The Mighty Fall
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Mensaje por Hans M. Powell el Miér Ene 30, 2019 9:31 pm

Recuerdo del primer mensaje :

La frustración es lo que me lleva a pasarme las manos por la cara en un intento de aclararme las ideas, masajeándome la frente y después el cuero cabelludo. El señor Niniadis ha pasado “casualmente” esta mañana por mi oficina y, a pesar de que no lo ha dicho explícitamente, siento que ha colocado un reloj de arena sobre mi escritorio. Yo ya he encontrado a mi hermana, podría dejar este trabajo extra de lado, pero he hecho un pacto con el patriarca de los Niniadis y eso significa solo una cosa: o cumplo mi tarea o puedo empezar a mirar con cariño mi antiguo escritorio; no vamos a hablar de los “permisos” que me he tomado por esto. Así que, en lugar de devolver llamadas o asistir a reuniones que he pedido que cancelen, me encuentro de pie frente a mi escritorio, analizando los mapas, informes y tachones que he hecho por toda la periferia del país. Sé que a Black es imposible encontrarla, al menos que ella desee que alguien lo haga. Me he tirado más al paradero de Cordelia Collingwood, alguien que podría haberse aferrado a su menor status para sobrevivir, pero tampoco hay señales de ella ni de su pequeño bastardito. ¿Y cómo se supone que encuentre a un adolescente del cual no sé su aspecto, nombre o siquiera género? Están ahí en algún lugar, lo sé, y me he jurado que voy a encontrarlos. Nunca he fallado en una tarea, así que no pienso empezar ahora.

Todavía estoy barajando la posibilidad de conseguir ayuda extra de un auror cuando mi comunicador se enciende y la repentina invasión de la voz de Josephine me hace saltar, soltando el resaltador con el cual estaba trabajando y cuya tinta celeste me ha manchado algunos dedos — Hans… señor ministro, hay una señorita aquí que lo busca. Dice que tenía una cita con usted para su hora del almuerzo — ¿Qué yo qué? Levanto la mirada en dirección al reloj, tratando de hacer memoria, pero con cierta distracción presiono el botón para regresar la comunicación — Dile que estoy ocupado. Puede reprogramar la cita para otro momento… — odio cuando Josephine se toma la libertad de ponerme un “pero”, así que ruedo los ojos cuando la oigo interrumpirme para indicarme que, quien sea, está insistiendo. Entonces lo recuerdo. Hace unos días, me llegó una llamada que no esperaba recibir porque había olvidado que ella tenía mi tarjeta. Y me he prometido que cumpliré con mi palabra, así que he aceptado en almorzar con Meerah en esta fecha, la cual se me pasó por alto por culpa de las urgencias de los Niniadis. Momento… ¿Mi hija está ahí afuera, a solas con mi secretaria?

Un toque de varita basta para que los papeles empiecen a guardarse en los cajones de máxima seguridad y chequeo con una velocidad alarmante que no me olvido la billetera ni mi móvil. Es un día soleado y ciertamente caluroso, así que opto por dejar el saco en el perchero y tanteo mi cuello; no me he puesto corbata, así que no puede decirme nada sobre no usar la que me ha regalado. Bien, es momento de dejar esas tonterías de lado porque tengo que evitar una catástrofe. Creo que mi urgencia es un poco obvia cuando salgo de la oficina como un tropel, encontrándome con la mirada inquisidora de Josephine detrás de su escritorio y la carita de “no rompo ni un plato” de Meerah. Detesto la genética.

Intento mantener la compostura y carraspeo al acomodarme el cabello, pasando por enfrente de mi secretaria y haciéndole un gesto vago con la mano — Volveré en una hora o dos. Si alguien insiste, diles que estoy en una reunión y devolveré la llamada mañana, al menos que sea el ministro Weynart — temas un poco más urgentes. Sin ir más lejos, tomo a Meerah de uno de sus hombros con la mayor suavidad de la que soy capaz y la arrastro conmigo, avanzando por el pasillo que conduce al resto de la planta de justicia — Te dije que me avises cuando estuvieras abajo, no que subas — mascullo entre dientes, sin poder evitar el mirar alrededor. Es obvio que Patricia Lollis asoma la nariz y sus anteojos de grillo por encima de su cubículo, ese que creo que no es lo suficientemente grande para tapar el volumen de su culo, siguiendo nuestro andar con esa cara de rata buscando olfatear una nueva excusa para hablar mal de mí a mis espaldas — No tiendo a recibir niños, así que … — las chácharas pueden decir cualquier cosa y Lollis es una de esas mujeres aburridas de oficina que es capaz de inventarse un falso historial de pedofilia con tal de verme fuera. En cuanto a una hija bastarda… bueno, ahí tendría que ponerme más firme.

Estoy viendo como Patricia se inclina junto a la señorita Hawking para chismorrear vaya a saber qué cosa cuando se cierran las puertas del ascensor, lo que me hace suspirar como si acabáramos de pasar por un campo de batalla. Esto de ser un político de imagen presuntamente respetable es más agotador de lo que pensé que sería — Lo siento — la suelto de una buena vez y froto mis manos, echándole una mirada con una sonrisa que pretende ser amable — Pero teníamos que salir de ahí lo antes posible. ¿Tienes hambre? — porque yo estoy famélico, pero no pienso llevarla a la cafetería del ministerio, así que opto por la opción más cercana y más rápida. Pronto estamos saliendo del edificio y el avanzar por la calle a estas horas es un poco atolondrado, pero el sitio que estoy buscando está solo a una cuadra del ministerio. Se trata de uno de esos locales de buena imagen, demasiada madera suave y decoración minimalista, donde los menús de “comida rápida” se han transformado en comidas caseras de rápido acceso — Ya verás, tienen las mejores papas que probarás en tu vida. Ni una gota de aceite — agrego a toda la explicación, como si eso bastase como para que no pueda negarse. Y espero que no lo haga, porque no tengo más opciones y no estoy muy creativo. Quiero decir, es la primera vez que estoy a solas con ella, no sé bien qué se supone que deba hacer además de alimentarla y tenerla entretenida un rato.

Abro la puerta del lugar, la dejo pasar primero y me adentro, agradeciendo la presencia del aire acondicionado. Y estoy por cerrar, cuando noto que alguien entra detrás de mí y freno de inmediato la puerta por pura inercia, pero al echar un vistazo y notar de quien se trata, la suelto como si me hubiera dado una descarga, culpa de la repentina sorpresa — ¿Qué haces aquí, Scott? — no intento sonar descortés, pero la pregunta sale por sí sola mientras le doy un suave empujón automático a mi hija para esconderla detrás de mi espalda, como si eso sirviera de algo.
Hans M. Powell
Hans M. Powell
Ministro de Justicia

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Mensaje por M. Meerah Powell el Lun Feb 04, 2019 6:18 am

¿Nervios sensibles? ¿Acaso había escuchado bien? Jamás en todos mis doce cortos años de vida, hubiese imaginado que Hans Powell, el mismísimo Ministro de Justicia, aquel que había logrado realizar una sentencia en diez minutos (bueno, once minutos con treinta y tres segundos), pudiese tener nervios sensibles. No era posible, me negaba a creer que podía ser verdad. - Debes estar bromeando. ¿Viste sus juicios televisados? No hay forma de que Hans sufra de nervios sensibles. - Aseguro mirándola de una forma que solo se podría interpretar como desafiante. Podría no conocer del todo a mi padre, pero ¿nervios sensibles? ¿de verdad? Antes creería que es tímido frente a las cámaras o algo así… A ese punto de imposible me parecía.

- Claro que lo entiendo, pero su relación no la mantuvieron solamente entre ustedes. Al conocerte me vi involucrada y, aunque no me atañe qué es lo que pase o deje de pasar entre las dos, sí fue una parte de mi vida que creí conveniente compartir con mi progenitor. - Y no sonrío con suficiencia, pero bueno… no por nada había sido una de las mejores alumnas de Lengua e Historia de la Magia en el Prince. - De haberme dicho que era algo secreto, no lo habría divulgado. Así que gracias por aceptar mis disculpas de todas formas. - Y esta vez sí sonrío, pero es una sonrisa que pide tregua y no que incita a seguir un debate que, de alguna forma u otra, me aseguraré de ganar. No me molestaba usar mi edad, mi terquedad o incluso el cansancio como una excusa para lograr lo que me proponía.

Y luego Hans hace algo que odio y que me hace rodar los ojos con fastidio. - Si no tienes un ejemplo que puedas usar ahora, tendré que darle la razón a Lara. No tiene gracia si esperas a qué no esté para decírselo. - Y es que, de verdad, de verdad odiaba cuando la gente evitaba hablar de algunos temas cuando estaba presente. Sería una niña sí, pero era una niña inteligente a la que no le gustaba ser desestimada. Si querían hablar de otras cosas más adelantes, por mí excelente, solo esperaba que no me lo refrieguen en la cara. Se sentía casi como una burla.

Tomo asiento con cuidado de no arrugar mi falda en el mientras tanto y lo miro con una ceja elevada cuando ignora mi pequeña sugerencia. ¿De verdad creía que me iba a distraer con comida? Bueno, si no quería que Lara almorzase con nosotros, bien; pero al menos podría decir… oh, bueno. Bajo la ceja y le regalo una sonrisa que es tan amplia que podría fraccionar mi cara en dos. No estaba feliz por la posibilidad de que la castaña almorzase con nosotras, estaba contenta porque Hans me hubiese prestado atención y básicamente, hubiese cedido ante un capricho que no tenía obligación de cumplir. No podía negarlo, me gustaba que me mimaran y esto se sentía casi que hasta mejor que la tarjeta que me había regalado para usar en la librería. Y decía casi porque había unos cuantos libros que ahora adornaban mis estantes que me habían entretenido por tardes enteras. - Oh no, no hables por mí. ¡Claro que lo necesito! No creo que tengas nervios sensibles lo mismo que me cuesta creer que Lara haga berrinches. ¿Es eso cierto? - La diversión esta clavada en mi mirada, e inevitablemente, termino moviendo mis pies colgantes hacia atrás y hacia adelante por la pura emoción que siento.
M. Meerah Powell
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Mensaje por Lara Scott el Lun Feb 04, 2019 8:14 am

No tengo que olvidar que Meerah lo está escuchando todo y hace pasar cada cosa que decimos por una inspección minuciosa, que terminamos enfrentados a lo que nuestros labios murmuran. Estamos teniendo una conversación paralela que es de mal gusto en muchos sentidos, no solo porque la estamos excluyendo sino porque el significado real de nuestras insinuaciones no es algo que queremos que ella sepa. Pretendo tratarla como si estuviéramos a una misma altura, tiene edad y madurez como para entender ciertas cuestiones, y es cuando cedes ese poder a los chicos, que ellos lo usan para darnos un rapapolvo. —Tienes razón, Meerah. Y fue amable de tu parte pedir disculpas por si te habías sobrepasado— concedo.  Si creo que conmigo no dio cabida a que pueda refutarle algo porque expuso todo limpiamente, con Hans fue severa en su sentencia. El recordatorio es válido para medir nuestros comentarios. Me cuido de no cruzar una mirada con Hans para prevenirlo, porque el gesto sería percibido por la chica y podría agravarse su reacción. Tengo la ilusa intención de terminar esta conversación con al menos la mitad de mis asuntos privados con esta familia queden sin ser mencionados, la mitad que corresponde a Hans.

El breve paréntesis que tenemos para hablar a solas lo desperdiciamos en pelear y puedo imaginar miles de interpretaciones posibles desde alguien que nos ve de afuera, que nos ve hablar, sonreírnos con sorna y él molestándome con un roce de sus dedos en mi rostro. Sí, claro. Solo personas que se conocen en el ministerio, porque es lo normal que todos nos conozcamos. Meerah no se va a creer que somos solo conocidos y la tengo presente en todo momento, susurro en voz baja mis respuestas para que ella no pueda oírlas a pesar del tono rabioso de mi voz. —De acuerdo, pasaré a dejártela con tu secretaria cuando acabe mi almuerzo, si es que me alcanza el tiempo para la lista infinita—. Tengo algo en lo que ocupar mi mente en lo que tarde en llegar mi comida y acabarla, dedicando toda mi indiferencia al par. Doy la espalda a toda la situación, a todo lo que acaba de pasar, porque soy buena en eso.

Tengo una negativa rotunda en mis labios cuando me ofrecen que me sume a su mesa, más precisamente, lo hace Hans por pedido de Meerah. Y si tengo que ser más específica, lo que tengo es un «Demonios, no» a punto de ser arrojado a viva voz en el lugar. Porque las pautas que pone me enervan, requiere de toda una serenidad que no sabía que tenía caminar hasta la mesa de ellos. Apoyo mis manos sobre el mantel y por respeto a la chica, lo hago con suavidad para que no se escuche como un golpe. — Proyectos para armar tus juguetes, si vamos al caso. Pero no hablemos de ellos, ni de lo caprichoso y lo egocéntrico que puedes ser—. Me siento con una total falta de delicadeza que jamás se verá en Meerah y que es tan adecuada a mi humor enfurruñado. Para serenarme, presiono el puente de mi nariz con mis dedos y suspiro al darme cuenta que acabo de colocar calificativos sobre el padre que la niña está conociendo. —Meerah, yo…—. Intento disculparme por lo que dije, pero ¡él también me los señala! —Como verás, es tu padre el que hace berrinche y a mí a quien pone de los nervios. Porque... ¿en serio? — me volteo hacía él para atravesarlo con mi mirada acusadora. — ¿Esa es la manera que tienes de invitar a alguien a almorzar? Tus modales dejan mucho que desear y me sorprende que esta sea la táctica que te funciona— bufo soltando el aire de mi pecho. — Si estoy aquí sentada es por Meerah— aclaro.
Lara Scott
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Mensaje por Hans M. Powell el Lun Feb 04, 2019 8:57 am

Creo que es la primera vez que, probablemente, me parezco a mi padre. Todavía hoy recuerdo la cara que me ponía cuando era niño e interrumpía sus charlas de negocios o, simplemente, me tomaba el atrevimiento de abrir la boca en medio de las “conversaciones de adultos”. Tensaba la mandíbula y abría los ojos de tal manera que sabía que, después de eso, tendría una charla severa en mi casa. Hasta donde puedo reconocer, me volteo hacia Meerah con exactamente la misma expresión cuando se atreve a reclamarme que no le estoy presentando el panorama completo — No voy a compartir absolutamente todo contigo, Meerah, y espero que lo vayas entendiendo desde ahora — mascullo en tono tajante — Así que voy a decirle lo que yo quiera a quien yo quiera cuando yo quiera. ¿Está claro? — sé que estoy tratando de no sonar tan brusco porque, vamos, es nuestra primera salida como para que se vaya con un reto. Pero… ¿Es que su madre no le enseñó que los niños se callan cuando los adultos hablan de temas que no les incumben? Pero como sea.

Josephine estará encantada — bromeo con simpleza ante la supuesta lista que, apuesto, no se tomará la molestia de hacer. Tampoco es que mi vida dependa de ello, aunque lo que sí parece caer en un juego delicado es mi paciencia. Es bueno ver la sonrisa de Meerah, para variar, dejándome saber que he hecho algo bien por ella. Lo que me descoloca es lo que viene después, borrando poco a poco la sonrisa que había pintado — Bueno, ¿me has visto? — es mi automática respuesta en cuanto Scott me acusa de egocéntrico, pero como ella está hablando, creo que no me oye; que intente sobrevivir en mi mundo sin tener una pizca de confianza en sí misma. Si no me mostrase seguro, nadie creería en mí y no obtendría ni la mitad de los favores que consigo. Además, he de admitir que soy jodidamente bueno en ello. Pero ella sigue hablando, hundiéndose a sí misma mientras yo solo la miro con expresión sobradora, aún con el dedo sobre el menú como si solamente pudiese esperar a que guarde silencio. Y lo hace, tras una declaración que, sorprendentemente, me hace reír.

Por Meerah, claro — no sé de dónde me sale el burlarme de ella, pero el tono sarcástico flota como una burbuja que se toma sus propias libertades. Le tiendo un menú a la morena en afirmación de su presencia en esta mesa y me apoyo con un codo en el borde del mueble, así puedo torcer mi torso en su dirección para verla mejor — Primero que nada, hace mucho tiempo no me insultaban así. Tienes que ampliar tu vocabulario, porque no fue muy creativo — la manera en la que mi lengua toca mis dientes delanteros delata mi grado de diversión, hasta que sacudo la cabeza en un gesto indefinido — Y segundo, yo no he hecho ningún berrinche. ¿O me viste pataleando y gritando, Meerah? — es una pregunta casual en dirección a mi hija, a quien le regalo un gesto de encogerme de hombros porque no sé bien de dónde ha salido todo el espectáculo. Ya, que sí lo sé, pero bien podría haberse evitado — La cuestión es, Scott, que estaba simplemente bromeando. A veces, la gente como yo también hace bromas. Creí que lo sabías. Pero si prefieres mantener el estado de guerra… — tuerzo mi boca para hacer un veloz puchero en su dirección, hasta sonreírle en un quiebre absoluto de expresión — Vamos, que sé que te mueres por unas papas. ¿Alguna vez oíste esa expresión de compartir el pan y tener cinco minutos de tregua? — Aunque esté haciendo esto para ganar la discusión y, de paso, serle irritable, no puedo evitar pensar en lo bizarro que es todo esto. Compartir una comida con Scott y mi hija no era precisamente un escenario factible dentro de mi lógica cabeza.

Sin ir más lejos, hago un gesto a la camarera para que se acerque a nosotros y, en lo que ella tarda en venir, me acomodo en mi asiento y recargo mi torso contra la mesa — Lamento todo esto, Meerah. A veces, Lara y yo no coincidimos en todo — eso es quedarse corto, pero como no puedo dar los verdaderos detalles, opto por la explicación más sencilla. Además, el uso de su nombre de pila debería bastar para suavizar mis palabras — Pero coincido en que es una maravillosa mecánica. Por cierto, el guante masajeador funciona a las mil maravillas — agrego, echándole una rápida mirada a la adulta que tengo a mi lado. Se me escapa una rápida sonrisa de lado, lo que me hace agradecer la llegada de la camarera para efectuar un rápido pedido. Cuanto más pronto comamos, todo esto podrá terminar en un parpadeo.
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Mensaje por M. Meerah Powell el Jue Feb 07, 2019 5:06 am

Mi labio se tuerce naturalmente hacia el costado cuando Lara me da la razón, en un gesto que nunca pude terminar de controlar. Es una sonrisa de suficiencia que me delataba más veces de las que hubiese querido, pero siempre se me escapaba cuando me sentía particularmente orgullosa por algo y, que me den la razón es un aliente que rara vez suele fallar. Mi ego y mi vanidad eran defectos tanto como virtudes. Claro que el haber apelado a mi aparente humildad también era un buen incentivo, pero eso no me generaba orgullo necesariamente. - Y fue amable de tu parte el no haberte molestado por mi indiscreción. Gracias. - Y sí, puede que esa acotación la hiciera solamente por tener la última palabra, pero no por eso dejaba de ser verdad.

Tenía que admitir que no me esperaba el pequeño sermón de Hans y, pese a que seguía estando molesta, internamente hacía todo lo posible para calmarme y no terminar haciendo un berrinche que arruinase la tarde. Podía no tener experiencia como padre, pero el talento natural a ser completamente irritable en ocasiones estaba latente. - Quedo claro. - Aseguro con toda la calma y serenidad que me sorprendo en haber adquirido. - Pero en ningún momento esperaba que compartieses todo conmigo. No dejo de ser una niña ¿no? Sólo espero que entiendas que no puedo evitar molestarme cuando me aclaran que me van a dejar afuera de una conversación de manera explícita. - No costaba mucho disimular, o esperar hasta que no estuviese presente y así poder charlar de otros temas sin que me enterase. En este caso, no pido perdón por mi discrepancia y simplemente espero que se contente con qué le he dado la razón… o algo así.

Mi mirada se desvía de uno al otro a medida que intercambian palabras y, pese a que en ocasiones se dirigen a mí, no respondo en lo que trato de seguir el ping pong de oraciones, queriendo entender el rompecabezas que parecen ser los dos adultos que tengo frente a mí. - No sé por qué, la frase “pelean como un viejo matrimonio” se me viene a la cabeza cuando los escucho. - la confesión se me escapa casi sin querer, pero no me retracto de mis palabras. - Es que, por segundos parecen buenos amigos, y en seguida parece que no se soportan. - y no suena a una pregunta, pero espero obtener una respuesta a eso. No estaba acostumbrada a ver muchas interacciones entre adultos, y la de ellos era tan particular que no terminaba de decidir qué cosa eran. Y no es como que pudiese preguntarle a mamá más tarde. Mi opción más viable era obtener una explicación de ellos que tratar de descifrarlos más tarde.  

Y se suponía que este almuerzo era una oportunidad para afianzar lazos con mi padre, conocernos mejor, descubrir cosas en común y todas esas cosas que suponía que debían ayudar a construir una relación que, de no ser por la sangre, era prácticamente inexistente. No sabía casi nada del hombre que tenía sentado en frente mío, y pese a que a Lara la conocía desde hace más tiempo, tampoco sabía demasiado de su vida. Me generaban curiosidad, y estaba segura de que habría más momentos de seguir entablando una relación con Hans; de volverlos a encontrar a ellos dos juntos, de eso sí que no estaba tan segura. - Puedo preguntar ¿cómo se conocieron? No imaginaba que el departamento de justicia y el de ciencia tuviesen demasiado que ver. - Suponía que habría cosas legales en el medio, pero eso no es lo que habían implicado ellos segundos antes. - ¿Fabricas muchas cosas nuevas, Lara?
M. Meerah Powell
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Mensaje por Lara Scott el Vie Feb 08, 2019 7:37 am

Hay maneras rápidas y efectivas para acabar con una discusión y una es el despotismo para quienes pueden ejercerlo. Puedo decir que Meerah es de esas niñas que tendrían al mundo girando como una peonza en la palma de su mano si pudieran, y confirmo que en su padre encontró alguien que no va a marear con sus argumentos, por mucho que tenga que compensar esa ausencia extendida en su vida. Por mi parte, mis asuntos con ella están resueltos con una conclusión amable en la que no me importa cederle la última palabra. No gano, ni pierdo nada. El intercambio con su padre me mantiene al margen, es de esas situaciones en que se miden fuerzas. Recién se están conociendo, así que Hans debe estar poniendo sus reglas necesarias como padre, y aquí si hay autoridad que si es cedida, difícilmente será recuperada. Puede que en esta ocasión sea yo a quien puede decirle lo que quiera cuando quiera, pero salvo una mirada un tanto alarmada a Meerah para contemplar su reacción, no hago ni digo nada más, porque no me incumbe. Estoy un paso por fuera de esta charla y creo que en el espacio de su almuerzo podrán seguir marcando que tanto territorio le pertenece a cada uno.

Qué manía que tienen padre e hija de quedarse con el punto final de cada frase, lo que alabo en una, me resulta exasperante con el otro. Respiro con fuerza al acabar nuestra supuesta conversación privada con Hans. Lo último que me importa es que su secretaria esté encantada o no por una lista de mierdas. Me importa muy poco. Tengo una tarea por hacer que me servirá de catarsis y no he llegado a pensar ni en la primera de esas cosas, cuando giro sobre mis pies y cruzo la distancia hacia ellos. Me enervo lo suficiente como para contestarle del mismo modo, y a su comentario al aire también respondo: —Sí, créeme. Te tengo bien visto—. Puede tomarlo como quiera. Se lo que digo, por eso tengo mi réplica para cada una de las cosas que expone y la carta queda apretada por los lados entre mis dedos. —Me habías dicho que era Meerah la que me invitaba, ¿no? Es a ella a quien digo que sí—. Y busco los ojos de la chica para la confirmación. No quiero que quede en medio de esto, así que a todo lo demás me enfrento con la mirada puesta en Hans. — Fuiste quien me llamó infantil para empezar. ¿Es en serio? Dices que soy yo quien busca discutir, pero recibes lo que das. Si querías bromear conmigo o tener una comida tranquila, la simple pregunta de “¿Quieres almorzar con nosotros?” hubiera bastado. ¿Tenías que adornarlo con todo lo demás?—. Estoy tratando de razonar y dar una clase para principiantes sobre modales a un sujeto que me sonríe con el conocimiento de lo que ha hecho, enojarme con toda la intención.

No disimulo el resoplido que escapa de mis labios y acompaña a su apreciación de que no siempre coincidimos en todo. Me digo que es un acto delante de Meerah. Con usar mi nombre de pila no me apacigua, menos con el cumplido. Aún menos con la mención de algo que me lleva a pensar en nuestro último encuentro y en lo incómodo que podría ser estar con su hija almorzando, sino fuera porque me repito que fue cosa de una vez y lo podemos dejar pasar, olvidarlo. Me escucho un poco más calmada al preguntar: —¿Estás tratando de arreglarlo?—. La camarera está cerca así que me apresuro. —Todavía me escuece lo de infantil, así que si quieres hacerlo mejor, puedes pedir doble ración de papas para mí —. Expuesta mi condición muy acorde al adjetivo que me concedió, coloco la carta sobre la mesa. Yo también dije algo sobre que era caprichoso y egocéntrico que podría intentar remediar, pero no me sale tan fácil como él provocar con pullas y luego dar halagos. No tengo que darle muchas vueltas a cómo lograr un cambio de aire entre nosotros, porque Meerah invoca al mismo diablo y el susto vale para dar un vuelco a todo. «Matrimonio», me tienta decirle que no se permiten malas palabras en la mesa. Pero el punto no es ese. Busco de inmediato el contacto visual con Hans, y mientras respondo a la chica, lo hago mirándole a él. —No somos amigos—. Escapo de ese contacto para buscar otro punto donde enfocar mis ojos y lo encuentro en el rostro de la niña. —Y sí nos soportamos. Nos contradecimos todo el tiempo, pero no por eso estoy planeando cómo apuñalarlo con mis papas fritas— echo una mirada de soslayo al hombre y alzo una ceja, de pronto sonriendo. —  O tal vez sí… pero no lo haré —. Cruzo los brazos sobre la mesa y pienso una mejor respuesta para la duda de Meerah. —No sé por qué somos así, pero nos vemos regularmente y… debe ser eso— me encojo de hombros.    

Por el tipo de acuerdo que tenemos nos vemos las caras una y otra vez, podemos pelear y la costumbre persiste, pero estamos en esto de lo que no podemos salir, yo no puedo salir. Y esto de ninguna manera, bajo ningún concepto, se parece a un matrimonio de viejos. Siento el principio de pánico, pero me sereno para poder contestar a Meerah antes de que lo haga Hans. —Hace unos años tu padre abogó por mí— explico tan sencillamente, siendo vaga al dar una fecha. Podría haber dejado que supusiera que fue una cuestión de patentes, contribuir a la mentira ya que era ella quien me ofrecía una opción factible. El problema es que quiero ser todo lo honesta que puedo, y la mayoría de las veces, es mínima la franqueza que comparto. —Tuvimos unos problemas con otros mecánicos y tu padre me ayudó. Y ya sabes, es excelente en su trabajo, tuve al mejor de mi lado — aprovecho para mi compensación.— Se lo agradezco hasta el día de hoy y arreglo cosas para él, como hago con todos. Así nos conocimos, ¿verdad, Hans? — doy unas rápidas palmaditas amistosas a su mano y le sonrío. Es un tanto gracioso si planteamos este interrogatorio en otro escenario posible.
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Mensaje por Hans M. Powell el Vie Feb 08, 2019 6:10 pm

Ciertas conversaciones son un derecho que uno se gana con los años — lo lanzo como si fuera simplemente un hecho, pero creo que queda bien en claro que es todo lo que voy a decir sobre el tema. Sé lo irritante que es el no poder participar de toda una charla a sabiendas de que te están dejando afuera delante de tus narices, e incluso tuve que aprender a morderme la lengua cuando eso pasaba hace algunos años, cuando todavía tenía que ganarme el derecho de piso al ser un simple secretario o cuando recién empezaba como abogado. Los jefes pueden ser peores que los padres, esa es una triste verdad.

Me recuerdo internamente que Meerah está presente ante esa respuesta mordaz porque, sí, tengo el infantil impulso de decirle que ya sé que me ha visto bien; creo que se me nota por el modo en el cual me muerdo la lengua y tuerzo la boca, obviamente masticando las palabras que me divierten internamente y que no puedo decir sin arruinar nuestra pequeña fachada. A decir verdad, no sé bien si estamos tratando de engañar a la niña o a nosotros mismos. No nos hemos vuelto a ver, no hemos conversado de lo que pasó y estoy seguro de que jamás lo haremos. Es algo que no tuvo que suceder en primer lugar, así que es más fácil fingir y decir mentiras en voz alta con la excusa de un tercero que, simplemente, dejarlo pasar como siempre. Para mí ya es una costumbre y supongo que para ella también, es algo que pareció quedar implícito entre los dos la otra noche — Sí, sí tenía qué — le contesto con simpleza, regresando los ojos a ella con la misma calma que cualquier persona adopta cuando sabe que tiene la razón — ¿Nunca has bromeado con colegas? Además, tú tampoco me llamaste “bonito— ¿De verdad estamos teniendo esta conversación? Acabo bufando, echando un poco los hombros hacia abajo — No seas tan amargada, o tendrás el cabello completamente gris para los treinta y cinco.

Obvio que me acusa de querer arreglarlo, así que ruedo los ojos de tal forma que creo que me pongo bizco por dos segundos — ¿Puedes aceptar un cumplido sin dudar de mi palabra? — intento sonar irritado, pero sé que se me escapa la risa en el tono de voz, el cual flaquea por su culpa. Acabo dejándola salir debido a la petición extra de las papas fritas, haciéndolo por lo bajo a la vez que remarco la idea con un murmullo nada disimulado que suena a un “pst, infantil”. En desgracia, toda risa se evapora en una fracción de segundo en respuesta al comentario de mi hija, a quien observo con el rostro transformado en una mueca de espanto y respondo de la manera más madura y sincera posible ante la mención de algo de tal magnitud como un matrimonio: — Diuj — no sé cómo, pero consigo no estremecerme. Lo bueno es que Scott es quien toma las riendas de la situación y opta por responder por mí, así que me conformo con sostenerle la mirada, asentir un par de veces y abrir la boca con intenciones de decir algo que secunde a su historia, pero el repentino tono bromista me detiene, pintándome una ligera sonrisa — Me gustaría verte intentarlo — queda en un simple desafío, porque creo que los dos sabemos que no podría hacerlo. Me gusta pensar que no podría, mejor dicho. Me aclaro la garganta y golpeteo la mesa con la diestra, chequeando de soslayo el avance de la camarera, quien se ha detenido en una mesa antes que la nuestra, cuyo ocupante la detuvo a medio camino — Ella se muere por ser mi amiga, solo que no lo dice en voz alta — añado a la explicación como quien no quiere la cosa. Por sí las dudas, me muevo un poco para alejar mi torso del campo de posibles golpes, inclinándome hacia el lado opuesto a mi acompañante. Por lo visto, la situación no está para bromas.

Ya, se acabó la hora de los chistes, por mucho que ayuden a quitarle seriedad a una situación que, de ser algo normal, no tendría que tenerla. Mordisqueo el interior de mi mejilla porque la duda de Meerah es esperable, pero una vez más, no alcanzo a responder por mi cuenta. Me limito a darle la razón en mi silencio, recargándome en el asiento para tener una mejor visión de su perfil, el cual admiro por primera vez ante el agradecimiento de que no sea una idiota de pensamiento corto y lento. El halago no me tomaría por sorpresa si no fuese porque se trata de ella, pero en lugar de mostrarme asombrado me limito a responder esas palmaditas moviendo mis dedos y apretando los suyos en un gesto amistoso, regresándole una sonrisa que oscila entre la gracia y la incredulidad — No fue un caso difícil — técnicamente, no estoy mintiendo. Las pruebas estaban allí, solo que no es exactamente lo mismo que Scott acaba de narrar por mí — Es bueno tener a gente como Lara a tu disposición. Hasta ahora, jamás me ha fallado en una entrega — y ya, creo que se acaba lo de lanzarlos flores, porque la camarera por fin aparece dando una disculpa y yo suelto la mano de Scott como si fuese a darme una patada eléctrica, cambiando mi postura por completo al acercarme a la mesa, apoyar un codo y sostenerme de ese modo el mentón. Por las malas, he aprendido que no debes tener gestos tan simples como tomar a alguien de la mano en público, ni siquiera en broma.

Como no me han dicho que diablos quieren, miro a una, miro a la otra y suspiro con pesadez para efectuar el pedido más simple de la vida: tres hamburguesas, sus refrescos y las benditas papas. Vamos a la honestidad, también asumo que es lo más rápido para las personas que tenemos que volver al trabajo y que nadie va a quejarse. Cuando por fin la camarera se marcha, me distraigo chequeando su andar dos segundos antes de regresar toda mi atención a Meerah — Y… ¿Cómo te fue hoy en la escuela? — ¿De verdad estoy haciendo este tipo de preguntas? Creo que es el modo más sencillo de girar la atención en su dirección, saliendo del terreno peligroso — Me imagino que sabes que Meerah es una excelente diseñadora — es un comentario casual pero orgulloso, dirigido a la mujer de mi derecha, pero sin siquiera lanzarle una mirada — La primera vez que nos vimos, me regaló una corbata hecha por ella. Fiona Miller la halagó la semana pasada — ni siquiera sé si sabe que estoy hablando de una de las recepcionistas del vestíbulo, pero tampoco me importa mucho; simplemente lo asumo — ¿Le has mostrado tus diseños? —  no quiero que quede muy alevoso, pero en verdad me interesa saber la respuesta, más no por averiguar sobre ellas sino porque creo que la gente que tiene talento, no debe ocultarlo. Y si ese talento nos mantiene lejos de hacer preguntas que no podemos contestar, es un bonus extra.
Hans M. Powell
Hans M. Powell
Ministro de Justicia

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Mensaje por M. Meerah Powell el Sáb Feb 09, 2019 7:02 am

No me sorprende que Hans sea uno de esos adultos que no termina de entender mi punto y, si bien en otro momento probablemente hubiese seguido con esta discusión hasta el cansancio, esta vez elijo dejarlo morir ahí. El creía que entendía mi “capricho”, yo estaba segura de que no lo hacía y probablemente nunca lo fuese a hacer. Si todos los adultos tuvieran la memoria eidética de mamá, probablemente no nos tratarían a los más chicos de la manera que lo hacían, solo por recordar la mitad de las injusticias a las que nos vemos sometidos cuando no pasamos el metro sesenta de altura.

- Nop - Respondo a su mirada inquisidora, haciendo estallar la “p” final contra mis labios sonrientes. - Osea… sí le sugerí que almorzaras con nosotros, pero técnicamente la invitación fue de él. - Y sí, puede que eso haya sonado demasiado como mi madre, pero llevaba doce años conviviendo con esa mujer, había cosas que por más que quisiera no podía negar que las había sacado de ella. Otras, como la sonrisa amplia que le regalo después, son puramente mías y me enorgullecía mucho de ellas.

Luego vuelvo a perder el hilo de la conversación, más fascinada en observar sus interacciones que en escuchar lo que decían en sí. Aunque tenía que admitir, Lara se daba cuenta de que sonaba como una novia haciendo reclamos, ¿no? Porque podía no entender demasiado de la situación, pero el leve tono de reproche que adornaba su voz era bastante explicativo por sí mismo. Hans dice algo acerca de canas, por unos segundos mis ojos se desvían a su cabello, como si quisiera buscar algún pelo blanco sobresaliendo entre la mata castaña. Ninguno de mis padres tenía la edad suficiente como para tener el cabello canoso, pero no podía dejar de pensar si mi padre sería de esos hombres que se tiñen el pelo para no parecer tan viejos. Mamá no tendría problemas jamás, con su metamorfomagia simplemente podía cambiar su cabello a voluntad, aunque no lo hiciese muy seguido.

La acotación corta pero concisa de Hans me obliga a levantar las cejas en un gesto de sorpresa algo divertido, pero es la respuesta de Lara la que se lleva mi atención ¿No son amigos? ¿Entonces?... - Eso no es excusa, compartía salón con Nilda todos los días de la semana, y no por eso le dirigía la palabra o bromeaba con ella. - Acuso al no creerme su excusa barata. Si solamente se soportaban, bien podían limitarse a un saludo cordial al pasar por un pasillo, y no a un ping pong verbal en la puerta de un local de comida rápida. - Es una niña inteligente, y nos ha tocado hacer grupo más veces de las que hubiésemos querido, pero fuera de eso creo que he cruzado menos de una decena de palabras con ella. - Y sí, no tenía sentido que quisiera justamente yo el ejemplificar como debían actuar, pero no podía creer que la castaña estaba siendo completamente honesta conmigo. - ¿Y tú no te mueres por ser su amigo? Es bonita, inteligente y talentosa, no muchos pueden jactarse de tener esas cualidades, somos un grupo selecto de gente. - Y sí, estoy bromeando en gran parte, pero en gran parte no. Con el somos me refería a todos los que estábamos en esta mesa, no eran cualidades que muchos tuviesen en conjunto.

- ¡¿Ven?! - Estiro ambos braazos y los señalo a los dos como si fueran lo más obvio del planeta. ¿No lo veían? - Parece que no se soportan y luego están haciéndose cumplidos y mostrando que se respetan. Viejo matrimonio, ya lo dije. - Y guardo mis brazos hasta que quedan cruzados por encima de mi pecho, alternando mi mirada entre sus rostros y sus manos unidas, esperando a que me contradigan. – Es eso o son exes o algo así. - Finalizo al azar… aunque si me lo ponía a pensar sí tendría sentido que se llevasen mal por eso. ¿no?

Suelto una risita ciertamente infantil cuando Hans suelta la mano de Lara al momento en que llega la mesera, y no se si lo hace por su reputación o porque simplemente se acaba de dar cuenta del gesto. Mascullo un gracias cuando realiza el pedido por todos y sigo la vista de Hans más por inercia que por verdadera curiosidad. - Bastante bien, aunque todavía no le encuentro demasiado sentido a la clase de adivinación si es que soy sincera. ¿Sabes que la profesora se llama Powell? - Es una mujer bonita y sus clases siempre son interesantes, pero no le veía la utilidad a una materia tan inexacta. - ¿La usaste? - Me sorprendo y me emociono a la vez, no solo porque haya usado mi regalo, sino que también porque lo está presumiendo ante Lara. - Sí lo sabe, le regalé un pañuelo una de las últimas veces que nos vimos en el ocho. - Y bueno, podía ser que le hubiese hecho una recorrida por mi vestidor, pero eso no importaba. - ¿En serio han elogiado mi corbata? Se lo diré a Hero la próxima vez que la vea. Me propuso montar un emprendimiento y debo admitir que cada vez lo estoy considerando con mayor seriedad.
M. Meerah Powell
M. Meerah Powell
Estudiante del Royal

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Mensaje por Lara Scott el Lun Feb 11, 2019 12:52 am

Meerah logra que todo se reacomode con la intervención de un comentario, y las aclaraciones de que hacemos posible este almuerzo por ella, se vuelven débiles. Presiento que quien debe contestar a ese "técnicamente", es el único hombre sentado a la mesa y esta vez espero con una ceja en alto su réplica sobre el hecho de que la invitación lleve su nombre. Si es que puede improvisar algo más que la contestación escueta y arbitraria que me da. Lo hace porque puede, lo remedo en mi mente. ¿Por qué? Es lo que quiero preguntarle, pero se cruza por delante algo que permite alargar nuestro intercambio de pullas. -¿Tienes seis años para que te diga que eres "bonito" y te pellizque la mejilla? - me burlo, y en un pestañeo como si acabara de resolver una adivinanza, recargo mis brazos sobre la mesa y me inclino hacia él. - Espera, ¿eso es lo que pretendes con este compartimiento? -. Y no hace falta que diga cuál, "infantil" es el ejemplo que le estamos dando a Meerah. Por más que Hans me pronostique canas prematuras y por más que Meerah insista con lo de ser un matrimonio de viejos. Mi madre solía decir que si mencionas al diablo tres veces, aparece, y ya vamos dos, estoy a punto de tocar la madera de la mesa y eso que no me considero supersticiosa.

-Dudo siempre de los cumplidos, de las palabras. Son las acciones las que cuentan- refuto. Es en lo que creo y acabo de reconocer que eso abre un abanico para nosotros, porque si nos guiamos por las acciones... La mejor respuesta que le puedo dar a Meerah es el absoluto desconocimiento de por qué somos así, y Hans no colabora con nada de su propia percepción de las cosas. Muy inteligente, deja que muera sola por mi propia boca. Lo que dije sobre vernos seguido da pie a la chica para tomar su propia experiencia con Nilda como ilustración de que "verse seguido" no explica nada. Eso es cierto,  me veo seguido con Riley, con mi madre lo que puedo, salvo los ratos en que me encierro como ermitaña estoy en contacto diario con los mismos colegas de siempre. Con todos llegué a un entendimiento, impuse mi carácter y lo aceptaron a la larga, resignados o no. -Creo que es algo de su personalidad y de la mía, y el factor de vernos seguido-. Estoy procurando ser razonable para dar la explicación que mejor nos funcione, cuando Hans se gana una mirada incendiaria de mi parte por su acotación. Maldita vanidad. Meerah me salva de devolverle la burla al usar todas las palabras más elegantes que jamás saldrían de mi boca. Puedo recostarme en mi silla y cruzarme de brazos, en una pose de toda grandeza, porque soy linda, inteligente y talentosa, como lo es Meerah. -¿Te mueres porque sea tu amiga, Hans? Si es el deseo de un moribundo no puedo negarme- que me condenen por sonreírme como lo hago.

Y no somos siquiera amigos con todo el honor de esa palabra, que Meerah insiste en su opinión de actuamos como un matrimonio anciano, porque cedemos un poco con nuestra charla inmadura y apelamos a una verdad parcial que siga dándole información sobre qué tipo de relación tenemos. El veredicto de Meerah no cambia y entorno los ojos. Vuelvo mi mirada hacia Hans y contesto con cierta apatía: -Tampoco somos exes, ni algo así-. Hay un cierto dejo de humor en mi tono. -Básicamente nuestra relación es laboral, solo laboral. ¿No es así?-. No vamos a cambiar los rótulos por una única vez, ¿verdad? Es entonces cuando noto que la camarera está sobre nosotros y Hans se alejó tan repentinamente que no puedo contener una carcajada. Todo lo que pueda decirle me lo trago porque estamos acompañados de Meerah. Si tocarse los dedos es un acto inapropiado para el público, ojalá nunca se filtren los videos de filmación del departamento de Justicia. Y no es por mí, me preocupo por Josephine.

A Merlín gracias de que el hombre encuentre en su instinto de padre la pregunta que puede salvarnos de seguir siendo el foco de atención de Meerah, para girarlo hacia ella. Como soy de las que se interesan por lo que la niña cuenta de la escuela, su pasatiempo o su vida en sí, pongo toda mi atención ella. Tengo un par de opiniones sobre Adivinación como materia, pero aguardo silenciosa a que Hans revele la coincidencia de apellidos con esa profesora. La suposición más rápida es que se trata de un pariente y doy espacio con mi mutismo a que resuelva el interrogante. Sonrío ampliamente con un orgullo que no me es propio, al hacer mención de los diseños de Meerah. Me agradan las personas que tienen una pasión en la vida y ella siendo tan joven la tiene, y me entusiasma mucho más saber que planea un emprendimiento. Estoy un poco más cerca, con mis ojos puestos en ella, para apabullarla con mi entusiasmo -¡Eso es genial! Funcione o no, te servirá de experiencia. En especial si es para montar tu propio negocio. Porque, ¿te ves trabajando como diseñadora de otras marcas? - arrugo mi nariz, yo no la veo. - He visto tu trabajo, jamás se lo des a otra persona para su propia fama, tienes todo para destacar por tu talento. ¿Han trabajado en un plan?
Lara Scott
Lara Scott
Inefable

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Mensaje por Hans M. Powell el Lun Feb 11, 2019 1:54 am

Me encojo de hombros porque, sí, puede ser que la invitación haya sido mía, pero fue en nombre de la petición de mi hija. No me voy a poner a retrucar los hechos, porque sé que terminaré envuelto en algo que posiblemente se torne en mi contra — Me desvivo por tus elogios, Scott. No tienes idea — me llevo una mano al pecho con un dramático tono de falso romanticismo desvivido. Al final, no aguanto mi genio y aprovecho que se ha inclinado en mi dirección para ponerle un divertido dedo en la frente y empujarla hacia atrás. Y ella sigue, obvio que lo hace porque, aunque lo niegue, es tan terca como yo. Me limito a responder lo de las acciones con un resoplido de caballo, a sabiendas de que cualquier ejemplo que pueda ponerle, no será lo suficiente como para que deje de discutir. Su carácter y el mío, claro. Decido aferrarme al silencio, hasta que entre las dos me dejan un poco fuera de juego. Mujeres. Cuando se alían, son la cosa más peligrosa con la cual podría lidiar y eso que trabajo en uno de los departamentos más complicados del Ministerio de Magia — No tanto como tú te mueres porque yo me muera por serlo, pero puedo concederte tu deseo. Iremos al cine el próximo sábado y luego te jugaré una partida de videojuegos — satirizo. Amigos mis pelotas. Creo que, entre todos los términos que podría elegir para definirnos, ese sería el último.

La exclamación de Meerah me obliga a mirarla con ojos casi urgentes, como si quisiera traspasarle mediante telepatía la orden de que debería callarse la boca. ¿Qué tiene esta niña? ¿Es una de esas que busca emparejar a la gente solo por diversión o qué? Regreso la mirada que Scott apunta en mi dirección, arrugando brevemente la nariz en un gesto indiferente — Así es. No te encontrarás una lista de exes en mi historial — es una información tal vez demasiado honesta para una niña, pero prefiero que lo sepa de entrada y que no ande haciendo preguntas desubicadas con el correr del tiempo — Ya sabes, tu madre fue la única novia formal que tuve. Quise pedirle que nos mudemos juntos antes de que todo se terminara y todo eso. Hasta ahí llega mi conocimiento en el área — Y creo que ahí se murió el romanticismo en mi vida. Luego vino el Capitolio, la vida movida y las relaciones pasajeras. Las mujeres que buscaban dinero fueron descartadas después de unas pocas citas y la casada, algo mayor, fue un capricho que duró tres meses, pero jamás fue una relación. En base, tengo menos experiencia amorosa que un niño de quince años y, al contrario de lo que muchos me han dicho, no es precisamente una vida solitaria. Jamás voy a arrepentirme de huir constantemente de la monogamia.

Intento poner en mute las risas de las dos por mi infantil reacción y creo que hasta las miro en modo de reproche, hasta que al menos Meerah decide contestar mi pregunta, lanzando otra que me hunde en el asiento con un leve sentimiento de culpa — Lamento no haberlo dicho antes, lo olvidé — confieso en un murmullo que delata mi incomodidad. No puedo evitarlo e incluso me froto la nuca, tratando de aclararme un poco — Phoebe es mi hermana menor. Tendría que habértelo dicho, espero que me disculpes — simplemente no tuve oportunidad o excusa como para dejarlo caer y, además, todo esto me ha tenido un poco fuera de mi foco. Es un poco incómodo hablar tanto de mi vida privada frente a una persona con quien no tengo un trato profundo, así que acomodo el pequeño servilletero de la mesa como para mantener mi vista ocupada — Pero tengo entendido que es una talentosa profesora, así que espero que lo aproveches mientras dure — Por los cielos, acabo de sonar como mi padre, que asco.

Suerte para mí, su entusiasmo me hace, sorprendentemente, alzar la vista en su dirección y sonreír con genuina amabilidad — Claro que la usé. ¿Por qué la tendría oculta, si vale la pena el mostrarla? — replico con orgullo, enderezando un poco la postura. Lo que me toma por sorpresa es que Scott se entusiasme casi tanto como ella, iniciando una charla que me hace arquear una ceja momentáneamente en dirección a la morena — ¿Hero Niniadis? — pregunto al pasar, porque asumo que está hablando de ella; tiene sentido, considerando su relación familiar. Además, es la única niña que conozco que hablaría de un emprendimiento con tanta seguridad. Apoyo mis codos en la mesa para estar un poco más cerca e, increíblemente, asiento para secundar las palabras de Scott — Si quieres, puedo pagarte algún taller de diseño en el Capitolio para después de clases. Digo, si planeas hacerlo tu carrera… — me encojo de hombros, porque creo que es lo más lógico — Al menos ya sabemos que Fiona Miller irá a tu negocio.

No me sorprende que las bebidas sean lo primero en llegar, pero ni siquiera miro a la mesera cuando le doy las gracias porque estoy más centrado en agarrar mi vaso y darle un sorbo. No sé que hice para merecer estar en esta bizarra situación, pero creo que puedo sobrevivirla como un campeón — Tú dirás, Meerah. Puedes averiguar la escuela que más te guste y podemos conversarlo cuando quieras — por hambriento, le hago caso a mi estómago y giro la cabeza en busca de averiguar cuánto falta para que traigan la comida — Luego puedes usar a Scott de modelo. Sé que le gusta usar faldas — ahí va, tengo que morderme la lengua para no reírme. Por suerte, las papas hacen su aparición y me llevo una rápidamente a la boca, incapaz de disimular la sonrisita. Voy a arder en el inframundo por mi estúpido sentido del humor.
Hans M. Powell
Hans M. Powell
Ministro de Justicia

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Mensaje por M. Meerah Powell el Lun Feb 11, 2019 3:32 am

Agradezco estar sentada en frente de ellos y no al lado, o bueno, más bien mi cuello lo agradece; como el ping pong de respuestas continúe, mis ojos terminarán por salir de sus cuencas de tanto que los muevo para un lado y para el otro. - ¿Te das cuenta que básicamente la invitaste a una cita, no? - Y sé que no es así, pero su propuesta era demasiado divertida como para dejar morir allí el comentario, y cada vez que los nombraba en un ámbito de pareja terminaban por saltar con cosas aún más interesantes.

Miro a Lara con las cejas en alto cuando enfatiza lo “laboral” de su relación, y ahora sí empiezo a dudar el que algo haya pasado entre ellos. Yo lo hacía por diversión, pero estaban muy evasivos en sus respuestas como para no imaginar que hubiesen tenido algo en un pasado. Claro que Hans me termina de distraer cuando nombra algo que no me espero, y que sinceramente no sabía como tomar. - No, no lo sabía. Mamá no es la persona más comunicativa de Neopanem así que no imaginaba lo serio de su relación… o que fuera tu única ex. ¿De verdad? ¿Nadie? - Al menos eso me aseguraba que mis sospechas eran ciertas y su secretaria estaba prometida a otra persona, me negaba a tener a una madrastra con tan poco gusto para vestir… o con tan pocas ambiciones en la vida, no me interesaba el romance. pero si hay algo que sí sabía, es que jamás terminaría casada con algún futuro jefe.

Como al parecer no podía pasar un almuerzo sin descubrir otro familiar perdido, termino por enterarme que el Powell del apellido de mi profesora es por “ese” Powell, y así como así me gano una tercera tía antes de terminar el año. Cómo no estoy segura de qué responderle a Hans, me voy a lo familiar y termino por enfrentar a Lara. - Voy a tener unas palabras muy serias con tu ex y sus métodos de crianza. - Con su forma de vivir en sí, si me lo ponía a pensar. Su padre era el consejero de la mismísima ministra de la Magia quien, vaya y sea de paso, era su madrastra. Su ex era el ministro de Justicia y su excuñada, una profesora de la mejor institución de Neopanem. ¿Y qué había decidido? Criarme en el distrito ocho con la tía Eunice, bajo la premisa de que no tenía más familiares. - No hay problema, es solo que… mí circulo familiar estaba compuesto por dos personas antes. Todavía no me acostumbro a esto de seguir descubriendo… No tengo ningún medio hermano del que deba enterarme, ¿no? - El pensamiento me asalta de golpe y temo por la respuesta que pueda darme. Podía soportar tías, abuelas y abuelastras, no sabía si podía soportar el no ser hija única.

La afirmación de Hans y el entusiasmo de Lara hacen maravillas con mi ego, y lo que parecía ser un proyecto en pañales, de pronto cobra más forma de la que habría pensado. - ¡Claro que no! - Me horrorizo cuando propone que trabaja para alguien más, porque no. Podían ofrecerme un internado en la mismísima Morgana’s, pero jamás dejaría que mis diseños queden a nombre de alguien más. - Diseñar no es mi único plan en la vida, planeo seguir la especialidad económico legal cuando llegue a tercer curso, y estudiar abogacía o administración como carrera paralela. Pero incluso aunque lo fuera, no regalaría mi trabajo jamás. - Por mucho talento que tuviese, no iba a confiarme en una sola cosa. Claro que tampoco esperaba que mi padre saliese con un ofrecimiento que era demasiado bueno para ser verdad, y termino por apoyar los pies en la barra que tiene la silla, incorporándome mientras dejo que mi peso se sostenga sobre mis brazos que se aferran a la mesa. - ¿Lo dices en serio? - Claro que quería ir a una escuela de diseño, pero pensaba que eso no sucedería hasta que fuese mayor de edad y pudiese pagarme yo mi educación.

- ¿Averiguar? “The Fairy Godmather” es mi institución de ensueño. Tiene un programa de emprendimiento empresarial que incluso haría que la gente de tu departamento quisiera asistir. - La sola idea de pensar que mis proyectos futuros podían pasar con mucha más antelación de la que creía me hace querer hacer un pirouette por más de que llevase años sin practicar siquiera un paso de danza. - Y claro que Lara puede ser mi modelo, tú también. Inauguraría una sección ministerial como primera colección si esa es la condición.
M. Meerah Powell
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