The Mighty Fall
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VERANO de 247221 de Junio — 20 de Septiembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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We aren't the master of our destiny | Grupal
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5 participantes
Seth K. Niniadis
Fugitivo
A estas alturas ya no recuerdo que se acabó primero, si mi paciencia, el camino asfaltado o la gasolina. Llega un momento en el que todo es niebla, nieve, oscuridad y frío. No recuerdo que la vida de fugitivo fuera tan dura; probablemente porque ni siquiera una sola vez en mi vida, había tenido que alejarme tanto del sitio en el que me tenían a salvo. Jared me entrenaba todos los días para luchar, no para huir. Creo que jamás en mi vida he echado de menos tanto una época como esa. Las pocas veces que paramos porque ya no puedo más y porque hace frío y porque estoy mugriento (cosa que me fastidia más de lo que estoy dispuesto a admitir) estoy tan cansado que ni siquiera puedo dormir. Es un duerme vela donde recuerdos se cuelan en mi cabeza a gran velocidad y no me dejan descansar.

Los días se pasan uno tras otro y al principio, todo parece una aventura, de esas que consisten en viajes a otra ciudad, sitios nuevos y amigos; pero eventualmente empieza a ser una pesadilla. Hemos dejado atrás la última de las ciudades hace dos semanas y la comida ha empezado a escasear. Ya ni siquiera soy capaz de contar las veces que me he rendido y Ben ha ido arrastrando conmigo a pesar de que le dije, dramáticamente he de añadir, que me dejara morir ahí. A estas alturas no sé porque sigue insistiendo, hasta yo me habría cansado de mi. Hasta yo me he cansado de mi. Intentando distraerme hemos tenido conversaciones de todo tipo, aunque vienen desde nuestro viaje en coche. ¿Quién era la chica? ¿Por qué te odia? ¿Pero cuantas novias tuviste? y por un momento estoy entre orgulloso por la conversación y molesto por su tono. Orgulloso porque yo sé que él solo ha tenido dos y una no cuenta como "novia" lo cual, obviamente, me hace más experto en chicas que él (que no). Y molesto porque lo hace parecer como si 8 fueran muchas. - Además hoy en día llaman novia  a cualquiera. Me enrollé con Cassie en el 11 por aburrimiento y al día siguiente estaba buscando nombres para nuestros hijos. Las que están locas, son las peores. - Y la pérdida del ritmo de la conversación y mis pasos se va notando en cuanto más escuetas son mis respuestas, hasta que literalmente, por más que lo intente, solo suelto monosílabos o gruñidos al tiempo que arrastro mis pies dejando un rastro de líneas, en vez de huellas.

Hoy hay una ventisca que amenaza con empeorar y sepultarnos entre la nieve. Cada paso requiere de un esfuerzo sobrehumano, especialmente en las zonas donde la nieve es más profunda. En determinado punto, caigo al suelo redondo en medio de ninguna parte soltando una queja cuando la fría nieve empapa mi ropa por completo, cosa de la que me arrepentiré en breve. Ben lleva horas con la mochila a cuesta que de todas maneras pesa como una pluma y una manta alrededor; yo llevo otra pero se ha desacomodado con la caída y de todas maneras, con el frío que hace, apenas sirve de nada. Suelto una queja por lo bajo y me pongo boca-arriba jadeando. Me duelen los pies tanto que dar cada paso es como clavar una aguja en cada centímetro del pie y luego en el otro, turnándolos hasta que resulta insufrible de soportar. Aún no ha anochecido del todo, el bosque está casi oscuro pero algunas rejillas endebles de luz se cuelan entre la espesura de los árboles. - ¿Te has perdido? O sea, si te has perdido es momento de decirlo ¿de acuerdo? No voy a enfadarme - Y mi tono suena con tanta calma que resulta totalmente inverosímil la última frase, y en vez de eso da la impresión de que como tenga un arranque de honestidad y diga que sí que está perdido, le salto al cuello y le ahorco. Al menos es la impresión que daría si en ese momento no le hubiera tendido mi mano, para que me arrastrara un rato.  Sí, arrastrara. Como ya dije yo le decía hace una semana que me dejara morir allí; pero él encontró la solución a nuestro problema e incluía NO dejarme en ninguna parte. - ¿No podemos parar? ni siquiera ves por donde vas. -
Seth K. Niniadis
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
No sé por qué en algún momento creí que viajar con Seth sería buena idea. Sí, quizá es mejor de a dos cuando se trata de sobrevivir y no morirte de aburrimiento al momento de basar tus días es caminar y esconderte, pero creo que no he escuchado a nadie quejarse tanto desde esa vez que… bueno, la verdad no lo sé, porque creo que la única persona que recuerdo escuchar viviendo a quejas desde hace meses es a Seth. Quizá su mayor capricho antes que todo este circo fue esa vez que se había comprado no sé qué mierda mágica que no le funcionaba y la terminó tirando por el retrete, pero eso es otra cuestión. Si ahora no nos apresuramos, lo más probable es que yo termine en la horca, él preso o peor y la verdad, no se me apetece averiguarlo.

El frío hace que me calen hasta los huesos y casi puedo sentir los mocos salirse por mi nariz como agua, esa que sospecho que en cualquier momento también se va a congelar, mientras intento amarrarme a la manta como me es posible mientras el viento me sopla el cabello hasta el punto que no veo nada. La verdad es que creo que si no nos morimos de hipotermia, estamos bastante cerca, aunque no lo voy a decir para que el otro no se ponga en llorón. Intento quitarme el pelo de los ojos, buscando de alguna manera reconocer los árboles, mientras giro en mi sitio sobre la nueve hasta que oigo a Seth - ¿es en serio? – mi voz tiene una mezcla de incredulidad  y fastidio en la voz al verlo ahí tendido; es la misma clase de energía asesina que me impulsa a querer patearlo cada vez que hace eso – Seth, si paramos vamos a congelarnos – camino hasta él y lo tomo con ambas manos de la suya, empezando a arrastrarlo. En otros terrenos quizá no es tan complicado, pero movernos por el bosque lleno de nieve, a estas horas, creo que mis brazos ya débiles no sirven de mucho. Después de varios tirones, admito que solo he podido arrastrarlo un metro y acabo soltándolo con frustración, entre suspiros mientras me dejo ir hacia atrás y me espalda se recarga sobre un tronco, mientras recupero el aliento.

- Necesito llegar… - insisto, por centésima vez desde que nos fuimos. No sé hace cuantos días nos marchamos, pero lo que sí aseguro, es que ya deben estar buscándonos. Me quito algunos pelos de la cara para verlo mejor y luego, regreso a mirar a nuestro alrededor, tratando de reconocer los árboles que nos rodean una vez más. Si no estamos caminando en círculos, es algo parecido, porque todo el puto bosque se ve igual – Ugh – acabo quejándome, mientras lanzo la mochila al suelo con bronca y me dejo caer, sentándome de una vez con las piernas estiradas – esto es inútil. Si avanzamos, nos perderemos más. Si nos quedamos a pasar la noche, mañana vamos a amanecer tapados de nieve – analizo, llevándome las manos a la boca para echarles algo de aliento caliente - ¿crees que podamos encontrar alguna cueva?
Benedict D. Franco
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
En realidad ni siquiera me importaría si nos congeláramos, no es una muerte tan horrible. He leído mucho al respecto y dice que es como morir dormido. ¿Qué porqué he leído cosas de muertos? bueno, cuando no hay otra cosa en la tele que programas donde explican que famoso sale con qué famoso, quien se acostó con quien mientras estaba con otro, cuales de las hijas de los ministros quieren ocupar el lugar de alice... bueno, digamos que te entran unas enormes ganas de estudiar que palias leyendo mierdas en las revistas científicas y en mil maneras de morir. Recordar a Alice de esa forma tan fugaz me hace soltar un suspiro, pero su cara sale de mi cerebro con la misma rapidez con la que entra cuando la voz de Ben me traspasa los oídos.  - Si, estará cerca de la comida que no vemos y del puente que se suponía debíamos ver hace una hora - Le suelto con sarcasmo cuando habla de la cueva, levantándome del suelo primero apoyandome en los codos para verle con una ceja alzada y luego sentándome del todo cuando le veo a él rendirse.

A pesar de todo lo que hemos pasado las últimas semanas, no le había visto rendirse ni una sola vez. Me muerdo el labio con muchísima fuerza y aún así apenas lo siento, bajando la vista al suelo para desviar la atención hacia otra cosa que no sea Ben y lo exasperantemente responsable que está siendo últimamente. - Podríamos improvisar algo. He traído una tienda de campaña que probablemente no aguante el viento, pero podemos ponerla para que corte un poco el frío y hacernos en ese árbol - Ni siquiera me molesto en levantarme del suelo, porque estoy muy cansado, avanzando a rastras hasta quedarme delante de él ligeramente de rodillas, tirando de la mochila y dándole sacudidas hasta que se escapa (o sea él se la quita a medias también) de entre sus brazos. Asomo mi cabeza por el borde y muevo la mueca de un lado a otro. Uno de los motivos por los que no he sacado nada de la mochila desde hace días, es porque se desordenaron cosas en el interior y ahora no sé donde hay nada: para sacar algo necesito usar magia y no quiero usar magia. Se acabo la magia.

No lo digo en voz alta pero suelto un bufido, tirando todo el aire contra mi flequillo de forma brusca, pero que de alguna forma me reconforta con calor una décima de segundo. Dejo caer mis manos sobre la mochila y la aplasto ligeramente. Algo suena en su interior, otra cosa cayéndose. - Tal vez el hechizo de extensión no fuera tan buena idea. Parecía una buena idea cuando no había nada. - Refunfuño, evidentemente como queja, pero cortándome con el tono a la mitad al ver la mirada exasperada de Ben, la que lanza cada que me quejo. -
Seth K. Niniadis
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Conozco muy bien lo que es improvisar algo para Seth. Me cruzo de brazos sobre mi pecho en un intento de mantener el calor mientras lo veo tratar de encontrar algo dentro de esa mochila, sin usar la magia por las dudas de que nos localicen, y desde que empieza doy por sentado que es un caso perdido. No se ve nada, menos en estas circunstancias, así que lo único que puedo hacer para demostrar mi desconformidad es rodar los ojos y mostrarme fastidioso solo para enojarlo a él. Últimamente no sé el motivo, pero me encanta hacerlo enojar, posiblemente porque es el mejor pasatiempo que tengo además de caminar y tratar de encontrar la ruta al catorce.

- Tus buenas ideas siempre terminan siendo malas ideas – acabo diciéndole. Le quito la mochila de un tirón mientras intento despegarme un poco del tronco, notando la mitad de mi cuerpo helado y húmedo por el contacto con la nieve. Si no salgo enfermo de este lugar (si sobrevivo), voy a tener que darle un premio a mi sistema inmunológico –Si hubiéramos traído una mochila normal… - sí, nos pesaría, pero al menos encontraríamos la mitad de las cosas. Siento como el contenido de la mochila se mueve en el interior cuando la dejo contra el tronco, y entonces, empiezo a acomodar las mantas que llevamos encima – No nos va a quedar otra que crearnos abrigo con esto. Se supone que el calor corporal sirve mejor que una manta, incluso. Ven aquí…

Ya ni me acuerdo de donde saqué la mitad de mis datos de supervivencia, aunque sospecho que me han quedado en alguna parte de la memoria tras el entrenamiento para ser participante en los juegos, hace mucho tiempo. No sé por que, pero hablar o pensar de esos tiempos me hace creer que estoy hablando de la vida de alguien más. Todo ocurrió hace tanto, que me cuesta reconocer al niño que era en ese entonces.

Intento dejar de pensar en ello y acomodo una de las sábanas contra el suelo, tratando de usar las pocas hojas que se ven, para crear un pequeño colchón que nos resguarde debajo del árbol y que nos aleje del contacto con el suelo. Intento acomodarme en uno de los costados, recostándome cerca de las raíces, mientras le tiro de su manta para que se acomode y nos cubra – Solo voy a pedirte que no babees… Mañana ya podremos seguir en cuanto amanezca. Te prometo que no falta tanto.
Benedict D. Franco
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Me quedo quieto en el suelo con las piernas cruzadas, subiendo y bajando las rodillas constantemente como si siguieran un ritmo para intentar mantener el calor, pero fracasando estrepitosamente. Encima mover mis músculos ahora mismo me resulta toda una pesadilla. Pongo mi vista sobre él mientras se pone en marcha, acomoda hojas por alguna parte, separa la nieve por otra, usa la manta como cama y suelto un suspiro. Había una época en al que Jared me enseñaba todas esas cosas, de hecho es precisamente una de las cosas que Ben y yo tenemos en común, salvo por la diferencia de que él tuvo que aprenderlas para poder salir vivo de una arena que se cargó al 90% de los participantes, yo, por si alguna vez me harían falta. Jared no consiguió si quiera que aprendiera a montar una tienda de campaña sin usar la magia.

Hago una ligera mueca como reproche cuando dice que todas mis ideas son malas. - No todas - Refunfuño a modo de queja mega indignado, con la voz ligeramente más aguda e infantil y obviamente refiriéndome al casi rotundo éxito que hemos tenido en esta fuga, que también fue una de mis grandes ideas. Si no fuera porque no encontramos el catorce, casi la declararía como la más épica de todas mis buenas ideas. Teníamos comida y gasolina y coches y motos y hasta el hoverboard, que no hemos podido usar en el bosque solamente por los árboles, demasiado juntos para esquivarlos a tiempo a la velocidad a la que van y porque me da miedo que esa magia la rastreen también. Pero el viaje se alargó más de lo que teníamos previsto y ahora vamos justo de todo, comida, energía e incluso agua y abrigo.

Al oírle hablar del calor corporal suelto una risa, porque de repente nos he imaginado quitándonos la ropa, como en esa película donde aquel chico protegió a su novia de una hipotermia desvistiéndola. Cosa que no vi lógica. - Tú lo que quieres es tenerme cerquita para volver a besarme. - Bromeo, recordando inoportunamente su primera noche en mi casa además de la película. ¿Recordará la última? La vimos juntos. Casi juntos. Creo que acabó dormido. Aún así, gateo hasta donde está, tirando de la manta para acomodarla sobre ambos, asegurándome de cubrirme yo al mismo tiempo que me aseguro de que ninguna parte de mi cuerpo queda fuera de la que hay debajo, empezando a soltar un par de quejas cuando soy yo quien por accidente le pisa una mano o le da un codazo (o al revés) al reacomodarme. Finalmente me quedo tirado de medio lado de frente a Ben, usando la mochila como almohada. - Yo no babeo. - Me indigno - Y quiero que quede claro que dijiste que faltaba poco hace como un año. - Si hubiera exagerado de una forma un poco más realista, hasta habría colado.
Seth K. Niniadis
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Nuestra cama está armada en pocos minutos, pero cuando tengo oportunidad de contemplarla, asumo que es una porquería y no puedo dejar de pensar en lo mucho que extraño mi cama en el distrito cuatro, junto al mar, donde nunca hace tanto frío como hoy. De todos modos no tenemos otra opción, así que le dejo espacio y lo veo acomodarse, entre sus quejidos y mis quejidos cuando en alguna que otra ocasión me ha clavado un codo o un pie; apuesto todo lo que tengo a que, desde afuera, estamos dando un espectáculo bastante patético.

Lo primero que dice habría pasado desapercibido, como otra de sus malas burlas, hasta me percato de un detalle - ¿Volver? – pregunto, frunciendo un poco el entrecejo mientras intento colocarme mejor y usar uno de mis brazos como almohada. Me pongo de costado, observándolo en la poca luz que nos regala la luna llena, esa que apenas se ve entre los árboles  y el clima - ¿De qué carajo estás hablando?

Una nueva ráfaga de viento me interrumpe, logrando que me haga bolita en mi propio lugar. Me tapo hasta la frente, sabiendo que mi pelo queda casi al descubierto del otro lado y que algunos de los mechones se andan sacudiendo, pero aùn así, consigo algo de calor. Cierro los ojos, dispuesto a dejar descansar a mi agotado cuerpo, cuando su burla hace que le dé un golpe suave en el estómago – cállate y duérmete, Seth – me quejo, buscando conciliar el sueño.
Benedict D. Franco
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Al principio creo que está tomándome el pelo, así que acerco mi rostro al suyo escrutando su expresión a ver si encuentro algo que me deje claro que está a punto de estallar en carcajadas. Alzo una ceja y luego sacudo la cabeza. Supongo que al final, no estaba del todo en caminado con mi teoría acerca de lo que pasó esa noche. - Así que lo has olvidado - Subo un poco la manta hasta que cubre la mitad de mi cara, de forma que mi respiración sirve también como calefactor. - No estaba seguro. Era en plan, no sé si estamos fingiendo que no pasó o si de verdad no lo recuerda, pero no podía preguntarte por si acaso era lo primero y rompía nuestra regla tácita de no hablar sobre eso. - Ahora que me escucho en voz alta, me parece una gilipollez. ¿Por qué no íbamos a hablar de algo así? Le vi desnudo. Me vio desnudo. A estas alturas creo que ya cruzamos más líneas de las que deberíamos. - Fue la noche en la que llegaste del mercado. Luego te desmayaste. - Acabo explicando.

Suelto una queja cuando empieza a moverse y me patea, aunque suavito, alzando la manta para mirar por debajo a ver que demonios hace y no volviendo a bajarla sobre ambos hasta que se está quieto. Bufo cuando me golpea el estómago y hago una mueca. - Vale mami - Exclamo con sarcasmo, cosa que provoca que inconscientemente la mente de mi madre se me plante en la cabeza. Suelto un suspiro y hago más preguntas internas de las que debería para haberme hecho a la idea de renunciar a ella. Finalmente giro mi cabeza hasta que casi queda escondida contra la mochila y cierro los ojos con fuerza, intentando recordarme a mi mismo que no es mi culpa que ella se haya vuelto loca, ni tampoco que no sea la persona que me hicieron pensar que era. - ¿Crees que le importará si quiera que me haya ido? - Acabo preguntando en voz alta antes de impedirlo y sintiéndome estúpido al momento. - No importa. Da igual. Tuvo tres hijos y los dejó tirados a todos ¿por qué iba a ser distinto conmigo? - Y a pesar de que mi voz adquiere un tono de que completo desinterés, sí que me importa.
Seth K. Niniadis
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Por un momento, no entiendo bien de lo que está hablando hasta que empieza a tomar forma. ¿Qué yo hice que cosa? Tengo que bajar un poco la manta para asomar mis ojos y poder volver a mirarlo, ésta vez con una mezcla de enojo y confusión en el rostro. No sé bien de donde sale la parte del enojo, pero de repente me siento completamente idiota. Una parte de mí se relame, sintiendo mis labios como si fuesen diferentes, como si de esa manera pudiese recordar al menos una pizca de lo que pasó esa noche. ¿Es verdad? ¿Por qué mentiría con algo así? La otra parte de mí deja salir mi reacción interna, esa que le empuja con brusquedad y de forma torpe para que se aleje, a pesar de que no quiero que lo haga porque me voy a cagar más de frío – No es verdad. No es verdad si yo no lo recuerdo... no digas estupideces..... – idiota.

Que me compare con su madre me da igual a estas alturas, porque creo que si yo tuviera que decirle que suena como un ogro, también la pondría de ejemplo. Mis intentos de acurrucarme se ponen cada vez más infantiles hasta que su voz hace que suelte un “¿mmm?” que da a entender que estoy despierto, aunque la mitad de mi cerebro está vagando en algún punto más allá de las ganas de dormir -  Tienes que dejar de pensar en ella, Seth – farbullo, con la voz ahogada por las mantas – ella no gasta ni un cuarto del tiempo pensando en ti como lo haces tú. Tu madre es una mierda… ¿y qué? Mi padre es alcohólico y ya lo he asumido hace mucho tiempo. Es cuestión de dejar de pensar – porque si no, te acabas volviendo loco.
Benedict D. Franco
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Está tan callado que pienso que aquello le dio lo mismo así que me encojo de hombros dispuesto a dejar el tema hasta que mis ojos captan ese pequeño gesto, la forma en la que humedece sus labios en lo que por un instante me parece una eternidad. ¿Se acuerda entonces? Entorno mis ojos alzando mi vista hacia sus ojos en una expresión de total confusión soltando un bufido al oírle llamarme mentiroso por toda la cara y, como si ya no fuera suficientemente frustrante que no lo recuerde, me empuja. Decepcionado, admito internamente lo idiota que puede llegar a ser a ratos y adopto un tono sutilmente enfadado. - Vale. No vuelvo a mencionarlo. Pero que quede claro que yo beso estupendamente y que tú, empezaste; lo recuerdes o no - Si no fuera porque su respiración choca contra la mía en medio de la manta y eso palia bastante el frío, me habría ido súper indignado a perderme por el bosque, o como mínimo, me habría puesto a dormir dándole al espalda.

Pero al final me quedo tal cual solo refunfuñado y enfadado, incluso cuando responde a la propia pregunta retórica de la que hace rato me había retractado. - Ya - Mascullo porque sé que tiene razón, que ella no piensa en mi de la manera en la que lo hago yo y que en realidad, pese a que es mi madre, es una persona que no conozco; pero que no sea quien debería no significa que no me importe, así como yo también he sido testigo de la esperanza, casi nula pero existente, que Ben tiene a veces de recuperar al padre que perdió. Suelto un suspiro y dejo morir la conversación porque de todas maneras estoy demasiado cansado para eso. Mantengo mi vista en un punto muerto detrás de Ben y siento su respiración acompasarse hasta que finalmente caigo dormido sin ser consciente de cual de los dos se rindió primero.
Seth K. Niniadis
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
¿Por qué le gusta hablar de estos temas como si nada? A veces, envidio barra detesto la facilidad con la que Seth encara algunos temas. Prefiero ignorarlo, casi tanto como él ignora mis consejos que creo que suenan un poco más maduros de lo que esperaba, y sospecho que él ha decidido que también es hora de dormir. Mi cerebro se lo agradece. Poco a poco, noto como me voy quedando dormido, cayendo en esa inconsciencia tan poco segura que, espero, me aleje un poco de los pensamientos que me conectan con el insoportable frío.

No tengo idea de cuantas horas he dormido.
Tampoco sé bien qué hora es.
Cuando abro los ojos, sigue oscuro, pero algo en el ambiente me dice que han pasado algunas cuantas horas desde que nos rendimos. Tanto Seth como yo somos una bola de abrigo, mientras el viento sopla tan fuerte que tardo en entender cuál fue el motivo por el cual abrí los ojos. Por un segundo creo que es por culpa de la helada, pero entonces lo oigo. Como un eco proveniente del interior del bosque, congelándome la sangre aunque todavía no sé bien que es. Apoyo mi codo en el suelo para alzarme en uno de mis costados, todavía tumbado, y parpadeo en un intento de despertarme. ¿Estoy imaginando cosas o acaso mi amigo es de los que hace ruidos en la noche? Nunca le escuché hacer eso, lo juro.

- Seth… - lo sacudo con fuerza, sin siquiera mirarlo al estar concentrado en distinguir el sonido - ¿eres t…? – pero entonces, cuando suena un poco más cerca y con mucha más claridad, distingo el sonido. Aullidos, aullidos de lobo que se extienden de un sitio al otro como si quisiera apoderarse de todo el bosque. Mi cerebro se paraliza dos segundos de terror, solo dos, hasta que me levanto de un salto, tratando de no caerme al estar enroscado entre las mantas, y comienzo a sacudir y tirar de mi mejor amigo para que se ponga de pie - ¡Seth! – le chillo, tratando de no gritar aunque mi voz deja en claro que quiero hacerlo – Muévete, vamos. ¡Lobos!
Benedict D. Franco
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Diría que no duermo profundamente, pero estaría mintiendo. En algún punto de la noche paso mi pierna sobre las de Ben y me pego más, hasta que mi frente choca contra la suya, cosa que me ayuda a mantener el calor corporal y básicamente todo el aire que sale de su nariz, funciona como calefacción centralizada en mis mejillas y parte de mi clavícula. Yo no escucho nada, soy sordo en ese instante, hasta que me mete un empujón brusco que me despierta lo justo para murmurar una sarta de groserías e intentas averiguar que mierda le pasa. - Ni siquiera salio el sol. No me fastidies - Gruñón, irascible e insufrible. Ese soy yo cuando me despiertan antes de que mi propio reloj biológico decida que ya no quiere dormir.

Tengo la esperanza de que sea una de sus paranoias extrañas hasta que los aullidos vuelven a sonar. Él se levanta de inmediato, como lo haría una persona que probablemente los escuche por primera vez. Yo, me limito a quitarle la pierna de encima y a quedarme boca arriba esperando una segunda señal que lleva de la boca de Ben y es secundada por el aullido cuyo sonido rebota de una manera que, al pensar cuantos son y si podríamos con ellos, me imagino mínimo 500. - ¿Lobos? - Pateo la manta para quitarla de en medio cuando veo a Ben trastabillando a punto de caer y dejo que básicamente me levante él de un tirón usando mi otra mano para coger la mochila, encajarla en mi hombro y empezar a correr.

Mis músculos aullan de dolor y aún así, voy más rápido que él. De vez en cuando miro hacia atrás esperando encontrar alguna criatura o algo de lo que tengamos que defendernos, pero debido a la nieve que todavía cae de forma más intensa que cuando dormimos, casi resulta imposible ver hacia donde vamos o lo que nos persigue. De repente me freno en seco. Ben está a punto de llevarme por delante si no fuera porque choca contra mi al mismo tiempo que plantaba mis pies en el suelo para asegurarme el equilibrio. Con movimientos torpes, espasmódicos y nerviosos, lo agarro de los hombros, lo separo y lo giro hacia donde mi mirada se ha quedado clavada. El puente del que tanto me hablaba. - ¡CORRE HACIA ALLÍ! HEEEEY, HEEEEEEEEEEY - Le apresuro de nuevo para que se ponga en marcha hacia allí, empezando a llamar a la gente del interior una vez estamos a una distancia que me parece lo suficientemente cerca para oírnos, pero que probablemente esta distorsionada por el pánico.
Seth K. Niniadis
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Levantar a Seth nunca fue tan sencillo, aunque una parte de mí asegura que es debido a la nueva adrenalina que me recorre de pies a cabeza. Él parece reaccionar rápido una vez que se despierta y sin más, comenzamos a correr, empujando las ramas que salen de la nada porque ni la oscuridad ni la nieve nos ayudan. Sé que algunos golpes hacen que me lastimen las manos y la cara en raspones, pero el ardor es congelado por el viento y también, dudo mucho que pueda llegar a importarme demasiado, cuando sé que detrás de nosotros los aullidos retumban cada vez más cerca. ¿Es uno solo o serán más? ¿Qué clase de lobo corre tan rápido?

En algún punto de nuestra carrera, mi pecho choca con fuerza contra la espalda de Seth, quien se ha detenido de prepo y hace que trastabille y tenga que aferrarme de él para no irme de culo al suelo  -¿Pero qué…? – mi voz sale una octava más aguda cuando intento ubicarme, hasta que él solito me acomoda para poder ver la silueta del puente que se extiende ante nosotros, con la nieve cubriendo los barandales. Una extraña sensación me recorre el estómago durante una fracción de segundo, esa que se asemeja al alivio y la felicidad de ver algo muy parecido al hogar, luego de tanto tiempo. Le doy un empujón a Seth para que corra antes de mí, y sus gritos no tardan en verse acompañados de los míos - ¡PAPÁ! – mi voz sale agitada y distorsionada, mientras a nuestras espaldas retumban las hojas de los árboles - ¡PAPÁ, ABUELO!

Y todo pasa muy rápido. Es solo un momento. Ese segundo en el cual giro la cabeza a medio del trote, mientras oigo los ladridos tan familiares de Gigi a la distancia, en el cual veo a la criatura que sale del bosque detrás de nosotros. Y juro por dios que eso no es un lobo normal.
Benedict D. Franco
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Invitado
Invitado
— Sabes que tengo que salir, Joey, no puedo quedarme aquí y arriesgarme a heriros a cualquiera. — Cada luna llena desde que sabe la verdad, mi novio intenta retenerme diciendo que es demasiado peligroso que salga a las afueras, que cualquiera podría verme y contar lo que soy. Ni siquiera decirle que estamos prácticamente en medio de la nada, en un Distrito antiguo del que no se sabe nada, le consuela. Y en parte tiene razón. Si nosotros pudimos llegar hasta los alrededores y otros llegar directamente, a saber si otros no podrían hacer lo mismo. Sin embargo, sabe que no nos queda más remedio, y que es peor permanecer en el 14, poniendo en riesgo no solo la vida de todos los residentes, sino hasta la suya propia y la de los niños que hay. Así que, con el paso del tiempo, ya se ha ido acostumbrando y casi ni rechista. No obstante, esta noche vuelve a intentar convencerme para ver si cuela, pero no, porque minutos después, ya estoy saliendo por la puerta de casa, abrigado hasta arriba porque dice que no quiere que me congele. Con eso simplemente he callado para que al menos se quede algo más tranquilo, aunque sé que es consciente de que toda esta ropa que me ha hecho poner, luego quedará inservible, pero en fin. Qué se le va a hacer.

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No sé cuánto rato pasa hasta que la bestia que guardo en mi interior se apodera de mí, del humano con consciencia del bien y el mal. Tengo los sentidos más desarrollados que de costumbre, así que alcanzo a oler a la perfección un par de ardillas perdidas entre los árboles y que acaban en mi boca y siendo degolladas por las enormes fauces que tengo por dientes. Aunque no es que tenga demasiado espacio para correr por culpa de los árboles que me voy encontrando cada escasos metros, me muevo a una gran velocidad, en busca de nuevas presas apetitosas y cuyo olor destaca por encima de cualquier otra cosa.

Estoy persiguiendo a un conejo, mi nueva presa, cuando un nuevo olor me enciende todos los sentidos y me descoloca porque hasta ahora nunca había percibido nada así. Al menos no siendo una bestia. Sea lo que sea, mis instintos más básicos me dicen que vaya hacia allí, y corro todo lo rápido que puedo, ya no solo guiándome por el olfato, sino también por el oído y los gritos que se acentúan conforme me voy acercando a mi objetivo. Si no fuera porque también mi vista se adapta a la escasa luz, probablemente ya me habría estampado contra algún árbol de camino a esa presa con esa olor que tantas nuevas sensaciones provoca en mi cuerpo y, especialmente, en mi estómago.

Estoy a escasos metros de las dos siluetas cuando suelto un gruñido, parado frente a ellos, y les muestro mis colmillos todo lo posible para intimidarles y ver si dejan de soltar esos gritos que dañan mis pobres orejas ya. Sin embargo, con eso solo consigo que lo hagan aún más, así que embisto contra el primero que pillo, que resulta ser Ben, y clavo mis dientes delanteros en su pierna. Tiro de él hacia mí para tenerlo más próximo y hundir de nuevo mis fauces en la herida para saborear este nuevo gusto a una carne aún más deliciosa. A la carne humana.
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Ojalá Ben me hubiera hablado de las personas que vivían en el catorce, así podría llamarlas por su nombre. El Hey resulta tan frustrante que cuando Ben empieza a llamar a su papá y a su abuelo, hago yo lo mismo aunque no sean ni mi papá ni mi abuelo. Por un leve instante, estoy a punto de llamar a Sophia pero descarto la idea con la misma rapidez que viene a mi mente porque ponerla en peligro no sería una buena manera de reencontrarla después de haberla puesto a salvo hace casi un año. Pero entonces recuerdo las palabras que Jared me dio más de una vez, siendo apenas un crío que no pasaba el medio metro de estatura ni superaba los 6 años de edad: "Siempre que estés en peligro no pidas ayuda, grita fuego. La gente se asusta cuando pides ayuda y por lo general, nunca salen a ayudar". -FUEEEGOOOOOOOOOOOOOOO - Nunca tuve que poner esa teoría a prueba, pero en ese momento es lo mejor que puedo hacer.

Ben va a mi lado, no justo a mi lado donde puedo verlo de reojo sino lo justo por detrás para ser capaz de oír sus pasos detrás de mi. Pero no son la ausencia de sus pasos lo que me alerta de que ya no me sigue, sino el grito de dolor que procede al mordisco. - ¡NO! NO, NO, NO POR FAVOR, ¡NO! - Me detengo de inmediato y voy tras él mientras el lobo lo arrastra lejos del puente, agarrando la mano de mi amigo intentando frenarle. Pero la fuerza de aquella criatura la mía y la que pueda llegar a ejercer el peso de Ben, acaba por arrastrarnos a ambos algunos metros aún cuando he plantado mis pies sobre todo lo que he podido para mantener el equilibrio y cerca de la puerta que se supone que iba a cambiarnos la vida.

Mis codos chocan contra el poco asfalto que queda del puente antes de que caigamos sobre la nieve y siendo el terrible dolor de la piel raspada casi de inmediato. Primero tengo mi mano sobre su muñeca, luego la otra sobre el antebrazo y finalmente consigo acercarme bastante como para rodearlo por el pecho en el momento en el que otro enorme lobo le salta encima al primero mordiéndole directamente en el cuello. No tengo ni la menor idea del grado de daño que le hace un bicho al otro pero eso basta para que el primero suelte la pierna de Ben. Caigo hacia atrás en ese instante con la mitad del cuerpo de éste sobre el mío y su cabeza contra mi pecho. El primer lugar al que dirijo la vista es a su pierna pero solo puedo ver la sangre emanando salvajemente del pantalón y manchando la nieve a gran velocidad. - Mierda. Mierda. No me hagas esto. No puedes hacerme esto ahora. ¡NO PUEDES HACERME ESTO AHORA! ¿ME OYES? ¡MALDITA SEA! - A cada palabra y a cada segundo, mis manos tiemblan de forma violenta y mi voz sube una octava por lo menos. Es una situación tan inverosímil que no puede estar pasando. Necesito que no esté pasando y ese deseo que no se cumple todo lo rápido que debería, ese sueño que sigue convirtiéndose velozmente en una pesadilla, me hace explotar de desesperación y frustración.

Escucho pasos alrededor y esta vez no son de más perros, son personas, pero no puedo ver otra cosa que no sea a Ben. En cuanto alguien intenta alejarlo de mi agarro su ropa y lo retengo con fuerza. - ¡NO LE TOQUES! ¡NO TE ATREVAS A TOCARLE! -

* el segundo "lobo" no es un lobo, es Gigi (foto de la perra en la firma de Ben)
Seth K. Niniadis
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Todo sucede tan rápido que no tengo idea de qué es lo que está pasando hasta que es demasiado tarde. Lo primero que me nubla la visión es el dolor agudo que me arrebata tanto un quejido como el control de mis acciones, haciendo que caiga al suelo entre intentos de aferrarme a Seth como a cualquier otro sitio, sea el suelo, las ramas o lo que mis yemas toquen, mientras me percato de que entre gritos y gruñidos, soy arrastrado fuera del puente. ¿Alguna vez tuvieron la sensación de que todo pasa tan rápido, que parece ocurrir en una eternidad? Mis sentidos se agudizan solo para sentir como todo está cambiando. Como el lobo gruñe y Seth grita, como el olor a sangre es lo primero que me llega a la nariz y creo que esa voz que retumba por mero instinto, es la mía, aunque no la reconozco.

Sé que estoy tratando de aferrarme a Seth aunque es un acto egoísta, pero estoy sintiendo como mis brazos se aflojan, cuando una mata de pelo atraviesa sobre nosotros para impactar sobre el lobo. El calor de su aliento me suelta y por un instante, puedo notar la bocanada de aire que intento tomar, mientras soy incapaz de mover las piernas. Siento la tela rota de mi ropa, siento el dolor y el ardor tan familiar de la sangre y de las garras que en el arrastre hirieron el resto de mi cuerpo, pero por alguna razón, soy incapaz de moverme. Quiero responderle a Seth algo, lo que sea, pero la cabeza me da vueltas, mientras escucho los gritos que retumban en algún punto lejano que no sé exactamente de quienes son. Solo alcanzo a susurrar el nombre de Gigi, a quien oigo lloriquear probablemente herida, antes de que todo se torne oscuro.
Benedict D. Franco
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Arleth L. Ballard
Creo que no me hubiera despertado de no ser por los ladridos que retumban cerca de mi ventana, esos que despiertan a Ava y hacen que se remueva a mi lado. Las luces están apagadas, y en mi estado de sueño me cuesta entender lo que está ocurriendo, en especial porque las voces que llegan desde el exterior no toman ninguna forma. Son como un eco en la distancia, pero aun así, ante la primera llamada de mi hija termino por abrir mis ojos de sopetón. Empujo las sábanas con cuidado y le ordeno que se quede ahí dentro, mientras me coloco un suéter por encima del pijama y me acerco rápidamente a la ventana. Lo que consigo ver es a Gigi corriendo como una bala en dirección al puente de ingreso entre ladridos descontrolados, por lo que una alarma se enciende en mi cerebro.

- ¡Quédate en la cama! – le ordeno a mi hija. Con rapidez, me coloco las botas para andar en la nieve y salgo de la habitación a las corridas, encontrándome a medio camino con un dormido y despeinado Cale que sale de su dormitorio para preguntar qué mierda está sucediendo, encaminándose a la puerta – Ni se te ocurra, te quedas con tu hermana… - alcanzo a escuchar un “pero…” que obviamente ignoro, porque tengo cosas más importantes que hacer ahora que pelearme con él.

Las corridas sobre la nieve son casi mudas, pero sí puedo escuchar los gritos con más claridad mientras me voy acercando al puente con la respiración acelerada por mi carrera. En algún punto oigo una puerta cerrarse de sopetón y no me tardo en ver a Echo entrar en acción, corriendo por delante de mí, justo antes de conseguir ver a qué se debe tanto alboroto. Gigi está básicamente trepándose al cuello de una criatura que no me demoro en reconocer como un licántropo, lo que me obliga a ahogar un chillido, aunque de inmediato mis ojos van hacia las dos figuras menudas en el suelo. Ya sé que es tomar una corta distancia  peligrosa, pero aún así aferro al chico de pelo negro que no reconozco para tratar de echarlo hacia atrás - ¡Suéltalo, necesitas moverte! – le ordeno al niño, chequeando como se aferra a otro que, en unos segundos, consigo reconocer. Y en su estado, necesito sacarlo de aquí - ¡ECHO, HAZ ALGO!
Arleth L. Ballard
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Echo R. Duane
Eowyn me pone nervioso. No sé porqué se me ocurrió la maravillosa de idea de quedarme con los huérfanos. Puede que si tuviera que lidiar solo con ella no sería un problema, pero si tengo que, además, lidiar con Kendrick que solo sabe llorar, comer, y ensuciar su maldito pañal, ya la cosa es otra historia y hay un abismo de diferencia. Los ladridos de gigi me despiertan bruscamente del adormecimiento en el que estaban en el sofá, con el bebé en brazos que ipso facto se pone a llorar. Al principio ni siquiera puedo intuir lo que pasa, pero cuando Eowyn baja a la primera planta en ropa interior preguntando quién grita, distingo los gritos entre los llantos del bebé y los ladridos de la perra. Uno de ellos "papá". El otro de ellos "Fuego" - Toma, agárralo. No salgas de casa. Y ponte ropa, mierda. Ya te he dicho que no salgas en bolas - Le dejo a Kendrick en brazos y salgo de la casa, siguiendo los ruidos y andando cada vez más rápido hasta que mis pasos se transforman en una carrera.

Adelanto a Arleth antes de ser consciente de que es ella, viendo a Sophia asomar la cabeza por su ventana. - ¡NI SE TE OCURRA SALIR DE AHÍ! - Sea lo que sea pasando incluye la palabra fuego y gritos de evidente terror, no es un lugar para que los críos estén fuera esta noche. Atravieso las puertas y me encuentro una escena grotesca. La nieve se ha teñido en varias partes de sangre que se ha extendido y, lo más seguro, es que sea una mancha más exageradamente grande de lo que debería. Aún así, es exageradamente grande. Adelanto a Ben dejando a Arleth tomar el control de los heridos y levanto mi varita apuntando al lobo cuando vuelve a precipitarse hacia el puente. Lanzó un hechizo que lo manda a volar varios metros lejos, lo cual me da tiempo para girarme al escuchar el grito de Arleth y ver a Sebastian en la distancia. - Es Billy. No debe haberse alejado lo suficiente. ¡SACADLE DE AQUÍ! - Y hablo en plural al ver otra figura en la distancia siguiéndole.

Me acerco al histerizado chico que sostiene a Ben y le lanzo un golpe con el dorso de mi mano que resuena incluso sobre el escándalo de alrededor, agarrando su pelo tirando hacia atrás bruscamente para alejarlo del enano y además, obligarlo a mirarme. Sé que se preocupa, eso tengo que cedérselo, pero necesito que lo suelte. - Tenemos que meterle dentro o morirá. Así que suéltalo o juro que te dejo sin manos. - No le suelto el cabello, haciendo cada vez más presión de mis manos y por ende tirando de él, hasta que por fin consigo que le deje. Le lanzo hacia atrás con toda mi fuerza lo cual lo manda de espaldas al suelo y como si se tratara de una mera basurilla que me ha quedado pegada en la mano. Tras esto, hinco una rodilla sobre la nieve, paso una de mis manos bajo el dorso de las rodillas de Ben y luego por su espalda, para levantarlo al vuelo. Me cuesta pararme y no estoy seguro de si es porque pesa o porque ya me estoy haciendo viejo para esto. - Tráele. Lo que menos necesitamos es otro niñito herido y estorbando - Y uso la palabra "Niñito" de forma despectiva mientras me dirijo a Arleth, atrayendo a Ben contra mi cuerpo para que se mueva lo menos posible mientras echo a correr hacia lo que nos funciona como enfermería.
Echo R. Duane
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Invitado
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La nueva vida en el catorce es demasiado tranquila y, a la vez, exasperante como para mantenerme en paz aunque sea por las noches. En ésta ocasión, no estoy haciendo otra cosa que girar en mi cama en un intento de refugiarme el del frío que empaña las ventanas; debe ser la maldita suerte de estar tan al norte, porque no recuerdo haber visto nieve en esta época del año. Se supone que está llegando el fin del invierno y nosotros acá todavía nos andamos congelando los mocos, lo que no hace precisamente placentero el tener que trabajar en el catorce. Tampoco puedo quejarme, al menos no del todo, considerando que fui el último en salir de las celdas.

Hubiera logrado dormirme de una vez si no fuera por el escándalo que se hace afuera. Mi antiguo entrenamiento me obliga a ponerme alerta y saltar de la cama para colocarme un pantalón, mientras alcanzo a asomarme por la ventana y escuchar a Echo ordenándole algo a alguien a los gritos, mientras tanto él como Arleth cruzan la calle a una velocidad no normal para el estado de nieve, aunque reconozco las corridas de adrenalina cuando las veo. Es obvio que lo que esté pasando ahí fuera, no es nada bueno.

Me coloco las zapatillas y el abrigo con rapidez y salgo disparado al exterior, sintiendo como la nieve se sacude de mis pies a cada paso que doy por el camino, para ver el show digno de película de terror que se está llevando a cabo en el puente. El hombre lobo vuela por los aires y ese perro, que si mal no recuerdo se llama algo con G, cae obviamente herido, aunque no tarda en levantarse para ponerse a gruñir alerta. Me cruzo en el camino cuando Echo pasa a mi lado llevando a un niño que se desangra y, por un segundo, no tengo idea de quien es hasta que sospecho que he visto su cara en las fotografías de los viejos juegos. Justo detrás de él, Arleth se va llevando a las rastras a un niño morocho, pero no tengo tiempo para analizarlo porque veo como el lobo parece recuperarse y, con rapidez, saco la varita de mi bolsillo, justo cuando noto que Vennet se está acercando.

- ¡Ya era hora! – alcanzo a gritarle. Sin más le silbo al husky, quien se va echando hacia atrás, pero no es hasta que veo como sus patas vuelven al puente que sacudo la varita - ¡Necesitamos potencia para mantenerlo a raya, así que hazme de refuerzo! – le ordeno a mi amigo en cuanto lo tengo cerca y algo en el tono de mi voz, me recuera al viejo Sebas. El Sebas que tenía un alto rango - ¡Protego!
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Invitado
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Hoy Delilah se ha dormido temprano. Y gracias a dios porque me estaba volviendo loco su horario desordenado de me levanto a las 5 de la mañana porque me da la gana y luego duermo todo el día. Claro, ella puede dormir todo el día pero yo tengo cosas que hacer... como... por ejemplo... evitar que Sebastian se meta en líos. Sí. Eso. Así que aprovechando que se duerme temprano me dejo caer en la cama en mi cuarto sin molestarme en ir a cenar y no despierto hasta que los pasos de Sebastian, los gritos del exterior y finalmente el llanto de SU sobrina, me retumban en los oídos. - ¿SEB? ¡¿SEBS?! ¿A DONDE RAYOS VAS? - Habría bajado corriendo detrás de él inmediatamente si Delilah no estuviera llorando. Corro a su cuna y luego salgo al exterior. Desde mi casa puedo ver como el resto también asoma la nariz por la ventana y la mayoría de adultos corren a ayudar.

Cuando escucho la advertencia de Echo para Sophia, me acerco a ella largándole a Delilah a través de la ventana. - Cuidala. Por favor. No, Sophia, no sé que pasa. Cálmate. No será nada. - Mi "No será nada" queda invalidado cuando veo entrar a Echo corriendo hacia la enfermería de nuevo y agarro su rostro antes de que decida mirar hacia allí. - Por favor. Necesito que la mantengas a salvo. Prométemelo. - Hasta que no asiente, no sigo mi camino. - ¡Esa es mi chica! - Suelto como despedida empezando a correr de nuevo y recibiendo desde la distancia primero las órdenes de Echo que al principio me dejan sorprendido. ¿Billy? ¡Habíamos trazado un perímetro seguro! ¡Rayos! se supone que debería estar camino al sur, no tan al norte.

Pero ya no importa. Probablemente en su estado lobuno no entienda mucho de instrucciones o coordenadas. - ¡Cállate! - Le espeto divertido cuando me da órdenes. Es la primera vez que veo en su cara semejante satisfacción desde que llegamos aquí. Es bueno saber que toda esta mierda no acabó con su entusiasmo. - ¡DEPULSO! - Me encargo de aprovechar el escudo contra el que choca el lobo, para lanzar un hechizo que le aleje más, de forma que vamos avanzando seguramente alejándonos de la puerta y obligándole a retroceder. Al final Gigi también queda protegida por el escudo y empieza a avanzar con nosotros, amenazando al lobo con sus gruñidos cada vez que embiste contra el escudo. - Necesitamos un plan B. Hay que alejarlo de aquí - O... entretenerlo hasta el amanecer. - ¿Qué hora es?
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Invitado
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El sabor a hierro tan característico de la sangre me inunda la boca en cuestión de segundos, mientras todavía tengo todos los colmillos posibles enterrados en la pierna del primer chico que he pillado. El sabor de su carne es exquisito para mi paladar si lo comparamos con los animales que he ido comiendo a lo largo de la noche, y que al lado de esto, son una basura. Ni siquiera me molestan los gritos agudos del acompañante de mi víctima, porque sigo clavando las fauces todo lo posible, mientras me mantengo encima de él por mucho forcejeo que haya de por medio. Al menos así me mantengo hasta que noto algo que me muerde el cuello. Al principio simplemente es un leve pinchazo, pero cuando sus dientes se clavan más en mi pelaje, acabo soltando bruscamente al crío para lanzarme encima del husky que me ha atacado. Y sin ser consciente de lo que está pasando, la bestia, yo, se laza encima del perro a la misma par que ataca.

No tardo demasiado en quitarme al maldito chucho de encima y volver a arremeter contra el puente, pero nada más poner ahí las patas delanteras, algo me empuja hacia atrás. Básicamente es un hechizo, pero en mi estado animal e inconsciente, no soy capaz de sumar ni dos más dos por obvias razones, así que prácticamente en un abrir y cerrar de ojos y por mi despiste, vuelvo a tener al husky encima. Para cuando consigo volver a quitármelo del lomo, mi víctima ha desaparecido de mi vista, aunque su olor; el olor de su sangre más bien, sigue dentro de mi radar, llamándome para que vuelva a saborear el dulce sabor de esa carne.

No sé cuántas veces lo intento, aunque no me doy por vencido porque necesito llegar hasta allí, pero cada vez que me acerco al puente, algo me repele hacia atrás mientras dos siluetas gritan cosas que no alcanzo a comprender y me apuntan con algo. Ya no es solo mi instinto para volver a por el chico de antes, sino que ahora también necesito morderles a ellos para tener una noche completa gracias a una gran variedad de platos. Sin embargo, por mucho que lo intento, no soy capaz de alcanzarles.
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