The Mighty Fall
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VERANO de 247221 de Junio — 20 de Septiembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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2 participantes
Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Esa pared siempre ha tenido anuncios al azar que se sobreponen el uno sobre el otro hasta llenarse de papeles que tienen vaya a saber cuánto tiempo, pero nunca le he prestado mucha atención en mis pocas visitas al distrito doce. En esta ocasión, sin embargo, me he detenido a mirarla porque alguien ha arrancado algunos carteles que dejaron al descubierto anuncios más viejos, y no pude evitar fijarme en un rostro tan familiar como desconocido a la vez. Me causa risa ver la fotografía de un Benedict Franco joven junto a su orden de captura, búsqueda y recompensa, en especial porque es una de esas últimas fotos públicas que hubo de mí y que nunca jamás han podido actualizar. ¿Hasta hace cuánto tiempo han estado colgando estos carteles? Posiblemente hace bastante, por algo había quedado cubierto, pero sin embargo no lo suficiente como para hacerme sentir seguro al caminar por las calles.

No suelo adentrarme tanto en Neopanem al menos que sea necesario, pero no falta tanto tiempo para el invierno y es mejor hacer crecer nuestra reserva de medicamentos antes de tener algún problema que esté fuera del alcance del grupo médico. Sé que muchos extraños apareciendo en las calles llama la atención así que suelo venir solo, aunque llevo conmigo una clásica capa de mago que me cubre la cabeza con una capucha tan grande que me hace sentir como una pobre imitación de la parca. Lo bueno, es que es suficiente como para dejarme esconder la mochila de viaje donde he escondido la capa de invisibilidad. Igual, no es como si en el mercado negro fuesen a hacer muchas preguntas.

- ¿Todavía siguen buscando a esa gente? - la voz irritada de uno de los vendedores hace que me voltee, observando a un hombre regordete y mugroso cuyos ojos rasgados y oscuros están clavados en la fotografía - Es un desperdicio. Todos muertos, eso digo yo. Si no murieron de hambre, los han matado a todos... - no puedo evitar apretar mis labios en un intento de aguantar la risa y solo asiento, despegándome de la pared para observar su mercancía, aunque nada de las chucherías que está vendiendo me interesa demasiado - Si los hubiesen matado, dudo mucho que no lo pusieran en la televisión - comento como quien no quiere la cosa. El hombre parece vacilar mis palabras y yo solamente me despido con un movimiento de la cabeza, alejándome de allí hasta dar con el puesto que estaba buscando.

He conseguido algo de dinero en mis expediciones, por lo que rebusco para chequear las monedas que me quedan aunque noto de inmediato que no son las suficientes como para hacerme con mi pequeña reserva de drogas. La mujer del puesto parece mirarme con gesto suspicaz, pero rechaza mi propuesta de conseguir alguna oferta. Perfecto. Quizá debería irme con menos de lo pensado, aunque tener que volver en el futuro lo haría nuevamente arriesgado. ¿Qué era lo que había pedido Seth? Busco la lista en mi bolsillo y vuelvo a chequear. No puedo caer en la inutilidad de ni siquiera poder cumplir con mi tarea... y no es como si no hubiese robado en otras ocasiones.

Siempre he dicho que es más fácil robar dinero para comprar tus necesidades que robar el objeto en sí frente a los ojos de un vendedor atento que se muere de hambre y necesita de aquellas ventas para sobrevivir, así que me mantengo fiel a mis principios y pido un momento. Guardo la lista y avanzo entre la pequeña multitud que recorre el mercado, el cual siempre va a apestar a polvo y porquería, buscando una víctima cuya apariencia me clame que será fácil de robar. Y entonces la veo: un cabello rubio y un cuerpo menudo que sobresale entre el color gris y opaco, a solo unos metros de distancia; y a juzgar por sus ropas, dinero debe tener.

Papá siempre dice que no sabe de dónde he sacado ciertas actitudes con el paso de los años, así que es probable que esto nunca se lo cuente. Rebusco hasta encontrar uno de los finos brazaletes robados dentro de mi mochila, uno de esos que Eowyn solía llevar, y me quito la capucha en un intento de buscar una mayor confianza con mi víctima. Tomo aire, me preparo mentalmente dos segundos y aclaro mi garganta, antes de empezar a acercarme hacia ella - ¡Señorita! - exclamo en tono preocupado, levantando mi mano para llamar su atención - ¡Señorita, espere!

No me cuesta llegar hasta ella y cortarle el paso, sin tocarla para no resultar molesto; incluso, alzo las manos casi como pidiéndole disculpas - ¿Esto es suyo? - pregunto. Quizá hable con ella, pero me sirve para chequear si tiene algún bolsillo o bolso a la vista de donde pueda sacar el dinero con la rapidez suficiente como para que no se dé cuenta. Le enseño el brazalete, el cual brilla vagamente en la poca luz que entra al lugar - Creo que se le ha caído. - de inmediato le sonrío, como si de esa forma pudiese ganarme toda su confianza - Dígame que es suya o tendré que disculparme por inoportuno.
Benedict D. Franco
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Arianne L. Brawn
Consejo 9 ¾
La fuerte sensación de aquel gancho que tiraba desde alguna parte detrás de su ombligo, hundiéndola y provocando fuertes mareos cuando sus pies tocaban suelo firme, nunca desaparecería. El tiempo no había conseguido que se acostumbrara a la sensación de utilizar el transporte que más odiaba, los trasladores; prefería mil veces tener que estar horas y horas dentro de un tren antes de sufrir aquel tirón que, sentía, sacaba por la fuerza algo de su interior. Las circunstancias lo ameritaban, precisaban de la asistencia de un miembro de Wizengamot y, sorpresa, ella era la única que estaba libre en el momento que decidieron señalarla con el dedo como la indicada para el viaje. Era cierto que no tenía ninguna tarea asignada, pero también era cierto que tendrían que haber sido más caballerosos y haberse ofrecido a ocupar su lugar e ir alguno de ellos al distrito 12 en su lugar. Ni siquiera Jasper se dignó a hacerle caso cuando, casi le imploró, que le hiciera el favor. Luego lo amenazó con no volver a hablarle nunca más. Y luego siguió la amenaza definitiva que incluía que nunca más le haría nada de comer si no dejaba de ignorarla. ¿Cuajó? No, ni por asomo.

Carraspeó, caminando con las manos metidas dentro de sendos bolsillos de su gabardina color tierra, mirando a su alrededor de tanto en tanto, mientras sus dedos se cernían en torno a la varita. No es que se hubiera convertido en alguien elitista que no quería codearse con los ‘inferiores’, simplemente se trataban de distritos casi destruidos en los que gobernaba más la ley del más fuerte que la del gobierno Niniadis. Continuó caminando lo más rápido que pudo hasta que llegó al lugar indicado, entrando al edificio con demasiadas dudas, las escaleras si quiera lucían como algo estable que una persona pudiera pisar sin acabar por derrumbarse. Por suerte no tuvo que hacerlo, antes de avanzar hasta éstas una voz la asaltó, girando en redondo para encontrarse con una mujer que la llamaba por su nombre, haciéndole gestos como si la conociera. Parpadeó un par de veces, volviéndose hasta ella y esperando a que hablara, siguiéndola cuando le dio las explicaciones de hasta donde tenía que ir y quien era la persona que la estaba esperando.

Salió frotándose las sienes con los dedos de las manos, intentando tranquilizarse y no perder el control. Dentro de la sala no había solamente una persona, cuatro o cinco fueron las que la ‘asaltaron’ con quejas por la cantidad de robos que se estaban cometiendo, por los negocios ilegales y el miedo de las personas que eran seguidoras del régimen. Mis narices eran seguidoras, si lo fueran se habrían ido de aquel basurero; para más inri todos querían exponer sus ideas a la vez, haciendo que su cabeza quisiera estallar, más de por sí, y solo deseara que terminaran de una buena vez. Permaneció, durante el tiempo que duró aquella ‘reunión’, con las manos sobre sus piernas, observando a todas las personas de su alrededor, escudriñándolos con la mirada sin ser capaz de creer la sarta de estupideces que estaban pronunciando, y acabando con una gran cantidad de carpetas en sus brazos, con denuncias y quejas de lo más variopintas.

Como había vaticinado. Una pérdida de tiempo. Rodó los ojos, acomodando las carpetas en uno de sus brazos y comenzando su caminar en dirección al lugar donde se encontraba el traslador. Hasta que algo llamó su atención. Quizás no fue algo, solo una actitud demasiado cuidada como para ser algo normal. Sin más, decidió, inconscientemente, encaminarse tras de él, llegando hasta lo que parecían algún tiempo de mercado poco regulado. Por suerte nadie la conocía allí y solo parecería, quizás, una mujer de dinero que quería comprar alguna baratija o con alguna adicción que no quería que supieran en su distrito. Ojeó el lugar, posando su atención sobre una de las paredes cercanas, reconociendo casi al instante un par de rostros. Caminó hasta el lugar, inclinándose al frente y alzando la mano para arrancar uno de los carteles. —Aún quedan de éstos en las paredes.— habló en voz alta, apoyando el cartel de “se busca” sobre las carpetas y meneando la cabeza en señal negativa.

Era hora de regresar, si quiera sabía que estaba haciendo allí, segundo que no tardaría en acercarse alguien con la intención de venderle algún producto, o robarle si surgía la oportunidad, por lo que giró sobre sus tacones bajos, dando un par de pasos, cuatro, incluso estaba saliendo del lugar cuando alguien se cruzó en su camino. Tuvo que alzar la mirada ante su tamaño. Vaya por Dios, pensó para sus adentros. El rictus de su rostro permaneció, observándolo a él y el brazalete que le muestra. Se miró las muñecas; nunca llevaba joyería, solo una fina cadena alrededor de su cuello, por lo que lo dudaba por demasiadas razones. —Creo que es, entonces, el momento en el que se disculpa.— corroboró sus palabras. —No me pertenece, pero le honra la intención.— prosiguió hablando con tranquilidad. Dobló el papel que segundos antes había tomado de la pared y lo guardó dentro de una de las carpetas. —Ahora, si me perdona.— agregó, acompañando con una ligera inclinación de cabeza sus palabras, y moviéndose hacia un lado para esquivarlo y seguir su camino.
Arianne L. Brawn
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Puedo sentir un ligero click en mi cerebro en cuanto escucho el modo educado en el cual salen sus palabras, como si la educación fuese sinónimo de billeteras suculentas; sé tristemente por experiencia que un perfil como aquel siempre está ligado a un robo que vale la pena, aunque no tengo idea cuándo fue el momento exacto en el cual empecé a caer tan bajo con tal de conseguir lo que me era necesario. Ahora mismo no debería siquiera sentir un ápice de culpa, considerando que el motivo por el cual estoy haciendo esto es para mantener a todo un distrito sano y sin problemas en cuanto la nieve nos cubra hasta la cabeza, eso sin contar que muchos de nosotros son niños. Debería conseguir condones y anticonceptivos si vamos al caso.

Una carpeta, una cadena bastante discreta y unos bolsillos amplios son lo único que la rubia parece ofrecerme a simple vista. Es pequeña aunque viniendo de mí eso no es mucho decir, ya que hace tiempo todo el mundo me parece más enano de lo que en realidad es, pero me viene bien en momentos como éste cuando sé que llevaré la ventaja en caso de necesitarla. ¿Lo negativo? Los muggles no visten como ella y eso significa que esta mujer debe tener varita, pero no sería la primera vez que se la quito de las manos a alguien... y siempre cuento con el factor sorpresa de la capa de invisibilidad que se abulta en uno de mis costados.

Mi rostro demuestra una sorpresa y confusión que no siento al alzar mis cejas y abrir mis ojos de par en par, aunque muevo la cabeza en un intento de disculparme - Lo siento mucho entonces, debo haberme confundido ... - murmuro, pero entonces es cuando ella hace lo que estaba esperando que haga. Su cuerpo se mueve para esquivarme y yo puedo intentar avanzar, chocando vagamente con su costado. Un rápido movimiento en aquel suave impacto me basta para proponer una disculpa torpe que disimula la mano que le ha quitado la billetera del bolsillo que se veía más pesado, y la escondo justo debajo de mi capa con una rapidez que solo se gana con años de práctica -  Lo siento mucho - repito, bajando un poco la cabeza con una calma que no siento porque mi corazón está palpitando por culpa de la adrenalina - Piernas torpes. Demasiado largas como para...

Parpadeo cuando veo la etiqueta que decora su gabardina, una muy similar que le vi a mi madre alguna vez hace muchos años, y tengo que entornar la mirada en cuanto creo reconocer un apellido. Las siglas del primer y segundo nombre me son familiares, pero no es hasta que levanto la vista hacia sus mejillas redondas y suaves que no abro la boca en una mueca idiota que se mantiene entre una risa de incredulidad y el espanto de la repentina sorpresa - Jodeme - es lo primero que sale de mis labios, antes de una risa ahogada que dura una fracción de segundo.

Antes de que pueda decirme algo, ya la tengo agarrada del brazo y la arrastro con la misma facilidad que si fuera una muñeca de trapo, al menos por dos segundos hasta que ella intenta responder a mis acciones y me encuentro obligado a ejercer más fuerza sobre ella hasta que nos meto en uno de los callejones oscuros del mercado que nos esconden de los ojos curiosos y que apestan a cloaca; no me sorprendería que estemos cerca de alguna zona de alcantarillas y desechos, pero ahora mismo eso no es lo importante - ¿Eres tú? - pregunto al soltarla contra la pared, buscando verla mejor en la poca luz que nos llega y usando mi cuerpo como barrera para que no pueda escaparse - ¿Eres Arianne? - ¿Cómo debería sentirme? ¿Aliviado por verla después de tantos años o aterrado porque puede ser una simple desconocida a estas alturas? Y sin embargo, una parte de mí siente una extraña felicidad llena de añoranza, esa que me hace confiar en que no estoy equivocado y me señalo el pecho con la palma de la mano que no la sostiene por el hombro - Soy yo... ¡Mírame! - intento hacer que me vea a los ojos, considerando que esa es la parte del cuerpo que jamás cambia y son fáciles de reconocer, mientras busco los suyos con la mirada - ¡Soy Bennie! - su apodo, mi apodo, ese que solamente ella utilizaba en esos tiempos y que está fuera de peligro porque no me condena.
Benedict D. Franco
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Arianne L. Brawn
Consejo 9 ¾
Aquella era una de las muchas razones por las que detestaba tener que ir a los distritos del norte, estaban completamente destruidos y solo habitaban en éstos aquellos que eran traidores o no tenía la suficiente pureza de sangre como para optar a poder vivir en un distrito de nivel superior, no juzgaba a los segundos, sí a los primeros. Los juzgaba tanto en su oficio como en su fuero interno. Por aquello, si regresaba al Capitolio, que esperaba hacerlo, y alguien la había asaltado era muy posible que rodaran más de dos y tres cabezas por las marmoladas escaleras de Wizengamot, no pensaba permitir que la enviaran de nuevo allí, siquiera con alguien que la protegiera, era una completa locura que no toleraría por más tiempo.

Asintió con la cabeza cuando se disculpó por la confusión que había ocasionado aquel encuentro, que estaba segura no era una confusión ya que ella siquiera había llegado a entrar en aquel pestilente lugar, pero que toleró siempre y cuando la dejara ir ipso facto. Acto seguido se retiró hacia un lado, esquivándolo para seguir su camino hasta el traslador que la llevaría, de nuevo, hasta el Capitolio; pero no iba a ser como deseaba. Él giró en la misma dirección que ella, provocando que ambos chocaran débilmente, en el transcurso de su huida. Tomó aire por la nariz, arrepintiéndose al instantemente de haberlo hecho puesto que el aire no la benefició en absoluto. Simplemente quería irse de una buena vez de allí y no tener que volver a pisar aquel distrito en lo que le restaba de vida, o posiblemente se muriera si tenía que volver a hacerlo. Hizo un gesto con la mano a modo de aceptar sus disculpas y metió la mano derecha en el bolsillo donde llevaba la varita y sintiéndose segura cuando notó el tacto de ésta.

Dio un par de pasos, intentando acelerar al sentir que su mirada seguía fija en ella, pero viéndose retenida de golpe. Una mano apriesa su brazo, tirando de ella en alguna dirección. Los tacones tiemblan, siendo incapaz de mantenerse en pie cuando tira de ella al interior de uno de aquellos oscuros y mugrientos callejones que tanto caracterizan al distrito en el que se encuentra. La carpeta resbaló de su brazo, cayendo al suelo, y dejándolo libre pasa así poder intentar golpearlo en el pecho para que la soltara, cosa que era complicada, pero no imposible, teniendo en cuenta que le sacaba, aproximadamente, una cabeza de altura, por no hablar de su envergadura. —¿Sabes con quién estás tratando?— advirtió de inmediato. Podía acusarlo de atacar a un funcionario público y se le caería el pelo, no había acertado con la persona a  la que intentar robar. Los intentos por liberarse estaban siendo en vano, ya que, cuerpo a cuerpo, era complicado desasirse de su agarre. Sin dudarlo un segundo su mano fue hasta el bolsillo derecho, donde sabía de buena tinta que se encontraba su varita.

Más sus intenciones se vieron truncadas en el mismo momento que su espalda dio contra la pared más cercana y un gesto de dolor se dibujó por unos segundos en su expresión; ya no estaba acostumbrada a aquellas cosas, hubo una época de su vida en la que creyó que siempre sería así, un eterno ser perseguida y teniendo que defenderse, usando la fuerza, contra todo los que se acercaran a ella. La sensación de tener a alguien tan cerca de su rostro la desagradaba, provocando que apretara los labios, con la diestra aún tanteando en dirección al bolsillo de su gabardina. En lugar de ello, se encogió en el lugar, rehuyendo cualquier tipo de contacto por leve que fuere. Las rubias y finas cejas de Arianne se alzaron, observándolo como el completo extraño y agresivo desconocido que era. Aun así sus ojos se entrecerraron. Seguro que había tenido algún pleito con él y había visto las puertas del cielo abiertas en el mismo momento que la encontró sola en el distrito. —No.— mintió con todo el descaro y la naturalidad del mundo. —Así que aléjate de mí.— regresó a las advertencias. El aire escapó, por completo, de su pecho. Arqueando ambas cejas. Seguramente la haría visto tomar el cartel de “se busca” de la pared y por esa razón pensó que podría decir que era aquella persona. Presionó más su cuerpo contra la pared en el momento que se acercó más a ella. —Ajá. Mi paciencia está al límite, será mejor que no sigas por ese camino.— volvió a hablar sin mirarlo. No sabía de donde había sacado el valor para decir la mitad de las palabras que estaba pronunciando, por mucho que pasaran los años siempre acababa teniendo miedo de todo aquel tipo de situaciones pero, de pronto, de dentro de ella salía aquella parte que buscaba sobrevivir y pelear.
Arianne L. Brawn
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Mierda que Arianne no había cambiado: seguía poniendo resistencia a todo tal y como la recordaba, a ella y a su humor. Sus manos intentan golpearme y tengo que frenarla con mi antebrazo, haciendo presión en su hombro para que su espalda se pegue contra la pared y acabo usando el peso de mi cuerpo para aplastarla; sé que quedará muy acosador e intento incluso no tocarla de más, pero con el tiempo he descubierto que es una excelente táctica para inmovilizar a alguien de menor estatura. Sé que si ella alcanza la varita que es obvio que intenta agarrar me va a complicar por completo, así que es mejor que actúe rápido.

- Vaya que no cambiaste el humor... - le gruño entre dientes por culpa de la presión que intento ejercer sobre ella, pero acabo revoleando los ojos como si me hiciera de paciencia. Me lo niega, pero sé que es ella. ¿Cuantas A. L. Brawn rubias con acento del cuatro y esas mejillas existen en el mundo? Giro la cabeza para chequear que nadie se fije en nosotros y en nuestro forcejeo que puede malinterpretarse en mil formas distintas, cuando me doy cuenta de la carpeta que se le ha caído. Los papeles se han desparramado, en especial el cartel de búsqueda que clama mi rostro de hace tantos años. Sacudo la cabeza con una sonrisa irónica y aprovecho el peso de mi cuerpo para agarrarle el rostro con mis dedos largos y obligarla a mirarme, dando gracias por el actual tamaño de mi mano.

- ¡Solo mírame! - le insisto, hablando entre dientes para que nadie salvo ella pueda escucharme - Fuiste mi pareja en la coronación de mis juegos. Te pisé... ¿Lo recuerdas? Llevabas un vestido turquesa y tardamos semanas en ensayar ese baile horrible... - hablo lo más rápido que puedo para que me dé el tiempo a hacerlo antes de comerme algún golpe, lo cual me hace pensar que es más que probable si sigue el camino que está siguiendo - La noche en el tren al Capitolio estabas tomando alcohol y te hice arrojar pastelitos contra la pared. Fui al colegio con Alexander. ¡Solo mira! - Me tomo el atrevimiento y la confianza de soltarla para levantarme la manga de mi ropa y enseñarle mi muñeca, donde la M de muggle ha sido grabada en mi piel en el mercado de esclavos más de quince años - Te soltaré del todo si dejas de golpearme....

La miro en modo de advertencia y alzo mis manos, aunque mi cuerpo no se separa por completo a modo de asegurarme que no la tengo totalmente fuera de control - Éramos amigos o eso quiero creer. ¿O por qué arrancaste el cartel de "se busca"? - pregunto, alzando mis cejas en un suave arco - Puedo seguir enumerando cosas toda la tarde si eso sirve para probar que digo la verdad. Aunque creo que nunca tuviste las uñas tan largas... - mascullo, frotándome apenas con los dedos una de mis mejillas donde sus manotazos han ido a parar.
Benedict D. Franco
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Arianne L. Brawn
Consejo 9 ¾
Nunca se había esforzado demasiado en ejercitarse, si lo hacía se sentía mal, como si estuviera haciéndolo para prepararse por algo que pudiera pasar, además, era tan pequeña que su punto fuerte era intentar escapar. Escapar, escapar y escapar. No sabía, siquiera, cuantas veces la había definido aquella palabra. Queriendo escapar se había convertido en la persona que era en la actualidad, había sobrevivido durante tanto tiempo gracias a ello. Pero los problemas corrían más rápido que ella.

Intentó alcanzar la varita, viéndose, aún más, presionada contra la pared, completamente incapaz moverse. Dominaba la magia no verbal por lo que no era ni necesario que dijera las palabras en voz alta, pero sí era necesario tener la varita entre sus dedos. La situación la estaba superando, tomó aire por la boca, boqueando como si le faltara, intentando pegarse más a la pared, aunque ello  conllevara apresarse más ella misma, en busca de retirar el contacto entre ambos. Odiaba que la tocaran, odiaba que un desconocido estuviera tan cerca. Odiaba que un hombre fuera el que estuviera haciendo aquello. No, la asqueaba. Sus dedos se crisparon automáticamente al pensar en ello. La capacidad para escuchar se había relegado a un tercer, quizás cuarto, lugar. —¡Si quieres dinero tómalo, pero déjame ir!— estalló cuando pidió que lo mirara. No había necesidad de aquello, ya lo había hecho antes, reconocería su rostro en cualquier lugar y que tuviera por seguro que las cosas no quedarían como si nada cuando fuera capaz de huir de allí.

Quizás la antigua Arianne rogaba, pero la de ahora no. Estar haciéndolo se convertía en algo que la retorcía por dentro. Su cabeza se embotaba, sintiendo un fuerte martilleo en las sienes que, sumadas al previo y aún presente malestar por el uso de traslador, conseguía que su concentración se viera mermada, hasta cierto momento. —Dios mío, ¿con qué intención te has aprendido todas esas viejas historias?— contentó de manera automática, con voz incrédula que lucho por esconder. —Cualquiera del antiguo régimen sabe que fui su pareja en su coronación y la ropa que llevaba. Cualquier persona con acceso a las cámaras del tren sabría que eso pasó y que Alexander era su amigo ¿Pretendes engañarme a mí? ¿Precisamente a mí?— Y ahí era cuando su valor, o quizás locura, regresaba sin previo aviso. Una mezcla entre la valentía de sentirse atrapada e intentar librarse del problema, y la resolución lógica de todas y cada una de las palabras que él hubo pronunciado. Su trabajo conllevaba que uniera hilos, que encontrara la verdad detrás de todas las opciones que se le mostraban, y no iba a engañarla a ella.

Un poco de espacio, permitiendo que, incluso, soltara una débil carcajada cargada de ironía. —No éramos amigos.— corrigió antes de que pudiera decir nada más. —Él mismo me lo dijo cuando acabó salvándome a mí y no a su verdadero amigo.— No entendía como aún las personas intentaban tomarla por tonta, por aquella niña desquiciada que salió de los Juegos y perdió la cabeza, no era tan fácil engañarla y aún menos de una forma tan ridícula e incompleta. —Soy miembro de Wizengamot, así que te advierto que ceses antes de que acabes por arrepentirte de tus palabras.— Alardear de ello era algo que no le gustaba hacer, aunque su madre disfrutara con el hecho de presumir que su hija era alguien que trabajaba para la Seguridad Nacional. —Y lo arranqué porque me parece un uso absurdo de recursos la búsqueda de personas que es más que probable que murieran hace muchos años.— Si quiera sabía porque estaba dando una explicación a todo aquello, no tenía necesidad de ello pero, si haciéndolo conseguía poder irse de allí, lo haría con sus posteriores consecuencias.

Arianne L. Brawn
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
La ironía de acusarme de querer su dinero es una de las cosas que me hace blanquear los ojos, la otra es simplemente el hecho de que parece que no va a detenerse y no piensa dejármela fácil. Tengo que admitir que eso es muy propio de la Arianne que conocí hace... ¿Cuánto? ¿Dieciséis años? ¿Diecisiete? Era chico, lo suficiente como para recordar que la miraba desde abajo y no desde arriba, y estoy seguro de que parte de la jovialidad que tenía en esas épocas a pesar de los traumas que cargaba, se ha terminado de extinguir por completo en todo este tiempo. Quizá ella tiene razón y somos dos extraños, solo que parece no aceptar que al menos nos cruzamos en nuestros caminos alguna vez hace todos esos años.

Creo que la confusión me tuerce la cara a pesar de la poca luz y me encuentro negando suavemente con la cabeza una y otra vez sin siquiera darme cuenta de mis acciones, hasta que tomo el aire suficiente como si buscase cargarme de paciencia y lanzarla entre mis labios a modo de bufido — no eres ni la mitad de perspicaz de lo que crees  — intento bromear a pesar de que la situación no lo amerite, aunque creo que es algo propio de mí desde que tengo memoria — No soy tan viejo como trabajar en el antiguo régimen. Sé que los años me pasaron por encima pero... ¿Para tanto? Me ofendes, Brawn — sé que mi modo de vida y mi existencia como licántropo me han desmejorado y también soy consciente de que si no fuese por Echo y su insistencia en el entrenamiento que llevo hace años, ahora mismo sería un saco de huesos que no podría ni moverse; se lo agradezco, nadie debería creer que no.

Con mis manos alzadas en señal de paz doy unos pasos hacia atrás hasta que mi espalda choca con la fría y húmeda pared de piedra, sintiendo su superficie incluso con la capa y ropa que llevo encima. Sus palabras me llevan de un cachetazo a la sala de un hospital que ya no existe en una isla que debe ser solo cenizas, donde una Arianne de dieciséis años me clamaba las mismas palabras que reclamaban el no haber salvado a mi amigo de la infancia. Mi mandíbula se tensa y me obligo a pasar saliva, justo antes de pellizcarme el puente de la nariz con los ojos cerrados para masajearme la zona y ordenar mis palabras — No fue así — por un momento me siento el niño de trece años de antaño que intentaba convencerla de que no la odiaba, pero todo eso se esfuma cuando menciona que trabaja para ellos y mis ojos se abren repentinamente para clavarse en ella con frialdad desde mi lado oscuro del callejón; por un momento, me pregunto si puede ver el asco que me tuerce la boca.

¿Ahora trabajas para el gobierno? No me esperaba que caigas tan bajo — lo digo como si nada, incluso haciendo un movimiento ligero de hombros. Me cruzo de brazos sobre el pecho y me quedo allí, recargado contra la pared mientras la observo hablar de cuan muerto debo estar, aunque no me atrevo a decir nada por unos segundos que se me hacen eternos. Al final abro la boca a pesar de que todavía no he decidido qué voy a decir y termino soltando una risa suave, breve y sarcástica que me tuerce los labios para un costado — Me gustabas más cuando llevabas mi sombrero de pompones, Ari — le reclamo con calma y cierta suavidad en la voz.

Debería odiarla e irme por el simple hecho de que trabaje para el gobierno, pero algo que desconozco y que posiblemente tiene que ver con nuestra vieja amistad (esa que ella niega) me mantiene pegado al suelo. Vuelvo a observar el cartel en el suelo y me despego de la pared con un envión para agacharme y tomarlo, estirándolo para ver mejor todos los datos que apenas se ven tanto por el paso del tiempo como por haber tenido otros carteles pegados encima por vaya a saber cuánto — Es la peor foto que podrían haber usado — comento como si nada, arrugando la nariz en ese gesto que nunca cambié desde que tengo memoria — Pero Jamie Niniadis tiene un gusto espantoso para estas cosas. Además la gente debe estar buscando a alguien de esta altura... — pongo mi mano para señalar a alguien más pequeño aunque creo que no era tan bajito y vuelvo a elevarla un poco, no muy seguro de cuánto he crecido durante estos años — Como sea. Ten... — vuelvo a inclinarme para juntar su carpeta, apilar sus papeles y entregarle todo el conjunto, además de que meto mi mano en la capa para regresarle entonces su billetera, esa que creo que todavía no sabe que le falta. La sonrisa que le dedico es puramente de disculpa — No me interesa tu dinero así que conseguiré lo que necesito de otra forma. Si quieres seguir creyendo que estoy muerto bien por ti, pero la Arianne que yo recuerdo sólo me arrojaría un vaso de agua encima por el susto que le hice pasar. Ya lo hiciste antes  — le recuerdo, hablando de esa cena tan lejana con el equipo de nuestro distrito, cuando quise lanzarle comida a Alex y acabó en su cabello — Lamento el susto.
Benedict D. Franco
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Arianne L. Brawn
Consejo 9 ¾
No tendría que estar allí. La situación con la que estaba teniendo que lidiar en aquel preciso momento solo conseguía que se enfadara mucho más con el hecho de que nadie le hubiera acompañado hasta allí, ya no cambiarle el turno, solo acompañarla para que no fuera solo a un lugar como el distrito doce. El mero hecho de que aquellos pensamientos anduvieran vagando por su mente la enfadaba, estaba pensando como una persona débil que no se podía defender sola y tenía que tener a alguien que la defendiera, cuando no era así ni de lejos. —¿No? Vaya, que mal te conservas, Benedict.— contestó, pegada a la pared, pero dejando claro su posición y, claramente, actuando tanto a la defensiva como la situación ameritaba que fuere.

El hecho de tener su espacio vital consiguió que la crispación de sus manos desapareciera, intentando armarse de paciencia y resolver aquella macabra broma de una forma civilizada, al menos porque ella lo era, antes de tener que recurrir a la magia. Había dejado claro que era un humano, el cual no iba con su dueño por lo que el peligro se multiplicaba a cada instante, pero lo único bueno que le vió a aquello era el hecho de que estaba en superioridad si sacaba la varita, ya que no precisaba de pronunciar nada en voz alta. Aun así la tensión en su cuerpo era palpable, no estaba acostumbrada a tener que lidiar  con otras personas, no al menos de cerca y en una tesitura como la que enfrentaba, era más fácil preguntarles desde un apartado diferente o bajo la atenta vigilancia de algún auror, pero no estaba en ninguna de las dos situaciones a las que acostumbraba.

Si fuera alguien conocido incluso habría bromeado ante lo que decía, sus palabras le resultaban irónicas y le molestaban. Le molestaba, en general, todos los que intentaran sacar su pasado a relucir, fuere el año que fuere, su infancia, su adolescencia… eran épocas que quería dejar atrás por completo y que se las mencionaran no era algo agradable, suficiente tenía con las malas jugadas que, aún, su mente quería jugarle cuando menos lo esperaba. A final acabó dejando ir el aire de sus pulmones, en un suspiro que se mezcló con una risa de perplejidad. —¿Estás oponiéndote al gobierno delante de mí?— No se posicionaba, no apoyaba todo lo que les estaba pasando a los humanos, realmente pasándolo mal cuando ante ella se exponían casos en los que éstos se veían envueltos, pero tampoco la represión que ella misma sufrió por el hecho de haber sido maga e hija de un… un rebelde. Apretó los labios, el mero hecho de pensar en su “padre” aún conseguía que su estómago se retorciera hasta la muerte.

Entrecerró los ojos, enfocando su azul mirar hacia él, unas escasas palabras habían conseguido captar su atención lo suficiente como para apartar de su mente los pensamientos sobre su padre, pensamientos que siempre acababan en imágenes borrosas que no quería rememorar, cosa que agradecía; pero no había sido, del todo, para bien. —Deja de actuar.— Estaba siendo molesto, con todas aquellas declaraciones que pocas, por no decir dos, personas sabían directamente. Y ella no se las había dicho a nadie. Tragó saliva, acercando la mano en dirección a la varita cuando se acercó de nuevo. No, no iba a volver a permitir que se acercara otra vez a ella, era suficiente con el hecho de que estaba tolerando su presencia después de haberla asaltado. Su mano se mantuvo sobre la tela, observándolo tomar el cartel del suelo y observarlo. Su mandíbula se tensó, alargando el brazo, aquel que no tenía cerca de la varita, y señalando una altura diferente. —Ésta.— corrigió, como si de una autómata se tratara, la altura que él estaba señalando y que  no era correcta. Ella no había crecido demasiado por lo que aún recordaba la altura a la que le quedaba cuando lo conocía.

Alejó lo mano lo más rápido que pudo, retrocediendo aun más contra la pared cuando, de la nada, le ofreció sus carpetas y su billetera. —¿Cuándo…?— susurró, tiendo un flashback del momento en el que se hubieron chocado cuando ella quiso irse. Puso los ojos en blanco, con rostro incrédula, tomando las cosas de sus manos.

Por suerte, o por desgracia, recordaba todo lo que había vivido en aquellos años. Las conversaciones, los gestos… todo. Era algo complicado de olvidar cuando había sido la peor época de su vida. —Entonces no quieres nada.— debería haber sido una pregunta, pero, en lugar de ello, se transformó en un afirmación. —¿Qué comimos la primera vez que viniste a verme al hospital?— cuestionó antes de que se fuera. No es que le creyera, pero de aquella manera conseguiría acabar por completo con las dudas que pudieran rondar su cabeza en algún momento. —Sé concreto.— especificó. No le servía un “comimos dulces”, “nos tomamos un jugo”. No, ella sabía que fue, si él no, no lo creería aunque solo fuera un momento que hubiera olvidado de su mente debido al trascurso de los años. Pero si había dicho aquello del sombrero de pompones significaba que podría tener algún mínimo recuerdo. Si era real.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
—  Qué grosera, Arianne —  me río de ella porque sus palabras no me ofenden si consideramos mi desgaste físico y mental, pero mi reacción involuntaria se resume en frotarme el cuello, donde espero no tener ningún arañazo a la vista luego de mi accidentada última luna llena. No confirmo ni niego su acusación sobre oponerme al gobierno pero le giro los ojos con obvio desprecio, aunque si se va a ir de aquí sin creer que digo la verdad es mejor que mi rostro no sea recordado como el de un opositor humano. Los últimos años me he aferrado al paso del tiempo y sus macabros juegos sobre mí como para que nadie me reconozca, así que si ella y su testarudez me quitan eso estaré en problemas.

Sin embargo, cualquier molestia que pudiese provocarme tal comportamiento o incluso sus acusaciones se me evapora a medias en cuanto ella me corrige la altura de mis años más jóvenes, donde ella y yo nos veíamos casi todos los días por las desgracias que nos obligaban a convivir. Se me escapa una sonrisa y asiento, ladeando un poco la cabeza al tratar de recordar cómo era el mundo cuando lo observaba desde casi treinta centímetros más abajo —  Olvidé que no me ves hace más tiempo del que yo llevo fuera del país —  admito, olvidando por un momento que se me está yendo la lengua. Creo que la última vez que nos vimos fue en la Isla de los Vencedores, la misma tarde antes del atentado que nos condenó a todos a caminos diferentes. Esclavos, fugitivos, muertos... el aroma del humo todavía me trae pesadillas por las noches, acompañado de las turbias imágenes de los vencedores, guardias e incluso simples empleados del lugar siendo asesinados a sangre fría mientras Amelie y yo corríamos de la mano en busca de aferrarnos a la vida. Fue hace más de quince años, pero el recuerdo es tan real que parece repetirse todas las noches. Arianne no sabe de mí desde ese día y yo tampoco he vuelto a verla, aunque Eowyn me confirmó que se encontraba con vida. Quizá contarle aquello último traería más preguntas que respuestas, así que me lo guardo.

Me siento ligeramente orgulloso de mis habilidades cuando ella me deja bien en claro que no había notado la ausencia de su billetera, pero creo que no es necesario responderle porque sus ojos en blanco dejan bien en claro que ya se ha dado cuenta. Solo le respondo con una risa entre dientes que apenas se oye entre nosotros y, tras mi disculpa, amago a marcharme del callejón intentando colocarme la capucha sobre la cabeza, más no alcanzo a hacerlo que ella ha vuelto a hablar y sus palabras me obligan a girarme hacia ella.

¿Ahora que sabe que no quiero nada me cree? Entorno los ojos como dos rendijas y analizo la expresión de su rostro, buscando sospecha o duda en sus facciones, aunque mi corazón da un suave salto al saborear la posibilidad de volvernos a encontrar en propiedades después de todo lo que nos ha pasado. Sí, hablo en plural porque estoy seguro de que todos tuvimos nuestras desgracias en mayor o menor medida y algo en su forma de actuar me indica que no soy el único disponible para hablar de miserias.

Su pregunta, sin embargo, me toma por sorpresa y me encuentro desviando la mirada para concentrarme, frunciendo el entrecejo de esa forma que me hace parecer mucho mayor de lo que en verdad soy; incluso agradezco haberme afeitado antes de partir del catorce, porque de seguro ella me vería con peores ojos que ahora. —  Concreto —  repito al hacer memoria. Dudoso y lento, vuelvo sobre mis pasos hasta estar de nuevo frente a ella, como si el poder verla cara a cara fuese la ayuda que necesito para recordar esa fría tarde que parece pertenecer a una vida ajena a la mía —  Había tormenta. Llené de barro todo el lugar y me costó horrores tanto entrar como hacerte salir de la cama. Fuimos a la cafetería y llené una bandeja con panecillos, mermelada y la peor... —  remarco la última palabra con énfasis y arrugo el rostro y cierro los ojos por un segundo, para subrayar el asco —  la peor chocolatada que he probado en mi vida. Parecía agua con chocolate rancio.

Éramos niños y estábamos solos, así que nos hicimos compañía cuando más lo necesitábamos aunque fuese desde dos posturas diferentes. Ahora que nos veo, somos adultos y parece que estamos en puntos todavía más lejanos. Una de mis manos hace el amague pero se detiene a medio camino hasta que la dejo caer, perdiendo la valentía de intentar tocarle el rostro mientras no sé como debo sentirme. ¿Hace cuánto he dejado de tener contacto con la gente de mi pasado? ¿Cómo se supone que se le hace frente a la gente que habías enterrado hacía tanto?

Y de igual manera, la reacción más boba e inocente me sale sin pensarlo —  Hola, Arianne —  bromeo como si hubiesen pasado cinco minutos desde la última vez que nos vimos y le regalo la sonrisa más honesta y relajada que le he brindado en todo el día —  Perdona por no ir a visitarte todos los días como prometí —  la promesa había sido hasta que le den el alta, pero ahora mismo creo que eso no importa. Y como un idiota, decido vengarme de que me ha dicho que estoy hecho mierda básicamente en toda la cara hace unos minutos, aunque sea en forma de chiste —  Estás vieja.
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Arianne L. Brawn
Consejo 9 ¾
Se podría catalogar como un chiste de mal gusto, y ella no era especialmente la persona más chistosa del mundo, se molestaba con demasiada facilidad como para tener que tolerar aquello; si quiera sabía del todo como era que aún se encontraba frente a él y no se había marcado, por qué no lo había inmovilizado con algún hechizo y dejado allí. Demasiados porqués que se atoraban en su, ya de por si, cansada mente que tenía que soportar el día que estaba llevando adelante.

Y la situación no ayudaba a que cambiara de parecer, que se mostrara ligeramente interesada o impresionada por los intentos, en vano, de convencerla de algo que era, más que improbable, imposible. Aunque tampoco encontraba el sentido de tener que engañarla a ella con aquello, ¿acaso pensaba que ganaría algo? Quizás que lo creería y se mostraría tan agradecida que querría ayudarlo de la forma que fuere posible. Simplemente estaba soñando con aquello. Era una persona en la que no había pensado en los últimos quince años, quizás en los momentos en los que llegaban falsos avistamientos  de algunas de aquellas personas más buscadas al inicio del régimen, pero ya se encontraban en el olvido, fuera de la mente de los ciudadanos de NeoPanem. Prensó los labios, aún con el brazo extendido para señalar la altura que debía de haber tenido en aquel entonces, la última vez que se vieron. Su relación no es que hubiera sido del todo buena desde el momento en el que entró en pánico frente  a las cámaras y pronunció todo aquello que se atrevió a pasar por su cabeza, sin ningún filtro que la censurara.

Parpadeó con desconfianza, no pasando por alto sus palabras, nunca pasaba por alto las palabras de los demás, era su trabajo no hacerlo, percatarse de todos los detalles por minios que estos fueren. Fuera del país. Nadie estaba fuera del país, aquello era solo una utopía, el mero hecho de pensar que había una forma de salir fuera no era nada más que una mentira. Aun así permaneció silente, sin alejar la mano del bolsillo en el que tenía guardada la varita, por si acaso. Si hubiera querido robarle ya lo habría hecho, pero no parecía ser el caso, y por ello realmente desconfiaba de la situación en la que se encontraba con él.

Una sensación olvidada la recorrió. La de las verdaderas ganas de escuchar una respuesta a la pregunta que había pronunciado, no la que sentía cuando se encontraba en un juicio, una verdadera sensación de ganas de saber una respuesta. Podría llamarse emoción. Se encontraba emocionada aunque cada ápice de su cuerpo le indicaba que solamente era un estafador que pretendía engañarla y estaba siendo demasiado benévola con él. Asintió. A la espera. Manteniéndose seria a los ojos externos pero siendo un completo lío por dentro, no teniendo claro donde se encontraba el hilo de sus desordenados pensamientos. Hasta que dio con éste. O más bien él dio con la punta de aquel gran ovillo que había salido a la luz. Si hubiera cerrado los ojos habría podido visualizar a la perfección aquellos recuerdos, los primeros que poseía desde el momento en el que fue tragada por el enorme traslador que se hallaba en el acantilado y la sacó de la Arena.

—¿Bennie?— preguntó incrédula de verdad, no con el toque de ironía que antes le dirigía en todas y cada una de sus palabras, sino sintiéndose completamente fuera de lugar.  Las siguientes palabras no pudieron ser pronunciadas, quedó callada, mirándolo sin creer del todo que, realmente, fuera él de verdad, que estuviera allí de pie delante suya. Su cuerpo se movió hacia el frente, en busca de abrazarlo pero parándose en seco en el mismo instante que sus pies se atrevieron a intentar moverse del lugar. Su corazón se aceleró, como si hubiera estado esperando ansioso que sí fuera él para alterarse y latir fuera de control. Meneó la cabeza, aún sin ser capaz de decir nada más, alejando la mano, por primera vez desde que estaba libre, de su varita. —Tú…— Estaba por soltar una sarta de incoherencias poco típicas de ella. —No dejes que te vean— soltó de golpe, acercándose hasta colocarle la capucha sobre la cabeza en un arranque protector. Era imposible que alguien lo reconociera, y aún menos con las imágenes que se tenían de él.

Su mano descendió, acabando por rodear su muñeca, girada en dirección al final del pasillo. No sabía que decir, las palabras, al menos las que debía dirigir directamente a las personas fuera de su ámbito laboral, eran complicadas de pronunciar; se había transformado en alguien que tenía poco que agregar y raramente iniciaba algún tipo de conversación con los que la rodeaban. Pero, sin embargo, sentía la necesidad de decir algo que no era capaz de salir de sus labios. —No lo puedo creer— dijo regresando la mirada hasta él, alejándose un poco. —Es decir, ahora lo creo pero… es como algo tan imposible que… hace que, a la vez, no lo crea — intentó explicarse de una forma tan torpe que se sintió ridícula de principio a fin.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Ahí está. Justo ahí,en el brillo fugaz de esos ojos azules, el halo del reconocimiento a pesar de que toda lógica probablemente le está gritando que nada de esto tiene sentido. Que Benedict Franco murió hace mucho tiempo y que siempre fue el niño menudo y pecoso de hace ya siglos, pero puedo apostar a que en su cabeza las ideas empezaron a acomodarse. He cambiado y he crecido, pero sigo siendo yo; los mismos gestos, las mismas manías, los mismos ojos celestes del distrito cuatro que mamá siempre remarcaba que simulaban un color similar al mar. Incluso el mismo remolino de pelo desordenado y estoy seguro de que alguna peca o lunar sigue en su lugar. No soy el que era, pero soy yo y sospecho que ahora ella puede verlo.

Su voz temblorosa solo logra que un dolor punzante en las mejillas me indique que la sonrisa ha aumentado e intento acercarme a ella aunque me detengo de la misma forma que ella lo hace, sin saber si tengo el permiso de abrazarla o poner mis manos sobre ella luego de mi actitud anterior. Bueno, no es como si hubiera tenido opción luego de su forma de reaccionar. He empezado a decir su nombre cuando la rubia me pone la capucha sobre la cabeza y en pocos segundos nos encaminamos al final del pasillo, observando como sus dedos se cierran en mi muñeca de forma sorprendente, al menos si consideramos el hecho de que hace cinco minutos no quería tocarme.

No te preocupes, si necesito desaparecer puedo hacerlo bien rápido — consigo explicarle en cuanto puedo acomodar mi cabeza. Hace siglos no sentía una adrenalina similar, como si me hubiesen puesto un motor en lugar de mi corazón, además de un cosquilleo indescriptible y cálido en la boca del estómago. Ladeo la cabeza, esperando que Arianne diga algo, cualquier cosa, hasta que sus palabras me hacen reír suavemente y de una forma mucho más grave de lo que ella debe estar acostumbrada — Lo sé, lo siento. La vida no ha sido demasiado buena conmigo. Pero créeme que pudo haber sido peor...

He visto gente consumirse hasta los huesos y a cientos de personas en un estado deplorable en los distritos del norte, así que estoy agradecido con mi oportunidad de ser una persona libre en mi propia forma. Me es inevitable no mirarla de pies a cabeza hasta encontrarme con sus ojos, lo que me provoca alzar las manos con timidez — ¿Me permites? — pregunto con amabilidad. En segundos estoy tomando su rostro suavemente entre mis manos, lo suficientemente grandes como para moverla sin lastimarla, y le obligo a mirarme. Sus facciones no emanan la juventud que recuerdo pero ella continúa siendo suave. Tiene un porte diferente, pero le echo la culpa a los años y su nariz parece haberse acomodado a las proporciones de la adultez. Es Arianne, la mire por donde la mire, convertida en una mujer posiblemente atractiva aunque jamás la he encontrado fea, solo que era demasiado niño como para mirarla más de cinco segundos.

Me muerdo el interior de la mejilla y luego el labio inferior, tratando de contener las ganas locas que tengo de reírme — Sí que eres tú  — murmuro alegremente. Mis pulgares presionan con suavidad sus mejillas como si buscase pistas sobre su pasado genético, aunque pronto la suelto para descender mi agarre por sus brazos hasta tomar sus manos en un abuso de confianza a pesar de que ella no quisiera tocarme anteriormente. Estiro sus dedos y los plasmo contra los míos, midiendo su longitud — Bueno, esto sí ha cambiado — comento con resentimiento al paso del tiempo. A los trece o catorce años yo solía tener las manos suaves, aunque ahora se volvieron ásperas y sus dedos se han estirado y madurado. Sin embargo aprieto cariñosamente las suyas y doy un paso hacia atrás para verla mejor — Es increíble. Mierda, siento que tengo tanto para decirte...

Mi vida como esclavo. La licantropía. El distrito 14. Derian. ¿Por dónde empiezo a recolectar los últimos quince años? ¿Qué se le dice a alguien luego de todo este tiempo? ¿La he extrañado? Claro, siempre me preocupé por ella. ¿Me ha extrañado a mí? ¿Cuál es el punto de partida? La cabeza me da vueltas tanto por mis dudas como por mi emoción y no sé exactamente por donde estallar. Estoy tan perdido en mis emociones que ni me importa el olor ni la oscuridad de donde estamos, ni que alguien piense que nos encontramos a mitad de algún negocio turbio. Es Arianne Brawn y está frente a mí, más viva de lo que pensé que la vería en mi vida.

Tú... ¿Cómo has estado? — es la pregunta más idiota que me sale y me sorprende a mí mismo que con eso me sale empezar. Escondo mis manos en mis bolsillos en un intento de no seguir molestándola con mis impulsos de abrazarla o tocarla para corroborar que es real, pero me muevo inquietamente en mi sitio — Creí que... bueno yo... por un tiempo creí que habías muerto hasta que me confirmaron que seguías viva pero de todas formas... — todo me nace torpe. Todo me hace sentir que he vuelto al pasado y todavía no sé como expresar lo que me pasa por la cabeza. Saco una mano solo para rascarme la nuca por abajo de la capucha, confundido y perdido — Diablos, Arianne, han sido años. ¿Qué haces aquí? Mierda que te he extrañado. Yo...  — carraspeo — No sé que decir. Lo siento — Por todo. Por la ausencia. Por no haber tratado de comunicarme. Por el susto. Por todo.
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Arianne L. Brawn
Consejo 9 ¾
Jamás pensó que un momento como aquel se presentaría frente a ella, que tendría que enfrentarse al tipo de situación que con tanta asiduidad rehuía cada vez que se abría aquella puerta. El pasado. Hablar de todo ello, rememorar los acontecimientos de los que estaban compuestos sus recuerdos no era algo que deseara hacer, que intentaba evitar con todas sus fuerzas. También en ello se incluía anular de su mente a las personas relacionadas con las partes duras de su pasado, al menos tanto como pudiera ya que el hecho de mantener relación con algunas de esas personas, como era Alexander, lo convertía en algo realmente complicado, o al principio había sido así, hasta que acabó por acostumbrarse a ver su cara de desvergonzado en cada esquina que doblaba en el distrito cuatro.

Pero lo inesperado fue el encuentro con Benedict. Una persona que daba, como mínimo, por muerta. Pensar en que lo tenía delante, de pie, se mostraba inalcanzable, tan increíble que las palabras se atoraban en su garganta sin ser pronunciadas, pretendiendo salir todas a la vez pero no siendo capaz de que ninguna fuera exteriorizada. El hecho de haber odiado que no le cambiaran el turno había cambiado por completo, sintiéndose aliviada de que así fuera, aunque le costara creerlo y un millón de dolores de cabeza superarlo, no podía negar que si volviera atrás en aquel día, repetiría los mismos pasos que había dado. Liberó su muñeca arrepintiendo de aquel involuntario acto que tan impropio era de ella; no tocaba a los demás, tampoco permitía que lo hicieran, pero se estaba encontrando ante una de las excepciones más grandes de los últimos diez años cuando dejó que sus amplias manos  tomaran su rostro, siguiendo con la mirada los ojos contrarios hasta que ambos se encontraron.

Presionó ambas manos contra su cuerpo, intentando contener el leve temblor que las amenazaba, tragando saliva con nerviosismo. No tenía ni la menor idea de porqué estaba actuando de aquella manera, permitiendo que estuviera tan cerca sin alejarlo, incluso las personas que se habían convertido cercanas a ella sabían que no podían traspasar su espacio personal. Pero era Bennie, si quiera se había dado cuenta de lo que había echado de menos al enano hasta que lo tenía delante de ella, completamente transformado en una persona nueva, irreconocible para cualquiera que se encontrara con él. Irreconocible incluso para ella. No podía decir que hubieran sido los mejores amigos, su amistad fue breve pero nunca podría olvidar que fue una de las personas que la había comprendido y ayudado al inicio de todo. —Algo más vieja— agregó esbozando una diminuta y casi imperceptible sonrisa, dándole la razón a su afirmación anterior. Los años no habían pasado en balde para ninguno de los dos, y a la vista estaba como los había acabado tratando el mundo en los últimos quince años.

Aun permitiendo el breve contacto retiró las manos a los pocos segundos, volviendo a colocarlas en sendos lados de su cuerpo, siendo incapaz de estar tanto tiempo en contacto con otra persona. Una sonrisa culpable se dejó ver. —Lo siento— fue lo único capaz de pronunciar, frunciendo los labios ligeramente. Permaneció parada delante de él, recorriéndolo de tanto en tanto, teniendo que alzar la mirada para poder visualizar su rostro. ¿Acaso tenía derecho a llamar enano? ¿O quizás Bennie? No le haría justicia en absoluto.

El pensamiento de aquella palabra conseguía que todo desapareciera a su alrededor. Estaba emocionada de volver a verlo, pero no podía negar quienes eran cada uno y el lugar en el que se encontraban, por más que no quisiera que los negativos pensamientos bombardearan su mente y estropearan todo. Una débil risa escapó de sus labios, bajando la mirada mientras tomaba una amplia bocanada de aire por la boca. Así que aquella era la sensación. El ahogamiento que se sentía, la falta de aire cuando la emoción era tan fuerte que no permitía que el aire trascurriera con normalidad hasta sus pulmones. —Hasta ahora mismo pensaba que estabas muerto— aseguró entonces ella. Sintiéndose culpable por nunca haber intentado buscar más allá… pero sabiendo, a partes iguales, que no habría sido algo productivo ni seguro. Mordió su labio inferior, intentando reprimir la sonrisa que amenazaba con asomar a sus labios. —Yo soy alguien que puede caminar libremente por aquí— puntualizó casi haciendo divertido el hecho de que él ‘no pudiera’.

—Sé que me voy a arrepentir de esto— habló. Era un pensamiento que, sin querer, había exteriorizado. Pero sabía que después se sentiría demasiado mal, que le recorrería la picazón que se apoderaba de su piel cuando ocurría; aun así parecía no importarle en absoluto en el mismo momento que acortó las distancias y lo rodeó con sus brazos, apoyando la frente contra su pecho. Era mayor que él pero se sentía mucho más pequeña, en todos los sentidos, en aquel momento. Lo mejor de aquello era que no le importaba en absoluto sentirse más pequeña, solo el hecho de que era real y lo estaba abrazando, que realmente estaba vivo. Tenía muchas cosas que decir, puede que incluso fuera capaz de acaparar toda una rueda de prensa con las preguntas que se amontonaban en su mente pero que, poco a poco, fueron diluyéndose cuando lo abrazó, como si le dieran igual todas las razones por las que estuviera allí, donde hubiera estado escondido; solo importándole que lo tenía frente a ella en aquel instante.
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Benedict D. Franco
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Algo más vieja. El simple comentario me provoca una sonrisa pequeña y casi tímida, como si el descaro que siempre utilizo con mis mejores amigos se hubiese evaporado en dos segundos — Te sienta bien la vejez — bromeo, puntualizando el chiste de forma inocente y sumisa, como si buscase tanto su aceptación como perdón en unas palabras que cualquier persona, especialmente una mujer, tomaría de mala manera. Pero ella no, Arianne debe estar segura de que todo lo que sale de mí ahora mismo son solo comentarios para hacernos sentir mejor y más cómodos en una situación tan fuera de lugar como puede ser posible. Es como en los viejos tiempos y eso no ha cambiado.

No me permite tocarla más de lo debido y no puedo reprocharle en lo absoluto ese comportamiento, aunque acepto su disculpa con un movimiento gentil de la cabeza. Era obvio que ella pensaba que estaba muerto así que esa confesión no me lastimó, pero sí me hizo reír — Bueno, no. No lo estoy. Lo he chequeado varias veces — le digo con cierta picardía y confidencial diversión, arqueando mis cejas como un infante travieso — Aunque he querido estarlo, no te creas. No puedo decir que haya tenido los mejores años de mi vida, aunque los últimos no han estado mal. Un poco complicados pero... cada quien con lo que le toca... ¿No? — eso me hace preguntarme como es que ella terminó trabajando en el Wizengamot, pero sé que tocar el tema nos hará discutir. Y ahora no quiero eso.

La miro con confundida curiosidad por ese comentario que en primer instancia no comprendo, pero que pronto toma forma en cuanto sus brazos rodean mi torso con una calidez que parece traspasar la piel y llenarme el pecho. Tomo algo de aire ante la sorpresa inesperada pero mis manos reaccionan hasta colocarse en su espalda y cintura, estrechándola contra mí mientras mi nariz se hunde en su cabello rubio. Huele como lo recuerdo y tengo que cerrar los ojos para disfrutar de esa increíble sensación, deseando que por un momento el tiempo se detenga en este segundo, antes de tener que regresar a la mierda de la realidad diaria. Algo en Arianne me recuerda a casa, a mi verdadero hogar, allá en el distrito 4. Los mejores años de mi existencia.

Froto mi nariz sobre su coronilla y acabo moviendo la cabeza hasta apoyar en ella mi mentón, paseando mis dedos por su espalda a modo de caricia como si eso sirviese para calmarnos a ambos. No me importa demasiado que Seth esté esperando en los límites del distrito para desaparecer juntos o que tenga que llevar medicamentos para el invierno, sino que todo eso ha quedado opacado por algo que no esperaba encontrar en el mercado. La aprieto un poco y suspiro, como si ese gesto pudiese librarme de toda presión.

Sabía que estabas viva — le confieso en voz baja, preguntándome si mi habla le molesta al estar apoyada en mi pecho — Hace años conocí a una chica que estaba sobreviviendo como yo y me dijo que te había cruzado. Eowyn, del seis. Una squib — he ganado detalles de esa noche con los años, aunque prefiero no acotarlas — He logrado escapar un tiempo pero terminé sirviendo para Seth Niniadis. Y volvimos a fugarnos. Somos un grupo pequeño pero bueno... quizá te interese saber que Derian está con nosotros.

La información sale por sí sola y ni sé por qué la estoy contando. Debe ser porque necesito hablar con alguien de todo lo que ha pasado o porque confío en ella como para confesar sin sentir que va a juzgarme, pero creo contarle todo, aunque sin nombres. Y sin hablar de mi condición. La idea de que se espante en cuanto lo sepa me hace darle un apretón antes de soltarla y tomarla por los hombros para mirarla con seriedad, aunque me debato un momento en qué decirle — ¿Tienes un lugar más privado donde hablar o solo estás de paso? Hay cosas que no se pueden decir en vía pública y si es verdad que trabajas en el Wizengamot, lo sabes mejor que nadie.

Y aquí me encuentro, saltando a la piscina sin seguridad de saber que tengo un salvavidas... Pero sin embargo, confío ciegamente.
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Arianne L. Brawn
Consejo 9 ¾
Sin duda ella misma debía de ser la primera sorprendida con la emoción que la embargaba estando allí. No se trataba de volver a alguien que conocía después de tantos años, podía encontrarse con compañeras de clase y no pensar absolutamente nada al verlas, sino volver a ver a alguien que creía muerto y, en cierto modo, había salvado su vida cuando estuvo en aquellos juegos de Salem. Frunció los labios, asintiendo a sus palabras. —Podría decir que la vida tampoco me ha tratado del todo bien, pero no creo poderlo decir comparándome con tu situación—. Había tenido sus propios demonios, los problemas que tuvo que afrontar sola; sola porque ella decidió que nadie podía ayudarla, otra vez cerrándose en banda al exterior, como seguía haciéndolo sin importar el tiempo que hubiere transcurrido. Había cosas que no cambiaban con el paso del tiempo. Pero, aunque no supiera de primera mano lo que él tuvo que pasar, el simple hecho de no poder ser libre y estar donde quisiera ya le parecía suficiente como para no poder compararlos.

Meneó la cabeza con incredulidad, resistiéndose a pellizcarse el brazo en busca de cerciorarse de estar despierta y no estar soñando o teniendo algún tipo de alucinación por culpa de los gases que los rodeaban en aquel distrito, cosa que no le extrañaría. Su poco aguante a la bebida seguro que también se extendía al resto de sustancias que tuvieran efectos similares a ésta. Siguió con la frente apoyada contra su pecho, intentando reprimirse a sí misma en lo que sentía cuando estaba demasiado cerca en contacto con alguien. Pero era  tan increíble que no quería dejar de mirarlo por si acaso desaparecía frente a ella cuando menos lo esperara, que era capaz de intentar anular aquella parte de su cerebro que le prohibía estar tan cerca de él. Tomó una profunda bocanada de aire, intentando entrelazar las manos en su espalda pero solo consiguiendo rozar sus dedos ya que, aunque lo estaba abrazando, no había llegado a pegar del todo su cuerpo con el contrario.

Cerró los ojos, tragando saliva con fuerza, intentando mantenerse en aquella posición y no alejarse cuando sus manos ascendían y descendía por su espalda. Soltó todo el aire, queriendo que aquella exhalación consiguiera liberar toda la tensión que presionaba su cuerpo en cada nervio existente. Hasta que no pudo más. Sus manos resbalaron hasta volver a quedar a ambos lados de su cuerpo, permaneciendo solo en contacto por el apoyo de su frente; simplemente no podía seguir así, los años no habían conseguido acabar del todo con aquello, solo atenuarlo en ciertas situaciones, pero nunca desaparecer como si no hubiera existido la razón por la que tanto rehuía a los demás. Permaneció estática así, escuchando su explicación pero sin saber quién era aquella chica, en los últimos años había tenido que tratar con tantas personas que los nombres y rostros se habían convertido en un desastre imposible de ordenar dentro de su cabeza.

Respiró, resignada, hasta que un nombre llamó su atención e hizo que se separara de él. —¿Derian está contigo? ¿Está bien?— las preguntas salieron de súbito, sintiendo que su pecho podría estallar. —Intenté buscarlo, contactar con el que me dijeron que era su amo, pero no encontraba nada, incluso pensé que lo habrían podido ejecutar o que otra persona lo había comprado o que…— las opciones se amontonaban en su cabeza, saliendo de sus labios sin orden ni coherencia alguna. Era como si una losa se hubiera retirado de su espalda en apenas unos segundos, dio un paso hacia atrás pero no llegó a hacerlo del todo puesto que sus manos la apresaron de nuevo, un escalofrío la recorrió, queriendo retroceder con urgencia. Parpadeó perpleja. Cosas que no se podían decir en la vía pública. —No— susurró, colocando las manos sobre la contrarias para poder liberarse. —¿Qué estás escondiendo?— La pregunta más absurda del mundo partiendo del hecho de que se escondía a sí mismo. Cerró los ojos con fuerza, meneando al cabeza hacia ambos lados en busca de alguna más coherente que aquella. —He venido aquí por trabajo así que el traslador solo lleva hasta winzengamot, y no creo que haya ninguno otro activo por la zona— aclaró, mirando de soslayo las carpetas que había recogido en la ‘reunión’ que tuvo.

—Espera, no… contestes a qué estás escondiendo. No quiero saberlo.— prefería vivir en la ignorancia, no saber nada más allá de que estaban bien, que ambos estaban vivos escondidos en algún lugar. El hecho de que ella lo supiera solo supondría un gran problema difícil de manejar si tenía en cuenta cual era el trabajo que desempeñaba desde hacía ya cinco años.
Arianne L. Brawn
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
No me sorprende en lo absoluto que toda su atención se vaya en dirección a Derian en cuanto su nombre sale de mis labios, por lo que intento no reírme de ella. No recuerdo que ellos hayan tenido la mejor relación del mundo en un principio, pero al menos parece que esos problemas quedaron atrás — Vivito y coleando. Ayer hemos ido a pescar y todas esas cosas que hacemos los machos — endurezco la voz y arrugo el ceño para fingir un rostro mucho más duro, burlándome de una actividad tan tranquila como si se tratase del éxtasis de la testosterona, aunque acabo rompiendo mi breve fachada con una risita — Huyó. Lo encontré hace años en el bosque y ahora es uno de los míos. Ya sabes. Gente que vive lejos de aquí... — hago un ademán con la mano como si quisiera enfatizar el ambiente que nos rodea, porque creo que no hace falta aclarar demasiado. Ambos sabemos que los humanos no tienen razón de ser en Neopanem y que escapar es nuestra única salida si deseamos ser libres.

¿Qué estoy escondiendo? Intento no mostrarme demasiado culpable cuando me hace esa pregunta y el modo en el que aprieto los labios creo que me deja en evidencia, aunque rápidamente ella me da la excusa para no contarle y poder seguir nuestra conversación por otro camino — Bueno, eso simplifica las cosas. ¿Dónde vives ahora? — mi corazón empieza a latir con fuerza, como el saber que si ella sigue en el distrito 4 eso significa estar un poco más cerca de casa — No estoy escondiendo nada. Bueno, sí pero... ugh. Es complicado — Amaría ser honesto con ella. Poder confiarle dónde he estado los últimos años pero es imposible no hacerlo sin poner en riesgo a todo el catorce. Miro a nuestro alrededor, buscando alguna señal de peligro, pero solo escucho las voces lejanas del mercado. Debería apresurarme o regresar será imposible.

Escucha, Ari... — me volteo hacia ella. Odio pedir cosas, pero creo que en este momento es la única opción que me queda — Necesito que me hagas un favor. Necesito estos medicamentos y no tengo el dinero suficiente... — con torpeza y rapidez saco la lista de mi bolsillo y la estiro, tratando de que el papel no se vea tan arrugado y así poder enseñárselo — Tengo que cuidar de gente, niños incluso, durante el invierno. Es muy largo... — la mueca de mi cara deja bien en claro que me encuentro incómodo. Es algo que me provoca malestar y tengo que moverme en mi sitio para quitarme la incomodidad de alguna forma — No quiero robarle a los vendedores aunque pudiera, porque sé que es gente trabajadora. Lo siento por lo de antes... — vuelvo a decir, sonriendo apenas — ¿Puedes conseguirlos por mí? Prometo devolverte el favor. Con intereses si me hace falta.

El mercado sigue abierto. Si ella los compra por mí, solo será necesario darle todo el dinero que tengo y tener que regresarle de alguna manera la diferencia. Vaya reencuentro. Pero el apuro solo hace que le entregue la lista y la bolsa con el dinero, apretando sus manos con cuidado para que los tenga — Necesito irme antes de que anochezca — explico en un murmullo que delata las pocas ganas que tengo de marcharme — Pero si tú quieres, te encontraré aquí en exactamente una semana. Podemos buscar donde hablar tranquilos y ponernos al día. No quiero perder el contacto ahora que te he encontrado — le sonrío de medio lado, buscando regalarle la confianza que yo siento. Si nos encontramos es porque simplemente tenía que ocurrir y no estoy para nada arrepentido de haber llegado hasta aquí — Doy gracias por que se me metiera en la cabeza venir justamente hoy. Solo dí que sí y prometo buscarte.
Benedict D. Franco
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Arianne L. Brawn
Consejo 9 ¾
Saber que Derian estaba bien era un verdadero alivio, quizás empezaron su relación con mal pie, pero las cosas fueron cambiando poco a poco, y en especial cuando fue en su busca la noche que atacaron las Isla de los Vencedores, llevándola con él pero siendo apresados en el intento. Respiró con tranquilidad, como quien sabe que dos personas importantes, que creía completamente perdidas o muertas, se encontraban todo lo bien que podía estar alguien que, aun habiendo transcurrido tanto tiempo, seguía siendo traidores al gobierno instaurado en NeoPanem. Asintió con la cabeza, no queriendo preguntar ni saber nada mucho más allá. Nunca había pensado en ello pero, quizás, otras personas habrían hecho mil preguntas sobre su paradero, qué habían hecho en todo aquel tiempo; mas ella sabía que lo mejor, en su situación, era tener el conocimiento justo y necesario para saber que se encontraban bien, no entrando en mayores detalles que pudieran comprometerla llegado un momento delicado. Con saber que estaban bien le era más que suficiente.

—En el cuatro, siempre he vivido en el cuatro a excepción de cuando estuve en la Isla de los vencedores—. Y nunca me iré de allí, le faltó por agregar. Allí estaba su hogar, quizás no tuviera una gran familia, solo su madre, pero aquel distrito era el lugar donde había crecido y no lo abandonaría mientras existiera la opción de poder seguir allí. Alzó las manos, queriendo parar sus palabras antes de que terminara de hablar pero, por suerte, él mismo no continuó declarando algo no conveniente. Aunque quisiera, no podía saberlo. Tomó una bocanada de aire, frotando sus sienes con una mano, sintiendo como perdía el control de la situación, y lo poco habituada que estaba ya a perderla y no poder poner un orden inmediato. —¿Qué?— preguntó de inmediato, retirando la mano de su rostro y observándolo con cierta sorpresa reflejada en su expresión. Sin ser capaz de responder acabó tomando el arrugado papel de sus manos, no enfocando su mirada hacia las letras escritas, solo prestándole atención a él. —Pero si pretendías robarme a mí— puntualizó antes de poder evitar que las palabras surgieran de sus labios. Meneó la cabeza, quitándole importancia  a las palabras que acababa de pronunciar y bajando la mirada, leyendo con rapidez algunos de los nombres que allí escritos se encontraban.

Se rascó la parte posterior de la cabeza, torciendo el gesto con algunos de los nombres que leía. —La mayor parte son genéricos así que podría intentarlo— accedió finalmente. Se arrepentiría mucho cuando tuviera que comprarlos, pero no podía evitar querer ayudar a los demás, ayudarlo como él lo hizo con ella en su momento. Se trataba de un compromiso en toda regla. —Aquí de nuevo en una semana— corroboró, aunque era más un pensamiento en voz alta. No tenía un permiso para crear un traslador hasta allí, ni siquiera tenía un sitio concreto al que conectarlo, y tendría que usar el de wizengamot, con las preguntas que aquello conllevaría y las respuestas que habría de pensar llegado el momento. —De acuerdo— acabó por acceder. —Las compraré en el capitolio o en el cuatro, venir a un distrito como este a comprar medicamentos significa que quieres pagar tres veces el precio estipulado— comentó. Debían de sacar dinero de donde pudieran y vender medicamentos a un precio superior se había convertido en un negocio que intentaban parar pero escapaba de sus manos.

Miró su reloj de soslayo, frunciendo el ceño a la par que guardaba lo que le acababa de dar. —Dentro de una semana nos encontraremos por la mañana aquí e intentaremos ir a algún sitio donde poder darte las medicinas y hablar, ¿de acuerdo?— explicó acomodando las carpetas. —Tengo que irme, llevo demasiado tiempo fuera y no me extrañaría que enviaran a alguien a buscarme, si no lo han hecho ya— agregó acomodando su abrigo y respirando lentamente. —Ten cuidado— habló con ademán protector, dando un pequeño apretón en su brazo a modo de despedida.

Aceleró sus pasos, mirando a su alrededor y no sintiéndose segura del todo hasta que sus dedos se cernieron en torno al traslador que la llevaría de nuevo hasta el Capitolio.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
El distrito cuatro. La nostalgia me golpea como una patada helada en medio de la cara, haciéndome sentir que pertenezco a un mundo demasiado aislado del que deseo para mí mismo. No hay que malinterpretar, le tengo un inmenso cariño y respeto al distrito catorce, pero sé que nunca podré echar raíces en un lugar como aquel cuando sé que mi verdadero hogar es aquel lugar frente a la playa. — Bueno, tienes mi envidia... — le comento a modo de broma, aunque creo que ambos sabemos que una parte de mí está hablando más que en serio. Le muestro todos mis dientes con una sonrisa similar al arrepentimiento cuando te atrapan en medio de una travesura y con una ceja escéptica y arqueada, la miro de arriba a abajo deteniéndome en su ropa — No es lo mismo robarle a un vendedor del mercado negro que a alguien que no parece pasar ninguna necesidad, sin ofender — me explico, aunque me apresuro a buscar bromear — Muy galante de mi parte, lo sé.

Mi corazón se pone a galopar y creo que mis manos sudan en cuanto ella parece sumamente dispuesta a aceptar mi propuesta, dándome a entender de inmediato que a pesar de todo la Arianne que conocí sigue allí, justo detrás del rostro que hace unos minutos estaba por golpearme como a un simple criminal; bueno, técnicamente lo soy, pero creo que nuestra situación va más allá de eso. Asiento conforme porque todo lo que me plantea tiene sentido, hasta que es momento de despedirnos. ¿Podremos volver a encontrarnos? ¿O no vendrá? ¿Estoy haciendo bien en confiar algo tan importante a ella o tendré que soportar las miradas de reproche de Seth? Bueno, puedo modificar un poco la historia y nadie tiene que enterarse. Ni de su lado ni el mío. Diablos... ¿Desde cuando le miento a Seth?

Una semana — le prometo, llevándome una mano al pecho para presionarla sobre mi corazón a modo de juramento y hago un movimiento con la cabeza para inclinarme vagamente como si se tratase de sellar un trato. Espero que no se espante en ver algunos ingredientes para la matalobos en la lista más allá de las medicinas comunes, pero opto por no decirle nada al respecto. Ella es bruja, comprenderá la necesidad de tener reservas para pociones, aunque es imposible que lo capte de inmediato. Quizá en una semana pueda decirle todo — tú también. Prometo no fallar.

El apretón se lo devuelvo haciendo lo propio con mi mano sobre la suya en cuanto la apoya en mi brazo, y me giro para observar como desaparece de mi vista en cuanto sale del callejón. Aún nervioso y con las manos sudadas como un adolescente, acomodo mi capucha para largarme de allí por la calle menos concurrida del distrito. No me pongo la capa de invisibilidad hasta que es necesario, buscando una excusa confiable para mi tardanza. Ojalá Seth se olvide de cómo es mi rostro al mentir.
Benedict D. Franco
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