The Mighty Fall
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You called me up again tonight ✘ Ariadna

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You called me up again tonight ✘ Ariadna - Página 2 Empty You called me up again tonight ✘ Ariadna

Mensaje por Hans M. Powell el Vie Ene 04, 2019 5:43 am

Recuerdo del primer mensaje :

Estúpido estómago, estúpido alcohol, estúpida mi mala suerte. Esta noche he tenido una reunión de negocios con un grupo de ejecutivos del distrito uno cuyas barrigas y botones tirantes siempre dejan bien en claro que salir con ellos es el equivalente a comer y beber como condenados, así que he llegado a mi casa con un mareo importante que provocó que me tropiece con la mitad de las cosas de mi sala de estar, a eso de la una de la madrugada. ¿Qué debatimos? Muchas cosas, pero ahora mismo la mitad de ellas se encuentran en una nebulosa y la verdad es que no podían importarme menos si consideramos como me da vueltas la cabeza. Lo peor empieza cuando me dejo caer, aún en traje, sobre mi cama. Un error garrafal.

Lo siguiente que sé es que estoy encogido sobre el inodoro de mi baño en suite y vomitando hasta las tripas, con el sonido de mi garganta haciendo eco entre el mármol. Es como si mis intestinos se hubiesen transformado en víboras y me tambaleo en cuclillas, notando el sudor helado pasar por mi nuca y frente. ¿Qué demonios he comido que me ha caído de esta manera? ¿O ha sido la mezcla con el alcohol excesivo? Estar ebrio no es algo que alguna vez me haya afectado, así que esto es terreno desconocido para mí. Al menos puedo agradecer que es esto y no me ha dado un ataque de diarrea.

No sé cuando me he quitado la corbata, pero la pateo cuando consigo ponerme de pie tambaleándome de un lado al otro hasta llegar al lavabo, donde escupo algunos restos junto a su desagradable sabor. El vistazo al espejo me da la imagen de un rostro pálido, ojeroso y un cabello despeinado, lo cual debe ser algo completamente penoso si lo combinamos con mi torso encogido hacia delante. Voy a matar al señor Kirke la próxima vez que me haga probar esa extraña mezcla de licores, lo juro. Abro y cierro los ojos en un intento de aclarar mi mente, ayudándome con el agua fría para mojarme la cara, la nuca y el pelo y paso a cepillarme con rapidez los dientes en un intento de sacarme el asqueroso gusto de la boca. Salgo del baño abrazado a mi abdomen y respiro con lentitud, tratando de encontrar una solución en un cerebro que no tiene idea ni de cómo me llamo ahora mismo. ¿Llamar a mis empleados? Hacer que salgan de su vivienda en los terrenos me da cierto repelús, especialmente porque creo que jamás he llegado así y no deseo que mi figura se vaya al tacho. ¿Qué otra opción tengo? Podría llamar a Josephine, pero soy su jefe y… no. ¿Phoebe? ¿Reynald? ¿Alguien? ¿Quién podría darme algo para calmar la conga de mi estómago? ¿Y qué es? ¿Mezcla o una infección estomacal?

No estoy seguro de qué estoy haciendo, pero en un abrir y cerrar de ojos he desaparecido de mi habitación y me tambaleo al aparecer en el porche de entrada de la mansión Leblanc. Toco el timbre con la frente apoyada en el marco de la puerta y ruego que algún elfo esté despierto para abrirme la puerta, aunque dudo que Eloise sea de aquellas que permiten que la servidumbre se quede después de la cena. Al final, abre la persona que no esperaba que lo hiciera y la que, en realidad, he venido a ver — Señorita Tremblay — mi voz es temblorosa y floja, muy diferente a su tono habitual, ese que intento imitar sin éxito alguno — Perdón la hora, pero me gustaría saber si tienes cinco minutos de tu tiempo. Es que… — ahí se fue mi dignidad. En ese mismo momento en el cual no puedo terminar de hablar porque me doblo sobre mí mismo y vomito a sus pies lo poco que ha quedado dentro de mi cuerpo, ignorando por completo lo largo de sus piernas en pijama. Que desperdicio.
Hans M. Powell
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Ministro de Justicia

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Mensaje por Hans M. Powell el Dom Ene 06, 2019 11:17 pm

¿En la ducha? — aventuro con una risa pintada — Lo máximo que puedes aspirar a escuchar de mi parte, es que te cante el “feliz cumpleaños” — la mayoría de mis relaciones son laborales y las que mantengo a nivel personal no incluyen cosas que se asemejen a la música, a excepción de esa vez que con mis amigos decidimos festejar mi cumpleaños y terminamos borrachos en un karaoke, algo de lo que usualmente no hablamos al menos que deseemos poner en vergüenza a alguien en particular. Son anécdotas que casi nadie creería que pertenecen a mí persona — ¿Una planta? Si lo deseas… — no tengo la costumbre de regar, así que de seguro pasaría a ser problema de Josephine a los dos días.

No he escuchado mucho del señor de Leblanc, solo lo justo y necesario que Eloise quiera contarme, así que es un poco extraño el imaginar su matrimonio… bah, jamás los he imaginado, pero ahora mismo mi cabeza anda volando por cualquier lado y tiene sentido que delire alguna tontería sobre una pareja feliz — Jamás dije que no soy mandón. Hay unos cuantos que sé que me detestan, pero me da igual. Mi trabajo es asegurarme que ellos hagan el suyo, así que si son unos inútiles no es mi problema — si soy pesado, es porque ellos se lo buscaron.

Que me llame por mi nombre, a pesar de haber sido mi petición, no deja de sonarme extraño, posiblemente porque estoy demasiado acostumbrado a ese respeto que siempre intentamos mantener cuando nos cruzamos al no tener precisamente un trato de confianza. Lo que debería ser más raro, de todos modos, es su manera de tambalearse por mi culpa y ese breve instante en el cual parece que va a caer conmigo se torna confuso, posiblemente porque el mareo hace que todo parezca mucho más grotesco de lo que en realidad es. Permito que se acomode así me apoyo en ella, pasando algo de mi peso a su cuerpo y preguntándome si estoy en estado de desaparecerme sin terminar partido en dos. Por las dudas, no tomo el riesgo — Es una suerte que seas alta, sino estaríamos en problemas — le balbuceo, pasando mi brazo alrededor de sus hombros. Soy algunos centímetros más alto, sí, pero no hace demasiada diferencia en un momento como este. Nuestro camino hasta el dormitorio debe ser algo tonto de ver, en especial si tenemos en cuenta mi modo de arrastrar los pies y como éstos se chocan con algunos de los bordes de los escalones cuando subimos. Nunca el decorado de esta casa me importó menos, así que apenas me doy cuenta cuando entramos al dormitorio y mis ojos se posan en la cama como si fuese el tesoro más preciado. Me encantaría poder regresar a mi casa, pero al no ser capaz de hacerlo esto es lo más tentador que he visto en toda la noche.

Tomo asiento sobre el lecho y como un niño idiota me hago rebotar suavemente, hasta que me percato de lo que estoy haciendo y me detengo. Méndigo alcohol, me arrebata toda la dignidad que estaba tratando de mantener a diestra y siniestra. La sigo con la mirada y soy consciente de cómo ladeo la cabeza hacia un lado cuando la veo estirarse en busca de vaya a saber qué, hasta que se voltea hacia mí y la observo con toda la expresión de inocencia que creo que soy capaz. Incluso le pinto una sonrisita de labios apretados de persona que no estaba viendo nada hasta que me tiende las cosas — ¿Quieres que me dé una ducha? — tiene sentido, si consideramos que soy un asco andante, pero por alguna razón no me lo esperaba. Agarro las cosas entre mis brazos y las pego contra mi pecho — Si me caigo, supongo que te darás cuenta por el ruido — y realmente espero que no lo haga, porque ahí terminaría de perderme el respeto.

Estiro el cuello para ver cómo sale del cuarto y procedo a pasar al baño, el cual es tan blanco que afecta momentáneamente mis ojos cansados. Cierro la puerta, acomodo las cosas sobre la tapa del inodoro y abro la ducha fría, a sabiendas de que es mi mejor opción en una situación como la actual. Solo bastan segundos para que me encuentre temblando bajo el chorro, quejándome del dolor que me producen las gotas golpeándome a toda velocidad, pero agradecido por como el sudor se limpia de mi piel. Por suerte, estoy tan apresurado por llegar a la cama que salgo de la ducha en pocos minutos, secándome con movimientos lentos pero firmes. Cuelgo la toalla y, acostumbrado a que alguien más lo haga por mí, dejo la ropa a un lado sin tocarla para empezar a vestirme con el bóxer y el pijama. Cuando salgo del baño con la anatomía como si me hubiesen matado a golpes, ya tengo el pantalón (el que me puse dando varios saltos por mi poco equilibrio actual) y me estoy pasando la remera por la cabeza, lo cual hace que tarde un momento en ver que Ariadna ha regresado, así que doy un bote hacia atrás y me choco torpemente contra un mueble, lo que provoca que algunos libros se caigan con un estruendo — Casi me das un paro cardíaco — la acuso, consciente de como mi pecho sube y baja a toda velocidad. A falta de mi varita a mano, son mis manos atropelladas las que tratan de acomodar los libros, hasta que me doy por vencido y los dejo con un chasquido de lengua. Me masajeo la panza en un intento de contener lo poco que aún queda revuelto y me acerco a la cama, arrastrando los pies descalzos — ¿Vas a quedarte a contarme un cuento? — tiro de las mantas y me subo al colchón, no muy seguro de si tengo frío o calor, así que tomo una sábana y solo cubro una de mis piernas — Creo que no uso uno de estos hace años — admito, pellizcando la tela del pijama que me cubre el pecho — Me siento un enfermero en prácticas. ¿Tienden a tener muchas visitas nocturnas o soy uno de esos casos aislados? — como si estuviese en mi propia casa, acomodo las enormes almohadas detrás de mi espalda y me recargo contra el respaldar, mirándola con tanta paz y confianza que realmente espero que no se note que por dentro estoy solamente rogando que la cubeta se quede cerca de la cama.
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Mensaje por Ariadna T. Tremblay el Mar Ene 08, 2019 6:31 am

Ya quisiera, señor Powell.— Respondió esta vez al comentario del hombre intoxicado, sin soltar el agarre a su brazo, para que el termómetro hiciera su trabajo correctamente. —¿Esa simple canción? ¿Después de todo lo que he hecho por su salud?— Intentó mostrarse ofendida, sin embargo no lo consiguió durante tanto tiempo...Porque lo entendía. Ella tampoco le cantaba a desconocidos, amigos o familiares, tal vez ni su madre la había escuchado alguna vez.
Una artificial claro, porque no creo que usted se dedique a regar plantas...— Agregó sonriendo de lado con algo de timidez y cuando el instrumento marcó la temperatura, lo retiró con cuidado para guardarlo.

El Ministro hablaba acerca de sus actitudes y relaciones en el trabajo, y sin darse cuenta, Ariadna comenzó a enumerar en su mente las coincidencias o parecidos que tenía con su propia madre. Al completar los dedos de su mano decidió darse por vencida, no tenía sentido continuar por ahí.

Cuando estaba recostada en el sofá, con un libro abierto sobre su vientre y la pila de mantas cubriendo sus piernas, lo que esperaba del resto de la noche era ver a su madre llegar de la oficina, tal vez beber juntas una taza de té y al final si, terminar cada una en su cama. Jamás en la vida hubiese imaginado que estaría llamando al señor Powell por su nombre y menos que su cuerpo casi caería sobre el de él.
Haciendo uso de casi toda su fuerza, consiguió ayudarlo a ponerse de pie y comenzó a dirigirse hacia las escaleras. —Es la primer persona que me dice eso. De niña me torturaban por ser más alta que los niños.— Al recordar eso, empezó a reír por las anécdotas que podría contar...En otra ocasión.

El dormitorio es bastante lujoso, los muebles, la tecnología instalada, los servicios, todo organizado mejor que en un hotel de 5 estrellas, sin embargo, lo que le encantaba a Ariadna de ese lugar, era la vista que tenía hacia los impresionantes jardines privados de la familia.
Dejó al brujo sobre la cama, buscó las prendas que sabía que le harían falta, mas no pasó desapercibida su mirada sobre ella. —¿Se le perdió algo señor Powell?— Preguntó para incomodarlo a propósito y en un gesto involuntario, luego de entregarle las toallas y pijamas, intentó cubrir sus piernas con la fina bata.

Exactamente, un buen baño le vendrá excelente...Y en verdad espero que eso no suceda, no por mi, si no por usted.— Rió y se dirigió hacia la salida de la habitación de invitados. —En unos minutos regreso.— Y cerró la puerta para darle mayor privacidad. Ella estaba acostumbrada a la desnudez, pero la imagen mental del Ministro caído en el baño, le causó un gran ataque de risa.

Antes de volver a subir por las escaleras con la jarra de agua y la cubeta limpia, arregló un poco el sofá, limpió el recipiente con los trapos húmedos e incluso rebuscó en la alacena de la cocina un paquete de galletas simples. No sabía si el brujo tendría hambre, pero al menos serviría si quería estabilizar su estomago.

Creyendo que todavía estaría debajo de la ducha, ingresó sin golpear y la sorpresa cayó sobre ella cuando lo vio apenas vistiéndose. Precioso cuerpo, sí. —Lo...lo siento señor...Hans. No sabía que eras tan veloz.— Dijo colocando el agua y los bizcochos en una de las mesas de luz y el balde junto a la cama. Si, esa fue ella haciendo una broma muy inapropiada. Ariadna, contrólate.

¿Un cuento?— Preguntó riendo y negó con la cabeza cruzando los brazos sobre su pecho. No sabía porqué, pero ver al hombre en pijamas, acomodándose en la cama, le causó mucha ternura. Nada que ver a lo que le transmitía cuando lo veía en los eventos importantes de la isla o Capitolio. —No estoy segura de conocer uno y por favor mantenlo puesto, somos personas decentes aquí dentro.— Pidió apuntando y moviendo su dedo indice sobre él.

No solemos tener muchas visitas nocturnas...— Respondió con sinceridad y con cuidado se sentó en el borde de la cama. —Ahora, necesito que me diga a qué hora deben despertarlo para ir a trabajar, como suelo irme bastante temprano, Lady Cora ya estará despierta...— La rubia intentó acomodar varios mechones detrás de la oreja, pero de nuevo cayeron sobre su rostro como si nada. —Le avisaré para que tenga el desayuno listo y la ropa limpia, también dejaré una lista de los alimentos que evitará por al menos 3 días...O y si algo ocurre durante la noche, sólo grite.— Bromeó y se puso de pie para cerrar las pesadas cortinas color durazno oscuro, así los rayos del sol no lo molestarían durante el amanecer. —Mi habitación está a dos puertas de aquí, lo escucharé.— Explicó con una gran sonrisa amable.
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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Ene 08, 2019 10:41 pm

No, nada — es una respuesta demasiado tranquila, incluso respaldada por el gesto de rascarme la nuca, aunque una parte de mí es consciente de que si ella ha preguntado es porque se percató de mi forma de actuar. Lo bueno es que no es ninguna niña quejosa, lo que evita un momento incómodo donde soy acusado de ser un idiota baboso. Tampoco he hecho nada ilegal… ¿No? Hago una muequita que deja bien en claro que imagino mi culo para arriba en la ducha, cosa que en verdad espero que no suceda porque sería un chismento bastante entretenido en caso de que un sirviente se entere, pero tengo fe en que mi salud no está tan mal como para terminar en esa situación.

Mi cabeza se sacude de un lado al otro mientras le hago gestitos con las manos de que no se preocupe, porque tampoco es que haya visto algo fuera de este mundo; no es como si hubiese salido completamente desnudo y, siendo ella médica, de seguro está acostumbrada a ver algo de piel, a pesar de que no debe ser siempre en una situación como esta — No me toma mucho tiempo el ducharme — digo nomas como un simple dato al azar, tratando de no seguir la corriente de una broma que podría terminar en cualquier lado. No deberían dejarme medio ebrio, medio afiebrado en casas ajenas, mucho menos con una rubia de piernas eternas.

La risa de Ariadna me toma por sorpresa pero se me contagia a medias, poniendo por un momento la expresión de cualquier persona que se siente decepcionada cuando le dicen que no pueden contarle un cuento. Claro que no pongo esa cara desde que tengo diez años, así que no sé bien qué es lo que sale ni por qué es que sale para empezar — No sé quién se piensa que soy, señorita Tremblay, pero no me ando desnudando en casas ajenas sin consentimiento — el tonito pomposo y falsamente educado torna mi boca en una mueca ladeada y divertida, aunque pronto carraspeo y finjo estar interesado en estirar la sábana — Prometo dejar todo arreglado en la mañana — al menos, lo suficiente como para que un elfo pueda encontrar las prendas sin error.

Muevo un poco mi pie para que ella pueda sentarse en el borde de la cama sin aplastarlo, estirando mis labios en una sonrisa rápida — Me siento halagado por la excepción, entonces — sé que sabe que no estoy siendo una persona muy seria, pero pronto me regresa a la realidad y me palmeo una vez más la panza, tratando de evaluar si vomitaré o no durante toda mi jornada de trabajo en el día de mañana. ¿Qué hora es? ¿Cuántas horas tengo para dormir? Sé que es plena madrugada, pero mis ojos no enfocan bien el reloj de la mesa de noche y tampoco me esfuerzo demasiado. He conseguido mi puesto a base de esfuerzo, sí, pero también me permite el tomarme algunas libertades — A las ocho está bien. Llegaré un poco más tarde, pero no pueden culparme si consideramos lo que ha pasado. Eso es lo bueno de ser el jefe — mi rostro es puramente cómplice, aunque la expresión me cambia cuando menciona que debo hacer dieta. Resoplo y me hundo en las almohadas, no muy sorprendido de haber terminado de esta manera pero odiándolo de todas formas — O sea… ¿Si me estoy muriendo, solo tengo que gritar? — me río de mi propia lógica, aunque de un modo tan ronco que tengo que golpearme el pecho para evitar que me suba una nueva arcada — Me parece bien. ¿Te gustan los chocolates o el vino, Ariadna? — pregunto como si nada, mientras aprovecho a acostarme por completo, con una mano detrás de la cabeza para verla mejor — Ya que no me has dado motivos para demandarte… — otra broma — y no quieres mi dinero, déjame recompensarte de alguna manera. Podrías haberme dejado moribundo en tu entrada, si consideramos la hora en la que he llegado, e hiciste todo lo contrario. Un regalo no me parece una mala opción — y si se niega, le va a llegar de todas formas. A mí nadie me gana la última palabra.
Hans M. Powell
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Mensaje por Ariadna T. Tremblay el Jue Ene 24, 2019 2:28 am

Luego de cerrar las cortinas para que el sol no molestara al ministro durante el amanecer, Ariadna se agachó para comenzar a recoger los libros caídos y los acomodó según el orden alfabético.
No tardó más de un par de minutos y definitivamente no borró su sonrisa durante todo el proceso. Todavía no entendía porqué estaba haciendo bromas con ese hombre desconocido para ella, sólo estaba segura de que le gustaba más su lado infantil ebrio, que la máscara seria que usaba durante los eventos exclusivos de la Isla y demás.

No pienso que es nadie, señor Powell. Usted es un completo extraño para mi, por eso la advertencia. No me gustaría que la pobre Lady Cora, cuando venga a despertarlo, lo primero que vea por la mañana sea su pene y testículos. Es todo.— Comentó sin pelos en la lengua y sonriendo se acomodó sobre el borde de la cama. Durante unos segundos su mirada se mantuvo fija en el ramo de flores que adornaba la mesa de luz y aclarando la garganta, volvió a mirar al hombre. —Creo que he recordado uno de los cuentos que papá solía contarme antes de dormir, ¿Quiere oírlo?— Preguntó mordiendo su labio inferior, no solía ser insegura, pero tampoco sabía muy bien como mantener una conversación durante tanto tiempo y no involucrar palabras tales como "erupciones", "coágulos", "tumores", ect. —Puede negarse y lo dejaré descansar....Y no se preocupe por eso, señor Powell, "para eso están los elfos".— Repitió con sarcasmo sus mismas palabras.

Ariadna frunció el ceño, observando como el mayor volvía a jugar con su vientre y para disimular un poco la gracia que le daba, se puso de pie y distraída caminó con los brazos cruzados, leyendo los títulos de los libros que anteriormente había acomodado. —A las ocho le diré entonces... y exacto, aprendió rápido a pesar de que su cerebro sigue nublado por el alcohol ingerido. Si necesita algo, sólo debe gritar.

La pregunta la toma por sorpresa, pues ninguno de sus pacientes se había preocupado por agradecerle, así que sin poder evitar la ocasión, lo miró fijamente y negó con la cabeza. —Me ha tenido hasta altas horas de la madrugada despierta, cuando debo levantarme en menos de tres horas, me ha vomitado encima y no ha quitado la mirada de mi trasero ¿En serio quiere arreglar todo con un simple chocolate o vino? No sé quién se cree que soy, pero menos de un diamante o tal vez un bolso de marca última moda, no recibiré.

Esperó unos segundos y la risa brotó con demasiado entusiasmo, claro que le dio la espalda y aclaró la voz antes de volver a girar para enfrentarlo. —Ya, hablando en serio, no necesito nada...El mejor regalo que me puede dar es cumplir con mis indicaciones de dieta. Así estaré tranquila de que no va a morir sólo en su casa.
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Mensaje por Hans M. Powell el Jue Ene 24, 2019 2:54 am

Soy un hombre adulto, estoy acostumbrado a ciertos términos y vocabularios, pero me es imposible no arquear mis cejas con sorpresa cuando Ariadna no tiene reparos en hablar de genitales. No es que tenga nada de malo, sino que normalmente no la escucho decir más de dos palabras seguidas — Tapado y vestido, entonces, entendido — solo para hacer énfasis en mis palabras, tiro de las sábanas hasta cubrirme un poco más el torso. Me encojo de hombros porque no sé de que tipo de cuentos está hablando, pero siendo franco, dudo mucho prestarle atención. Mi cabeza no anda con todas las luces como para seguir una idea por demasiado tiempo — Si tú quieres… — se lo dejo a su elección, notando el sarcasmo de la siguiente frase. En respuesta, solo le sonrío a pesar de rodar los ojos con un suspiro.

Solo gritar, entendido. Que patético sería encontrarme siendo una bocina vomitiva a las cinco de la mañana, pero creo que no tengo otra opción. ¿No? Rayos, odio esto de no tener una lista para elegir y quedarme con la más favorable. ¿Así es para el resto de las personas? Alguna vez recibí órdenes estrictas, pero ya no lo recuerdo, al menos no en ese tono. Esto de ser como los demás por cinco minutos no me gusta en lo absoluto, mucho menos el hacerlo mientras tengo que usar pijamas de enfermero. Da igual, le asiento con la cabeza y alzo mi pulgar. Puedo intentarlo, aunque no me haga gracia.

La lista por sí sola debería bastar para hacerme sentir culpable, pero es una de las cosas que dice la que me hace abrir la boca con una expresión de indignación que intenta disimular una risa — ¿Yo? Yo no he mirado nada — Mentira, y sé muy bien que lo sabe. Puedo ser disimulado cuando estoy en mis cabales, pero ahora mismo no puedo negar ni afirmar que no se me escapó la obviedad. Al menos, su risa me permite reír como si hubiese conseguido un pase libre para hacerlo y aliso las sábanas con las manos — No voy a morir solo. Tengo a mis empleados — o sea sí, solo. Mis ojos la observan de soslayo, tratando de conectar los puntos de la conversación para no sentir que me he perdido del todo — De todos modos, no seré tan desconsiderado. ¿Qué bolso? — aún no sé si bromeo o no, pero bueno. Termino de hundirme por completo y me acomodo ligeramente sobre uno de mis costados, apoyándome en el brazo para ser capaz de verla — Lamento eso de mirarte… ya sabes, tienes un buen… no importa. Perdón — cierro mis párpados con fuerza y me los froto antes de hacer lo mismo con las sienes. Ya debería callarme, o mañana cuando recupere la total sobriedad voy a querer morirme — En mi defensa, no suelen darse cuenta de cuando lo hago. Ya. Buenas noches — por las dudas de que quiera refutar lo que acabo de decir, me doy vuelta para darle la espalda, me acurruco y tiro de las mantas hasta taparme el mentón. El escalofrío que me recorre es por culpa de mi temperatura corporal, eso lo aseguro.
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Mensaje por Ariadna T. Tremblay el Jue Ene 24, 2019 3:46 am

La respuesta del ministro, sin lugar a dudas, le dio a entender que prefería dormir y no escucharla parlotear acerca de un cuento, el cual probablemente no era cierto.
Fingió estar concentrada en el perfecto esmalte rosa pálido de sus pies, mientras reía por las expresiones y gestos de Hans. —Entonces estamos en la misma página.— Afirmó moviendo la cabeza hacia arriba y abajo.

Cuando entrecerró los ojos, dio un brinco fuera de la cama y arrugó la nariz con disgusto, había estado tan preocupada en ayudar al hombre, que no había recordado limpiar el vomito de sus piernas. —Ya, no has mirado nada, no te preocupes.— Le respondió caminando hacia el baño interno, sin embargo se detuvo al escuchar la continuación. —¿Un buen?— Interrogó con los brazos cruzados, volvió a negar de inmediato y a los pocos minutos se escuchó el ruido del agua caer.
No le tomó mucho tiempo el lavarse y secarse, para posteriormente regresar al borde de la cama donde notó como un niño pequeño se escondía entre las sabanas.

En tú defensa, eso es horrible, ahora hazte a un lado.— Comentó y aprovechando el tamaño enorme de la cama, se movió para acomodarse acostada junto a él, pero a una distancia prudente. Robó una de las almohadas y cuando estaba perfecta, cerró los ojos y empezó a hablar en susurro. —Había una vez un brujo joven, atractivo, talentoso y rico que había decidido no enamorarse, ya que no quería comportarse como un idiota...como les pasaba a sus amigos. Así pues, empleó las artes oscuras para evitarlo.
Todos decían que cambiaría cuando se enamorara de alguna mujer y aunque varias doncellas utilizaban sus encantos para seducirlo, ninguna consiguió cautivar su corazón.
— Se removió para quedar de lado y abrió sus parpados, para observar al ministro. —Los amigos del brujo comenzaron a casarse y tener hijos, los cuales lloraban y hacían que el joven brujo se felicitara por la decisión que había tomado.— Ariadna soltó un suave suspiro, acomodó el cabello que caía sobre su rostro y continuó. —No lloró cuando sus padres murieron, al contrario, se alegró, ya que ahora el reinaría en el castillo él sólo. Guardó su mayor tesoro en el sótano y se entregó a una vida de lujo y desahogo... El pensaba que todos envidiaban su soledad, pero un día escuchó a dos lacayos hablando de él. Uno dijo sentir pena por su soledad, pero el otro preguntó riendo cual sería la razón de que un hombre con tanto oro y dueño de un castillo no consiguiera una esposa, lo que llegó al orgullo del mago. Por esto decidió casarse de inmediato con una doncella como ninguna otra...
Ariadna T. Tremblay
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Mensaje por Hans M. Powell el Jue Ene 24, 2019 4:15 am

Un buen… — Nada — es lo último que pienso decir sobre el tema. Si fuese otra mujer, cualquier otra, sé que le hubiese contestado con sinceridad y dejado que la situación siguiese el curso normal. Y no, no es una actitud de cerdo machista, porque sé muy bien que las mujeres también miran y también opinan cuando lo desean, así que es más bien un modo de evitarse hipocresías y rodeos. Pero Ariadna es mi vecina, hija de una colega y ex profesora y no diré nada sobre su cuerpo, porque sé lo que me conviene. Ya dicen cientos de cosas sobre mí, como para sumarle un escándalo que me giraría en la consciencia, esa que increíblemente tengo aunque la gente diga que no.

¡Ellas también lo hacen! — me quejo con la voz ahogada entre mi brazo en la almohada, pero me encuentro completamente desconcertado cuando el peso en la cama me indica que se está acostando conmigo. ¿Es en serio? Una vez que estoy tratando de portarme bien… ¿Y esto pasa? ¿Qué sigue ahora, que me ande haciendo masajes? Me muevo automáticamente para alejarme un poco más de ella, apenas echándole un vistazo sobre el hombro y paso un brazo por debajo de la almohada, donde vuelvo a acomodarme. Para mí suerte, su voz empieza a contar la historia prometida y, para cuando vuelvo a cerrar los ojos, se me ha pintado una sonrisa cargada de diversión en el rostro. No puedo creerlo. Espero que no quiera que nos hagamos trenzas o algo así porque creo que ya he tenido suficiente por una noche.

Joven, atractivo, talentoso, rico… — ¿Se llamaba Hans, por casualidad? — bromeo en un murmullo. Me ahorro la parte de que además no quería saber nada con el amor, porque creo que eso es algo que siempre he demostrado desde que Audrey y yo terminamos hace más de una década. No es hasta que la historia continúa, que la reconozco — ¿No es esa del brujo que se come el corazón? Me gustaba ese cuento cuando era niño — mamá me lo contaba, como parte de una larga tradición de magos que mi padre desconocía — Lo siento, continúa — abro los ojos, me giro en la cama y me pongo de costado, frente a ella, manteniendo el brazo bajo la almohada. La escucho un momento, aunque escupo un pensamiento al azar que me brota de la nada — No recuerdo la última vez que hablé tanto con una mujer en una misma cama — admito, torciendo el gesto con sorpresa e incredulidad ante mi propio mérito. Intento reprimir un bostezo, así que pego la boca a la almohada un momento y vuelvo a frotar la mejilla, entrecerrando la mirada — Sabes que tu madre puede hacer preguntas si llega y nos encuentra en el mismo colchón. ¿No? — murmuro, aunque la simple idea me pinta una sonrisa divertida — He tenido que darle muchas explicaciones cuando estudiaba con ella, pero nunca una así.
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Mensaje por Ariadna T. Tremblay el Sáb Ene 26, 2019 1:50 am

Definitivamente no tenía idea de qué rayos estaba haciendo, ¿por qué se había acomodado en la cama con él? Y...¿Por qué le contaba un cuento cuando el ministro había dejado en claro que sólo quería dormir? Que estúpida era.
Si quiere que el personaje se llame Hans, no hay problema.— Comentó con una mueca bromista, ella sabía cómo terminaba la historia. Abrió la boca para continuar el relato, cuando la segunda interrupción llegó y sin contenerse, picó con el dedo indice la boca del estomago del hombre. —¿Quiere contar usted el cuento?— Arqueó las cejas y al mismo tiempo movió la almohada para estar un poco más a gusto. —Vale, señor Powell, cierre la boca y trate de dormir.

Ariadna hacia tiempo que no leía historias para niños, sin embargo esa racha había acabado cuando una noche en el hospital, tuvo que quedarse cuidando a un brujo herido.
Este había enviudado tan sólo unos meses atrás y había quedado sólo con una niña de no más de 6 años.
Para poder calmarla, estuvo horas leyendo cuento tras cuento y esa era la razón por la cual recordaba con tanta claridad el famoso cuento de El Corazón Peludo del Brujo.
Para su suerte, al día siguiente en que decidió buscarla, una doncella que cumplía todas las características que él pedía, llegó a la región. El brujo comenzó a cortejarla, y sorprendió a varios por el cambio de actitud, le dijeron a la doncella que había logrado lo que nadie antes.
La doncella se sentía fascinada, y al mismo tiempo repelida por las atenciones del brujo, ya que jamás había conocido a un hombre tan frío y distante. Como los parientes de ésta pensaron que era una unión conveniente, aceptaron la invitación al banquete que el brujo organizaba en honor a la doncella.


La tercera interrupción llega y entonces la rubia decide dejar de lado el cuento, ya que no tenía sentido seguirlo. Intentando mantener la distancia, frunce los labios y al mismo tiempo los humedece con la lengua. —"Me siento halagada por la excepción, entonces".— Responde y una pequeña carcajada brota de sus boca. Obviamente la hija de la ministra de educación sabe controlarse, así que vuelve a su estado de seriedad...Aunque culpa del cansancio, sus parpados se sienten algo pesados. —Yo...— No, chica, por ahí no. Esa información no se revela. —Mi madre no vendría a la habitación de invitados y en caso de hacerlo, sabría que esto es únicamente por trabajo. No es para nada mi tipo, señor Powell.

¿No era su tipo? Ariadna abre los ojos abruptamente y sonríe tratando de explicarse mejor. —Quiero decir, no hay que dar explicación alguna porque nada ha ocurrido. Ya, duérmete. — Y para hacer énfasis en sus palabras, estira la mano y tapa la cabeza del ministro con las sabanas.
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Sanador Especializado

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You called me up again tonight ✘ Ariadna - Página 2 Empty Re: You called me up again tonight ✘ Ariadna

Mensaje por Hans M. Powell el Sáb Ene 26, 2019 2:37 am

No sé que me causa más gracia, si su modo de retarme, de picarme o que me siga el juego por dos segundos. Pero el cuento sigue, así que intento esto de ser una persona que presta atención a lo que sale de la boca de los demás, pero es obvio que no lo consigo. Nadie puede culparme: no tengo el mejor de mis estados.

Hace uso de mis palabras y se me escapan las cejas hacia arriba, sin saber si reírme o no así que solo mantengo una sonrisa incrédula. Veamos, la primera vez que vi a Ariadna ella tendría unos… ¿Nueve, diez años? Fue al pasar, como cuando ves a los hijos de tus profesores pasar por el colegio, pero es una imagen demasiado opuesta a la que tengo ahora. Vacila al hablar, lo que hace que apriete un poco la almohada para darle más volumen, alzar más mi cabeza y poder verla mejor. Esa aclaración me arrebata una risa algo elevada para estas horas de la noche, pero no puedo evitarlo en lo absoluto — Oh, bueno, es genial saberlo, señorita Tremblay — respondo en tono divertido y, a pesar de que todavía sueno enfermo y tembloroso, la actitud cínica se parece mucho más a mi yo de todos los días que al hombre que fui las últimas horas. Y remarca que nada ha ocurrido, me manda a dormir y de golpe me encuentro cubierto como un muerto en la morgue, arrebatándome otra risita que en otro momento yo calificaría como infantil. Recuérdenme otra vez: ¿por qué bebí tanto esta noche?

Sé que nada ha ocurrido, estuve aquí todo el tiempo — empujo la sábana para poder respirar y la aprieto contra mi pecho, haciéndola una bolita entre mis dedos — Y puedes quedarte tranquila. No voy a decir que no eres mi tipo, porque creo que no tengo uno — siempre me bastó con que la mujer de turno me pareciera atrayente de alguna u otra forma, así de simple — pero jamás intentaría algo con la hija de alguien a quien respeto muchísimo. Sé lo que dicen de mí, pero ya sabes… no siempre las cosas son taaan así — si nos basáramos en los rumores, cualquiera creería que yo me metí en su cama sin un gramo de alcohol y no todo lo opuesto — No soy un… ¿Cómo fue que me llamó la vieja del diario amarillista? — intento hacer memoria, poniéndome boca arriba como si la visión del techo pudiese ser de ayuda — Ah sí. “Un sátiro con complejo de dandy”. Creo que vendió bien, pero fue algo ofensivo — ahora que lo pienso bien, es tan bizarro que me quita una vaga risa. Tengo mi vida privada y sé que me tomo libertades o placeres que otros no, pero creo que nunca he sido tan extremista.

Me quedo pensativo unos segundos, sintiendo como la cabeza parece girar frente a la sensación de debilidad luego de haber estado hirviendo en fiebre. La sonrisa se me apaga un poco y meto la mano bajo mi cabeza, picándome el pecho con los dedos contrarios — ¿Crees en lo que las demás personas dicen? — no sé por qué pregunto eso. Tampoco sé muy bien por qué bajo la voz y sueno tan dudoso — No todos, pero muchos me han calificado como al brujo de tu historia. Como si fueses incapaz de sentir algo hasta cometer crímenes inhumanos — como el comerse el corazón de alguien puro, lo cual es demasiado gráfico hasta para mí. No sé por qué me gustaba esa historia cuando era niño. Carraspeo, repentinamente consciente de la estupidez que estoy diciendo — Olvídalo. Solo me resulta llamativo como se ve todo desde afuera — no niego que muchas personas tienen motivos para odiarme, pero no me considero un monstruo. Mucho menos uno de corazón peludo. ¿No?
Hans M. Powell
Hans M. Powell
Ministro de Justicia

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Mensaje por Ariadna T. Tremblay el Sáb Ene 26, 2019 3:20 am

Ya había perdido la noción del tiempo y sabía que por la mañana se arrepentiría sin duda alguna. Ariadna se relajó bastante e incluso sin quitarse la bata, se recostó de lado y colocó sobre su cuerpo un pedazo de sábana, no quería molestar al hombre pidiéndole que se corriera. —Creí que usted era el juez, ¿Acaso la palabra de una persona ebria, al momento del hecho, vale dentro del juicio?— Preguntó con una pequeña sonrisa ladeada. —Usted está intoxicado y ebrio, fácilmente podría haber abusado de usted y no lo recordaría.— Sus mejillas se sonrojaron por completo y esta vez la mano cubrió su propia cara. —Olvide eso, lo que quiero decir es que lo que usted diga frente a mi madre, no bastará o no tendrá validez.

El titular del diario le hace reír, sin embargo la inesperada pregunta le quita todo lo divertido al momento.
Esta vez no quiso meter la pata, cerró los ojos y fingió estar dormida, mas lo único que hacia era pensar en una respuesta honesta.
Un par de minutos después, se removió un poco y en voz baja, susurró. —Nunca hay que creer en todo lo que nos dicen, no hay dos caras de la misma historia, hay miles de ellas. Sólo...Tú con tus acciones has ayudado mucho a la prensa y como dice el dicho: "hazte la fama y échate a dormir".— La rubia colocó ambas manos debajo de su mejilla, si apartar la mirada del Ministro. —Tienes una reputación que no envidio, pero se borrará con el tiempo, tardará más de lo que quieres, pero lo hará.— Elevó las comisuras de sus labios y lo pateó juguetonamente, sin intención de provocar daño. —Resiste...o disfruta.

Ari volvió a darse la vuelta dándole la espalda, pero sólo durante unos segundos, para apagar la luz y dejar encendido el tenue velador. —Puedes demostrarles que están equivocados, puedes hacerlo con hechos.— Un pequeño bostezo interrumpió su frase, así que se detuvo unos segundos y luego continuó. —Pero si te soy honesta, no creo que tú quieras eso..¿O me equivoco?
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