The Mighty Fall
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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Distrito 2, zona residencial

Jessica D.Voznesneskaya

11:00 pm


Mi vida nunca tuvo sentido desde que hubo un cambio tan radical en ella. ¿A quién pretendo engañar? ¿En qué momento se me ocurrió la semejante idea de intentar fingir una vida que no me corresponde? Además de poner en peligro a todos los que forman parte del pequeño círculo familiar que hemos ido creando con el paso del tiempo. ¿Desde cuando me he convertido en una persona tan egoísta, que sólo piensa en sus propias consecuencias y no en las del resto? Cada vez que pienso en ello, siento un profundo golpe en el pecho, recordándome cuán cruel es el destino que nos depara a cada uno. O por lo menos, a aquellos que alguna vez ayudaron a colocar un ladrillo en la catedral de mentiras en la que vivo. Pero nada dura para siempre, todo esto ha llegado a sus extremos, ya es hora de cambiarlo.

No voy a mentir - qué tontería, llevo haciéndolo por los últimos meses más que respirar -, no quiero irme, no por una segunda vez. Aunque esto es completamente distinto, la última vez tenía a mis padres, sabían a donde nos dirigíamos, qué íbamos a hacer, si no hubiera sido por el bombardeo de Londres. ¿Pero ahora? Solo me voy a tener a mí misma como compañía, mi propia respiración, mi propio camino. Ni siquiera sé que es lo que el destino quiere para mí, ¿como voy a irme de casa? No volveré a levantarme por culpa de los lametones de Bruno en mi cara, ni a soportar las terribles comidas de Allen. Tampoco voy a tener que aguantar las quejas de Seth porque le hago salir de casa cuando hace frío, ni los comentarios bordes de Jess cuando no le gusta algo. Todo esto que ahora mismo me molesta, voy a acabar echándolo en falta más que respirar. Porque nunca nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que lo perdemos.

Nunca he sido de llorar. Principalmente porque la razón por la que las personas lloran es el dolor, y dado que yo ni siquiera lo siento, no he tenido motivos para hacerlo ni derecho a ello. Pero no es verdad; todo el mundo tiene derecho a llorar, incluso si se trata de felicidad, o si simplemente te apetece en alguna ocasión. Es por eso que después de tanto tiempo sin derramar una sola lágrima - desde que perdí a mis padres en Londres -, salgan disparadas como balas perdidas de mis ojos, chocando contra la cerámica del lavabo. Cuando intento parar y coger aire para no ahogarme, todo vuelve a empezar, hasta llegar al punto de tener algo de hipo. A estas alturas estoy casi segura de que a una persona normal le estaría estallando la cabeza, ya que puedo sentir el pulso acelerado dentro de ella. Cuando por fin puede dejarlo, mis ojos parecen de color verde en vez del azul al que estoy acostumbrada a ver todas las mañanas, encima del rojo que antes estaba bañado en blanco.

Doy vueltas alrededor de mi cuarto, sacando las cosas de mi mochila una y otra vez para comprobar que no me dejo nada antes de marchar. Es alrededor de la una de la mañana, y a estas horas casi todo el vecindario está durmiendo, incluido Allen. Comienzo a morderme las uñas nerviosa, apoyándome en la esquina de la cama, pero nada más sentarme vuelvo a levantarme y a dar paseos por la habitación. Quizás hoy no sea una buena noche para irme... Pero sí, tiene que ser hoy. Hay un tren de mercancías que sale esta noche a las dos de la madrugada recorriendo cada uno de los distritos, y sólo sale una vez al mes, no puedo quedarme otro mes. Me pongo los zapatos negros que están debajo de la cama, al igual que la chaqueta que cuelga del perchero. Si no fuera porque es ropa demasiado informal, diría que voy a un funeral, pero el negro es lo mejor en cuanto a camuflaje. Vuelvo a revisar por octava vez en menos de diez minutos que todas mis cosas están en orden, y después me llevo la mochila a un hombro. Hago un amago de coger el móvil encima de mi mesa, pero sería muy fácil de localizarlo si se lo propusieran y no es exactamente lo que quiero. Apago la luz, intento acostumbrar mis ojos a la penumbra, abriendo la puerta con muchísimo cuidado para evitar hacer ruido. En momentos así es cuando me gustaría saltar por la ventana, pero no quiero matarme. Agradezco que esta noche Bruno haya decidido asentarse en la cama de Allen, porque habría sido muy difícil deshacerme de él, aunque aún escucho sus pequeñas patas arañar la puerta de la habitación.

Tengo que coger las llaves para poder abrir la puerta - dado que mi padre tiene la manía de cerrar siempre por dentro -, pero por suerte están encima de la cómoda de la entrada. Cuando calculo que hay el espacio suficiente como para pasar por él, me escurro por el agujero, cerrando la puerta tras de mí con cuidado de no hacer más escándalo. Tengo que pasar por delante de la casa de Jessica, lamentando el no haber podido despedirme de ella en condiciones. Ni de ella ni de nadie. La casa de Seth también se me hace familiar aunque todo esté oscuro. Me arrepiento de no haber traído a Bruno conmigo, quien ahora mismo estaría en la puerta lanzando gruñidos y ladridos para que nos abran la puerta. Aunque supongo que todo eso se acabó.

El trayecto en tren dura dos cortas horas, incluyendo la parada en el distrito uno. Durante ese tiempo no puedo evitar pensar en qué pasará la mañana siguiente. Si será Bruno el primero en percatarse de que no estoy, o si será Allen al darse cuenta de que nadie baja a desayunar. Un frenazo es lo que necesito para sacarme de mis pensamientos, lo cual significa que ya hemos llegado al distrito dos. Ni siquiera estoy segura de lo que voy a encontrar aquí, no tengo seguro que la casa de los Shepherd, mi casa, siga aquí. Pudo pasarle de todo; con el nuevo régimen alguien podría haber entrado y tirarlo todo abajo; o quizás solo hizo falta el paso de los años para que se cayera a pedazos. Tampoco es que fuera un edifico demasiado estable, es uno de los distritos más pobres del país. O lo era antes de irnos. La casa probablemente no tiene ni una estructura decente como para aguantar años sin ser cuidada.

Pero no. Ahí está, aguantando como una roca entre el resto de casas que parecen abandonadas. Al parecer han vuelto a construir una zona residencial, me pregunto de donde habrán sacado el dinero. No me doy cuenta de que estoy temblando hasta que pongo una de mis manos en el marco de madera de la puerta, que está doblada como si alguien la hubiera forzado de una patada. Y probablemente fue lo que pasó. De repente tengo la sensación de querer desmayarme, dado que los recuerdos de esta casa y todo por lo que tuvimos que pasar no han pasado por mi cabeza desde hace meses. Prácticamente el edificio entero está destrozado; apenas hay una mísera ventana que no esté rota, la mayor parte de los armarios y estanterías están tiradas al suelo, así como las camas. Por no decir que incluso han levantado parte del suelo en alguna habitación.

Desde el momento en el que puse un pie en mi casa tengo clara una cosa: no voy a irme de aquí hasta que no averigüe porqué mis padres decidieron dejar nuestro hogar.

                                         
——————————          ♢         ——————————

Durante los siguientes cuatro días, me dedico a buscar entre todos los cajones de todas las habitaciones de toda la casa en busca de algo que sea útil o que tenga sentido. Pero eso se vuelve difícil porque mi madre tenía la manía de escribir desordenado y en cualquier papel que encontrara, por lo que recoger un papel con un par de palabras puede significar hasta la compra que había que hacer la semana siguiente. Conclusión: por mucho que busco y busco, no encuentro más que un rompecabezas. Aunque también he encontrado otras cosas que alguna vez en mi vida tuvieron un valor sentimental para mí, pero que ahora me resulta muy lejano. Como por ejemplo, ayer conseguí gran parte de los dibujos que hacía en colegio en mi tiempo libre. Estaba obsesionada con pintar, a pesar de que ahora que lo miro bien, no tenía ningún talento para ello. Canicas, hay canicas por todas partes. Las gafas de leer de mi padre, ropa de mi madre que no se llevó, e incluso mía, pero es tan pequeña que dudo que me valga. Un montón de fotos, tanto en álbumes como en marcos. Aunque rotos.

La noche de mi cuarto día en el distrito dos, estoy tumbada en la cama de lo que antiguamente fue mi cuarto mientras leo el viejo diario de mi madre. Se me cierran los ojos, pero la luz de la linterna es tan potente que evita que me duerma. De todas formas, en el cuaderno no pone nada que esté buscando. Sólo hay pensamientos de mi madre, cosas que tenía que hacer, e incluso otras anotaciones que hubiera preferido no leer. Pero un ruido fuera hace que apague la linterna rápidamente. Paso más de diez minutos en la misma posición, intentando aguantar la respiración lo máximo posible, sin embargo los ruidos no cesan. Y cuando creo que por fin lo que sea que hay fuera se está marchando, oigo como sus pies se arrastran por el marco de la puerta. Con cuidado, poso mis pies en el suelo y me levanto acercándome hacia la puerta de la habitación.

Es la figura de una mujer que se me hace increíblemente familiar. Su pelo, aunque todo esté oscuro, es de color pelirrojo castaño y ondulado. Digo su nombre antes de que pueda asegurar que es ella. - ¿Jessica? - ni siquiera me atrevo a decirle Jess.
Alice D. Whiteley
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Jessica D. Voznesenskaya
Miembro de Investigación
Capitolio, zona residencial, 7 p.m
Cuatro días después de la huída de Alice

Últimamente todo está cambiando, y no estoy segura de si para bien o para mal. Mi vida está bifurcándose y no sé qué camino tomar. En mi cabeza aparecen recuerdos que no sabía que estaban ahí, y que me hacen perder la cabeza más de lo que ya estaba. Odio que pase esto, cuando creo que todo está bien y que por fin voy a poder ser y comportarme como una persona normal, el mundo se vuelve en mi contra. Y lo peor es que no es el mundo, soy yo la que lo hago, mi cerebro, mi memoria... Parece que soy yo misma la que no me permito ser feliz al menos durante un tiempo, y no puedo negar que siempre me haya pasado. Me siento culpable por tantas cosas... Por matar a toda esa gente, por no saber si echo o no de menos a mi madre, por no hacer tanto caso de Alice, por no buscar a mi padre cuando sé que debe de estar ahí preocupado por mí... La verdad es que no quiero verle, y si él piensa lo contrario debe venir conmigo como nunca hizo, porque no seré yo la que se arrastre por él. Es curioso cómo cambió todo cuando supe que estaba vivo. Cuando pensé que había muerto casi nada más nacer yo le tenía cómo un héroe, como mi ejemplo a seguir aún sin conocerle, deseaba haberlo hecho, deseaba verle con todas mis fuerzas, y no me atrevía a desear que estuviera vivo porque eso me daría esperanzas de que lo estuviera, cuando sabía que era imposible. Me bastaba con ver la situación de mi madre, hundida en la tristeza desde que se fue, para saber que era un hombre magnífico, o no le echaría tanto de menos.

¿Cómo puede ser que ahora que sé que lo está mis sentimientos sean todo lo contrario? ¿Puede ser que acabe muriendo sin saber el por qué de o que hicieron? ¿Sin saber si alguna vez tuvo curiosidad por saber cómo estábamos mamá y yo? ¿Sin saber si tenía consciencia de nuestra situación o si no lo sabía y por ello no nos ayudó?Sé que la carta que me dejaron debería ser suficiente explicación, pero siento que es demasiado escueta. No pueden explicárnoslo absolutamente todo en tan pocas líneas. He leído esa carta miles de veces, y sigo sin poder entender cómo alguien puede hacer eso, aún teniendo el sentido de la maternidad tan desarrollado como el de un ladrillo. En un momento he pensado tanto que la cabeza me va a estallar, y necesito hablar con alguien. Corro a tomarme algo para el dolor de cabeza y pienso en quién llamar. No tengo muchas opciones en realidad. Riorden o Alice. Supongo que Riorden tiene cosas más importantes que hacer que moverse desde el trece para escuchar mis idas de olla, con lo que salgo de casa en seguida  a buscar a Alice, que espero que no tenga nada mejor que hacer. Miro la hora, son las siete. A estas horas estará sola en casa, por lo que me permito llamar a la puerta repetidas veces sin tener que ser educada. Nadie me abre la puerta. Vuelvo a llamar durante unos minutos más, y frunzo el ceño cuando sigue sin abrirme nadie. - ¡Alice! - La llamo repetidas veces, hasta que caigo en la cuenta de que puede estar fuera, paseando al perro o algo así. Oigo pasos detrás de mí, y me doy la vuelta pensando en que será ella, pero no es así.

Mi vecina, y por tanto la vecina de Alice, me sonríe afablemente. - ¿Buscas a la chiquilla? - Me pregunta situándose en frente de mí y señalando la casa de Alice. Asiento con la cabeza si decir nada más, preguntándome por qué se ha tomado la molestia de venir hasta aquí sólo para preguntarme eso, aunque claro, con tan de enterarse de algún cotilleo sería capaz de andar hasta el distrito más lejano. Pero cuando frunce los labios, cosa que nunca hace, me pongo en lo peor. - Hace días que desapareció, ¿no te habías enterado? Su padre la está buscando por todo el distrito - Me quedo helada en mi sitio. ¿Desaparecida? ¿Alice? Es cierto que hacía ya unos días que no la veía, pero nunca pensé que pudiera estar desaparecida. Mi enfado aumenta por momentos. - ¡¿Por qué nadie me lo había contado?! - No me puedo creer que nadie se haya tomado la molestia de avisarme. La mujer se asusta y se mete en casa, pero yo no hago lo mismo. No ha desaparecido, sólo se ha ido... Sabía que pasaría, pero pensé que la menos vendría a despedirse. Voy a la estación de trenes y cojo el primero que me lleva al distrito dos. - Voy a matarla...- Me digo a mí misma, aunque no sé con qué intención exactamente.

El tren tarda unas horas en llegar y otras más en llevarme a mi destino, pero cuando lo hace me doy cuenta de que el distrito es grande, y no sé muy bien por dónde empezar a buscarla. Sé que está aquí, y que habrá venido a investigar su casa ya de paso, pero no sé dónde está. Decido que lo mejor será preguntar si hay alguna casa abandonada. La primera persona a la que le pregunto se ríe y me mira de arriba a abajo. Frunzo el ceño. Si todos van a darme esa respuesta acabo antes buscándola yo. Pruebo suerte con otro, al principio piensa que estoy bromeando pero cuando ve mi cara se da cuenta de que no es así, y me explica que aquí la mayor parte de las casas están abandonadas, me señala la zona. Vuelvo a mirar la hora, son casi las doce de la noche, espero que me de tiempo a encontrarla.

Cuando llego a la zona que me ha señalado el hombre me doy cuenta de que es enorme, y que tardaré unas dos horas en peinarla, con suerte. Empiezo lo antes posible. No es tan difícil porque casi todas se caen a pedazos, y o creo que se haya metido en . Además en algunas quedan cartelitos que indican el apellido de la familia que residió ahí. Ahora mismo no recuerdo cuál era el apellido de Alice, pero sé que si lo veo me sonará. Cuando llegan las dos de la madrugada veo a mi mejor posibilidad. El edificio está en bastantes buenas condiciones, al menos teniendo en cuenta que está abandonado. Cuando leo el cartel me suena mucho el apellido, y si aún me quedaban dudas, veo un rastro de luz por un resquicio. Casi sin pensar en qué voy a hacer o en qué voy a decir irrumpo en la casa, haciendo ruido incluso, cosa de la que siempre me suelo ocupar por la costumbre. La luz me guía hasta una habitación pequeña, y antes de entrar una figura sale por ella, mirándome. - ¡Alice Dalia Whiteley! ¡¿Se puede saber en qué estabas pensando?! - Veo como sube una mano y me hace un gesto para que baje la voz. - Ni se te ocurra mandarme callar, ahora me vas a escuchar - Entro en la habitación y le hago un aspaviento para que haga lo mismo, cierro la puerta detrás de mí y mi enfado aumenta por segundos. Incluso noto que mi pelo se pone de un color rojo chillón, cosa que siempre me pasa cuando estoy enfadada, enfadada de verdad. - ¿Cómo se te ocurre irte así como así? Tu padre está muy preocupado. ¡Yo estoy muy preocupada! - Aunque sabe que entiendo sus razones, también debe de saber que no las comparto. - A nadie le importa lo que seas, Alice. ¿Cuándo lo entenderás? - Sabe que no le pasará nada mientras yo pueda impedirlo, y no sólo yo, sino todas las personas que la quieren, que no son pocas.
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Por un segundo me quedo paralizada en la puerta al escuchar una voz que no es la mía, una a la que no estoy acostumbrada a oír desde días. Entonces miles de preguntas se me ocurren en mi cabeza pero no logro que ninguna de ellas salga por mi boca. Como qué hace aquí, cómo ha sabido encontrarme, y un numero incontable de ellas. Pero en su lugar, sigo observándola estupefacta. No por mucho tiempo dado que los gritos que da van a hacer despertar a todo el distrito. - ¡Shhh! ¡Shh, por favor! - aunque estoy tentada a darle un abrazo tan solo levanto un mano para hacer un amago de taparle la boca, pero sus gritos me dan tal susto que tengo que echarla hacia atrás al instante. Ni siquiera sé qué decir, ¿hola? ¿me alegro de verte? ¿algo por el estilo? Sé que está enfadada, yo también lo estaría si estuviera en su lugar, pero tiene que comprender porqué he hecho lo que he hecho. Y se lo he explicado demasiadas veces como para volver a explicarlo una vez más.

Cuando menciona a mi padre se me enciende una pequeña chispa en el interior mientras la sigo hacia el cuarto, cerrando ella nada más paso. Ignoro todas sus preguntas y comentarios porque sólo quiero y tengo que formular una pregunta. - ¿Le has visto? ¿Está bien? - la respuesta puede que sea demasiado obvia, pero necesitaba preguntar por él. Y por Seth. Y por Bruno. Y de Jessica si no fuera porque la tengo delante y ahora mismo no parece querer tener este tipo de conversación. Dejo que me grite todo lo que quiera porque supongo que a estas alturas si nadie ha venido nadie vendrá; además de que viene bien para que suelte todo lo que lleva dentro de una vez. La verdad es que no sabe cuanto echaba en falta tener algo de compañía, pero su presencia aquí es más peligrosa para ella que para mí. Sus comentarios me hacen daño, hacen parecer que todo lo que estoy haciendo lo hago por capricho y no por la verdadera razón.

No puedo evitar fruncir el ceño cuando dice que a nadie le importa lo que soy. - ¿Pero qué dices? ¿Te estás escuchando a ti misma? - tampoco puedo evitar gritar, bajando el volumen en mi siguiente frase. - ¡A todo el mundo le importa lo que somos ahora, Jess! Durante los últimos meses de lo único de lo que se ha preocupado la gente es de cuán pura tienes la sangre, de si no eres mago, y de todas esas mierdas que el nuevo gobierno está inculcando por ahí - es la primera vez que decido insultar al gobierno de Jamie en voz alta y no en mi cabeza - ¿Me quieres decir que no has visto como tratan a los que llaman ellos traidores? - y también me dirá que no ha visto como quemaban vivos a más de ochenta personas que probablemente no hicieron nada más que ser ellos mismos. ¡Ahora hasta matan a los suyos! ¿Pero qué clase de gobierno es este?

Me dejo caer en la cama dejando escuchar el ruido de los muelles al posar mi peso. Vuelvo a encender la linterna porque hasta el momento ninguna de las dos se ha dado cuenta de que estábamos completamente a oscuras. Paso un rápido vistazo a la habitación y contemplo la cantidad de papeles que hay tirados por el suelo, el polvo y todo lo demás. - Lo siento - es lo único que se me ocurre decir - , de verdad que lo hago. Pero ya no puedo volver - todo sería muy diferente si lo hiciera. Allen me cortaría el cuello, Seth por otro lado también, él único que se alegraría de verme sería Bruno, dado que no tiene ni remota idea de lo que estará pasando. Siento como el cuerpo de Jessica se deja caer a mi lado, volviendo a hacer ese ruido desagradable del muelle.
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Jessica D. Voznesenskaya
Miembro de Investigación
Veo su cara cuando me reconoce, y no es muy difícil adivinar en ella al menos tres sentimientos; estupefacción, culpabilidad y dudas. La estupefacción supongo que es por el hecho de que esté aquí, aunque ya debería de saber que iba a venir, pero imagino que al haber tardado cuatro días en aparecer pensó que no iba a venir, pero no fue culpa mía, sino de la gente que no me dijo nada. Si no llego a ir a su casa no podría haberme enterado, y eso hace que me enfade con el mundo y que, en parte, canalice un poco de ese enfado al de ella, que ya de por sí mismo es muy grande. Culpabilidad porque nadie puede estar seguro al cien por cien de escaparse de casa, y ella tendría sus remordimientos por dejarnos a todos solos, aunque en su cabeza la razón sea nuestro propio bienestar. Y las dudas son casi obvias. Cómo he llegado, cómo la he encontrado, si estamos todos bien... Esta última es la primera que decide manifestar en voz alta, cosa que me calma un poco porque al menos ahora corroboro que ha estado preocupada por todos, aunque ya lo sabía. - No le he visto, pero te está buscando por todas partes. Debe de estar muy preocupado - Sé que eso no le ayuda a sentirse menos culpable, pero tampoco le voy a decir lo contrario. Más que nada porque a parte de que no se lo creería, no tiene lógica que Allen no esté buscando a su hija. Aunque esa pregunta me ha hecho sentir algo de lástima por la situación en la que está, en la que estamos, sigo gritando y despotricando contra ella, incluso cuando me manda callar.

Mi última frase hace que sea ella la que frunza el ceño y acabe gritando. Escucho sus palabras con expresión muy seria. No puedo decirle que no tiene razón, pero sabe que no me refería a eso. Antes de replicar, escucho como una palabrota sale de su boca, y si no estuviéramos en esta situación, me haría gracia. - ¡Eh! Esa boca - Ni siquiera sé por qué lo digo, porque no me molesta que la gente diga palabrotas, de hecho me parece una bobada, pero algo me dice que tenía que decirlo.  Luego, por fin, me calmo un poco y me acerco a la cama donde se ha sentado, bastante más serena. - Ya sé que no está bien, pero nunca va a estarlo - No es un consuelo, pero es la verdad. ¿Cuándo ha sido un gobierno bueno? Siempre hay gente que se lucra de la manera de gobernar, una pequeña minoría, mientras todos los demás mueren de hambre, guerras... - No me refería a ellos. Todos me dan igual, y a ti también deberían. No va a pasarte nada mientras yo esté cerca, pero no puedo cuidar de ti si te alejas. ¿Crees que voy a cruzarme de brazos si te vas? Ya te he dicho que vamos a estar juntas, no importa a quién le pese - Agarro mi collar, recordando que fueron las últimas palabras que le dije a mi hermana antes de irme de su lado. No he cumplido esa promesa, y pienso cumplir esta aunque me cuesta la vida. La miro y veo que ha bajado la cabeza, avergonzada. No puedo evitar acercarme y darle un abrazo, porque me da la sensación de que tanto ella como yo lo necesitamos.

Suspiro y le sonrío como si no hubiera pasado nada. Intento cambiar de tema porque sé que esta conversación no va a llegar a ninguna parte. - Ahora vamos a dejarnos de cursiladas y hagamos algo útil - Me levanto de la cama y paseo por la habitación. - ¿Esta era tu casa? - Pregunto, aunque ya sé la respuesta. Si ha venido aquí deduzco que será para encontrar pistas sobre su familia. No la culpa, si yo tuviera familia a la que podría querer, también lo haría. Pero la única familia que me queda es mi padre, y prefiero pensar en él como mi padre muerto que me quería a pensar en él como mi padre vivo que no se ha dignado ni a buscarme, sabiendo que todo lo que ha pasado es culpa suya. Veo un libro en el suelo, pero no lo cojo porque imagino que será personal, y tampoco quiero entrometerme mucho en su vida, sólo ayudar en lo que pueda. - ¿Qué has descubierto hasta ahora? ¿Algo que nos pueda servir? - No hace falta que le especifique, porque las dos sabemos que es como si ya me lo hubiera contado. Me sorprende lo bien que me entiendo con alguna gente, teniendo en cuenta que mi situación no muy común. Quiero creer que es suerte, la suerte que siempre se me ha negado, ya era hora de que me hiciera una visita. Mientras busco por toda la habitación algo, aunque no sé el qué, pienso en qué tema de conversación podría sacar. Se me ocurre el tema de su novio. Porque sí, la pequeñaja tiene novio, cosa que me hace pensar seriamente en la decadencia que lleva mi vida, cuando le saco casi cinco años. - ¿Qué tal con...? - Por un momento no recuerdo su nombre, y aunque las dos sabemos a quién me refiero, hago el esfuerzo de recordarlo, cosa que no me es muy difícil, y completar la frase. - ...Seth? Se llamaba así, ¿verdad? - Y las dos sabemos que sé perfectamente cómo se llama, pero nos seguimos la corriente.
Jessica D. Voznesenskaya
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Por algún motivo me sorprende que no haya visto a mi padre en los cuatro días que llevo fuera, sé que no tienen ninguna clase de relación, ¿pero entonces cómo sabe que está preocupado por mí? - ¿Cómo lo sabes? - obviamente me refiero también al hecho de saber que me está buscando por todas partes. Solo espero que no haya ido por ahí poniendo cartelitos de 'se busca' porque eso sería muy ridículo. Sabía que esto iba a pasar, pero esperaba que con el paso de unas semanas las cosas se calmarían. Por no obviar que se supone que Jessica no debería estar aquí. Eso me recuerda a que tengo demasiadas preguntas para ella sobre todo, en realidad, pero hay una de ellas que me come la cabeza. - ¿Cómo sabías que estaba aquí? - nunca llegué a mencionar en qué lugar exacto vivimos porque ni yo misma lo recordaba, y recorrerse todo el distrito dos en un par de horas es imposible. Aunque cabe la posibilidad de que me hubiera seguido pero no, no vi a nadie aquella noche y han pasado cuatro días desde entonces. Jessica no es tonta, no me hubiera dejado ni siquiera pisar el distrito dos.

En medio de la oscuridad ruedo los ojos, ella no es precisamente la persona más indicada para mandarme no decir palabrotas porque las dice constantemente, solo que no delante mío. A veces pienso que cree que tengo siete años y que tiene la necesidad de estar sobre mí y protegerme de todo lo malo que puede llegar a pasar. No se da cuenta de que a pesar de que se lo agradezco, si puede pasar algo, pasará y ella no podrá impedirlo. Razones por las que pienso que este gobierno es una completa basura. ¿Quemando humanos? ¿De verdad? Creo que la Edad Media la dejamos hace tiempo ya, así como el siglo veinte. En vez de avanzar, parece que la sociedad está retrocediendo. - Creo que soy lo suficientemente mayor como para cuidarme yo solita, Jess - y si apañármelas durante cuatro días sin compañía y en una casa que se cae a pedazos no lo demuestra no sé que lo hará. Sé que tiene las mejores intenciones conmigo, que por alguna razón le recuerdo a su hermana gemela y que como ella murió, tiene sus mejores intenciones en lo referente a cuidarme. Pero ya no soy una niña, ya no soy la cría que se asustaba por las noches porque su hermano mayor se metía debajo de la cama para asustarla. He crecido, las cosas han cambiado, y eso me ha hecho madurar más deprisa. Como a todos.

El abrazo de Jessica me pilla por sorpresa, normalmente no suele mostrar este tipo de interacción con nadie, sin embargo yo debo de ser la excepción. Pese a que quiero reírme ante su comentario sobre la conversación cursi que estamos teniendo, lo único que consigo es soltar una especie de bufido similar a una risa. La miro de abajo a arriba cuando se levanta para examinar más de cerca lo que tiene a su alrededor. - Hogar, dulce, hogar - un suspiro sale de mi boca a pesar de que no lo tenía planeado con un impulso hacia arriba para levantarme de la cama. Mi intención no era quedarme aquí tanto tiempo como el que he estado, yo sólo quería ver si la casa seguía en pie, pero tras ver la situación decidí pasar unos días más.

- Absolutamente nada - mi voz suena más fuerte de lo normal, como si estuviera molesta por ello, cuando la verdad ni siquiera esperaba encontrar nada hasta que llegué - Mi madre tenía la manía de escribirlo todo en una letra que nadie entiende y mi padre apenas escribía nada. Todo lo que busco lo sabían ellos. - es algo realmente frustrante que las únicas personas que sabían porqué nos fuimos de aquí nunca me contaran nada al respecto. Fue un: haz tus maletas, nos vamos , muy directo y por mucho que preguntara no me lo iban a contar. - Y ahora ya no están - lo digo en un tono tan bajo que ni yo misma estoy segura de oírlo. De todas formas era algo obvio por lo que hasta Jessica se lo ha tenido que imaginar. Tampoco pienso que sirva de mucho buscar a estas horas, son las dos de la mañana y apenas hay luz. Recojo todos los papeles que esa misma tarde había tirado por ahí en un momento de frustración y los meto en la caja donde he estado guardando todo lo que tiene letras en papel.

Sin querer se me cae la caja de las manos cuando escucho que pregunta por Seth. La recojo con tanta torpeza y rapidez que se nota bastante que eso me ha venido por sorpresa, como casi todo lo que ha pasado hoy. Me doy la vuelta para observarla curioseando por ahí hasta que ella también me está mirando. - ¿De verdad eso es un tema para sacar a las dos de la mañana? - sacudo la cabeza quitándome la risa tonta que me acaba de salir y dejando la caja en uno de los estantes que sigue en pie. Como no obtengo respuesta, supongo que sigue esperando la mía. - Sí, se llama así. Oh, vamos, lo sabes perfectamente, Jess - evito sacar ese tema de conversación porque aunque me lo niegue, sé que ella nunca ha tenido novio, lo cual me extraña. Pero siempre acabo hablando de él hasta con las paredes, por lo que es imposible que no recuerde su nombre. Me encojo de hombros levemente. - ¿Bien? No lo sé, estamos bien, o estábamos, al menos - es una pregunta extraña con una respuesta extraña. ¿Seguimos saliendo o esto acaba de romper ese vínculo? - ¿por qué lo preguntas? - sólo me he ido durante cuatro días, y ya echo de menos todo lo que tenía antes.
Alice D. Whiteley
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Jessica D. Voznesenskaya
Miembro de Investigación
Me río un poco cuando pregunta cómo sé que su padre la está buscando por todas partes. - Ese loro cotilla que tengo por vecina se ha encargado de hacérmelo saber - Supongo que sabe de quién le hablo, porque ¿quién no lo sabe? Esa mujer tiene controlado absolutamente todo lo que hago, y si Alice quiere saber qué estoy haciendo o dónde estoy, sólo tienen que preguntarle a ella. Por no mencionar el hecho de que también es su vecina, aunque algo más lejana que yo, pero lo es.  En realidad esa mujer no me cae mal, de hecho me llega a hacer gracia, pero me molesta que controle tanto lo que hago. Aunque bueno, eso que me ahorro de niñera; cada vez que me pasa algo sé que ella va a dar aviso, y si se me olvida lo que tengo que hacer en el día sólo tengo que preguntarle. A estas alturas es mejor que me lo tome a broma, o acabaré otra vez lanzándole cuchillos a la puerta. - Creo que subestimas mis recursos - Digo sonriendo orgullosa. Aunque todos esos recursos hayan sido preguntar por la calle a unas cuantas personas suena mejor si no lo digo. - Aunque he de admitir que la rapidez me ha dejado desconcertada. No pensé que lo harías ahora - Si lo hubiera pensado habría estado más alerta y no hubiera llegado ni a pisar el tren sin que estuviera detrás de ella, pero por desgracia me distraje y ahora estoy aquí, fuera de mi casa, y a saber cuándo volveré.

Alzo una ceja cuando dice que sabe cuidarse sola. - Claro, qué mejor forma de cuidarse que venir sola al festival de la salud y la limpieza - Obviamente hablo con sarcasmo, y mi tono de voz se lo hace notar de todas las formas posibles. Con toda la suciedad que hay aquí cualquier herida podría infectarse, o podría contraer cualquier tipo de enfermedad. Empiezo a pensar como una madre, como una madre que en realidad yo nunca tuve. Suelto un bufido y es cuando me levanto a examinar el lugar. Intento no tocar nada por respeto a ella, porque odio que cuando la gente viene a mi casa empiecen a toquetearlo todo, además de que no son simples adornos o baratijas. Todo lo que hay aquí tendrá un gran valor sentimental para ella, puesto que fue su casa, donde vivió durante muchos años y donde se sitúan la mayoría de sus recuerdos. Algún día tendré que hacer lo mismo, e ir a mi casa en el seis. La única razón por la que aún no lo he hecho ha sido que sé perfectamente que la tristeza se va a despertar en mi interior como ya hace mucho que no despierta, y temo volver a caer en el pozo en el que estaba perdida hace relativamente tan poco, y del que no estoy segura de haber salido todavía. Frunzo levemente los labios cuando dice que no ha encontrado nada, aunque no sé qué podría haber encontrado, la verdad. - Ya lo encontrarás, o si no siempre podemos decirle a nuestra querida vecina que lo investigue, se le daría de lujo. Lo extraño sería que no lo supiera ya - Ruedo los ojos, de broma.

Carraspeo un poco después de preguntarle por su novio, o lo que sea, antes de que me conteste, para intentar romper la pequeña tensión que de repente se ha creado. La situación no deja de ser graciosa por mucha tensión que haya, por lo que no tengo ninguna intención de parar hasta que por lo menos se ponga roja. - Vamos, Alice, ¿es que acaso hay otro tema mejor que este para sacar a las dos de la mañana? - Sonrío de lado exageradamente. Escucho como ni ella misma sabe cómo están, aunque supongo que después de haberse ido de su casa, no esperaba mantener la relación, y no sé que parte buena para ese chico tiene su decisión. O le quiere demasiado para ponerle en alerta de lo que va a hacer y en peligro, o tan poco que ni siquiera se había acordado del inconveniente que suponía tener pareja para una fuga, sobretodo si esa pareja tuya es el hijo de la persona de la que huyes para salvar tu vida. - Por nada, sólo tenía curiosidad - Supongo que ahora llega el momento de que le pregunte si le gusta de verdad, si está enamorada, si sólo es pasajero... Pero creo que he agotado por completo mi cupo de sentimentalismo del día. Me paseo por la habitación y veo una foto de su familia al completo.

Me acerco a ella y observo a sus familiares. Sonrío al ver la felicidad que desprenden, o que desprendían mejor dicho, en la foto. Me sorprendo al ver a su padre. Se parece tanto al mío... Pelo negro, ojos azules... Está claro que no salí precisamente a él, o al menos físicamente. Sabría si también me parezco en la personalidad si le conociera, pero al menos sé que yo no abandonaría a mi hija a su suerte después de haberla visto en los juegos. - Tu padre se parece mucho al mío, creo - Recalco el creo porque en realidad no le he visto en persona, sólo en fotos, para que lo recuerde. Cuando la miro para ver su respuesta, observo su expresión, con el ceño fruncido, y que tiene una mano en el estómago. Me acerco a ella. - ¿Pasa algo? - Podría ser simplemente un dolor, pero recuerdo que ella no siente el dolor por su enfermedad, con lo que empieza a ser extraño.
Jessica D. Voznesenskaya
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Suelto algo parecido a una risa al levantarme del suelo tras soltar lo de nuestra vecina. - ¿Pero esa mujer hace algo más que no sea cotillear lo que hace la gente de nuestra calle? Sobretodo de ti, no te quita el ojo de encima - en ocasiones me he preguntado si le pagan o lo hace por gusto, pero parece que se sabe la vida de todo el mundo de arriba a abajo. Lo mejor de todo - o peor, depende del caso - es que no pierde detalle de los asuntos, e incluso desde mi punto de vista la mayor parte de lo que cuenta se lo inventa. Desde que me contó que los vecinos de en frente adoptaron un dragón dado que no podían tener hijos ya no me tomo en serio nada de lo que dice. Aunque si que es verdad, que para cualquier cosa que necesites, ella estará ahí para darte una mano. - ¿Y cuándo pensabas que lo iba a hacer? ¿Cuándo las cosas estén aún peor que ahora? - y es que las cosas no pueden ir a peor. Primero vendiendo humanos como si fueran simples trozos de carne, luego metiéndoles en Alcatraz por delitos que probablemente ni hicieran, después los queman vivos delante de toda la plaza, ¿qué será lo siguiente?

Aunque en otros momentos su sarcasmo me hubiera molestado, ahora sólo me parece la mejor forma de llevar la situación en la que estamos. - Oh, perdona, la próxima vez me aseguraré de ir a un hotel de cinco estrellas donde me traigan el desayuno a la cama, ¿te parece? - respondo a su sarcasmo con más sarcasmo.  En un principio mi tono de voz suena demasiado en serio como para que alguien se atreva a echarse a reír, pero en cuánto la frase avanza siento como mi mandíbula se relaja dando a notar que ese no es un tema de conversación con el que disfrute hablando. Me encojo levemente de hombros - Tampoco esperaba encontrar nada cuando llegué, ni siquiera sé para que he venido - pienso que probablemente el problema que tenga es que soy masoquista, pero luego recuerdo que eso sólo es el deseo de una persona a sentir dolor y ya no cuadra conmigo. - Les echo de menos - es la primera vez desde que se fueron que lo admito en voz alta, y creo que se debe a que todos los recuerdos me están volviendo de golpe. Desde luego, volver al sitio donde crecí no fue una gran idea.

Sacudo la cabeza y cambio de lugar yendo a parar hacia donde está Jessica sacándome los sentimientos melancólicos de la cabeza. Por mucho que pida que todo fuera como antes no lo será, no podemos retroceder en el tiempo y de todas formas ahora no me va tan mal, tengo a Allen. Tardo unos segundos en darme cuenta de que no, en realidad le acabo de perder también. Suelto un largo y pesado suspiro - Hay muchos otros temas de conversación que puedes sacar... - sueno bastante borde, pero sinceramente, preferiría no hablar de a lo que a partir de ahora me referiré como mi pasado, a pesar de que sólo hace cuatro días que me fui. Me muerdo el labio cuando siento una especie de mareo raro al mirarme primero los pies y después la figura poco difuminada de Jessica. Me siento en la cama que tengo detrás, pensando que solo será el cansancio el porqué de este mareo repentino, además de que tampoco he comido mucho durante estos días.

De repente comienzo a sentir algo raro por la zona del abdomen, no dolor porque es imposible, pero algo que me incomoda y me hace sentir molesta. Llevo una de mis manos hacia mi abdomen ignorando por completo lo que mi mejor amiga me está diciendo. - ¿Eh? - levanto la cabeza hacia ella cuando su tono de voz suena preocupado - Para nada, estoy bien - intento que no se note rastro de preocupación en mi voz dado que cuando algo así me pasa, las cosas no suelen acabar muy bien. Sonrío, recordando sus palabras anteriores y que por alguna razón inexplicable, a pesar de no haber estado escuchando, parece que han quedado grabadas en mi mente. - Ese no es mi padre - digo como si fuera algo obvio que la persona que más se parece a  mí en toda mi familia no sea mi padre. Me acerco a coger la foto y me vuelvo a sentar en la cama, con Jess a mi lado. - Este es mi padre - señalo a un hombre que sale en la esquina de la foto, junto a mi abuela. - El que tú acabas de señalar es mi tío, él también tiene... la misma anomalía que yo, por eso es con quién mejor me llevaba de la familia. Al principio nos veíamos mucho, pero a partir de los diez apenas se pasaba por casa y luego dejamos de verlo. Me pregunto que habrá sido de él... - continúo pasando el dedo por encima de todos los miembros de mi familia, susurrando el nombre de alguno de vez en cuando, pero con el mismo pensamiento en la cabeza - ¿Dices que se parece a tu padre? Quizás sea solo la foto, ten en cuenta que esto lleva años sin limpiar - además de que Jess no ha visto a su padre tanto como le gustaría.
Alice D. Whiteley
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Jessica D. Voznesenskaya
Miembro de Investigación
Bufo y ruedo los ojos, pensándome seriamente la respuesta. ¿De verdad su vida se limita a espiarme por la ventana? Dios, empieza a darme más pena que miedo. - Sospecho que no, aunque no la culpo. Mi vida es tan interesante... Es extraño que aún no se haya hecho un reality sobre ella - Lo digo con expresión muy seria, y justo cuando parece que empieza a creer que lo digo en serio sonrío y sacudo un poco la cabeza. Me encojo de hombros cuando me pregunta parte de mi teoría sobre su fuga. - La verdad es que no había pensado en un día concreto. Sólo pensé que tardarías más - Sólo respondo a la primera pregunta, además de porque la segunda es una pregunta retórica, simplemente prefiero no comentar nada sobre el tema. Ya está lo suficientemente enfadada como para echarle más leña al fuego dándole la razón. La tiene en la mayor parte de lo que piensa, pero prefiero no decírselo, porque saberlo podría hacerle más daño todavía. Sé que es lo suficientemente sensata como para no meterse en problemas políticos de momento, pero en cuanto la ira crezca en su interior, quién sabe lo que podría hacer. Como yo, es muy impulsiva, con que no puedo echarle nada en cara.

Me río cuando me sigue el juego haciéndome la broma del hotel. Es un poco extraño estar bromeando en estas situaciones, pero para eso también nos parecemos. Siempre que estoy en una situación lo suficientemente tensa como para que esté incómoda pero lo suficientemente leve como para bromear con ella, lo hago. Así me tranquilizo yo misma, y me gusta pensar que también tranquilizo un poco a la gente, aunque puede que a veces no sea así y se lo tomen como una broma de mal gusto. Nunca lo hago con mala intención, obviamente, pero entiendo que pueda parecer improcedente. - ¿El desayuno a la cama? Qué vulgar... Parece que nadie te ha avisado de que eso ya no se lleva desde el siglo veintiuno, por lo menos. Podrías manchar las sábanas de glaseado  - Intento poner voz de pija irritante, y he de decir que al vivir en el Capitolio, me sale bastante bien. La isla ya no es el criadero de pijos que era antes, pero siempre queda alguno en el que me pueda fijar para burlarme de él con Alice.

Me deja un poco descolocada cuando dice que les echa de menos, y no sé qué decir. Me limito a acercarme un poco a ella y darle un apretón con el brazo, revolviéndole un poco el pelo luego. - Seguro que ellos a ti también - No especifico si vivos o muertos, pero supongo que ella sabe que no me refiero a que estén vivos sino que estén don de estén la echarán de menos. - Estarían orgullosos de ti - Y se lo digo con toda sinceridad. Es ahora cuando me acerco a la foto, y creo reconocer a mi padre en el que parece ser su tío. - Ojos claros, pelo oscuro... En realidad no se parecen tanto, es un físico común. Excepto en mi, como puedes ver salí a mi madre - Aún siento un pinchazo en el estómago al hablar de ella, pero al menos no me emborracho tanto como para que tengan que llamar a Riorden. Cambio mi pelo al color del que creo que es mi padre, y mis ojos a un color muy claro. Para ello tengo que cerrar los ojos y concentrarme mucho, mirando la foto. Eso me distrae durante unos segundos, lo suficiente como para que no me entere de que algo lo pasa hasta que abro los ojos. - Eh, ¿qué acaba de pasar? - Aunque me diga que no pasa nada y le reste importancia, pienso insistir hasta que me lo diga. - Bueno, ahora sí que me parezco a mi padre, ¿eh? ¿Qué tal me queda? - Sonrío satisfecha. Últimamente estoy aprendiendo a usar bien la metamorfomagia, cosa que adoro. Me doy cuenta de que a ella nunca le había enseñado otra transformación que no sea la del pelo rojo chillón cuando me enfado. De hecho, creo que me ha visto más veces con el rojo chillón que con el rojo normal.
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
No puedo evitar soltar una risa cuando dice que su vida podría estar basada en un reality show. No es una idea tan descabellada si lo llegas a pensar bien; la separaron de su hermana gemela al nacer, no la conoció hasta los juegos, allí ella murió y después la siguió su madre, por no mencionar que pasó toda su niñez y adolescencia cuidando de una madre adicta a las drogas cuando debería de ser al revés. Acabo por transformar la risa en un sonrisa triste agachando un poco la mirada, no deberíamos estar riéndonos de nuestro pasado, pero al parecer es lo único que hacemos desde que nos conocimos. Nunca me he parado a pensar en porqué Jess y yo congeniamos desde el principio, supongo que porque ambas tenemos un pasado de mierda. Intento adoptar una expresión más alegre cuando vuelve a bromear con lo del desayuno, pero no lo intento lo suficiente y acaba por salirme un suspiro demasiado largo tras una ligera sonrisa.

Levanto la mirada hacia ella sin poder creerme lo que acaba de decir. - ¿Orgullosos de qué? - bufo cruzándome de brazos y apoyándome en la pared con aire obviamente enfadado. No he hecho nada ni durante el tiempo que estaban ni el siguiente como para hacerles sentir así, al menos no por el momento. Estoy segura de que algún día acabaré haciendo algo que de verdad les haga estar orgullosos de mí estén donde estén, pero hasta la fecha no he hecho nada que no sea dificultarle la vida a Allen  y pretender ser una adolescente que no tiene ningún problema con el nuevo gobierno. - Es mejor que no respondas - suelto cortante cuando veo que vuelve a abrir la boca. Observo como cambia su aspecto a uno muy parecido al mío, y sin poder evitarlo me acerco a ella y toco su pelo que acaba de cambiarse al un color tan oscuro como el mío. - Hasta podrías ser de mi familia - murmuro mirando fascinada hacia mi mejor amiga, que ahora ya no lo parece tanto. De todas formas sé que se trata de algo físico y que en realidad, no tenemos más que el vínculo de amigas para relacionarnos.

Después de tres días

Durante los siguientes días, a pesar de que he intentado por todos los medios alejar a Jessica de mí, sigue insistiendo en que no se va a mover de mi lado a no ser que le peguen un tiro en la cabeza. De todas formas sus comentarios me hacen pensar que trama algo, siempre decido no preguntarle por muchas ganas que tenga porque al final será peor y acabaré haciendo justo lo que no quería hacer. A medida que pasan los días me doy cuenta de lo equivocada que estaba al pensar que aquí podría encontrar algo que me diera pistas sobre mi familia, estaba claro desde el principio que no había ninguna razón misteriosa por la que nos fuimos a Europa. Probablemente mis padres solo estuvieran asustados de lo que podía pasar en el país de antaño.

Además, sé que algo me está pasando porque desde el día que Jess llegó no me he estado encontrando muy bien. No puedo pasar más de diez minutos de pie sin marearme, momento en el que tengo que dejarme caer en una silla, cama o mismamente en el suelo. Por no mencionar que tengo náuseas continuamente y lo único que quiero hacer es vomitar. Todo esto es un gran problema, no puedo saber si tan solo es una enfermedad común como puede ser fiebre dado que no siento nada o si es algo más grave. Realmente no le doy la importancia que debería darle habiendo estado tanto tiempo en el hospital y sabiendo que podría ir a peor. Aunque no me lo diga, sé que Jess también está al tanto de la situación porque no me deja sola por más de media hora, tiempo suficiente como para que acabe viendo doble o en el baño.

Estoy tirada en el sofá con las piernas pegadas al pecho, sintiendo como me tiemblan las manos a la vez. Es extraño, noto una especie de incomodidad en la zona del abdomen pero no llega a ser dolor, es como si algo me estuviera oprimiendo el abdominal derecho. No estoy segura de si tengo fiebre o no, pero siempre intento tener una manta cerca, sobretodo ahora que estamos en otoño. - Jess... - murmuro lo suficientemente alto como para que me oiga, se supone que está en la cocina, no puede tardar mucho en aparecer. - Creo que algo va mal - digo tan pronto como la veo aparecer por la puerta. Hago un amago de levantarme del sofá, pero apenas puedo reunir las fuerzas necesarias como para hacerlo.
Alice D. Whiteley
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Jessica D. Voznesenskaya
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Ya han pasado unos cuantos días desde que vine, y he pensado cientos de veces agarrar de la mano a Alice y usar la aparición para irnos de aquí. Sé que su padre me va a matar cuando se entere de que sé donde ha estado y no le he dicho nada, pero de todas formas si ella no quiere volver a casa no puedo hacer nada. Bueno, sí que puedo hacer algo, y es lo que estoy haciendo. No es lo más responsable ni lo más lógico, pero es lo que mi amiga necesita. Si no la dejo evadirse un poco de su mundo, el que ahora mismo tanto odia, acabará por volverse tan loca como en el fondo lo estoy yo, y es algo que nunca desearé para ella. Lo mejor es que se quede tranquila, unos días en su hogar no le vendrán mal. Estar un poco más cerca de la que fue su infancia, ver fotos y recuerdos de su familia... Es algo que de verdad necesita, y no seré yo quien se lo niegue. De hecho, creo que es algo que todos necesitamos, y es por eso que pienso en pedirle a alguien que me acompañe al seis para volver a ver mi casa, el distrito, y como no, la tumba de mi madre. No tengo muchas opciones; o se lo pido a Alice o se lo pido a Riorden. También podría ir sola, pero sé que me va a ocasionar algún que otro estrago en mi delicada cordura, y necesitaré ayuda tanto física como psicológica. Prefiero pensar en ello más tarde, sobretodo porque ahora lo importante es Alice.

Como ya son las dos me voy haca la cocina, o hacia lo que queda de lo que fue la cocina. No hay mucho que aprovechar, pero el fuego funciona y hay un par de ollas. Cambiando mi aspecto físico he ido ha comprar al mercado algo de comida para poder hacer estos días. La cocina no es mi fuerte, pero viviendo sola no tengo otra, con lo que he estado intentando alimentarnos a ambas a base de la poca comida que tienen aquí. Parece que a Alice no le ha sentado muy bien, porque la he escuchado ir al baño a vomitar unas cuantas veces. Cuando le pregunto qué le pasa me responde con evasivas así que espero que sólo sea alguna indigestión. Estoy haciendo la comida cuando oigo u voz apremiante. Por suerte tengo buen oído, porque lo ha dicho muy bajo. Algo no va bien y lo sé antes incluso de que me lo diga. - Eh... ¿Qué te pasa? - Veo como tiene una mano en el estómago y que frunce el ceño. Creo que es algo más que una indigestión. Intento repasar los síntomas mentalmente. Vómitos y náuseas, mareos, dolor abdominal. De repente abro mucho los ojos, apoyándome en la puerta.

Lo primero que se me viene a la mente es algo tan impropio de Alice que tengo que sacudir la cabeza para quitármelo de la mente, aunque ahora que tiene novio... - Alice... ¿Hasta dónde ha llegado exactamente tu relación con Seth? Porque si habéis hecho algo sabes que siempre hay que usar... - Me callo antes de seguir porque me echa una mirada de odio que si las miradas matasen yo ya estaría enterrada. - Vale, vale, lo pillo. No es momento para bromas - Me acerco un poquito más a ella justo en el momento en que intenta levantarse del sofá, y digo intenta porque antes de lograrlo se cae en redondo de vuelta a él. Esta vez, ya más alarmada me acerco corriendo y agarro su mano. - Alice... ¡Eh! Despierta, mírame a los ojos - Le doy unas palmaditas en la cara, comprobando así que está ardiendo, tiene muchísima fiebre. Levano un poco su camiseta, lo suficiente como para palpar su abdomen y darme cuenta de que ha un bulto en la parte derecha que, defiitivamente, me asusta. - ¡Mierda! Escuchame, bichito, tienes que seguir despierta, ¿vale? Mírame a mí - Subo corriendo a las habitaciones y busco algún medicamento para bajarle la fiebre, pero no hay nada. - ¡Joder! - Doy un golpe a la pared y vuelvo a bajar, casi arrastrándome por las escaleras llegando hasta mi amiga en segundos. Sé que si estuviera consciente no aprobaría esto, pero agarro su mano e intento concentrarme para usar la aparición y llegar hasta el hospital lo antes posible.
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