The Mighty Fall
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VERANO de 247221 de Junio — 20 de Septiembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Don't go wasting your emotion • Ben
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2 participantes
Ava E. Ballard
Fugitivo
Recuerdo del primer mensaje :

Desde la última charla que había tenido con mi madre no había podido sacarme todo el asunto de Zenda de la cabeza. No importaba qué estuviese haciendo, siempre había algo, cualquier cosa, que me recordaba a mi hermana, a Echo, o a Arleth y mi cabeza se iba al descubrimiento de esa tarde. Eran gestos pequeños, acciones chicas y completamente comunes, pero no podía dejar de pensar en el “y si…”

Lo peor es que no sabía como volver a sacar el tema con mi madre, porque si bien seguía enojada con ella, sabía que había sobre reaccionado y la había herido innecesariamente. Los días que habían pasado me habían servido para entenderla un poco mejor y comprender que en la situación que vivíamos en esa época, había actuado de manera casi que hasta que lógica. Pero mi terquedad era más fuerte que yo y si bien podía entenderla un poco mejor, seguía opinando que actuaba de manera cobarde al seguir callando lo que había sucedido.

El problema que tenía es que la situación ya estaba siendo más grande que yo dentro de mi cabeza, y si seguía dándole vueltas al asunto terminaría completamente loca. Es por eso por lo que, luego de ver a mi hermana ayudando a Echo en la mañana, no puedo evitar salir huyendo del lugar para ir a buscar a la única persona que podría entenderme en esta situación.

El camino a la cabaña de Ben se me hace corto gracias al tiempo que había pasado viviendo allí, y más por costumbre que por falta de educación termino entrando sin golpear la puerta, demasiado ansiosa como para poder esperar fuera y sabiendo que sin importar lo que este haciendo, no hay nada que no haya visto antes. - ¡Ben! - Lo llamo al no verlo en mi recorrido inicial de la habitación. - Tenemos que hablar. ¿Estás aquí?- Consulto, aún inquieta, mientras me dirijo hacia la cortina que separa su habitación del resto de la sala.
Ava E. Ballard
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Ava E. Ballard
Fugitivo
Lo último que quiero darle a mi madre en estos momentos es más tiempo y espacio del que ya ha tenido, pero no tengo ningún otro plan de acción y me resigno a que literalmente la única opción que me queda es esperar, ¡y es tan sencillo cuando se es una persona TAAAAN paciente como yo! Al menos sus caricias me distraen lo suficiente y el recuerdo de aquella anécdota olvidada me trae otros recuerdos de mi progenitora. - Lo siento. No sabía que iba a ser tan doloroso. Pero al fin y al cabo la que terminó un año sin esos benditos juguetes fui yo. - Termino en un cuasi puchero, porque a Arleth no le había hecho ninguna gracia mi venganza y había decidido que el mejor castigo sería seguir con la broma de Ben y hacer que no recuperase los trastos nuevos hasta la siguiente navidad.

- No sé si podría decirles “bono” pero supongo que tienes razón… - Después de todo, si mi familia no me importase siquiera la mitad de lo que lo hacía, ni siquiera tendría un dolor de cabeza por este asunto para empezar. En fin: Arleth seguiría siendo mi madre, sin importar con quién se haya acostado y Zenda jamás dejaría de ser mi hermana, independientemente de quien haya sido su progenitor. - La puta madre Ben, ¿desde cuándo dices cosas con tanto sentido? - Me quejo de manera burlona, aflojando un poco mi agarre mientras se me escapa una suave risa. Todos nuestros últimos encuentros habían sido tan… ¿movidos?, que había olvidado que mi hermanastro tenía una faceta comprensiva lo suficientemente amplia para calificarlo como un oso de felpa gigante.

- Si el alcohol es tú único precio, hasta iría fuera del distrito a buscar la botella que te robé hace un tiempo. - Le aseguro queriendo demostrarle, aunque sea en chiste, lo mucho que significa el que no me vaya a dejar sola contándole todo a mi hermano. De verdad no sabría como empezar esa conversación con él, y probablemente yo necesitase más de un trago también. - Dos botellas, no eres el único que va a necesitar beber. - Agrego. Y como Cale dijese algo acerca de mis hábitos de bebida, que mi madre me perdonase, pero le terminaría aventando un envase por la cabeza.

Me distraigo en cuanto siento que Ben se mueve y sonrío cuando siento como su cuerpo parece derretirse de a poco sobre el colchón, arrastrándome con su peso mientras puedo sentir como la tensión de su torso parece desaparecer. Es más cómodo y termino amoldándome a su forma como si sobre un puff estuviese, llevando una de mis manos hacia su pecho mientras que recuesto mi cabeza sobre su pectoral. - ¡Oh vamos! Ese sofá es una tortura china cuando de dormir se trata y lo sabes. - Me quejo dándole una palmada rápida, pero sabiendo que lo que dice tiene sentido. Soy probablemente la persona que menos sufra gracias a mi tamaño, y si no fuese porque llevaba días durmiendo para la mierda probablemente ni siquiera me quejaría. - No sé por qué lo dices, la verdad - Bromeo.

No es como si de verdad pudiese hacerme la idiota y alegar demencia. De verdad que no era buena idea que estuviésemos compartiendo cama, con él prácticamente en pelotas; y tampoco era justo que me lo recordase cuando hasta hace dos minutos podía estar en esta posición sin que nada nefasto pasase por mi cabeza. - Creía que el dicho era con cien años, ¿tan poca fe nos tienes? - Me incorporo un poco sobre mi eje, separándome unos pocos centímetros de su cuerpo para poder ver su expresión. - Si ese es el lado bueno…- Dejo escapar un suspiro, y antes de poder siquiera pensar en lo que hago, me elevo lo suficiente hasta poder alcanzar sus labios.
Ava E. Ballard
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Te sorprenderías. Me han dicho por ahí que doy buenos consejos — voy a pecar de dramático, pero es probable que se me dé bien por culpa de los años de mierda que llevo encima, cargados de experiencias para el olvido. Había olvidado esa botella por un segundo, así que se me escapa la risa que se mezcla con una expresión de sorpresa — Tres. Tómalo como un impuesto — además, se me hace que Cale no va a quedarse atrás con la bebida en cuanto escuche lo que tenemos para decirle. Dudo mucho que semejante noticia le llegue por parte de nosotros dos juntos.

La manera en que me río, suave y apenas audible, provoca que su cabeza se sacuda suavemente al estar recargada sobre mi pecho y, si bien no puede verme a la cara, pongo mi mejor expresión de niño inocente por semejante acusación — Ya, ya. Sin quejas ni acotaciones — si seguimos discutiendo sobre el sillón, aunque sea en broma, acabará en charlas que es mejor no tener ahora mismo. Como si no tuviésemos mucho por lo que preocuparnos como para sumarle también una conversación sobre una noche que he estado fingiendo que no pasó.

Me veo obligado a abrir uno de mis ojos al sentir como se mueve y la veo acomodada en un intento de verme la cara, encogiéndome de hombros vagamente porque la verdad es que no estoy seguro de si nos tengo fe o no. La suerte jamás se colocó de mí lado a excepción de contadas ocasiones y sé, muy a mi pesar, que no tendremos jamás una vida precisamente tranquila — Bueno, ten en cuenta que podría ser peor — hubiera buscado un ejemplo de situación hipotética que podría arruinar las cosas, pero su accionar me toma desprevenido cuando siento sus labios sobre los míos con una suavidad y naturalidad que jamás habría sospechado viniendo de ella. Mi instinto me lleva a dejar caer los párpados una vez más y regresar el gesto en un beso cálido, sonriendo de manera apagada contra su boca antes de presionarla una vez más con algo de rapidez. ¿Qué fue eso, precisamente? Ava y yo jamás actuamos de esta manera. Sí, pecamos de desearnos y nos hemos dejado llevar por eso, pero los besos casuales y hasta atentos no son algo nuestro, mucho menos estando acurrucados en la cama. Es algo hormonal o no lo es.

Mis ojos se abren lentamente y me encuentro con ella en una distancia corta, mordiéndome apenas el labio inferior al recorrer con la mirada sus facciones. Me tomo el atrevimiento de que mis nudillos acaricien uno de sus pómulos, suspirando como un viejo cansado antes de apartar la mano y esconderla debajo de mi cabeza — Ava, yo… — ¿Yo qué? Tengo el impulso de levantarme y dejarla sola, pero en lugar de eso le sonrío a duras penas — Lo siento mucho, me tomaste por sorpresa — confieso. La mano que todavía apoyo en su espalda le da algunos toquecitos rítmicos, apenas tamborileando los dedos. Me obligo a mirar hacia otro lado, clavando los ojos en la pared contraria como si el no verla me ayudase a pensar mejor — No tengo intenciones de que las cosas sean más complicadas de lo que ya son — lo último es solo un susurro en tono de declaración porque, sí, nada entre nosotros puede ser completamente lineal y aún no descifro el por qué.
Benedict D. Franco
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https://www.themightyfall.net/t8228-franco-benedict-desmond#9926
Ava E. Ballard
Fugitivo
- Ya te estás abusando… tres botellas caras no eran nada fáciles de conseguir, y si tenía que esperar a hablar con Cale hasta obtenerlas… Pues podría guardarme la charla hasta la mayoría de edad de Zenda y aún no haber conseguido la tercera. A menos claro que saliésemos más allá del Once; pero no tenía excusa alguna que pudiese servir de justificación a mi madre, y tampoco quería alterarla más con peticiones innecesarias. - Además, ya cobraste algo a manera de impuesto aquella noche. - Y me muerdo la lengua porque de verdad no quería desenterrar ese tema del ataúd, pero mi boca no suele estar conectada con mi cerebro y generalmente la lengua se me suelta antes de poder siquiera repasar lo que estoy por decir.

- No veo el por qué de su risa, señor Desmond. - Mentira. Sé muy bien el por qué, pero eso no implica que no aproveche cualquier idiotez para traer a flote su segundo nombre y así divertirme, aunque solo sean unos segundos. - Ya, ¿quedamos en que ese sillón es hermoso para todo lo que no implique dormir en él? - O comer, porque si hay algo que era increíblemente molesto, era levantarse con las migas de lo que fuese que hubiese comido la persona anterior pegadas a lo largo de todo mi culo.

Por suerte me distraigo del sofá con rapidez antes de que mi mente vague a determinadas situaciones; lo malo es que sin eso en mente solo me quedaba enfrentar a mi hermanastro y a lo que sea que haya pasado por mi cabeza al momento de besarlo. Al menos no soy la única, Ben me devuelve el beso con una inusitada ternura y hace que se me encoja un poco el estómago por un motivo que no logro comprender. Estaba acostumbrada al tirón que me daba cuando las cosas se ponían intensas entre nosotros, no era difícil distinguir el deseo cuando iba acompañado de un millar de sensaciones que terminaban por abrumarme. Pero ahora, la caricia que me propina es suave, tranquila y casi que hasta casual.

Parpadeo con rapidez cuando cesa el contacto de nuestros labios y lo miro con una confusión que no debería tener al haber sido la que inició el beso. Pero la tengo y por unos segundos no me encuentro segura de cómo actuar. - Tranquilo, yo también me tomé por sorpresa - Me sincero. En serio, ¿qué demonios había sido eso? - ¿Acaso se pueden llegar a complicar más las cosas? - Se me escapa en una risa irónica ya que, a fin de cuentas, de verdad no creía que eso fuera posible.

Sin saber muy bien que hacer, desvío la vista hacia un costado y jugueteo de manera inconsciente pasando las yemas de mis dedos por su clavícula. ¿Qué rayos había sido eso? No sabía cómo tomarme los últimos minutos que pasaron y mucho menos podía entender el impulso que me había salido de vaya a saber dios dónde. Confusa, vuelvo a levantar la vista y no me sorprende que él esté esquivando mi mirada también. Ya qué…  - Perdón, no quiero tomarte por sorpresa de nuevo. - Le advierto, tentativa, antes de llevar mi mano hacia su mandíbula para volver a besarlo, buscando entender un gesto que se me hace nuevo y cotidiano a la vez.

De nuevo es un contacto suave, cálido y tan natural, que me confunde aún más que antes. Se siente cómodo, y aunque no se me vuelve a encoger el estómago, siento un ligero escalofrío que me obliga a separarme de él, aunque mi boca siga quedando a pocos centímetros de la suya. - Lo siento… ¿Cómo decías de que podía ser peor? - Consulto al recordar su comentario anterior.
Ava E. Ballard
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Chistes o no, los comentarios sobre la torre, el alcohol o el sofá pasan a segundo plano y me concentro en la mezcla de pensamientos que los últimos minutos han dejado dentro de mí como una maraña desordenada. “No puedo hacer esto”, “deberías irte”, “¿qué demonios estás pensando?” son algunas de las frases que explotan en mi mente como fuegos artificiales, pero todas se extinguen tan rápido como la pólvora porque parece que ella tampoco tiene una explicación. El “pst” de mi chistido apenas se oye, sin atreverme a decir en palabras que las cosas siempre pueden empeorar, pero creo que se lo dejo claro con la mirada que le lanzo. Es mejor no hablar de ciertas cosas.

Su caricia se siente tan bien que en mi cerebro no entra la idea de que esto sea un error, uno que venimos discutiendo y analizando hace mucho tiempo y que, de todas formas, volvemos a cometer. Su voz consigue que vuelva la cabeza hacia ella una vez más, mirándola con cierta confusión — ¿Por qué lo dic…? — consigo una respuesta en el instante en el cual mi voz se extingue en su boca, recibiendo y correspondiendo un beso torpe y pausado. La mano que aprieta su cintura tiene el impulso de echarla hacia atrás, pero el bombeo de mi pecho me obliga a simplemente dejarla allí, sintiéndose extrañamente a gusto en medio de todo el pavor.

El contacto se termina más rápido de lo que hubiera pensado y mis párpados se abren dudosos, clavando mis ojos en los suyos, demasiado cercanos para poder jurar mi inocencia — ehhh… — ¿Es en serio? ¿Ahora es cuando se me van las palabras de la boca? Tengo que pasar algo de saliva para sentir que soy capaz de hablar, pero aún así lo primero que hago es empujarla con cuidado, tratando de sentarme de una buena vez haciendo ademanes con las manos hasta que puedo apoyarlas en el colchón como envión — Ava, vas a matarme — las palabras se debaten entre una acusación y una broma, haciendo un enorme esfuerzo por no girar la cabeza hacia ella. Me rasco la coronilla, revolviendo los pelos que continúan en punta — Sabes que no puedo, que no podemos… — No podemos… ¿Qué?  

Me he dejado llevar con ella, sé que lo he hecho. Sé que me acosté con mi hermanastra cuando no debía y sé que la deseé lo suficiente como para hacerlo de nuevo en circunstancias mucho más culposas. Sé que disfruté de ese beso y sé que una parte de mí quiere besarla de nuevo, pero hay algo en todo esto que se siente torcido. Y no, no es precisamente el que me haya besado, porque extrañamente eso se sintió genial cuando no debería. ¿Qué mierda me está pasando? — He estado tratando de entender todo esto desde la torre, Avs — confieso, pasándome el dorso de la mano por la nariz — Y… no lo sé. Cuando estoy con Alice, todo el mundo se siente en calma. Es estable y natural y creo que jamás me he sentido tan pacífico y feliz puaj, que cursi que es lo que acabo de decir. Ruedo los ojos ante mis propias palabras, atreviéndome a ladear el rostro en su dirección — Pero cuando estoy contigo, es como si todo explotara. Lo equilibrado pierde su equilibrio y cuanto más quiero escaparme de eso, más quiero tenerlo. Es… diferente.

El bufido que dejo salir es de mera frustración y me dejo caer sobre la cama de nuevo, esta vez completamente recostado y de manera tal que mi cuerpo rebota en el colchón. Vuelvo a clavar la mirada en el techo, manteniendo el rostro taciturno y ceñudo, mientras mis labios se aprietan entre sí en una fina línea de pensamiento — No sé cómo llamarlo, pero sé que a ti te pasa lo mismo que a mí — no le estoy consultando. Entre toda la mierda que es nuestra familia, solo tengo la certeza de que a ella le pasa algo conmigo, sea lo que sea. ¿Cómo llegamos a esto en primer lugar? ¿No pueden volver las competencias y los chistes, por favor?
Benedict D. Franco
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Ava E. Ballard
Fugitivo
Nunca me había sentido tan identificada en la vida con una sílaba, hasta que Ben deja que se le escape un dudoso “ehhh…” en lo que busca qué contestar. Porque todo esto, sea lo que sea que es, se siente como un gran “ehhh…”, incierto, confuso y que parece no tener final alguno; cómo el preludio de algo que sin importar qué, no es correcto. No entiendo nada, y mi propia tranquilidad acerca de mi confusión es perturbadoramente molesta, casi como si toda yo estuviese de acuerdo con no comprender.

Tratando de no sentir su gesto como un rechazo a una invitación que no he formulado, me dejo mover por Ben mientras él mismo busca incorporarse sobre el colchón. La repentina lejanía que aparece entre nuestros cuerpos, aunque escasa, me permite respirar con normalidad nuevamente pese a que no me había dado cuenta que estaba teniendo problemas con ese movimiento mecánico para empezar. Nerviosa, me muerdo el labio inferior con suavidad, y no puedo evitar rodar los ojos cuando declara, otra vez, que voy a ser la causa de su muerte. Lo divertido del asunto es que, por alguna extraña razón, siento que él va a ser la causa de la mía. Cuando repite que no podemos… me abstengo de contestar con un sardónico “lo sé”, solamente porque no creo que haga falta volver a enumerar todas las razones por las cuales todo… lo que sea que sea esto, es incorrecto de alguna forma. La lista la conocemos bien, pero somos expertos en hacerla desaparecer a conveniencia, olvidando que hay algún tipo de motivo por el cual esto está mal para empezar.

Escucho su explicación con tanta atención que debe ser casi surrealista, incluso hasta para él, que lo deje hablar sin interrupciones de mi parte. No es secreto de estado el que no soy buena para escuchar sin discutir, o para discutir sin haber escuchado antes. Pero en este caso lo hago, y trato de procesar sus palabras junto con mis pensamientos tratando de lograr entender de esa manera qué es lo que nos está sucediendo. Es inútil y la única conclusión a la que llego, es que siento que estoy de nuevo armando el rompecabezas del barco.

Tiempo atrás, en alguna navidad o cumpleaños alguien me había regalado un rompecabezas de dos mil piezas. Por la foto de la caja se podía observar que era de un paisaje marítimo: puro cielo y mar, y con un solo barco en el medio; era una postal hermosa, pero no lo suficiente como para tentarme. La realidad era que, siendo como soy yo, creí que un rompecabezas era lo último que podría llegar a gustarme y tardé semanas antes de estar lo suficientemente aburrida como para intentar armarlo. Cuando por fin lo empecé, fue una de las experiencias más gratificantes que pude vivir, pero también una de las más frustrantes. Aunque le dedicaba unos pocos minutos al día, tardé meses enteros con ese maldito juego porque todas las piezas, con excepción de las del bote y las de los bordes, eran imposiblemente similares y no podía descifrar dónde mierda se ubicaban. Todas parecían exactamente iguales, cómo si pudiesen ir en cualquier lugar y quedar bien de todas formas. La realidad era otra y por más de que me esforzaba, no lograba hacerlas coincidir. Lo irónico del asunto, es que Ben había terminado por ayudarme ya que la postal le recordaba a su distrito de origen y aún así y todo tardamos un montón en terminar de descifrar cómo iban los patrones de colores. Al final, las piezas terminaron encajando solas y para cuando me quise acordar, el cuadro había quedado terminado, exhibido en una de las paredes de mi antiguo dormitorio en la casa de mamá.

- ¿Recuerdas aquel rompecabezas de hace unos años? - Comienzo, llevándome las rodillas hacia mi pecho y rodeándolas con mis brazos, para luego apoyar mi mentón sobre ellas. - Pues siento algo parecido a eso, solo que mucho más intenso. Tratamos de descifrar un juego con piezas demasiado similares, siendo tercos como mulas, y disfrutando de algo que, por regla general, no deberíamos disfrutar. - Trato de hacerme explicar, aunque parezca una comparación inútil y para nada acorde a la situación. - No entiendo ni mierda de lo que está pasando con nosotros… entre nosotros. Y me molesta, pero la única palabra que se me viene a la mente ahora es: caos. - Suspiro, y le dirijo una mirada de soslayo, girando hasta que mi pómulo queda apoyado sobre mi pierna. - Somos fuerzas caóticas, Ben… - Impredecibles, inestables, pero con una dinámica tan explosiva que todavía no sabía como no nos había golpeado de lleno en la cara.


-Lo lamento, parece que no hago más que complicarte la vida. - Concluyo, resignada a que todo sigue siendo una gran incógnita.
Ava E. Ballard
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
¿El rompecabezas del barco? Es al menos el único que puedo recordar ahora mismo y que haya estado en el catorce, al menos cerca de ella, así que asiento solo una vez. No sé a que viene, pero bueno. Suerte para mí, Ava comienza a explicarse y, poco a poco, empiezo a comprender qué es lo que pasa por su cabeza, que parece incluso más confusa que la mía. Es la palabra “caos” la que me hace sonreír de medio lado con una ironía inocente e inesperada, clavando los ojos cansados en mis manos, volviendo a sacudir la cabeza. Creo que es la primera vez en mucho tiempo que ambos escuchamos lo que el otro tiene para decir y, entre todo el desastre, pienso tomarlo como un milagro. Quizá hacía falta una tragedia familiar para que nos oigamos.

Fuerzas caóticas… — repito por lo bajo y soplo torciendo la boca de manera que mi aliento va hacia arriba, sacudiéndome el flequillo — No podría haberlo dicho mejor — cuando éramos niños, las peleas siempre habían sido inocentes e incluso había adoptado el rol de “hermano mayor malcriador” cuando me di cuenta de que eso molestaba a Cale. No obstante, cuando empezamos a crecer (más rápido de lo que me hubiese gustado) los tratos cambiaron y también el modo en el cual nos veíamos. No importa cuántas cosas hubiéramos compartido en el pasado: las miradas y las sonrisas de Ava la noche de la cueva no eran las de una relación fraternal. Sé que todo eso se perdió en cuanto los dos fuimos lo suficientemente grandes como para ser considerados adultos. La madurez es un tema aparte.

Se me escapa la risa sarcástica y desganada ante lo último, echando la cabeza hacia atrás lo suficiente como para tener un breve vistazo del techo antes de palmearle la rodilla — Lamento decepcionarte, Avs, pero necesitas más que esto para complicarme la vida. ¿O te olvidas de con quién estás hablando? — después de todo lo que he pasado, un poco de inmaduro drama hormonal no va a matarme — Me complicas la moral, pero eso es un tema aparte — cuando por fin la miro, le estoy sonriendo con calma y me tomo el atrevimiento de pellizcar su rodilla de manera cariñosa, tal y como cuando éramos niños y buscaba bromear con ella.

Lo dudo un instante, pero me acerco a ella y presiono los labios sobre su frente, en un rápido beso de contención antes de ponerme de pie como si nada hubiera pasado. Le doy la espalda para alcanzar la silla solitaria del rincón, en la cual reposa la remera que me paso por la cabeza antes de tomar el pantalón; tal vez es hora de empezar el día — ¿Almorzaste? Tengo algo de comida aún si quieres llenarte el estómago — el ofrecimiento es tan natural que, por un breve momento, parece que aquí no ha pasado nada. Ni besos, ni confusiones, ni una confesión que podría tirar abajo toda nuestra estructura familiar. Abrocho mi jean y, sin calzarme, me encamino hacia la salida para tirar de la cortina, a pesar de que me quedo allí de pie para mirarla — Te la traeré a la cama, si quieres. Podemos quedarnos ahí todo el día y jugar a las cartas. Ya sabes, como los viejos tiempos — porque sí, aún podemos permitirnos cinco minutos más de normalidad.
Benedict D. Franco
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Ava E. Ballard
Fugitivo
Cuando Ben concuerda con mis palabras siento que firma de manera oficial, que esta es la tarde más surreal que hemos tenido desde aquella noche, meses atrás, en la que Eowyn había interrumpido… bueno, en la que Eowyn la había cagado y todo el distrito había terminado por meterse en dónde no los llamaban. Sin contar la conversación paralela que habíamos mantenido cuando llegué, toda la situación era bastante inverosímil si considerábamos que estábamos manteniendo una charla completamente normal, sin gritarnos, sin discutir y sin alcohol de por medio.

Últimamente lo único que sentía al estar en la misma habitación con él es que no tenía la menor idea de cómo mierda debería tratarlo, como si siempre caminase sobre hielo delgado. Me había olvidado de lo más importante: Ben seguía siendo Ben sin importar qué y no había nada que pudiese cambiar eso. Y era un razonamiento idiota si me lo ponía a pensar, pero era la mejor explicación que podía darle al asunto y la que más me reconfortaba. Incluso cuando pellizca mi rodilla, o besa con suavidad mi frente luego de admitir que pongo en vilo su moral, Ben era Ben. Punto. - Ya, aún así lo lamento, señor moralista…- Respondo con tono jocoso, dando por finalizado un tema que probablemente nunca estuviese del todo cerrado, pero ya qué.

No voy a decir que una parte dentro mío no se decepciona cuando decide comenzar a vestirse, o siquiera que corro la vista para darle una privacidad que ninguno de los dos necesitó tener desde hace muchos años. Y ni siquiera hablo de aquella noche en la cueva; vivir en la misma casa hacía que en más de una ocasión nos hayamos topado con casi todos los miembros en algún estado de desnudez, poniéndose o quitándose alguna prenda. - ¿Alguna vez te he dicho lo mucho que te aprecio? - Consulta mi estómago. Porque no me había dado cuenta del hambre que tenía hasta que menciona el tema del almuerzo y recuerdo que lo último que comí fue una manzana, antes de salir de mi casa esa misma mañana.

- Porque en serio, si te llegaron a sobrar papas asadas vas a robarle el podio a Ken y te convertirás en mi nueva persona favorita. - Mentira, el enano me alimentaba más seguido y no me hacía pasar noches enteras meditando situaciones que me quitaban el sueño. Pero la intención estaba y al menos por los minutos que mi estómago estuviese contento mi afirmación sería cierta. Claro que luego menciona las cartas y bajo las piernas, volviendo a adoptar la posición del indio mientras le sonrío como el gato de Cheshire. - ¿Cómo en los viejos tiempos? Supongo que entonces no puedo sugerir el Strip Poker… - Es obvio que estoy bromeando, y si no se ha dado cuenta por mi voz, supongo que lo hace cuando, riéndome de mi propio chiste termino por agarrar mis rodillas con las manos antes de echarme hacia atrás en una carcajada que amenza con romper mi equilibrio.

Comida, cartas, y nada de complicaciones. No parecía un mal prospecto para lo que quedaba de la tarde...
Ava E. Ballard
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Don't go wasting your emotion • Ben
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