Swallowed in the sea ✘ Arianne

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Mensaje por Benedict D. Franco el Sáb Mar 10, 2018 9:18 pm

Recuerdo del primer mensaje :

¿Por dónde empezar?

El tren aparcó con sumo silencio en una estación algo diferente a la que recuerdo, pero con las mismas proporciones vista desde los ojos de un adulto mucho más alto que el niño que solía caminar por ahí, hace muchos años; un completo extraño. Seth me había cubierto esta vez, sin exigir detalles, apareciéndome en el distrito doce para poder encontrarme con Arianne, quien me llevaría con ella. Con la cabeza gacha y sin hablar con nadie, el viaje en tren fue más una obligación impuesta por mi parte que una necesidad. No deseaba apariciones, ni transladores: necesitaba verlo todo, como hace años no lo hago, con estos ojos que han visto cientos de otras cosas desde la última vez que puse un pie en el distrito cuatro.

A pesar de que la capa de invisibilidad reposa dentro de mi bolsillo y que decidimos que me haría pasar por un esclavo en caso de que alguien hiciera alguna pregunta, nadie se fija en mí a pesar de que no despego la cara del vidrio como si fuese un crío fascinado, hasta que toca bajar. El nudo en mi estómago me mantuvo callado y al borde del colapso mientras andábamos por las calles repletas de personas con un perfil algo diferente al de mi memoria, pero los pasos continúan siendo tan del cuatro que me arrebatan más de una sonrisa nostálgica. Lo más complicado es no señalar: la antigua verdulería, el puesto que solía tener los mejores pescados, la plaza principal donde solía correr jugando a los piratas con mis hermanos. Todo sigue allí, modificado, estructurado para una nueva forma de vida, pero el aire es el mismo. Esto es mi casa.

Lo más difícil llegó cuando bajamos por esa calle que en lugar de asfalto tiene arena y piedras, demasiado cercana a la playa. Lo primero que mis ojos percibieron fue la chimenea de la pequeña casa de un piso que estaba bordeada por un pequeño jardín, pero no hay rastro de los adornos ni de los juguetes que siempre solían quedar en el porche. El garaje incluso está cerrado y no se oyen voces, ni siquiera risas de niños, lo que me deja bien en claro que esta ya no es la casa de los Franco. No lo ha sido en una eternidad. Ni siquiera me detengo a mirar la casa de los Dawson ni la de nuestra vecina cuyo gato Bigotes adoraba a mi hermana; como un espejismo, simplemente me alejo, llevando a Arianne conmigo. No hacen falta las palabras.

El siguiente punto fue ese sitio alejado, cerca del mar, donde hace siglos fueron enterrados los cuerpos de más de mi familia. Los árboles habían crecido lo suficiente como para hacerlo un sitio más denso y oscuro, pero las tumbas continuaban allí, inamovibles, ensuciadas por el paso del tiempo. No hice más que pedirle un momento a solas a mi compañera para poder hablar con ellos como si fuese una sesión de terapia familiar. Hablar de papá, de la nueva familia, de Beverly, de lo bien que se supone que estamos. ¿Estamos bien? Las últimas semanas me han descolocado tanto que necesité huir. Una parte de mí cuerpo empezó a creer que hubiese sido mejor estar descansando con ellos, pero sin embargo, tras un último saludo, decidí marcharme. Y eso fue todo.

Así es como llegué aquí. Dejé mi mochila en la pila de piedras donde Seth, Sophia y yo compartimos nuestro primer cigarrillo y me saqué los zapatos, así que estoy con el pantalón arremangado e ignorando el frío del invierno para mojar mis pies en el agua, con las manos detrás de mi espalda, unidas, en silencio. El sol está empezando a bajar, tiñendo el océano de un brillante color naranja que combina perfectamente con el cielo rosado, mientras respiro con una extraña calma — ¿No crees que es el mejor lugar de NeoPanem? La playa — le comento a Arianne a quien, pobre, arrastré por todos lados el día de hoy. Muevo un poco mis pies para sentir como los dedos se me hunden en la arena, lo que provoca que sonría para mí mismo — Extrañaba incluso el aroma a pescado del puerto. Solo huele — y como si fuese terapia, cierro los ojos e inhalo, soltando al final el aire con una risa jocosa — Nada como el hedor de casa.
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Mensaje por Benedict D. Franco el Vie Abr 06, 2018 12:07 am

 Créeme, estoy casi seguro de que es muy difícil impresionarte… — murmuro con una sonrisa amable. La Arianne que yo recuerdo está muy lejos de ser fácil de encandilar y hay algo en ella, en sus actitudes, en su forma de moverse, que me hace pensar que es demasiado complicado siquiera acercarse a ella y por sobre todas las cosas, llegar a causarle aunque sea algo, sea o no solamente la aprobación sobresaliente de una cena.

Bonitos recuerdos, sí, pero solamente eso: recuerdos, memorias de algo que ya terminó y no volverá a pasar. Me defiendo de su acusación sobre siempre agradecerle las cosas con un movimiento de hombros sin siquiera alejarme de la mesada donde me encuentro apoyado, adoptando la postura de que no puede ser de otra manera y que no pienso disculparme por eso — Soy muchas cosas, pero creo que malagradecido no es una de ellas —  al menos, desde que nos volvimos a encontrar he intentado mostrarme encantado con todo esto. Sí, es una amistad fuera de lo normal, si es que podemos llamarla así, pero deberíamos ver la imagen completa: dos personas, dos polos opuestos que alguna vez tuvieron el honor de cruzarse, han logrado toparse una vez más y coincidir en total armonía. ¿No es lo que teme el gobierno? ¿No se han esforzado en trazar líneas invisibles que nos separan los unos de los otros? Pues aquí estamos nosotros, compartiendo techo, charlas, sonrisas y próximamente comida. Quizá no estamos haciendo el mismo trabajo que Amber, pero se siente casi como levantar un estandarte — Cuando desees — finalizo. Ella sabe que jamás he puesto peros a nuestra comunicación, incluso cuando pudiesen existir miles.

Estoy por ponerme a chequear cómo se encuentra la masa cuando Arianne pregunta algo que me tome por sorpresa, no porque tenga curiosidad sino porque al fin me hace una pregunta sobre mi modo de vida sacando ella sola el tema, algo que entre nosotros parece ser tabú. Intento ubicarme y incluso levanto un dedo para indicarle que necesito tiempo, pensando con los brazos cruzados y rascando parte de mi cuello y barbilla en el proceso — Es agotador — admito — No siempre tenemos… bueno, ya sabes, los recursos. Y los niños… — la miro, midiéndola con la vista; puedo confiar en ella, lo sé — La mayoría han nacido allí, de modo que tienen todo más que naturalizado. No es tan complicado cuando les enseñas desde siempre lo que ha pasado. No tienen tantos detalles, lo sé, e incluso les cuesta comprenderlo a veces… —  no quiero ni imaginarme cómo debe ser para ellos entender por qué alguien querría matarlos o atraparlos cuando se han criado al aire libre, en una armonía medianamente estable — Muchos son curiosos, desean ver el mundo exterior. Hacemos lo que podemos y hasta ahora ha funcionado.

Casi siempre. El solo recuerdo del claro me hace fruncir los labios y me giro, empezando a buscar la fuente donde debo poner la pizza para que se cocine. La dejo a un lado, tomo el queso que he separado y empiezo a cortarlo, aprovechando la cocina para darle la espalda — Son buenos chicos. A veces creo que se merecen mucho más, pero entonces me doy cuenta de que ya lo tienen. ¿No es mejor que crezcan entre el bosque y las montañas y no encerrados? Muchos tienen magia, pero nacieron condicionados por zona geográfica. Un niño de los nuestros sería explotado —  Jamie le pondría los dedos encima, lo sé de primera mano. El solo pensar en alguno de ellos bajo las garras de la Ministra me hace temblar, aunque intento disimularlo sacudiendo la cabeza como si estuviese buscando estirarme.

Alice dice siempre que no entiende como soy tan positivo, pero la verdad es que uno le da muchas vueltas al asunto hasta que se da cuenta de que no tiene otra opción — empujo el queso ya cortado hacia un lado y prosigo con el jamón — Así que creo que ese es el modo en el cual lo hacemos. No está mal, te acostumbras, pero se extrañan las duchas — me río vagamente por esa tonta verdad y ladeo la cabeza sobre mi hombro para verla —  Alice es mi… bueno, no sé que es, estamos juntos — o eso se supone, pero no tiene ni idea de dónde estoy ahora. Empiezo a picar el jamón, demasiado rápido, al punto que al terminar hago girar el cuchillo entre mis dedos antes de dejarlo en su lugar y tomar algo de tomate para la salsa; es triste decirlo, pero me he acostumbrado a ese tipo de utensilios, especialmente porque suelo utilizarlos para la caza y no para la cocina — Uno se permite tener esas cosas, a veces.
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Mensaje por Arianne L. Brawn el Lun Nov 05, 2018 3:47 pm

El tiempo pasaba realmente lento cuando transcurría junto a alguien que así lo transformaba. Sus días, a lo largo de los últimos años, siempre se habían basado en lo mismo, rutinas tras rutinas; rotas, raras veces, por la presencia inesperada de Jasper en casa o la de su propio hermano. El resto del día era todo exactamente igual al anterior. Siempre. Mas demasiadas cosas habían cambiado a su alrededor en, quizás, los últimos meses. No se quejaba de ello, tampoco había nadie con el que poder quejarse del mismo, pero era una ruptura que no aceptaba del todo gustosa, por más que, llegados los momentos, no pudiera evitar sentirse bien. Era un caos incomprensible que ni ella misma alcanzaba a comprender u ordenar. Algo que, realmente, la ponía a pensar en otras opciones, las cuales  no eran factibles en el mundo actual que se encontraban.

Entrelazó los dedos sus pálidos dedos en torno al refresco, acariciando con los pulgares la lisa y fría superficie. Manteniendo sus claro ojos fijos en la encimera, como si fuera lo más real de su alrededor en ese instante, como si quisiera atarse a la misma para no dejarse llevar a un lugar que, en cierto modo, la desconcertaba. Escuchó en silencio, interiorizando cada una de las palabras y asintiendo con la cabeza de tanto en tanto. —Es complicado para los adultos, con los niños será más… delicado.— trató de explicarse, alzando la cabeza con gesto pensativo. —Nunca me he parado a pensar como se tienen que sentir las personas estando de ‘un bando u otro’.— Los perseguidores que no se contentaban con estar al poder sino que querían eliminar cualquier amenaza, y los perseguidos. ¿Por qué solo le encontraba pegas a los perseguidores? Quizás porque sentía que eran los que estaban haciendo las cosas más desde el inicio… aunque los perseguidos fueron los que la colocaron en situaciones  complicadas en el pasado. Sonrió con ironía. Era todo demasiado complejo y enrevesado, y por ello había preferido, y seguía haciéndolo, permanecer al margen.

Dejó que sus ojos vagaran por la espalda contraria, haciéndolo si siquiera darle un significado, solo porque sí. —Te has convertido en todo un padre para ellos—. Aunque no estuviera viendo sus expresiones mientras hablaba, lo cual le habría dado la oportunidad de leerlo con mayor facilidad, se notaba en sus palabras y la postura que había adquirido. Eran importantes para él. Sintió algo nostalgia por aquella época en la que ella misma se preocupaba más por los demás que por sí misma, como no le importaba andar con cualquier persona, fuera cual fuera su condición, y lo mucho que distaba del presente. Las personas que la conocieron mucho en el pasado podrían sorprenderse por su indiferencia y frialdad… y lo cierto es que no podía negar ninguna de las dos características mencionadas. —La procedencia de esos niños hace que su vida se balancee entre esos dos extremos cuando la realidad actual tiene otras muchas… o al menos eso quieren darnos a entender—. Había libertad pero cuando pensabas diferente eras perseguido. Quizás era una opción más atractiva huir y ser completamente libre… sino tuviera las claras connotaciones negativas que con ello se aparejaba.

Bebió lentamente. Parpadeando un par de veces a la par que dejaba la bebida sobre la encimera. Arrugó los labios, esbozando una diminuta sonrisa seguidamente. —Yo tampoco sé de donde sacas toda esa positividad— secundó las palabras de la que, parecía ser, era su pareja aunque él no supiera bien como definir su relación. No se había parado a pensar en si tendría una; las preguntas personales no eran lo suyo, estaba oxidada en lo relacionado a estrechar lazos con los demás y no sabía cuales eran las preguntas indicadas a pronunciar. Y aún menos tratándose de la relación que mantenían y el hecho de que ella misma prefería no saber detalles concretos. Eran extrañas las duchas, ¿por qué no preguntar si había un río cerca? Prefería no saber, alejar los detalles que cercaran una ubicación de donde se encontraba su hogar.

Suspiró pesadamente. —Me alegro de que tengas a alguien a tu lado— acabó por decir. Quizás su tono sonaba demasiado seco, no reflejaba la felicidad que otras personas exteriorizaban cuando pronunciaban las mismas palabras. —Aunque no creo que a ella le guste que no sepas que tenéis… o quizás mis palabras han sido muy clichés de la mujer que se molesta porque él no sabe que tipo de relación tienen— agregó con un poco más de ánimo en su voz.

En otros momentos sintió envidia de las parejas, después de todo lo que le ocurrió, simplemente, el mero hecho de pensar tener a alguien tan cerca constantemente le producía una adversa reacción. No lo quería para sí misma, lo detestaba. Las terapias siempre se enfocaban en que no había llegado la persona que alejara todos aquellos traumas de su cabeza, que emborronara todos los rostros y recuerdos, y que, en su lugar, apareciera simplemente él. No había escuchado nada más absurdo en toda su vida, Había cosas que eran imposibles de alejar de su mente. Tragó saliva, intentando alejar los pensamientos y, con ellos, la expresión sombría que era más que probable hubiera aparecido en su rostro. Aun así no se esforzó en dar una excusa para ello. Frotó las manos contra su rostro intentando despertar. —Lo siento—. Las palabras salieron sin que quisiera. —Ahm…— quiso agregar algo más para continuar el camino de sus cavilaciones antes de ser interrumpidas. —Debe… ¿ser complicado?— rascó la su nuca, confusa. —Es decir… — quiso agregar algo que no salió de entre sus labios, así que negó con la cabeza. —No me hagas caso, estaba intentando armar la situación pero, después de mucho tiempo, ni siquiera he sido capaz de comenzar— rió con nerviosismo. —Prometo que estoy esforzándome al máximo por... no convertir esto en un monólogo— se señaló a ella y luego a él. Y estaba claro que el monólogo sería por parte de Benedict; intentaba no contestar solo son síes, noes o vagamente... pero había momentos en los que se veía a sí misma incapaz de mantener una simple conversación como aquella.
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Mensaje por Benedict D. Franco el Lun Nov 05, 2018 8:27 pm

¿Cómo se sienten las personas dentro de un bando o de otro? He estado preso, fui esclavizado y fui libre y aún así, todavía tengo conflictos para identificarme dentro de todo este lío. Lo único que sé es que Jamie Niniadis tiene que morir, pero poner en riesgo a mi gente es algo que no voy a hacer mientras pueda evitarlo. Que cuelgue todos los carteles que quiera: el Benedict Franco de quince años, con su cabello largo y cachetes infantiles, ha muerto hace mucho tiempo — Lo que sucede con los niños es que ellos no tienen la culpa de nada — nosotros tampoco la teníamos cuando los Black nos arruinaron la vida. Siempre son los niños los que pagan el precio.

Un padre. La idea me provoca cierta sonrisa cargada de suave ironía. A pesar de Beverly, siempre ha sido complicado para mí el verme como un padre. Quizá porque aún necesito madurar, o quizá porque jamás supe si la rubia es mía o no, o quizá porque nunca fui una buena influencia para Kendrick cuando con Seth le damos cerveza a escondidas. Sin embargo, hay algo que sí sé — Si puedo ayudarlos y cuidarlos, aunque sea a mí manera, lo voy a intentar. Aunque no lo creas, algunas personas me respetan — la miro sobre mi hombro y muevo mis cejas con gracia, como si aquello fuese un alarde. En parte no es mentira: tal vez no tengo un rango muy alto, pero he conseguido volverme parte del consejo y ser el encargado de las exploraciones me ha valido el buen trato de muchos de mis compañeros, en especial de los ancianos que necesitan medicinas.

¿Qué otras? ¿Jamie se ha dejado de molestar con su “ellos o nosotros”? — contesto entre divertido y sarcástico. Sin poder evitarlo, me meto un trozo de jamón en la boca mientras cocino — Su política siempre ha sido sencilla, eso me quedó bien en claro — no le voy a contar de las torturas y los malos tratos que me llevé como un bonus extra del mercado de esclavos solo por ser uno de esos humanos que había matado magos en público. Creo que no necesita saberlo en detalles y yo no necesito volver a hablar de eso cuando se supone que estamos teniendo una noche para ser solo nosotros.

No puedo no mirarla con una sonrisa cuando secunda las palabras de Alice — Bueno… si mal no recuerdo, fui yo quien te consoló en el tren — le comentó con gracia — Creo que es una marca distintiva. El idiota que siempre intenta hacer algo positivo cuando los demás andan gruñendo por ahí — o que patea lo malo porque sabe que, si se deja consumir, acabará muerto. Miles de cosas malas han pasado en mis tres décadas de vida y, si me hubiera dejado consumir por ellas, hoy no sería yo y me habría perdido. Puedo quejarme de mucho, pero siempre voy a agradecer que mantengo cierta entereza.

Estiro la masa sobre la pizzera y con algo de salsa va al horno, empezando a inundar la cocina de olor. Con la pila de fiambres lista para ser colocada en cuanto sea el momento, me apoyo contra la encimera y paseo mis ojos por su silueta hasta llegar a chequear su perfil. Confieso que su primer comentario me llama la atención, pero acabo quedándome con el segundo — Hasta donde sé, no le molesta. Creo que cuando llegas a determinada edad no necesitas de títulos o ese tipo de charlas para saber si quieres o no compartir ciertas cosas con alguien. Además, es la primera vez desde que soy un puberto que me meto en un intento de relación — alzo uno de mis hombros — Todos necesitamos algo de eso en algún momento — y creo que la indirecta se me sale por sí sola, así que ruego que no se enoje.

No sé que me extraña más. Si su expresión o los balbuceos. La miro con el rostro paciente, hasta que su explicación me hace sonreír con suavidad y sacudo las manos para que le reste importancia — Nunca fuiste la persona más conversadora, Ari. Admito que era más fácil sacarte una palabra antes — recordar a la Arianne del baile hasta me hace gracia. Jamás hubiese creído que nos encontraríamos en esta situación tantos años después, tan diferentes a lo que éramos en ese entonces. Me giro, saco la pizza del horno y proceso a ponerle el queso, el jamón y la segunda tapa, la cual cubro con más queso y cebolla. Si quería algo obeso, lo estoy logrando — Por el contrario, a mí siempre se me dio bien monologar. Amelie detestaba eso…

Hace mucho que no hablo de Amy en voz alta y recordarla como si hubiese sido ayer me pincha en la culpa. Con la pizza rellena en el horno, ya solo teniendo que esperar a que esté lista, me siento sobre la encimera y observo mis pies colgar, descalzos y más limpios de lo que estuvieron en mucho tiempo — Aún recuerdo las cenas cuando te volvíamos loca. Y nunca te lo dije, pero me había puesto muy nervioso cuando te conocí. Ya sabes, era un mocoso, eras mayor y eras mi pareja de baile. Mi mayor contacto con el mundo femenino habían sido las niñas que me decían parásito en la escuela — bromeo, sacudiendo la cabeza ante esa idea. El distrito cuatro está lleno de memorias y encontrarme en él no hace más que traerlas con demasiada facilidad — Nunca te agradecí por ser buena conmigo esa noche, aunque creo que no quieres que te dé más las gracias por nada, así que me callaré. ¿Ves? — me señalo a mí mismo, encogiendo mis hombros — Jamás tengo problemas para monologar. Mientras no quieras golpearme por hacerlo, estaremos bien.
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Mensaje por Arianne L. Brawn el Lun Nov 05, 2018 11:14 pm

Era una especie de círculo vicioso que parecía no tener fin pasaran los años que pasaran. Los que siempre acababan acarreando con lo peor eran los niños; los padres, quizás, podían elegir o esconder lo que pensaban, contenerse ante ciertas situaciones, pero los niños eran un mundo completamente diferente. Ni siquiera quería pensar en tener la obligación de explicarle a uno porqué habían personas que eran perseguidas, simplemente, porque su sangre no era igual que la suya o por haber tenido la mala suerte de ser transformados en alguien diferente. Prensó los labios. Prefería no pensar en ello. Aunque, a decir verdad, prefería no pensar en la mayoría de temas que la pudieran ‘herir’ o hacer ‘pensar demasiado’. ¿Por qué iba a mojarse por alguien? Nadie lo había hecho por ella; se había vuelto lo suficientemente egoísta como para pensar así, las circunstancias de la vida la habían llevado hasta ser de aquel modo.

Sonrió con tristeza, no perdiéndose ni media palabra de las que pronunciaba; actuando como una compañía silenciosa que, aunque no interviniera demasiado, escuchaba con atención todo lo que le tuvieran que decir. Al menos con él prestaba atención, la mayoría de las personas no tenían ese ‘privilegio’, estaba en cuerpo pero sus pensamientos volaban tan lejos como podían. Así era como había sobrevivido a innumerables reuniones o cruces de opiniones que no habían sido pedidas. —Ellos o nosotros— repitió con tono lúgubre pero divertido. Permitió que una alegre sonrisa se instalara en sus labios durante unos segundos. —Por desgracia no ha evolucionado en los últimos años… no al menos por su parte. Supongo que algunos magos ya han ido olvidando la represión anterior  y poco a poco van abriendo los ojos con respecto a… todo esto— señaló a su alrededor con un dedo. Al menos esperaba que no hubiera sido solo su impresión después de los altercados que habían estado sucediendo en los últimos tiempos.

Rodó los ojos; ella siempre había estado gruñendo por aquel entonces. Y lo cierto es que tenía razones de peso para hacerlo. Abrió la boca para agradecerle por aquello, por no haberla dejado consumirse en su desesperación en el tren o en el hospital al salir de la Arena, pero, en su lugar, prensó los labios. Quizás si en aquel entonces hubiera desaparecido no habría tenido que acarrear con más verdades de su vida, no habría tenido que soportar el torrente de desgracias que se acumularon una tras otra. Bajó la mirada, arrastrando las manos hasta colocarlas sobre sus piernas y entrelazarlas. —Siempre está bien tener cerca a alguien que señale lo bueno de las cosas y no solo lo malo— se permitió decir. Agradeciendo lo entretenido que estaba  con la preparación de la pizza y el hecho de que no preguntaría nada por sus cambios de semblante o sus silencios demasiado largos. Dejó que sus ojos permanecieran en la puerta del horno, regresándolos hasta él cuando volvió a hablar.

¿Qué podía saber ella de aquello? Solo había querido, al menos en ese aspecto, a dos personas en su vida. Uno había muerto en la Arena, y el otro estaba al otro lado de la calle siendo el esclavo de su hermano mayor. Definitivamente su ‘idea’ de relación venía dada por la ingente cantidad de libros de aquella temática que había leído cuando era una enamoradiza niña de catorce o quince años. Posó sus ojos en él, parpadeando un par de veces sin entender donde se dirigía. Arrugó los labios. —¿Y para qué? Luego son todo problemas. A veces lo bueno que te aporta no suple todo lo malo— intervino con naturalidad. Cruzando los brazos frente al pecho a la par que se inclinaba al frente para apoyar los codos en la encimera. Abrió la boca indignada, siguiéndolo con clara estupefacción en su rostro. —No has coincidido conmigo en las mejores épocas— intentó defenderse —, bueno, me conociste en el baile, pero estabas más interesado en bailar con otras personas antes que conmigo, ni siquiera me diste la oportunidad—. Aquellas palabras habrían sido pronunciadas con indignación y cabreo por alguien de otra edad o personalidad, pero la rubia solo las dejó caer como un hecho, como aquel que lee los hechos de una sentencia.

Inclinó la cabeza. Hablaba en pasado de algunas personas por lo que sabía que lo mejor era no preguntar por estas. Entrecerró ligeramente los ojos, moviéndose hacia un lado para una mayor visibilidad de lo que estaba haciendo. Alzó la mirada. —Si me lo hubieras dicho en aquel entonces… creo que no me equivoco si te digo que te habrías comido una zapatilla voladora— bromeó acomodándose en la silla y bebiendo del refresco. —Antes eras una pulga de algún perro,  y ahora has pasado a convertirte en un san bernardo— rió por lo bajo, colocando una mano frente a su boca, meneando la cabeza como respuesta a sus palabras. —Hacía mucho tiempo que no me paraba a pensar en todo eso— dijo como respuesta. —Eras un niño pecoso, con cachetes enormes y de esta altura— hizo un gesto con la mano para indicar como era de alto. —, que intentaba ayudar a los demás. Incluso arriesgándose a que le pegaran por pesado— continuó hablando con lentitud.

La sonrisa se fue difuminando poco a poco de su expresión, dejando tras de sí una mueca de quizás algo de melancolía. —Lo siento por no haber hecho nada en aquel entonces—. Cuando salió de la Isla no terminó de preocuparse por nadie, no buscó a nadie o pensó en las circunstancias que rodeaban a los demás, solamente pensó que estaba en casa, que, al menos, había vuelto a casa. De todas formas tampoco es que muchas cosas hubieran estado al alcance de su mano. Carraspeó, meneando la cabeza y echando otro vistazo al horno, antes de volver a hablar. —Hagamos una cosa. Te concedo dos preguntas. Haré lo imposible por contestarlas; no me siento cómoda dejando que solo hables tú, por mucho que te guste—. Cualquiera podría ver que se estaba esforzado y que no parecía ni ella misma. Si Jasper la viera pondría el grito en el cielo ante lo permisiva que estaba siendo con Benedict y lo mucho que le costaba con él.
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Mensaje por Benedict D. Franco el Lun Nov 05, 2018 11:59 pm

Era sabido que no existían rastros de evolución, al menos en el gobierno. Mi modo de vida era la prueba de ello. Acabo haciendo un gesto indefinido, entre un encogimiento de hombros y una expresión de resignación, porque asumo que una vez más me está llamando optimista pero con otras palabras, pero se lo dejo pasar. No vine hasta aquí para hacer un análisis detallado de mi persona ni para hablar de asuntos deprimentes.

De todos modos, me doy cuenta de que la he cagado hablando de parejas porque parece que es un tema incómodo a tratar y me muerdo el interior de las mejillas, dándome el aspecto de un pez consumido por un breve periodo de tiempo. Lo bueno es que ella sigue hablando y me salva de tener que contestar, hasta que pongo mi mejor cara de dolido y me señalo el pecho — ¿Yo? ¿Bailar con otras personas? ¡Te he dado el vals de apertura! — y pronto recuerdo lo sucedido esa noche, quitando la ridícula borrachera. Ahora que lo recuerdo, quizá sí la dejé plantada después de esa pieza — Perdón por eso. Tenía las hormonas por los aires — acabo confesando, mordiéndome la punta de la lengua en un intento de contener la risa por ese detalle olvidado — Nunca fui bueno manteniendo la dignidad frente a las chicas que me gustaban. Ya sabes… — creo que lo que pasaba por mi cabeza en esos tiempos era un secreto a voces, a juzgar por mi ridícula actitud de perro faldero. Qué vergüenza.

Mientras el aroma a la comida va inundando cada rincón de la cocina, mi cerebro está muy lejos, dejándome llevar por una honesta carcajada cuando menciona lo de la zapatilla y empieza con el recorrido del pasado desde su punto de vista — Oh, tienes que creerme, he recibido algún que otro golpe por pesado. ¿Picaba también como una pulga? — le pregunto con una sonrisa socarrona y sin poder contener la vaga curiosidad — Tú también tenías cachetes, aunque te recuerdo mucho más… adolescente que yo — no sé si entiende a lo que me refiero. Arianne me parecía una de esas chicas imposibles e intocables, cuya amistad se encontraba del otro lado de un vidrio. No era solo por la diferencia de edad, de eso estoy seguro.

Su disculpa me descoloca por un breve segundo y tengo que atar cabos para poder darme cuenta de lo que está hablando — Jamás te he culpado por nada de esto — le aseguro con tranquilidad. Sé quienes son los culpables y Arianne no tiene nada que ver. Sea como sea, lo siguiente me sorprende tanto que me quedo mirándola como si fuese la primera vez que lo hago y suelto un silbido largo, saltando de la encimera — ¿Voy a tener el honor de que me calles la boca? Me siento halagado, Jueza Brawn — tomando un repasador, abro el horno con cuidado y chequeo el estado de la cena, cuyo queso se ha derretido y la masa parece estar tomando su tono dorado — Dos preguntas, dos preguntas… — podría meterme en su vida de manera invasiva, pero no es algo que sienta adecuado. Así que simplemente saco la pizza, la coloco sobre una tabla para poder cortarla y… ¡Walá! La cena está lista.

Cortar las porciones eleva el humo y el olor que me recuerda el hambre que tengo. Sin más, la coloco sobre la mesa y le hago un gesto para que se sirva todo lo que quiera — Sumamente light. ¿No? — bromeo, tomando asiento frente a ella. Tomo algo de queso y sin ninguna elegancia me lo enrosco en un dedo y me lo llevo a la boca, pensativo — ¿Por qué tan sola? — pregunto sin poder contenerme — Sé que prefieres la soledad, pero no lo comprendo. No te pareces en nada a los otros magos que he visto… — con sus esclavos detrás de ellos, su actitud de superioridad… — Quiero decir… Soy un hombre lobo, fugitivo y, sin embargo, me dejaste entrar en tu vida. Eres diferente a ellos — y ya sabe de quienes hablo. Sin muchas más vueltas, me llevo una porción a la boca.

La gloria.
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Mensaje por Arianne L. Brawn el Mar Nov 06, 2018 11:23 am

Permitió que otra sutil sonrisa asomara a sus labios. Vaya, ¿acaso era el día de las sonrisas de Arianne Brawn? Quizás tendría que salir a la calle y sonreírle a todo el mundo… quizás alguien llamaría a la policía para que la encerraran porque había perdido, finalmente, del todo la cabeza. Inclinó el cuerpo al frente, observando con detenimiento sus expresiones mientras hablaba, centrándose más en ellas que en las propias palabras que pronunciaba. Aquella fue la noche donde se inició la caída de la primera pieza de dominó, la que empujó a la siguiente y así habían continuado, derribándose unas a otras, hasta la actualidad. —Eras un niño que acababa de pasar por una de las peores experiencias a las que te puedes enfrentar a la vida, y te ataste a una persona. No seré yo la que te juzgue por eso— su voz sonó comprensiva. Quien estuviera libre de pecado que tirara la primera piedra.

Carraspeó, intentando dejar a un lado la risa, encaminándose en dirección al horno y parando frente a la puerta de cristal. Entrecerró los ojos, observando con verdadera hambre, como la comida se cocinaba lentamente, el queso burbujear y deslizarse por la superficie. Arrugó el entrecejo y meneó la cabeza hacia ambos lados, queriendo salir del ensimismamiento que le había provocado aquella imagen. Se llevó ambas manos sobre las mejillas. —En mí siguen persistiendo— agregó volviéndose hacia él y casi chocando contra sus piernas. ¿Cuántos metros de piernas tenía? Se rascó un lateral de la nariz, dando un paso a un lado. —Soy mayor que tú, es obvio que tenía que ser más ‘adolescente’— respondió, no entrando en mayores cavilaciones y solo abarcando la base de sus palabras.

Regresó hasta su silla, entrelazando las manos y jugueteando cruzando los dedos. Alzando ligeramente la mirada hacia él e intentando esbozar una pequeña sonrisa que solo quedó en eso, un vago intento. Aun así trató de recobrar la compostura, queriendo dejar a un lado todo lo que golpeaba y recorría su cabeza; aislarlo por solo un día, unas horas, unos minutos. No pedía mucho más. Casi siempre permitía que aquellos pensamientos la acompañaran la mayor parte del tiempo, que la hundieran o sacaran a flote a partes iguales; pero, en aquel momento, no estaba demasiado por la labor de dejarlos campar a sus anchas. Soltó todo el aire en una floja risa. —Callo muchas  bocas a lo largo del día— presumió de lo que él mismo había mencionado. Su posición como jueza. —En realidad el honor está en que no seré yo la que pronuncie las preguntas, sino que te cedo el testigo— arqueó ambas cejas, levantándose ligeramente de su silla al ver que se dirigía hacia el horno y sacaba la pizza del interior de éste.

Su tripa crujió. Llevó ambas manos hacia ésta, pidiendo que cesara antes de ser oída. El olor impregnaba cada centímetro de la estancia, sería complicado disimularlo si alguien llegara, de modo inoportuno, allí. Tomó un trozo, a la espera de que saciara su curiosidad con la primera pregunta, pero quemándose ligeramente la mano cuando el queso quiso chorrear por los lados. Un gesto de molestia se dibujó en sus labios, así que la volvió a dejar a la espera de que adquiriera una temperatura, al menos, humana. Tomó una servilleta, arqueando ambas cejas. —Hay muchos tipos de magos, no todos nos… aprovechamos de la situación de supremacía que nos ha sido dada— contestó inicialmente. —Y no me gustan las personas— acabó por responder a la pregunta, y no solo al contexto. —, no consigo confiar en los demás… así que suelo herirlos sin querer— continuó —. Cuando estás con otro debe de ser una relación de dos direcciones. Dar y recibir. No sé recibir y no quiero dar a los demás. Algunas personas, que me he encontrado con el paso de los años, creen que soy igual que antes de todo este lío pero, simplemente, no lo soy en absoluto— mordió su mejilla por dentro, tragando saliva antes de encogerse de hombros.

Bajó la mirada, alcanzando nuevamente una porción y cerciorándose de la temperatura de ésta antes de intentar morderla. Masticó con cuidado, saboreando todos y cada uno de los ingredientes que él había preparado. —Aún me pregunto cómo ha pasado esto— aseguró una vez que hubo tragado. —Reconozco que mi lado ‘kamikaze’  tiene bastante preponderancia… pero el de aislamiento es mucho más fuerte— aseveró. Qué demonios estaba haciendo allí. Aquella era la pregunta del millón; una que, aunque se la hiciera, no podría contestar porque ella misma había tratado de descifrarla sin respuesta alguna. Parecía que, simplemente, había un número de personas que tenían un permiso permanente para entrar en tu vida sin que fueras capaz de hacer algo contra ello.
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Mensaje por Benedict D. Franco el Mar Nov 06, 2018 8:26 pm

Siempre supe que ese encaprichamiento infantil había sido a causa de la necesidad de apego y protección, pero oírlo de alguien más me recuerda lo dolorosa que fue esa época. Gritándole a todo el mundo que no era un niño pero luciendo como uno, sin encontrar a nadie que comprendiese mi dolor hasta que Seth deseó juntar los pedazos. Quizá no estaba solo, pero se sentía como si lo estuviera. Por suerte, Arianne sigue hablando y yo puedo empujar esos recuerdos con un bufido amable — No lo entenderías — confieso con una sonrisa tenue. Ella jamás se había visto como yo lo había hecho y tampoco creo que sea momento de explicarlo. Pasaron diecisiete años.

Admito que siento que estoy siendo un privilegiado con todo esto de tener la palabra y la miro como si deseara saber si ella está segura o no del permiso que acaba de darme. Asumo que sí, así que solo espero a que responda con honestidad. Para mi sorpresa, lo hace y mucho más rápido de lo que hubiese esperado. La veo tratar de comer y quemándose en el proceso mientras a mí el queso caliente no me molesta, masticando quizá más lento de lo normal a causa de mi intento de seguir el hilo de sus explicaciones. — Suena a algo muy general — me atrevo a mascullar cuando asegura que no le gustan las personas — Quizá no te has juntado nunca con la gente correcta. He aprendido, con el tiempo, que por mucho que huyas de las personas y sus afectos acabas cayendo siempre en los brazos de quienes te hacen mejor. Quiero decir… — carraspeo un poco, tratando de pasar mejor la comida — He buscado estar solo y no ha funcionado jamás.

En especial cuando me mordieron. Ganar los juegos fue doloroso, pero busqué aferrarme con locura a Amelie, tal y como ella dijo. La licantropía fue un asunto totalmente diferente, porque creí que no me merecía ser tratado como el resto y que podía destriparlos de la noche a la mañana, por lo que tomé distancia durante mucho tiempo. Es obvio que todos buscaban saber qué me pasaba, pero me encargué de cerrar todas las puertas hasta que no lo soporté más. La primera en entrar fue Eowyn gracias a sus locuras que la convertían en alguien tan excéntrica como yo. El segundo fue Seth cuando toqué su puerta llorando a mitad de la noche. Si ser adolescente ya es doloroso, hay que imaginarse lo que fue para mí.

Termino la primera porción, me hago con un refresco para mí y tomo la segunda mientras Arianne termina de hablar. Siempre he sido de buen comer, pero es la primera vez que reparo en el hambre que he cargado la mayor parte del día — Si te sirve como consuelo, en ningún momento me he sentido rechazado por ti. Todo esto se te da mejor de lo que crees. Un poquito más de cháchara y podrías pasar como una persona normal — es un chiste, mi sonrisa ladeada lo delata y, aunque deseo darle una palmada en la mano, reprimo el impulso. La segunda porción la como con mucha más lentitud, en parte porque ando pensando mi última pregunta — Veamos… ¿Me crees atractivo? — por una fracción de segundo la miro alzando mis cejas con falsa picardía, hasta que me río entre dientes y sacudo la cabeza tan rápido que mi pelo se mueve a pesar de seguir ligeramente húmedo — Solo bromeo. ¿Irías alguna vez a visitarme?

Honestamente, no he pensado esa pregunta de manera propiamente dicha. Fue soltar lo primero que se me ocurrió y que, a mi pesar, tengo que admitir que me salió del alma. Para evitar su mirada de que me he vuelto loco, me concentro en mi cenar mientras trato de explicarme — Ya te he dicho que siento que sería un lugar que te gustaría. Y, si dejas que me atreva a decirlo, podrías sentirte cómoda. Me gustaría que puedas verlo y disfrutarlo. Ya sabes, algo totalmente diferente a esto — ¿Por qué? No tengo ni idea. Pero deseo que Arianne venga, alguna vez, conmigo. Y empujo la vocecita molesta que me dice en el oído que acabo de invitar a una jueza del gobierno al distrito catorce.
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Mensaje por Arianne L. Brawn el Miér Nov 07, 2018 12:16 am

Rodó los ojos. Lo cierto es que había ciertas personas que, con el paso del tiempo, se habían ganado su plena confianza; mas siempre existían reparos por su parte, recuerdos o situaciones que no podría compartir con nadie y que acababan abriendo una brecha entre ellos. Era complicado mantener una amistad, mucho menos una relación, cuando prefieres que mantengan una distancia física, y no das, siquiera, una explicación del porqué sucedía aquello. Simplemente le repulsaba el contacto humano, no soportaba el roce sobre su piel. Comenzaba a recorrerla una picacera que invadía cada milímetro de su cuerpo, enfermándola por segundos. No era ningún tipo de alergia, lo sabía de primera mano, sino las señales que su cerebro enviaba por todo su sistema nervioso, recordándole con demasiada intensidad una serie de recuerdos gráficos que le provocaban arcadas. Todos habían aprendido a convivir con no tocarla. Algunos lo respetaban y achacaban a una alergia, otros presuponían que se trataba de su ego o la fachada que había armado para parecer completamente inaccesible. Ninguna de las acepciones la molestaba.

Luchó por poder tomar otro bocado de la porción, alzando su claro mirar en su dirección una vez que hubo hablado. Había contestado porque estaba tan sola, no iba a entrar en mayores detalles como las razones de su repulsa a las ‘personas’. —No hago distinción entre personas buenas o malas. Me refería en general a todas ellas— contestó limpiándose las manos con una servilleta de papel cuando hubo terminado su primera porción. —Huir… me has recordado a alguien que me decía que siempre estaba tratando de huir de las personas que me hacían bien—. Una tenue sonrisa se dejó ver. Se había pasado casi la mitad de su vida huyendo de un lado para otro; guardando todos sus problemas en una maleta y escapando con ellos a la menor oportunidad. Pero, ¿qué podía hacer? Todos tomaban una serie de decisiones en la vida, y la suya, en cierto modo, le había sido impuesta.

Al inicio le molestaba, se esforzó por tratar de ser, sino la misma, alguien parecido a quien era. Pero todo era demasiado complicado cuando día tras día los recuerdos estaban allí. Quizás hubiera sido más fácil yéndose lejos, alejándose de todo lo que le pudiera traer un recuerdo a su memoria… así algunos de sus problemas habrían desaparecido, pero otros vivían bajo su piel. Suspiró, arrugando los labios con cierta molestia. Un nudo se instauró en su garganta y trató de bajarlo bebiendo lentamente de su refresco. Abrió la boca para replicar su ‘ofensa’ pero solo puso los ojos en blanco antes de alcanzar otro pedazo. —Supongo que— comenzó a hablar, viéndose interrumpida por una pregunta, acompañada de sus correspondientes gestitos, que la cortó. Un carraspeo surgió de su garganta, una mezcla entre aclaramiento de voz e intento de no atragantarse.

¿La verdad? Que no se había parado a pensarlo antes de su broma. Su interés era tan nulo que hacía demasiado tiempo que no reparaba en aquellos aspectos; sí, era humana, y cuando alguien sumamente atractivo aparecía frente a ella no podía evitar mirar. Pero con él solo podía ver a Bennie. —Parece que la pubertad te ha tratado bien y a mí me ha dejado exactamente igual—. No iba a engañar a nadie diciendo algo diferente. Cruzó los brazos bajo el pecho, permitiéndose escanearlo, como si hacía con las personas que tenía confianza o con los que… iba a juzgar, antes de escuchar su pregunta. Sus ojos se quedaron por sus anchos hombros y subieron de inmediato a sus ojos.

—No— fue la respuesta que emergió directamente de sus labios, no dejando que él se explicara antes de dar una contestación. Apretó su coleta, queriendo tener las manos ocupadas, con expresión confusa. Prensó los labios. —No creo que fuera lo más indicado— acabó agregando —. Aunque nosotros tratemos de normalizar esta situación, sabes que no lo es— trató de explicar el porqué de su negativa tan directa —Siento decepcionarte… creo que me aportaría algo diferente, siempre lo he dicho cuando hablabamos por el espejo y tratabas de mostrar un poco de tu alrededor, pero— frunció los labios sin saber que más agregar. Ella era miembro de Wizengamot; se suponía que tenía que juzgarlos por imperativo de la ley, ¿y la estaba invitando a ir? Quizás confiara en ella, pero ella no confiaba en un sistema como el que tenían. —No tiene la misma repercusión que tú vengas aquí a que yo vaya allí. Si me obligaran a hablar de lo que sucede aquí pues, simplemente, puede que nos colgaran a los dos. Si yo fuera allí no serían solo dos personas colgadas— le intentó hacer comprender su punto y en el que, al parecer, él no había pensado demasiado antes de exteriorizar la pregunta.
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Mensaje por Benedict D. Franco el Miér Nov 07, 2018 12:54 am

A veces no viene mal distinguirlas — comento con simplicidad. Me es imposible no sentir curiosidad al escucharla hablar con esa sonrisa, preguntándome por un breve instante quién podría causar ese tipo de reacción en alguien como Arianne. Rasgos como aquellos solamente me dan la razón cuando digo que ninguna persona es inalcanzable, incluso aquellas como la señorita Brawn que creen que nadie puede tocarla. Todos caemos, tarde o temprano. Está en nuestra naturaleza como seres sociales.

Más allá de que parece darme vagamente la razón, me fijo más en como casi parece atragantarse por culpa de mi broma y por un momento me acomodo en el asiento en caso de que tenga que levantarme a palmear su espalda. Pero Arianne habla y lo que dice es tan inesperado que me deja con la pizza a medio camino de la boca, poniendo la mejor expresión de sorpresa que soy capaz — No era necesario que respondas eso, pero gracias. Todo un piropo — le contesto, debatiéndome entre la risa y la serenidad al alzar mi porción como si estuviese brindando por ella — No estás exactamente igual. No exageres — pero como no estamos en confianza, no me voy a poner en halagador.

Me esperaba esa respuesta, así que no sé muy bien por qué me afecta. Es un suave pinchazo en el centro del pecho que remarca la decepción o una breve incomodidad, en especial porque sé que tengo que darle la razón en casi todo lo que está diciendo. Esto no es normal cuando debería serlo y, estoy seguro, lo que más me fastidia de la situación es la injusticia. Por un breve momento, puedo comprender mejor a Amber y sus quejas, pero sé que seguirán siendo solo eso: quejas.

Solo asiento una vez y silencioso, termino la segunda porción. Increíblemente, se me ha ido un poco el apetito, aunque tratándose de mí seguramente me durará unos minutos. — Sé que tienes motivos muy válidos, pero somos expertos en esto de movernos por y fuera del país. Así que, si alguna vez cambias de opinión… — por inercia toco mis bolsillos, olvidando por un breve segundo que no se trata de mi ropa así que no tengo escondida mediante magia a la capa de invisibilidad — Sabes que siempre voy a recibirte. Lo mismo si ocurre si alguna vez necesitas… ya sabes — no quiero decir que alguna vez puede llegar a tener motivos para tener que desaparecer, pero creo que me entiende.

Al final, mis ojos se toman la molestia de pasear por sus manos, sus hombros y llegar a sus ojos, esos que reconozco perfectamente después de tanto tiempo. Relamo mis labios, aún saboreando la cena y me acomodo en el asiento, recargándome un poco para verla mejor entre algunos mechones del flequillo — Sé que soy egoísta al venir aquí. Y también que soy egoísta a pedirte que vengas conmigo alguna vez — murmuro, rogando que no se tome a mal mis palabras — Pero no perteneces a NeoPanem, Ari, y sé que lo sabes.
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Mensaje por Arianne L. Brawn el Miér Nov 07, 2018 5:09 pm

Encogió los hombros con sutileza. No iba a ponerse a comentar a quien había tratado mejor los años, quién estaba mejor, ni para por el estilo. Las conversaciones tan superfluas como aquellas la desquiciaban de sobremanera; suficientes había tenido que escuchar las mañanas que tomaba un café y las mujeres, y hombres en otras muchas ocasiones, disfrutaban de criticar a diestro y siniestro o poner por las nubes el hecho de lo bien que se cuidaban. Prefería, por mucho que no le gustara su contenido, repasar mentalmente los artículos de la constitución antes que tener que seguir escuchando la palabrería ajena.

Quizá ella ya no era tan fácil de leer, no al menos la mayor parte del tiempo, pero había desarrollado su don para con los demás. Todos los días tenía que escuchar una serie de retahílas de mentiras por parte de algunos procesados; mentiras que bien podrían ser verdad en el papel, pero que se vislumbraba a la legua la falsedad en el mismo momento en el que se encontraba cara a cara con creador de las mismas. Afrunció los labios, mordiendo ligeramente el labio inferior a la espera de alguna palabra por su parte. Puede que hubiera sido demasiado directa, pero lo cierto es que prefería no irse demasiado por las ramas; en ocasiones pecaba de poco tacto, pero la realidad era una por mucho que las personas intentaran maquillarla de mil y un modos.

Esbozó una diminuta sonrisa triste. Concederle dos preguntas había acabado siendo más incómodo para él que para ella. —No se trata de mi opinión— habló —, a mi me gustaría, ¿por qué no? Pero— hizo un gesto con ambas manos, asemejándose estas a dos balanzas  e inclinando una mucho más abajo que la otra. Dejó ir el aire, bajando las manos hasta acabar apoyándolas en el borde de la isla, golpeteando con los dedos la superficie de ésta hasta que acabó alzando la mirada. —Ir a un lugar donde no me conoce más de la mitad de la población… suena más tentador cuanto más lo pienso— intentó bromear para quitarle importancia al asunto.

Era tentador, pero eran lo suficientemente adultos, y responsables, para no tomar decisiones de aquel calibre de buenas a primeras. Aunque, si lo pensaba, ella no estaba siendo ni adulta ni responsable. Primero cedió sin problemas a comprar una serie de cosas que le pidió dos segundos después de reencontrarse, después inventó escusas en su trabajo para usar un traslador del Gobierno y regresar al distrito doce y encontrarse con él, también tenía un espejo que la comunicaba con él y, para colmo, estaba en su casa como si se tratara de lo más natural del mundo. —Creo que he perdido la cabeza definitivamente— masculló más como contestación a sus cavilaciones que en relación a la conversación que estaba manteniendo. Carraspeó, alcanzando el refresco y bebiendo con disimulo de éste.

Una picacera se había instaurado en su garganta conforme hablaba. ¿Acaso necesitaban algo relacionado con ella y por eso insistía? Frotó con cuidado sus ojos, dejando la mano cubriendo estos durante unos segundos. ¿Pertenecer? Ella no pertenecía a ninguna parte, simplemente seguía allí por razones ajenas a su voluntad. Frunció el ceño, volviendo a dejar caer las manos pero esta vez sobre sus piernas. Inclinó su cuerpo hacia él, observándolo detenidamente. —Me gustaría saber por qué confías tanto en mí como para  proponerme algo así— pronunció lentamente como toda respuesta a sus palabras. —Quizás entonces yo también podría ser un poco egoísta—.
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