The Mighty Fall
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OTOÑO de 247221 de Septiembre — 20 de Diciembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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2 participantes
Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
El camino se ha tornado tan largo que cuando llegamos a casa ha empezado a oscurecer, tiñendo el cielo de colores cálidos que no tienen nada que ver con el estado de nuestro grupo. Arleth ha pegado el grito al cielo al vernos cruzar el puente en el estado en el que lo hicimos y entre gritos y preguntas ha ido corriendo a abrazar a Zenda y Ava, ligando yo también una muestra de afecto en el proceso que no sé bien de dónde sale. En media hora me encuentro sentado en medio del centro del consejo con ella y Echo, dejando que el resto tenga el tiempo y el espacio para ir a bañarse mientras explico la situación, dejando que ellos decidan qué hacer con el bendito conejo auror y la tablet que les entrego de muy buena gana; no quiero tener esa cosa más tiempo de lo debido conmigo. Cuando por fin me liberan, aunque sospecho que es para quedarse a debatir a solas, paso por mi casa y la encuentro vacía, a excepción de Gigi quien viene a olfatearme y recibirme con el rabo dando vueltas. Menos mal que no la he llevado conmigo esta vez, un impacto de un hechizo y no habría sobrevivido en su estado de vejestorio.

Llamo a los demás integrantes momentáneos de mi casa pero nadie responde, así que asumo que deben estar con Seth, quien se ofreció a sacar agua de su varita para hacer más rápido el proceso de duchas y evitar un atascamiento en las grutas. A sí mismo estoy seguro que por esa razón las mismas van a estar vacías, en especial porque nadie va a ellas cuando ya ha oscurecido, así que agarro algo de ropa limpia y voy en dirección a ellas, decidido a quitarme de una buena vez el pegote que se me está pegando en la piel.

El camino silencioso, en el cual solo oigo las pisadas en la nieve, me da el espacio para escuchar mis pensamientos y recuerdos de una vez. ¿Cómo he sido capaz de actuar de esa manera? ¿Cuándo había sido la última vez que había asesinado a sangre fría, de forma deliberada y por mi propia consciencia? He evitado atacar a matar hace años, al menos en mi forma humana, porque quitar una vida siempre ha sido el resultado de situaciones que no podía controlar. ¿Podía evitarlo hoy? No. Sé que no. De dejarlos con vida, nos estaríamos condenando a nosotros mismos.

No me doy cuenta de que he llegado hasta que noto que alguien ha encendido la antorcha que solemos prender para situaciones de visitas nocturnas; no alumbra mucho, pero sí lo suficiente para no rompernos la cabeza en caso de tener que bajar hasta aquí. Observo como el fuego se agita suavemente, colgando de la pared de piedra de la caverna, hasta que asomo la cabeza y veo a Alice, por lo que relajo un poco la postura  — Hey — le llamo, apoyando la ropa que he traído sobre una roca — creí que estarías con los demás.
Benedict D. Franco
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Jamás se me había hecho un camino tan largo como el regreso al catorce tras la masacre en la que nos hemos visto envueltos, no sé si porque todos estamos tan callados que el silencio deja demasiado espacio para pensar acerca de las cosas que nadie quiere pensar, o porque simplemente estoy tan cansada que a cada paso que doy parece que retrocedo otros dos. Cuando llegamos el distrito ya no está iluminado por el sol que amaneció por la mañana, sino que son las luces tenues de las casas las que iluminan nuestro camino a casa. Apenas soy consciente de lo que ocurre a continuación, porque solo recuerdo llegar a la puerta para recibir a Murphy entre mis brazos, independientemente del aspecto repugnante con el que llego. Lo único que recuerdo después es pasar minutos sentada en el borde de la cama hasta que mi hija vuelve a quedarse dormida, momento en el que decido que, por mucho que me apetezca hacerme un ovillo a su lado y dormir, no puedo hacer eso en este estado.

En el fondo agradezco que Seth se haya ofrecido voluntario para ayudar al resto a asearse, puesto que eso significa que el lago estará completamente vacío a estas horas de la noche. A primeras puede parecer mala idea, como he podido comprobar de vuelta a casa el silencio no es el mejor amigo para la reflexión, pero en este momento la soledad es algo que se me antoja incluso si tengo que lidiar con mi cabeza dando vueltas. Tengo la intención de quitarme la ropa y deshacerme del líquido rojo que no pensé que llegaría a odiar tanto como ahora, pero cuando llego al interior de la cueva y veo la tranquilidad con la que el agua cubre el lago, ni siquiera me importa que estoy vestida cuando me acerco al borde y dejo que mi cuerpo se oculte parcialmente bajo el agua, apoyada sobre una roca.

En seguida la sangre más superficial se mezcla con la transparencia del agua, convirtiéndose en un tono rosado que apenas se puede diferenciar bajo la luz del fuego. No sé cuánto tiempo pasa mientras intento hacer desaparecer la mugre de mis manos, pues por mucho que frote un dedo contra otro creo que jamás podré hacer desaparecer la sensación de suciedad que siento en el cuerpo al haberle quitado la vida a una persona. A alguien que probablemente solo estaba haciendo su trabajo como parte de su día a día, independientemente de para quien o que trabaje. Era alguien con una familia, unos hijos a los que cuidar, un futuro del cual preocuparse y que yo acabo de destrozar. Y, por otro lado, sé qué si yo no lo hubiera hecho, lo habría hecho él, pero por mucho que mi cabeza trate de asimilarlo, mi corazón bombea más sangre de la que mis arterias son capaces de transportar por el resto de mi cuerpo.

Y es entonces cuando siento que mis pulmones van a explotar, teniendo la necesidad de respirar con más rapidez en un reflejo totalmente impulsivo para evitar ponerme a llorar. Con una mano en el pecho intento bajar la velocidad de mis respiraciones, así como el temblor de estas y de mis manos, algo que termino por conseguir tras unos minutos de angustia que se me hacen eternos. Pese a que la calma vuelve a hacerse notable y cualquier sonido cercano audible, la voz de Ben me pilla desprevenida y mi cuerpo hace un movimiento brusco al sorprenderse que mueve toda el agua a mi alrededor. Paso una mano por mi mejilla y froto con agua para disimular que ni siquiera le he escuchado hasta que sus palabras llegan con retraso a mi cerebro. – Ehhh… No. – Musito de forma seca. – Necesitaba un poco de tiempo a solas para pensar. – Aunque ese poco tiempo al final se ha convertido en horas. – Aunque ya me iba. – No sé si estoy segura de querer compañía. Me levanto sobre mis pies, sintiendo el cuerpo el doble de pesado que cuando me senté, aunque el agua que chorrea de mi ropa me recuerda el por qué.
Alice D. Whiteley
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Puede que no la vea bien, pero estoy seguro de que a pesar de ser blanca como ella sola, sus labios por lo general tienen más color. No se ha quitado la ropa para meterse al agua y eso me hace notar lo sucia que estaba, aunque no estoy seguro de cual es la razón para hacerlo. ¿Deseaba limpiar también la ropa o simplemente necesitaba relajarse? Por un momento siento que estoy invadiendo su privacidad y siento el deseo de marcharme, en especial cuando dice que necesitaba estar sola, lo que hace que levante mis manos para indicarle que no se preocupe — Estabas aquí primero. No quiero molestarte.

Me siento invasivo sí, pero el lado más humano de mi persona se fija en que sus ojos están hinchados y conozco muy bien por lo que está pasando. Me quito con mucho cuidado los zapatos y las medias, sintiendo la piedra fría bajo mis pies y me deshago de mi abrigo, aunque sin desnudarme me acerco a ella para poner una mano sobre su espalda — No te levantes si lo necesitas — le aconsejo. No sé si se ha tocado la cara o si es algo que yo le he manchado al tocarla anteriormente, pero me humedezco los dedos en el agua y le froto una mancha de sangre seca de la mejilla, tratando de limpiarle también el rastro de las lágrimas que ha dejado entre la mugre. No sé por qué, pero me siento culpable. Quizá debería haberle dicho que se quede en casa esta mañana.

Me relamo los labios con lentitud tratando de encontrar las palabras, pero creo que el silencio es tan necesario como incómodo — Al, yo… — no sé por dónde empezar. Tampoco soy el mismo que hasta hace unas horas, pero he vivido mi primer asesinato hace mucho tiempo. Solo un niño, que tuvo en sus manos un par de cuchillos tal como ella ha hecho esta tarde — Lo siento mucho. Sé que debes desear estar sola, así que… bueno, si necesitas hablar… — le doy un ligero apretón a su espalda baja y me separo, agachándome frente al lago para tomar algo de agua entre las manos y limpiarme la cara. Las gotas patinan entre la suciedad y la corta barba, haciéndome estremecer. Mojo mi nuca, apenas logrando ver algo en la oscuridad del agua, hasta que no puedo soportarlo más — Tienes que entender que no fue tu culpa. Ese auror hubiera hecho lo mismo contigo si no hubieras reaccionado antes. Es una ley cruel, pero es la verdad.
Benedict D. Franco
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
En efecto, estaba aquí primero, lo que me hace mirarle como si hubiese interrumpido la soledad que tanto ansiaba, aunque no estoy muy segura de quererla tanto puesto que significa tener que combatir con los pensamientos de mi cabeza, y, honestamente, estoy agotada. Lo que no sé con certeza es de si estoy agotada del transcurso del día o del silencio que poco a poco me está consumiendo. – No molestas. – Lo digo en voz alta pero no sé si en verdad lo siento. Después del día que hemos tenido no quiero hacérselo más difícil a nadie, menos a él, por lo que al final termino por asentir con la cabeza para darle a entender que su compañía está bien.

Trato de mirarle cuando noto su presencia tras mi espalda y escucho su voz mucho más cerca de lo que esperaba, pero siento su mano en mi mejilla y tengo la necesidad de apartar la mirada. Que me quite rastros de sangre de la cara hace que me lleve mis propias manos mojadas al rostro para deshacerme de ella yo misma, como una niña que no quiere que sus padres la vean llorando. Si en algún momento en estas últimas horas me puse a llorar, no fui consciente de ello, aunque a juzgar por mi aspecto podría decirse que sí. Me tiembla todo el cuerpo, pero en especial las piernas, de modo que cuando me dice que no es necesario que me levante asiento con la cabeza a la par que murmuro un simple ‘vale’ y me dejo caer nuevamente sobre el agua hasta sentarme.

Suelto un suspiro cansado, y tengo tantas ganas de cerrar los ojos que por un momento lo hago, hasta que escucho sus murmullos y levanto la cabeza ligeramente en su dirección con ellos abiertos. – ¿Qué es lo que sientes? – Por sentir yo siento muchas cosas, como siento haber destrozado la vida de una persona, pero no lo digo en voz alta porque no me veo capaz de hacerlo sin volver a ponerme a llorar. – Sí que fue mi culpa, puede que él hubiera hecho lo mismo, pero fui yo quien clavó el cuchillo en su abdomen. Yo acabé con su vida. – Y me trago esas palabras como si acabara de tomarme el limón más ácido del mundo. – Y veo su cara, no le conozco y veo su cara cada vez que cierro los ojos, o escucho sus últimos gemidos antes de ver como la vida se esfuma de sus ojos. – Definitivamente yo no estudié para esto, no estudié para cargarme la existencia de alguien como si no fuera más que un muñeco. Aparto la mirada de él para volverla hacia el agua, pasándome las manos por la cara nuevamente, esta vez por la ansiedad que amenaza con invadirme.
Alice D. Whiteley
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Su pregunta me hace meditar unos momentos, no muy seguro de lo que voy a responder  — De que hayas tenido que pasar por esto. Sé que no es fácil y aunque nos entrenamos por si algo así sucede, no es lo mismo practicar entre nosotros que llevarlo a cabo — entrar al catorce significa una cosa: no importa quien seas, pasaras horas aprendiendo a manejar armas hasta que puedas defenderte en caso de una invasión, cosa que todavía no ha sucedido. No preparamos un ejército como Jamie Niniadis piensa, sino que lo hacemos por nuestra propia seguridad. Solo somos un grupo de personas que intenta sobrevivir y como demostramos esta tarde, podemos hacerlo. El problema es que estamos tan aislados que nuestra burbuja se ha convertido en una protección un poco más profunda de lo que parece.

No me sorprende lo que suelta; la culpa, el horror, la angustia, todo eso lo conozco y lo siento en carne propia, por lo que utilizo un breve instante para cerrar los ojos y contar hasta diez antes de volver a abrirlos — hey, Al, escucha — me muevo hacia ella y la tomo por ambos hombros para obligar a que me mire, quizá con un poco más de tosquedad de lo que esperaba — Lo que sucedió es algo que nadie podía evitar. ¿Ibas a dejar que te mate o que te aprese? Sabes bien que de haberte llevado con él, tu destino no habría sido bueno. ¿Crees que le importaría averiguar que dejas atrás a Murphy o algo por el estilo? Pues no — le quito algunos mechones que se le han mojado de la cara y le aprieto con cuidado un pómulo con la punta de los dedos — Esas personas están convencidas de que somos una mierda que tienen que limpiar. ¿Crees que alguien lo obligó a convertirse en auror? Que yo sepa no es una carrera obligatoria. Él decidió darnos caza. Tú no tuviste otra opción.

Como yo, quiero creer. ¿La estoy queriendo convencer a ella o a mí mismo? La suelto con mucho cuidado y bajo la mirada hacia su ropa, dándole un pellizco — No va a limpiarse así, deberías frotarla o tirarla. La sangre en tantas cantidades es un poco complicada de lavar — le explico con suma lentitud. Yo he tirado los guantes en cuanto entré a la sala del consejo, cosa que hizo que Arleth me mirase con la nariz arrugada y una expresión que todavía no sé como etiquetar. Me acomodo mejor con los pies en el agua y tironeo con cuidado de la camisa para despegarla de mi cuerpo, sintiendo el pegote de la suciedad tirar de mi piel — Eres una buena persona, Al. No te tortures ni creas lo contrario. Odio decirlo, pero son ellos o nosotros. Tenemos que proteger a nuestra gente nos guste o no.
Benedict D. Franco
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Lo peor de toda esta situación es que en verdad, acabar con la vida del auror fue una de las cosas más fáciles que he hecho en toda mi vida. Probablemente porque en ese momento me sentí como un animal amenazado por su presa, de manera que clavarle el cuchillo fue un movimiento tan intuitivo como necesario. Agacho la cabeza a medida que niego despacio con ella cuando se excusa a él mismo, aunque no muy segura de lo que quiero expresar con ese gesto antes de alzar la voz. – Tú no tienes la culpa, decidí ir por mi cuenta, conocía los riesgos, como todos. – Que haya matado a un hombre a sangre fría no tiene nada que ver con él, por lo que no es un motivo para que se sienta responsable de lo que ocurrió. – No creo que pueda ser capaz de volver hacer algo así. – Me siento estúpida cuando lo digo, sobre todo teniendo en cuenta donde vivimos y la amenaza constante a la que nos vemos sometidos. He hecho muchas cosas a lo largo de mi vida, suplantar una identidad falsa, convertirme en fugitiva del país, pero todavía no había conseguido la papeleta de asesina. Hasta ahora.

Me veo obligada a mirarle a la cara cuando siento sus manos sobre mis hombros, más por la fuerza que utiliza que por querer escucharle en realidad. Lo que dice tiene sentido, si no fuera porque es lo mismo que llevo repitiéndome una y otra vez desde que volvimos, y que por mucho que trate de utilizarlo como excusa para justificar mis acciones, no sirve para nada porque el daño ya está hecho. Aunque no llego a responder a sus preguntas, por la forma que tengo de soltar un suspiro cansado debe entender que lo hago en mi cabeza. No, no podría perdonarme el dejar a Murphy sola, pero, así como no podría hacer eso tampoco puedo perdonarme por lo que hice. – Pero eso no significa que estuvo bien. Para nada estuvo bien. – ¿Tan seguros estamos de que fue algo que ninguno de nosotros podría haber evitado? Pudimos marcharnos, pudimos haber ignorado el fuego, regresar a casa, no nos hubieran encontrado de todas formas. – Ahora mismo me siento como la mierda. – Reconozco cuando escucho las mismas palabras salir de su boca, aunque formuladas de distinta manera, lo cual no ayuda del todo a hacerme sentir mejor conmigo misma. – ¿Cuánto tardó en morir? ¿Minutos? ¿Segundos? – Inconscientemente frunzo el ceño, ignorando por completo el tacto de su mano sobre mi piel en un intento de ayudarme a pensar. – Por la herida de su abdomen diría que el hígado se llevó la mayor parte del impacto, y si tenemos en cuenta la pérdida de sangre inmediata, su cuerpo no tardaría más de dos segundos en entrar en estado de shock. De manera que su corazón trataría de bombear la mayor cantidad de sangre posible, pero no es posible porque si calculamos la velocidad de salida del volumen sanguíneo con la que emplea la sangre en recorrer su cuerpo daría lo mismo, apenas tardaría treinta segundos en entrar en hipoxia, además de sufrir una parada cardíaca, por lo que tan solo le quedarían unos minutos de agonía para despedirse de su vida antes de morir. – Mi respiración aumenta conforme el recuerdo se cuela por mi cabeza, y estoy segura de que jamás me había sentido tan despreciable como ahora.

No necesito bajar la mirada para saber a lo que se refiere, pero de alguna manera se me ocurre que desprenderme de la ropa sucia no va a hacer que desparezca la sensación de repugnancia que siento pegada a la piel. Trago saliva una vez más antes de dignarme a hacerle caso, asintiendo con la cabeza y llevándome las manos a la cremallera de la sudadera de algodón que llevo puesta en un intento de deshacerme de ella. Y es que es la primera vez que semejante cantidad de sangre me asusta, pese a conocer perfectamente su composición y lo complicado que es hacerla desaparecer. – Estoy tan cansada, Ben, no sé si ahora podría considerarme buena persona, pero lo que sí sé es que estoy exhausta. – Confieso en un murmullo tan bajo que ni siquiera soy capaz de escucharme a mí misma. De lo que no estoy segura es de si lo digo por todo lo que ha pasado hoy o porque de verdad estoy harta de tener que protegernos las espaldas cada vez que hacemos algo, aunque tampoco me aseguro de comprobarlo en voz alta. Todos sabemos que en el momento en el que alguien me da pie a hablar a mis anchas, me paso de sensible.
Alice D. Whiteley
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
No le recrimino que se sienta incapaz de repetirlo, porque he estado ahí. Tampoco le recrimino que se sienta como la mierda, porque estoy seguro de que todos estamos de la misma manera. Lo que sí hace que la mire con reproche es ese modo que tiene de ver la situación como una doctora, explicando con lujo de detalles todo lo que ha tenido que sufrir ese sujeto para terminar arrojado en medio de un cráter con todos sus compañeros. ¿De qué le sirve? ¿Es una manía de todos los médicos el analizar esas cosas o ella lo está haciendo por el mero placer de ser una masoquista? — No es necesario que medites tanto. A él con un movimiento de la varita le bastaba — mascullo de mala gana.

El agua en las grutas siempre está cálida, así que quitarme la camisa no me es un problema ni una molestia. Puedo sentir como mi piel tira por lo pegoteada que está pero más allá de eso, puedo dejar la prenda a un lado con rapidez para revisarme. Raspones y moretones por las caídas, más nada grave por lo que preocuparse además de suciedad. Me levanto nuevamente y estoy por quitarme el pantalón para meterme de lleno cuando la oigo, deteniéndome en seco con la vista perdida en algún punto al azar hasta que me atrevo a observarla con ojos meditabundos — El cansancio nunca se irá — le digo casi a modo de consejo. Cuando bajo la cremallera de mi pantalón, lo hago con movimientos tan lentos que hasta parece que he olvidado cómo se hacía — Alice… ¿Tú me crees una mala persona?

En cierto modo es una pregunta capciosa. Bajo el pantalón con rapidez y lo pateo, echando un vistazo a la entrada de la cueva por si alguien se acerca, aunque a estas horas sé que al menos tendremos algo de privacidad — Hace semanas quisiste convencerme que no soy un monstruo, pero por como hablas ahora parece que nada de eso ha sido verdad. ¿Crees que no llevo la cuenta de las personas a las cuales le quité la vida? — evito su mirada, porque no quiero encontrarme con ella — Y no solo en los juegos o esta tarde. No solo por estar transformado. ¿Quieres que hablemos de Dwane Rickon y de como le clavé las tijeras en el hospital? Sí, me estaba dando una paliza, pero pudo haberse evitado — fue hace una eternidad, pero todavía lo recuerdo. Recuerdo que yo era demasiado pequeño y él me doblaba en tamaño, que me estaba partiendo la cara a la mitad y que lo único que tuve a mano fueron esas tijeras que clavé en su garganta antes de que la sangre me cayera de lleno encima. Juzgaron a Seth por mi crimen, sí, pero yo sabía la verdad y a la larga Jamie también lo supo — ¿Qué clase de persona me convierto a tus ojos entonces? ¿O ahora me vas a decir que sí soy un monstruo?

Sin ir más lejos me desprendo de la ropa interior y me lanzo al agua, demasiado tibia como para ser capaz de aflojar poco a poco la tensión de mi cuerpo y quitarme la suciedad, esa que flota a mi alrededor. He tratado de evitar pensar en ellos, pero siempre regresan. Desde el primero hasta el último y lo peor es que sé que la lista no ha terminado. Para cuando mi cabeza rompe la superficie, la observo desde mi lugar, sintiendo como mis pies se apoyan con cuidado en las rocas más cercanas — Odio decírtelo, pero tendrás que aprender a vivir con eso y aceptar las disculpas contigo misma. Es el mundo en el cual nos tocó vivir — me costó mucho entenderlo.
Benedict D. Franco
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Tengo que tragarme sus palabras pese a sentirlas como una piedra gruesa a través de mi garganta, frunciendo el ceño ante su negativa sin poder entender del todo a que se debe su comportamiento. – Lo sé. – Termino por escupir sin demorarme más en tratar de explicar que no me hacía falta que me lo dijera para saber lo poco que hubiera tardado el auror en acabar conmigo. En ese momento no me doy cuenta de la excesiva fuerza que utilizo al quitarme la camiseta de encima, probablemente como resultado de un repentino enfado, cuando ni siquiera está tan pegada a mi cuerpo después de haber pasado horas bajo el agua como para arrancarla de esa manera.

No, el cansancio nunca se irá, y jamás una frase me había molestado tanto como esa, de manera que lo único que consigo alcanzar a hacer es aguantar las ganas de soltar un bufido. Mi nombre en sus labios no es suficiente para que le mire, aunque sí lo son sus siguientes palabras, esas que me hacen fulminarle con una mirada que no estoy segura de que percibe desde mi posición encogida. – Ya sabes lo que opino respecto a eso. – Mi tono de voz denota una pizca de indignación, como si no me creyese que estuviera volviendo a sacar el tema. – Sé que lo que hicimos no nos convierte en personas horribles, aunque ahora mismo me sienta como una, y sé que, si yo no le hubiera matado, él no habría dudado ni siquiera un segundo en apuntarme con esa varita, pero tampoco puedo hacer como si no hubiera pasado. – Conforme voy hablando suavizo la forma en la que me dirijo hacia él, odiaría tener que convertir esto en una disputa cuando ninguno de los dos quiere hacerlo. – Solo necesito tiempo para asimilarlo. – Ninguna palabra de consolación o palmada en el hombro, tan solo tiempo.

Me siento verdaderamente ofendida cuando se toma lo que pasó hace unos meses como si careciese de significado. – Nada de lo que dije esa noche es mentira, ya deberías saberlo. – Tengo la necesidad de apartar la mirada hacia un lado, contemplando como el agua se mueve con calma. Que saque a relucir el pasado es algo que no soporto, sobre todo cuando lo utiliza como excusa para hacerme entender cosas que ya comprendo, sin la necesidad de mencionar lo que ya no se puede cambiar. – Sabes que no es ahí a donde quería llegar, que tú ya hayas pasado por esto no significa que yo tenga la misma capacidad de resiliencia. No hace menos de medio día que acabo de asesinar a una persona, ¿puedo tener la voluntad de decidir como debo sentirme? – Y como casi resulta más una súplica que una petición, me levanto en un movimiento ligeramente inesperado para deshacerme de los pantalones.

No tengo ganas de discutir, no con él y mucho menos después del día que hemos tenido, por lo que al final la confesión sale por mi boca incluso antes de que yo dé la orden para hacerlo. – No es solo el hecho de haber matado a alguien hoy, no estaba preparada para hacer frente a algo de lo que llevo escondiéndome años. – Porque llevo tanto tiempo encerrada en este sitio que por un segundo olvidé lo que era estar ahí fuera, donde el peligro amenaza con aparecer en cada esquina. Creía que después del tiempo que ha pasado me habría acostumbrado a los riesgos, cuando en realidad no podría estar más equivocada. – Esta tarde, cuando los aurores nos tenían rodeados, hubo un momento en el que pensé que ninguno iba a regresar a casa. – Antes de que se inclinara la balanza a nuestro favor, ellos nos doblaban en número, fuerza y experiencia, todavía no llego a entender que fue tan mal como para dejarnos acabar con ellos sin ninguna baja. – No temo no poder perdonarme por lo que pasó, siento pánico al pensar que la próxima vez no tengamos la oportunidad de volver. – Soy demasiado orgullosa como para admitir que por mucho que me moleste en ocultarlo, tengo miedo. Pero es Ben, en algún momento mi confianza hacia él dio un giro de trescientos sesenta grados en los últimos meses, aunque eso no significa que no me sienta una cobarde al decirlo en voz alta.

Así que perdóname si no me comporto como alguien que ya lo haya superado. – Resoplo, pasándome una mano por la nariz segundos antes de utilizar la fuerza de mis manos para impulsarme dentro del agua y terminar por sumergirme del todo durante unos minutos. En el fondo siempre fui débil.
Alice D. Whiteley
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
A pesar de que es obvio que por un momento tengo la intención de abrir la boca, me termino convirtiendo en una sombra que flota en el agua y la escucha en puro silencio, aceptando su punto de vista sin poner ni una sola queja. Por un momento me siento un completo invasor, no de su espacio sino de su mente, así que bajo la mirada hacia el agua que utilizo con sumo cuidado para quitarme algunas manchas que se han quedado clavadas en mi piel  — No quise que lo veas de ese modo. Jamás dije que… solo quise darte mi apoyo — ¿Creerme más fuerte que ella? No, jamás. Somos dos personas diferentes que han pasado por situaciones diferentes. Nuestras experiencias no son las mismas.

Apoyado en una roca, levanto la vista hacia ella solo cuando admite en voz alta el tener miedo y tengo que ahogar las ganas que me invaden de ir a tomarla entre mis brazos y decirle que todo va a ir bien. No sé por qué no lo hago, no sé por qué me limito a mirarla desde la oscuridad, sintiendo como el agua se mueve por su culpa cuando por fin se mete en ella, ya sin ropa. He estado desnudo con Alice en más de una ocasión, pero creo que es la primera vez en todo este tiempo que me siento de verdad vulnerable — Hacemos lo posible para que no haya una próxima vez — admito. Expediciones reducidas, escondernos detrás de nuestras defensas… hace años que no ocurría algo como esto.

Me siento demasiado callado y débil, en especial porque todo lo que ha escupido me ha cerrado la boca no por contradecirme, sino porque decido respetarla; hacer el duelo de uno mismo no es fácil. Espero a que vuelva a salir a la superficie, observándola a la tenue luz de la antorcha hasta que por fin me digno a acercarme, ayudándome de mis brazos para avanzar con mayor facilidad en el agua — No te estoy juzgando y no te estoy diciendo que debes comportarte como si no fuese importante. Solo quiero ayudarte y evitar que te hundas en tu propia miseria; sé bien lo fácil que es llegar a eso — muchos de nosotros lo hicimos y no está bien — Sé que necesitas tiempo y sé que pensarás en ello todos los días durante semanas, así que solo quiero que sepas que estoy aquí para lo que necesites.

Por esta vez no me atrevo a tocarla, pero aún así le tiendo la mano, apenas apoyándola sobre la superficie del agua para invitarle a tomarla — Jamie Niniadis y su gente jamás van a tocarnos, lo prometo. Lo que pasó hoy es lo más lejos que van a llegar. Siempre sobrevivimos… ¿No?
Benedict D. Franco
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Juraría que después de haber pasado horas en contacto con el agua mi cuerpo aborrecería volver a sumergirse en ella, pero lo cierto es que no podría sentirme más satisfecha cuando dejo que mi peso se envuelva con las ligeras olas que se forman en el agua y que la tensión que llevaba acumulada en los músculos se libere de forma tan repentina. Siento mi pelo chorrear sobre mis hombros cuando salgo a la superficie, advirtiendo por el rabillo del ojo como Ben se acerca mientras me aparto de la cara restos del agua del lago. – Lo sé, pero incluso tú sabes que por muchas medidas preventivas que tomemos, protegernos de las órdenes de Jamie cada día se sale más de nuestro alcance. – Llevamos escondiéndonos durante años, pero jamás un grupo de aurores se había acercado al catorce tanto como hoy. Nadie puede asegurarnos que no hay más escuadrones por ahí sueltos, preparados para darnos caza en nuestro propio refugio.

¿Evitar que me hunda en mi propia miseria? ¿No es justo eso lo que llevo haciendo durante años, por mucho que me esfuerce en aparentar lo contrario? No, ahora que planteo esas preguntas en mi cabeza me percato de que nunca ha sido mi intención dejarme llevar por la penuria, por muy tentador que pudiera parecer. Desde que llegué al catorce he tratado de vivir ajena a la dependencia que una persona puede tener de otra, de lo que no me he dado cuenta es de lo mucho que me hace falta esa necesidad de delegar en alguien sobre algún aspecto de mi vida hasta que sus palabras llegan a mis oídos. Porque hasta ahora nadie me había ofrecido su apoyo, o si en todo caso lo hicieron yo lo rechacé, de manera que en el fondo es culpa mía que haya vivido de esta forma durante tanto tiempo. – Gracias – Estoy segura de que en mi cerebro tenía más cosas que decir, pero al final me sale la opción más sincera que se me ocurre, a pesar de sentirme débil al admitir en voz alta que en ciertos momentos necesito protección.

Como si no pudiera aguantarme ese pensamiento durante mucho más tiempo sin sacarlo a la luz, le miro a los ojos un segundo antes de abrir la boca. – No soy frágil. – Sé perfectamente que en ningún momento esas palabras han salido de sus labios, pero no lo digo con la intención de hacérselo ver a él, sino para excusarme a mí misma por el comportamiento que he tenido hace unos minutos, u horas. – Como he actuado ahora no tiene nada que ver con la persona que acostumbro a ser a diario. – Porque yo nunca he sido alguien que se acopla a las situaciones llorando, prefiero tragármelo antes que derramar una lágrima por resultados que no tengo el poder de cambiar. – Es solo que… – Alejo la mirada hacia nada en concreto un momento. – Hoy ha sido demasiado. – Musito tan bajo que ni yo misma me escucho en un principio.

Quiero decirle que no es la primera promesa que me hacen, y que no debería prometer algo que puede no ser capaz de cumplir, sobre todo si se tiene en cuenta que estamos hablando de Jamie. Pero en ese momento lo único que verdaderamente necesito es creerme sus palabras, porque hace tiempo que no deposito mi confianza en nadie, y porque la forma que tiene de ofrecerme su mano de algún modo me hace sentir segura, lo suficiente como para extender mis dedos para apretar con más fuerza de la necesaria su mano, como si con ese gesto pudiera responder a su afirmación a mayores. No son necesarias las palabras para explicar que siempre fue más complicado sobrevivir que morir. En especial para nosotros.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Lo que dice me recuerda a la ejecución de Sebastian Johnson, hace ya varios meses atrás. Él murió burlándose del Ministerio en la cara y nos mantuvo escondidos, aunque avivó la llama que nos puso de nuevo en la mira. ¿Hace cuánto tiempo Jamie lleva buscándonos? ¿Catorce, quince años? La culpa me hace encogerme en mi sitio como un niño tímido al confesar sus crímenes, porque sé muy bien que si no fuese por mí, la ministra no tendría la certeza de que el catorce existe. Fui un cobarde y un débil y a pesar de que era solo un niño, no dejo de pensar que tendría que haber dejado que me torture sin decirle ni una sola palabra. Claro que ahora es mucho más fácil pensarlo que en su momento fue hacerlo.

Su agradecimiento me saca de mi propia lástima y odio y me hace sonreírle a duras penas, esperando que sepa que es lo mínimo que puedo hacer por ella. No sé por qué no se lo digo, pero estoy seguro de que sabe que me importa y que ya solo por eso no voy a permitir que se quede sola. He hecho muchas cosas malas en mi vida, pero abandonar a los que quiero no es una de ellas — Sé que no — le respondo de inmediato pero con suavidad a su afirmación de que no es frágil, moviendo mi cabeza en forma afirmativa para ponerle énfasis a mi confianza en su voluntad. Pero ella sigue explicándose, hasta que tengo sus dedos entre los míos y los aprieto con la misma fuerza que ella ha sujetado los propios, dándome un momento a respirar con lentitud — Ha sido demasiado para todos, así que no debes sentir vergüenza por eso. Es completamente humano.

¿Y cómo me siento yo? ¿Sigo siendo humano? Con mucho cuidado de no resbalar e irme a la mierda apoyo mi espalda en una de las rocas sobresalientes del agua, haciendo que la superficie se balancee de un lado al otro alrededor de mi torso al moverme. Tiro con cuidado de ella para que se acerque, aunque mis ojos se clavan en su mano, esa que sostengo entre ambas mías para poder abrir y cerrar sus dedos a modo de inocente juego — Cuando yo era niño y… bueno, ya sabes, gané los Juegos — todavía recuerdo la noche en la que desperté en la clínica de la Isla de los Vencedores. Demasiado flaco, con el cabello largo y ojos perdidos, buscando por apoyo hasta meterme en la cama de Amelie, que me acogió como un bebé — Tenía bien en claro que no deseaba volver a tocar un arma en mi vida. Hice de todo por alejarme de ello… ¿Sabes? Bueno, también tenía ideas más radicales sobre lo que iba a hacer a continuación — el suicidio fue una opción por un breve tiempo hasta que aprendí a sanar las heridas — Pero cuando la Isla cayó y conseguí una pistola para defenderme… el mundo entero se transformó en una nueva arena que nunca se terminó. Siempre creí que iba a pasarme la vida entrenando tributos y me convertiría en un hombre amargado y solo y sin embargo aquí estoy. Sigue siendo demasiado, pero al menos no estoy solo — la tengo a ella, tengo a mi familia, tengo a mis amigos. Son unos Juegos eternos, pero con una alianza mucho mejor.

Me llevo los dedos de su mano a mi boca y beso sus nudillos, a pesar de mantener un rostro sereno y algo quedo. Hablar de mi vida pasada siempre resulta extraño, porque ver donde estaba y donde terminé me parece tan lejano que no puedo hacer otra cosa que preguntarme qué ha pasado con ese Ben. “Bennie”. El que necesitaba de un inhalador y se la pasaba llevándose cosas dulces a la boca y se quejaba porque no podía ser mecánico como su padre cuando de golpe lo tuvo todo y nada a la vez. El enano enclenque del que nadie esperaba absolutamente nada.

Cierro los ojos y presiono mis labios en su mano, tomando un momento algo de aire — Yo le dije a Jamie Niniadis que el catorce existía, hace años — le confieso en un murmullo lastimero, haciendo una mueca sin despegarme de ese gesto, como si de abrir los párpados o dejar ir su mano me volviese incapaz de hablar algo que solo he hablado con los miembros del Consejo — Me lanzó el maleficio cruciatus e intentó ahorcarme mediante magia. Me llevé unos buenos golpes ese día, pero… — cuando por fin vuelvo a mirarla, lo hago con cuidado, como si tuviera miedo de lo que puede pensar de mí — Nos han estado buscando desde entonces. Cuando condenaron a Seth por el juicio de Dwane y Jamie me agarró… decidí que debía huir para advertirles. Seth huyó conmigo y bueno… conoces el resto.

Y en cierto modo, muy a mi pesar, siento que me echo la culpa por todo lo que ha pasado esta tarde. Una estupidez, lo sé, pero inevitable.
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Me estremezco en el agua cuando asegura que esta clase de comportamiento es normal, como si de alguna manera no pudiese entender que después de todo somos humanos, personas emocionales con demasiada tendencia a romperse en situaciones que no pueden controlar. No sé con certeza si es vergüenza lo que siento en estos momentos, o si en realidad es la propia frustración sumada a la derrota lo que hace que mis sentimientos afloren con una irritable ligereza. Claro que en el fondo puede que solo sea bochorno ante las penosas decisiones que he tomado a lo largo de mi existencia, esas de las que soy incapaz de decir que me arrepiento de haber seguido. A fin de cuentas, me han convertido en lo que soy ahora, aunque tampoco puedo decir que fueron las mejores.

Dejo que mi torso flote ligeramente sobre el agua para que resulte más fácil la atracción de mi cuerpo hacia el suyo, parándome a observar el movimiento que hacen mis dedos cuando juguetea con ellos entre sus manos, un gesto que me hace sonreír a medias en una mueca compasiva. Por un momento me dedico a contemplar las facciones de su rostro, manteniéndome en silencio mientras sus palabras resuenan sobre las paredes de la cueva con un sutil eco de fondo. No es la primera vez que le escucho hablar sobre su pasado, aunque sí es la primera que puedo recordar en la que mencione como se sintió después de los juegos. – ¿Cómo lo haces? – Murmuro en apenas un susurro. – Después de todo lo que te ha pasado, de lo que has sufrido, ¿cómo puedes seguir teniendo la esperanza de que las cosas van a mejorar? – Es una pregunta que me hago a menudo, en especial cuando descubro algo nuevo y diferente acerca de su pasado.

Puede que siempre haya sido pesimista, o puede que ese sentimiento se haya potenciado con el paso de los años, pero tengo la necesidad de explicarme antes de que sea demasiado tarde. – Sé que esa es la imagen que se supone que tenemos que dar a los niños, porque son jóvenes y ajenos a lo que de verdad ocurre ahí fuera, por lo menos hasta hoy – Después de lo que ha pasado en el bosque dudo mucho que ninguno de ellos se vaya a dormir sin pensar en lo que podría haberles ocurrido si el gobierno hubiera llegado a capturarnos. – Pero me refiero… A ti mismo, ¿cómo eres capaz de…? Siempre pareces sacar algo decente de las adversidades diarias. – Resulta más una afirmación que una consulta. Y le admiro por eso, le admiro porque ha transcurrido mucho tiempo y todavía sigo resentida con el pasado.

Acepto esa muestra de afecto con una sonrisa cálida pese a apenas mostrarse en mi rostro, sintiendo el contacto de sus labios tan suave sobre mi piel que me cuesta creer que esa mano que besa fue la misma que horas antes sujetó el cuchillo culpable de la sangre que manchaba mis dedos y que ya no está. Podría decirse que su confesión no me toma por sorpresa, aunque si lo hace no hay ningún movimiento en mi cuerpo que lo delate, sino que permanezco inmóvil a su lado de manera que ni siquiera el agua es capaz de interrumpirnos. – Eras solo un niño. – Musito. No le hace falta esa aclaración, aunque no puedo evitar que salga por mi boca en un intento de redimirle de la culpabilidad que parece llevar persiguiéndole años. – Nadie en esa situación hubiera actuado de forma diferente. – Tampoco necesita que se lo diga, pero lo hago de todas formas.

Niego despacio con la cabeza, alzando la mano que tengo libre para acariciar el contorno de su mentón y dejando que la otra se hunda con la suya bajo el agua. – Se hubieran enterado de que existe de todas maneras, tarde o temprano, mientras tengan la confianza de que Seth sigue con vida, nunca dejarán de buscarle. – Permito que el silencio se haga paso entre nosotros durante unos segundos antes de volver a hablar. – Ninguna madre lo haría. – Porque puede que Jamie sea una de las personas más despreciables que ha llegado a existir sobre la faz de la tierra, pero si hay algo que es verdad acerca de ella es que quiere a su hijo. – Y no hay nada que tú, yo, o el propio Seth podamos hacer para evitarlo. – Es desesperante, pero es la realidad.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
¿Cómo lo hago? No tengo idea. Su modo de verlo hace que se me asome una sonrisita pequeña y de lado por una fracción de segundo, sin saber muy bien cómo responder a eso — Supongo que me he acostumbrado a esto. Si no puede ser peor, solo puede mejorar — ¿Estoy seguro de que alguna vez lo hará? No, pero lo espero con ansias. He vivido tanta mierda que si me hubiese dado por vencido, ahora mismo no estaría aquí, disfrutando de pequeñas cosas tan tontas como un baño en medio de la noche. Creo que eso es lo que la gente llama esperanza — No se trata de ser fuerte o ser positivo, se trata de mantenerse entero. Me quejo más de lo que parece, pero he visto el infierno, he matado, he enterrado a la mitad de mi familia y acunado a mi hermana al morir, fui esclavo y fui un objeto. ¿Y ahora que? Quiero decir… — me relamo un momento los labios, pensativo — Hay cientos de cosas que están mal y lo sé, pero sigo siendo yo, aquí y ahora. No han podido quitarme eso — quizá mil cosas más sí, pero Benedict Franco sigue respirando, sigue viendo a quienes le importan y sigue disfrutando de algunas cosas. Algo es algo — Aprendes a conformarte con poco, creo.

Esperaba rechazo, esperaba que aparte su mano, pero lo que no me esperaba era una frase de consuelo y comprensión que me hace alzar los ojos hacia ella entre sorprendido y agradecido. Quiero negar con la cabeza porque no comprende el horror ni la culpa que ese niño ha sufrido, pero como me toma del mentón soy obligado a mantener la mirada en la suya, oyendo como repite las palabras de las cuales yo he intentado convencerme en más de una ocasión, incluso con Seth al lado tratando de consolarme. Levanto la mano para acariciar la suya que me sostiene, sonriendo a la fuerza — No sé que he hecho de bien para que te fijes en mí pero me felicito por eso — le digo con cierta gracia desganada en la voz.

Mi mano aprieta la suya bajo el agua y utilizo la otra para hacer que mis dedos caminen cerca de su ombligo, paseándose tontamente por su vientre — Sé que no cambia nada, pero yo abrí la boca antes de que Seth decidiera escapar. Lo condené por mi descuido a él, a todo el distrito… Seth estaba dispuesto a enfrentarse a la prisión por mí y yo solo empeoré las cosas. Fue hace años, no tiene sentido lamentarse ahora, pero a veces sigo pensando en ello porque… bueno, uno carga ciertas cosas en la espalda. Tú me entiendes — a veces creo que me he hecho tan alto y ancho por tener la obligación de cargar con mis problemas al hombro y no por otra cosa — No soy tan fuerte ni tan optimista al fin y al cabo.

No sé por qué pero dejo caer mi frente contra su hombro, respirando con fuerza y olfateando su nuevo aroma a limpio, sintiendo como mi nariz roza su piel — Si pudiese encontrar un modo de arreglar todo, de evitar que nos estén buscando, o de al menos hacerte sentir un poquito mejor, juro que lo haría — pero como quedó bien en claro, soy yo y nunca he sido capaz de controlar absolutamente nada.
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Su declaración me hace resoplar, en el intento de mostrar una sonrisa con tristeza ante la idea de acostumbrarse a llevar una vida de mierda, lo que me hace pensar por un segundo en el consuelo de los tontos. No quiero pensarlo, pero probablemente puedan pasar muchas más cosas terribles antes de pisar fondo del todo. Y es algo de lo más injusto, que después de tantos problemas tengamos que seguir preocupándonos por los obstáculos que la vida no se cansa de situar en el camino. La poca luminosidad que corre a cargo de la antorcha me impide distinguir con exactitud las expresiones de su rostro, aunque soy capaz de imaginarme lo mucho que le debe de estar costando hablar de las cosas que ha perdido y que jamás volverá a recuperar, lo que me hace mostrar una pequeña mueca al sentirme ligeramente culpable por haber sacado el tema en un principio.

Mantenerse entero, suena más fácil de lo que es, sobre todo después de haber recogido demasiadas veces los trozos que se supone forman a una persona, pegados a presión unos con otros. – Igualmente, todo eso es lo que ha hecho que a día de hoy seas como eres, y nunca podrán arrebatártelo. – No considero que sea algo que tenga que agradecer, pero si no hubiera sido por ello jamás se habría convertido en quien es ahora. – No deberíamos conformarnos, suena estúpido teniendo en cuenta las circunstancias, lo sé, pero yo recuerdo el querer aspirar a lo inalcanzable y no comprendo que pasó para perder esa ilusa ambición. - ¿Dónde se quedaron las ganas de soñar con cosas imposibles? ¿El deseo de ser alguien fuera de las expectativas diarias? – Supongo que todo eso se acaba cuando se es adulto. – Admito nostálgica tras soltar un breve suspiro.

Elevo la barbilla como de hacerlo pudiera adquirir más seguridad al decir lo siguiente. – Solo ser tú, Benedict Franco. – Murmuro con profunda honestidad, apretando su mentón con mis dedos y mirándole directamente a los ojos, además de devolverle ese intento de sonrisa mientras deslizo mi mano hasta rozar su pecho. No sé en que momento descubrí eso, quizá nunca lo hubiera hecho hasta ahora, e incluso puede que no me hubiera fijado en él si las botellas no hubieran estado tan a mano esa noche, pero lo que puedo asegurar con certeza es que jamás me arrepentiré de haberle conocido. – Voy a tener que agradecérselo al alcohol, después de todo. – Musito a modo de pequeña broma, esbozando una sonrisa mínima al darme cuenta de la realidad.

Rodeo su mano con la mía cuando la aprieta bajo el agua, sustituyendo esa ligera fuerza sobre mis dedos en los suyos, en un gesto serio que demuestra apoyo, aunque sin poder evitar ladear la cabeza y torcer un poco los labios cuando sus dedos rozan mi estómago. – No los has condenado, siguen aquí, lo han estado durante quince años. – Ha visto a los más pequeños crecer, ayudado a construir lo que ahora nos da cobijo, nada de eso podría haberse llevado a cabo si la Ministra lo hubiera destrozado. – No creo que Jamie se canse nunca de buscar a Seth, en especial si sabe que se encuentra aquí, pero ha pasado mucho tiempo, y puede pasar mucho más. Solo hay que confundirlos. – Aunque en ese momento no me doy cuenta de lo mucho que abarca ese ‘solo’. No sé como consigo decírselo sin considerarme una hipócrita, pues ojalá se me diese tan bien convencerme a mí misma de mis palabras. – Puede que no, pero eres más de lo que hubieras sido si hubieras tirado la toalla hace tiempo. – Ninguno de nosotros estaría aquí si nos hubiéramos resignado a rendirnos, por muy atrayente que esa opción pueda resultar.  

Apoyo ligeramente mi mejilla sobre su cabeza cuando deja caer su frente en mi hombro, subiendo mi mano hasta su cuello para acariciarlo con delicadeza. – Si hubiera un modo ya lo habrías descubierto, y si no, lo harás. Lo haremos. – Y por un momento lo creo, que todos nuestros problemas tendrán una solución, mientras continúo con las caricias sobre su piel durante unos segundos más antes de parar. – Ya lo haces, cada día que pasa. – Murmuro haciendo referencia a sus últimas palabras, estirando el cuello para ejercer presión con mis labios sobre su cabeza y apoyarme nuevamente en ella después.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
¿Arrebatarme qué? ¿La poca humanidad que me queda? Intento recordar lo que se sentía ser un niño con metas más allá de la realidad, pero la verdad es que me lo quitaron a una edad tan temprana que mi respuesta se basa en una muequita que no sé muy bien si significa desentendimiento, tristeza o resentimiento — Mi abuelo solía decir que no hay que perder la ilusión incluso en la adultez — a veces solía pensar que era un pensamiento quizá demasiado idealista o incluso tonto, pero en los últimos años he llegado a pensar que el viejo Louis tenía razón en tantas cosas. Pensar en él de esa forma me estruja el alma, a pesar de que por un breve momento se me asoma una sonrisa honesta.

Solo ser Benedict Franco; jamás creí que eso funcionara para algo, pero lo dice con tanta honestidad que estoy seguro de que en algún punto demuestro sorpresa. Mi mano toca la suya que se posa en mi pecho y la aprieto cariñosamente contra los latidos de mi corazón, mucho más calmos que los de esta tarde — Voy a tener que beber más seguido si el resultado sigue siendo así de bueno — digo a modo de broma, aunque con un dejo de honestidad.

Es más que estúpido, pero me dejo consolar como un bebé, sabiendo que sus palabras son bienintencionadas a pesar de que podría poner mil peros en el medio que harían esta charla otra discusión insufrible. La oigo, cerrando los ojos ante esos besos y caricias que me hacen sentir mucho más enano de lo que soy en realidad entre sus brazos. Como no sé que decirle me quedo así, quieto, oyendo el sonido del agua que se mueve con mucho cuidado alrededor nuestro y que creo que nos ha quitado toda la suciedad que teníamos encima, al menos la de la piel. No quiero ni mirar la ropa de la orilla, de igual manera que estoy seguro de que ella no debe desear hacerlo.

Con un sonido de lo profundo de mi garganta que pretende ser cariñoso, muevo la cabeza para presionar mis labios en su cuello — No creí ser tan buena influencia en tu vida — bromeo cerca de su oído, aunque ese simple gesto hace que eche un rápido vistazo a la entrada de la cueva para que nadie nos encuentre en esta situación. No es que no me hayan pillado bañándome en más de una ocasión, pero una cosa es solo y otra cosa con ella tan cerca de mí. Rozo mi nariz contra el costado de su rostro, sabiendo que mi respiración da de lleno en su oreja y tuerzo un poco los labios — Prométeme que cualquier cosa que necesites, cualquier pensamiento horrible que tengas, me lo dirás — conozco la mente del asesino por condición, así que estoy al tanto de lo mucho que necesitará descargar sus pensamientos a la larga para no sentirse una paria — No soy el mejor consejero, pero puedo escuchar y conseguirte algo de la hierba de Eowyn si es necesario — acabo soltando, medio broma medio en serio, alejándome un poco para ser libre de soltarla un momento para tomar algo de agua entre mis manos y despejarme la cara con la misma, sintiendo las gotas patinar por mi piel de un modo refrescante — Te vi borracha, te vi en la cama… me hace falta verte fumada y tengo el cartón lleno. ¿Qué pasó con la médica seria que conocí todos estos años? — intento burlarme para relajar el ambiente y salpico cariñosamente su cara con las gotitas que quedaron en mis dedos.
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Ladeo la cabeza pensativa, como si todo eso de la ilusión no fuera más que una visión que los adultos se dignan a contar a los niños para no hacerles perder la esperanza, aunque me resigno a mantenerme en silencio porque las personas mayores suelen ser las más sabias y las que más experiencias han vivido como para saber de lo que hablan. Lo complicado es seguir teniendo ilusión en un lugar donde no se le está permitido tener a todo el mundo. Mis labios se tornan en una curvatura diminuta a la par que exhalo una pequeña cantidad de aire por mi nariz cuando escucho su comentario sobre la bebida, sin querer destruir la duda que acude a mi mente al no saber muy bien si lo dice por habernos acostado o por el resultado que acabamos sacando de ello. Aunque en el fondo tengo una ligera idea.

Cierro por un momento los ojos cuando siento el contacto de sus labios sobre mi cuello, percibiendo sus palabras mucho más cerca de mi oído que hace unos segundos. – Yo tampoco. – Hago un intento de devolverle la broma pese a saber que muy a mi pesar, no puedo negar que ahora mismo no estaríamos así si no fuera por lo que hemos pasado los últimos meses. – No sé en qué momento dejé que te metieras poco a poco en mi vida, pero no puedo decir que me arrepienta, después de todo nunca he sido una persona fácil de comprender. – Casi resulta más una disculpa que una confesión, probablemente por la infinidad de veces que me he mostrado demasiado enigmática como para si quiera intentar lidiar conmigo. No es como si ahora fuera menos complicada, pero se puede decir que estoy aprendiendo a disfrutar de cosas que antes entendía como peligrosas.

Posiblemente sea el agua entre nosotros que se ha deshecho de la suciedad, o que su cuerpo está tan cerca del mío que sería imposible no notarlo, pero siento su olor en nariz cuando la suya roza mi mejilla junto con el cosquilleo que llega directamente sobre mi oreja al hablar. Nunca he sido una persona de prometer nada porque estoy segura que de hacerlo el universo conseguiría la manera de hacerme romper esa promesa, claro que sus palabras se me hacen tan simples y complicadas a la vez que en un primer impulso asiento con la cabeza en silencio. Él sabe lo difícil que es para mí hablar de los asuntos y dudas que merodean por mi cabeza, nunca he sabido muy bien por qué, aunque sospecho que todo se resume a lo mismo de siempre, no quiero parecer débil. – Lo prometo. – Digo al final en apenas un murmullo.

Su siguiente comentario provoca que ruede los ojos, aún un poco queda en nuestra conversación anterior, aunque tratando de que la risa aflore en mi garganta para evitar volver a un conflicto mental del que estoy segura ninguno de los dos quiere ser parte. Su enumeración termina por hacerme la suficiente gracia como para soltar una risa jocosa desde mi posición. – De modo que este ha sido tu propósito todo este tiempo, ¿verme fumada? – Repito con un ligero retintín en la voz. – Murió cuando te conoció. – Le digo mostrando una sonrisa irónica y ladeando la cabeza de un lado a otro en un intento de culparle de mi supuesta falta de formalidad. Aprovecho con ese comentario para empujar un poco de agua con las manos en su dirección a modo de defensa contra su propio salpique. – Aunque si quieres puedo volver a comportarme como la médica sensata que se supone que debo ser. – Le amenazo con humor.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Mi expresión jocosa se puede resumir en un “no me digas” cargado de sarcasmo porque no, jamás la he considerado fácil de comprender y a veces continúo tratando de saber qué le pasa por la cabeza a pesar de que nuestra relación se fue tornando mucho más transparente con el tiempo. Al final, aunque sé que podría hacerle cientos de preguntas y condiciones, me conformo con su promesa, sonriendo a su dicho y presionando mis labios en la comisura de sus labios como aceptación a ese juramento. Sé que estoy pidiendo mucho, pero es mi modo de asegurarme que al menos sabe que no tiene por qué esconderse. Creo que lo que ha ocurrido hoy es simplemente una advertencia a todo lo que tendremos que trabajar para evitar tiempos más difíciles.

Es un alivio poder reírme de su acusación y finjo una divertida cara de sorpresa, como si esa sospecha me ofendiese en lo más mínimo, echando la cabeza un poco hacia atrás — ¿Yo, con un propósito así? Ni hablar — que me acuse de su falta de seriedad me hace reír, oyendo el eco en las profundidades de la cueva. Me separo de la roca y me alejo un poco con mucha suavidad, apenas moviendo el agua que ella ha intentado lanzar contra mí, mientras me hundo hasta el mentón, sin quitarle los ojos de encima — Me gusta esta versión un poquito más. La otra se hubiese ofendido si le miraba un poco de más las piernas — bromeo. Es extraño ser capaz de pasar del momento terapéutico a los chistes en fracción de segundos; a veces sospecho que es una de las cosas que más me gustan de Alice. He pasado años hablando de mis problemas principalmente con Seth, así que sus opiniones siempre son una mirada fresca. La miro un momento, recordando por la simple seguidilla del hilo del pensamiento, una vez hace muchos años cuando estaba en el hospital junto a un Seth herido por los viejos juegos cuya bola de cristal, por unos segundos, nos mostró a una joven Alice en la ducha que yo evité mirar desviando la vista hacia cualquier otro lado. Y así estamos ahora. Intento no reírme, aunque contener la sonrisa me cuesta horrores y tengo que mojarme la cara para disimularla.

¿Nunca piensas en lo extraño que es esto? — le pregunto — Tú y yo nos conocemos hace años. Fui el esclavo de tu novio de adolescencia, te serví el té en más de una ocasión, pero no recuerdo que tú siquiera me miraras — mi vida en la mansión de los Niniadis era ser una sombra. Si no estaba detrás de Seth para cumplir sus caprichos, estaba en las cocinas o limpiando lo que me pidiesen y si alguien necesitaba algo y Seth no estaba ahí para ser mi prioridad, yo tenía que ir corriendo a cumplir lo que me habían ordenado. Es el día de hoy que a veces ordeno las cosas de mi mejor amigo sin darme cuenta — No eras mi igual, de ninguna manera. Y aquí estamos — me froto una última mancha que el agua por sí sola no pudo limpiar y me acerco lo suficiente como para robarle un rápido beso de los labios, estirando la mano para apoyarme de la roca que tenemos detrás — Hay cientos de cosas que cambiaría de mi vida. Pero te prometo que estas en particular, jamás.

Los pequeños grandes momentos, esos que me hacen pensar que no haber saltado de la azotea del centro de entrenamientos del Capitolio al final fue una buena elección.
Benedict D. Franco
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Creo que ese ligero contacto entre nuestros labios marca el final de una charla que, pese a haber querido evitarla en un principio, en el fondo soy consciente de que en algún momento tenía que tener lugar, aunque solo sirva para aclarar las ideas. No creo que pueda olvidar lo que ha pasado hoy en mucho tiempo, pero lo que verdaderamente agradezco es que podamos pasar a burlarnos el uno del otro como si fuera eso lo que llevamos haciendo toda la noche. De algún modo las bromas ayudan a que, por primera vez desde que volvimos, la tensión de mis músculos se libere por completo.

Aún así contemplo las caras de chiste que pone Ben como si todavía estuviera en una nube flotante, dejando que mi peso se equilibre por sí solo en el agua al inclinarme ligeramente hacia atrás. – Oh, venga ya, ahora me haces sonar como una monja de clausura, tampoco exageres. – Y como si hiciera falta explicar el humor en mis palabras, vuelvo a chiscarle con un poco de agua sobre la cara ante semejante insinuación. – Y seguro que me miraste más de una vez las piernas sin que me diera cuenta, ¿o me vas a decir que solo te acostaste conmigo por estar borracha? – Alzo el mentón y elevo ambas cejas divertida, sin saber muy bien lo que pretendo con esa broma lejos de reírme de él. Sin embargo, por como me mira durante los siguientes minutos puedo entender que hay otra idea que se le ha venido a la mente, lo que me hace acercarme a él en el agua entrecerrando ligeramente los ojos. – Hay algo que no me estás contando, vamos, escúpelo. – Demando, sonriendo de manera persuasiva cuando parece estar aguantándose la risa.

Estoy apartándome un mechón de pelo de la cara, apresándolo detrás de mi oreja cuando hace esa pregunta que provoca que me relama los labios pensativa, casi frunciendo el ceño un segundo rápido. – Es extraño, sí, en ningún momento de mi adolescencia pensé que podríamos acabar así. – Bueno, di que por entonces tampoco creí que fueran a pasarme ninguna de las cosas que han tenido lugar estos últimos quince años. – Pero de algún modo tiene sentido, todo este tiempo viéndonos las caras sin tener idea de quienes éramos en realidad, no creo que hubiéramos podido pasar mucho más tiempo ignorándonos. – Después de todo el destino da muchas vueltas antes de decidir qué es lo que va a pasar. – Quien sabe, quizás todo hubiera sido diferente si me hubiera liado contigo en vez de con Seth. – Murmuro al final con una pizca de gracia, delimitando una diminuta sonrisa con mis labios.

Tengo la necesidad de bajar la mirada un instante hacia el agua antes de volver a posar mis ojos sobre su figura, como una niña que intenta disculparse de sus acciones incluso antes de tener la oportunidad de confesar. – Sabía que estábamos en posiciones diferentes, por eso apenas te miraba, era injusto que yo estuviera ahí sentada “esperando a que sirvieras el té” cuando ni siquiera era una de ellos. – Y porque también me daba lástima, pero me ahorro el decirlo porque no creo que a nadie le guste escuchar esas palabras. – No era mi lugar, y aún así lo ocupé. Qué cobarde. – Escupo lo último con tanta molestia que no me hace falta sacudir la cabeza de un lado a otro en señal de desaprobación pese a hacerlo igualmente.

De igual manera, trato de olvidarme de ese último comentario cuando me roba un beso y me obligo a mí misma sonreír, aunque no me resulta muy difícil hacerlo de verdad ante su declaración. – Solo era cuestión de tiempo. – Murmuro, haciendo breve alusión al tema anterior. Segundos después aprovecho la poca distancia que existe entre nosotros para rozar parte de mi nariz y mis labios por su mejilla en busca de los suyos.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Aunque por un momento intento imaginarme con cierta gracia cómo sería la imagen de Alice como monja, su reto a negar mi atracción hacia ella en otros tiempos me hace reír entre dientes como si fuese la mayor pillería que se me pudiese pasar por la cabeza — Más de una vez admití que eras una linda mujer, pero pasé la mitad de mi vida viéndote como la ex de mi mejor amigo. No digo que no te haya mirado pero… ya sabes, otras intenciones… — al menos no se me estaba pasando por la cabeza llegar a algo con ella, hasta que simplemente pasó. No sé cómo se da cuenta de que me estoy guardando una tontería, pero pongo mi mejor cara de nene bueno por un momento cuando suelto un “nada” apenas audible que me da risa, por lo que bajo la mirada y acaricio la superficie del agua como si fuese un juego, muy suave — Cuando yo era… bueno, cuando estábamos en el Capitolio — explico, sabiendo que entenderá a qué época me refiero; ella no estaba allí cuando yo era un vencedor famoso — Seth tenía esta bola de cristal… ya sabes, esas cosas que te muestran a las personas que quieres ver — revoleo un poco los ojos para dar a entender que ambos sabemos de que chuchería estamos hablando — Y entre ejemplos y tonterías así apareciste dos segundos cuando estabas en la ducha, así que miré para otro lado — me encojo de hombros, tratando de no reírme porque se supone que debería mostrarme al menos avergonzado por algo que pasó hace mil años — Juro que no vi nada. Solo me da risa pensar en eso… bueno, justo así… — y la señalo vagamente con el mentón antes de señalarme a mí, haciendo alusión a la falta de ropa. Con catorce años la sola idea de verla desnuda había hecho que voltease con rapidez, pero bueno… ya sabemos cómo son las cosas.

¿No hubiéramos podido? Conozco su historia, conoce la mía, teníamos vidas similares a pesar de que ella estaba esquivando la suya. Ambos éramos parias, a su manera, pero yo era el que pagaba por ello. Suelto un bufidito de solo pensar en eso y casi inconsciente acaricio la cicatriz de mi muñeca, signo de mi esclavitud, hasta que la charla desemboca en esa posibilidad muy diferente a lo que fue en realidad — Hubiera dado de qué hablar si nos encontraban… y me hubieras hecho muy feliz — el Ben de esos años no solo estaba hormonal, sino también privado de cualquier contacto físico, lo cual no era una buena combinación. Aunque en principio abro la boca para decirle que no tiene por qué sentirse mal por haberme tenido de sirviente, lo siguiente me hace enmudecer, pensativo, hasta que sacudo la cabeza de modo negativo — No fue cobardía. Fue supervivencia — nadie puede juzgarla por eso, mucho menos a una niña — Si vamos al caso, yo decidí huir. Tú estabas ahí en medio de todo y le plantabas la cara todos los días — aunque pudiesen atraparla. Sí, yo era una figura claramente opositora a los Niniadis; un vencedor que había matado magos, sin importarles a ellos que fuese por obligación. Los mentores éramos un símbolo de los años de gloria de los Black, en especial los humanos, por algo destruyeron la isla de los Vencedores como primera medida de gobierno. Huir fue mi única opción, pero aún así estuve escondido mientras ella no. Situaciones.

Cuestión de tiempo. Quizá sí, quizá no. Quizá solo estamos jugando con todo lo que anda pasando a nuestro alrededor y estamos bailando en minutos contados. No me atrevo a decirle algo por el estilo porque esta noche la necesidad no es la franqueza sino la urgencia de saber que todo está bien, así que solo asiento con la cabeza una sola vez, dejándome llevar por la forma en la cual busca mis labios hasta que atrapo los suyos por mi propia cuenta. Uso mi brazo para rodearla por la cintura y estrecharla contra mí, aprovechando el apoyo de mi otra mano para presionar su espalda contra la piedra y evitar cualquier distancia. Piel con piel, aliento contra aliento, suspiro interminable. Mi pecho se aprieta contra el suyo, acelerado, hasta que mis dientes raspan con suavidad su boca, bajando la mano hasta tomar su mentón, el cual acaricio con cuidado — Siempre voy a dar las gracias de que no me mires como lo han hecho otras personas — no suelo quejarme, pero tampoco voy a negar que he notado que no todo el mundo reacciona de buena forma cuando le dices que eres un hombre lobo. Y cuando era el esclavo, ella jamás abusó como si fuese un objeto. Mis dedos tocan sus labios entreabiertos, acariciando hasta volver a caer por su mejilla y luego su cuello, tan cerca que nuestras narices se rozan — Tal vez es un mundo de mierda, pero quien sabe… siempre nos quedará Europa — bromeo. Sé que está muy lejos, que se supone que la han destruido y que no es una opción, pero los delirios a veces son necesarios para soportar ciertas cosas. Mi otra opción es el beso que vuelvo a darle, llenando mis pulmones al centrarme en cada textura de su piel y de sus labios, porque al menos aún podemos disfrutarnos.
Benedict D. Franco
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Casi me hace gracia la manera que tiene de expresar la visión que tenía de mí hasta hace unos pocos meses, pero meditando me doy cuenta de que en mi caso él también venía con la papeleta de ‘mejor amigo de mi ex’ pegada a la espalda, aunque no me había puesto a pensarlo hasta ahora. – Reconozco haber estado ciega todo este tiempo, sabía que Seth y tú eráis diferentes, pero te metí en el mismo saco porque, bueno, siempre habéis estado muy unidos. – Murmuro, como si con eso pudiera explicar la razón por la que ni siquiera tuve interés en conocerle después de llegar al catorce, una mentalidad infantil de la que ahora me arrepiento pero que por entonces me parecía lo más prudente. Analizo sus gestos en busca de saciar de mi curiosidad, cerca de inclinar mi torso un poco hacia delante para sonsacarle la información que se está guardando. Mi cabeza se mueve al ritmo que habla, a la espera de que termine en un intento de completar las frases que murmura de forma lenta. – Mmm… Me alegra saber que hace tiempo que perdí mi intimidad entre vosotros, al parecer. – Muevo las cejas tratando de bromear, sin reprimir del todo las ganas que me entran de picarle el brazo, aunque mentiría si dijera que no me apetece estampar a un Seth adolescente contra la pared si me hubiera enterado antes. A estas alturas ya da igual, solo queda reírse.

Que diga que le hubiera hecho feliz produce que se me encoja el corazón un minuto al pensar que, si bien era consciente del trato que recibía en el hogar de los Niniadis, en ese momento no me planteé que quisiera deshacerse de ese tipo de carencia. Me encojo de hombros cuando menciona lo de la supervivencia, no muy segura de que eso sirva como justificación, al fin y al cabo, son dos cosas parecidas expresadas de forma diferente. – Aunque hubiera querido huir, Allen no habría dejado que me fuera, y ya se estaba jugando la vida por mí todos los días. – Da rabia que incluso después de eso, él tuviera que pagar por las consecuencias y no yo. Simplemente pensar en eso me obliga a apretar los labios con fuerza, siendo consciente de lo injusto que puede llegar a ser el azar, lo que hace que suelte un suspiro segundos más tarde, no sirve de nada lamentarse de cosas que permanecen en el pasado.

Y porque de alguna manera, pese a saber que puede resultar egoísta, el presente tiene mucho más valor ahora que permito que incluso las cosas más pequeñas tengan un significado. Lo cual descubro en la forma que tienen sus labios de unirse con los míos en un roce tan profundizado que ni quiera tengo que pensarlo. Mis manos se enroscan en su cuello cuando me atrapa con su brazo y siento la superficie dura de la roca contra mi espalda, aunque estoy demasiado centrada en su boca como para que esa presión me moleste. – Jamás podría, puede que seamos distintos, pero no puedo juzgarte, no después de lo que ha pasado. – Digo en un murmullo, hablando sobre sus dedos en mis labios. Y con ello no me refiero solamente a lo que ha ocurrido hoy, sino a todo lo que hemos hecho para llegar hasta aquí, lo bueno y lo malo, sea por cobardía, supervivencia o la mayor de las valentías. Dejo que el recuerdo de Europa acuda a mi mente hasta que el contacto entre nuestros labios vuelve a aparecer, olvidándome de las cosas que prefiero ignorar por un momento donde solo tengo que preocuparme de poder respirar sobre su boca además de probar el sabor de su piel.
Alice D. Whiteley
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