The Mighty Fall
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OTOÑO de 247221 de Septiembre — 20 de Diciembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Knowing me, knowing you ✘ Ava ⁺¹⁸
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Dos noches después de la luna llena. Eso significa: a. Sigo con el sueño cambiado, el humor y el estado anímico por el suelo y b. Ya no tengo excusa para mantenerme libre de las tareas que incluyen a todo el distrito. Sé que no me necesitan cerca de la amiga de Amber y, como todavía tengo el horario algo corrido, mi utilidad se limita a quedarme en una de las torres principales durante toda la noche. Lo bueno es que, como no tengo todas las luces, me han asignado un turno compartido y eso significa que no pasaré horas de soledad congelándome el culo bajo capas de abrigo leyendo alguna novela repetida por enésima vez. El tema que me crea cierto malestar es que, al chequear la lista, veo el nombre de mi hermanastra junto al mío. Algo me dice que Arleth no fue quien armó las listas esta noche, porque dudo mucho que la mujer de mi padre hubiera hecho algo así después de toda la estupidez que nuestra familia tuvo que soportar. Este fue Echo y su despiste.

Opto por no prestarle atención, me devoro una cena rápida y abandono la comodidad de mi cabaña con paso perezoso, cargando una pequeña mochila en uno de los hombros mientras mastico mi postre, una penosa manzana algo arenosa. El distrito catorce se siente pacífico y contrasta mucho con los últimos eventos que han sacudido a nuestra pequeña población, algo que parece haber sido un tema vagamente baneado para no alarmar a los civiles. Pero yo no me olvido de que he tenido que chequear el estado de Beverly, Zenda y Kendrick en más de una ocasión para saber cómo lo están llevando. Alice cree que debo tranquilizarme y Seth solo frunce los labios, pero no dice nada. Sophia ha demostrado cierta preocupación, pero es todo. Ninguno de ellos comprende que yo sé lo que es ser un niño y haber participado de una matanza.

Pero el catorce duerme, o eso creo. Algunas casas tienen las luces encendidas y envidio sanamente a quienes pueden envolverse en sus mantas y descansar. Por mi lado, subo las escaleras hasta asomarme por la torre y me encuentro con que Ava ya está allí, lo que en parte me sorprende porque no recuerdo que sea una persona demasiado puntual. Como sea… ¿Hace cuánto tiempo no estamos a solas? No es que la estuviese evitando, para nada. Las cosas simplemente nos han guiado por diferentes caminos y aquí estamos: destinados a pasar una noche de helada en compañía del otro.

Traje algo de whiskey para combatir el frío — suelto como saludo y saco la botella de mi mochila, con cuidado de que no se me patine entre los guantes. Le sonrío por debajo del gorro de lana que me aplasta la cabeza, de un color azul eléctrico algo ridículo en consecuencia de nuestra poca ropa — Agradece que esta vez te lo estoy compartiendo, no sea cosa que después vayas y me robes de nuevo — y no era mi intención sacar a colación una noche como aquella, pero simplemente no lo pensé a tiempo. Le paso la botella, dejo la mochila y soplo mis manos para darles calor.

Va a ser una larga vigilia.
Benedict D. Franco
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Ava E. Ballard
Fugitivo
No se si es una costumbre adquirida de mi madre, un comportamiento propio o simple instinto, pero pasan días antes de que me de cuenta que la rutina a la que me he estado sometiendo desde la última excursión fuera del distrito no es sana. No es que este tomando un comportamiento autodestructivo ni nada similar, simplemente me llenaba el día con tantas actividades que, para el  momento en el que terminaba el día, no tenía ni tiempo de pensar antes de caer dormida. Claro que tampoco dormía demasiado, generalmente me despertaba alguna pesadilla y en lugar de ser una persona normal y volver a recostarme, terminaba por empezar el día sin importar que fuesen las cuatro de la mañana, en lugar de las siete.

Como dije: no era algo sano, pero al menos me permitía no darle vueltas a todas las cosas que habían sucedido en los últimos meses. Claro que también ayudaba no vivir más con mi madre o en la cabaña de Ben; mientras que Stephen rara vez se percataba de mi presencia, los nuevos muchachos no me conocían lo suficiente como para saber que las ojeras por debajo de mis ojos no solían ser un look permanente en mi rostro. ¿Lo malo? no podía evitar a todo el mundo, y la excusa de "estar ocupada" solo servía cuando de verdad no había actividades obligatorias que cumplir... como la guardia compartida en las torres con mi hermanastro ¡Yay!

Al menos sabía que mi madre no estaba vigilándome, o tal vez incluso me evitaba lo mismo que yo lo hacía con ella; de lo contrario jamás me confiraría con Ben en un espacio reducido, de noche y sin nadie cerca. Claro que con mi humor actual y sabiendo que mi hermanastro estaría irritable debido a que era la primera guardia luego de la luna llena, tampoco podía descartar que fuese un plan maquiavélico de su parte para que alguno de los dos terminase asesinando al otro. Decidiendo tomar un par de precauciones, me aseguro de colocar en mi mochila una manta, un libro que a este paso bien podría servir para avivar al fuego debido a la cantidad de veces que lo había leído y varios snacks para pasar la noche.

Llego primera a la torre, lo que me sorprendería sino fuese porque últimamente hago todo por inercia, y me instalo lo mejor que puedo agradeciendo que el buzo que le robé a Cale es al menos dos talles más grande y con una capucha que me cubre lo suficiente la cara como para que las ojeras no destaquen entre lo blanco de mi piel. Ben no tarda en llegar y, como es costumbre entre nosotros, no tardo en responder a su saludo con un ruedo de ojos y un "pfff" que indica lo mucho que me afecta su comentario. Acordándome nuevamente de mis provisiones, no digo nada mientras que saco una bolsa de chocolates confitados de colores de su interior y la hago sonar delante mío como si estuviese incitando a un perro. - Y yo que había traído esto para compartir... Una anda tratando de ser buena persona y la terminan tratando de ladrona. - Dramatizo. - Ya qué, tendré que comerlos sola si tanto te quejas por compartir una botella. - Llevándome una mano a la frente y apretando el paquete contra mi pecho, termino por largar una risa luego de mi acto, sin darme cuenta que la capucha se me termina por salir.
Ava E. Ballard
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
La expresión de Ava fue totalmente predecible, lo que me pinta una sonrisa algo socarrona que no puedo controlar e intento, de una manera u otra, que no la note. Como ni se molesta en tomar la botella que le estoy tendiendo, la dejo en el suelo, doy un último mordisco a mi manzana y la lanzo por la torre, sin prestarle un mínimo de atención. Mi relación con Ava pareció enfriarse luego de la última exploración y la verdad es que tampoco tuve tiempo ni ánimos como para querer charlar con ella sobre lo que había sucedido. Las cosas entre nosotros siempre terminaban tomando su propio rumbo me gustase o no, especialmente al estar obligados a seguir en contacto sea como sea.

Lo que sí no me esperaba es que sacase un montón de chocolatitos confitados que de solo escuchar su mención me hacen voltear la cabeza en su dirección, viendo el brillo del paquete entre sus dedos y presionándose contra un pecho en el cual no tengo problema de meter mano en caso de ser necesario para hacerme con uno — ¿Te das cuenta de que, justamente, dije que iba a compartir? — le señalo con una de mis cejas haciendo una pequeña curva — ¿Ves, Avs? Eres tú la que siempre encuentra un motivo para pelear hasta cuando soy inocente. Dame uno — y con la actitud de la impunidad del hermano mayor, le quito de un manotazo el paquetito. Considerando su altura no es muy difícil, aunque sé que tengo que prepararme por si se le ocurre apuntar a mis rodillas.

El ruido metálico del paquete corta la noche y un puñado de confites me cae sobre la palma de la mano. Le paso el envoltorio algo más vacío y empiezo a separar los confites en mi mano con cuidado, organizándolos por colores. Luego, con total naturalidad, empiezo a comer los de color marrón: o sea, los más “feos”. Costumbres que a uno le quedan — Así que… — empiezo a hablar con la boca vagamente llena de chocolate, relamiéndome el sabor dulce que queda tanto en mis labios como en mis dientes — ¿Apostamos que esto fue idea de tu madre para calmar las cosas, de mi padre para ver si podíamos ser responsables o de Echo a quien no le importa absolutamente nada de lo que está pasando?

Honestamente, todas son muy probables, pero opto por la última. Al acabarse los marrones sigo con los naranjas, apoyándome contra las maderas que me permiten observar la calma del bosque nevado. El invierno está muriendo, pero estamos tan al norte que el clima sigue siendo un fastidio — ¿Cómo…? Bueno, hace mucho que no hablamos. ¿Has estado bien? — es una conversación tan banal que me siento ridículo. Mis ojos van disimuladamente a la botella de whiskey, preguntándome si esto va a ser mejor con alcohol desde un principio.
Benedict D. Franco
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Ava E. Ballard
Fugitivo
Al ver lo rápido que se voltea Ben voltea cuando escucha el sonido del paquete de confites, una de las comisuras de mi boca se hunde en lo que intenta ser una mueca burlona, que se termina convirtiendo en una sonrisa de dentadura completa cuando me acusa de buscar motivos para pelear. - ¿Yo? ¿Buscar motivos? pfff... Me doy cuenta de que me acusaste de ladrona. - Es mi infantil respuesta, acompañada de ademanes exagerados de mano para enfatizar mi punto. El cual, a fin de cuentas es inexistente ya que si era sincera sí le había robado el whiskey... detalles, detalles.

No me molesto en soltar un gritito indignado cuando me arrebata el paquete y me limito a cerrar la mochila para dejarla al lado de la botella que trajo con cuidado de no aplastar el resto de los snacks que hay dentro. Tampoco me sorprendo cuando me devuelve el paquete casi por la mitad, aunque no puedo evitar mirarlo intrigada cuando comienza a separar los confites por color, ¡había olvidado que hacía eso! Negando con la cabeza, tomo el paquete y haciendo una especie de pico pequeño vuelco un poco de su contenido directo en mi boca; los colores eran lo de menos, era el chocolate y el "crunch" lo que hacía tan deliciosa a esa golosina en particular... Eso y que eran un bien tan escaso que se disfrutaba el doble al pasar mucho tiempo sin poder probarlo.

- ¿Calmar las cosas? Yo pensaba que mi madre esperaba que terminásemos matándonos. - le confieso degustando los restos de chocolate que quedan entre mis dientes. - Aunque tiene sentido que haya sido Echo, tu padre lleva demasiado tiempo conviviendo con mi madre y su idea de lo que tendría que ser mi virtud como para permitir que estemos solos. Cualquiera pensaría que no podemos estar en un cuarto sin desvestirnos con la mirada, o algo así... - Me estoy por llevar más confites a la boca cuando pienso en lo que acabo de decir y quedo con el paquete a medio camino... ehhh. Enogiéndome de hombros de manera no tan sutil me resigno y como los confites.

En cierta forma era reconfortante saber que sin importar como queden las cosas entre nosotros siempre podemos charlar con sinceridad. Incomodidad y situaciones bizarras aparte.

Claro que luego hace lo que toda persona que no ve a otra por un tiempo hace, y me pregunta como he estado. ¿No había pensado algo sobre la sinceridad segundos atrás? Titubeo unos segundos más de lo que es considerado aceptable, pero me da tiempo a ver como sus ojos se posan en la botella y entiendo a dónde va su línea de pensamiento. - He estado mejor. - Es lo más honesto que puedo decir sin sentir la necesidad de recurrir al alcohol. Si te soy franca, no estoy teniendo tiempo para sentirme de otra manera... ¿Y tú? - Nop, no. Esto de las charlas casuales no es lo mío. - ¿No soy la única que siente que está caminando sobre cáscaras de huevo, no?
Ava E. Ballard
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
¿Será por que me robaste? No sé, yo solo digo… — dejo caer como si nada a pesar de mi mirada recriminatoria y la sonrisita de superioridad. Ava ha sido igual de orgullosa desde que tengo memoria, lo cual jamás ayudó a mantenerme sereno cuando se trata de ganar o perder peleas, por muy idiotas que fuesen. En este caso en particular, sé muy bien que tengo la razón, pero también sé que jamás va a aceptarlo y sería iniciar una nueva batalla campal que no va a tener punto final. ¿Ven? A veces puedo ser maduro cuando se me da la gana.

Con un puñado nuevo de confites en la boca que me tiñen las paletas de chocolate, muevo la cabeza de un lado a otro, sopesando la idea — Sí, también pensé en Echo. No le importa una mierda el drama mientras las tareas estén bien hechas — y odio decirlo, pero Ava es buena en su trabajo cuando tiene ganas. Lo siguiente que sale de su boca hace que la mire entre la sorpresa y la risa, notando por un breve segundo que ella misma no parece haberlo medido antes de soltarlo — Podemos hacerlo, el problema es que tú quieras — sé que es algo totalmente desubicado, pero el verla incómoda podría valer la pena … o sea, el golpe o el grito que posiblemente vaya a recibir en dos minutos.

Todavía recuerdo la última vez que nos vimos, antes del incidente de los aurores. Hicimos un pacto que deberíamos cumplir, pero la conversación previa había sido de lo más subnormal. Me centro en comer mis chocolates como si fuesen mucho más interesantes que ella e incluso asiento de forma comprensiva cuando intenta explicar como se encuentra, hasta que la sinceridad que la caracteriza aparece en escena y me hace sonreír, más para mí mismo que para ella — No, no lo eres — me meto los últimos confites en la boca y limpio mis manos frotándolas rápidamente entre sí, esperando que los guantes no hayan quedado con restos de chocolate — Para serte honesto, últimamente no sé cómo hablar contigo.

La primera vez que todo se fue al caño entre nosotros, hace años, fue incómodo en un principio. Con el tiempo, nuestra relación volvió a la normalidad hasta que las cosas empezaron a torcerse y el pequeño factor de que todo el distrito lo supiera lo hizo mucho más real de lo que ya era. Como cuando estás completamente negado a algo y que alguien lo diga en voz alta lo transforma repentinamente en algo corpóreo. Además, nuestros gritos en la expedición y la actitud del resto del mundo solo han servido para crear una barrera entre nosotros, a pesar de nuestro intento de amistad.

Con un resoplido, acomodo mi gorro para que me cubra la punta de las orejas, algo que mi cabello ayuda a realizar — Lamento haberte gritado en el claro — acabo soltando, aunque evito por todos los medios el mirarla al ponerme a juguetear con la punta de los guantes, apretando la zona de las yemas — No fue el modo. Y también lamento el no haber preguntado cómo estabas después — los niños han sufrido, pero Ava no es muy diferente a ellos — Me sacas de quicio en varios aspectos, Avs, no es novedad ni tampoco excusa — Vamos, que patético que es esto. ¿Podemos pasar a beber y ya?
Benedict D. Franco
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Ava E. Ballard
Fugitivo
- Ladrón que roba a ladrón... - dejo salir con un tono casi en forma de cantito. Después de todo, no podíamos decir que en el distrito adquiriésemos todo por medios precisamente decentes, mucho menos una botella de la calidad que había tenido aquella. Claro que también teníamos reglas implícitas dentro del distrito con respecto a cómo se repartían y almacenaban las cosas, pero de nuevo Ben también estaba en falta por haber escondido esa hermosa bebida. Ladrona sí, culpable: nunca.

Llevándome un par más de confites a la boca, termino por enrollar la abertura del paquete para luego guardarlo en mi bolsillo; era el único paquete de chocolate que había traído y esperaba poder disfrutarlo cuando estuviese más avanzada la noche. Una ráfaga de viento frío pasa suave y lo agradezco, puedo decir que el escalofrío que me da en esos momentos es producto de eso y no debido las palabras que acaba de soltar Ben en una clara muestra de que siempre sabe como sacarme de quicio u... otras cosas. - ¿Desde cuándo ese es el problema? - Le devuelvo desafiante. - Aunque no creo que a Alice le guste mucho la idea, ¿o acaso...? - Hasta donde sabía todavía seguían juntos, o lo que fuese que estuviesen teniendo; pero había pasado tanto tiempo desde que había hablado con él que la verdad no podría afirmarlo.

Su sinceridad momentos después me alivia más que cualquier otra cosa. Llevaba semanas sin saber como tratar a Ben, y la situación en rasgos generales tampoco ayudaba. Las expediciones casi mortales, las discusiones estúpidas, los momentos de calentura, los cuchicheos del distrito, el destrato que teníamos hacia nuestros padres; la lista podía seguir y como no aclarásemos las cosas, lo de ser amigos sería una hermosa ilusión que se limitaría a reuniones cuasi familiares en navidad y año nuevo. Tenía que admitir que ese panorama no me gustaba en lo más mínimo.

- No, no te disculpes. - Me apresuro a decir sin estar segura de si era porque no quería pensar en aquella excursión, o porque de verdad: Ben no tenía por qué disculparse. - Me comporté como una idiota, no solo en el claro sino que en general. Corrección: me sigo comportando como una idiota. - Me dejo caer contra una de las maderas con resignación mientras evalúo como seguir con esta conversación. - Al menos los dos sabemos que no hacen faltas excusas. No soy la única que saca de quicio al otro, pero creí que esa era la manera en la que funcionábamos casi que por inercia.

Me llevo una mano al pelo con frustración y dejo escapar un gruñido bajo. - Odio que últimamente siento que tengo que pensar cada cosa que digo cerca tuyo. No se si te diste cuenta, pero lo de pensar antes de hablar nunca fue lo mío. - Miro de soslayo la botella y no puedo evitar debatirme entre si es una mala o una muy excelente idea el que la haya traído. No quería tener que beber de ahora en más para sentirme cómoda hablando con mi hermanastro, terminaría convirtiéndome en la alcohólica del distrito antes de que terminase la semana.
Ava E. Ballard
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Tengo que darle la razón en eso al menos mentalmente, pero jamás lo voy a decir en voz alta. Esa botella era mía y fin de la discusión, incluso cuando han pasado meses y todavía sigue siendo un asunto que da que hablar. Para mí suerte, o no, ella me responde de un modo que me deja algo pensativo, mirándola como si en su cara pudiese encontrar la respuesta al título que se supone que comparto con Alice pero que ninguno de los dos dice en voz alta — Bueno, no hablamos de eso. Una vez sola salió el tema, pero no éramos nada. Solo se burló de haberme acostado con las dos mujeres de la cabaña — me encojo de hombros porque fue hace mucho tiempo. De hecho, fue el primer desayuno a sola que compartimos después de la primera vez que estuvimos juntos — Luego no… bueno, no hubo razones para sacar el tema. ¿No? — y odio confesarlo, pero soy capaz de oír esa voz molesta que me susurra que quizá debería decirle a Alice que en más de una ocasión sigo mirando el culo de mi hermanastra. No, mejor no, no necesita saberlo.

Para mi sorpresa (y una que creo que me va a durar el resto del año) Ava admite su error y tengo que mirarla con los ojos bien abiertos como si de esa manera pudiera chequear que la he escuchado bien — Costumbre, inercia, llámalo como quieras — coincido con voz calma al encontrarme en un estado de confusión que me lleva a elegir con cuidado las palabras — No entiendo cuando pasó a ser tan complicado — porque sí, si había gente cerca teníamos que tener cuidado con lo que decíamos. Y cuando estábamos solos, no había forma que no terminásemos en situaciones posiblemente comprometedoras. No tengo idea de cuándo eso pasó a ser un peso.

El camino que recorre su mirada hace que me resigne y tome la iniciativa. Tomo la botella, me quito un guante con los dientes para poder tener un mejor manejo de mis dedos y la abro, sintiendo de inmediato el olor a alcohol. Me saco el guante de la boca y lo meto en mi bolsillo para ser libre de beber un trago, fingiendo por un momento que estoy concentrado en vigilar el perímetro como se supone que deberíamos estar haciendo, a pesar de que solo busco un modo de seguir esta charla sin caer en la incomodidad.

La primera vez que me acosté con alguien fue haciendo una guardia — acabo declarando de golpe y la simple situación me hace sonreír con gracia. Sin vueltas, le paso la botella sin siquiera mirarla — Intenta pasar una noche entera con una Eowyn de dieciséis años y no perder la virginidad en el proceso. El punto es que… — me aclaro la garganta porque sé que quizá parece una indirecta, pero no es a donde quiero llegar — No me ha pasado esto de no saber o qué decir durante una guardia compartida desde ese entonces. Es como volver a estar completamente perdido con respecto a las mujeres y eso solo me pasa contigo. Con Alice es más… natural — hago una mueca porque nunca había tenido intenciones de compararlas porque sé que suena horrible, pero ya da igual — ¿Cale te ha dicho algo sobre todo… esto? — estúpidamente, la miro con cierta diversión. Quizá jamás hubiese querido que justo él se enterase, pero verlo haciendo berrinche siempre había sido un deleite. Me rasco la cabeza, moviendo de esa manera mi gorro hacia atrás — No sería tan extraño si nuestra familia no se hubiera enterado. Disimular se hubiera hecho más sencillo.

Y sí, me muerdo la lengua porque sé muy bien que se va a agarrar de mis últimas palabras. Esas que admiten en voz alta que hay cosas que disimular, más allá de que no he negado jamás nada mientras nos gritábamos alguna que otra estupidez y verdad en la granja.
Benedict D. Franco
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Ava E. Ballard
Fugitivo
Me limito a sonreírle con suficiencia cuando me dice lo de Alice porque, a fin de cuentas, no tengo demasiado que decirle respecto a eso. Era más fácil seguir con el (y no tengo otra palabra para decirlo por mucho que no quiera hacerlo) histeriqueo cuando no había nadie más involucrado. Que igual a estas alturas todo el mundo, salvo por Echo a quien seguramente no le importaba y posiblemente Bev que estaba convencida de que sería una solterona de por vida, parecía estar involucrado en la no relación que estábamos teniendo con Ben.

- Creo que fue en algún momento entre la última botella de whiskey y la hermosa reunión familiar. - Comento como quien no quiere la cosa mientras me distraigo desenredando un mechón de mi pelo. También podría decirle que se empezó a volver complicado desde hace cuatro años, pero al menos esa vez la sensación de caminar sobre caracoles se había pasado a la semana y los dos ya habíamos dejado en claro que ninguno se arrepentía de aquella noche. Si vamos al caso, incluso podría remontarme más de trece años atrás y culpar a mi madre por casarse de nuevo, pero eso ya sería exagerar y en sí esto no era una cuestión de ir echando acusaciones o culpas sin sentido.

Me distraigo cuando lo siento moverse, y me alegra que sea él quien decide abrir la botella. Al menos de esa forma no me siento tan necesitada de alcohol como para creer que terminaré siendo una ebria amargada y solterona. Tengo que dejar de pasar tiempo con Bev. Acepto el recipiente cuando me lo pasa y tomo un trago sin titubear, agradeciendo cuando el ardor de la bebida llena mi garganta. Más aún cuando me deja algo para hacer ya que Ben parece haberse tomado a pecho lo de no pensar antes de hablar. ¿Acaso se está escuchando?

- En resumidas cuentas acabas de, uno: - Levanto un dedo pulgar de la mano que sostiene la botella mientras lucho porque no se forme una sonrisa en mi rostro. - Compararme con tu ex – algo. Dos: - Levanto el índice, asegurando mi agarre del whiskey con los otros dedos de mi mano. - Compararme con tu actual… lo que sea. Y tres: - Agradezco los años de ballesta y arco ya que solo dos dedos sostienen el pico, mientras esta vez sí se me escapa una sonrisa burlona. - Traer a mi hermano a colación, en un tema en el que claramente no me gustaría siquiera pensarlo cerca… Wow, al menos esto sí me deja claro que jamás te he visto como un hermano, ¿quién lo diría?  

Reafirmando el agarre de la bebida nuevamente, tomo otro trago antes de dirigirle una mirada a Ben y largar una tremenda carcajada al ver su expresión. - ¡Oh, por favor! La situación ya se pasó de bizarra, y la última vez que malinterpreté cada cosa que dijiste terminaste acusándome de que gusto de vos, como si fuésemos dos niños pequeños. - Que dicho y sea de paso no está demasiado alejado de la verdad: nos comportamos como dos niños pequeños, pero al menos había que tratar de ¿cómo había dicho?, ah sí, disimular. Limpiándome la pequeña lágrima que se me escapa por el costado del ojo a causa de la risa de antes, acorto los dos pasos de distancia que me separan de Ben y le devuelvo la botella. - Que a todo esto, y luego de haberlo meditado un poco, sí me gustas. No me habría acostado contigo de lo contrario. Pero en serio, ya cambia la expresión que no te voy a morder… A menos de que me lo pidas, claro. - Agrego guiñándole el ojo, notando que es la primera vez en semanas que me he divertido tanto.
Ava E. Ballard
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Sí, ese es un buen periodo para colocar el inicio del desastre, pero tampoco es que podamos decir que antes fuésemos inocentes: solamente ignorábamos nuestra culpabilidad. Lo peor de la noche llega cuando Ava se comporta como Ava y empieza a enumerar cada una de las estupideces que he dicho sin haberme puesto a pensar en cómo sonarían y, lo juro, cada enumeración provoca una nueva sensación de desear desaparecer o hundirme en la tierra — ¡No, no es así! — me apresuro a aclarar cuando habla tanto de Eowyn como de Alice y, odio decirlo, sé que es solo una excusa patética para ganar tiempo en pensar cómo conservar mi dignidad porque es obvio que sí, es así — Solo quería ejemplificar lo que pienso con… Espera — mis ojos se entornan tanto que creo que parezco chino por un breve segundo — ¿Acabas de admitir que no me ves como tu hermano? Porque creo que eso había quedado claro cuando saltaste sobre mí la última vez que compartimos un whiskey — al menos que su forma de catalogar la palabra “hermano” o “amor fraternal” sea muy diferente de la mía. Nadie besa a un hermano de esa forma.

No sé si el calor que siento en la nuca es por culpa del recuerdo de esa noche o por el ataque de risa que inunda a mi hermanastra al básicamente acusarnos de infantiles. A pesar de que no lo deseo, una sonrisa vaga se me pinta en la cara en respuesta a su diversión y atrapo la botella contra mi pecho. Y voy a beber, hasta que lo que dice a continuación hace que mis labios toquen el pico, pero no recibo ninguna gota en la punta de mi lengua. ¿Acaba de…?

Una vez, cuando éramos niños y hacía poco tiempo que vivíamos juntos, Ava me había visitado en medio de la noche para darme el postre que yo me había perdido por haber peleado con papá en la mesa. Me había guiñado un ojo de una manera muy torpe (y probablemente imitando a alguien más) para indicarme que ese sería nuestro secreto y fue la primera vez que me sentí totalmente cómodo con su complicidad. Hoy, ahora mismo, un guiño en el mismo rostro no ha hecho que despertarme cualquier instinto excepto la ternura.

Ya quisieras que te lo pida — gruño. O quizá yo quisiera que ella quisiera que se lo pida. Siempre supe que este tire y afloje está mal, especialmente cuando se supone que estoy viéndome con alguien más… a quien ya le miento, porque solo Seth sabe que he abandonado el catorce durante un fin de semana y no precisamente para buscar medicamentos. La culpa pica, pero hay un ardor que pica todavía más. ¿De verdad soy tan mala persona? ¿Me acabé convirtiendo en lo que mi padre temía que fuera, esa vez que me gritó que no debía jugar con las personas?

Bebo un trago y observo los enormes ojos de Ava en la semi oscuridad, tratando de entender qué sucede y cómo hacer para meterme dentro de su cabeza — Estoy loco por ti, Ava, y no en el sentido romántico de la expresión. ¿Lo sabías? — las palabras salen atropelladas como si no quisiera decirlas y alguien me las hubiese quitado con una caña de pescar. Doy un trago aún más largo como si eso sirviese para ahogarlas y le paso la botella con algo de brusquedad, empezando a caminar por el reducido espacio de la torre con cierta inquietud — No quiero mirarte de más pero lo hago y no quiero tenerte ganas, pero no puedo evitarlo cada vez que eres insoportable. Y no puedo hacerlo, porque está mal en todo aspecto posible y eso me hace un hombre desagradable — pero un hombre, al fin y al cabo. Lobo, fugitivo, amante de los chocolates y, al final, solo un hombre.

Me detengo en algún punto cuando me doy cuenta de que me he quitado el gorro y mi pelo está revuelto en todas direcciones, dándome posiblemente el aspecto de alguien que ha perdido todo recato cuando miro a Ava con la desesperación del “no sé que hacer” desparramada por todos lados — A veces creo que no te hablo porque pienso que acabaré haciendo de todo menos hablar. Nunca, jamás, he deseado a alguien de esta manera y… ugh — me paso el dorso de la mano por la nariz y aprieto un poco la mandíbula, desviando la mirada — Eres un dolor de huevos.

En realidad, yo lo soy. Mi familia no merece que yo complique las cosas. Alice no merece que no le cuente absolutamente nada a pesar de lo mucho que he llegado a quererla. Que irritante es el sentirse tan patético.
Benedict D. Franco
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Ava E. Ballard
Fugitivo
- Sí. ¿Por qué no lo querría? - Consulto casi de manera inocente mientras observo cada movimiento que da mi hermanastro, todavía sin poder dejar de estar divertida por la situación. ¿Era muy mala persona por eso? Claramente lo de estar meditando qué decir a cada momento, como si fuésemos a romper algo, no servía para nada más que para malentendidos y situaciones por demás tensas e innecesarias. Mejor apegarse lo más posible a la verdad y recordar que, a fin de cuentas, si había alguien que entendía nuestra situación, era claramente el otro. - El sentimiento es mutuo, Benito. - Le sonrío, sin poder evitar que sea más una mueca burlona que otra cosa.

Tomo la botella con algo de torpeza y agradeciendo mis reflejos ya que, en su brusquedad, mi hermanastro me había tomado de sorpresa y poco faltó para que nos tuviésemos que poner a sorber el alcohol del piso. Tomo un trago corto y lo observo sin poder dejar de pensar en la expresión “como león enjaulado”, pensando que tal vez me fui un poco a la mierda con la sinceridad. No recordaba haber visto a Ben en ese estado desde… nop, no creía haber visto a Ben así nunca. Lo más similar podría ser alguna de las veces en las que le habían prohibido salir de excursión cuando éramos chicos por tratarse de alguna locación peligrosa, o luego de alguna muy mala transformación en luna llena.

- Amén a eso. - Levanto la botella a modo de brindis y me apuro a llevarla a mis labios para que no se note tanto el rubor que termina por subir a mis mejillas. Y es que, no era ninguna declaración de amor (que no la esperaba, gracias) pero sí que podía hacer que la noche dejase de parecer tan fría, por todos los cielos. Y no es que no pensara yo las mismas cosas, ¡tenía pulso y algo de moral! Pero no esperaba que Ben sufriera uno de mis ataques sincericidas tan brutales y que me escupiera en la cara todo lo que no quería hacer. - Yo no me considero una mujer desagradable por pensar lo mismo que tú, así que por ende tampoco creo que lo seas. - Aclaro para luego tomar otro trago. - Creo que no estaríamos teniendo esta charla si de hecho te encontrase tan desagradable como tú crees que lo eres.

Y es que, de verdad; si Ben fuese un hombre detestable, insufrible y… no bueno, sí: a veces era todas esas cosas, pero me refería a que, sí Ben fuese un mal hombre en general, probablemente jamás me hubiese interesado en él como algo más que familia obligada o persona de referencia en el distrito. O tal vez, si me interesasen ese tipo de hombres, probablemente estaría viviendo en las afueras con el primero que se me hubiese cruzado en alguna excursión y mostrado algo de interés en mí. ¡Maldita sea Arleth y sus valores inculcados! Luego se andaba quejando por un beso con alguien decente. ¿Pero ese era el punto no? Podía ser todo lo decente y buena persona que quisiera, pero no dejaba de estar mal toda la situación, ¿no?

Creo que me cuesta cada gramo de mi fuerza de voluntad el no ¿cómo lo había dicho?, ¿saltarle encima? Luego de que admite que me desea a tal punto. - Es totalmente injusto de tu parte que me estés diciendo todo esto, ¿lo sabes, no? - Dejo la botella en el piso y me cruzo de brazos mientras trato literalmente no pensar de más en lo que voy a decir. Por costumbre termino mordisqueando unos segundos mi labio inferior, y me relamo como si de esa manera pudiese dejar de dudar. - Porque sí, seremos hermanastros, yada yada, eso es noticia vieja y a los únicos que parece importarles el asunto es a nuestros padres. Y a Zenda, si su reacción en la última excursión me dice algo, pero está en la fase en la que cualquier cosa que no se trate sobre ella le cae mal así que… - Desvarío, claro está, porque no se como tener una conversación normal entre dos personas adultas; y me remuevo inquieta sobre mis pies mientras lo sigo con la mirada. Siento que si, por algún motivo poso mi vista en cualquier otro lado, querré salir corriendo de allí para volver a los últimos días de incomodidad y tratos banales. - A lo que voy es, a que es injusto a que me digas todo esto mientras que estás con alguien más y solo puedo pensar en que quiero mandar a la mierda la opinión del resto junto con mi frustración sexual todo en la misma movida. - ¡Ya está! Lo dije.

- Y no, no estoy diciendo que seas mala persona. Solo te estoy acusando de tener un tiempo de mierda para las cosas. - Aclaro antes de que su complejo de culpa alcance a llegar a la Isla Ministerial. Si íbamos al caso, con lo del tiempo de mierda yo tampoco estaba exenta de nada.
Ava E. Ballard
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Ava es imposible de tratar. Bah, es imposible para con mi pobre autocontrol. Y puede que ella juegue con sonrisas, me dé la razón y no me tache de desagradable, pero yo solo quiero sacudirla y conseguir que de esa manera se vaya y deje de torturarme la moral y los pantalones — Deberías de verme como alguien desagradable. Eso facilitaría las cosas — murmuro entre dientes, haciendo que casi suene como un gruñido — Siempre supe tratar muy bien con el rechazo, así que sería solamente eso — tuve bastante práctica con una infancia y adolescencia sin mucho éxito con las chicas, al menos hasta que pegué el estirón o esa pequeña etapa donde tuve dinero y fama.

Para mi desgracia, me trata de injusto y me es imposible no señalarme a mí mismo con total incredulidad. ¿Yo estoy siendo injusto? — Zenda no tiene idea de qué está hablando — coincido, en especial porque se ha dejado guiar por los rumores y jamás ha venido a hablar conmigo del tema; no sé si con Ava lo ha hecho, pero la verdad es que no me atrae la idea de que nuestra hermana ande haciendo preguntas sobre un asunto tan delicado y privado. Sobre todo privado, a pesar de que llegó a ser el cotilleo del distrito — ¡Tuviste cuatro años para decírmelo! — exploto, alzando la voz mucho más de lo que hubiese deseado y dejando caer mis brazos a ambos lados con un golpecito en mis costados — Dices que yo soy el injusto, pero tú tampoco te tomaste las molestias. No podemos andar echándole la culpa al otro cuando los dos bien sabemos por qué nadie dijo absolutamente nada — quisimos omitirlo por el bien de los demás y nos terminó explotando en toda la cara. Me cago en la ironía.

Me frustra y enfurece que me acuse de tal manera y, por un breve instante, me pregunto que tanto daño se hará si la empujo de la torre. Como sé que es imposible que no caiga sin al menos romperse un hueso, me obligo a eliminar la idea. La otra parte de mí solo quiere besarla como esa última vez, calmar de una vez las cosas que quedaron pendientes y asegurarme que ya he saciado toda ansia para poder continuar con mi vida. ¿O solo empeoraría las cosas? ¿Qué pasa si solo quiero más?

Con un suspiro de resignación, cierro los ojos y me masajeo las sienes, tratando de recobrar la compostura. No puedo seguir gritando de esa manera si no quiero que nadie venga a preguntar qué está pasando, así que me hago al fin con la botella y me siento en el suelo junto al pequeño equipaje de vigilancia. Dejo el sombrero a un lado, me coloco de nuevo el guante que me había sacado y doy un traguito, oyendo el líquido moviéndose dentro de la botella gracias al silencio de la noche — Traté de dejarlo pasar. Creí que con el tiempo ya no pensaría en ello, pero solo ha empeorado — mis ojos se levantan para tratar de verla, asomándose por encima de una media sonrisa algo forzada — Creo que lo que más me molesta es sentir que he perdido a una amiga por algo tan estúpido como esto.

Porque uno no quiere mordisquearle la boca a sus amigos, eso creo que está claro. No como yo quiero hacer ahora mismo, cosa que creo que delato por el modo en el cual sujeto a la botella con ambas manos. Otro sorbo y la apoyo en el suelo para ser libre de tomar la manta que ella ha traído como de costumbre y me envuelvo en ella, con algo de frío en las piernas a pesar de sentir el rostro y el pecho encendidos. Por un breve instante estoy por invitarla a acercarse, pero me contengo porque de hacerlo esto no va a terminar bien — Si quieres ir a tu casa, diré que estuviste conmigo toda la noche. No tenemos porque… ya sabes. Torturarnos de esta forma — intento que suene como una broma, pero creo que los dos sabemos el grado de verdad. Incluso así, mi sonrisa ladina se ensancha — Igual, tengo que admitirlo: sabía que te gustaba. Eres muy mala mintiendo.
Benedict D. Franco
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Ava E. Ballard
Fugitivo
Ruedo los ojos de manera tal, que de estar caminando probablemente hubiera perdido el equilibrio y terminado de bruces en el suelo. Sí, sí, cuatro años; a estas alturas pasarían otros cuatro y seguiríamos echándonos la culpa el uno al otro mientras nos señalábamos con el dedo. Claro que yo lo había acusado por eso del tiempo mal medido así que… bueno, ya estaba claro que ninguno de los dos servía demasiado para eso de aceptar cosas, o de al menos reconocerlas en voz alta.

De un momento a otro, la situación deja de parecerme bizarramente divertida, y pasa a dejarme una sensación planamente triste. Una cosa era reírme a la primera por saberlo arrinconado por nuestra tensión, otra muy distinta era verlo frustrado, casi resignado y con un aura que, de ser Eowyn y creer en ese cuento de los colores, describiría como un gris tormentoso. - Ya qué, todas nuestras creencias fueron una mentira barata al parecer. - Le respondo dándome cuenta de cuánta razón tiene. Para considerarme una persona brutalmente honesta, era demasiado fácil mentirme a mi misma, o evitar situaciones que no quería enfrentar. Lo que no es fácil es ignorar la punzada que me da en el pecho cuando básicamente dice que me perdió como amiga. ¿De verdad hemos llegado al punto en que tenemos que decidir entre coger o directamente no hablarnos?

Claro que luego intenta echarme, y como de costumbre hago exactamente lo contrario a lo que dice. Sin demasiada parsimonia, me dejo caer a su lado y tiro de una de las puntas de la manta para que también llegue a cubrir mis piernas. - Pues acostúmbrate a la tortura. - Declaro mientras dejo que mi espalda caiga contra la pared, pero cuidando de no estar pegada a mi hermanastro porque bueno, no era tan mala persona y tampoco era tan masoquista. - Mucho menos ahora que piensas que me perdiste como amiga. Lo lamento Benancio, tendrás que hacer más si quieres alejarme de verdad.

Claro que luego recaigo en que me he sentado del lado incorrecto ya que debía pasar por encima de mi hermanastro si quería alcanzar más snacks de mi mochila, y estoy por resignarme hasta que me acuerdo de que todavía tengo chocolates en el paquete que me guardé solo momentos atrás. Sacándolos de mi bolsillo, me vuelvo a llevar un par a la boca directamente desde el paquete, y le paso lo que queda a Ben. - No vas a dejar pasar nunca eso de que me gustas, ¿verdad? Voy a tener cincuenta, y si por esas cuestiones de la vida todavía seguimos en contacto, vas a hallar la forma de recordármelo, estoy segura… - Y es que sí, podría ser un viejo con Alzheimer y aún así recordaría que en algún momento de mi vida tuve la brillante idea de hacerle saber que me gustaba. Al menos no era la única que había dejado su lengua correr de más. - Al menos ahora sé que cada vez que me pongo insoportable me tenes ganas… Que jodido estás, no sé como no ser insoportable.   - Bromeo tratando de volver a encontrar esa amistad de años que Ben declaraba haber perdido.

- No, pero en serio. Juro que no entiendo por qué mierda hay tanta tensión sexual entre nosotros. Osea… - Nos señalo vagamente con una de mis manos para enfatizar el punto. - Entiendo que los dos somos atractivos y todo eso, pero Seth también está tremendo y no por eso tengo ganas de saltarle encima cuando lo veo pasar. - Me encojo de hombros y chasqueo la lengua involuntariamente cuando trato de sacar un poco del chocolate que queda entre medio de mis dientes. Al ver que no tengo éxito, le robo el whiskey a Ben y tomo un trago, dejando que se me escape una risa en cuanto me percato que la botella se siente un poco más ligera que antes.

Alcohol, chocolate y charlas sincericidas. Creo que no había nada que nos representase mejor desde que cumplí los dieciséis.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Tengo que hacer un enorme esfuerzo por no rodar los ojos ni hacer un bufidito caprichoso cuando, obviiiiiiiamente, decide que va a quedarse conmigo y toma asiento a mi lado de manera que los dos quedamos cubiertos con la manta, algo que no sé si es aconsejable considerando la conversación que estamos teniendo — No quiero alejarte. Me importas más de lo que me importa mi entrepierna — mierda. Cierro los ojos y aprieto los labios con fuerza, arrepentido de mis palabras porque nunca, jamás, va a dejar que olvide que acabo de decir eso — Solo me es imposible mantener la amistad de siempre cuando todo “esto” pasa en el medio — y uso el pico de la botella para señalarme y luego señalarla a ella, seguro de que entiende.

Veo el paquetito de confites aparecer frente a mi jeta y lo agarro con cuidado de que no se me patine entre los enormes dedos. Sin más, acabo metiéndome los que quedan en la boca, masticando con fuertes “crunchs” que se oyen por debajo de su voz dando una perorata — Nop, nunca. Apareceré como fantasma en el lecho de tu muerte y te lo susurraré para que sea lo último que escuches — digo como si estuviese diciendo lo más sensato del mundo. Es lo siguiente que dice lo que me obliga a sonreírle de esa manera que hace que casi me atragante con los confites y le acabo mostrando mis dientes teñidos de chocolate — Es un buen punto. Tendré que callarte cada vez que abres la boca, entonces — y sé lo mal que ha sonado eso, pero ya no hay nada que pueda decir que pueda hundirme aún más.

Y lo hace. La carcajada me obliga a llevar la cabeza hacia atrás y apoyarla contra la madera mientras me aprieto la panza con una mano, tratando de bajar un poco el volumen — Siempre voy a admirar tu egocentrismo, Avs — declaro, tratando de no arrugar la nariz cuando habla de Seth. Ya fue suficientemente patético la última vez que dijo algo de su atractivo — Creo que una vez lo besé — ni sé de dónde me sale esa confesión, solamente la escupo. Acabo sonriéndole entre tímido y culposo y espero a que deje de beber para poder quitarle otro trago — A Seth, En mi defensa, éramos adolescentes y yo estaba volando de fiebre, así que no sabía que era él. Jamás tuvimos una verdadera charla sobre el tema, pero lo ha sacado a relucir en alguna que otra ocasión para burlarse de mí. Si Eowyn se enterase, se volvería loca — de solo pensarlo siento un escalofrío, que estoy seguro de que no tiene nada que ver con el frío.

Me acomodo un poco al tiritar y eso me obliga a pegarme vagamente al costado de Ava, agradeciendo su calor corporal mientras le regreso la botella y me froto las manos — Así que… — la malicia se me ve en todo el rostro, aunque creo que entre la manta y la bufanda solo puede ver mis ojos brillando y la sonrisa — ¿Quieres saltarme encima cada vez que me ves pasar? Bueno saberlo — le muevo mis cejas de manera cómicamente sugestiva y arrugo el papelito ya vacío entre mis dedos — Voy a procurar no coincidir contigo el próximo verano cada vez que tenga que ducharme, a ver si eso ayuda — ¿Por qué me sale el tono engreído? Ni idea, pero en cierto modo lo disfruto.

El sonido de los grillos no sirve para acallar la vocecita molesta de mi cabeza que me dice que mi cuerpo se encuentra alerta por toda la situación, así que me obligo a fingir que estoy muy interesado en observar el cielo desde mi posición — ¿Crees que las cosas hubiesen sido diferentes si nunca nos hubiéramos acostado en la cueva? — le pregunto, usando el mismo tono que emplearía si estuviese hablando sobre el almuerzo del próximo domingo familiar — ¿O si hubiésemos seguido viéndonos? — quizá jamás nos hubiésemos visto con estos ojos, o quizá la relación hubiese evolucionado para cualquier otro lado. La sola idea de pensar en que podríamos haber terminado juntos me hace reír tanto que empiezo a toser, palmeándome el pecho en mi propia diversión.
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Ava E. Ballard
Fugitivo
Se me escapa una risa que parece más un resoplido cuando dice lo de su entrepierna, y creo que no lo miro precisamente ahí solo por estar distraída rápidamente por las palabras que menciona después. - Si vamos al caso “esto” pasa desde que nos volvimos amigos de verdad. Creo que si hubo un momento en el que sí pudimos actuar de una manera fraternal, fue cuando era una mocosa insoportable y sin curvas que solo sabía meter las narices donde no le correspondía. - Que básicamente fue una etapa que me duró hasta que me de verdad me dejaron salir y hacer cosas, y meter las narices en lugares que sí me correspondía. Después de todo, hasta ese momento solo era la mocosa a la que tenían que cuidar que no le pase nada y prácticamente no había temas de conversación que nos llevaran a tener una amistad de ningún tipo.

- Por tu bien, espero que realmente te mueras antes que yo, porque como me toque ser fantasma a mí, en serio. Imagínate lo insoportable que puedo ser… - Y cómo siempre, todo es una especie de competencia con mi hermanastro, para ver quien puede ser mejor o peor en algo, sin importar lo inverosímil del escenario hipotético. Lo malo, es que generalmente Ben suele ganar esas competencias, si no es por tener más experiencia, lo hace distrayéndome lo suficiente como para olvidarme de lo que dije. Y es que en serio es injusto que insinuando idioteces me produzca más imágenes mentales que cuando me dice plana y llanamente que me desea. ¿Soy solo yo, o de golpe tengo una especie sensación de déjà vu? - ¿Ah sí? Que yo sepa nunca has tenido mucho éxito al callarme.

Al menos me divierto cuando lo veo reírse, y me doy cuenta que desde hace varios minutos he dejado de sentir que estoy caminando sobre la superficie de un lago congelado en plena primavera. Claro que lo siguiente que me dice no me lo espero, y termino pegando un saltito sobre mi lugar, enfrentándolo con toda la diversión pintada en mi cara. - ¡Lo sabía! Tienes suerte de que yo sí te considere un amigo todavía, sino iría corriendo con Eowyn a decirle “te lo dije” … a menos que sí se hayan acostado, en cuyo caso la que pierdo soy yo. - Oh de acuerdo, puede que también haya caído en un par de cuchicheos del distrito. Pero a diferencia de Eowyn, estaba convencida de que no habían dormido juntos nunca. Sin contar que Sophia jamás se prestaría para hacer de pantalla, claro. - Ya, lo siento, lo siento. Pero tienes que admitir que no es realmente sorprendente lo que cuentas.

No puedo evitar pegarle en la frente con ligereza cuando vuelve a burlarse, sobre todo porque se esfuerza en invocar imágenes mentales que no me hacen precisamente bien. ¿No era él que no quería torturarnos? - Eso ya es lo hiciste propósito. - Lo acuso pese a que se nota el tono burlón que le pongo. - Y solo por eso dejaré a tu imaginación el color del conjunto de encaje que llevo puesto debajo. - Añado con el tono más sugestivo que puedo poner sin largarme a reír. A decir verdad, ni yo me acuerdo de qué color es la ropa interior que llevo puesta, pero no me sorprendería que sí fuera de encaje ya que con el tema de talles y escasez en el distrito, la ropa no es precisamente algo que nos demos el gusto de elegir. Y creer o reventar, los conjuntos de encaje eran mucho más cómodos de lo que uno podría adivinar.

Me tomo unos cuantos segundos para analizar lo siguiente que me pregunta Ben, sobre todo porque trato de pensar en diferentes escenarios en mi cabeza y termino riendo a la par de mi hermanastro, sin la posible muerte por asfixiamiento. - Lo de acostarnos hubiera pasado de una forma u otra seguramente, pero por favor… - trato de darle un par de palmadas en la espalda, pero termino por golpearlo con más fuerza de la que pensaba cuando un pensamiento cruza mi mente. ¡Ay por dios! Imagina si hubiésemos tenido hijos. - Un nuevo ataque de risa me deja casi sin aire, y no puedo dejar de pensar en lo ridículo que hubiese sido el asunto. - Creo que mi madre se hubiera muerto de un infarto. O no, porque para haber seguido viéndonos nuestros padres probablemente no estarían casados. - Y que distinto habría sido todo de haber sido ese el caso. - ¿Y tú que opinas? ¿Hubiéramos funcionado como pareja? ¿O hubiésemos terminado matándonos en pocas semanas?
Ava E. Ballard
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Tengo que pensarlo un poco, porque me cuesta un poco ordenar mis recuerdos. Creo que empecé a mirar a Ava con otros ojos uno de esos veranos en los que ella aún no llegaba a los veinte y repentinamente había demostrado que ya no era la niña que conocía, pero había guardado silencio y empujado esos pensamientos hasta que la tuve pegada a mí esa noche en particular. Casi tan fría como hoy, pero mucho más lluviosa — serías el fantasma más ebrio que alguna vez hubiese visto — mi comentario sale tan serio que por un momento hasta me creo este delirio, poniendo cara de espanto hasta reírme de nuestra estupidez.

Oh, no debió haber dicho eso. En especial porque ni siquiera estoy pensando cuando mi vena orgullosa y molesta entorna mis ojos en la oscuridad y los clava en ella, pintando una mueca de superioridad a pocos centímetros de su nariz — ¿Quieres probar tu teoría? — Me odio. Definitivamente me odio, pero es que no es algo que pueda evitar. Muerdo el interior de mi mejilla y lo mastico con algo de inquietud, echándome hacia atrás. Aquí no ha pasado nada.

El saltito me toma por sorpresa y no sé por qué me siento descolocado cuando empieza a hablar de Eowyn, porque la verdad es que he oído esos rumores cientos de veces en los últimos dieciséis años — ¡Claro que no me acosté con Seth! — exclamo — ¿Por qué todos insisten con eso? — he crecido con él, le conozco hasta las mañas más ridículas y, en mi pensamiento, es un hermano para mí. Lo cual es irónico, porque sé que ahora mismo esa es la peor excusa que podría dar.

Me hubiese regodeado un poco más con su sufrimiento si no fuese porque me devuelve el golpe y mis ojos van de inmediato hacia abajo como si pudieran ver por debajo de su ropa, algo que percato casi enseguida y finjo pasar la vista al suelo como si hubiese estado chequeando la madera todo el tiempo. Suerte para mí, la conversación continúa de inmediato con los escenarios hipotéticos y la risa no hace más que aumentar con cada una de las palabras que salen de su boca, sintiendo esas palmaditas en la espalda que tanto agradezco — ¿Hijos, nosotros? Por favor… — respondo como si fuese la idea más ridícula del planeta — El mundo no soportaría a un ser vivo que comparta nuestra genética. Sería una explosión de terquedad — y posiblemente el infarto que mataría a mi padre. La verdad es que me pienso un poco su última pregunta, porque es la primera vez en la vida que lo considero sin mi automático “ni en un millón de años” — Tal vez. ¿Por qué no? — mi voz se vuelve más suave y alzo uno de mis hombros — Creo que nuestros insultos vuelven nuestra relación mucho más honesta que la de cualquier otro par. Quitando los momentos donde queremos matarnos, nos complementamos bien — y me ahorro el señalar que el “querer matarnos” por lo general va de la mano con que deseamos hacerlo contra la pared más cercana.

¿En serio acabo de decir eso? Wow. Hasta me sorprendo a mí mismo. Volteo el rostro, vagamente ladeado, para poder ver a Ava en un intento de adivinar cómo ha tomado mi respuesta y me mordisqueo los labios en un gesto dudoso — Supongo que nunca lo sabremos — acabo refutando. El alcohol ha ayudado a que mi cerebro se relaje, pero aún así vuelvo a tantear hasta recuperar la botella como si todavía necesitase unos cuantos litros en las venas — Algún día nos vamos a acordar de esto y nos reiremos de nuestra idiotez. Es eso o acabaremos casados — o no nos veremos nunca más, pero considerando que somos prácticamente familia y vivimos en un distrito minúsculo, lo veo como la opción menos probable. La sola imagen me arrebata una risita y no puedo no negar con la cabeza — Solamente espero conseguir que salgas de mi cabeza — y no siempre es algo sexual. A veces no puedo evitar pensar en sus burlas cuando hago algo especialmente estúpido. Sin más, doy el trago más largo, que me quema la garganta y me obliga a cerrar los ojos al apoyar la cabeza contra la pared, buscando algo de paz.
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Ava E. Ballard
Fugitivo
Tengo que admitir que contengo un poco el aliento cuando se acerca hasta mi rostro, con el desafío pintado en los ojos más que en la lengua y una expresión que, de haber estado en otra situación, me habrían provocado ganas de golpearlo. - Como siempre, puro palabrerío. - Murmuro con el poco aliento que me queda antes de normalizar mi respiración y de tratar de dejar pasar rápidamente ese lapsus de tensión. Aunque si me lo ponía a pensar, eran más los momentos de tensión que los momentos sin ella.

Me encojo de hombro cuando pregunta lo de Seth, aunque luego termino respondiéndole. - Tal vez sea porque a veces parecen tener más tensión sexual que nosotros dos. Y eso es decir bastante… - De nuevo, no creía que hubiesen tenido sexo jamás, pero hay veces en las que una se pregunta… Maldita Eowyn y sus ideas.

- Técnicamente hablando ese ser existe: se llama Zenda Franco y el mundo no explotó. - Aunque si me lo ponía a pensar, mi hermana y yo no podíamos ser más diferentes. Eso, o yo quería creer que no había sido jamás lo mitad de caprichosa que era la más pequeña de la casa. - No, olvídalo. Amo a mamá, pero creo que mis genes son más Eaton que Ballard. - Concluyo. No recuerdo mucho de mi padre, pero salvando el mal genio, tampoco era demasiado parecida a Arleth. O al menos no a la Arleth que me había criado, si me lo ponía a pensar, no conocía demasiado de la juventud de mi madre como para aventurarme a decir que éramos tan diferentes como creía.

Luego dice lo de que nos complementamos bien, y medito unos segundos qué tanta razón tiene, antes de tener que coincidir con él. En un mundo hipotético, sin las complicaciones de los vínculos fraternales sobre todo, posiblemente hubiésemos funcionado como pareja. Una pareja un tanto disfuncional probablemente, pero pareja en fin.  - Si alguna vez eso sucede, espero que su propuesta suene con un tono menos resignado, sr Franco. Mi ego no me permitiría decirle que sí en caso contrario. - Bromeo. Después de todo, era relativamente sencillo estar imaginando situaciones hipotéticas y bizarras en las que podíamos funcionar con mi hermanastro que no implicaran la serie de complicaciones que nos habíamos impuesto en estos últimos años. - Casados, con un hijo que vaticine el apocalipsis… ¡Y un perro!

La expresión cansada de Ben me trae de nuevo a la realidad, y hago una mueca aprovechando que no puede verme. ¿Qué puedo responder a eso? Porque la verdad se me hace un poco aterradora, y la mentira y el ocultar cosas por lo visto solo nos llevaba a más callejones sin salida. Se sentía como si estuviésemos metido dentro de una caja: o nos enfrentábamos dentro de esas cuatro paredes, o la levantábamos y salíamos de ella dejando todo… “esto” ahí metido, oculto de todo el mundo. - No me odies por lo que voy a decir, pero espero que no lo hagas. - Suena más como un susurro tembloroso que como una oración hecha y derecha, pero es la verdad y de alguna manera me siento menos pesada por decirla.

Antes de dejarme caer sobre mi espalda nuevamente, le quito la botella a Ben pero no me la llevo de inmediato a los labios; simplemente tenía la necesidad de tener algo en lo que ocupar mis manos que de golpe se me hacen temblorosas. Decido culpar al frío y termino por apretar un poco más las mantas sobre mis piernas mientras me dejo caer un poco sobre el costado de mi hermanastro. - ¿Soy muy mala persona por pensar eso? Ósea, es obvio que ninguno la está pasando muy bien que digamos. Pero juro que no sé qué hacer en esta situación. - Mi cabeza cae contra su brazo, y me río por lo bajo ya que con la diferencia de alturas ni siquiera puedo llegar a su hombro. - Me puedo burlar, o podemos seguir tratando de hacer de cuenta que no pasó nada, pero la verdad sigue estando ahí y tampoco tú sales de mi cabeza. Así que termino siendo una egoísta y queriendo que paguemos los dos. - Dejo que mi frente y mi nariz queden contra su costado y las palabras que se me escapan luego apenas y son audibles. - También te deseo…
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Puro palabrerío. Ya le voy a dar su “puro palabrerío”, porque ella sabe muy bien los motivos y razones que me impulsan a quedarme donde estoy. Lo que sea, me es imposible no ponerle mi mejor cara de “¿es en serio?” cuando dice lo de Seth, sin saber si debería o no reírme de algo así — Has pasado mucho tiempo con Eowyn — declaro sin más vueltas. Si el mundo entero piensa que tengo una relación clandestina con mi mejor amigo, solo me queda resignarme a los rumores y estar seguro de que no es así. Cuando uno se pasa la mitad de su vida dando explicaciones, acabas por cansarte.

Zenda no hubiese sido criada por nosotros — y de solo pensar lo que hubiese sido eso, se me pinta el horror en la cara. Dura poco, porque algo de lo que dice Ava hace que recuerde un dato que descubrí hace años por pura casualidad en una de las cenas — ¿Tu mamá no era agente de la paz? — pregunto en ese tono que uno utiliza cuando no está seguro de si su memoria está fallando o no — Algo me dice que no debió ser suave y maternal toda su vida. De seguro tienes mucho de ella y no lo sabes — no como yo, que sé que tengo mucho de mi padre aunque no lo admita, a pesar de que él siempre diga que le recuerdo a mi madre. Además, las memorias que tengo de los agentes de la paz son de gente de acción que no tenían miedo a ensuciarse. Algo me dice que Arleth, con su carácter, era una miembro bastante activa.

No sé como sonar menos resignado, señorita Ballard — me burlo en respuesta, dándole un suave codazo con un movimiento que incluye todo el costado de mi cuerpo — me gusta lo del perro y el hijo apocalíptico. ¿Incluye la cerca blanca y el gato sobre la chimenea? — la simple imagen mental me parece tan irreal que por un momento tengo que quedarme pensando en ella. Quitando a Ava de la ecuación, es la vida que mis padres me maquillaban cuando era chico, haciéndome creer que esa era la idea de felicidad absoluta: una familia unida y armoniosa. Obvio que a nosotros se nos fue por el caño y, a pesar de que mi padre insiste en que debería buscar estabilidad, sé que jamás voy a tenerla. Curiosamente, lo que más odio de esto es el no tener siquiera la opción de elegir o no si quiero algo así y no el hecho de no tenerlo en sí.

Que no lo haga. La declaración de Ava me produce un apretón en el pecho que no logro reconocer ni catalogar como una emoción en particular, lo que me lleva a abrir uno de mis ojos para observarla de reojo. Lo dice en serio, lo deja bien en claro en la manera que se mueve, me quita la botella y se recarga contra mí de manera que su tacto deja un extraño calor allí donde puedo sentir su peso. La dejo hablar, en parte comprendiendo y en parte reprochando dentro de mi mente, sabiendo que debería levantarme y bajar las escaleras para dar por finalizada una charla que ya no tiene salida. Lo malo es que no deseo hacerlo y me siento horrible por eso.

Mi cerebro deja de pensar cuando siento el toque de su nariz y esa declaración presionada contra mi brazo. Mis extremidades se mueven como si yo no hubiera dado la orden y acabo estirando una mano para colocarle el cabello detrás de una de sus orejas, rozando los dedos por el contorno de su mandíbula hasta que acabo picando su mentón. Y ni considero al mundo cuando mis labios buscan fervientemente los suyos, presionándolos con ansiedad a pesar de la lentitud de un beso que se encarga de rememorar y redescubrir la textura y contorno de su boca. Sabe a chocolate, a alcohol y errores, pero no puedo ni deseo detenerlo. Siempre he sido un idiota.

Creo que no ha sido un beso extenso, pero la adrenalina me hace creer que fue una eternidad. Cuando nuestros labios se separan, estoy lo suficientemente cerca como para sentir mi respiración acelerada chocando con la suya, buscando sus ojos con los míos para que me oiga y me comprenda — Esto se muere acá. Esto nunca pasó. Cuando nos vayamos a la mañana, lo dejaremos muerto y enterrado y nadie sale lastimado. Solo una vez — en especialmente todas las personas que nos odiarían por esto. Pero no pienso en ellos cuando vuelvo a besarla, esta vez con mayor demanda, mientras mis dedos se enroscan en su pelo y en su cintura tratando de que ocupemos el menor espacio posible debajo de una manta demasiado grande.
Benedict D. Franco
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Ava E. Ballard
Fugitivo
Me rio cuando dice que he pasado demasiado tiempo con Eowyn porque ciertamente tengo que darle la razón. Puede que en las últimas semanas la haya estado evitando, pero por más sorprendente que parezca, y pese a que suelen ser muchas las veces en las que la quiero asesinar, la rubia es una de mis personas favoritas en el distrito. O al menos lo era hasta que tuvo que abrir su terrible bocaza y bueno… No había caso, Ken seguía siendo mi favorito sin lugar a duda.  

A estas alturas no se si debía sorprenderme o no de que Ben estuviese al tanto de la antigua profesión de mamá cuando a duras penas y yo se mucho de esa época de su vida. Era muy chica, no me interesaba en ese momento ninguna profesión que no fuese domadora de dragones y básicamente vivía en un mundo de fantasía que podía competir con el de Beverly. Luego nos tuvimos que mudar… y no sé, simplemente no preguntaba por miedo a ver que Arleth pudiese ponerse mal o algo así. - ¿Acaso me dices que no soy suave y maternal? - Elijo bromear antes que ahondar en algún tema acerca del pasado de mi madre. ¿Y así esperas que sea la NO futura madre de nuestros hijos? - Dramatizo.

- Y no te olvides del establo en el patio trasero. Petra y Arion son jóvenes todavía… - Comento consciente de que es lo más ridículo que puedo pensar en la vida, lo cual es irónico porque a estándares de persona normal, toda la situación de casa, hijos, mascota debería ser lo más común y sencillo de imaginar. En mi caso la realidad más cercana seguía siendo: excursiones, cabalgatas y la ballesta en mano ante cualquier situación que se me pudiese atravesar. Era fácil imaginar todo ese escenario bajo la premisa de que era realmente imposible que se diera.

Siento que me cuesta respirar cuando la mano de Ben busca mi rostro y pese a que mi cerebro parece haber prendido una especie de alarma que me resuena como un pitido en los oídos, no le hago caso y me pierdo en la sensación cálida que deja su toque. Uno, dos segundos y de pronto olvido todas las razones por las cuales está mal que estemos haciendo esto y me pierdo en el ardor que me provoca estar besándolo nuevamente.

No estoy segura de cuánto tiempo ha pasado hasta que el beso termina, pero si tengo en cuenta mi resistencia y lo agitada que me encuentro, podrían haber pasado segundos tanto como horas. No estoy segura de poder pensar razonablemente, así que cuando su mirada busca la mía no puedo evitar sentir un leve resquicio de pavor ante lo que pueda llegar a decir. Abre la boca y las palabras que salen de ella no son las que espero, pero sí las que necesito.

Su boca vuelve a asaltar la mía y sus manos se pierden en mi cuerpo en un gesto que puedo leer muy bien. Esta vez no me quedo quieta y con una rapidez que me sorprendería si no hubiese entrenado por años para alcanzarla, dejo la botella a un lado y atravieso una pierna por encima de las suyas hasta quedar de rodillas extendida sobre él, sin atreverme a separar nuestros labios.  En algún momento de mi maniobra mis manos se han prendido del frente de su ropa en un intento de acercarme aún más a él, para luego terminar sobre sus hombros, sosteniendo mi peso mientras noto que en esta posición la diferencia de alturas es prácticamente nula. Sonrío contra su boca, y jugueteo un poco con su labio inferior entre mis dientes antes de separarme para recuperar un poco el aliento. - Esto muere acá… - Le aseguro con la respiración entrecortada y sin soltar mi agarre sobre él. Sin embargo, mi vista se desvía hacia un costado, justo a la pila en la que está la mochila de excursión junto con las armas de mano y vuelvo a sonreír antes de besarlo con rapidez. - Pero como alguien se atreva a venir e interrumpir, espero que me perdones, pero esa persona se llevará una flecha en el culo como souvenir. - Advierto casi que con seriedad. No espero que responda y mis manos vagan para juguetear con los cabellos de su nuca, mientras que con los labios voy dejando un sendero de pequeños besos húmedos por su cuello hasta llegar ahí donde se encuentra su pulso y dedicar unos segundos a mordisquear su piel con suavidad.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Mi expresión de “¿es en serio?” con respecto a su pregunta me sale más descarada de lo que había previsto, pero no me siento culpable en lo absoluto: Ava y yo sabemos que tiene tanto instinto maternal como yo tengo consciencia sobre los límites de mi estómago — ¿Piensas robarte los caballos? — comento con gracia, imaginando por alguna razón un establo justo detrás de mi cabaña, ridículamente más pequeña en comparación. No sé por qué mi cabeza ha asumido que, de tener una familia, acabarían viviendo en mi casa a pesar de la falta de espacio — Ya estás pidiendo muchos lujos.

Qué sé yo, de todos modos toda conversación pasa a segundo plano tan rápido que ni me doy cuenta. Soy consciente de cómo su respiración se agita y que su cuerpo reacciona instintivamente contra el mío, encendiendo algo en mí que había estado dormido desde esa noche, hace algunos meses, en la cual perdimos la paciencia. Suelto un suspiro contra su boca en reacción a su modo de actuar, dejando que se acomode sobre mí mientras que mi espalda se acomoda contra la madera, pasando los brazos alrededor de su cintura y presionando los dedos en su espalda baja. Ese jugueteo me arrebata una sonrisa torcida y pícara, tratando de no producir ningún sonido que delate el grado de satisfacción que me provoca la sensación de sus dientes — Mmm…— alcanzo a producir, antes de ese rápido beso que devuelvo con torpeza antes de la risa que me sale mucho más cantarina de lo que hubiese pensado — Bueno, eso sí que sería polémico. Lo que nos falta es que andes disparando a los testigos — si nuestros padres ya habían pegado el grito al cielo, eso solo lo empeoraría.

Pero cualquier pensamiento relacionado a nuestra familia se evapora cuando la muy sucia se mete con mi cuello, obligándome a echar la cabeza hacia atrás, apoyarla en la madera y cerrar los ojos con el ceño ligeramente fruncido por culpa de la tensión placentera que un gesto tan simple puede provocar. Esto está mal, esto está muy mal… nope, eso se sintió bien, sí. Aprieto un poco mis labios y mis dedos se mueven algo ansiosos para quitarme los guantes y lanzarlos a un lado, decidido de que necesito de su libertad para poder tocarla mejor. Espero que mis manos no estén tan frías cuando las deslizo por debajo de su ropa, acariciando su cintura, su vientre y su espalda, remarcando el camino de su columna con la presión de mis yemas.

En algún momento me impulso un poco hacia delante para obligarla a dejar su juego en mi cuello y poder conseguir su boca una vez más. Había olvidado lo natural que se sentía el roce de su lengua y detesto cada parte de mí que se enloquece con su aliento, especialmente cuando sé que mi agarre se vuelve desesperado por presionarla contra mí. Oigo como consigo bajar el cierre de su abrigo y lo tironeo hacia atrás, quitándolo del camino y pasando a tironear de su remera, algo que me obliga a dejar el beso unos segundos para pasársela por la cabeza. Al dejar la prenda a un costado, me es imposible no pasar los ojos por su torso y posar un beso en su hombro, acariciando con lentitud y precisión el camino de sus muslos — A veces creo que acabarás siendo la causa de mi muerte, Avs — bromeo en un susurro ronco contra su piel, jugueteando con los labios cerca del bretel de su sostén — Si no me matan por esto, acabarás provocándome un síncope — o ambas cosas.

La parte más consciente de mí es la que tironea de la manta para pasarla a su alrededor y mantenernos cubiertos en nuestro propio espacio, compartiendo un calor corporal que, encerrado, se transforma en una perfecta estufa. Beso, cada vez con menos cuidado, el camino de su hombro a su clavícula y de ésta a su vientre, presionando cada curva con unas manos que esperaron mucho por volver a tocarla con total libertad. La temperatura provoca que mi abrigo resulte asfixiante, por lo que trato de tironear torpemente y sin detenerme de mi propio cierre, buscando quitarme la chaqueta en el espacio reducido que estamos compartiendo hasta que noto lo ridículo que es esto; mi tamaño puede ser un beneficio en otras situaciones, pero no en esta. Para cuando me río, estoy ubicado entre sus pechos y no puedo evitar dejar caer la cabeza contra ella — Creo que necesito algo de ayuda — mascullo, elevando mis ojos hacia ella — Y espero que lo hagas rápido, Ballard, porque ya me he aguantado demasiado.
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Ava E. Ballard
Fugitivo
La expresión en el rostro de mi hermanastro es tal, que debo morderme el labio para evitar largar una carcajada ahí mismo. Después de todo era muy chica cuando los más jóvenes habían nacido y por ende, eran mis muñecos; habían pasado años desde esos momentos y por suerte ya no había ningún bebé que despertase algún instinto maternal que no creía poseer. De solo pensarme con un infante en brazos… No, no; si quería algo gritón que solo quisiera comer bastaba con poner de mal humor a Ben.

Gracias al cielo el humor de mi hermanastro en estos momentos era otro, y no podía dejar de estar agradecida por ello. La presión de sus manos sobre mi cintura, el calor de su cuerpo contra el mío, la risa vibrante sobre mis labios… - Ya causamos suficiente polémica con un rumor falso. No me sentiría ni la mitad de mal por uno verdadero, sumado a la satisfacción de dispararle a alguien para sacarme la frustración. - Comento a centímetros de sus labios, casi rozándolos, mientras siento como nuestros alientos se entremezclan el uno con el otro.

Un escalofrío me recorre cuando las palmas descubiertas de Ben se posan nuevamente sobre mi cuerpo, pero lejos de incomodarme, me derrito entre las caricias que me propina sobre la piel descubierta y su tacto, antes helado, termina por quemar mi piel allí por dónde se posa. Quiero quejarme cuando me obliga a dejar su cuello, pero mi reclamo muere en mi lengua cuando vuelve a asaltarme con un fervor que me hace soltar un gemido ahogado. Casi que no me doy cuenta cuando mi abrigo desaparece por mis brazos y termina tirado en el piso, y solo noto que mi remera está por seguir el mismo camino porque tenemos que terminar el beso para que la prenda pueda elevarse por encima de mi cabeza.

No siento el frío que debería esperar en una noche como esa y no se si atribuirlo a la adrenalina del momento, o a la mirada que me dedica al explorar mi torso prácticamente desnudo. - ¿Me debería sentir mal por eso? Porque solo puedo sentirlo como un halago. - Declaro con el poco aliento que me queda al sentir como sus labios se esfuerzan en recorrer cuanta superficie puedan alcanzar. Incluso estando por encima de él, no puedo evitar sentirme pequeña y maleable entre sus brazos y contrario al resto de las situaciones en las que mi tamaño suele molestarme, en este caso me produce una satisfacción que no termino de comprender.

Cuando sus manos me abandonan para deshacerse de sus propias prendas, la ansiedad me invade por unos segundos, pero desaparece ni bien clama por mi ayuda. No es que no quisiera ayudarlo, era la primera en opinar que mi hermanastro podía verse muy bien con determinada ropa, pero aún mucho mejor sin ella. Pero el desafío en su voz, retándome a apurar mis movimientos, hace que mi cerebro quiera actuar de manera totalmente opuesta. - Te ayudaría porque realmente estoy de acuerdo contigo, pero ¿acaso me acabas de apurar, Franco? - Divertida, dirijo mis manos hacia el borde inferior de su chaqueta, pero en lugar de dejarlas ahí o de recorrer su espalda imitando su anterior gesto, comienzo a juguetear con la cintura de sus pantalones arrastrando mis uñas por la piel que se halla debajo. Vuelvo a besarlo, y me entretengo unos momentos acariciando el hueso de sus caderas antes de llevar mis manos a su parte trasera.

Claro que no tardo en impacientarme yo también, y no sin antes desabrochar el botón de su jean me apresuro a deshacerme de su chaqueta, seguida rápidamente de su remera. - Luego no digas que no soy eficiente. - Bromeo antes de llevar mi boca a su pecho, recorriendo la curvatura de sus músculos y deleitándome en el calor que emanaba de él.
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