The Mighty Fall
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Crash through the surface ✘ Lara

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Crash through the surface ✘ Lara - Página 2 Empty Crash through the surface ✘ Lara

Mensaje por Hans M. Powell el Jue Feb 28, 2019 7:01 am

Recuerdo del primer mensaje :

Es mitad de semana, se acerca la hora de cenar y eso significa que debería estar en mi casa, disfrutando de lo que sea que toque hoy como menú. Posiblemente verduras, creo haber pedido algo de eso. Pero no, en su lugar estoy en mi oficina, girando en círculos gracias a un asiento que me lo permite y maldiciendo los mapas que he despatarrado por encima del escritorio. Le he pedido a Josephine que se marche hace cosa de media hora, así que sé que nadie va a interrumpirme y que la paz que siento en ese aspecto es una mentira que busca tapar la irritación. Hace más de una semana que me pidieron que encuentre una solución a este problema y no sé exactamente por donde empezar. He barajado la opción de abusar de mi amistad con Reynald para hacerme con unos cuantos aurores, pero no estoy seguro de poder confiarles algo así. Quizá debería pedirme unas vacaciones durante una semana, utilizarlas para sobrevolar los límites del país y ver qué puedo encontrar, pero adentrarme en territorio desconocido es un riesgo de hacerlo solo. Me pregunto cuánto he ganado y cuánto he perdido con este trato, porque no dejo de pensar que no he sido más que un hombre impulsivo y desesperado. Quiero cumplir, claro que quiero, pero fallar podría ser aún peor que haberme negado.

¿Cuánto dinero debería desembolsar si quiero aurores trabajando para mí y que, para colmo, deberían tener un voto de silencio? El solo imaginarlo hace que cierre los ojos con un suspiro de agotamiento y me frote los párpados con los dedos estirados. Sería una fortuna y ni siquiera estoy seguro de que funcione. Necesito ojos, ese es mi problema. Alguien que pueda moverse entre la mugre de la sociedad sin llamar la atención, tal y como yo he hecho en mis últimas visitas. Que pregunte, forje amistades y acumule la confianza suficiente como para que alguien le dé una pista. Si así podemos desenmascarar traidores, mejor, y mi nombre ni se vería ensuciado al no haber aparecido por allí. ¿Pero dónde y cómo voy a conseguir alguien que haga esto, con tan solo pedirlo? ¿Cómo es que…?

La respuesta viene a mí tan rápido que siento que me he cacheteado mentalmente; doy un bote en el asiento y todo. Yo tengo a alguien que hará lo que le pida y no puede abrir la boca. Que debe aceptar todas mis peticiones sin chistar, porque con un movimiento de la varita puedo acabar con la paz que reina su vida, independientemente del nivel de sentido literal de la expresión. No sé cómo no he pensado en ella antes. Puede que sea culpa de que he evitado que se asome por mis pensamientos, algo que no ha sido muy difícil si considero lo ocupado que he estado. Pero es que es tan sencillo…

Me giro en el asiento para chequear la hora, resoplando al asumir que ya se ha marchado a casa. Perfecto. Resoplo y decido no pensarlo dos veces, a riesgo de alguna duda; si es la mejor opción que tengo, no tengo por qué destruir mis neuronas en el proceso. El ponerme de pie me cuesta solo un salto, sintiendo el corazón acelerado por la adrenalina de lo que puede ser la solución a mis problemas, al menos de momento hasta que pueda construir un plan más detallado. Apilo las hojas con una velocidad algo torpe, metiéndolas de prepo dentro de la carpeta del informe y me coloco el saco con la urgencia elevándose por mis poros. La carpeta termina en el bolsillo interior, el opuesto a mi varita. Cerrar mi oficina y cruzar el departamento hasta meterme en el ascensor es cuestión de unos minutos, casi tropezando con Gwen, a quien le pregunto si sabe si Lara Scott sigue en el edificio: tal y como sospechaba, no lo hace. Eso me deja solo una opción.

No he estado en el distrito seis en semanas. Irónicamente, desde esa última reunión en donde las cosas empezaron a torcerse. Como conocedor de su informe, su dirección personal me es totalmente conocida y aparecerme en medio de la calle me da pie para caminar con desenvoltura, a pesar de que mis zancadas son mucho más largas que las de todos los días. Lo bueno es que esto no es el Capitolio y no me cruzo a una multitud en mi avance, hasta doblar la esquina que estaba buscando, pasando a una calle algo más desierta, cuyas luces se me hacen algo frías. Meto las manos en los bolsillos del saco al pasar frente al taller, tratando de chequear por la ventana en busca de la figura morena que estoy buscando. Sin detenerme, bordeo el lugar hasta que mis pies se frenan en el inicio del delgado callejón, observando como ella sale del taller y parece dispuesta a continuar su camino. Antes de que siga, doy los pasos necesarios para acercarme sin permiso — Necesitamos hablar — no hay un saludo, ni una falsa preocupación por saber cómo ha ido su semana. He venido por negocios, así que no necesito irme por las ramas. Me detengo a un paso de ella, echándole una veloz mirada a las escaleras de metal antes de volver a su rostro — En privado, por favor. Es importante — sino, no estaría de pie frente a ella, con el cansancio en el cuerpo gritando a estas horas de la noche.
Hans M. Powell
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Mensaje por Hans M. Powell el Dom Mar 03, 2019 2:42 am

Lo sé, tú siempre piensas que soy persuasivo y encantador — es un comentario que quiebra un poco la frialdad de la noche, algo parecido a sus intentos de broma y no a mis peticiones suicidas. Sé muy bien que no hace falta que busque suavizar el golpe para conseguir su favor porque ella no tiene otra opción, pero en verdad creo que tiene la cabeza necesaria como para salir viva de esto y sin ningún problema agregado a su historial. Aunque ella le quite importancia, meto mi mano libre sin soltar la suya dentro de mi saco y tomo mi varita. Es su desconfianza la que me hace echarle un vistazo con reproche — Para cuidarte. Confío en mis capacidades de duelo y defensa, no en las tuyas — no porque no crea que pueda ser una bruja poderosa, sino porque jamás la he visto en esa situación y prefiero no tomar riesgos. Sin preguntarle, apunto a su herida con la varita — Episkey — murmuro con claridad. Su herida no tarda en cerrarse, desapareciendo de una piel que queda en perfectas condiciones, al menos si no consideramos las manchas ligeras de color carmesí. Paso mis dedos por su palma para chequear que todo esté bien y la dejo caer al soltarla sin más.

Tengo que hacer un enorme esfuerzo para no ponerle mala cara y mantengo la expresión de póker mientras vuelvo a guardar mi varita, oyendo su cháchara que, a decir verdad, no me toma por sorpresa. Ella siempre tiene el talento de contradecirme y discutirme a flor de piel, incluso cuando sabe que no debería hacerlo — ¿Estás tratando de negociar mis pautas? — pregunto con una sonrisa burlona, más no aparto mis ojos de los suyos. No es hasta que termina que levanto un dedo en alto y luego lo uso para apuntarla — Tienes un mes para moverte como tú quieras. Pasado ese plazo, si hay algo que me disgusta, algo que se mueve un centímetro de su lugar, Poppy irá contigo. Quiero informes todos los lunes, que incluyan las zonas marcadas en los mapas dónde has estado. ¿Entendido? — NeoPanem es un país inmenso, con un territorio plagado de personas que se mueven como millones de hormigas. Es encontrar una pulga en un dragón — Solo recuerda que, si por esas casualidades te topas con Stephanie Black, no te acerques a ella — este es un consejo sincero. No solo nadie la ha encontrado en años, sino también es una de las personas más peligrosas bajo la búsqueda de nuestro gobierno — Solo da el informe y enviaré a alguien especializado. Como tú dijiste, habrá riesgos y quiero que seas sensata al momento de correrlos. Si usas el cerebro, estarás bien — incluso yo lo he sobrevivido y eso que me he metido en distritos pobres siendo culpable de portación de rostro. Lo que yo tengo a favor es la animagia, cosa que hasta donde sé, ella no posee.

Le doy una palmada en una pierna para que me haga espacio y tomo asiento en la ventana junto a ella, pero recargo mi espalda en el marco y tomo una gran bocanada de aire sin siquiera mirarla. Sé que todo esto es una locura, pero no hay marcha atrás — Jamie Niniadis cree que todos han huido al distrito catorce y que, si hay un sitio donde se encuentren, es ahí. Sean no está tan seguro y piensa que hay que expandir la búsqueda en todas direcciones, no solo en el norte — hace años, cuando este régimen era nuevo y se encontraba en pleno crecimiento, nuestra ministra torturó a uno de los antiguos vencedores de los juegos y descubrió la existencia de ese bendito distrito que la ha obsesionado por años. Quitando que el chico había venido del norte y el ataque reciente de los aurores, no tenemos más pistas. Es invisible, lo suficiente como para saber que hay magia de por medio y unos cuantos magos traidores a quienes juzgar — Además, si estaba embarazada, Collingwood no pudo haber ido muy lejos. Algunas cosas simplemente no cuadran — como que Black tenga un distrito a su disposición y no ataque, por ejemplo.

Puede que todo esto suene más a un monólogo interno que a una conversación que estoy manteniendo con ella, así que ladeo mi rostro en su dirección, observándola en la poca luz de la noche. Siento mi respiración calma, aún cuando mis ojos se enfrían — No me traiciones, Lara — el uso de su nombre de pila endulza mis palabras, pero las tiñe de una nueva advertencia. Algo más parecido a una amenaza que intenta ser apacible y gentil — Porque los dos sabemos que tú no me quieres de enemigo — De entre todas las personas, pasando por una estúpida jerarquía, soy el último con el cual debe jugar a su suerte. A fin de cuentas, yo soy la justicia en este país.
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Mensaje por Lara Scott el Dom Mar 03, 2019 5:54 pm

Su facilidad para los halagos no lo excluye, carece de pena para adjudicarse un par. Tira de mi boca una sonrisa más ancha, responde a su intento de hacer una broma sobre lo que no llegué a decir, porque no alcancé a pensarlo de ese modo. Persuasivo, sí. Encantador del tipo que hipnotiza si prestas oídos a su voz, puede ser. -Sí que sabes lo que pasa por mi mente- resoplo con un dejo de sarcasmo y atrapo un pensamiento repentino que se vuelve un interrogante fundamental. Si Hans es legeremante también debo adecuar mis nuevas reglas a este detalle que no es menor. Guardo esta duda lo que tarda en usar su varita para cerrar la herida de mi palma. -¿Te preocupa que me hagan daño con mi carácter tan dócil?- como la pregunta es una burla al que me haya señalado mi falta de habilidades en duelo, que creo compensar con otras, no espero una respuesta. Extiendo mis dedos hacia afuera para comprobar que el tejido de la piel se restauró por completo, entonces relajo la mano y permito que haga su propio examen. Cuando la suelta solo cae a mi rodilla y la cubro con la otra, repasando las mismas lineas. -Gracias- no me cuesta tanto como pensé murmurar esa única palabra.

Mi mirada unida a la suya no vacila, no retrocedo sobre los pasos que di. -Puesto que soy a quien arrojas y expones a los enemigos de tu fe, seguro tan fanatizados con la idea de dar a los Niniadis un final similar al comienzo de su gobierno,... sí, creo que estoy renegociando algunas pautas- farfullo. Porque los rebeldes con la información que él pide no son los que viven agazapados en edificios ruinosos de los distritos marginales, los de rango inferior, cuando hay otros que se mueven activamente para ir demostrándole a Jamie los puntos flacos de su sistema de seguridad. Si perdió demasiado tiempo buscando a Stephanie, Cordelia y el chico a partir de rumores tontos, no derrocharé el mío tomando un trago con un viejo que solo me hablará de las pasadas buenas épocas. Tengo un mes y es un plazo injusto. -No sé cuánto tiempo llevas en esto, pero no creerás que en un mes, dos días a la semana, te conseguiré dirección y número de teléfono de esta gente para que puedas llamarlos- le hago ver con sorna. Levanto tres dedos hacia él, con la mano que acaba de curar. Paso de largo que haya dicho que estaría obligada a la compañía de Poppy si cometo errores. No quiero tenerla conmigo, puede ser una criatura mágica pero es una responsabilidad, y la lealtad que los elfos demuestran a sus amos será como tener a Hans vigilándome en cada paso. -Tres meses. Entonces Poppy puede venir conmigo si hace falta y la llevaré de la mano por todos lados-. El último punto no es discutible. No me planteé que pasaría si en mi camino se cruza esta mujer que ha dado motivos reales para asustar a la autoridad del gobierno. ¿Actuaría... normal? -De acuerdo, me daré la vuelta y tomaré la dirección contraria. Te llamaré apenas pueda- accedo a sus indicaciones. No quiero, en la medida de lo posible, quedar en el fuego cruzado de esta gente. No me formé para hacer frente a ninguno de estos grandes magos, ellos se han elevado por encima de muchas personas, por hacer cosas que yo jamás haría y usar la magia para algo más que combinarlo con tecnología. -Te recuerdo que hace dos minutos dijiste que soy extraordinariamente inteligente, puedes confiar en que me mantendré viva- vuelvo sobre su cumplido, exagerándolo, para hacerlo una broma.

Me aparto un poco para que pueda sentarse a mi lado, y a pesar de que sigue hablando del mismo tema, trazando rutas imaginarias en su mente para dar con los desaparecidos y así acabar con un mapa de Neopanem atravesado por líneas que conectan mil puntos, las especulaciones que me comparte no tienen mi atención. Me sorprende que este hombre pueda dormir por las noches con una espina clavada en la nuca. No me da tiempo a un pensamiento amable, mis manos se quedan inertes sobre mis piernas y sus palabras solo reciben mi silencio. Un silencio que se extiende más allá de nosotros, escucho los segundos pasar en mi mente con un golpeteo metálico y no digo nada. No hago otra cosa más que mirarlo de frente, no me escondo, pero mis rasgos están endurecidos y limpios de emoción. -No lo haré- puede que haya esperado demasiado para decirlo. Mi mano se posa contra su cuello, quedamos a la distancia de mi brazo y hago mi esfuerzo para suavizar la tensión de mi sonrisa. -Ni amigos, ni enemigos entonces- musito. Sueno como si no me asustara, pese a que acaba de tocarme por dentro con su advertencia, un estremecimiento de peligro me alerta de que como enemigo será implacable y si algún día asumo ese riesgo, porque lo he pensado en un par de ocasiones, será a consciencia de todo lo que me espera. Percibo el calor de su piel debajo de mi palma como un contacto firme, pero a punto de quebrarse.
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Mensaje por Hans M. Powell el Dom Mar 03, 2019 8:10 pm

Me preocupan cientos de cosas, no solo su carácter. Me preocupa que no pueda lidiar con las personas más burdas de nuestra sociedad, que diga algo incorrecto en su ignorancia y las cartas le jueguen en contra. Aunque no lo parezca, no deseo la muerte de su persona. Creo que, si no fuese porque sus ideas son peligrosas y a veces tiene una mentalidad cuestionable, Lara Scott es una buena mujer. Ha cometido un error y no tengo problema en dejarlo pasar si toma el camino correcto, algo que sé que estoy arriesgando con este movimiento. Le doy el beneficio de la duda, después de todo esta fue mi idea. A su agradecimiento, solo le contesto con una mueca y una sacudida de la mano. Es más urgente su desfachatez de poner normas sobre mi tablero, haciendo que la mire con la mofa digna de alguien que va dos pasos por delante del otro — ¿Crees que soy tan iluso? El mes es solo para demostrar que puedes trabajar sola y sin cometer ningún error. Tengo bien asumido que estaremos en esto un buen tiempo — le doy un empujoncito a sus dedos alzados, obligándola a que los baje — Dos meses y llevarás un comunicador. Es mi última oferta — que si no se la gano, se la empato con beneficios. Al menos no me pone reproches a mi condición sobre Black y eso me hace suspirar con alivio. El modo que tiene de bromear me tira los labios en una sonrisita — Al menos es algo. No tengo intenciones de cargar tu muerte sobre mi consciencia.

Su promesa de que tengo su fidelidad en esto no me calma, pero al menos me hace saber que tiene una idea sobre lo que es bueno para ella. No paso por altos sus segundos de silencio, pero aún así muevo mi cabeza para indicar que tomo sus palabras. Lo que me toma por sorpresa es su tacto, demasiado íntimo para la conversación que estamos teniendo, alejado de la realidad que compartimos los últimos veinte minutos — Ni amigos ni enemigos — repito, brindándole seguridad a sus palabras. No es algo que no supiéramos hasta el momento. Nada de lo que ha sucedido en las últimas semanas cambia lo que en verdad somos. Compartir una comida no te hace amigo de nadie, tal y como compartir una cama no te convierte en amante. Aquí juegan otros factores, más determinantes y complicados que unas cuantas etiquetas.

Levanto mi mano y la apoyo con cuidado sobre la suya, rozando los nudillos de los dedos que me tocan con una caricia apenas tangible de mis yemas — Cuantas cosas cambian en dos semanas, ¿eh? — bromeo en un murmullo. Bajo mi tacto para pasarlo por su muñeca y su brazo, hasta dejar caer la mano entre nosotros y apoyarla en la ventana, en un punto entre nosotros que no compromete mi postura — Es bueno que sepas lo que es bueno para ti y para el resto de nosotros. Nadie quiere un montón de bajas innecesarias — si da un paso en falso, ella es quien muere. Si ninguno de nosotros se mueve, nos arriesgamos a que el peligro siga suelto. Es verdad lo que he dicho antes: mi intención siempre es evitar una guerra en la cual no quiero pelear, pero que lo haría de todos modos. Hay ciertas cosas que no deseo ver. Las guerras traen hambre, peligro y destrucción y en poco tiempo he recuperado a las personas necesarias como para estar en la complicada posición de no preocuparme solo por mí mismo, sino también por ellas.

Mi cuerpo se debate entre levantarme y alejarme de ella, o quedarme sentado en la comodidad del fresco de su ventana. Por inercia miro al exterior, chequeando las nubes que oscurecen el cielo nocturno e indican una semana de posibles lluvias, esas que acompañarán los últimos días antes del verano. Como noto que he pasado demasiado tiempo en silencio, hago una seña con la cabeza a los papeles que quedaron sobre la mesa — ¿Necesitas que te explique los mapas o podrás descifrarlo por tu cuenta? ¿O tienes alguna duda? — pregunto. Meto la mano en el bolsillo y saco mi billetera, de la cual tomo un puñado de galeones y los dejo sobre el marco, creando un montoncito, invitándola a tomarlos — Creo que con esto bastará para la primera vez. Si tienes gastos extra, solo dímelo. No quiero que te quedes varada en medio de la nada y en una mala situación solo por falta de dinero — o porque alguien la metió en aprietos, pero eso se sale de mi control, al menos hasta que Poppy viaje con ella. Doy unos golpecitos sobre mi palma con la billetera y vuelvo a guardarla, echándole un vistazo de reojo — ¿Cómo has estado? — pregunto en aire casual, retomando la charla que jamás existió y debió darse cuando apenas aparecí en su territorio. Ni siquiera la miro al hablar, más interesado en chequear mis bolsillos y tratar de averiguar si no me olvido de ningún detalle sobre su nueva misión que haya pasado por alto. Al fin de cuentas, no estoy aquí para hacer sociales.
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Mensaje por Lara Scott el Lun Mar 04, 2019 3:08 am

Iluso es lo último que pensaría de ti— digo alzando una ceja y resistiendo con mis dedos al empujón para que los baje. Guardo el anular dentro de mi palma y queda el índice y el mayor a la vista. —Hecho. Dos meses y un comunicador—. Un aparato electrónico no me será problema si necesito silenciarlo un rato, está dentro de mi campo de destrezas. Siento una punzada de algo que se parece a culpa o a remordimiento prematuro por anticiparme a maneras de darle una vuelta a las reglas que me impone Hans. Podría ser culpa sincera, si no me hiciera sentir como que mi muerte sería como un pesar molesto, más que verdadero pesar en su conciencia. —Si muero, ¿puedes ponerle mi nombre a tu yate?— creo que es la oportunidad de una sátira, para que la mención reiterada de la muerte ligada a mi nombre no me embargue de desánimo. En unos días daré mis primeros pasos sobre territorios que me deja señalados en un mapa y no lo haré con miedo a encontrarme con la muerte a la vuelta de una esquina, en todo caso ni la seguridad del Capitolio nos salva de ella.

Por razones que no llega a desentrañar mi mente, siempre habrá algo, más inmediato, más cercano, que de ocurrir me asusta más que la posibilidad de la muerte, tan abstracta. No lo quiero de enemigo. Tal como rechacé de pleno ser amigos en otra ocasión, aclaro que nunca quise colocarme en la orilla contraria. Necesito del tacto para tender un puente entre los dos, que puede durar dos minutos antes de desmoronarse, pero necesario para que las circunstancias que seguirán a esta noche no nos coloquen en posiciones imprecisas. —Si tantas cosas cambian en dos semanas, ¿cuántas cosas crees que cambiarán en los próximos dos meses? El tiempo es… tan caprichoso— respondo en el mismo tono bajo que usa y cuando su mano se desliza hasta descender en un espacio vacío entre los dos, la mía se aparta lentamente para colocarse sobre la curva de mi rodilla. Recargo mi cabeza contra el marco de la ventana, escuchándole hablar de bajas innecesarias y contengo un suspiro al suponer que todos podemos ser reducidos a números en un registro. Desvío mi mirada hacia el exterior, a las paredes de los edificios vecinos que encierran el aire del callejón, y por encima de la escalera metálica, hay un recorte de cielo. —Hay algo más grande, más noble, detrás de todo esto— murmuro con sequedad. —Y algún día lo entenderé— recito de memoria. Una vez también me involucré en una causa ambiciosa que no logré entender en su complejidad y en mi arrojo acabé mal, desde entonces he vivido en los límites seguros de mi propia vida, pensando en mí, solo en mí, en las pocas personas que me importan. ¿Y si le dijera que no me interesa lo que pueda sucedernos a magos y brujas? ¿Qué sólo velo por mí y la gente que aprecio? ¿Qué tan mezquina me hace eso? No es del todo cierto, claro. Me cierro a que determinadas cosas me importen.

No percibo los segundos que pasan mientras tengo mi vista perdida en la nada, su pregunta me saca del ensimismamiento y no lo miro cuando tengo que contestar. —¿Por dónde te gustaría que comience? ¿O por quién? Armaré mi ruta a partir de eso…—. Los galeones que se apilan en mi ventana reciben un vistazo vago que sube hasta su rostro y me resigno a que así será. Deslizo mi varita fuera del bolsillo de mi chaqueta para apuntar a la repisa que está al otro lado de la habitación y se escucha el zumbido un escarabajo que al posarse sobre el alfeizar se evidencia como una criatura de metal con engranajes a la vista y con filosas pinzas por delante. Es de un tamaño superior a mi palma y al separarse sus alas, su cuerpo se abre para que pueda cargar en la ranura todos los galeones. —Te lo enviaré si necesito más galeones— sueno apática. El escarabajo se aleja para volver a su sitio en la repisa donde se queda inmóvil como si fuera un objeto de decoración. Me echo hacia atrás y lo miro con un poco de distancia, como si estuviera sometiendo su pregunta a un análisis pese a lo sencilla que es. —¿Bien? ¿De qué otra manera podría haber estado?—. Curvo mis cejas en una expresión interrogante: —¿Y a ti esto te ha dejado dormir?— me saco mi duda sobre si puede descansar con la espina en la nuca. Muevo la manga de mi chaqueta para comprobar la hora, estoy desde el mediodía sin probar bocado y no sé si hay una charla que continuar con Hans mientras revuelvo la alacena. No me queda claro si está a punto de despedirse o si es que tengo que hacerlo yo. «Bueno, Hans, si ya acabamos…», podría comenzar así. Escucho mi voz practicando en mi mente y no suelto palabra. —¿Quieres quedarte?— pregunto en cambio, y rápidamente añado: —Si tu respuesta es no, tengo una cena por inventar.
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Mensaje por Hans M. Powell el Lun Mar 04, 2019 3:53 am

Mis ojos hacen un ruedo que bien podría ser exasperación, pero la sonrisa vaga me traiciona — No vas a morir. Pienso encargarme que así sea. Todo por conservar mi bote tal y como está — casi sin usar, porque fue un capricho de alguien que de golpe se encontró viviendo en una isla con placeres ilimitados. No soy buen navegante, pero eso no debe saberlo, tanto como tampoco diré jamás que suelo marearme con facilidad en el agua tanto como lo hago cuando me subo a una escoba. Secretos innecesarios.

Tengo que meditarlo un momento. En los próximos dos meses, todo podría desmoronarse tan fácil como acabar en el otro extremo. Jamás me ha gustado pensar en el tiempo, me pone ansioso y me hace sentir impotente, como todo lo que no puedo controlar. Alzo mis cejas con velocidad y me relamo a la vez en un gesto que no se puede ni definir como ironía o gracia, sintiéndome repentinamente agotado. No cansado como lo estaba hace un momento, sino rendido, por fin quieto y en calma con respecto a un problema que no sé si he solucionado o mandado al muere — Cuando lo entiendas, llámame. He estado en esto por años y hay cosas que todavía no descifro — sé lo que yo creo que está bien o qué está mal, pero hay otros factores, ligados principalmente a la naturaleza humana, que siguen confundiéndome y fascinándome. Debe ser por eso que mi trabajo me encanta, más allá del estrés o de las cuentas a pagar que me llevaron a estudiar leyes. Es satisfactorio, por encima de todas las cosas, a pesar de ver con mis propios ojos las miles de historias de las muchas personas que se cruzan en mi camino.

Me gustaría responder de inmediato, pero mi atención a estas horas está un poco dispersa y me quedo con la boca ligeramente abierta en mi amague a hablar, porque mis ojos se van directamente al escarabajo metálico que cruza la habitación. Útil — Usa todo lo que necesites — mascullo al regresar a la conversación, parpadeando un poco en un intento de prestarle toda mi atención una vez más — Céntrate en Collingwood. Siento que estaría siendo abusivo si te envío de inmediato tras las pistas de Black. He estado preguntando en los moteles y tabernas del norte, he dejado varias anotaciones que pueden ser un buen sitio para empezar. Los traficantes y las prostitutas son los más dados a hablar, porque no tienen nada que perder y aceptan con gusto la paga — además, ninguno de ellos se sentirá amenazado si una mujer sola va en busca de otra que bien podría ser una vieja amiga. Lejos del verdadero peligro, tal y como lo prometí.

Me encojo de hombros porque adjudico mi pregunta a simple cordialidad, sin ver una verdadera necesidad de analizarla — No rastreo tu día a día, Scott. Podrías haber estado enferma la semana pasada o algo así. ¿Acaso la gente no te pregunta como has estado? — obvio que algo tan simple queda en el pasado, porque lo que me pregunta me obliga a apretar la mandíbula — Sí y no — contesto tras un segundo — He estado preocupado y estresado, pero aprendí a vivir con esa sensación. No podría dedicarme a la política si dejase que estas cosas me afectaran, mucho menos haber hecho carrera dentro del Wizengamot — si esto le parece algo pesado, la invitaré a revisar la mitad de mis casos en cuanto quiera. Triste o no, estoy acostumbrado. Lo que dice me saca del hilo de mis pensamientos, pero me toma un momento en comprender las palabras que salieron de su boca. Alzo una de mis cejas y me acomodo en mi sitio, inclinando un poco el torso hacia delante para apoyar mis codos en mis rodillas y así frotar mis manos — ¿Me estás invitando a cenar o a que me quede a dormir? — de entre todas las maneras en las cuales pensé que podría terminar esta noche, esta no era una de ellas. Mis labios se tuercen en un mohín de “no lo sé” y me pongo de pie, estiro mi saco con las manos y doy un paso que me aleja de ella, no obstante, me giro en su dirección — Eso depende. ¿Tú quieres que me quede o es mera cordialidad? Jamás me ha gustado la hipocresía de la obligación infundada del anfitrión. Ya sabes, cuando solo deseas que el otro se vaya pero por educación solo debes soportarlo en tu sala — con todo lo que le he pedido esta noche, no me sorprendería que solo deseara que desaparezca de su vista — Por mi parte, si no tienes más dudas, creo que he terminado de hacer negocios contigo. Si quieres que me quede, siempre podemos hablar del clima o no hablar en lo absoluto — bromeo, a pesar de que oculto la sonrisa al sacar el reloj de bolsillo de mi saco y echarle un vistazo. Ya he hablado con Annie sobre esto y paso de preocuparme por los resultados de una cena, cuando hay un escándalo político que evitar.
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Mensaje por Lara Scott el Mar Mar 05, 2019 1:17 am

¿Gracias?— pregunto, su promesa de que me velará por mi vida ya sea por razones triviales como no tener que usar mi nombre en una de sus posesiones, me coloca en lo impreciso de saber dónde termina la broma y comienza su preocupación real. De la única certeza que me prendo es que preservar mi vida corre a cuenta a mía, esté donde esté, con quien esté, es el pensamiento que me impedirá esperar que alguien más o una fuerza mayor acudan a mi ayuda. La esperanza por pequeña puede ser nociva, esperar cosas de los demás es un resguardo que hace más mal que bien.  Así que me digo, sea verdad o mentira, que soy una pieza prescindible en este juego y que al pesar en una balanza mi vida y esta misión, sólo soy una baja necesaria por causas mayores. Este pensamiento me mantendrá segura. No planeo usar el comodín que me tiende que es él mismo, a menos que sea la última de mis posibilidades para volver a casa a salvo.

No quiero, pero sonrío rompiendo mi máscara de apatía cuando reconoce lo confuso que también le resulta este conflicto del que somos parte por arbitrariedad de nuestros gobernantes y sus enemigos. Cuando sale de su engreimiento habitual, que en gran parte es culpa del traje y la oficina y un poco de su tono cuando pasa lista de sus virtudes, me agrada ligeramente. Puede que me agrade un poco más de lo que calculo por motivos equivocados, sin que haga falta grandes demostraciones de una nobleza que, muchas veces, no me han inspirado nada de simpatía. Traficantes y prostitutas, por ejemplo, el tipo de gente que a mí me agrada. —Esas son personas interesantes— opino. —Si los traficantes tienen algo bonito, te lo traeré de souvenir— no sé de donde me sale el ánimo de bromear sobre esto cuando sus galeones me pesan en los bolsillos y prefiero esconderlos de mi vista. De las tres personas que buscan, una rubia promedio de treinta y cinco años me parece la aguja en el pajar. Se me ocurren al menos tres mujeres que darían la talla dentro de mi departamento en el ministerio. No lo quiero contradecir, pero creo que daría más resultar comenzar por el chico. Claro que tragaría veneno antes que decirlo en voz alta, porque no quiero que Hans y los tribunales queden a la expectativa de que traiga al chico.

Es una pregunta muy amplia, Hans— me quejo al intentar de defenderme. —No sé, ¿querías un repaso de mi lunes a domingo o sólo estabas buscando la respuesta educada que dan todos? Estoy bien, gracias por preguntar. No estuve enferma—. Y que diga que me gusta complicarlo todo, que me bastan tres palabras para convertirlo en algo más, porque tal vez sea cierto. No me desalienta con una respuesta escueta, en cambio la explicación sobre su estado de permanente estrés me da qué pensar y dudar de cómo no ha acabado por prender fuego una o dos veces a las carpetas sobre su escritorio. Podría preguntárselo, quizás lo ha hecho. La impresión que me da es otra. —Creo que ya lo sabía, nada te perturba ni te quita el sueño— murmuro. Lo había comprendido a partir de su manera de resolver situaciones menores, que también lo haga en el tablero de la política implica una destreza que no tiene cualquiera. Por lo poco que puedo atisbar de su mente, no jugaría a dar respuestas solapadas cuando se pregunta por mis intenciones de invitarlo a quedarse en vez de simplemente negarse como esperaba. A la gente normal nos queda la franqueza. Mi boca se abre porque cuando se vale ser honestos, las respuestas fluyen más rápido. No obstante, me detengo para no interrumpir su discurso porque es entretenido hasta el final. Las opciones se extienden para mí y dudo de sacar una carta entre el montón. Sigo creyendo que solo se irá.  

Para tu conocimiento, soy una pésima anfitriona. Prefiero ir a la casa de otras personas en lugar de que vengan a la mía, así puedo marcharme cuando me aburro o me canso— contesto y me echo hacía atrás, a la fracción de pared contra mi espalda, con la mirada puesta en su figura parada en mi sala. —No te estoy invitando a cenar porque no tengo habilidades que presumir en la cocina— más verdades, tan escabrosas que me preocupa que la imagen que tiene de mí quede terriblemente dañada. Sí, claro.  —Y no estoy segura de sí te estoy invitando a que te quedes a dormir, te ves apurado— señalo. Me pongo de pie y rodeo los muebles de la sala para ir hacia la cocina, en vez de rebuscar en la alacena o en la heladera, cruzo mis brazos sobre la barra y recargo mi peso en esta. —Si te quieres quedar un poco más, mi cena puede esperar— es un ofrecimiento, pero no un ruego. —Y creo que ya hablamos demasiado, así que si quieres quedarte, que sea para no hablar en absoluto— muevo un dedo en el aire que una rotunda negativa a que nos pongamos a discutir sobre la posibilidad de si esta noche lloverá o no.
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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Mar 05, 2019 3:41 am

Mi risa es muda, pero queda en evidencia por la gracia que se pinta momentáneamente en mi cara — Sería un poco irónico que yo tenga algo de un traficante, pero me gana la curiosidad de saber qué me comprarías — no es alguien que conozca mis gustos, así que el comentario vuela con libertad en tono chancero. Y ya sé que es una pregunta muy amplia, pero eso no quita que ella le esté dando demasiadas vueltas — Bueno saberlo. ¿Era tan difícil? — empleo la actitud de alguien que le está enseñando a sumar a un niño de cinco años, pero lo suavizo con la sonrisa que se evapora con la siguiente conversación. En gran medida, puedo darle la razón, jugar mi carta de intocable e inalterable. Es una bastante acertada con la realidad, pero no completa mi personalidad — Lo que vale la pena, sí — respondo escuetamente.  El trabajo no me quita el sueño, la posibilidad de perderlo, sí. Así como otras cosas más personales que no voy a compartir con ella, no hoy, no en esta habitación.

Eso explica por qué no discutiste cuando ofrecí mi casa en lugar de la tuya el otro día — suelto como un bocado al pasar, pero permito que termine su explicación con el silencio manteniéndome de pie en medio de su sala de estar. Intento mantenerme en una expresión neutral, pero mirarla me complica el trabajo, así que pretendo estar muy interesado en meter de nuevo el reloj en mi bolsillo — ¿Quieres decir que no sabes si me estás invitando a dormir solo porque piensas que deseo irme? Así que, en definitiva, es parte de la invitación. En especial si no quieres hablar de nada y solo aceptas el mirarnos las caras en silencio — aunque parece que estoy enumerando hechos solo para hacerme una idea, solo estoy hablando en un intento de ver cual es su expresión. Por mi lado, solo prenso mis labios y los estiro hacia arriba, dando unos pasos vacilantes en su dirección, a pesar de que no me acerco demasiado — Lo de la comida es una excusa que puede solucionarse con delivery, si quisieras. Pero algo me dice que ordenar algo para cenar está en el mismo nivel que los bares y todo eso que dijiste que no compartirías conmigo. Así que, o quieres que duerma contigo o quieres que me marche. Apuesto más a la segunda opción — esto no fue una reunión de amigos. Apuesto a que, en cuanto me vaya, su cabeza empezará a trabajar a toda máquina, como me sucedió a mí cuando me enteré de todo esto por primera vez. No todos los días te arrojan semejante bomba y esperan que tú lo soluciones. Al menos, nosotros podemos decir que son gajes del oficio, aunque en términos muy diferentes.

El viento es lo único que rompe el creciente silencio, anunciando que si deseo irme, debería hacerlo pronto para no quedar debajo de la lluvia en cuanto ponga un pie fuera de este edificio. Acompaño al sonido con un golpeteo rítmico de mis dedos sobre la barra y paso a abrocharme una vez más el saco, enderezando la espalda en una actitud digna de la oficina y no de su casa. Al fin de cuentas, esto sigue siendo trabajo — Si es lo que quieres, tomaré algunos de los papeles que necesito y me iré. De paso, podríamos recuperar un poquito nuestros viejos hábitos. Paso de ser una molestia más de lo necesario — puedo invadir su espacio por demandas, pero no lo haré por otra cosa. Aunque a veces no lo parezca, me han enseñado lecciones de respeto. Le doy la espalda para ir hacia la carpeta, tomarla y chequear los papeles, hasta sacar un par de informes y registros que necesito. El resto lo dejo sobre la mesa, disponible para su nueva encomienda — ¿Quieres que salga por la ventana, también? — ahora sí, juro que estoy bromeando.
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Mensaje por Lara Scott el Mar Mar 05, 2019 8:46 am

No sé si es porque estoy a la defensiva o percibo un sutil ataque de su parte. Es quien eligió ir a su casa cuando había dos opciones abiertas, habrá tenido sus razones en las que basar su decisión, no le pregunté, así como no le discutí. Porque si hubiera dicho que prefería la mía, esa conversación se habría dado en estas paredes. No fue un ofrecimiento engañoso cuando lo hice. —Puedo decir que fuiste un buen anfitrión hasta el último minuto— lo digo con tono jocoso. Ese breve intercambio no me prepara para elaborar una réplica tan rápida a todo lo que viene después. Cuando somete cada una de mis aclaraciones a un estudio puntilloso, aguardo sin alterar mi postura expectante sobre la mesada, pero mis brazos se tensan. Sus conclusiones no están coincidiendo con mis intenciones. Percibo otra vez esa nota de un ataque por debajo de sus palabras dichas como un comentario al pasar, la referencia a los bares, a una cena y todo lo que dije que «no compartiría con él». Frunzo mi ceño, tal vez me esté equivocando al tratar de entender el sentido detrás de cada cosa que dice en vez de observar sus gestos, porque no sé cómo todo nos lleva a que estoy despidiéndolo.

Acaba de poner en las palmas de mis manos de esos chascos que explotan si nos los resuelves a tiempo, y no ha puesto solo uno, sino varios. Tengo que elegir por cuál comenzar, a menos que solo acepte su salida que parece el desenlace indiscutible de esta conversación. Entonces seré yo quien se quede desentrañando acertijos de palabras hasta que lo dé por casos sin solución, pero como todavía está en mi casa, puedo tratar de esclarecer mis puntos. —Espera— murmuro y mi voz choca la suya. Cierro mis manos sobre la mesada, tomo una inspiración necesaria de aire para controlar mi tono y a pesar de ello se cuela un dejo de acritud. —No nos estamos entendiendo—. ¿Cuándo sí lo hemos hecho? Esa pregunta me la haré después.

Froto por debajo de mi cabello con los dedos para calmar la frustración, mientras rebusca los papeles que piensa llevarse de las carpetas que quedan a mi resguardo para una misión en la que pensaré mañana, cuando comience un nuevo día, porque quiero una última noche en paz con mi consciencia. Es su pregunta la que me pone al borde de contestarle de una manera que me arrepentiré. No lo hago, inspiro hondo. Con unas zancadas largas llego hasta la puerta, me recargo de espalda contra esta y mantengo una mano en la perilla. —Cuando dije que no estaba segura de si querías quedarte a dormir porque te ves apurado, me refería a quedarte el resto de la noche literalmente durmiendo en mi cama, en mi casa. Pero con que te quedaras un rato más era suficiente para lo que importa, luego podrías irte con tu prisa a donde quisieras— puede que mi voz acabara sonando rabiosa al final y no me agrada escucharlo. Estoy colocándolo en medio de mis contradicciones, de señales que se cruzan en direcciones opuestas, y por eso muevo la perilla para abrir la puerta, haciéndome a un lado. —Listo, no tengo nada más que decir. Dale mis saludos a tus viejos hábitos cuando vayas a buscarlos— lo digo mirando más allá de él, por encima de su hombro, para no tener que enfocar mi mirada en la suya. —Que tengas un buen regreso a casa, Hans— me despido con la misma formalidad absurda que usé en ocasiones anteriores y envuelvo mis dedos en la manija hasta sentir el metal hundirse en mi palma.
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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Mar 05, 2019 8:42 pm

Que no nos estemos entendiendo no es novedad en sí misma, si consideramos que siempre parecemos estar jugando un mismo juego, pero con diferentes reglas. Estoy guardando los papeles dentro de mi saco cuando, para mi sorpresa, ella me responde cruzando la sala en dirección a la puerta y se lleva toda mi atención. No puedo ignorar lo que dice, pero mucho menos puedo dejar pasar por alto el modo en el cual lo hace. Me surgen nuevas dudas, tal y como si se tratasen de palomitas estallando dentro de mi microondas, pero las dejo pasar porque sería prolongar una discusión que no tiene sentido de existir. Que abra la puerta deja entrar el aire fresco y me invita a marcharme, así que doy algunos pasos hacia ella, aunque en vez de salir por donde ella me invita a hacerlo, apoyo una mano en la puerta por encima de su cabeza. Medito un momento el si empujar o no la puerta para que vuelva a cerrarse, pero opto por dejarla abierta.

Abro la boca una vez pero no sale ningún sonido de ella, así que la cierro, la frunzo y vuelvo a tratar — Disculpa. ¿Hice algo que te ofendiera? — pregunto en un tono de voz demandante, similar a aquel que solía usar cuando buscaba discutir con alguien. Hablo en pasado, porque hace mucho tiempo que no peleo fuera del ámbito laboral y hasta creo que he perdido un poco la costumbre — No sabía que hacer simples preguntas para aclarar el panorama fuese algo ofensivo. Pero como digas… — doy una palmada a la puerta y uso la misma mano para impulsarme hacia atrás, alejándome de ella con un suspiro que delata mis intentos de mantener la calma. Ni siquiera sé por qué me molesto en discutir algo como esto, cuando ni siquiera estoy seguro qué es lo que estoy discutiendo en primer lugar. Hubiera preferido tener que pelear por la misión que le he encomendado y no por si quería que me quede o no. Todo se me hace demasiado inmaduro.

Me paso una mano por la nuca y la froto repetidas veces, sintiendo el cabello entre mis dedos. Podría plantarme y reclamar una respuesta certera, pero en vez de eso doy los pasos necesarios para salir y sentir los primeros rastros de llovizna pellizcándome la cara. No hace tanto frío, así que los ignoro al voltearme hacia ella — Tus saludos serán dados — respondo con sarcasmo. Tengo el impulso de irme, pero una vez más me giro en su dirección, abriendo la boca con intenciones de decir algo más, pero no encuentro qué. Solo queda en un vacile, en una sensación incómoda y frustrante que me obliga a pasarme una mano irritada por el cabello ya húmedo, hasta que resoplo con resignación y empiezo a bajar las escaleras, casi esperando una explicación a mis espaldas. Me reprocho, de todos modos, el no poder dejar las cosas como simples negocios.
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Mensaje por Lara Scott el Miér Mar 06, 2019 5:12 am

Simulo una apacibilidad que estoy lejos de sentir al tener que alzar mi mirada, echándome un poco hacia atrás por la diferencia de estaturas, no me muevo ni un centímetro y lo enfrento con mi semblante imperturbable, mordiendo mi mandíbula con fuerza para no caer en una pelea absurda de dichos equívocos. —No— lo digo modulando ese monosílabo con una lentitud que lo hace caer pesadamente en el espacio que queda entre nuestros cuerpos, como algo que resuena en mis oídos. —No hiciste nada para ofenderme— musito, la suavidad de mi tono es cortante y engañosa. Estoy a una palabra de cerrar la puerta con un golpe y decirle exactamente qué de todo lo que dijo, de todo lo que hizo, me confunde y me enfada, entonces lo retendría unos minutos más en una conversación que no tiene forma de acabar bien, mientras no aclare por mi cuenta qué de todo es lo que en realidad me molesta.

Permanezco inmóvil con la mano en la perilla como mi punto de sujeción, aguardando a que se disipe la incertidumbre tormentosa de mis emociones contradictorias y que sus gestos nerviosos acaben en una resolución. No voy a ceder al impulso caprichoso de discutir por discutir, me cuesta por falta de práctica, pero no me es imposible esperar en un tenso silencio a que sus pies tomen la decisión de cruzar el umbral. Es entonces cuando doy un sentido a todas las piezas sueltas y caóticas, encajan donde debe ser. Un par de acertijos personales también encuentran su solución. Lo que me molesta es que se vaya, pero no es su culpa, no me ofende por hacerlo. No tiene por qué quedarse, y es cuando esa pieza encuentra su sitio en mi mente, que puedo elevar mi tono y dar firmeza a mi voz: —Nos vemos el lunes—. Cierro la puerta y se escucha el chasquido de la cerradura contra el marco. Tardo unos segundos en soltar la manija, el tiempo que necesito para situarme en el interior de la sala y no seguir con mis pensamientos a quien acaba de irse.

Me muevo hacia la mesa para recoger los expedientes porque creo que teniendo mis manos ocupadas y mi atención en otras tareas, daré a mi mente otras cosas en las qué pensar. Alineo los bordes de los papeles sueltos dentro de las carpetas, casi nadie visita mi casa pero no quiero correr el riesgo de dejarlas a mano sobre la mesa así que busco un escondite temporal mientras acabo mi cena. Voy a la repisa donde cada cuadrícula está ocupada por un objeto personal, sea una criatura mecánica, miniaturas de la colección de transportes que me quedó de mi padre, gruesos tomos sobre magia aplicada a la tecnología que eran de mi época de estudiante y las fotografías familiares que se mueven pero no demuestran una emoción que ya no haya visto mil veces: de niña con mi padre, en mi graduación con mi madre y una a los once años con Riley. Coloco las carpetas con cuidado entre las enciclopedias y retiro el marco con el rostro de mi padre de la estantería para buscarle otro lugar, porque no creo que pueda agradarle lo que estoy a punto de hacer.
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