The Mighty Fall
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VERANO de 247221 de Junio — 20 de Septiembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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The misery that knows no end · Hans
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Invitado
Invitado
Si pudiera poner un cartel que avise que el lugar está cerrado, lo haría. Diría a través del cristal de que hay un horario de atención y no se atiende después de las diez. Pero el taller no es uno de esos comercios del distrito 9 que guardan las verduras y echan el pestillo, algunos colegas se quedan a trabajar de trasnoche y lo normal es que siempre esté alguien dando vueltas. Yo suelo ser ese “alguien”. Me froto el puente de la nariz mientras cierro con fuerza mis ojos cansados, no me di cuenta que la luz fue mermando cuando avanzaba con mis bocetos. Tengo un lío de planos sobre la mesa, llevo un rato haciendo anotaciones al margen, y ahora los números se mezclan entre sí en un manchón confuso. Me vendría bien un descanso, lástima que suceda por una visita que preferiría no recibir.

Puedo verlo a través de la ventana que se extiende a lo largo de la pared, desde la seguridad de la oficina que tengo asignada. Todavía puedo desaparecer, solo esfumarme, gracias a la magia. Pero no lo haré. La silla se hunde bajo mi peso y doy una vuelta usando las ruedecillas, para girar en el momento exacto en que escucho la puerta abrirse, con las manos entrelazadas sobre mi vientre en mi mejor intento de una postura de falsa autoridad. —Nos volvemos a encontrar, ministro— saludo, con una sonrisa igual de fingida como mi actitud. Se podría decir que este es mi territorio, aquí soy quien manda, que ni bajo un imperius volvería a la sala del ministerio de justicia, eso no altera el juego. De todas maneras soy quien lleva las de perder en esto.      

Y eso me jode, muchísimo. Porque me gusta la sensación, aunque no sea real en este gobierno, de que puedo elegir. De que las decisiones que tomo corren por cuenta mía, de que ejerzo voluntad sobre mis acciones. No obstante, fue una decisión y una mala acción lo que me metió en esto. Tengo cosas que perder, puede que no lo parezca. Mi madre es mi única familia, mi trabajo es mi pasión. ¿En serio voy a renunciar a ello por gente que no conozco? Alguna vez lo pensé como lo correcto y lo incorrecto, por lo que creía contra lo que no toleraba. Y creí que colaborar con juguetes para rebeldes era casi una buena acción para la humanidad. El heroísmo impulsivo es pura fachada que se desmorona cuando la realidad de que puedes perderlo todo, y la vida incluida, es una realidad posible antes de ir a un juicio. Por suerte tuve un salvador. En serio soy la mestiza más afortunada de todo NeoPanem. Y es sarcasmo, porque ésta no es una visita de viejos amigos. —Le ofrecería una taza de café— digo —Pero supongo que es una visita rápida— rogaba que lo fuera.
Anonymous
Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Necesito un favor. El arreglo de un par de artefactos mágicos que llevo dentro de mi maleta para poder regresar al once en unas semanas y tratar de hacer trueque por información. ¿El motivo? Ya no ando buscando a mi hermana, por suerte ya aparecida en la seguridad del Capitolio. No, ahora tengo que encontrar a alguien de mucho más peso a nivel nacional y nadie puede saberlo. Los rastros de la familia Black, ese secreto que solo la familia Niniadis tiene y que he terminado ligando por efecto rebote. Lo bueno de todo esto es que puedo conseguir lo que necesito sin muchas preguntas ni presiones, porque sé muy bien quien va a ayudarme sin ser capaz de ponerme ni un solo pero. La excelencia de ganarme favores. Amo mi trabajo.

No suelo venir al distrito seis al menos que lo necesite, así que mis pasos por sus calles son mucho menos naturales que los confiados del Capitolio, a pesar de que intento mantener el mentón en alto. He anunciado mi llegada a la señorita Scott, a quien no he fastidiado en un tiempo ya que mis misiones han estado algo tranquilas desde el conflicto con los aurores. Hay que ser cautelosos o cualquier signo de sospecha puede jugar completamente en contra. Lo bueno es que recuerdo el camino de memoria y no me pierdo en ningún instante, de modo que pronto estoy ingresando a su oficina para encontrarme a la muchacha en una postura que, de ser otra persona, me haría bastante gracia. Ella solo se lleva una sonrisa a medias, cargada de sarcasmo — El papel de villana te queda un poco forzado, Scott — acoto al cerrar la puerta a mis espaldas. Con la mano que tengo libre, saco la varita de mi bolsillo y el “click” indica que he trabado la entrada. En verdad, preferiría que no nos molesten.

Es una pena que personas como Lara Scott tengan el manejo que tienen dentro de la sociedad. Sé que, de desearlo, ella podría ser una bruja de gran talento y utilidad y, sin embargo, ahí anda; con un nombre manchado que he tenido que limpiar y ese gestito que arruina unos rasgos que podrían ser atractivos si no fuese por lo acentuado de su mueca. Sin mucho más, me acerco a ella y apoyo el maletín sobre el escritorio — Depende lo que consideras rápido — guardo la varita y abro mi equipaje, mostrándole los trastos — Basura del mercado negro, útil si estuviese en condiciones. Se supone que la gente como tú puede arreglar cualquier cosa, hasta chivastoscopios. Necesito hacer un par de trueques, ya sabes — la gente de los distritos pobres es bastante fácil de convencer si tienes cómo comprarlos y, a veces, el dinero no es suficiente — Además, quiero saber qué tienes para mí. ¿Algo que pueda llevarme? — si tiene algún objeto que en su taller sobre y que a mí me sea de utilidad, pues bienvenido sea. No he llegado a ministro a los treinta y tres por ser lento.
Hans M. Powell
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The misery that knows no end ·  Hans QaoC9EO
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Invitado
Invitado
No me siento como una villana ni como una suerte de heroína nunca, ante cualquier representante del ministerio me siento en cada ocasión como una idiota despojada de voluntad. Ellos juegan con los hilos que guían nuestras vidas y para mi mala suerte, tengo un marionetista particular. —Debe ser el escenario— digo, abarcando toda la oficina con una mirada. —No causa el mismo impacto que las salas del ministerio—. Donde se encuentran los verdaderos villanos a mi parecer. Al decirlo me arrepiento de inmediato, cubro la mitad de mi cara con una mano y maldigo entre dientes, porque estoy brincando sobre líneas dibujadas bajo mis pies que no debería traspasar. Tendría que tener más presente que sigo hablando con un ministro, por muy recurrente que se haya vuelto su rostro.

Si se esperaba de mí que asumiera una deuda con absoluta sumisión, decepcionaría a la misma reina. Tengo la esperanza de que sea una visita rápida, que estuviera de paso por el distrito y pasara a dejarme una valija con algo en el taller, para regresar a casa antes de que la cena estuviera fría. El sonido de la puerta al cerrarse con el seguro y la valija que trae consigo son señales de que tendré su compañía un rato. No me intimida su presencia en mi espacio, porque no les tengo miedo a las personas. Se pelear a mi manera. El miedo es a lo que no se puede gritar o atacar con la varita, a todo lo que representa, a todo lo que puede lograr con su poder en el ministerio, todo lo que se me puede quitar. —No, la verdad es que no creo que esto acabe pronto— digo para mí misma, lo suficientemente alto como para que me escuche. Las deudas de vida generalmente no tienen fin. —Veamos que hay aquí—. Con desgano dejo la silla giratoria para sentarme al borde del escritorio y revisar por mi cuenta la colección de artefactos. Trato con mucho esfuerzo de disimular mi emoción, pero estoy efusiva como la mañana de mi cumpleaños abriendo un regalo. No se puede esperar que cierta gente vea más que basura, donde los mecánicos vemos el potencial de algo mejor.

Creo que encontré con qué entretenerme en las siguientes horas, así como hay quienes beben un té, yo arreglo cosas. Tendré que conseguir piezas de repuesto y probar una mejora de su funcionamiento, puesto que la mayoría tendré que desarmar por completo para volver a restaurarlo. Estoy pesando con la palma algo parecido a una brújula, cuando Powell se gana una mirada incrédula de mi parte. Hablo otra vez sin pensar, solo que esta vez no me arrepentiré. —Sí, claro. Abre el closet y elige el traje que más te gusta. Hay un probador al fondo a la derecha— digo en un tono monótono. —Esto no es una sucursal de Morgana’s como para que vengas y solo “te lleves algo”— digo expresando mi molestia. La razón verdadera es que me molesta tener que confiarle y entregarle como ofrenda las cosas en las que trabajo. Hay veces en que ni mis colegas saben qué planeo y Powell se lleva la novedad. Soy consciente de estoy en posición de negociar y lo intento. —Si quieres algo terminado tendrás que volver en dos o tres semanas.
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Sé muy bien qué quiso decir con eso, pero lejos de enojarme me permito el simplemente sonreírle en gesto burlón. Puede insultar al ministerio todo lo que quiera, pero la verdad del asunto es que siempre, haga lo que haga, va a tener la soga colgada al cuello y es bueno saber que soy yo el que sostiene el otro extremo, con el poder de ajustarla o aflojarla dependiendo de mi humor o conveniencia. Lara Scott no es la primera ni la última persona que me insulte en la cara y mucho menos que me deba favores, si consideramos que tengo unos cuantos archivos en mi mansión que podrían hundir a unos cuantos ciudadanos de NeoPanem. Jamie Niniadis será poderosa, pero en los meses que llevo en mi cargo me he dado cuenta de que puedo ser casi tan peligroso como ella. Y, como ella dice, esto no se acabará pronto.

Permito que Scott revise el maletín mientras doy un golpeteo con los dedos en el escritorio tal y como tiendo a hacer en mi oficina, casi con un gesto aburrido y poco interesado al pasear la mirada por la habitación. Huele mucho peor que el Capitolio, de eso no cabe duda, pero tampoco voy a mentir y a decir que no estoy acostumbrado a sitios que carecen de los lujos de mi vida diaria. Hace tiempo que me meto en sitios que me han provocado pesadillas y picazón en más de una zona de mi cuerpo a la vez. La inspección se ve interrumpida cuando la oigo hablar en ese tonito que me llama más la atención que lo que en realidad está diciendo, lo que me lleva a reírme por lo bajo — No, pero eres una mujer inteligente y sé que si tienes algo de utilidad no te lo vas a guardar. ¿O te olvidaste de lo que he hecho por ti? — pongo mi mejor cara de persona inocente que se ha esforzado por mantener a alguien más rodeado de seguridad, pero ambos sabemos que es una completa farsa. El único motivo por el cual no la he mandado presa o peor, es porque he considerado que podía dejárselo pasar si me era útil — Así que te paso tu guión de nuevo. Cada vez que te pida algo, tú dirás “sí, señor ministro”, “sí, señor Powell” o, si quieres dejarlo como algo más personal, hasta te acepto el “sí, Hans”. Puedo hacerte una excepción a esa regla porque a veces me agrada tu espíritu — y solo porque admiro cuando alguien tiene talento para discutir.

¿Dos, tres semanas? Me paso la mano por el cabello y me lo echo hacia atrás en un gesto de exasperación, soltando un suave bufido — ¿Cuánto debo pagarte para que tardes una semana como mucho? — le pregunto. Sé que extorsionarla ahora mismo no va a servir, así que me ahorro el aliento. Puedo pedirle los favores, pero cuando se trata de tiempos lo más probable es que vuelva a discutir. Rebusco en el interior de mi delgado saco hasta que saco una bolsa de galeones, dejándola sobre la mesa — Tengo asuntos de suma importancia que atender. No tienes idea de cuánto — los dos nombres que estoy buscando encabezan la lista de prioridades del gobierno ahora mismo, sin contar esa persona anónima que debemos chequear que no exista y, si lo hace, acabar volándolo a la mierda. Apoyo mis manos sobre el escritorio y me inclino vagamente hacia ella, en una actitud muy diferente a la que suelo tener con otras mujeres. Si se trata de convencerla, el encanto no va a servirme. Como ya dijimos, esto no es el Capitolio — Lara, no soy el único que depende de que arregles esto. No estaría aquí si no fuese urgente y creo que lo sabes muy bien. Ninguno de nosotros es devoto de ver el rostro del otro, por muy bonita que seas — obvio que ahí se va, la sonrisa descarada, que siempre se asoma incluso sin permiso.
Hans M. Powell
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Invitado
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Es irónico que la misma persona que me salvó de mi estupidez en una ocasión halague mi inteligencia, estoy a punto de soltar una risa histérica. Es el estado en que me pone la evocación de mi deuda eterna. «Esta mierda no acabará nunca», es lo pienso con cada visita de mi acreedor. —Nunca. Es mi primer pensamiento al despertar— confieso. Sin embargo, todo sería diferente si Powell no hubiera interferido por mí, claro que mis opiniones no cambiaron en estos años, lo que hizo fue concederme un tiempo más de gracia, disfrutando de mis privilegios por haber nacido bruja, hasta el día en que vuelva a echarlo todo a perder y puede ser mañana mismo, ni siquiera yo puedo predecir cuándo mi imprudencia me expondrá al riesgo otra vez. En el fondo estoy agradecida. Es una voz que habla en un tono muy bajo, susurrado, y se reafirma en esta situación, porque las relaciones de coacción necesitan de dos partes que lo consienten. Algo en mí acepta todo esto, que le debo lo que me pida. Estamos jodidos mentalmente, eso explica por qué vivimos en un mundo como este.

Juego con el trozo de cristal que tengo entre los dedos y con una sonrisa torcida expreso la diversión que me provoca su concesión de honores en el trato. —De acuerdo, Hans— acepto. —Tú puedes seguir llamándome Scott— digo en cambio. Retengo mi nombre de pila como si eso me diera algún poder, cuando no hay posibilidad ni remota de que así sea. Centro mi atención nuevamente en la chuchería que inspecciono para no mirarlo a los ojos. —Qué bueno que te agrade a veces mi espíritu. Sino esto sería muy aburrido, ¿no crees?—. Tardo un minuto en agregar: —¿Y en qué me diferenciaría entonces de un esclavo a tu servicio?—. Uso mi varita para que una caja de metal levite hacia el escritorio con las piezas de repuesto que necesito para comenzar a trabajar. Y como puedo hacer magia, espero que no pierda de vista que soy una bruja y que según sus propias reglas ministeriales, no puedo ser esclava.

Si mi acuerdo con Powell se basara en una recompensa en galeones, en verdad sería una basura de persona. No hay nada mejor que el dinero, para demostrar lo bajo que podemos caer por un poco de este. Mis ojos están puestos en la bolsa que acababa de golpear mi escritorio y mi respiración se hace más lenta, estoy controlando un torbellino de emociones. Nada de esto lo hago por unos galeones, lo sé bien, por eso extiendo mi mano hacia la bolsa para tomarla, mirando a Hans sin un asomo de vergüenza. Lo voy a recoger, maldición, y lo usaré para nada que sea de su agrado. Arrojo los galeones a la silla que ocupaba minutos antes para sacarla de su alcance, y le sonrío con burla. —Dime que necesitas y buscaré la manera de cumplir tu deseo— muevo mis dedos en el aire como si fuera un hada buena con un pago aceptable. No me retiro ni un milímetro ante su avance y mi sonrisa también se mantiene impávida. Pero no me contengo a rodar los ojos. —No perdamos el punto de todo esto, Merlín no lo quiera. Que para complicarme la vida ya están tus encargos de medianoche— señalo la valija. Golpeo con mi varita una esfera de metal, con más fuerza de la necesaria. De la caja de metal comienzo a sacar los repuestos que necesito para ir reparando todo tan rápido como lo hacíamos en competiciones de la facultad. —Así que… sobre el nuevo juguete que quieres…— espero a que me cuente lo que busca.
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
No me contengo y se me escapa la carcajada, seca y fría, que se toma el descaro de retumbar entre las paredes de su oficina — Muy aburrido, Scott. Muy aburrido — saboreo su apellido entre mis labios en burla a sus palabras, sin mostrarme ni mínimamente ofendido. He trabajado como secretario, abogado, juez, ahora ministro, y todo en un plazo apenas mayor de una década: estoy acostumbrado a morir a este tipo de tratos y personas que se creen que pueden ganarte con comentarios ingeniosos, a pesar de que uno siempre se encuentre un paso por delante. Su pregunta me hace torcer los labios, haciendo ruiditos con la punta de mi lengua — Que todo esto es una paga que debes cumplir. Al menos que prefieras plancharme la ropa, limpiar mi suelo o hacerme la comida… No sé, tú eliges. ¿Se te da bien hacer masajes en los pies? — si cree que la está teniendo difícil, que se venga a vivir a mi mansión. Eso sí sería darle motivos para quejarse.

El ruido de la bolsita consigue el seguimiento de mis ojos hasta que desaparece de mi campo de visión, pero es la postura que toma la que hace que vuelva mi atención a ella una vez más — Que insinuadora, Scott — me burlo, recargando un poco más el peso de mi torso en mis brazos. Es el ruedo de sus ojos lo que acentúa mi sonrisa — No seas dramática. Mis encargos de medianoche son la mejor manera de romper la rutina y salvarte el culo al mismo tiempo, así que ni sé de qué te quejas — la única razón por la cual dejo de mirarla es porque me concentro en el movimiento de su varita, admitiendo para mis adentros que jamás he comprendido su procedimiento porque esto de reparar y refaccionar no es mi área en lo absoluto. Lo bueno de tener la comodidad de la oficina… o la incomodidad de depender del uso de mi varita y mi agilidad cuando me encuentro lejos de ella.

El golpeteo de mis dedos se detiene ante la última inquisición y enderezo un poco la espalda, más no me separo del escritorio — Sabes como funcionan los espejos comunicadores… ¿No? Tú me llamas y yo te atiendo, lo mismo a la inversa — le explico, señalándome y luego a ella en un intento de ejemplificarme con la gesticulación — Sé que hay espejos que solo funcionan ante la llamada de un solo individuo. Yo puedo llamarte, pero tú no puedes llamarme a mí. Es útil cuando intentas ser indetectable y evitar ser capturado si al otro le ponen las manos encima — cuando se trata de hacer negocios con la gente de los distritos norteños, acabas aprendiendo sobre qué es lo que tanto necesitan — ¿Tienes algo como eso por aquí? ¿O puedes conseguirlo? — quizá tiene solo restos, eso no importa, si eso significa que podré tener lo que quiero — Admiro a la gente con tu talento, así que no dudo en que vas a poder hacerlo.

Cómodo como si fuese mi casa, me apoyo en el escritorio y me siento de costado, pasándome la mano por la nuca — Al menos que tengas algo mejor para ofrecerme y ahorrarte el trabajo. Tú dirás, Scott. Soy todo oídos.
Hans M. Powell
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Invitado
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Simulo desinterés en la manera que se mofa del uso de mi apellido para hablarme, porque lo usa y ese es mi minúsculo y satisfactorio triunfo de la última media hora. Debería conservar mi fachada de indiferencia un poco más, esa lista de tareas no merece de mí más reacción que una mueca. ¿Por qué haría todo eso por cualquiera? No estoy donde me encuentro porque sepa alisar arrugas de una camisa, preparar tartas de manzana y obedecer órdenes sin rechistar. Mi mirada está cargada de franca incredulidad a esa idea posible que tiene de mí, aunque sea una broma… tiene que ser una broma. —No, definitivamente no soy de ese tipo— afirmo con rotundidad. Y no estoy hablando de ser esclava, porque su descripción se parece demasiado a algo diferente y a lo que me negué toda mi vida. Aparto mis viejos pensamientos y me centro en lo que realmente quiere decir. Sigo negando con la barbilla para descartar totalmente esa sugerencia.

Los mecánicos nos dedicamos a eso— digo y suavizo mi sonrisa. —Cumplimos deseos, sueños, fantasías. Hacemos real lo que algunos solo imaginan. Pero no creas que estoy siendo romántica…— Tengo cuidado de no usar mi varita, sino una escuadra cuando apunto hacia él. Por Merlín, no quiero que se ofenda si se siente agredido por ese mínimo gesto. —Si quieres un masajista de pies, veré de inventar unos guantes que lo hagan por ti—. Mi trabajo como mecánica es lo que tengo para ofrecer, y mientras sea eso lo que pueda dar a cambio de la absolución, puedo tener a raya las acusaciones de mi consciencia. Sin caer en una posición de humillación, cosa que mi orgullo tampoco me perdonaría. Hasta siento que es un trato justo, con el que me puedo sentir cómoda, pese a que no tendría que sentirlo así. Por eso no puedo responder con una réplica a su afirmación de que disfruto arreglando estos trastes, me pesan en la mano cuando reflexiono sobre lo que estoy haciendo. Esta deuda toma de a ratos un cariz distinto, estoy haciendo mi aporte a su causa y cuando deja de ser una obligación para pasar a ser una colaboración, no puedo determinar dónde me encuentro parada en medio de este conflicto político que nos exige a todos una postura.    

Con unos toques más de mi varita, logró que la esfera metálica restaure su coraza, encerrando las piezas que acabo de agregar, mientras lo escucho. Procuro reprimir una carcajada al tomarnos como ejemplo de una comunicación de ida y vuelta, y fracaso. —Estoy tratando de imaginar ese tipo de relación, pero me cuesta— me burlo en voz más baja. Espero a que termine con la descripción muy bien pensada de lo que desea. Claro, ¿por qué no me sorprende que Hans quiera un espejo de un solo lado, donde solo él puede hablar y escabullirse si así lo quiere? Y si… puede que tenga algo así. Me repito que de esto se trata la deuda, estoy cumpliendo con lo que me toca. El problema es que no tendría que ser sencillo. Y Hans se gana una mirada oscura de mi parte al soltar lo que parece ser un halago. —¿Ese espejo es todo lo que quieres?— pregunto con suspicacia, porque la que empieza a tener ideas extrañas soy yo.

Y estoy casi segura de que mi sospecha es justificada cuando nuestro acuerdo abre la posibilidad a algo más, que nada tiene que ver con esa ridícula idea de que me pondré a limpiar los pisos de su mansión en el Capitolio. Coloco la palma extendida de mi mano entre los dos y me inclino hacia él apoyando mi peso en este punto, quiero creer que me muestro intimidante. —Te estoy agradecida, Hans. Muy agradecida— digo con toda seriedad porque no me estoy burlando de él. —Y te pago con mi trabajo porque así lo mantenemos como un buen trato para los dos. Si hay galeones de por medio, esto comienza a volverse turbio. Si hay sexo, se vuelve confuso. Y si incluimos a alguien, peligroso. Solo dejemos la deuda en el trabajo que puedo hacer ti, así sabes qué esperar— explico. —A menos que no te importe el riesgo—. Me echo hacía atrás unos centímetros, girándome para señalar con una mano la bolsa de galeones que quedó en mi silla. —Si quieres galeones, justo tengo un par.
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Sospechaba que no lo eras — le contesto grácilmente. Si hay alguien a quién sé que jamás podría tener trabajando como una empleada doméstica, bruja o no, es Lara Scott y su turbulenta actitud. Su cursilería sobre los deseos de los mecánicos me acentúa la sonrisa, esa que ni se apaga al ver cómo es que me apunta con la bendita escuadra — Ese es un ofrecimiento muy amable de tu parte, pero tengo una masajista personal que me deja hecho un flan. Quizá lo considere cuando me canse de tener que programar citas — ¿Por qué no? Al fin de cuentas, burlas o no, ella misma lo dijo en voz alta como un ofrecimiento y estoy en posición de reclamar lo que salga de su boca. Uno más uno es dos.

Lara no deja de trabajar y mis ojos van y vienen alrededor de los artefactos que vuelan por doquier, tomándolo como un simple momento de observación. Le respondo el comentario con una rápida sonrisa, bastante sincera para ser franco, porque creo que ninguno de los dos podría imaginar una relación como aquella. Nuestro contacto se basa en una llamada rápida que siempre es para anunciar que vendré de visita y eso es todo. No hay “buenos días”, ni “¿cómo andas?” ni absolutamente nada. Tampoco he tenido intenciones de tener otro tipo de relación con una persona que es prácticamente una traidora, incluso aunque su falla haya quedado en el pasado. Si estamos aquí, es porque sé muy bien que no es una persona de fiar. Por eso la miro con cierto grado de confusión cuando parece dudar de mis intenciones — Por supuesto. Aunque no me quejaría si tienes algo de mayor valor — aclaro con toda la parsimonia de la que soy capaz.

La mano que se extiende entre nosotros hace que mire su palma, luego sus ojos y regrese otra vez al lugar de inicio, un poco confundido. No es hasta que ella termina de hablar que mis cejas se alzan en exceso y suelto una carcajada casi ahogada sin ser capaz de contenerme, acomodándome en el “asiento” que he tomado — ¿De verdad crees que puedes ofrecerme dinero, cuando ya tengo más del que podría desear? — le pregunto en un tono que demuestra que estoy puramente divertido, lejos de sentirme siquiera ofendido — ¿O siquiera sexo, cuando puedo conseguirlo dónde quiera y cuando quiera? — modestia aparte. Si hay algo que he obtenido fácilmente desde que me volví una persona dentro del Wizengamot, es quién llevarme a la cama. Una de esas cosas que vienen de la mano con el “billetera mata galán” — Tampoco tengo intenciones de incluir a alguien más en este pequeño trato que tenemos. No, Scott, odio decírtelo, pero estás atrapada conmigo. Solo somos tú, yo y los cachivaches que tan bien puedo utilizar solo porque fui una persona de lo más generosa cuando limpié la basura de tu nombre. Eso es todo lo que pido.

No obstante, que haya malinterpretado mis acciones me parece lo suficientemente cómico como para mirarla sin disimulo alguno. Me bajo del escritorio casi de un salto, metiéndome las manos en los bolsillos — Aunque, debo admitirlo, siento curiosidad — mi voz se torna casi un arrullo a la par que bordeo el escritorio, dando ligeros golpecitos con los nudillos sobre la madera de este — Si se trata de negocios… ¿Estarías dispuesta a ofrecerme todo lo que has dicho o solo estabas cubriendo todas las opciones para evitar una laguna legal? — al llegar a su lado, me recargo apenas en el mueble, haciendo uso y abuso de la diferencia de altura para poder mirarla de pies a cabeza. Mi rostro se ladea, entretenido en fastidiar el límite del espacio personal y tengo que morderme el interior de la mejilla para no traicionarme a mí mismo en un juego sumamente infantil — Es un poco ridículo que me pagues con el dinero que acabo de darte y lo sabes, ¿verdad?
Hans M. Powell
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No tengo que reírme, si me río pierdo. Pero la carcajada escapa de mis labios. —¿Tienes una masajista? ¿En serio tienes una?—. Todo esto me parece irrisorio, y no porque su trabajo como ministro le de privilegios extraordinarios, sino porque entre estos beneficios se incluya algo como un masajista personal, algo de lo que hace uso. —Creo que me guardaré los guantes para mí— murmuro entre dientes. Sigue dejándome sin palabras los detalles que diferencian los estilos de vida entre distritos, entre clases sociales y estatus de sangre de los magos, ni que decir entre magos y humanos. Y todo se reduce a un derecho de nacimiento, incluso trayectorias como las de Hans y mi permanencia en este taller, dependieron de un origen que lo hicieron posible. —Por Morgana, tienes una masajista— vuelvo a decir como si no me recupera de la impresión y niego con el mentón, quedándome con esto para soltar todo lo que se esconde de trasfondo.    

Concentrarme en mis tareas ayuda a limpiar mi mente de pensamientos de ese tipo, siempre ha sido así, y la voz del ministro al explicarme su idea, me sujeta al momento para que no desvaríe sobre otras cuestiones que me tienen insomne algunas noches. La deuda por sí sola es capaz de ocupar todo el espacio de mi mente, nunca fue solo una tarea más en mi agenda del día. Hans no es un contrabandista que viene a golpear la puerta de mi taller una vez al mes y se conforma con tonterías, esos tipos son ratas escurridizas en el distrito. Hay presencias que ocupan todo un espacio, hay deudas que para pagar se debe embargar el alma. Hay una inesperada y acertada justicia en mi situación. Mi trabajo me llevo a un crimen, con mi trabajo expío mi falta. Pero no supone que deba ser tan sencillo, me digo una vez más. Por eso insisto en que hay algo más en esto, por más que soy quien expone que el trato que tenemos es el mejor posible.

Y puedo tener toda la intención de ser intimidante, que se queda en una vana intención. Porque cuando termino de exponer mis puntos, las respuestas que recibo cambian toda la expresión de mi cara y estoy conteniendo las risas de auténtico humor. —Oh, por Merlín. Necesito que repitas lo que acabas de decir, por favor—. Mi voz tiembla a punto de soltar otra carcajada. —Eres tan…—. Procuro abarcar toda la oficina, todo, con mis manos y solo rodeo aire. Me calmo y cruzo su mirada con la mía, todavía hay una sonrisa en mis labios cuando le digo: —Qué genial debe verse el mundo desde la altura en la que se encuentra tu ego—. Y muevo mi cabeza de un lado al otro, negando sus palabras. Sean amigos, enemigos o… lo que sea como en el caso del ministro, me gusta ponerle un nombre a las cosas y ser franca para aclarar los términos. —No lo odias, Hans. Es una mentira que digas que odias tenerme atrapada en este acuerdo.  

Sigo su movimiento alrededor de mi escritorio y espero a que llegue a su punto, a lo que dice que le da curiosidad y creo que coincide con lo que alienta mi recelo. —No soy legeramente— digo. Me reacomodo en el borde del escritorio para mirarlo de frente, la poca distancia no es algo que me hará retroceder. —Barajé otras posibilidades por si hace falta un cambio en nuestro acuerdo, porque sé que te debo y te daré lo que pidas. Es como cuando muestro planos de prototipos y dejo que elijan. Esa es la cuestión: doy solo lo que me piden— y disminuí el tono de mi voz para hacerlo un murmullo entre los dos. —Porque si te conformas con un espejo, sería estúpido de mi parte ofrecerte algo más y convencerte de tomarlo. Darte el dinero no me quita nada, no era mío ni lo necesito en primer lugar — le sonrío.
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Aunque no lo parezca, ese ataque de risa que le da no me toma por sorpresa ni mucho menos — Te sorprenderías de las cosas que puedes tener si vives en la isla ministerial. Es como un parque de diversiones para ricos — si deseas un mundo de lujos, solo deberías apuntar a trabajar en el gobierno. Yo jamás lo planifiqué de ese modo, pero me terminó resultando mejor de lo que hubiese pensado. Mis intenciones de meterme en el ámbito legal surgieron simplemente porque deseaba evitar que más personas como mi padre siguieran haciendo daño, pero escalar posiciones es algo que acabé consiguiendo gracias a mi orden y cierto grado de ambición. Y un poquito de talento.

A riesgo de perder la seriedad que queda en la habitación, me sonrío cuando la oigo reírse, entornando un poco la mirada sin siquiera amagar a desviarla de ella — Tan… ¿Carismático, encantador, talentoso…? — amago a diferentes opciones, aunque el tono que empleo debe delatar que estoy haciendo uso de una broma. No es que no crea que pueda llegar a serlo, pero tiendo apelar a la falsa modestia y permitir que sea el resto del mundo el que me halaga y no andar simplemente colocándome carteles. Es mejor demostrar que decir — Tienes que tener ego para triunfar en la vida, Scott. Si tú no lo crees, nadie lo hará por ti. Es un consejo que quizá te sea útil alguna vez — no es que quiera ningunear su actual posición, pero no me puede negar que siempre se puede aspirar a más. Es su afirmación lo que me hace mover la cabeza de un lado al otro, vacilando sus palabras hasta que hago un mohín que delata que no puedo negar lo que acaba de decir — Es cierto, no lo hago. Eres tan entretenida como un juguete personal — uno de esos que nadie más puede tener, algo así como una edición limitada. Yo silbo, ella silba. Y no es lo mismo que el tener a todos los empleados del departamento de justicia, no. Queda en completa evidencia con lo que dice a continuación.

Su cercanía provoca que me vea reflejado en esos enormes ojos negros, tan diferentes de los míos. Sé que conoce su posición, pero que me lo diga con tal convicción me genera una agradable sorpresa que suaviza la sonrisa ladina. ¿Lo que pida sin chistar? Tentador, pero no he llegado a donde estoy siendo un cerdo. ¿Abusivo? Sí, varias veces, pero no para tanto — A veces creo que te subestimo, Scott — si ella se atreve a jugar este juego, mi orgullo me obliga a no quedarme atrás. Me inclino lo suficiente como para que la punta de mi nariz roce la suya, evidenciando una postura relajada y socarrona que pretende colocarme en posición de poder, algo que se acompaña por el murmullo que imita al suyo — La cuestión es que sé lo que opinas de mí. No como algo personal, sé muy bien lo que la gente como tú piensa de gente como yo — con descaro calmo, me tomo el atrevimiento de acomodar un mechón de su cabello detrás de su oreja — Pero, como tú has hecho cuando terminaste en el lío que nos condujo hasta aquí, yo me manejo por mis ideales. Y he hecho cosas que otros considerarían malas, lo sé — dudo mucho que a sus familiares le hiciera gracia que mandase a ejecutar a algunos muggles o traidores — Pero quiero que sepas que jamás he sido la clase de hombre que se maneja por sobornos monetarios o sexuales. Nunca aceptaría denigrar a alguien de ese modo, por mucho que se lo haya ganado — es obvio que he humillado a quienes se lo merecen, pero nunca en beneficio personal. Dejo caer mi mano por el contorno de su mejilla y acabo apoyándola sobre el escritorio — Así que, sí, deseo que me des lo que te pida, pero no abusaré de eso al menos que tú seas quien lo pide — me echo un poco hacia atrás con la excusa de verla mejor, enderezando un poco mi espalda — Juego limpio, aunque no lo creas, así que ese dinero es tuyo tal y como lo ofrecí. Quiero el espejo, porque por algo te lo pedí, pero también te ordeno que me muestres lo que tienes en catálogo. Cajones, baúles, todo. Tómalo como una inspección— me cruzo de brazos sobre mi pecho, aún recargado contra el escritorio y ensancho mi sonrisa — Si tú puedes tapar lagunas, yo haré lo mismo. Sabes que esto será un tire y afloje eterno… ¿Verdad?
Hans M. Powell
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Por más que cruce por mi rostro una sonrisa cínica, todo en mi expresión puede hablar por mí y decir lo que pienso sobre que nuestros ministros tengan su parque de diversiones personal. Lo de la masajista voy a guardármelo como un chiste para la próxima vez que se me ocurra mencionarla, porque supongo habrá oportunidades. Hans colabora voluntariamente dándome material para burlarme de la realidad delirante que vivimos y de él mismo, que enumera supuestas virtudes. —Tienes un poco de todo eso, pero exceso de algo más— coincido a medias. Es demasiado pagado de sí mismo, pero tiene que serlo si es ministro, si vive en un parque de diversiones, si tiene una masajista de pies, galeones que le molestan en los bolsillos y sexo donde y cuando quiera, si es que tengo que creer a pies juntillas su declaración. —Gracias por el consejo, me ahorraste el dinero que pensaba gastar en un psicomago. La solución de mis problemas es un poco más de ego— remedo. Sé que mi mayor defecto es mi orgullo, no sé qué tan cerca estoy del ego desmedido.

No soy un juguete— replico tan rápido como un pestañeo. —Construyo juguetes, es diferente. Juguetes para niños grandes del ministerio y el capitolio— apunto. Porque no trato con niños, sino con adultos que vienen a buscar vehículos, artefactos o máquinas del tiempo para satisfacer una necesidad a la que no saben ponerle nombre, que les corroe, a veces complejos de la infancia que no superaron. Yo también tengo de esas cosas y sostengo que cada persona encuentra el modo de lidiar con su mierda interna. El dinero, el poder y la fama es la compensación para algunos, da la casualidad de que no para mí. Y no me arrodillo ante eso, ni siquiera mi deuda me volverá una zalamera. —No me subestimes, yo no lo hago contigo. Todavía no hemos visto lo peor del otro— le advierto, enfatizando en el hecho de que estamos tan cerca que puedo atar nuestras miradas. Habrá que sobrevivir a esa tormenta cuando nos envuelva, porque será mucho peor que la electricidad que me recorre cuando toma un mechón de mi cabello invadiendo totalmente mi espacio.

Y ese es el quid de la cuestión: gente como yo, gente como él. Vuelvo a sonreírme, a punto me encuentro de interrumpirlo para explicarle que las cosas no siempre son negras o blancas, sin embargo continúo escuchándolo porque puedo presentir que hay algo en todo lo que me está diciendo que debo prestar mi atención. Ladeo mi rostro como si necesitara mirarlo mejor y me acerco. —Eres un tipo decente, ¿eso es lo que tratas de decirme?— pregunto. Tengo cosas que puedo usar para refutar ese punto, otras para estar de acuerdo con él. Si estoy donde estoy es porque nunca he creído del todo que haya dos extremos para elegir, por más que tenga mis ideas como bien lo dijo Hans.—Ya que eres nuestro ministro de Justicia, como ciudadana puedo quedarme tranquila— no me atajo de decir. —Pero si dejamos los honores de lado, — aprovecho que me devolvió parte de mi espacio para respirar y me siento erguida, muevo una mano en el aire. —que me digas que puedo pedir me hace sentir… poderosa— digo con sorna. Porque sé que es todo lo contrario.

Desciendo del escritorio para ir hacia un estante metálico y abrir cajones con mi varita, lo hago a la velocidad de sus órdenes. Saco planos doblados, un cuaderno, y los voy colocando en desorden sobre la mesa. —Nada es eterno— pienso en voz alta. Regreso a la silla que ocupaba minutos antes, tiro la bolsa de galeones sobre el lío de papeles, y medito sobre lo que acabo de decir. —Un tire y afloje eterno es demasiado peligroso— digo, recostándome contra el respaldo de la silla giratoria y entrelazando mis manos otra vez, tal como cuando Hans entró a la oficina. Giro para quedar de frente a él porque las palabras tienen más peso cuando se dicen mirando a los ojos. —Si tensas demasiado, si prolongas ese estado en el tiempo, a mayor fuerza y mayor tiempo, lo que sea que tires se romperá y el daño será mayor para las partes que lo sostenían.
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Hans M. Powell
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Oh, créeme, Scott — murmuro con una sonrisita torcida — Tú no quieres ver lo peor de mí — podemos decir que el día en el cual ella se endeudó conmigo, yo estaba de buen humor. Que cada vez que nos juntamos, mantengo un perfil calmado y hasta respetuoso. Pero ella no se ha cruzado con el ministro enfurecido ni con el hombre resentido. He hecho cosas terribles y otras increíbles en mi corta vida, pero estoy seguro de que mis extremos son estados completamente desconocidos para la mecánica. A veces, incluso lo son también para mí mismo; quiero decir, yo jamás hubiese creído que era capaz de hacer lo que hice con alguien de mi propia familia y sin embargo, ni siquiera lo dudé. Todos tenemos facetas ocultas, nos guste o no asumirlas.

Aprieto un poco mis labios en una línea de pensamiento y asiento con un movimiento apenas perceptible — Sí, exactamente eso quiero decir — al menos a mis ojos, la decencia sigue intacta. Lo siguiente que sale de sus labios me llena de sorna el rostro, hasta que lo último acaba por robarme otra risa. Jamás pensé que Scott podría ser tan entretenida, eso tengo que concedérselo — Solo voy a decir que te aconsejo el tener cuidado con lo que pides. Muchos terminan peor después de la petición de lo que ya estaban antes de hacerla — no puede decir en el futuro que yo no se lo advertí.

Es bueno que ella sepa lo que le conviene, porque no se demora en lo absoluto en enseñarme lo que le he pedido sin chistar. Mi mano derecha toma de inmediato uno de sus cuadernos y lo acomoda para que pueda verlo al derecho, tratando de comprender su caligrafía. Estoy enfocado en la lista de artefactos cuando la oigo hablar, echándole una rápida mirada que alzo en su dirección entre un mechón de cabello que se me ha caído hacia delante — ¿Estás queriendo decir que todo esto acabará explotándonos en la cara? — mi voz es tan tranquila que parece que estoy hablando del clima. Paso la página y uso mi dedo para ir marcando los objetos con intenciones de no perderme — Piénsalo de esta manera. He perdonado tu vida a cambio de un favor, así que es tu vida lo que me debes. Porque, seamos honestos, ejecutada o en prisión daría igual: no serías dueña de ti misma — ahora mismo tampoco lo es por completo, pero es mejor una proporción que nada. Vuelvo a sacar mi varita y le doy un golpecito al cuaderno, haciendo que finas líneas doradas subrayen los objetos que voy escogiendo — Así que, al menos que decidas aflojar, no veo como puede solucionarse de otra manera. Tú misma lo has dicho, esta es tu posición ahora y harás lo que sea porque sabes que no tienes otra opción. Sería mucho más fácil si no fueses tan terca — otra mirada en su dirección, otra sonrisa que bien podría significar un tono chistoso si no fuese porque los dos sabemos que no estoy bromeando. Si algo pudiera joder a Scott alguna vez, es su lengua.

En algún punto, le empujo el cuaderno en su dirección y me inclino sobre la mesa para revisar los planos, los cuales tengo que estirar con ayuda de la varita para que no vuelvan a enroscarse. Me rasco la barbilla y jugueteo con la varita entre mis dedos, oyendo los sonidos externos como si se tratase de una realidad paralela — ¿Es esto un coche volador con un encantamiento de expansión e invisibilidad? — pregunto, pasándole uno de los planos. A mí no me es útil, pero conozco a un par de personas que no tienen ni para comer que lo aceptarían con gusto como parte del pago. ¿Cuánto dinero podrían ganar vendiendo algo como eso? — Algún día deberías acompañarme a los distritos del norte — digo como si nada, chequeando otro de los planos, que parece ser de un artefacto mucho más pequeño — Así dejas de ponerme esa cara cada vez que te pido algo. La gente necesita de estas cosas — y yo necesito de lo que digan sus lenguas, así que todos ganamos.
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Ni tu tampoco quieres ver lo peor de mí— replico y no cedo mi posición. Puedo no decirlo con la misma firmeza amenazante de su tono, se parece más a un consejo dicho en susurros, lo que importa aquí es que ambos estamos advertidos para lo que pueda suceder en el futuro. Cuando nos conocimos estaba asustada aunque trataba de ocultarlo, había cometido un crimen del que era consciente, podía ser joven pero no era una niña y conocía las reglas que rompía. Estaba dispuesta a tomar el acuerdo que me ofrecieron, aquel que él supo hacer. A veces la vida te coloca en medio de un par de circunstancias cerradas que te dejan una única elección posible. No creo que eso vuelva a darse, porque las circunstancias cambian todo el tiempo. Nos estamos moviendo lentamente de aquel momento, hacia algo distinto. Nunca somos la misma persona en un determinado momento y lugar, dos veces en la vida. Tal vez si hay una próxima vez no me importe llegar hasta una última instancia, si hay una razón que sea suficiente.

Y a veces también me agrada Hans, como cuando es la personificación misma de la decencia con toda su arrogancia a cuestas. Me agrada su espíritu, si tengo que citarlo. Solo que no quiero pensar en estos términos, maldición, me cae muy mal y es molestoso. Curvo una sonrisa suave con mis labios, abandono la pose y la burla de ser poderosa. —Lo sé— es lo que contesto. Mi noción del peligro divide a los riesgos en dos tipos. Hay riesgos en los que nos zambullimos de un salto porque son desafíos que nos invitan a arriesgarnos, porque lo valen. Porque hay algo bueno en el fondo de estos. Y hay otros riesgos que no parecen merecer el intento, porque implica renunciar a demasiado. Ya bastante tengo con vaciar mis cajones para cumplir con sus demandas de inspección, me contengo para que levitar los cajones boca abajo y demostrar que no queda nada allí. Son de estos riesgos de los que me mantengo lejos, porque me arrancaran la piel, porque me asusta más que nada descubrir la persona que hay debajo.

No es exactamente lo que dije— respondo con lentitud, porque la elección de mis palabras fueron distintas. Hablé de que habría un daño para cada parte, cada vez mayor. Y como cabía esperar, para él la manera de evitar que eso suceda es que sea yo quien ceda, porque soy la terca entre los dos. Odio reírme tanto con este sujeto, por más que lo use para mostrar mi disconformidad con lo que dice. —Sería más sencillo si tomaras uno de esos cuadernos y te fueras a tu casa — exploto, todavía controlándome para que mi cuerpo no salte fuera de la silla. —Si me dejaras trabajar aquí tranquila con estos tratos— me quejo, y tomo el que tengo más a mano para fingir que ha perdido toda mi atención. Puedo enviar toda la valija apenas termine los arreglos, la recibiría mientras desayuna caviar en la isla ministerial, porque no me importa no dormir en la madruga hasta acabar.

No iré a ningún lado contigo— rompo mi mutismo sin darme cuenta, y es una reacción infantil, lo sé. Contradecirlo solo por contradecirlo. Suelto mi varita sobre mis rodillas al entender lo que me dice, mis inventos usados para mejorar las miserables condiciones de vida de los distritos pobres. —Tanto altruismo…— murmuro. —¿Quieres que me ponga chaqueta, falda y un tocado si voy? ¿Tengo que aprender a saludar con una mano? ¿A cuántos niños tengo que besar?—. Estoy prejuzgando, estoy siendo una engreída que juzga desde arriba a los funcionarios públicos, es tan fácil acusarlos de hipócritas. Y me sirve para usarlo contra él. —Vives en el tercer cielo y con pisar el polvo de los distritos marginales crees saber qué necesitan.
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Sé que quiere que me vaya, no hace más que dejarlo en evidencia tanto en palabras como en gestos, pero eso solo logra que la mire con mi mejor expresión de que haré todo lo contrario a lo que me pide. Puede que sea una de las personas más respetadas de NeoPanem, un ministro que se ha hecho fama de justiciero sin temor a pecar de desalmado, pero eso no me quita que por momentos me pueda divertir como si fuese un niño de seis años, terco y obstinado al punto de siempre buscar tener la última palabra —  Hablas como si fuese la peor compañía que pudieses tener — arrastro la voz mansamente, tan sugestivo como puedo ser — Que mal agradecida que eres, Scott. Conozco varias personas que morirían por tener una reunión privada conmigo y tú solo quieres que me marche — muchos para quejarse de algunos problemas legales, pero ese es un detalle que puedo omitir.

Esa respuesta digna de una chiquilina me hace reír con descaro, desviando mi atención del plano por el cual he preguntado para poder observarla como si no me pudiese creer que, en efecto, no ha tenido mejor idea que esa. La dejo hablar, sí, porque sé que la gente adora hacerlo sin tener la más mínima idea de lo que en realidad sucede y, casi siempre, se terminan pisando a sí mismos. Las personas son tan predecibles que no sé si eso lo hace entretenido o simplemente repetitivo hasta tornarse un completo aburrimiento — ¿Terminaste? — acabo preguntando — Es lindo ver cómo piensas que me conoces. Tengo que avisarte que lo que ves en la televisión, en las revistas o incluso en las páginas de Internet, no siempre es todo lo que hay. ¿Quién dice que iré a regalar este tipo de cosas a gente en actos públicos? — es obvio en mi mirada que no ha hecho otra cosa que decir tonterías. Aprecio demasiado mi dignidad como para cometer la indecencia de actuar de esa manera.

Veamos… — sin mucho más, guardo la varita, muevo una silla y tomo asiento frente a su escritorio como si esto fuese, repentinamente, una reunión de negocios dentro del ministerio. Obvio que aquí me tomo otras libertades y estiro mis piernas hasta que son mis zapatos pulcros los que se apoyan, cruzados, sobre el mueble, con cuidado de no aplastar ni patear los cuadernos — Es una cadena muy sencilla. Yo trabajo para las personas más importantes de esta nación y tú trabajas para mí. Ellos me encomiendan tareas y yo hago lo mismo contigo. Es un ajedrez, cada uno con su pieza y sus respectivos movimientos — me doy un golpeteo en el abdomen con los dedos y acomodo la cabeza de manera que puedo verla directamente — No me interesa saludar a la cámara y besar bebés en el norte, te lo aseguro. Eso se lo dejo a las reinas de belleza o a los eventos más pomposos del Capitolio. El cinco, el doce, el once… es zona de guerrilla. ¿Crees que simplemente aceptarán a un montón de cámaras y a mi cara en un acto que ellos tomarían como pura hipocresía? — la economía no es la mejor en esos distritos y tampoco somos bien recibidos si vamos con las manos vacías. Nadie me aplaudiría porque le regalo un chivatoscopio — Lo mío es una tarea algo más discreta. Llego en silencio, hago mi trabajo y me retiro sin llamar la atención. Les doy lo que desean a quienes se lo ganan y no tiene por qué salir en los periódicos. No tienes la menor idea de la importancia de estos asuntos — porque es un secreto entre Sean Niniadis y yo. Porque nadie debe saber que estoy rastreando a las personas que podrían echar todo el sistema a la basura. Muevo un poco mis pies y acomodo mis manos detrás de mi cabeza, utilizándolas de sostén — No me conoces, Scott. No tienes idea de en qué sitios me muevo y cómo sé lo que ellos necesitan de mí. Si te interesa hacerlo, ya te he dado mi invitación y es obvio que no necesitas la falda. Al menos que quieras regalarme la buena vista, claro está — añado en un tono casi pícaro y una mueca divertida.
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¿Y si lo eres? Créeme cuando te digo que ahora mismo podría estar con una compañía mucho más apetecible— hablo con aparente calma, cuando es el enojo lo que me incita a decirlo. Creo que mi enfado superó límites desconocidos cuando recalcó que mi deuda era de vida, me hizo sentir como si en verdad no fuera nadie, porque todo aquello sobre lo que creo que tengo autonomía o control, no es real. Esto es lo último que quiero: que me roben todo el control. Puedo ceder una parte, no todo. Hans puede decirme que soy terca todo lo que quiera, por la necesidad de demostrarle que puedo seguir negándome a pesar de lo que debo, me paso tres distritos con todas las cosas que le tiro en la cara. Cuando acabo con mi discurso prestado, espero a que llegue el recordatorio de que si él dice que salte, yo debo saltar. Si dice que le acompañe un distrito, lo tengo que acompañar. Que no estamos para hacer actos públicos, sino que trabajo para él.

Me sorprende que pueda reírse de mí y que eso le baste por el momento. Descargo el peso en mis hombros que se encontraban en tensión, muerdo mi rabia para apaciguarla, respiro profundo mientras mis dedos por costumbre siguen trabajando en reacomodar las piezas metálicas que tengo en mano hasta hacerlas encajar. Lo observo con reprobación cuando sube los pies a mi escritorio, para hacerle sentir que nada de lo que haga está bien, porque cada minuto que se demora en mi oficina lo está invadiendo y solo quiero que se vaya, porque dejó de ser divertido hace diez minutos para ir tomando otro cariz que me incomoda. Cierro los ojos con fuerza y cuento hasta tres demasiado rápido. —No me interesa saberlo— digo. —Porque no tengo intención de conocerte—. Ni quiero saber qué piezas somos en su juego de ajedrez, porque no me va a gustar la contestación. Sé que estoy sonando como una adolescente enfadada otra vez. —No está bien que me expliques esto. Y no creo que sea una buena idea que vaya contigo, Hans— concluyo con un poco más de madurez. Demasiadas negativas a mi oído, pero son necesarias.  

El acuerdo que teníamos de que yo le daría mis trabajos como mecánica para pagar mi deuda, por más que esté demostrado de lo conveniente que es para ambos, corre riesgo porque no lo mantienen los dos extraños que éramos cuando nos conocimos. Me estoy involucrando en esto, estoy dando pasos tentativos al maravilloso mundo de Hans, mi trabajo no se siente como deuda sino como colaboración, no me gusta tener una lista mental de qué cosas conozco de él, y no me importa sobrepasar límites de espacio corporal porque la piel no es nada, sí me preocupa que se pasen otros. Así que debo poner una distancia segura. Sonrío en respuesta a su expresión. —Lo hubieras dicho antes, si era solo por la vista no hacía falta montar todo un operativo de viaje a los distritos— ruedo los ojos y le quito hierro al asunto con el tono burlón. Cruzo mis brazos sobre el escritorio y profundizo mi sonrisa. —Lo mejor para los dos es que todo quede entre estas paredes,— donde tengo el control —te aseguro que tienen los encantamientos necesarios para mantenerse silenciadas.
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Hans M. Powell
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Tanta negativa, tanto rechazo, tantos “no” en una frase como no recuerdo que me hubiesen dicho en mucho tiempo. No sé por qué, pero en lugar de ofenderme me llena de curiosidad, me hace mirarla como si fuese un puzle muy complicado de adivinar. La gente no se niega a lo que le digo, solo acepta con entusiasmo porque soy yo, porque me muevo en un mundo donde mi nombre, cara o billetera pueden comprar lo que sea. Mis colegas me admiran, las mujeres con las que salgo dicen que sí sin chistar. Los condenados me lloran y solo tengo que leerlos para hacer bien mi trabajo, pero por dos segundos, Lara Scott se me hace difícil de descifrar. Me cierra la puerta, pero tengo intenciones de saltar la cerca — Tú te lo pierdes. Pero debes recordar que te ofrecí el camino a no juzgarme y elegiste la salida fácil — todos creen que ser una imagen pública equivale a que saben todo de ti. Están tan pero tan errados que solo quiero reírme de ellos. A veces lo hago, en especial si tengo champagne en la mano.

Mi mirada se entorna sospechosamente a pesar de la sonrisa, porque su modo de inclinarse y de hablar me prende una alarma en el cerebro de que, ahora mismo, estamos jugando con fuego y Scott se está proclamando como la dueña de la oficina. Está bien, su trabajo, sus reglas. Conozco esa sensación, porque es la misma que me invade cuando tengo a alguien apresado dentro de mi despacho. Pero yo no pierdo, jamás me ha gustado perder. Como mucho, acepto un empate — Corrígeme si me equivoco — bajo los pies de su escritorio y me acomodo hacia delante, apoyando mis brazos cruzados encima del mueble para poder verla mejor — ¿Pero ahora eres tú la que me está queriendo comprar con tratos entre las paredes? — los planos continúan entre nosotros como un recordatorio de por qué estamos aquí, rodeados de sus juguetes a medio arreglar que deberían irse conmigo. Y, sin embargo, muy a mí pesar, estoy mucho más entretenido con el desafío que veo en toda su postura, en un rostro que solo me hace pensar en lo ridícula que es la gente cuando comete un error tan garrafal. Podría simplemente exigir que cumpla mi demanda e irme, pero así estaría perdiendo el juego que me lanza sobre la mesa.

Mis ojos se pasean por sus facciones hasta detenerse en su boca carnosa, pero pronto se alzan para volver a chocarse con los suyos — O es eso, o tienes una falda escondida en alguna parte o vas a retarme a un duelo que necesite de silenciadores en las paredes — siento mi comunicador vibrar en el bolsillo de mi pantalón, pero lo ignoro completamente porque estoy seguro de que no tiene importancia alguna. Al menos no tanto como lo que está ocurriendo en mi presencia — Dime. ¿Quieres mi silencio porque te incomoda que abra la boca o solamente prefieres esta situación a tener que enfrentarte a la realidad que te presento? No cambia nada en mí que vengas o no conmigo, pero si querías sexo solo tenías que pedirlo — otro chiste, otra mirada escrutadora. ¿Quién dijo que jugar con fuego no es divertido?
Hans M. Powell
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Lo hubiese dejado en que encontré una salida, que fuera la más fácil estaba por verse. Estaba buscando una alternativa que me hiciera virar en una dirección diferente al curso que estaban tomando las cosas, que se diera de manera natural no hacía más que extremar mi prudencia, y la duda final era si este viraje marcaba un cambio significativo en los sucesos que vendrían después. Debía reencauzar todo para llevarlo hacia un territorio familiar, donde podíamos jugar algo cuyas reglas conocíamos. Regresar a la comodidad de saber qué esperar y qué dar, donde todo se tornaba más predecible. Reducir lo complicado a lo más básico para poder controlarlo, porque necesitaba recuperar esta sensación –real o no- a toda costa, para evitar sentirse como si estuviera siendo arrastrada hacia una situación en la que no tendría ninguna regla que hacer cumplir a su favor.

No fui yo la que cerró esa puerta en primer lugar, así que no actúes tan inocente— señalo, para que su pregunta no pese sobre mi cabeza como si fuera la más canalla entre los dos, después de que realzara su decencia como gran virtud. No me enfado en realidad de su aparente confusión, porque lo entiendo como una manera de empujarme sobre el borde, por eso retengo el silencio para mí y me protejo en este, esperando que acabe para poder elaborar una respuesta que por precipitada no sea la equivocada. Porque podría decirle que no vamos a tener más tratos, solo uno, el que se mantendrá entre las paredes de mi oficina. Pero quiero saber hasta dónde llegan sus suposiciones, así como cuando dejó que yo diera opciones. Hago el esfuerzo de no reírme y admitir que siempre tengo ropa en un casillero del taller, y me parece más importante aclararle que no soy tan estúpida como para meterme en un duelo con él.

Mis réplicas más inmaduras me las guardo, porque le doy vueltas a su pregunta, todas las posibles en el segundo que me concede hasta que me provoca a contestar con su última insinuación. Mi postura sigue siendo la misma, tengo la mirada puesta en su rostro y demoro en decir algo, tengo pensado tomarme mi tiempo. Muerdo mi labio con fuerza como si estuviera conteniéndome en dar una respuesta mientras recorro sus rasgos atractivos con mis ojos y reconozco a mi pesar que esto podría tornarse emocionante. —Estás ahí, ¿esperando que lo pida?— al menos yo puedo sentir la expectación, porque no recurro a la inmediata negativa. El sexo es lo más básico a lo que se podría reducir todo, porque no es complicado. Puedo jugar en este campo. Aclarado el punto de que no acepta favores sexuales, esto no tendría nada ver con nuestro acuerdo y sí mucho que ver con nosotros. Quiero que sienta que lo estoy pensando, así lo vuelvo algo serio y evadimos los otros planteamientos que me hizo. —No sucederá hoy— decido. —Hoy no es el día que pida o te pida por sexo.

Tamborileo la madera de la mesa con mis dedos y lo acabo, doy por terminada la cuestión. Rodeo el escritorio hasta quedar al lado de la silla de Hans y apoyo mi cadera contra el borde. Es una sensación de deja vú demasiado reciente porque lo hemos vivido minutos antes, esta podría ser otra ilustración del tire y afloje eterno. Tiendo una mano para apoyarla sobre su hombro, la presión que hago es mínima. Marco el hecho de que él está sentado y yo de pie. Tengo una deuda importante con este hombre, lo último que me gustaría es perder la protección que me da, jamás usaría mi varita contra él, y por eso solo puedo enfrentarlo en otro campo. —Voy a ganar— le sonrío comunicándole el desafío. —Serás quien lo pida. En algo tiene que ganar mi fuerza de voluntad —. Puedo recobrar mi humor, mis ojos brillan de diversión. —¿De qué color te gustaría la falda? La reservaré para la próxima vez que vengas —. Porque si en sus planes estaba solamente meterme en un juego mental, se la pondré difícil.
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Hans M. Powell
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La miro como si estuviese olvidando el detalle de que he cerrado la puerta por privacidad, no por un intento de abusar de la misma. Se supone que los tratos que tenemos son privados y nadie debería oír de lo que hablamos, pero sé que con el nuevo panorama que me presenta, el terreno se vuelve más sospechoso y empinado. No me acuesto con traidores, es una especie de norma personal. Siempre me he involucrado con personas que sé que no van a ser un problema. ¿Qué me dice que Scott no será uno? Sé que estamos jugando el uno con el otro, que esto no es más que un baile que ambos queremos dirigir sin que el otro meta la pata. Tan idiotamente tentador.

Su duda me hace reír una vez más y me encojo de hombros para dejarlo a su criterio, no muy seguro de si estoy esperando o no que pida por mí. No lo habría pensado ni en sueños, pero de todos modos aquí estamos, en medio de una conversación que se me hace cada vez más irreal — Lo que tú digas — le concedo, recargando algo de mi peso en uno de los apoyabrazos del asiento — Pero sé que lo terminarás haciendo. Hasta sé que incluso lo pedirías ahora, si no fuese porque tu orgullo te frena — el hacer que la gente pique se basa en asegurarles que ya sabes la verdad incluso cuando no lo sabes. Es una especie de norma que todo abogado debería saber y, a su vez, estoy casi seguro de que no me equivoco. Solo casi.

La morena se pone de pie y mi cuerpo se hunde en el asiento en cuanto me doy cuenta de hacia donde se dirige. Intento mantenerme neutral y pacífico como si esto fuese algo de todos los días, incluso manteniendo mis dedos entrelazados sobre mi panza en un gesto que podría ser hasta indiferente. No obstante, mi rostro se mantiene firme en ella, desafiando el gesto de su mano, que me mantiene retenido, aunque sea suavemente contra el asiento. No sé si son sus palabras o su sonrisa, pero por alguna razón acabo haciendo una mueca llena de gracia, algo incrédulo ante la escena. No sabía que podía conocer a alguien que hablase mi lenguaje, qué decir — ¿De verdad crees que soy de los que piden? — murmuro, tan divertido como ella se muestra. Dejo que mi torso se incline en su dirección, apoyando el codo en su regazo para poder verla mejor — Podría jugar ese papel si es lo que quieres, pero no conoces que tan terco puedo ser si piensas que me arrastraré a tus pies. Y en cuanto a la falda… — me acerco lo suficiente como para que mis labios rocen los suyos, respirándola al hablar contra su boca y siendo consciente del suave tacto de esta — Me interesa saber qué es lo que eliges, así que prefiero que me sorprendas.

Mi cabeza se ladea en un gesto amenazante y una sonrisa embaucadora, pero el amague a avanzar contra ella solo acentúa mi expresión divertida y me alejo como si nada hubiese ocurrido, poniéndome de pie con paso seguro. Acomodo mi remera por mera inercia y rodeo el asiento, alejándome del escritorio y sus tentaciones — Creo que eso es todo entonces, señorita Scott. Espero que tenga todo lo que he pedido y señalado en sus cuadernos para la fecha pactada, o tendré que cobrarme algunos otros favores — me giro hacia ella con una media sonrisa y saco la varita. Sin mirar, la sacudo para que la puerta indique que ya no está trabada — ¿Algo más que negociar, aclarar o podemos darlo por finalizado por hoy?
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Invitado
Si fuéramos extraños que coinciden en un sitio cualquiera y esta conversación no fuera un duelo de voluntades, lo que está en cuestión se resolvería en un pestañeo y tendríamos las manos puestas en el otro sin pensarlo una segunda vez. Culpemos al orgullo, porque debe ser éste quien dirige mis acciones, y no la buena prudencia, que por sí sola nunca pudo frenarme cuando me encuentro pisando el abismo. Si tengo la cara como para reafirmar mi arrogancia con un desafío es que soy orgullosa, no asiento para darle la razón porque no hace falta. También hay otros motivos en juego, tengo mis razones y él seguramente las suyas de por qué flaquear sería una mala idea. No son tan fuertes como la única determinación de no ceder que compartimos, porque soy el espejo que lo reflecta y aquí hay dos orgullos enfrentados.

Su pregunta me dice que estoy en lo cierto, es pura presunción en sus labios que se acercan para murmurar en mi boca y al acabar la distancia entre nosotros creo que entendió mi mecánica del juego. No debo apartarme porque aquí soy quien tiene toda la intención de ganar, respiro suavemente y es poco el aire que encuentro. —Quizá no lo veas de esa manera, pero sí eres una persona que pide. No estás donde estás por haber esperado a que los cielos te regalen maná— doy mi punto de vista, por mucho que diga que no lo conozco. —Es la actitud. Pides demasiado… de todo. No estás satisfecho nunca, no desistes de obtener más de lo que tienes. ¿Estoy equivocada otra vez? —. Aunque me diga que así es, ya lo he dicho, mis palabras están sobre la mesa. —Es solo cuestión de tiempo hasta que pidas lo que está al alcance de tu mano pero se escapa entre tus dedos. Solo por darte el gusto de tenerlo— endurezco mi voz al decir la última frase, pero mi mirada no pierde el resplandor de la malicia al agregar: —Sorprenderte será mi nuevo pasatiempo.

Y siento como una pequeña victoria que su visita haya acabado, tengo que mirar a la nada cuando regreso a mi silla para que no vea la sonrisa que me llena la cara. Mi cuerpo cae relajado y extiendo todo el largo de mis piernas por debajo del escritorio porque me merezco un descanso que tomaré apenas se vaya, luego me dedicaré a los trastos para acabar antes que los mecánicos vuelvan al amanecer. No quiero ni que los mire, no sea que le surjan nuevas ideas y encuentre razones para madrugar en mi taller. Sonrío hacia arriba para poder mirarlo al escuchar cómo se destraba el seguro de la puerta. —Podemos darlo por finalizado. Que tengas un regreso a casa sin complicaciones, Hans— me despido de él, dándome cuenta que estoy conteniendo el aire hasta que cruce la puerta y pueda soltarlo, porque recién entonces podré decir que acabamos por hoy.
Anonymous
Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Me divierte que crea que soy de los que piden, especialmente porque lo que dice no tiene sentido si lo veo desde mi experiencia — Yo no pido, Scott. Soy de los que toman en lugar de esperar que alguien más lo conceda — me he ganado todo a pulso, a trabajo duro y gracias a ser lo suficientemente inteligente como para saber hablar con las personas en mejores puestos que el mío, hasta el punto en que la única que está por encima de mí es la mujer que maneja este país. Lo que sí tengo que concederle es lo siguiente que dice, porque sé que la estoy mirando como un nuevo premio que no pude ponerle las manos encima, pero el chasqueo de mi lengua delata que pienso que ella tendría mucha más suerte de acostarse conmigo que a la inversa — Veamos como nos resulta — acepto sin miramientos. Yo no pienso aflojar la cuerda y sé que ella tampoco.

Su sonrisa me dice lo que necesito saber antes de que pueda abrir la boca. El aire se encuentra cargado, tenso y eléctrico, pero sé que hay cierto grado de satisfacción en mis facciones. He venido buscando cobre y encontré oro, si se me permite irme a las frases trilladas. Meto la mano en el bolsillo en un gesto despreocupado, como si hubiésemos tenido una conversación totalmente banal y fingiendo que mis dedos no pican en una ansiedad nueva, hasta que muevo mi cabeza en su dirección en un gesto casi que hasta galante — Un placer trabajar contigo — le agrego en tono ostentoso. Sin más, me volteo y voy hacia la puerta, la cual abro de un tirón, pero me detengo para echarle un último vistazo — Que tengas una buena noche, Lara — sé que el uso de su nombre de pila no es más que un intento de mofarme, pero no me molesto en disimularlo. Creo que algunas normas ya están rotas como para darme el lujo de quebrar una más.

Le sonrío como si fuese de lo más común entre nosotros y salgo a la calle, que apenas se encuentra iluminada. Todavía estoy jugueteando con la varita entre mis dedos cuando avanzo por el asfalto, silbando una melodía al azar en un tono jovial y poco disimulado, hasta que me desaparezco y mis pies tocan el muelle de la isla ministerial para poder pasar la seguridad que tanto nos protege. De gente como Lara Scott, que curiosamente, para mí no representa ningún tipo de peligro. A mi paciencia y estabilidad, quizá sí. Pero con esas cosas, sí que sé jugar.
Hans M. Powell
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The misery that knows no end ·  Hans QaoC9EO
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The misery that knows no end · Hans
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