The Mighty Fall
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Give my gun away when it's loaded ✘ Annie

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Mensaje por Hans M. Powell el Jue Dic 06, 2018 3:39 am

Recuerdo del primer mensaje :

Segunda vez en… ¿cuánto? ¿Una semana, diez días? Da igual. Lo bueno de tener una cama inmensa es que puedo girar en ella sin la necesidad de tocar a la persona que tenga al lado, por lo que dormir siempre se resume en una experiencia placentera al menos que tenga algún problema toqueteando la parte trasera de mi cerebro. Ahí es cuando entra el famoso y viejo truco de acostarse con alguien para eliminar pensamientos, agotar al cuerpo y sentirse plenamente satisfecho. Las persianas aún se encuentran bajas, pero algunos rayos de sol se cuelan en la habitación haciendo brillar los ácaros en el aire, dando a entender que es posiblemente media mañana. Nadie se ha molestado en levantar la ropa que ha quedado en el suelo, ni siquiera el corpiño que quedó colgado de una de las lámparas ni los calzoncillos que decoran el borde del televisor. La pulcritud y el decoro se queda en el ministerio.

Tanteo hasta golpear con la mano el despertador que me recuerda una vez más que tendría que levantarme y mis dedos rozan la copa de champagne que quedó a medio vaciar, lo que me hace abrir un ojo con desaprobación por semejante desperdicio. Con un suspiro que delata mi cansancio, cierro mis ojos y mi mano cae hasta rozar el suelo, hasta que giro para quedar panza arriba y paso mis dedos por todo mi rostro en un intento de despabilarme. Estoy hundiendo las uñas en la maraña que suelo llamar cabello cuando vuelvo a subir los párpados y tengo que fruncir el ceño al notar un detalle sobre nuestras cabezas — ¿Es esa mi corbata? — mi voz suena rasposa y profunda, delatando mi penoso estado. ¿Cómo llegó la prenda al ventilador de techo? Ah, sí, creo recordar haberla tenido en la cabeza en algún momento. Da igual, el llegar cansado del trabajo siempre hace que los métodos para ir a la cama se transformen en algo mucho más festivo y apresurado.

La punzada en una de mis sienes deja en evidencia un leve signo de resaca, por lo que cuando el despertador vuelve a sonar le respondo casi con un puñetazo. Giro la cabeza para ver el cabello negro que reposa a mi lado, dándome la espalda, por lo que giro lo suficiente como para picarle el hombro con un dedo antes de con los dientes. A juzgar por el sonido, asumo que está despierta — ¿Tienes excusa para no estar en el trabajo, Weynart? — pregunto en tono jocoso. Considerando nuestros puestos, nadie vendrá a fastidiar si tenemos una coartada. Pasé de preocuparme por las excusas hace mucho tiempo — Solo espero que no hayan caído las defensas en nuestra ausencia o podría ser un bochorno.

Lo único que me falta: encender el televisor y encontrarme con una noticia escandalosa mientras no estoy en el trabajo. La simple idea hace que suspire con pesadez y, como no soporto que no me presten atención cuando la demando, me inclino sobre ella para juguetear con el lóbulo de su oreja — Puedo pedir que nos traigan el desayuno, si quieres. Hay algunos jugos que hacen bien cuando te levantas con resaca — aparto un poco su pelo con dedos cuidadosos y el raspón de mis dientes se vuelve algo más demandante — O un baño. La ducha siempre suele ayudar — si es que te puedes levantar de la cama, para empezar.
Hans M. Powell
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Mensaje por Hans M. Powell el Jue Dic 20, 2018 1:26 am

Ruedo un poco los ojos con cierto toque divertido porque creo que es la primera persona, al menos en mucho tiempo, que me califica como “un amor” sea cual sea el tono utilizado. Puedo comprender lo que dice porque yo mismo he disfrutado de ver pagar a un pariente en carne propia, aunque lo de volver a solicitar el puesto de directora de la arena me toma un poco desprevenido — Ese es el espíritu — aseguro — Dudo mucho de que alguien se oponga a la idea — Annie hizo un excelente trabajo y tiene los contactos necesarios. Las cuentas se hacen solas.

Su pregunta me hace reír, echando un poco el torso hacia atrás — No hablo de pudor, sino que llevo algo más de ropa cuando discuto asuntos de suma importancia — al menos, la mayoría de las veces, para qué mentir. Que lo saque tan rápido no me sorprende, pero de todas maneras me abre los ojos un poco más por una milésima de segundo y se me patina poco a poco la sonrisa que no niega ni afirma lo que está diciendo — Sabes mi modo de trabajar, Annie. ¿A cuántos jueces he seguido los últimos meses porque pienso que no son capaces de mantener al Wizengamot en orden? — desde que dejé mi trabajo como simple miembro de la corte me es imposible no respirarle en la nuca a mis empleados. No estoy en todas las juntas ni en todas las sesiones, pero mi presencia es algo mucho más física de la que debería ser en realidad — Hay mucha incompetencia en nuestro gobierno, mucha suavidad y, si me dejas opinar, poca fidelidad. Hay que tener cuidado a quienes le confías tus tareas.

Sé que los conoces, solo te hago un pequeño recordatorio — mascullo de lado. ¿Una mano amiga? Eso es siempre útil y creo que se lo dejo en claro con el vago asentimiento de la cabeza. Sus labios se sienten incluso más deliciosos ahora que la noche anterior, lo que me provoca un sonido algo ronco y profundo frente a sus últimas palabras, mientras mis dedos juguetean con una de sus rodillas — El mundo es muy simple si sabes leerlo, Annie. Todo el mundo se vende cuando sabes cómo comprarlo, sea cual sea la cara que portes — mis yemas caminan por su cuerpo hasta presionar su vientre y la empujan por el torso, obligándola a recostarse. Es mi cuerpo el que se inclina sobre el suyo, continuando la charla en un ronroneo — Información verdadera pero sin importancia, a cambio de información quizá no tan importante pero que a nosotros nos ahorra mucho trabajo. La gente confía en ti cuando tienes labia, confianza y pruebas de que no los estás estafando — la verdad se compra con la verdad, es una ley básica.

Me trepo con facilidad innata a su cuerpo, apoyando una mano a cada lado de su cabeza — Y sí, quizá he seducido a algunas personas que no tocaría en otras circunstancias y, sí, me he ensuciado más de lo que debería, pero el fin justifica los medios. Hay muchas cosas en juego y eso me importa más que el sacudirme un poco de polvo — mi boca aprieta y pellizca su cuello, recorriendo su clavícula como una nueva exploración, cerrando mis ojos al gozar del contacto cálido de su piel. Mi mano derecha amenaza a colarse bajo la musculosa que me ha robado cuando el golpeteo en la puerta me hace ladear la cabeza, bufando de manera tal que el pelo se me sacude y tengo que incorporarme un poco — ¡Deja el carrito y vete! — exclamo, oyendo de inmediato el “sí, señor” seguido por los pasos que indican que hemos vuelto a estar solos. Trato de acomodarme y agarro la varita, la sacudo en dirección a la puerta y el carrito de la comida entra por sí solo, cerrándose la entrada tras él. Aún con la varita entre mis dedos, me giro hacia ella y mordisqueo por un instante sus labios antes de separarme un poco — ¿Desayuno? Nada mejor como algo de café para digerir nueva información. Debes creerme cuando te digo que lo sé por experiencia.
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Mensaje por Annie C. Weynart el Vie Dic 21, 2018 6:46 am

Se me escapa una sonrisita por lo bajo cuando menciona lo de los jueces, sobre todo porque estoy segura de que al menos un porcentaje de su popularidad se había forjado cuando destituyó a Robostus y a McFarlanne de sus lugares en el Wizengamot. Eran dos vejestorios inútiles por los que nadie sentía un mínimo de simpatía, y que básicamente vivían de coimas y sobornos. Sí, conocía bastante la forma de trabajar de Hans, y era algo con lo que podía estar totalmente de acuerdo. - Me gustaría llevarte la contraria, pero puedo entender muy bien eso de la incompetencia y la suavidad. Aunque debo admitir que no imaginaba que hubiera personas tan idiotas. ¿Poca fidelidad? ¿trabajando aquí? Eso más que hipocresía es simple y llana estupidez.

Podía entender hasta cierto punto que la gente de los distritos del Norte no sintiese demasiada simpatía por el gobierno. Pero que los que vivían aquí, rodeados de lujos y comodidades, sin opresión y con libertad de decidir… ¿qué podían decir en contra de un gobierno que nos había dado todo? Criaturas estúpidas, eso es lo que eran.

No es que necesitara un recordatorio de mis límites, pero no me molesto en refutarle porque comienza a hacerme recordar otras cosas con su tacto. - ¿Todo el mundo? Entonces… ¿cuál sería mi precio? - No estaba segura de tener uno, pero si alguien pudiese ser capaz de encontrarlo, no me cabía duda de que él era el mejor candidato para eso. Me dejo llevar por el empuje de sus yemas, y me pregunto una vez más el por qué tardamos tanto en llegar a este punto en nuestro trato. Después de todo, podía dar fe de que la labia y la seducción eran casi un aspecto físico de todo lo que era Hans, y cada cosa que me explicaba parecía salida de un manual creado por él “El arte de seducir con inteligencia”, podría llamarse.

Mientras sus manos se posicionan a mis costados, las mías se entrelazan detrás de su cuello, en un gesto casi desinteresado mientras lo sigo escuchando con atención. - No estoy segura de que uno pueda ensuciarse demasiado nunca, uno tiene que hacer lo que tiene que hacer, y tú lo has dicho: cum finis est licitus, etiam media sunt licita. - No por nada era una de mis frases favoritas. Bueno, esa y “la victoria está reservada para aquellos dispuestos a pagar su precio”. Aunque debía admitirlo, Hans de verdad sabía seguir esa filosofía de vida.

Me distraigo con el recorrido que sigue su boca, y como mis manos andan muy ocupadas enterradas en su cabello, comienzo a buscar su tacto con las piernas, acariciando con mi muslo su costado y buscando acercarlo un poco más. O al menos lo intento hasta que llaman a la puerta y el momento se pierde en lo que Hans da órdenes y hace entrar el carrito con comida. - Si esa es la excusa, entonces que sea café irlandés, no creo que pueda terminar de digerir todo esto ni en una semana. - Le confieso cuando logro incorporarme pese a mis pocas ganas de hacerlo. Aunque debía admitir, que si bien mi descubrimiento había frustrado un poco el humor de la mañana, no me arrepentía en lo absoluto de las cosas que había aprendido en estos últimos minutos. Era científica, tener información y diseccionarla era lo que más disfrutaba en el mundo.

- Hablando de información que digerir… ¿cómo va eso de ser “papi”?. - La noche anterior no habíamos hablado demasiado y me había olvidado consultarle sobre ese tema.
Annie C. Weynart
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Mensaje por Hans M. Powell el Vie Dic 21, 2018 7:27 am

Te sorprenderías — aseguro — Cuando trabajas en tribunales, puedes ver en primera fila la actitud que ponen algunas personas cuando sugieres los castigos más severos — ceños fruncidos, labios apretados, músculos tensos. Parece ser que algunos magos han olvidado muy fácil el cómo hemos sido tratados en el pasado, pero no tengo ningún problema en hacerles recordar de vez en cuando. ¿Cuál sería su precio? Tengo que meditarlo, pero mi atención está dividida entre su anatomía y las palabras que se van formulando dentro de mi mente — No es muy difícil. Seguridad. Quizá los medios para moverte en tu carrera. Creo que no serías difícil de sobornar si estuviese interesado en hacerlo — más que nada, porque sé que tengo los medios como para conseguir lo que quiera.

“Cuando el fin es lícito, también lo son los medios” — traduzco en un murmullo pícaro, dándole la razón con un movimiento de la cabeza — Si quieres una vida como ésta, algunos sacrificios deben hacerse. Eso incluye comodidades y momentos de ocio — especialmente esto último. Puede que el poder monetario me permita el relajarme de formas que otros solamente pueden poseer en sueños, pero tampoco tengo mucho tiempo para gozarlo. No puedo quejarme: ser Hans Powell es todo un beneficio. “Tocado por la varita mágica”, he oído por ahí; nunca mejor dicho.

Maldigo eternamente la interrupción al tener demasiado vivo el recuerdo de las caricias de sus piernas, así que mi movimiento al acomodarme es un poco ansioso y robótico. Inclino el torso hacia delante para poder agarrar la jarra de café acompañándome de una risilla, ladeando la cabeza de un lado al otro. El líquido pronto llena dos tazas, elevando su vapor de delicioso aroma y recordándome por qué disfruto tanto de esta infusión — Podrías enterarte de cosas peores. Al menos agradece no tener algo demasiado tangible como para preocuparte de veras. ¿Leche, azúcar, ambas? — ofrezco, dispuesto a terminar de preparar su taza.

Ya estoy en proceso de preparar mi propio café cuando la charla sigue, haciendo que casi me atragante con el mismo cuando decido probar cómo está y la palabra “papi” sale de su boca sin reparos — ¿No quieres seguir hablando de los rebeldes? — le pregunto en tono asfixiado. Bebo un poco de mi café para destapar mi garganta y dejo la taza, ya que la idea de untar una tostada se me hace más tentadora para tener la atención ocupada — Bien, si te interesa. Mejor de lo que hubiera imaginado — tampoco es que pude imaginarlo demasiado. Dejo el cuchillo untable y le doy un mordisco a la tostada, sintiendo el pan quebrarse entre mis dientes y quitándome algunas migajas por simple acto reflejo — Meerah es mucho más interesante de lo que pensé. Bueno, al menos no me habla de mocos o dibujos animados — pero supongo que es porque tiene doce años, aunque no recuerdo exactamente qué es lo que hacen los niños a esa edad. Es un detalle del que me percato el que me hace masticar con mucha más lentitud y tragar casi escandalosamente — Se parece ridículamente a mí. Hablo de… — uso la mano libre para señalar mi cara en un gesto circular — No me esperaba eso. Siempre pensé que sería una mini versión de Audrey.

O no. No lo sé, no estoy seguro de saber lo que estaba esperando de ella antes de conocerla. Tengo el tic de golpetear el costado de la tostada con los dedos en un gesto ido y acabo metiéndome lo que queda de una en la boca, llenándome los cachetes brevemente para luego tragar con fuerza. Gracias al cielo, porque creo que me dio el rápido parecido con una ardilla alta y grotesca — Es inteligente. Y creo que no le han enseñado lo que significa el “tener pelos en la lengua” — sonrío vagamente, más para mí mismo que otra cosa y vuelvo a hacerme con la taza — Pero no estoy seguro de que ser “papi” sea lo mío. No lo sé, solo ha sido una vez — la práctica hace al maestro, o eso dicen. Dudo mucho que esa lógica se aplique a los niños.

Aún con el sabor del café que acabo de sorber en la boca, me acomodo para poder dejar un rápido beso en su hombro, aferrando ambas manos alrededor de la calidez de la taza — A veces me sorprende, Annie — farfullo, apenas alzando la mirada en su dirección — de la cantidad de secretos que podemos dejar morir dentro de una habitación — su hermana, mis misiones, la jodida tarea de la paternidad. Nadie puede decir que entre nosotros no existe confianza. Al menos la necesaria.
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Mensaje por Annie C. Weynart el Lun Dic 24, 2018 8:01 am

- Seguridad… buena elección. - No me parece una mala forma de comprarme para empezar. Aunque bueno, también dependiese de la persona que quisiera sobornarme. Aunque de momento prefiero seguir a mi ritmo. No tengo deseos de robar su record como el más joven en ocupar su puesto, ministro Powell. - No todavía al menos. En dos años podría llegar a opinar de manera muy distinta.  Todavía no terminaba de decidir si me gustaba del todo estar en el papel de jefa; perdía demasiado tiempo vigilando inútiles antes de siquiera poder arrancar mi trabajo propiamente dicho.

No me sorprende en lo absoluto que sepa latín, o cuando menos lo que significa la frase, así que le devuelvo la sonrisa y pico con suavidad sus labios a manera de aprobación. - Si en algún momento tienes que sacrificar tu colchón, puedo hacer el favor de sacarte ese peso de encima. - Bromeo. O tal vez no, porque si hay algo que realmente le envidiaba en estos momentos, era el poder despertarse todos los días en esta gloriosa cama. Podría tardar una eternidad en querer salir de ella, pero cada segundo perdido habría valido la pena al final. - Ese sería una buena forma de comprarme también. - Agrego.

El olor a café pronto llena mis fosas nasales, pero no logro identificar con exactitud qué tipo de café es. Lo bueno es que parece fuerte, lo suficiente para borrar cualquier resquicio de resaca que podría haber quedado. - Ambas. Mi respuesta suena vaga y casi distraída, pero en mi defensa sí tenía una de esas cosas casi tangibles que me generaba preocupación. ¿Debería decirle?

Acepto la taza cuando me la tiende y revuelvo con cuidado de no volcar el líquido, acercándomela a los labios y soplando sobre la superficie antes de dar unos sorbos tentativos. - Oh lo siento, ¿estás bien? - Palmeo su espalda un par de veces con la mano que no sostiene el café y dejo que se me escape una risa cuando descubro que no le sucede nada grave. La idea de que se atragante con solo escuchar una palabra es hilarante en verdad si tenemos en cuenta la profesión de Hans, pero no tarda en reponerse y comienza a hablarme de su hija. Que si tengo que ser sincera, nunca creí estar discutiendo este tema de manera voluntaria con nadie, pero luego de todo lo que había sucedido esta mañana, la situación parecía casi normal.

Termino la mitad de la taza en lo que lo escucho y la apoyo sobre mi regazo con cuidado antes de poder contestarle. - Entonces, tienes una hija inteligente, con personalidad, y que se parece más a ti que a tu ex. ¿Y dices que no sabes si podrás ser padre? - Con toda la delicadeza que soy capaz de reunir, llevo mi pulgar hacia la comisura de su labio y limpio un par de migajas que quedaron allí en un gesto casi inconsciente. - No sabré mucho sobre niños, pero suena a que la situación podría haber sido mucho peor para ti. Mientras que tu ex no te joda la existencia, no creo que no puedas tener una relación lo suficientemente sana con ¿Meerah, dijiste que se llama? - Llevo nuevamente la bebida a mis labios, y tomo lo que queda en la taza con rapidez al haberse enfriado lo suficiente como para que no queme mi garganta. - Y aún si no es sana, al menos tienes la intención de hacerte cargo, que es más de lo que puedo decir de otras personas.

Yo sabía muy bien que no había padres sobresalientes e impolutos en este mundo. Sin ir más lejos, mis propios padres habían sido un desastre en sí mismos o bueno, al menos mi madre si consideraba que… - Súmale otro a la cuenta. - Advierto. Quiero decirle, por alguna razón tengo la necesidad de contarle mi secreto, y pese a que confío en que no dirá nada, no deja ser un asunto que me pone en extremo nerviosa. Ni siquiera puedo contener el temblor impaciente de mi pierna, y debo mordisquear mi labio con cautela antes de proseguir. - Incluso si la cagas hasta el fondo, no le ganarás jamás a mis padres. Al menos tú no le mientes a tu hija. Mi madre creyó que era oportuno el no contarme jamás que mi progenitor no es Ludovic Weynart. - Ahí está, por segunda vez en mi vida había podido decir esas palabras en voz alta.
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Mensaje por Hans M. Powell el Jue Dic 27, 2018 3:18 am

Romper mi récord, como si alguien pudiera hacerlo — Si tengo que comprarte dándote mi colchón, prefiero encontrar otro modo o simplemente dejarlo pasar — le guiño un ojo porque creo que los dos sabemos que mi cama no está en venta. Si hay algo que hemos comentado en las dos ocasiones en las cuales hemos terminado bajo las sábanas, es lo excelente que se siente hundir la espalda en un lecho como este. Si quiere dormir aquí, deberá hacerlo conmigo. Tampoco es que me queje, la verdad: Annie es una mujer seductora, pulcra e inteligente y nadie puede negar que es un pequeño mérito y éxito personal el poder acostarme con ella.

Ambos cafés hechos y nada mejor que la cafeína para poder sobrevivir nuestra conversación siguiente. Con la garganta aún picando le hago un gesto afirmativo con la cabeza en respuesta a esas palmadas — Bueno… que sea una niña excelente no quiere decir que yo tenga madera para serlo. No controlo la genética, en cuanto a lo demás… — me explico, apenas bizqueando en un intento de ver como sus dedos limpian mis labios en un gesto que me sorprende al venir de ella. Estoy más acostumbrado a que sea Josephine la que hace esas cosas, o alguna señorita ilusa de turno a pesar de que sé que en Annie no va por ese lado — Meerah, sí. Le gusta que la llamen así, pero es su segundo nomb… bah, no importa — doy un trago generoso de mi café y quiebro algunas migajas en mis dedos, llenándome el estómago con manos casi robóticas — Me haré cargo de todo lo que pueda, pero no tengo idea de cómo se cría un niño. Supongo que tendré que ir dando tumbos como todos los padres — caminar a oscuras jamás ha sido mi método favorito e improvisar solo se me da bien en la corte, con materiales que ya conozco de memoria. Esto es terreno completamente extraño.

Su advertencia hace que mastique más lento lo que me queda de tostada y entorno la mirada en gesto de sospecha, tratando de adivinar antes de que abra la boca. Sea lo que sea, no me esperaba la bomba que suelta y me quedo con la taza a medio camino, mirándola mientras mi cerebro parece hacer cortocircuito antes de empezar a trabajar a toda marcha — ¿Tu madre engañaba a tu padre? — sé que no es el modo con más tacto para tratar de comprender lo que ha sucedido, pero es eso o es adoptada y el modo de formular la oración me tira más a la primera opción. Se me escapa un silbido que retumba en la taza y le doy otro trago hasta vaciarla, lo que me da permiso a dejar mi desayuno y frotar mis manos ya desocupadas — ¿Tú…? ¿Cómo lo supiste? ¿Ella te lo dijo? — Vaya, no sabía que los Weynart tenían ese tipo de dramas. Es oro puro, pero como no tengo razones para utilizar esta información a mi favor, la pateo de inmediato a los cajones de mi inconsciente — Bueno, eso es… y yo que me quejaba de mi mala fortuna.

Se me inflan las mejillas cuando dejo salir en aire en un suspiro que me relaja la caída de los hombros, no muy seguro de cómo actuar a continuación. Es Annie, sé que no ha venido a mí por consuelo y dudo un poco del consejo. ¿Por qué me lo dice entonces? Sé que es una pregunta que no debe hacerse, así que me la trago — ¿Sabes quién es tu verdadero padre? — pellizco uno de los bollos que decoran un platillo de cerámica y me lo meto en la boca, saboreando en un intento de ganar tiempo para saber qué decirle. Acabo teniendo un total y repentino cambio de postura cuando subo mis piernas a la cama, moviéndome de manera que termino sentado como indio con todo mi cuerpo enfrentándose a ella, dando algunos golpecitos en mi mentón con los dedos — No es necesario que diga que nosotros no somos los errores de nuestros padres. No sé que tanto te ha afectado algo como esto… — siempre he pensado en Annie como una persona sin sentimentalismos, pero esta misma mañana me ha lanzado una pila de papeles por la cabeza solamente por ver el nombre de su hermana — … pero por algo soy tu abogado de confianza. ¿No? — mi torso se inclina hacia delante para sonreírle con confianza a pesar de ser solo una muequita, pero sé que ella va a captarlo — No todos tienen la suerte de tener al ministro de justicia cubriendo sus espaldas. Sabes que puedes contar conmigo incluso fuera de este dormitorio — más allá de que me siga debiendo una ducha.
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Mensaje por Annie C. Weynart el Lun Dic 31, 2018 8:28 am

Su respuesta me hace reír, y simplemente ruedo los ojos mientras le regalo una sonrisa de costado. - En algún momento tendrás que decirme de dónde lo sacaste. No querrás que venga tan seguido a usurpar tu cama. - que no lo haría, no iba a arriesgarme a que se perdiera la etiqueta de “casual” por culpa de un colchón, pero no era algo que no hubiese considerado. Al menos era Hans, y no alguno de mis amoríos de una noche; aunque pensándolo mejor, me costaría mucho menos convencer a algún desconocido antes que al ministro de Justicia.

- Niña excelente… - Jamás creí que esas palabras salieran de su boca y no puedo no encontrar cierta ternura en que suene como un padre pese a que él opine que no tiene madera para serlo. Lamento romper tu burbuja, pero ya suenas como un padre orgulloso y apenas y conoces a la niña. Tengo miedo de lo que serás cuando realmente te compre. Dicen que las hijas son más apegadas a su figura paterna. - O al menos esa era la teoría, yo no podía hablar desde la voz de la experiencia en nada que tuviese la palabra “apego” de por medio. Lo más cercano que tenía al cariño era para con mis hermanos, y hasta ahí… - Antes de que puedas acordarte, terminaras presumiendo de Meerah a todos tus conocidos y yo simplemente reiré de fondo. - No de forma burlona necesariamente, pero no había forma de que no me divirtiese la situación de que Hans, uno de los solteros más codiciados del capitolio, se volviese en una figura paternal. Aunque si era sincera, más que reírme de él, me reiría de todos los tabloides. - Es casi una adolescente, creo que no hay forma de arruinarlo mucho y aunque lo hagas, siempre puedes culpar a la madre. - Si es la que la había criado todo este tiempo, no veía como podía afectarle demasiado.

Se me escapa una carcajada cuando Hans reacciona de la forma en que lo hace, y toda la tensión que se había acumulado en mis hombros parece relajarse en ese gesto. - Supongo que ese debe haber sido al caso. Ni yo misma entiendo a mi familia, pero al parecer hay demasiados escándalos internos, y la mitad los averiguo por cuenta propia. - ¿No habíamos discutido sobre Joyce minutos atrás? Probablemente dentro de diez años seguirían apareciendo cosas que ni mis hermanos ni yo conocíamos y simplemente tendríamos que archivarlo y seguir como si nada. A estas alturas sentía que no conocía a ninguno de mis padres, y por lo visto, también sabía poco de mis hermanos. A estas alturas terminaría conociendo más a Meerah por lo que me contaba Hans, que a mi propia familia. - No. ¿Recuerdas cuando hace unos años revisaste las cuestiones legales que requería para experimentar con muestras de sangre de los muggles que obtenían magia? - Ni siquiera espero que responda ya que, conociéndolo, seguramente se acuerde. Nunca en todos mis años de trabajar con él lo había visto dejar una laguna en ninguna cosa que hiciese. - Pues trataba de investigar el gen mágico comparando todo tipo de muestras de sangre, entre ellas la mía, y bueno… el resto se entiende solo. - Si me hubiese visto esa primera semana luego de haberme enterado de eso, probablemente no me hubiese reconocido. Ahora, y si bien me ponía nerviosa, no podía decir que me afectaba de la misma manera.

- La verdad no tengo idea, y no sé si quiero saberlo. - Confieso sin vergüenza, estirando las piernas todo lo que soy capaz antes de volver a enderezarme en el borde de la cama. - Demasiada confianza… eres el único que lo sabe además de Ri. Aunque debería habértelo dicho antes si pienso en que debería estar preparada desde el ámbito legal. - Dejo escapar un suspiro y termino dejándome caer sobre el colchón, entrecruzando mis manos sobre mi abdomen mientras pienso en lo bizarra que fue esta última hora. - A estas alturas me sorprende más contar contigo dentro de este dormitorio que fuera de él. La mañana parecía mucho más prometedora antes de mi ataque de histeria. - Y recién era martes. Gracias al cielo éramos gente profesional y bastante desapegada a nivel emocional, de lo contrario, no sé cómo podríamos afrontar el resto del día laboral.
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Mensaje por Hans M. Powell el Lun Dic 31, 2018 9:55 am

Oh, no empieces con eso — se me escapa una vaga risa entre las palabras, sacudiendo la cabeza con una no muy acertada muestra de exasperación. Lo último que puedo ser yo es un padre orgulloso, a pesar de que admito que la niñata me agrada más de lo que hubiera creído. He visto a muchos papás con sus hijas, pero jamás he podido visualizarme en el papel, ni siquiera cuando supe que Meerah existía — Y menos mal que lo es, porque imagina que esto hubiese ocurrido cuando era una bebé. ¿Me puedes ver cambiando pañales? — ni muerto. Eso sí que ni muerto. Por algo creo que llevo condones conmigo a cualquier sitio en la billetera por si las dudas.

Al menos se ríe y eso es total y completamente un alivio, aunque también me da a entender que lo sabe hace tiempo y lo tiene totalmente asumido. Recuerdo lo que me dice más que bien, pero no me molesto en abrir la boca hasta que su explicación acaba por tomar forma y suelto un “ohhh” por lo bajo que denota entendimiento — ¿Y por qué no dijiste nada? — sé que no debe ser fácil decir algo así en voz alta, pero dudo mucho que pasarlo en soledad sea la solución adecuada. No soy el icono de la amistad y el compañerismo, pero creo que quedó más que en claro que en mí puede confiar. E incluso así puede que no sea capaz de culparla. Tenemos muchas etiquetas para nosotros. Compañeros de fiesta, colegas, socios, amantes de una noche. Algo de esa índole quizá lo hacía demasiado personal.

Como ella se estira me veo obligado a moverme un poco hacia el costado para darle espacio, tratando de ignorar el factor de que no se ha cubierto demasiado — Tiene lógica — le concedo, aunque es lo último lo que me hace reír con desgano — Una cosa no tiene que arruinar la otra. De verdad agradezco que confíes en mí como para contarme algo así. Sé que no debe ser fácil el descubrir que tus padres no son quienes creías. Créeme, estuve ahí — fue una decepción y a la vez un alivio debido al saber cómo era mi progenitor sin la máscara de falso padre amoroso. No pude creer en él ni en todos sus buenos tratos previos porque supe que algo tan simple como una diferencia genética bastó como para destruir a la familia y al supuesto amor que él sentía por nosotros. Annie no debe estar muy lejos de esa clase de desilusión.

Guardo silencio, permitiendo que los sonidos de la mañana se abran paso por la ventana. Lo único que me sobresalta y me saca del trance es el sonido de mi comunicador, vibrando sobre la mesa de noche y haciendo temblar la copa de champagne. Con un bufido, estiro la mano y chequeo el nombre, sabiendo de entrada que sería Josephine — Aún podemos cumplir con lo prometedor antes de ir a la oficina — mi voz cambia de inmediato, cubriendo el tono algo más pulcro y elegante del Hans Powell del Ministerio de Magia — Sé que parece que se ha arruinado, pero siempre he creído que el dejarse caer solamente nos vuelve más vulnerables. Creo que ni tú, ni yo ni nadie debería ver frustrados sus planes o sus intenciones por gente que no se lo merece. Ni tu hermana ni tus padres ni los míos son personas que valgan minutos de nuestro tiempo — al menos que sean minutos que cumplan como equivalencia de hacerles pagar.

Sin ton ni son, dejo el comunicador en su sitio y me inclino sobre su cuerpo recostado para dejar en sus labios uno de los besos más casuales de toda la mañana — Si te interesa, estaré en la ducha. No puedo ir al trabajo apestando a la hermana de uno de mis colegas — con una sonrisita rápida, le doy una palmada en la cintura y me levanto. No es hasta que estoy debajo del chorro de agua corriente que pienso lo fácil y difícil que es a la vez el poder limpiarse los problemas a pesar de lo mucho que éstos quieran aferrarse a la piel.
Hans M. Powell
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