The Mighty Fall
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OTOÑO de 247221 de Septiembre — 20 de Diciembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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4 participantes
Arleth L. Ballard
Han pasado dos días desde la luna llena y Benedict ha regresado de su incursión al bosque, así que prácticamente mi idea es simple: hace mucho tiempo que no tenemos una cena familiar como en los viejos tiempos por culpa del incendio que dividió las casas hasta tenerlas totalmente pobladas de gente, así que opto por aprovechar que todavía no es invierno y hacer uso del fogón que suelen usar los niños cerca del claro de entrenamiento cuando se les permite quedarse hasta tarde contando historias de terror. Es una especie de tradición que empezó la primera generación de niños del catorce hace años y que la segunda parece haber adoptado de muy buena gana.

Apenas he salido de casa en los últimos días porque he tenido muchas cosas que hacer tratando de poner orden en el grupo de adolescentes que vive conmigo, en especial cuando Zenda necesita ayuda con sus deberes. Es un poco agotador hacerme cargo de los niños y de los problemas que pueden estar surgiendo alrededor del distrito, por lo que he usado el poco tiempo que he tenido para encerrarme en el dormitorio y pensar soluciones a los problemas que han surgido sin que nos diéramos cuenta. Para cuando le digo a Elioh que por favor le avise a los chicos de la cena de esta noche, realmente estoy rogando que podamos usar ese tiempo familiar para relajar la cabeza.

Estoy haciendo doble tarea, ordenando el bolso que llevaré para esta noche y dándole algunas instrucciones sobre plantas medicinales a Beverly como acordamos hace días, cuando su madre interrumpe en el living y se ponen a cuchichear como las cotorras que son y siempre he ignorado. No es hasta que oigo el nombre de mi hija mayor que paro la oreja, congelándome en mi lugar cuando las palabras "Ava", "Ben", "acostaron" y "orgía" llegan a mis oídos. ¿Que qué? Para cuando pido explicaciones, Eowyn solo dice con su obvia obviedad ante las cosas que básicamente todo el distrito lo sabe y que prácticamente, mi hija se ha acostado con su hermanastro en vaya a saber dónde. En algún punto de los detalles dejo de escuchar porque en parte no quiero saberlo y en parte estoy completamente indignada.

Me voy de la habitación con la excusa de que estoy apurada y me llevo conmigo la mochila hecha un torbellino y dando un portazo un poco más fuerte del que hubiese querido, justo para encontrarme con Elioh a mitad del camino al centro de entrenamientos. Ni le doy importancia a que me dice que Cale tiene turno de vigilancia y que Zenda ha quedado en hacer una pijamada con Murphy, sino que sacudo la cabeza ante la idea de que seremos nosotros dos... y el par de traidores. No sé exactamente qué es lo que me indigna más: que mi propia hija me ha ocultado un secreto como ese o el hecho de que se haya atrevido a acostarse con alguien que prácticamente es su hermano, lo cual es un poco perturbador considerando que Zenda está metida en el medio. Creo que estoy demasiado callada en el camino, pero lo hago porque estoy segura de que si abro la boca escupiré cientos de cosas que no quiero hacer.

Para cuando llegamos, está anocheciendo y lanzo la mochila con demasiada furia al suelo, por lo que me froto los ojos con un suspiro profundo — Lo siento — me disculpo con mi pareja, forzando una sonrisa — Mal día — y me pongo a patear las piedritas del fogón para apilarlas mejor, dispuesta a buscar más madera, cuando veo a Ava y Ben llegar prácticamente juntos. Claro, por un segundo he olvidado que viven en la misma casa; la sola idea me retuerce las tripas — ¡Y aquí están los hijos del siglo! — en otro momento hubiese sonado como una broma cariñosa, pero creo que soy incapaz de disimular el sarcasmo — ¿Les parece traer algo de madera?
Arleth L. Ballard
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Ava E. Ballard
Fugitivo
- ¿Soy la única que tiene muy mala espina por todo este asunto? - Le consulto a Ben con curiosidad y algo de nerviosismo mientras nos dirigimos al claro de entrenamiento. Dándole una mirada de soslayo, hundo más las manos dentro de los bolsillos del buzo mientras noto que todavía tiene un aspecto terrible. Es de esperar, han pasado solo dos días desde la luna, y si bien ayer estaba peor, hoy no hay demasiada diferencia. Está pálido y algo ojeroso, y prefiero atribuirlo a que aún no pasaron 48 hs desde su transformación, a que está tan aterrado como yo ante la idea de enfrentar a nuestros padres. Tampoco es que hemos hablado mucho del asunto... De hecho no hemos hablado nada, y no puedo evitar preguntarme si van a pasar otros cuatro años antes de poder volver a sacar el tema. Decido que no puede ser así, pero prefiero ocuparme de un asunto a la vez.

Me trato de convencer, sin mucho éxito, que soy una adulta responsable capaz de tomar sus propias decisiones, y de que mi madre es mucho más sensata como para creer los rumores que Eowyn sigue esparciendo (cada vez con más variantes y detalles), pero no sirve. Ya había superado el pánico inicial que me había dado el ser el centro de atención y ahora simplemente me limitaba a ignorar y a tomarme en risas las cosas que se decían por ahí, o ladrando de vez en cuando. Sin embargo, lo único que había estado evitando desde entonces, era a mi madre, y en parte era porque de verdad, de verdad no quería tener esa charla con ella.

Cuando Elioh había aparecido más temprano avisando de los planes de cena familiar, había aceptado la invitación sin siquiera pensarlo dos veces; estaba distraída ocupándome de Arion, quien parecía tener alguna molestia en la pata trasera, y no tuve tiempo de que se cruzase alguna idea por mi mente hasta varios minutos después de que mi padrastro había desaparecido vaya uno a saber dónde. Ahora era tarde para buscar una excusa, y antes de lo esperado ya estamos en el claro.

El tono de voz que emplea mi madre al vernos me eriza la piel y trato de no pensar demasiado en un doble significado. Dejando la mochila en el piso, levanto una ceja y como usualmente suele suceder, hablo sin pensar. - ¿Ya te dio la menopausia, o qué? - Consulto antes de asentir con la cabeza a su pregunta y ponerme a rebuscar en la mochila un hacha de mano en caso de necesitarla al recolectar la madera.
Ava E. Ballard
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Elioh M. Franco
El dormitorio que comparte con la rubia desde que sucedió lo del incendio se ha convertido en un santuario donde impera el silencio sepulcral que, austero, trata por todos los medios de pasar desapercibido. El paso de los días en el distrito para Arleth nunca había pasado desapercibido para Elioh el cual trataba por todos los medios de darle un espacio que, a ratos, sentía le agobiaba. Las tareas, lo quéhaceres diarios y la monotonía sepulcrada por una oleada de responsabilidades que la avasallaban continuamente sirvieron de entonación para que el canoso cabello del mayor de los Franco apenas se presenciara en la casa a menos que fuese totalmente necesario. No sin olvidar sus propias necesidades y sus tareas, pescar se había convertido más en un pasatiempo que en una obligación, y que aquella noche tuvieran una cena fue el punto de partida para tomar las aguas de un mar con mayor intriga en busca de, al menos, un buen ejemplar con el que poder contentar los estómagos caprichosos de dos personas que hacía rato habían dejado de ser adolescentes.

Esa mañana, antes del amanecer, había abandonado la casa no sin antes despedirse de sus dos soles para avisar a la otra parte de que pasarían una velada en la noche, cerca de la zona de entrenamiento, a la luz de una candela improvisada donde tomaban por costumbre contar historias cuando los mayores no vigilaban. Elioh había tomado las redes que el día anterior había estado cosiendo con delicadeza y había predispuesto su mañana y tarde con tranquilidad. Algún que otro vivaracho trató de importunarle, cosa normal por las mañanas, y la tarde había pasado sin ningún tipo de percance. Las aguas calmas lo tranquilizaban y lo incitaban a pensar. Las habladurías se movían por todos lados, el rumor y el cuchicheo perduraba en boca de todos, pero el Franco no se enteraba nunca de nada. Perdido en su buen hacer, entretenido con el ondular del agua al chocar los anzuelos y las redes, así como las diferentes jaulas con cepas y cebos vivientes para atraer a las presas que se convertían en apresadas, el canoso no se enteraba de nada.

Al atardecer, estrechando sus nudillos y estirando sus brazos cuan largo era, desperezó la pereza palpante en el ambiente y puso rumbo de vuelta, al encuentro de Arleth a mitad de camino que parecía contrariada por sucesos que tarde o temprano saldrían a la luz. Había aprendido a no importunarla, a callar demostrándole su apoyo con tan solo una caricia, juguetona, que le regalaba cada vez que su rozaba su nariz con su rostro en un leve beso aterciopelado, incluso tímido pese al paso de los años. Sin embargo a sus ojos no pasa para nada desapercibido que no está del todo contenta — ¿Un mal día? Yo diría que una sucesión de varios. — inquirió, rezagado, tomando en banda la mochila que ella había tirado con tanto ímpetu y calentando sus manos, ya cerca de ella, en la hoguera improvisada que no tardó en volver a avivar atizando varios leños cercanos al cerco de piedras que formaban parte de la candela. No dijo más hasta sentir la ironía que sus labios regalaban a las dos figuras que bien reconocía en la penumbra.

Alzó una ceja, ofuscado por el mero hecho de que madre e hija compartieran aquel tipo de palabras, y sin callarse pese a que trataba de no inmiscuirse en asuntos que no le competían pues a ojos de Ava no era más que el padrastro, tomó la palabra — Harías bien en, al menos, mantener el respeto en tus palabras Ava. — sentenció, observando ambas figuras para luego revolverse y ver el gesto enfadado de Arleth. Obviamente se encontraba en una inquisitiva de la que, misteriosamente, no estaba formando parte — ¿Se puede saber qué ha pasado? ¿Benedict? — la figura de su hijo, el pequeño, se había mantenido callada. Suspiró, revolviendo el pelo para acomodarlo, acercándose a la hoguera con el gesto perdido en una respuesta que no tardaría por llegar, y que, estaba seguro, no le gustaría nada — Por qué tengo la sensación de que me he perdido más de la cuenta. — refunfuñó, casi bufando por lo bajo, con el gesto completamente serio y el cuerpo tenso.
Elioh M. Franco
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Regresar de la luna llena siempre significa horas de descanso eternas y una molestia que arrastra mis gruñidos por toda la casa, aunque desde hace muchos años no había tenido que significar molestar a alguien más considerando que vivía solo hasta esa estúpida tormenta. He pasado la mayor parte de ayer y esta mañana tendido en mi rincón con una pinta asquerosa, utilizando el sofá o la cama cuando el resto de los integrantes de la casa estaban ocupados en sus tareas y yo era libre de buscar más comodidad. Es tal mi cansancio que cuando me avisan que esta noche tengo una cena familiar, ni pienso en lo que eso significa y solo respondo con un quejido y una sacudida de la mano que indica que he oído las indicaciones. Nada más, nada menos.

Al final en algún punto de la tarde creo que es momento de moverme y aprovecho a revisarme en el espejo del baño, encontrando algún que otro rasguño en mi piel además de las ojeras moradas que decoran mis ojos. La palidez hubiese sido preocupante si no estuviese ya acostumbrado y decido relajar mis músculos en el lago subterráneo, el cual también se llevaría consigo toda la mugre que he juntado desde mi salida a las montañas. Para cuando vuelvo a casa, solo alcanzo a meter algo de cerveza en la mochila y algunos aperitivos al azar antes de que Ava decida que es hora de partir.

Su comentario a medio camino me vale una mueca pero no una respuesta. He aprovechado estos días a hablar poco con mi hermanastra después de lo que ha sucedido, aunque sé muy bien la clase de miraditas que nos lanzan algunos cuando nos ven caminando juntos; debe ser por eso que mis zancadas son más largas de lo habitual mientras nos alejamos de las casas hasta llegar al claro. Para cuando logro ver a papá y su mujer, la bienvenida de Arleth me hace reducir el ritmo de mi caminata y tengo el impulso de fingir que me siento mal e irme, pero entonces Ava le responde y me quedo resegado con cara de no entender muy bien qué está pasando. Dejo la mochila junto a un tronco que solemos usar como asiento y me encojo de hombros ante la pregunta de mi padre  — Deben ser cosas de mujeres — digo como a quien no le interesa mucho un tema, aunque la verdad es que estoy rogando que sea así y que no tenga nada que ver con los chismes que Eowyn ha dejado salir durante los últimos días. Reprimo una risa ante el comentario final de papá porque sí, siempre fue el último de enterarse de casi todo y me decido a obedecer la orden de Arleth con tal de hacer algo.

No me cuesta traer algunos troncos pequeños y maderas para ayudar a mantener el fuego y los acomodo alrededor y dentro de la fogata, viendo como las chispas poco a poco saltan con mayor efusión y el fuego empieza a elevarse más alto — ¿Zenda y Cale tenían cosas que hacer? — pregunto al notar la ausencia de ambos y me siento de una vez cerca de papá, tomando mi mochila y sacando de allí las dos botellas que quizá quieran compartir. Abro una con el cuchillo pequeño que siempre tengo a mano y se la paso a Ava, tanteando hasta sacar una bolsa de papas fritas que tenía guardada desde mi última visita a Neopanem — Si necesitan endulzar las cosas, también tengo chocolate — intento bromear, aunque pronto me doy cuenta que quizá no es el momento y me lleno la boca de papas con una velocidad asfixiante — Buegna pesca pá — intento formular con la boca llena, felicitando a mi padre por el pez que había traído en un intento de cambiar de tema.
Benedict D. Franco
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Arleth L. Ballard
Los gestos de Elioh siempre habían sido reconfortantes desde hace años, siendo mi mejor forma de lidiar con los problemas que hemos enfrentado cubriendo nuestras espaldas con fidelidad y apoyo. Pero increíblemente, esta tarde soy incapaz de responderle con mucho entusiasmo, regalándole una suave sonrisa antes de que mi hija abriera la boca. Elioh es el primero en reaccionar y yo alzo una mano con calma para que no se haga problema, aunque mis ojos helados miran de arriba a abajo el cuerpo menudo de Ava hasta encontrarme con esos ojos que tiene que son tan parecidos a los míos — No. Pero si me han salido canas nuevas estoy segura de que puedo señalar los motivos sin problema — le digo con toda la altura que soy capaz y me giro como quien no quiere la cosa para acomodar el fuego para cocinar.

Elioh y su hijo pronto están hablando con toda la naturalidad del mundo y no puedo hacer otra cosa que echar un vistazo hacia ellos mientras el lugar de llena de maderitas que trato de acomodar para poner encima del fuego todo lo que necesitamos para lanzar el pescado. Recuerdo a Benedict de cuando era pequeño, pecoso, menudo y con más pelo en la cabeza que en cualquier otra parte del cuerpo, pero creo que jamás le he prestado atención al hecho de que ahora sea un hombre. Sí había captado a algunas mujeres del distrito echándole miraditas en alguna que otra ocasión porque a diferencia de otros hombres del catorce él estaba soltero, pero jamás había considerado que pudiesen encontrarlo atractivo y no puedo evitar preguntarme cuándo fue exactamente que Ava se percató en ese detalle que yo pasé por alto por verlo como simplemente un hijo más. Paso mi vista de padre a hijo fijándome en las similitudes, desde la nariz recta al mentón partido, pasando por los ojos claros que en Elioh siempre me resultaron encantadores. La misma postura desaliñada, los mismos hombros anchos... triste, pero quizá tenga que entender por qué mi hija se fija en las mismas cosas que yo. ¡Pero son como hermanos, maldita sea!

Zenda había quedado con Murphy y Cale está de guardia — digo al final con desgano y hago una seña para que me ayuden con el pescado para ponerlo al fuego, aunque Elioh y Ben son los expertos en cocinar esto, no yo.  Le lanzo una mirada seria a mi hijastro cuando habla de todo lo que ha traído y antes de que Ava le pueda dar un trago a la cerveza, se la quito de las manos y bebo porque de verdad, necesito encontrar como pasar esta noche sin matarlos a los dos — ¿Cómo han estado? ¿Que novedades tienen de tooodos estos días que no nos vimos? — esos días donde parece que todo el distrito estuvo hablando de ellos y yo ni enterada estaba. Creo que mi frustración se demuestra cuando le regreso la botella a Ava con brusquedad, viendo a ver qué tanto se animan a hablar los dos cobardes. Dios, hasta creo que tengo un tic en el ojo.
Arleth L. Ballard
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Ava E. Ballard
Fugitivo
Tengo que morderme la lengua para evitar responderle a Elioh de mala manera, porque con mi humor de estos días lo podría mandar a la mierda sin pensarlo dos veces; Ben no ayuda, ya que su pequeño comentario sexista me dan ganas de aventarle la mochila que tengo en las manos por la cabeza. No lo hago, mamá me distrae y su mirada antes de hablar me hace pensar que esta cena saldrá aún peor de lo que imagino. - Ya, fue una forma de decir. Lo siento. - Mascullo desistiendo de la búsqueda del hacha y apartando la mochila a un lado, dejando que sea mi hermanastro el que vaya en búsqueda de la madera. - No tienes que preocuparte por mi comentario Ma, no lo dije porque creyese que fueses vieja. - Le aclaro, con un tono más sarcástico del que esperaba mientras me incorporo lo suficiente como para poder acomodarme en uno de los lugares junto a la hoguera.

La conversación que mantienen los Franco una vez que Ben regresa, me relaja un poco sino cuento con que la ausencia de mis hermanos parece demasiado oportuna para considerarla una coincidencia. No me sorprende de Cale, ¿pero Zenda?. Me resulta raro que haya evitado una cena al aire libre en la que pudiese pegarse a su hermano favorito y fastidiarlo hasta el hartazgo por su estado después de la luna llena, pero trato de no pensar demasiado en ello. En cambio, me sorprendo cuando mi madre me quita de las manos la bebida que estaba por llevarme a la boca y no puedo evitar fruncir el ceño ante su gesto urgente.

El momento en que estira la palabra todos, me confirma mis temores y hace que se me erice nuevamente el vello de los brazos y probablemente de la nuca si el cosquilleo que allí sentía era indicador de algo; y si eso no hubiera sido suficiente, la manera en la que me devuelve la botella habla por sí sola. No puedo evitar soltar un suspiro resignado antes de tomar un trago y mientras el líquido baja por mi garganta decido que es mejor retirar la curita de un tirón, y no estirar más las cosas.- Con una semana de mierda si te soy sincera. - Suelto como si no fuera la gran cosa y vuelvo la botella a mis labios antes de continuar. - Se me acabó la poción para dormir sin sueños, así que las pesadillas no son precisamente bonitas; y Eowyn se ha encargado de esparcir una cantidad de rumores alarmantes en las que al parecer soy la protagonista de orgías al aire libre y relaciones incestuosas. - Suelto sin ponerle un filtro a mis palabras, y con cuidado de no mirar a Ben tampoco. - ¿Es eso lo que querías que te dijera? - Consulto casi que hasta desafiante, sabiendo lo mucho que se estaba aguantando el ponerse a gritar sermones que serían la envidia de cualquier cura.
Ava E. Ballard
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Elioh M. Franco
Obviando por un segundo el comentario de Ben, le dirigió una mirada de soslayo no obstante cargada de reproche pues su respuesta no había sido del todo acertada. Sin embargo todo el reproche del mundo desapareció al ver el rostro magullado por el cansancio y los diferentes cortes que se dejaban ver en su piel fruto de una noche de luna llena que le pasaba factura como cada mes. El cielo podía ser muy bonito pero ofrecía dolor suficiente para todo un año cuando se trataba de esas fechas — Voy a atribuir tu comentario a que estás cansado. — indicó igualmente, con el ceño fruncido y acercándose para tomar el rostro de su hijo como si todavía tuviese diez años, por el mentón, para observarlo con tristeza al no saber exactamente cómo ayudar a su hijo a pasar por todo aquello — Para mi sigue siendo como el primer día, ¿cómo has estado esta vez? Esas ojeras hablan por si solas. — murmuró, apartándose entonces al sentir caldeado el ambiente y no precisamente por el calor que la hoguera desprendía en cantidades iguales hacia todas direcciones.

En lo que ya está asado el pescado y parte de las piedras que se amontonan alrededor parecen chisporrotear, dama y señorita parecían batirse en duelo verbal cada vez que abrían la boca. Los labios de la mayor, tensos y desfigurados ante el comentario, supieron mantener la calma y el trago a la cerveza fue tan inesperado que Elioh no pudo más que abrir los ojos con una sonrisa. Pese a que el enfado parecía estar a punto de ebullir del cuerpo de Arleth, esta lo mantenía con curiosa calma. Lo que menos les convenía ahora mismo era armar un número en una zona que era transitada continuamente por los miembros del catorce — Calla. — terció, dándole un golpe en el costado a Benedict, percatándose de lo cerca que las tenía a ambas y entreteniéndose nuevamente con la hoguera que parecía ser el punto de atención más entretenido del lugar — Las aguas han estado un poco bravas, los peces parecían buscar la costa con ansia. — pues llevaba días obteniendo más pescado que de costumbre y no entendía muy bien por qué.

Alzó la cabeza, mirando a una dirección y luego a otra, parando entre medio a ver y cerciorarse de que ambas seguían todavía con vida, interesado por todo lo que contaban pero despistado como el que más — De hecho Zenda estará muy ocupada con su nuevo auto, se está haciendo mayor más rápido de lo normal. — bromeó, como el que no quiere la cosa, atizando un par de leños con una vara de madera para separarlos y hacer la llama más baja para no quemar con el fuego alto las piezas de pescado que seguían a la brasa cocinándose. Era el momento de Ava para destacar, para despotricar o para hacerles entender que su semana no había sido la mejor de su vida. Los sueños para la muchacha eran un problema y su poción para dormir había acabado, Eowyn seguía empecinada en armar de las suyas con su palabrerío y las orgías no parecían estar muy a la orden del día en el campamento desde que... — Espera, ¿qué? — no estaba muy seguro de haber escuchado lo que resultó ser, y soltando el palo a un lado se acercó lentamente al lado en el que el pequeño Benedict parecía evitar el contacto visual con todos los allí presentes — ¿Qué se supone que deba interpretar cuando escucho la palabra orgía y relaciones incestuosas en una misma oración? — parecía estar perdiendo el nervio y los ojos se desorbitaban siempre en el mismo orden y la misma dirección: primero a Arleth, confuso, luego a Ava, perplejo y finalmente a Ben, ausente.

— Quiero creer que estáis bromeando como si nada o que me queréis matar ahora mismo, ¿verdad pequeño? — sentenció, estrechando con fuerza el hombro derecho de Ben, el más cercano a su posición, entornando una sonrisa que parecía la de un maniático a punto de volverse para descuartizar a alguien.
Elioh M. Franco
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Quizá las Ballard estuviesen tirándose un palo tras otro que no estoy seguro de querer presenciar, pero yo tengo mis propios problemas cuando a papá se le mete en la cabeza el agarrarme el rostro para tratar de revisarme; de veras, a veces estoy muy agradecido de que no sea capaz de ver las marcas en el cuerpo y eso incluye que evite bañarme en el lago si él está cerca. No es que no tenga conocimiento de ellas después de tanto tiempo, pero creo que es un recordatorio que él no necesita — Estoy bien — insisto, sacudiendo un poco la cara para poder zafarme de su agarre sin ser brusco — solo un par de cortes. Ya sabes como es... en dos días estaré como nuevo — comida, azúcar, horas de sueño. Todo eso que vengo repitiendo hace siglos.

El golpe en el costado apenas me hace moverme en mi lugar pero me quedo callado, asintiendo a las acotaciones sobre la pesca de mi padre y ruedo un poco los ojos ante lo del autito de Zenda; la adoro, pero si necesitaba algo más para creer que es más grande e invencible de lo que en realidad es, era eso. Lo único que me falta es encontrármela a mitad del camino subida a ese auto diciendo que la hace más rápida pero, como me es costumbre, mi participación en la conversación se basa en llenarme la boca de comida y escuchar lo que andan diciendo a mi alrededor. O al menos lo era hasta que Arleth pica justo donde quiere  y Ava abre la boca.

Una papa se me pasa para atrás en la garganta y toso una sola vez en un intento de no atragantarme, aunque es un ruido seco y brusco que rebota en todo el claro. Puedo sentir mi cuerpo congelarse en el sitio a la par del calor de la incomodidad, subiendo los ojos venenosos en dirección a mi hermanastra con unas ganas infernales de arrojarla al fuego. Pero el agarre de mi padre me produce una mueca y automáticamente aprieto mis piernas como si deseara salvar a mi entrepierna de cualquier corte, moviendo los hombros para que me suelte — A mí ni me mires, yo no dije nada — intento salvarme como sea, pero el levantarme incómodo de mi lugar deja bien en claro que cierta culpa tengo. Aprovecho mi movimiento para tomar una rama y mover un poco las brazas del fuego, evitando mirar a cualquiera de los presentes — Como dijo Ava, son cosas que Eowyn anda diciendo. ¿De verdad la van a tomar en serio? — quitando que sus delirios siempre tenían una base realista, pero eso no lo voy a decir — ¿Nadie quiere papitas?
Benedict D. Franco
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Arleth L. Ballard
Creo que no le respondo a Ava ese intento de ironía porque si lo hago, voy a empezar a escupir veneno y lo que menos deseo es empezar una guerra familiar cuando ella sabe lo mucho que me importa. Nunca he sido una madre controladora o eso espero, pero siempre he intentado que mi familia fuese feliz y medianamente normal dentro de lo que cabe en nuestra no normal forma de vida. Pero algo que no paso por alto son las mentiras, la falta de respeto y para colmo, que todo el distrito vea a mi hija como una... ¿Una qué?

Me quedo en mi lugar mientras Elioh parece ser el hombre feliz y hogareño de todos los días y Ava da una charla de lo terrible que ha sido su semana, ganándose toda mi atención cuando tira una bomba que, a pesar de que estoy acostumbrada a que no tenga pelos en la lengua, me toma por sorpresa su grado de naturalidad. Parpadeo varias veces en un intento de verla mejor y abro la boca varias veces hasta que creo que mis movimientos ya son nerviosos — ¿Disculpa? — muevo la cabeza y me toco la oreja con un dedo como si no la hubiese escuchado bien — No exactamente. Me gustaría que me dijeras si todo lo que escuché esta tarde es una mentira pero al parecer... — intento hablar calmada aunque creo que mi forma de respirar y arrastrar las palabras me está delatando. Que Elioh enfrente a Ben y éste se ponga de pie haciéndose el desentendido y ofreciendo papitas es lo que me hace saltar la térmica y dejar de dar vueltas.

Lo que sucede, Elioh — me incorporo todo lo alta que soy que no es tanto y agarro una de las ramas de la fogata, delgada pero con una pequeña llamita en la punta que muevo en el aire — es que tu hijo... — lo señalo con el palito, antes de moverlo en dirección a Ava — y mi hija se han estado acostando y parece que todo el distrito lo sabe. ¡Y NO TE ATREVAS... — me apresuro a aclarar cuando veo que Ben abre la boca para ponerse a discutir y sacudo la ramita de un lado al otro como una histérica — ... A DECIRME QUE ES MENTIRA! Dudo mucho que la parte de las orgías sea cierta porque conozco a Eowyn y como la conozco, de algún lado lo ha sacado.

Técnicamente son adultos y no puedo decirles nada. Pero... — ¡QUE SON COMO HERMANOS, CARAJO! — acabo escupiendo, lanzando otra vez la rama al fuego por miedo a terminar clavándosela en el ojo a alguien por accidente — ¡¿No pensaron qué pasaría si Zenda lo supiera?! ¿Ni lo mal que está? ¡¿Y tú por que no me lo dijiste y me tengo que andar enterando por terceros?! ¡SOY TU MADRE! — el tono de indignación es tan alto y agudo que unos pájaros se levantan del árbol más cercano y emprenden vuelo, pero los ignoro — ¡¿Por cuánto tiempo ha estado pasando esto?! ¡Y quiero la verdad! ¡No te olvides de que yo te parí y sé muy bien cuando mientes, Ava Elizabeth Ballard! — debería saber que se le viene la noche; creo que no la llamo por su nombre completo desde que tiene trece años.
Arleth L. Ballard
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Ava E. Ballard
Fugitivo
No me era muy difícil adivinar que tras mis palabras se iba a desatar el caos, pero sí me esperaba un poco más de apoyo por parte de Ben quien no tarda en hacerse el desentendido de la situación... cobarde. Como si no supiese que mi madre era una melodramática que no iba a dejar en paz el asunto hasta no escuchar lo que ella quisiese; cuando menos podría decir algo más que querer solucionar el tema con papitas, o siquiera podría tener la decencia de no parecer un niño al que habían atrapado robando comida.

Tengo que apretar con fuerza los dientes para no ponerme a gritarle a mi madre ahí mismo, y espero a que termina de incriminarnos antes de imitar su gesto e incorporarme también. Creo que si aprieto con algo más de fuerza la botella, esta va a terminar explotando en mi mano, pero prefiero eso, a terminar arrojándosela a mi progenitora en un acceso de rabia que no estoy segura de poder controlar. - No, no, no. - Comienzo tajante, remarcando cada una de mis palabras con intención y dando unos pasos hasta quedar enfrentada a la otra rubia. - Lo que sucede Elioh, es que TÚ esposa, prefiere creer los rumores de malas lenguas y acusar sin preguntar antes. - Respondo al mayor de los Franco pero clavando la mirada en mi madre con un enojo que no había tenido ni siquiera cuando Eowyn nos interrumpió la otra noche... o tal vez sí, pero las palabras de Arleth dolían además de hacerme enojar, y eso lo hacía aún peor.

- Primero quieres que te diga si es mentira o no, y ni siquiera das la oportunidad antes de desafiarnos a negarlo. ¿No crees que te estás contradiciendo? - Mi tono de voz se eleva un poco más con cada nueva frase y termino cerrando mi mano libre en un puño, clavándome las uñas contra la palma de manera inconsciente. - Primero y que nada para empezar: NO-SOMOS-HERMANOS. Eso hará más sencilla el resto de esta charla. - Declaro por más de que no sea un punto que me juegue exactamente a favor, levantando el dedo índice de la botella para comenzar a enumerar. - Segundo, no trates de querer meter a Zenda en esto porque créeme, esquivar a tu propia hermana a causa de rumores falsos no es precisamente bonito. ¿Crees que no pienso en la opinión que pueda tener de mí? - Continúo, levantando el dedo medio y sacudiendo la botella hacia ella. - Y tercero, mi vida sexual, o mi falta de ella es algo que tendría que importarme solamente a mí, no a todo el distrito y mucho menos a tí o a mi hermanita pequeña. - Finalizo sosteniendo el envase solo con dos dedos y ya casi siseando las últimas palabras por la rabia que me genera.

Por el amor al cielo, sabría que tendría una pelea con mi madre cuando este asunto saliera a flote, pero no esperaba que se mostrase TAN obtusa y comenzara a despotricar sin ton ni son. Me importaban un carajo los rumores para estas alturas, estaba encolerizada por la actitud de mierda que me estaba mostrando la rubia. Bien podría haberme llamado para hablar aparte si tanto le molestaba la situación. - "Esto", como tu lo llamas, NO HA ESTADO SUCEDIENDO. - Declaro mirándola a los ojos para que pueda ver que no le estoy mintiendo... O que al menos técnicamente no lo estoy haciendo; después de todo, ella implica que mantenemos relaciones constantes y nada está más lejos de la verdad que eso. - "Esto", es el producto de los rumores de Eowyn, quien por verme usando la remera de Ben a mitad de la madrugada ha pensado que nos acostamos de manera recurrente. No se le ha ocurrido que si estábamos despiertos ha sido porque una araña me asustó hasta el punto que le disparé, o que Ben se levantó  luego de escuchar el tiro. Al igual que por lo que veo, tampoco se te ocurrió a tí. - Y me sorprendo a mi misma, porque mi enojo me hace creerme cada una de las palabras que salen de mi boca como si fueran la verdad absoluta (que lo son), si no contara el hecho que no le digo precisamente el cómo nos encontró, o que no llevaba ropa interior en el momento en que la rubia entró a la casa aquella noche.
Ava E. Ballard
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Elioh M. Franco
Dejando a un lado el tema de que Ben estaba bien, el mayor de los Franco crispaba su propio cuerpo tensando los nudillos que empezaron a tronarle peligrosamente. La rabia contenida por ser el último en enterarse de todo no era lo que le preocupaba, sino precisamente todo lo que estaba aconteciendo aquella noche en un claro que parecía tener un letrero luminoso que parpadeaba dando señal a todo el distrito a que se pasaran a ver el espectáculo que estaban montando. Y con razón.

La mirada fulminante que el mayor de los Franco dirigió hacia su hijo parecía a punto de romperle las bolas. No tuvo tiempo de agarrarlo con más fuerza porque la edad no perdonaba y su no tan pequeño estaba lo suficientemente grande como para saber escabullirse sin resultar ileso de todo aquello. La respiración, medio entrecortada, denotaba una vez más que Elioh no estaba para nada contento, mucho menos tras las palabras de Arleth que parecían corroborar todo lo que parecía haber acontecido en casa de Ben hace al menos un par de noches — Que Eowyn dice tonterías es algo que todos sabemos y dudo mucho que nadie le haya creído lo de las... orgías. — casi susurró, sintiendo la voz queda y ronca por lo que se iba agolpando en su garganta a punto de ebullir en cualquier momento — Pero hasta qué punto no te crees que se han estado acostando juntos cuando lo primero que has hecho ha sido escaparte de todo esto para que no te CORTE LAS BOLAS DE UN HACHAZO. — ya está, había salido, el calor de las palabras salir por una garganta que no tardaría en resentirse dejaba un pequeño vaho que se congelaba en el instante haciéndole soltar un leve humito blanco, como si estuviese fumando — En qué cabeza cabe, ¡¡¿¿NO ENTIENDES QUE AUNQUE NO COMPARTAN SANGRE SON HERMANASTROS??!! — lentamente, aunque lo que quería era alcanzarlo atropelladamente, empezó a caminar alrededor de la hoguera para atrapar a Ben y no dejarlo ir en veinte años. Atarlo al tronco de un árbol y cortarle cualquier contacto con la que, en la otra banda, seguía gritando al ton de las palabras de su madre.

— Dejemos a Zenda a un lado en todo esto, ahora. — sentenció, cortando las palabras de ambas por un momento, sintiendo las venas de su cuerpo hincharse nuevamente mientras seguía tratando de alcanzar a su hijo que, atorado con las patatas, tan sólo quería comer y volver a su casa totalmente despreocupado — ¿Perdón? — la aclaración de los miedos de Zenda por las arañas le resultó un tanto estrambótica, y sin embargo no hizo más que volverse a su hijo para terminar alcanzándolo, sin dejarlo esta vez escapar de su agarre, apretando con fuerza que, no obstante, no rayaba en lo doloroso — ¿¡ASÍ LE QUITAS LOS MIEDOS A TU HERMANA?! — culminó, llevándose la mano libre a la cabeza, zarandeado con poca delicadeza a Benedict para obligarlo a sentarse en el tronco del que se había levantado hacía unos segundos — Siéntate y no te muevas, AHORA MISMO BENEDICT. — pocas veces lo llamaba por su nombre y pocas veces se veía en el aprieto de tener que sentirse de aquella manera. Desde hacía años que no le alzaba la voz al que tenía delante, pero la situación así lo requería. Respiró, tratando de calmarse, pero la situación se había tornado insostenible — En qué estás pensando, ¿¡EN QUÉ ESTABAN PENSANDO!? ¿¡NO COMPRENDEN QUE ES UN DISTRITO PEQUEÑO Y TODO EL MUNDO SE ENTERA DE TODO!? — hizo una pausa, alzando una ceja recordando que él, precisamente, había sido el último en conocer los detalles... sacudió la cabeza, no quería ni pensarlo — Cómo carajos piensan que podemos pensar todo eso si nos están dando a entender TODO LO CONTRARIO. Son hermanos, LES PESE O NO, POR TODOS LOS DIOSES AVA. — aclamó, mirando a ambos lados de la hoguera, primero a los ojos de ella y luego a los ojos de él. Dar la cara parecía estar muy infravalorado, y si tenía que cortarle las manos a Ben, en aquel preciso instante su cabeza creía que no dudaría. La pausa se tornó eterna — Abre esa condenada boca, Desmond, o te juro por mi vida que acabo tirándote al mar con una piedra atada al tobillo y esposado. — serio, con aquel dolor de cabeza tan característico.
Elioh M. Franco
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Bueno, es definitivo, estoy más que muerto. Arleth se pone a gritar como una loca desquiciada y mis ojos siguen el camino del fuego de un lado al otro temiendo que me tire con ese palito a la cara, me callan por centésima vez en una semana y Ava se pone a dar un discurso que yo solamente recalco asintiendo y soltando algún que otro "ajá" y "eso" como cuando tienes cinco años y tienes que defender a un amigo en la escuela desde detrás de su hombro. Técnicamente tiene razón y no está mintiendo porque no compartimos sangre y Eowyn enfatizó que nos habíamos estado acostando, cosa que no pasó ni llegó a pasar porque ella llegó antes. Lo que pasó hace cuatro años en esa cueva es tema aparte.

Pero entonces papá se mete y puedo acordarme perfectamente esas épocas donde todavía no nos llevábamos del todo bien y creo que todo se ha ido a la mierda. Lo miro con mi mejor cara de ofendido cuando me acusa de escaparme de su alcance — ¡¿Acaso te escuchas a ti mismo?! — intento parecer escandalizado aunque voy dando pasos hacia atrás en un intento de escaparme de él porque ya se puso de pie y aunque soy más alto, sigue siendo mi padre y no voy a dejar que me agarre así como así — ¿Acaso no oyes lo que Ava acaba de decir? ¡Esto no es absolutamente nada! ¡No estaba teniendo sexo con ella! — Y no es mentira.

Estoy por salir disparado hacia el distrito cuando me agarra del brazo y las papas se me sacuden en la mano contraria por un tirón que no me esperaba y trato de zafarme, pero el viejo parece haber recuperado su antigua fuerza o al menos la adrenalina lo hace sacudirme tan fácil como hace años — ¡YA NO SOY UN NIÑO! — me quejo cuando me hace sentarme sobre el tronco haciendo que me tropiece con mis propios pies y no puedo hacer otra cosa que mirarlo estupefacto — ¡¿Acaso vas a ponerme en tus piernas y a darme con la chancla en el culo?! — casi me estoy mofando en toda su cara como retándolo a que se atreva cuando sigue con toda la perorata y suelto un gruñido de frustración mientras me paso la mano por la cara y el pelo, hasta que usa mi segundo nombre y eso me hace notar la gravedad del asunto. Ni me acuerdo la última vez que alguien me llamó Desmond.  

¿Qué esperas que te diga? ¿Que me acosté con ella? — escupo y sacudo las manos haciendo que algunas papas salten en todas direcciones y algunas incluso terminan en el fuego — ¿Te crees que me importa un carajo lo que diga el distrito? ¿De qué sirve que te confirme o niegue algo cuando ninguno de ustedes va a escucharnos y se ponen como si... como si...? ¡Bueno, no se me ocurre nada pero como si hubiese sido algo terrible que no puedo explicar! — podríamos estar haciendo cosas peores, como dándole marihuana a los niños como hace Eowyn — ¡Creo que soy lo suficientemente adulto como para acostarme con quien quiera y saber lo que estoy haciendo! Y si les interesa saber, no estamos teniendo una relación clandestina. Nosotros solo... ugh — me aprieto el pelo de la coronilla y dejo caer mi mano con frustración por mi nuca — ¡Lo único que Eowyn vio fue un estúpido beso! ¿Está bien? — quizá con eso cierran la boca, aunque me arrepiento en cuanto lo digo. Sin más, tiro las papas a un lado aunque muchas de ellas han acabado por todo el suelo.
Benedict D. Franco
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Arleth L. Ballard
Odio decirlo, pero la lista de excusas y explicaciones que Ava suelta tienen cierto punto de lógica. Me acabo sentando en uno de los troncos con las piernas y brazos cruzados en un obvio gesto de que la voy a escuchar hasta el final aunque no relajo en ningún momento la frente arrugada, viendo como mi hija se pone como loca para ponerse a detallar cosas que me despiertan cientos de otras preguntas — ¿Y no se te ha metido en la cabeza que quizá deberías al menos decirme que todo el mundo está hablando de lo que haces o dejas de hacer con tu hermanastro? — ruedo los ojos como si fuese más que obvio y mi cabeza se mueve haciendo que mi pelo se sacuda de un lado al otro — Al menos me gustaría enterarme de las cosas de tu boca y no por culpa de los demás. ¡Eres mi hija mayor y no me cuentas ni estas cosas! — Y si no es verdad... ¿Por qué debería de sentir vergüenza de hablar conmigo?

Estoy por señalar ese punto cuando Elioh se lanza a dar su opinión, Ben parece que se quiere escapar y toda esa actitud me parece tan desconcertante como sospechosa. Al final todo se va de mambo cuando Elioh sienta a su hijo como si fuese un crío, Benedict se pone a decir que no es un niño aunque sus actitudes no digan lo contrario y yo solamente veo papas fritas volando en todas direcciones — La chancla es una muy buena opción — digo con sequedad y aprieto un poco más el cruce de mis brazos sobre mi pecho, ignorando el olor a pescado quemado que nadie está dando vuelta. Benedict se pone tan nervioso que cuando escupe prácticamente que sí se han estado besuqueando, siento un calor subnormal trepar por mi cuello y contengo la ira solo para ladear mi cabeza en dirección a Ava con aire triunfal — ¿Decías que no era nada? — le suelto con sarcasmo. Y para no matarla, agarro el palo y doy vuelta el pescado antes de que sea una bola de fuego.

Yo no puedo creerlo. Mi hija. ¡Mi propia hija! — farbullo más para mí que para los demás mientras me centro en la comida y acabo mirando a Ava como si no la reconociera — ¿Un beso? ¿Acaso ahora están juntos? ¡Y MAS TE VALE ESTAR SIENDO RESPONSABLE RESPECTO A ESTO! ¿O es que nunca se te ocurrió que puedes terminar teniendo hijos no deseados por ahí como Eowyn o Seth y ... ¡ENTRE TODOS LOS HOMBRES DEL CATORCE, JUSTO TE METES CON ÉL! — y me ahorro la parte de que en realidad sé que no tiene muchas opciones pero es que... vamos.
Arleth L. Ballard
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Ava E. Ballard
Fugitivo
No me doy cuenta de lo rápido que me está latiendo el corazón hasta que dejo de gritar y siento como mis palpitaciones retumban en mis oídos; debo tener la cara del color de un tomate a causa de la rabia y para estas alturas me quedarán las marcas en la piel de tanto tener el ceño fruncido. Quiero calmarme y tratar de charlar como gente civilizada, pero las palabras de Elioh hacen que me suba la sangre y tengo una mezcla de emociones dentro mío que no puedo ni lograr identificar. Con resignación, me dejo caer en el tronco y apoyo la botella con más fuerza de la necesaria en lo que es el turno de Ben de ponerse a despotricar.

Estoy segura de que las palabras de mi hermanastro me tendrían que enojar aún más cuando confiesa que en realidad Eowyn nos encontró besándonos, pero de golpe me encuentro con la sorpresa de que no me importa. Cada palabra que sale de su boca me hace darme cuenta de lo estúpido que es este asunto, y pese a que sigo furiosa, toda mi rabia se centra en la actitud de mierda que están mostrando ambos adultos, y en la resignación que me genera el saber que nada de lo que podamos decir va a hacer que cambien de opinión. - Son ustedes los que quieren entender todo lo contrario. - Reprocho con simpleza y con un tono de voz que me sorprende hasta mi misma debido al volumen que empleo. ¿Es tan difícil que entiendan que somos dos personas adultas? - Y luego quieres que te cuente las cosas cuando hacen un escándalo por un beso... - Más de uno en realidad, pero el concepto sigue siendo el mismo. - No estamos teniendo sexo, no estamos teniendo una relación clandestina, y no estamos juntos más que en lo que respecta el compartir el mismo piso al dormir. - Mi vista recorre los rostros de todos y de golpe esas extrañas nauseas que ni siquiera sabía que estaba sintiendo, desaparecen.

Cuatro años, cuatro años de incertidumbre y pensamientos acerca de lo erróneo o incorrecto que fue lo que pasó en la cueva desaparecen en un abrir y cerrar de ojos cuando irónicamente, nuestros padres quieren asegurar lo malo que es todo el asunto. - Pasé unos días de mierda gracias a las miraditas que me daban al pasar, casi sin dirigirle la palabra a Ben por la vergüenza que sentía por algo que ni siquiera había sucedido, y cagada en las patas por lo que mi madre podría pensar de mí. ¿Y saben qué? Fue al pedo. - Hablo con absoluta sinceridad, y a medida que las palabras escapan de mi boca, me convenzo a mí misma de lo que estoy diciendo. Al final va a ser que este quilombo va a resultarme mejor de lo que pensaba. - Pueden meterse sus opiniones por dónde quieran. Somos adultos capaces de tomar nuestras propias decisiones, y si una de esas decisiones llega a ser montar una orgía en el medio del bosque, pues se joden.

Aflojo mi postura y me llevo la botella nuevamente a los labios, tomando grandes tragos hasta dejarla por la mitad. - Luego me explicas cómo puedo quedar embarazada solo por compartir saliva, madre. Esa lección de biología te la salteaste. - Agrego con sarcasmo dando otro trago y apoyando el mentón sobre mi mano en un gesto de resignación. - Y ya pueden dejar de mirar a Ben como si fuese un violador de vírgenes, quien inició el beso fui yo; y perdoooname si fue con él, no sabía que fuera un crimen besar a alguien que considero atractivo y con quien NO comparto sangre. - Declaro decidida a que ya no me puede importar nada de lo que quieran decir acerca de todo esto.
Ava E. Ballard
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Elioh M. Franco
— La chancla en el culo sería la menor de tus preocupaciones, Benedict Desmond Franco, créeme que si. — terció, con el cuerpo completamente encogido por no soltar una bofetada en aquel preciso instante que se escuchara en todo el distrito. Escuchar la conversación que se entremezclaba con la de ellos de manos de la boca de Arleth le crispaba aún más por la sensación desesperante de no enterarse de nada en ningún momento. Hacía años que había tomado en cuenta que había perdido las riendas de una vida que le había sido arrebatada en aquellos juegos infernales. Y cuando todo parecía estar completamente bien, de acuerdo y siguiendo un cauce del que nadie parecía arrepentirse y todos parecían disfrutar en sobremasía, pasaba justamente todo aquello. Suspiraba, resoplaba con toda la fuerza del mundo y no quitaba el ojo de encima de su hijo, mientras que de reojo observaba enteramente cómo Ava trataba de excusarse en pos de unas palabras que también salieron de la boca del menor de los mellizos — En qué mente cabría no hacer escándalo o al menos alarmarse cuando tus propios hijos están llevando a cabo una vida completamente en paralelo de la que no somos para nada conscientes. — mencionó, con la crispación en los ojos.

— Quiero creer que soy una persona comprensiva cuando se me dicen las cosas a la cara por muy duro que pueda resultar hablando. — indicó, bajando la mirada a Ben, que seguía excusándose de un beso que Elioh no estaba muy convencido de si realmente hubiese querido saber que había siquiera existido — Pero tanto misterio y tanto descontrol por su parte cuando, por mucho que os importe un cuerno lo que piense el distrito, siguen viviendo en comunidad me parece... increíble. ¿Quiero creer que están en boca de todos? Porque es lo que me hacen ver si lo ven como algo normal, ¿lo próximo es escaparse juntos en una de las salidas? — no quería ni pensarlo, no quería ni creer que eso podría llegar a suceder porque su cuerpo parecía tambalearse de pensarlo — No son unos críos, ¿eso dicen? — preguntó, con la mirada fija en ambos, alternando de uno a otro y situándose al lado de Arleth como si la reprimenda fuese a servir siquiera para que ambos aprendiesen una lección — Actúen como adultos entonces, porque ahora mismo me están dando a entender todo lo contrario. — sentenció, con los labios curvados en una mueca de enfado tremenda — Y den gracias de que no los mandemos a cada uno a una punta del distrito en nuestra compañía porque os puedo asegurar que es lo que se me ocurre para evitar siquiera que eso vuelva a pasar. — hizo una pausa, apartando varios de los espetos que habían estado dorándose más de la cuenta alrededor de la fogata improvisada que, desatendida, comenzaba a apagarse — Porque en serio les digo que ahora mismo no me dan las ganas de tratarlos como los adultos que dicen ser, más cuando sigues faltándole el respeto a tu madre, señorita. — puntualizó, observando a Ava entonces, luego a Ben para terminar suspirando y dejándose caer en una de las cabezas de tronco de alrededor del claro, sintiendo cómo la tierra parecía querer tragárselo tras todo aquello.
Elioh M. Franco
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Me hubiese puesto a reprochar que Arleth nos trata a todos de irresponsables cuando indirectamente menciona a Beverly y el accidente no comprendido de su concepción, pero entonces Ava se pone como loca a hablar y despotricar contra su madre y yo solamente puedo venir una pelea entre las dos rubias. Es frustrante, la verdad, sabes que estamos siendo lo más honestos que podemos ser sin causar un pánico parental y que, sin embargo, lo único que consiguen con sus palabras es alejarnos a los dos de su postura. Es terrible sentirse así al respecto de tu propio progenitor, pero a veces no entiendo por qué tiene la manía de siempre encontrar el modo de hacerme enfadar y no comprender mi vida.

Una de mis cejas se arquea cuando Ava dice abiertamente que me encuentra atractivo y estoy seguro de que en mi juventud me hubiese puesto como un tomate, pero ahora mismo mi reacción es hacer una mueca que tuerce un momento mis labios  — Pues gracias, Ava  — le comento en cierto tono divertido, casi burlón con respecto a la actitud de los mayores. Todo este asunto me supera y el discurso de mi padre me hace mirarlo como si no lo reconociera, dejando mi boca ligeramente abierta y moviendo mi cabeza de manera apenas perceptible de un lado al otro en un gesto de obvia confusión e incredulidad.

¿Vas a castrarme también o te conformarás con ponerme un cinturón de castidad?  — le suelto sin poder contenerme. Cansado y sin apetito, lanzo el paquete a un lado y me pongo de pie sacudiéndome la tierra y las hojas que pudieron haberse pegado a mi pantalón, sin intenciones de estar sentado alrededor de una fogata con una familia que no está actuando como tal  — ¿Quieren que actuemos como adultos? Pueden tratarnos como unos. Ava y yo no hicimos absolutamente nada malo, escandaloso ni perturbador. Si les importa lo que digan los demás de nosotros, es problema de ustedes y de su dudosa confianza en sus propios hijos  — me encojo de hombros como si supiera de todo sobre crianza de niños cuando no tengo ni la más puta idea y pateo suavemente una piedrita para que no se aparte del fogón  — Y sí, padre. Estoy rondando los treinta y si quiero acostarme con alguien, lo voy a hacer. Creo que dejé de responder a tus peticiones o deseos desde que dejé de vivir contigo y eso ha pasado hace mucho tiempo  — y creo que ambos sabemos que no hablo de cuando armé mi propia cabaña para dejar de vivir con él, su nueva mujer y sus hijos, sino de hace mucho tiempo atrás cuando terminé siendo parte de cierta isla  — He hecho mucho en mi vida como para seguir respondiendo ante ti, la verdad. ¿Tienes algún problema con eso? Pues bien — doy algunas zancadas escandalosas y torpes, me inclino para poder tomar a Ava del mentón y le estampo un beso en los morros, apretándolos contra los míos hasta soltarla con brusquedad y retroceder, clavando la mirada en Elioh en un obvio intento de retarlo a que me alce la voz, si se atreve — ¿Alguna vez vas a entender que no puedes controlar cada puto aspecto de mi vida o tendré que esperar a los cuarenta?
Benedict D. Franco
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Arleth L. Ballard
Tengo que hacer un enorme esfuerzo para no terminar con los ojos en la nuca y clavo mi mirada en el fuego que muevo de vez en cuando, chequeando la cena, cuyo olor empieza a invadir nuestros alrededores de manera deliciosa a pesar de que ninguno de nosotros parece estar dispuesto a prestarle atención. Ava escupe para todos lados información que me empieza a pesar cuando me doy cuenta de que no ha sido capaz de confiarme absolutamente nada, lo cual me hace pensar que quizá he fallado como madre. ¿Qué es lo que hice mal para que ella no confíe en mí? ¿Me está cobrando algún error del cual nunca me he enterado? Su comentario final, cargado de un sarcasmo que tristemente sacó de mí (maldito karma) hace que la mire con cierto esceptisismo — ¿Es solo eso? ¿No estás enamorada? — que la he visto hacerle ojitos cuando eran niños pero vamos, eran niños, jamás iba a preocuparme por eso que fue hace cien siglos. Ben era solamente adorable y Ava tenía que seguir a alguien, la cuenta se hacía sola.

La guerra entre los Franco parece haberse puesto a sacar tantas chispas como la fogata y aunque mi marido es el primero en poner a Ava en su lugar, cosa que agradezco dándole un suave apretón en la mano, me encuentro teniendo que sujetarlo en caso de que quiera saltar encima de su hijo frente a todas esas palabras que sé que le van a doler y estoy segura de que por eso, en parte, Benedict las ha elegido. Conozco a Elioh como para saber lo mucho que ha sufrido no tener a su único hijo con vida con él desde una edad muy temprana, por lo que arrugo suavemente el ceño ante ese golpe bajo y siseo de forma recriminatoria — ¡Ben! — suelto en tono de advertencia porque parece no callarse, cuando entonces va y de la nada le estampa un beso a Ava en toda la boca que me deja por un momento petrificada, con los ojos bien abiertos porque si vamos al caso, eso no me lo esperaba.

Nunca me he metido en la vida privada de mis hijos y la verdad es que jamás me los he imaginado en situaciones de besuqueos porque la sola imagen me parece extraña, así que verlo de frente es un golpe algo frío y chocante. Cuando por fin paso mi mirada de uno al otro hasta terminar en Elioh, sacudo la cabeza sin saber qué mierda hacer y aprieto mi mano en la suya en un claro gesto de "no lo mates" — Creo que nada de eso era necesario — acabo diciendo con mucha lentitud, como si estuviese todavía buscando las palabras — Y también creo que para solucionar las cosas tenemos que hablar como las personas adultas que somos, si ustedes quieren ganarse el puesto — me relamo un poco, ladeando la cabeza a mi marido — ¿Tú que dices? — y aprieto los dientes, porque creo que es hora de que Ben empiece a correr.
Arleth L. Ballard
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Ava E. Ballard
Fugitivo
Se me tuerce involuntariamente la comisura de la boca cuando Ben me agradece el comentario estúpido y no puedo evitar reírme con una carcajada corta y casi seca cuando mi madre me pregunta si estoy enamorada. ¿De verdad cree que estoy enamorada de Ben? En lugar de responderle a ella, giro la vista hacia mi hermanastro y tomo un trago de cerveza antes de poner la voz más dulce que puedo considerando que siento un molesto ardor en la garganta por mis gritos de antes. - Lamento romperte el corazón Ben, pero solo te busco por las orgías en el bosque, no tengo esa clase de sentimientos por ti. - Le respondo tratando de sonar lo más falsamente seria y comprensiva que puedo, para que se entienda lo patético de la situación.

Claro que Elioh sigue empecinado en que somos seres indecentes y tengo que morderme la lengua para no contestarle, porque ya no se cuantas veces tengo que repetir que Ben y yo no tenemos una relación ni romántica ni escandalosa y que somos adultos. No parecen entender esos conceptos, por lo cual simplemente me dedico a escucharlo con la expresión más en blanco que puedo poner. Que estamos en la boca de todos, que nos vamos a escapar, que no actuamos como adultos, que nos van a separar, que le falto el respeto a mi madre... ajá. Podrían dejar de tratarnos como adolescentes si querían que actuemos de manera diferente para empezar.

Esta vez es mi hermanastro quien comienza a refutar sin inconvenientes a lo que dice su padre, y ni me gasto en asentir ya que creo que está más que sobreentendido que estoy de acuerdo en cada cosa que dice; más aún cuando mi madre parece concordar en todo con su esposo y tampoco tiene muchas intenciones de mostrarse ni siquiera un poco comprensiva. Creo que hago una mueca por ver como lo sujeta por si acaso, pero no puedo pensarlo demasiado porque antes de poder pestañar siquiera Ben se ha acercado y me besa de sopetón de una forma en la que, de estar en una situación diferente, le habría saltado encima en cuestión de segundos. Esta vez, sin embargo, me limito a sonreír de manera sardónica. - Espero que hayas usado protección, no sea cosa que me quede embarazada ahora. - Miro a mi madre con intención, sin importarme que Elioh crea que es una falta de respeto: si ellos no me respetan, no pienso responderles de igual forma. - Ser adulta no es un puesto que me tenga que ganar. Soy adulta, Ben es adulto y los que tienen que aprender a lidiar con esa situación son ustedes. No pueden seguir creyendo que pueden controlar cada segundo de nuestros días cuando, y perdón que lo diga de esta forma, ya no los necesitamos para que nos limpien el culo. - Dejando la botella a un lado, cambio ligeramente mi postura enderezándome como lo hacía cuando era pequeña y quería hacer notar que estaba hablando en serio. - Espero que puedas comprender que ya no soy una niña y que no puedes castigarme como antes. Si estoy en falta y quieres asumir tu puesto como líder del consejo, te voy a escuchar y hacer caso como miembro del distrito. Como mi madre tomaré tus consejos en lo que crea conveniente, pero NADA MÁS. Es mi vida y son mis decisiones.
Ava E. Ballard
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Elioh M. Franco
Tomando por sentido para la vida que la respiración del mayor de los Franco comenzaba a ebullir a niveles cada vez más desorbitados, el jarro de agua fría llegó de la mano de lo que menos se esperaba en aquel momento. La situación, sórdida y desenfrenada para todos y cada uno de los presentes, escalaba estrepitosamente por un muro que no tardaría en caer y hacerse añicos conforme Benedict comenzaba a relatar y a exponer un argumento en clara intención de hacer molestar a Elioh y herirle allí donde más le dolía.

El beso no le importaba. Ya nada le importaba. Ni tan siquiera el atrevimiento de retarlo a hacer con su vida lo que quisiera, pues en parte Marcus quería entender que razón no le faltaba, pero siempre con un respeto y un pararse a pensar ante los actos. Sin ser de sangre, para Elioh eran hermanos. Ava y Ben eran hermanos.

El crepitar del fuego entonces se volvió secundario, las voces de ambas mujeres no tenían sonido en aquel momento pues el sentido de la escucha estaba puesto plenamente en lo que Ben, con tanto dolor, le decía. El contacto físico con la mano de Arleth fue lo único que evitó en el momento preciso que la mano del canoso corriera en pos de buscar la mejilla de aquel al que se había entregado durante tantos años de su vida — Te arrebataron de mi lado. — indicó, con la furia candente y la desolación, mezcla de tristeza y nostalgia, en sus palabras, atrayendo consigo el gesto de su hijo con tan sólo una mirada de rabia contenida por lo duro de sus palabras — Y te escudas en hacerme ver lo que todos veían y que tanto tiempo me costó reconocer, ¿cuánto más necesitas que lo reconozca para que dejes de echármelo en cara? Sigues siendo mi hijo. — por mucho que le doliese, por mucho que le costara sentirse atado a alguien que no había sentido tan cerca en su infancia, en su adolescencia y casi en parte de su juventud — ¿Sabes lo que me entristece de todo esto? — preguntó, respirando para controlar el impulso y estrechando con fuerza la mano de Arleth que lo mantenía quieto en el lugar, mandándole oleadas tranquilizadoras a un sistema nervioso a punto de explotar — Lo di todo por tu madre, y la perdí. — aclaró, dirigiendo una mirada de soslayo a la rubia, no obstante, pidiéndole disculpas en silencio — Lo di todo por tu hermana, y la perdí. — el recuerdo, la solitud de verse en un mundo sin sus dos preciadas estrellas, la melancolía. Estrechó el puño contrario con fuerza, bajando la mirada por inculparse de muchas cosas, pero sobretodo por lo que decía — Lo di todo por tu abuelo, la vejez se lo ha llevado, y lo perdí. — tan simple, tan austero. El sólo pensar en su padre todavía le profería una sensación extraña, había sido un gran punto de apoyo en todo momento — Lo di todo por ti, y pese a que estás aquí, pese a que quiero entenderte y creer que todo lo que ustedes se traen entre si, por poco que sea, no es nada malo... también te he perdido. — dilapidó, dándose media vuelta, apartando el pescado de las brasas y soltándose del agarre de Arleth a la que, volviendo a pedir disculpas, dejó un leve beso a la altura de su frente, como siempre acostumbraba, iniciando el camino de vuelta a ningún lado.

Necesitaba pensar, pasar tiempo a solas. Y de seguir en el claro de entrenamiento lo único que hubiese conseguido habría sido molerlo a palos, arrepentirse de todos y cada uno de sus actos. Discusiones, discusiones. Las aborrecía porque le dolían. Y las verdades, duelen.
Elioh M. Franco
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Los comentarios mordases de Ava me hubiesen hecho reír si no fuese porque el ambiente está demasiado caldeado como para siquiera animarme a asomar una sonrisa, olvidándome de todo lo que ella está diciendo cuando mi padre se atreve a abrir la boca. Por su actitud corporal puedo asumir que está haciendo lo posible por contenerse gracias al agarre de su mujer, pero en lugar de retroceder como hubiese hecho hace años me quedo plasmado en mi sitio, quieto como una estatua, mientras mis ojos se clavan en los del hombre que creí que había conocido bien y que ahora vuelve a dejarme sin habla. Mis dedos se abren y cierran ante la urgencia por golpear algo, pero en lugar de eso lo escucho ponerse en el papel de víctima que jamás he comprendido, porque sospecho que él jamás ha sabido lo que fue para mí.

Sé que todavía no se perdona el no haber podido evitarlo, pero algo de todo lo que dice me hace temblar en mi sitio con un espasmo que me deja un frío desagradable en el camino de mi columna vertebral — ¿los perdiste? — escupo sin poder contenerme, sintiendo la mandíbula ponerse tensa y mis párpados pestañar como si no hubiese escuchado bien — ¡Yo también los perdí! ¡A cada uno de ellos! Tú quizá perdiste a un padre, a una esposa, hijos... ¡Pero yo perdí a mis hermanos, a mi madre, a mi abuelo! ¡Y lo he visto y sufrido como tú! ¡Incluso tú no tuviste que cargar con la culpa de no haber salvado a Melanie! — Han pasado años. Diecisiete para ser exactos. He superado su muerte pero no la he olvidado, por lo que tocar el tema es algo que todavía toca una vena sensible en mí, más que las de los demás por haber estado ahí. Por ser quien tuvo que sostener su cuerpo mientras se moría.

Mi padre se voltea y se va, por lo que avanzo a zancadas para seguirlo hecho una tromba, pero Arleth se pone de pie y me frena con la rapidez digna de alguien de su tamaño. Sus manos me empujan por el pecho para contenerme en mi sitio, pero de todos modos no puede callarme — ¡No me has perdido, pero continúa con esa postura de mierda y lo harás! — me alejo de Arleth dándole un manotazo que no pretender ser violento para quitármela de encima, respirando como un rinoceronte enjaulado, mientras me fijo en las dos rubias que tengo conmigo. Noto el calor en mi cara que me da a entender que estoy rojo de ira, dando algunos pasos hacia atrás para tomar distancia — Disfruten el pescado — farbullo de mala gana y pasándome la mano por la cara, me alejo de allí a toda velocidad.
Benedict D. Franco
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