beber un poco, me recargo en el respaldar del asiento y lanzo un suspiro cargado de dramatismo — Sería una pena si me mientes, porque tengo la constitución original en uno de mis muebles y pensaba enseñártela, pero tal vez no seas digna de mi confianza — mis labios se tuercen en un puchero veloz, hasta que me llevo un poco más de mi sándwich a la boca y le sonrío con los labios apretados al encontrarme masticando.
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M. Meerah Powell
Fugitivo
Oh bueno, la mentira había sido linda mientras duró. Sé, ya cuando comienza a contarme la historia sobre Josephine, que no voy a poder salirme con la mía en este asunto, pero aún así lo dejo hablar y exponer lo aparente buena empleada que es la castaña, mientras acerco el plato que tiene mi tostado a mi regazo. - Bueno… - Chasqueo la lengua y prefiero darle un mordisco al sandwich antes de contestarle porque, además de tener hambre, no creía poder mantener la cara seria si tenía que confesar mi infantilidad.

- De acuerdo, no hace falta el dramatismo… Es a mí a la que le cae mal Josephine y puede que la mancha que antes estaba en su camisa haya sido mi culpa. - Bueno saber desde ahora que las mentiras, sin importar que tan blancas puedan ser, no van a funcionar con mi padre. Me ahorraría muchos problemas en el futuro, y me harían rebuscármelas un poco más. - Pero es que: ¡vamos! Su camisa es espantosa y es obvio que no le caigo en gracia desde la última vez. - Que de nuevo, Hans no tenía porqué saber lo de la última vez que había estado en su oficina, pero ya había metido la pata y estaba resignada a mi suerte.

Doy otro mordisco a mi sandwich e imito su puchero por unos segundos antes de decidir ser completamente sincera. - Te mereces algo mejor que tu secretaria que, además de vestirse horrendo, tiene obvios problemas de actitud. - Tomo el vaso de jugo nuevamente, y doy grandes tragos mientras esquivo su mirada. - Como Lara… Sé que no es la eminencia en alta costura, pero es bonita y se nota que te tiene en alta estima. - Nombraría a Annie también, pero el único encuentro que había tenido con la mujer era estando ebria, y no estaba segura de querer, o siquiera poder volver a verla al rostro en algún momento; sin contar que se había puesto del lado de Hans. - ¿O me vas a decir que Lara no es más bonita, e inteligente que Josephine?
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
No puedo contener el impulso de disparar las cejas para arriba y abro la boca para preguntar cómo es que se ha manchado la camisa si fue su culpa, pero como ella sigue hablando, se me escapa otra duda — ¿La última vez? — pregunto, tratando de seguir el hilo mental de lo que me está contando y que siento que es una enorme laguna. Creo que está hablando de la única vez que pasó por esta oficina, pero no recuerdo ninguna actitud extraña, aunque sí admito que han pasado unos minutos a solas. Eso me lleva a masticar un poco lento, tratando de depositar un poco de confianza en la niña — ¿Estás en guerra con mi secretaria y yo no me he enterado? — ¿Por qué me hace tanta gracia?

Debe ser porque lo camufla de consejos amorosos y se me escapa una risita entre dientes, tiempo que aprovecho para limpiarme la boca con el dorso de la mano — No tengo intenciones de merecerme a Josephine bajo ningún concepto, empezando porque está comprometida — lo digo con una parsimonia que se me va de las manos cuando trae a colación un nombre que no estaba esperando escuchar en la conversación, menos en ese contexto, lo que provoca que se me patine el tostado de las manos y me caiga un trozo sobre el regazo. Lo recojo de mala gana, ceñudo ante una actitud que no comprendo muy bien de su parte y que, en verdad, no espero entender con facilidad. No nos conocemos demasiado, pero estoy empezando a creer que tengo una hija con pretensiones de celestina — ¿Qué tienes con ella? — me es imposible preguntar, tratando el tema como si fuese un capricho infantil. Me llevo el trozo de tostado a la boca, dejo el resto sobre su plato y me tomo unos segundos en pensar bien en qué decir — No sé de dónde sacaste que Scott me tiene alta estima — puedo hablar de muchas emociones, de muchas peleas, pero ese término jamás cruzó mi mente — Y ella es… diferente de Josephine — no puedo encontrar un punto de comparación, fuera del corte similar de cabello. No puedo ponerlas la una junto a la otra y simplemente sacar un puntaje y hay cosas que no pienso comentarlas con Meerah. Al final, la miro como si hubiésemos llegado a un punto crucial en una reunión de negocios e incluso apoyo los codos sobre el escritorio, uniendo mis pulgares — Los dos sabemos que sabes lo que ha pasado con ella, no voy a fingir demencia al respecto — es una aclaración algo inútil, pero que de todos modos hace aparición — Pero si estás planificando una boda dentro de tu cabeza, te advierto que deberás ir cancelando las invitaciones. Lara y yo… tenemos historia y no precisamente una que puede terminar en una relación feliz — es un poco más turbio que eso.

Me relamo los dientes con intenciones de quitarme migajas de los mismos y observo el almuerzo frente a mis narices, pero no hago amague siquiera de volver a tocarlo mientras siga hablando — Eres lo suficientemente grande y madura como para entender que dos personas pueden acostarse… haberse acostado, sin aspirar a más que eso. Estoy seguro de que Scott estaría de acuerdo conmigo — o huiría, para qué mentir. Y no puedo creer que dije eso en voz alta, cuando fui el primero en horrorizarse porque Meerah manejase esa información. Lo que me lleva a … — ¿Por qué dices que hay algo entre mí y Josephine? — estoy seguro de que eso no se lo dije.
Hans M. Powell
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M. Meerah Powell
Fugitivo
- No estoy en guerra, simplemente… - No podía considerar que me encontraba completamente enfrentada a Josephine, aunque si lo hiciera, al menos me podía escudar en mi corta edad. Qué sí, era hipócrita de mi parte el usar mi edad como excusa en unas situaciones, pero aún así esperar que me tratasen como adulta en otras. Uno hacía lo que podía con lo que tenía y si mi edad servía para salvarme en ciertos asuntos, pues sería una adorable niña de doce años. Cómo se justificaría Josephine siendo una adulta hecha y derecha ya no era de mi incumbencia. - Me cae mal, eso es todo. Lo del café fue un acto infantil de mi parte, pero hasta yo sé utilizar un tergeo en vez de abandonar mi puesto de trabajo… - Es obvio por mi expresión que pienso que Josephine es una incompetente, pero al menos entiendo que él no fue el encargado de contratarla. Era más bien una herencia con la que tenía que lidiar.

Evito rodar los ojos cuando dice que no tiene intenciones de merecerla, y me llevo el sandwich a la boca nuevamente para no hacer un comentario desubicado y fuera de lugar. Dejo de masticar por unos segundos cuando noto que se le cae un pedazo de tostado, apretando con fuerza los dientes para no volver a atragantarme por la risa idiota que amenaza con salir. - ¿Con Lara? Pues ella sí me cae bien. - Me encojo de hombros como si la respuesta en sí fuese más que obvia y suficiente por sí sola, y lo miro con curiosidad. Del contexto Hans, del contexto. Se nota cuando habla de tí que te tiene aprecio aunque no me lo diga. Y es obvio que ella y Josephine son diferentes. - ¿No acababa de decir que una me caía mal y la otra no?  Eran dos mujeres que en mi cabeza eran el día y la noche pese a que a Josephine a duras penas y la había tratado por más de diez minutos. Ni yo sabía muy bien que quería sacar de esto, pero supongo que estaba en mi derecho de hija quasi celosa, el querer alejar a mi padre de harpías caza fortunas que no sabían vestirse.

- Yo no dije nada de una boda. Ese has sido tú solito, ¿estás proyectando?- Espero que entienda por mi tono de voz, que es obvio que estoy bromeando, y si no ha sido mi entonación, espero que mi risa por lo bajo me delate. - Un segundo, entonces ¿sí tienen historia? - Y luego decían que solo era sexo… Mentirosos los dos. - Sí, sí, lo entiendo. Solo que no les creo nada. Con Josephine no te alteras igual que recién te pasó con la mención de Lara.  - Así que podrían seguir negando todo lo que quisieran, que yo me convencería cada vez más de lo contrario. Al menos Hans no se desviaba hacia charlas filosóficas para distraerme del tema central. - Lo adiviné la primera vez que vine, por eso creo que no le caigo bien a tu secretaria. - Contesto con simpleza, mientras me termino lo que queda del tostado.
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Que alguien te caiga mal no significa que tienes que estar echándole café encima en mi espacio de trabajo — a pesar de que mantengo una compostura decente, estoy seguro de que la frialdad se ha apoderado momentáneamente de mis ojos. Puedo soportar muchas cosas, pero que la situación sea tan ridícula como para hacerla entretenida no deja de ser algo desubicado, tanto como el mantener ciertas conversaciones con alguien que no debería saber ni la mitad de ellas. Pude asumir por mi propia cuenta que Scott le agrada, incluso le he confesado a la morena que estoy seguro de que la niña tiene un capricho con ella, pero no entiendo la razón por la cual parece buscar emparejarla conmigo en cada oportunidad que se le presenta. Lo que sí, me es imposible no lanzar una risa repentina e incrédula — No creo que “aprecio” sea la palabra adecuada — ahora que lo pienso, creo que jamás he buscado un modo de definirlo en cuestiones sentimentales. Siempre evité pisar ese terreno y creo que es mejor que se quede así.

La sonrisa que puede ver detrás de mis pulgares es una de que mis colegas reconocen generalmente como aquella que les indica que deben cerrar la boca, pero es obvio que ella no lo hace — No juegues conmigo y las palabras, Meerah, que saldrás perdiendo. Sabes que no estoy proyectando — porque no es tonta y sabe por qué lo digo, que se ría a modo de broma me lo deja bien en claro. Apenas me encojo de hombros — Claro que tenemos historia. No una romántica o lo que sea, pero nos conocemos hace tiempo en un ámbito algo más profesional — los detalles son los que hacen de la situación algo escabrosa — Y no me altero — es una defensa un poco orgullosa. Intento encontrar un ápice de mentira en lo último que me dice, pero decido que no vale la pena. Desarmo la postura y vuelvo a acercarme el vaso para beber un poco más — Josephine y yo hemos terminado. Bueno, no precisamente. Hace semanas que ya no pasa nada y siempre he tomado eso como una señal. No soy una persona que ha pasado por muchos rompimientos, ya sabes. Evito esas situaciones, me irrita escuchar a la gente lloriquear — tampoco es que hubiese algo que romper, pero creo que Meerah puede hacerse una idea. El simple pensamiento se me hace ridículo.

Aprovecho a meterme lo que queda del tostado en mi boca para masticar con algo de fuerza, eso que provoca que tenga que beber para poder pasarlo — Solo quiero dejar una cosa en claro — hablo con la voz ahogada por la comida y me aclaro la garganta con unas palmadas en el pecho, hasta que paso por completo el almuerzo. Una rápida relamida y vuelvo a la normalidad — Mis relaciones son mías, Meerah. Si decido acostarme o no, salir con alguien o no, o siquiera mirarla con otros ojos, son temas que prefiero no debatir contigo. Eres mi hija, no mi amiga de copas o mi terapeuta — hablo lo más calmado que puedo e incluso me atrevo a dedicarle una suave sonrisa, pero en verdad espero que se grabe esto en la cabeza — Josephine, Lara o la señora de la florería… siempre será mi decisión y no quiero que andes husmeando en eso. ¿Está claro? — me acomodo un poco, pellizcando mi camisa para darle una sacudida y estirarla — ¿Por qué tanto interés, de todas formas? ¿Tengo pinta de soltero amargado? — no la conozco demasiado, pero no la imaginaba como alguien con deseos de una familia feliz.
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M. Meerah Powell
Fugitivo
Tengo que admitir que había momentos en los que me costaba identificar a Hans como mi padre, o recordar siquiera que tenía un padre en sí. No era muy seguido, pero luego de doce años de ni siquiera tener idea del nombre de mi progenitor, no era algo demasiado sorprendente. Lo que sí era sorprendente era que, mientras me hablaba en ese tono de voz firme, era la primera vez en la que aceptaba a ciencia cierta que él era mi padre. Con un regaño, valga la ironía. Creo que tampoco ayuda mucho que, cuando menciona lo de aprecio, no puedo evitar rodar los ojos ante su declaración. Si claro…

Al menos tengo la decencia de sentirme apenada cuando comienza con su sermón, y aunque quiero más que nada en el mundo rehuir su mirada, me niego. No pienso mostrarme como una nena chiquita, así que apretando los labios tanto como puedo, no esquivo sus ojos mientras me aclara que, a diferencia de Lara o de mamá, no me dejará meterme en sus asuntos. De acuerdo, podía lidiar con eso… - Sí, quedó claro. - Trato de que mi voz suene firme y despreocupada, pero me sale algo robótica y casi que hasta temblorosa. Al menos he logrado mantenerme enfocada en Hans durante toda su charla, así que en lo que desvío mi atención a mi sandwich, permito que se me escape un pequeño suspiro antes de llevarme otro bocado a la boca y lo mastico con cuidado antes de poder responder su pregunta.

- No lo sé. Mamá no ha sido la persona con más relaciones amorosas del mundo y supongo que soy curiosa. - Por no decir entrometida. Me gustaba estar al tanto de las cosas, y si podía tener algún poder decisión sobre ellas, mejor aún. Estiro la mano para agarrar el vaso y doy un trago antes de volver a dejarlo en la bandeja, limpiando con el pulgar que tengo libre la pequeña gota que se me escapa por la comisura del labio. - ¿Entonces en qué cosas sí puedo husmear? Siento que todavía no conozco mucho de tí. - Me sincero. Porque sí, la descripción de Lara podía haber sido de ayuda, pero seguía sin ser lo mismo.
M. Meerah Powell
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Al menos, parece que no voy a tener que repetirlo y puedo sentir que Meerah se ha desinflado, de alguna forma u otra. Puede que no me guste esto de regañar niños porque jamás he soportado mucho sus caprichos, pero tampoco puedo dejarle pasar absolutamente todo y, encima, pretender que me respete. Lo bueno de todo esto es que ella es lo suficientemente lista como para no discutir y eso nos ahorra el mal trago. No me sorprende lo que dice de su madre y se lo doy como válido con un movimiento de la cabeza, pero es lo que comenta a continuación lo que me deja en silencio. No lo había pensado de esa manera, pero supongo que tiene algo de lógica. No sé cómo ha sido desde su punto de vista toda la situación en la cual estamos envueltos. Yo tenía la idea de que existiera alguien por ahí con mi genética, pero ella se encontró poniendo un rostro y un nombre a una figura inexistente. Intento darle una respuesta sincera, así que me tomo un momento en meditarlo mientras me mordisqueo los labios — Bueno, ya sabes que no he tenido pareja en todos estos años, así que por ese lado no hay mucho que contar — ¿Pasatiempos, gustos, disgustos? Es triste darte cuenta de que careces de material para conversar de ti mismo, cuando todo el mundo piensa que vivo con la cabeza metida en mi propia vanidad. Hago un repaso mental de mi vida personal y la encuentro un poco vacía, lo que me califica como aburrido en una conversación de esta índole.

Busco ganar tiempo acomodando el plato vacío y terminando el jugo — ¿Qué quieres saber de mí? Prometo ser sincero en lo que preguntes — al menos, en lo que cabe dentro de lo permitido — Sé que es extraño el tener que conocernos tan repentinamente. Estoy seguro de que eso se va a ir dando con el tiempo y cada vez vamos a ir aprendiendo más el uno del otro — es imposible hacerlo de la noche a la mañana. Observo la malteada de chocolate que sigue intacta y me pico el mentón con los dedos — Al contrario de la creencia popular, apesto en casi todo y lo acepto, aunque se me da bien jugar al ajedrez. No poseo ningún talento artístico al contrario de ti, salvo un instrumento o dos. Cuando era niño, era el nerd de la clase y no era … um, demasiado popular — el simple recuerdo me hace sonreírle con diversión, sacudiendo la cabeza de un lado al otro — Siempre tuve una vena perfeccionista y eso no es de ayuda cuando tienen que elegirte para el equipo de la clase de educación física o para salir con chicas. Usé brackets hasta los once años — y los odiaba. Me golpeteo las paletas con uno de los dedos y las acabo relamiendo, hasta prensar los labios — Las cosas mejoraron en la secundaria, al menos un poco. En especial cuando entré al Royal y la pubertad ya había quedado atrás — ni hablemos de cómo las cosas cambiaron en casa. De cómo el cambio de gobierno me abrió las puertas a un mundo sin mi padre. De cómo, repentinamente, estaba solo y era libre.

Sé que quizá no son las cosas que quería saber, pero es en lo que puedo pensar ahora como datos al azar. Si quiere algo más específico, tendrá que preguntarlo — ¿Qué debo saber yo de ti? — acabo soltando, torciendo la boca en una mueca divertida al mirarla con algo de expectativa — Si voy a tenerte de vez en cuando en mi casa y debo invertir en la decoración de tu dormitorio, tengo que saber tus gustos, manías o lo que sea. Para estar preparado. ¿Tienes un noviecito o algo así? — acabo agregando, sonriéndole con la gracia de la burla.
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M. Meerah Powell
Fugitivo
Me sorprende que acepte mi inquietud con tanta facilidad, pero no me quejo en lo que lo escucho con todo el detenimiento que soy capaz mientras me acabo el tostado sin mucha prisa. Al menos arranca por lo simple. Sabía que no había tenido pareja, si no fuese por su actitud en general, la prensa lo perseguía lo suficiente como para saber qué tipo de relaciones tenía o dejaba de tener, y aún así, Lara me había iluminado bastante.

A decir verdad, no estaba segura qué es lo que me interesaba saber de él. Sentía que había un millón de cosas que quería preguntarle, pero a la vez no se me venía ninguna a la mente. Creía que todo lo que podría preguntarle entraba en la categoría de nena a la que le interesaba la farándula, y no en la de hija que quería conocer a su padre. ¿Había libros?, porque de paternidad había visto cientos, pero no había podido encontrar ninguno acerca de cómo entender a los padres, o de “cómo ser una buena hija para dummies” o algo así. - Siempre me eligen a lo último en las clases de educación física. - Confieso mientras tomo la servilleta para limpiarme los restos de miga de la mano y encogiéndome de hombros porque no sabía de qué otra forma reaccionar. Me alegraba no ser la única que no servía en deportes, y en cierta forma me hacía sentir un poquito más cercana a él. - Pero mis dientes están perfectos, y aunque no toco ningún instrumento, si me gusta cantar en mi tiempo libre. No soy buena, pero me gusta. - Aclaro porque no, no pensaba cantar delante suyo. Solo cantaba cuando estaba concentrada con mis telas, o en la ducha. Punto.

Me estiro para tomar la malteada que acompañaba el resto del almuerzo y revuelvo el contenido con el sorbete antes de probar un poco. No sabía muy bien qué más podía contarle de mí, así que la bebida era una buena distracción. - Tengo un puffskein que se llama Argie, odio el color naranja, no tengo alergias y voy a clases de arte para poder hacer mis propios diseños sobre tela. - Pruebo un sorbo y me sorprendo al descubrir que la malteada es casi tan buena como las que venden en la plaza del Ocho. - Y no, no tengo ningún noviecito. No sé si tienes trato con ellos, pero los niños de mi edad son tontos. - Aclaro. Y vuelvo a llevarme el sorbete a los labios, mientras juego moviendo mis pies hacia atrás y hacia adelante.
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Me sonrío en vista de que las clases de educación física no son algo en lo que destaquemos por igual y agradezco haber descubierto la utilidad del deporte en solitario, lejos de los gritos de equipos demasiado entusiasmados por una pelota o los golpes que éstas puedan darme en la cara. No era muy alto y pecaba de patas delgadas, lo cual es un blanco fácil para los niños más grandes — Hago buenos shows en la ducha — confieso con un encogimiento de hombros. Me guardo para mí la anécdota de que hace años, había tomado lo suficiente como para necesitar darme un baño que acabó en un espectáculo que me dejó de culo en el suelo, justo debajo del chorro de agua. Es una de las historias que hace reír a mis amigos, pero creo que de momento Meerah no tiene que conocerla.

Tengo que hacer un recuento mental de bichos para dar con la imagen de lo que es un puffskein, a los que siempre asocié con pompones de fantasía como los que usaban algunas niñas en sus lapiceras cuando yo era pequeño; bastante horribles para ser verdad — Y yo que pensaba pintar tu dormitorio de naranja… — suspiro como si lamentase el tener que cambiar un inmenso trabajo, aunque lo remato con una ligera sonrisa. Creo que es un poco obvio que no tendré la decisión final sobre qué pintura usar en esa área de la casa, en especial porque no me interesa el color que elija siempre y cuando sea lo que le gusta. Por la manera en la que muevo la cabeza, creo que queda bien en claro que no tengo trato con chicos de su edad, porque mi conexión con el mundo infantil es poca y nula — Creo que he escuchado a las mujeres decir eso desde que tengo memoria. Debe ser por eso que casi siempre se buscan tipos mayores — me encojo de hombros en señal de mi poca comprensión sobre el mundo femenino — Mientras la semana que viene no me presentes a uno de veinte… — el pensarlo hace que arrugue la nariz, pero no por las razones que el resto del mundo creería. Jamás he pensado en Meerah como una niña que mira muchachos, no porque me moleste la idea, sino porque recién la estoy conociendo como hija y, en mi cabeza, ella siempre ha sido un bebé que no llegué a ver nacer. Si empieza a salir con chicos tan pronto, sentiré que nos hemos saltado una etapa inmensa sin que pueda acoplarme a ella como es debido y no sé si estoy preparado para verme como el padre de una adolescente, menos cuando hay momentos donde yo mismo me siento uno.

Me echo un mechón de cabello hacia atrás y me apoyo en el escritorio con los codos, apenas echándole un vistazo veloz al reloj de la pared — Sabes que ahora que eres mi hija de manera legal, tenemos el derecho de pasar el tiempo que queramos juntos, ¿no? — no he tenido oportunidad de hablar de esto con ella. Uso dos de mis dedos pegados entre sí para picarme por encima de los labios y la miro como si buscara analizarla, aunque a decir verdad, no hay mucho que indagar — Quiero una vida tranquila y de bajo perfil para ti, Meerah, o al menos que nada de lo que yo haga te afecte a ti. Si alguna vez estarás bajo el ojo público, que sea por tu propia decisión — si el diseño o la abogacía es su camino, me parece perfecto, pero no necesito mi reputación reflejando en ella. Ni la buena, ni la mala — Pero me gustaría que hagamos cosas juntos. Puedes quedarte en casa cuando quieras, ya lo sabes. Solo quiero saber cómo proceder contigo. No quiero alterar tu vida bajo ningún aspecto — si quiere mantenerlo para nosotros está bien, si quiere traer amigos a casa… bueno, no podré negarme. No es fácil incluir con naturalidad algo de lo que escapé hace tanto tiempo, pero si no es ahora, siento que el tiempo seguirá pasando y no será nunca.
Hans M. Powell
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M. Meerah Powell
Fugitivo
Se me escapa una mueca de desagrado cuando nombra la pintura naranja, que dura en mi cara los pocos segundos que me toma procesar que va a dejarme pintar mi habitación en su casa. Tengo que contenerme para no cuestionarlo como una nena ilusa, más aún porque su suspiro me hace entender que su comentario ha sido una broma pero, ¿broma en cuanto al naranja? ¿o broma en cuanto a lo de pintar mi habitación? Todavía no me podía creer eso de tener mi propio cuarto en su casa, pese a ya haber dormido allí. - Podemos llegar a un acuerdo con el salmón, pero jamás naranja. Jamás. - Bromeo. Aunque ahora que lo pensaba, al menos una pared de color salmón, con las otras en tonos un poco más claro no quedaría tan mal… Aunque tendría que modificar los muebles, porque no había manera que lo que ya estaba en la habitación pudiese combinar con un color tan cálido y suave como el salmón.

- Los de veinte también son tontos. - Declaro como si conociese a muchos muchachos de esa edad, cuando a decir verdad solo conocía a uno. Y ni siquiera estaba segura de que esa fuese su edad… o si lo debía considerar como un muchacho y punto. El ser esclavo podía ser suficiente justificación para su pésimo carácter y mala educación. - ¿Es por eso que mamá salió contigo? - No es que hubiese mucha diferencia de edad entre ambos, pero aún así… Audrey ya me había dicho, a su manera, algo acerca de la relación que habían mantenido. Pero ahora que lo pensaba con detenimiento, no tenía ni la menor idea de cómo es que dos personas tan distintas como lo eran mis padres, en algún momento habían tenido las suficientes cosas en común como para concebirme. -¿Cómo se conocieron? - Me gana la curiosidad, así que dejo que esas incógnitas tan tontas e infantiles se escapen de mis labios como agua entre mis dedos. Es que sé que las personas no son iguales a través de los años, pero me costaba imaginar que mi madre en alguna época hubiese sido distinta a como lo es ahora, y la imagen de ella al lado de Hans… pues era rara, no iba a negarlo.

Doy un par de tragos más y apoyo el vaso sobre mi regazo unos momentos sin dejar de mover los pies. Levanto la vista y trato de analizarlo, pero no estoy segura de entender lo que quiere, o lo que está insinuando detrás de sus palabras. - Entonces… ¿quiéres que la prensa no se entere de mi existencia por mi bien? - Cuestiono dudosa. - Mi vida ya se alteró, sino fue con la mudanza, fue con lo de la familia de mamá, contigo, con el abuelo… Estuve demasiado tranquila hasta ahora a mi parecer. - Y no era un comentario al azar, era la pura verdad. Mamá siempre había estado ocupada, y aunque quería a la tía Eunice, ya estaba vieja y era complicado el poder relacionarme con ella. Tenía amigas, pero no era lo mismo. - A estas alturas es más ver qué cosa es la que menos te perjudique a tí. Mientras que podamos pasar tiempo juntos no me molesta ni una cosa ni la otra. - Él no quería que lo que hiciese repercutiera en mí, y yo deseaba lo mismo. Era chica todavía, y por más de que sabía cómo comportarme, no podía garantizar que nunca haría algo que lo hiciese ver mal.
M. Meerah Powell
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