The Mighty Fall
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OTOÑO de 247221 de Septiembre — 20 de Diciembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Principios de otoño

Aporreo la puerta de la casa de Jessica después de casi estropear el timbre intentando que me abra. Tras cinco minutos esperando como una gilipollas y estando un 85% segura de que está en casa, rodeo el edificio y me acerco a la ventana que hace unas cuantas semanas rompió pero que aún habiéndola arreglado es posible entrar desde fuera. Una vez dentro la dejo abierta, huele demasiado ha cerrado a pesar de que a primera vista todo parece limpio y ordenado. Arrugo la nariz al encontrar la casa completamente a oscuras a excepción de un par de cortinas abiertas. Miro el reloj de la cocina. Es demasiado tarde como para que se haya echado una siesta pero no tan tarde como para haberse ido a dormir ya.

Subo las escaleras apartando el camino de chaquetas y zapatos que me encuentro por el camino y abro la puerta de su habitación. En algún momento escucho el ladrido de un perro o más bien de un cachorro unas habitaciones más atrás pero apenas le doy importancia. Me siento en la cama de Jessica que yace profundamente dormida y no puedo evitar reírme al ver que está a punto de caerse al suelo. - Eh, Jeeeeeeeeeess... - la zarandeo un poco con la mano - JESSICA - acabo por gritar, igual me he pasado un poco porque se levanta con cara de pocos amigos. - Por fin. ¿Has tenido dulces sueños? He llamado mil veces al timbre y no abrías - comento mientras subo las persianas de su cuarto y luego vuelvo a tirarme sobre su cama. - ¿Te has ido de fiesta y no me has llamado? Qué vulgar por tu parte... - le reprocho - ¿Desde cuando tienes perro? -
Alice D. Whiteley
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Jessica D. Voznesenskaya
Miembro de Investigación
El día anterior había sido un completo desastre. Para resumir, todo me había salido rematadamente mal. En primer lugar tuve que ir a la compra, lo que ya de por sí mismo odio por el simple hecho de tener que salir a la calle y que todo el mundo me mire, intentando confirmar si soy o no soy la persona que vieron en la tele hace ya un tiempo. ¿Es que la gente nunca se olvida de eso? Por dios, yo me olvido hasta de lo que desayuno. En segundo lugar, la mierda de bolsas que me dieron para guardar en ellas la compra se rompieron antes incluso de darme tiempo a aparecerme en casa. Tuve que recogerlo todo del suelo mientras, para variar, todos me observaban. Después al hacer la comida había tenido un pequeño desliz con el fuego, y puede que toda la sopa acabase en el suelo. Me tocó limpiar y volver a hacer la comida, cosa que también odio. Para colmo, un perro no paraba de ladrar. Suspiré cuando todo había acabado y era la hora de ir a dormir, por fin.

O eso era lo que yo creía, porque parecía que mi infinita mala suerte tenía mejores planes para mí. Era ese maldito perro, no paraba de ladrar. Al final, después de horas escuchándole decidí salir a ver de quién era, para decirle a su dueño que le callara el maldito hocico. Cual fue mi sorpresa al descubrir que no parecía tener dueño. No tenía collar, estaba sucia y hambriento, y en frente de mi casa. - Estúpido perro - Me costó dios y ayuda meterlo en casa. ¿Por qué estaba ladrando en mi puerta si luego no quería entrar? Tuve que sacar un trozo de carne de la nevera y ponerlo en el salón para que entrase. Por suerte se lo comió mientras le preparaba un baño. Al final acabé acostándome a las tantas, pero todo porque el maldito animal estuviera a gusto.

Alice me despertó lo que parecían segundos después de haber cerrado los ojos. - Ahora quién se ha muerto - En las películas siempre que alguien decía eso, alguien había muerto, cosa que me hizo abrir los ojos de repente para ver su cara. No parecía triste, de hecho se estaba riendo de mí. - Lo sé, estaba ignorándote para poder dormir, pero al parecer no pillas las indirectas - En realidad no había escuchado nada, pero de haberlo hecho, probablemente el resultado hubiera sido el mismo. Me río cuando menciona la palabra fiesta, y luego la palabra perro. - Oh, el chucho... Está en la habitación de invitados, puedes ir a verlo mientras me visto - Cuando sale de la habitación me adecento, pensando en que sería una idea genial que Alice se quedara con el perro para poder dormir tranquila.
Jessica D. Voznesenskaya
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Me quito los zapatos con los pies porque me da pereza agacharme y me llevo las rodillas al pecho abrazando mis piernas. - JA, JA. Qué graciosa - bufo tras sus comentarios, pero lo del muerto me hace gracia y se me escapa una risa incoherente. Tardo apenas unos segundos en salir de la habitación y adentrarme en la de invitados cuando dice que puedo ir a ver al perro. Son unos ladridos con tan poco volumen que me dan ganas de achucharlo al instante. - Owwwww - siempre he sido una amante de los animales. Principalmente porque a veces me parece que son mejor compañía que un ser humano. Las personas podemos dar mucho asco en determinadas circunstancias, pero los animales hagas lo que hagas o digas lo que digas, siempre te van a apoyar.

Lo cojo y lo subo encima de la cama, a Jessica no le importará. Le acaricio la cabecita con una mano mientras con la otra dejo que me muerda un dedo. Tiene unos dientes tan pequeños que aunque sintiera el dolor ni me dolería. Levanto la cabeza para ver a mi mejor amiga entrando por la puerta y dejándose caer en la cama. - ¿Dónde lo encontraste? - doy por hecho de que lo encontró y no lo compró, ella no compraría un perro. - ¿Le has puesto nombre? ¿Te lo vas a quedar? - comienzo a acribillarla a preguntas porque no parece dispuesta a contarme la historia entera, además así es más fácil. Yo pregunta y ella responde. - Mmm... Creo que es un pastor alemán. - de pequeña me dedicaba a adivinar con mis hermanos las razas de los distintos perros que pasaban por la calle. Después de tanto tiempo me sorprendo por acordarme de ello todavía. - Deberíamos comprarle un juguete para que lo muerda. Acabará por destrozarte la casa. Bueno... más de lo que está ya - comento entre risas mientras le acaricio la barriga al perro. Utilizo el tiempo compuesto porque dudo que Jessica sea capaz de cuidar de un perro y porque a mí me encantan.
Alice D. Whiteley
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Jessica D. Voznesenskaya
Miembro de Investigación
Mientras ella corre despavorida hacia la habitación de invitados como si regalasen bocadillos, yo escojo lo más cómodo que encuentro en el armario y me visto con rapidez, escuchando los sonidos que hace el animal, y de vez en cuando también los del perro. Vale, ahí me he pasado, pero no me suelo despertar de buen humor. Seguramente si lo hubiera dicho en voz alta tendría sentido el hecho de que me esté riendo, pero parece simplemente que estoy loca, una vez más. Cuando acabo de adecentarme voy al cuarto contiguo, donde está Alice acariciando al perro. Parece que tiene un don, porque el animal se calla de inmediato. Dios, para que hiciera eso yo tuve que recogerlo de la calle, darle media nevera de comer, y un baño de una maldita hora. ¿De veras bastaba con acariciarlo? ¿Por qué no se me había ocurrido? Me apoyo un rato en el marco de la puerta, hasta que ambos se dan cuenta de que estoy allí. - Oh, qué buena idea, pongamos al perro de patas mugrientas en la mejor cama que hay en la casa, a Jessica no le importará - Digo con un tono evidentemente sardónico. De todas formas acabo yendo hacia la cama y echándome cómodamente, ya lo limpiaré todo luego.

Aún no me he acabado de acomodar cuando Alice comienza a preguntarme tantas cosas que cuando ha acabado ya no me acuerdo ni de la primera. Sonrío al recordar la primera vez que hablamos, cuando entrenamos juntas. - Haces demasiadas preguntas - Eso es exactamente lo que le dije ese día. No estoy segura de que se vaya a acordar, pero lo digo de todas formas. - Tú vas a ponerle nombre, porque tú te lo vas a quedar - Es más una petición que una orden, además de un pequeño regalo. - Estaba a la puerta de mi casa - Respondo encogiéndome de hombros. - No me mires como si fuera una monja, no paraba de ladrar y no me dejaba dormir, por eso dejé que entrara - En parte es razón, pero también le falta algo de verdad. Lo cierto es que los animales no me desagradan tanto, y éste en concreto me dio pena. Si no supiera que acabaría lanzándole un cuchillo cuando esté borracha, enfadada, o ambas, me lo quedaría yo misma. Pero no, prefiero que se lo quede ella. - Deberías - La corrijo rápidamente - Si Allen te da su aprobación, será cosa tuya. Ya me ha vaciado la nevera, no voy a gastar ni un galeón más en él - Intento mirar al animal con odio, pero acabo sonriendo. La verdad es que es bonito, no podría negarlo.
Jessica D. Voznesenskaya
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Ruedo los ojos cuando dice justo lo que había pensado hace unos segundos que diría, en un tono sarcástico obviamente. Desgraciadamente la conozco demasiado bien como para no saber que siempre me atacará con sus preciados comentarios irónicos. - Bah, ni que la usaras muy a menudo... - voy a añadir algo como que solo se trae a sus amantes pero tiene un mal despertar, así que me río como si lo hubiera dicho de todas maneras. No se por qué cada vez que me acerco a un perro se me pone la voz chillona como si le estuviera hablando a un niño de tres años. Supongo que es por lo adorables que son, aunque eso no quita que parezca una retrasada mental mientras acaricio al perro y le doy mimos.

Recuerdo que me dijo esa misma frase cuando nos conocimos y yo no era más que una pequeña mocosa que la seguía a todas partes. Aunque tampoco era tan mocosa, solo curiosa. Eso hace que se me escape una sonrisa dirigida por primera vez en bastante tiempo a Jessica en vez del perro. - ¿Pero cómo me lo voy a quedar yo? Ni siquiera sé si a Allen le gustan los animales... - me encojo de hombros volviendo a mirar al perro. Cuando aparto mis manos para apartarme el pelo de la cara, busca con sus patitas mis dedos otra vez. Owwwwww. - Mmmm... ¿de qué crees que tiene cara? - lo cojo y lo dejo directamente mirando hacia ella. - Hay que ponerle un nombre decente, ¡y corto! Que si no luego no sabe ni como se llama - le doy un beso en la parte superior de la cabeza y lo vuelvo a posar sobre la cama. - Se hará tan grande... Supongo que no le importará, al fin y al cabo estaba en la calle. No podemos devolverlo a la perrera. - aunque no me dejara quedármelo lo llevaría a casa igual, si Jessica no se lo quiere quedar. - Y le tenías al pobre aquí encerrado, ¡qué poca consideración! - le reprocho.
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Jessica D. Voznesenskaya
Miembro de Investigación
Abro la boca y apoyo mi mano en el pecho, fingiendo sentirme absolutamente ofendida por su comentario sobre el poco uso que le doy a la cama de invitados. Unos segundos después me recompongo y la miro seriamente. - Ni que tú lo supieras - Acto seguido le doy un pequeño codazo en el brazo con una pequeña sonrisa de lado en el rostro. Ni siquiera me molesto en decir que es broma, porque ya lo sabe. Realmente tiene razón, creo que ella misma es de las únicas personas que ha dormido en esta cama, a parte de mí cuando estoy demasiado borracha como para acordarme de que no es mi propia habitación, o demasiado cansada como para ir hacia la mía, que está unos pasos más lejos de las escaleras. No pensé en eso cuando escogí la más lejana, de hecho creo que no pensé en nada que no fuera que quería dormir ya. Típico de mí, como si hiciera algo durante el día además de salir a hacer la compra y lanzar algunos cuchillos a un cuadrado rojo en una pared. Pensándolo así mi vida es tan triste que no me vendría mal tener una mascota, pero es algo que tendré que meditar más seriamente y con más tiempo.  


Después de todo tal vez no me haga falta una mascota, tengo a Alice. Sí, otro comentario más que no voy a decir en voz alta si no quiero que el universo actúe contra mí una vez más y el parro me acabe mordiendo. Y hablando de morder, me fijo que como lo está haciendo con la mano de Alice, y me pregunto si no le molesta. No me refiero al dolor, claro, porque ella no lo siente, pero ¿cómo puede aguantar que un perro le llene la mano de babas? Ugh, yo desde luego, no podría. - Pregúntaselo antes de llevarlo a casa o nos matará a las dos - Sugiero ante su preocupación por si a su padre le gustarán o no los animales. La verdad es que no creo que se vaya a negar, él trabaja mucho y a su hija no le viene mal la compañía. Cuando me pregunta de qué tiene cara -suponiendo que se refiera al nombre- la miro con atención. - De sufrimiento por pensar en que puedes llegar a ser su dueña- Me río un buen rato yo sola y luego, al ver que el nombre del animal parece ser algo importante giro la cabeza hacia la reciente mascota - ¿Debería ver un nombre en su hocico o algo así? - ¿Cómo voy a saber de qué tiene nombre si me ha costado veinticuatro horas darme cuenta de que se calla si lo acaricias? - ¿Es macho o hembra? Porque yo no pienso comprobarlo - Definitivamente lo de las mascotas está descartado, no estoy hecha para los animales - Oh, perdona por no salir yo a dormir a la calle y dejarle la casa para él solo. No sé cómo he podido ser tan cruel - Ruedo los ojos, riéndome. No se me ocurre mejor dueña para el chucho que mi amiga, si una habitación entera le parece dejarle poco espacio.
Jessica D. Voznesenskaya
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Elevo un poco mis hombros dejándome resbalar sobre la pared y poder estirar las piernas con el perro encima. - No creo que le importe. Solo estamos él y yo en casa, además no es como si estuviera todo el día allí metido - se va pronto por la mañana cuando yo aún estoy durmiendo, vuelve para comer - a veces ni eso - y llega tarde a casa; está claro que necesito compañía. Aunque sigo sin estar convencida de si le va a gustar la idea, no voy a dejar que este pobre perro se quede a vivir con Jessica. Desde que soy su amiga la he visto cambiar un poco, pero sigue siendo el mismo desastre que siempre que se podría de darle de comer o mismamente de sacarlo a pasear. Es tan vaga que seguro ni lo ha sacado todavía.

Intento fingir estar indignada por su comentario sobre el sufrimiento del perro, pero acabo riéndome a carcajadas con ella porque me ha hecho gracia. - Tsssk. Que dirás... Es obvio que está emocionado por venirse a vivir conmigo. Después de esto, mi casa será como un palacio. - vale. Nunca se me dio bien responder a las bromas, y tampoco es que me fascine que me tomen el pelo. No sé de donde sacó Jessica esta carga de comentarios irónicos porque realmente no me lo esperaba, parece que vuelve a ser la misma chica de siempre. Ruedo los ojos realizando un largo suspiro para recuperar la paciencia. Sigo esperando que llegue. - Oh, vaya, ¿desde cuando te has vuelto una de esas chicas tan exquisitas? Pensé que tú y yo no éramos de esas, pero al parecer me equivocaba. Seguro que tú compruebas mejor otras cosas - le guiño un ojo dejando caer el asunto mientras voy a comprobar si es un macho o una hembra, levantando al perro. - Oh, dios, ha sido taaaan difícil. - vuelvo a suspirar como si fuera algo horrible. - Es un macho - concluyo volviendo a posarle sobre mis piernas y acariciándole detrás de las orejas.

- Tienes un jardín enorme saliendo por la puerta de la cocina, ¿o es que no conoces tu propia casa? - sacudo lentamente mi cabeza en señal de desaprobación pero con una leve sonrisa en mis labios como si no pudiera creerme lo que me está contando. - Definitivamente no lo voy a dejar contigo. Cualquier día está durmiendo y lo entierras vivo - le doy un besito en su cabeza suave y después lo abrazo como si fuera un peluche, con cuidado de no hacerle daño.
Alice D. Whiteley
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Jessica D. Voznesenskaya
Miembro de Investigación
Prefiero no comentar nada sobre el tema de que su padre no esté mucho en casa por temas de trabajo, por lo que simplemente me limito a encogerme hombros. No me gusta que esté tanto tiempo sola, porque pasa el mismo tiempo sola prácticamente que yo, y eso no está bien teniendo en cuenta que le llevo unos pocos años, pero muchas más experiencias por las que me debería de gustar más que a ella la soledad. No sé si le gusta, la verdad, pero conmigo casi nunca se queja de ello. No es que se lo reproche a su padre, y tampoco se le puede echar la culpa a nadie. Yo también podría pasar más tiempo con ella del que paso, pero nos vemos casi todos los días, estoy segura de que más horas nos harían volvernos locas y acabaríamos hartándonos la una de la otra. El caso es que ella está bien así, y estará mejor si su padre le deja quedarse con el perro, porque los animales son muy buena compañía para cualquiera, eso está claro, pero más aún para alguien que los ama tanto como Alice. Sí, desde luego no ha sido mala idea, casi agradezco que no me haya dejado dormir porque al menos las próximas noches dormiré mejor pensando en que mi vecina y amiga no está sola.

Me río todo lo que puedo cuando ella lo hace, porque son pocas las veces que, como ésta, me apetece hacerlo. Es una de las cosas que más me gustan de la extraña amistad que tenemos. Yo le hago bromas que a cualquier otra persona no le sentarían bien, y ella, lejos de sentirse ofendida, se ríe conmigo. Y viceversa, claro. - Querrás decir que después de este mundo lleno de lujos y buenas compañías en el que estaba, tu casa no será más que un mísero palacio - La corrijo convirtiendo lo que iba a ser un halago hacia su casa en uno mayor para la mía, cosa que en realidad no es verdad ni de lejos, y tampoco hace falta mirar muy lejos para comprobarlo. - ¿Qué estás insinuando, jovencita? - Reprocho cuando me llama algo menos que zorra a la cara, aunque de broma, claro. O al menos eso espera. Alzo una ceja viendo como ella misma lo comprueba sin ningún tipo de pudor y la miro fijamente. - ¿Tan acostumbrada estás a ver ese tipo de cosas? Vaya, creo que voy a tener una charla seria con Seth... - Puede que me haya pasado un poco, pero la carcajada que suelto después de decirlo no tiene precio.

Sacudo la cabeza levemente cuando menciona mi enorme jardín, el cual  no uso para absolutamente nada porque no me gustan las flores, me dan alergia la mayoría. - ¿Sabes lo que me costó meter al perro en casa? ¿Pretendías que lo hubiera vuelto a sacar fuera? Já - Sólo de recordar lo enfadada que estaba con el perro por no entrar, casi me recorren escalofríos. - En las pelis este es el momento en el que me das las gracias infinitas por mi exquisito regalo y me lo pagas haciéndome la comida durante las próximas dos semanas - No es que sea un regalo porque no lo he comprado yo, pero su cuela, cuela. Con tal de no tener que cocinar le regalaría un unicornio.
Jessica D. Voznesenskaya
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Vuelve a repetir ese movimiento lento de cabeza en señal de desaprobación realizando un suspiro también. - Claro, como le has dado tanta compañía tú, seguro que te echa de menos. - no puedo creer que después de tenerle aquí encerrado todo el día, aún piense que eso se considera ser buena persona, incluso aunque lo diga en broma. Jessica es demasiado irresponsable como para ocuparse de un ser vivo, apenas puede ocuparse de sí misma ella sola. Me siento mal por ella, porque después de haber pasado por todo lo de la arena, no tiene a casi nadie que se preocupe de si está bien o necesita algo. Se podrían contar con los dedos de una mano aquellos que aún sigue en su vida. Y yo estoy entre ellas. - ¿Yo? Nada, nada. - sonrío de lado, obviamente bromeando. Jamás pensaría en mi amiga de esa forma.

Intento aguantar la risa con su siguiente comentario,  y mi cara toma una forma divertida entre indignación y estar a punto romper a carcajadas. - Eres un poco exagerada, ¿no crees? Al fin y al cabo es parte de la anatomía del ser vivo. - suelto como eso fuera excusa suficiente y pongo una sonrisa de satisfacción como pondría una de esas chicas repelentes, levantando ambas cejas. Le doy un codazo en el abdomen para que deje de reírse de mí, no hay cosa que menos aguante que las bromas pesadas, a pesar de que tampoco lo ha dicho para ofenderme, sino para descojonarse en mi cara. Aún así me molesta. - Claro, el pobre perro habrá pensado que estabas borracha perdida después de abrir la puerta como una loca que acaba de perder los estribos. - le reprocho mirando primero al perro y después a su figura. - Solo es un cachorro, tampoco puede ladrar tan alto. -

- Tienes razón. - hago como si me estuviera arrepintiendo de algo, agachando la cabeza un poco cuando dice lo de las películas. - Qué pena que esto sea el mundo real. - y suspiro dramáticamente. - De todas formas, sabes que odio cocinar. Si quieres alimentarte a base de sándwiches de mermelada por mí bien. - levanto la mirada hacia ella y no puedo evitar reírme al ver su cara. - Claro que Allen estará encantado de que vengas a comer a casa. Mmmm... hace unos macarrones estupendos. - es lo único que le sale bien al pobre. Debe de ser porque solo hay que hervirlos y echar la salsa de tomate.
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Jessica D. Voznesenskaya
Miembro de Investigación
Creo que ya es hora de parar con las bromas porque sé que no es algo que a ella le apasione, al contrario que a mí. De hecho puedo ver que ha fruncido ligeramente el ceño en señal de enfado, lo cual me hace aún mas gracia que las bromas en sí. No puedo evitar picarla de vez en cuando. - Eh, que la del sarcasmo soy yo, busca otra forma inteligente de insultarme - Reprocho fingiendo molestarme yo también. - Además, sí que le he dado compañía, ¿ne ves lo feliz que está? - En realidad si está feliz es precisamente porque no he estado con él, y lo sabemos las dos, pero ninguna lo decimos en voz alta, nos limitamos a mirarnos y reír como si lo hubiéramos hecho. Alzo las cejas cuando está en pleno auge de su momento empollona y hago un gesto con la mano para que pare de hablar. - Creo que con esa frase acabas de empeorarlo - Si no supiera que ha sido mi amiga la que ha pronunciado esas palabras, me habría sonado a lo que diría un médico. De hecho sé que le gusta la medicina y que quiere llegar a ser como su padre u día, algo que respeto y admiro.

No sólo lo respeto y admiro, sino que además tengo intención de imitarlo, en parte, en un futuro no tan lejano. Mi madre no dejó mucho dinero, y el que me dieron por salir viva de los juegos como una especie de indemnización era lo suficiente como para rehacer mi vida y poder pagarme ciertos gastos durante algún tiempo, pero todo eso se está acabando y tengo que conseguir un trabajo. Obviamente no me refiero a trabajar como médico ni enfermera, pero cualquier clase de empleo me sirve, la verdad, tampoco es que pueda exigir mucho teniendo en cuanta las pocas cosas que sé hacer, y que nadie quiere contratar a alguien que ha matado a sangre fría a niños que tuvieron mala suerte en la cosecha. Aunque todo eso ha quedado muy atrás, siempre va a perseguirme por mucho que me pese. - Ponle ya un nombre y llévalo a casa, está llenando el suelo de pelos, y eso que no se ha movido de aquí -

Pienso yo también para hacerlo todo un poco más fácil y rápido. - ¿Toby? ¿Rex? Ya sabes, esos nombres que todos le ponen a su perro, tampoco te compliques - Ya sé que me va a decir que no, de modo que sigo pensando. En el seis había un perro escuálido que no era de nadie pero a la vez era de todo el mundo. Nos turnábamos para darle de comer lo poco que teníamos y cada semana dormía en una casa. Me encantaba cuando me tocaba a mí porque era prácticamente la única compañía que tenía, y además pasaba de mí y yo de él, pero el simple hecho de que estuviera ahí me ayudaba mucho. Me lo hubiera quedado de forma permanente si hubiera podido mantenerlo, pero no era así. Y pensar que ahora vivo en el Capitolio... - Bruno es bonito - Así era como se llamaba aquel perro, o al menos como le llamábamos todos.
Jessica D. Voznesenskaya
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Tiene razón, a mí nunca se me dio bien responder al propio sarcasmo con más sarcasmo, eso siempre fue y es muy Jessica. Yo soy más de poner caras raras como si esos comentarios me ofendieran, cuando en realidad lo único que me molesta es no saber contestar con algo mejor. Aún así me hace gracia el hecho de que no le molesta que la insulte, porque sabe que lo digo en broma. Creo que en eso se basa nuestra relación, yo le dejo a ella que se ría de mí por mi estupidez y yo puedo intentar sentirme mejor utilizando mi pésima ironía contra ella. Es algo así como un cariño mutuo inexplicable. No sería capaz de explicar como llegamos a congeniar, cuando mi mejor amiga al principio me odiaba. - Perdona, está feliz porque yo llegué. - remarco el yo haciendo una pausa después de decirlo. Me río porque en cuanto aparto las manos del perro aposta, empieza a hacer un movimiento raro con la cabeza como si quisiera que continuara con las caricias, y como es tan sumamente adorable, vuelvo a posar mis manos sobre él.

Me llevo una mano a mi frente agachando la cabeza, avergonzada por la frase que acabo de soltar. - Es que es difícil contestar a tus sarcasmos cuando estás todo el día atacándome con Seth. No sé porqué le odias tanto. - sueno más enfadada de lo que había querido sonar, pero es que me pone muy nerviosa, porque en cada conversación que tenemos, suele sacar a Seth en el tema. No entiendo que le ha hecho el chico para que le caiga tan mal, creo que ni se conocen. Es imposible que le haya hecho algo. De todas formas no puedo enfadar con mi mejor amiga porque no le guste el chico con el que salgo. A mí tampoco me gusta el joven con el que sale a veces y no veo que ella esté molesta conmigo. También porque no le he dicho que me cae mal.  

- ¿Desde cuando te preocupas de que tu casa esté limpia? ¿Has visto la cocina? Parece que una bomba haya explotado allí abajo. - lo recuerdo porque cuando entré me paré a ver si estaba allí, y da la casualidad de que me encontré con una habitación llena de platos sin lavar, comida esparcida por la mesa. Un desastre. Si no fuera por la posición en la que está, y sé que apenas tiene dinero ahora, hasta le diría que contratara a una asistenta. No le vendría mal, sobretodo porque odia limpiar, o más bien, le da pereza. ¿Rex? ¿En serio? Eso es nombre de dinosaurio - suelto una carcajada tan grande que tardo casi un minuto en dejar de reírme. Las únicas mascotas que tuve cuando era pequeña fueron dos peces de colores. Como éramos muchos hermanos, yo nunca tuve el honor de ponerle a alguno de los dos un nombre. Así acabaron con los nombres más horribles que os podáis imaginar. - Pues Bruno entonces. - giro la cabeza para observar a Jessica mirando al chucho. - Gracias. - murmuro.

Regreso a casa saliendo por la puerta esta vez, encontrándome con mi padre en casa, dormido en el sofá. Dejo al nuevo miembro de la casa en el suelo, dejando que se recorra la casa habitación por habitación mientras yo me dejo caer en el sofá también apoyándome en el hombro de Allen. Bueno, tendrá que darle la bienvenida a Bruno cuando se despierte.
Alice D. Whiteley
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