The Mighty Fall
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OTOÑO de 247221 de Septiembre — 20 de Diciembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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2 participantes
Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Estoy estúpidamente de buen humor. No puedo decir que han sido días perfectos e incluso puedo decir que están bastante fuera de lo común con respecto a lo que estoy acostumbrado, pero el malestar de la luna llena se ha marchado, tengo la tarde libre y básicamente nadie vino a fastidiarme con ningún problema, así que decido que es hora de molestar a Alice para cumplir la promesa que le hice hace relativamente poco. No hemos vuelto a tener un momento de soledad desde ese desayuno pero nuestro trato pareció aflojar bastante, así que cuando decido que quizá debería ir al bosque por hoy, sé muy bien quien quiero que me acompañe. Una tarde lejos de todo el mundo y cerrando un pequeño pacto que he abierto cuando le prometí llevarla al manantial.

Encuentro a Alice de pura suerte cuando está volviendo a nuestra casa antes del almuerzo y la atrapo mochila en mano, diciéndole que se olvide de lo que tiene que hacer y básicamente la arrastro para salir del distrito. Cruzamos el puente con mi andar entusiasta y dejamos atrás la vista de las casas y el sonido del arroyo, empujando algunas ramas mientras nos movemos por un camino que, al menos para mí, es demasiado familiar — Ya verás que es mucho mejor que el lago subterráneo. El agua es perfecta para cuando el verano se torna insoportable — miro las hojas de los árboles que lucen con orgullo los colores del otoño y no le doy mucha importancia, poniendo mi mano en su cintura para darle un suave empujoncito y hacerla avanzar conmigo — ¿Tienes hambre? He traído algunas cosas para que no nos desmayemos en el camino. No es como si ahora mismo tuviese antojo de cazar — y cocinar. Y armar un fuego. Nah. Demasiado trabajo y se supone que estoy de descanso.

Nos demoramos menos de una hora, pero el cansancio empieza a notarse cuando abro paso entre los arbustos al sentir el sonido de agua corriente. El manantial cae suavemente formando una pequeña laguna de agua cristalina, bordeada con coloridas flores  que se alimentan de la humedad de la tierra, cuyo olor se me mete de lleno en la nariz, la cual me rasco con el dorso de la mano — ¿Qué opinas? — pregunto, dando un ligero salto para bajar sobre una enorme roca y le tiendo la mano para ayudarla — Ten cuidado de no resbalar. Ya suficiente con que secuestré a una médica como para que encima la regrese con la nariz rota.
Benedict D. Franco
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Camino con las manos metidas en los bolsillos y la mirada perdida en el movimiento de mis pies cuando un agarre inesperado provoca que esté a punto de soltar un grito por el susto. Sin embargo, se queda en un jadeo ahogado en la garganta en cuanto descubro al responsable, Ben. Su aparición me viene por sorpresa, casi tanto como sus motivos si no llego a recordar la conversación que tuvimos acerca de todo lo que me he estado perdiendo. No puedo evitar alzar las cejas y mostrar una pequeña sonrisa cuando me fijo en la mochila de su mano, como si de alguna manera no tuviera ni idea de lo que pretende y estuviera intentando adivinarlo por su aspecto.

Que sus piernas sean dos veces más largas que las mías me hace tener que acelerar el paso en más de una ocasión. El terreno desconocido bajo mis pies no ayuda a que parezca menos torpe mientras trato de seguir su ritmo, bastante acelerado en comparación con la velocidad a la que suelo desplazarme. Casi agradezco mentalmente el empuje que recibo gracias a que su mano sobre mí permite que me centre más en apartar las ramas del camino que en la agilidad de mis piernas. - Teniendo en cuenta que me secuestraste justo antes de almorzar, sí. - Le digo en forma de reproche ante el rugido que proviene de mi estómago, pero la sonrisa que lanzo después delata que no me importa lo más mínimo. - ¿Te gusta hacer picnics o solo lo haces para hacerme chantaje emocional ahora que estoy indefensa? - Murmuro a modo de broma en cuanto creo descubrir sus intenciones.

Sé que nos estamos acercando cuando empiezo a escuchar el choque del agua contra las rocas, y a pesar del leve cansancio que se acumula en mi cuerpo después de haber estado caminando durante un buen rato, acelero un poco mis pasos. No sé si se debe a la mezcla de colores otoñales junto con el sonido unísono de la naturaleza o a que llevo rodeada del mismo espacio durante demasiado tiempo, pero mis ojos ruedan por el lugar como si jamás hubieran visto nada parecido o en el caso de hacerlo, lo hubieran olvidado. - Es realmente cautivador. - Respondo con simpleza más concentrada en acariciar la superficie de un árbol que en buscar palabras que lo definan con exactitud. - Parece mentira que aún pueda existir algo así sin que nadie haya acabado con ello. - Mi voz es apenas un susurro que con suerte se escucha bajo la cascada y el piar de los pájaros.

Alargo mi mano para tomar la suya y apoyarme ligeramente sobre él para caer junto a su figura, tanteando con los pies para no irme de culo al suelo por culpa de la superficie resbaladiza de la roca, probablemente por el acúmulo de agua y musgo. Su comentario hace que suelte una risa irónica, camuflada por el ruido que hace el agua a escasos metros de nosotros. - Así que este es el lugar de reunión por excelencia cuando tenéis que hablar de cosas de hombres. - Digo con una sonrisa de lado recordando el motivo por el cual Ben mencionó este sitio en nuestro último encuentro a solas. - ¿Crees que alguien se percatará de nuestra ausencia? - No sé si en el fondo me importa, o por el contrario agradezco que por un rato nadie sepa lo que estamos haciendo.
Alice D. Whiteley
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Intento no parecer demasiado culpable cuando me echa en cara que la he secuestrado antes de almorzar, pero por otro lado le dedico una sonrisita de disculpa — No quería perder la luz del día — le explico como si fuese lo más lógico y común del mundo, a pesar de que sea la razón por la cual la he dejado sin comer. La carcajada sonora que se me escapa hace sobresaltar a una ardilla que se escapa de nuestro camino, lo que me recuerda al delirio de Beverly y su ejército de ardillas que no pienso contar nunca en voz alta porque creo que esa chica tiene problemas — ¿Chantaje emocional? ¿Por quién me tomas? — le pregunto, tratando de parecer ofendido aunque soy incapaz de no mostrarme divertido — En realidad solamente me gusta comer, así que mientras haya la excusa para hacerlo, bienvenida sea.

Cautivador, sí, es una buena palabra para describirlo a pesar de que jamás se me hubiese venido a la mente. La idea de que continúen existiendo cosas como esta en la naturaleza siempre me ha parecido esperanzador, lo que me produce una cálida sensación cuando ella parece coincidir conmigo — Hay sitios donde el ser humano no ha llegado a destruir todo — acabo acotando. Y es una suerte. Aprieto fuerte su mano cuando la ayudo a bajar para que no se me patine y sonrío por culpa de esa risa que no sé si considerar burlona o no, jugando con sus dedos entre los míos para no soltarla y que termine despatarrada por todo el suelo — Cosas de hombres, exacto. En especial cuando tienes que dar tips de cómo afeitarte la barba — ironizo. Le hago un movimiento con la cabeza para que me siga y tiro de ella, pasando de una piedra a la otra hasta llegar a un pequeño terreno lleno de verde césped y flores muy pegadas a la orilla, por lo que le indico que debemos detenernos aquí — Nah. O al menos, a nadie debería importarle. No estamos lejos del distrito y creo que ya no estoy como para darle explicaciones a nadie — No estoy abandonando nuestro perímetro seguro ni estoy rompiendo ninguna norma, Arleth no debería enojarse — Si me dicen algo, diré que tú tienes la culpa — estoy ocupado descolgándome la mochila en cuanto abro la boca, por lo que cuando le sonrío a medias con un divertido guiño lo hago simplemente de soslayo — en cierto modo es cierto, porque estamos aquí gracias a que tenías que conocerlo.

Desenrosco una de las mantas viejas de mi casa que llevaba dentro de la mochila y la estiro sobre el húmedo pasto para que no terminemos con toda la ropa manchada y dejo caer mi equipaje para que haga peso, hasta que me siento con todo mi peso hasta estirar en comodidad mis largas piernas. Con mis manos hago gestos insistentes para que se acomode a mi lado y le enseño el tupper que he traído conmigo — Empanadas caseras, tartas... todo lo que sobró de cuando quisimos utilizar la harina que nos quedaba para que no se eche a perder todo el relleno sobrante — le explico, agitando el tupper frente a ella antes de pasárselo — y agua. Espero que no extrañes la cerveza por hoy — y sin más, me estiro para ayudarle a quitar la tapa y llevarme una empanada a la boca.

El sabor y el hambre son una mala mezcla y ruedo los ojos ante el placer, dándome cuenta luego que tengo una mejilla completamente inflada por culpa del enorme bocado. Trago con dificultad y me fuerzo a sonreírle, acomodando mis piernas hasta la postura más cómoda, que incluye apoyar mis pies sobre el suelo con las rodillas separadas — Entonces, dime, Al — suelto, limpiando mis dientes con la lengua — ¿Ha cumplido tus expectativas o te sientes decepcionada del mundo que te estabas perdiendo? Quizá no es mucho, pero créeme que puede ser muy interesante.
Benedict D. Franco
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Su excusa se me queda demasiado corta en comparación con el no tan largo viaje que hicimos para llegar hasta aquí. - Volveremos antes de que anochezca, entonces. - Aunque no lo formulo como una pregunta, el tono de voz que utilizo para acentuar la última palabra transmite esa sensación, por lo que me limito a alzar las cejas como si eso me hiciera estar más atenta a lo que tiene que decir. No es que me asuste el tener que regresar con apenas una linterna para iluminarnos el camino, pero digamos que no me llevé una buena experiencia de la última vez que pasé la noche fuera del distrito. Realizo un chasquido con mi lengua cuando quiere hacerse el ofendido justo antes de soltar una risa inesperada ante su comentario. - No sabía que comer podía considerarse una afición. - Supongo que todo lo que come se compensa de alguna manera con su actividad física diaria, porque sino no me lo explico.

Inconscientemente mi mirada se va hacia las flores que todavía no se han visto afectadas por el otoño, observando también como el ligero viento golpea las hojas de los árboles haciéndolas chocar unas con otras con suavidad. - Aún. - Digo en un susurro tan bajo que no creo que sea capaz de oírme, aunque si lo hace, no me centro lo suficiente en su reacción como para descubrir lo que piensa. En ocasiones pienso que el ser humano es a la vez lo peor y lo mejor que ha creado este planeta. La inteligencia que hemos desarrollado con el tiempo es digna de admirar, pero así como descubrimientos también hemos llevado a cabo las mayores atrocidades de la historia. - Oh, ahora entiendo por qué os demoráis tanto Seth y tú cuando vais de excursión, las charlas sobre barbas son de vital importancia para la humanidad. - Bromeo a pesar de que descubro por el tono de su voz que él está haciendo lo mismo.

Sigo sus pasos sobre las mismas pisadas en lo que agarro su mano por la inseguridad que me producen las rocas que sobresalen del agua. - Bueno, si preguntan siempre podremos decir que estábamos debatiendo entre si cortarme el pelo o no. - No entiendo a qué viene este juego de bromas que me traigo entre manos porque de costumbre no es así como me comporto, pero acabo ligándolo al desequilibrio mental y físico que sufro mientras trato de coordinar mis piernas para cruzar hasta el césped. - ¿A mí? Hasta donde yo sé fuiste tú quien me trajo hasta aquí a la fuerza. - Claro que eso no es del todo verdad si no obviamos la parte en la que acepté a ir con él. Sin embargo, dejo que la sonrisa que se escapa de mis labios segundos después me delate mientras dejo caer mi cuerpo a su lado. - Nada de cerveza, ya tuvimos suficiente con haber acabado con las reservas de alcohol de los próximos tres meses. - Sé que estoy exagerando un poco, así como también sé que no fue solo cerveza lo que bebimos esa noche.

Retiro la tapa del contenedor con su ayuda para escuchar mi estómago rugir en cuanto el olor de la comida se cuela por mis fosas nasales. Agarro un cacho de empanada y me lo llevo a la boca para morder una esquina mientras observo por el rabillo del ojo sus movimientos. Dejo que mis ojos rueden por el lugar como si necesitaran de un breve resumen para después asentir con la cabeza en lo que tardo en tragar. - Solo me arrepiento de que no me hayas traído aquí antes. - Aunque quizás eso tenga que ver con que hasta hace poco, lo máximo a lo que aspirábamos a estar juntos era más bien poco. - ¿No te sientes atrapado? ¿Todo el tiempo? - Murmuro tras unos minutos de silencio, girando la cabeza en su dirección y sintiendo como algún mechón de pelo se escapa de detrás de mi oreja ante el imprevisto movimiento. - Quiero decir, el catorce está bien y todo eso, pero a veces puede tornarse pesado. Decimos que somos libres cuando en verdad estamos atados a este sitio. - Me abstengo de decir de por vida porque una parte pequeña en mí quiere creer que eso no será así. - Sé que no podemos hacer nada al respecto, y no me quejo de lo que tenemos, prefiero esto a lo que está al otro lado, pero... - Me quedo a medias en la explicación porque no tengo mucho más que decir al respecto, por lo que acabo apartando la mirada hacia la orilla. - Sigue siendo injusto. - La vida no es justa, diría cualquier persona con dos dedos de frente.
Alice D. Whiteley
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Volver antes del anochecer siempre es lo más seguro así que muevo la cabeza de manera afirmativa, tratando de no mostrarme tan divertido ante su sorpresa por mi enorme apetito — Intenta tú mantener un cuerpo de casi dos metros y la rutina de ejercicio de Echo sin tener hambre — siempre me ha gustado comer, lo admito, pero eso ha ido emperoado con los años y parece que mi condición de licántropo tampoco es de ayuda cuando se trata de carne. He aprendido a mantenerme bien alimentado para poder seguir un ritmo de vida que demanda un estado físico aceptable, no solo por las actividades en el catorce sino las que hago fuera del mismo.

Intento no mostrarme tan negativo respecto a la preservación de espacios naturales y solamente hago una muequita fugaz, más centrado en las burlas que vienen a continuación — No tienes idea — me hago el que Seth y yo guardamos el secreto de la barba más larga hasta que la miro como si de verdad estuviese pensando en sí debería cortarse el pelo, poniendo mi mejor cara de no rompo un plato cuando me echa la culpa de que soy el culpable de esta situación — Tú no pusiste resistencia y si vamos al caso, no hay testigos — lo cual es prácticamente cierto. Intento ignorar que se burla de nuestra borrachera aunque no lo consigo y pretendo estar muy interesado en la ruta que recorre el agua para caer entre las piedras, escondiendo así una ligera sonrisa ante un recuerdo que ya ha dejado de ser incómodo, más eso no significa que no lo considere algo privado e íntimo entre nosotros dos. Y Seth por consecuencia porque él lo sabe todo, aunque no hemos estado hablando de eso.

No parecías muy dispuesta a este tipo de actividades — le confieso mientras mastico en un intento de que no vea toda la comida cuando abro la boca para hablar. Es verdad, no puede negarlo, cuando hace poco fue que logré convencerla de que hay cosas para hacer que no tengan nada que ver con quedarse encerrados en casa y que tiene que dejarse llevar con la vida antes de que se dé cuenta que no hizo más que lamentarse. Su pregunta me toma por sorpresa y giro la cabeza en su dirección, oyendo una confesión que sé que muchos han considerado pero que parece que no todos lo dicen en voz alta, salvo quizá Kendrick o Zenda. Lo medito en el tiempo que me toma el terminar mi empanada y sacudir las migajas de mi pantalón, para apoyarme en el suelo con las manos y echar un poco hacia atrás mi torso en descanso — No lo sé — declaro, relamiendo el sabor de mis labios tras ese aperitivo — Sé que no es justo y que si fuera por mí jamás habría dejado el distrito cuatro, pero yo he visto cómo es la vida en NeoPanem para gente como yo y créeme Al, luego de haber sido vencedor y posteriormente esclavo creo que esto es lo más libre que puedo considerarme después de todo — en el catorce tengo mi casa, tengo a mi familia, puedo viajar de un lado al otro a pesar de no tener tantos recursos y tener mis limitaciones — Niniadis, Black... ¿Cuál es la diferencia? Solo quienes salen favorecidos porque la verdad es que de haber seguido con el mandato anterior, ahora mismo sería un mentor amargado que ha visto morir a no sé cuantos tributos y con su vida convertida en un circo. En cuanto a la esclavitud y ser un enemigo público... — por un momento considero el preguntarle si sabe que yo he cometido el asesinato por el cual inculparon a Seth pero opto por creer que no es tema para una tarde como hoy, así que agarro un trozo de empanada que parto con mis dedos y me lo llevo a la boca.

Me recuesto en el césped de muy buena gana y siento como el mismo se aplasta bajo mi peso, dejándome a la vista las ramas que se intercalan sobre nosotros y un cielo celeste sin nubes que se lleva toda mi atención. Con las manos cruzadas sobre el pecho, mantengo el silencio unos segundos antes de voltear el rostro hacia ella — ¿Qué tenías planeado para tu vida, Al? ¿Qué querías ser cuando eras niña y todas esas cosas? — le pregunto con total interés — Yo tenía intenciones de seguir con el negocio de la mecánica como mi padre, aunque admito que soñé con ser un pirata cuando tenía cinco años.
Benedict D. Franco
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
No trato de esconder la risa que se forma en mi garganta y que dejo escapar incluso antes de que termine la frase, produciéndome más gracia la manera en la que lo dice que por el comentario en sí. En realidad, yo también me aprovecharía de eso para comer todo lo que se me antoje, sin embargo por alguna razón mi apetito ha ido disminuyendo con el paso de los años, lo que me hace pensar que es una consecuencia de todo lo que comí en la adolescencia. - No te culpo. - Bromeo mientras vuelvo a pegarle un mordisco a la empanada, sonriendo levemente como si eso bastara para decirle que tampoco quiero tener más idea de lo que pueden llegar a hablar dos hombres en la soledad que aporta este lugar. - Como si no tener testigos fuera un problema para ti, de los dos te creerían a ti antes que a mí. - Y no lo digo solo porque él sea miembro del consejo, sino porque también él tiene muchas más facilidad que yo a la hora de buscar amistades. - Es igual. Me alegro de estar aquí. - Hago un gesto con mi mano para restarle importancia para después sonreír de forma sincera elevando mis mejillas.

Me encojo de hombros ante la imposibilidad de defenderme con ese hecho, apretando un labio con el otro antes de soltar un suspiro y disimular una sonrisa triste. - Bueno, considera esto un pequeño paso hacia la sociabilidad. - Murmuro echando la vista hacia un lado para mirarle y darle un pequeño codazo con mi brazo. - Tienes el honor de decir que me sacaste de casa, ¿no estás orgulloso? - Bromeo en lo que me llevo otro trozo de comida a la boca y termino de tragar para soltar una risa jocosa. No puedo cambiar la forma en la que me he estado comportando en estos últimos años, así como tampoco puedo decir que me arrepienta del todo, al menos no de momento, por lo que solo me queda bromear acerca de ello.

- No recuerdo lo que se siente no tener que preocuparse de quien te observa las espaldas. Niniadis o Black siempre acabo con las personas equivocadas. Si no me he escondido a kilómetros de distancia lo he hecho delante de sus narices. - No me doy cuenta de la verdad de mis palabras hasta que las digo en voz alta. De alguna manera mi destino siempre ha estado con las personas que no encajan en la sociedad. Si no es por que estoy en el bando contrario es por que la sangre con la que nací no es digna de ser persona   y si no es por eso lo será otra razón distinta. Mientras lo pienso me he cambiado de posición para pasar a apoyar los antebrazos sobre mis rodillas y he arrancado unos trozos de hierba, los cuales me dedico a romper entre mis dedos. - Bueno, supongo que esto es lo más tranquilo a lo que podemos aspirar después de todo. - Concluyo cuando escucho su versión acerca de lo que supondría una vida mejor.

Levanto la vista hacia el agua cristalina durante unos buenos minutos antes de bajar la mirada hacia mis dedos y continuar con la tarea de hacer la hierba pedazos. - Temo que te voy a aburrir con mi respuesta pero creo que nunca quise hacer nada fuera de lo corriente. - Ni siquiera le miro cuando me digno a hablar en voz alta. - Fui al colegio hasta los diez años, cuando ya era lo suficientemente responsable como para trabajar en la tienda de mis padres. No era mucha cosa y ser la más pequeña de siete hermanos en una familia con bajos ingresos no ofrecía muchas oportunidades, me conformaba con ayudar en la casa y no estorbar. - Puede que suene triste, pero yo recuerdo una infancia relativamente feliz hasta que decidimos que el distrito dos ya no era suficiente para nosotros. - Creo que esa fue la razón por la que nos marchamos a Europa, la falta de recursos. - No me percato de que estoy frunciendo el ceño cuando lo digo, por lo que sacudo levemente la cabeza para quitarme esa sensación. - Aunque nunca lo supe con certeza. - Me abstengo de decir que nunca lo sabré porque no hay ningún miembro de mi familia vivo como para conocer el motivo.

Suelto la hierba de entre mis manos e inclino mi cuerpo hacia atrás para quedar más o menos a su altura y mirar al cielo. - Pero después conocí a Allen, y si no fuera por él jamás habría mostrado interés por la medicina. - Aunque en el fondo quiera creer que podría haber acabado estudiándola de igual forma, sé que fue él quien me inculcó el aprecio por la vida y la de los demás. - Nunca tuve ocasión de agradecérselo. - Ni siquiera conozco de donde me sale la voz para decir esto último, pero me aseguro de que no parezca que me afecta girando la cabeza en su dirección.
Alice D. Whiteley
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Si alguien pudiese vernos ahora, de seguro apostaría contra nuestro nivel de madurez, en especial con ese codazo amistoso que me recuerda a las tonterías secretas que solía compartir con mis pocos amigos cuando era básicamente un niño. Respondo al gesto con una risita gutural y breve que parece interrumpirse en la mitad de mi garganta y me remuevo en mi sitio, torciendo los labios en un mohín divertido hasta que finjo dos segundos que me encuentro demasiado digno de mí mismo — Siempre estoy orgulloso — contesto con voz pomposa y solemne, culminando en una sonrisa irónica y torcida que indica justamente lo contrario.

Admito que siento cierta lástima por Alice, pero no se lo digo porque creo que a nadie le gusta escuchar esas palabras de quien sea que vengan. Sé que no la ha tenido fácil y me pregunto si alguno de nosotros tuvo esa suerte, aunque acabo respondiéndome a mí mismo en mi interior que posiblemente la respuesta sea negativa — ¿Vas a decirme que no te sientes en paz todas las mañanas? Puedes escuchar los pájaros, moverte a tu antojo y tienes a tu hija contigo. Creo que eso debería ser sinónimo de paz — no sé bien lo que se siente ser padre pero puedo hacerme una idea. Nos guste o no, aquí en el catorce podemos tener un hogar.

Puede que ella diga que va a aburrirme, pero la verdad es que le presto toda mi atención a pesar de tomar algunas migajas del tupper y ponerme de costado al ver como un pájaro se acerca en busca de comida, por lo que extiendo los dedos para sentir como su pico se hace con el alimento antes de alejarse en rápidos saltos y un repentino vuelo. Para cuando dejo de darle la espalda, Alice ha terminado de hablar de su pasado, planteándome una nueva duda — ¿Cómo es Europa? — pregunto, girándome en esta ocasión hacia su lado y apoyando mi cabeza en una de mis manos para poder verla mejor — He oído por ahí que son puras ruinas, pero que todavía quedan lugares donde la naturaleza se abrió camino. Debe ser muy interesante para ver — si no fuese peligroso y arriesgado, hubiese probado suerte en el viejo continente hace mucho tiempo.

Alice se acomoda a mi lado y mi postura me permite observar su perfil, aunque hago uso del sostén de mi codo para alzar un poco mi visión sobre ella. Mis nudillos frotan por un pensativo instante mi mentón, viajando mentalmente en el tiempo hacia atrás para rememorar la figura rubia de Allen, a quien recuerdo muy vagamente por culpa de los años que fueron desfigurando su imagen — me agradaba Allen — confieso — Cuidó de mí cuando lo necesité y Seth no podía hacerlo solo. Cuando llegué del mercado de esclavos era piel, huesos y sangre y estaba volando en fiebre, así que si no fuese por él... — mi nariz se frunce en señal de desagrado ante la memoria y bajo los ojos hasta toparme con los suyos — Estoy seguro de que sabía lo que sentías. Siempre lo sabemos al final — lo digo como si hubiese muerto miles de veces pero la verdad es que estuve tan cerca de palmarla en varias ocasiones que creo saber muy bien cómo se sienten esos últimos segundos donde aceptas todo lo que ha tocado porque te ha llevado hasta allí. Es como una aceptación de lo que tuviste, lo que no y un abrazo efímero con el destino.

Me quedo callado para ser libre de escuchar el sonido del agua corriente, el cantar de los pájaros a nuestro alrededor y el suave balanceo de las hojas por la ligera brisa, lo que me hace pensar que al fin de cuentas sí valió la pena no haber terminado siendo un cadáver en todas esas ocasiones. Mis dedos rozan la tela que coloqué bajo nosotros y siento la fricción de la misma contra el césped, lo que me mantiene un poco dentro de mi propia burbuja antes de volver a hablar.

Jamás creí que aceptarías hacer algo como esto, menos conmigo — acabo admitiendo muy a mi pesar a pesar de que le dedico una sonrisita — Siempre te vi demasiado distante y la verdad, es que por lo que recuerdo de cuando éramos niños jamás hubiese creído que esto terminaría... bueno, así — ¿Terminar con Alice tirados en medio del bosque hablando de su pasado? No lo hubiese creído en sueños. Es hasta más inverosímil que el haber terminado en su cama. Apoyo mi mentón sobre mis nudillos dejando vagar la mirada perdida por ahí con gesto meditabundo y acabo suspirando — Tenías cientos de pecas cuando eras niña. Y ojos enormes. Me dabas miedo — mascullo hasta terminar riendo entre dientes — Nunca supe bien cómo soportabas a Seth y no me animaba a meterme demasiado porque era incómodo. Como el espectador de una vida que no puedes tener. Yo había tenido una novia antes de todo esto...¿Sabes? Y nunca más supe de ella cuando tuve que huir. Supongo que para ustedes fue igual cuando fue a la inversa — tendríamos que haber visto nuestro futuro en ese entonces para terminar aceptando que terminaríamos en el mismo sitio y bando. Doy un suave toque en su pelo para quitarle una ramita delgada que se ha colado entre sus mechones y la dejo caer — Si tuvieras la libertad de ir a donde quieras... ¿A dónde irías?
Benedict D. Franco
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Por instinto mi mirada se vuelve hacia el cielo azulado para observar los pájaros volar bajo la capa de hojas que me tapan cierta parte del paisaje, como si esa imagen fuera el verdadero sinónimo de paz. - Paz es una palabra muy grande. - Murmuro en lo que permito que mis ojos busquen los suyos antes de volver a posar la vista sobre la superficie azul. - Creo que no podría llarmarlo así hasta saber que lo que hay ahí fuera es más seguro que esto. - No voy a negar la tranquilidad que significa despertar cada mañana sabiendo que Murph va a estar ahí, pero lo que tampoco voy a negar es que eso puede cambiar en cualquier momento. Y aún así muchos se atreverían a decir que es un pensamiento negativo, cuando en realidad solo estoy pensando lo que muchos no se atreven a decir en voz alta.

- Triste. - Probablemente no es la palabra que esperaba, pero es la única que se me viene a la cabeza mientras trato de desmantelar los pocos y viejos recuerdos que tengo de ella. - Llegué en el peor momento cuando bombardeaban Londres. No quedó mucho de él después de aquello y la mayoría se preparaba para ocupar el once. - Recuerdo no pasar muchos meses allí antes de que los rebeldes consiguieran tomar el distrito. - Muchos ni siquiera se plantearon reparar lo que se destruyó porque no tenían intenciones de quedarse, y no es como si antes del bombardeo no estuviera en ruinas. - Los que se quedaron quizás intentaron hacer una vida de lo que quedó allí, pero no me extrañaría escuchar que ahora Europa no es más que un viejo recuerdo bajo los escombros que la enterraron. - Debió de ser bonita, antes de que la guerra acabara con ella. - Lo último lo digo en un susurro apenas audible, haciendo uso de un suspiro pesado que indica que me hubiera gustado tener recuerdos distintos.

Escuchar su nombre de boca de otra persona hace que baje la mirada hacia Ben para esbozar una sonrisa llena de nostalgia, conmovida por la posibilidad de recordar su figura a ojos de otra persona distinta a mí. - A todo el mundo le agradaba Allen. - Incluso cuando se tornaba insportable era incapaz de odiarle, siempre tuvo esa paciencia de oro con la gente de la que ahora me arrepiento no haber aprendido. - Tenía esa debilidad por las personas, de querer protegerlas. - Añado cuando escucho lo que hizo por él. Lejos de su trabajo no tuvo porqué hacer las cosas que hizo, sobre todo teniendo en cuenta las condiciones y consecuencias que podían acarrear sus acciones. - Le odiaba. Me porté fatal con él al principio. No quería verle ni en pintura, mucho menos tener que vivir bajo su techo. - Si lo miramos desde mi punto de vista fue una reación relativamente normal si tenemos en cuenta que acababa de perder a mi familia, pero aún así él no dejó de preocuparse. - Incluso en esas circunstancias no dejó que me muriera de hambre o acabara en la calle. - Aunque quizás todo hubiera sido más fácil para él si lo hubiera hecho. Me saco ese pensamiento incómodo de la cabeza cuando la voz de Ben hace que gire la cabeza hacia él para comprobar que ha cambiado ligeramente de posición.

- Para serte honesta creí que acabarías olvidándote de que habíamos acordado esto. - Bromeo a pesar de que la manera que tiene de decirlo me indica que se aproxima hacia algo más reflexivo. - Estoy intentándolo. - Acabo por soltar tras un rato de silencio como excusa para aclarar que si no le he dejado con la palabra en la boca a la primera ocasión de hablar sobre el pasado es porque de verdad estoy tratando de cambiar esa distancia. Una risa comienza a formarse en mi garganta en lo que su confesión me llega a los oídos, intentando disimular la carcajada que suelto pero sin tener demasiado éxito. - ¿Miedo? - Le miro desde mi posición con la risa aún entre mis dientes mientras trato de evitar que salga por mis labios nuevamente. Me habían dicho muchas cosas cuando era niña, pero que daba miedo no era una de ellas. - No soportaba esas pecas. - Confieso cuando la calma vuelve a apoderarse de mí y puedo respirar con normalidad. Ahora me gustaría tenerlas para poder ver algo más allá de blanco radioactivo en mi piel en contraste con mi pelo oscuro. - A día de hoy yo tampoco sé como soportaba a Seth. - Admito con una ligera sonrisa que denota el humor en esa frase. - Sí. Igual... - Murmuro más concentrada en el movimiento de su mano sobre mi pelo que en lo que significó esa huida. Ya hace tiempo de eso.

Me tomo mi tiempo en meditar la respuesta antes de darme cuenta de que no tengo ninguna. - No lo sé. - Frunzo ligeramente el ceño al ser incapaz de tener una contestación congruente, probablemente porque hasta este momento, jamás me había planteado la posibilidad de ir a ningún sitio sin poner en riesgo mi vida. - A algún lugar donde empezar de cero, supongo. - Todo lo que queda del lugar donde nací no son más que escombros, podría decir lo mismo de Europa, el once no es más que una cruz roja en el mapa y el capitolio simplemente no parece buena idea. - No de cero, pero... Lejos de todo eso - y con eso hago referencia a todo lo que nos ha pasado a mí, a él, a todos. No me doy cuenta de que he bajado la mirada hasta que llevo mis ojos hacia los suyos para conocer que tiene él que decir al respecto.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Tiene sentido — termino admitiendo. No saber lo que va a ocurrir con nosotros es una de las razones por las cuales no he deseado tener una familia, pero creo que el poder verlos a salvo un día más debería ser suficiente por el momento. Al menos, una sensación parecida me brota cuando puedo ver a los menores del distrito ir corriendo para jugar en el lago, gozando de un día más de libertad en el cual están con vida; quizá no es mucho, pero es lo que tenemos.

Es extrañamente fascinante escuchar la historia desde el lado contrario al de uno mismo. Recuerdo saber de los bombardeos a Londres y la guerra que se desató en el distrito once, pero siempre lo he visto desde el punto de un niño de NeoPanem que se movía acorde al gobierno deseaba; triste, pero mi libertad se extinguió en cuanto gané los juegos y pasé a ser un juguete más de su colección, saludando a las cámaras cada vez que el país necesitaba de entretenimiento — ¿Nunca tuviste curiosidad por volver? Tal vez está destruida, pero algunas ruinas antiguas deben ser fantásticas. Y las montañas y paisajes... — recuerdo muy poco de lo que había estudiado en el colegio pero un lugar tan lejano y salvaje siempre había tenido su encanto. Al final, traigo conmigo una nueva reflexión — casi todo es bonito hasta que la guerra acaba con ello. No creo que NeoPanem termine de pie si hubiese una nueva guerra — esa que Amber asegura que ocurrirá cuando decidan hacer levantamientos públicos. El solo pensarlo me transforma el rostro, aunque trato de disimularlo alzando la vista momentáneamente a un ave que se encarga de alimentar a sus pichones en el árbol más cercano.

Es extraño escuchar hablar de Allen a alguien que no sea Seth, pero Alice parece tener una opinión muy parecida a la de mi mejor amigo así que me acomodo, recargando mejor mi pómulo contra mis nudillos para verla mejor como si fuese un niño esperando por la hora del cuento — Criar a una adolescente que no es tuya debió ser fatal — comento con una sonrisa burlona a sus posibles arranques púberes, aunque no recuerdo que Alice fuese un desastre; Seth y yo nos mandábamos todas las cagadas. Que señale sus esperanzas me hace reír y sacudir los hombros en reflejo involuntario — Tengo una muy buena memoria, tristemente — le explico — pero haces bien al intentarlo, al menos no vas a llegar a los cuarenta diciendo que pasaste los últimos veinte años encerrada en tu casa. Te volverías la loca de la aldea — y me ahorro decir que posiblemente tendría cientos de gatos porque esos animales no abundan en el distrito, aunque quedarían muy bien con la descripción. Asiento con gracia ante su sorpresa por mi visión de su yo adolescente y entorno un poco los ojos como si reprochase su odio a las pecas, por lo que me llevo la mano que tengo libre a la nariz para frotar apenas su puente — yo todavía las tengo, aunque cuando era niño se notaban mucho más. Tú todavía tienes algunas perdidas por aaaaahí — le pico uno de sus pómulos con el dedo índice y dejo caer la mano junto a su rostro, sonriendo con la mueca de diversión contenida — Ninguno sabe como soportamos a Seth, no te preocupes, es como un dilema popular — bromeo, aunque es imposible no dejar notar el cariño en mis palabras. Si no fuese por Seth, estoy seguro de que mi vida hubiese sido básicamente una mierda. Gracias a él, los peores momentos de mi existencia se hicieron mucho más llevaderos.

No me sorprende su respuesta, la verdad. Empezar de cero es algo que todos deseamos aunque aceptamos que es una idea bastante utópica — Si las cosas fuesen diferentes, yo amaría poder regresar al cuatro. ¿Alguna vez lo conociste? — le pregunto, estirando un poco las piernas ante el placer de sentir la comodidad de los músculos al tensarse y relajarse — Las playas son magníficas y el océano es tan azul que a veces se camufla con el cielo. Incluso el aire es diferente, aunque ya sabes... si la situación no cambia... — siempre han dicho que la gente del cuatro tiene un bronceado particular que yo jamás he heredado porque mis padres eran del seis, pero jamás hubiese podido decir que ese no es mi lugar en el mundo.  Me es imposible no pensar en Arianne y en Alex, siendo libres de poder continuar por su calles, pero me obligo a eliminarlos de mis pensamientos antes de decir alguna estupidez que me delate. Para entretenerme con algo diferente al hilo de mis pensamientos, vuelvo mis ojos hacia ella y suelto lo primero que se me viene a la cabeza — Tienes el cabello muy oscuro. De seguro debajo del agua te hace ver incluso más pálida Dile muerta a la chica a la que secuestraste para un picnic, Ben, sigue así. ¿Alguna vez dije que se me dan fatal las mujeres?

Dejo caer del todo mi cabeza sobre mi brazo y me muevo un poco hacia el costado para volver a fijarme en el cielo, estirando la mano para poder hacerme con un poco de tarta y llevarme un trozo a la boca. Mi silencio demuestra mi concentración en llenarme el estómago, hasta que froto los dedos para librarme de las migajas que caen sobre mi pecho y tras sacudirlo, se van tanto al césped como a la manta — ¿Deseas comer algo más? ¿Agua? ¿Echarte una siesta? Créeme que este lugar es el mejor para dormir. Nadie te molesta y el ambiente es sumamente pacífico. O sino puedes darte un chapuzón y congelarte hasta el culo — opciones de entretenimiento hay cientas — o puedo seguir fastidiándote con mi interrogatorio. Tenemos todo el día.
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Consejo 9 ¾
Me encojo de hombros en mi sitio mientras reflexiono la ocasión de volver a Europa en algún momento de mi vida. - No tengo buenos recuerdos de allí y no es como si ahora tuviese la oportunidad de ir. - Pese a que lo niego en voz alta, muy en el fondo no me importaría volver, aunque solo fuera para comprobar si ciertas cosas siguen en su sitio. Que tontería, pasaron casi veinte años, probablemente ni siquiera recuerde como era la calle en la que vivíamos. - Bajo todos los escombros, tenía ese aire clásico que jamás llegué a ver nunca en Neopanem. - Tengo que reconocer, haciendo uso de mi memoria para recordar los viejos puentes y las calles antiguas a pesar de ser un recuerdo borroso en mi cabeza. - ¿Crees que habrá una guerra? - Mi pregunta está guiada hacia un ámbito más bien orientativo. Nunca tuve interés en saber lo que pasaba fuera de los límites del distrito más allá de quien sigue en la corona, por lo que la idea de una nueva enfrentación se me hace demasiado grande. Así como interés me falta, también información acerca de como están los bandos que apoyan el gobierno y los que no, porque hasta donde yo sé, ni una cuarta parte de la población estaría dispuesta a empezar una guerra.

Por alguna razón su comentario me hace reír, pese a que la mención de Allen todavía me produce un encogimiento del pecho. - Eh, yo nunca fui la de los problemas. - Me defiendo como si con eso dijera que en más de una ocasión él tuvo que ir a solventar los asuntos de Seth y que, por ende, también influenciaban a Ben. - Si quitas el pequeño detalle de esconder que era humana. - Esa aclaración sale de mi boca con demasiada soltura si se tiene en cuenta la consecuencia que tuvo esa acción, por lo que cuando me escucho a mí misma decirlo, me remuevo en mi sitio presa de la culpabilidad que siento repentinamente. Disimulo la incomodidad que se establece en mi cuerpo con una ligera risa forzada que sale de lo más profundo de mi garganta. - Muy a mi pesar, creo que voy a dejarle ese papel a Eowyn. - Porque aunque yo sea la marginada social por excelencia, el rol de loca de barrio le pega más a ella que a mí, y creo que todos sabemos los motivos que la hacen asegurarse esa categoría. Mis mejillas se elevan en cuanto siento el contacto de su dedo contra uno de mis pómulos, entrecerrando levemente los ojos ante ese gesto y de forma inconsciente, me llevo una mano hacia ella como si de esa manera pudiera comprobar que algunas pecas siguen ahí a pesar de no poder verlas. - Ahora no me disgustan como antes. - Aunque no sé si eso lo digo por la forma que tengo de observar el baño de pecas de su rostro o por otra razón totalmente ajena a ese pensamiento. De igual manera acabo por sonreír de forma divertida cuando le escucho bromear sobre Seth.

Mi cabeza se agita en un movimiento negativo en cuanto me pregunta si alguna vez visité el cuatro. Me paro a observar sus ojos con detenimiento mientras explica la coloración del mar, preguntándome si se verá tan azul como su iris en ese instante. De alguna manera, por la forma en la que habla de ello, me siento un poco más cercana a él, a pesar de no tener nada que ver con lo que puede llegar a verse en un distrito apoderado por el sol. - Nunca me enseñaron a nadar. - Suelto ese pensamiento de forma tan repentina que hasta yo misma me sorprendo de que lo digo, como si el simple hecho de mencionar el agua me hubiera producido relacionar esos conceptos. Aunque trato de plantearme como debe ser la sensación de estar flotando en el agua sin hundirse, el ceño fruncido me indica que debo sacudir la cabeza. - Wow. Estoy impactada por tu intento de soltar un piropo. - Comento con gracia cuando no da ningún rodeo antes de llamarme fantasma directamente a la cara. - Si quieres impresionar a una mujer no le digas que tiene aspecto de cadáver. - Le aconsejo mirándole seriamente para después soltar una risa entre dientes.

Levanto mi torso tras estar suficiente tiempo tumbada y me dedico a observar a Ben comer con el ruido de los pájaros de fondo. - Suficientes confesiones por hoy, ¿no te parece? - Sobre todo si tenemos en cuenta que he hablado más de mi pasado en una hora que en los últimos diez años, es demasiada información de golpe hasta para mí que ya lo he vivido. Mi cuerpo se gira hacia la parte cercana a la orilla, alargando mi tronco en dirección al agua para acariciarla con la palma de mi mano. Segundos después, la cierro levemente y utilizo un movimiento enérgico de mi muñeca para elevar el agua por encima de la hierba y provocar que caiga cerca, por no decir justo, sobre Ben. - ¿No decías que te apetecía darte un chapuzón? - Mis cejas se alzan con diversión junto con la elevación de mis labios en una sonrisa y una mirada que busca retarle.
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Consejo 9 ¾
¿Si creo que habrá una guerra? La pregunta me sorprende y me desconcierta a la vez, llevándome a algunos días atrás cuando Amber pasó de visita para ponernos al tanto y hablar de política. Mis ojos se levantan un instante hacia Alice pero se desvían al cielo, no muy seguro de qué responder por lo que me demoro masticando las palabras hasta soltarlas — No estoy seguro. Hay problemas dentro de NeoPanem, actos de terrorismo según Jamie Niniadis y la verdad es que hay gente deseando provocar un levantamiento, pero ya sabes como es... No se han arriesgado en dieciséis años y no lo harán porque terminarían todos en la hoguera — o con un Avada Kedavra sería suficiente — El tema es que tenemos que mantenernos a salvo. ¿A quién queremos engañar? Un puñado de treinta personas no es un ejército — y ni hablar de que muchos de nosotros son niños.

No, ella no era el problema en nuestra adolescencia y lo recuerdo bien, lo que me hace reír — Oh, sí, bueno. Ese detalle se te escapó por completo — digo con un sarcasmo mordaz y termino echándole una sonrisa ladina que demuestra cierto grado de secretismo, como si hoy en día también tuviésemos que esconder su secreto — Eowyn es la opción obvia — admito cuando lo deja caer, hasta que el tema de las pecas me obliga a endurecer la mirada como si de esa forma, pudiese recordar a la exactitud dónde se colocaba cada una de sus pecas — Me gustan las pecas y los lunares. Creo que son marcas muy personales — quizá algunos lo vean como una estupidez, pero son detalles que siempre me agradaron.

Cuando me dice que jamás le enseñaron a nadar abro los ojos como si me hubiese dicho que le cielo se ha tornado verde y las nubes estuviesen compuestas por vodka. Sé que no todo el mundo ha tenido la suerte de nacer en un sitio como el cuatro, pero al menos un lago, una piscina... — No tienes idea de lo que te pierdes. Nada mejor que nadar cuando hace mucho calor. ¿Jamás hiciste brazadas en las grutas? — el catorce no es precisamente un lugar con comodidades como agua caliente y duchas, así que el lago subterráneo es nuestro destino para sacarnos la mugre. Sé que hay algunas zonas donde el agua no es muy profunda, pero me sorprende que no haya caído en la tentación.  El asunto del piropo me roba una carcajada y me encojo de hombros como si no estuviese avergonzado de ello, a pesar de que siento el calor de mi rostro iluminar mis pómulos en un tono escarlata por un breve instante — ¿Qué? ¿Tengo que impresionarte? — dejo caer en tono divertido sin poder contenerme, hasta bajar la mirada con una amplia sonrisa. Por un breve segundo, creo que me siento de nuevo como un niño testeando a las niñas.

Alice se sienta mucho más rápido de lo que hubiese esperado mientras mastico y tengo que mover la cabeza hacia un lado en un intento de seguir viéndola, sorprendido de su rápida resolución y parpadeando por las gotitas que me lanza en la cara. La sugerencia de nadar hace que tome el impulso para volver a sentarme con algo de dificultad y me quedo ahí tendido con las piernas extendidas y rodillas separadas, chequeando el agua que cae sobre la pequeña laguna que el manantial forma regalándonos su cantar — Fue solo una sugerencia, pero si quieres... — saboreando los restos de tarta, me estiro para quitarme el calzado y lo acomodo junto a la mochila. Apoyándome en el suelo me pongo de pie, sintiendo el césped húmedo bajo mis dedos y procedo a lanzar mi abrigo sobre una roca cercana — Dime que al menos sabes saltar dentro del agua — le comento en un intento de no sonar tan burlón. Pierdo el pudor que hemos sentido la última vez al quitarme la camisa que cae sobre la manta y empiezo a desabrochar mi cinturón, pensando mentalmente que mis bolas van a congelarse si el agua viene muy fría y ruego internamente que no haya sido nieve en algún momento — No te quedes atrás — mis pantalones caen al suelo y los pateo en ropa interior para ser libre de moverme, alejándome de ella para bordear el agua sobre las piedras en las cuales intento no tropezar con intenciones de acercarme a la zona donde puedo saltar sin terminar con la cabeza rota por culpa de la falta de profundidad. Al final, diviso lo que estoy buscando, tomo carrera y salto de lleno al agua, la cual se rompe ante el impacto de mi cuerpo cuando por fin me hundo en ella.

Está fría, sí, pero soportable. Es lo suficiente cristalina como para que en el fondo pueda ver algunas rocas y peces pequeños y sacudo mis brazos y piernas en un intento de regresar a la superficie. En cuanto lo hago suelto el aire y respiro con normalidad, sacudiendo la cabeza en un intento de quitarme el pelo de la cara, cosa que termino haciendo con ayuda de mis manos — ¿Ves? No es gran cosa — le digo con la voz lo suficientemente alta como para que me escuche — Salta. Ten cuidado de hacerlo desde donde lo hice yo que es seguro. Prometo que si te hundes te ayudaré a flotar — y para que no desconfíe de mí, hundo un poco la cabeza para que no se me vea la sonrisa burlona, pero sí los ojos.
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Consejo 9 ¾
El motivo más seguro por el que nunca me gusta hablar de política es que sea como sea, nuestra posición jamás puede coniderarse buena, lo que puedo comprobar mientras escucho a Ben hablar de como se encuentra la situación en Neopanem. Mantengo el ceño ligeramente fruncido la mayor parte del tiempo, hasta que me da por apartar la mirada hacia la hierba y hacer una pequeña mueca aflictiva. - Harán falta otros dieciséis años antes de que alguien se atreva a hacerle frente a Jamie. - Y casi puedo asegurar en ese mismo momento que ni tantos años serán suficientes para convencer a la gente de que desatar una guerra es la mejor opción. Ya no solo por los escasos recursos que manejan, sino porque la ministra es demasiado poderosa. Aquí no estamos preparados para eso, apenas tenemos comida suficiente, mucho menos para subvencionar una guerra que ni siquiera queremos.

Vuelvo la mirada hacia su rostro para analizar los restos de sus pecas y de paso fijarme en algún otro detalle que haya podido pasar por alto en los más de quince años que llevamos siendo conocidos. El interés que muestran mis ojos provoca que ni siquiera tenga que sonreír para coincidir en lo personal de esas marcas. Casi se me escapa una risa ante su gesto como si el no saber nadar fuera lo más extraño del mundo, cuando es lo más normal en alguien que proviene de un distrito sin mar o algo parecido a un lago. Sacudo la cabeza como forma de responder a su pregunta además de para quitarme la sonrisa estúpida de la cara. - No tuve la oportunidad de hacerlo antes de llegar aquí y ahora, bueno... Tenía mejores cosas que hacer. - Dejo caer como excusa para tapar que en realidad, si no me dio la gana de intentarlo en el lago no fue porque tuviera otras cosas pendientes, sino porque jamás se me ocurrió en qué podría beneficiarme. Bueno, aparte de lo de ahogarte y esas cosas. - ¿Serías capaz de hacerlo? - Le pico de vuelta cuando pregunta si tiene que impresionarme, alzando ambas cejas en su dirección y con una sonrisa traviesa en los labios antes de soltar un suspiro que camufla la ligera risa que sale por mi boca.

- Oh, esto va en serio entonces... - Murmuro en lo que dejo que mi cuerpo ruede hacia un lado para quedar boca abajo y apoyarme sobre los codos mientras giro la cabeza para observarle levantarse con rapidez, levemente sorprendida ante su confirmación. - Creo que hasta ahí he llegado, Einstein. - Le reprocho con gracia cuando se burla de mí de forma descarada. Cambio de posición para quitarme la chaqueta y después me agacho para desatar los cordondes de mis zapatos y dejarlos hacia un lado. Su comentario acerca de no quedarme atrás casi pasa desapercibido cuando tengo que levantar la mirada y contemplar como se hace paso entre las piedras. Aprovecho el tiempo que tarda en encontrar un lugar desde donde saltar para deshacerme de los pantalones, aún con la protección que me aporta la camiseta, que aunque no es tan grande como otras que he usado, podría considerarse un vestido muy corto.

Me cruzo de brazos sobre mi pecho y me apoyo en una de mis piernas mientras me quedo ligeramente embobada observando sus movimientos, hasta que su cabeza vuelve a asomar por encima del agua y tengo la necesidad de cambiar de posición con rapidez. Esa sacudida es suficiente para dejar de mirarle, por lo que cruzo mis brazos para agarrar los extremos de la camiseta y sacarla por encima de mi cabeza, para después dejarla tirada por ahí. - Para no ser gran cosa no lo haces tan bien. - Me burlo de vuelta en lo que sigo sus pisadas imaginarias hasta llegar a la zona desde la cual él saltó, con una sonrisa socarrona que ilumina todo mi rostro, como si de alguna manera aún no fuéramos más que adolescentes. Suelto un suspiro elevando los ojos durante un segundo hacia arriba y me lanzo contra el agua antes de que me lo piense más de una vez y me arrepienta.

Por unos instantes solo escucho el murmullo que hace el agua de la cascada cuando choca contra el resto, además del silencio atropellado. Lo primero que hago cuando salgo a la superficie, aparte de coger una bocanada de aire, es buscar un sitio donde agarrarme, que por cercanía acaba siendo el hombro desnudo de Ben. Gracias a la seguridad que me aporta ese agarre puedo usar la mano libre para apartar algunos mechones de pelo que se cuelan por mi cara con torpeza. - Ahora, si no quieres tener una verdadera razón para llamarme cadáver, llévame a donde haga pie. - Le pido tras descubrir la extraña sensación de no saber, o más bien no poder, pisar el suelo.
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Benedict D. Franco
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Depende cuánto necesites para que pueda impresionarte — le digo como si fuese lo más natural del mundo a pesar de que es un modo estúpido de ocultar el pequeño detalle de que no he intentado hacer algo por el estilo desde que era joven y estúpido; bueno, más joven y estúpido que ahora. Ya incluso me he olvidado como se supone que se hace, si es que existe algún método además de dejarlo fluir.

Sus comentarios cargados de sarcasmo me mantienen en el hilo de la gracia, aunque el agua pronto se lleva gran parte de mi atención. Algo que tengo que admitir que tienen las lagunas de los bosques que jamás he encontrado en el mar del distrito cuatro es una transparencia semejante al cristal, helada en su naturalidad que, a pesar de que las playas en Neopanem son bellas, les mantiene un encanto particular. Incluso desde mi postura puedo ver a la perfección mis pies bajo el agua, moviéndose en el suave movimiento que me mantiene a flote, justo por encima de las rocas del fondo que brillan como caracoles al sol. Es hermoso, se mire por donde se lo mire y ni siquiera yo puedo negarlo.

Hazlo mejor entonces — la reto desde mi sitio, siguiendo con la mirada los movimientos de su cuerpo semidesnudo, mucho más menudo y blanco que el mío, lo que me hace pensar en lo diferentes que somos en cada aspecto de nuestra vida a excepción de que ambos terminamos siendo unos traidores. El salto de Alice me obliga a mover los brazos para ir un poco hacia atrás en un intento de que no choquemos y aparto un poco el rostro hacia un lado cuando me salpican las gotitas. Le chiflo en un festejo e incluso asomo las manos para aplaudirle un segundo, hasta que la veo aparecer y me usa de bastón, por lo que la rodeo con una mano por la muñeca para que tenga de donde agarrarse mientras la acerco hacia mí — ¿Y dónde está la gracia en que hagas pie? — le pregunto, aunque para evitarme alguna urgencia la arrastro conmigo, moviendo mi brazo restante para impulsarnos en dirección a la orilla, donde las rocas rozan los dedos de mis pies.

La suelto con cuidado a pesar de mantener una distancia prudente para socorrerla en caso de que lo necesite y me paso la mano por la cara varias veces para quitarme las gotas que me fastidian, echándome el pelo para atrás aprovechando su humedad y usando el agua que queda entre mis dedos para salpicarle la cara — Flotar no es tan difícil — le explico — solo mueve los brazos y las piernas. Así — hacerlo frente a ella me hace sentir un poco idiota ante mi explicación tan breve, pero es que tampoco es mucha ciencia — de todas formas, si te relajas el cuerpo flota por sí mismo. Hacer esto creo que es lo más relajante que puedas llegar a hacer — y sin más elevo mis piernas para flotar panza arriba, extendiendo mis brazos en un intento de darle a entender que, a su pesar, tiene que admitir que no corre peligro — el tema con los ríos son las corrientes traicioneras con las cuales hay que pelear y en el mar, tienes las olas. Pero nadar aquí es un buen modo de aprender sin terminar siendo un cadáver.

Giro la cabeza en su dirección y escucho el agua burbujear en mi oreja, justo para dejarme hundir y aprovechar la refrescante sensación del agua contra cada centímetro de mi piel. En eso ando cuando aprovecho la cercanía para picarle el estómago y salir justo frente a ella, escupiendo agua en su cara como si se tratase de una fuente. Clásico juego de niños, vamos, ¿quién no lo ha hecho alguna vez? — Al final. ¿Fue tan malo? — le pregunto, aunque creo que por el tono de mi voz no estoy hablando solamente de darse un chapuzón sin saber nadar. Con cuidado, aprovecho la cercanía para limpiarle muy distraídamente los rastros del agua que le he lanzado a la cara con los dedos — Podría haber sido peor.
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El hecho de que nos estemos picando el uno a otro sin obtener una respuesta concreta me hace soltar una risotada que corto en mis labios y con una leve inclinación de mis hombros hacia delante. - Soy fácil de impresionar. - Termino con el juego de socarronería con las palabras más sinceras que acuden  mi cabeza. Quizás en su momento mis expectativas hacia lo que pudiera hacer la gente eran más altas, pero con el tiempo he aprendido que es mejor no esperar nada de nadie. De esa forma uno no acaba llevándose más de una sorpresa desagradable, ni la decepción es tan grande como de haber confiado en un resultado mejor.

- En que no tienes que cargar con una lapa sobre la espalda. - Digo con toda la seriedad que puedo conseguir, pero sin poder evitar mostrar una sonrisa cómplice segundos después que demuestra la escasa confianza que tengo en mí misma y en mi capacidad de aprendizaje frente a situaciones que desconozco. La ligereza que proporciona el agua provoca que mi cuerpo se sienta mucho menos pesado de lo que ya es, preguntándome por un momento si la sensación debe ser parecida en el espacio, aunque el impulso que me acerca a una zona menos profunda me saca ese pensamiento de la cabeza. Estiro las rodillas para alcanzar la superficie irregular del suelo, notando las rocas bajo mis pies demasiado inestables como para mantener el equilibrio en la misma posición durante mucho tiempo. El agua me llega por los hombros, lo que me hace soltar una risa estúpida al levantar la mirada para comprobar como parte del torso de Ben ni siquiera lo roza, más divertida por no haberme molestado por su altura hasta ahora que en la diferencia de tamaños en sí.

Mis manos acarician el líquido cristalino como si estuviera tratando de atraparlo hasta que algo me salpica la cara y dejo de moverlas para levantar la cabeza en dirección del culpable con una ceja levemente alzada. Utilizo el dorso de mi mano para devolverle el salpique pese a resultar un poco penoso ante la falta de altura para rozarle la cara. Por alguna razón su intento de explicación me provoca un gesto blando en la boca que disimulo en lo que pretendo mofarme de él con una risa burlona. - Relajarse es mucho más complicado de lo que la gente quiere hacer creer. - Y porque estoy segura de que la tensión que suelo tener en los músculos no ayudaría a la hora de mantenerse a flote sobre el agua. - Pero en el mar debe ser más fácil, al fin y al cabo la sal ayuda a flotar. - Por todo el tema de la densidad y esas cosas que se estudian en el colegio y que milagrosamente aún puedo recordar pese a no haber pisado la playa en numerosas ocasiones.

Si no fuera por la claridad del agua me hubiera asustado ante el repentino hundimiento de Ben que me toma totalmente por sorpresa. Pero gracias a su transparencia puedo observar sus movimientos incluso si pretende sobresaltarme cuando me pica en el estómago. Lo que me desconcierta es el agua que se me viene directamente a la cara cuando su cabeza asoma por encima de la superficie, sacudiendo la cabeza de manera impulsiva en cuanto siento el chorro de líquido chocar contra mi rostro. Abro uno de mis ojos bajo la capa de agua que se pega a mis pestañas para observarle con mirada acusadora. - Oh, ¿peor que estar metidos en el agua con a saber cuantos grados fuera y el invierno a la vuelta de la esquina? - Me burlo con gesto socarrón. Que no es como si a mi me importara pero el resfriado lo podemos coger igualmente y acabar contagiando a medio distrito.

Sin embargo, me callo a mí misma cuando sus dedos rozan mi cara y mis ojos tratan de seguirlos, lo que provoca que incline un poco la cabeza hacia delante. Al final una de mis manos acaba por salir del agua y aproximarse hacia su antebrazo para acariciarlo con suavidad hasta llegar a su mano. Mis dedos la rodean en un impulso de apartarla y llevarla hacia el agua en lo que estiro mi cuello para acercar mi rostro al suyo y besar sus labios con la misma delicadeza que utilizo en acariciar su mano bajo la capa de agua. La mano que tengo libre pasa a rozar el hueso de su mandíbula hasta llegar a su mentón justo en el momento en el que me separo con lentitud. Bajo la mano hacia su pecho en lo que recupero la respiración y doy un pequeño empuje con mis dedos sobre él para crear una distancia de centímetros entre nosotros. - Tienes razón. Puede ser peor. - Y no sé porqué pero utilizo el presente en esa frase con una diminuta sonrisa formada en mis labios.
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Consejo 9 ¾
Su intento de salpicarme me obliga a echarle una mirada retadora cargada de ironía, aunque su forma de ver todo el asunto de flotar en el agua me deja mirándola como si se tratase de otra de las cosas complicadas que dicen las mujeres y que no comprendo del todo de donde salen — Relajarse es fácil, no tienes que estar en estado zen para poder flotar en el agua — le digo con lentitud como si estuviese meditando exactamente si ando errado o no — y en el mar es fácil, siempre y cuando no te arrastre una ola — cuanto más adentro, más sencillo es.

La verdad es que no sé qué reacción esperaba de su parte con ese intento de escupitajo pero no me sorprende que no tome venganza por lo mismo, quizá porque tiene más paciencia que yo al ser madre o porque tal vez Alice sí puede actuar como una persona adulta a pesar de que no hay nadie a la vista excepto yo. Creo que me doy cuenta de esa pequeña diferencia cuando me tira esa mirada que me hace elevar mis pómulos como un niño travieso y poco arrepentido en una falsa disculpa que pretende mostrar arrepentimiento — Hay cosas peores que terminar con un resfriado. Imagina de cuánto nos perderíamos en la vida si nos fijáramos en el lado negativo de las consecuencias — y no puede decir que estoy equivocado. Si quisiéramos ahorrarnos problemas, no saldríamos de nuestras casas.

Sea como sea, no esperaba que suceda lo que ocurre a continuación o quizá lo estaba deseando pero no creí que ella fuese quien diese el primer paso. El recorrido de sus caricias me deja llevar a sus labios, esos que puedo saborear después de días, en un beso suave que me permite poner una mano en su cintura mientras la contraria se da el permiso de apretar sus dedos, acercándola con cuidado hacia mí de manera que el agua apenas produce un ligero sonido al moverse a nuestro alrededor. El final del beso, demasiado pronto para mi desgracia, me pinta una sonrisa torcida en consecuencia de ese suave empujón en mi pecho, manteniendo el rostro inclinado hacia ella a pesar de la distancia que está obligando a existir entre nosotros y sin ser capaz de apartar mis ojos de los suyos — ¿Peor para quien? —le pregunto en un murmullo, entornando la mirada como si sospechara de su posible respuesta — Porque para mí creo que solo puede ir mejor.

No le doy tiempo a corregirme porque pronto estoy buscando sus labios con los míos de buena gana, esta vez sin alcohol encima ni temores a que se eche hacia atrás. No hay cerveza que nuble mis acciones ni miedo a disfrutarla, por lo que para cuando me quiero dar cuenta mis brazos ya la han estrechado contra mí como si se tratase de un juguete de lana y la inclino vagamente hacia atrás en el abrazo, obligándonos a ambos a hundirnos en el agua hasta que la misma nos cubre por completo. Solo es un segundo, ese que uso para el envión, pero cuando respiro con agitación para recuperar el aire puedo sentir el sabor del lago goteando entre nuestros labios, lo que me hace sonreír entre ellos — Realmente me gustas, Al — confieso en un susurro, pasando una mano por su pelo para evitar que fastidie mi tarea de besarla, aunque no me molesto siquiera en apartar el que cubre mis ojos — eres una gran compañía... y de verdad espero que a ninguno de los demás se le ocurra venir aquí hoy — acabo agregando, divertido ante la breve broma. Aunque a decir verdad, si los niños, especialmente su hija o Beverly, aparecieran aquí ahora, sería bastante bochornoso.

Que sea peor de seguro es relativo. Estoy seguro de que jamás estuve tan consciente de como vuelvo a besarla con énfasis, de como mis manos se pasean por su cuerpo como si quisiera rememorarlo con los dedos y como tiro con cuidado de su pelo en un intento de ayudar a que alce el mentón para poder alcanzar mejor a su boca. Una vez más me encuentro suspirando con ella, aunque gracias al sonido de la cascada, espero que solo nosotros podamos oírlo.
Benedict D. Franco
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Ladeo la cabeza fijándome en la comisura de sus labios cuando habla como si de alguna manera con ese gesto consiguiera explicar la indiferencia que me produce un simple catarro pese a haberme quejado con sarcasmo por ello hace escasos minutos. Puede que sea la sensatez de sus palabras o simplemente el hecho de haber estado analizando la curva de sus labios durante demasiado tiempo, pero puedo asegurar que se forma una pequeña sonrisa boba en mi boca. Todo lo que estudiamos, lo que conocemos acerca de los pros, contras, posibles causas de  nuestras acciones al final no tienen valor alguno porque acaba reduciéndose al instinto, a esos reducidos actos de debilidad, los cuales solo puedes responder dejándote llevar. El mismo impulso que me ha hecho besar sus labios incluso cuando la lentitud de mis movimientos no puede describirse como intuición.

Le observo divertida desde la distancia con la picardía asomándose por mis ojos cuando obligo a su boca separarse de la mía, a pesar de la repentina tortura que ese espacio entre nosotros significa, sintiéndolo más como una condena que como una forma de volver a respirar con normalidad. - Creo que no hace falta que aclare qu... - Ni siquiera tengo tiempo de terminar la frase cuando sus labios buscan los míos en un gesto que hace que me ría en un intento de puntualizar que su opinión sobre la situación no me pasa inadvertida y para manifestar mi deseo de descubrir a que se refiere con ese ir mejor. Mis brazos rodean su cuello cuando acaba con la escasa distancia que nos separa, aunque una de mis manos pasa a acariciar su nuca bajo los rizos mojados en agua y que me empapan los dedos.

Por un instante me he olvidado del agua que nos rodea y que nos protege de estar a merced del tiempo de fuera, hasta que el mismo líquido acaba por cubrirnos por completo en un segundo rápido me hace imposible no poder fijarme en ella, aunque tampoco puedo decir que no paso a ignorarla inmediatamente después de que su mano roce mi pelo. Mi cabeza sigue su movimiento disfrutando de esa caricia durante el tiempo que dura antes de pararme a observar sus ojos en busca de algún detonante que delate sus intenciones, como si de alguna manera no llegara a comprender la veracidad de sus palabras, pero acabo por torcer mi boca en una mueca tierna que me traiciona más a mí que a él. - No sabes lo que estás diciendo... - Me sale bromear porque hasta que no siento como mi cuerpo flaquea no me doy cuenta del miedo que me induce su confesión, aunque termino por aceptar que debo atribuirlo al hecho de que el sentimiento sea mutuo.

Me permito mostrar una sonrisa perezosa que intenta imitar el gesto de una risa pero que por no querer romper el sonido tranquilo que nos invade no llega a salir. - Oh, estoy segura de que Beverly estaría encantada de poder llegar a la altura de las historias que cuenta su madre. - Sobre todo teniendo en cuenta que estamos casi desnudos en el agua y demasiado pegados como para encontrar una explicación congruente a una cría de trece años. Ese pensamiento me saca la risa que antes corté a pesar de que continúa siendo lo suficientemente baja como para no dejar que el ruido interrumpa el silencio. No sé cuanto tiempo pasamos en el agua, así como tampoco sé cuantas veces hago que mi respiración se mezcle con la suya ni la cantidad de minutos que desperdicio acariciando su piel con la yema de mis dedos. Pero lo que sí sé es que no puedo dejar de tocarle y besarle hasta que el propio sol escondiéndose nos indica que nos hemos demorado demasiado tiempo.
Alice D. Whiteley
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