The Mighty Fall
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OTOÑO de 247221 de Septiembre — 20 de Diciembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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2 participantes
Eowyn J. Redford
Hace días que escuché que Ben ha despertado pero cada vez que me acerco a la casa, Arleth me echa a decirme que solo puede entrar a verlo Louis. ¡Eso es injusto! Seth está entrando a verle. Es guapo, seguro que por eso Arleth le deja meterse. El caso es que me tengo que esperar varios días hasta que la casualidad me sonría. Al parecer Arleth tiene que salir, Louis no está, Cale se escapó y Ava no es lo bastante grande para encargarse de Ben un rato así que, como yo voy pasando casualmente por ahí (como casi 18 horas al día a la espera de una oportunidad así) me pregunta si puedo quedarme. Me dice lo que tengo que hacer y asiento. Mantenerlo frío. Calmado. En la cama. No parece difícil.

Entro en la habitación y me quedo observando su pierna herida mordiéndome el labio suavemente mientras cierro la puerta detrás de mi apoyando la espalda contra la madera que chirría. Es tan lindo mientras duerme. Le ha crecido el pelo y hasta parece más grande. Avanzo hacia la cama y subo una de mis rodillas a esta, colocando mi mano junto a su cabeza para quedar más o menos suspendida encima de él; luego encuentro esa postura demasiado incómoda para mi gusto así que me siento a horcajadas sobre su abdomen apoyando las manos sobre su pecho. - Beeeeen - Le llamo con un ligero tono de voz melodioso, empezando a contar los botones de la ropa que lleva puesta, que le queda ligeramente grande y probablemente se la han dejado provisional. - Ben, despierta. Arleth ha dejado sopita. Te la quiero dar así a cucharaditas como si estuvieramos casados. Despiertaaa~
Eowyn J. Redford
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Estos días son de lo más aburridos, en especial porque no puedo hacer mucho más que hablar con Arleth cuando me cambia las vendas, moverme por la cama, ir al baño y esperar a que alguien venga a visitarme. No sé bien por qué me tienen tan aislado del mundo (al menos, me gustaría poder ver a Sophia), pero por alguna razón siempre tengo de visita a mi abuelo o a Seth, el último probablemente porque se pone muy pesado para que lo dejen afuera. Y se lo agradezco, sino no sabría que hacer; Cale y yo nunca congeniamos y la única de ésta casa que me presta una atención divertida es Ava, que por las noches tiene la costumbre de meterse en mi dormitorio y contarme cuentos que se me hace que inventa porque jamás los he escuchado, y mucho menos versiones de la Cenicienta donde el zapato es en realidad una cacerola mágica de vidrio. Nadie me habla del licántropo y tampoco estoy seguro de querer sacar el tema. Mi apetito ha cambiado, pero Arleth dice que eso es normal. No sé, pero yo estoy seguro que nunca antes había deseado tocino tanto como en estos días.

Dormir es algo en lo que gasto una buena parte de mi tiempo, como si mi cuerpo estuviese cansado constantemente, cuando no hay nadie a mi alrededor. Ahora mismo no sé exactamente qué estoy soñando, pero sea lo que sea es interrumpido por una vocecita que me llega de algún punto cercano, hasta que mi cuerpo empieza a sufrir de su peso sobre mi torso. Mis ojos parpadean hasta abrirse, y lo primero que soy capaz de ver es una mata de pelo rubio y unos ojos vivarachos que hace tiempo no veía y que, honestamente, no creí volver a ver. Muchos menos encima de mí.

- ¡Eowyn! – no sé si mi voz sale ahogada por la sorpresa o porque la siento pastosa al haber estado durmiendo, pero sospecho que es un poco de ambas cosas. Revoleo las manos en parte por la sorpresa, en parte por no saber dónde ponerlas, hasta que por reflejo, termino colocándolas sobre sus hombros para empujarla un poco hacia atrás. Mierda, que no ha cambiado en nada - ¿Pero qué…? ¿Qué estás…? ¿Por qué estás encima mío? – Vamos, que al lado de la cama hay una silla, no sé qué tanto. Soplo un poco para sacarme su pelo, que de largo que está me hace cosquillas en la nariz, antes de que me dé ganas de estornudar, y sacudo la cabeza. Bueno, sí, me alegra verla. Eowyn es una de esas pocas cosas que no creí extrañar al estar lejos de casa, pero sorpresivamente su presencia es algo aliviante y no estresante como en el pasado.  A pesar de la incomodidad, dejo salir una vaga sonrisa y le pellizco con fuerza la nariz – también te extrañé.
Benedict D. Franco
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Eowyn J. Redford
Recuerda mi nombre, eso es buena señal ¿no? En realidad no sé que ha pasado exacta exactamente, uno oye cosas y rumores y ve chicos guapos que no había visto en su vida... bueno sí que le había visto. Era el hijo o sobrino o nieto o lo que fuera del tipo del bar donde vivíamos en el distrito seis. Mi padre solía pasar las tardes allí antes de morirse (luego de muerto habría sido raro, obvio) y además asistíamos juntos a clase. Pero ya sabes, es esa clase de chico taciturno y violento del que te alejas por costumbre hasta que descubres que es lindo y tiene dinero y entonces te repiensas lo de alejarte de él y lo de si Ben es lo bastante lindo también. Cuando me pellizca la nariz me queda claro que sí, que es lo bastante lindo también. - ¿En serio? - Sí que me hace ilusión que me echara de menos y no puedo reprimir un saltito que probablemente le encaja todo mi peso en el estómago durante unos segundos. - He estado intentando animar a Cale todo este tiempo, pero no hay manera. Es gay. Creo. Le enseñé mis tetas una vez. Pero se tapó los ojos - Exclamo aquellas palabras como si fueran la prueba refutable de que le pasa algo que no está bien.

Luego recuerdo que a lo mejor, eso le da envidia a Ben así que por cortesía le ofrezco mostrárselas también.

Sin moverme de encima de él, me estiro hasta la mesa junto a la cama, donde Arleth ha dejado comida saludable. O sea que sabe más horrible que de costumbre y sosteniéndola con una mano, uso la otra cuchara para empezar a soplar suavecito y enfriarla. En realidad está fría pero si no lo hago así no sería una buena esposa. - ¿Como te sientes? Nadie nos dice nada de ti. Echo solo funfurruña diciendo que no es asunto nuestro y que ya podremos verte - Durante un segundo imito su gruñona voz. - Y tu nuevo amigo me cae bien - Y justo en el momento en el que va a abrir la boca para hablar y/o respirar, le ensarto la cuchara en el gaznate.
Eowyn J. Redford
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Intento responderle aunque sea con un asentimiento de a cabeza, pero entonces el movimiento brusco de su cuerpo ante la emoción me deja sin aire dos segundos y no puedo responder, aunque sí quejarme con un gruñido y un intento de respirar bastante exagerado. Entre todo su palabrerío, no puedo entender bien a que viene todo eso, hasta que amaga a enseñarme las tetas y me apresuro a tomarle las manos con fuerza para evitarle que se suba la remera – quizá a la gente no le gusta que les vayan mostrando las tetas porque sí – refuto, utilizando un tono significativo para que entienda que yo tampoco quiero vérselas. Bueno, en realidad creo que alguna vez me gustaría verlas, pero seguro eso se debe  a que cualquier teta para mí ahora es un completo misterio hormonal. De todas formas, no es momento ni lugar y se trata de Eowyn.

Le suelto las manos para dejarla estirarse y ahora sí suelto un estornudo agudo en cuanto su pelo pasa por encima de mi cara, por lo que muevo mi nariz como las ardillas hasta que noto lo que está haciendo. Alcanzo a apoyarme en mis codos para enderezarme un poco y evitar algún enchastre, cuando el modo en el cual me mete la cuchara hace que cierre los ojos con fuerza e intente no ahogarme. Toso, notando como al tragar todavía me queda algo de sopa en los labios, y me limpio con el dorso de la mano - ¿Hablas de Seth? – pregunto – No es mi “nuevo” amigo. Era mi mejor amigo desde antes – hago un gesto con la mano para darle a entender que hablo de hace mucho tiempo y clavo los ojos en la cuchara, con temor de que me vuelva a atragantar – Y yo… bueno, yo estoy bien – quizá mi vida será una mierda a partir de ahora, quizá mi papá y Amy no están, pero yo sé que volverán si yo pude hacerlo. Podría estar mucho peor. Al menos, Jamie no está cerca y confío en que tampoco está cerca de ellos – Me alegra que hayas venido. Es un poco aburrido ver siempre las mismas caras – con cuidado, consigo recargar mi espalda contra la cabecera de la cama, lo que me permite mirarla mejor. Creo que ha crecido, o está más alta, o es cosa de su pelo, o solo soy yo - ¿Has visto a Sophia? – pregunto finalmente, sin poder contenerme – he preguntado por ella, pero… nada.
Benedict D. Franco
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Eowyn J. Redford
Dejo mis manos a medio de levantarme la camisa porque asumo su silencio como que sí me quiere ver las peras, quedándome decepcionada cuando me frene encontrando a medias sentido en lo que dice y a medias como estupidez. ¿Por qué no van a querer vérmelas? Están enormes ahora que he madurado un poquito. Aprovecho que ya tenía las manos levantadas para tocármelas, acabando por encogerme de hombros.

Debo admitir que me asusto un poco cuando se atraganta, echándome hacia atrás y acabando por caer en el hueco entre sus piernas ligeramente abiertas. Estoy a nada de irme hacia atrás y echarme la sopa encima, pero por suerte me equilibro bastante bien en el último momento y solo se me queda el corazón acelerado a mil por hora mientras me recupero del sustito. - Bueno, para mi es nuevo. No te lo había visto. Es muy lindo. También le da verguencita verme en bolas en casa. - Tomo otra cucharada del potingue ese para malitos (o sea, caldito de pollo sin pollo porque no tenemos pollo, por lo cual en realidad solo es una sopa que finge saber a pollo) y esta vez, no se la meto en la garganta sino que se la doy despacito aprovechando cada rato que para de hablar. - Ese bien no ha sonado a bien. ¿Estás seguro? ¿te duele algo? - Me tomo muy requete en serio mi tarea de cuidarle porque así a lo mejor me dejan venir a verlo más a menudo.

Sonrío ligeramente cuando me dice que se alegra de que haya venido y señalo hacia la puerta. - Es casualidad. Iba pasando por aquí y Arleth ha tenido que ir a hacer algo. Le prometí que te mantendría calmadito, feliz y cómodo. Tres cosas que se me dan de vicio - Suelto una risita que suena del todo pervertida y sugerente, asintiendo casi de inmediato, antes de responder, a la pregunta de Sophia. - Vivo con ella. Su padre se fue a buscarte y nunca volvió. Elioh y la pelirroja tampoco - Me muerdo el labio dudando si era la mejor manera de decírselo, pero luego me doy cuenta por su expresión que al menos, 2 de esas tres noticias, ya las conocía. - Echo la acogió en casa para que no se sienta solita. Está súper preocupada por ti pero a ella tampoco le dicen nada. Al menos se entretiene con Seth. Echo le dijo que la mataba si lo perdía. - Y cualquiera diría que me refiero a perder algún reloj o algo así.
Eowyn J. Redford
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
¿Por qué no me sorprende que diga que anda en bolas en su casa? Por un segundo, me encantaría ser mosca y tener la posibilidad de ver las reacciones de Seth al verla andar sin ropa, porque si no lo conociera mejor, diría que no le debe sacar los ojos de encima en un mal intento de disimularlo. Trato de sorber la sopa con cuidado cada vez que me acerca la cuchara, y me las arreglo para negar con la cabeza; no me duele nada, ya no, pero tampoco se lo diría de ser así porque sé que se pondría insoportable. Eowyn siempre ha tenido la manía de reaccionar con exageración, sea para bien o para mal.

Por un momento, mientras me relamo la sopa de la boca, no le creo en lo absoluto que haya sido casualidad que viniese, porque conozco su lado cotilla; pero nada de eso me importa en cuanto me da una respuesta, haciendo que me dé un salto al corazón en cuanto me habla del padre de Sophia, perdiéndose junto a los demás. Suspiro. ¿Por qué siempre tengo la bendita culpa de todo? Papá, Amy, el padre de mi mejor amiga… solo por hacer algo, le quito con cuidado el plato de sopa y me lo acerco, apoyándolo apenas en mí para revolver con la cuchara. Al final, pasan unos minutos y unos sorbos antes de que me digne a volver a hablar – No tengo más hambre – acabo anunciando. No sé si es porque de por sí no estaba hambriento o si se me acaba de cerrar el estómago. Me estiro para dejar el plato sobre la mesa de luz y tironeo de las sábanas hasta taparme un poco más, cosa que se me complica al tenerla sentada ahora, sobre mis piernas.

- Así que… - carraspeo, tratando de aclararme la garganta, en un intento de continuar la conversación por algún sitio incómodo – Veo que ya te vistes – acabo bromeando, ladeando mi boca en una sonrisa forzada. Intento hundirme un poco en la cama para semi recostarme y doy golpecitos sobre mi pecho, rozando con los dedos la manta a un ritmo al azar - ¿Crees que Seth pueda venir a vivir conmigo en cuanto salga de aquí? No quiero que Sophia y tú lo vuelvan loco con cosas de niñas.
Benedict D. Franco
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Eowyn J. Redford
Suelto una queja cuando me quita el plato y me quedo mirándole con decepción mientras acaba de beber lo poco que le cabe en el estómago luego de lo que le he dicho. Me muerdo el labio disimuladamente, o sea que me centro más en morderme las paredes de las mejillas que nada y bajo la vista hacia su estómago y ropa y cualquier otra cosa que no sea su cara para no sentirme mal por no haber tenido más tacto. - No te pongas triste. Todos estábamos preocupados por ti y ellos fueron los únicos que tuvieron las pelotas de llevarle a Echo la contraria. No estaba muy de acuerdo, creía que era peligroso y supongo que tenía razón. Pero tenían que hacerlo. - No estoy segura de que eso le haga sentir mejor pero al menos, saberlo, debería hacerle sentir menos culpable y más querido ¿no?

Cuando empieza a tirar de la manta me tira también de la que tengo debajo así que me levanto y pongo los pies fuera de la cama, dejándole espacio para que se acomode. Luego, como si hubiera sido una invitación suya, me meto a su cama junto a él y me acuesto apoyando mi cabeza contra su pecho apenas inclinando un poco mi mentón lo justo para poder ver su cara al hablarle. - Porque hace frío y porque Echo me obliga - Exclamo a lo de vestirme, tirando de la horrenda camisa que llevo encima tres tallas por arriba de la mía. - Aprendí a coser ropa, hay modelitos que me quedaron muy lindos. - Pero usarlos me hace sentir un poco culpable, especialmente por Sophia que también lleva ropa fea. No quiero ser la única que vaya bonita por ahí pero según ella, mis modelitos son demasiado atrevidos para su cuerpo. Lo que básicamente significa que no le gustan. - Depende. Echo es el que decide quien vive donde y con quien. Arleth no tiene espacio aquí y alguien tenía que vigilarlo. No creen que sea de fiar. De hecho, creen que será un problema con eso de ser el hijo de la ministra. - Me separo apoyando uno de los codos en el colchón, semi boca abajo, y el otro brazo con menos peso sobre su pecho. - Pero no le digas nada a nadie. Lo escuché a escondidas. Nadie me dijo nada sobre ti o sobre lo que pasó y tuve que buscarme la vida - Me exculpo de inmediato.
Eowyn J. Redford
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Si esperaba hacerme sentir mejor con ese detalle, solamente hace que aumente mi culpabilidad; tendrían que haber escuchado a Echo, aunque el solo imaginarme la situación me hace pensar que tanto papá como Amelie, y probablemente el señor Dawson, fueron demasiado testarudos como para quedarse quietos solo porque él lo decía. En especial Amelie y su manía por romper las reglas – No, no tenían que hacerlo – acabo refutando, aunque en cierto grado, sí me siento querido. Pero eso no se lo voy a decir a ella.

Para cuando apoyo la cabeza en la almohada, Eowyn ya se ha lanzado a meterse conmigo en la cama y tengo que levantar las manos para dejar que revuelva las sábanas hasta que se acomoda sobre mi pecho. Me es imposible no pensar en qué diría Arleth si entrase ahora mismo, o mi abuelo, o quien sea, pero todo eso se me borra de la mente cuando siento su cuerpo dándole calor al mío, demasiado cerca como para que me pueda sentir cómodo sin la necesidad de sentirme expuesto. En primer lugar, conozco a Eowyn como para saber cómo funciona su mente y, en segundo lugar, sé que no soy el mismo con el que ha hablado hace tanto tiempo. Me las arreglo para alejar disimuladamente mi pierna herida de la suya, porque si hay algo que no quiero que anden viendo, es mi herida.

- Dudo mucho de la calidad de abrigo de tus trabajos – la molesto con gracia, sin saber dónde poner mis brazos, así que termino poniendo una mano debajo de mi cabeza para poder alzarla y mirarla mejor, y la otra descansa sobre mi pecho. Toda mínima alegría se va al carajo en cuanto sigue hablando, por lo que arrugo el ceño y alzo la mirada al techo, mordisqueando mis labios antes de dejar salir lo que pienso – eso es una estupidez – murmuro – sin Seth, yo no habría llegado nunca, ni sobrevivido. Él… ¡¿acaso aquí no llegan las noticias?! ¡Su madre iba a enviarlo a prisión! ¡Su propia madre! – y puede que yo no tenga madre, pero sé muy bien que nadie decente le haría eso a su hijo – Lo conozco. Sé cómo es. Si no confían en él, tampoco confían en mí.
Benedict D. Franco
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Eowyn J. Redford
Suelto una risa de "me pilló" que suena más aguda y traviesa que las habituales, cuando menciona lo poco invernal de mi ropa. - Estoy esperando al verano. O al menos a la primavera. Todos saben que en primavera se pasa frío si quieres estar guapa - Me llevo la mano a la sien con un gesto de total autoridad, lo cual deja rematadamente claro que aunque mis palabras sean estupideces son una verdad universal.

Noto su repentino cambio de actitud en la forma en la que se tensa bajo mi cuerpo así que permanezco en la postura, ligeramente separada de él quedándome totalmente patidifusa cuando habla de lo ocurrido con Seth y que, evidentemente, no sabíamos. Yo al menos no sabía. - ¿A la cárcel? ¿Qué? - Por un momento no sé si emocionarme porque vivo con un delincuente al que probablemente le haga una visita sensual esta noche o asustarme por lo que demonios tuvo que hacer para cabrear así a su propia madre. - No- O sea sí. - Aún me cuesta reconectar las palabras para poder responder a su pregunta, que luego intuyo que probablemente era sarcástica y retórica. Aún así, acabo encontrando las palabras. - No salimos por provisiones siempre. Generalmente cada mes o dos meses y suelen tardar dos semanas en volver los que menos tardan. Todo lo que nos llega es viejo. A veces ni siquiera consiguen prensa y solo Echo puede leerlas. - Los periódicos de la última tanda tienen casi un mes y medio de antigüedad. -

La idea de que no confíen... confiemos en él me golpea como una bofetada. Me siento ligeramente ofendida así que me separo quedándome sentada en la cama y observándole fijamente, esperando que no vaya en serio. Pero su mirada me deja más que claro que es lo que piensa. - Estás empezando a decir chorradas. Claro que confían en ti. Te lo voy a disculpar porque los licántropos os ponéis como nenas con regla post luna llena - Mi voz sale de mis labios sin mucha delicadeza y con una acusación en toda regla, que es acompañada de mis propias manos cruzándose sobre mi pecho y el entrecejo fruncido. - Pero nunca vuelvas a decir algo así
Eowyn J. Redford
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Por un momento, me percato del pequeño detalle que incluye que no he dicho el motivo por el cual había sido condenado, aunque si es verdad lo que Eowyn dice, Echo debe tener una pequeña idea de lo que ha pasado. En verdad, espero que no sepan que el verdadero culpable fui yo, cuando en realidad quizá eso también ayude a aumentar la confianza en mi mejor amigo. ¿Tan egoísta puedo ser? Me siento terrible en cuanto me doy cuenta de lo que está resultando ser mi odiosa actitud. Seth dio la cara por mí, yo debería hacer lo mismo, pero admitir que he matado a alguien más me vuelve a convertir en el asesino que los juegos me hicieron y ya había dejado atrás. No quiero que acá me vean de esa forma.

Que se siente así de rápido hace que las sábanas tiren y me aferro a ellas porque no quiero pasar frío, cuando su acusación hace que, por un momento, no entienda de donde brota mi enojo. Al final, lo que digo sin pensar es lo que me delata - ¡No soy un licántropo! – como si fuese un simple arrebato de capricho, tiro la sábana para que me la deje y me tapo hasta la cabeza, girándome para darle la espalda como cuando tenía cinco años y me enojaba porque Melanie se ponía pesada. No sé bien lo que ha pasado esa noche. No sé bien si mi cuerpo está hecho para transformarse en hombre lobo o si simplemente me han curado, aunque hasta donde tengo entendido, es una maldición sin cura alguna. La simple idea de ser un monstruo es lo suficientemente jodida como para querer negarlo, así que me hago una bolita en mi propio lugar.

Estar metido debajo de las mantas tiene su punto positivo, porque así evito que ella me vea y además, me doy más calor. Intento tranquilizar mi respiración con suspiros, calmando los latidos desbocados de mi corazón, mientras me noto demasiado al borde de la cama – No puedes juzgarme, Eowyn. Si yo lo defiendo y ellos no me creen, es porque no confían en mí. Y no lo digo por ninguna estúpida mordida – mi voz suena ahogada por las sábanas encima y bastante temblorosa, pero igual sigo hablando – Tú no sabes por lo que pasamos, solo estuviste aquí cociendo falditas para mostrar el culo y… - me callo. No puedo tratarla así. Sé que lo que estoy diciendo está mal, pero las palabras salen solas sin que pueda controlarlas hasta morderme la lengua. Me toma unos segundos de silencio el calmarme, hasta bajar lentamente la sábana y dejar asomar mis ojos, echándole una mirada - … lo siento.
Benedict D. Franco
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Eowyn J. Redford
Su grito me sobresalta y por todos sus tirones de la manta me tengo que levantar. De repente le estoy dando espacio en un movimiento automático mientras miro esa bola de manta que de repente ocupa su lugar. ¿Realmente no lo sabe? ¿Realmente... realmente cree que no va a... ? Siento pena por él, tanta que cuando se mete conmigo y me llama zorra por la cara (una cosa que soy pero que no me gusta que me digan) me limito simplemente a morderme el labio tan fuerte que empiezo a sentir el sabor metálico de la sangre inundando mis papilas. Paro de hacerlo porque de todas maneras la piel está tensa por el hielo y hace más fácil que se rompa, soltando un bufido molesto cuando se disculpa. - Es igual. - Tampoco es como que se haya equivocado. Todo en el catorce estaba parado. Llegó un momento en el que nos limitábamos a levantarnos de la cama para no morir de inanición.

Todo porque se suponía que esto no iba a ninguna parte. Ahora tampoco va a ninguna parte, pero nos amenaza constantemente que Seth esté aquí, que su madre quiera recuperarlo y que tal vez nos ataque sin piedad solo por eso.

Aunque ahora que lo pienso, si iba a mandar a la cárcel a su propio hijo, tal vez solo estamos siendo paranóicos. Vuelvo a dejarme caer sobre la cama, dándole la espalda también y sentada, acabando por usarlo como apoyo cuando me echo hacia atrás, juntando mis manos sobre el abdomen y mirando el techo. - No has hablado con nadie hasta ahora así que no le has defendido. Nadie ha tenido tiempo de creerte, estaban más ocupados intentando que no te murieras. Si crees que Seth merece la pena ser defendido, defiéndelo. Y ya. Todos te creerán. Habría que ser idiota. Se ha escapado un montón de veces para venir a verte. - Me giro empezando a tirar de la mantita para ver si puedo ver su cara, hasta que finalmente, al menos, uno de sus ojos asoma. - No le digas que lo he dicho yo. Creo que es súper orgulloso - Dudo de eso, lo cierto es que no he cruzado más palabras con él que las de "Sophia está en al cocina" y "gracias, adoro como me miras". - Y ser licántropo no es tan malo. - Añado, esperando que su actitud de negación sea solo el miedo a enfrentarse a lo desconocido. - Es como tener la regla. Te jodes tres días y luego lo superas con chocolate. Te conseguiré chocolate. Lo prometo. -
Eowyn J. Redford
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
A veces, creo que Eowyn no para de sorprenderme como si se tratase de un don que tiene, como el de encontrar el modo de hablar de sus pechos en cualquier momento o lugar. No espero que me perdone pero lo hace, y tampoco espero que vuelva a mi lado pero ahí está, dándome calor como si nada e intentando encontrar una respuesta a todo lo que le estoy diciendo. Consigo irme poniendo panza arriba, hasta que siento como hace patinar la sábana y eso logra que la mire de nuevo a los ojos, dedicándole una tímida sonrisa de disculpa – Es solo… - intento explicarme, haciendo muequitas con la boca hasta que encuentro las palabras correctas - ¿de verdad se piensan que soy tan idiota como para creer que traería a alguien que es una amenaza? Jamie no nos ha encontrado hasta ahora y no va a hacerlo por nosotros…

El pequeño recuerdo de esa tortura me golpea de sopetón y arrugo el entrecejo, encogiéndome en mi lugar. Debería decírselo a Arleth, a Echo o al abuelo, pero sé que en cuanto se los diga, toda burbuja va a romperse y no será precisamente por la culpa del hijo de la ministra. En cierto modo, o no, es una suerte que ella cambie de tema  y lo lance sobre ese asunto del cual últimamente, estoy evitando hablar. De todas formas, no me contengo  - “¿No es tan malo?” – repito con sarcasmo, arqueando mis cejas mientras me giro. Consigo ponerme de costado y meto una mano bajo mi almohada, logrando enfrentarla cara a cara – Eowyn, tú no tienes posibilidades de asesinar a alguien cuando tienes la regla. Al menos, no literal – intento burlarme, pero eso no afloja la tensión – Es que yo… bueno, yo no…. – me siento tonto y cargado de vergüenza, pero por alguna razón, ella es la única a la que le puedo decir. Seth ya tiene demasiados problemas, con Sophia no hablo todavía y Eowyn parece ser la única que no encaja del todo en este lugar. Me muerdo el labio inferior y bajo la mirada, jugueteando con dos dedos sobre la tela de la cama que se encuentra entre nosotros – no quiero ser diferente.
Benedict D. Franco
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Eowyn J. Redford
Le encuentro tan lindo cuando sonríe que me acuerdo porqué me gusta tanto. Básicamente hecho todo mi peso sobre su costado aunque en una postura un tanto torcida, usando mis manos como apoyo contra su brazo al mismo tiempo que sostiene mi cabeza. - Nadie cree que seas idiota por traerlo. Lo que Echo dice es que su madre le va a buscar y eso puede traernos problemas. Le mantiene vigilado porque... en fin, a todos los tenemos vigilados al principio. - De repente me doy cuenta de que él se fue antes de la llegada de todos los nuevos y suelto una especie de siseo que deja claro que he metido la pata hasta el fondo. - Creeoooo que hay algo que tengo que decirte antes. - Y por un momento me hace gracia pensar que he sonado como si estuviera a puntito de decirle que me quedé embarazada. - Cuando te fuiste llegaron más personas. Al principio Echo y el consejo pensaron que eran espías. Ya sabes. Pero todos huían. Casi todos fueron encontrados por los recolectores lejos y les metimos a la cárcel. La gente que se adaptaba se quedo y la que no, se fue. - Intento resumirlo todo lo que puedo pero sé que me estoy comiendo la mitad y probablemente tenga dudas cuando termine. - Seth podría haber acabado en ese sótano-prisión si no fuera porque... hay una persona... a la que no podemos dejar marchar. Y probablemente, no podemos dejar que él vea. No sé, no le conozco, pero es... Stephanie... ya sabes -

Hay algo que Echo prohibió expresamente y es decir en voz alta su apellido. Se supone que estamos bastante lejos del territorio de Neopanem pero cualquier precaución es poca. Antes de que diga cualquier nombre, me tiro sobre él y le tapo la boca soltando un "shh" exagerado. - No digas su apellido. Está prohibido - Y por un momento mi voz adquiere un ligero pánico. Hay pocas cosas con las que Echo es tajante y esa es una de ellas. Si nos oye, si me oye... no quiero ni pensarlo.

Me relamo los labios al escuchar su intento de chiste y me río por compasión. En lo que a mi respecta podría matar a cualquiera durante mi regla. Literalmente. Hasta Sophia se pone de mal humor y mira que ella es adorable el 99% del tiempo (el 1% del tiempo son esos tres días al mes en el que nuestro útero nos apuñala por gusto). - Ser diferente no es malo. Eres un tonto. Todos somos diferentes, si fuéramos todos iguales no seríamos personas. - Esta vez vuelvo a acostarme en la cama, apoyando mi frente contra su espalda y abrazándolo mientras le doy palmaditas en el pecho a modo de consentimiento. - Y seguirás siendo tu. Vennet y Sebatian hacen mapas casi todos los días. Había marcado un perímetro para que Billy se alejara durante las lunas llenas y nunca hiriera a nadie. Creo que vosotros lo habéis atraído. El resto de veces hemos estado bien y estaremos bien cuando seáis dos. No te fustigues. - Asomo mi cabeza por encima de la suya con una ligera sonrisa traviesa. - ¿Quieres que te consuele con besitos?
Eowyn J. Redford
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Me gustaría encontrar el modo de agradecerle el tiempo que está gastando en mí luego de haberla básicamente insultado, pero todo pensamiento relacionado a ese pequeño de debilidad se va al carajo en cuanto ella empieza a hablar de personas nuevas en el catorce, de las cuales no tengo idea alguna  - ¿Qué? – suelto, casi sin pensar. ¿Gente nueva? ¿Por qué no los he visto? Balbuceo algo incomprensible, hasta que casi salto en mi lugar - ¡¿Me estás diciendo que tienen a B…?! – no puedo terminar de exclamar mi indignación en un tono agudo y elevado porque ella ya se ha lanzado sobre mí para cubrirme la boca, por lo que siento mi aliento y mis palabras golpeando contra su palma. Mis ojos escandalizados, de todas formas, se mantienen fijos en los suyos, mientras intento tironear de su mano hasta que por fin logro quitarla - ¿Por qué demonios la tienen aquí? – le espeto, apenas notando que estoy hablando en susurros - ¿Cómo pueden tenerla aquí con todos nosotros? Ella… ¡su familia mató a varios de los nuestros! – especialmente a mis hermanos. ¿Cómo papá permitió esto? ¿Y mi abuelo? Bufo por lo bajo, porque sé que discutirlo con ella no tiene sentido. Sé que de seguro fue solo un error que ella me lo dijese, pero en cuanto tenga oportunidad no voy a dejarlo pasar.

Y ahí viene, un consuelo que no pedí, que no merezco pero que no puedo rechazar. No sé bien de quienes está hablando pero solo me encojo de hombros, suponiendo que son de esas personas que llegaron en mi ausencia. Lo siguiente es tan de ella que me giro para mirarla, sonriendo de lado con gracia – Nunca vas a cambiar, ¿no? – pregunto, esquivando el tema, aunque me es inevitable no mirarle los labios antes de regresar a sus ojos. Todavía me acuerdo que cuando nos conocimos lo primero que hizo fue intentar besarme, y parece que es lo único que sigue igual en el catorce.

- Te propongo otra cosa… - para acomodarme mejor junto a ella, tiro de las mantas para taparla mejor, haciendo que ambos quedemos cubiertos hasta el mentón – Pasaremos el tiempo juntos de una forma un poquito más productiva. ¿No te parece bien ponerme al tanto de lo que estuvo pasando en mi ausencia? – le hago cejitas, alzando y bajando rápidamente las mías, mientras termino de acomodar la manta sobre ella – tú siempre pareces estar enterada de todo, Eow – le invento un apodo que no creo que exista, pero no importa, antes de alzar mis ojos a los suyos -  ¿Me harías ese favor? ¿Si?
Benedict D. Franco
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Eowyn J. Redford
Sabía que se iba a poner como loco con lo de la Black peeero, aunque el consejo sea el consejo Echo da más miedo que ninguno y la mayoría de las veces que hace normas que a nadie le parece bien las aceptan sin chistar porque... bueno, nadie quiere cabrearlo. Además todos sabemos que él defiende a los Black a muerte, no solo hablando de Stephanie, sino también del pequeño Kendrick con quien ahora hace labores de padre. Me río y niego cuando me pregunta si algún día voy a cambiar y no lo haré, porque mi personalidad es una de las pocas cosas que mis padres pudieron legarme antes de morir. No voy a fallarles ahora. - Lo de productivo me gusta - Me imagino un montón de cosas para adultos que siempre quise hacerle, pareciendo algo decepcionado cuando su idea de productividad indica que le ponga al día. Resoplo ligeramente, pero se me pasa la molestia cuando se pone tan lindo que me abriga a mi también así que me acomodo contra su pecho y empiezo con toda la historia.

Lo primero que le cuento es lo del bebé de Echo, que en realidad es de Coco que ahora está muerta. Y poco a poco con todo lujo de detalles voy poniéndolo al día de las cosas que se perdió, añadiendo de vez en cuando historias sobre mis pechos porque si no, no sería yo.
Eowyn J. Redford
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