The Mighty Fall
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VERANO de 247221 de Junio — 20 de Septiembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Habíamos separado a todos los niños ese domingo, para que cada uno entrenara de una forma distinta con una persona distinta. Rara vez solemos hacer esto porque está más que demostrado que se aprende más enfrentándose todos juntos a un problema, es algo que Echo demostró poniéndonos a competir entre nosotros cuando era él quien nos entrenaba hace años atrás. Por sorteo, a mi me ha tocado a Murphy. Me recuerda mucho a su madre cuando era una niña, pero dado que eso mismo pasa con Jared, estoy casi casi casi seguro de que a la larga, los niños solo se parecen al padre que tuvo el comportamiento que más tormentoso puede ser. Karma, lo llaman. Rara vez hablo con ella a solas, así que no puedo evitar estar un tanto incómodo; es como cuando tenías la opción de pedir una cita a una chica o enfrentarte a un dragón y exagerabas pensando que sin duda, preferirías enfrentarte al dragón.

Está lloviznando, así que uso mi varita para crear un paraguas que nos cubra a ambos mientras recorremos el camino hacia las granjas. Tengo algo específico en mente para hoy en cuanto Sophia me ha dicho en la mañana que adora los animales, cosa de la que no tenía ni idea. — Bien, Murph, ¿que tal estamos de transformaciones? — Le pregunto al llegar a los caballos y el Porlock que suele encargarse de cuidarlos. Lo robamos del distrito 10 Ben y yo hace años, cuando todavía existía. Claro que la versión oficial es que lo encontramos perdido en el bosque y tal. No queremos que los pequeños crezcan pensando que robar está bien. — Porque hoy tengo dos ideas y por el tiempo que tenemos, creo que podemos probarlas las dos. ¿Por donde quieres empezar? ¿hablamos de los animagos o hablamos de como convertir un ratón en un caballo? — Nos resguardo en el granero antes de deshacer el paraguas.
Seth K. Niniadis
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Murphy J. Whiteley
Me despierto con un ligero sopor típico de los domingos que me hace quedarme en la cama más tiempo del que debería. Escucho a mi madre llamarme una sola vez, como siempre hace. Considera que ya soy lo suficientemente mayor como para saber cuándo debería levantarme y cuándo no, sufriendo las consecuencias sea cual sea la decisión que tome, así que nunca insiste. Durante el resto de semana suelo levantarme cuando me llama la primera vez sin rechistar, no sólo porque nunca me ha costado mucho ser capaz de madrugar sino porque me niego a perder el día en algo tan aburrido como dormir. Pero hoy es domingo y no sé qué clase de magia ejerce sobre mí la cama los domingos que no soy capaz de despertarme. Mis párpados se cierran en el segundo después de escuchar mi nombre de los labios de mi madre y no se vuelven a abrir hasta pasadas unas cuantas horas.

Casi puedo saber la hora que es antes de mirar el reloj al observar el color de la luz que entra por la ventana, pero me hace falta esa segunda confirmación para saltar de la cama y correr a la cocina a llenarme un bol con cereales. Me pongo más nerviosa de lo que pensaba porque no suelo llegar tarde a ningún sitio, no me gustan las personas impuntuales y suelo llegar incluso con antelación. Esta vez me las ingenio para tampoco hacerlo con algo que me gusta llamar multitarea. Es una práctica muy habitual en mí. El tiempo es muy valioso y debemos ahorrarlo. Me como los cereales al tiempo que me peino y escojo la ropa que voy a ponerme. Algo cómodo porque me han dicho que voy a entrenar, aunque no sé ni cómo ni adónde ni con quién. Con una mano me lavo los dientes cuando acabo los cereales y con la otra me ayudo a vestirme. Desde fuera debo de parecer una oruga enferma retorciéndome de todas las formas hasta conseguir que las prendas encajen en mí.

Como dije, me las ingenio para llegar a la hora en el sitio al que me dijeron que había que ir, y allí veo a Seth esperándome. La verdad es que no recuerdo haber cruzado muchas palabras con él, pero creo que sí conoce a mi madre. No sé de qué exactamente y algo me dice que no es nada bueno, pero no he preguntado y no tengo intención de hacerlo. Lo primero que hace cuando llego a su lado es crear un paraguas mágico del que casi huyo - Gracias, Seth, pero no hace falta. Me gusta la lluvia - Lo rechazo con una sonrisa y me separo unos pasitos de él para que las ligeras gotas caigan sobre mí. Es algo que siempre me ha encantado, no importa cuántas veces haya hecho que coja un resfriado. Llegamos a las granjas y casi me pongo a dar saltos de alegría al ver que el entrenamiento de hoy tendrá que ver con esto. Mi euforia se refleja en la forma de girarme hacia él y en la emoción de mi voz al responder - ¡Convertir a un ratón en caballo! - Doy un par de palmaditas suaves porque adoro los caballos y adoraría poder convertir todo en un caballo, incluso un ratón. Ambos temas me interesan pero si vamos a hablar de los dos, prefiero empezar por el interesante.
Murphy J. Whiteley
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Aquí todos parecen ser fans de la lluvia, especialmente la generación de Murphy que carga con gripes la mitad del año porque se la pasan el tiempo juntos y pegándoselas los unos a los otros. Es demasiado pronto para empezar la temporada de mocos pero reprimo el impulso de decirle que vuelva a meterse debajo del paraguas porque al fin y al cabo recuerdo que su madre no es mucho de darle órdenes y a cuento de qué le voy a dar yo una. Me limito a suspirar y a rezarle a cualquier santo que recuerde y me quiera escuchar, para que no pille nada, al menos por ahora. Una ducha caliente después de esta excursión quizá lo arreglaría. — Bueno, entonces vamos a necesitar un ratón. — Me reí por su entusiasmo y guardo la varita en la pernera del pantalón, adentrándome en el granero donde se oyen las gotas cayendo sobre el tejado de madera y una que otra gotera ha traspasado las fronteras humedeciendo la paja.

Le paso la mano para intentar evaluar si es un peligro ahora o puede esperar, pero apenas está húmeda, así que hago un gesto con las manos. — Cazarlos es fácil, encontrarlos es lo difícil. Así que vamos a empezar por ahí. — Le doy vía libre para que haga lo que crea pertinente mientras me acomodo contra una de las maderas que soportan el peso del granero que está más o menos a mi altura. Apoyo las manos contra este y la sigo con la mirada. — Mientras tanto quiero saber lo que sabes de los caballos. Conocer su estructura es una parte fundamental del hechizo para transformar un roedor en un caballo. ¿Te imaginas por qué?
Seth K. Niniadis
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Murphy J. Whiteley
Casi puedo escuchar como reprime las ganas de decirme que me meta bajo el paraguas o enfermaré, y no estoy segura de cuál es la razón por la que no lo hace, pero sigo caminando fuera de él notando como las diminutas gotas rozan mi piel. No creo que me resfríe porque mi cuerpo está ya inmunizado de la cantidad de veces que ha tenido que soportar que lo trate como si fuera un pingüino, ya no sólo por mi odio hacia los paraguas, sino también por mi amor hacia el agua en general. No importa la época del año que sea, todos los días que me sea posible tengo que ir a bañarme al lago, sentir como el agua me rodea, esté a la temperatura que esté. Mi madre me ve llegar con el pelo húmedo, ya que por mucho que intente frotarlo con la toalla si fuera hace mucho frío nunca llega a secarse, pero nunca me dice nada a menos que al día siguiente tenga una pulmonía.

Escucho sus palabras mientras se intensifica mi entusiasmo a la hora de buscar a los pequeños animalillos que transformaremos en caballos. Adoro los ratones pero he de admitir que donde esté un caballo que se quite todo lo demás. Me pongo a buscar casi antes de que haya acabado la frase, sabiendo exactamente los lugares donde les gusta esconderse. Recuerdo que antes de salir metí en mi pequeña mochila un poco de pan con queso y no me es muy difícil hilar ambas cosas. Saco un pedacito de queso y, no sin antes meterme un poco en la boca, dejo lo demás en el suelo desmenuzándolo para que los hipotéticos ratones que hay lo huelas mejor y lo coman mejor en el caso de encontrarlo. Doy por cubierta esa zona y me sigo moviendo por el granero, fijando mi vista en puntos muy concretos y concentrándome en cualquier movimiento. - Supongo que es importante conocer la estructura de ambos animales para poder modificarla de una a otra y no convertirlo en una especie híbrido deforme - Digo sin dejar de mirar por el suelo, respondiendo a su pregunta. Arrugo la nariz cuando me lo imagino. - ¿No le dolerá, verdad? - Lo dudo pero por un momento he temido que así fuera.
Murphy J. Whiteley
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Yo no habría malgastado comida intentado cazar el ratón, pero esto me sirve para ver el tipo de pensamientos de supervivencia que pasan por su cabeza cuando tiene que hacer alguna tarea. Paso mi vista de ella a las migas, al resto del pajar y asiento ligeramente cuando contesta a mi pregunta. — Exacto. No son iguales por fuera y tampoco lo son por dentro. Si no conoces la anotomía de un caballo y le das la complexión de otra criatura, es probable que el pobre muera antes de que puedas hacer nada. Así que debemos tener cuidado. — Este fue uno de los hechizos que había conseguido aprender durante mi estancia en el Royal, y siempre había un profesor pendiente para, en caso de que algo fuera mal, el ratón volviera a la normalidad. Rara vez pasaba, pero solo bastaba un pensamiento aleatorio entre medias del hechizo, o que olvidaras lo que tenías que pensar y las cosas podían torcerse con una pasmosa facilidad.

Sonrío cuando se preocupa por el estado de ellos. — Si todo sale bien, no. Y si algo sale mal yo estaré aquí y te ayudaré a arreglarlo. — Además tenía experiencia arreglando follones, Jared tenía una increíble capacidad para que hasta lo que se supone que no debería haber salido mal, salga mal; estaba 100% seguro de que no habría nada que  no le hubiera pasado a su hijo ya o Murphy pudiera hacer que no pudiera resolver.

Mantuve el silencio un rato a ver si de esta manera Murphy tenía más suerte con los ratones. Debían haber algunos, lo sabíamos por las cosas mordisqueadas del lugar, muchas de ellas había que reponerlas de vez en cuando; pero por más que intentaba agudizar mi oído todo lo que podía, no oía nada que no fuera habitual. Y de repente, sí que hubo algo; pero no lo que me esperaba. Era un gemido lastimero proveniente del exterior. Me paro en seco y voy hacia la puerta por inercia, poniendo mi mano detrás de mi asumiendo que la curiosidad también picará a la enana y evitando de esta forma que se exponga a lo que sea que haya fuera. Hay un alboroto grande. Varios animales se alejan de lo que parece ser la zona cero y veo a Bessie tirada en el suelo. — ¡Mierda, la vaca de Ben! — Y digo "de Ben" no porque fuera suya o algo de ese estilo, sino porque es una historia de muchos años atrás. Bessie y Digsy (la mía) fueron uno de esos eventos estúpidos en el 14 donde los idiotas de mi generación intentamos medirnosla; y no con una regla.

Salgo corriendo del granero para llegar hasta ella, resbalando al frenar en seco al llegar. Sus mugidos son estruendosos y eso solo puede significar una cosa: no estaba solo gorda. — Vale. Cambio de planes. Murph, hoy me haces de enfermera.
Seth K. Niniadis
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