The Mighty Fall
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You and I walk a fragile line ✘ Lara

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Mensaje por Hans M. Powell el Dom Feb 17, 2019 8:05 am

Recuerdo del primer mensaje :

Me encantan los sábados, porque eso significa que puedo dormir un poco más que de costumbre si decido no asomar la nariz por el ministerio. No haber bajado la persiana anoche es la razón por la cual, a pesar de no oír el despertador, hago una mueca de disgusto y mi mano pesada hace un amague de cubrirme los ojos. La dejo caer, quizá con demasiado énfasis en mi pereza, obviando que mi brazo no cae en línea recta como todos los días. Pero no, se curva sobre un cuerpo ajeno, algo que mis neuronas deciden ignorar por solo dos segundos. Esos que bastan para que me remueva y sienta mi nariz rozar una piel no tan desconocida, acabando por arrugarse ante la sensación de picor. Cabello. La arrugo otra vez, en una suave mueca. Asumo por su longitud que se trata de Josephine, pero son solo suposiciones de alguien que no ha despertado del todo. Josephine jamás duerme conmigo. Y yo jamás despierto abrazando a alguien…

Acabo por despertarme solo por la alarma que grita en mi cerebro como si se tratase de la sirena de seguridad del trabajo, esa que solo oí en situaciones de simulacro. Me cuesta separar los párpados, descubriendo que tengo el rostro escondido de manera tal que mi nariz está demasiado cerca del oído de una persona que no debería estar aquí, lo cual explica la sensación del cabello. No reparo ni calculo la posición de mi cuerpo cuando mi primera reacción es el echarme hacia atrás, consiguiendo que mi coronilla golpee contra la cabecera de la cama con un ruido sordo y mis ojos se ponen bizcos ante el latigazo de dolor, ese que me obliga a maldecir en mil lenguas diferentes con un gruñido áspero que se muere en mi garganta y acaba en una ridícula mímica. Puedo sacudir solo un brazo, ese que se desprende de su cintura, porque el otro ha quedado atrapado debajo de su cabeza. Y no, no reparo en delicadezas cuando tiro con algo de brusquedad para volver a ser dueño de todas las extremidades de mi cuerpo, incluso a sabiendas de que eso probablemente la despierte.

Me llevo en reacción una mano a la zona golpeada, frotando como si eso sirviese de algo e intento moverme, pero patéticamente me encuentro tratando de desenroscar mis pies de las sábanas. Con un suspiro más largo de lo normal, tomo asiento lentamente y apoyo los codos sobre mis rodillas, consiguiendo así una mayor facilidad al momento de frotarme los párpados con las manos. Me toma solo dos segundos el agradecer que no tengo resaca a sabiendas de que no he bebido tanto, pero hay algo diferente que tiene mi estómago algo revuelto. Me basta con dejar caer los brazos y girar la cabeza, seguro de mi expresión adormilada y el cabello revuelto, para mirar a quien tengo al lado — Creo que tenemos una situación algo problemática — mi voz de la mañana es cualquier cosa menos respetable, pero opto por un tono clásico, seguro de que puede oírme. Con un resoplido, me dejo caer de espaldas sobre el colchón y mantengo la vista en el techo — ¿Soy yo o podemos decir que nos estamos acostando? — creo que no parpadeo cuando mis cejas se mueven con seriedad. Dos veces no matan a nadie, al menos que anoche no cuente solo como una. Pero elimina automáticamente la excusa de “fue solo una vez” y esa es la primera norma de todas. Voy a necesitar mucho café.
Hans M. Powell
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Mensaje por Hans M. Powell el Dom Feb 24, 2019 10:53 pm

Alguien que conquista un territorio debería ser capaz de mantenerlo para ser considerado un buen gobernante — me explico con la simpleza de una clase de historia, aunque la sonrisa delata que encuentro todo esto tan divertido como su carcajada me lo dejó en claro — Los dos sabemos que esta no será la situación para que eso ocurra, así que ya sabes. Gobierno inestable, mala emperatriz — no puedo creer que estoy haciendo esta clase de bromas, por todos los cielos. Al menos la charla sigue tan poco seria que mi expresión de fingida ofensa e indignación no parece tan fuera de lugar — ¿De verdad crees que soy tan básico con mis fantasías? Me ofendes de sobremanera. Tienes que admitirme que Annie es mucho mejor material que Vólkov — me ahorro el detalle de que no necesito fantasear con Weynart, porque eso es un tema aparte que no viene a colación.  

Que compare todo esto como un examen para el colegio más prestigioso del país me hace reír un poco más fuerte de lo que hubiera deseado — No la pienses demasiado, es fin de semana. Pero si siento que te escapas de mí… ¿Por qué lo tomaría como algo tranquilo? — acomodo un cuadro al pasar, tomando la actitud más relajada de la que soy capaz — No te estoy evaluando, Scott, pero niegas y rechazas todo lo que te ofrezco, incluso cuando es de buena fe. Si no es algo de qué preocuparnos... ¿Por qué eres tan… — le doy vuelta a la definición un momento, tratando de encontrar la palabra adecuada — … distante? Más bien, como que estás negada a dos minutos de cordialidad — no suelo pasar tiempo con las mujeres con quienes me acuesto sin saber mucho de sus vidas, pero ninguna parece tan desesperada por desaparecer en cuanto terminamos nuestro breve acuerdo.

Paso de largo el pequeño momento donde, con otras palabras, me llama un egocéntrico, porque hay un dato que capta más mi atención y me hace reír entre dientes — ¿Se te complica hacer tostadas? Vamos, hasta yo puedo hacerlas y eso que no cocino nunca — es una burla tan simple que, por un momento, estoy seguro de que sueno como lo hago con mis pocos amigos. Me ahorro el ofrecerle agua fresca de la heladera, porque ella misma se pone a tomar su propio y poco consistente desayuno, así que paso. Además, eso me permite hacer mi pregunta a mis anchas. Se toma su tiempo a contestar y lo primero que me sale es apoyar la taza sobre el mueble para ser libre de alzar un dedo en su dirección — Yo jamás dije que sea una pregunta de “sí” o “no”. Puedes explayarte lo que quieras — me aclaro, aunque lo siguiente me deja un poco pensativo sobre mis propias palabras. ¿Por qué elegí “desprecio?” — Porque siempre sentí que eso era lo que te causaba — lo digo lento, delatando que lo voy soltando mientras me percato de ello. Reconocía el respeto de las personas que no tienen otra opción que dártelo si saben lo que les conviene, pero en su hostilidad siempre me perfilé como alguien no digno de su devoción. Por suerte dice algo que me obliga a sonreír — No son sentimientos demasiado complicados, Scott, tú lo complicas — señalo en un murmullo que delata mi regodeo. Hay diferentes niveles de sentimientos, creo yo. Puedo decir que me gusta mi café y eso no será tan complicado como decir que me gusta una persona. Hablar de si le caigo mal o no, no debería ser tan difícil.

No me desprecia, lo que me vale un rápido mohín y un trago silencioso al café. Los segundos de silencio en los que me demoro en contestar me hacen notar, a lo lejos, el sonido de la regadera automática del jardín, cuyo verde puede notarse perfectamente por las ventanas y la puerta de vidrio que da al exterior — Electricidad — repito. Tiene sentido. Doy otro mordisco a mi bollo y, cuando trago, me paso los dedos por los labios en un intento de eliminar el rastro de migajas — Tiene sentido — me meto lo que queda de mi bocado en la boca, bebo un poco más y desvío la mirada al exterior, tratando de encontrar qué decir a continuación — Admito que es una cuestión de piel. Jamás me involucro con gente como tú. Ya sabes, clientes, mucho menos con un pacto como el nuestro. No es algo que entre dentro de mi ética laboral — cuando ya conozco a quienes piden de mis servicios como asesor legal, es otro tema. Pero ella y yo nos conocimos por su urgencia y necesidad. Esa era la base de nuestra relación hasta hace unos días — Pero disfruto de tu compañía y de tu enorme talento de contradecir todo lo que te digo sin siquiera escucharme — agrego con cierta diversión, regresando la vista hacia ella y aferrando la mano a mi taza. Eso hace que arquee brevemente una de mis cejas — ¿Estás segura de que no quieres café? Tu desayuno me deprime y me hace pensar en iniciar una petición para elevar el presupuesto para los niños que mueren de hambre.
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Mensaje por Lara Scott el Lun Feb 25, 2019 5:13 am

Entiendo— murmuro, sopesando seriamente su explicación en términos metafóricos sobre que sea una mala emperatriz. —Entonces no será por mi culpa, por mi falta de méritos. Sino porque la circunstancia es mala, porque este territorio es y pretende seguir siendo salvaje— opino con solemnidad, alzando mis palmas para indicar que esto escapa en absoluto de mi control y de mi supuesto poder. Sonrío para suavizar la broma. —De todos modos, admito que me falta capacidad para gobernar sobre algo, comenzando por la intención de hacerlo— me encojo de hombros y lo dejo ahí, porque juré hace un rato de la boca para afuera que terminaría por quitarle el poder y eso entra en contradicción con mi poca ambición recién admitida. —Atesora este momento, porque coincidiré contigo en que Annie es mejor material— lo miro con suspicacia. — En serio, no hagamos una lista para saber si nos acostamos con las mismas personas. Empiezo a creer que sí tenemos algo en común en nuestros gustos y justo donde menos lo pensábamos— digo.

Casi doy un paso en falso en la escalera cuando de hablar de que el desayuno es una prueba para saber si podemos comportarnos en presencia del otro, compararlo con una evaluación de mérito en el Royal, pasa a decir que actúo manera distante con él. Espera, ¿qué? ¿Por qué siempre me sale por la tangente? El resto del descenso lo hago sosteniéndome del pasamano. —¿Cómo llegaste a la conclusión de que ser distante, querer irme y rechazar tu invitación a desayunar es algo por lo que tengamos que preocuparnos?— lo digo como si sonara totalmente desconcertada al respecto, confundida por tal planteamiento incoherente, como si no le viera asociación posible. Según mi criterio, irme haría que las cosas no se volvieran del tipo que debamos preocuparnos e insisto en ello. —¿Sirve en mi defensa decir que me niego a la cordialidad de la mayoría? Y antes de profundizar en esto, en problemas de autoestima, te recuerdo que la charla de psicoanálisis ya la tuvimos. El cliché de niña herida, Hans, recuerda— lo digo tan a la ligera que trato de que pase como un chiste, así no lo volvemos trascendente.  

Este hombre con sus salidas inesperadas me tiene alerta e improvisando contestaciones todo el tiempo, que en la prisa son bromas. —Es mi más oscuro secreto y espero que no lo divulgues, sino tendré que enviarte a mis matones— me refiero a las tostadas. El humor es como la suerte, burbujea en el cuerpo y estalla de repente, desvaneciéndose. Puede estar o no estar en una fracción de segundo, es tan fácil que simplemente desaparezca. Es temprano para una charla sobre mis intenciones en esta casa, con más precisión en su cama, pero si es necesario que pongamos un par de cosas sobre la mesa, habrá que hacerlo. Puedo asumir la responsabilidad de mis actos, decir por qué lo hago. Pese a que al final mi respuesta no tiene nada de racional. —Lo sé, lo complico todo demasiado cuando se trata de sentimientos y no ayuda que sea recelosa de cualquier muestra de amabilidad. Debe ser por eso que no tengo este tipo de charlas— le soy honesta. Ruedo la manzana entre mis dedos para otra mordida y espero a que asimile el que seamos resultado de una inexplicable reacción eléctrica.

Sonrío con suficiencia cuando me da la razón y asiento con mi barbilla. —Así que… ¿aprobé el examen? No es que quiera presumir, pero tenía buenas calificaciones en el Royal en casi todas las materias— sigo sonriendo al comer el resto de la manzana, puedo hacerlo porque él se explaya sobre cuestiones que no puedo opinar hasta que acabe y saber a qué conclusión llega. —Eres masoquista por disfrutar de mi compañía— me río, me resulta imposible no interrumpirlo en este punto y sí, lo contradigo sin siquiera escucharlo, le cuestiono todo sin siquiera dejar que termine de hablar. Y ahí está, otra vez ofreciéndome algo y yo negando con un movimiento de cabeza antes de que acabe la oración. —No quiero nada más, estaré bien así— le aseguro, superponiendo mi voz a la suya. Suspiro porque tengo demasiados gestos que repito por costumbre y había dejado de cuestionármelos.

»Por cierto, me irritas, me fastidias y no me gusta estar en deuda contigo. Pero no me provocas desprecio, no has hecho algo que me haga aborrecerte al punto de no poder sentarme aquí contigo ni dejar que me toques. Si fuera un abuso, por ejemplo… si acostarme contigo fuera una obligación, y ya te aclaré que no es así, fue una elección— divago. Tengo los ojos puestos en la manzana que hago girar con mis dedos sujetando el palillo. —Hay momentos sí, en que te detesto muy profundamente. Cuando estás parado sobre una zona segura y yo solo me derrumbo… Lo hago complicado, ¿no? No creo que tenga caso tratar de darle un sentido— renuncio y curvo mis labios, lanzándole una mirada que vuelve a ser brillante. —Tendría que hacer a un lado tanta negatividad en las cosas y solo admitir que me agrada tu humor arrogante. ¿Quieres intentar hacerlo más simple para mí? — lo invito a que trate de encontrar palabras más concretas para explicarme.
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Mensaje por Hans M. Powell el Lun Feb 25, 2019 5:56 am

Intento pensarlo de un modo que sea simple y lo comprenda, aunque dudo mucho que podamos coincidir en un punto como este — Si quieres irte con rapidez, es porque quieres escaparte de algo — es mi mera respuesta, sin desear abarcar demasiado dentro del tema. Y si deseamos mantener esto todo como si no fuese un conflicto, es mejor ser simples — No te preocupes. El cliché de niña herida no me ofende — y tampoco planeo sentarme a ser su terapeuta. No creo que sea algo que se me dé bien y ninguno de los dos quiere entrar en ese terreno, incluso después de la charla que tuvimos anoche. Quitando la broma de las tostadas y los matones, esa que me regala una risa breve, la conversación sobre la honestidad me deja momentáneamente fijo en ella, hasta que solo hago un gesto afirmativo con la cabeza. Escapar a las charlas honestas es algo que conozco bien.

Supongo que aprobaste. Aunque, tengo que decirlo, yo era el primero de mi clase — añado como si fuese un dato de sutil importancia, alegando a un ego clásico de dandy que finjo por dos segundos hasta reírme suavemente de mí mismo. Uno de mis hombros se alza en gesto de poca importancia a pesar de que estoy obviamente entretenido ante su observación, paseando mis ojos por sus facciones hasta chocarme con los suyos — Ser masoquista es parte de la vida. La zona de confort es de lo más aburrida cuando dejas atrás los veintis — le aseguro, como si se tratase de un consejo a alguien mucho más joven que yo — He salido y coqueteado con muchas mujeres que son muy parecidas entre sí. Es bueno chocar con una variante — estoy seguro de que es eso, esa es la electricidad de la que ella está hablando. Hay algo nuevo, diferente y exótico, peligroso y tan tangible que sería una pena no estirar la mano y tomarlo. Como una edición limitada de algo que está mal y bien al mismo tiempo.

Que rechace mi desayuno sin que termine de hablar es mi excusa para acomodarme mejor en el asiento, apoyar los brazos sobre el desayunador y hacer uso de mi codo para que mi mentón se recargue en mi mano, con los dedos cerrados y los nudillos cubriendo mi boca. Es la postura del pensador, de aquel que analiza y escucha con atención, sabiendo que no esperaba que se explaye. Mi nariz se crispa en un segundo ante la mención de un supuesto abuso, porque creo que he dejado bien en claro que no soy esa clase de hombre y agradezco que lo sepa. Al menos, mi posición me permite esconder un poco la leve sonrisa — De entre todas las cosas que podrían agradarte de mí, elijes el humor arrogante. Me gusta — dejo caer la mano hacia delante, usando los nudillos para golpetear vagamente el mármol de la isla — No soy bueno comprendiéndote, al menos en este terreno, pero sospecho que te agrado más de lo que dices — uso la otra mano para terminar mi taza de café y, ya satisfecho, saboreo el gusto que quedó en mi paladar en el instante que me tomo para meditar un poco lo que voy a decir a continuación — Esto debe ser peor para ti que para mí porque, como tú dices, yo soy el que está a salvo, incluso cuando te conté buena parte de mi vida privada anoche. Y, sin embargo, estás aquí. Comiéndote una manzana sin sostén — es una observación que intenta quitarle seriedad al asunto, así que le sonrío en señal de buena fe — Pero déjame aventurarme un poco…

Me tomo el atrevimiento de apoyar el peso de mi torso en los brazos y me estiro sobre la isla, haciendo uso del largo de mi torso para inclinarme en su dirección, como si de ese modo pudiese inspeccionarla mejor — Quizá ahí está el secreto. Que alguien te agrada porque, justamente, una persona como esa no debería agradarte ni un poco. Las cosas malas a nuestros ojos son las que crean la adrenalina y de ahí proviene la electricidad. Es la atracción inevitable entre dos puntos que deberían repelerse y, sin embargo, aquí estamos — sin pedir permiso, arrebato cuidadosamente la manzana de sus manos y le doy un firme mordisco, sintiendo el jugo entre mis dientes antes de volver a tendérsela con total libertad. Me demoro solo un instante en tragar — Te agrado porque una parte de ti piensa que no te agrado en lo absoluto y no puedes explicar por qué la otra parte se treparía al desayunador para besarme. Es una especie de crisis, ya sabes… — ahí se va, la sonrisa burlona pero honesta — pasivo agresiva.
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Mensaje por Lara Scott el Lun Feb 25, 2019 8:08 am

Los masoquistas siempre justifican su masoquismo, que sigue siendo la búsqueda intencional de algo que les provoque dolor porque eso les genera placer. ¿Y me juzgas a mí por mis tendencias escapistas ante los actos amables?— inquiero, alzo una ceja que lo cuestiona. En realidad no me esperaba que estuviera de acuerdo con lo que era un chiste de mi parte, esto se ha tornado un poco oscuro. —Se trata de eso mismo— señalo de pronto, acaba de decir algo de lo que puedo sujetarme. —No de que sea una variante, sino del choque— me sonrío contra la manzana que tengo a medio acabar. —¿Te refieres a que has salido con mujeres que son iguales entre sí… o iguales a ti?—. Esta vez tampoco espero una contestación, todavía no cambio de parecer sobre no hacer listas de nada. —Se trata del choque con algo que es diferente a ti— es mi manera de entenderlo. Este ejercicio me está costando esfuerzo, aclararme a mí misma requiere de un esmero colosal de poner nombres a lo que estaría fuera de interrogación de haberme ido en la madrugada.

Me estás dando la razón en todo, creo que obtendré un excelente en este examen— bromeo, porque me “aprueba” que de todas sus muchas y variadas virtudes, que de sobra conocemos los dos y toda la sociedad, elija su humor. Es la única en la que atino a pensar, no es hasta después de decirlo que trato de encontrar en él lo que ven las demás personas y le dedican halagos. Mi lista de una sola virtud es tan pobre al lado de la lista que puedo armar a partir de todo lo que oigo de él y sigo aferrada a la mía, por más que diga que me agrada más de lo que admito. ¿Eso abarcaría mi reconocimiento hacia otras de sus virtudes? Si tengo que ser honesta, siempre me han atraído más los defectos y por eso hablé de la arrogancia en su humor. Tal vez, si hay otras cosas que me agraden de él sean defectos, entonces no iría tan equivocada en mi rumbo al señalar solo lo malo entre los dos. Puede que sea una jodida masoquista también. —Es posible que me agrades un poco más— le concedo. Y luego se me escapa una carcajada, me muestro perpleja otra vez. Saltar de nuestra conversación de anoche a mi estado esta mañana… —En serio, ¿cómo funciona tu mente para hacer esas asociaciones?

Retrocedo al silencio ante su avance, la anticipación de que compartirá el secreto que explica cómo me siento y quizá hacerlo un poco más simple, me tiene inmovilizada. También puede que sea esa fuerza de la que habla, que nos mantiene pendientes del otro cuando debería repelernos, pensarlo así me hace sonreír con diversión. Creo firmemente en que somos de esas cosas del universo, tan distintas, tan imposibles de encajar, que hizo falta una circunstancia para que nuestros trayectos se torcieran y fuera posible la coincidencia, de lo contrario seguiríamos vagando errantes por ahí. Somos un accidente, algo que salió mal, un desajuste. Y por eso es caótico. —No simplificaste nada— digo. Mi sonrisa se ensancha y recupero mi manzana a la que muerdo donde estuvieron sus dientes. —Dimos una vuelta muy larga para llegar a este punto— acomodo mis codos sobre la mesada y me recargo hacia adelante, dijo algo sobre mi supuesto deseo de querer saltar esta barrera. —¿Lo que quieres es besarme? — pregunto, todo mi rostro se contagia de mi sonrisa y tengo que apartar un mechón que cae sobre mis ojos para poder mirarlo. — Según tu teoría, la atracción se da entre dos cuerpos que se repelen, digamos que estos cuerpos tienen comportamientos similares, así que… ¿también en parte no te agrado y en parte quieres besarme encima de esta mesa? — indago.

Me inclino un poco más, hasta que tengo mi pecho presionado contra el mueble y susurro para acentuar la sensación de intimidad pese a lo grande que es la cocina. —¿Por qué me estás incitando a que lo haga? — y lo sé, él lo acaba de decir, solo tengo que volver sobre sus palabras… y algunas de mi propia cosecha. —Es porque me resisto, porque soy pasivo agresiva y porque tiene que ser una elección mía—. Ese chispazo de entendimiento me tiene sujeta en mi sitio y me tardo un segundo en reaccionar, en bajar mi mirada a la superficie del desayunador. —¿Ves por qué se complica todo cuando tratamos de poner en palabras algo que nuestros instintos sabían entender mejor?— lo señalo como un problema. No resolvimos nada, a cada minuto esto se vuelve más complejo y estoy un par de pasos por detrás para comprender cómo lidiar con algo así. —Hagamos una prueba muy básica— propongo, regresando mi mirada a su rostro y sujetándola a la suya —Olvida lo que crees saber de mí y si quieres besarme, solo inténtalo.
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Mensaje por Hans M. Powell el Lun Feb 25, 2019 8:55 am

Honestamente, lo medito, dándole parte de la razón. Las mujeres con las que tiendo a juntarme se mueven en mi círculo, manejan mi estilo de vida y tienden a aceptar mis caprichos porque van de la mano con los suyos. Ella es un reflejo de lo que tiendo a rechazar, el opuesto a mi vida ordenada bajo un régimen al cual respeto. Es alguien que ha pecado sobre las leyes que predico, que me discute si desea hacerlo y que no me regala sonrisas condescendientes. He ahí la tentación de lo desconocido, de lo nefasto, de ese placer culposo que me grita que puede costarme caro, pero que de todos modos ignoro por el simple gusto de salir a jugar. Un capricho más en mi lista. Su diversión es un reflejo de la mía, ensanchando la sonrisa cuando me concede la razón sobre agradarle más de lo que admite, aunque es lo siguiente lo que me hace bromear como si fuésemos simplemente dos amigos compartiendo comida — Soy abogado. Mi mente funciona en base a asociaciones — me excuso sin un ápice de seriedad a pesar de la verdad de mis palabras.

No, puede que no haya simplificado nada, pero al menos expuse mi punto. No entiendo cómo hacer simple algo que ya lo es, pero que nos esforzamos en volver complicado por el pequeño hecho de que es más cómodo así. Quiero decirle que dimos vueltas porque es la salida fácil, pero lo siguiente me hace abrir los ojos de par en par antes de soltar la carcajada que me obliga a dejar caer la cabeza hacia delante — ¿Por qué siempre encuentras el modo de tomar mis palabras y ponerlas en mi contra? — le pregunto, casi que con admiración y levanto la vista nuevamente en su dirección — Jamás he negado que me agradas, incluso cuando no te lo mereces — personas como ella no son santas de mi devoción y, aún así, aquí estamos — Te lo dije hace semanas. Me agrada tu espíritu — es irónico, pero esa conversación parece sumamente lejana y solo nos hemos visto un par de veces más después de eso. No entiendo cómo es que todo se ha descarrilado tan rápido.

Su acercamiento me deja quieto en mi lugar, firme en que no retrocederé por algo tan simple como esto. Parece que la sonrisa guasona se ha pintado en mi cara como un tatuaje, silenciosa a sus palabras y permitiendo que se exprese todo lo que desee. Incluso siento la garganta seca cuando ella termina de hablar, así que tengo que pasar algo de saliva — Primero que nada, no te estoy incitando. Si tú quieres verlo de esa forma, solo me hace ver que tengo razón y quieres hacerlo — agradezco lo largo de mi cuerpo al moverme un poco más cerca de ella, sintiendo como el borde del desayunador se me clava en el cuerpo y, aún así, me las arreglo para ignorarlo — Si dices que lo complicamos con palabras… ¿Qué te dice tu instinto ahora? — sé muy bien lo que dice el mío. Me sonrío cerca de su boca pero no cierro los ojos, fijándolos en lo negro de los suyos al rozar la punta de su nariz con la propia — Te olvidas de que ya te he besado arriba esta mañana. Besarte no me aterra. Pero por alguna razón es una tarea que me dejas a mí, por mucho que quieras hacerlo — porque apuesto que, en algún lado de su mente, lo desea. A pesar de los comentarios orgullosos y de las distancias impuestas, esto es pura piel.

Se lo demuestro al ladear un poco la cabeza y entornar la mirada, retándola en silencio a que se atreva a contradecirme, a alejarse. Solo es un segundo antes de que me burle de ella con una sonrisita que enseña vagamente mis dientes delanteros y que acabo apagando al dejar ganar a la gravedad, besando su boca con pura tranquilidad. El estar apoyado sobre mis brazos hace que solo levante una mano, tocando el pómulo de su izquierda en una caricia que me lleva a sujetar su rostro con cierto cuidado. El suspiro se me quiebra en un susurro, tratando de no reírme contra ella — Increíble. Pudimos besarnos sin que explote el mundo ni se caiga la ropa — bromeo con un asombro caricaturesco, a pesar del tono bajo de mi voz. Silencio mi risa con un nuevo beso, algo más rápido que el anterior y me aparto, dejando caer la mano sobre el desayunador. Relamo el sabor de sus labios en los míos y ladeo un poco la cabeza, frunciendo un poco el entrecejo — Solo es esto, Scott. Los dos lo disfrutamos y está bien. Hay cosas que no se pueden contener y no es la muerte de nadie. Nuestros cuerpos se llevan mejor que nuestras mentes, eso es todo — obviemos el desastre que podríamos ocasionar, eso es tema para otro día.
Hans M. Powell
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Mensaje por Lara Scott el Lun Feb 25, 2019 8:17 pm

Un abogado de asociaciones insólitas. ¿Te imaginas si fueras matemático? Pondrías patas para arriba algunas leyes del universo que ya nadie cuestiona— bromeo, moviendo mis manos en el aire como si hubiera millones de cuerpos minúsculos e invisibles a nuestro alrededor que no puedo abarcar. Tengo una sonrisa cruzándome la cara en este arrebato de humor y dura tan poco, sabemos que es tan improbable que fuera matemático como el sol suba por el horizonte a las nueve de la noche o que yo despierte algún domingo en su cama otra vez, por ejemplo. Algunas cosas son como deben ser y nunca podrán ser de otra manera, así como hay otras que sencillamente no están destinadas a ser. Me agrada su explicación científica, tengo que reconocerlo. Toda esa explicación sobre cuerpos que se repelen y se atraen, traducida a una realidad próxima como la nuestra en la que se supone que estoy tratando de entablar una conversación sin contacto con él y arroja sobre la mesa las reglas de un nuevo juego en el que me veo desafiada a participar. Lo que queda en medio es un beso, que no es nada si lo tenemos que comparar con las horas de la madrugada que dejamos atrás. Supongo que todo es parte de esa demostración que tenemos que hacer para nosotros mismos de que no tenemos nada de qué preocuparnos, y confieso en mi fuero interno que estaba aterrada minutos antes en su cama de que abrazara y me besara, porque toda la escena se parecía demasiado a cosas que sí me preocupan, muchísimo.

¿Cuándo no me lo merezco?— repito sus palabras con diversión, lo tomaré como su revancha por haberle dicho que yo tenía mis momentos de detestarlo, que sonó mucho más rudo a mis oídos. Mis ojos lo buscan al oír lo siguiente, no hay nada ahí de lo que pueda burlarme, hallar como excusa para enfadarme o siquiera hacer un comentario fuera de lugar, provocarlo a que me diga por qué le agrada un caso perdido, ¿por su vocación de abogado? Suelto aire lentamente en un suspiro, y lo que sea que me provocan sus palabras, lo identifico con algo similar a la compasión. Lamento mucho cuando a alguien le agrada mi espíritu, sé que seré un problema después. —¿En qué sentido te agrada?— pregunto en un impulso. —Las personas tienen distintas maneras de comportarse ante aquello que les gusta, en especial si se trata de espíritus. Algunos lo admiran de lejos, a otros les complace poseerlos y esconderlos, y nunca falta los que encuentran placer en quebrantarlos y lograr dominarlos de esta manera, lo que siempre me ha parecido la peor opción. ¿Cómo es posible encontrar placer en romper lo que tanto te gusta?— comparto con él. Arrugo un poco mi entrecejo, un pensamiento me tiene ensimisma por un segundo. —Pero supongo que yo también lo hago a veces— susurro.

¿Que de todas las cosas estoy rompiendo ahora mismo? No lo sé. En primer lugar la norma autoimpuesta de no contacto en su cocina, si bien no obedezco a lo que creo que es una incitación de su parte, le dejo margen para que lo intente y en verdad lo hace. A esto me refería, no importa cuánto sepamos de los reparos del otro, cuando bajamos las barreras siquiera un poco, vamos a por ello como si hubiéramos estado esperando el momento y lo que me sorprende es que asuma la responsabilidad del primer movimiento, como si no tuviera nada de trascendental. Ahí está el problema, uno de los dos está seguro de lo que hace y no tiene nada de qué preocuparse, y no soy yo. —El instinto no usa palabras para decir nada— le respondo, su rostro sobre el mío y mi respiración haciéndose más pausada.  

Creo que la manzana cae en alguna parte de la mesada y alzo mis manos para sujetar su rostro. Deslizo mis pulgares por su sien, mis dedos hundiéndose en su cabello a medida que se acerca y por incomodo que sea con el mueble entre ambos, respiro de sus labios como si me estuviera ahogando, como si la última maldita media hora la hubiera pasado conteniendo el aire. Su suspiro choca con el mío al separarnos apenas y encuentro mi voz para responderle. —Creo que esperábamos resultados diferentes de la prueba que mencioné— murmuro. Me sostengo de sus labios para mantener el equilibrio y cuando se aparta, es caer en la realidad así como regresar a mi sitio. Lo observo detenidamente al dar su conclusión, curvo mis labios en la mueca de una sonrisa. —A eso me refería con simplificarlo, logramos resolver la ecuación— digo, mi tono es vivaz, pero no logro que el brillo llegue a mis ojos. —Sigo teniendo un mal presentimiento sobre esto— confieso. Recojo lo que quedó de mi manzana y busco el sitio en esta lujosa cocina donde se guarda un tacho de basura, corro algunas puertas hasta hallarlo y mientras me muevo puedo seguir hablando. —Cuando mente, emoción e instinto se cruzan es complicado, son fuerzas que todo el tiempo están en contradicción. Por eso mi mente y mi pasión las concentro en el trabajo, así las mantengo ocupadas— bromeo, y lavo mis manos nuevamente para quitar la sensación pegajosa de mi pobre desayuno. Volteo y me inclino hacia atrás, mi cadera contra el lavado como apoyo. —Lo que nos queda entonces es instinto, piel y descargas eléctricas. ¿Nada de que preocuparnos?— espero a que me lo confirme, parece ser quien mejor lo sabe.
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Mensaje por Hans M. Powell el Lun Feb 25, 2019 8:48 pm

¿Tengo que recordarte cómo nos conocimos? — a pesar de la seriedad del tema, le Quito importancia con la sonrisa jovial que me decora. La actitud que la llevó a conocerme es la que no la hace merecedora, pero no voy a ponerme en análisis. Su duda me llama mucho más la atención, así que levanto una mano para pedirle un momento e intento pensar una respuesta, aunque pronto descubro que no la tengo. No sé en qué sentido me agrada, solo sé que lo hace — Siempre he respetado un espíritu vivo. Me exaspera la gente sin actitud — creo que es una respuesta demasiado simplona, lo que me explico con gracia — Piensas demasiado sobre cosas que no deberían pensarse tanto.

La contestación me regala un momento de triunfo, algo que no respondo con palabras porque el instinto se basa en juntarnos como si solo hubiera estado esperando el momento adecuado. Ella corresponde, obvio que lo hace. Con un agarre que me relaja y enciende casi al mismo tiempo. Es un beso en la cocina, nada de qué preocuparse. No es la muerte de nadie. Me inclino hacia un lado por esa primera frase, observándola entre párpados entornados — ¿Qué resultados esperabas? Puedo ponerte un 10 si quieres — bromeo en la tranquilidad de mi voz.

Acomodo mi cuerpo por completo en mi asiento para seguir su recorrido por la cocina, tratando de señalarle el tacho en cuanto reparo en sus intenciones pero haciéndolo demasiado tarde, porque los restos de la manzana desaparecen — Creo que tus presentimientos solo están siendo pesimistas — intento comprenderlo, de veras, pero no lo hago. Hay algo en su modo de pensar que no funciona como el mío. Me pongo de pie para meter la taza en el lavabo, estirando el brazo sobre ella para poder apoyarla con cuidado — No entiendo muy bien cuál es el problema. Quiero decir, sé que todo esto es extraño, pero no creo que sea algo de lo que debamos preocuparnos — sí, me tomo ese descaro. El de pasar un brazo por su cintura para acercarla a mí, recargandome en la mesada, para plantar la mano en su cintura que me permite mirarla mejor — ¿Qué es lo que te preocupa con exactitud? Porque parece que estás haciendo una bola de un montoncito de polvo y vas a terminar por enroscarte por tu propia mano — si los dos sabemos nuestro lugar, no deberían existir preocupaciones, por mucho que salgamos de nuestra zona de confort. Un poco de riesgo no le hace mal a nadie.
Hans M. Powell
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Mensaje por Lara Scott el Mar Feb 26, 2019 6:22 am

No, no necesito que me lo recuerdes— impido que ese tema sea incluido en nuestra conversación, si bien lo tenemos presente en todo momento aunque no lo mencionemos en detalle casi nunca. —Me da gracia que digas que te agrado cuando no me lo merezco. Es una contradicción graciosa— explico el por qué tengo la risa raspando mi garganta y si no rompo en carcajadas es porque atrae la atención de mis oídos hacia algo más. He cruzado cierta línea con Hans como para compartirle parte de mis reflexiones personales, claro que cuando me distraigo puedo terminar hablando de la vida y del universo con algún extraño de un bar, solo que esto es una opinión que apela otra vez a mis miedos y en la que también exijo saber qué piensa al respecto. —Sí, lo sé. Paso demasiado tiempo dentro de mi cabeza— se lo reconozco. —Desde siempre busqué cosas que me sacaran de allí—. Sobre todo cuando era adolescente, pero no le hablaré de mis experimentos con Riley y mucho menos de cómo congeniamos con Audrey en esa época. Lo miro, el sexo es otro escape por excelencia.

Por un minuto vuelve a ocurrir, esa era la prueba de la que le hablaba, porque cuando anulamos toda la información que hay en nuestra mente para interpretar la realidad y a los demás, nuestros instintos saben bien qué movimientos hacer, no hay nada equivocado en besarlo porque es lo natural y todo lo que he dicho desde que nos despertamos para marcar una distancia con él son palabras que se evaporan. —No me gusta cuando me dejas ganar— le recuerdo, rechazando su calificación sobresaliente. Me alejo del desayunador, de ese presentimiento que le digo que tengo y desestima como pesimista. Espero que acuda al rescate de la situación una vez, que diga que todo estará bien y no hay nada que deba quitarnos la tranquilidad en esto, lo que sea, que esté sucediendo.

Lo que no me esperaba era que se colocara a mi lado y ladeo mi mirada hacia él, es la imagen misma de toda la despreocupación que predica. Y yo empiezo a hacer una lista mental de cada cosa que me inquieta, hasta que encuentro la expresión que lo abarca todo. —Me preocupa que perdamos el control de esto— digo. Me giro para inclinarme hacia él y me sujeto a su nuca con una mano así quedamos en un medio abrazo. —Lo sé, lo pienso demasiado. Estoy haciendo un mundo de nada—. Rozo con mi nariz su cuello, suspiro al ascender a sus labios y cuando estoy a una inhalación de distancia de tomarlos, regreso a su garganta para apoyar mi cabeza en la curva que va hasta su hombro. —Quiero creer que tenemos algo de voluntad para controlarlo y que podemos pararlo cuando así lo queramos— digo, mi mirada puesta en la piel que queda por encima del cuello de su camiseta y afortunadamente a salvo de hacer contacto con sus ojos. —¿Puedes pararlo cuando así lo quieras?— pregunto.
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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Feb 26, 2019 2:13 pm

Siempre creí que pensar demasiado es un problema para el cual no tengo tiempo ni paciencia. Pensar nos trae problemas inexistentes hasta que nosotros los creamos y nos vuelve vulnerables, demasiado para mí gusto. Hace mucho que prefiero usar mis pensamientos en cuestiones de urgencia real y apagar la lógica cuando se trata de amantes, eso me ha ayudado a evitar el apego o la preocupación. No veo por qué con ella debería ser diferente, a pesar de lo distinta que es nuestra situación. Mi consejo es que no lo haga, pero no se lo digo con palabras, me conformo con una mirada de significativo reproche. Que solo no complique las cosas, que no me arrastre con ella a la duda. Vacilar es lo peor que podemos hacer con esto. Por otro lado, recuerdo sus mismas palabras de anoche, robando una risa — Que te contradiga hace las cosas más parecidas a la realidad. ¿No? — inquiero, anotando mentalmente el no dejar que gane a pesar de no tener motivos para no hacerlo. Mi profesión me ha llevado por años a discutir y debatir, pero también he aprendido a no gastar saliva cuando no hay razones para hacerlo.

Perder el control. Creía que todo el asunto de acostarse con alguien se jactaba de perder el control. Sé que no lo dice en el mismo sentido, pero de igual manera se gana una mirada escrutadora. Me dejo sujetar por ella y lo tomo como una invitación, me acerco un poco más, dándome el lujo. — Deberías solo dejarlo ir. Cuando las cosas fluyen solas, es cuando mejor salen. ¿O no la pasamos mejor cuando no hay de qué preocuparse? — la oficina, la cama, son dos ejemplos de que podemos dejarnos ser sin complicarnos la vida. Su presencia en mi cuello es suficiente como para girar el rostro en su dirección, inclinándome levemente al sentir un movimiento que solo queda en amague. Me sonrío, optando por secundar su posición al apoyar con cuidado la barbilla sobre su pelo. — ¿No es siempre así? — mis dedos se estiran y acarician con calma su espalda, en un toque que pretende ser relajante — Jamás es algo que no pueda pararse. Es tan sencillo como solo pasar a vernos cuando sea en verdad necesario. No eres dependiente de mí y yo tampoco lo soy de ti. Eso es lo bueno de ser como nosotros — yo no me ato, no me apego. Ella tiene un muro infinito y no me interesa el saltarlo. Estaremos más que bien, porque confío en quienes somos. ¿Por qué habría de ser diferente en esta ocasión?

Me lo pregunto mientras acomodo mi agarre y mi cuerpo para relajarme en el apoyo contra la mesada, bajando la cabeza para dejar un beso en su cuello en un gesto pacífico — Al menos que... — mi nariz remarca la curva de su piel y vuelvo a presionar mis labios, esta vez contra su mandíbula — ... te preocupes porque sabes que no puedes controlarlo y confías en que yo pueda hacerlo— por primera vez, no tengo intenciones de que suene como una burla — No solo te agrado más de lo que dices, Scott: te gusto y eso no te gusta ni un poco — bueno, puede ser que sí se me vaya la muequita guasona, pero como estoy besándola por debajo del oído, no puede verme — Y te asusta porque todo esto no es más que un nuevo vicio del cual no quieres volverte dependiente, pero tampoco puedes dejarlo. Que difícil es cuando se piensa o siente demasiado — ya, quizá ahora sí se me nota el tono vagamente bromista. No puedo esconder la sonrisita cuando me separo un poco, buscando sus ojos con un apretón vago en su cintura — Y tú preocupación es esa: sentir demasiado. ¿Ahora sí te lo aclaré mejor o seguimos en el mismo punto? — le quitó algo de credibilidad al asunto al robar un veloz beso de sus labios, aprovechando a rodearla con ambos brazos. Quizá me equivoque, pero no veo otra razón por la cuál debería preocuparse. Hay cosas que no son tan difíciles, ¿o sí?
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Mensaje por Lara Scott el Miér Feb 27, 2019 5:48 am

Es cierto, lo hace más real— concuerdo a medias. —Y también porque me gusta ganarme las cosas por mi esfuerzo— añado, esa es la razón por la que rechazo lo que se da fácil, recelo de lo que se me ofrece con mano amable, podemos incluir al acuerdo de trabajar con él por salvarme de la pena capital porque no me gusta aceptar favores. Solo que ese era un favor necesario para estar aquí, contando el cuento. Estoy obligada por mis principios a compensar ese gesto solidario que tuvo hacia mí, sus intereses puestos en ello no son de mi incumbencia, y si acaso equilibran la balanza para que no hubiera hecho de esa deuda algo personal, sino algo que se podía mantener casi en una esfera laboral. Hasta hoy, esta mañana, al despertar. —Lo hace más satisfactorio, supongo— termino.  

A medida que aclaro algunos puntos, reafirmo otros. Puedo insistir hasta el cansancio para quien me escucha sobre esa cuestión del control, que se me escapa muchísimas veces, que retengo con ambos manos en otras ocasiones. No es algo que sepa todavía como asegurarlo en mi posesión, cuando perderlo puede llegar a ser placentero a su manera. Sin embargo, persisto en mis reparos. —Nunca me han pedido hasta ahora que arme un vehículo que no tenga frenos. ¿Para qué crees que sirven? Son necesarios para las curvas peligrosas—. Si no lo beso es porque quiero demostrarme a mí misma que puedo decirle a mi cuerpo qué hacer y que no ceda a la fuerza que me tiene gravitando sobre su boca cuando nos acercamos. Y que se conforme con recargarme en él, con su caricia que recorre mi espalda calmando mis nervios.

Casi lo logra, su discurso es el adecuado para que mis preocupaciones sean disipadas de mi mente, es esa voz que se impone a las otras que van perdiendo fuerza. Al decir que es bueno “ser como nosotros”, disimulo mi sonrisa contra su cuello. Este hombre podría llegar a convencerme de que el lunes por la mañana seremos los mismos de hace unas semanas. —Dijiste…— retomo una idea que casi dejé pasar inadvertida. —Que no nos veamos a menos de que sea necesario... cuando requieras que haga un trabajo para ti— no lo planteo con un tono interrogante, pero es una pregunta abierta para saber si entendí lo que dijo. —Esa es la única necesidad real que hay entre nosotros— apunto. Así lo venimos llevando hasta ahora, en el ministerio nunca actuamos como si nos conociéramos salvo mis últimas visitas a su oficina, y como nuestras reuniones eran ocasionales, el resto de los días podíamos olvidarnos de la existencia del otro. Como lo hacía en esas ocasiones, puedo despedirme de él cuando me vaya de su casa sin tener idea de cuando volveré a verlo y estaré bien con eso. Su tacto y su voz calman mi inquietud y puedo relajarme al avance de sus labios por la piel de mi garganta.

No lo hagas— ruego, oponiéndome a sus tres palabras que anticipan que dirá algo que no quiero oír. Hace estragos en mi mente con su voz que logra llegar a cada recoveco, incitando a los mismos miedos que acababa de serenar, y no entiendo por qué lo hace, ni cómo lo hace, porque no deja de tocarme y no quiero que deje de hacerlo, mientras desliza en mí esas palabras que pueden ser tan dañinas como una toxina para mis neuronas. Pareciera que pretende que lo refute, sabiendo que mi primera reacción es siempre apartarme, y lo hace convencido de que no me iré, porque no puedo. Porque me prendo de sus labios en un beso que es una nueva tentativa, mis brazos se cierran alrededor de su cuello. —Si así fuera, sería un problema mío— contesto, asumiendo que tengo una naturaleza emocional. —Me alivia saber que no es algo que a ti pueda inquietarte, el «sentir demasiado». Eso lo hace más fácil— lo digo con simplicidad, mi mirada un poco más limpia que hace un rato, un nuevo tipo de serenidad me embarga. —Porque entonces no debo preocuparte por ti. No se trata de mí, que yo se lidiar con mis emociones. Es bueno saber que no debo preocuparme por las tuyas— digo y acaricio su nuca, envuelvo los mechones castaños entre mis dedos y miro por encima de su hombro a la nada. —Yo sé que puedo arreglarme a mí misma las veces que haga falta después de que algo me sacuda, porque lo hice otras veces. Me preocupo más por los demás…— deslizo una mano hasta colocarla sobre su pecho. Lo miro, trato de encontrar en sus rasgos la misma certeza que tuve al conocerlo. —Por ti no, nunca. Supongo que lo supe siempre. Esto no va a afectarte y por eso es posible— murmuro.
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